Erika Saldaña

La izquierda salvadoreña en crisis. De Erika Saldaña

Ninguno de estos dos bandos de la izquierda es capaz de ver la viga que tienen en el ojo, ya que ni las acciones del FMLN ni las del alcalde han aportado nada al desarrollo democrático del país.

erika saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 16 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Las últimas semanas hemos vivido una historia digna de ser hecha telenovela política. El alcalde de San Salvador, quien en algún momento fue considerado parte de la renovación del FMLN, fue expulsado del partido a raíz de un incidente de maltrato a la síndica municipal. El estira y encoge de Nayib Bukele con su expartido no es nada nuevo y cada quien reparte la culpa de la ruptura de acuerdo a sus intereses o simpatías.

Ninguno de estos dos bandos de la izquierda es capaz de ver la viga que tienen en el ojo, ya que ni las acciones del FMLN ni las del alcalde han aportado nada al desarrollo democrático del país. Ambas partes distan de ser los estadistas que manifiestan en su retórica, ni representan a una izquierda verdaderamente preocupada por la reivindicación de los derechos sociales, la disminución de la desigualdad y la justicia social.

EDH logEl FMLN se presenta antes sus simpatizantes como los verdaderos representantes del pueblo que sufre las desigualdades de la sociedad, que lucha contra el capitalismo por sus derechos. Pero no han pasado de ser el partido verticalista y autoritario que no permite ningún tipo de crítica y disidencia a su trabajo. El FMLN niega cualquier posibilidad de autocrítica que permita separarse de lo que tanto ha criticado desde los Acuerdos de Paz.

Quizá el peor fallo que ha tenido el FMLN como estructura es la incapacidad de la militancia de enfrentar, criticar y exigir a la cúpula que se comporte a la medida de las necesidades del país, sino que se han mantenido pasivos ante una cúpula ensimismada en defender los intereses de sus pocos miembros. Las personas que dan su voto de confianza a un partido político son los primeros obligados a exigirles cuentas a sus dirigentes, pero pareciera que la militancia de la izquierda se conforma con recibir indicaciones sobre cómo pensar y asistencialismos mínimos con el afán de mantenerlos dependientes del partido.

Por su parte, el alcalde Nayib Bukele ha dado muestras de ser igual a lo que reprocha, una persona intolerante a la crítica y poco democrático, lo cual se refleja en su enfrentamiento continuo hacía todo aquel que no le aplaude sus acciones; el alcalde es alguien quien no reconoce el valor de la pluralidad de medios de comunicación, no entiende que aunque no comulguen con sus ideas tienen derecho a expresarse y existir.

Además, basta ver las apariciones públicas y sus conflictos en redes sociales para darnos cuenta que Nayib Bukele es una persona de carácter explosivo, narcisista, quien vive en la burbuja creada por publicaciones a la medida; cualquiera puede aplaudir y maravillarse con una foto de algunos sectores de la capital, pero nadie le toma foto al día a día del caos en que se ha convertido San Salvador. Una personalidad con estas características se aleja mucho del líder democrático que dice ser; en El Salvador no necesitamos la reencarnación del expresidente Funes, quien tanto colaboró en el esparcimiento de odio en la sociedad.

Está claro que el FMLN se quería deshacer de Nayib Bukele y aprovechó la mínima oportunidad para hacerlo; nadie dijo nada de las acusaciones de nepotismo al interior de la Alcaldía de San Salvador, ni los cuestionados contratos realizados durante su gestión. Tienen en sus filas a funcionarios señalados por enriquecimiento ilícito, corrupción, nexos con el narcotráfico, entre otras, a quienes defienden públicamente; a estas personas en ningún momento se ha insinuado llevarlos ante el Tribunal de Ética del partido. Y también está claro que Nayib Bukele únicamente quiso aprovecharse del caudal político del partido.

A todos los ciudadanos nos debería interesar la existencia de partidos políticos fuertes, transparentes y democráticos, los cuales agrupen a personas que reflejen dotes de estadistas. Eso no pasa ni con el FMLN ni con el alcalde Nayib Bukele. La única tranquilidad del FMLN es que si ellos lo están haciendo mal, la oposición no está haciendo nada para ser mínimamente superior. Es hora de que nos preocupemos por dignificar la política partidaria (de cualquier ideología) y elevar su perfil, exigiéndoles que se preocupen por los asuntos del país, ofrezcan soluciones bien estructuradas y trabajen por implementarlas de la mejor manera. Lo demás es puro show político.

