América Latina

La democracia en América Latina: mejor de lo que suena. De Kevin Casas

Una persona ondea la bandera colombiana después del acuerdo de paz alcanzado con las Farc, en agosto de 2016. Foto: John Vizcaino/Reuters

Kevin Casas, exsecretario de Asuntos Políticos de la OEA y ex vicepresidente de Costa Rica

28 septiembre 2018 / THE NEW YORK TIMES

SAN JOSÉ, Costa Rica — América Latina vive una época de pesimismo democrático. Las malas noticias parecen multiplicarse: el colapso de toda semblanza de democracia en Venezuela y Nicaragua, el ascenso de un candidato fascistoide en Brasil, la interminable carnicería desatada por el crimen organizado en México, la larga lista de expresidentes latinoamericanos procesados, prófugos o presos por casos de corrupción.

No por casualidad, según cifras de Latinobarómetro, el apoyo a la democracia en la región ha perdido ocho puntos en menos de diez años: de 61 por ciento en 2010 a 53 por ciento en 2017. Al mismo tiempo, la proporción de quienes se declaran indiferentes entre un régimen democrático y uno no democrático ha subido nueve puntos en el mismo periodo: ahora es una cuarta parte de la población.

Es tiempo de prender luces de alarma, pero también de combatir el catastrofismo retórico prevaleciente, que alberga peligros reales. La percepción de que nuestras democracias son incapaces de construir sociedades mejores, embustes diseñados para proteger a los poderosos, puede conducir a desahuciarlas sin mayor ceremonia. Eso sería trágico, además de injusto. Así como decía Mark Twain sobre la música de Wagner, la democracia en América Latina es mejor de lo que suena.

Cabe empezar por lo más obvio: ya nadie cuestiona hoy en la región la vía electoral como la única legítima para acceder al poder. La transformación de las Farc en partido político clausura un largo ciclo de experiencias insurreccionales y de devaluación de las instituciones democrático-liberales por una parte considerable de la izquierda latinoamericana. Lo que aprendieron los guerrilleros, lo aprendieron también los generales. Como lo ha advertido el expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso: en medio de la grave crisis política de Brasil todos se preguntan qué harán los jueces, no los generales. Eso es progreso. Como progreso es que —con las excepciones de países en estado crítico, como Venezuela—, el fraude electoral puro y duro se ha convertido en una rareza en América Latina.

En Ciudad Juárez, al norte de México, un hombre vota en las elecciones presidenciales del 1 de julio de 2018. Credit José Luis González/Reuters

Lo que ocurre en el ámbito electoral de la democracia, se aplica también al acceso y al ejercicio de derechos económicos y sociales. En las últimas dos décadas, la región ha hecho avances notables en elevar los niveles de desarrollo humano. El estancamiento de los últimos tres años no debe hacernos olvidar que la pobreza en América Latina se ha reducido 18 puntos porcentuales desde 1990 o que la pobreza extrema hoy es menos de la mitad de lo que era en la década de los noventa. También ha caído la desigualdad: en diecisiete de los dieciocho países de la región hay un descenso del coeficiente de Gini en la última década. Tras ese progreso social ciertamente hay crecimiento económico, hoy menos visible que hace un lustro, pero también hay decisiones de política pública, como el aumento significativo de la inversión social. En 1990 esta última equivalía, como promedio, al 9 por ciento del PIB; hoy es casi el 15 por ciento.

La consolidación de la democracia electoral y la aceleración del progreso social son procesos que van ligados. La región avanza en la dirección correcta en el plano social porque la democracia, aunque con enormes imperfecciones, está haciendo su trabajo de permitir la participación y la representación de intereses antes excluidos y, en consecuencia, de reducir las disparidades socioeconómicas. La distribución de poder político que permite la democracia electoral termina por manifestarse en progreso social.

Una América Latina en la que la clase media, por primera vez en su historia, supera ampliamente a la población en condiciones de pobreza se traduce en una región donde la exigencia por bienes y servicios públicos de calidad —esto es: por el acceso a derechos fundamentales— será cada vez más potente. Una América Latina con una amplia clase media es una región donde millones de familias, que por vez primera tienen acceso a una casa, a un auto y a un préstamo bancario, harán valer todo su poder político para que el gobierno no haga locuras con los equilibrios macroeconómicos.

Aun en el componente del Estado de derecho —por mucho el más problemático de la consolidación democrática de la región— hay avances nada desdeñables. Las noticias del hallazgo de fosas comunes en México oscurecen el hecho de que en la mayoría de los países de la región las cifras de violencia criminal están bajando, no subiendo. Algunos de los países latinoamericanos más afligidos históricamente por la violencia —como Colombia, Guatemala y Honduras— han tenido una caída en la tasa de homicidios sostenida.

El otro gran problema de América Latina es la corrupción, que sin duda campea por toda la región. Pero su prominencia en la discusión pública es el resultado de transformaciones saludables: la creación de normas e instituciones que fortalecen la transparencia, la expansión de las redes sociales y la aparición de una ciudadanía más consciente de sus derechos y menos tolerante de la venalidad. Según cifras del Barómetro de las Américas del Proyecto de Opinión Pública de América Latina (LAPOP), en 2006 uno de cada cuatro latinoamericanos creía que se justificaba pagar un soborno en algunas situaciones. Ocho años después, la proporción había descendido a uno de cada seis.

El presidente guatemalteco Jimmy Morales durante la Asamblea General de la ONU en Nueva York, el 25 de septiembre de 2018 Credit Justin Lane/EPA, vía Shutterstock

La reciente negativa del presidente Jimmy Morales a renovar el mandato de la Comisión Internacional contra la Corrupción y la Impunidad en Guatemala (Cicig) es un enorme retroceso para América Latina. Pero tan solo en los quince días siguientes a la defenestración de la comisión, Elías Antonio Saca se convirtió en el primer mandatario salvadoreño en ser condenado a prisión por un tribunal, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner fue procesada por presuntamente liderar una extensa red de sobornos en Argentina y el otrora invencible Luiz Inácio Lula da Silva debió renunciar a su candidatura presidencial desde la cárcel, bajo la sombra de la corrupción. Por primera vez, en algunos de nuestros países se está dando el paso crucial del simple aumento de la transparencia a la reducción de la impunidad. Eso también es progreso.

Ese avance es lento, pero no debemos perder de vista que a Estados Unidos le tomó casi doscientos años hacer posible la igualdad de derechos para la población afroestadounidense y que Europa duró nueve siglos en pasar de un parlamento de nobles a un parlamento electo por sufragio universal.

En solo una generación, con altas y bajas, las democracias que nacieron en América Latina tienen logros reales que mostrar y es vital no olvidarlo en este invierno del descontento.

Jair Bolsonaro y los otros profetas enloquecidos que pueblan nuestro paisaje político parecen tener razón en un aspecto: falta mucho por hacer para construir sociedades equitativas, comunidades seguras y gobiernos eficientes y transparentes. Pero la democracia es nuestra aliada, no nuestro obstáculo. El vaso democrático está más que medio lleno. Ahora hay que continuar llenándolo con respeto al Estado de derecho, con integridad en la función pública, con libertad de prensa, con transformaciones tributarias impostergables y con mayor inclusión social.

Continuar con la tarea de construcción democrática que iniciaron los latinoamericanos durante el siglo pasado es nuestro deber, pero es también nuestra única oportunidad. Con todos sus exasperantes defectos y limitaciones, la opción a la democracia en América Latina es una sola: la oscuridad.

Alma Guillermoprieto, maestra del periodismo. De María Paulina Ortiz

Alma Estela Guillermoprieto Panigua nació en 1949, en Ciudad de México. Esta entrevista se enmarca en el anuncio que la da como la ganadora del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Es un repaso por las grandes lecciones que a ella le dejaron 40 años en periodismo, aunque aún se defina como exbailarina.

Alma Estela Guillermoprieto Panigua. Foto: Sebastián Jaramillo

Una entrevista de María Paulina Ortiz (Revista Bocas/El Tiempo/Colombia), publicada el 8 de julio 2018 por La Prensa Gráfica/Séptimo Sentido

En su cocina están las huellas de sus experimentos. Lo que ahora tiene en la cabeza es cómo lograr una buena masa para hacer pizza. No quiere que le quede muy delgada, tampoco muy gruesa: intenta encontrar el término preciso y está dispuesta a dedicar las horas que sean necesarias para conseguirlo. Alma Guillermoprieto es perseverante también en eso. Lo ha sido durante sus 40 años de vida periodística, años en los que ha perseguido historias por toda América Latina y oído a sus protagonistas con la atención y la paciencia del que sabe que al otro lado hay una vida que importa. Años en los que ha escrito los mejores artículos sobre la realidad de estos países –sus revoluciones, sus conflictos– y que ha publicado en medios como The New Yorker, The New York Review of Books, The Guardian o The Washington Post.

