Erika Saldaña

Sin condiciones para fraude. Der Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

7 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY

¡Fraude, fraude, fraude! Eso están algunos gritando desde ya sobre las elecciones del 3 de febrero. Tenemos décadas de que eso no se da en nuestro país y nos costó caro: una guerra y miles de muertos. Es irresponsable y mal intencionado hablar de eso hoy cuando no hay condiciones para que se dé.

A un mes de las elecciones presidenciales, en el ambiente se ha generado un discurso de posibilidad de fraude electoral que puede ser peligroso. Una de las situaciones más dañinas para cualquier democracia es llegar a un proceso electoral donde se ponga en duda el trabajo del Tribunal Supremo Electoral y bajo una nube de fraude. Nos puede llevar a un conflicto indeseable para la sociedad salvadoreña.

Desde hace años he sido muy crítica de la labor del TSE. Pareciera que a dicha institución le falta mucho trabajo y acciones para creerse a cabalidad el calificativo que la Constitución le ha otorgado de “autoridad máxima en materia electoral”. Le ha faltado un rol más protagónico en la defensa de los intereses ciudadanos al momento de ejercer el voto y le ha cedido ese control a los partidos políticos; además, ha descuidado la resolución de casos jurisdiccionales, centrando toda su atención en la organización de elecciones. Pero hay una gran diferencia entre estar inconforme con la actuación del TSE, que siempre podría mejorar, y los señalamientos que se le hacen de fraude electoral.

En elecciones pasadas el TSE ha mostrado deficiencias en la transmisión de resultados, problemas de logística y de organización que no debieron darse. Además, el trabajo de las mesas de votación no debería ser un ámbito exclusivo e incuestionable de los miembros de las Juntas Receptoras de Votos, cuando es su obligación verificar la aplicación de la ley electoral y de los instructivos emitidos para garantizar la pureza de las elecciones. Pero estos errores, que son totalmente superables en la próxima elección, nunca se tradujeron en indicios de fraude electoral.

También hay que señalar que los humos de fraude o de bloqueo a “la voluntad popular” no son nuevos. Con la pasada inscripción del partido político “Nuevas Ideas” se acusó al TSE, en distintas circunstancias, de “proteger un sistema que quiere un cambio”. Al final vimos que el partido se inscribió sin mayor reparo y que las actuaciones del TSE no eran trabas, sino de una aplicación de la normativa electoral vigente.

Sin duda hemos avanzado desde las épocas que generaron el conflicto armado en El Salvador, donde el rol del Consejo Central de Elecciones era duramente cuestionado y existían indicios de fraudes electorales. La situación ha cambiado. Ahora, el TSE tiene demasiados ojos sobre sus labores; hay intervención y control de todos los partidos políticos de cada paso que se da en la elección; hay mayor vigilancia ciudadana y existe la intervención de observadores nacionales e internacionales; las instituciones que colaboran o podrían intervenir en la elección (Fiscalía General de la República, Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y Sala de lo Constitucional, entre otras con un papel menos visible) han tenido un rol más activo y relevante.

El reto de todas las instituciones es trabajar activamente para que se disipe la narrativa dañina el fraude electoral. Lo que peligra ante ello no solo son las elecciones presidenciales, sino la estabilidad de nuestra democracia. El mayor peso de esta responsabilidad recae sobre el TSE, por lo que ojalá hoy sí se crea el papel de máxima autoridad en materia electoral.

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Hay corrupción de todos. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

22 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Hoy quería escribir un bonito mensaje de Navidad… pero se me atravesaron los “audios presidenciales” publicados por la Revista Factum. En ellos se puede escuchar a los expresidentes Funes y Saca conspirar contra el expresidente Flores; citando textualmente el reportaje: “Funes y Saca supieron, en 2013, de la existencia de un documento que comprometía a Flores con posibles ilícitos y decidieron obtenerlo a toda costa, no para favorecer a la justicia, sino para atacar al adversario”. Una trama de complot político digno de una serie de Netflix.

Lo que revelan esos audios es algo que ya sabíamos o que al menos sospechábamos: las instituciones de nuestro país han sido corrompidas durante décadas y el Órgano Ejecutivo ha sido utilizado para fines personales y no para servir plenamente a la población. Eso lo han hecho tanto gobiernos de ARENA como del FMLN; todos los gobiernos post-Acuerdos de Paz. Unos más y otros menos, pero hay que tener claro algo: corrupción es corrupción, venga de donde venga.

