Guillermo Miranda Cuestas

Buenos consejo a Carlos Calleja. De José Miguel Fortín, Guillermo Miranda Cuestas, Carlos Ponce

Al oído de Carlos Calleja. De José Miguel Fortín Magaña

26 abril 2018 / La Prensa Gráfica

Hoy recuerdo nuevamente aquella lectura sobre los generales victoriosos entrando en Roma, conduciendo una cuadriga, mientras un sirviente sostenía ante sus cabezas una corona de laureles, al paso de la multitud que los alababa, en tanto ese mismo esclavo les susurraba que no debían olvidar que eran mortales. Esa costumbre no solo era sabia, sino necesaria. Ojalá que hoy, los políticos triunfantes tuvieran la suerte de contar con un verdadero amigo que les advierta sobre los peligros del Poder, dado que sin duda contarán siempre con innumerable cantidad de aduladores.

Escribo al oído de Carlos Calleja en estas páginas, porque probablemente nunca lo haré personalmente, debido a mi desinterés por el halago; y porque, desafortunadamente estoy seguro, ya ha sido cuasi secuestrado por una inmensa pléyade de serviles aduladores que solo le dirán lo lindo, bueno y eficiente que resultarán todas sus acciones, desde aquí, hasta 2019.

Mire, Carlos, nos guste o no, usted deberá enfrentar a los verdaderos enemigos de la democracia solo. Si gana, por cinco años se rodeará de miles de falsas amistades que le endulzarán el oído y se reirán de cuanto chiste haga; para después, cuando pase su período, olvidarse de su existencia. Si pierde, verá ese silencio mucho más pronto de lo que cree; y en menos de un año, los que hoy lo vitorean, lo habrán abandonado.

A partir de este momento, su nombre se ha vuelto público y sus enemigos, los verdaderos, buscarán hasta debajo de las piedras para atacar su imagen, para ridiculizarlo y para encontrar flaquezas donde las haya.

Ahora que la contienda interna ha terminado, permítame (hablando con la franqueza que me caracteriza) decirle que usted me pareció una persona sincera hace ya varios meses cuando hablamos; y que esa opinión no ha cambiado; pero que creía y todavía lo hago, que se equivoca al no querer confrontar aun cuando dos ideas esenciales se yuxtapongan, como por ejemplo cuando la creencia en la libertad y en la República se oponen a la opresión y a la tiranía. Ahí no hay consenso que valga y debe uno estar dispuesto a defender la patria hasta con la vida. Supongo que por eso es que el himno de su partido reza que “libertad se escribe con sangre” (aun cuando esa frase sea incomprensible para el saliente alcalde de San Salvador) y por ello, porque el candidato de ARENA tendrá necesariamente que debatir sus ideas contra los postulantes de otros institutos políticos y particularmente y en su oportunidad contra el señor Bukele, es que lo invité a conversar; pero según entiendo, usted (o alguien cercano a su persona) lo interpretó como un acto de hostilidad por mi parte, lo que siento mucho. Hoy temo por quienes han empezado a rodearlo. ¡Huya de la lisonja y de la zalamería!; se equivoca si considera que quienes lo adulan son siempre sus amigos, o si cree que quienes hacen crítica constructiva son siempre sus enemigos. Si permite un último consejo de alguien que nada busca, sino ver la luz, como Diógenes; rodéese de un equipo capaz y técnico; pero ante todo, que esas personas sean gente recta y honesta, que adoren a Dios, veneren la Patria y sirvan al Pueblo.

Aunque yo no esté de acuerdo con usted en muchas cosas, le deseo lo mejor.

La encrucijada de Carlos Calleja. De Guillermo Miranda Cuestas

27 abril 2018 / El Diario de Hoy

Los proyectos políticos, como la vida cotidiana, están llenos de encrucijadas. Al final de las elecciones, no faltan los analistas que crean narrativas sobre cómo ocurrió cierto resultado a partir de las decisiones acertadas y desacertadas de cada candidato. Esta serie de columnas busca anticiparse a ese cómodo análisis retrospectivo e identificar, a medida aparecen los candidatos a presidir el Estado salvadoreño, sus encrucijadas. Y el primero de la lista es Carlos Calleja.