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Pensiones: reforma técnicamente mediocre pero fue lo aprobable. De Erika Saldaña

La reforma al sistema de pensiones es técnicamente mediocre, ya que tiene poco mérito al no abordar los aspectos fundamentales del problema; su principal logro ha sido aliviar la carga fiscal del gobierno.

erika saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 9 OCTUBRE 2017 / EL DIARIO DE HOY

Ya hay reforma de pensiones. Los ganadores fueron el gobierno y las AFP; en menor medida, nosotros, los trabajadores. Bueno o malo, lo acordado fue para lo único que nos alcanzó en medio de partidos políticos poco dispuestos a sentarse a dialogar y resolver los problemas del país. La reforma incluye cambios sustanciales al actual sistema de pensiones, pero no toca nada sobre aspectos trascendentales que habrían dado sostenibilidad y seguridad a largo plazo al mismo, aunque se tratara de medidas impopulares.

La reforma recién aprobada no tocó la ampliación del número de personas que cotizan a las AFP ni dijo nada sobre el aumento en la edad de jubilación de los trabajadores. En El Salvador solo el 25 % de la población económicamente activa seguirá cotizando al sistema de pensiones, a pesar de que ese fondo hoy tendrá más responsabilidades.

EDH logCon la reforma se crea una Cuenta de Garantía Solidaria, a la cual se trasladará el 5 % del ahorro de cada trabajador y servirá para aliviar la presión fiscal que recae sobre gobierno. Con este dinero se financiará el mantenimiento de la pensión de cada persona cuando el fondo individual de cada uno se agote; se pagará las pensiones del ISSS e INPEP y las pensiones mínimas; y de esa cuenta también se sacarán fondos para devoluciones de aportes. Expertos en el tema han manifestado que no se cuentan con estudios actuariales y proyecciones sobre este fondo colectivo, por lo que solo el tiempo dirá si esta cuenta es sostenible con tanto beneficio que pretenden pagar de ella.

Además, siguen evadiendo una realidad a la vista. La población está viviendo más tiempo y aunque todos queramos retirarnos a disfrutar del ahorro de más de treinta años de trabajo, probablemente ese dinero no alcance a cubrir las necesidades que tengamos durante esos años. En la ley se mantiene el requisito de edad de jubilación de 55 años para las mujeres y 60 para los hombres, a pesar de que muchos funcionarios y expertos en la materia están conscientes de que es necesario aumentar esa brecha de acuerdo a la esperanza de vida.

Tanto el gobierno como la oposición han vendido la reforma como un logro propio. La oposición manifiesta a la población que fueron ellos quienes impidieron que el gobierno se beneficiara y llevara el dinero de las pensiones; mientras que el partido en el gobierno ha señalado que gracias a ellos las AFP no salieron ganando. Con esta reforma ganaron los dos sectores, logrando una tajada del pastel y aprobando una reforma a la medida de sus respectivos intereses. Pero perdimos todos los trabajadores, a quienes no se nos resuelve el problema en el largo plazo y ni siquiera nos informaron de las negociaciones a puerta cerrada.

Como en muchas situaciones del país, nos toca conformarnos con la alternativa mediocre o la menos peor.

La reforma al sistema de pensiones es técnicamente mediocre, ya que tiene poco mérito al no abordar los aspectos fundamentales del problema; su principal logro ha sido aliviar la carga fiscal del gobierno, una cuestión que no pertenece propiamente al tema de pensiones. Además, la reforma no cuenta con la garantía técnica que nos asegure que en un par de años lo hecho no se viene abajo. Los meses de discusión, retórica y anuncios publicitarios anunciando una catástrofe no alcanzaron para más que lo aprobado. Es lo que hay.

Con esta reforma solamente se le ha dado un respiro al problema y la pelota se tiró al próximo gobierno de turno. De nada sirve la modificación al sistema de pensiones si esta no soluciona la raíz del problema; tampoco ayuda si las soluciones planteadas no son sostenibles en el mediano y largo plazo. Hay poco que celebrar sobre la reforma, porque lo que hicieron (otra vez) es alargar una discusión realista sobre el tema. Nos vemos en un par de años para una nueva reforma de pensiones.

