PODEMOS

Errejón o la flaqueza del menchevique. De Pedro J. Ramírez

Carta de Pedro J. Ramírez publicada en EL ESPAÑOL el pasado 29 de enero, en la que se incluían las claves que han determinado el resultado del congreso de Podemos.

Ilustración: Javier Muñoz

Ilustración: Javier Muñoz

Pedro J. Ramírez, director de El Español

Pedro J. Ramírez, director de El Español

Pedro J. Ramírez, 29 enero 2017 / EL ESPAÑOL

Soslayaré el que más he estudiado, el que atañe a Robespierre y el periodista Camille Desmoulins, porque resulta demasiado obvio, en la medida en que el Incorruptible es el personaje favorito de Iglesias; y demasiado truculento porque su otrora compañero de colegio y padrino de boda terminó enviando al autor de Le Vieux Cordelier a la guillotina.

Me fijaré en cambio en la imagen de esos dos jóvenes rusos, compañeros de correrías en la clandestinidad y en el exilio, que en el gélido Londres de 1902 deciden sellar sus lazos fraternales con el ritual alemán de la Bruderschaft y tras besarse en las mejillas, entrelazan sus brazos y beben al unísono de sendas copas, en señal de fidelidad perpetua. Y lo hacen pese a que ya en ese momento existe entre ellos una seria discrepancia táctica que les enfrenta por el control de la revista que publican. Uno se llama Vladimir Ilich Ulianov, pero es conocido como Lenin; el otro es su gran amigo georgiano Julius Martov.

el españolNo en vano esa revista tenía por nombre Iskra (“La chispa”) pues la pugna sobre su línea editorial fue el foco de ignición del cisma que un año después se produciría en el congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Ambos propugnaban la revolución socialista; pero mientras Martov seguía la ortodoxia marxista que la veía precedida de una revolución burguesa, durante la que aflorarían las contradicciones internas del capitalismo, Lenin tenía prisa, mucha prisa, y alegaba que se daban ya las condiciones objetivas para quemar etapas, tomar directamente el poder en nombre del pueblo e implantar la dictadura del proletariado.

Martov sostenía, como ahora hace Errejón, que había que volcarse en todas las instituciones participativas, empezando por la Duma, que convenía aliarse con fuerzas situadas a su derecha para acabar con la autocracia y que debía potenciarse un partido de masas transversal y abierto como instrumento del conjunto de la sociedad rusa. Sirviendo sin duda de fuente de inspiración a Iglesias, Lenin anteponía en cambio la subversión callejera a cualquier foro representativo, se oponía drásticamente a la colaboración con las fuerzas burguesas y concebía el partido como una vanguardia revolucionaria cerrada y homogénea.

“Sirviendo sin duda de fuente de inspiración a Iglesias, Lenin anteponía
en cambio la subversión callejera a cualquier foro representativo”

Cuarenta y tres delegados en el limbo del exilio decidieron el curso del movimiento que hace cien años cambiaría la suerte de cientos de millones de personas. Primero ganaron las tesis de Martov; luego se produjeron una serie de abandonos y ganaron las de Lenin. Entonces él proclamó que conformaba la mayoría y, como al recontar los votos había obtenido “más” –“bolshe”-, adjudicó a sus seguidores la denominación de bolcheviques, dejando para Martov y los suyos la de mencheviques o minoritarios.

Según su biógrafo Louis Fischer, el “único amigo” que tuvo Lenin fue Martov. O al menos el único con el que existe constancia escrita de que se tuteaba. Tal vez fuera exagerado el aserto de su común colaborador Boris Nicolaeivsky de que “Lenin amaba a Martov” pero en todo caso admiraba su “capacidad política, honestidad y sinceridad revolucionaria”… a la vez que combatía sus opiniones sin tregua ni cuartel. Eso mismo le sucede a Iglesias con Errejón.

Por esquizofrénico que pueda parecer, Lenin veía a Martov a la vez como su amigo personal y como su enemigo político. Por mucho que lo apreciara en la vida privada, debía destruirlo en la esfera pública. Era como ese soldado que no mataría una mosca vestido de civil, pero aprieta el gatillo sin vacilación una vez enfundado en su uniforme.

Esa esquizofrenia es pues tan estéril como la del personaje que evoca la novela de nuestro columnista Lorenzo Silva La flaqueza del bolchevique. A medida que contemplaba este viernes su muy correcta versión teatral en el Luchana, me iba dando cuenta de que la fascinación que siente el protagonista por el miliciano que se enamora de una de las hijas del zar no cuestiona en ningún momento su sentido del deber al asesinarla. La “flaqueza” no sería de esta forma sino el rostro humano de la barbarie: pobrecito bolchevique que tuvo que ejecutar a la gran duquesa Olga, justo cuando había quedado prendado de ella. Iglesias reclamaría idéntica comprensión si, llegado el caso, se viera obligado a liquidar políticamente a Errejón.

“Por esquizofrénico que pueda parecer Lenin veía a Martov
a la vez como su amigo personal y como su enemigo político”

La asimetría en la disposición a actuar marcó el destino de aquel duelo fratricida. Martov tenía dudas recurrentes sobre la consistencia de Lenin –llegó a tildarlo de “charlatán político”- e incluso sobre su integridad personal, al descubrir sus turbios manejos financieros. Pero siempre había algo que le impedía secundar los ataques de otros dirigentes mencheviques y cuestionar su liderazgo en el movimiento revolucionario. Gorky lo recuerda con ese aura hamletiana que también asedia a Errejón: “Era un joven sorprendentemente atractivo que sentía el drama de la división porque el partido era demasiado débil para soportarla”.

