Jorge Castaneda

A Venezuela por Cuba. De Jorge Castaneda

No hay una solución para la tragedia de Caracas que no pase por Washington y La Habana.

Aspecto de la 47 Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), en Cancún.

Aspecto de la 47 Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), en Cancún. Mario Guzmán EFE

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, 28 junio 2017 / EL PAIS

Una de las posibles explicaciones de la interminable tragedia venezolana yace en la persistente indiferencia o complicidad de la región latinoamericana. Hace años que los vecinos de Venezuela debieron haber tomado cartas en el asunto y evitar el paulatino deslizamiento del régimen de Chávez y ahora de Maduro hacia la dictadura en el que se ha convertido. Una vez iniciada la espiral descendente, debieron actuar para revertir la tendencia. Nada de eso sucedió. Hasta ahora. Ya era tiempo.

Hay varios resultados de la Reunión de Consulta y de la Asamblea General de la OEA, celebradas en Cancún entre el 19 y el 21 de junio. Tres revisten particular relevancia, tanto para México, como país anfitrión, como para el resto de América Latina, sin menosprecio de las consecuencias y balances para Venezuela, tema central de los debates.

Empezando por México, por fin vuelve a contar con una postura moderna, digna y correcta. En Cancún, el país antepuso los compromisos regionales de defensa colectiva de la democracia representativa y de derechos humanos a los principios caducos de no intervención y de supuesta autodeterminación de los pueblos. Durante muchos años, México combinó, en ocasiones con una leve dosis de hipocresía, la no intervención con el combate diplomático a las dictaduras latinoamericanas (y al régimen de Franco, por cierto). Rompió relaciones con Pinochet y con Somoza; apoyó a la oposición chilena, nicaragüense y salvadoreña contra los Gobiernos autoritarios de esos países, tanto localmente como en foros internacionales. Colocó esta encomiable definición en una línea más congruente al censurar, desde 2001, a la dictadura castrista en la ONU, y en el plano bilateral, desde 1998. Hoy, con Venezuela, vuelve a esa tradición, al cabo de un decenio de abandono.

Este avance de política exterior de inmediato generó repercusiones en la política interna. No se puede disociar la posición mexicana ante Venezuela de la decisión de duplicar las aportaciones aztecas y de los demás países al sistema interamericano de derechos humanos. Tampoco es útil separarla de la declaración del canciller Luis Videgaray de dar la bienvenida a todo escrutinio externo, incluyendo observadores internacionales para las elecciones del 2018. No se puede lo uno sin lo otro, aunque el abogado de los padres de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa admire a la dictadura de Maduro.

Los Gobiernos que representan a más de 90% de la población y del PIB de América Latina votaron por una resolución sobre Venezuela contra la convocatoria a la Asamblea Constituyente. Hace pocos años, Brasil, Argentina, Perú y México no lo hubieran hecho. Solo Bolivia y Nicaragua se solidarizaron con Maduro; ni Ecuador ni El Salvador los siguieron. El cambio es notable. Sin embargo, México y sus aliados fracasaron. No se consiguieron los votos necesarios para que el proyecto de resolución fuera aprobado. Fue imposible arrancar tres votos más a los países del Caribe, que hicieron la diferencia, entre abstenciones y votos en contra.

Hay varias explicaciones. La primera es la que parte del petróleo que Venezuela regala o vende con subsidio a las islas caribeñas. La segunda consiste en que EE UU no hizo la tarea. Rex Tillerson, el secretario de Estado, no viajó a Cancún, y debilitó así el esfuerzo de todos. Hay un caso especialmente escandaloso: República Dominicana. Que EE UU no pueda convencer a Santo Domingo que vote con él es increíble. Otra interpretación adicional involucra a otro país formalmente ausente en Cancún: Cuba, que ejerce una enorme influencia sobre esos pequeños países vecinos porque ha puesto en práctica una política de cooperación, desde hace muchos años. Ha enviado a miles de agentes de inteligencia, médicos, maestros, instructores deportivos y militares. Esto le ha aportado a Cuba un gran ascendiente sobre sus gobernantes.

Por otro lado, México, Brasil, Argentina y Colombia han hecho hasta lo imposible para complacer a la dictadura cubana, en detrimento de sus propios valores y principios. Ya es hora de que haya un mínimo de reciprocidad cubana por estos esfuerzos desmedidos que todos han llevado a cabo por Cuba. Tal vez no surgieron las condiciones para alcanzar esta correspondencia cubana en las reuniones de Cancún. Pronto se celebrarán otras reuniones y surgirán otras oportunidades. Pero tres tesis parecen evidentes. No hay salida de la tragedia de Caracas sin Cuba; no habrá cooperación cubana sin algo a cambio; solo EE UU tiene algo que dar a cambio.

Mexico’s Forceful Resistance. De Jorge Castaneda

Credit Mikey Burton

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, 27 enero 2017 / THE NEW YORK TIMES

MEXICO CITY — It has been just over a week since President Trump took office, and he already has a diplomatic mini-crisis on his hands. First, he demanded that Mexico pay for his wall along our mutual border — on the very day when Mexican diplomats were to meet with White House officials. When President Enrique Peña Nieto of Mexico rejected that idea out of hand, Mr. Trump tweeted that he should consider calling off a planned visit to Washington next Tuesday. Which is just what Mr. Peña Nieto did.

For Mexico, the cancellation, and the rise in tensions with the United States, are a sad and serious affair.

Sad, because no Mexican wants a breakdown in bilateral ties. Five successive presidents have pursued a new course with our northern neighbor, putting behind us the apprehensions and resentment of the past. The North American Free Trade Agreement, American support during the mid-’90s financial NEW YORK TIMEScrisis, immigration negotiations in 2001, expanded drug enforcement and security cooperation, and the encouragement of a new mind-set for Mexicans where being neighbors is no longer seen as a problem but as an opportunity: All of this is being questioned and jeopardized.

