Guillermo Miranda Cuestas

¿Le da igual o le disgusta la política? Entonces, esto es para usted. De Guillermo Miranda Cuestas

guillermo miranda cuestasGuillermo Miranda Cuestas, 4 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Si usted está cansado de la política salvadoreña y cree que las cosas nunca cambiarán, hoy es cuando debe reconsiderar su postura. En este día inicia un largo ciclo electoral, en el que tanto la cantidad como la calidad de la participación ciudadana definirán aquellas decisiones que afectan su vida y las de sus seres más queridos. En los próximos 18 meses se elegirán 262 concejos municipales, 84 diputados, la presidencia  de la República, los magistrados que integrarán la Sala de lo Constitucional hasta julio de 2027 y el próximo Fiscal General. En otras palabras, este no es el momento de ser indiferente a la política; al contrario, es la hora de involucrarse, al menos, en las siguientes tres direcciones.

EDH logPrimero, la conversación debe ser diferente a la usual. Los problemas de la economía, la seguridad y la corrupción, entre otros, merecen propuestas astutas, coherentes y realistas. Por ejemplo, no se vale hablar de nuevos empleos si no se explica cómo se promoverá el emprendimiento y la innovación o cómo se integrará Centroamérica para competir en los mercados globales; no se vale prometer seguridad si se ignoran los pobres resultados del tristemente célebre “manodurismo”, o si se evita la tan necesaria discusión de cómo reinsertar a la vida productiva a personas que en el pasado delinquieron; no se vale enarbolar la bandera de la transparencia si se insiste en repartirse las instituciones contraloras, como la Corte Suprema de Justicia, entre cuotas partidarias, o si se protege a funcionarios con sobrados indicios de corrupción. En fin, no se vale hacer perder el tiempo de la gente con discursos vacíos, inconsistencias manifiestas, promesas inviables o medias verdades. Los medios de comunicación son actores claves en este sentido.

Segundo, todos deben hacer su parte para que el proceso electoral sea justo y equitativo. Las causas que originaron el desastre provocado en las elecciones de 2015 no solo continúan presentes en la actualidad, sino que se acompañan de dificultades adicionales. En esta ocasión, los ciudadanos tienen una oportunidad extraordinaria de contribuir en el cuido de urnas. Por su energía y disponibilidad, los estudiantes universitarios deben ser los primeros entusiastas en integrar las Juntas Receptoras de Voto. De igual forma, si las instituciones públicas, nacionales o locales, se dedican a hacer propaganda electoral o si las campañas reciben financiamiento ilícito de gobiernos extranjeros, la ciudadanía debe presionar al Tribunal Supremo Electoral para que este actúe de oficio como establece la ley.

Tercero, hay que ir a votar de forma válida e informada. No votar o votar nulo o en blanco -que para efectos prácticos son lo mismo- es sujetar la elección a votantes incondicionales que, en varios casos, tienen una ciega disciplina ya sea por clientelismo o por fanatismo. Por otra parte, votar de manera desinformada -es decir, sin conocer las trayectorias de los candidatos ni la viabilidad de sus propuestas- es premiar la deshonestidad y las emociones por sobre la verdad y la sensatez.

Su involucramiento no solo es importante, sino también necesario. Cada vez que se sienta indiferente, cansado o disgustado, como todos nos sentimos más de una vez a la semana con la política salvadoreña, recuerde: de su apatía sobrevive, muy cómodamente, esa política tradicional que tanto daño nos ha hecho. Anímese; involúcrese.

@guillermo_mc_

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Una nueva oportunidad para pensar en grande. De Guillermo Miranda Cuestas

guillermo miranda cuestasGuillermo Miranda Cuestas, 3 julio 2017 / SEGUNDA VUELTA

Cuando no se tiene imaginación, morir es poca cosa. Con esa claridad lo entendió el novelista Louis-Ferdinand Céline ante los gritos de un coronel que aún exclamaba “¡viva Francia!”, luego de la muerte violenta de varios de sus compatriotas en un campo de batalla de la Primera Guerra Mundial. En El Salvador teníamos un problema de imaginación en la cultura política… Hasta hace unos días.

