Joaquín Samayoa

¿Son tan malos nuestros partidos políticos? De Joaquín Samayoa

9 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY/Observadores

Ya van quedando pocos días para digerir mensajes, examinar motivaciones, aclarar la mente y tomar una buena decisión.

La campaña va a arreciar en las últimas tres semanas. El Frente se decidió, por fin, a dar la batalla; está haciendo su mejor esfuerzo para ganar o perder honrosamente, luchando. La coalición de partidos de derecha y sus candidatos llevan meses sin descansar un solo día para ganar o recuperar la confianza de los escépticos y de los indecisos.

Mientras tanto, el candidato respaldado por GANA sigue dormido en los laureles que le arrojan las encuestas, evitando exponerse para no decepcionar a sus entusiastas seguidores.

Entre los votantes hay de todo y para todos. ARENA y FMLN conservan su voto duro, menguado y renuente pero siempre respetable. Los votantes más ideológicos son “pro” pero también son “anti”. No son pocos los que persisten en sostener una posición rígida que les da engañosamente una autocomplaciente sensación de firmeza y superioridad moral. “Yo jamás votaré por los arenazis.” “Ni a punta de pistola votaría por los piricuacos.” Estas personas no albergan duda alguna, ni siquiera se molestan en pensar.

Lo que es nuevo en esta elección es la magnitud del segmento de los “anti” que creen tener suficientes razones para rechazar a ambos partidos tradicionales por igual. Sin mayor análisis, han llegado a la conclusión de que la política electoral de nuestro país ha alcanzado una especie de parteaguas histórico: Ni ARENA ni el FMLN merecen una nueva oportunidad. Esa creencia les deja solamente dos opciones: o se quedan en su casa, o se tragan todo el rollo de innovación, honradez y cambio que les ha vendido Bukele.

Es todavía muy incierto si esa manera de ver las cosas persistirá hasta el día de la elección y será determinante, en números significativos, en la decisión de abstenerse, anular o votar por Bukele. Lo cierto es que los dos partidos que hasta hoy han sido mayoritarios han dejado mucho que desear. Pero también es cierto que el electorado parece juzgar a esos partidos de manera bastante sesgada, con base únicamente en los casos, relativamente pocos pero muy publicitados, de corrupción en las más altas esferas del gobierno, a lo cual se suma el evidente fracaso para controlar la espiral de violencia con sus nefastas consecuencias para la economía del país.

Hay otros muchos errores, por acción u omisión, imputables a ARENA y FMLN a lo largo de las tres décadas en que se han turnado la presidencia y el control de la asamblea legislativa. Esos errores deben pesar y están pesando en la decisión de la mayoría de los votantes. Pero también debiera pesar un criterio, a mi juicio, sumamente importante.

Mal que bien, de buena o mala gana, ambos partidos han sido responsables al mantener, y en no pocos casos fortalecer, la institucionalidad del sistema de democracia representativa.

Con lamentables retrasos y con un enorme desgaste que bien pudo haberse evitado, han sido capaces de alcanzar acuerdos en los asuntos más polémicos y divisivos que han debido solventarse para allanar el camino hacia la consolidación del estado democrático de derecho. Han respetado los principios más fundamentales de nuestro sistema de gobierno: la separación e independencia de poderes, la libertad de asociación, pensamiento y expresión, la alternancia en el ejercicio del poder político. Eso se dice fácil pero no es poca cosa.

Igualmente responsables han sido, al fin de cuentas, los partidos que una vez fueron grandes, democracia cristiana y concertación nacional, y ya no lo son pero conservan un caudal de votos respetable y suficiente para influir en la política nacional. También estos partidos han incurrido en faltas graves, han estirado demasiado sus principios para formar alianzas turbias, han encubierto la corrupción, han intentado constantemente manosear las instituciones y han hecho prevalecer sus intereses partidarios sobre el interés y las necesidades de la sociedad. Pero igual han contribuido, en los momentos más críticos, a facilitar la gobernabilidad democrática.

Con las anteriores consideraciones no pretendo disculpar a nadie, pero es necesario poner en perspectiva algunas afirmaciones que me parecen demasiado gruesas y mal sustentadas. No creo que nuestro sistema de partidos esté agotado, como muchos afirman con pasmosa ligereza, sin insinuar siquiera una alternativa que pudiera ser considerablemente mejor. No creo tampoco que nuestros partidos sean peores que los de cualquier otro país, incluidas las democracias más antiguas y más desarrolladas. En todas partes se cuecen habas. En todas partes hay intrigas, corrupción y abusos de poder.