This is why Mexico today faces a tough choice, given the asymmetry between both countries: accommodate Mr. Trump and get the least-bad deal possible, or lay out a series of red lines or list of American demands Mexico cannot accept and adopt a policy of forceful resistance. It could then attempt to wait Mr. Trump out, hoping that he will open too many fronts simultaneously, that domestic opposition to his excesses will grow, and that Mexico’s allies in the United States and abroad will eventually rebalance the unequal correlation of forces.

Mr. Peña Nieto had no choice but to cancel his trip. But he had partly boxed himself into a corner because of previous indecision or procrastination.

He knew some time ago that Mr. Trump would insist on renegotiation. He knew that several roads could lead to a favorable outcome for all three member countries, but that there could also be dire consequences for Mexico if the road chosen led to a revised Nafta requiring drawn-out deliberations in the legislative bodies of Canada, the United States and Mexico. The agreement would then fall hostage to partisan bickering, with no guarantees of approval. The uncertainty that would entail might easily place new foreign investment in Mexico on hold.

Mexico should have a red line on trade. Everything that can be done without new legislative approval in all the three countries is fair game, but nothing else. Better to have the United States invoke Nafta’s Article 2205, which says that a country can withdraw from the agreement six months after giving notice.

A similar red line should have been drawn by Mr. Peña Nieto on the prickliest, if not the most substantive issue: the wall. Again, incomprehensibly, Mr. Peña Nieto painted himself into a corner by stressing the wall’s payment, rather than its very existence. The crux of the matter should never have been who would pay for it, but rather that it was an unfriendly act toward a friendly country, sending a disastrous symbolic message to Latin America. The real issue is that it will generate countless social, cultural and environmental problems along the border; raise the cost and danger of unauthorized crossings; and attract even more organized crime.

Mexico should now clearly draw another red line. If the United States wants to build a wall, we will use every tool available to delay it and make it more expensive. But we will also point out that President Trump’s wall better be a very effective one. Because it will have to deter, without any further Mexican cooperation, drugs, migrants, terrorists and “bad hombres” from entering. If Mr. Trump “breaks” the border arrangement that our two countries have enjoyed for nearly a century, he “owns” it (the Pottery Barn rule).

Finally, on deportations, Mexico must also publicize its nonnegotiable bottom line. More money and agents for immigration enforcement, punishing sanctuary cities and attempting to send so-called criminals to Mexico is likewise an unfriendly act. Especially when one recalls that the same policy toward El Salvador in the late 1990s made it the most violent country in the world.

Mexico must say clearly that we will encourage all our potential deportees to demand a hearing upon arrest and to refuse voluntary removal; that we will provide legal support, on our dime, for all arrested undocumented Mexicans; and that we will deny entry to anyone whom American authorities cannot prove is a Mexican citizen. These are not simple decisions and are not exempt from the risk of retaliation. But neither is a 20 percent tariff on imports from Mexico, a proposal the White House suggested on Thursday it might embrace.

Mexico’s most effective leverage in this unfortunate and needless conflict lies in its stability on the United States’s southern flank. Washington should count its blessings. For a century, the United States has been an accomplice to Mexican corruption, human rights violations and authoritarian rule. But it has also supported Mexico economically, abstained from seeking regime change, tolerated mass migration from the south and generally treated Mexico with respect. The quid pro quo was immensely and mutually beneficial. Messing with it is worse than rash: It is reckless, for both countries.

Ventajas de una catástrofe. De Jorge Castaneda

Lo que ha sucedido con la elección de Trump puede suceder pronto en otros países porque la globalización no ha traído los beneficios deseados. Y es necesario que México, Centroamérica y el Caribe reinventen su relación con EE UU.

Jorge Castaneda, ex cancillero de México y escritor

Jorge Castaneda, ex cancillero de México y escritor

Jorge Castaneda, 15 noviembre 2016 / EL PAIS

La victoria de Donald Trump es una pesadilla para Estados Unidos, para el mundo, y en particular para algunos países, como México y las naciones de Centroamérica y el Caribe. Trump habló con más cordura que antes al pronunciar su discurso de victoria. Pero esto no cambia las consecuencias de la campaña electoral estadounidense ni de su desenlace.

Los mercados se adaptarán al nuevo gobierno y no habrá una hecatombe económico-financiera producto de los comicios. Pero todo eso que es cierto en general no lo es tanto en lo particular para América Latina.

el paisNingún otro candidato a la presidencia de un país importante ha hecho campaña durante un año y medio explícitamente contra los intereses nacionales de otro país, y mucho menos de uno vecino. Eso hizo Trump desde junio del 2015. Hizo campaña sobre los temas de la deportación de millones de indocumentados, de la construcción de un muro para terminar de sellar la frontera sur de su país, de la revisión, apertura o derogación del que llamó el peor acuerdo comercial del mundo: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Lo mismo vale para los países de Centroamérica y el Caribe que en su mayoría son emisores de flujos migratorios a EE UU, cuentan con contingentes importantes de ciudadanos suyos sin papeles y han firmado también acuerdos de libre comercio con Washington.

Algunos analistas creen, sobre todo en México, que los reiterados pronunciamientos de Trump son la típica retórica de campaña, que no lo comprometen a nada, y que sus propuestas no son factibles. Nada de esto es del todo cierto. Trump debe su victoria a los votantes de Estados como Pensilvania, Ohio, Michigan y Wisconsin, que fueron de los más afectados por los acuerdos de libre comercio de EU con México y otros países, y del ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio (OMC), en el año 2000.

