Hugo Chávez

Las venas abiertas de la América Latina. De Manuel Hinds

Prometiendo esas riquezas fáciles, los regímenes de Cuba y Venezuela han impuesto las tiranías peores de la historia de la región, y en vez de riquezas han llevado a sus países a las peores pobrezas que este Continente ha visto.

manuel hindsManuel Hinds, 24 noviembre 2017 / El Diario de Hoy

En la Quinta Cumbre de las Américas de 2009, Hugo Chávez le regaló un libro al expresidente Barack Obama, llamado “Las venas abiertas de América Latina”. El libro, escrito en 1971 por el uruguayo Eduardo Galeano, es un clásico de la literatura de izquierda latinoamericana. Movido dentro de ese círculo, se tradujo a varios idiomas. Sus reproducciones alcanzaron un millón de copias aunque el número de lectores sea infinitamente menor.

EDH logLa entrega del libro fue más que nada un acto político. Lo más seguro es que Chávez nunca lo leyó y que no esperaba que Obama lo leyera, y no por razones ideológicas. El libro es tan insufriblemente primitivo y aburrido en sus infantiles elucubraciones que el mismo autor, Eduardo Galeano, dijo en una conferencia de prensa celebrada durante la Segunda Bienal del Libro en Brasilia de 2014: “No sería capaz de leerlo de nuevo. Caería desmayado. Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital…Intentó ser una obra de economía política, solo que yo no tenía la formación necesaria”. Todos los que algún día tratamos de leer el libro estamos de acuerdo con el autor. Yo sospecho que del millón de ejemplares impresos sólo unos cuantos lograron leerlo sin que les pasara lo que el mismo Galeano dijo que le pasaría a él si lo leyera.

Sin duda que Chávez regaló el libro porque su título es dramáticamente sugestivo. Cuando Galeano lo escribió, las venas abiertas a las que se refería se supone que eran las dejadas por la excusa que América Latina siempre ha puesto para no haberse desarrollado en cinco siglos: la explotación por parte de las naciones desarrolladas. A través del título, Chávez estaba culpando a Obama por el subdesarrollo de Latinoamérica. Era para que, viéndolo en su biblioteca, Obama pensara en esos siglos.

La historia, sin embargo, se desarrolló de tal manera que los que vemos este libro en nuestras bibliotecas no pensamos en españoles o estadounidenses explotando a la América Latina sino en cómo Chávez y sus colegas, los Castro, la Kirchner, Correa y tantos otros mal llamados izquierdistas han inyectado odio en América Latina y la han saqueado en los siglos XX y XXI, en procesos de desangramiento que todavía han dejado las venas abiertas en la región.

El efecto negativo de estos tiranos no se ha limitado a haber dilapidado los recursos naturales de sus países, dejándolos no solo sin dichos recursos sino también con deudas enormes. En sus inyecciones de odio, inyectaron también ideas terriblemente nocivas para el desarrollo de nuestros pueblos, haciéndoles creer que la riqueza está allí sólo para agarrarla, que no requiere educación y trabajo, que para tenerla sólo se requiere votar o apoyar al político que transmite este mensaje. Usando esta mentira, prometiendo esas riquezas fáciles, los regímenes de Cuba y Venezuela han impuesto las tiranías peores de la historia de la región, y en vez de riquezas han llevado a sus países a las peores pobrezas que este Continente ha visto. Y al mismo tiempo han cortado las dos cosas que podrían haber dado riqueza a sus pueblos: la libertad y la inversión en capital humano.

Antes de Chávez, Venezuela era pobre porque su población era ignorante, pero tenía una gran riqueza en términos de petróleo. Chávez, o cualquier gobierno venezolano, podría haber convertido la riqueza de petróleo en riqueza en capital humano, sacando el petróleo de la tierra, vendiéndolo e invirtiendo las ganancias en dar un salto de cali-dad en educación, salud y seguridad. Las ganancias del boom de petróleo, que duró del 2003 al 2013, fueron suficientes como para lograr ese salto de calidad. Pero Chávez y Maduro no hicieron esto. El pueblo sigue siendo igualmente ignorante pero el petróleo con el que pudo haberse educado ya no existe. Igual pasó con Cuba, que dilapidó su riqueza de azúcar en los Cincuenta y Sesenta y se convirtió de uno de los países más ricos de América Latina en uno de los más pobres. Igual desperdicio han causado estos regímenes en toda la región. Esas son las verdaderas venas abiertas de la América Latina.

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El legado de Chávez. De Rogelio Núñez Castellano

Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, el martes 22 en el Palacio de Miraflores en Caracas.

Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, el martes 22 en el Palacio de Miraflores en Caracas. Cristian Hernández (EFE)

Nicolás Maduro ha exacerbado los problemas estructurales del proyecto bolivariano.

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Rogelio Núñez Castellano es profesor del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá.

Rogelio Núñez Castellano, 24 agosto 2017 / EL PAIS

Crisis económica, miseria social y polarización política. Ese es el legado final que deja todo tipo de populismo, sea de izquierdas o de derechas. Ese es el panorama sobre el que se alza, en estos momentos, el Gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela. El heredero de Hugo Chávez encabeza un régimen que, en realidad, solo es la culminación de un proceso con antiguas raíces. Cabe preguntarse, como hiciera sobre Perú Zavalita, el personaje de Mario Vargas Llosa en Conversación en La Catedral, cuándo se jodió Venezuela.

el paisEl autoritarismo, escaso liderazgo y gruesos errores políticos y de gestión que acumula en su historial el presidente Nicolás Maduro provocan que sea contemplado como el principal culpable de todos los males que arrastra Venezuela. En verdad, los méritos de Maduro no son tan extensos: su Gobierno finalmente no ha hecho sino exacerbar unos problemas estructurales heredados de la presidencia de Hugo Chávez.