Un contemporáneo resumió las diferencias entre los pioneros del comunismo ruso desde la perspectiva de los militantes: “A Plejánov lo respetaban, a Martov lo adoraban, pero al único al que seguían sin hacer preguntas era a Lenin”. Póngase por delante a Bescansa y encontraremos seguramente la misma percepción generalizada entre las bases de Podemos. Quizás porque “la fuerza de voluntad, la disciplina indomable, la energía, el ascetismo y la fe inconmovible en la causa” que veían los primeros comunistas en Lenin es lo que ven los podemitas en Iglesias, en contraste con la humanidad asequible y la praxis racionalista de Errejón.

Basta examinar las dos ponencias organizativas para darse cuenta de la diferencia. Mientras el documento de Iglesias le hace émulo de Robespierre y el propio Lenin como ventrílocuo de un ente modulable denominado “el pueblo”, que habilita a quien lo suplanta para “mandar obedeciendo” –por algo ha hecho suya esa máxima del subcomandante Marcos, farisea donde las haya-, el texto de Errejón adquiere los timbres de la “primavera de Praga”, al alentar “una organización más amable, capaz de integrar a todos y todas”, para “alumbrar una cultura política diferente”.

No son distinciones doctrinales sino de talante. De hecho, lo que escribió Richard Pipes sobre el conflicto entre bolcheviques y mencheviques parece dirigido también a la querella entre pablistas y errejonistas: “Las diferencias que separaban a las dos facciones eran minúsculas, y a menudo meramente formales. El principal obstáculo de la reunificación era la insaciable sed de poder de Lenin que hacía imposible trabajar con él, salvo en calidad de subordinado”.

“El principal obstáculo de la reunificación era la insaciable
sed de poder de Lenin que hacía imposible trabajar con él”

He ahí la cuestión. Mientras Pablo lo tiene clarísimo -todo el poder para mi soviet-, en un flagrante ejemplo de servidumbre voluntaria, digna del mejor Losey, Iñigo reivindica la jefatura de Pablo, aun en el caso de que sean sus tesis las que se impongan a las del líder. Esa es la flaqueza del menchevique: el complejo de dependencia, la disposición a comportarse ontológicamente como minoría, incluso si consigue el respaldo de la mayoría.

Hay un precedente muy claro en la historia de la Transición: Luis Gómez Llorente. Cuando en mayo del 79, con el respaldo del rector Bustelo y Pablo Castellano, le ganó a Felipe González el XXVIII Congreso y logró que el PSOE se aferrara a su identidad marxista, Gómez Llorente no supo qué hacer con su victoria. Su negativa a encabezar una ejecutiva que sirviera de alternativa, permitió a las fuerzas felipistas reorganizarse al socaire de la gestora que presidía José Federico de Carvajal y retomar el control en el Congreso Extraordinario. El profesor de la pipa perenne, colgada de la sonrisa afable, prefirió cultivar desde Izquierda Socialista su posición testimonial de minoría y dedicar el resto de su vida a ir y venir, cartera en ristre, de la universidad de Alcalá a su modesto domicilio en un tren de cercanías.

El carisma del liderazgo se tiene o no se tiene y su primer requisito es la propia determinación a ejercerlo. En González esa era una disposición congénita. También en Pablo Iglesias, acólito de Lenin en su tendencia a concebir la política en los mismos términos en los que Clausewitz concebía la guerra: una confrontación encaminada a destruir al adversario -mejor dicho, al enemigo- en la que no cabe sino vencer o ser vencido.

Por eso la potenciación de Podemos para cerrar el paso al PSOE, a través del duopolio televisivo controlado desde la Moncloa, es un experimento tan peligroso como los tratamientos con histiocitos, esas células que fagocitan tejidos extraños para proteger al organismo de algunas infecciones, pero pueden provocar la más dañina de todas si se reproducen en exceso.

“El carisma del liderazgo se tiene o no se tiene
y su primer requisito es la propia determinación a ejercerlo”

Para Iglesias, como para Lenin, el partido que vertebra un movimiento de masas es como una fortaleza doblemente sitiada, según la fórmula de Elias Canetti: “Tiene al enemigo extramuros y tiene al enemigo en el sótano”. Rajoy sigue en la Moncloa, pero a Errejón se lo encontrará dentro de dos semanas en Vistalegre II y el choque no podrá ser incruento.

Cuando en 1917 Lenin organizó el golpe de Estado contra el Gobierno Provisional de Kerensky, al que respaldaban los mencheviques, Martov vaciló cada vez que tuvo la posibilidad de reprimir o incluso denunciar la conspiración bolchevique. Tras la toma del Palacio de Invierno y al escuchar a Trotski –con el que también había compartido un cuartucho en Londres- describir a los vencidos como “despojos” y “montones de basura de la historia”, Martov se rindió a la evidencia de que había permitido alumbrar a un monstruo y se retiró de madrugada del Congreso de los Soviets en señal de cariacontecida protesta.

A Lenin no le tembló el pulso cuando llegó el momento de ilegalizar al Partido Menchevique, clausurar la nueva revista de Martov y ordenar por dos veces su encarcelamiento. Como seguía siendo su amigo, permitió que le dejaran salir de Rusia para morir en el exilio; y cuando a él mismo le llegó su hora, lo tuvo siempre en su pensamiento, y a menudo en sus labios en los momentos de delirio. Errejón puede contar con que tampoco a él le faltará nada de eso, pellizquitos incluidos.