Parado en la usual tarima de la sede de ARENA, revestida de los tres colores abanderados desde 1981, Carlos Calleja es proclamado como la apuesta de su partido a competir por la Presidencia de la República. Hay dos premisas que parecen ser ignoradas en la tarima tricolor. Primero, cientos de miles de salvadoreños están desencantados con esos y otros colores. Segundo, los hijos de los cincuentones y sesentones —aquellos nacidos o crecidos después del conflicto— no están desencantados necesariamente; muchos, nunca fueron siquiera encantados.

En el discurso, pareciera que Carlos Calleja admite estas premisas y fue estratégico al no plegarse a las líneas duras de negar pertinencia al diálogo y a la reconciliación. También en el discurso, Carlos Calleja plantea una “nueva era de acuerdos”, de cara a una nueva fase de la sociedad global —la economía del conocimiento— y en un país en el que las instituciones políticas han sido incapaces de consensuar, construir e implementar verdaderas apuestas al largo plazo.

Pero las frases de buenas intenciones y la mera retórica tienen un límite en el tiempo. El discurso de cambio será creíble en la medida en que se observen acciones concretas en al menos tres direcciones: un equipo de plan de gobierno de profesionales honestos, competentes y actualizados en el debate internacional alrededor del desarrollo y las políticas públicas; una coalición de movimientos sociales y partidos políticos que potencie la inclusión y la diversidad de pensamiento y además confirme su capacidad de construir acuerdos; y un liderazgo audaz y democrático en la agenda legislativa.

Los últimos dos puntos son los más complejos. El referente chileno es sumamente valioso para comprender que sí es posible trazar una agenda común entre conservadores y liberales. La ecuánime alianza de tres partidos —uno conservador que abandera el progreso económico, otro social cristiano que subraya políticas sociales de fondo y otro liberal que defiende minorías excluidas— ha definido la libertad, la justicia y la inclusión como principios centrales que ahora sigue el gobierno de Piñera. Con ello se ha diversificado la oferta política a distintos segmentos poblacionales y generacionales y al mismo tiempo se ha renovado el sistema de partidos en Chile.

Respecto a la Asamblea Legislativa, el panorama es muy desafiante. La sola elección de presidente del Órgano Legislativo ya expuso a funcionarios que tienen en su currículum los vicios de la ARENA anclada en prácticas inaceptables. Fue Norman Quijano quien votó por una Corte de Cuentas subordinada al PCN. Fue Margarita Escobar quien votó por un decreto en 2011 con el objetivo de paralizar a la Sala de lo Constitucional. Ambos se disputan ahora una silla que, dado el funcionamiento de la innecesariamente amplia junta directiva, tiene más sentido de privilegio que de servicio. Si bien el candidato no tiene responsabilidad en el ámbito legislativo, la credibilidad de una nueva forma de hacer política empieza en la Asamblea Legislativa a partir del 1 de mayo. Bajo esta lógica, la fracción legislativa de ARENA puede ser su principal aliada o su principal contrincante. Ahí podrá confirmarse si existe o no esa “nueva ARENA” que Carlos Calleja mencionó en su discurso de proclamación.

De la idoneidad de su equipo de trabajo, de la construcción o no de una coalición incluyente y de la capacidad de provocar una agenda legislativa al servicio del país, en decisiones vitales como la elección de magistrados de la Sala de lo Constitucional o de fiscal general, se entenderá si Carlos Calleja está proponiendo a los salvadoreños el regreso de ARENA al poder —la ARENA que gobernó por 20 años— o el ingreso de algo realmente distinto. Ahí su encrucijada.

@guillermo_mc_

La corrupción en la carrera por la presidencia. De Carlos Ponce

27 abril 2018 /El Diario de Hoy

Las elecciones internas para elegir candidato presidencial finalizaron el fin de semana pasado en ARENA. Los afiliados eligieron a Carlos Calleja, el más joven de los tres que participaron en el proceso. Al igual que los otros dos contendientes, Javier Simán y Gustavo López, Calleja no nunca ha trabajado en el sector público y, por lo tanto, no tiene se tiene que preocupar del efecto que esto tendría sobre la credibilidad de su discurso. Sin embargo, se ha rodeado de gente que si puede debilitar sus planteamientos. Entre quienes apoyan visible y abiertamente a Calleja hay personajes vinculados al pasado político que aborrecen los salvadoreños. Esto, sin duda, choca con la “Nueva Visión” propuesta por Calleja y con su postura de cero-tolerancia a la corrupción.