 

 

El diablo no necesita una puerta. De Erika Saldaña

El peligro de revolver religión con política surge con la tentación de incorporar postulados religiosos en políticas públicas, de dar preferencia a sectores o con la politización de la religión.

erika saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 2 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

En El Salvador el 34 % de sus 262 municipios tiene el nombre de un santo. Si juzgamos por los nombres, El Salvador debería ser el país más pacífico del mundo. Dentro de nuestras fronteras tenemos La Paz, La Libertad, La Unión, Santa Ana, San Vicente, San Salvador y San Miguel. En honor del Papa Juan Pablo II tenemos una alameda, tenemos un bulevar y un aeropuerto con el nombre del beato Óscar Arnulfo Romero. Si asignar el nombre de un santo definiera completamente algo o a alguien, nuestro país sería ejemplo de bondad, respeto y tolerancia. Pero las cosas son distintas.

EDH logLa semana pasada hubo polémica porque 5 mil personas quieren que cambiar el nombre de “la Puerta del Diablo”. Con el apoyo de una diputada, han solicitado a la Asamblea Legislativa que en adelante el nombre de este sitio turístico sea “la Puerta de Dios”. Esto sucedió justo en una de las semanas más violentas del año, cuando hubo más de cien muertes en tres días; y en la misma semana que los carros militares en las calles intentaron producir un efecto disuasivo a la delincuencia. Que se llame Puerta del Diablo o Puerta de Dios no habría cambiado esto.

El Estado salvadoreño ha sido sumamente respetuoso y reverente de la religión, desde el tiempo de su fundación, especialmente de la fe católica. La mayoría de los salvadoreños creemos en la existencia de un Dios; la Bandera y su Oración lo invocan; el preámbulo de la Constitución lo menciona y sus artículos garantizan el libre ejercicio de todas las religiones y reconocen la personería jurídica de la Iglesia Católica.

Pero, ¿debemos usar al Estado para determinar las creencias de fe o es este el que debe preocuparse por la salvación de las almas? ¿Debemos elegir funcionarios dependiendo de su calidad religiosa y esperar que esto sea lo que guíe sus acciones? ¿Debemos apoyar iniciativas como el cambio de nombre de la Puerta del Diablo? ¿Cuál es el papel que debe desempeñar la religión en la política? ¿Estado laico o Estado religioso?

Una república democrática debe ser laica; y esto no significa negar o rechazar a Dios. En muchas ocasiones los llamados de determinados sectores religiosos excluyen automáticamente a quienes no comparten su fe; a su vez, los sectores antirreligiosos se perciben marginados, generando un resquebrajamiento de la sociedad por una cuestión que debería ser propia de cada persona. Pretender ser un Estado religioso, por muchas buenas intenciones que se tenga, deja a un lado uno de los principios fundamentales en cualquier país democrático: el Estado debe ser laico y garantizar el ejercicio de todas las religiones, incluso respetar el derecho de quienes decidan no profesar ninguna fe.

La fe, como principio inherente a ella misma, tiene que ser algo procedente de la convicción interna. Es una responsabilidad personal que cada quien decide asumir y vivir. El rol de los Estados es garantizar el ejercicio de la responsabilidad que significa asumir o no una fe. Implementar un Estado religioso abre la posibilidad de rezagar, limitar o rechazar las creencias no predominantes. Las cosas se complican cuando la religión llega a la política, porque no es labor de un legislador o funcionario entender las ideas del Creador y convertirlas en decisiones o leyes.

El peligro de revolver religión con política surge con la tentación de incorporar postulados religiosos en políticas públicas, de dar preferencia a sectores o con la politización de la religión. En plena campaña política no faltará quien utilice la retórica religiosa para atraer votos o para mandar al infierno a quien piense (y vote) de manera contraria. Y, como el caso de “la Puerta del Diablo”, saldrá alguien a inventar una apología de la maldad en un asunto totalmente irrelevante.

En El Salvador debemos reflexionar sobre la laicidad del Estado como garantía de protección de nuestra propia religión y, en última instancia, de la libertad de decisión de cada uno. También, enfocar esfuerzos en cuestiones importantes y no en el nombre de sitios turísticos.

Sumémosle a esto el número de homicidios que se cometieron el fin de semana pasado. La maldad ya está entre nosotros. El diablo no necesita una puerta con su nombre para entrar; los muertos ya están aquí y con ellos el sufrimiento de familias.