Chávez conquistó la presidencia en 1998 alzando la bandera de la lucha contra la corrupción y prometiendo cambiar el modelo en el que se sustentaba Venezuela: el clientelismo político, basado en los ingresos petroleros, y la monodependencia económica con respecto a la exportación de hidrocarburos. El régimen bolivariano, amparado en el auge de los precios de las materias primas desde 2003, no solo no cumplió con estas promesas sino que profundizó la dependencia con respecto al petróleo (que representa más del 90% de las exportaciones), las políticas clientelares (las famosas misiones) y añadió nuevos componentes (el “guerracivilismo” y el revanchismo social) a un cóctel que con el tiempo se ha demostrado explosivo. Ya en 2013, cuando falleció Hugo Chávez, Venezuela albergaba los gérmenes de su actual crisis institucional, política y socioeconómica que Maduro no se ha atrevido a afrontar y que ha contribuido a profundizar.

La época de la convivencia política, propia de la IV República (1959-1999), dio paso a la polarización y al enfrentamiento al dividir el país en bolivarianos y “pitiyanquis”, en lenguaje chavista. La politóloga Margarita López Maya recuerda que si “la atmósfera política de fines del siglo XX fue convulsionada, la de los primeros años del Gobierno de Chávez exacerbó aún más las tensiones… La polarización continúa deteriorando la convivencia pacífica y la calidad de la vida cotidiana… El discurso presidencial descalifica a los adversarios políticos: ‘Escuálidos’, ‘puntofijistas’ y ‘vendepatrias’ son algunos de los calificativos que se les endilga”.

La polarización continúa deteriorando
la convivencia pacífica y la calidad de la vida cotidiana

El desprecio al adversario y la intransigencia frente a las opiniones diferentes no son un invento de Maduro, que se ha limitado a llevar hasta el extremo lo que tanto utilizó su antecesor. Marcel Oppliger, autor del libro La revolución fallida. Un viaje a la Venezuela de Hugo Chávez, describía en 2011 cómo “Venezuela está partida en dos trincheras irreconciliables… Existe una gran odiosidad entre los venezolanos, separados, enfrentados y divididos entre chavistas y antichavistas. Antes copeyanos y adecos se detestaban pero eran capaces de convivir y reconocían la legitimidad del otro. Ahora eso no existe. El otro es el enemigo al que hay que convencer o destruir”.

De igual forma, el abuso de la norma, el personalismo y el manejo a su antojo de la Constitución y las instituciones es una estrategia de claro corte chavista. Hugo Chávez, tras ser derrotado en 2007 en un referéndum que buscaba legitimar su reelección indefinida, forzó la convocatoria de otra consulta, en 2009, para alcanzar lo que dos años antes había sido rechazado. Maduro, desde 2015, ha buscado de forma continua acabar con el único polo de oposición a su régimen, la Asamblea Nacional. Primero vaciándola de contenido y competencias gracias a una Sala Constitucional del Supremo controlada por el chavismo; y ahora convocando una Asamblea Constituyente que nace con el propósito de disolver el poder legislativo antichavista.

El futuro pasa por construir un proyecto de país consensuado por el chavismo y el antichavismo. Un proyecto que rescate la capacidad de diálogo de la época anterior a Chávez y que posea la preocupación social (pero sin clientelismo) que ha caracterizado al chavismo. Venezuela no será viable ni desde el elitismo de la IV república ni desde el populismo demagógico y autoritario de la V. Cualquier opción que se base en la exclusión conduce a prolongar la actual situación: la de un país dividido y enfrentado, con un Gobierno que legisla para una mitad contra la otra.

How Does Populism Turn Authoritarian? Venezuela Is a Case in Point. De Max Fisher/Amanda Taub

Hundreds of thousands of Venezuelans took to the streets of Caracas in October to demand a referendum to oust President Nicolás Maduro. Credit Meridith Kohut for The New York Times

Max Fisher/Amanda Taub, 1 abril 2017 / THE NEW YORK TIMES

When Hugo Chávez took power in Venezuela nearly 20 years ago, the leftist populism he championed was supposed to save democracy. Instead, it has led to democracy’s implosion in the country, marked this past week by an attack on the independence of its Legislature.

Venezuela’s fate stands as a warning: Populism is a path that, at its outset, can look and feel democratic. But, followed to its logical conclusion, it can lead to democratic backsliding or even outright authoritarianism.

Populism does not always end in authoritarianism. Venezuela’s collapse has been aided by other factors, including plummeting oil prices, and democratic institutions can check populism’s darker tendencies.

The country is feeling the fundamental tensions between populism and democracy that are playing out worldwide. Those tensions, if left unchecked, can grow until one of those two systems prevails. But although countries must choose which system to follow, the choice is rarely made consciously, and its consequences may not be clear until it is too late.

Hugo Chávez, then president of Venezuela, at a campaign event in Guarenas in 2012. His first election in 1998 was propelled by populism. Credit Meridith Kohut for The New York Times

When Mr. Chávez became president, the judiciary was dysfunctional and corrupt. A report by Human Rights Watch found that Venezuela’s top administrative court “had actually established set fees for resolving different kinds of cases.”

Less than 1 percent of the population had confidence in the judiciary. As a result, there was broad support for Mr. Chávez’s first round of judicial reforms in 1999, which increased judicial independence and integrity, according to a survey that year by the United Nations Development Program.

But when the Supreme Court refused to allow the criminal prosecution of four generals who Mr. Chávez believed had participated in an attempted coup against him, he came to see the judiciary as an obstacle to popular will and an accomplice of the corrupt elites he had promised to oppose.

Tensions grew in 2004 when the Supreme Court ruled that a petition for a referendum to recall Mr. Chávez from office had enough signatures to go forward.