A pesar de lo anterior, es curioso y lamentable cómo los sesgos todavía se encuentran presentes en la ciudadanía y nublan el pensamiento racional, ya sea por prejuicios personales o por conveniencia política. En todos los lados del espectro político han sucedido hechos cuestionables relacionados con la corrupción, pero muchas veces se tiende a defender a quienes nos simpatizan, aunque hayan actuado mal; y se acusa a la hoguera al oponente, sin importar la gravedad del asunto.

Cada quien está en el derecho de sacar sus propias conclusiones del reporte periodístico. Para unos, lo más importante del reportaje de Factum es que Francisco Flores recibió dinero de Taiwán destinado para damnificados por el terremoto de 2001 y lo desvió a cuentas de su partido. Para otros lo más relevante es que GANA nació del brazo del expresidente Antonio Saca y financiado indebidamente con dinero público. Y para otros, que “el gobierno del cambio” cayó en lo que tanto criticaba. Lo cierto es que hay corrupción de todos lados.

En las últimas décadas se han utilizado los escasos recursos del Estado para sobornar, sufragar gastos de asuntos que nada tienen que ver con cuestiones públicas, disponer de instituciones estatales para intereses personales. Y los que hemos perdido con estas actuaciones de los funcionarios somos todos los ciudadanos; tenemos deplorables servicios de salud, educación y seguridad pública. La calidad de vida de todos los salvadoreños ha sido desmejorada por culpa de la corrupción.

Como sociedad debemos madurar y aprender a ver la viga incrustada en el ojo propio, no solo la paja que anda rondando los ojos ajenos. Es fácil ver la corrupción del equipo contrario, pero, para ser coherentes, deberíamos ser los primeros en poner el grito en el cielo por los malos actos de quienes nos simpatizan. Uno de los problemas que tenemos como país es que hemos normalizado la corrupción por sectores o de quienes nos caen bien, sin pensar que esto lo único que incentiva es a multiplicarla. La finalidad debería ser combatir la corrupción de todos.

Que la época navideña nos sirva para reflexionar sobre la sociedad que queremos; una que trabaja junta, sin importar la ideología política, para sacar adelante al país; o una que siempre viva en confrontación defendiendo intereses de los que nos simpatizan. Una sociedad que se desarrolle por el buen camino solo la vamos a lograr estableciendo acuerdos mínimos en que todos los sectores estemos de acuerdo. Uno de los asuntos en los que todos deberíamos concordar es que la corrupción no se tolera de ningún lado.

Postdata: Feliz Navidad y felices fiestas a todos los que se toman el tiempo de leer esta columna. Gracias.

Él cree que las leyes no le aplican. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

10 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

La amenaza a instituciones públicas cuando una decisión en contra no cae en gracia es matonería política. La idea de utilizar a las instituciones para satisfacer intereses o ideas personales, también. El candidato a la presidencia Nayib Bukele ha tenido varios deslices relacionados con la institucionalidad democrática de nuestro país, lo cual resulta preocupante.

El pasado jueves, el candidato del partido GANA manifestó en sus redes sociales que el TSE estaba “fraguando un fraude electoral” y que si se consumaba, se iban a las calles. Todo porque en la impresión de las papeletas de votación variaba el tono de celeste del que supuestamente se había aprobado. Después de la serie de fraudes electorales que dieron lugar a la guerra civil en los Años Ochenta, acusar de fraude por una bandera mal teñida en una impresión es subestimar la inteligencia de las personas.

No es la primera vez que los exabruptos del candidato ignoran deliberadamente los años de trabajo para tratar de consolidar las instituciones en el país. En 2016 llamó a una protesta afuera de la Fiscalía General de la República después que el titular de la institución confirmara que el entonces alcalde era mencionado en unas investigaciones por delitos contra El Diario de Hoy y La Prensa Gráfica; retó al Fiscal General a que bajara y le dijera “en su cara” las acusaciones. Como si fuera un adolescente retando a un compañerito de escuela. En el proceso de formación del partido Nuevas Ideas se creó una narrativa de que existía un “bloqueo a la voluntad popular”, por las distintas objeciones que el TSE le hizo al partido antes de inscribirlo. Convirtieron a la institución en el villano de forma injustificada.