Carros militares no son suficientes. De Erika Saldaña

Quienes en algún momento fueron líderes de la guerrilla, se enfrentaron a la Fuerza Armada durante la guerra civil y promovieron la separación de las labores de seguridad pública de la defensa nacional, hoy promueven que militares colaboren en el mantenimiento del orden.

erika saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 25 septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Regresaron los carros blindados con ametralladoras punto 30 o punto 50 a San Salvador. Eso es parte de las nuevas medidas que implementa la administración Sánchez Cerén. Los vehículos de la Fuerza Armada patrullan las calles con militares encapuchados y con grandes armas a la vista de la gente. Pareciera que nos preparamos, otra vez, para la guerra. Pero no. Se trata de la reciclada estrategia de seguridad pública, con la cual pretenden devolver seguridad y confianza a la población.

EDH logLos grupos que formaron el FMLN se rebelaron en parte contra un modelo de seguridad pública similar. Por esto resulta irónico que sean los dos últimos gobiernos los que desde 2009 mantengan la remilitarización del territorio y den un gran protagonismo a esta institución en el combate a la delincuencia. Quienes en algún momento fueron líderes de la guerrilla, se enfrentaron a la Fuerza Armada durante la guerra civil y promovieron la separación de las labores de seguridad pública de la defensa nacional, hoy promueven que militares colaboren en el mantenimiento del orden.

Fue con los Acuerdos de Paz que se cambió el modelo de seguridad en el país. La Fuerza Armada ya no cumpliría labores policiales ni los cuerpos policiales tendrían cultural militar. Se implantó una separación entre las labores de ambas instituciones. En los Acuerdos se estableció que el fin de la seguridad pública es mantener el orden y la paz, fundamentado en el respeto de los derechos de las personas y esta labor estaría bajo la dirección de la PNC; estas funciones son distintas a las encomendadas a la Fuerza Armada, la cual está orientada a la defensa nacional en contexto de conflicto armado.

Usar a los militares para trabajos de paz interna y seguridad pública está habilitada por la Constitución, pero de manera excepcional, señalando que esta debe ser temporal y limitarse a lo estrictamente necesario. Sin embargo, en el país hemos normalizado esa excepción volviéndola permanente, pues la presencia de la Fuerza Armada en actividades de seguridad pública no es nada nuevo. A finales del año 2008 se aprobó un decreto que autorizaba el apoyo de los militares a la PNC durante un año. Desde esa época a la fecha, dicho decreto ha sido renovado durante diez años consecutivos. Es decir, la Fuerza Armada es parte de la seguridad pública de este país.

Este despliegue militar en las calles tiene dos finalidades: que la población se sienta segura y disuadir a las personas de delinquir. Y aunque son objetivos válidos, una vez más parece que son un papel pegado con saliva. La gente en Santa Elena y colonia Escalón probablemente no necesite un patrullaje de camiones militares como sí urgen en zonas como Soyapango o Apopa; los esfuerzos deberían enfocarse en resolver un problema real y no solo en crear una percepción de control de la situación.

Y si los planes de seguridad no rinden frutos evidentes de manera inmediata, el efecto disuasivo hacia los delincuentes durará lo mismo que el tráfico fluido en San Salvador: nada. Durante años hemos sido testigos de estrategias como la mano dura, sacar militares a las calles, endurecimiento de penas y de varias medidas más. Los resultados han sido escasos y la población tiene que cargar con miles de muertes violentas cada año.

A la fecha, la PNC no ha sido suficiente para detener la delincuencia y traer seguridad. Súmele que la colaboración de militares se ha vuelto permanente y aun así no se percibe que exista un control sobre la situación. El apoyo militar ha colaborado en el combate a la delincuencia; sin embargo, en el fondo descansa una desnaturalización de sus funciones, hay una ausencia de estrategia integral por parte de las autoridades y una insuficiencia de recursos para volver eficientes los planes ya existentes.

Por eso es urgente fortalecer a la PNC y la Fiscalía General de la República. Si no lo hacemos, nos quedamos con planes impactantes pero probablemente ineficaces. A los criminales hay que intimidarlos, sí; pero también perseguirlos, investigarlos, arrestarlos, juzgarlos y condenarlos. Para eso necesitamos PNC y FGR fuertes. Si no, nos quedaremos con la sensación efímera que brindan los militares en las calles. La percepción de seguridad debe ser permanente y que no la bote la próxima muerte violenta.