Definitivamente los ciudadanos debemos seguir exigiendo y colaborando para que nuestros partidos políticos sean mucho más éticos, más modernos, más eficaces. Lo que me resulta totalmente incongruente es pensar que un sistema de partidos que se considera muy malo pueda corregirse sustituyéndolo por un caudillo, por un macho sin dueño, por un líder populista con claras tendencias autocráticas. Eso siempre resulta muy mal. Eso siempre termina en la destrucción, desde el poder, de todos los mecanismos democráticos de control de los abusos de poder. Eso siempre termina en dictadura prolongada, con consecuencias nefastas e irreversibles. Si alguien tiene alguna duda, que pregunte a los cubanos, a los venezolanos, a los nicaragüenses.

La única buena solución a los males de los partidos políticos es el fortalecimiento de las instituciones llamadas a controlarlos y a evitar que el ciudadano esté completamente desprotegido ante los abusos de poder. Es utópico pensar que pueden desaparecer de la escena política la codicia, la vanidad, la ineptitud y la prepotencia. Las luchas por el poder y el ejercicio del poder hacen aflorar las peores miserias humanas. No es cosa de ideologías. La política no es poesía.

Los ciudadanos habremos hecho bien esta parte de nuestra tarea si elegimos al candidato que mejor pueda corregir las tendencias negativas de su propio partido, al más capacitado para dialogar y entenderse con otros sectores políticos, económicos y sociales, al más apto para fortalecer y hacer más eficaces las instituciones del Estado, al más honesto, al más competente. De eso se trata la elección que haremos en unas pocas semanas.

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El descontento. De Joaquín Samaoya

29 noviembre 2018 / EDH-OBSERVADOR

La palabra “descontento” ha sido el más claro protagonista en una campaña electoral que inició, más o menos burdamente, hace aproximadamente un año. Los candidatos de los partidos tradicionales tomaron el descontento en su dimensión sociopolítica más común, y partieron de ahí para proponer fórmulas, unas gastadas y otras novedosas, para entusiasmar a los votantes.

Mientras tanto, el retador, l’enfant terrible, tomó el descontento, lo engordó con medias verdades y lo ha empleado incesantemente como grito único de batalla.

Ambas estrategias presuponen nociones muy diferentes sobre los salvadoreños. ARENA y FMLN se saben desgastados por su ineficaz ejercicio del poder, pero intentan tomar distancia de los errores de sus respectivos partidos y proponen, ante un pueblo escéptico, algunos caminos de solución, al menos para empezar a revertir las tendencias más indeseables. Asumen que hay interés en los votantes por conocer esas propuestas, saben que no pueden ofrecer más de lo mismo y confían en la capacidad analítica de la gente, aun sabiendo que el voto tiene importantes componentes ideológicos y emocionales.

Por su parte, Nayib Bukele le apostó simplemente al descontento y a la efervescencia de emociones negativas que esa condición subjetiva incuba. Asume que a la gente se le puede manipular fácilmente, da por sentado que la gente no quiere molestarse en analizar realidades complejas o no tiene la capacidad para hacerlo y, por consiguiente, les transmite un mensaje muy simple: Los partidos que se han alternado en el ejercicio del poder ya tuvieron su oportunidad y demostraron que no pueden… Yo sí puedo, soy el único que puede. No cargo con el lastre del pasado, soy el constructor del futuro.

Más allá de la evidente falsedad de la imagen que se ha labrado Bukele, puesto que no es un actor nuevo en la escena política y tampoco es tan inmaculado como pretende parecer, lo que resulta más interesante es la actitud de sus seguidores.

Es normal que una buena cantidad de gente le ponga cien candados a su mente y se encierre en su mundo ideológico, rechazando cualquier información o razón que pudiera sacudir el fundamento de sus creencias. Eso lo conocen muy bien ARENA y FMLN y lo identifican como voto duro. Esa misma es también, por cierto, la actitud de los fanáticos religiosos, que cada día incursionan más en la política. Pero el caso de los seguidores de Bukele no parece explicarse por adhesiones ideológicas, se centra y se agota en la persona del líder, mejor dicho, en la percepción que se tiene del líder.
Bukele tiene simpatizantes en todos los grupos de edad, pero les resulta mucho más atractivo a los jóvenes que a los mayores. Ellos lo perciben como un candidato “cool”, alguien que se atreve a romper con lo tradicional, a usar calcetines que no pegan con el resto de su vestimenta. Alguien que no teme confrontar con los poderosos, hablarles fuerte, retarlos. Es fácil que los adolescentes y los que no han superado esa etapa se sientan identificados con ese tipo de rebeldía. Este segmento de población no le pide casi nada a su líder, sólo que sea “cool”. Por monótona que sea la melodía, con la canción anti-sistema pueden bailar toda la noche. La pregunta es si van a levantarse de la cama al día siguiente para ir a votar, porque no parecen jóvenes realmente energizados por ideales o ideas, como los que salen a la calle y ofrendan sus vidas en Nicaragua y Venezuela.

