Hugo Chávez

Veinte años de estafa. De Henrique Capriles

Uno de los líderes de la opsición democrática venezolana, Henrique Capriles, hace balance de 20 años del régimen chavista. Capriles ha sido presidente de la Cámara de Diputados hasta su disolución por la Asamblea Constituyente de Hugo Chávez en 1999, alcalde de Baruta, gobernador del Estado de Miranda y candidato opositor a la presidencia.

Segunda Página

Hwnrique Capriles, ex gobernador de Miranda

Diciembre 2018 / HENRIQUE CAPRILES

Esta semana se cumplieron dos décadas de una de las más lamentables farsas políticas en la historia de América Latina: el inicio de una supuesta “revolución” que prometió justicia social, pero que en veinte años sólo ha conseguido convertir la vida de los ciudadanos en un infierno, marcado por el hambre, la corrupción y la muerte. Nuestra amada Venezuela es en 2018 el país más pobre de toda la región.

Cuando Hugo Chávez Frías llegó al Poder, luego de las elecciones de diciembre de 1998, en Venezuela se inició un proceso, premeditado y alevoso, cuyo objetivo inicial fue fracturar a la sociedad en dos sectores polarizados que instalaron en el país una confrontación infértil y el caldo de cultivo para las desgracias que hoy vivimos los venezolanos.

Al comprender que sólo dividiéndonos sería posible instalar en Venezuela su tipo de gobierno, la Democracia venezolana fue herida de muerte. Y así comenzaron la instalación de un modelo político autoritario y corrupto, el secuestro de las instituciones y la quiebra del aparato productivo de la Nación por acciones que van desde las expropiaciones y los controles de precios y de cambio, hasta una serie de políticas públicas ideadas para quebrar a la inversión privada y hacer al pueblo cada vez más dependiente del gobierno.

Aun así, para muchos debe mantenerse viva una pregunta que los hechos han ido respondiendo: ¿cómo fue que logró instalarse en Venezuela un proyecto tan vil e ineficaz a la vez?

Y para responderla hay que echar mano de la historia y hacerse cargo de aquello que, desde el liderazgo opositor, quizás no hayamos sabido leer, responder ni aprovechar.

Tal como recuerda en un trabajo publicado la profesora Margarita López Maya, el chavismo apareció en medio de un hartazgo del pueblo en cuanto a la corrupción de las élites y sucesos significativos, como El Caracazo o las dos intentonas violentas de golpe de Estado en 1992. Si a eso le sumamos la fiereza con la que la antipolítica se apoderó de todos los discursos posibles, incluso en los políticos de aquella vieja guardia que alguna vez enfrentó la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, la llegada al Poder de Hugo Chávez se convirtió en un riesgo inminente, en una amenaza cumplida, en un mal augurio.

Y aunque muchos advertimos que el peligro de la instalación de un gobierno no creyente de las reglas democráticas estaba latente en un proyecto como el propuesto por el entonces candidato Chávez, muchos hicieron oídos sordos y se dedicaron a emborracharse de carisma con el presunto outsider de este cuento.

Los partidos no resistieron la embestida. La democracia había sido lacerada. Había que hacer algo.

Ante la fragmentación de la sociedad, surgimos una nueva generación de políticos empeñados en no cometer los errores del pasado. Así le dimos forma a proyectos que terminaron transformándose en partidos políticos de un nuevo siglo y en una nueva manera de entender la política como un compromiso con la idea de estar al servicio del Pueblo.

Sin embargo, mientras esto sucedía en las filas de la naciente oposición, el oficialismo hacía uso de un lenguaje simplista, demagogo, que insistía en dividir a la sociedad con premisas fundadas en el odio, el revanchismo, la frustración.

Aprovechando que estábamos peleando entre nosotros, Hugo Chávez logró que su partido empezara a crecer gobierno adentro. Se tratara del MBR-200, del MVR o del hipertrofiado PSUV, Chávez se encargó de hacerle creer a su militancia que era él quien encarnaba al Estado y que sus antojos y caprichos estaban justificados en ese revanchismo peligroso y malsano que confunde la justicia con la venganza.

Después de los sucesos de abril de 2002, creo que el oficialismo tuvo que reconocer que aquel disfraz de políticos alternativos con el cual tapaban su verdad ya no les servía.

Quizás Venezuela fue el único país petrolero al cual la época de la bonanza, con un barril de petróleo que durante años rondó los cien dólares, le trajo más malas noticias que buenas. La cantidad de dinero que entró en Venezuela por concepto del petróleo patrocinó una de las cleptocracias más sinvergüenzas del mundo.

Robaron. Hoy siguen robando, pero en aquel momento robaron sin piedad. Robaron mucho. Robaron a manos llenas. Y mientras sus equivocaciones iban conduciendo al pueblo hacia el hambre, la enfermedad, la muerte, decidieron no rectificar.

Hugo Chávez y su petrochequera seguían por el mundo comprando complicidades. Regalaron nuestro petróleo, empeñaron nuestro futuro e hicieron los peores negocios que Venezuela ha hecho en su historia comercial. Los mismos negocios que hoy tienen a nuestro país hipotecado a China y Rusia.

Su supuesto “carisma” pretendió comprar el apoyo de naciones que incluso habían sido diezmadas y torturadas por totalitarismos militares, disfrazando su autoritarismo de generosidad continental. Un capricho petrolero que le salió irresponsablemente caro al país, pero bastante barato a Cuba, a China y en especial a Petrocaribe.