Mr. Chávez gave himself the authority to suspend unfriendly judges and to pack the courts with new ones, destroying the judiciary’s power to act as a check on his presidency.

“Over the next several years,” the 2008 Human Rights Watch report found, “the newly packed Supreme Court would fire hundreds of judges and appoint hundreds more.”

In Mr. Chávez’s telling, this meant a judiciary that was more responsive to the will and needs of the people — a message that may have appealed to supporters who had voted him into office on explicit promises of smashing the corrupt old elite’s hold on power.

Supporters of Mr. Chávez during a campaign rally in Caracas in 2006. His message was that the country’s problems were caused by unresponsive, undemocratic elites. Credit Tyler Hicks/The New York Times

That requires handing power to unelected institutions, which are necessary to preserve democracy but at odds with the image of pure popular will. This contradiction leaves an opening for populists to challenge those institutions.

But when populist leaders take authority away from institutions to “return power to the people,” as such leaders often say, in practice they are consolidating this power for themselves.

“The logic of personalism drives populist politicians to widen their powers and discretion,” Professor Weyland wrote.

This is why populists often cultivate cults of personality. Mr. Chávez, in addition to hosting a Sunday talk show, held rallies and appeared almost constantly on television. This practice is typically driven by more than ego; such leaders derive their authority not from the rules-based system that governs consolidated democracies, but from raw popular support.

This works only as long as those leaders can claim to have a unique relationship with the public that enables them to attack internal enemies — say, the judiciary or the free press — on their behalf.

Consolidating Power for the People

Populism’s authoritarian tendencies could be seen in Mr. Chávez’s early battles with labor unions, which he had entered office promising to “democratize.”

Venezuela’s union leaders were corrupt, he argued, and had failed to protect workers’ rights.

His government created a parallel system of new unions, while undermining established unions over which it had less influence. But this set up a dynamic in which pro-Chávez unions were favored and dissenting unions were punished.

Mr. Chávez also began exercising more direct control over the powerful state-run oil company, a further extension of his message that power had to be taken back for the people.

But when workers from that company went on strike in protest in 2002, he fired more than 18,000 of them and prohibited the action.

By 2004, Mr. Chávez’s government had begun to blacklist workers, identifying people who had been disloyal to his government and excluding many of them from government jobs and benefits.

This sent a speech-chilling message: To oppose the president was to oppose his project of “Bolívarian socialism” on behalf of the people. Dissent, by that logic, was a threat to freedom, not evidence of it.

These episodes show how initial populist steps — standing up to unelected institutions, paving the way for seemingly necessary reforms — can take on a momentum of their own, until the list of populist enemies has grown to include pillars of basic democracy.

A shop in Bolivar State was looted in December amid rioting in protest of the retirement of the 100 bolivar bill. The country’s institutions have been so crippled that crime is rampant and corruption is near universal. Credit Meridith Kohut for The New York Times

Shortcuts to Democracy

In retrospect, these steps pointed squarely toward authoritarianism, culminating in the attempt this past week to muzzle the Legislature, which was among the final remaining checks on President Nicolás Maduro, Mr. Chávez’s successor.

That progression was not inevitable. Strong democratic checks can sometimes resist the pressures of populism and keep leaders in line. Italy’s Silvio Berlusconi, for example, left office with a mixed record and a storm of corruption charges, but with the country’s democracy intact.

But it is rarely obvious at the time which path a country is taking, and not only because initial steps toward authoritarianism often look or feel democratic.

Tom Pepinsky, a political scientist at Cornell University, has argued that authoritarianism is often an unintended consequence of structural factors that weaken institutions — such as an armed conflict or economic shock — and of incremental steps taken by leaders who may earnestly believe they are serving popular will.

“Just as democracies can be governed by authoritarians, so too can true-believing democrats lay the groundwork for authoritarianism,” Professor Pepinsky wrote on his blog in February. Decisions that feel like shortcuts to democracy — tossing out judges or vilifying a hostile news media — can, in the long term, have the opposite effect.

Along the way, this process can be difficult to spot, as it plays out mainly in the functioning of bureaucratic institutions that most voters pay little mind to. Elections are often still held, as they have been in Venezuela, the news media retains nominal freedom and most citizens can go about their lives as normal.

Venezuela exhibits the worst-case outcome of populist governance, in which institutions have been so crippled that crime is rampant, corruption is nearly universal and the quality of life has collapsed. But those consequences are obvious only after they have done their damage.

 

Carta de un patriota cooperante. De Alberto Barrera Tyszka

Fotografía de la serie Hasta en la sopa, de Diego Vallenilla.

Fotografía de la serie Hasta en la sopa, de Diego Vallenilla

Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 29 enero 2017 / PRODAVINCI

Compañero Diosdado:
Perdóneme la franqueza, pero no tengo otra manera de empezar: ¿qué vaina es esa, pues? ¿A usted qué le dio? Cuando leí la noticia, al principio, yo pensé que era un chiste pero, luego, cuando vi que la cosa venía en serio, me asusté. No puede ser, compañero. Ustedes no pueden seguir equivocándose de esa forma. Y cuando digo ustedes me refiero a ustedes: unidos o peleados, en bandos o en fracciones, son siempre el mismo grupetín que está allá arriba, rotándose los cargos, pasándose la pelota los unos a los otros, siempre en la pomada, pues. Ustedes están convirtiendo el autogol en el deporte preferido del chavismo.

prodavinciDéjeme explicarme, camarada. Esto de andar poniendo letreritos, pancartas, carteles o calcomanías en todos lados, diciendo “Aquí no se habla mal de Chávez” es —antes que nada— una estúpida manera de evidenciar que estamos en problemas. Si usted prohíbe algo es porque ese algo ya ocurre. ¿Me entiende? Se lo pongo más claro: si usted pone frente a su casa un aviso que dice: “Se pinchan cauchos”, usted está reconociendo que ya se hartó, que ya no soporta que haya gente que se la pasa estacionando su carro en ese lugar, delante de su residencia. Y por eso advierte, amenaza, prohibe. Pues lo mismito pasa con su gran idea. Usted, diputado Cabello, esta semana le ha anunciado a todo el mundo que en este país, en casi todos lados, se habla mal de Hugo Chávez. Que el Comandante Eterno ya no está en los altares sino en las muelas, en los refunfuños, en la exasperación, en el ayayay por todo lo que nos pasa.