La corrupción será un tema clave para las próximas elecciones. La posición de los candidatos en relación con este problema tiene el potencial de ganarles o restarles muchos adeptos. Distintos instrumentos de medición indican que la ciudadanía percibe que la corrupción se ha agudizado. La gente no cree en los funcionarios públicos y, en general, en los políticos. Peor aún, los salvadoreños asocian la corrupción con la incapacidad de los funcionarios y, en consecuencia, con su poco interés de resolver los principales problemas que afectan diariamente a la gran mayoría, como la inseguridad.

Retomando dos de los términos utilizados frecuentemente por el joven empresario, Calleja aún está a tiempo para desechar el “círculo vicioso” del que se ha rodeado y cambiarlo por un “círculo virtuoso” de personas que valgan la pena. Solo así podrá prevenir que se contamine su discurso anticorrupción y pierda fuerza su “Nueva Visión” de país. Necesita buscar mujeres y hombres íntegros, honestos y capaces, para sustituir a los que solo debilitarán sus planteamientos. Si no lo hace, no logrará convencer a los que aún no le compran su discurso.

Aun así, Calleja tiene ventaja sobre los precandidatos que han salido a desfilar en el partido oficialista. A él no lo persigue la oscura sombra de haber sido un funcionario público. En cambio, Gerson Martínez y Hugo Martínez, las posibles cartas del FMLN, sí tienen ese problema. Ambos han sido parte de dos de los gobiernos más corruptos de la historia de El Salvador. Nunca abrieron la boca para criticar o denunciar a las redes de corrupción que carcomen el aparato estatal. Eso los hace cómplices o, cuando menos, plantea serias dudas sobre cualquier postura que adopten en su campaña en contra de la corrupción o las viejas prácticas políticas.

A Nayib Bukele también lo persigue el mismo fantasma. No fue hasta hace poco cuando empezó a hablar sobre corrupción y trinquetes políticos en el FMLN. Guardó silencio por demasiado tiempo. Esto no quiere decir que cualquiera de los Martínez o Bukele no puedan revertir su actual posición; lo pueden hacer, solo que les costará más tiempo y esfuerzo.

Muchos pueden tildarme de optimista al pensar que los candidatos no se van a dejar ir así como están y harán los cambios que vayan en contra de la corriente. No obstante, prefiero ser optimista y exigente. Estoy seguro de que la mayoría está de acuerdo con demandar más de los candidatos, exigirles que vayan más allá de las palabras bonitas y que acompañen sus discursos con acciones que demuestren su compromiso con desarticular las redes de corrupción en El Salvador y cambiar la forma de hacer política. Este es el reto que los salvadoreños debemos plantearles a los candidatos.

@_carlos_ponce

 

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Baleadas para nuestra matata. De Guillermo Miranda Cuestas

Todo lo construido desde 1983 no tiene sentido alguno si los diputados, en julio de 2018, no eligen a cuatro magistrados a la Sala de lo Constitucional con independencia, moralidad e instrucción notoria.

guillermo miranda cuestasGuillermo Miranda Cuestas, 23 diciembre 2917 / El Diario de Hoy

Toma varios años comprender la gravedad de un error histórico, y Honduras es un ejemplo de esto. En el año 2012, mientras la sociedad salvadoreña paró las intenciones de un grupo de diputados, apoyados desde la Presidencia de la República, de desarticular a la Sala de lo Constitucional, el Congreso Nacional hondureño destituyó a la Sala Constitucional de ese país por contrariar los planes del partido en el gobierno. En aquel entonces, el Congreso era presidido por Juan Orlando Hernández, quien ya en la presidencia se benefició de los nuevos magistrados constitucionales al permitírsele, en clara violación a la Constitución hondureña, la reelección presidencial. Siete años después, Honduras está hundida en una profunda crisis política.

EDH logEl error histórico de nombrar personas serviles al poder como jueces del máximo tribunal de justicia no es exclusivo de una etiqueta ideológica en particular, ya sea de izquierdas o de derechas. De hecho, en América Latina, se observa este vicio en Nicaragua con Daniel Ortega, en Colombia con Álvaro Uribe, en Bolivia con Evo Morales y en Venezuela con Nicolás Maduro. De ahí que tener una Sala de lo Constitucional capaz e independiente no tiene que ver con la construcción de un proyecto de partido, sino con la construcción de país, de un verdadero Estado constitucional y democrático de derecho. Y justamente de eso se trata la elección legislativa del 4 de marzo de 2018.