Y así, entre un capricho y otro, el oficialismo convirtió al Banco Central de Venezuela en el alcahuete de PDVSA, contaminó instancias como el Tribunal Supremo de Justicia o el Consejo Nacional Electoral y llenó el mapa de violencia, dándole a sus colegas militares un poder casi infinito en cuanto al monopolio de la violencia, pero sin olvidar que también era necesario armar su propio aparato parapolicial y así llenar los barrios y las zonas populares de armas a favor de un proyecto político.

Aun así llegó 2007, el año en que aquel hombre que se creía indestructible y que supuestamente estaba en contra del estatus quo perdió los estribos. El problema de creerse invencible es que nunca estás preparado para la derrota. Y aquel año, como dice el adagio, la verdad nos hizo libres.

Y entonces el proyecto político se reconoció en su esencia: lo único importante era mantenerse en el Poder, bien fuera a punta de real o a punta de pistola.

El pensamiento único fue, poco a poco, cercando a quienes menos tienen. Y en los barrios, en el campo, en la pobreza, el ciudadano se iba convirtiendo en un sujeto dependiente de los mismos caprichos que destrozaron a la democracia y la separación de poderes.

No hubo más alternancia. No hubo pluralidad. No hubo tolerancia.

La violencia y la corrupción son las únicas constantes en su proyecto de país.

Y en 2012 y en 2014 y en 2017 y hoy en día reprimen y amenazan a las fuerzas opositoras y democráticas desde donde hemos decidido defender a una mayoría verdadera.

La muerte de Hugo Chávez y el relevo de Nicolás Maduro, en unas condiciones de facto que todos en el país conocemos, terminó de poner en evidencia que la supuesta “revolución” no fue sino una farsa, ideada para que un grupito se enriqueciera, mientras el resto no sabe qué comerá mañana y el déficit fiscal sigue creciendo, convirtiéndonos en uno de los dos únicos casos de hiperinflación en lo que va del siglo.

La supuesta “revolución” pasó de tener un amplio respaldo en las urnas electorales de 1998 a ser una tiranía que tiene miedo de medirse en unas elecciones libres y que, además, hoy es responsable del mayor éxodo de venezolanos en nuestra historia desde la Independencia.

Una revolución convertida en una vergüenza política irreparable.

Han ejercido el Poder durante dos décadas y no son responsables sino de muertes y desgracias. Hagan el repaso y se darán cuenta: no existe ni siquiera un programa social, una obra de insfraestructura, una política pública o algún plan de gobierno del cual puedan sentirse orgullosos.

Tanto es así que se han dedicado a amenazar, perseguir, encarcelar e incluso asesinar a los líderes políticos que no nos callamos y que nos mantenemos del lado del Pueblo, acompañándolo en sus desgracias y buscando juntos las soluciones posibles y la conquista de la Libertad y la Democracia.

Aun así, muchos seguimos aquí. Trabajamos como nunca para no repetir errores. Nos ha tocado asumir las equivocaciones, rectificar, hacernos cargo. Y lo hacemos porque tenemos un compromiso real con quienes han puesto el pecho en nombre de una lucha común.

A pesar del blackout en los medios, a pesar de las amenazas y la violencia, seguimos aquí convencidos de que pronto seremos gobierno. Y sobretodo lograr que ese cambio por el que tanto hemos soñado los venezolanos se convierta en una vigorosa realidad.

Y para entender esto es importante asumir que el contexto ha cambiado: ya no hay un líder carismático comprando consciencias con una petrochequera, porque incluso fueron capaces de quebrar a la mayor petrolera estatal del continente por su afán de robar y destrozar el aparato productivo.

Ha sido difícil poner en evidencia global las características autoritarias que el gobierno venezolano ha impuesto durante estos veinte años. En algún momento el dinero ayudó a distraer las consciencias. Sin embargo, ya el costo político es demasiado alto: ninguno de los cómplices de siempre está dispuesto a seguir siendo asociado con Nicolás Maduro, mucho menos cuando casi todos han perdido el Poder.

Nicolás Maduro ha decidido ejercer el peor rol y con eso marcará la debacle de los vestigios de credibilidad política que todavía algún distraído podría adjudicarle al chavismo gobernante. Y no porque el 10 de enero sea una fecha mágica, sino porque decidieron mantenerse en el Poder a como diera lugar, sin importarles si eso significaba asfixiar al pueblo y matarlo de hambre, con tal de no soltar los privilegios.

Son veinte años que deben servirnos como aprendizaje político.

Son veinte años que deben servirnos como una lección contra la antipolítica, la fascinación por los outsiders y los vendedores de humo.

Son veinte años de una dolorosa farsa que cuando tenga que hacer su inventario conseguirá muchas más vergüenzas y crueldades que obras y conquistas.

No permitamos que vuelva a instalarse el espejismo de la antipolítica como una opción. Trabajemos juntos y asumamos la necesidad de convertir estos veinte años en algo que no deberá repetirse nunca más. Es nuevamente hora de rescatar la democracia y nos corresponde blindarla contra el revanchismo, el falso populismo y la demagogia. Si cumplimos con ese objetivo, si asumimos la responsabilidad y entendemos que sólo entre todos podremos reparar el inmenso daño que han hecho en estas dos décadas, nada impedirá el progreso de nuestra Venezuela.

El futuro es nuestro. Y es indetenible. ¡No lo olvidemos!

¡Que Dios bendiga a Venezuela!


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Teodoro Petkoff fue el símbolo de la izquierda democrática en América Latina. De Jorge Castaneda

El intelectual, político y economista Teodoro Petkoff en Caracas, en mayo de 2015 Credit Miguel Gutiérrez/EPA-EFE/REX

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

1 noviembre 2018 / THE NEW YORK TIMES

NUEVA YORK – Pocos personajes de la historia de la izquierda latinoamericana afectaron y reflejaron la evolución de la misma a lo largo de los últimos sesenta años como Teodoro Petkoff. Falleció ayer en Caracas a los 86 años, después de una larguísima trayectoria recorriendo todos los meandros de esa izquierda de América Latina. Transitó de la guerrilla castrista en Venezuela a principios de la década de los sesenta hasta la crítica despiadada, acertada e ilustrada de los peores excesos del chavismo y del actual presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, pasando por una larga etapa como símbolo de una nueva izquierda: democrática, independiente de Moscú y de La Habana, moderna y globalizada.