¿Quién le dio esa idea, compañero? Parece una estrategia del enemigo. Es una vaina que no tiene ni pies ni cabeza. Se lo digo de pana. Yo creo que es una cosa que atenta, incluso, contra la identidad. ¿Usted ha visto cómo, en general, reaccionamos los venezolanos ante lo prohibido? ¿Usted ha visto cómo funciona nuestro ADN frente a cualquier protocolo del orden? Nos da piquiña. Nos cuesta. Las formas nos parecen una invitación a transgredirlas. Alborotan nuestras resistencias. Es el síndrome de la raya amarilla. Fíjese: cuando en el piso hay una raya amarilla y un anuncio que dice: “Espere su turno detrás de la línea”, ¿qué hace uno? Mínimo, pisa la raya. Y luego, saca un zapato hacia delante. O inclina medio cuerpo, como si la vaina fuera la partida de una carrera de caballos. Hay algo en ese tipo de indicaciones que nos incomoda enormemente. ¿Usted ha visto lo que importa un semáforo en Caracas? Nada. Pues estamos hablando de algo parecido. ¿Qué cree usted que va a pasar cuando un grupo de compatriotas llegue a una oficina pública y se encuentre, ahí, colgado en la pared, un letrero que diga “aquí no se habla mal de Chávez”? ¿Qué cree que es lo primero que van a hacer esas personas? ¡Exactamente! ¡Hablar mal de Chávez! ¡De forma inmediata! ¡En piloto automático y todos al mismo tiempo, además! Y si no los dejan hablar, entonces se van a quedar en silencio, mirándose, con una extraña complicidad, con una sonrisita pícara. Y en ese momento todos se van a poner a pensar mal de Chávez. De Chávez y de toda la cuerda de empleados que cuelguen letreros como ése en sus oficinas.

Pero pongamos que yo estoy equivocado, compañero. Que he sido vulnerable ante la campaña mediática de la derecha y del imperialismo gringo. Que estoy confundido y que usted tiene toda la razón. ¿Entonces? ¿Cuál es el proyecto? ¿Prohibir la crítica y el cuestionamiento? ¿Obligar a todo el mundo a quedarse en silencio, aceptando las cosas como están? Se lo pregunto así, de frente, porque usted también dijo que no hay “argumentos para hablar mal de Maduro ni de su gobierno”. O sea que la cosa sigue por esa vía. ¿Y entonces? ¿Hay que quedarse callado frente un hospital donde no funciona la emergencia por falta de insumos? ¿Hay que hacer silencio frente a la Masacre de Barlovento? ¿No hay que decir nada sobre la corrupción, sobre los miles de millones de dólares que nadie sabe dónde están? ¿Hay que quedarse callado ante la escasez y la inflación? ¿Cómo se tapan los gritos cuando uno ve a gente buscando comida entre bolsas de basura? ¿Qué es lo que quiere, diputado? ¿Convertir al país en una manada de mudos? ¿Esa es la revolución? ¿Así funciona la democracia participativa y protagónica? ¿La imposición del silencio es el nuevo plan de la patria?

Yo a veces siento, compañero, que ustedes viven en otro sitio. O que el país en el que ustedes viven no se parece en nada al nuestro. Ustedes viven en el país donde hay dólares y no existen los controles, en el país donde no hay que hacer colas y sobran los escoltas. En el país donde todas las noticias son excelentes y nadie tiene una crítica. Pero todos los demás, los que no estamos enchufados, vivimos en Venezuela. Y por eso somos lenguas largas. Todos somos mal hablados. Ustedes pueden seguir haciéndose los sordos. Pero jamás podrán prohibir que la realidad les hable.

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¿Qué enseña Hugo Chávez sobre Donald Trump y la política del espectáculo? De Alberto Barrera Tyszka

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Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 2 septiembre 2016 / THE NEW YORK TIMES/Español

Mucho antes de ser presidente, Hugo Chávez también organizó concursos de belleza.

Cuando era soldado solía desarrollar actividades culturales entre las que se destacaban las elecciones de misses. Sobre una tarima, micrófono en mano, Chávez también fungía como animador, guiando el concurso, motivando al público, leyendo el veredicto final. Ya su vocación de showman latía debajo de su uniforme. Según sus propias palabras, en estos improvisados certámenes, siempre copiaba los procedimientos que había visto en la televisión. Esa fue su gran escuela.

NEW YORK TOMES NYTAños después, en 1992, cuando intentó tomar el poder mediante un golpe de Estado, el espectáculo mediático le envió otra señal. Gracias a la televisión, su fracaso militar se convirtió en una victoria política. Cuando Chávez apareció en la TV, llamando a sus compañeros a rendirse, conquistó a la audiencia. Un minuto en la pantalla fue más eficaz y fulminante que los tanques, las ametralladoras y las balas.

Así se inició en la política. Su origen no está en las luchas sociales. Llegó a la presidencia sin haber ejercido nunca antes un cargo público, un puesto de representación, un trabajo que lo obligara a negociar con otros. Desde que ganó su primera elección (1998) hasta la última (2012), Chávez se fue haciendo un experto en convertir el espectáculo televisivo en una forma de gobierno.

Ahora Donald Trump le está proponiendo lo mismo a Estados Unidos.