Pero los jóvenes –sean golondrinos, areneros, frentudos o de cualquier otra estirpe política– tienen un descontento legítimo. La mayoría de ellos no sufrió en carne propia el drama de la guerra y no se encuentran actualmente en situación de extrema pobreza, pero comparten un mismo reclamo a todos los políticos: no tienen seguridad y no tienen futuro. Eso se dice fácil pero es gravísimo. Es comprensible que se sientan inclinados a buscar opciones, pero no es aceptable, por su propio bien, que las busquen cómodamente, por eliminación, sin pensar.

En otros grupos de edad, sobran razones para el descontento que ha explotado Bukele en su campaña. Las mismas que hace 5, 10 y 15 años. La pregunta es por qué antes no y ahora sí es imperativo rechazar a los partidos tradicionales. ¿Qué hay ahora que no había antes?

Ciertamente hay más cansancio, frustración y desesperanza. También indignación y enojo con el partido en el que los más pobres pusieron por décadas sus esperanzas y su cuota de grandes sacrificios. Pesa mucho además lo que se ha sabido o confirmado en el transcurso de este año sobre hechos de corrupción al más alto nivel en gobiernos de ARENA y FMLN. Pero aun estas cosas, sin negar su gravedad, deben ponerse en perspectiva. De la corrupción y el encubrimiento son culpables unos pocos funcionarios públicos, entre decenas de miles de empleados y funcionarios que nunca han robado ni un lápiz. No es como para descalificar absolutamente al sistema de partidos políticos.

Y hay que entender que, de la frustración por necesidades insatisfechas, son responsables precisamente los políticos populistas, los que promueven una concepción clientelista del Estado, levantando expectativas que no se pueden satisfacer y gastando en paliativos de cortísimo plazo el dinero que debiera invertirse para dinamizar la economía y crear las condiciones en las que cada persona pueda salir adelante por su propio esfuerzo y por sus propios méritos. De eso se trata la elección de febrero 2019, no de escapar de las brasas para caer en las llamas.


A tres meses de la elección presidencial. De Joaquín Samayoa

21 octubre 2018 / EDH-OBSERVADORES

Existen muchas razones de peso para hacer un esfuerzo fuera de lo común por comprender mejor lo que pasa por la mente, el corazón y el hígado de quienes elegirán al próximo presidente de El Salvador. El resultado de esa elección podría ocasionar, como ha ocurrido ya en algunos otros países, el inicio de una peligrosa ruptura con las normas y controles más fundamentales de la democracia representativa.

Las diferencias entre los partidos que se han disputado el poder hasta la fecha han sido ideológicas y programáticas; pero las diferencias entre esos partidos y el retador de ambos en la próxima elección son de otra naturaleza. Los que creen que no puede haber algo peor de lo que hemos tenido estas últimas décadas, o que no perdemos nada con probar algo nuevo, debieran poner mucha atención a la irreversible tragedia que hoy viven los pueblos de Nicaragua y Venezuela, precisamente por haber razonado de la misma manera que hoy lo hacen muchos salvadoreños.

La incursión de Nayib Bukele en la política nacional ha seguido un camino bastante sinuoso, que hoy lo ubica en aparente o real ventaja sobre sus contendientes, a tres meses de llevarse a cabo la elección. Sería ésta la primera vez que un contendiente acumula suficiente simpatía y adhesiones como para cuestionar la inevitabilidad del bipartidismo que ha prevalecido desde los acuerdos de paz hasta la fecha. Este fenómeno es causa de preocupación para quienes piensan que Bukele sería un presidente nefasto, pero también genera curiosidad intelectual en observadores con formación científica y académica.

El hartazgo de la mayoría de ciudadanos por los fracasos y la corrupción que le atribuyen al FMLN y ARENA sería una explicación suficiente para el surgimiento de una tercera opción, si Bukele fuese un líder carismático, si hubiera demostrado convincentemente su honradez y una excepcional capacidad de gestión administrativa y política, si tuviera una clara visión de país y la capacidad de articular una agenda de gobierno verdaderamente innovadora y factible, si no mantuviera evidentes vínculos con lo peor de los partidos a los que critica y quiere reemplazar, si no tuviera entre sus más cercanos colaboradores a algunos de los personajes más turbios de la política salvadoreña. Pero no es ése el caso.

La simpatía que expresan considerables contingentes sociales hacia la candidatura de Nayib Bukele no se comprende sólo por el desprestigio de los partidos tradicionales, ya que su partido está tanto o más desprestigiado que los demás. No se comprende tampoco sólo por la trayectoria o las cualidades y competencias del candidato, ya que sus tres contendientes lo superan en todos o casi todos los aspectos relevantes.

Una parte se entiende por la habilidad de Bukele para apropiarse la bandera de los defraudados, mostrándose él mismo como víctima de un sistema político anquilosado y corrupto, para lo cual ha debido borrar, como por arte de magia, su participación en ese sistema. También ha tenido habilidad para crear la imagen de un joven rebelde, audaz e irreverente, que no necesita pensarlo dos veces para poner el dedo en las llagas de ARENA y el FMLN, culpando a ambos de todos los males habidos y por haber. De esa forma ha logrado mostrarse en sintonía con la gente, sin necesidad de empolvarse sus finos botines recorriendo poblados pequeños y grandes para encontrarse con la gente a la que le ofrece vagamente un futuro mejor.