Iglesias pellizca la cara de Errejon durante una sesión en el Congreso el pasado 15 de noviembre.

Iglesias pellizca la cara de Errejon durante una sesión en el Congreso el pasado 15 de noviembre.Uly MartinEFE

Congreso de Podemos: la segunda victoria de Rajoy

La canonización de Iglesias radicaliza a Podemos y beneficia al líder del PP en el juego del antagonismo inofensivo.

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Pablo Iglesias, este domingo, en Vistalegre. Santi Burgos

Rubén Amón, 11 febrero 2017 / EL PAIS

el paisNo contento Rajoy con haber ganado el congreso del PP con una adhesión norcoreana, también ha ganado el congreso de Podemos. Nada le conviene más al presidente del Gobierno que la proclamación de Iglesias como líder supremo. Porque consolida el fuego cruzado PSOE en el mito de la pinza. Y porque es un antagonismo inofensivo en ambas direcciones. Rajoy quiere gobernar e Iglesias quiere liderar la oposición.

Semejante conveniencia acaso representa la mayor paradoja del fervor pablista que se ha vivido en Vistalegre. La suya es una victoria rotunda. Y recibida con entusiasmo hooliganista en el ruedo de Carabanchel. No sabemos qué hubieran decidido los votantes de Podemos —cinco millones— en una finalísima abierta, pero el escrutinio militante favorece la opción militante. Incluso otorga la razón a Iglesias en su estrategia maximalista-victimista-sentimentalista: o todo el poder o me marcho a casa.

Ha funcionado la coacción. No hasta el punto de esconder la fractura del errejonismo —la lista de Íñigo un tercio del consejo ciudadano—, pero sí con todos los argumentos de represalia para totemizar el piolet y desencadenar la purga. No quiso mencionarla Iglesias en el trance de la levitación nazarena. Ni podía hacerlo: el graderío reclamaba la unidad como remedio terapéutico a la pelea de gallos.

Hubiera sido una torpeza exhibir la cabeza de Errejón a semejanza sacrificial de la Medusa, pero la condescendencia piadosa de estas primeras horas en nada contradice las medidas ejemplares del Directorio. Lo sabían los errejonistas desde que trascendieron los resultados por una filtración. Y lo percibieron más todavía cuando Iglesias compareció en el escenario impecablemente encorbatado.

El abrazo de cortesía a Errejón precipitó el histerismo de los militantes. Interpretaban la escena como una hermosa reconciliación. Iglesias extiende una mano. El problema es la otra. Y hasta qué punto es verosímil el eslogan de la “Unidad y humildad” que Iglesias convirtió en anáfora mecánica de la gran homilía dominical. Humildad e Iglesias son conceptos antitéticos. Unidad y Podemos, exactamente lo mismo, sobre todo después del trauma cainita que ha supuesto el Congreso.

Requiere un enorme esfuerzo de ingenuidad imaginar la reconciliación. No ya por los desencuentros personales, sino por la incompatibilidad de los modelos políticos. La victoria de Iglesias radicaliza el discurso de Podemos. Se arriesga a perder peso en caladero izquierdista, pero conecta con las bases. De otro modo no se hubiera aclamado y canonizado en Vistalegre a los apóstoles de la subversión. Diego Cañamero se pavoneaba como un héroe proletario. A Bódalo se le evocaba como un epígono de Miguel Hernández. Monedero exigía la idolatría en los pasillos. Y Miguel Urbán, condotiero de los “anticapis”, acaparó los mayores decibelios, superando con creces cualquiera de las intervenciones de Pablo Iglesias. Y no puede decirse que escasearan.

El líder de Podemos se sucede a sí mismo al frente de Podemos. El problema es que Iglesias es la virtud y el límite del movimiento. Todavía se necesitan en el esquema paterno-filial y en los rescoldos del mesianismo, pero tanto se refuerza su liderazgo agresivo, tanto se desvanecen sus posibilidades de llegar a la Moncloa.

La restauración del modelo feroz conforta a Iglesias en la devoción de la militancia y demuestra que el espíritu de Izquierda Unida se ha apoderado de las esencias, pero representa un enorme límite electoral. El límite que aspiraba a rebasar Errejón normalizando la vida institucional y convenciendo a los suyos de que el futuro de Podemos, de haberlo, está a la derecha de Podemos. E insistiendo en que la idea de cultivar temerariamente el fantasma del “estado fallido” no lograba otra cosa que hacer de Rajoy el patrón nacional de los pensionistas y el rompeolas a la incertidumbre. Larga vida a Mariano.

La izquierda caníbal. De Pere Vilanova

Íñigo Errejón y Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. EMILIO NARANJO (EFE)

Íñigo Errejón y Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. EMILIO NARANJO (EFE)

Pere Vilanova es catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona.

Pere Vilanova es catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona.