El pasado noviembre, en relación con la aprobación de leyes a favor de la Universidad de El Salvador en la Asamblea Legislativa, manifestó: “¿A quién nos van a lanzar para detenernos? ¿A la UMO? ¿A la Policía? ¿Al Ejército? Ellos van a marchar con nosotros. Porque todos ellos son comandados por el presidente de la República y comandante general de las Fuerzas Armadas. ¿Qué les va a quedar?”. El uso arbitrario de la Fuerza Armada revive fantasmas y da miedo.

El factor común en todas esas situaciones ha sido un rechazo implícito e irracional a la institucionalidad y a las decisiones adversas. Todo bajo la excusa “que los mismos de siempre” están detrás de los reveses que sufre. Si llega a la Presidencia, ¿con qué temperamento asumirá una negativa de la Asamblea de aprobar cualquier ley o el Presupuesto de la Nación? ¿Cómo se tomará un revés judicial? Nayib cree que se lo merece todo. Y son preocupantes las decisiones que pueda tomar una persona que cree que no se equivoca.

Las instituciones públicas tienen sus fallas y eso es innegable. Pero para combatir estas situaciones es que las leyes prevén los canales institucionales y las instancias para controlar una decisión errónea. Es injusto afirmar que todas las instituciones están tiradas a la perdición o que responden “a los mismos de siempre”, cuando dentro de ellas hay miles de personas trabajando para reivindicarlas de las culpas de sus predecesores. Es injusto pensar que las crisis que ha sufrido este país han pasado en vano y que preferimos volver a tiempos de tiranías y autoritarismos.

Como sociedad no podemos tomarnos a la ligera el irrespeto a las instituciones ni los llamados a la rebeldía por un descontento personal con determinadas decisiones. Todo eso desemboca en violencia. Es demasiado pretencioso creer que uno está por encima del bien y del mal, o pensar que nunca se equivoca. En una República todos nos debemos someter a las reglas e instituciones. Hay un problema cuando él cree que las leyes no le aplican.


No aprenden. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

3 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

El jueves terminaron las entrevistas a los candidatos a Fiscal General de la República. Parece que los diputados no han aprendido de las experiencias y continuaremos sin un procedimiento objetivo para seleccionar funcionarios. Seguirán aplaudiéndose después de cada elección sin motivo alguno, pues si los nombramientos llegan a feliz término, con personas capaces de ejercer el cargo con competencia y rectitud, es producto únicamente del mérito que los elegidos puedan tener y por la presión de la sociedad civil que ha mantenido a los legisladores bajo la lupa. Los diputados, a la fecha, no han sido capaces de construir un proceso objetivo y transparente que sea la base de cualquier elección de funcionarios.

Hay que partir del perfil de abogado que se necesita para ser Fiscal General. Los diputados no pueden acudir de nuevo al argumento dado en la elección de magistrados de la Corte Suprema de Justicia, que todos los candidatos eran igualmente capaces. Eso es falso. Y con lo anterior no se trata de insultar, minimizar o rechazar a las personas. Solo hay que tener claro que no todos tenemos la misma educación, experiencia laboral y ni todos los candidatos presentaron los mismos planes de desarrollo institucional. No todas las personas son igualmente idóneas para una institución que necesita a profesionales preparados.

Los diputados también deben tener claro que el haber sido funcionarios de alto rango de dependencias del Estado no vuelve a una persona competente para el cargo. En listado de candidatos hay muchos que han pasado por diversas entidades públicas. A ellos debe cuestionárseles más sobre los resultados que han tenido y ponderar si merecen una nueva elección. La función pública no es un estilo de vida.

Las entrevistas deben tener un fin sustancioso y no tomarlas como una simple formalidad. Los diputados tuvieron la oportunidad de cuestionar a los diversos candidatos y no lo hicieron a profundidad. Sin embargo, de dichas entrevistas son rescatables los planes de desarrollo institucional que cada uno de los candidatos presentaron, pues brindan una idea de hacia dónde iría enfocado el trabajo del nuevo Fiscal. Considerando que tres años es un periodo corto e insuficiente para desarrollar la infinidad de planes que necesita la FGR a nivel interno y externo, como país no podemos darnos el lujo que una persona llegue a aprender al cargo.