El candidato triunfante tendrá que responderles a sus seguidores en esos Estados que además sufrieron agravios innegables debido a los efectos de la globalización y del libre comercio. El que otras regiones de EE UU sí se hayan beneficiado de esto es sólo un triste consuelo para ellos. Por eso se enojaron, votaron por Trump, lo hicieron ganador y por eso les va a tener que cumplir. Si Obama, que hizo campaña a favor de una reforma migratoria integral, y que nunca se comprometió a expulsar a los indocumentados, deportó a más de dos millones de mexicanos y centroamericanos durante sus ocho años en la presidencia, no sería raro que Trump, que sí lo ha prometido, haga lo mismo. Quizás no deporte a todos los que se encuentran sin papeles en Estados Unidos. Pero a un número importante, sí.

“Hay que responder con vigor a los intentos revisar los acuerdos de libre comercio pendientes”

En cuanto al muro, desde Bill Clinton en 1994 y pasando por George Bush y Barack Obama, se han construido más de 1.000 kilómetros a lo largo de una frontera de 3.000. Los predecesores de Trump lo hicieron sin que fuera una promesa de campaña ni consigna de mítines. No sería extraño que Trump quisiera agregarle otro tanto. No cubriría toda la frontera, pero ya abarcaría mucho más de la mitad.

¿Qué pueden hacer estos países frente a la amenaza que viene? Primero, reconocerla. Deben tomar a Trump en serio, sí hay motivos para preocuparse y sólo se puede diseñar una estrategia de respuesta si parte de la realidad.

Segundo, deben explicarle a la sociedad mexicana, centroamericana y caribeña qué sucedió en EE UU, por qué casi aproximadamente 60 millones de norteamericanos votaron como votaron; por qué eligieron a un presidente con un programa y una personalidad como la de Trump; por qué le dieron una mayoría republicana en ambas cámaras del Congreso y por qué podrá disponer de una mayoría en la Suprema Corte de Justicia. Una vez hecho esto, será necesario adoptar una serie de medidas, todas ellas dolorosas y caras, para adaptarse a la nueva situación ya visible en el horizonte. Estas medidas incluyen, pero no se limitan, a: reforzar con recursos financieros y humanos a los 50 consulados que México tiene en EE UU, y a los de otras naciones afectadas, para que, con más personal, más dinero para contratar abogados, más capacidad de salir a la calle y a los medios de comunicación, puedan ofrecerle toda la protección legalmente posible a los nacionales de sus respectivos países, con o sin papeles.

“Se necesita más integración de las economías de América del Norte, Centroamérica y el Caribe”

Además, responder de inmediato y con vigor a los posibles intentos del Gobierno de Trump de revisar o reabrir los acuerdos de libre comercio pendientes. No todos han sido exclusivamente en beneficio de México, Centroamérica y el Caribe, o incluso de varios países de América Latina. Pero lo peor sería incurrir en una reversión de los mismos. Esto implicaría llevar cada hipotética medida dañina a paneles de los tratados bilaterales, a los mecanismos de solución de disputa en la OMC, y cuando sea pertinente, a los propios tribunales norteamericanos donde algunos casos se puedan litigar con posibilidades de éxito.

Por último, y esto es más cierto para México, que el Gobierno y la sociedad mexicana abandonen sus lamentables sermones dirigidos a los norteamericanos sobre la importancia de México para EE UU y se concentren en defender los intereses nacionales, cada quien en la trinchera que pueda, sobre todo ahora que para Trump el respeto a los derechos humanos en México será la última de sus preocupaciones.

Se podría también considerar, en el caso de México, la negociación de acuerdos sectoriales o regionales con empresas norteamericanas de incremento significativo de los salarios. No pondrían en peligro la competitividad de dichas empresas, pero se dejarían de imponer salarios de miseria a los cientos de miles o hasta millones de trabajadores mexicanos en la industria automotriz o maquiladora en el norte del país.

Pero lo más importante será que los países más afectados encuentren la manera de hacer la tarea en casa. Lo que sucedió en EE UU puede suceder en México pronto y en otros países también. La globalización no ha traído los beneficios deseados. Lo peor que se podría hacer es abandonarla u oponerse a ella. Pero tampoco se puede seguir sin buscar de manera mucho más proactiva los beneficios tan poco presentes. Para todas las naciones de lo que se llamaba la Cuenca del Caribe, reinventar su relación con EE UU es indispensable y al mismo tiempo extraordinariamente difícil. No se puede proceder a un repliegue, a una cerrazón o a la llamada diversificación: geografía sí es destino. Se necesita más integración de las economías de América del Norte, Centroamérica y el Caribe. Pero diferente a la que se ha hecho hasta ahora. Como se ve, los retos que presenta la victoria de Trump no son menores, pero la oportunidad de corregir los errores del pasado puede ser una de las ventajas de esta catástrofe.

Jorge G. Castañeda, exministro de Asuntos Exteriores de México, es profesor de Ciencias Políticas y Estudios Latinoamericanos y del Caribe en la Universidad de Nueva York.

Corrupción omnipresente. De Jorge Castañeda

Los escándalos políticos son males endémicos en Amércia Latina. Están presentes incluso bajo Gobiernos de izquierda, cuyos líderes se vanagloriaban de que nunca incurrirían en las odiosas prácticas de sus verdugos.