Rossemberg es mi embajador. De Erika Saldaña

En estos tiempos ya no deberíamos juzgar con antorchas a personas distintas, cuando vivimos en una República que reconoce los derechos de todos; incluso, la misma Biblia habla claramente de amar a tu prójimo como a ti mismo.

erika saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 18 septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

La inauguración de consuma 2017 fue un “show espectacular”. Así fue considerada por el público presente, nacionales y extranjeros. Fue un evento plagado de color, luz, música, fuego, magia. Algo digno del Primer Mundo. Ese impresionante show fue montado por un salvadoreño talentosísimo. Este salvadoreño ha trabajado en la puesta en escena de obras del ballet de Cuba, Cirque du Soleil y el Carnaval de Río de Janeiro. Ese salvadoreño es Rosemberg Rivas, un talento, capaz de brillar en cualquier parte del mundo.

En el mundo hay salvadoreños diseñadores, periodistas, abogados, economistas, administradores, médicos, maestros, ingenieros, obreros, secretarias, empleados de todo tipo, capaces de sobresalir por su entusiasmo y buen trabajo. Todos con actividades, pensamientos y aspectos diversos, pero merecedores de todo el respeto por el esfuerzo que realizan.

EDH logAnte esta diversidad resulta incomprensible que los salvadoreños todavía centremos nuestra atención en aspectos personales de alguien, más que en el talento que brota de su trabajo. En El Salvador parece que tiene más realce que una persona sea alta, bajita, gorda, flaca, heterosexual, gay, o que si se viste de una u otra manera. Lo anterior tiene más importancia que si esa persona destacó por mérito propio o que si se esforzó para lograr el reconocimiento a nivel nacional y mundial. Estamos sumidos en la falta de empatía y descalificaciones burdas.

El mundo actual, y El Salvador después de la guerra, ha generado condiciones para que distintas personalidades se expresen y nos mostremos tan diversos como podemos ser. Ello con base en la libertad, que no es más que la posibilidad para que cada pueda discernir el mundo y conseguir una vida plena; es aquello que permite desarrollar la personalidad y pensamientos de cada uno. La libertad permite que las distintas perspectivas se expresen y desarrollen su talento sin miedo, fomentando la diversidad, el intercambio de ideas y el avance en distintos ámbitos. En nuestro país la diversidad estuvo escondida, suprimida o dormida por dos décadas, o quizá más.

La libertad y el reconocimiento del valor de las demás personas han permitido a la humanidad superar barreras difíciles como la esclavitud, las dictaduras, el nazismo, el racismo, la discriminación a las mujeres y muchas otras situaciones represivas y excluyentes. Sin esa apertura a la diversidad, sin esa posibilidad de ver el talento más allá de consideraciones subjetivas o de paradigmas conservadores, grandes talentos en el ámbito musical, como Juan Gabriel, Elton John, George Michael, Freddie Mercury y David Bowie nunca nos habrían heredado sus obras.

En estos tiempos ya no deberíamos juzgar con antorchas a personas distintas, cuando vivimos en una República que reconoce los derechos de todos; incluso, la misma Biblia habla claramente de amar a tu prójimo como a ti mismo y dice que el que ama a Dios, que ame a su prójimo. Si no comulga con los pensamientos de otras personas y quiere que esas personas se acerquen a sus creencias, hay formas civilizadas de dialogar, dejando a un lado la confrontación, insultos y desacreditaciones personales.

Usted no está en la obligación de compartir la orientación sexual de muchas personas ni su forma de vestir ni sus pensamientos o credo. Pero si dichas acciones no le afectan (más que a sus propias susceptibilidades), creo que debe considerar el respeto a las decisiones de los demás. Si queremos progresar como sociedad, es necesario que tengamos la suficiente tolerancia de aceptar y dejar fluir ideas y personalidades distintas, así como merecemos que se acepten libremente las nuestras.

También tenemos que aprender a reconocer el valor de la otra persona y a ver el talento o las virtudes de la gente, más allá de su apariencia. En una república todos tenemos derechos; si a usted le molesta cómo se viste alguien lo invito a que se tape los ojos y abra un poquito la mente. Todos merecemos ser aceptados, porque somos libres e iguales. Rossemberg Rivas es mi embajador de país en las artes.