Durante la semana anterior, este periódico celebró el 34° aniversario de la Constitución de 1983. Después de la Constitución de 1886, la vigente es la Constitución salvadoreña con más duración y la única que ha sido adaptada a nuevas realidades, a través de reformas constitucionales consensuadas entre distintas fuerzas políticas. Desde una perspectiva histórica, la permanencia de la Constitución de 1983 y su aceptación por una diversidad de grupos de poder, desde el ejército hasta la guerrilla misma, es un logro sin precedentes en El Salvador. Pero la historia demuestra que así como las sociedades pueden avanzar, también pueden retroceder pasos agigantados en perjuicio de generaciones presentes y futuras.

Todo lo construido desde 1983 —una Constitución que reconoce en el ser humano libertades individuales y derechos sociales, un Acuerdo de Paz que fortaleció la institucionalidad democrática del país y una ciudadanía cada vez más consciente de la importancia del imperio de la Constitución en el desarrollo de sus vidas, por ejemplo— no tiene sentido alguno si los diputados, en julio de 2018, no eligen a cuatro magistrados a la Sala de lo Constitucional con independencia, moralidad e instrucción notoria. Por ello es tan importante que en los próximos dos meses la ciudadanía exija posturas y compromisos puntuales de quienes aspiran a ocupar una silla en la Asamblea Legislativa. Todavía hay tiempo para evitar errores históricos.

@guillermo_mc

La encrucijada de 2018 y 2019. De Guillermo Miranda Cuestas

Si la crisis de violencia y la situación económica, política y migratoria son abordadas con audacia y el discurso destructivo de antipolítica es enfrentado con propuestas innovadoras y estatura política, es muy probable que se evite cualquier tormenta de inestabilidad.

guillermo miranda cuestasGuillermo Miranda Cuestas, 16 noviembre 2017 / El Diario de Hoy

La gente se organiza cuando hay incentivos; este es uno de los mayores problemas de la democracia. Imagínese que al salir de su casa encuentra un hoyo ancho en la acera, justo frente a su puerta. Seguramente, hará algo. Quizá hará una o varias llamadas a las oficinas públicas que cree le pueden resolver; probablemente contactará a alguien que sabe de pavimentos; claramente alertará a las personas que viven con usted; y tal vez ideará alguna forma temporal de tapar el hoyo con unas cuantas tablas de madera.

EDH logAhora imagine el mismo hoyo al costado de una carretera. Seguramente, hará poco; pensará que alguien más —quizá el gobierno— solucionará la situación. No habrá llamadas ni contactos ni alertas. Mucho menos habrá tablas de madera improvisadas. Y si las personas que usted cree que se harán cargo no tapan el hoyo —como muchas veces ocurre— después de algún tiempo habrá un agujero más hondo, ancho y peligroso que atentará contra su vida. Ese hoyo en la carretera funciona justamente como la democracia: se acostumbra a suponer que alguien más se preocupará por ella, como sucede con una cantidad de asuntos de interés público estancados.

Hace más de 50 años, Mancur Olson planteó el problema de la acción colectiva desde una perspectiva económica: la gente se organiza cuando hay incentivos, cuando se siente afectada de forma directa. Por ejemplo, si el hoyo de su casa se extiende a lo largo de su vecindario será usted y sus vecinos quienes se organizarán rápidamente para resolver el problema; escribirán cartas a las autoridades competentes, solicitarán cobertura de los medios de comunicación si éstas no responden, aportarán recursos en la medida de sus posibilidades… En fin, se moverán.

Lamentablemente, las sociedades se mueven hasta que los hoyos de las carreteras se convierten en cárcavas incontrolables. Los momentos de gran inestabilidad ocurren cuando las instituciones públicas —las supuestamente responsables de arreglar los hoyos— no son capaces de adaptarse a nuevas exigencias sociales. Esta distorsión entre oferta institucional y demanda social fue identificada por Samuel Huntington, décadas atrás, al comparar países que gozaban de estabilidad política frente a países que caían en círculos de incertidumbre e inestabilidad. El Salvador se encuentra, nuevamente, en esta encrucijada.