Y dado a que la Asamblea Legislativa ha quedado en deuda en relación con el procedimiento al interior de la Comisión y Subcomisión Política, es necesario que los legisladores corrijan las deficiencias en el camino. De manera urgente debe establecerse los próximos pasos a seguir, que incluyan la depuración de las hojas de vida que cumplen los requisitos mínimos y que cuenten con un perfil de conocimiento relacionado al quehacer del Fiscal General; aquellos que presentaron documentación deficiente deben ser dejados a un lado; de ahí analizar de manera detallada y pública el perfil de cada uno y dejar para la decisión final solo a los mejores evaluados. Es lo menos que pueden hacer.

Como país no podemos acostumbrarnos a que la elección de funcionarios sea un “golpe de suerte” o quedarnos a rogarle a Dios que los nombramientos resulten provechosos para la institucionalidad. Las personas a las que nos interesa el bienestar y futuro de nuestro país no nos vamos a cansar de insistir en que hagan bien su trabajo. La elección del Fiscal General es de vital importancia para El Salvador, por la defensa de los intereses del Estado, el combate a la corrupción, la efectiva garantía de los derechos de las personas. Hay que ponerse serios, diputados.


Gente brava, agresiva y violenta. De Erika Sadaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional y presidenta del Centro de Estudios Juridicos

12 noviembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Somos una sociedad agresiva. Lo ocurrido el pasado jueves en Santa Tecla es una de las últimas manifestaciones de lo violento que somos como pueblo salvadoreño. Lejos de determinar quién tiene la culpa o quién pegó primero, el percance dejó como resultado un muerto y más de sesenta heridos. Ni la Alcaldía ni los vendedores fueron capaces de construir una solución como gente que piense en eso y no en conflictos para lograr algo. No es la primera vez que estos disturbios pasan en Santa Tecla y no será la última. Somos un pueblo carente de inteligencia emocional, tolerancia y diálogo.

El salvadoreño tiene muchas cualidades buenas, reconocidas a nivel mundial. Somos gente trabajadora, incansable y, según dicen, bastante amigable. Pero algo que no hemos cultivado en nuestra sociedad es la reflexión sobre nuestros actos; somos gente impulsiva y hay ocasiones en que eso nos transforma en personas violentas. No nos caracterizamos por pensar lo que hacemos, por reflexionar nuestras acciones y prever las consecuencias de las mismas.

La gente brava, agresiva y violenta está presente en todos lados. Funcionarios, empleados, alcaldes, diputados, agentes del CAM, tuiteros, facebookeros, líderes de opinión, policías, vendedores, estudiantes, amas de casa, mamás, papás, hijos. La cultura de la violencia nos ha impregnado tanto, que el ambiente cargado de negatividad y estrés lo vivimos casi en todos los entornos. Y de parte de casi todas las personas, pues el nivel educativo de alguien no es sinónimo de persona educada.

Lo presenciamos en la Asamblea Legislativa, donde las acusaciones entre los padres de la Patria están a la orden del día. Pareciera que el objetivo principal es hacer quedar mal al otro en vez de tender puentes de diálogo, poner por delante los intereses de un país y buscar soluciones para los distintos problemas que nos aquejan.

A todos nos estresa la agresiva campaña política que se ha desatado en las últimas semanas; los candidatos han dejado a un lado la promesa de impulsar más y mejores propuestas y se han centrado en despellejar al contrincante por cualquier mal paso que dan. Los candidatos y sus equipos deberían estar promoviendo un discurso civil, decente, con soluciones y no agresivo; pero parece que este último es más efectivo.

Lo sentimos en las redes sociales, que han pasado de ser un lugar de distracción e información, a parecerse a campos de batalla virtual donde si no estás conmigo, estás contra mí. Tóxico. Los discursos bajeros de personas reales que se dedican a atacar o difamar, así como las maniobras con “trolles” y “boots”, amenazan a diario la libertad de expresión y no permiten una construcción civil de ideas.

Lo vemos en el tráfico diario, donde la poca cortesía, los pitos sin sentido y las infracciones a las señales de tránsito, son lo más común de la jungla de asfalto. Ya deberíamos dar por sentado el tráfico diario y salir más temprano hacia nuestros destinos, en vez de pretender llegar de manera milagrosa o manejar de forma “ensatanada”.

