Antonio Elorza

El fin del comunismo. De Antonio Elorza

el paisResulta preciso volver a Lenin para entender hasta qué punto era irreformable el régimen soviético, basado en la eliminación de la democracia y de todo pluralismo mediante la violencia de Estado.

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Antonio Elorza, catedrático de ciencia política en la Universidad Complutense. Fundador de Izquierda Unida, que abandonó en 2008.

Antonio Elorza, 22 diciembre 2016 / EL PAIS

Hace ahora veinticinco años, el 25 de diciembre de 1991, el presidente Gorbachov anunció la disolución de la URSS, consecuencia del fallido golpe de Estado del 21 de agosto. La cuesta abajo iniciada dos años antes en las democracias populares llegaba a su conclusión lógica: el fin del comunismo soviético. De esa trayectoria parecía participar incluso China, sin que percibiéramos que Tian an-men había sido el muro contra el cual se estrellaron definitivamente las expectativas democráticas. Recuerdo también haber asistido con Javier Pradera a unas jornadas sobre Cuba en Madrid, donde se daba por supuesto que estaban contados los días del castrismo, privado del maná ruso.

Pero “la última palabra todavía no ha sido pronunciada”, según advirtió el jefe de la Stasi, Mischa Wolf, tras la caída de la República Democrática Alemana (RDA). El año de 1991 supuso el fin del comunismo soviético, y con él de la presencia efectiva de los partidos herederos de la Tercera Internacional en Europa. No de los regímenes comunistas extraeuropeos. Bajo el liderazgo de Deng Xiao Ping, China reemprendió el experimento que la revolución cultural abortó en sus preliminares, de recurso a la disciplina confuciana, sin sombra de pluralismo político, hasta consolidar una vía de crecimiento económico sometida al monopolio de poder del Partido Comunista Chino (PCCh). Fue imitada por Vietnam y Laos. Por su parte, gracias a las subvenciones de Chávez, el régimen castrista malvivió hasta hoy. Y en Corea del Norte se afirma una tiranía dinástica de signo belicista, configurando un modelo de país-cárcel.

El denominador común fue el recurso a una represión permanente. El enorme éxito económico de China ha permitido dejar de lado la reivindicación política, salvo en Hong Kong, pero aun donde la gestión económica sigue arrastrándose, caso de Cuba, a pesar del lavado de fachada propiciado por Obama, sigue bloqueada toda apertura política. Igual que sucedía en España con Franco, los cubanos saben que Raúl Castro dispara. El cambio de imagen afecta para Cuba solo a los medios occidentales y a los inversores, no a los derechos humanos.

Mirando hacia atrás, a pesar de la profunda crisis del “socialismo realmente existente” en los años 80, el happy end difícilmente hubiera llegado sin el reformismo de Gorbachov y su reticencia a emplear las armas en la defensa de los regímenes soviéticos. Por algo es tan odiado en su país. Pensemos en la importancia en Rusia del sentimiento continuista de exaltación nacional, hoy encarnado por Putin, quien sin duda en 1989 y 1991 hubiese actuado de otro modo. Hay un hilo rojo desde el imperialismo zarista a Stalin, y de este al actual presidente ruso. Stalin no dudó en elogiar una política zarista de expansión territorial, que asumió explícitamente como heredero a partir de 1939, aprovechando cada ocasión para ensanchar fronteras. En cuanto a Putin, desde su posición en la KGB, vio en el desplome de la URSS “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”; y por lo que se ve, hará todo lo posible para su restauración en nombre de Rusia, sin que cuenten los muertos y las violaciones del derecho internacional. Sus vecinos lo saben demasiado bien.

La imagen gloriosa del orden soviético, o lo que quedaba de ella tras Praga 68 y las noticias del desplome económico, se derrumbó como un castillo de naipes. Las maravillas de la RDA cantadas por Mundo Obrero al borde de la caída del muro, o la construcción del socialismo, pregonada aun en 1988 por Julio Anguita, fueron borradas por la realidad del aberrante régimen policial de La vida de los otros, y unas economías no competitivas con las occidentales. “Proletarios de todo el mundo, perdonadnos ” (verzeihen uns) ponía una inscripción en boca de Marx y Engels. Y la apertura de los archivos soviéticos deshizo el mito de que la monstruosidad de Stalin había sustituido al comunismo auténtico de Lenin, quien desde 1917 fue creador consciente de un Estado terrorista.

“Se ha deshecho el mito de que la monstruosidad de Stalin
había sustituido al comunismo auténtico”

¿Por qué no se dio respecto del comunismo una imprescindible clarificación? No sirve aducir que quiso la emancipación de la humanidad, ya que produjo lo contrario. Pero sí es cierto que su lucha contra regímenes reaccionarios, de no alcanzar el poder, constituyó un factor democrático de primer orden por su determinación y por la entrega y sacrificio de sus militantes. Recordemos aquí, entre otros muchos, a figuras ejemplares como Simón Sánchez Montero, José Sandoval, Domingo Malagón. Con todas sus contradicciones, también Pasionaria, Joan Comorera, José Díaz. Y Federico Sánchez.