Pero eso todavía no explica satisfactoriamente por qué hay tanta gente dispuesta a confiar en él. Una cosa es confiar en su habilidad para arrebatarles el poder a ARENA y al FMLN, y otra muy diferente es confiar en su capacidad para gobernar dentro del marco constitucional y sin destruir la institucionalidad democrática, como han hecho en sus países Chávez, Maduro, Ortega, Evo Morales y otros líderes políticos que alcanzaron el poder simplemente explotando la frustración de los ciudadanos con los partidos tradicionales, pero sin tener una clara definición ideológica o, al menos, un plan de gobierno realmente novedoso y factible.

La menguante fascinación de muchos salvadoreños con la candidatura de Nayib Bukele solo se puede comprender a cabalidad analizando más cuidadosamente la evolución que han tenido el pensamiento y las actitudes políticas de los electores. Esta misma apreciación, por cierto, fue la que llevó a los pensadores sociales de la Escuela de Frankfurt, saliendo de la segunda guerra mundial, a estudiar la personalidad autoritaria, en un intento sin precedentes por comprender el fenómeno de la adhesión masiva a líderes como Hitler y Mussolini.

Tanto Bukele, si quiere afianzar y expandir su popularidad, como los que aspiran a frenarlo y derrotarlo en las urnas, tienen que hilar más fino en sus esfuerzos por comprender a la sociedad salvadoreña actual. La rivalidad en el proceso electoral del momento, no pasa por el borroso eje ideológico de izquierda-derecha, ni por la distribución de la población en intervalos de edad, ni por la clásica partición en clases sociales. En lo que concierne a procesos electorales, es evidente que ha habido importantes reagrupamientos que nadie ha intentado todavía identificar y analizar con el rigor metodológico de las ciencias sociales.

Los organizadores de las campañas proselitistas y de la propaganda política siguen partiendo de análisis impresionistas, especulaciones más o menos plausibles, espejismos y prejuicios. Ensayo y error. A veces le atinan, la mayoría de veces no. El tiempo que resta para la elección no da para estudios rigurosos y confiables, pero al menos los partidos debieran hacer un intento más cuidadoso para perfilar mejor a los diversos segmentos del electorado y así poder decidir más racional y eficientemente sus estrategias de campaña para la recta final.

¿David contra Goliat? De Joaquín Samayoa

3 octubre 2018 / EDH-Observadores

Desde que se conoce el relato bíblico, David se ha enfrentado nuevamente a Goliat en un sinfín de ocasiones en diversos escenarios del deporte, la política, los negocios y la vida cotidiana. Así nos referimos en muchas culturas a toda lucha percibida como muy desigual; a todo combate entre astucia y fuerza. Lo que varía es el resultado de la pelea. A diferencia de lo ocurrido entre el joven israelita y el gigante filisteo según el Libro de Samuel, la mayoría de veces, el tamaño y la fuerza prevalecen sobre el voluntarismo y la astucia.

Al iniciar formalmente esta semana la contienda para elegir al próximo presidente de El Salvador, la gente hace ya sus apuestas por David o Goliat. Mientras unos ya casi celebran, como si la elección fuera solo un engorroso trámite por el que hay que pasar, otros se retuercen consumidos por la angustia, el pesimismo y las dudas; confundidos al punto de no poder distinguir entre lo real y lo virtual. En ambos bandos se hacen cuentas, dejando a veces la impresión de que ninguno de los dos sabe contar.

En este particular enfrentamiento, la pregunta de quién es David y quién Goliat ha sido soslayada. Nayib Bukele se apropió tempranamente el rol de David, dejándoles a ARENA y sus aliados el rol que más fácilmente se les acomoda, el de un gigante que se mueve con lentitud y torpeza. Esa narrativa se impuso rápidamente y resultó ser buen golpe de astucia que está definiendo la campaña y probablemente influirá mucho en el resultado. En estos tiempos de frustración global generalizada, presentarse como víctima del sistema y las organizaciones que tanta gente ha aprendido a odiar, le da a Bukele una posición muy ventajosa.

La principal ventaja es que se vuelve inmune a la crítica. Cualquier señalamiento de errores o debilidades de carácter, cualquier comentario negativo a su corta trayectoria en la administración pública, cualquier evidencia de su escasa formación académica, automáticamente se interpreta como un ataque que confirma el mito de la grandeza de un ciudadano joven dispuesto a enfrentarse a los dos gigantes perversos y paradigmáticos de todo mal en nuestro sistema político. Nada negativo que se diga de él es real, tan solo un intento de apartarlo del camino.