Cabecera Segunda VueltaEra tan pobre la imaginación en la política salvadoreña que por décadas se planteó un sistema de dos caras antagónicas, la de la izquierda y la de la derecha. Dicha tesis fue derribada en 2011 cuando diputados de ARENA y del FMLN complotaron contra la Sala de lo Constitucional al aprobar el tristemente célebre decreto 743. Así se activó a un grupo de jóvenes, de distintas ideologías, que nos concentramos en defender los mínimos no negociables de la democracia que aspiramos y que establece nuestra Constitución. Y desde ese entonces, no hemos parado de imaginar.

El activismo ciudadano se volvió nuestra pasión: madrugadas dedicadas a colgar mensajes en pasarelas, alianzas con asociaciones y movimientos sociales, visitas a universidades y comunidades del interior para animar y empoderar a más ciudadanos, sábados de aerosol y producción de videos en defensa de la transparencia, tardeadas y trasnochadas interminables para salvar al Pulgarcito, apariciones en medios, manifestaciones públicas y un largo etcétera de genuino voluntariado. Entendimos, con aquellas experiencias, que entre las extremas había un centro joven, dialogante e influyente, dispuesto a unirse de cara al futuro –nuestro futuro. En este grupo se encontraba Aída Betancourt, elegida por el diputado Juan Valiente para acompañarlo como precandidata a diputada suplente en 2018, y quien el domingo pasado fue arbitrariamente expulsada de la lista de precandidatos por la dirigencia del partido ARENA.

Aída habla cuatro idiomas, ha vivido en cinco países por motivos académicos y profesionales, está por terminar su maestría en una las mejores universidades del mundo, piensa por sí misma de forma crítica y, además, es una excelente persona. Su compromiso con El Salvador le valió para regresar e introducirse a la política partidaria, en un país donde la participación electoral y la confianza en los partidos van en franco declive. Pero a juicio de un político de palabra y pensamiento de Guerra Fría, Aída “no tiene las credenciales después de pronunciarse en contra del Mayor y de ARENA” (suenan grillos en el fondo). Cuando no se tiene imaginación, vivir en una eterna película en blanco y negro, de trama lineal y audio monofónico es poca cosa. Y nosotros nos resistimos a vivir en una película mediocre.

La falta de renovación tanto en ARENA como en el FMLN podría activar una nueva ola de activismo en un contexto muy particular. Hay al menos tres datos, brindados por la Dirección General de Estadística y Censos y el Tribunal Supremo Electoral, que permiten dimensionar el rol de los jóvenes en esta coyuntura y que coinciden en un mismo número: primero, 1.5 millones de personas tienen acceso al Internet –un incremento del 450% respecto a hace 10 años–; segundo, alrededor de 1.5 millones de jóvenes que no vivieron el conflicto armado podrán elegir diputados, concejales, alcaldes, presidente y vicepresidente en las próximas elecciones; y tercero, el presidente actual fue elegido por menos de 1.5 millones de votos.

El costo de quedarse en la caja y renunciar a la imaginación es bastante alto en una sociedad que exige pragmatismo. Bien lo dijo hace unos días don Francisco de Sola, ciudadano unificador que se dedicó a imaginar un país distinto desde la Comisión Nacional de Desarrollo: “Hoy día nos definimos por preceptos y culturas que nos impiden pensar en grande, como demandan los retos del siglo XXI”. El anuncio de Johnny Wright y de Juan Valiente de retirar sus candidaturas de ARENA es precisamente pensar en grande, imaginar la política de forma honesta e inclusiva. Este podría ser el inicio de un reordenamiento del sistema de partidos en El Salvador del siglo XXI. Ojalá, así sea.                

@guillermo_mc_

Este artículo también fue publicado en El Diario de Hoy

El liderazgo en los tiempos del cólera. De Guillermo Miranda Cuestas

Guillermo Miranda Cuestas, 19 abril 2017 / EDH

“Necesitamos ayuda, no vemos la luz del sol”, dice en perfecto inglés un pandillero de la mara Máquina. Ni su cara tatuada, ni mi sospecha de las mil y un razones que pudieron llevarlo a la cárcel de Mariona, evitan que sienta empatía por los ojos más tristes que he visto en mi vida. Entre las oscuras celdas altas del sector dos, la deshumanización se aprecia en cada mirada de desaliento de quienes hablan como quien tiene una última oportunidad de rogar auxilio; o de pedir un rollo de papel higiénico luego de semanas de escasez. Pero aun en los “morideros de pobres”, como en las páginas de García Márquez, la esperanza y el amor sobreviven a los tiempos del cólera. Esta vez, en forma de liderazgo, como el de Rodrigo.