Lo vivimos con los vecinos, porque no hemos sido capaces de procurar una buena convivencia ni en nuestro entorno básico y respetar los derechos de los demás. Optamos por “sulfurarnos” en vez de buscar soluciones racionales a las discrepancias. Preferimos responder con insultos o golpes a llegar a acuerdos y ser vecinos respetuosos. Así podemos ir ilustrando los distintos niveles de agresión y violencia que tienen herido a nuestro país.

Debemos buscarle un paro a la cultura de la agresión y violencia. Hay que empezar poniendo de nuestra parte y no solo exigir que sea la otra persona la que cambie. Tenemos que dar el ejemplo desde nuestras casas, en la calle y los lugares de trabajo. Seamos reflejo del respeto y la tolerancia que exigimos a los demás. El progreso de una sociedad depende en parte de la educación, respeto, diálogo y tolerancia de cada uno de sus ciudadanos. Seamos el cambio que queremos ver.

Duele ver a los que se van. De Erika Sadaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

5 noviembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

El miércoles 31 de octubre vi a la segunda caravana de salvadoreños sobre la carretera Panamericana y se me partió el corazón. A menos que alguien tenga hielo en las venas, es imposible no conmoverse al ver tanta gente desesperanzada. Hombres, mujeres y niños sin más que una mochila y un galón de agua para ir rellenando en el camino. Huyendo de la inseguridad, amenazas, hambre, la falta de oportunidades y la indiferencia y ligereza de nuestros líderes políticos. Tristeza total.

Este país y nuestra gente duelen, algunos días más que otros. Muchas personas, creo, ya se acostumbraron a ver las noticias de homicidios, violencia y corrupción, a escuchar los casos de familias que les toca cambiarse de domicilio porque sus colonias se han vuelto invivibles. Los retratos de la atrocidad individual lamentablemente ya no alteran tanto. Pero en estas últimas semanas los dramas humanos han tenido que juntarse para que les prestemos atención, formar caravanas y caminar en masa hacia los Estados Unidos. Esperan lograr juntos el camino que no se atrevieron a tomar solos.

Al ver todo esto es cuando alguien con corazoncito humano se pregunta, ¿dónde están todos esos funcionarios e instituciones que deberían estar evitando esta tragedia humana? ¿Dónde estamos todas las personas que hemos tenido la suerte de contar con condiciones de vida decentes para ayudar a los más necesitados? ¿Qué hemos hecho para apoyar o ayudar a alguien, cerca de nuestro entorno, a salir adelante?

¿Dónde está el Gobierno de El Salvador y su Presidente? El Ejecutivo prefiere lavarse las manos en teorías de la conspiración que asumir que le fallaron a la población. La Policía Nacional Civil se ha limitado a mandar un par de patrullas para que acompañe a la caravana en el camino hacia la frontera con Guatemala; más que garantes de la seguridad, parecen el cortejo de los que prefirieron caminar miles de kilómetros y esperan no volver por la falta de una vida digna. Los mandan a la buena de Dios en vez de brindarles opciones que los motiven a quedarse.

¿Dónde están los diputados de la Asamblea Legislativa? Todos esos que son expertos en presentar proyectos de iniciativa de ley de manera inmediata ante cualquier coyuntura, los que están más preocupados por endurecer las penas por amaños, nombrar hijos meritísimos o solicitar minutos de silencio. No se les ve preocupados por mejorar las leyes que ayuden a la gente a salir de la miseria, a generar las condiciones que incentiven a invertir más y que hayan más empleos. Tal parece que tienen prioridades muy distintas a las de la mayoría de salvadoreños.

¿Dónde están las instituciones de seguridad que tenían a su cargo garantizar el bienestar de estas familias? La Policía Nacional Civil, el Ministerio de Seguridad Pública y Justicia, la Fiscalía General de la República, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, el Órgano Judicial tienen cuota de responsabilidad en la desesperanza, miedo y en la necesidad de estas personas de salir huyendo de sus municipios.

¿Dónde están los candidatos a la presidencia de la República intentado, al menos, brindarle una ilusión a toda esta gente? Las propuestas que están presentado para distintos sectores y departamentos se ven muy bonitas en la televisión, pero no he visto ninguna que considere a los desplazados por el miedo y el hambre. Tenemos a la vista los problemas reales que deben ser resueltos y en los que deberían enfocar alguna propuesta. Esta población sin motivos para seguir en el país también merece que les presten atención y ayuda.