El campo de Bukele ha sabido explotar muy bien los sentimientos más básicos de las personas en una coyuntura marcada por el rechazo a los políticos tradicionales. En primer lugar, la tendencia natural a identificarse con aquellos a quienes se les percibe más débiles o tratados injustamente. En segundo lugar, la gratificación vicariante que se experimenta al identificarse con alguien que tiene agallas para desafiar a los poderosos. Esto último tiene un gran atractivo, en la medida en que compensa la desesperanza de los que se sienten agraviados o defraudados, pero no han encontrado la fuerza o la ocasión para pelear sus propias batallas.

Lo curioso es que la gente que ha sido o se siente más engañada por los partidos y los políticos, la que más cuidado debiera tener al elegir al siguiente mandatario, es la que más fácilmente se presta a las nuevas formas de engaño. Se atrincheran cómodamente en la falsa premisa de que no puede haber algo peor que lo que hemos tenido. Y eso no es cosa solo de guanacos. Así se comportaron los venezolanos cuando eligieron a Hugo Chávez, así los peruanos cuando le dieron poder a un desconocido llamado Alberto Fujimori, así los mismos salvadoreños cuando creyeron en la palabra de un fogoso comentarista de noticias, así tantos otros pueblos que todavía tendrán que esperar un poco para conocer el inexorable dictamen que la historia hará sobre la decisión de confiar a ciegas en los que venden la ilusión de superar todos los males que acarrean los sistemas obsoletos y los políticos corruptos. Invariablemente los que se convencieron de que no podía haber algo peor han tenido amargos despertares.

Estas reflexiones no las hago con animosidad hacia Nayib Bukele. He examinado con detenimiento su candidatura porque la considero muy peculiar, muy diferente a lo que estamos acostumbrados. Su nivel de aceptación, según las encuestas, resulta bastante intrigante para alguien que solo ha tenido exposición en dos municipios, en las redes sociales y en unos pocos eventos muy controlados. Creo que es válido preguntarse cuánta correspondencia hay entre su realidad y la imagen que proyecta, porque hasta ahora lo único claro es que tiene un buen estratega de campaña y mucho olfato para decir cosas que la gente quiere oír.

El llamado que hago es a informarnos lo más y mejor posible, a meditar sobre el sustento de nuestras preferencias. El modelo para las decisiones electorales no debe ser el mismo que el de las lealtades y fanatismos deportivos. A tu equipo lo acompañas en las buenas y en las malas. Puedes darte ese lujo porque las victorias y las derrotas de tu equipo no afectan en lo más mínimo tus posibilidades de bienestar ni las de tu familia. Pero el voto y la abstinencia sí tienen importantes consecuencias.

Los meses que vienen son para aprender lo más posible sobre los candidatos y lo que cada uno propone hacer. Es necesario escuchar y leer con actitud crítica y con visión panorámica, sin dejarse manipular por la propaganda, que siempre es engañosa, poniendo en la balanza el mayor número posible de elementos de juicio, con disposición a superar prejuicios favorables o contrarios a cada candidato.

No se trata de ver quién pone los memes más divertidos o los insultos más venenosos en las redes sociales. Se trata de elegir a la persona más apta para gobernar al país en los próximos cinco años.

¿Qué sigue después de este escándalo? De Joaquín Samayoa

22 agosto 2018 / EDH – Observadores

Aunque siempre hubo sospechas, aunque algunos ciudadanos conocieron de primera mano determinados hechos de corrupción en las más altas esferas gubernamentales; la magnitud de lo que la Fiscalía ha destapado quizás solo la conocían el propio presidente y dos o tres de sus colaboradores más cercanos. Lo que por cinco años fue solo un cúmulo de rumores y una creciente sensación de malestar, súbitamente se convirtió en una avalancha de indignación colectiva.

Los medios serios de comunicación han brindado extensa cobertura noticiosa y han facilitado sus espacios de opinión para el desahogo, las críticas y algunos análisis más o menos atinados. La blogosfera y las principales “redes sociales” han hecho su parte permitiendo a los que están libres de pecado, y a los que buscan ser percibidos de esa manera, compartir y comentar una mezcolanza de informaciones confiables, fake news, humor negro, ira, cinismo y frustración. En las redes, los troles y los oportunistas han hecho su agosto. Por su parte, los bipolares se han sentido reivindicados en su estrecha visión del mundo, culpando entusiastamente a la derecha o a la izquierda, a uno u otro partido, según sus particulares cegueras ideológicas.