En su editorial “El Salvador se mueve” la UCA advirtió que el país se acerca a una coyuntura de crisis no vista desde los Años Setenta, determinada por la crisis del sistema de partidos, las vulnerabilidades de los procesos electorales venideros, la situación fiscal del país, el drama humano y cotidiano de la violencia y el probable retorno de miles de salvadoreños desde Estados Unidos. En contraste, en una entrevista realizada en este medio, Salvador Samayoa —uno de los firmantes más prominentes del Acuerdo de Paz— valoró con optimismo la democracia salvadoreña y tildó de alarmistas a quienes dibujan tormentas inevitables.

Los siguientes meses son críticos para definir tal encrucijada. Si la crisis de violencia y la situación económica, política y migratoria son abordadas con audacia y el discurso destructivo de antipolítica es enfrentado con propuestas innovadoras y estatura política, es muy probable que se evite cualquier tormenta de inestabilidad. Pero esta dosis de madurez y pragmatismo no surgirá de aspiraciones vacías de acción; la gente tendrá, como nunca, que moverse y presionar a sus funcionarios, a los partidos políticos y a sus candidatos para que eso suceda. De nosotros depende.

@guillermo_mc_

¿Le da igual o le disgusta la política? Entonces, esto es para usted. De Guillermo Miranda Cuestas

guillermo miranda cuestasGuillermo Miranda Cuestas, 4 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Si usted está cansado de la política salvadoreña y cree que las cosas nunca cambiarán, hoy es cuando debe reconsiderar su postura. En este día inicia un largo ciclo electoral, en el que tanto la cantidad como la calidad de la participación ciudadana definirán aquellas decisiones que afectan su vida y las de sus seres más queridos. En los próximos 18 meses se elegirán 262 concejos municipales, 84 diputados, la presidencia  de la República, los magistrados que integrarán la Sala de lo Constitucional hasta julio de 2027 y el próximo Fiscal General. En otras palabras, este no es el momento de ser indiferente a la política; al contrario, es la hora de involucrarse, al menos, en las siguientes tres direcciones.

EDH logPrimero, la conversación debe ser diferente a la usual. Los problemas de la economía, la seguridad y la corrupción, entre otros, merecen propuestas astutas, coherentes y realistas. Por ejemplo, no se vale hablar de nuevos empleos si no se explica cómo se promoverá el emprendimiento y la innovación o cómo se integrará Centroamérica para competir en los mercados globales; no se vale prometer seguridad si se ignoran los pobres resultados del tristemente célebre “manodurismo”, o si se evita la tan necesaria discusión de cómo reinsertar a la vida productiva a personas que en el pasado delinquieron; no se vale enarbolar la bandera de la transparencia si se insiste en repartirse las instituciones contraloras, como la Corte Suprema de Justicia, entre cuotas partidarias, o si se protege a funcionarios con sobrados indicios de corrupción. En fin, no se vale hacer perder el tiempo de la gente con discursos vacíos, inconsistencias manifiestas, promesas inviables o medias verdades. Los medios de comunicación son actores claves en este sentido.

Segundo, todos deben hacer su parte para que el proceso electoral sea justo y equitativo. Las causas que originaron el desastre provocado en las elecciones de 2015 no solo continúan presentes en la actualidad, sino que se acompañan de dificultades adicionales. En esta ocasión, los ciudadanos tienen una oportunidad extraordinaria de contribuir en el cuido de urnas. Por su energía y disponibilidad, los estudiantes universitarios deben ser los primeros entusiastas en integrar las Juntas Receptoras de Voto. De igual forma, si las instituciones públicas, nacionales o locales, se dedican a hacer propaganda electoral o si las campañas reciben financiamiento ilícito de gobiernos extranjeros, la ciudadanía debe presionar al Tribunal Supremo Electoral para que este actúe de oficio como establece la ley.

Tercero, hay que ir a votar de forma válida e informada. No votar o votar nulo o en blanco -que para efectos prácticos son lo mismo- es sujetar la elección a votantes incondicionales que, en varios casos, tienen una ciega disciplina ya sea por clientelismo o por fanatismo. Por otra parte, votar de manera desinformada -es decir, sin conocer las trayectorias de los candidatos ni la viabilidad de sus propuestas- es premiar la deshonestidad y las emociones por sobre la verdad y la sensatez.

Su involucramiento no solo es importante, sino también necesario. Cada vez que se sienta indiferente, cansado o disgustado, como todos nos sentimos más de una vez a la semana con la política salvadoreña, recuerde: de su apatía sobrevive, muy cómodamente, esa política tradicional que tanto daño nos ha hecho. Anímese; involúcrese.