Mucho de lo que los lectores de habla inglesa conocen del conflicto colombiano, y del latinoamericano en general, se debe precisamente a los textos de esta escritora y periodista que se ha dedicado a investigar, entender y traducir nuestra realidad, con la profundidad y la sensibilidad necesarias para transmitir lo que significa un territorio tan complejo. Sus reportajes están reunidos en libros como “Al pie de un volcán te escribo”, “Los años en que no fuimos felices”, “Desde el país de nunca jamás”, “Historia escrita” y “Las guerras en Colombia” (que este mes tendrá una nueva edición). También es autora de “Samba”, su primer libro, en el que relata la vida cotidiana de una escuela de samba en una favela de Río de Janeiro; de “La Habana en un espejo”, que describe los meses que vivió en la capital cubana como profesora de danza; y de “Los placeres y los días”, donde reúne, entre otros, su texto sobre el tango y sobre Celia Cruz. Ningún tema le es ajeno. Durante dos años escribió una columna de gastronomía en la revista mexicana Nexos y ahí daba rienda suelta a una de las cosas que más le apasionan: la comida.

Ya es conocido que llegó al oficio del periodismo por accidente, que su sueño era ser bailarina y terminó siendo cronista estrella de The New Yorker; que nació en Ciudad de México, hija de padre mexicano y madre guatemalteca; que su nombre completo es Alma Estela Guillermoprieto Paniagua y que ese Guillermoprieto –así, unido– viene de muchas generaciones atrás y si se escarba, llegamos a dar con el poeta y político mexicano de comienzos del siglo XIX Guillermo Prieto; que en 1995, Gabriel García Márquez la buscó porque quería que formara parte de lo que en ese momento era un sueño: la Fundación Nuevo Periodismo. Alma inauguró el taller de crónica en Cartagena y continuó dictándolo durante muchos años. Por ese taller han pasado decenas de reporteros latinoamericanos que se quedaron con sus enseñanzas en la memoria. Sus enseñanzas y su ejemplo. Porque de lo que ella se aprende no es solo teoría del oficio, es una forma de ser periodista. Sabemos también que le gusta leer novelas largas –aunque hoy prefiere la no ficción, sobre todo la ciencia– y que disfruta el tiempo junto a las plantas que están en su balcón. Alma tiene un nombre que le encaja muy bien.

El mes pasado recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, y así se une a un prestigioso listado de ganadores en la misma categoría, en el que aparecen personajes como Umberto Eco, George Steiner, Annie Leibovitz, Zygmunt Bauman o Ryszard Kapuscinski. Ya tiene en su haber el María Moors Cabot –el reconocimiento internacional más antiguo en el periodismo– y el Ortega y Gasset, que le entregaron el año pasado por su trayectoria profesional, para citar solo dos más de los premios que ha recibido. Desde que anunciaron que el Princesa de Asturias había llegado a sus manos, Alma Guillermoprieto ha tenido que responder decenas de entrevistas. Y no hay que conocerla tanto para entender que ella prefiere estar del otro lado de la libreta: en el lugar del que toma notas y pregunta.

Suele decir que en su carrera resultó esencial la presencia del editor. ¿Cuál de todos la marcó más y qué enseñanzas recuerda?
John Bennet, sin duda. Él editó todos mis textos en The New Yorker. Y es curioso porque, cuando trabajábamos juntos, era la intimidad absoluta. Fuera de eso, nada. Se jubiló hace dos años y no le he mandado ni una notita. Increíble. Después de 20 años de trabajo. ¿Qué me enseñó? Si es aburrido, no va. Quita lo más que pueda los entrecomillados porque es difícil que alguien hable de manera más interesante que tú, y vuelven lento el texto. Me acuerdo cuando estaba trabajando en el reportaje sobre Lima, durante el fujimorazo, que yo buscaba una palabra para el párrafo en el que decía que todo estaba tan caro que la gente escuchaba hablar de un guiso y se moría de la risa. Pero lo que había oído que producía risa no era una palabra chistosa en inglés. Era espagueti. Y no funcionaba. John y yo nos pusimos a buscar la palabra precisa. Hablamos una hora a larga distancia, cuando esas llamadas costaban plata, sobre esa pendejada. Riéndonos. Hasta que de repente dije: ¡Noodles! Y claro: esa era. La chispa de una frase dependía de eso; para que cuando yo dijera que la gente se reía, el lector se riera también. Ya no quedan editores así. Y bueno, está su lección de ética: trata a todos tus entrevistados como si tuvieran $5 millones para meterte una demanda con el mejor abogado.

Buena lección. Con frecuencia a la gente sin recursos, a los desconocidos, a los humildes, se les pasa por encima.
Claro, porque los pobres no tienen abogados. Entonces muchos escriben de ellos lo que se les ocurre. Y se meten a su cuarto, hasta adentro, sin pedir permiso.

Empezó en el periodismo a finales de los años setenta, cubriendo la insurrección sandinista en Nicaragua. ¿Por qué resultó tan importante para usted en ese momento la compañía de la fotógrafa estadounidense Susan Meiselas?
Yo tuve la ventaja de no saber nada de periodismo cuando inicié mi vida como reportera. No tenía idea. No sabía cuáles eran los grandes medios. Escribía para The Guardian y pensaba que era un pasquín. Y cómo no iba a serlo, si me habían contratado a mí. Además, pagaban una miseria. Susan era de mi edad y nos hicimos amigas rápidamente. Ella llevaba varios meses en Nicaragua y era como la guía. Yo dormía en el piso de su habitación porque el dinero no me daba para pagar un cuarto de hotel. Salíamos juntas a trabajar. Como todos los buenos fotógrafos, ella es muy buena reportera. Viéndola trabajar fue como aprendí a reportear. Aprendí que si no te acercas, no tomas la foto. Si no te acercas, no tienes el artículo. Y me extrañaba que otras personas se quedaran en Managua y salieran luego con unas notas preciosas. Porque iban a hablar con los embajadores, iban a las conferencias de prensa y reporteaban muy bien otro mundo que a mí nunca me interesó. Si yo me hubiera tenido que dedicar a ruedas de prensa y charlas con ministros, no duro un mes en este oficio. A mí lo que me emocionaba era la vida. La posibilidad de acceder al mundo, de vivir una vida grandota. Eso fue lo que me sedujo. Lo otro, jamás.

Sus primeros textos aparecieron como freelance en Latin American Newsletters y The Guardian. Pero después tuvo puestos fijos en las salas de redacción de The Washington Post y de The Newsweek. ¿Qué fue lo que no le gustó de esos cargos?
Que no me gusta estar en una oficina. Eso. La conformación del espacio físico de las oficinas me pone de mal humor. Y mira que la que tuve en Río de Janeiro era divina, y yo tenía libertad absoluta. En el fondo, creo que no me gustó porque soy escritora. En ese momento todavía no lo sabía. Aunque, para impaciencia eterna de mis editores de The Washington Post, lo que hacía era escribir reportajes y no escribir lo que había reporteado.

Que es algo bien diferente. ¿Y le desbarataban los reportajes?
No, lo que hacía Karen DeYoung, mi gran amiga y editora, la que me llevó a The Washington Post, era agarrar unas tijeras y cortarle toda la primera mitad. Y lo hacía de una manera mucho más civilizada que los de The Guardian. Se quedaba con el final, con la segunda parte, que era donde yo dejaba de echar mi rollo literario, de echar el cuento.

¿Eso la frustraba?
No le daba mucho valor. Yo escribía lo que me parecía que era interesante y ellos se quedaban con lo que les parecía útil. Tampoco era que yo pensara en algo como “voy a desplegar mi arte”. No, para nada. Hacía lo que se me ocurría y no era un pleito cuando me lo cortaban. Nunca he sido muy teatrera en ese sentido.

Fue en The New Yorker, entonces, donde sus historias empezaron a salir completas.
Sí, aunque yo ya acababa de entregar el manuscrito de “Samba”, mi primer libro.

¿Por qué ese libro no está traducido al español?
Nunca he encontrado una traducción en la que sienta que se escucha mi voz. De alguna manera, “Samba” es mi libro más personal. Es en el que más he buscado la calidad de la escritura. Y no me imagino cómo quedaría traducido. Además, quedé curada de espanto porque lo tradujeron al francés y resultó tan horripilante que dije “nunca más”.

En la revolución cubana se había impuesto mucho
la ortodoxia soviética, y decía que efectivamente
el arte era una cosa secundaria. Y que o servía a las
masas o no tenía valor. Esa es una diferencia muy importante:
si el arte no tiene valor en sí, un artista no puede existir.

¿Cómo es su relación hoy con “Samba”?
Quiero mucho ese libro. Le veo errores. Es muy largo, la estructura no es la mejor. Me hubiera gustado tener una editora más exigente, que le hubiera cambiado algo. Pero les gustó, y le pusieron ese título espantoso. Lo quiero por lo que fue la experiencia de reportear y por lo que representa. Fue un año de trabajo. Viviendo en la favela un mes. Pero yendo todos los días, desde muy temprano y hasta las 4 de la mañana, un año entero. Renuncié a Newsweek y para ir a reportearlo. Después me vine a Bogotá, con mi trasteo, en 1988, a escribirlo.