En línea con el antecedente de los frentes populares de 1936, el eurocomunismo, la búsqueda de un comunismo democrático, fue su expresión. “Si los comunistas no somos los demócratas más consecuentes”, advirtió Togliatti, “seremos superados por la historia”. Pero mal cabía esperar esa revisión ante la pinza de una presión occidental dominada por un anticomunismo de guerra fría, y de la ofensiva permanente desatada desde la URSS de Brezhnev. Así, nunca se dio la imprescindible ruptura del cordón umbilical con el marxismo soviético. Salvo en el Partido Comunista Italiano (PCI), las limitaciones eurocomunistas eran insalvables, caso en Francia de Georges Marchais —”el hombre de Cromagnon de la izquierda”, Mitterrand dixit– o de un Santiago Carrillo que pretendía impulsar la democracia desde “el Partido Comunista de siempre”, el de Stalin, y en lo posible, al modo de Stalin.

Luego intervino la máscara. Así, entre nosotros, Izquierda Unida, convertida en la antítesis de su proyecto, sirviendo solo para amparar la hibernación comunista, con punto de llegada en el jurásico “clase contra clase” de Alberto Garzón, simple apéndice de Podemos. De hecho la formación morada es hoy, bajo Pablo Iglesias, inconsciente seguidora de “aquel calvo genial” (sic), quien enseñó en 1917 como puede obtener respaldo de masas una organización rígidamente centralizada en manos de un jefe. ¿Finalidad? Entregarse a la erosión de la libertad —aquí, del orden constitucional— y a la eliminación de todo competidor de izquierda.

“Como sucedía con Franco en España,
los cubanos saben que Raúl Castro dispara”

Resulta preciso volver a Lenin para entender hasta qué punto era irreformable el comunismo soviético, basado en la eliminación de la democracia y de todo pluralismo mediante la violencia de Estado. Lo probó el fracaso de los intentos finales del propio Lenin por hacer del partido “una gota en el mar del pueblo”. Su dictadura del partido-Estado desembocaba inevitablemente en Stalin.

1991 fue el fin de la URSS, la muerte de una utopía, pero no significó la extinción del comunismo, dada la supervivencia directa de su legado en China, Vietnam, o Cuba, e indirecta en regímenes de opresión y miseria (Venezuela, Nicaragua). Tampoco canceló la exigencia de seguir luchando contra la injusticia social.

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La tentación caudillista. De Antonio Elorza

Para Pablo Iglesias, la acción no tiene otro objetivo que la victoria. La elección racional en beneficio del conjunto de la sociedad no tiene lugar en su presentación militarizada de la política, de impronta leninista.

Antonio Elorza, historiador, ensayista y columnista español, catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid

Antonio Elorza, historiador, ensayista y columnista español, catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid

Antonio Elorza, 19 enero 2016 / EL PAIS

“Pedro, mandas poco en tu partido”, le espetó Pablo Iglesias al secretario general del PSOE en uno de los debates preelectorales. El incidente hacía recordar una visita del periodista cubano Carlos Franqui a Fidel Castro y al Che, que estaban encarcelados en una prisión mexicana. Franqui se atrevió a hacer una crítica a Stalin, para encontrarse con una terminante réplica de Fidel: “Sin un jefe único, aunque sea un mal jefe, la revolución es una causa perdida”. Viene asimismo al caso un párrafo de Disputar la democracia, libro-programa donde Iglesias cita, como no, Juego de tronos,y en concreto la escena en que la reina condena a muerte de inmediato a un consejero por atreverse a afirmar que “conocimiento es poder”. “El poder es el poder”, replica airada la reina. Pablo Iglesias lo anticipa: “el poder nace de la boca de los fusiles”. Toda una profesión de fe democrática.

el paisNo es que las consideraciones doctrinales de Iglesias merezcan excesiva atención, pero sí sirven como útiles indicadores de lo que puede hacer si llega a gobernar. Ahí está su alusión introductoria a Maquiavelo, donde se limita a subrayar la dimensión técnica de un poder ejercido de modo implacable en los principados, lo cual le convierte en el padre de las tiranías modernas. Es el Maquiavelo emparentado con Carl Schmitt, y maestro de dictadores, de Napoleón a Mobutu, pasando por Mussolini, y que al parecer inspira a Iglesias. Olvida que Maquiavelo nunca pensó que esa concepción política fuese deseable, habiendo sido firme defensor del vivere libero en la República de Florencia.