Petkoff inició su trabajo político a finales de la década de los cuarenta en Caracas. Muy poco después del triunfo de la Revolución cubana, en enero de 1959, y del primer viaje al exterior de Fidel Castro a Caracas el 23 de enero para celebrar el primer aniversario de la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, Petkoff empezó a conspirar con los cubanos y con su hermano Luben para crear un foco guerrillero en las montañas venezolanas. No tardó en entrar en conflicto con el Partido Comunista de Venezuela (PCV), del cual eran miembros y que —como casi todos los partidos comunistas de América Latina en esa época— era prosoviético, reformista, pacifista y opuesto a la teoría cubana del foco guerrillero, teorizada por el joven filósofo francés Régis Debray, quien mantuvo una relación lejana pero constante con Petkoff todos estos años. Tras años de lucha contra el gobierno venezolano, finalmente fueron derrotados por el entonces presidente de Venezuela y quizás el primer socialdemócrata verdadero en América Latina, Rómulo Betancourt.

En esos años, Venezuela fue el punto de intersección más importante entre dos esfuerzos: los de la Revolución cubana por apoyar un foco guerrillero y reproducir la epopeya de la Sierra Maestra y los del gobierno de Estados Unidos —primero de Eisenhower y sobre todo de Kennedy— de contrarrestar ese esfuerzo cubano a través de una estrategia contrainsurgente, pero también de la alianza para el progreso y un enfoque socialdemócrata como el de Betancourt.

Después de esa derrota, varias pasantías por la cárcel y el paso de los años, Teodoro Petkoff entró en otra dinámica, la de la lucha pacífica por la misma revolución, y luego por una revolución distinta.

En 1971, junto con varios compañeros venezolanos, funda el Movimiento al Socialismo (MAS), cuyo estreno tuvo, entre otras virtudes, el haber recibido en donación el dinero que Gabriel García Márquez recibió por el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos y un himno compuesto especialmente para ellos por Mikis Theodorakis. El MAS fue la niña de los ojos de la izquierda latinoamericana moderada, democrática, modernizada durante muchos años. Teodoro fue candidato a la presidencia por el MAS en 1983 y en 1988, pero la organización no despegó. El viejo partido Acción Democrática, el de Betancourt y de Carlos Andrés Pérez, nunca perdió su base obrera de los sindicatos venezolanos y, más allá de intelectuales y estudiantes, el MAS se marginalizó.

El partido cerró su ciclo a finales de la década de los ochenta, después del “Caracazo” y de las desventuras de toda la izquierda pacífica e institucional venezolana. El MAS empezó a ser sustituido por grupos más radicales como Causa Radical y por el intento de golpe de Estado de un puñado de jóvenes militares encabezados por Hugo Chávez, aparentemente nacionalistas, pero en realidad formados directa o indirectamente por los cubanos.

Teodoro Petkoff nunca fue chavista, aunque en las pláticas que tuve con él a finales de la década de los noventa y principios de este siglo manifestaba cierta simpatía, no por las propuestas de Chávez, sino por su diagnóstico de la catástrofe generada por el famoso Pacto de Punto Fijo, que sirvió de base para el bipartidismo de Acción Democrática y Copei. Petkoff fue ministro de Coordinación y Planificación de 1996 a 1999, durante el último gobierno del Pacto (aunque algunos no lo considerarían como tal), el de Rafael Caldera. Durante un tiempo se convirtió en una especie de vicepresidente. Realizó un gran esfuerzo por poner al día al Estado venezolano benefactor y controlador, sobre todo de las gigantescas reservas petroleras de la faja del Orinoco. En mis conversaciones con él en aquel momento, tuve la impresión de que no obtuvo de parte de Caldera —un hombre mayor— el apoyo necesario para sacar adelante todas sus propuestas.

Para mucha gente Petkoff se volvió neoliberal al final de su vida política. No lo creo. Tanto en el gobierno de Caldera y luego como líder de opinión en Venezuela durante los primeros años de Chávez —en el diario El Mundo y después en Tal Cual, que él fundó y que fue reprimido por el chavismo— sostuvo una postura, no siempre lograda, de izquierda democrática. Para mí, Teodoro Petkoff fue alguien que luchó por las mismas causas desde el inicio de su carrera, en la década de los cincuenta, hasta el final de su vida, cuando el gobierno de Nicolás Maduro arrinconó a Tal Cual y le abrió un juicio, con lo que le prohibió a Teodoro salir del país.

Ha muerto un personaje de gran valor, honestidad y congruencia de la izquierda latinoamericana, de la que quisiéramos que imperara en toda la región y que nadie como él ha encarnado a lo largo de estos últimos seis decenios.

Las venas abiertas de la América Latina. De Manuel Hinds

Prometiendo esas riquezas fáciles, los regímenes de Cuba y Venezuela han impuesto las tiranías peores de la historia de la región, y en vez de riquezas han llevado a sus países a las peores pobrezas que este Continente ha visto.

manuel hindsManuel Hinds, 24 noviembre 2017 / El Diario de Hoy

En la Quinta Cumbre de las Américas de 2009, Hugo Chávez le regaló un libro al expresidente Barack Obama, llamado “Las venas abiertas de América Latina”. El libro, escrito en 1971 por el uruguayo Eduardo Galeano, es un clásico de la literatura de izquierda latinoamericana. Movido dentro de ese círculo, se tradujo a varios idiomas. Sus reproducciones alcanzaron un millón de copias aunque el número de lectores sea infinitamente menor.