@guillermo_mc_

Una nueva oportunidad para pensar en grande. De Guillermo Miranda Cuestas

guillermo miranda cuestasGuillermo Miranda Cuestas, 3 julio 2017 / SEGUNDA VUELTA

Cuando no se tiene imaginación, morir es poca cosa. Con esa claridad lo entendió el novelista Louis-Ferdinand Céline ante los gritos de un coronel que aún exclamaba “¡viva Francia!”, luego de la muerte violenta de varios de sus compatriotas en un campo de batalla de la Primera Guerra Mundial. En El Salvador teníamos un problema de imaginación en la cultura política… Hasta hace unos días.

Cabecera Segunda VueltaEra tan pobre la imaginación en la política salvadoreña que por décadas se planteó un sistema de dos caras antagónicas, la de la izquierda y la de la derecha. Dicha tesis fue derribada en 2011 cuando diputados de ARENA y del FMLN complotaron contra la Sala de lo Constitucional al aprobar el tristemente célebre decreto 743. Así se activó a un grupo de jóvenes, de distintas ideologías, que nos concentramos en defender los mínimos no negociables de la democracia que aspiramos y que establece nuestra Constitución. Y desde ese entonces, no hemos parado de imaginar.

El activismo ciudadano se volvió nuestra pasión: madrugadas dedicadas a colgar mensajes en pasarelas, alianzas con asociaciones y movimientos sociales, visitas a universidades y comunidades del interior para animar y empoderar a más ciudadanos, sábados de aerosol y producción de videos en defensa de la transparencia, tardeadas y trasnochadas interminables para salvar al Pulgarcito, apariciones en medios, manifestaciones públicas y un largo etcétera de genuino voluntariado. Entendimos, con aquellas experiencias, que entre las extremas había un centro joven, dialogante e influyente, dispuesto a unirse de cara al futuro –nuestro futuro. En este grupo se encontraba Aída Betancourt, elegida por el diputado Juan Valiente para acompañarlo como precandidata a diputada suplente en 2018, y quien el domingo pasado fue arbitrariamente expulsada de la lista de precandidatos por la dirigencia del partido ARENA.

Aída habla cuatro idiomas, ha vivido en cinco países por motivos académicos y profesionales, está por terminar su maestría en una las mejores universidades del mundo, piensa por sí misma de forma crítica y, además, es una excelente persona. Su compromiso con El Salvador le valió para regresar e introducirse a la política partidaria, en un país donde la participación electoral y la confianza en los partidos van en franco declive. Pero a juicio de un político de palabra y pensamiento de Guerra Fría, Aída “no tiene las credenciales después de pronunciarse en contra del Mayor y de ARENA” (suenan grillos en el fondo). Cuando no se tiene imaginación, vivir en una eterna película en blanco y negro, de trama lineal y audio monofónico es poca cosa. Y nosotros nos resistimos a vivir en una película mediocre.

La falta de renovación tanto en ARENA como en el FMLN podría activar una nueva ola de activismo en un contexto muy particular. Hay al menos tres datos, brindados por la Dirección General de Estadística y Censos y el Tribunal Supremo Electoral, que permiten dimensionar el rol de los jóvenes en esta coyuntura y que coinciden en un mismo número: primero, 1.5 millones de personas tienen acceso al Internet –un incremento del 450% respecto a hace 10 años–; segundo, alrededor de 1.5 millones de jóvenes que no vivieron el conflicto armado podrán elegir diputados, concejales, alcaldes, presidente y vicepresidente en las próximas elecciones; y tercero, el presidente actual fue elegido por menos de 1.5 millones de votos.

El costo de quedarse en la caja y renunciar a la imaginación es bastante alto en una sociedad que exige pragmatismo. Bien lo dijo hace unos días don Francisco de Sola, ciudadano unificador que se dedicó a imaginar un país distinto desde la Comisión Nacional de Desarrollo: “Hoy día nos definimos por preceptos y culturas que nos impiden pensar en grande, como demandan los retos del siglo XXI”. El anuncio de Johnny Wright y de Juan Valiente de retirar sus candidaturas de ARENA es precisamente pensar en grande, imaginar la política de forma honesta e inclusiva. Este podría ser el inicio de un reordenamiento del sistema de partidos en El Salvador del siglo XXI. Ojalá, así sea.                