Dejemos a un lado las teorías de la conspiración, por las cuales siempre buscamos encontrarle cinco patas al gato. Insisto, una persona que está bien en su país no se va para ningún lado. Hemos fallado como sociedad en generar condiciones en las que todos podamos vivir bien. Que esta tragedia humana nos sirva para poner los ojos en las cosas que importan. Duele ver a los que se van.

Se van porque no hay de otra. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

29 octubre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Los hermanos lejanos no se van de sus países porque los engañan, se van porque no hallan vida que desarrollar en sus tierras. No nos engañemos ni hagamos teorías de la conspiración. Alguien puede ayudarles a pagar el viaje hacia los Estados Unidos, pero alguien que está bien en su país no se va para ningún lado.

Hemos visto en los últimos días cómo la caravana de migrantes que se dirige a la frontera entre México y Estados Unidos ha irritado las relaciones entre estos países y los pertenecientes al Triángulo Norte. El flujo de migrantes no es algo nuevo. Son miles de personas las que arriesgan sus vidas cada año en busca de un futuro mejor; pero hoy ya no lo hacen de manera individual, se han unido, convirtiéndose en un mar de gente que busca entrar a los Estados Unidos y cumplir el sueño americano. O salir de la pesadilla en la que lamentablemente se ha convertido Centroamérica.

En medio de las distintas coyunturas políticas en cada país, no han faltado voces señalando que se trata de un fenómeno creado con el objetivo de afectar imágenes políticas, generar percepciones de cara a las elecciones de medio término en Estados Unidos o distraer de las crisis políticas internas de Nicaragua, Honduras, Guatemala y El Salvador. Lejos de si la caravana de migrantes es una creación con fines políticos o un grupo de gente manipulada, lo cierto es que detrás de cada persona que decide caminar miles de kilómetros con sus hijos en brazos hay un drama humano, producto de la falta de oportunidades y la pobreza en el país que decidió abandonar.

Los problemas inician al interior de los países centroamericanos, en la incapacidad de los gobiernos de ofrecer las condiciones mínimas en las que una persona pueda desarrollarse. Se ha perdido el control de la seguridad pública y la gente ya no puede caminar tranquila en las calles. Los servicios públicos son de precaria calidad y las oportunidades de trabajo son escasas. En Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador rebalsa la corrupción, el dinero no se invierte en la gente, y cuando creíamos que ya pocas cosas son capaces de asombrarnos, la realidad se supera a sí misma y nacen nuevas razones para que los ciudadanos honrados se indignen.

El gobierno salvadoreño ha negado la existencia de la migración forzada producto de la violencia, y tuvo que ser la Sala de lo Constitucional la que obligara a reconocer el problema y a adoptar medidas para tratar de paliar la crisis. En la sentencia se expuso que existe un fenómeno de desplazamiento forzado de personas que tiene origen en el contexto de violencia e inseguridad que afecta gravemente a zonas controladas por las pandillas y en las afectaciones a derechos como la vida, integridad física, libertad y propiedad. Además, ordenó diseñar e implementar políticas públicas y protocolos de actuación orientados a prevenir el desplazamiento forzado de los habitantes del país.

La incapacidad del Estado salvadoreño de encontrar soluciones a problemas como el desplazamiento interno por motivos de violencia, la pobreza, la falta de oportunidades para obtener un trabajo digno, la desidia de combatir la corrupción que diluye el dinero que debería invertirse en la educación de los niños, en la salud de los trabajadores o las pensiones de los mayores, son factores que han agravado el éxodo masivo hacia el Norte.

La caravana de migrantes sigue su camino hacia Norteamérica. Y ojalá la tristeza que causa ver gente sin esperanza, con hambre y los temores embolsados en una maleta, haga reaccionar a todos los gobiernos involucrados; a los centroamericanos, en la búsqueda de soluciones a las raíces del problema; al estadounidense, a resolver la migración de una manera sensata, como una crisis humanitaria y no como una amenaza a su gente.

Mientras la mayoría nuestra gente sobreviva hasta con trescientos dólares al mes, mientras haya que esperar dos o más meses por citas en sistema de salud, mientras colonias enteras estén dominadas y amenazadas por pandillas, mientras solo se creen cinco mil empleos y necesitemos sesenta mil al año para jóvenes graduados, siempre habrá gente que se quiera ir. No hay que convencerlos mucho para que se vayan, se van porque no les queda de otra.