EDH logLa entrega del libro fue más que nada un acto político. Lo más seguro es que Chávez nunca lo leyó y que no esperaba que Obama lo leyera, y no por razones ideológicas. El libro es tan insufriblemente primitivo y aburrido en sus infantiles elucubraciones que el mismo autor, Eduardo Galeano, dijo en una conferencia de prensa celebrada durante la Segunda Bienal del Libro en Brasilia de 2014: “No sería capaz de leerlo de nuevo. Caería desmayado. Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital…Intentó ser una obra de economía política, solo que yo no tenía la formación necesaria”. Todos los que algún día tratamos de leer el libro estamos de acuerdo con el autor. Yo sospecho que del millón de ejemplares impresos sólo unos cuantos lograron leerlo sin que les pasara lo que el mismo Galeano dijo que le pasaría a él si lo leyera.

Sin duda que Chávez regaló el libro porque su título es dramáticamente sugestivo. Cuando Galeano lo escribió, las venas abiertas a las que se refería se supone que eran las dejadas por la excusa que América Latina siempre ha puesto para no haberse desarrollado en cinco siglos: la explotación por parte de las naciones desarrolladas. A través del título, Chávez estaba culpando a Obama por el subdesarrollo de Latinoamérica. Era para que, viéndolo en su biblioteca, Obama pensara en esos siglos.

La historia, sin embargo, se desarrolló de tal manera que los que vemos este libro en nuestras bibliotecas no pensamos en españoles o estadounidenses explotando a la América Latina sino en cómo Chávez y sus colegas, los Castro, la Kirchner, Correa y tantos otros mal llamados izquierdistas han inyectado odio en América Latina y la han saqueado en los siglos XX y XXI, en procesos de desangramiento que todavía han dejado las venas abiertas en la región.

El efecto negativo de estos tiranos no se ha limitado a haber dilapidado los recursos naturales de sus países, dejándolos no solo sin dichos recursos sino también con deudas enormes. En sus inyecciones de odio, inyectaron también ideas terriblemente nocivas para el desarrollo de nuestros pueblos, haciéndoles creer que la riqueza está allí sólo para agarrarla, que no requiere educación y trabajo, que para tenerla sólo se requiere votar o apoyar al político que transmite este mensaje. Usando esta mentira, prometiendo esas riquezas fáciles, los regímenes de Cuba y Venezuela han impuesto las tiranías peores de la historia de la región, y en vez de riquezas han llevado a sus países a las peores pobrezas que este Continente ha visto. Y al mismo tiempo han cortado las dos cosas que podrían haber dado riqueza a sus pueblos: la libertad y la inversión en capital humano.

Antes de Chávez, Venezuela era pobre porque su población era ignorante, pero tenía una gran riqueza en términos de petróleo. Chávez, o cualquier gobierno venezolano, podría haber convertido la riqueza de petróleo en riqueza en capital humano, sacando el petróleo de la tierra, vendiéndolo e invirtiendo las ganancias en dar un salto de cali-dad en educación, salud y seguridad. Las ganancias del boom de petróleo, que duró del 2003 al 2013, fueron suficientes como para lograr ese salto de calidad. Pero Chávez y Maduro no hicieron esto. El pueblo sigue siendo igualmente ignorante pero el petróleo con el que pudo haberse educado ya no existe. Igual pasó con Cuba, que dilapidó su riqueza de azúcar en los Cincuenta y Sesenta y se convirtió de uno de los países más ricos de América Latina en uno de los más pobres. Igual desperdicio han causado estos regímenes en toda la región. Esas son las verdaderas venas abiertas de la América Latina.

El legado de Chávez. De Rogelio Núñez Castellano

Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, el martes 22 en el Palacio de Miraflores en Caracas.

Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, el martes 22 en el Palacio de Miraflores en Caracas. Cristian Hernández (EFE)

Nicolás Maduro ha exacerbado los problemas estructurales del proyecto bolivariano.

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Rogelio Núñez Castellano es profesor del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá.

Rogelio Núñez Castellano, 24 agosto 2017 / EL PAIS

Crisis económica, miseria social y polarización política. Ese es el legado final que deja todo tipo de populismo, sea de izquierdas o de derechas. Ese es el panorama sobre el que se alza, en estos momentos, el Gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela. El heredero de Hugo Chávez encabeza un régimen que, en realidad, solo es la culminación de un proceso con antiguas raíces. Cabe preguntarse, como hiciera sobre Perú Zavalita, el personaje de Mario Vargas Llosa en Conversación en La Catedral, cuándo se jodió Venezuela.

el paisEl autoritarismo, escaso liderazgo y gruesos errores políticos y de gestión que acumula en su historial el presidente Nicolás Maduro provocan que sea contemplado como el principal culpable de todos los males que arrastra Venezuela. En verdad, los méritos de Maduro no son tan extensos: su Gobierno finalmente no ha hecho sino exacerbar unos problemas estructurales heredados de la presidencia de Hugo Chávez.

Chávez conquistó la presidencia en 1998 alzando la bandera de la lucha contra la corrupción y prometiendo cambiar el modelo en el que se sustentaba Venezuela: el clientelismo político, basado en los ingresos petroleros, y la monodependencia económica con respecto a la exportación de hidrocarburos. El régimen bolivariano, amparado en el auge de los precios de las materias primas desde 2003, no solo no cumplió con estas promesas sino que profundizó la dependencia con respecto al petróleo (que representa más del 90% de las exportaciones), las políticas clientelares (las famosas misiones) y añadió nuevos componentes (el “guerracivilismo” y el revanchismo social) a un cóctel que con el tiempo se ha demostrado explosivo. Ya en 2013, cuando falleció Hugo Chávez, Venezuela albergaba los gérmenes de su actual crisis institucional, política y socioeconómica que Maduro no se ha atrevido a afrontar y que ha contribuido a profundizar.

