Erika Saldaña

Tapadera a la impunidad. De Erika Saldaña

La Presidencia de la República crea cargos redundantes y con poco sentido, dando la impresión de que mejorar la actuación de las instituciones no es el único fin, sino también dotar de ese fuero constitucional a los funcionarios investigados.

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 24 abril 2017 / EDH

El tema del fuero de los funcionarios está de nuevo sobre la mesa. A menos que usted viva debajo de una piedra, los motivos que inducen a pensar en la prerrogativa establecida en el artículo 236 de la Constitución están a la vista. Ante las diversas investigaciones que se encuentra realizando la Fiscalía General de la República por posibles casos de corrupción y otros delitos graves, explotan aquellas dudosas casualidades; la Presidencia de la República crea cargos redundantes y con poco sentido, dando la impresión de que mejorar la actuación de las instituciones no es el único fin, sino también dotar de ese fuero constitucional a los funcionarios investigados.

Frente a estas situaciones coyunturales es necesario debatir y aclarar para qué sirve el denominado fuero de los funcionarios. La jurisprudencia constitucional reiteradamente ha señalado que se reconocen ciertas prerrogativas a las personas que ocupan determinados cargos en el ámbito de la función pública. Bajo este tipo de inmunidad, la acusación penal contra un funcionario debe pasar primero por una autorización, ya sea de la Asamblea Legislativa o la Corte Suprema de Justicia, en un proceso de antejuicio; si en dicho antejuicio se recoge la información suficiente que señale el posible cometimiento de un delito, el caso pasa a los tribunales comunes para que estos juzguen la conducta. La finalidad del fuero es prevenir obstrucciones en el trabajo del funcionario y garantizar el normal funcionamiento de la institución que integre; es decir, que este funcionario no sea acusado de algún delito por razones políticas, con la intención de separarlo de su cargo o de alterar la composición de ciertos Órganos del Estado o sus dependencias.

Sin embargo, considero que el fuero de los funcionarios ha sido mal interpretado desde sus inicios. Esta prerrogativa no funciona como un blindaje a la impunidad ni asiste a un funcionario por el cometimiento de cualquier tipo de delito o falta. La lectura superficial del artículo 236 de la Constitución ha sido utilizada a conveniencia, dejando en el aire la idea de que un funcionario está protegido siempre por su simple nombramiento. Pero hay que tener claro que la Constitución bajo ninguna circunstancia puede ser utilizada para proteger la impunidad, pues de ser así se constituye un fraude a la misma. Además, partiendo del principio básico y fundamental de que en una República todos somos iguales ante la ley, las prerrogativas no pueden ser utilizadas arbitrariamente para evadir la justicia. Lo contrario permitiría caer en supuestos absurdos que propicien la impunidad ante la comisión de delitos, dejando a un lado cualquier consideración a la protección de bienes jurídicos que establecen las leyes para el Estado o los ciudadanos.

El fuero no se constituye como una garantía absoluta para el funcionario, sino que hay que tener claros los distintos límites que establecen la Constitución, leyes y jurisprudencia relacionada al tema. Dejando el plano hipotético, en El Salvador hemos sido testigos de casos donde una mala interpretación de las garantías que ofrece el fuero estuvo a punto de utilizarse erróneamente para encubrir casos de delitos graves. En el caso del exdiputado suplente Wilber Rivera, la Fiscalía inició un antejuicio en su contra ante la Asamblea Legislativa; luego advirtió su error sobre los casos donde no debe operar el fuero y desistió expresamente de dicho procedimiento, acudiendo directamente a los tribunales para su juzgamiento por lavado de dinero. A la hora de analizar la operatividad del fuero constitucional, los aplicadores de justicia (Fiscalía y Órgano Judicial) deben tener en consideración el tipo de delito que se atribuye, el contexto en que sucedieron los hechos, las funciones propias de quien pretende ampararse en esa garantía y las pruebas recabadas.

Ante la desinformación o interpretación interesada de ciertos temas jurídicos es deber de la comunidad jurídica participar en su aclaración. Como señalé antes, la Constitución no puede ser mal utilizada para beneficios particulares y menos como herramienta que proteja la impunidad. Además, también es necesario que las instituciones encargadas de perseguir y juzgar el delito tengan claros los criterios que deben aplicarse. El fuero constitucional no puede considerarse absoluto, pues no se trata de una tapadera a la impunidad.