“Venir acá me inspira a apurarme”, concluye Rodrigo al final de la visita. A 36 kilómetros de Mariona, Rodrigo lidera una empresa cuya filosofía se resume en brindar segundas oportunidades e invertir en su gente. No es una maquila tradicional, sino un modelo de negocio inclusivo y sostenible en el que los trabajadores construyen proyectos de vida. Más del 10% de la planilla son personas con discapacidad y expandilleros rehabilitados en iglesias aliadas. Además de recibir clases de inglés y de completar su educación básica, los empleados estudian carreras de ingenierías o informática dentro de la compañía, a través de un convenio con la Universidad Don Bosco. Bajo la dirección de Rodrigo Bolaños, League Central America ha disminuido extraordinariamente la rotación de sus colaboradores, diversificado su negocio a nuevos emprendimientos en tecnología e innovación gracias a las nuevas habilidades desarrolladas, multiplicado su capital y recibido numerosos reconocimientos internacionales. Actualmente, es sujeta de estudio en prestigiosas instituciones como la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, que envió a tres investigadores, a quienes me sumé en su visita a Mariona, para observar el modelo y replicarlo en el ecosistema emprendedor salvadoreño. Ahora, volvamos a la cárcel.

“Quiero mejorar la vida de esta gente, pero necesito más recursos para emplear”, asegura el director de Mariona. Luego de dos años al frente, la visión de Elmer Mira encuentra sus frutos en el que fue uno de los penales más problemáticos del país. Pasada la escena descrita al inicio de esta columna, la esperanza regresa en el recorrido al comprobar que el ocio carcelario ya es ajeno a la mayoría de reclusos. La atmósfera es de deportes al aire libre, clases de francés, teatro o ajedrez, panadería, talleres artesanales, confección de uniformes o programas de agricultura –todo impartido por los mismos presos. Si bien el hacinamiento continúa y donde hay diez camas duermen 28, el compromiso del nuevo director ha provocado una ola de cambios en distintos niveles; desde mejorar la infraestructura hasta controlar zonas que antes pertenecían a pandilleros. Elmer se despide con una reflexión: “el sistema penitenciario es central en la estrategia nacional de seguridad”.

El Salvador tiene futuro porque hay ciudadanos que transforman batallas que otros dan por perdidas. Rodrigo y Elmer son solo puntas de dos lanzas que se levantan día a día con la determinación de miles de salvadoreños luchadores como Marlene, una madre soltera que finalizó su bachillerato contra todo pronóstico y está por terminar ingeniería biomédica, mientras disfruta a su hijo en la guardería que League le proporciona; o Juan, que entró a la pandilla Barrio 18 cuando tenía 11 años y nunca pensó que una empresa valoraría su potencial por sobre sus tatuajes; o la banda Nemi, que con sus voces y 13 instrumentos de cuerda, percusión y viento refrescan los pasillos de Mariona con música andina, boleros, baladas y rock; o los grupos religiosos que hacen obras de misericordia y brindan alimento espiritual en las cárceles y comunidades. El desafío es aprovechar estos liderazgos y garantizar que tales cambios no solo dependan de la buena voluntad de algunos, sino de instituciones culturales y políticas permanentes que le den continuidad hacia un horizonte más lejano y más brillante. El desafío es hacer de estas excepciones, la regla general.

Déjà vu. De Guillermo Miranda Cuestas

¿Cuándo desempolvaremos los libros, y las mentes, para construir un país diferente al heredado? Siempre hay simpatía por quienes piensan igual, pero poca empatía por quienes disienten.