Más allá de las diferencias ideológicas, Trump y Chávez comparten una misma vocación telegénica. Ambos construyen el liderazgo con las herramientas y los procedimientos del espectáculo mediático. Chávez aparecía todos los domingos en un show personal llamado “Aló, Presidente”, un programa donde podía cantar, comentar la realidad o nombrar y destituir ministros. No tenía límite de tiempo. El más largo duró 8 horas y 7 minutos.

Pero, además, Chávez podía decidir aparecer en los medios en cualquier momento. Para eso usaba las “cadenas” (emisiones que están obligadas a transmitir todas los medios radioeléctricos del país). Hasta el año 2012 había realizado 2377 cadenas, sumando 1641 horas en los medios. Como mínimo, Chávez tuvo diariamente 54 minutos de presencia protagónica en la televisión. Su verdadera utopía parecía ser la consolidación de un telegobierno.

De la misma manera, no se puede entender a Trump sin la televisión. No solo por el apoyo directo que le han dado algunos canales privados: una cobertura gratuita equivalente a 2 mil millones de dólares.

Se trata también de su propia identidad. Su verdadero crecimiento como personaje público se origina en The Apprentice, un show donde él era el animador, el juez y también el premio, y que acumuló 10 temporadas y millones de televidentes. Desde ahí comenzó a asociar su imagen a la idea de que los problemas financieros se pueden resolver muy fácilmente, con autoridad y en una hora de televisión. Así también es su campaña. Para él, la democracia es un concurso, un reality show.

Chávez y Trump son expertos en la provocación. Saben cómo producir continuamente una noticia. Manejan bien los falsos suspensos. Sus narrativas están más cerca de la ficción audiovisual que del debate político. Un ejemplo elocuente es la visita de Trump a Enrique Peña Nieto. Se mostró aplacado y diplomático en Ciudad de México y horas después, en Phoenix, no solo dijo que México pagaría cien por ciento del muro, sino que lanzó otro ataque feroz contra los inmigrantes. Su lógica no reside en el pensamiento sino en la emoción. Su coherencia solo es otra variable del show. Depende del auditorio. En el fondo, engaña en ambos lados de la frontera. Probablemente ni siquiera él mismo sabe lo que hará. No está gobernando. Solo está en campaña.

¿Realmente Trump puede levantar un muro en la frontera con México? ¿Es en realidad un proyecto probable, medianamente viable? No parece. Lo único que importa es el efecto emocional que esa promesa despierta en la audiencia. Su única consecuencia es mediática. Trump solo busca garantizar que el público siga —a favor y en contra— escuchando a Donald Trump.

Chávez también usaba la polémica como anzuelo. Era capaz de inventar o de magnificar un conflicto para mantener en vilo a su público. Conocía perfectamente el poder del lenguaje. En 2011 dijo: “Obama eres un fraude, un fraude total. Si yo pudiese ser candidato en Estados Unidos te barrería”. Son palabras que tienen la temperatura de un show televisivo. Donald Trump también conoce bien esos trucos. Y tampoco tiene ningún escrúpulo a la hora de usarlos. “El Estado Islámico honra al presidente Obama. Él es el fundador del Estado Islámico”, dijo. No hay ni una sola idea detrás de estas fórmulas. No hay pensamiento sino puro incendio mediático.

También su relato es muy parecido, de una fantasía halagadora. Ambos discursos denuncian un presente injustamente inmerecido. Ambos aluden a un pasado heroico. El primer spot televisivo de Trump ofrece el regreso a un supuesto pasado “seguro”. Trump promete como futuro la versión hollywoodense de la Segunda Guerra Mundial.

Chávez siempre propuso una vuelta a la épica de la guerra de independencia. Tanto que, incluso, le cambió el nombre al país y ahora somos la República Bolivariana de Venezuela. La premisa es la misma: existe un destino de gloria que nos ha sido arrebatado por una fuerza enemiga. Es un cuento esquemático pero muy eficaz: somos los mejores y debemos recuperar nuestros tesoros. También es un cuento peligroso: legitima la violencia.

Los discursos de Chávez y de Trump constantemente proponen la posibilidad de que la violencia sea la mejor solución para ciertos conflictos. Más allá de sus controversiales declaraciones sobre Hillary Clinton y la segunda enmienda, son muchos los ejemplos de Trump expresando incluso sus propias ganas de golpear a un adversario. Chávez hizo de la amenaza una rutina. Siempre recordaba que su revolución era “pacífica pero estaba armada”.

Un carisma como el de Chávez o Trump también es un síntoma. Reflejan lo que está en sus propias sociedades. Chávez surge en un país que había cultivado la certeza de ser un país rico pero que vivía en la pobreza. Un país con una larga tradición militarista, deseoso de soñar con un caudillo que llegara a distribuir equitativamente el botín petrolero.

De igual forma, el éxito de Trump también habla de su país. O al menos de un sector de su país que vive con incomodidad las consecuencias de la crisis económica y la globalización. Habla de un país que se ve a sí mismo como un país blanco, contaminado por la experiencia extranjera, sobre todo latinoamericana y árabe. De un país que se siente seducido por la intolerancia.

Tanto Trump como Chávez representan el espejismo de las soluciones mágicas. Son los nuevos caudillos mediáticos. Contagian la idea de que los problemas sociales tienen salidas fáciles y rápidas. Ambos representan la coronación de la frivolidad mediática, el triunfo de la televisión sobre la política. Se trata de una locura tentadora.

En Venezuela, las consecuencias de haber optado por un caudillo mediático son evidentes: los pronósticos de inflación para el 2016 superan el 700 por ciento. Casi 2 millones de habitantes han debido emigrar. La ONU ha confirmado que nos encontramos al borde de una crisis humanitaria. Ya sabemos que elegir a Chávez significó elegir la destrucción del país.

Donald Trump organizaba concursos de belleza y ahora quiere ser presidente.