Necesitamos un liderazgo claro. De Erika Saldaña

El Salvador urge de un liderazgo fuerte y claro; de esos que asumen sus errores y responsabilidades, de los que buscan soluciones concretas a los problemas y no solo se limitan a echarle la culpa a otro o pretenden vender la idea de que no pasa nada.

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 17 abril 2017 / EDH

“Es por este alto propósito que ahora llamo a mi pueblo en casa, y a mi gente cruzando los mares, que harán suya nuestra causa. Les pido que se mantengan calmados, firmes y unidos en esta época de juicio. La tarea será difícil. Puede haber días oscuros por delante, y la guerra ya no puede limitarse al campo de batalla, pero solo podemos hacer lo correcto cuando vemos lo correcto y confiamos nuestra causa a Dios. Si uno y todos nos mantenemos fieles a eso, dispuestos a cualquier servicio o sacrificio que se nos pueda exigir, entonces con la ayuda de Dios prevaleceremos”. Este fue parte del discurso dado por el rey Jorge VI de Gran Bretaña el 3 de septiembre de 1939, el cual dio inicio a la II Guerra Mundial contra la Alemania nazi. Parecen palabras simples, pero fueron el inicio de una resistencia mundial contra la idea de un imperio de Adolfo Hitler en Europa; además, la claridad y solidez del discurso resultó ser sorprendente, ya que según la historia el rey Jorge VI era introvertido, inseguro y tartamudo.

Cada vez que veo a un gobernante frente a un micrófono me acuerdo de la película que popularizó el anterior discurso histórico. Porque cuando son tiempos difíciles, ya sea en ámbito económico, político, social o ante desastres naturales, lo que todos necesitamos es tener claro el panorama, saber qué se avecina, sacar ánimos de cualquier lado y tener la esperanza de que las cosas mejorarán. Esa confianza que se necesita es la que debería transmitir un líder, en especial el presidente de un país, quien a pesar de sus propias limitantes sea capaz de tomar decisiones difíciles y estar presente en situaciones urgentes para la población.

En El Salvador vemos a diario que carecemos de un liderazgo visible. El país vive una dura situación económica, donde el ruido de un inminente impago ha llevado a las calificadoras de riesgo a degradar la nota del país y a compararlo con Venezuela y Grecia. Ante el problema del pago de la deuda del país, el Gobierno se enredó en un discurso contradictorio; mientras en la mañana anunciaban el impago si no se aprobaban los préstamos, en la tarde el Ministerio de Hacienda sacó un comunicado diciendo que contaban con el dinero. Y desde hace años vivimos en uno de los países más violentos del mundo, que aunque traten de matizar la situación con publicaciones bonitas, la realidad es que muchas personas mueren y los vivos no podemos andar tranquilamente por las calles.

La semana pasada, la capital del país se vio afectada por un enjambre sísmico. Mientras la población entraba en pánico y había caos vehicular en las calles (quizá porque resulta inevitable pensar en los terremotos del año 2001 al estar en una situación así), el presidente de la República no apareció por ningún lado. Sus ministros dieron la cara ante la población, un rostro descontrolado, asustado y con respuestas titubeantes ante las preguntas de la prensa. El ministro de Gobernación manifestaba que no había ningún tipo de alerta, al mismo tiempo que la Dirección de Protección Civil emitía alerta amarilla; la ministra de Medio Ambiente nos mandaba a la playa o a la montaña, sin pensar en el caos en las calles ni en el latente riesgo de desprendiendo de tierra y rocas en carreteras, como lo que pasó en Los Chorros. ¿Cómo es posible que viviendo en el Valle de las Hamacas no tengamos un plan claro en el caso de un terremoto? ¿Dónde está el presidente para controlar todas estas situaciones alarmantes?

El Salvador urge de un liderazgo fuerte y claro; de esos que asumen sus errores y responsabilidades, de los que buscan soluciones concretas a los problemas y no solo se limitan a echarle la culpa a otro o pretenden vender la idea de que no pasa nada. A pesar de que faltan alrededor de dos años para la elección presidencial, ya los posibles candidatos de cada partido se empiezan a perfilar; es hora que nosotros, los votantes, trabajemos para romper ese esquema de elegir como opción “al menos peor” entre muchos males.