Guillermo Miranda Cuestas, 8 marzo 2017 / EDH

Pensar diferente no es un problema en el país de la sonrisa, hasta que se dice lo que se piensa en voz alta. Así sucedió durante la segunda mitad del siglo XIX. Roberto Valdés, en su investigación doctoral de filosofía, analiza el conflicto ocurrido entre liberales católicos, también llamados “conservadores”, y liberales radicales, conocidos como “liberales” a secas o liberales “secularizantes”, a la luz de las posturas de la época. “La enseñanza es libre; pero la que se dé en establecimientos costeados por el Estado será laica”, estableció el artículo 33 del Proyecto de la Constitución de 1885. La respuesta conservadora apareció en el semanario El Católico, donde se aseguró que los liberales lograron “privar a la niñez salvadoreña de la enseñanza religiosa, arrancar de su corazón las enseñanzas que sus padres le dan desde la cuna, sembrar en ella la duda y la negación de toda verdad católica, entregarla a maestros de su devoción que impriman en su alma formas laicas” (15 de noviembre de 1885).

El movimiento liberal generó reacciones parecidas en otros países. Valdés menciona el caso del obispo de Portoviejo, Ecuador, que en 1892 acusó a los liberales de promover un “gobierno ateo o sin Dios, conciencia sin Dios, libertad de culto o religión, enseñanza y escuelas sin Dios, matrimonio ateo o civil”. El obispo advirtió que “el mismo Lucifer que se alzó contra Dios, es el autor y maestro de todas esas falsas libertades”. ¿Nota alguna familiaridad con el presente?

En El Salvador del siglo XXI, cualquier atrevimiento a debatir sobre aborto o matrimonio entre personas del mismo sexo provoca reacciones similares. “Urge que el movimiento conservador y cristiano de la derecha retome el control”, afirmó un tuitero conocido hace algunas semanas. La misma persona, ante un incidente ocurrido en un colegio privado cuyo reglamento restringe el uso de símbolos religiosos, aseguró que “la persecución cristiana está mas cerca de lo que muchos padres pensamos”. Resulta extraño hablar de persecución en un país donde el arzobispado brinda conferencias de prensa cada domingo con amplia cobertura mediática; o bien, donde destruir un mural declarado patrimonio cultural, bajo la justificación de tener “el símbolo de la masonería”, queda impune.

En El Salvador del siglo XXI, la descalificación es recurrente. En estas mismas páginas, una colega columnista respondió a otro colega de origen alemán, que había disentido sobre el tema del aborto, con una acusación a la canciller Angela Merkel de ser parte de los “gobiernos ateos que buscan hacer de este mundo uno ‘Illuminati’ donde se rinde culto a Satanás” (octubre de 2016). En otras columnas sobre el mismo tema, la colega ha asegurado que “ninguna feminista puede ser católica” (octubre de 2011) y se ha preguntado si “no es viable creer que la Organización de las Naciones Unidas sea el Anticristo anunciado que reinará antes del final de los tiempos” (agosto de 2005).

En El Salvador del siglo XXI, los derechos humanos se violan a diario en un país que se autoproclama cristiano. El pasado 16 de enero, mientras se celebraba la firma de la paz, la Sala de lo Constitucional confirmó la desaparición forzada de tres jóvenes en un operativo militar. Meses atrás, la Sala concluyó que el sistema penitenciario, con más de 30 mil reos cuando su capacidad es de 8 mil, contraría la dignidad humana. Y la lista continúa: desde ciudadanos de segunda categoría en términos de salud, educación y protección social, hasta distintas formas de discriminación.

¿Cuándo desempolvaremos los libros, y las mentes, para construir un país diferente al heredado? Siempre hay simpatía por quienes piensan igual, pero poca empatía por quienes disienten. Ahora que las redes sociales permiten compartir opiniones con cientos de personas, incluidos familiares, amigos, conocidos y extraños, es cuando más necesitamos comprender que no es normal coincidir en todo –como bien dijo J. S. Mill, ni la humanidad es infalible ni la diversidad diabólica–; que discrepar no es motivo para personalizar la discusión, sino una oportunidad para enterarse de otras perspectivas (porque el pensamiento humano no termina en la metafísica de Aristóteles); y que mientras no ejercitemos el hábito de la escucha y de la curiosidad ante el disenso, habrá poca cabida para un diálogo constructivo.