Vivió aquí de 1988 a 1992. Pleno narcoterrorismo, Pablo Escobar, carteles. ¿Esto le interesó como tema? ¿Por eso eligió Bogotá?
No, no fue por nada de eso. Me he dado cuenta de que a mí me gustan los lugares altos. Como asomaditos al mundo y aislados al mismo tiempo. Y en ese momento no se paraba ni una mosca por acá. No había extranjeros. Conocía a dos: Joe Broderick y Penny Lernoux, que fue quien realmente me entusiasmó para venir aquí. Mi gran amiga Penny. Ella escribió dos libros muy importantes: uno sobre la Iglesia colombiana, López Trujillo y compañía (él le dio una cachetada una vez), y otro sobre los bancos y el Vaticano. Una mujer fantástica.

Había pocos extranjeros, pero mucha rumba.
Sí, cómo no. Eso era muy rico. Estaba La Teja Corrida, El Goce Pagano, Salomé, Café Libro. Unos rumbeaderos deliciosos, de DJ, antes de que existiera ese término propiamente. Pistas atiborradas de gente echando pasito. Me imagino que todavía hay, lo que pasa es que ya no voy a eso.

¿Hizo buenos amigos en Bogotá?
Muy buenos. Cuando llegué era fácil hacer buenos amigos, hoy creo que no tanto. En esa época, si llegaba una extranjera, la gente te miraba con asombro y con agradecimiento. Te abría las puertas de su casa fácilmente, lo que hoy ya no ocurre. Además, era un tiempo en que tocaba compartir durezas, y eso hace que las amistades sean muy fuertes. Cuando compartes duelo. Eso marca mucho.

Entre sus amigas estaba Silvia Duzán, la periodista asesinada por paramilitares en 1990…
Sí, fuimos amigas. Silvia era una muchacha de una vitalidad, una alegría de vivir y una curiosidad por el mundo excepcionales. Yo estaba en Managua, durante la derrota del Frente Sandinista en las elecciones, cuando me llamó el director de The New Yorker y me dijo que me estaban buscando de Bogotá para informarme que Silvia había muerto.

Como casi todos nosotros, ha tenido amigos muertos por la guerra…
Sí. Y eso me hizo también parte de este país.

La primera vez que vivió en Bogotá fue en 1988, pero usted ya había pasado por aquí en 1973. ¿Cómo recuerda ese viaje?
Fue cuando iba rumbo a Chile, a estudiar por fin en la universidad. Me subí al avión el 11 de septiembre. Aterrizamos en Buenos Aires. No pudimos hacerlo en Santiago. Fue muy duro. En ese trayecto pasé por Colombia. Tomé un tren de Santa Marta a Bogotá. Lo único que me acuerdo de ese viaje es que era un tren infame, con asientos de madera, lento, lentísimo, con los vidrios empañados y sucios. Y en esa modorra tremenda del calor, paramos y vi a través del vidrio un letrerito que decía Aracataca. Era una estacioncita en medio de la nada.

¿Ya había leído a García Márquez?
Ah, claro. De memoria me lo sabía. Leí “Cien años de soledad” en una sola noche. Estaba en Nueva York viviendo con mi mamá y una amiga de ella llegó de México y nos dijo: les traje este libro que lo tienen que leer porque es maravilloso. Eso fue en 1967. Amanecí leyéndolo, despacito para que no se acabara. Entonces pasar por Aracataca fue maravilloso. Y una cosa más increíble todavía, absolutamente absurda: a la salida se nubló muchísimo, se puso negro, como que iba a caer un aguacero, y cuando me di cuenta había en la ventana una nube de mariposas amarillas.

Puro realismo mágico. Podría pensarse que no fue verdad.
Sí, uno puede decir que no fue verdad. Pero pasó. Porque además antes había muchos más insectos en el mundo. Ahora me doy cuenta, manejando por la carretera, que no se te queda en el parabrisas ni un solo insecto. Se están acabando. Y las mariposas más.

¿Cómo fue esa primera imagen de Bogotá?
En esa ocasión solo estuve de paso, pero sí me acuerdo que era una ciudad pacata, gris, donde se comía tan mal que yo, que soy de tan buen apetito, no comía. Bastante sin gracia. Perdón.
Algo ha cambiado… Cómo no. No sé por qué, pero es una ciudad vital, interesante. Y hoy se come muy bien.

Cuenta que en Nueva York vivía con su mamá. ¿Cómo fue su relación con ella?
Fue una influencia enorme en mi vida. Una mujer brillante. Gran lectora. Tenía mucho talento para escribir. Era secretaria y durante muchos años tuvo una columna en una revista mexicana. Era bilingüe y se preocupó mucho porque yo no perdiera el español. Una mujer con mucha chispa y sentido del humor. Muy vital. Creo que fue un golpe para ella que yo no quisiera ir a la escuela ni a la universidad. Si de pronto se le ocurrió que no era lo mejor para mí seguir una carrera en la danza, nunca me lo dijo. Si temía por mi vida cuando yo estaba en Centroamérica, jamás me lo dijo. Después me enteré por su mejor amiga que, por supuesto, se preocupaba. Pero nunca me habló de eso. Era una mujer de una gran libertad. Y que respetó siempre mi libertad.

¿Por qué quiso ser bailarina? ¿Alguien bailaba en su familia?
Creo que, hasta la fecha, somos muchísimas las niñas que hemos visto “Las zapatillas rojas” a los seis, siete, ocho años. Y algo que para mí sí es un misterio: por qué las niñas vemos una película en la que la protagonista se muere bailando, literalmente, y decimos “quiero ser bailarina”. Y a partir de ahí nadie nos quita eso de la cabeza. Esa película fue una influencia enorme. Una amiga tiene una hija de 10 años que está fascinada con el ballet y le dijo algo increíble como “yo sé que para bailar hay que sufrir”. Y es una niña feliz, con un hogar feliz. Me parece que con esa idea, con esa emoción, entramos todas a la danza. Hay algo muy poderoso en eso para las mujeres.

¿La dificultad que implicaba le llamaba la atención?
Tú sabes que los delfines, por ejemplo, cuando los tienen en cautiverio y les enseñan cosas, llegan a su práctica muertos de la emoción. Es maravilloso que te reten, que superes obstáculos, que aprendas una cosa nueva todos los días, que avances. Eso está no solo en la mente humana, sino en la naturaleza de todo ser vivo con inteligencia.

A los 16 años deja Ciudad de México para irse a Nueva York, tras el sueño de la danza…
Sí, precisamente porque mi madre estaba viviendo allá y me dijo que fuera, con la idea de que siguiera mi formación en el estudio de Martha Graham. Yo estaba bailando con una compañía mexicana, el Ballet Nacional de México, donde usábamos la técnica Graham como método de entrenamiento. Así que ir a su estudio me llamó muchísimo la atención.

Tuvo maestros muy reconocidos. No solo Graham, sino Merce Cunningham o Twyla Tharp.
¿Cuál de todos ellos fue el que le dio el no a su carrera en la danza?
Twyla Tharp. Aunque después, cuando regresé de Cuba y estaba sumamente desnutrida y flaca, Merce vino un día y a su manera me dijo que le gustaría que yo volviera a un ensayo. Yo en ese momento ya estaba con la Revolución. Y le dije que no.

O sea que quedó una puerta abierta en la danza…
Sí.

El período que vivió en La Habana, como profesora de un grupo de bailarines cubanos, fue difícil para usted. Incluso dice que esa temporada le cambió la vida. ¿Por qué?
Porque me sacó de la danza, que era mi universo. Me quedé en el limbo.

Hubo un momento, durante ese período, en el que se planteó si en realidad el arte servía para algo…
Es que en la revolución cubana se había impuesto mucho la ortodoxia soviética, y decía que efectivamente el arte era una cosa secundaria. Y que o servía a las masas o no tenía valor. Esa es una diferencia muy importante: si el arte no tiene valor en sí, un artista no puede existir.

A los seis meses de irme de Cuba fue el escándalo de Heberto Padilla, que tuvo que retractarse públicamente de sus poemas porque a alguien se le ocurrió que eran antirrevolucionarios. Seis años antes de que yo llegara, el arquitecto de las escuelas nacionales de arte donde di clases había tenido que irse del país y quedó en la ignominia, porque su arquitectura era contrarrevolucionaria.

O sea, una vez que estableces ese criterio, cualquier cosa puede ser contrarrevolucionaria, que es lo que sucedió con el estalinismo. En Cuba nunca hubo estalinismo, pero sí la posibilidad de que gente envidiosa destruyera las carreras de otras personas con ese argumento. Y yo me lo creí. Creí que, efectivamente, el arte que no servía para algo iba en contra de la revolución. Y como no pude con esa contradicción interior, me salí de la danza.

En The New Yorker el texto tiene calidad literaria o no.
Aunque eso era antes. Creo que ahora lo que importa es
la información. Antes podías escribir sobre un señor
que criaba verduras miniatura y, si tenía calidad literaria,
funcionaba. Ya no. Son los tiempos.

Es increíble cómo llegó a estar de involucrada con el espíritu revolucionario.
No hay nadie que tenga un temperamento menos partidario y de masa y de fervor ideológico que yo. Pero es que tener 20 años y estar sola, desconectada absolutamente de todas tus relaciones, todas, tu familia, tus amistades, tu actividad, todo, te produce eso.