Realidad, no populismo. De Erika Saldaña

Los candidatos o precandidatos para cualquier puesto público tienen que darle un cambio de dirección total a la forma de hacer política, para que eventualmente tengamos un gobierno que no solo prometa, sino que funcione.

erika saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 11 septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Aunque muchos no queramos, el periodo electoral ha iniciado. En medio del mar de promesas que empiezan a surgir está el hartazgo de la ciudadanía sobre la forma tradicional de hacer política en El Salvador. Esa apatía es alimentada por los asesores de muchos candidatos, quienes tienen como credo de campaña que el contenido es irrelevante si logran hacer el ruido suficiente; una foto en portada o viralizada en redes sociales vale más que diez propuestas de políticas públicas bien elaboradas.

Los políticos saben que el populismo ha sido la forma de ganar las elecciones en el pasado. Regalar promocionales, prometer cosas que en la realidad son imposibles, gobernar sin un plan específico y deslegitimar al contrincante han sido EDH loglas estrategias de muchos. Y la falta de educación de la población ha colaborado a que el populismo partidista sea receta para alcanzar el poder. Pocos han comprendido que esta forma de hacer política no solo es vacía y hasta absurda, sino que causa un grave daño a la democracia de un país.

La ola populista surge como respuesta a la incapacidad de los políticos a brindar soluciones realistas a los problemas que aquejan a la ciudadanía. Los populistas prometen lo inasequible, el placebo temporal, sin considerar los costos o el déficit que generarán sus propuestas. Los populistas dicen lo que la gente quiere escuchar, aunque sean cuestiones inviables. ¿Quién no quiere recibir una pensión más alta? ¿Quién no quiere que regalen uniformes y zapatos para sus hijos? Pero nadie nos dice de donde saldrá el dinero para financiarlas, ni si estas acciones de verdad están ayudando a minimizar el problema principal.

No solo necesitamos campañas y políticos con una retórica política persuasiva que devuelva la ilusión a una ciudadanía; es urgente que los políticos construyan los cimientos de esa ilusión, que tengan ideas y planes concretos sobre la forma en que resolverán los problemas de la población, así como un equipo con capacidad de ejecución. Los candidatos o precandidatos (irrelevante el nombre cuando se conocen sus intenciones) para cualquier puesto público tienen que darle un cambio de dirección total a la forma de hacer política, para que eventualmente tengamos un gobierno que no solo prometa sino que funcione.

Necesitamos gente que sepa dirigir y ser líderes para el país; pero también, urge que esas personas tengan ideas claras, al mejor grupo de expertos para elaborarlas y ejecutarlas, y la capacidad política de negociar consensos entre las distintas fuerzas políticas. Necesitamos personas que tengan la habilidad de escuchar críticas o las buenas ideas de la contraparte, que dejen a un lado el ego político y la manía de desprestigiar a todo aquel que piense distinto. Lo contrario terminará de hundir a la ya desgastada política salvadoreña.

En El Salvador abundan los grupos políticos preocupados por sus intereses y ajenos de la realidad que vive la mayoría. Se adjudican la voz del pueblo cuando poco conocen la precaria realidad que estas personas tienen que vivir con un dólar al día, cuyos hijos van a escuelas sin agua y hacen hazañas para llevar comida a su casa. No tienen como prioridad identificar problemas reales, elaborar respuestas realistas, ejecutar proyectos ni medir consecuencias; lo único que tienen en mente es ganar.

La política partidaria ya llegó a un punto muerto, pues los políticos carecen de credibilidad ante la mayoría de la población. No hemos hecho nada por construir un debate público decente. Ahora necesitamos un cambio radical que les permita ir convenciendo poco a poco a la ciudadanía que no son más de lo mismo; y esto solo lo podrán hacer políticos y políticas públicas enfocados en resolver problemas y no solo en ganar una elección. No se conviertan en cómplices del decaimiento de la democracia. Elevar el nivel de discurso político y que este sirva para ayudar al país necesita la colaboración de los políticos que proponen y de una ciudadanía más activa que escuche.

