Giaconda Belli

Dies Irae para Daniel Ortega y Rosario Murillo. De Giaconda Belli

Giaconda Belli, poeta y novelista nicaraguanse

25 abril 2018 / Confidencial

No lo esperábamos tan contundente pero el Día de la Ira llegó para nuestros gobernantes el 19 de abril.

De un golpe cayeron con sonido de vidrios rotos las encuestas, las afirmaciones, las creencias de que gobernaban con el apoyo y aprobación de la mayoría. De una vez se vinieron al suelo las pretensiones de que podían salirse con la suya violando las leyes, destruyendo la Constitución, inventando un sistema de país a su imagen y semejanza.

La arrogancia con que han venido ignorando las críticas de tantos, la impunidad con que actuaron para aterrorizar a pacíficos manifestantes y evitar que el pueblo se manifestara en las calles, la violencia que creían poder desatar sin pagar ningún precio, les pasó la cuenta.

Podrán seguir repitiendo el discurso del amor, alegando que quieren el diálogo, atribuyéndose la defensa de la familia, atreviéndose a llamarse revolucionarios, acusando a quienes los adversan de “derechistas” o de ser instrumentos de la CIA, pero después del 19 de abril, su discurso ha quedado vacío. Las mentiras de ese discurso que por once años han intentado hacernos creer, han quedado en evidencia ante todo el pueblo. No se puede tapar el sol, ni el 23 de abril, con un dedo.

Esa ficción de “pueblo presidente” que nos decían éramos mientras nos ignoraban, ha salido de su estado de callada condena para convertirse en una realidad y demandarlos a voces por su mal gobierno, sus arbitrariedades, su falta de ética, los fraudes electorales, el apañamiento de delincuentes, la malversación de las leyes, la entrega de nuestras tierras, la venta de nuestra soberanía, el descuido de nuestros recursos, la arrogancia de su opacidad informativa, de su negativa a ser transparentes en los asuntos del estado, la desconfianza hacia sus propios ministros que han tratado como peleles, el abuso de los empleados estatales para obligarlos a rotondear bajo amenaza de despedir a quienes no sean sumisos y aduladores, el crimen de haber hecho retroceder un avance tan esencial como la apoliticidad del Ejército y la Policía, insistiendo en doblegar a sus jefes, en malearlos, en obligarlos a deponer sus propios códigos militares y en someterse, no al pueblo presidente, sino a una pareja autoritaria y ciega a la realidad.

La sangre de los que lucharon por un país libre: los que cayeron en la lucha contra Somoza y los que han caído en estos once años y sobre todo en esta semana valiente, ha vuelto a revivir en esta nueva generación de nicaragüenses dispuestos a recuperar el sueño de una Patria Libre. No en vano existieron hombres y mujeres generosos y ejemplares que quisieron iluminar la oscuridad. Sus fantasmas están con nosotros, su legado está con nosotros. Sandino vive.

El Dies Irae es el día del juicio, es la hora del juicio. Daniel Ortega y Rosario Murillo han sido juzgados como gobernantes: no son lo que queremos para nuestro país. Se les dio la oportunidad, pero no fueron dignos: los acabó la ambición, los cegó el mesianismo, la arrogancia de sus propias interpretaciones.

Los nicaragüenses ahora estamos ante un problema: se habla de diálogo. Se dice que es lo más civilizado; pero ¿cómo dialogar a estas alturas? La desconfianza hacia Daniel y Rosario es insuperable. Ya mostraron ampliamente su vocación totalitaria. ¿Cómo creer que tendrán la tolerancia y el espíritu democrático, la ética y la transparencia que debe tener un buen gobierno? ¿Qué diálogo puede haber con ellos cuando no creemos en su disposición de acatar verdaderamente la voluntad del pueblo? ¿Quién será el garante de que se cumplirá lo que se acuerde cuando hemos visto a Daniel Ortega ignorar los acuerdos y compromisos que firmó para llegar al poder?

La solución de este problema es una: el Presidente y su esposa deben tener a valentía para darse cuenta de que se les terminó su tiempo.

El pueblo presidente les pide que renuncien. Deben renunciar. Sin que muera nadie más, sin obligar a los nicaragüenses a volver a las calles, deben renunciar. Fracasaron, se sobrepasaron. Humildemente, acéptenlo y renuncien.

Es la única salida decente y digna que les queda.

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Aproximaciones a un enigma. De Giaconda Belli

GIACONDA BELLI, scritora nicaraguense

Giaconda Belli, escritora nicaraguense

Giaconda Belli, 28 junio 2016 / CONFIDENCIAL

¿Qué le pasa a Daniel Ortega? Creíamos que había aceptado convivir con ciertas reglas del juego democrático y que las encuestas y los altos números de favor popular para él y Rosario Murillo, le permitirían continuar la sui-generis política de zanahoria y garrote que llevaba hasta ahora. Yo hasta me atreví a sugerir que la praxis de este gobierno se podía calificar como una “dictablanda”. Lo dije pasándome yo misma de democrática, en el sentido de que a menudo el discurso que tildaba de “dictador, tirano y otro Somoza” a Ortega, me parecía demasiado similar al tono sandinista de los ochenta, y al mismo tono que usa Ortega. Son discursos blanco y negro, pensaba yo. No hay ningún chance de inclusión o de comprensión de las razones del disenso mutuo. Parece que el uno solo pudiera existir si el otro no existe. Y la verdad es que, como ciudadanos del mismo país, tendríamos que aspirar a poder coexistir, no importa cuán diferentes sean nuestras ideas.  Quienes abogamos por la democracia, no podemos sonar iguales que un liderazgo populista que no ha tenido empacho en devorar a los propios hijos del partido antes que soportar sus desacuerdos.