En ese tiempo usted se deprimió y llegó a pelearse con la vida…
Sí, fue una depresión muy fuerte. Hay una cosa de la que se habla poco y son los suicidios dentro de los regímenes revolucionarios. Porque obligatoriamente mucha gente, y no solo los artistas, entran en contradicción con sí mismos, con lo que desean y con lo que se tolera. ¿Qué dice Shakespeare? El infierno que puede haber entre el momento en que se te ocurre algo y lo llevas a cabo.

Usted relata todo lo que vivió durante esos meses en La Habana en un espejo, el único libro en el que habla de su vida personal de forma tan directa. ¿Cómo se sintió al escribirlo?
Fue interesante. Ese libro me permitió ver muchas mentiras que yo tenía acerca de mí misma. En ese sentido fue muy saludable. Escribir sobre uno mismo es muy sanador. Yo me había tenido una cierta autocompasión antes y había pensado que la vida me había tratado mal y de repente entendí que lo que en realidad sucedió fue que mi vida había sido maravillosa en muchos sentidos. El regalo del arte, de la danza, de tantos mundos que he podido conocer.

Después de La Habana viajó a Nueva York y luego a Nicaragua. ¿También por el tema revolucionario?
Claro. Pero antes yo había regresado a México. Y trabajé primero como profesora de inglés, luego como profesora de español con unos becarios japoneses, y después como intérprete simultánea, que es lo mejor que me ha salido en la vida. Era buenísima en eso, buenísima. Empecé traduciendo congresos médicos y ahí seguí. De veras, era excepcional. Jamás tomé un curso y no me costaba ningún esfuerzo. Ese ha sido mi talento mayor, realmente. Fue una época bonita. Y en esas estaba cuando me fui a Nicaragua.

En un momento en el que podía poner en riesgo su vida…
Cuando eres joven, no piensas en esas cosas. Jamás. Yo venía de la derrota de Salvador Allende y ese horror que fue Chile. Y de repente aparece una cosa que, no sé cómo, pero se sentía que iba a triunfar. Desde la primera imagen que vi en la televisión, que era la secuela de la toma del Congreso por los sandinistas, la gente que salió a las calles masivamente, era claro que iban a triunfar. Y dije: quiero ver eso.

La terquedad, que es una de sus características.
No cabe duda. Si yo me reconozco algún mérito, es ser terca. Y algún defecto también.

Esa terquedad, enfocada en el trabajo periodístico, ¿tiene algún límite? ¿O llega un momento en el que desiste?
Hay un momento en que reconozco una imposibilidad. Pero mientras haya una opción, continúo. Como con el papa Francisco, que no me dio la entrevista para el perfil que escribí, pero hasta el último día estuve haciendo el intento por todos los medios posibles. O cuando me fui a parar en frente de la cárcel de Bello, en Antioquia. Estaba haciendo un texto sobre la masacre de Segovia. Fue mi primer artículo para The New Yorker, aunque nunca salió. Le dimos 20 vueltas y no logramos armarlo. Pero le trabajé. Y me habían dicho que uno de los que había participado en la masacre estaba en esa cárcel. Tomé mi camioncito y me fui. Al llegar, me dijeron que no podía entrar. Yo iba vestida con mi ropa brasileña, tan chic, no te imaginas. Una falda negra hasta los tobillos, divina. Unos pliegues, un lino finísimo. Y una blusita blanca, de lino también. Y dije pues me voy a quedar aquí al rayo del sol hasta que algo pase. Como a la hora, me abrieron la puerta y me dijeron: “Hermana, venga”.

¡Pensaron que era una religiosa!
¡Claro! Una evangélica. Fue buenísimo. Y la entrevista estuvo de parar los pelos. Él no confesó que había participado, pero me contó su vida.

¿Y el texto nunca salió?
No, no lo logramos. En The New Yorker el texto tiene calidad literaria o no. Aunque eso era antes. Creo que ahora lo que importa es la información. Antes podías escribir sobre un señor que criaba verduras miniatura y, si tenía calidad literaria, funcionaba. Ya no. Son los tiempos.

Los reportajes que conocemos en todos sus libros fueron originalmente escritos en inglés. ¿Se siente mejor escribiendo en ese idioma?
Todos excepto “La Habana en un espejo” y las columnas de comida. Lo que pasa es que yo me hice escritora en inglés y en The New Yorker. Cuando escribí “La Habana en un espejo” –que lo hice en español para sacarlo de un contexto gringo porque yo viví esa experiencia como una muchacha de 20 años mexicana–, me di cuenta de que no soy tan buena escritora en español, y además me dañó el inglés. Entonces, dije “no lo vuelvo a hacer”. Llevaba años perfeccionando un instrumento y tuve que desmontarlo y montar otro aparato, y fue difícil retomarlo después.

En inglés se le nota, además, una ironía que a veces no alcanza a percibirse en las traducciones al español…
Sí, el inglés tiene metido eso. El wit, esa cosa tan particular con las palabras, con la ironía, con la distancia. Me gusta y me ha servido mucho para escribir. En español no es tan fácil el juego de palabras. Es menos juguetón. Por eso hay tan pocos escritores cómicos en este idioma. Si te pones a ver, ¿quién? Ibargüengoitia, que se merece estatua, ¿y quién más? Bioy Casares, de pronto, Osvaldo Soriano. Son muy pocos. Como que escribir en español es una actividad seria, ¿no? Zafarme de eso también fue muy importante. Todos los escritores del Boom te contaban que ponían a Tchaikovsky para escribir, a Prokófiev. Y yo decía: órale.

Este oficio del periodismo puede también ser una especie de autobiografía, ¿no le parece?
Totalmente.

¿Ha buscado, quizás, una respuesta sobre usted?
Durante toda esa época en Centroamérica seguramente estaba tratando de procesar todavía el año que viví en Cuba. Aunque no me diera cuenta de eso. Pero, por otro lado, también estaba descubrir América Latina. Los mexicanos somos muy orgullosos, con mucha razón, además, de nuestro país. Pero descubrir Latinoamérica fue una aventura maravillosa. Un país fascinante como Colombia, por ejemplo, o como Brasil, aunque nunca me enamoró de la misma manera. O Argentina. O Perú. Fue maravilloso haber convivido con cada país. Quién me iba a decir que iba a pasar un total de seis meses reporteando en Bolivia.

Después de recorrer estos países y de ese conocimiento profundo de Latinoamérica, ¿por qué cree que parecemos condenados al conflicto, a la violencia?
No sé. En épocas en que la violencia era revolucionaria, que era una cosa light si lo miramos en comparación con lo que es la violencia hoy, yo me preguntaba por qué no hemos tenido un movimiento revolucionario político pacifista, por qué acá nunca ha habido un Martin Luther King o un Gandhi. Esa es la gran pregunta para mí. Además, si lo hubiera, no tendría ni cinco de posibilidades. Y en parte creo que se debe a la religión católica y su énfasis sobre los mártires. El martirologio lo traemos como parte de nuestra concepción del mundo. El Che Guevara, de alguna manera, encarnó todo ese deseo de martirio y muerte.

Y también está la voluntad tremenda de los regímenes de derecha de crear mártires a mansalva. Cuando yo hacía la pregunta, me decían es que aquí tú no puedes protestar pacíficamente. No, pero en la India tampoco. Y en Estados Unidos tampoco, en épocas de Martin Luther King. Eso es una parte. También creo –comprobadamente en el caso de Brasil– que la guerrilla que estuvo presa dejó una enseñanza de la violencia a los presos comunes. Eso se transmitió. Y viceversa, en Colombia: la guerrilla se volvió criminal. Ese juego entre violencia y crimen no ha ayudado. Y en eso se montó el narcotráfico. El gran culpable de la violencia en América Latina es Estados Unidos y la prohibición de las drogas.

Porque eso ha dado para alimentar generaciones de criminales. Tampoco entiendo mucho por qué la gente mete cocaína, por ejemplo, si se pone a pensar de dónde viene. Cuánta gente ha muerto o ha sido explotada brutalmente en el proceso.

¿Cómo ha visto el acuerdo de paz en Colombia?
Accidentado, pero fundamentalmente glorioso. Un país sin guerra es mejor que un país con guerra. Pero creo que aquí hay una especie de estrés postraumático que hace que a la gente le parezca normal vivir con violencia. Todas las dificultades que ha tenido el proceso de paz surgen de esa incapacidad para voltear la página y decir esto ya pasó, esto ya terminó y ahora hay que hacer un intercambio de cosas que uno cede para que eso que nos ha atormentado tanto tiempo –que es la violencia y la criminalidad de los grupos armados– se acabe. Y es trágico lo que ha sucedido. Porque Colombia es un país que cuando mira al futuro, es glorioso, y cuando se queda trabado en el pasado, no se abre puertas.

México también está pasando por un momento complicado…
No creo que lo de México sea un momento, es una condición de la que nos vamos a tardar años en salir. Quizá sea por los temblores, pero México es un país que sí sabe darle la vuelta a la hoja. Esto pasó y ya, mañana a otro cuento. Pero la corrupción que fomentó y aupó el PRI durante 72 años es absolutamente general. Y es la que ha permitido que la violencia sea tan desbordante. El narcotráfico se montó en la corrupción y hoy es el que manda. Allá tenemos un problema que no me imagino cómo resolver. Es más grave que el de Colombia porque finalmente, aunque frágiles, aquí están los acuerdos de paz. Se hicieron. Lo de México no veo por dónde empezar a resolverlo porque no hay dos partes que se sienten a platicar.