 Corrupción omnipresente NICOLÁS AZNÁREZ La imputación de Cristina Fernández por haber vendido dólares por debajo del precio de mercado para beneficiar a su sucesor en 2015 es la punta del iceberg del nuevo escándalo de corrupción de América Latina. En la lista de acusaciones, juicios y sentencias en la región, Fernández también está bajo investigación por haber entregado contratos de miles de millones de dólares a un constructor antes inexistente, que adquirió extensiones gigantescas de tierra en la Patagonia y hoteles de lujo en la provincia de Santa Cruz por cuenta de la expresidenta. Lázaro Báez, protagonista principal del escándalo de Hotesur, ya ha sido detenido, pero seguirá la marcha de jueces sumisos que dejaron languidecer estas causas cuando Fernández despachaba en la Casa Rosada. Dicha marcha marca la pauta de una de las grandes novedades en nuestra historia reciente: la creciente intolerancia de las clases medias ante niveles inéditos de corrupción y el uso de esa justificada indignación por opositores políticos para su propio beneficio. En un contexto caracterizado por un letargo económico prolongado y por Gobiernos de izquierda en buena parte de los países latinoamericanos, es fácil comprender por qué se trata de algo novedoso, alarmante para algunos y alentador para otros. Otros artículos del autor Reyes electos Lagos, un socialista en el camino de la Moneda Davos y el neolibralismo El caso emblemático consiste en la tragedia brasileña. Dilma Rousseff ha debido desocupar la presidencia, por lo menos durante 180 días, quizá para siempre, con motivo de un proceso de destitución institucional. Dilma no es acusada de corrupción personal. Pero sin las revelaciones del caso Lava Jato, del juez Sergio Moro y del conjunto de acusaciones y certezas englobadas bajo el término de Petrolão, no enfrentaría los cargos que se le imputan. Asimismo, de no ser por el patético estado de la economía brasileña, tampoco habrían prosperado esos cargos. Por último, si la oposición brasileña no se hubiera envalentonado, gracias a casi 14 años fuera del poder, a un milagroso acercamiento al retorno en 2014, y a una movilización callejera sin precedentes, Rousseff tampoco habría sido defenestrada constitucionalmente. Lo que acontece hoy en Brasil es la suma de todos estos elementos. Pero en todos estos casos, detrás del andamiaje jurídico se perfila el triple fondo político y ético: ellos robaron para la corona, es decir, para mantenerse en el poder. La gente no lo toleró; y la oposición se aprovechó. En ausencia de este comportamiento corrupto, ¿habría funcionado la perpetuación en el poder de un partido, de un matrimonio, o de un solo gobernante en otros casos análogos? Es difícil saberlo, el ejercicio contrafactual es imposible. Hay una creciente intolerancia de las clases medias ante niveles inéditos de corrupción Sí sabemos que lo de Brasil no es un “golpe de Estado” ni un acto opositor ilegítimo en un país con un sistema semihíbrido, donde la multiplicidad de partidos y la existencia de un procedimiento expedito de juicio político alienta a cualquier oposición a utilizarlo. Los intentos de destitución legal de un mandatario son lo propio de la democracia y de la vocación opositora. No se entiende cómo los partidarios de la revocación de mandato, por ejemplo, se indignen ante un procedimiento constitucional ciertamente legislativo, pero no menos legítimo. La pregunta podría ser si lo mismo va a comenzar a gestarse en otros países. En Guatemala ya aconteció. En Nicaragua difícilmente sucederá algo, aunque la corrupción detrás del ficticio canal interoceánico tal vez sea, en términos per capita, la mayor de todas. En El Salvador la corrupción del anterior mandatario electo bajo el emblema del FMLN ya había sido divulgada, pero ahora, con la detención en Brasil de João Santana, el gurú de campañas de la izquierda latinoamericana, saldrán a relucir más datos. En Panamá, el actual Gobierno ha procesado en ausencia al expresidente Martinelli. En Perú, cualquiera que sea el vencedor de la segunda vuelta se verá obligado a investigar, y en su caso a procesar, al mandatario saliente y a su esposa. En Chile, la nuera de Michele Bachelet, y parte de la clase política, han sido acusados de diversas fechorías, basadas en anacronismos jurídicos, con fines claramente políticos, pero en algunos casos con fundamentos reales. El capítulo venezolano encierra las paradojas más dramáticas y arrojará los peores ejemplos de corrupción una vez que se sepa lo ocurrido durante el chavismo. Las fortunas acumuladas por los nuevos magnates bolivarianos solo tienen como parangón las increíbles privaciones que padecen los habitantes de uno de los países más ricos del mundo en recursos naturales. La hecatombe venezolana llegará a su desenlace, y aunque la corrupción de sus autoridades no desempeñará un papel central en lo inmediato, en el ajuste de cuentas con el pasado será decisiva. Hugo Chávez llegó al poder en 1998 denunciando, con toda razón, la corrupción infinita del pacto de Punto Fijo; la de sus correligionarios, mientras estuvo en vida y después, no fue menor. La fortuna de los nuevos magnates bolivarianos crece mientras la gente sufre privaciones Huelga decir que el asunto no es privativo de la izquierda. Esta se encuentra en el poder en varios países de la región y por tanto buena parte de la ira social se dirige en su contra. El caso de México demuestra la omnipresencia de los escándalos de corrupción, con Gobiernos de izquierda, de derecha o de identidad ideológica difusa. El Gobierno del presidente Peña Nieto ya ha sido consignado a la historia por el estigma de la llamada casa blanca, la residencia adquirida por su esposa gracias a facilidades otorgadas por uno de los grandes contratistas de estos años. Pero ahora esto parece lo de menos. El deseo de Peña Nieto —bien intencionado o cínico— de ver aprobadas por el Congreso mexicano leyes eficaces contra la corrupción se ha topado con la resistencia —feroz y cínica también— de su propio partido y de la oposición. La llamada ley 3 de 3, que obliga a servidores públicos y a candidatos a divulgar sus bienes, ingresos e intereses, se ha visto enmarañada en una madeja de objeciones leguleyas. A dos años de las próximas elecciones, Peña sigue a tal punto manchado por los escándalos de corrupción (y de violaciones a los derechos humanos) que difícilmente escapará a la creación, por su sucesor, de sendas comisiones de la verdad con apoyo internacional. En los años ochenta, cuando se efectuaron la mayoría de las transiciones democráticas en América Latina, muchos pensaron que los males endémicos de la región comenzarían a desvanecerse en forma automática. No fue el caso. La violencia y la desigualdad persisten, aunque hayan disminuido en algunos países. La corrupción se encuentra más presente que nunca, incluso bajo Gobiernos conducidos por partidos o líderes de izquierda, que se vanagloriaron de que ellos nunca incurrirían en las odiosas prácticas de sus verdugos o represores: las élites latinoamericanas. Resultó que sí.