La época de la convivencia política, propia de la IV República (1959-1999), dio paso a la polarización y al enfrentamiento al dividir el país en bolivarianos y “pitiyanquis”, en lenguaje chavista. La politóloga Margarita López Maya recuerda que si “la atmósfera política de fines del siglo XX fue convulsionada, la de los primeros años del Gobierno de Chávez exacerbó aún más las tensiones… La polarización continúa deteriorando la convivencia pacífica y la calidad de la vida cotidiana… El discurso presidencial descalifica a los adversarios políticos: ‘Escuálidos’, ‘puntofijistas’ y ‘vendepatrias’ son algunos de los calificativos que se les endilga”.

La polarización continúa deteriorando
la convivencia pacífica y la calidad de la vida cotidiana

El desprecio al adversario y la intransigencia frente a las opiniones diferentes no son un invento de Maduro, que se ha limitado a llevar hasta el extremo lo que tanto utilizó su antecesor. Marcel Oppliger, autor del libro La revolución fallida. Un viaje a la Venezuela de Hugo Chávez, describía en 2011 cómo “Venezuela está partida en dos trincheras irreconciliables… Existe una gran odiosidad entre los venezolanos, separados, enfrentados y divididos entre chavistas y antichavistas. Antes copeyanos y adecos se detestaban pero eran capaces de convivir y reconocían la legitimidad del otro. Ahora eso no existe. El otro es el enemigo al que hay que convencer o destruir”.

De igual forma, el abuso de la norma, el personalismo y el manejo a su antojo de la Constitución y las instituciones es una estrategia de claro corte chavista. Hugo Chávez, tras ser derrotado en 2007 en un referéndum que buscaba legitimar su reelección indefinida, forzó la convocatoria de otra consulta, en 2009, para alcanzar lo que dos años antes había sido rechazado. Maduro, desde 2015, ha buscado de forma continua acabar con el único polo de oposición a su régimen, la Asamblea Nacional. Primero vaciándola de contenido y competencias gracias a una Sala Constitucional del Supremo controlada por el chavismo; y ahora convocando una Asamblea Constituyente que nace con el propósito de disolver el poder legislativo antichavista.

El futuro pasa por construir un proyecto de país consensuado por el chavismo y el antichavismo. Un proyecto que rescate la capacidad de diálogo de la época anterior a Chávez y que posea la preocupación social (pero sin clientelismo) que ha caracterizado al chavismo. Venezuela no será viable ni desde el elitismo de la IV república ni desde el populismo demagógico y autoritario de la V. Cualquier opción que se base en la exclusión conduce a prolongar la actual situación: la de un país dividido y enfrentado, con un Gobierno que legisla para una mitad contra la otra.

How Does Populism Turn Authoritarian? Venezuela Is a Case in Point. De Max Fisher/Amanda Taub

Hundreds of thousands of Venezuelans took to the streets of Caracas in October to demand a referendum to oust President Nicolás Maduro. Credit Meridith Kohut for The New York Times

Max Fisher/Amanda Taub, 1 abril 2017 / THE NEW YORK TIMES

When Hugo Chávez took power in Venezuela nearly 20 years ago, the leftist populism he championed was supposed to save democracy. Instead, it has led to democracy’s implosion in the country, marked this past week by an attack on the independence of its Legislature.

Venezuela’s fate stands as a warning: Populism is a path that, at its outset, can look and feel democratic. But, followed to its logical conclusion, it can lead to democratic backsliding or even outright authoritarianism.

Populism does not always end in authoritarianism. Venezuela’s collapse has been aided by other factors, including plummeting oil prices, and democratic institutions can check populism’s darker tendencies.

The country is feeling the fundamental tensions between populism and democracy that are playing out worldwide. Those tensions, if left unchecked, can grow until one of those two systems prevails. But although countries must choose which system to follow, the choice is rarely made consciously, and its consequences may not be clear until it is too late.

Hugo Chávez, then president of Venezuela, at a campaign event in Guarenas in 2012. His first election in 1998 was propelled by populism. Credit Meridith Kohut for The New York Times

When Mr. Chávez became president, the judiciary was dysfunctional and corrupt. A report by Human Rights Watch found that Venezuela’s top administrative court “had actually established set fees for resolving different kinds of cases.”

Less than 1 percent of the population had confidence in the judiciary. As a result, there was broad support for Mr. Chávez’s first round of judicial reforms in 1999, which increased judicial independence and integrity, according to a survey that year by the United Nations Development Program.

But when the Supreme Court refused to allow the criminal prosecution of four generals who Mr. Chávez believed had participated in an attempted coup against him, he came to see the judiciary as an obstacle to popular will and an accomplice of the corrupt elites he had promised to oppose.

Tensions grew in 2004 when the Supreme Court ruled that a petition for a referendum to recall Mr. Chávez from office had enough signatures to go forward.

Mr. Chávez gave himself the authority to suspend unfriendly judges and to pack the courts with new ones, destroying the judiciary’s power to act as a check on his presidency.

“Over the next several years,” the 2008 Human Rights Watch report found, “the newly packed Supreme Court would fire hundreds of judges and appoint hundreds more.”

In Mr. Chávez’s telling, this meant a judiciary that was more responsive to the will and needs of the people — a message that may have appealed to supporters who had voted him into office on explicit promises of smashing the corrupt old elite’s hold on power.