Usted vivió un año en Europa. ¿Cómo le fue en ese continente?
Viví en Madrid, Londres y París. Pero París es un lugar al que vuelvo siempre. Me gusta, a pesar de que se ha vuelto una especie de Disneylandia para turistas. Pobres parisinos. Entiendo por qué son tan malhumorados. Y mira que el único país donde he sido víctima de racismo es Francia. Un tipo se negó a venderme un boleto de tren. Eso pasó hace tiempo, pero no creo que haya cambiado. La migración va a ser un problema grave en el mundo porque no va a parar. El cambio climático va a provocar una migración nunca vista. De hecho, ya la está provocando. La crisis del medio ambiente es una crisis política.

Ha escrito temas alejados de la violencia y los conflictos, como el reportaje sobre el tango o sobre Celia Cruz. ¿Cómo se siente cuando hace estos textos?
Si tú ves, en mi primera época de The New Yorker, no hay textos sobre violencia. “Al pie de un volcán te escribo” no es un libro sobre violencia. Pero la verdad es que sí le agradezco muchísimo a National Geographic que me haya dado la oportunidad de escribir las notas más divertidas de mi vida. Que me mandó a Buenos Aires a escribir sobre el tango. O me pidió que fuera a Bolivia a escribir sobre las cholitas. Qué delicia. Como las columnas de gastronomía, el texto sobre la canción ranchera o el de Celia Cruz. Siempre he sentido más urgencia de escribir sobre las injusticias que padece la gente de este hemisferio, pero cuando puedo hacerlo sobre otra cosa, soy feliz. Qué dicha escribir sobre las infinitas maneras que tiene la gente, esa misma gente, de sobrevivir y gozar.

Le gusta mucho la cocina. ¿Por qué?
Por la satisfacción de compartir. Yo no cocino para mí. Me fascina ofrecerles a los demás. Me encanta una mesa rodeada de gente feliz con lo que está comiendo. No lo hago mucho, pero cuando puedo me muero de la felicidad. Justamente ahorita estoy haciendo masa tras masa de pizza para encontrar la que me quede como quiero. El pan es algo mágico: harina, agua, sal y unos bichitos vivos que se llaman levadura. Y con eso haces qué cantidad de cosas increíbles. El pan me fascina. Hacerlo. Y transformar.

La música es otra de sus aficiones…
Todas las músicas afro me mueven mucho. Desde el blues de Chicago hasta no tanto la bossa nova, sino la samba propiamente. Pasando por la salsa cubana y neoyorquina. Y la clásica, claro. Pero hoy escucho mucho menos música que antes. No sé si es porque no tengo un equipo bueno acá, pero la verdad es que no escucho ni remotamente lo mismo. Creo que es un asunto logístico. A todos nos fue dando jartera eso de sacar un disco compacto y ponerlo. Y lo digital no es lo mismo. A veces ni siquiera oyes las canciones completas.

¿Toca algún instrumento?
No, no tengo mucha coordinación manual. Siempre me preguntaban que si tocaba guitarra. Supongo que tengo cara de hacerlo. En Centroamérica me confundían con Joan Báez. Así que las preguntas eran: ¿Tocas guitarra? ¿Eres Joan Báez? Sería por la idea de un look, algo, no sé. Yo me sentía mal de no tener mi guitarra.

En respuestas anteriores habla del periodismo en pasado. ¿Ya no lo está ejerciendo de la misma forma?
Cada vez hago menos. Esa es la realidad. Supongo que estoy en la edad en que participo en juntas asesoras. Tenía la idea de un libro que se me fue a pique. Pero hago otras cosas que me distraen. Cuarenta años es mucho.

Solía definirse como exbailarina. ¿Todavía?
Creo que si rascas, hasta la fecha de hoy. Porque no es una cosa de superficie. Es de médula. Es algo que te forma y te marca de una manera que no se te borra.

¿Piensa volver a vivir en México?
Voy con frecuencia. No sé si vuelva a vivir. Quizás. O talvez no. La vida no es lo que uno pronostica, ya lo dijo John Lennon, es lo que ocurre cuando estás entretenido haciendo otros planes. Uno controla mucho menos de lo que piensa. Si algo he aprendido es que la vida es un largo accidente.

Los monopolios éticos. De Kevin Casas Zamora

En una democracia estamos obligados a ser desconfiados de las promesas de quienes han estado en el poder. Pero debemos ser aún más recelosos de lo que nos prometan quienes nunca lo han tenido.

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Kevin Casas Zamora fue vicepresidente de Costa Rica

Kevin Casas Zamora, 1 diciembre 2017 / El Diario de Hoy

Uno de los aspectos menos estudiados del ascenso de las opciones políticas de izquierda en América Latina durante la última década y media —hoy más bien en retirada— tiene que ver con la curiosa simbiosis discursiva que precedió a su llegada al poder.

Desde la Revolución Bolivariana de Hugo Chávez hasta el PT en Brasil, pasando por el FMLN en El Salvador y los movimientos de Rafael Correa y Evo Morales, en Ecuador y Bolivia, respectivamente, la izquierda latinoamericana arropó el desafío ideológico a sus adversarios en el atavío de la denuncia ética. “Neoliberal corrupto” devino así la descalificación favorita en el lenguaje de la izquierda, un insulto, además, indivisible, como la Santísima Trinidad. Allá por el año 2013, el entonces candidato presidencial del izquierdista Frente Amplio en Costa Rica, José María Villalta, lo expresaba con claridad en una entrevista: “Estamos tan mal por el gran viraje que hemos dado hacia la derecha. Esa es la causa de la corrupción y la violencia que tenemos” (25/2/2013). Villalta y sus correligionarios latinoamericanos no están solos. Hace un tiempo, Pablo Iglesias, líder de la agrupación Podemos, en España, lo decía así en uno de sus discursos: “La corrupción no es Mariano Rajoy, es el neoliberalismo, el paro, es un sistema político” (24/6/2016).

EDH logTratándose de movimientos que convirtieron la denuncia de la corrupción de sus adversarios en uno de los pilares de su discurso político, resulta tan sorprendente como aleccionador el poco interés por la pureza ética que mostraron los movimientos de izquierda una vez que llegaron al poder. Las ruinas de la promesa ética de la izquierda latinoamericana están hoy a la vista. La lista es larga: “Lula” procesado por la justicia brasileña por recibir supuestos premios de empresas constructoras; la mitad del gabinete de Cristina Fernández en Argentina en prisión por múltiples acusaciones de corrupción; el ex vicepresidente de Ecuador Jorge Glas, también preso, cortesía de su presunto involucramiento con la empresa Odebrecht; Mauricio Funes, primer presidente electo por el FMLN en El Salvador, prófugo de la justicia; la expareja del Presidente Evo Morales, procesada por una compleja madeja de casos de tráfico de influencia, etc., etc. Y de Venezuela y Nicaragua, mejor no hablemos.

No traigo esto a cuento para endilgar a la izquierda el monopolio de la corrupción en la región, lo que evidentemente sería un disparate. Esto es, de hecho, lo que hacen hoy algunas voces nostálgicas de la derecha regional, que sitúan al populismo de izquierda en la raíz de todas las desventuras éticas recientes de América Latina, olvidando con ello casos como los de Ricardo Martinelli, Antonio Saca y Otto Pérez Molina, que no tienen un hueso bolivariano en su cuerpo. Uno de los resultados de ese juego de denuncias y contradenuncias ha sido la política exaltada y colérica que hoy vemos en casi toda la región.

La experiencia reciente de la izquierda latinoamericana es muy útil no para atribuir inexistentes monopolios éticos, sino para hacer dos puntos que me parecen cruciales para nuestros debates políticos. El primero es que mezclar los desacuerdos políticos con la impugnación ética es generalmente una injusticia y siempre una mala idea. Cuando acuso a mi adversario de “neoliberal corrupto” o “bolivariano corrupto”, no delineo simplemente un desacuerdo político, sino una autoconferida posición de superioridad moral. Y resulta que con quien es intrínsecamente corrupto y malvado no hay conversación ni acuerdo posibles. Si se es el repositorio de toda virtud moral en el sistema político, no queda más que prevalecer al costo que sea. La política se convierte en un eterno juego de suma cero, en una lucha a muerte, donde cualquier transacción es una traición y una muestra de debilidad moral. En otras palabras, la política democrática deviene imposible. Nada de esto quiere decir que no haya que denunciar la corrupción. Lo que quiere decir es que a quien abusa del poder político para obtener ganancias personales —que esa y no otra es la definición de corrupción— hay que denunciarlo no por sus convicciones, sino por su conducta. Amalgamar las diferencias ideológicas con el castigo moral es la receta perfecta para una política intolerante y fanática.