Insensatez. De Erika Saldaña

La gente aplaude la posibilidad de escuadrones de la muerte y a los grupos de policías que se extralimitan en sus funciones. La solución fácil es el ojo por ojo, sin pensar que un día todos nos vamos a quedar ciegos.

erika saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 4 septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

En este país muchos aplauden que se mate pandilleros. ¿Para qué arrestarlos, presentarles cargos, juzgarlos, condenarlos y encarcelarlos? Simplemente que los maten, o más bien, que los ejecuten. La ejecución, creen algunos, es la encarnación del poder del soberano defendiéndose. El terror, la frustración, el control sanguinario que las pandillas tienen sobre la gente hace que muchos piensen que entre menos trámite legal y menos deliberación, más rápido nos libramos del problema. Estas personas se olvidan de que vivimos en una república y en un Estado de Derecho.

EDH logEn un Estado Constitucional hay que garantizar derechos para asegurarnos de que una persona es culpable y no encarcelar a un inocente. El presunto delincuente debe tener derecho a un juicio justo, a la posibilidad de defenderse ante un juez y a condiciones dignas de reclusión. Pero no todos piensan así. En El Salvador esos argumentos ya no convencen y algunos son prisioneros de la insensatez.

Los reportes periodísticos sobre grupos de exterminio dentro de la Policía Nacional Civil resultan alarmantes y escalofriantes, pero más sorprendente es ver las reacciones de algunos ciudadanos: aplauden a los grupos de exterminio y justifican las matanzas diciendo “de seguro anda metido en algo malo”. Y lo más chocante, ver cómo acusan a periodistas de ser “pro pandilleros” por criticar las ejecuciones o los actos arbitrarios realizados por la policía. El periodismo está aquí para decirnos lo que debemos saber, no lo que nos gusta escuchar. El periodismo que investiga y nos hace reflexionar es vital para una república democrática.

Muchos de nosotros estamos paranoicos por la violencia en el país. La cantidad de muertes de las que nos enteramos a diario y ver el sufrimiento de las familias de las víctimas vuelve entendible que la mayoría de ciudadanos pida soluciones inmediatas al problema. Y por más que el Gobierno se empeñe en hacer creer que hay control sobre la seguridad pública, no nos la podemos creer cuando la vemos a diario. El Salvador sigue siendo uno de los países más violentos del mundo; en 2016 superó las seis mil muertes violentas y hasta agosto 2017 el promedio es de diez decesos al día por culpa de la violencia.

Por eso, si consideramos lo anterior, no sorprende que la mayoría de salvadoreños aplaudan la muerte o tortura de pandilleros. El miedo prevaleciente en la sociedad ha cruzado el límite, generalizando la idea de que incluso las soluciones insensatas son una opción ante el desborde del problema de seguridad. La gente aplaude la posibilidad de escuadrones de la muerte y a los grupos de policías que se extralimitan en sus funciones, a pesar de que sean causantes de violaciones a derechos humanos. Porque la solución fácil es el ojo por ojo, sin pensar que un día todos nos vamos a quedar ciegos.

Estos métodos autoritarios son celebrados cuando afectan a mareros tatuados o a quienes tenemos alguna idea de que andaban en malos pasos. Pero, en la realidad, no estamos libres de llevarnos a inocentes de paso. En el país hemos conocido historias escalofriantes de personas que han sido detenidas injusta y arbitrariamente; en que han existido procesos judiciales contra personas cuyo único error ha sido tener el mismo nombre que un delincuente; en que han matado gente por pasar en zonas controladas por pandillas, sin tener ningún vínculo con éstas. Los que aplauden la violación a derechos humanos quizá no se han puesto a pensar que algún día, por error, pueden ser ellos los que se encuentren detenidos, enjuiciados o hasta asesinados.

En El Salvador algunos creen que merecen todos los derechos y que otros no merecen ninguno, olvidando que por mucho bien o mal que hayamos hecho, al final todos somos humanos. Que alguien se gane ese trato no lo decidimos nosotros al calor de emociones; esa tarea está encargada al Órgano Judicial, para que sea una entidad imparcial la que conceda justicia y decida a quién le retiramos su estatus de ciudadano por haber cometido delitos.

Matar está mal; tomar justicia por propia mano e irrespetar las garantías que ofrece un Estado de Derecho también está mal. Si no respetamos estos principios por convicción, al menos hagámoslo porque día podríamos ser nosotros a los que maten o encarcelen injustamente.