Necesitamos un liderazgo claro para el país y eso nos toca exigirlo a nosotros.

League El Salvador. De Erika Saldaña

League se ha convertido en un tubo de movilidad social para sus empleados, pues personas pobres, sin esperanza o humillados por distintas situaciones de la vida, ahora ven una luz al final del túnel y pueden crearse un plan de vida distinto.

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 10 abril 2017 / EDH

“A mí trabajar en esta maquila me ha cambiado la vida y estoy agradecida por todo lo que hacen aquí por nosotros”, expresó una mujer en su testimonio; “yo creí que nunca nadie me daría una segunda oportunidad por ser expandillero y aquí me abrieron las puertas”, dijo un hombre tatuado y con la voz cortada; “siéntanse bienvenidos a esta empresa y gracias por querer conocer el proyecto”, manifestó un joven que no era el dueño sino un técnico en informática. Cuando varias personas se manifiestan de esa manera de una maquila, entidades símbolo de explotación laboral en casi todos los países del mundo, algo resulta extraño y llama mucho la atención.

Tuve la oportunidad de conocer el proyecto desarrollado por la empresa textil “League”, ubicada en el parque industrial American Park, en Ciudad Arce; los testimonios de las personas que trabajan ahí rompen completamente con el paradigma de empleados sin otro futuro más que vivir cosiendo prendas y cortando tela de manera indefinida. También deja a un lado el estereotipo de que las empresas únicamente piensan en bajar costos y multiplicar las ganancias para beneficio individual.

League es una empresa textilera que exporta prendas a universidades de Estados Unidos y Canadá. Cuenta con alrededor de cuatrocientos empleados y ha pasado de ser un pequeño proyecto a una empresa de considerable tamaño en menos de una década. Además de su crecimiento interno y externo, lo más admirable de League es el compromiso que su gerente general, el señor Roberto Bolaños, ha adquirido con los empleados de su empresa y la comunidad de Ciudad Arce.

Adentro de las instalaciones de la maquila cuentan con un área reservada para los trabajadores que, a la vez, son estudiantes universitarios de tres carreras técnicas; ahí reciben clases de lunes a jueves después de sus labores (con la cooperación de una Universidad privada) y los sábados se trasladan a San Salvador para recibir su formación en la sede de la universidad. Además, cuentan con un centro de cómputo donde diariamente todos los empleados reciben media hora de clase de inglés de forma obligatoria; han desarrollado diversos programas que benefician a todos los que trabajan ahí, tales como subsidios en la alimentación diaria, inclusión laboral de expandilleros y personas con alguna discapacidad, cooperativa de empleados, centro de desarrollo infantil para los niños, entre otros.

Todo lo anterior no sería posible sin la visión de un verdadero líder, un gerente general con calidad humana y creyente de tres cosas que me llamaron la atención: uno, la educación es la única forma que alguien tiene para salir adelante; dos, todas las personas merecen un incentivo para superarse o una segunda oportunidad en la vida; y tres, cada persona debe empezar cambiando su vida para luego cambiar a la sociedad. Con base en todos los incentivos que reciben sus empleados, que no necesariamente se trata de aumentos salariales directos o bonificaciones monetarias, han logrado hacer crecer la empresa en poco tiempo; esto es un vivo ejemplo de que las personas que se sienten parte de un proyecto son más productivas, hacen su trabajo de una mejor manera enfocadas en un fin común. Si la empresa crece, ellos también se ven beneficiados. League se ha convertido en un tubo de movilidad social para sus empleados, pues personas pobres, sin esperanza o humilladas por distintas situaciones de la vida, ahora ven una luz al final del túnel y pueden crearse un plan de vida distinto.

En League han aprendido a inculcar el deseo de que cada persona forme un proyecto de desarrollo propio y se guíe por un objetivo claro; la maquila no es el fin de desarrollo de nadie, sino que se trata de un trabajo temporal que de manera simultánea permitirá continuar con los estudios de bachillerato o universitarios. Los jóvenes dentro de la empresa tienen claro que trabajarán ahí durante dos años, mientras concluyen sus estudios; saben que pueden crecer laboralmente y tener una vida mejor.