La segunda lección es acaso más importante, sobre todo en esta época de feroces populismos anticorrupción. El itinerario recorrido por la izquierda regional enseña que debemos desconfiar siempre de todo aquel que nos ofrezca tierras prometidas morales sin haber estado nunca en el poder. Esto sabemos de sobra: en una democracia estamos obligados a ser desconfiados de las promesas de quienes han estado en el poder. Pero debemos ser aún más recelosos de lo que nos prometan quienes nunca lo han tenido. Por razones misteriosas, en el enrarecido clima político que vivimos hemos invertido esa regla de sentido común. Nos hemos acostumbrado a comparar en pie de igualdad las promesas de pureza ética de los recién llegados, con la experiencia —inevitablemente imperfecta— de quienes ya han pasado por el gobierno. En ese ejercicio, las aspiraciones siempre vencen a los resultados. Yo no digo que nunca debamos escoger al recién llegado, lo que digo es que es prudente aplicarles doble descuento a sus promesas de renovación moral y triple descuento si son estridentes.

Por mi parte, yo no quiero líderes impolutos ni partidos dotados de imaginarios monopolios éticos. Esa es una receta para la intolerancia y la desilusión, y siempre acaba mal. Yo prefiero instituciones fuertes, sociedades vigilantes y una prensa vigorosa, capaces de arrojar luz y establecer responsabilidades cuando el poder haga sus inevitables estragos con la fragilidad humana. Eso es mucho menos emocionante que escuchar las promesas de los iluminados, pero es la única ruta segura que conozco hacia gobiernos no perfectos, sino simplemente mejores.

Las venas abiertas de la América Latina. De Manuel Hinds

Prometiendo esas riquezas fáciles, los regímenes de Cuba y Venezuela han impuesto las tiranías peores de la historia de la región, y en vez de riquezas han llevado a sus países a las peores pobrezas que este Continente ha visto.

manuel hindsManuel Hinds, 24 noviembre 2017 / El Diario de Hoy

En la Quinta Cumbre de las Américas de 2009, Hugo Chávez le regaló un libro al expresidente Barack Obama, llamado “Las venas abiertas de América Latina”. El libro, escrito en 1971 por el uruguayo Eduardo Galeano, es un clásico de la literatura de izquierda latinoamericana. Movido dentro de ese círculo, se tradujo a varios idiomas. Sus reproducciones alcanzaron un millón de copias aunque el número de lectores sea infinitamente menor.

EDH logLa entrega del libro fue más que nada un acto político. Lo más seguro es que Chávez nunca lo leyó y que no esperaba que Obama lo leyera, y no por razones ideológicas. El libro es tan insufriblemente primitivo y aburrido en sus infantiles elucubraciones que el mismo autor, Eduardo Galeano, dijo en una conferencia de prensa celebrada durante la Segunda Bienal del Libro en Brasilia de 2014: “No sería capaz de leerlo de nuevo. Caería desmayado. Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital…Intentó ser una obra de economía política, solo que yo no tenía la formación necesaria”. Todos los que algún día tratamos de leer el libro estamos de acuerdo con el autor. Yo sospecho que del millón de ejemplares impresos sólo unos cuantos lograron leerlo sin que les pasara lo que el mismo Galeano dijo que le pasaría a él si lo leyera.

Sin duda que Chávez regaló el libro porque su título es dramáticamente sugestivo. Cuando Galeano lo escribió, las venas abiertas a las que se refería se supone que eran las dejadas por la excusa que América Latina siempre ha puesto para no haberse desarrollado en cinco siglos: la explotación por parte de las naciones desarrolladas. A través del título, Chávez estaba culpando a Obama por el subdesarrollo de Latinoamérica. Era para que, viéndolo en su biblioteca, Obama pensara en esos siglos.

La historia, sin embargo, se desarrolló de tal manera que los que vemos este libro en nuestras bibliotecas no pensamos en españoles o estadounidenses explotando a la América Latina sino en cómo Chávez y sus colegas, los Castro, la Kirchner, Correa y tantos otros mal llamados izquierdistas han inyectado odio en América Latina y la han saqueado en los siglos XX y XXI, en procesos de desangramiento que todavía han dejado las venas abiertas en la región.

El efecto negativo de estos tiranos no se ha limitado a haber dilapidado los recursos naturales de sus países, dejándolos no solo sin dichos recursos sino también con deudas enormes. En sus inyecciones de odio, inyectaron también ideas terriblemente nocivas para el desarrollo de nuestros pueblos, haciéndoles creer que la riqueza está allí sólo para agarrarla, que no requiere educación y trabajo, que para tenerla sólo se requiere votar o apoyar al político que transmite este mensaje. Usando esta mentira, prometiendo esas riquezas fáciles, los regímenes de Cuba y Venezuela han impuesto las tiranías peores de la historia de la región, y en vez de riquezas han llevado a sus países a las peores pobrezas que este Continente ha visto. Y al mismo tiempo han cortado las dos cosas que podrían haber dado riqueza a sus pueblos: la libertad y la inversión en capital humano.

Antes de Chávez, Venezuela era pobre porque su población era ignorante, pero tenía una gran riqueza en términos de petróleo. Chávez, o cualquier gobierno venezolano, podría haber convertido la riqueza de petróleo en riqueza en capital humano, sacando el petróleo de la tierra, vendiéndolo e invirtiendo las ganancias en dar un salto de cali-dad en educación, salud y seguridad. Las ganancias del boom de petróleo, que duró del 2003 al 2013, fueron suficientes como para lograr ese salto de calidad. Pero Chávez y Maduro no hicieron esto. El pueblo sigue siendo igualmente ignorante pero el petróleo con el que pudo haberse educado ya no existe. Igual pasó con Cuba, que dilapidó su riqueza de azúcar en los Cincuenta y Sesenta y se convirtió de uno de los países más ricos de América Latina en uno de los más pobres. Igual desperdicio han causado estos regímenes en toda la región. Esas son las verdaderas venas abiertas de la América Latina.

El camino del infierno. De Joaquín Villalobos

El combate contra la corrupción en Latinoamérica es muy complicado. La intención no basta.

Nicolás Maduro, durante una ‘marcha anti-imperalista’ en Caracas. Ariana Cubillos AP

Joaquín Villalobos, 1 abril 2017 / EL PAIS

La justicia y la política deben marchar juntas para lograr la convivencia y el progreso. En Italia, hace 25 años, el fiscal Antonio Di Pietro inició una tenaz lucha contra la corrupción conocida como Manos Limpias. Más de 1.200 empresarios y políticos fueron condenados, la mitad del Parlamento estuvo bajo investigación; ni el Vaticano quedó libre de culpa. Berlusconi se convirtió en el redentor y los partidos que habían gobernado Italia desde 1948 fueron destrozados. Los resultados de aquel huracán de moralidad fueron fatales para la economía, la política y los ciudadanos; Italia sigue sin recuperarse y la corrupción empeoró.

En Venezuela, a finales de los ochenta, medios de comunicación, intelectuales y poderes económicos atacaron por la corrupción a toda la clase política. En 1989 tuvo lugar una gran movilización y en 1992 la telenovela Por estas calles llegó a ser la más exitosa de la televisión; ambos sucesos tuvieron por tema la corrupción. Hugo Chávez se convirtió así en el redentor, el viejo sistema de partidos fue despedazado y un grupo de corruptos oportunistas con banderas revolucionarias tomó el poder. Venezuela sufre ahora un desastre.

Guatemala fue intervenida internacionalmente para perseguir genocidas, corruptos y criminales. A finales del 2015 el presidente, el general Otto Pérez Molina, promotor del proceso de paz, fue destituido por corrupción. El resultado fue que el partido de los militares genocidas tomó el poder con el comediante Jaime Morales como candidato. Familiares de Morales se enfrentan ahora a cargos por corrupción. Guatemala tiene a los genocidas en el Gobierno y el crimen es más fuerte que nunca.

En Brasil la lucha contra la corrupción derrumbó un Gobierno, estableció una polarización que puede arruinar al país por muchos años y se está hablando de amnistía porque la corrupción abarca a todos los partidos.

La corrupción apareció como problema simultáneamente en varios países. Cuando esto ocurre existe un problema estructural que tiene causas que debemos entender y atender. La política continental ha pasado por tres temas centrales: derechos humanos, liberalización económica e inclusión social. En democracia, Gobiernos de derecha e izquierda se han alternado y con ello la corrupción, que siempre existió, dejó de ser invisible. Sin democracia la política era barata y los partidos, los parlamentarios y los jueces irrelevantes. Los poderes económicos instrumentaban al Estado y nadie podía competirles. Estamos frente a una nueva realidad en la que factores objetivos y hasta culturales generan corrupción. La financiación de la política, la gobernabilidad con Parlamentos de composición complicada, la existencia de recursos estatales sin controles y el surgimiento de nuevas élites económicas que consideran tener derecho de utilizar al Estado para fortalecerse porque eso fue lo que hicieron las antiguas élites. Esto ha ocurrido cuando la democracia está independizando y empoderando a la justicia. No se trata entonces de una lucha de “buenos” contra “malos”, sino de un reto que requiere considerar todo el contexto; de nada sirve atacar los síntomas si no se resuelven las causas. Reducir la corrupción requiere abordar los temas señalados de forma abierta y pragmática y esforzarse porque justicia y política avancen juntas.