NICOLÁS AZNÁREZ

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castañeda, 16 junio 2016 / EL PAIS

La imputación de Cristina Fernández por haber vendido dólares por debajo del precio de mercado para beneficiar a su sucesor en 2015 es la punta del iceberg del nuevo escándalo de corrupción de América Latina. En la lista de acusaciones, juicios y sentencias en la región, Fernández también está bajo investigación por haber entregado contratos de miles de millones de dólares a un constructor antes inexistente, que adquirió extensiones gigantescas de tierra en la Patagonia y hoteles de lujo en la provincia de Santa Cruz por cuenta de la expresidenta. Lázaro Báez, protagonista principal del escándalo de Hotesur, ya ha sido detenido, pero seguirá la marcha de jueces sumisos que dejaron languidecer estas causas cuando Fernández despachaba en la Casa Rosada.

Dicha marcha marca la pauta de una de las grandes novedades en nuestra historia reciente: la creciente intolerancia de las clases medias ante niveles inéditos de corrupción y el uso de esa justificada indignación por opositores políticos para su propio beneficio. En un contexto caracterizado por un letargo económico prolongado y por Gobiernos de izquierda en buena parte de los países latinoamericanos, es fácil comprender por qué se trata de algo novedoso, alarmante para algunos y alentador para otros.

el paisEl caso emblemático consiste en la tragedia brasileña. Dilma Rousseff ha debido desocupar la presidencia, por lo menos durante 180 días, quizá para siempre, con motivo de un proceso de destitución institucional. Dilma no es acusada de corrupción personal. Pero sin las revelaciones del caso Lava Jato, del juez Sergio Moro y del conjunto de acusaciones y certezas englobadas bajo el término de Petrolão, no enfrentaría los cargos que se le imputan. Asimismo, de no ser por el patético estado de la economía brasileña, tampoco habrían prosperado esos cargos. Por último, si la oposición brasileña no se hubiera envalentonado, gracias a casi 14 años fuera del poder, a un milagroso acercamiento al retorno en 2014, y a una movilización callejera sin precedentes, Rousseff tampoco habría sido defenestrada constitucionalmente. Lo que acontece hoy en Brasil es la suma de todos estos elementos.

Pero en todos estos casos, detrás del andamiaje jurídico se perfila el triple fondo político y ético: ellos robaron para la corona, es decir, para mantenerse en el poder. La gente no lo toleró; y la oposición se aprovechó. En ausencia de este comportamiento corrupto, ¿habría funcionado la perpetuación en el poder de un partido, de un matrimonio, o de un solo gobernante en otros casos análogos? Es difícil saberlo, el ejercicio contrafactual es imposible.

Hay una creciente intolerancia de las clases medias
ante niveles inéditos de corrupción

Sí sabemos que lo de Brasil no es un “golpe de Estado” ni un acto opositor ilegítimo en un país con un sistema semihíbrido, donde la multiplicidad de partidos y la existencia de un procedimiento expedito de juicio político alienta a cualquier oposición a utilizarlo. Los intentos de destitución legal de un mandatario son lo propio de la democracia y de la vocación opositora. No se entiende cómo los partidarios de la revocación de mandato, por ejemplo, se indignen ante un procedimiento constitucional ciertamente legislativo, pero no menos legítimo.

La pregunta podría ser si lo mismo va a comenzar a gestarse en otros países. En Guatemala ya aconteció. En Nicaragua difícilmente sucederá algo, aunque la corrupción detrás del ficticio canal interoceánico tal vez sea, en términos per capita, la mayor de todas. En El Salvador la corrupción del anterior mandatario electo bajo el emblema del FMLN ya había sido divulgada, pero ahora, con la detención en Brasil de João Santana, el gurú de campañas de la izquierda latinoamericana, saldrán a relucir más datos. En Panamá, el actual Gobierno ha procesado en ausencia al expresidente Martinelli. En Perú, cualquiera que sea el vencedor de la segunda vuelta se verá obligado a investigar, y en su caso a procesar, al mandatario saliente y a su esposa. En Chile, la nuera de Michele Bachelet, y parte de la clase política, han sido acusados de diversas fechorías, basadas en anacronismos jurídicos, con fines claramente políticos, pero en algunos casos con fundamentos reales.

El capítulo venezolano encierra las paradojas más dramáticas y arrojará los peores ejemplos de corrupción una vez que se sepa lo ocurrido durante el chavismo. Las fortunas acumuladas por los nuevos magnates bolivarianos solo tienen como parangón las increíbles privaciones que padecen los habitantes de uno de los países más ricos del mundo en recursos naturales. La hecatombe venezolana llegará a su desenlace, y aunque la corrupción de sus autoridades no desempeñará un papel central en lo inmediato, en el ajuste de cuentas con el pasado será decisiva. Hugo Chávez llegó al poder en 1998 denunciando, con toda razón, la corrupción infinita del pacto de Punto Fijo; la de sus correligionarios, mientras estuvo en vida y después, no fue menor.