Conocer este tipo de proyectos devuelve la esperanza en la humanidad; personalmente me llevé un mensaje valiosísimo: una persona tal vez no cambie el mundo ella sola, pero sí es capaz de impactar positivamente la vida de una o varias personas. Imitemos este esfuerzo.

El lado positivo del mundo. De Erika Saldaña

La mejor marca que El Salvador podría reflejar sería una institucionalidad sólida, que brinde seguridad pública y certeza jurídica a la inversión privada nacional y extranjera en el desarrollo de sus proyectos.

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 3 abril 2017 / EDH

Colores llamativos, figuras que evocan joyas naturales o arquitectura simbólica, mar y flores, ahora son elementos que forman parte de la nueva apuesta hecha por el gobierno para potenciar la imagen del país a nivel internacional. Una estampa simpática, pero que ha sido criticada por su costo y por la exclusión de cerebros salvadoreños en su elaboración, a pesar que la intención es transmitir la esencia propia del salvadoreño. Dejando estas críticas a un lado, hay que señalar que la estrategia publicitaria se encuentra incompleta, pues hace referencia a lo que el país quisiera brindar y no a lo que objetivamente puede ofrecer.

El proyecto ha iniciado con una estrategia comercial cuando no se ha trabajado en los cimientos sobre los cuales se sostendría un plan integral que cambie la imagen del país. La mejor marca que El Salvador podría reflejar sería una institucionalidad sólida, que brinde seguridad pública y certeza jurídica a la inversión privada nacional y extranjera en el desarrollo de sus proyectos; además, que esta se encuentre abierta a la autocrítica y a mejorar los procesos que cada empresa debe cumplir para formalizarse. La excesiva e innecesaria tramitología es un desincentivo para el emprendimiento de nuevos proyectos, por lo que el país y las instituciones correspondientes deben encontrarse prestas a mejorar las leyes y trámites registrales, aduanales, mercantiles, tributarios, municipales, entre otros, que faciliten el desarrollo económico y social de la población.

La marca de El Salvador no es solo un logo o una frase bonita que invite a venir un par de días. Y las campañas publicitarias quedan en nada cuando no consideran o buscan corregir las realidades que envuelven. Ignorar los problemas no hará que estos desaparezcan mágicamente; el país tiene muchísimo que ofrecer, pero hay que ser realistas antes de vender al país como una maravilla para la inversión o el turismo, pues los problemas de seguridad tienen años de estar ahí. Es necesario hacer un mea culpa de las cosas que no funcionan y ver la forma de mejorarlas para que la sorpresa no sea mayúscula cuando cualquier persona que desconoce la realidad del país se tope con ella. De poco sirve gastar miles de dólares en una imagen que no es congruente con el día a día que el empresario, los trabajadores y cada persona tiene que superar para salir adelante.

Uno de los mejores sellos que El Salvador puede ofrecer es su gente amable, trabajadora y dispuesta a superarse con sacrificio y entusiasmo. El país cuenta con profesionales preparados y mano de obra calificada capaces de realizar cualquier tipo de trabajo, incluso la elaboración de una campaña como la impulsada por el Gobierno y que ya existía desde hace un par de años, “el lado positivo del mundo”. Resulta increíble que el Gobierno prefiera buscar afuera lo que perfectamente se puede hacer en El Salvador y serviría de incentivo al talento nacional.

En una sociedad en la que reina la exclusión, pobreza y falta de oportunidades, es urgente trabajar en incluir a todas las personas dentro del grupo productivo que echa adelante la economía. El sentido de pertenencia a El Salvador (y que queremos exportar al mundo) no solo se refleja en un par de imágenes de lugares turísticos del país, sino que lo transmite cada una de las personas que está dispuesta a seguir adelante y enfrentar las adversidades, esas personas que no se plantean como opción emigrar por la difícil situación económica que atraviesa o porque la violencia le obliga a hacerlo. El trabajo por la inclusión tiene que empezar en brindar las oportunidades a nuestros compatriotas antes de asumir que alguien lo hará mejor por ser extranjero.