Pere Vilanova, 3 enero 2017 / EL PAIS

Un axioma ampliamente aceptado sostiene que los procesos revolucionarios, o percibidos como tales por algunos de los actores implicados, tienden a devorar a sus protagonistas. O, dicho de otro modo, en determinados contextos existen muchas posibilidades de que algunos o varios de los movimientos y partidos implicados incurran en procesos de autodestrucción. Podemos aceptar que se trata de una constante histórica, pero algunos ejemplos son más pedagógicos que otros. No hace falta remontarse a la antigüedad; la Revolución Francesa estableció un paradigma en este aspecto. La manera como los jacobinos destruyeron a los girondinos, a pesar de que habían protagonizado juntos la derrota del antiguo régimen, fue sólo el prólogo de cómo los radicales de Robespierre liquidaron a los “indulgentes” (gravísima acusación) Danton, Hebert y Desmoulins. Aquí liquidación equivalía a guillotina, no a tediosos lances vía Twitter. Y a continuación, los más aterrorizados por el terror, liquidaron a su vez a Robespierre y su núcleo duro. ¿Quién sobrevivió a todos? Fouché, que empezó siendo el más antimonárquico en los días de la Bastilla, se ganó el apodo de “el ametrallador de Lyon” en los días de máximo terror jacobino, se puso de lado cuando la caída de Robespierre, y reaparece como… jefe de policía de Napoleón, cuando este restableció un cierto orden (“su” orden). Y, cuidado, Fouché es el inventor del concepto moderno de la policía política. Un superviviente nato, por cuanto a la caída de Napoleón reaparece, bajo la monarquía restaurada, como duque de Otranto.

el paisSe puede argumentar que la Revolución Rusa, algunos de cuyos líderes gustaban de buscar semejanzas con la Revolución Francesa, depuró el modelo en su versión más violenta. Nadie podía pensar durante los años que van de la publicación del libro ¿Qué hacer?, de Lenin, en 1902 a la muerte de este en 1924, que hacia 1929 el oscuro exseminarista georgiano Josif V. Djugashvili se convertiría rápidamente en el gran Stalin. Y ahí los métodos dejaron a Robespierre como una especie de aficionado en eso del terror. Cuando las purgas de 1936 y 1938, el politburó del Partido Bolchevique de 1918 había sido liquidado físicamente en su totalidad, menos Trotski, que fue asesinado en 1940 en México por un camarada catalán, Ramón Mercader.

“La derecha se autodestruye menos, sugieren algunos,
porque tiene mucha más experiencia del poder”

Podríamos ampliar el caso a la Revolución Cultural china de 1966 a 1971, cuando “espontáneamente” los guardias rojos decretaron su pintoresca y sangrienta campaña de “fuego graneado contra el cuartel general”, es decir, las viejas jerarquías del régimen comunista fundado en 1949. Pero, cuidado, tan espontáneo era el movimiento que evitó cuidadosamente criticar a Mao Tse Tung, a la policía política y… al Ejército. ¿Cómo acabó aquello? Pues un día de 1971, un avión que llevaba a Lin Piao, el más radical de los promotores de la Revolución Cultural, se cayó en Mongolia. Versión oficial: era un agente al servicio del imperialismo y del revisionismo soviético. Al final, la caída de la “banda de los cuatro” a la muerte de Mao abrió la puerta al viraje conducido por Deng Siao Ping, de tal modo que —salto en el tiempo— hoy Xi Jinping es el líder más esperado en… Davos!

Más allá de estas constantes, la ventaja hoy en día es que en nuestros sistemas políticos estas dinámicas se producen sin sangre, es más una cosa de las redes sociales, de las tertulias incendiarias y de la era de la posverdad. Pero algunas preguntas subsisten. ¿Por qué la izquierda es más autodestructiva que la derecha? Algunos sugieren que esta tiene mucha más experiencia del poder, económico y del otro, y eso deriva en un pragmatismo que hace que, si nos despistamos, los Bárcenas, Correa, Camps son ya cosa de un pasado lejano sin ninguna relación con el actual partido en el Gobierno, o que el PDECat no tiene nada que ver con la herencia judicial convergente. Por su parte, los socialistas franceses ¿pueden permitirse siete (sic) candidatos en las primarias para unas elecciones presidenciales que perderán casi seguro? O los socialistas españoles seguir dando el espectáculo, Sánchez, Díaz, López, entre acusaciones de “traición” y mantras sobre “lealtad al partido”, mientras el presidente de la comisión gestora hace lo que puede y sería quizá el mejor candidato posible. ¿No se trataba de un debate de “ideas y no de personas”? Pero la tentación es irresistible: ¿cómo no imaginar a Pablo Iglesias como Robespierre, a Errejón como Danton y desde luego a Echenique como el gran Fouché? Sin guillotinas, pero con Twitter. Y si no, tiempo al tiempo.

El fin del comunismo. De Antonio Elorza

el paisResulta preciso volver a Lenin para entender hasta qué punto era irreformable el régimen soviético, basado en la eliminación de la democracia y de todo pluralismo mediante la violencia de Estado.

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Antonio Elorza, catedrático de ciencia política en la Universidad Complutense. Fundador de Izquierda Unida, que abandonó en 2008.

Antonio Elorza, 22 diciembre 2016 / EL PAIS

Hace ahora veinticinco años, el 25 de diciembre de 1991, el presidente Gorbachov anunció la disolución de la URSS, consecuencia del fallido golpe de Estado del 21 de agosto. La cuesta abajo iniciada dos años antes en las democracias populares llegaba a su conclusión lógica: el fin del comunismo soviético. De esa trayectoria parecía participar incluso China, sin que percibiéramos que Tian an-men había sido el muro contra el cual se estrellaron definitivamente las expectativas democráticas. Recuerdo también haber asistido con Javier Pradera a unas jornadas sobre Cuba en Madrid, donde se daba por supuesto que estaban contados los días del castrismo, privado del maná ruso.