La fortuna de los nuevos magnates bolivarianos
crece mientras la gente sufre privaciones

Huelga decir que el asunto no es privativo de la izquierda. Esta se encuentra en el poder en varios países de la región y por tanto buena parte de la ira social se dirige en su contra. El caso de México demuestra la omnipresencia de los escándalos de corrupción, con Gobiernos de izquierda, de derecha o de identidad ideológica difusa. El Gobierno del presidente Peña Nieto ya ha sido consignado a la historia por el estigma de la llamada casa blanca, la residencia adquirida por su esposa gracias a facilidades otorgadas por uno de los grandes contratistas de estos años. Pero ahora esto parece lo de menos.

El deseo de Peña Nieto —bien intencionado o cínico— de ver aprobadas por el Congreso mexicano leyes eficaces contra la corrupción se ha topado con la resistencia —feroz y cínica también— de su propio partido y de la oposición. La llamada ley 3 de 3, que obliga a servidores públicos y a candidatos a divulgar sus bienes, ingresos e intereses, se ha visto enmarañada en una madeja de objeciones leguleyas. A dos años de las próximas elecciones, Peña sigue a tal punto manchado por los escándalos de corrupción (y de violaciones a los derechos humanos) que difícilmente escapará a la creación, por su sucesor, de sendas comisiones de la verdad con apoyo internacional.

En los años ochenta, cuando se efectuaron la mayoría de las transiciones democráticas en América Latina, muchos pensaron que los males endémicos de la región comenzarían a desvanecerse en forma automática. No fue el caso. La violencia y la desigualdad persisten, aunque hayan disminuido en algunos países. La corrupción se encuentra más presente que nunca, incluso bajo Gobiernos conducidos por partidos o líderes de izquierda, que se vanagloriaron de que ellos nunca incurrirían en las odiosas prácticas de sus verdugos o represores: las élites latinoamericanas. Resultó que sí.

Democracia inacabada. De Jorge Castaneda

 Centroamérica es una de las regiones más inseguras del mundo. La combinación de bandas, narcos y Estado cautivo genera delincuencia y violencia. En algunos países, las grandes organizaciones delictivas están incrustadas en las instituciones.

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, 5 sept. 2015 / EL PAIS

Guatemala vive un proceso electoral extraño: escoger un nuevo presidente, mientras que el saliente renuncia, acusado de corrupción por la calle, el Congreso y el Poder Judicial. Es una de las paradojas de una miniregión convulsa y a la vez anunciadora de cambios cruciales en América Latina.

Un recorrido por cuatro países centroamericanos muestra las consecuencias del olvido internacional y del legado de las guerras del siglo pasado. Sociedades entrañables, desgarradas por pobreza, violencia y corrupción, impulsadas por la emigración, instaladas en una democracia inacabada pero resistente: estas son características de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua.

Centroamérica es una de las regiones más inseguras del mundo. Pandillas desagregadas en Guatemala, maras organizadas en El Salvador y la combinación de ambas en Honduras desuelan ciudades y barrios, desangran a sus juventudes y ahuyentan a inversionistas. En Honduras, las pandillas se han entreverado con el crimen organizado, que se ha dedicado a traer drogas desde Venezuela a partir de 2005, y a reenviarlas a México y Estados Unidos.

En El Salvador, el narco tiene menor presencia y las bandas armadas encierran otro origen: las deportaciones de salvadoreños de Los Ángeles hace 15 años. El Gobierno anterior facilitó una tregua con sus dirigentes que, al principio, permitió disminuir la violencia, pero que ya se agotaba cuando el Gobierno actual la clausuró. La Barrio 18 y la MS-13 respondieron con fuego y la violencia alcanzó grados nunca vistos: 677 muertos en junio, 250 en la primera semana de agosto.

En Guatemala las grandes organizaciones delictivas se encuentran incrustadas en el Estado desde hace tiempo, y las pandillas son más un vehículo de movilidad social que otra cosa. Las carreteras y costas de Guatemala encaminadas a México son arterias cruciales de la circulación de drogas. Los narcos las aprovechan y se las disputan. Los efectos perversos en Centroamérica de la guerra sangrienta e inútil del expresidente mexicano Felipe Calderón se multiplican y se resumen en un factor: a pesar de sus debilidades, México es más capaz de administrar y acotar al crimen organizado que sus socios del Triángulo del Norte. Las consecuencias de esta tragedia son diferentes en cada país. En los tres casos la mezcla específica de bandas, narcos y Estado cautivo varía, el resultado no: delincuencia, inseguridad y violencia.

Emigración y remesas marcan la configuración social
y económica del Triángulo del Norte

ENRIQUE FLORES

ENRIQUE FLORES

Ese resultado conduce a su vez a un segundo rasgo regional: el peso de la emigración y las remesas en las sociedades y economías. De Nicaragua los nacionales parten al sur: a Costa Rica y a la industria de la construcción de Panamá; las remesas equivalen al 11% del PIB. De Guatemala huyen a EE UU debido a la inseguridad; los envíos de expatriados alcanzan el 10% del ingreso nacional. Para Honduras, de donde la gente huye por la violencia, la cifra es del 15%; para El Salvador, de donde se alejan por la postración económica, es del 16%. Como lo describió Joaquín Villalobos, la región corre el riesgo de convertirse en el equivalente de una sociedad asistida, viviendo de remesas y del consumo que generan, pero condenada a la pobreza que aflige a los desterrados del universo de envíos de dólares.