@guillermo_mc_

Este artículo también fue publicado en El Diario de Hoy

El liderazgo en los tiempos del cólera. De Guillermo Miranda Cuestas

Guillermo Miranda Cuestas, 19 abril 2017 / EDH

“Necesitamos ayuda, no vemos la luz del sol”, dice en perfecto inglés un pandillero de la mara Máquina. Ni su cara tatuada, ni mi sospecha de las mil y un razones que pudieron llevarlo a la cárcel de Mariona, evitan que sienta empatía por los ojos más tristes que he visto en mi vida. Entre las oscuras celdas altas del sector dos, la deshumanización se aprecia en cada mirada de desaliento de quienes hablan como quien tiene una última oportunidad de rogar auxilio; o de pedir un rollo de papel higiénico luego de semanas de escasez. Pero aun en los “morideros de pobres”, como en las páginas de García Márquez, la esperanza y el amor sobreviven a los tiempos del cólera. Esta vez, en forma de liderazgo, como el de Rodrigo.

“Venir acá me inspira a apurarme”, concluye Rodrigo al final de la visita. A 36 kilómetros de Mariona, Rodrigo lidera una empresa cuya filosofía se resume en brindar segundas oportunidades e invertir en su gente. No es una maquila tradicional, sino un modelo de negocio inclusivo y sostenible en el que los trabajadores construyen proyectos de vida. Más del 10% de la planilla son personas con discapacidad y expandilleros rehabilitados en iglesias aliadas. Además de recibir clases de inglés y de completar su educación básica, los empleados estudian carreras de ingenierías o informática dentro de la compañía, a través de un convenio con la Universidad Don Bosco. Bajo la dirección de Rodrigo Bolaños, League Central America ha disminuido extraordinariamente la rotación de sus colaboradores, diversificado su negocio a nuevos emprendimientos en tecnología e innovación gracias a las nuevas habilidades desarrolladas, multiplicado su capital y recibido numerosos reconocimientos internacionales. Actualmente, es sujeta de estudio en prestigiosas instituciones como la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, que envió a tres investigadores, a quienes me sumé en su visita a Mariona, para observar el modelo y replicarlo en el ecosistema emprendedor salvadoreño. Ahora, volvamos a la cárcel.

“Quiero mejorar la vida de esta gente, pero necesito más recursos para emplear”, asegura el director de Mariona. Luego de dos años al frente, la visión de Elmer Mira encuentra sus frutos en el que fue uno de los penales más problemáticos del país. Pasada la escena descrita al inicio de esta columna, la esperanza regresa en el recorrido al comprobar que el ocio carcelario ya es ajeno a la mayoría de reclusos. La atmósfera es de deportes al aire libre, clases de francés, teatro o ajedrez, panadería, talleres artesanales, confección de uniformes o programas de agricultura –todo impartido por los mismos presos. Si bien el hacinamiento continúa y donde hay diez camas duermen 28, el compromiso del nuevo director ha provocado una ola de cambios en distintos niveles; desde mejorar la infraestructura hasta controlar zonas que antes pertenecían a pandilleros. Elmer se despide con una reflexión: “el sistema penitenciario es central en la estrategia nacional de seguridad”.

El Salvador tiene futuro porque hay ciudadanos que transforman batallas que otros dan por perdidas. Rodrigo y Elmer son solo puntas de dos lanzas que se levantan día a día con la determinación de miles de salvadoreños luchadores como Marlene, una madre soltera que finalizó su bachillerato contra todo pronóstico y está por terminar ingeniería biomédica, mientras disfruta a su hijo en la guardería que League le proporciona; o Juan, que entró a la pandilla Barrio 18 cuando tenía 11 años y nunca pensó que una empresa valoraría su potencial por sobre sus tatuajes; o la banda Nemi, que con sus voces y 13 instrumentos de cuerda, percusión y viento refrescan los pasillos de Mariona con música andina, boleros, baladas y rock; o los grupos religiosos que hacen obras de misericordia y brindan alimento espiritual en las cárceles y comunidades. El desafío es aprovechar estos liderazgos y garantizar que tales cambios no solo dependan de la buena voluntad de algunos, sino de instituciones culturales y políticas permanentes que le den continuidad hacia un horizonte más lejano y más brillante. El desafío es hacer de estas excepciones, la regla general.

Déjà vu. De Guillermo Miranda Cuestas

¿Cuándo desempolvaremos los libros, y las mentes, para construir un país diferente al heredado? Siempre hay simpatía por quienes piensan igual, pero poca empatía por quienes disienten.