Supporters of Mr. Chávez during a campaign rally in Caracas in 2006. His message was that the country’s problems were caused by unresponsive, undemocratic elites. Credit Tyler Hicks/The New York Times

That requires handing power to unelected institutions, which are necessary to preserve democracy but at odds with the image of pure popular will. This contradiction leaves an opening for populists to challenge those institutions.

But when populist leaders take authority away from institutions to “return power to the people,” as such leaders often say, in practice they are consolidating this power for themselves.

“The logic of personalism drives populist politicians to widen their powers and discretion,” Professor Weyland wrote.

This is why populists often cultivate cults of personality. Mr. Chávez, in addition to hosting a Sunday talk show, held rallies and appeared almost constantly on television. This practice is typically driven by more than ego; such leaders derive their authority not from the rules-based system that governs consolidated democracies, but from raw popular support.

This works only as long as those leaders can claim to have a unique relationship with the public that enables them to attack internal enemies — say, the judiciary or the free press — on their behalf.

Consolidating Power for the People

Populism’s authoritarian tendencies could be seen in Mr. Chávez’s early battles with labor unions, which he had entered office promising to “democratize.”

Venezuela’s union leaders were corrupt, he argued, and had failed to protect workers’ rights.

His government created a parallel system of new unions, while undermining established unions over which it had less influence. But this set up a dynamic in which pro-Chávez unions were favored and dissenting unions were punished.

Mr. Chávez also began exercising more direct control over the powerful state-run oil company, a further extension of his message that power had to be taken back for the people.

But when workers from that company went on strike in protest in 2002, he fired more than 18,000 of them and prohibited the action.

By 2004, Mr. Chávez’s government had begun to blacklist workers, identifying people who had been disloyal to his government and excluding many of them from government jobs and benefits.

This sent a speech-chilling message: To oppose the president was to oppose his project of “Bolívarian socialism” on behalf of the people. Dissent, by that logic, was a threat to freedom, not evidence of it.

These episodes show how initial populist steps — standing up to unelected institutions, paving the way for seemingly necessary reforms — can take on a momentum of their own, until the list of populist enemies has grown to include pillars of basic democracy.

A shop in Bolivar State was looted in December amid rioting in protest of the retirement of the 100 bolivar bill. The country’s institutions have been so crippled that crime is rampant and corruption is near universal. Credit Meridith Kohut for The New York Times

Shortcuts to Democracy

In retrospect, these steps pointed squarely toward authoritarianism, culminating in the attempt this past week to muzzle the Legislature, which was among the final remaining checks on President Nicolás Maduro, Mr. Chávez’s successor.

That progression was not inevitable. Strong democratic checks can sometimes resist the pressures of populism and keep leaders in line. Italy’s Silvio Berlusconi, for example, left office with a mixed record and a storm of corruption charges, but with the country’s democracy intact.

But it is rarely obvious at the time which path a country is taking, and not only because initial steps toward authoritarianism often look or feel democratic.

Tom Pepinsky, a political scientist at Cornell University, has argued that authoritarianism is often an unintended consequence of structural factors that weaken institutions — such as an armed conflict or economic shock — and of incremental steps taken by leaders who may earnestly believe they are serving popular will.

“Just as democracies can be governed by authoritarians, so too can true-believing democrats lay the groundwork for authoritarianism,” Professor Pepinsky wrote on his blog in February. Decisions that feel like shortcuts to democracy — tossing out judges or vilifying a hostile news media — can, in the long term, have the opposite effect.

Along the way, this process can be difficult to spot, as it plays out mainly in the functioning of bureaucratic institutions that most voters pay little mind to. Elections are often still held, as they have been in Venezuela, the news media retains nominal freedom and most citizens can go about their lives as normal.

Venezuela exhibits the worst-case outcome of populist governance, in which institutions have been so crippled that crime is rampant, corruption is nearly universal and the quality of life has collapsed. But those consequences are obvious only after they have done their damage.

 

Carta de un patriota cooperante. De Alberto Barrera Tyszka

Fotografía de la serie Hasta en la sopa, de Diego Vallenilla.

Fotografía de la serie Hasta en la sopa, de Diego Vallenilla

Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 29 enero 2017 / PRODAVINCI

Compañero Diosdado:
Perdóneme la franqueza, pero no tengo otra manera de empezar: ¿qué vaina es esa, pues? ¿A usted qué le dio? Cuando leí la noticia, al principio, yo pensé que era un chiste pero, luego, cuando vi que la cosa venía en serio, me asusté. No puede ser, compañero. Ustedes no pueden seguir equivocándose de esa forma. Y cuando digo ustedes me refiero a ustedes: unidos o peleados, en bandos o en fracciones, son siempre el mismo grupetín que está allá arriba, rotándose los cargos, pasándose la pelota los unos a los otros, siempre en la pomada, pues. Ustedes están convirtiendo el autogol en el deporte preferido del chavismo.

prodavinciDéjeme explicarme, camarada. Esto de andar poniendo letreritos, pancartas, carteles o calcomanías en todos lados, diciendo “Aquí no se habla mal de Chávez” es —antes que nada— una estúpida manera de evidenciar que estamos en problemas. Si usted prohíbe algo es porque ese algo ya ocurre. ¿Me entiende? Se lo pongo más claro: si usted pone frente a su casa un aviso que dice: “Se pinchan cauchos”, usted está reconociendo que ya se hartó, que ya no soporta que haya gente que se la pasa estacionando su carro en ese lugar, delante de su residencia. Y por eso advierte, amenaza, prohibe. Pues lo mismito pasa con su gran idea. Usted, diputado Cabello, esta semana le ha anunciado a todo el mundo que en este país, en casi todos lados, se habla mal de Hugo Chávez. Que el Comandante Eterno ya no está en los altares sino en las muelas, en los refunfuños, en la exasperación, en el ayayay por todo lo que nos pasa.