ENRIQUE FLORES

ENRIQUE FLORES

Porque Pablo Iglesias, aun cuando se llene la boca de la palabra una y otra vez, rechaza la democracia, entendida como procedimiento mediante el cual se alcanzan las decisiones políticas. La “disputa”. Por supuesto, considera insuficiente la democracia como espacio pluralista en el cual varios partidos compiten por el voto. Su democracia responde a un criterio finalista: hay democracia si se incrementa el poder de la mayoría y se logra “que desaparezcan los privilegios de los menos”. Resulta claro que si “los menos” controlan las instituciones y vencen en el voto, es que ejercen la manipulación y la democracia no existe. En línea con lo que les dijo a los eurodiputados en su despedida, ante una distribución del poder desfavorable para los más, la contrarrevolución —entonces la destrucción de Europa— triunfa. Lo explicó Monedero: la prioridad corresponde al empoderamiento del “pueblo”, guiado por un jefe carismático, frente a “los menos”, “los privilegiados”, el no-pueblo. Vuelve la apolillada distinción entre democracia formal y democracia real.

Estamos ante una visión maniquea, muy simple, de pueblo frente a poderosos a desalojar de su primacía. De ahí que la violencia sea palanca imprescindible para acabar con las injustas relaciones de poder vigentes. El vocabulario militar es omnipresente. La de Iglesias es una Machtpolitik donde el Estado de derecho consiste en “la voluntad política racionalizada de los vencedores”. Su ejemplo es la Ley de Partidos que ilegalizó al brazo político de ETA: Iglesias menosprecia el detalle de que se trataba de oponer la ley a la impunidad de una organización terrorista. Para él, la acción política no tiene otro objetivo que la victoria, con dosis de ajedrez y sobre todo de boxeo. La elección racional en beneficio del conjunto de la sociedad no tiene lugar en su presentación militarizada de la política, de impronta leninista.

Pablo Iglesias es un político actuante en la democracia, en rigor no un demócrata. Por eso, en la estela de Lenin, las alianzas carecen de valor en sí mismas, y otro tanto sucede con los fines sociales o económicos que persigan, si no permiten aprovechar la convergencia para imponerse al aliado transitorio. Monedero acertó al calificarlo de “leninismo amable”. La táctica de desbordamiento del PSOE es un óptimo ejemplo, respecto de partidos próximos, igual que la voluntad de servirse de las instituciones para alterar su contenido. Si de veras quería aliarse con el PSOE, sobraban las “líneas rojas” anunciadas de inmediato, con el referéndum catalán, que sigue siendo el obstáculo para la alianza anti-PP si el ansia de poder de Pedro Sánchez no lo hace olvidar.

No se extiende demasiado Iglesias sobre el contenido de su “nueva transición”: en el libro recién publicado con ese título concede al tema tres páginas. Ahora bien, los “objetivos imprescindibles” fijados para toda alianza son ya ilustrativos. Importa ganar; lo que resulte de los medios empleados es irrelevante. Así con “el derecho a decisión” generalizado, listo para sacar votos en las nacionalidades y anexos, más la ruleta rusa de la autodeterminación de obligado cumplimiento en Cataluña, saldrá porque lo dice su bola mágica un “Estado plurinacional”. Todas son naciones con su “derecho a decidir”. La revocabilidad de cargos de la Constitución venezolana también tiene su sitio, facilitando así librarse de opositores elegidos mediante la democracia representativa a la cual se opone el referéndum plebiscitario. Y pensando en los resultados monolíticos de la organización de Podemos partido, listo para asaltar el cielo desde un centralismo autocrático, cabe augurar que su ley electoral responderá a análogo propósito. No hace falta seguir alarmando con el proceso constituyente y con la condena de la Constitución del 78: con “cambiar la Constitución”, el objetivo es el mismo.

El culto a la personalidad, y la permanente exaltación de la figura de Iglesias, así como la deformación finalista de la idea de democracia —una democracia plebeya— nos sitúan en el terreno de un caudillismo populista, con bien conocido antecedente, aunque ello no guste al interesado. El silencio de Podemos sobre la tragedia que es la situación venezolana bajo Maduro ahorra todo comentario. Los condicionamientos jurídicos y económicos no cuentan, siendo sustituidos por la promesa de reformas igualitarias. La justicia social sirve así de máscara a la demagogia, amparando de momento la rentable operación de denuncia, tanto del Gobierno conservador que bien lo merece, como del rival/aliado socialista, si no suscribe sus propuestas. El hábil manejo del discurso en Iglesias le permite funcionar a la perfección con falsas evidencias. La factura ya vendrá luego y se cargará en la cuenta de la los malos de la película, tanto internos como de la UE. Lástima que la cita a Tsipras ya no sirva. Y por fin, como en Chávez, ahí están los medios de comunicación, con la televisión en primer plano, para crear en los ciudadanos la ilusión participativa bajo el mando del Líder. Y es que tanto su inspirador, antes, como Iglesias, ahora, son animales televisivos, mucho más avezados en “seducir”, palabra clave para el segundo, que en proponer una gobernación racional. A Pedro Sánchez no parece preocuparle. Nada salvo su victoria pírrica parece preocuparle.

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