Obviamente, los debates sobre institucionalidad son aburridos y los linchamientos no, pero el enfoque estrictamente moral, judicial y mediático puede resultar fatal. Si la justicia no tiene en cuenta el contexto histórico, cae en la politización y pierde la independencia que apenas empezaba a ganar. Sin acuerdos políticos nacionales que aborden el tema de la corrupción, como se hizo con los derechos humanos, con la estabilidad macroeconómica y la inclusión social, hay riesgo de un ciclo interminable de venganzas que deslegitimaría la democracia representativa, generaría vacíos de poder, fortalecería la antipolítica y abriría el camino a los redentores.

No se trata de avalar la corrupción, sino de resolver sus causas. Cada país es diferente, pero los riesgos de equivocar la ruta están en todas partes. No somos democracias maduras con electores ilustrados; el resultado final del enfoque estrictamente moral será que todos los políticos son ladrones. El progreso es siempre relativo, gradual e imperfecto; lo contrario es imposible. Las acciones deben juzgarse siempre por sus resultados, nunca por sus intenciones, porque, como bien dicen, de buenas intenciones está lleno el camino del infierno.

A Diplomat’s Advice for the Trump Administration

Mari Carmen Aponte, the Obama administration’s assistant secretary of state for the western hemisphere, during her second-to-last-day in her State Department office. Matt Roth for The New York Times

Mari Carmen Aponte, the Obama administration’s assistant secretary of state for the western hemisphere, during her second-to-last-day in her State Department office. Matt Roth for The New York Times

, 19 enero 2017 / THE NEW YORK TIMES

NEW YORK TIMESMari Carmen Aponte, the Obama administration’s top diplomat for Latin America, will leave the State Department this week having shattered a glass ceiling and overcome suspicion about her loyalty to the United States. Before becoming assistant secretary of state for the Western Hemisphere last May, Ms. Aponte served as ambassador to El Salvador, the first Puerto Rican woman to serve as ambassador. In a recent interview in her office, which has been condensed and edited, I asked her about the Obama administration’s legacy in Latin America, her close friendship with Supreme Court Justice Sonia Sotomayor and her advice for the Trump administration on relations with Latin America.

Tell me about your childhood in Puerto Rico and why you left.

My parents put a lot of emphasis on education. They understood that women of my generation tended to get married and that would become their destiny. They made it clear that I had other options and that I could attain those through education.

Your first government job was at the Department of Housing and Urban Development during the Carter administration. What memories do you have of Washington then?

The charges were false. It was said that he was a spy, that I was a spy. I socialized with some Cuban diplomats, but that was all, nothing more was ever mentioned because I wasn’t even an American official then. But I learned something very important during that era. It doesn’t matter what accusations are made or what is said. If it’s false, you have to remain steadfast and not try to defend yourself detail by detail. I couldn’t let those false allegations become an obstacle in my life.

In 2012, after a long confirmation battle, the Senate gave you the green light to serve as ambassador to El Salvador. What was the hardest part of the job — and what was the most fun?

The hardest part was trying to find consensus and common ground between a fierce opposition and a government that had just gotten to power after waiting for their turn to govern for 20 years. The most fulfilling part was going out to rural areas in El Salvador, visiting women who were working on projects to provide for their families and hugging these women, women who were my age but looked a lot older because they were missing teeth and had wrinkles — consequences of poverty.

Mexicans are deeply worried about Donald Trump’s election. What advice do you have for them and for the people who will soon occupy your office?

Mexico is an extremely important partner of the United States and that partnership needs to be safeguarded. We have extraordinary levels of cooperation, but that doesn’t happen magically. We can’t assume that the government of Mexico will do what we want when we want. The Mexican government for instance is doing extraordinary work in curbing the flow of undocumented migrants headed to the United States. That doesn’t come out of thin air. It requires constant work, relationships and training.

Central Americans, including unaccompanied minors, continue to come to the United States in droves. Can a wall stop them?

I’m convinced to the core that the only way we can stop this undocumented migration is by making the lives of people in El Salvador, Guatemala and Honduras less violent, with more opportunity and stability. It will be very hard to address this in the short run. Even as we seek to halt undocumented migration, we need to invest in those countries.

Death of the caudillo: Fidel Castro was a voice from Latin America’s difficult past. De Manuel Hinds

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manuel-hindsManuel Hinds, 26 noviembre 2016 / QUARTZ

The death of Fidel Castro provides a good occasion to discuss the reasons why Latin America has lagged so much in its development, obliterating the high expectations that the region manages to generate from time to time. It went through one of these cycles quite recently.

screen-shot-2016-11-27-at-12-13-14-pmJust a few years ago, highfalutin economists and commentators, observing that many Latin America countries were growing faster than developed countries, rushed to say that they were finally developing and would become “the engines of global growth,” only to see, a few years later, that the growth was not the result of any domestic policy or development but just the result of a boom of commodity prices—the low-value-added products that represent most of the region’s exports.

The region generated similarly high expectations at the time of its independence two centuries ago. It had enormous reserves of natural resources and its strong cultural connection with Europe promised a common economic development. All over the subcontinent, wars of independence were fought. The new states were based on the liberal British ideas of democratic constitutional rule. Their institutions were modeled after the constitution of the United States and the French Declaration of the Rights of Man and of the Citizen. Different from Europe, Latin America was not burdened with the weight of absolutist kings and a formal aristocracy. It seemed to be the world of the future.

The extent of the expectations that the new republics raised at the time can be appreciated in the following paragraph, written by two Swiss physicians who visited Paraguay in 1819 and were forced by its sinister dictator, Doctor José Gaspar Rodríguez de Francia to remain in the country until 1825:

At no remote era, perhaps, the republics of South America may expect to enjoy a high degree of prosperity, and be enabled to exercise a salutary influence over the governments of Europe…Hence, then, the importance of Paraguay is not to be estimated by its present condition, so much as by that higher state to which it will, in all probability, ultimately arrive…Once settled, it will go on progressing by freedom of trade, and the progress of civilization…When the population of South America shall experience that natural growth, which has been hitherto hindered by vicious institutions; and when its foreign connections shall be multiplied—then will this province [Paraguay] attain fresh importance, becoming, in consequence of the convenience of its rivers (the Parana, the Paraguay and the Vermejo), the centre of commerce with Matogrosso and Upper Peru [Bolivia]. All these advantages will give to Paraguay a leading rank amongst the rising states of South America—. May they, in their turn, be taught from the experience of their misfortunes, to appreciate the fruits of Dictatorships and Presidencies for life!

Messrs. Rengger and Longchamps would be surprised to learn that almost two hundred years after their trip, free trade is not yet a reality in Latin America and that the region has not yet learned from the experience of its misfortunes to appreciate how bitter are the fruits of dictatorships and presidencies for life. They would be disappointed to find that in the early 21st century people would be ruminating over the death of a president for life who was as creepy as those they saw in the early nineteenth century.

 There is no equivalent to Bangalore in the entire subcontinent. The long-term economic performance has been quite disappointing, too. The period of independence coincided with the Industrial Revolution, which radically changed the entire world. Latin America was left behind in terms of industrialization by Europe, the United States and Japan in the nineteenth century and by the Asian Tigers in the twentieth. Throughout these two centuries, Latin America has not been able to create an advanced industrial society. No Latin American industrial company has been able to compete globally against companies from developed countries in complex, industrial products in the way Korean, Singaporean and Indian companies are doing. No Latin American university has become a world class institution of learning and research. Naturally, Latin America lags the world in terms of innovation and knowledge, the ultimate sources of wealth. There is no equivalent to Bangalore in the entire subcontinent.

This situation has not changed in the recent past. From 1980 to 2009, while other emerging countries like China and India began to accelerate their transformation, the region’s production by inhabitant declined from 38.8% to 28.8% of the average of the rich OECD countries. Rather than closing, the gap with the developed countries was widening at the end of the twentieth century.

 Fidel Castro was not the revolutionary that he pretended to be. More than anything, while European and other now developed countries grew into societies governed under the rule of law, which provides the long-term security that people need to invest in the long term, Latin America remained subject to the vagaries of arbitrary caudillos, who toppled previous caudillos promising instant development and riches for everybody, only to become as rigid and exploitative as their predecessors, waiting uneasily for their death or the next coup that another caudillo would stage to dethrone them. They destroyed in the process any resemblance of institutional integrity that could have existed in their countries. Rather than the rule of law, they installed and maintained the rule by arbitrary, chaotic personal decisions. The preference for these kinds of rulers is what has deterred the development of Latin America in all the dimensions of progress.

Fidel Castro was not the revolutionary that he pretended to be. A revolutionary in Latin America would be someone who would terminate with the arbitrariness that has stifled the region’s development and would establish the rule of law. Arbitrariness was the mark of Castro’s regime. He piloted his country by the seat of his pants. Rather than revolutionary, he was the embodiment of the traditional caudillo, or leader. He was a voice from the past.