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Vientos de incertidumbre. De Guillermo Miranda Cuestas

guillermo miranda cuestasGuillermo Miranda Cuestas, 23 julio 2016 / EDH

En 1968, Samuel Huntington señaló un elemento común en aquellas sociedades donde el gobierno efectivamente gobierna: su grado de institucionalización. En estos países, las instituciones políticas se adaptan a cambios del entorno, son complejas en sus funciones y estructuras, guardan independencia respecto a otros grupos y existen consensos sobre cuáles son sus objetivos y cómo deben cumplirse.

Según Huntington, los períodos de inestabilidad ocurren cuando sube la participación política o la movilidad social y las instituciones no son capaces de administrar dichos cambios o de satisfacer nuevas demandas. El Salvador, donde cada semana se observan nuevos escándalos que generan conmoción e incertidumbre, no escapa de esta teoría.

diario hoyEn las décadas intermedias del siglo XX hubo procesos importantes de modernización del estado en términos de política monetaria, de programas sociales en áreas básicas como salud y vivienda y de reconocimiento constitucional de derechos de segunda generación –trabajo, educación y salud, entre otros incluidos en la Constitución de 1950. Sin embargo, no hubo voluntad de ampliar significativamente la recaudación tributaria y bajar así niveles inaceptables de exclusión social y pobreza. Asimismo, aunque en 1963 se introdujo el sistema proporcional a la elección de diputados y con ello la oposición entró al Órgano Legislativo, la política fue finalmente controlada por grupos militares al punto de violar derechos fundamentales y deslegitimar el acceso al poder a través de elecciones. Estas contradicciones no encontraron instituciones competentes para resolver dicha conflictividad y el país entró, terminada la década de los setentas, al período más triste de su historia entre dos bandos radicalizados.

Actualmente se presenta un déficit institucional preocupante. La actual Sala de lo Constitucional inició en 2010 un activismo judicial a favor de derechos como el sufragio, el acceso a la información pública o, recientemente, al acceso a la justicia tras expulsar la Ley de Amnistía de 1993. Si bien puede estarse a favor o en contra de sus sentencias, no puede negarse la validez técnica y la independencia con que actúan los magistrados. Quienes no han hecho su trabajo son los políticos que insisten en mantener las instituciones al servicio de sus intereses; poco han hecho por construir consensos sobre política fiscal, definir la concesión de servicios estratégicos, dignificar el sistema de salud y el sistema penitenciario, fiscalizar las donaciones a sus partidos, elegir funcionarios idóneos o combatir la corrupción al más alto nivel. Por ejemplo, mientras la inconstitucionalidad de la Ley de Amnistía requiere de un Órgano Judicial eficaz, los diputados llevan casi un año sin elegir a los miembros del Consejo Nacional de la Judicatura, institución clave en el sistema de justicia.

Otra área preocupante es el sistema electoral. Si bien ahora existen nuevas formas de elegir diputados, voto en el exterior, cuotas de género o concejos pluripartidarios, las instituciones no están a la altura de varios de estos avances. La Ley de Partidos Políticos no provee instrumentos para transparentar el financiamiento; el Código Electoral continúa desfasado en temas sensibles como el recuento de votos o la regulación de campañas; y el Tribunal Supremo Electoral no tiene la estructura ni los recursos necesarios para administrar y juzgar procesos electorales de forma efectiva. El tormentoso conteo de la última elección legislativa es consecuencia de lo anterior.

Se hizo la guerra, se firmó la paz, pero la institucionalización sigue pendiente. El no contar con instituciones funcionales no solo preocupa por la falta de certidumbre, sino por el riesgo de reiniciar ciclos de inestabilidad o de estancamiento. Y la culpa no será de la Sala de lo Constitucional, sino nuestra al tolerar ciertos políticos anclados en viejos vicios: desde el diputado que disparó borracho a una policía, los expresidentes con ingresos no justificados o los dirigentes de dobles discursos que ocultaron sus acercamientos con pandilleros; hasta el actual presidente y sus correligionarios que brillan por su incoherencia como se evidenció con la Ley de Amnistía, el ministro encargado de regular a la misma empresa de hidrocarburos a la que debe cientos de miles de dólares y los deshonestos que aún gritan “golpistas” o “desestabilizadores” a quienes plantean, entre otras cosas sensatas, la colaboración de Naciones Unidas en la lucha contra la impunidad como ocurre en Guatemala. De continuar así, la culpa será nuestra; y el costo, muy alto.