Hace décadas que Washington no ejercía tal influencia en Centroamérica y centra sus esfuerzos en el narcotráfico y en asuntos que le afectan directamente: la migración, la violencia, la gobernabilidad y la corrupción. Sus políticas contrainsurgentes en los años ochenta y su guerra contra las drogas desde 1971 contribuyeron a las desgracias centroamericanas; hoy EE UU se ve forzado a rectificar y a atender los problemas que en buena medida creó. Lo cual nos lleva al acontecimiento más esperanzador de este tiempo en Centroamérica.

En 2006 Ban Ki Moon y el Gobierno chapín crearon la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG). Su propósito consistía en ser un coadyuvante de la fiscalía y del ministerio público en la investigación y juicio “de los delitos cometidos por integrantes de los cuerpos ilegales de seguridad… como en general en las acciones que tiendan al desmantelamiento de estos grupos… (para) fortalecer a las instituciones del sector Justicia para que puedan continuar enfrentando a estos grupos ilegales en el futuro”. Con el tiempo, la CICIG se ocupó más de temas de corrupción gubernamental, y se vinculó más a EE UU.

Un mayor apoyo de EE UU contra la corrupción gubernamental
sería un gran avance en la región

En el primer semestre de 2015, la CICIG ocupó las primeras planas de los diarios guatemaltecos por sus acciones dirigidas contra miembros del gabinete del expresidente Pérez Molina, su vicepresidenta y él mismo. Con sus 200 oficiales de seguridad y 200 fiscales, todos extranjeros, trabajando directamente con el MP; con un nuevo comisionado colombiano vigoroso; con recursos suficientes y el apoyo de la Embajada norteamericana, la CICIG se ha convertido en un potente instrumento de lucha contra la corrupción en el país. Como contó un alto funcionario del Gobierno: “Duele reconocer que somos incapaces de limpiar la casa nosotros. Pero mejor que lo haga alguien a que no lo haga nadie”. Llegó hasta el final: la renuncia el 2 de septiembre de Pérez Molina, obligada por las investigaciones de la CICIG, el desafuero por el Congreso, y las protestas callejeras.

La idea ha hecho su camino. En Tegucigalpa se manifiestan exigiendo la creación de una CICIH: el equivalente en Honduras. En una visita a la capital hondureña, el emisario estadounidense Tom Shannon insinuó que la aprobación de los recursos para la llamada Alianza para la Prosperidad serían más rápidamente desembolsados de surgir una CICIH. En El Salvador, aunque el Gobierno confronta menores desafíos en materia de corrupción que sus vecinos, también han surgido demandas a favor de una comisión análoga, que hasta ahora el régimen rechaza.

La razón es obvia. Los 1.000 millones de dólares que prometió el vicepresidente norteamericano a los tres países del Triángulo hace casi un año no constituyen una cifra deslumbrante, pero revisten un valor emblemático. Washington puede condicionarlos a la perpetuación de la guerra antinarcóticos, o a la disuasión migratoria, o al combate a la corrupción a través del modelo de la CICIG. Los dos primeros temas serían más de lo mismo; el tercero, con todo y sus implicaciones de soberanía acotada, representarían un avance para la región.

Como lo sería la consumación de un viejo sueño: la unión aduanera de los países del Triángulo, y posiblemente también de Nicaragua y/o Costa Rica. Ninguna de estas economías, ni siquiera Guatemala, es verdaderamente competitiva —o incluso viable— por sí sola. No es seguro que lo sean en un esquema de mercado común, como en los años sesenta, sin México. Y los obstáculos políticos son monumentales. Pero al menos ya empiezan a hablar de eso y a negociarlo. Es otro rayo de esperanza en una región donde no abundan.

Jorge Castañeda: Una comisión anticorrupción es necesaria y benéfica

Recordó al FMLN cómo acudieron a la ONU para que censuraran la represión de gobiernos. Dice también que una Cicies debe ser entendida como cooperación y no como injerencia.

Jorge Castaneda, ex cancillero de México y escritor Entrevista con Jorge Casta–eda, ex canciller mexicano. Miguel Villalta

Jorge Castaneda, ex cancillero de México y escritor

Mirella Cáceres, 5 agosto 2015 / EDH

Jorge Castañeda, el excanciller de México y acompañante en el proceso previo a las negociaciones de la firma de la paz en 1992 y en la búsqueda de apoyo internacional que censurara la represión en el país, llamó ayer al ahora gobernante FMLN a que denuncie las violaciones a los derechos humanos en varios regímenes latinoamericanos y reconozca lo benéfica que puede ser la cooperación internacional para la lucha contra la corrupción y la impunidad.

En un encuentro ayer con periodistas en San Salvador, en donde promovió su reciente libro “Amarres Perros”, el también profesor universitario hizo algunas valoraciones sobre la posición que ha tomado el gobierno del FMLN frente a temas coyunturales como la creación de una comisión similar a la de Guatemala que junto a la Fiscalía han destapado casos serios de corrupción y que involucra a altos funcionarios del gobierno.

En este caso, Castañeda recordó cómo en tiempos de la guerra el FMLN buscó activamente la cooperación externa para lograr una negociación de la firma de la paz y para crear una Comisión de la Verdad, igualmente para lograr el reconocimiento a la exguerrilla como “fuerza beligerante” por parte de los gobiernos de Francia y México en 1980.

Según el excanciller, el FMLN buscó la cooperación externa desde la primeros intentos de negociación con el gobierno en aquella época, para empujar una negociación para llegar a los acuerdos que se firmaron en el castillo de Chapultepec, en México.

El excanciller mexicano considera que la aceptación de una “cooperación” externa para El Salvador como el caso de una comisión contra la impunidad de las Naciones Unidas “no solo es necesario, sino benéfica” y que no se le puede calificar de injerencia.