Triste ha sido darme cuenta que mi pequeño optimismo político era infundado, y que hablar de dictadura o de la sombra de Somoza, no ha sido prematuro o vano, aunque siga pensando que es necesario otro lenguaje.

confidencialAsí que ya estamos en el populismo puro y duro que aborrece la democracia y que ha logrado, a través de la manipulación de leyes e instituciones, conservar el espejismo de una formalidad democrática, mientras vacía de contenido y obstaculiza la participación en el juego político de ese sector de la población, grande o pequeño, que no piensa de la misma manera.

El endurecimiento de las últimas semanas, me atrevo a afirmar, es una directa consecuencia de los problemas de Nicolás Maduro con una oposición cada vez más capaz de señalar responsabilidades y malos manejos y cada vez con más respaldo popular. Sumemos a eso alguno que otro consejito: “no dejes que la oposición exista, chico, córtala por lo sano antes de que tenga oportunidad de crecer. Mira lo que pasa en Venezuela.”  En el esquema populista radical de Ortega, la idea de elecciones libres, de alternabilidad en el poder, es un truco burgués. Esa fue la manera de pensar de la izquierda hasta la crisis del socialismo real. El fracaso de este, condujo a una crisis ideológica que dio dos resultados: una parte de la izquierda se democratizó; se dio cuenta de que un socialismo impuesto a base de la privación de libertades, no construía ni al hombre nuevo, ni la sociedad justa. Otra parte abrazó el populismo: libre mercado, manipulación de las culturas populares y un reducido espacio democrático basado en “elecciones” amarradas para que se acepte el modelo a nivel internacional. Pero Ortega ya vio lo que pasó con el peronismo en Argentina, en Bolivia con el referéndum de Evo, y ve lo que pasa en Venezuela. Él no quiere que en Nicaragua exista esa alternativa. La receta más fácil: terminar la oposición antes de que levante cabeza y se organice.

Es interesante que le quita la representación legal al PLI a Eduardo Montealegre justo cuando este había logrado alguna tracción con la elección de Luis Callejas y Violeta Granera como fórmula; y con personas conocidas como Berta Valle o Ana Margarita Vijil, dispuestas a ser diputadas. Luis y Violeta, me atrevo a especular, habrían logrado entusiasmar a buen número de gente del campo y de las ciudades, porque son un binomio honesto, caras nuevas, más jóvenes. Además durante los procesos electorales, la gente suele abrir su percepción a lo que está bien o mal a su alrededor y siempre los partidos que no gobiernan pueden prometer más. El punto es que Ortega cortó las alas de una alternativa opositora configurada sobre una alianza amplia. La Suprema le sirvió en bandeja el litigio engavetado hacía cinco años. Rosales y Solís se prestaron disciplinados al juego, si es que no le dieron la idea y zas, cayó la guillotina.

No se asombre nadie que multitudes no hayan salido a la calle a protestar. La figura de Eduardo Montealegre no arrastra mucha gente. Si Luis y Violeta y Ana Margarita y Berta u otros diputados hubiesen estado en campaña más tiempo, de seguro podrían haber reunido buenas concentraciones, pero el régimen no les dio tiempo. Fue una operación quirúrgica con unos drones llamados Rosales y Solís. Ambos bien conocidos por otros “fallos” legalmente insostenibles, pero “artísticamente” construidos.

Paradójicamente, la maniobra fue tan burda y la guillotina tan obvia que a la larga lo que lograron fue deslegitimar las elecciones y legitimar a la oposición.

Luego están las expulsiones que tienen tan preocupado al COSEP, que hasta ahora ha sido interlocutor contento de Ortega. Un profesor y dos trabajadores de las Aduanas (los tres ciudadanos de EE.UU.),  según dicen los medios, expulsados a menos de 24 horas de estar en el país. Una investigadora mexicana acosada hasta que se marchó y los seis internacionalistas de ese movimiento del Buen Vivir que fueron acusados de manejar explosivos primero y después declarados inocentes, pero deportados y puestos, como quién dice, “de patitas en las fronteras norte y sur”. Hasta ahora eso no se había visto. Nicaragua ha sido un país abierto. Reporteros e investigadores de todas las nacionalidades se han podido reunir, no con el gobierno, pero sí con gente pro y contra del mismo. De un sopetón, se cambiaron las reglas en estas últimas semanas. Una medida ciertamente extraña por no decir innecesaria, pues no hay nada conocido que lo justifique. EE.UU. ha estado de lo más amable con este gobierno y la embajadora Dogu fue de lo más diplomática aún en sus quejas.

Lo que sí hay que decir es que hemos pasado de un marco relativamente claro del actuar de Ortega a un clima no solo de desconcierto, sino de palpable temor e inseguridad. ¿Era necesario? Sería que, como en Roma, alguien consultó el oráculo, vio desastres y decidió impedir los malos augurios?

Imposible saberlo. Solo podemos aproximarnos a una respuesta y esperar que se recapacite. Quizás los que dan las órdenes realicen que los malos augurios se cumplieron todos al otro lado del Atlántico con el Brexit, y no siembren más vientos, ni invoquen tempestades.