¿Quién le dio esa idea, compañero? Parece una estrategia del enemigo. Es una vaina que no tiene ni pies ni cabeza. Se lo digo de pana. Yo creo que es una cosa que atenta, incluso, contra la identidad. ¿Usted ha visto cómo, en general, reaccionamos los venezolanos ante lo prohibido? ¿Usted ha visto cómo funciona nuestro ADN frente a cualquier protocolo del orden? Nos da piquiña. Nos cuesta. Las formas nos parecen una invitación a transgredirlas. Alborotan nuestras resistencias. Es el síndrome de la raya amarilla. Fíjese: cuando en el piso hay una raya amarilla y un anuncio que dice: “Espere su turno detrás de la línea”, ¿qué hace uno? Mínimo, pisa la raya. Y luego, saca un zapato hacia delante. O inclina medio cuerpo, como si la vaina fuera la partida de una carrera de caballos. Hay algo en ese tipo de indicaciones que nos incomoda enormemente. ¿Usted ha visto lo que importa un semáforo en Caracas? Nada. Pues estamos hablando de algo parecido. ¿Qué cree usted que va a pasar cuando un grupo de compatriotas llegue a una oficina pública y se encuentre, ahí, colgado en la pared, un letrero que diga “aquí no se habla mal de Chávez”? ¿Qué cree que es lo primero que van a hacer esas personas? ¡Exactamente! ¡Hablar mal de Chávez! ¡De forma inmediata! ¡En piloto automático y todos al mismo tiempo, además! Y si no los dejan hablar, entonces se van a quedar en silencio, mirándose, con una extraña complicidad, con una sonrisita pícara. Y en ese momento todos se van a poner a pensar mal de Chávez. De Chávez y de toda la cuerda de empleados que cuelguen letreros como ése en sus oficinas.

Pero pongamos que yo estoy equivocado, compañero. Que he sido vulnerable ante la campaña mediática de la derecha y del imperialismo gringo. Que estoy confundido y que usted tiene toda la razón. ¿Entonces? ¿Cuál es el proyecto? ¿Prohibir la crítica y el cuestionamiento? ¿Obligar a todo el mundo a quedarse en silencio, aceptando las cosas como están? Se lo pregunto así, de frente, porque usted también dijo que no hay “argumentos para hablar mal de Maduro ni de su gobierno”. O sea que la cosa sigue por esa vía. ¿Y entonces? ¿Hay que quedarse callado frente un hospital donde no funciona la emergencia por falta de insumos? ¿Hay que hacer silencio frente a la Masacre de Barlovento? ¿No hay que decir nada sobre la corrupción, sobre los miles de millones de dólares que nadie sabe dónde están? ¿Hay que quedarse callado ante la escasez y la inflación? ¿Cómo se tapan los gritos cuando uno ve a gente buscando comida entre bolsas de basura? ¿Qué es lo que quiere, diputado? ¿Convertir al país en una manada de mudos? ¿Esa es la revolución? ¿Así funciona la democracia participativa y protagónica? ¿La imposición del silencio es el nuevo plan de la patria?

Yo a veces siento, compañero, que ustedes viven en otro sitio. O que el país en el que ustedes viven no se parece en nada al nuestro. Ustedes viven en el país donde hay dólares y no existen los controles, en el país donde no hay que hacer colas y sobran los escoltas. En el país donde todas las noticias son excelentes y nadie tiene una crítica. Pero todos los demás, los que no estamos enchufados, vivimos en Venezuela. Y por eso somos lenguas largas. Todos somos mal hablados. Ustedes pueden seguir haciéndose los sordos. Pero jamás podrán prohibir que la realidad les hable.

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¿Qué enseña Hugo Chávez sobre Donald Trump y la política del espectáculo? De Alberto Barrera Tyszka

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Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 2 septiembre 2016 / THE NEW YORK TIMES/Español

Mucho antes de ser presidente, Hugo Chávez también organizó concursos de belleza.

Cuando era soldado solía desarrollar actividades culturales entre las que se destacaban las elecciones de misses. Sobre una tarima, micrófono en mano, Chávez también fungía como animador, guiando el concurso, motivando al público, leyendo el veredicto final. Ya su vocación de showman latía debajo de su uniforme. Según sus propias palabras, en estos improvisados certámenes, siempre copiaba los procedimientos que había visto en la televisión. Esa fue su gran escuela.

NEW YORK TOMES NYTAños después, en 1992, cuando intentó tomar el poder mediante un golpe de Estado, el espectáculo mediático le envió otra señal. Gracias a la televisión, su fracaso militar se convirtió en una victoria política. Cuando Chávez apareció en la TV, llamando a sus compañeros a rendirse, conquistó a la audiencia. Un minuto en la pantalla fue más eficaz y fulminante que los tanques, las ametralladoras y las balas.

Así se inició en la política. Su origen no está en las luchas sociales. Llegó a la presidencia sin haber ejercido nunca antes un cargo público, un puesto de representación, un trabajo que lo obligara a negociar con otros. Desde que ganó su primera elección (1998) hasta la última (2012), Chávez se fue haciendo un experto en convertir el espectáculo televisivo en una forma de gobierno.

Ahora Donald Trump le está proponiendo lo mismo a Estados Unidos.