A pesar de las adversidades y las crisis que enfrentamos de manera personal o como sociedad, los salvadoreños siempre estamos dispuestos a levantarnos de una caída y a superar cualquier obstáculo que se presente. Aunque a veces lo ponemos en duda, el optimismo de que las cosas pueden ser mejores siempre estará presente en nuestro trabajo y vidas. Sin duda, El Salvador es el lado positivo del mundo y hay que seguir trabajando por mejorarlo.

Exijamos más y mejores propuestas. De Erika Saldaña

A la Asamblea Legislativa le faltan ideas, planes claros, métodos de ejecución de proyectos y concreción de resultados en temas legislativos relevantes. Es necesario que no se acuerden de los votantes solo en época preelectoral…

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 27 marzo 2017 / EDH

Por si usted aún no se había dado cuenta, la época electoral ya empezó en El Salvador. Falta más o menos un año para las elecciones de diputados de la Asamblea Legislativa y los miembros de los concejos; sin embargo, desde ya podemos ver las fotos de diputados (o pretendientes al cargo) pintando paredes, entregando una que otra ayuda material, realizando convivios, anunciando estas visitas a comunidades y pagando publicidad en redes sociales de las fotos que se tome. Lo anterior está bien, teniendo en consideración la situación de abandono de muchas familias, la pobreza y la escasa reacción del Estado por sacarlos de esta precaria situación.

Sin embargo, es preocupante ver que la política salvadoreña en época electoral se ha reducido a eso. Esa falta de propuestas a los problemas estructurales de El Salvador es, en buena parte, porque nosotros como ciudadanía lo hemos permitido. Una de las primeras cosas que cualquier persona debería tener claro es que los políticos actúan en base a incentivos. Si usted le pide que arreglen el parque de su colonia, político en precampaña hará lo posible por que el parque de esa colonia esté bonito. Si usted le pide una escoba, camisas, calendarios, pintar una pared, entre otras cosas, tenga por seguro que en los próximos meses esa persona hará lo necesario por cumplir su petición.

Como dicen por ahí, “si el principio básico en la Biblia es el temor a Dios, el principio básico en política tiene que ser el temor al elector”. Pero este temor al electorado aparentemente solo aparece cada tres años; es necesario que en el momento que alguna persona desee lanzarse como candidato tenga a la mano un plan de trabajo, las propuestas que impulsaría dentro de la Asamblea Legislativa o en concejos, las ideas que estaría dispuesto a apoyar en cuestiones como elaboración de presupuesto, elección de funcionarios, administración de fondos públicos propios de la Asamblea o la comuna, reforma de pensiones, impuestos, fortalecimiento a otras instituciones como la Fiscalía General de la República, entre otras cuestiones de trascendencia nacional o local.

Ya es común para los salvadoreños ver a los políticos de distintos colores quejarse por las dificultades del país. Pero hay que tener en cuenta que con echarle la culpa al oponente no se soluciona nada; tampoco ignorar un problema hará que este desaparezca y es una actitud bastante cómoda esperar que los problemas sean resueltos por una instancia judicial, cuando la cancha natural donde se tienen que discutir y solucionar los problemas nacionales es la Asamblea Legislativa. Sin embargo, a esto nos hemos acostumbrado como país, a echarle la culpa a otro, a ignorar problemas, a esperar que otros los resuelva y a no presentar propuestas; en política esto se agrava teniendo en consideración que las decisiones que se tomen trascienden a toda la población.

Quizá uno de los problemas más recurrentes de El Salvador es que los políticos siempre piensan en clave electoral; se encuentran a la caza de votos a través de la popularidad y el reconocimiento por la mayor cantidad de personas posible. Si es así, como ciudadanos debemos aprovechar esa inclinación para solicitar respuestas concretas a problemas de país, no solo conformarnos con pequeñas ayudas que, en buena medida, son totalmente independientes del trabajo que tiene que hacer un legislador. Exijamos respuestas concretas a los problemas, que nos cuenten específicamente qué ideas impulsaría para solucionarlo y cuál sería la forma en que su partido pretende desenvolverse dentro de la Asamblea Legislativa.