“La lucha continúa, Chávez vive”: Salvador Sánchez Cerén en Caracas

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Allá por el año 1996, nosotros habíamos firmado los Acuerdos de Paz en 1992, y llegó el Presidente Chávez al Foro de Sao Paulo, y el Presidente en ese momento iniciaba una labor titánica y heroica que era demostrarle al mundo que con la unidad de los pueblos se podía avanzar, se podía construir procesos y procesos revolucionarios.

5 marzo 2016 / presidencia.gob.sv

Él en ese momento andaba promoviendo el movimiento bolivariano, que dio origen a todos estos procesos, y lo hacía con una fe y con una confianza.

En aquella época las perspectivas estaban sobre la base de los partidos políticos y no sobre los movimientos, pero él tenía la confianza y la firmeza que en Venezuela se podía levantar un enorme movimiento que además llevara prosperidad y lucha a ese pueblo.

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Maduro convocó a todos y sølo estos tres llegaron: Evo, Daniel y Salvador.

Después tuve la oportunidad de conversar con él, junto a un líder nuestro, un hermano nuestro, que tiene nuestro cariño, nuestro amor, el compañero Schafik Jorge Handal, un salvadoreño luchador, amigo, hermano del presidente Chávez, que compartieron sus ideas, compartieron sus visiones. Lo más importante es que en ese momento de la visita nuestra aquí a Venezuela, fue siete días después del intento del Golpe de Estado y que el pueblo, ese pueblo, ustedes venezolanas, venezolanos lo llevaron de regreso a Casa Presidencial.

Y él estaba consternado, desde ese momento su reflexión fue; tenemos que hacer responderle a este pueblo y ahí se identificó él con aquellos sectores, los sectores más humildes, los sectores más alejados, los más pobres que fueron los que se levantaron y lo defendieron y lo regresaron, él decía, es enorme el amor que este pueblo tiene por la revolución, por la esperanza, por la lucha. Él dijo vamos a comenzar a trabajar, ese movimiento convertirlo en un gran partido que defienda la revolución, que luche por la revolución, y así fue como surgieron la ideas de este partido unido socialista venezolano, que es la fuerza que va a empujar y va a desarrollar este proceso.

Lo que nos queda de lección, los que nos queda de enseñanza a todos nosotros, es que no solo hay que tener ideas, sino que esas ideas hay que tener la capacidad de construirlas y que solo se pueden construir con el pueblo y junto al pueblo, amando al pueblo, es la única forma como se pueden desarrollar y como se pueden construir.

Y lo otro, importantísimo es la unidad, la unidad de todas las fuerzas, la unidad que nos va a permitir derrotar esta agresión que sufre, no solo Venezuela, sufren todos los movimientos revolucionarios, los gobiernos revolucionarios y los movimientos progresistas, sufren una agresión, porque nuevamente las oligarquías junto a los poderes imperialistas quieren apoderarse nuevamente de nuestros recursos.

Por ello, estar acá en esta conmemoración es también un compromiso, un compromiso de lucha, de lucha por la América, de lucha por el Caribe, en ese sentido es que nos reunimos hoy acá para rendir el más sentido tributo a nuestro compañero, hermano y amigo el Presidente Hugo Chávez, quien nos entregó un legado de enorme significado para todos los hombres y mujeres que creemos en el espíritu de la unidad y solidaridad en nuestros pueblos.

Recordamos al Presidente Chávez desde lo más sentido de nuestros corazones, con gratitud por su ejemplo y obra al servicio de la humanidad, por el noble compromiso y amor con su pueblo y los pueblos del mundo, por su lucha por los más pobres y vulnerables.

CczbBnBUcAAX0eSHoy compañero y amigo Hugo Chávez Frías, te sentimos más presente que nunca, hablar del Presidente Chávez es hablar de vida y de esperanza, de dignidad y prosperidad para nuestros pueblos, el comandante Chávez con su vida y obra, con sus ideas, con su ternura y amor por el pueblo forma parte de los próceres que entregaron todo por la libertad y el progreso de nuestra América indomable, Simón Bolívar, Francisco Morazán, José Martí, muchos hombres y mujeres luchadores incansables, cuyo ejemplo y legado continúan guiando nuestro proceso de unidad paz y bienestar.

A nuestro hermano Hugo Chávez, Bolivariano, lo recordamos por su incansable trabajo, por la integración de los países latinoamericanos y caribeños, dignificando nuestra identidad, cultura y valores de toda la diversidad de nuestro pueblos, la CELAC, UNASUR, el ALBA, PetroCaribe, son fruto de su amor inagotable por los pueblos de nuestra América, y estamos obligados a defenderla y hacerlas avanzar en la ruta correcta para cumplir su anhelo de una vida mejor para nuestros pueblos.

Por ello, hoy recuerdo aquellas sabias palabras del Presidente Chávez, para que haya un continente verdaderamente libre, requerimos del desarrollo y de la unidad de todos nuestros pueblos.

Compañeras y compañeros, en El Salvador hemos luchado a lo largo de nuestra historia, por la justicia y la igualdad, siguiendo la ruta de la fraternidad e integración regional, a partir de los Acuerdos de Paz hemos logrado importantes avances en el desarrollo con inclusión social, y continuamos trabajando con toda nuestras energías y valor, por la tranquilidad y el bienestar de todos y todas.

Caracas, 5 marzo 2016

Caracas, 5 marzo 2016

Un principio rector ha sido potenciar a El Salvador como un país integrado a la región, al mundo, que aporte creativamente a la paz y al desarrollo.

Con ese sentimiento de unión que nos congrega a recordar la vida del presidente Chávez, reitero el mensaje de solidaridad a todos y todos los venezolanos, al presidente Nicolás Maduro, a su Gabinete y muy fraternalmente a la familia del compañero Hugo Chávez.