Más allá de las diferencias ideológicas, Trump y Chávez comparten una misma vocación telegénica. Ambos construyen el liderazgo con las herramientas y los procedimientos del espectáculo mediático. Chávez aparecía todos los domingos en un show personal llamado “Aló, Presidente”, un programa donde podía cantar, comentar la realidad o nombrar y destituir ministros. No tenía límite de tiempo. El más largo duró 8 horas y 7 minutos.

Pero, además, Chávez podía decidir aparecer en los medios en cualquier momento. Para eso usaba las “cadenas” (emisiones que están obligadas a transmitir todas los medios radioeléctricos del país). Hasta el año 2012 había realizado 2377 cadenas, sumando 1641 horas en los medios. Como mínimo, Chávez tuvo diariamente 54 minutos de presencia protagónica en la televisión. Su verdadera utopía parecía ser la consolidación de un telegobierno.

De la misma manera, no se puede entender a Trump sin la televisión. No solo por el apoyo directo que le han dado algunos canales privados: una cobertura gratuita equivalente a 2 mil millones de dólares.

Se trata también de su propia identidad. Su verdadero crecimiento como personaje público se origina en The Apprentice, un show donde él era el animador, el juez y también el premio, y que acumuló 10 temporadas y millones de televidentes. Desde ahí comenzó a asociar su imagen a la idea de que los problemas financieros se pueden resolver muy fácilmente, con autoridad y en una hora de televisión. Así también es su campaña. Para él, la democracia es un concurso, un reality show.

Chávez y Trump son expertos en la provocación. Saben cómo producir continuamente una noticia. Manejan bien los falsos suspensos. Sus narrativas están más cerca de la ficción audiovisual que del debate político. Un ejemplo elocuente es la visita de Trump a Enrique Peña Nieto. Se mostró aplacado y diplomático en Ciudad de México y horas después, en Phoenix, no solo dijo que México pagaría cien por ciento del muro, sino que lanzó otro ataque feroz contra los inmigrantes. Su lógica no reside en el pensamiento sino en la emoción. Su coherencia solo es otra variable del show. Depende del auditorio. En el fondo, engaña en ambos lados de la frontera. Probablemente ni siquiera él mismo sabe lo que hará. No está gobernando. Solo está en campaña.

¿Realmente Trump puede levantar un muro en la frontera con México? ¿Es en realidad un proyecto probable, medianamente viable? No parece. Lo único que importa es el efecto emocional que esa promesa despierta en la audiencia. Su única consecuencia es mediática. Trump solo busca garantizar que el público siga —a favor y en contra— escuchando a Donald Trump.

Chávez también usaba la polémica como anzuelo. Era capaz de inventar o de magnificar un conflicto para mantener en vilo a su público. Conocía perfectamente el poder del lenguaje. En 2011 dijo: “Obama eres un fraude, un fraude total. Si yo pudiese ser candidato en Estados Unidos te barrería”. Son palabras que tienen la temperatura de un show televisivo. Donald Trump también conoce bien esos trucos. Y tampoco tiene ningún escrúpulo a la hora de usarlos. “El Estado Islámico honra al presidente Obama. Él es el fundador del Estado Islámico”, dijo. No hay ni una sola idea detrás de estas fórmulas. No hay pensamiento sino puro incendio mediático.

También su relato es muy parecido, de una fantasía halagadora. Ambos discursos denuncian un presente injustamente inmerecido. Ambos aluden a un pasado heroico. El primer spot televisivo de Trump ofrece el regreso a un supuesto pasado “seguro”. Trump promete como futuro la versión hollywoodense de la Segunda Guerra Mundial.

Chávez siempre propuso una vuelta a la épica de la guerra de independencia. Tanto que, incluso, le cambió el nombre al país y ahora somos la República Bolivariana de Venezuela. La premisa es la misma: existe un destino de gloria que nos ha sido arrebatado por una fuerza enemiga. Es un cuento esquemático pero muy eficaz: somos los mejores y debemos recuperar nuestros tesoros. También es un cuento peligroso: legitima la violencia.

Los discursos de Chávez y de Trump constantemente proponen la posibilidad de que la violencia sea la mejor solución para ciertos conflictos. Más allá de sus controversiales declaraciones sobre Hillary Clinton y la segunda enmienda, son muchos los ejemplos de Trump expresando incluso sus propias ganas de golpear a un adversario. Chávez hizo de la amenaza una rutina. Siempre recordaba que su revolución era “pacífica pero estaba armada”.

Un carisma como el de Chávez o Trump también es un síntoma. Reflejan lo que está en sus propias sociedades. Chávez surge en un país que había cultivado la certeza de ser un país rico pero que vivía en la pobreza. Un país con una larga tradición militarista, deseoso de soñar con un caudillo que llegara a distribuir equitativamente el botín petrolero.

De igual forma, el éxito de Trump también habla de su país. O al menos de un sector de su país que vive con incomodidad las consecuencias de la crisis económica y la globalización. Habla de un país que se ve a sí mismo como un país blanco, contaminado por la experiencia extranjera, sobre todo latinoamericana y árabe. De un país que se siente seducido por la intolerancia.

Tanto Trump como Chávez representan el espejismo de las soluciones mágicas. Son los nuevos caudillos mediáticos. Contagian la idea de que los problemas sociales tienen salidas fáciles y rápidas. Ambos representan la coronación de la frivolidad mediática, el triunfo de la televisión sobre la política. Se trata de una locura tentadora.

En Venezuela, las consecuencias de haber optado por un caudillo mediático son evidentes: los pronósticos de inflación para el 2016 superan el 700 por ciento. Casi 2 millones de habitantes han debido emigrar. La ONU ha confirmado que nos encontramos al borde de una crisis humanitaria. Ya sabemos que elegir a Chávez significó elegir la destrucción del país.

Donald Trump organizaba concursos de belleza y ahora quiere ser presidente.