Pero “la última palabra todavía no ha sido pronunciada”, según advirtió el jefe de la Stasi, Mischa Wolf, tras la caída de la República Democrática Alemana (RDA). El año de 1991 supuso el fin del comunismo soviético, y con él de la presencia efectiva de los partidos herederos de la Tercera Internacional en Europa. No de los regímenes comunistas extraeuropeos. Bajo el liderazgo de Deng Xiao Ping, China reemprendió el experimento que la revolución cultural abortó en sus preliminares, de recurso a la disciplina confuciana, sin sombra de pluralismo político, hasta consolidar una vía de crecimiento económico sometida al monopolio de poder del Partido Comunista Chino (PCCh). Fue imitada por Vietnam y Laos. Por su parte, gracias a las subvenciones de Chávez, el régimen castrista malvivió hasta hoy. Y en Corea del Norte se afirma una tiranía dinástica de signo belicista, configurando un modelo de país-cárcel.

El denominador común fue el recurso a una represión permanente. El enorme éxito económico de China ha permitido dejar de lado la reivindicación política, salvo en Hong Kong, pero aun donde la gestión económica sigue arrastrándose, caso de Cuba, a pesar del lavado de fachada propiciado por Obama, sigue bloqueada toda apertura política. Igual que sucedía en España con Franco, los cubanos saben que Raúl Castro dispara. El cambio de imagen afecta para Cuba solo a los medios occidentales y a los inversores, no a los derechos humanos.

Mirando hacia atrás, a pesar de la profunda crisis del “socialismo realmente existente” en los años 80, el happy end difícilmente hubiera llegado sin el reformismo de Gorbachov y su reticencia a emplear las armas en la defensa de los regímenes soviéticos. Por algo es tan odiado en su país. Pensemos en la importancia en Rusia del sentimiento continuista de exaltación nacional, hoy encarnado por Putin, quien sin duda en 1989 y 1991 hubiese actuado de otro modo. Hay un hilo rojo desde el imperialismo zarista a Stalin, y de este al actual presidente ruso. Stalin no dudó en elogiar una política zarista de expansión territorial, que asumió explícitamente como heredero a partir de 1939, aprovechando cada ocasión para ensanchar fronteras. En cuanto a Putin, desde su posición en la KGB, vio en el desplome de la URSS “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”; y por lo que se ve, hará todo lo posible para su restauración en nombre de Rusia, sin que cuenten los muertos y las violaciones del derecho internacional. Sus vecinos lo saben demasiado bien.

La imagen gloriosa del orden soviético, o lo que quedaba de ella tras Praga 68 y las noticias del desplome económico, se derrumbó como un castillo de naipes. Las maravillas de la RDA cantadas por Mundo Obrero al borde de la caída del muro, o la construcción del socialismo, pregonada aun en 1988 por Julio Anguita, fueron borradas por la realidad del aberrante régimen policial de La vida de los otros, y unas economías no competitivas con las occidentales. “Proletarios de todo el mundo, perdonadnos ” (verzeihen uns) ponía una inscripción en boca de Marx y Engels. Y la apertura de los archivos soviéticos deshizo el mito de que la monstruosidad de Stalin había sustituido al comunismo auténtico de Lenin, quien desde 1917 fue creador consciente de un Estado terrorista.

“Se ha deshecho el mito de que la monstruosidad de Stalin
había sustituido al comunismo auténtico”

¿Por qué no se dio respecto del comunismo una imprescindible clarificación? No sirve aducir que quiso la emancipación de la humanidad, ya que produjo lo contrario. Pero sí es cierto que su lucha contra regímenes reaccionarios, de no alcanzar el poder, constituyó un factor democrático de primer orden por su determinación y por la entrega y sacrificio de sus militantes. Recordemos aquí, entre otros muchos, a figuras ejemplares como Simón Sánchez Montero, José Sandoval, Domingo Malagón. Con todas sus contradicciones, también Pasionaria, Joan Comorera, José Díaz. Y Federico Sánchez.

En línea con el antecedente de los frentes populares de 1936, el eurocomunismo, la búsqueda de un comunismo democrático, fue su expresión. “Si los comunistas no somos los demócratas más consecuentes”, advirtió Togliatti, “seremos superados por la historia”. Pero mal cabía esperar esa revisión ante la pinza de una presión occidental dominada por un anticomunismo de guerra fría, y de la ofensiva permanente desatada desde la URSS de Brezhnev. Así, nunca se dio la imprescindible ruptura del cordón umbilical con el marxismo soviético. Salvo en el Partido Comunista Italiano (PCI), las limitaciones eurocomunistas eran insalvables, caso en Francia de Georges Marchais —”el hombre de Cromagnon de la izquierda”, Mitterrand dixit– o de un Santiago Carrillo que pretendía impulsar la democracia desde “el Partido Comunista de siempre”, el de Stalin, y en lo posible, al modo de Stalin.

Luego intervino la máscara. Así, entre nosotros, Izquierda Unida, convertida en la antítesis de su proyecto, sirviendo solo para amparar la hibernación comunista, con punto de llegada en el jurásico “clase contra clase” de Alberto Garzón, simple apéndice de Podemos. De hecho la formación morada es hoy, bajo Pablo Iglesias, inconsciente seguidora de “aquel calvo genial” (sic), quien enseñó en 1917 como puede obtener respaldo de masas una organización rígidamente centralizada en manos de un jefe. ¿Finalidad? Entregarse a la erosión de la libertad —aquí, del orden constitucional— y a la eliminación de todo competidor de izquierda.