Traigo también el mensaje de profunda gratitud de nuestro pueblo y gobierno, por la permanente solidaridad del Presidente Chávez y Venezuela, con El Salvador.

Recuerdo en especial la rápida respuesta del Presidente Hugo Chávez cuando dos desbastadores terremotos sembraron muerte y destrucción en nuestro país, en el 2001, la generosa ayuda del pueblo y gobierno de Venezuela, liderados por el Presidente Chávez, llegó de inmediato, y como lo hacen los hermanos verdaderos, sin pedir nada a cambio.

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La historia, el ejemplo y la obra del líder de la revolución bolivariana, Hugo Chávez, nos ha dejado un legado vivo que continuará transformando la realidad de Latinoamérica, inspirando las luchas de nuestros pueblos en la construcción de la patria grande que soñó Bolívar.

La lucha del compañero Chávez de libertad, justicia, paz y prosperidad para nuestros pueblos son indestructibles y seguirán venciendo el miedo, la ignorancia, el subdesarrollo y los intereses mezquinos de aquellos grupos que solo piensan en lucrarse de la riqueza de nuestra región.

Presidente Chávez, como nos enseñó también otro salvadoreño, con quién tú compartiste sueños, victorias y esperanzas, Schafik Handal, te decimos la lucha continúa, la lucha continúa, Chávez vive, Chávez vive.

Muchas gracias.

Un hombre llamado Baduel. De Luis García Mora

Baduel saliendo de la cárcel militar Ramo Verde. Fotografía de El Universal

Baduel saliendo de la cárcel militar Ramo Verde. Fotografía de El Universal

 

Luis Garcia Mora, periodista venezolano

Luis Garcia Mora, periodista venezolano

Luis García Mora, 16 agosto 2015 / PRODAVINCI

Soltaron a Isaías Baduel.

Y esto no es cualquier cosa. Baduel era un preso de Chávez, su preso particular, su preso personal. Quizás su preso más odiado.

¿Por qué? Por razones muy sencillas, si nos metemos en la cabeza de aquel  todopoderoso: Baduel lo liberó. ¡Oh, pecado! Y se convirtió en el héroe, cuestión que a Chávez le resultaba inadmisible, por lo que casi inmediatamente después de haberlo nombrado general en jefe y entregarle, como agradecimiento (de él, del líder superior), el ministerio de la Defensa, comenzó una operación propagandística del 2002 al 2006, en su estilo cubano, para quitarle copete.

Para dejarlo plano. Para evitar desafíos, y así levantar su épica desde la “historia oficial” (no autentica, por supuesto) de que “el pueblo derrotó a los golpistas”, que una movilización espontánea y hasta fantasmal de seis o siete millones de personas, lo habían devuelto al poder luego de aquellas 48 horas de infarto (para todos) en que cayó y regresó.

Y aquel acto heroico de Baduel, peligrosísimo para la imposición y credibilidad de una ansiada y nunca lograda épica “revolucionaria”, aquella operación de un innegable nivel estratégico, militar y político de inclinar el fiel de la balanza y jugarse el pellejo (y admitámoslo: muy por encima de quienes se pusieron al frente de aquel manotón católico-militar, en que jamás estuvieron preparados ni operativa ni mentalmente para asumir el poder), desapareció en el aire.

Como todo megalómano al fin, a la capacidad de Chávez de dominar a las masas como nadie se sumaría la obsesión de superioridad política e intelectual sobre cualquier rival potencial. “Ni padre, ni madre, ni perro que le ladre”

Y en esto (como Hitler, sí, aunque, claro, las distancias son anchas) comenzó a entrar en juego, después de regresar al poder, algo que no habíamos conocido en nuestra experiencia democrática: La adopción de una postura por parte de un cuasi dictador todopoderoso e indestituible, libre de las ataduras de cualquier constitución o división de poderes, en la que se desligaba en Miraflores de toda forma conocida de dirección colegiada.

Y comenzó a funcionar la omnipotencia plena de un presidente electo a quien nadie (absolutamente nadie) podía pedirle cuentas.

Junto a algo más que en cierta forma implicaba una monstruosidad: la subordinación de la política y calendario de un jefe del Estado a la presumible duración de su vida terrenal.

Con lo que postulaba y practicaba su propia insustituibilidad. Y así, Baduel, su propio salvador y compadre, a pesar (o precisamente por ello) de su inmenso liderazgo en las FAN, y su ascendencia, su auctoritas y su reconocimiento como tal, se tornó para Chávez en algo realmente insoportable.

Lo sabía militarmente superior, y realmente lo era. Aparte de que además, como lo hizo Gómez con Castro, se acababa de demostrar en los hechos.

Nadie, nunca, como el general Isaías Baduel dentro del “proceso revolucionario” –y esto es algo que siempre ha pasado por debajo de la mesa- le latió desde tan cerca a Chávez.

Baduel. Un tipo entre enigmático y firme, que tiene una historia muy interesante.

Durante los sucesos del 11-A para inclinar el fiel de la balanza contra el golpe, se requería de la instauración inmediata de un centro de comando político clave que atrajera a los anti-golpistas. Que hasta el 12-A había sido Chávez, y que, tras su detención, desde la 42 brigada de Infantería Paracaidista de Maracay, lo constituye el general Baduel. Es a quien contacta Fidel Castro, es quien genera y encuentra el apoyo y orienta al sector militar. Y a quien ni las amenazas de ataques aéreos con F-16, contra los cuales no había armas de defensa, ni la amenaza de un ataque con tanques, amilanó. Y supo del golpe y lo paró.

Y este constituiría, digamos, su primer acto político. De envergadura, claro está, y militarmente victorioso. Ya que el segundo, y este estrictamente político y también muy trascendental, no resultaría para él victorioso. Que fue su actuación frente al Sí, (también corajuda) durante el famoso referendo constitucional de 2007.