Castro was not a Marxist, either. For him, Marxism was just an instrument to get power, not an objective or a guide. He created a tropical dictatorship tied to the will of one single individual that was totally different from what Marx envisioned as the dictatorship of the proletariat in the Northern fringes of Europe. Any ideological linchpin would have done for his rule—communism, fascism or the doctrine of the divine right of the kings—as long as it justified the rule for life of one single dictator over the entire society.

 Castro was not a Marxist, either. For him, Marxism was just an instrument to get power. The conduct of the economy is one of the areas in which his chaotic decision-making, typical of the caudillos, was evident. The servile way in which his arbitrary decisions were implemented, without any institutional control, evidenced the archaism of the Castro regime.

The caudillo

Right after the Revolution, Castro decided that he wanted to reduce Cuba’s dependence on sugar exports by diversifying agriculture and industrializing the country. He was no longer interested in sugar because he was going to produce cars by the mid-1960s. He ordered entire factories of different products from Eastern Europe. The machinery was never installed; it rusted in the ports while the existing industries nosedived after they were nationalized. At the same time, sugar had become a bad word for the bureaucracy. The area under its cultivation went down by 25%, nine sugar mills were dismantled and the rest of them were neglected.

The decline in sugar exports and the expenditures in the industrial machinery that was never used generated a balance of payments crisis. Castro reversed his priorities and decided to put all his efforts on increasing the production of the very sugar he had neglected.

He was distracted, however, by a dalliance with the dairy industry. He became wildly enthusiastic about it in spite of the fact, which many experts explained to him, that Cuba did not have any competitive advantage in dairy products. The best cattle breeds could not be adapted to the Cuban tropical climate, and the cows lost energy and died early without reaching their production potential. All the people around him understood this. He, however, wanted to increase the supply of milk in the country. Foreigners explained to him that he should concentrate in beef production, which could be competitive in Cuba, and use the beef revenues to import all the dairy products he wished. To Castro, however, this was counter-revolutionary thinking.

Castro kept on doing failed experiments with cattle, spoke for hours on television about cows, mummified one of them and put it on display as a hero of the revolution. The servile functionaries he had created let other sectors decay as they concentrated their attention on the imaginary dairy products that would flow in such abundance that Cuba would export milk to the Netherlands.

Then the declining exports turned his attention back to sugar. In 1965 he set an objective: to produce 10 million tons of sugar by 1970. However, by 1969, four years into the program, Cuba was producing just 4.5 million tons. As the 1969-1970 agricultural year progressed, Castro became increasingly obsessed with the target he had set. He forced people working in other productive activities to drop these and rush to help in the sugar harvest. Other resources were diverted for the same purpose until the rest of the economy starved. He even postponed the celebrations of Christmas and the New Year to July 1970 to avoid any interruption of the titanic effort. The goal was not achieved. The harvest was only 8.5 million tons.

But the main problem was that the production of everything else collapsed as a result of Castro’s obsessive drive. Cuba never recovered from this disruption, neither in the sugar industry nor in the rest of the economy. By 1991-93 the production of sugar had fallen to 6.2 million tons, and it fell further to just 3.8 million tons in 2000-02. It fell by almost 40% in just ten years. Cuba’s world share went down from 23% to 8% of the sugar exports markets. The value of sugar exports went down from $3.959 billion to $511 million during the period.

Castro blamed the remains of capitalism that still existed in Cuba for his failure. In 1968, in the midst of his drive to increase sugar production, he launched the Great Revolutionary Offensive to remove these leftovers. He closed all the private shops, forcing people to go to the dismal official shops, where empty spaces were overwhelmingly larger than those occupied by a few, bad-quality products. Alleging that 95% of private hot-dog vendors were profiteers and counter-revolutionaries, he abolished them. By the 1970s, the economy had collapsed. Like the production of sugar, it never recovered.

All this had severe consequences for the consumption of the population. The ratio of the Cuban GDP per inhabitant to that of the major eight Latin American economies fell from about 70% to about 30% under Fidel’s watch, from 1959 to 1995. Just during his mad drive to produce 10 million tons of sugar it fell from 53% to 44%.

Poverty, dependence and revolution

Cuba was able to survive economically only because Castro sold his services as a revolutionary to the Soviet Union in exchange for huge subsidies. He kept alive the revolutionary flame and the hatred against the United States in Latin America and elsewhere, and sent soldiers to fight in Angola in support of the Soviet Union’s objectives in the area. The Soviet Union transferred the subsidies in various ways, including the purchase of sugar at inflated prices and the provision of enormous quantities of oil at very low prices, some of which Cuba re-exported for gain.

The dependence on the Soviet Union for survival is evident. The Soviet subsidies led to an increase in GDP per inhabitant in the 1970s and 1980s. Yet, when the Soviet Union collapsed in the early 1990s, the GDP per inhabitant fell by 40% in absolute terms. As a percent of the average of the eight major Latin American economies, it fell from 54% to 30%. This, 30% of the income per capita of the eight major Latin American countries, is the true level of the Cuban economy, without subsidies from other countries. It had been 70% when Fidel took power.

The economy recovered in the 2000s because Cuba found another government that purchased its revolutionary services—Venezuela. Now, however, Venezuela has collapsed as well, and Cuba is left to its own dwindling devices again.

Castro managed the multiple collapses of production and consumption in his typical style. When he celebrated the tenth anniversary of the Revolution in January 1969 with one of his long speeches, he asked the crowd whether they would agree with a reduction in their already low sugar rations. They duly said, Yes! Then, eighteen months later, in July 1970, when he announced that it was not just sugar that was in short supply but also many other basic products, including dairy, he offered to resign. The crowd shouted, No! When the Soviet Union collapsed, he told the multitudes that Cuba would have to reduce its consumption ever further in order to continue fighting for socialism. He waited for the applause, and it unfailingly came.

He pretended to believe that these crowds, which he obviously controlled, represented the people. He pretended that they were so representative that he abolished all political parties in Cuba just days after the revolution, saying that thrusting people into politics so soon after their liberation would be a crime because politicians were opportunistic and hypocritical. Parties were never allowed again. Elections, which he said would be held within fifteen months after the Revolution, were postponed until the Revolution was complete, which never happened.

To control the crowds and the population in general he set up in 1960 the Committees for the Defense o the Revolution in every village and in every city block, to keep watch on their neighbors. In time, 80% of the population formed part of these committees. In the 1960s, between 7,000 and 15,000 people were killed and at least 30,000 people were held as political prisoners.

The sad legacy

There is no doubt that there are many people in the world that would want to do what Fidel Castro did—playing with an entire country as children play with little soldiers, putting them to the task of industrializing the country, and after failing, putting them to breed cows, and after that failed, cultivating and harvesting sugar, and after all these failures, telling them that they should accept lower rations of food and all other essentials. The extraordinary thing is that people did not question him, that they obeyed like cattle, that there was no institutional setting that would stop the madman’s destruction of the country. Hitler, Lenin, Stalin, Mao and other totalitarian leaders could not have done that.

Certainly, they threw their countries into terrible disasters, but they could not have survived without showing some successes: Hitler had the increase in production during the Great Depression of the 1930s and the initial military victories in the 1940s; Stalin had the industrialization of the Soviet Union in one decade and the defeat of the Nazi invasion; Mao had the consolidation of a state in a previously chaotic territory.

 Latin Americans keep on believing their promises after so much retrogression and repression. Fidel Castro was able to fail continuously and still he lasted longer in power than any of them, showing only one achievement: an improvement of the health indicators of the population, which, even if better than those of most of Latin America, are not comparable to those of the developed countries. Such achievement was not worth the terrible sacrifice of freedom, individual rights, economic progress and dignity that he extracted from the Cubans. Cuba’s health indicators are similar to those of Costa Rica, a democracy that has not destroyed its economy and the morale of its people to attain them.

Overall, when looking at the way Fidel Castro destroyed the Cuban people, stayed in power for so many decades, then delegating his power to his brother, one can only remember the obscurantist regimes of Dr. Francia and his colleagues of two hundred years ago.

Messrs. Rengger and Longchamps, the two Swiss physicians who were kidnapped by Dr. Francia would be very disappointed, not because politicians like Francia and Castro have survived through two centuries in Latin America, but because, sadly, Latin Americans keep on believing their promises after so much retrogression and repression.

Even sadder is the nature of Castro’s messages, which he mainly focused not on improving the fate of the Cuban people (how could he if their living conditions went down almost continuously?) but on hating others—the United States, the Cubans living in the United States, the capitalists, the counterrevolutionaries that he saw around every corner. He survived not by injecting hope but by injecting hatred.

His behavior reminds of Big Brother in George Orwell’s novel 1984, who instituted the Two-Minutes-Hate program every day to keep the population in a state of feverish hatred. “A Party member is expected to have no private emotions and no respites from enthusiasm. He is supposed to live in a continuous frenzy of hatred of foreign enemies and internal traitors, triumph over victories, and self-abasement before the power and wisdom of the Party.” Nothing positive, everything negative.

One day Cubans will wake up to understand that for 55 years they wasted their lives, surrendering their freedom, their economic wellbeing and their dignity for the sake of giving satisfaction to the dark hatreds and hubris of yet another Latin American caudillo. And they will find that the hatred that Castro injected in them is the main obstacle to their progress.

It is a very sad legacy.