Gerardo Calderón

Guadalupe: 4 años de albergue. De Gerardo Calderón

En febrero 2010, si hubiéramos hecho caso al Gobierno, 24 familias en Guadalupe, San Vicente, hubieran seguido viviendo en tiendas de campaña o hacinadas con sus familiares por cuatro años.

Gerardo Calderón, ex directivo de Techo

Gerardo Calderón, ex directivo de Techo

Gerardo Calderón, 8 novimebre 2015 / LPG

la prensa graficaDel 7 al 9 de noviembre de 2009 llovió cinco veces más de lo que llueve regularmente durante todo ese mes. Cantidades exorbitantes de agua minaron la tierra expandiendo violentamente la ribera de los ríos y aflojando rocas gigantes en las montañas. Cientos de viviendas fueron destruidas y familias perdieron seres queridos.

En febrero 2010, tres meses después de la catástrofe, la emergencia en los medios de comunicación ya se había esfumado, pero seguía presente en cientos de familias damnificadas. En Guadalupe, 24 familias que habían perdido sus viviendas seguían acampando en la zona verde de una lotificación. En consecuencia, la organización Techo decide apoyar sin titubeos a estas familias con un proyecto de 24 viviendas de emergencia.

Una mañana en Guadalupe, mientras esperábamos los materiales para construir las primeras viviendas de emergencia, recibimos una llamada de uno de los directores del Viceministerio de Vivienda y Desarrollo Urbano. Con tono altanero nos sugiere detener nuestro proyecto ya que ellos habían gestionado la compra de un nuevo terreno en el que construirían viviendas definitivas para estas 24 familias afectadas por el huracán Ida. Dijo que si Techo seguía adelante con su apoyo, las familias corrían riesgo de no ser tomadas en cuenta para su proyecto. Inmediatamente nos reunimos con todas las familias y les planteamos lo que acababa de suceder. Ellas intuían que el proyecto del Gobierno iba a tardar más, “venimos escuchando de ese proyecto desde hace tres meses y seguimos viviendo en tiendas de campaña con nuestras familias”. Cansados de vivir bajo el plástico y la incertidumbre, decidieron no esperar el proyecto del Gobierno y se sumaron entusiasmados a trabajar junto con Techo en la construcción de estas 24 viviendas de emergencia.

Las familias de Guadalupe intuyeron bien. El proyecto del Gobierno tardó más, se concluyó cuatro años después de haber tenido todo “listo y gestionado”. Por fin en 2013 estas 24 familias lograron reubicarse en una nueva colonia, formal, con servicios básicos, segura y donde sus escrituras ya están en trámite.

Dejando de lado la poca capacidad del Gobierno de reaccionar oportunamente ante esta catástrofe, y yendo más allá de imaginar qué hubiera pasado si Techo hubiera cancelado su proyecto por seguir las instrucciones de aquella llamada, es necesario observar el impacto de la ayuda material y apoyo moral que brindó la sociedad salvadoreña en aquellos días de solidaridad nacional.

El huracán Ida nos tocó a todos directa o indirectamente y nos hizo reaccionar con otro huracán, un huracán de buena voluntad. Apenas y las lluvias habían cesado cuando ya habían compatriotas organizándose para recolectar víveres, ropa, medicamentos, etc., otras organizaciones visitaban albergues buscando atender psicológicamente a las víctimas directas de los deslaves de rocas. Las oenegés más expertas no entregaban nada, más bien se llevaban información; andaban con un sinnúmero de formularios que llenaban en entrevistas con el alcalde, víctimas, al examinar el lugar de los hechos, etc. En fin, las toneladas de ayuda y apoyo inundaron las zonas afectadas. De hecho, en una visita de reconocimiento pasé tres horas en una fila interminable de automóviles cargados de paquetes queriendo entrar a la zona de Verapaz y Guadalupe. Seis años después del huracán, algo queda muy claro: ni las toneladas de víveres y abrigo, ni los incontables reportajes de la prensa, ni las constantes visitas de levantamiento de información de las oenegés evitaron que 24 familias de Guadalupe pasaran cuatro años de sus vidas en un albergue temporal de 24 viviendas de emergencia. Para ganarle la batalla a los huracanes, debemos dejar de ser como ellos: fulminantes, que se arman cada uno o dos años, que aparecen con fuerza una noche y se difuminan días después. Ese comportamiento de “huracán” demuestra nuestra ingenuidad al entender las catástrofes en nuestro país, pensamos que sus causas son exclusivamente naturales, impredecibles y con impacto de corto plazo, cuando en realidad lo que ocurre en El Salvador es una catástrofe social permanente, ante la cual pocos reaccionan, esa catástrofe se llama injusticia social. Esto se evidencia en los altos niveles de marginación y exclusión y la poca empatía con los más desfavorecidos. Es de reconocer que huracanes, tormentas, sequías y la violencia afectan desproporcionadamente a los más pobres. Los estragos de estas calamidades están fuertemente determinados no tanto por la fuerza de la madre naturaleza, pero por cómo la sociedad salvadoreña ha decidido organizarse y apoyar a los más excluidos.

El pasado 7 de noviembre se cumplieron seis años desde que nos golpeó el huracán Ida y la sociedad se sensibilizó y actuó de manera excepcional en apoyo a los más afectados. Reconozcamos que la catástrofe que nos azota a diario es la injusticia social, no esperemos el siguiente huracán para solidarizarnos y actuar en consecuencia.

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