Por la forma en la que ha sido administrado el país en las últimas décadas, está claro que las ochenta y cuatro personas (y sus asesores) encargadas de tomar algunas de las decisiones más trascendentales del país urgen de ayuda. A la Asamblea Legislativa le faltan ideas, planes claros, métodos de ejecución de proyectos y concreción de resultados en temas legislativos relevantes. Es necesario que no se acuerden de los votantes solo en época preelectoral, ni que su recuerdo se traduzca únicamente en ir a dejar pequeñas ayudas a las comunidades. Al conformarnos con actos o propuestas efímeras dejamos a un lado las respuestas sobre los problemas más graves del país. El reto es a la ciudadanía, exijamos más y mejores propuestas.

¡Renuncien ya! De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 20 marzo 2017 / EDH

En el país de lo increíble, por cosas bonitas como los paisajes y por cosas absurdas como su política, hay declaraciones de funcionarios que se superan por su desatino. En El Salvador, donde el salario mínimo alcanza únicamente para sobrevivir, donde la tasa de desempleo es alta y donde las condiciones laborales de muchos distan de ser dignas, el secretario general del partido en el Gobierno manifiesta que si reducen el salario de varios funcionarios a menos de cinco mil dólares, estos renunciarían porque no les gustaría ganar menos que el presidente de la República.

El problema del servicio público no está necesariamente en sus salarios. Gente muy preparada para un cargo puede darse por satisfecha con un salario de cinco mil dólares, incluso con menos. Y habrá personas poco aptas para un cargo que consideren mísero un salario de varios miles de dólares. Un Estado tiene que pagar salarios justos, que estén acorde al mérito de la persona y a las finanzas públicas del país. El problema del servicio público y, en especial, con los funcionarios de alto rango, es que esos salarios no corresponden con los resultados que esperaríamos en la administración del Estado. Quieren cobrar altos salarios pero sin que les exijamos mucho; o quieren que se les pague por su buen nombre, sin brindar respuestas claras a los problemas del país.

Resulta bastante ilógico que existan funcionarios que ganen arriba de los cargos más altos, y por tanto con mayor responsabilidad, como un presidente de la república, magistrados y fiscal general. Pareciera que nada ni nadie controla la forma de asignación de salarios del Órgano Ejecutivo, y los que antes se curaban con hierbas (como lo dijo una diputada del FMLN en televisión) hoy no pueden prescindir del seguro médico, carros y almuerzos de hotel con fondos públicos.

Otro de los problemas es la arbitrariedad en la creación de plazas estatales. No solo para altos funcionarios, sino para empleados públicos en general. En El Salvador es normal que con cada cambio de gobierno central o municipal, o con el simple cambio de jefaturas, se introduzcan nuevas plazas a la planilla estatal para amigos, familiares o simpatizantes. Aunado a eso, vemos la creación arbitraria de cargos de viceministros y secretarios, o que una misma persona salta entre distintos puestos públicos en labor de todólogos, aptos casi para cualquier cargo que se financie con fondos públicos. Por ello, buena parte del presupuesto general de la nación se utiliza para el pago de planilla, dejando a un lado otras inversiones necesarias para el país.

La grasa del Estado es mucha y es necesario rebajarla, hacer un análisis exhaustivo que determine las plazas estrictamente necesarias; también es urgente homogenizar los salarios públicos, pues no es posible que bajo las mismas labores haya salarios diferenciados. Y por último, que los empleados públicos trabajen con base en resultados; para esto es necesario que exista un control sobre las labores de cada uno, que se introduzcan evaluaciones periódicas de desempeño y que las personas que no trabajen o que no rindan lo suficiente sean reemplazadas.

Hay mucho trabajo por hacer en relación al servicio público. Es urgente la aprobación de una Ley de la Función Pública que profesionalice el servicio civil y por la cual los mejores perfiles se encuentren al servicio del Estado. Para levantar a El Salvador es necesario que expertos reales en muchas áreas se ocupen de los problemas del país, que los profesionales que han alcanzado reconocimiento en base al mérito sean la garantía de que las instituciones están siendo bien manejadas.

Muchos de los funcionarios actuales se han convertido en una élite que únicamente se preocupan por sus intereses y son ajenos a la realidad que viven los salvadoreños; ya que el secretario del FMLN considera que estos funcionarios y técnicos son muy bien cotizados en el sector privado, que nada los detenga en la reivindicación de su dignidad laboral; que nadie les diga que tienen que ganar menos de esos indignos cinco mil dólares. Pero háganlo afuera del Gobierno, sin la necesidad de fondos públicos para mantener su estatus; porque únicamente les pagamos buenos salarios, pero a la fecha no vemos resultados que saquen al país de los problemas. ¡Renuncien ya!