“Como sucedía con Franco en España,
los cubanos saben que Raúl Castro dispara”

Resulta preciso volver a Lenin para entender hasta qué punto era irreformable el comunismo soviético, basado en la eliminación de la democracia y de todo pluralismo mediante la violencia de Estado. Lo probó el fracaso de los intentos finales del propio Lenin por hacer del partido “una gota en el mar del pueblo”. Su dictadura del partido-Estado desembocaba inevitablemente en Stalin.

1991 fue el fin de la URSS, la muerte de una utopía, pero no significó la extinción del comunismo, dada la supervivencia directa de su legado en China, Vietnam, o Cuba, e indirecta en regímenes de opresión y miseria (Venezuela, Nicaragua). Tampoco canceló la exigencia de seguir luchando contra la injusticia social.

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¿Democracia directa?

 

¿Ha dejado el PSOE de ser progresista? De José Luis Álvarez

Para sobrevivir, los partidos de centroizquierda están luchando con la izquierda por conquistar el voto de protesta, emocional y desinformado sobre la globalización, un voto anclado en el pasado y al margen de los retos del futuro.

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José Luis Álvarez es profesor de liderazgo de INSEAD (Francia y Singapur).

José Luis Álvarez es profesor de liderazgo de INSEAD (Francia y Singapur).

José Luis Álvarez, 7 septiembre 2016 / EL PAIS

Si la pregunta fuera sobre la izquierda —el Estado como agente económico dominante y, últimamente, una vocación nacionalista antieuropea— la respuesta sería fácil. Sin embargo, el interrogante sobre el progresismo de partidos de centroizquierda, como el PSOE, que durante décadas han corregido el capitalismo vía socialdemocracia, es pertinente, ya que para sobrevivir están luchando —quizás rindiéndose ya— contra la tentación de coincidir con la izquierda, compitiendo en la búsqueda del voto de protesta, emocional, y desinformado sobre las posibilidades de la globalización —un voto no progresista, anclado en el pasado no el futuro—. Como ha dicho Iglesias, la izquierda tiene el corazón antiguo. Tiene razón. Y las políticas.

Abundan los corrimientos del centroizquierda a izquierda. Como la ocupación del liderazgo del laborismo por el negacionismo de Blair, quien superó el thatcherismo asumiéndolo en parte, y del que se resiente más su pragmatismo (la izquierda recela de cualquier ejercicio incremental del poder) que el fiasco iraquí. O el “purismo” anti-Wall Street de Sanders (hay algo de catolicismo medieval en el rechazo de las finanzas por la izquierda). O la fracasada movilización contra los social-liberales Valls y Macron por los sindicatos franceses, esa izquierda que Rocard calificó como la más retrógrada de Europa (aquí, Tardà ha afirmado que la muy anarquista democracia directa —la calle, las asambleas, las huelgas— es superior a la democracia representativa).

el paisEl PSOE ha empezado a ceder a la tentación izquierdista. Ha establecido alianzas con quienes quieren eliminarlos, como en la Comunidad Valenciana, como con Colau el PSC (ese partido que se ha autodestruido y al que no importaría arrastrar consigo al PSOE). También ha adoptado el vocabulario dramático de Izquierda Unida —“austericidio”, “emergencia social”— cuando el Estado de bienestar no ha sido eliminado por el PP —no porque no haya querido o podido—. Está habiendo una salida desigual en cargas de la crisis y con recortes, pero el Estado de bienestar persiste (hasta Rajoy se ve obligado a decir que hay que defenderlo). Expresiones como “austericidio” le hacen el juego a Podemos y no se corresponden con la realidad. No son cool. Obama ganó porque era No Drama Obama. Lo progresista no es dramático.

Pero lo que más cuestiona el progresismo del PSOE viene de la demografía. Los votos que han permitido al PSOE superar a Podemos proceden de las cohortes de mayor edad, no urbanas y con menor generación de valor económico. Es decir, el partido que más tiempo ha gobernado la modernización ya no es materialmente progresista porque sobrevive gracias a fuerzas productivas poco avanzadas. El progresismo solo puede surgir de sectores profesionales urbanos, industriales o posindustriales, ganadores en la economía global (Podemos representa al voto urbano que se siente perdedor en la globalización). De manera similar, la militancia del PSOE tampoco proviene de sectores productivos objetivamente progresistas y es, además, emocionalmente izquierdista. El ejercicio de un Gobierno progresista siempre ha necesitado de un acto previo de liderazgo precisamente contra las bases radicales, como cuando González forzó la renuncia al marxismo y el sí a la OTAN. Incluso las condiciones materiales de existencia del grupo dirigente del PSOE —los Sánchez, López, Hernando, Batet, Luena— ponen en duda el progresismo del partido ya que en la mayoría de los casos su apuesta existencial es local: luchar por vacantes en las cadenas de oportunidades de carrera que todo cambio de Gobierno estatal abre. Difícilmente saldrá de ese núcleo una renovación ideológica que adecue el centroizquierda a la globalización.

“Cuando gobernó, contó con un liderazgo pragmático
y con unos cuadros excelentes”

Progresista es reconocer que no hay alternativa al capitalismo global, pero este ha de ser corregido desde la racionalidad. Es utilizar la fiscalidad para prevenir desigualdades injustas (hay desigualdades justas): todos los impuestos necesarios pero ni un euro más de los necesarios. Por ello, es defender la reforma de la administración sin estar anclado —como la izquierda— en que fines públicos sean servidos por medios públicos. El progresismo es pragmático —como dijo en su día González, siguiendo a Deng Xiaoping, “gato blanco, gato negro, tanto da, lo importante es que cace ratones”—. Es no temer la tecnología y apostar por el crecimiento, porque se ha de partir de la creación de riqueza. Es creer en la igualdad de oportunidades y en una desigualdad basada en el mérito. Por ello las políticas más importantes son las de educación. Es llamativo que haya más pasión en Ciudadanos cuando habla de educación que en el PSOE. Educación para el mérito es la clave progresista del futuro.