Esto ha sido el caso Saca. Falta todavía una similar revelación sobre la presidencia de Funes. Ojalá lo de Saca no nos haya vacunado contra la indignación que también debiera causarnos la siguiente oleada. Pero además faltan otras cosas muy graves que tal vez no se ventilen porque la Fiscalía no ha podido investigar lo suficiente. Me refiero a los sobornos en la adjudicación de contratos jugosos de obras públicas. Falta investigar muchos casos individuales de ciudadanos corruptos, dentro y fuera del aparato estatal, que se beneficiaron del esquema de saqueo y encubrimiento: empresarios, periodistas, diputados, ministros, presidentes de autónomas. Falta también pedir cuentas a los que debieron evitar que todo esto ocurriera y no lo hicieron. Falta hurgar en los otros órganos del Estado y en los gobiernos municipales.

Con suerte, se terminará desvelando, juzgando y castigando solo a un pequeño porcentaje de los culpables. La Fiscalía tiene las manos llenas con las acusaciones que ya ha realizado. Pero sabemos que hay mucho más. Vivimos en un pueblo chico y todos sabemos cosas. ¿Por qué no hizo denuncias la gente que observó o se enteró de estos hechos? Hay varias explicaciones. En primer lugar, hasta ahora no había habido la más pequeña señal de que se podía confiar en el sistema de justicia penal. Algunos callan porque necesitan conservar su empleo o porque se les amenaza con vengativas demandas por difamación. Otros, porque desde las más apestosas tuberías de aguas negras salen jaurías de troles con la misión de enlodar impunemente la reputación de cualquiera que se atreva a denunciar a los políticos corruptos. Hay también lealtades muy mal entendidas y renuencia a darle municiones a los adversarios políticos.

Como si no fuera suficiente el horror de tantos actos delictivos en el aparato estatal, también ha habido comportamientos que la ley no prohíbe expresamente pero son igualmente reprochables y perniciosos. Muchas de las cosas que hicieron Funes y Saca entran en esta categoría. Hay formas legales de robarle al pueblo, a los que pagamos impuestos y a los que necesitan que ese dinero sea utilizado con rectitud y lucidez. No se trata solo de evitar el enriquecimiento ilícito de los funcionarios públicos. También debiera evitarse que lleguen a darse vida de millonarios por cinco años con el dinero de los contribuyentes.

Ese dinero que despilfarran en autos de lujo, trajes y zapatos que cuestan miles de dólares, los más finos licores, viajes completamente improductivos, propaganda para exaltar su ego o favorecer a su agrupación política, etc. Todos esos gastos son legales simplemente porque los diputados nunca han querido poner límites, regulaciones y controles a la partida de gastos reservados de la presidencia. Si los candidatos a la presidencia para el próximo período quieren tener alguna credibilidad cuando hagan promesas sobre el combate a la corrupción, deben ser muy concretos y específicos en este punto.

Cualquier presidente necesita disponer de cierta cantidad de dinero para algunas actividades cuya naturaleza exige discreción. No es éste el espacio para explicar estas necesidades especiales de los gobiernos, que van desde el pago de servicios puntuales de asesoría en diversas áreas hasta la atención de ciertos aspectos en emergencias nacionales que nadie puede prever. Pero hay una enorme distancia de eso a tener un arca rebalsando de dinero para satisfacer caprichos, comprar voluntades, pagar la benevolencia de las entidades contraloras, corromper periodistas y conceder salarios inmerecidos a amigos, parientes y activistas políticos.
La regulación y el control de ejecución de la partida de gastos reservados es impostergable para combatir la corrupción en las más altas esferas del gobierno. Ahí entra también lo de los sobresueldos. No debe haber sobresueldos turbios a entera discreción del presidente. Lo que resulta necesario y conveniente es ofrecer salarios competitivos pero enteramente transparentes, en función de méritos y competencias comprobadas. Es absurdo que todos los funcionarios dentro de una misma categoría reciban la misma remuneración, pero la manera de abordar este asunto no es haciendo uso de la partida de gastos reservados. Ya es hora de revisar y aprobar el proyecto de ley de la función pública que ha estado engavetado desde hace varios años.

Recordemos que tanto Saca como Funes se llenaron la boca en sus discursos inaugurales prometiendo combatir la corrupción. A los candidatos que competirán por la presidencia en 2019 los ciudadanos debemos exigirles que sean mucho más concretos en lo que proponen. Hay que exigirles también capacidad de liderazgo para influir de manera significativa en los partidos que los respaldan y en los otros órganos del Estado, cuya acción es imprescindible para erradicar la corrupción. Si seguimos votando o dejando de votar por prejuicios, por meras afinidades ideológicas, por resentimientos, por el atractivo empaque de productos defectuosos … entonces después no nos sorprendamos por cosas como las que ahora están saliendo a la luz pública.

Los debates entre precandidatos de ARENA. De Joaquín Samayoa

Joaquín Samayoa, 4 abril 2018 / EDH-Observadores

Este próximo jueves se llevará a cabo el primer foro entre los tres aspirantes a la candidatura presidencial de ARENA. No será propiamente un debate porque las reglas de juego acordadas no permiten la interacción entre los ponentes y, además, porque el tiempo que tendrá cada uno no da para responder una pregunta y también rebatir o comentar algo que otro haya dicho. Con ese formato, es difícil lograr alguna profundidad en la exposición de ideas, pero no por eso debe menospreciarse el valor y la importancia del foro.