Entre el año 2002 y el 2007, cuando pasa a retiro, algo ha cambiado en este hombre.

Al retirarse en 2007 Baduel declara que se aparta de la vida pública a trabajar en su hacienda y a reflexionar. Un paréntesis que termina en su irrupción pública en el debate de la reforma constitucional promovida por Chávez, de manera fundamental para reelegirse indefinidamente en el poder.

Pareciera que en ese momento, si nos atenemos al testimonio decisivo de su tal vez mejor conocedor, Heinz Dieterich, que en Baduel y su equipo (Dieterich incluido, creo) nacen señales de una alta preocupación frente a Chávez y la evolución del proyecto bolivariano.

El escaso vigor en el combate a la corrupción. El desarrollo inflacionario de la economía. Y, sobre todo, en la discrecionalidad rampante en el uso de los ingresos de PDVSA y en la falta de definición institucional del socialismo del siglo XXI.

En fin, de la inviabilidad y el colapso del modelo.

Lo que lleva a pensar a Baduel, que se considera un hombre de leyes, que desde 1999 el Gobierno no ha logrado reducir el bloque opositor (fijo en su 35-40%), lo que evidentemente constituye una poderosa plataforma ante una crisis para un salto al poder, y que para evitar ese futuro incierto, lucía impostergable el abrirse al resto de la nación. Para lo que se habría considerado necesario que el Supremo y Baduel llegaran a un acuerdo negociado, basado en una “alianza estratégica entre un centro político, que lideraría Baduel, y el (chavismo) bolivarianismo”.

Esta “tesis de la alianza” es considerada en su momento, desde algún ángulo “revolucionario” y ante el peligro cierto de una derrota absoluta o relativa del Sí, como la única posibilidad de impedir que se abriese (como en efecto ocurrió después) “una fase tendencialmente caótica”.

Eran obvias las debilidades estructurales de un modelo que amenazaba con hacer crisis desde la economía en 2008. Y para Baduel era necesario ese pacto estratégico entre ambas fuerzas, no solo para proteger el proceso, sino también para volver “al espíritu democrático original del Samán de Güere”.

Se considera posible este imposible (dada la personalidad ahora sí autoritaria y megalómana del Supremo, y que uno cree que Baduel y Cía. no consideraron  acertadamente), dado el ejemplo reciente tras el conflicto con Arias Cárdenas.

Que había llegado a decir textualmente en RCTV que Chávez era un “asesino”, una “persona enferma” y “jefe de una banda de delincuentes”, para luego ser llamado para entregársele la embajada en la ONU y convertirse en el jefe del PSUV en el Zulia.

“La política es el arte de las alianzas posibles”, dice alguno, y se apuesta a la responsabilidad de ambos para resolver la crisis política de entonces, y la crisis económica inmediata.

Y Baduel escoge el momento que garantizaría el máximo efecto del impacto sorpresa que iniciará su carrera política: el inicio de la campaña por el Sí, y de las protestas y sacudidas.

18 días antes había apoyado la reforma. Y he aquí que inesperadamente el 5 de noviembre de 2007, el general en jefe y ministro de la Defensa Raúl Isaías Baduel se manifiesta en contra de la reforma constitucional promovida por Chávez y por la Asamblea, llamando a levantarse ante lo que consideraba un momento crucial en la historia moderna venezolana.

En la jugada perdería de calle el apoyo que tenía dentro del “chavismo duro”, pero apostó al apoyo en el centro y en los bolivarianos decepcionados, para compensar esa pérdida de capital político. Pero materializaría ese centro político inexistente (hasta el día de hoy) en él, y obligaría a Chávez a pactar.

No. No ocurrió completamente así. Pero ocurrió algo que Chávez jamás le perdonaría.

El golpe de opinión lo sacudió todo.

Rompía abiertamente con el Presidente, Y, peor (en esto Dieterich tiene razón), con el proyecto que Chávez había configurado desde 2003.

Y, por el momento escogido, el golpe fue brutal.

Se pensó que si el Presidente no ganaba el referéndum o lo ganaba con menos el 60% de los votos, se vería obligado a convocar unas nuevas elecciones, por lo que la convocatoria al No era mucho más que una simple cuestión electoral constitucional. Configuraba “la batalla decisiva” contra el proyecto de país que Chávez había imaginado durante 4 años.

Cambios fundamentales, que ambicionaba instituir y que después de perder la consulta se vio obligado a pretender imponer por la fuerza.

Pero Baduel le había hecho un tremendo bien al país.

Primero, con su conducta reforzó todas las fuerzas del No. Y luego anuló cualquier abstención como opción.

Y, esto, Chávez jamás lo perdonaría.

En abril de 2008, la diputada Iris Varela (de la absoluta confianza de Chávez) denuncia al general Baduel por haber recibido presuntamente un millón 277 dólares de la NED (National Endowment for Democracy), y Baduel es arrestado por agentes de la DIM acusado por corrupción, y el 7 de mayo de 2010 condenado a casi 8 años de prisión.

Hasta esta semana cuando, también sorpresivamente, ha salido en libertad.

Es el único ministro del régimen que ha sido acusado de corrupción.

Un régimen, como decía alguien muy acertadamente, “Sin ideas, ética ni iniciativa”. Enredado en una maraña de intereses entre políticos, empresarios y militares,  con unas cabezas al frente que no aceptan ni consejos ni razones y que controlan todos los aparatos del oficialismo.

Y al parecer decididas a arrastrar todo consigo dentro de una crisis económica y social que según dicen amenaza con ser peor que la de Grecia.

Un Gobierno (como también dicen) incapaz de negociar cualquier cosa, o de establecer cualquier alianza internacional significativa.

Tal como (anticipadamente) lo previó aquella vez Raúl Isaías Baduel.