Y también es progresista convertir la piedad y compasión que merecen las dos o tres generaciones que han perdido el tren de la globalización —no por su culpa— en políticas de oportunidad para ellos.

La retórica izquierda-derecha ya no captura los dilemas básicos actuales. La escisión fundamental es ahora entre progresistas y reaccionarios. Esta división coincide con la existente entre pragmáticos o racionales por un lado y antisistema o populistas por otro. Y sí, en esta escisión, el PSOE está con el PP y no con Podemos. Pero, sobre todo, coincide con la escisión entre globales y locales, que aleja al PSOE irremediablemente de los nacionalistas y de Podemos. La izquierda ha pasado de ser fundacionalmente “internacional” para ahora, precisamente cuando la globalización es real, volverse “nacional”.

“Solo es libre quien pueda elegir dónde trabajar,
sin estar limitado por demarcaciones estatales”

El programa que permitió al PSOE largos años de gobierno fue que a los españoles les fuera bien en su integración en Europa. Era un programa centroizquierdista, no izquierdista. Tal fue la hegemonía de este programa internacionalista que el PP no pudo ir contra él. Para implementarlo, el PSOE contó con un liderazgo carismático y pragmático y con unos cuadros excelentes en la gestión de la administración, que acabaron triunfando en Europa y el mundo, como Solana y Almunia. El PSOE también contó con la ayuda de progresistas-realistas, no todos socialistas ni de centroizquierda, especialistas en capitalismo y sus organizaciones, como Boyer, De la Dehesa y Pastor; y con especialistas en Europa como Solbes. Sin sectores profesionales progresistas y globalizados el PSOE no puede continuar modernizando España. El partido no da para ello.

Hoy sólo hay un programa progresista posible: capacitar a los españoles para que les vaya bien en la globalización. Solo es libre —no alienado— quien pueda elegir dónde trabajar, sin estar limitado por demarcaciones estatales. El ámbito de las posibilidades de los españoles no está limitado a España. Trabajar en Europa, Norteamérica y ciertas partes de Asia es aprovechar las oportunidades de la globalización.

La dirección del PSOE está tentada por el izquierdismo y el localismo. Si elige mal, los progresistas españoles lo considerarán un partido más, ya no el partido modernizador por excelencia. En política, el pasado, la marca, no legitima adhesiones eternas.

Populismo bueno. De Javier Cercas

Javier Cercas es profesor de literatura española en la Universidad de Girona. Ha escrito varios libros de éxito, entre ellos ‘Soldados de Salamina’, que fue llevado a la gran pantalla por David Trueba.

Javier Cercas es profesor de literatura española en la Universidad de Girona. Ha escrito varios libros de éxito, entre ellos ‘Soldados de Salamina’, que fue llevado a la gran pantalla por David Trueba.

Javier Cercas, 28 agosto 2016 / EL PAIS SEMANAL

EN SU ÚLTIMO libro, Who Rules the World?, Noam Chomsky afirma que para la Administración norteamericana su terrorismo, “aunque sea terrorismo, es benigno”, mientras que el terrorismo ajeno es maligno. El libro de Chomsky, uno de los referentes de Podemos, constituye una denuncia de la inconsistencia y la hipocresía que rigen la política exterior estadounidense, pero lo cierto es que también los ideólogos de Podemos parecen pensar que existe un populismo malo y otro bueno. No sé si esta creencia es hipócrita; me parece inconsistente, equivocada

El populismo es un concepto difuso. Tradicionalmente designaba una ideología caracterizada por la hostilidad a las élites y la devoción al pueblo: según ella, lo que define a las élites es, además de sus privilegios, su egoísmo, su carácter corrupto y su desprecio de la gente común, mientras que lo que define al pueblo es su condición de víctima de las élites y su naturaleza virtuosa; el populismo tradicional también se caracterizaba por su rechazo de la división entre izquierda y derecha, su desconfianza del pluralismo político y su fe en un caudillo capaz de encarnar por sí solo al pueblo y expresar sus deseos. Todos estos rasgos, típicos de los fascismos, han sido lógicamente vistos con desconfianza por la izquierda democrática. En los últimos años, sin embargo, algunos pensadores de izquierda los han reivindicado; es el caso de Ernesto Laclau, inspirador ideológico del principal teórico de Podemos: Íñigo Errejón. Según Screen Shot 2016-08-28 at 11.20.30 AMLaclau, el populismo es una ideología hueca, sin contenido, pero ahí reside su principal virtud, porque en determinado momento es capaz de alojar toda la frustración y la justa rabia de los oprimidos contra unas instituciones democráticas insuficientes, incapaces de dar respuesta a las demandas de la gente común. Ese momento es el momento populista, como lo llama Chantal Mouffe, y los populistas deben aprovecharlo para provocar el cambio social con el carburante de la frustración y la rabia y las insuficiencias democráticas. Es lo que ha intentado Podemos. Ahora bien, como los propios populistas reconocen, ese carburante sirve lo mismo para impulsar a Trump o a Le Pen que a Podemos: la única diferencia es que, según Podemos, su populismo es benigno mientras que el de Trump o Le Pen es maligno. Ahí radica la equivocación o la inconsistencia, si no la hipocresía. Dejemos de lado ahora la desconfianza de la democracia que el populismo moderno ha heredado, igual que su querencia por el carisma de los hombres fuertes (como Trump o Le Pen, Iglesias es menos un político que un caudillo, y es mil veces preferible el peor político que el mejor caudillo, porque el político está hecho para la paz y el caudillo para la guerra); la pregunta es: ¿cómo sabemos que el populismo de Podemos es bueno y el de Trump no? ¿Sólo porque Trump es de derechas y Podemos no? Pero ¿no habíamos quedado en que ya no existen la derecha ni la izquierda sino sólo los de arriba y los de abajo? Y sobre todo: ¿basta cambiar a los de arriba por los de abajo o a la élite por la gente común para que desaparezca la corrupción y un país sea más justo y más próspero? Dado que nadie con dos dedos de frente se cree la pamema de que el pueblo es esencialmente virtuoso, ¿no ocurrirá más pronto que tarde que, convertidos en la nueva élite, los de abajo se vuelvan tan egoístas, corruptos y privilegiados como los de arriba, la nueva casta como la vieja? ¿Qué habremos arreglado, entonces? ¿No será que, como decía la vieja izquierda, lo que hay que cambiar no son las personas sino el sistema?