Los dos precandidatos que tienen probabilidad de ser electos en las internas del día 22 han venido exponiendo sus ideas y mostrando su personalidad desde hace varios meses en visitas a comunidades, entrevistas radiales y televisivas, foros organizados por grupos de la sociedad civil y, por supuesto, en las redes sociales. Pero esta será la primera vez que tendremos la oportunidad de verlos juntos y en una situación en la que ellos no controlan enteramente su discurso, pues tienen que ceñirse a las preguntas que les hagan y al tiempo que les otorgan para responder.

Lo bueno de obligarlos a respuestas cortas es que eso nos permite aquilatar algo muy importante. Asumiendo que los precandidatos han aprendido a manejar la ansiedad, la capacidad de articular una buena respuesta en tres minutos depende exclusivamente de la claridad que se ha alcanzado en la comprensión del tema.

Solo cuando se tiene mucha claridad, el que responde puede evitar irse por las ramas y tener que hacer un aterrizaje forzoso cuando quedan solo unos pocos metros de pista. La claridad mental implica haberse esforzado en conocer y comprender realidades complejas, saber distinguir entre la esencia y las cosas secundarias o irrelevantes, conocer cuáles son los ámbitos de acción e incidencia del presidente de la república y cuáles son competencia de otras instancias del gobierno.

El debate, pues, aunque no lo sea en el más estricto sentido de la palabra, puede ser muy revelador acerca de la inteligencia y el dominio que tienen los precandidatos, en este caso sobre dos temas bastante difusos y poco comprendidos, pero determinantes como telón de fondo de algo que definitivamente debe cambiar en El Salvador: la manera de hacer política y el liderazgo social, que tanta falta nos ha hecho desde hace varias décadas. Desde esta perspectiva, no es importante sólo lo que se dice, sino la credibilidad que pueda proyectar cada uno para inclinar la balanza de los votantes que todavía no deciden involucrarse o no saben a quién favorecer con su voto.

El candidato que resulte electo en las internas de ARENA tendrá muy buenas probabilidades de convertirse en el próximo presidente de El Salvador. Esa es razón suficiente para que todos nos interesemos en esta serie de tres debates que ha organizado la Comisión Electoral Nacional (CEN) de ARENA. Solo los afiliados al partido tienen derecho a voto. Pero cada uno de esos 122 mil ciudadanos tiene familiares y amigos con quienes seguramente discutirán sobre el tema en las próximas semanas, por lo que, en alguna medida aunque sea indirectamente, muchos salvadoreños que no pertenecemos a ARENA podremos ejercer influencia sobre el resultado de una elección que hace solo unos meses parecía “de trámite” pero se ha vuelto altamente competitiva por las innegables virtudes, la convicción y el empeño de Javier Simán, quien no aceptó darse por derrotado antes de hacer su mejor esfuerzo para triunfar.

ARENA se encuentra en una situación envidiable, enfrentando una oposición que cayó en una profunda crisis y no encuentra la forma ni la fuerza para superarla en el poco tiempo que resta para la elección presidencial. Por si eso fuera poco, ARENA tiene el lujo de poner a competir a dos de sus mejores cartas, personas íntegras y bien formadas, ambos poco o nada contaminados con todo lo indeseable de tiempos pasados, ambos jóvenes y con mucha energía. Lo mejor que pueden hacer las instancias de mando del partido es garantizar que la competencia sea limpia y facilitar el voto del mayor número posible de afiliados.

En los tres debates que se llevarán a cabo, los precandidatos deben entender que su prioridad inmediata es conquistar la confianza de sus propios correligionarios, pero deben saber que estarán siendo también observados con mucha atención por cientos de miles de salvadoreños que, en menos de un año, tendremos que decidir si le damos una nueva oportunidad a ARENA, o nos quedamos como meros espectadores, o le damos continuidad a diez años de mal gobierno, o nos dejamos deslumbrar por los espejitos brillantes de algún vendedor de sueños cuyo único mérito hasta ahora ha sido despotricar contra el sistema.

Un infierno dantesco para los políticos salvadoreños. De Joaquín Samayoa

Joaquín Samayoa, 15 marzo 2018 / EDH-Observador

El FMLN parece haber aceptado que debe hacer una reflexión profunda para entender los factores superficiales y profundos que le ocasionaron un resultado desastroso en las pasadas elecciones de diputados y concejos municipales. En contraste, no veo señales de que ARENA entienda que debe hacer otro tanto para apropiarse la parte que le toca de la elevada cantidad de votos nulos y abstenciones. A los partidos más pequeños les fue un poco mejor de lo que esperaban y parecen estar muy complacidos, pensando más bien en cómo hacer valer esos votos que ARENA necesitará para tomar decisiones en el próximo período legislativo.