Altos dirigentes del FMLN y del gobierno se han opuesto a una especie de Comisión Internacional contra la Impunidad como la de Guatemala (Cicig), pues lo consideran algo innecesario y porque no vivimos el mismo escenario. Argumentan que antes de plantearse una comisión similar para El Salvador (Cicies), es mejor fortalecer la Fiscalía General y otras instancias que investigan la corrupción.

“Tal vez tengan razón, en Brasil el poder judicial y algunos medios de información han sido tan poderosos y vigorosos que no parece que haya necesidad de alguna cooperación externa, aunque a lo mejor la vaya a tener al final”, matiza Castañeda por los alcances geográficos de los delitos por los que se investiga al expresidente Lula.

“El FMLN nunca ha sido ontológicamente resistente o renuente a esto. Hoy por razones que no conozco bien parecen preferir esta otra vía, que no es una mala vía, sobre todo que hasta ahora no han tenido escándalos de corrupción que han tenido en Guatemala, en Honduras y en Nicaragua, donde los excesos de la familia presidencial son bien conocidos”, afirma.

Pero el recordatorio de cómo el FMLN ha recurrido a la ayuda internacional no se quedó allí. Castañeda también les recordó sus “recorridos” por numerosas instancias internacionales como la ONU, la OEA e incluso salas de redacción “de países ricos” para conseguir que censuraran la represión, las desapariciones, torturas y otros hechos de los gobiernos.

“No entiendo muy bien por qué alguien como el presidente (Salvador) Sánchez Cerén que siempre fue partidario de la búsqueda por parte del FMLN y de las FPL en particular, del apoyo internacional y de la censura internacional gobierno militar o a los gobierno sucesivos, por qué no le parece bien que haya observaciones internacionales en las elecciones en Venezuela de diciembre”, ejemplificó.

E incluso se preguntó por qué gobiernos como el del FMLN no cuestionan hoy las violaciones a los derechos humanos que hay no solo en Venezuela, sino también en Ecuador, Nicaragua, Cuba y otros, “y no le parece bien” que instancias como la OEA censuren o critiquen eso.

“Es una contradicción que ojalá puedan resolver pensándolo y recordando lo que hacían ellos”, les invitó.

De igual manera Castañeda dijo esperar que en su próximo congreso, en el que intentan actualizar su socialismo, si están listos para “adecuar su discurso y pensamiento a la realidad de su actuación de su gobierno durante ya seis años”, sería bueno que dejaran su discurso antiimperialista.

“El hecho es que el FMLN lleva casi siete años en el gobierno manteniendo un discurso antiimperialista, en ocasiones estridente, y con el dólar como moneda, es un poco contradictorio. Como no van a desdolarizar, pues mejor podrían desantiimperializar el discurso”, afirmó.

Preguntado Castañeda sobre cómo ve hoy un país que firmó unos acuerdos de paz y ahora está sumido en una situación de violencia, de una especie de crisis de credibilidad en las instituciones, cree que “hay una cierta frustración por parte de los salvadoreños ante expectativas muy elevadas”, desde el proceso que se ha vivido desde 1992.

A su juicio, hay también otros hechos relevantes en la vida del país que despertaron esas altas expectativas: el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y la dolarización, entre otros.

Si uno lo ve desde afuera, añade, si bien se entiende esa frustración, también existe un país mucho mejor que hace 23 años y mejor que hace 15 años en muchos sentidos. Pero este sentimiento, dice, no es propio de los salvadoreños sino que está presente en toda América Latina.

“Hay un problema real de cierto agotamiento, crisis o frustracion con los regímenes de democracia representativa que hace que la gente sienta que no responde a sus necesidades o sus expectativas, la gente va y vota y resulta que los gobiernos eligen de un signo o del otro son más o menos iguales y entonces empiezan a estallar los escándalos”, dice.

Su lectura parte precisamente de su conocimiento de la realidad salvadoreña, y de su participación en el proceso de pacificación. De hecho, dice que parte de esa historia la incluye en su libro “Amarres Perros”.

Movimientos ciudadanos

Castañeda también tiene su lectura sobre los movimientos ciudadanos contra la corrupción que se están dando en países vecinos como Guatemala y Honduras, pero también en otros más lejanos del continente como Brasil.

Considera que eso es reflejo del hartazgo de la gente hacia la impunidad y la corrupción y la poca acción de los gobiernos para combatirla.

Pone de ejemplo su país, del que dice no es efectivo ni eficaz contra esos fenómenos.

Pero aclara que no es que se trate de un fenómeno o problema nuevo, lo que ocurre, según dice, es que en México como en El Salvador u otro país, no que ahora haya más corrupción que antes, sino que ahora “se sabe” porque, como en el caso mexicano, “ahora hay una oposición, porque ahora hay medios de comunicación muchísimo más libres, porque ahora hay una sociedad civil mucho más organizada”, dice.

Pero para Castañeda, la presión ciudadana es relativa en países como México y se diferencia de las que se dan en Guatemala y Brasil, aunque sí le parece que hay conciencia e indignación, así como denuncias en la prensa.

Escenarios como Guatemala, Honduras, Brasil y otros en donde ciudadanos están expresando su descontento con las autoridades, cree que si bien son pasos bien importantes que la gente se movilice en contra de la corrupción, eso no quiere decir que con eso se esté erradicando la corrupción en estos países.

“Poco a poco vamos avanzando en la dirección por la que otros países han avanzado… formas de organización ciudadana, la sociedad civil es muy positivo pero no quiere decir que todas las expectativas de la ciudadanía les sean satisfechas, no sucede así”, dice Castañeda.