No: igual que no hay terrorismo bueno y terrorismo malo, no hay populismo bueno y populismo malo. Igual que todo terrorismo es malo porque apela a la violencia, todo populismo es malo porque apela a la frustración y la rabia (aunque sean justas, o precisamente porque lo son); también porque apela al pueblo, que es una abstracción de trilero, y no a los ciudadanos, que son realidades tangibles, sujetos de derechos y deberes, hombres y mujeres responsables de su destino. A ellos apelaba la vieja izquierda; a ellos, creo yo, debería seguir apelando la nueva.

¿Socialdemócratas? Editorial de EL PAIS

Podemos abraza la socialdemocracia para tratar de compensar el pacto con IU.

El nuevo Consejo Político federal de Izquierda Unida, tras la elección de Alberto Garzón (centro de la foto, con camisa blanca) como nuevo coordinador en una etapa marcada por el acercamiento a Podemos. Fernando Alvarado EFE

El nuevo Consejo Político federal de Izquierda Unida, tras la elección de Alberto Garzón (centro de la foto, con camisa blanca) como nuevo coordinador en una etapa marcada por el acercamiento a Podemos. Fernando Alvarado EFE

Editorial, 7 junio 2016 / EL PAIS

el paisLa repentina autoproclamación de Pablo Iglesias como un “socialdemócrata” y el intento de situar a Podemos en el terreno de “la nueva socialdemocracia” sacrifica la coherencia ideológica al objetivo táctico de atraerse a toda costa votos socialistas y así superar electoralmente al PSOE. No existe constancia, en un partido que presume de apertura a los militantes, de un debate interno que haya llevado a Podemos a abrazar la socialdemocracia, ni menos aún de que se haya presentado con esta seña de identidad a anteriores comparecencias en las urnas. Tampoco consta que en el Parlamento Europeo Podemos haya decidido abandonar el grupo parlamentario Izquierda Unitaria Europea, al que se adscribió tras las elecciones europeas de 2014.

No es este el único tema en el que los líderes de Podemos muestran su capacidad de retorcer los conceptos y las ideologías. Por ejemplo, cuando se reclaman patriotas plurinacionales o, mejor todavía, cuando se dicen capaces de defender un soberanismo europeísta. Si existe algo verdaderamente antagónico a lo largo del Viejo Continente es el soberanismo y el europeísmo, cuya primera ambición ha sido siempre la de superar los nacionalismos.

El problema de fondo al que parece responder la súbita conversión ideológica es el abandono de la transversalidad, concepto con el que Podemos navegó en anteriores mares electorales con la voluntad de escaparse del encasillamiento en la izquierda para captar votos en diferentes zonas del espectro ideológico. Una vez consumada la coalición con Izquierda Unida, ya es imposible sostener que la nueva oferta electoral es simplemente una fuerza política que se identifica o es capaz de representar a todo tipo de gente, con la única condición de que no formen parte de las élites.

Proclamarse socialdemócrata es la nueva astucia táctica con la que Iglesias pretende anclarse en el centroizquierda. El líder de Podemos ha entendido que para alcanzar el poder es mejor crear polémica sobre su conversión socialdemócrata y así evitar asustar a los votantes sensibles al frentismo de izquierdas.

Una vez consumada esta transformación, Iglesias alancea al PSOE con la etiqueta de “vieja socialdemocracia”, intentando otra vez sembrar la división entre los electores del partido aprovechando los altavoces que le prestan a diario los amigos del Gobierno. Este repentino viraje no debería tener mucho recorrido. Como demuestran los sondeos, los ciudadanos sitúan al PSOE casi en el centro ideológico, mientras que perciben a Podemos casi en la extrema izquierda.

Quién iba a decir que la socialdemocracia, a la que tantos han coincidido en considerar agonizante —si no muerta y enterrada—, iba a convertirse en un terreno de disputa electoral. La socialdemocracia realmente existente, es decir, el PSOE y su candidato a La Moncloa, Pedro Sánchez, deberían sacar de este episodio energías para defender con convicción que su oferta política y sus ideas tienen futuro. Porque habrá que convenir, al menos, en que algo de bueno tiene la socialdemocracia cuando tantos se reclaman de ella.