En parte por la contundencia de su derrota y en parte por la falta de responsabilidad y conciencia de los demás actores en nuestro sistema de partidos políticos, los reflectores apuntan casi de manera exclusiva al FMLN. Dentro y fuera del partido se han elevado voces, unas apasionadas y otras más serenas, señalando los errores y lo que debiera corregir el FMLN para recuperar algo de competitividad en la próxima elección presidencial. Quizás el recuento más exhaustivo y atinado de causas inmediatas y remotas del descrédito del FMLN lo ha hecho el periodista Ricardo Vaquerano en su ensayo “Por qué perdió el (ex) FMLN” (revista FACTUM, 9/3/18).

La verdad es que esto parece una danza de demonios y cada uno es libre de escoger con cuál de ellos quiere bailar. Sin embargo, los responsables de las decisiones en los partidos, en el gobierno y en la legislatura deben saber que no se trata de entretenerse un rato haciendo alardes de corrección política o de lealtad ideológica. Entender de una u otra forma lo que ocurrió en las elecciones del pasado 4 de marzo tendrá serias implicaciones en el corto y mediano plazo para los partidos políticos y para el país.

Las acciones políticas y el desempeño de los funcionarios son importantes para ganar o perder credibilidad en la población, pero hay un nivel más profundo de análisis que no debiera ignorarse. Hay una dimensión en la que radica, a mi juicio, la imposibilidad de cualquier gobierno para resolver los problemas más graves que golpean y frustran a la mayor parte de salvadoreños. Y es precisamente esa dimensión donde más difícil le resulta moverse y avanzar al FMLN. Me refiero a la dimensión ideológica, más concretamente a una versión rígida de su propia ideología, tan rígida que no ha sido siquiera capaz de integrar de manera coherente los drásticos cambios que se han dado en nuestra estructura social en los últimos 25 años.

El modelo de Estado asistencialista y clientelar se ha vuelto simplemente inviable. Es un barril sin fondo para las finanzas públicas, un factor de estancamiento del desarrollo económico y social, y un caldo de cultivo para frustraciones y desencantos masivos. Mientras la apuesta del FMLN no sea por los factores y dinamismos que propician el desarrollo humano sino por aquello que genera y profundiza la dependencia de sectores cada vez más numerosos de la población, no hay salida.

Si, por añadidura, no hay una apuesta genuina por el desarrollo de la institucionalidad democrática, sino por un modelo autoritario que tiende a anular los controles políticos y sociales del ejercicio del poder, el rechazo de la gente, más tarde o más temprano, está garantizado. Estos planteamientos ideológicos son los que nunca ha querido el FMLN someter a crítica. Los considera a priori como parte de la agenda de la derecha, como un caballo de Troya de los viejos poderes oligárquicos, como una amenaza a los intereses del pueblo (léase “de la cúpula de un partido que se auto-define como el único intérprete genuino de los intereses del pueblo”).

Dudo mucho que la auto-crítica que han pregonado los dirigentes más iluminados del partido vaya a llegar a tales niveles de profundidad. No creo que tengan disposición para quedarse un buen rato desnudos frente al espejo. Por falta de ejercicio de sus facultades mentales para el pensamiento crítico, por refugio prolongado en el “group thinking”, por el hábito arraigado de culpar a alguien más, por su visión maniquea de la realidad, por su comprobada paranoia que les impide dar cabida al pensamiento independiente, tal vez no tengan tampoco la capacidad para hacer una verdadera revisión ideológica, aunque llegaran a entender que deben hacerla.

Asumiendo que sus debates no llegaran tan hondo, quisiera al menos invitarlos, al FMLN y a todos los políticos, incluidos los que se creen moralmente superiores, a hacer un “tour” por los círculos del infierno de Dante en la Divina Comedia. Pero debo advertirles que tendrán que bajar a los círculos más profundos para encontrarse.

En los primeros círculos del infierno, los más superficiales, Dante ubica a los pecadores de los que más suelen ocuparse las religiones que se creen y tal vez tratan de ser cristianas. Ahí se encuentran los lujuriosos, los golosos, los avaros, los iracundos y los herejes. En el 7º círculo empieza a ponerse buena la cosa. Ahí están los violentos, o sea varias decenas de miles de salvadoreños. Pero es en los dos últimos círculos donde sufren sus merecidos horrores los que incurren en prácticas muy frecuentes entre los políticos, los nuestros y los de otras latitudes.

Ahí están los que practican la malicia fraudulenta, los embaucadores, los aduladores, los que sacan provecho ilícito de sus cargos públicos, los que traicionan a quienes confiaron en ellos y los que siembran las discordias que enfrentan y dividen a los seres humanos. Esos son los pecados más graves. La gente lo sabe intuitivamente, aunque no hayan leído la Divina Comedia.