Guillermo Miranda Cuestas, 8 marzo 2017 / EDH

Pensar diferente no es un problema en el país de la sonrisa, hasta que se dice lo que se piensa en voz alta. Así sucedió durante la segunda mitad del siglo XIX. Roberto Valdés, en su investigación doctoral de filosofía, analiza el conflicto ocurrido entre liberales católicos, también llamados “conservadores”, y liberales radicales, conocidos como “liberales” a secas o liberales “secularizantes”, a la luz de las posturas de la época. “La enseñanza es libre; pero la que se dé en establecimientos costeados por el Estado será laica”, estableció el artículo 33 del Proyecto de la Constitución de 1885. La respuesta conservadora apareció en el semanario El Católico, donde se aseguró que los liberales lograron “privar a la niñez salvadoreña de la enseñanza religiosa, arrancar de su corazón las enseñanzas que sus padres le dan desde la cuna, sembrar en ella la duda y la negación de toda verdad católica, entregarla a maestros de su devoción que impriman en su alma formas laicas” (15 de noviembre de 1885).

El movimiento liberal generó reacciones parecidas en otros países. Valdés menciona el caso del obispo de Portoviejo, Ecuador, que en 1892 acusó a los liberales de promover un “gobierno ateo o sin Dios, conciencia sin Dios, libertad de culto o religión, enseñanza y escuelas sin Dios, matrimonio ateo o civil”. El obispo advirtió que “el mismo Lucifer que se alzó contra Dios, es el autor y maestro de todas esas falsas libertades”. ¿Nota alguna familiaridad con el presente?

En El Salvador del siglo XXI, cualquier atrevimiento a debatir sobre aborto o matrimonio entre personas del mismo sexo provoca reacciones similares. “Urge que el movimiento conservador y cristiano de la derecha retome el control”, afirmó un tuitero conocido hace algunas semanas. La misma persona, ante un incidente ocurrido en un colegio privado cuyo reglamento restringe el uso de símbolos religiosos, aseguró que “la persecución cristiana está mas cerca de lo que muchos padres pensamos”. Resulta extraño hablar de persecución en un país donde el arzobispado brinda conferencias de prensa cada domingo con amplia cobertura mediática; o bien, donde destruir un mural declarado patrimonio cultural, bajo la justificación de tener “el símbolo de la masonería”, queda impune.

En El Salvador del siglo XXI, la descalificación es recurrente. En estas mismas páginas, una colega columnista respondió a otro colega de origen alemán, que había disentido sobre el tema del aborto, con una acusación a la canciller Angela Merkel de ser parte de los “gobiernos ateos que buscan hacer de este mundo uno ‘Illuminati’ donde se rinde culto a Satanás” (octubre de 2016). En otras columnas sobre el mismo tema, la colega ha asegurado que “ninguna feminista puede ser católica” (octubre de 2011) y se ha preguntado si “no es viable creer que la Organización de las Naciones Unidas sea el Anticristo anunciado que reinará antes del final de los tiempos” (agosto de 2005).

En El Salvador del siglo XXI, los derechos humanos se violan a diario en un país que se autoproclama cristiano. El pasado 16 de enero, mientras se celebraba la firma de la paz, la Sala de lo Constitucional confirmó la desaparición forzada de tres jóvenes en un operativo militar. Meses atrás, la Sala concluyó que el sistema penitenciario, con más de 30 mil reos cuando su capacidad es de 8 mil, contraría la dignidad humana. Y la lista continúa: desde ciudadanos de segunda categoría en términos de salud, educación y protección social, hasta distintas formas de discriminación.

¿Cuándo desempolvaremos los libros, y las mentes, para construir un país diferente al heredado? Siempre hay simpatía por quienes piensan igual, pero poca empatía por quienes disienten. Ahora que las redes sociales permiten compartir opiniones con cientos de personas, incluidos familiares, amigos, conocidos y extraños, es cuando más necesitamos comprender que no es normal coincidir en todo –como bien dijo J. S. Mill, ni la humanidad es infalible ni la diversidad diabólica–; que discrepar no es motivo para personalizar la discusión, sino una oportunidad para enterarse de otras perspectivas (porque el pensamiento humano no termina en la metafísica de Aristóteles); y que mientras no ejercitemos el hábito de la escucha y de la curiosidad ante el disenso, habrá poca cabida para un diálogo constructivo.

@guillermo_mc_