Vivir en una República. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 13 marzo 2017 / EDH

A veces damos las cosas por sentado; pensamos que por tener normas que establecen una serie de principios republicanos, estos postulados se cumplen. Creemos que por tanto escuchar la prédica de discursos que pregonan el bienestar común, estos se practican. El Salvador es una República, pero cada día somos testigos de actos que nos alejan de principios como la libertad, igualdad e integración.

Desde su época, Locke intentó desarrollar el ideal de una República; esta es una organización de personas cuyo gobierno es elegido por los ciudadanos, regido por las leyes y cuyo fin principal es el bienestar de toda la sociedad y la garantía de los derechos individuales. La legitimidad de una República depende de su capacidad de darle igual valor y sentido a todos sus individuos. La armonía social solo se logra dando cabida a todas las posturas y poniéndonos de acuerdo en temas imprescindibles del gobierno de un Estado. En El Salvador vamos para atrás.

El principal partido de derecha del país le ha cerrado las puertas a una juventud interesada en los problemas del país, a personas que no buscaban un “hueso” dentro de la política partidaria y que se animaron a hacer lo que muchos todavía no nos atrevemos: dar, ellos sí, el primer paso. Con esta acción, ARENA se suma a la postura verticalista, ortodoxa y no deliberante del FMLN, por lo que queda claro, hoy por hoy, que la política salvadoreña está cerrada para mentes frescas que renueven el camino en su respectiva  ideología. Un partido político que excluye a las minorías es cualquier cosa, menos democrático.

Un grave error que están cometiendo los políticos salvadoreños es subestimar el nivel de desencanto y apatía de los ciudadanos; eso abre la ventana para que cualquier individuo con una postura menos dogmática se adueñe de un caudal importante de votantes molestos o desencantados con la forma en que se desarrolla la cosa pública en el país. Y el día que ese mesías o populista al que tanto temen llegue al poder, ya sea de izquierda o derecha, no hay culpa de nadie más que a los excluyentes, porque cuando tuvieron la oportunidad de renovarse y de abrir puertas a mayor participación, no lo hicieron.

Una de las cosas que aquí excluyen y dividen a muchas personas es, irónicamente, la religión. La incapacidad de muchas personas de separar la política de la religión. Cuando yo quiero encontrar, analizar, vivir o practicar las creencias de una religión definitivamente prefiero buscar una iglesia antes que a un partido político. Un Estado laico o neutral a la religión no significa el rechazo o negación de alguna creencia, sino la aceptación y respeto de todas, sobre las cuales cualquier individuo esté en la posibilidad de adoptarla o abandonarla libremente. La religión es algo tan personal y propio de cada persona, que resulta increíble que muchos propongan administrar un país con la Biblia en la mano.

Y no se preocupen, no están frente a una decadencia de una sociedad o una falta de valores de jóvenes como yo, sino frente a una solicitud de respeto amplio a la pluralidad de creencias que existen en este país. Ese mismo respeto y tolerancia que profesaría el guía católico, cristiano o evangélico que orienta su vida.

La situación de la política salvadoreña es preocupante; hay una desconexión del principal partido político de derecha con la ciudadanía en general. Esto se suma a la burbuja del buen vivir en la que está inmersa el partido de izquierda en el Gobierno. Además, están retirando del espectro político a gente valiosa; no hablo solo de aquellos que se animaron a participar en política y salieron desairados, sino de todo aquel que está harto de la política tradicional que ha reinado las últimas décadas en El Salvador, que según las encuestas suma un  57 % de la población facultada para votar.

La política en El Salvador ha dejado a un lado la libertad e igualdad, así como los intereses urgentes de un país. Estos grupos imponen sus creencias religiosas y perpetúan la percepción que la política se maneja como una finca personal. Como llamarse “republicano” no te convierte en uno, hay que practicarlo incluso defendiendo los derechos de aquellas minorías o impopulares. Eso es vivir en una República.