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Los “Funes Papers”. De Guillermo Miranda Cuestas

guillermo miranda cuestasGuillermo Miranda Cuestas, 8 abril 2016 / EDH

El escándalo producido el pasado domingo por la filtración de millones de documentos del despacho de abogados en Panamá Mossak Fonseca, llamado “Panama Papers”, es una excelente oportunidad para quienes luchan por la justicia. Sin embargo, también lo es para quienes están dispuestos a desinformar y a dar cátedras de cinismo con tal de callar sus pecados. Antes de desarrollar este punto, resulta necesario aclarar lo siguiente.

La introducción de dineros resultantes de la corrupción, del tráfico de ilícitos o de la evasión de impuestos, entre otros crímenes, merecen todo el castigo de la ley. Asimismo, el debate informado sobre si es ético o no utilizar mecanismos legales diario hoypara contraer obligaciones tributarias más favorables es válido, a la vez que es válido apartar de esta discusión a quienes efectivamente han realizado inversiones en Panamá. Lo que no se vale es que un expresidente, actualmente procesado por presunto enriquecimiento ilícito, distorsione esta discusión sin afrontar sus responsabilidades.

La primera reacción del expresidente Funes ante el escándalo mencionado fue atacar a los medios de comunicación. Aunque la noticia fue cubierta en varios periódicos –incluso fue portada en este medio– el señor Funes aseguró que “los grandes medios no le han prestado mayor atención” a una noticia “que ha conmocionado al mundo”. Posteriormente, el exmandatario lanzó su diatriba tradicional contra empresarios e inició una cruzada en redes sociales contra la evasión de impuestos. Afortunadamente, tenemos memoria.

La ley salvadoreña sanciona con prisión a quienes omitan declarar hechos generadores de impuestos, precisamente, bajo el delito de “evasión de impuestos” (artículo 249-A, Código Penal). En 2009, el entonces candidato Mauricio Funes recibió de un empresario casi $3 millones de los cuales, en caso de tratarse de una donación personal, tendría que haberse pagado el impuesto correspondiente. En un enredo de contradicciones, el expresidente ofreció distintas versiones sobre dicha transacción: fue una donación personal (marzo, 2009); aunque realmente, fue un préstamo que se pagaría con la deuda política del partido (marzo, 2009); o más bien, fue una deuda personal que habría sido perdonada por el donante (noviembre, 2013); o de hecho, fue una donación al partido, ingresada a su cuenta personal para “agilizar ese recurso”, y por tanto no sujeta a impuestos porque los partidos no tributan (noviembre, 2013); o la explicación más reveladora, “encontramos la forma de no pagar impuestos, justamente para que no implicara pago de impuesto y no implicara ningún compromiso de carácter personal” (diciembre, 2013).

Lo más escandaloso no es que el donante fue posteriormente postulado por el expresidente como primer designado a la Presidencia y que su hijo fue nombrado por el exmandatario para continuar al frente de la Comisión Ejecutiva Hidroeléctrica del Río Lempa (CEL), sino la incertidumbre de lo que ocurrió después con ese dinero. Un detalle clave: el ministro de Hacienda dijo haber analizado el caso y concluyó que Funes había cedido el contrato al FMLN y por tanto nunca hubo que pagar impuestos por dos razones incompatibles: porque el empresario había condonado la deuda al FMLN y porque los partidos no pagan impuestos de sus donaciones (diciembre, 2013). Sin embargo, un mes antes de esas declaraciones y ante la pregunta de si el partido recibió ese dinero en algún momento, el secretario general del FMLN, Medardo González, respondió: “De ese tema no voy a hablar, de eso no tengo nada que decir”. Según un informe de auditoría de la Sección de Probidad de la Corte Suprema de Justicia, la cuenta a la que ingresó esta donación fue cerrada en agosto de 2015 con saldo positivo.

Así como debe investigarse si existen actividades ilícitas asociadas a los Panama Papers, la justicia debe determinar si Mauricio Funes es o no un evasor de impuestos dado los indicios descritos. Mientras los salvadoreños no presionemos a las autoridades a actuar –en este caso, al Fiscal General– el abuso del poder seguirá impune. En Islandia, el involucramiento del primer ministro en el escándalo Panama Papers provocó que la gente saliera masivamente a las calles a exigir su renuncia. Como símbolo de protesta, varios islandeses llevaron bananas a las manifestaciones para expresar que, a su juicio, este tipo de corrupción es propio de las “repúblicas bananeras”. Al día siguiente, el funcionario suspendió sus labores indefinidamente.

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Buen viaje, señor presidente. De Guillermo Miranda Cuestas

guillermo miranda cuestasGuillermo Miranda Cuestas, 26 marzo 2016 / EDH

Hay quienes usurpan un honor que no merecen, con un oficio que no saben hacer. Así habla la conciencia del señor presidente, personaje central del primero de “Doce cuentos peregrinos”, de Gabriel García Márquez, cuyo título encabeza esta columna. Enfermo en el exilio y sin las glorias que los políticos buscan heredar del poder, el señor presidente no esconde el costo de su insensatez: “lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente”, concluye. En El Salvador, el actual presidente todavía tiene tiempo para no caer en esa desgracia; por ello escribo esta columna con dos solicitudes concretas.

diario hoyPrimero, no escape de sus responsabilidades. La masacre de San Juan Opico o la suspensión de operaciones de la principal empresa proveedora de agua potable deberían ser motivos suficientes para asumir responsabilidades. Sin embargo, hasta en estas circunstancias, usted y sus funcionarios buscan escapar de distintas formas: escapa un presidente cuando, en medio de la crisis, viaja a otro país para rendir tributo al régimen que financió su campaña presidencial mientras sumergía a Venezuela en el peor desastre económico de América Latina del que aún no sale; escapa el ministro que planeó la tregua entre pandillas cuando decide no contestar una pregunta válida sobre la autorización de actividades ilícitas en un centro penitenciario; y escapa un funcionario encargado de potenciar las inversiones cuando asegura que la suspensión de operaciones de una empresa por razones de violencia es “normal en economía”. También escapa un secretario técnico que acusa a las empresas de financiar a las pandillas sin mencionar que, en realidad, quienes pagan la extorsión lo hacen para proteger vidas humanas precisamente porque el Estado es incapaz de cumplir su función más básica.

Segundo, no jueguen con el estado de excepción. La suspensión de garantías constitucionales es una medicina que puede resultar más dañina que la propia enfermedad. Por un lado, hay antecedentes graves de abuso de poder que no han sido esclarecidos: desde la represión desproporcionada de la policía hasta la utilización de la escucha telefónica como instrumento de chantaje de un exfiscal; desde el ingreso de ilícitos a las cárceles hasta la delegación de funciones estatales a particulares que mediaron en la tregua; o desde el ocultamiento de documentos públicos en beneficio de un expresidente hasta el acoso cibernético de círculos vinculados a un alcalde. Otorgar más poder a personas que no se comportan como lo exige la ley y que no reciben sanción alguna por ello es un peligro innegable. Por otro lado, antes de decretar estado de excepción el gobierno debe agotar los canales ordinarios de represión del delito, explicar por qué aun así dichos canales son insuficientes y detallar cómo la suspensión de ciertas garantías contribuirá a alcanzar resultados específicos. Hasta este momento, la narrativa del gobierno de que la inseguridad es una percepción provocada por un plan de desestabilización contradice la supuesta necesidad de un estado de excepción.

En fin, el problema de no asumir responsabilidades al buscar culpables y de escoger la salida fácil con un estado de excepción improvisado no solo lo afecta a usted, señor presidente. Es cierto que usted sería recordado, como tantos, como otra decepción; pero el verdadero problema es el costo que pagaremos los salvadoreños en una sociedad cada vez más inviable. Basta de medidas reactivas que son más mediáticas que efectivas, como fue la Ley Antipandillas en respuesta a la masacre del bus incendiado en Mejicanos en 2010. Basta de abordar temas delicados con una ligereza monumental, como sucede con las pensiones cuya propuesta tuvo que haberse presentado en septiembre de 2014 según lo prometido. No haga el problema más grande de lo que ya es, señor presidente.

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