Joaquín Samayoa

Sin rumbo, sin experiencia y sin oposición. De Joaquín Samayoa

4 junio 2019 / EL DIARIO DE HOY-Observadores

En la vida cotidiana de los salvadoreños, no se siente el cambio de gobierno. Cada quien se ocupa de lo suyo como ha venido haciéndolo en los últimos meses. Solo los funcionarios que salen y los que entran tienen que hacer un esfuerzo grande de adaptación a su nueva realidad. Así suele ser, porque las instituciones garantizan estabilidad y continuidad. Así suele ser, hasta que en alguna dimensión ocurre algún cambio notable e impactante.

Las dudas que hayamos albergado en nuestra mente acerca del nuevo gobierno no se despejaron durante el fin de semana recién pasado. Los nuevos funcionarios son desconocidos para la mayoría de salvadoreños, no solo porque son nuevos en la política sino porque nunca han sobresalido en ningún aspecto. Aun los que tenemos el hábito de observar de cerca los acontecimientos políticos, conocemos solo a unos pocos de ellos. Entre esos pocos, solo unos pocos nos dan esperanza; la mayoría nos dejan indiferentes o nos confirman nuestros peores temores. No son los mismos de siempre, pero no por eso son mejores, más honestos, más competentes.

Por otra parte, el discurso inaugural del presidente tampoco nos permite saber a qué atenernos. Tuvo el mérito de no ser agresivo. Tuvo el mérito de proyectar al nuevo presidente en una perspectiva más personal, más humana. Tuvo el mérito de intentar levantar los ánimos de la población, la esperanza de que podemos construir un país mucho mejor.
Pero más allá de eso, seguimos sin tener idea de cuál es la visión del presidente, cuál es el rumbo que tendrá el país en los próximos cinco años, cuáles son las estrategias y acciones que, por novedosas y bien pensadas, ofrecen buenas posibilidades de resolver los principales problemas y satisfacer las grandes expectativas que se han levantado en la población.

Tuvo cuatro meses el presidente Bukele para afinar su visión y definir sus prioridades globales y sectoriales. Tal vez ha hecho avances en esa dirección, pero si es ése el caso, no hemos podido enterarnos al escuchar sus primeros discursos. De momento al menos, lo que vemos es un gobierno que empieza a caminar sin rumbo claro; un equipo entre mediocre y malo, con la excepción de algunas carteras, como Educación, Relaciones Exteriores, Desarrollo Local, Economía y Hacienda. Tal vez mejora o tal vez empeora con la designación de los viceministros, la cual sigue pendiente incomprensiblemente.

A los peligros de un gobierno sin rumbo, conducido en algunas áreas críticas por personas sin experiencia pertinente y sin la debida formación, se añade un factor negativo que probará ser muy determinante y no precisamente para bien. Los partidos que fueron dominantes durante tres décadas culminaron su proceso de deterioro hasta casi desaparecer por completo del mapa político. Con 7 y 5 por ciento de popularidad respectivamente según encuesta reciente de LPG-Datos, ARENA y FMLN se han vuelto irrelevantes. PCN, PDC y el propio GANA están ya en el suelo.

Han transcurrido ya más de 15 meses desde las elecciones para diputados y alcaldes, en las que podía verse ya claramente el deplorable futuro que les esperaba a ARENA y FMLN si no entendían que debían iniciar un proceso lúcido, valiente y genuino de renovación. Pero ellos no lo vieron así. Continuaron haciendo todo lo contrario de lo que debían haber hecho para recuperar su legitimidad ante la mirada impaciente de la población.

¿No entendieron? Muy bien, dijo el pueblo. Ahora se lo vamos a explicar a golpes. Y sucedió la aparatosa derrota del pasado 3 de febrero. Pero lamentablemente sigue faltando inteligencia y sigue sobrando apego al poder. Las cúpulas de ambos partidos simple y sencillamente no se quieren apartar, no se dan cuenta de que ellos y sus abundantes parásitos son la causa principal de que sus partidos se encuentren postrados y sin futuro.

La consecuencia inmediata ya se está haciendo sentir. Las lealtades de los diputados electos por el pueblo el año pasado ya no son para sus respectivos partidos, ni están orientadas por principios y valores; empiezan a convertirse en mercancías disponibles al mejor postor, empiezan a sentirse irresistiblemente atraídos por el único polo de poder político que actualmente existe en El Salvador.

Un remedio novedoso contra las infecciones políticas. De Joaquín Samayoa

25 mayo 2019 / EL DIARIO DE HOY / OBSERVADORES

Me cuento entre los que hubieran preferido que otro candidato ganara la elección presidencial, pero no por eso dejaré de reconocer el valor de las actuaciones que me parezcan atinadas en el gobierno de Nayib Bukele.

Lo voy a decir rápido y sin rodeos. Me ha parecido muy interesante y me ha sorprendido gratamente la designación de cinco mujeres para posiciones clave en el nuevo gabinete de gobierno. Conozco a tres de ellas y creo que están muy bien calificadas para desempeñarse en esas posiciones, pero más que sus capacidades, suma de formación y experiencia, me alegra que sean mujeres; y más que sean mujeres, veo muy bien que sean nombres y rostros frescos en el gobierno, todas ellas relativamente libres de contaminación política y de esclavitudes ideológicas.

Es temprano para saber si el presidente electo nos va a cumplir o nos va a quedar debiendo con lo de las nuevas ideas, pero es un buen paso empezar formando equipo con nuevas personas. Y ojalá siga empleando esos mismos criterios al seleccionar a quienes completarán el núcleo de su equipo de trabajo, porque casi todos los nombres, ya bien conocidos, de los que se han mantenido cerca de él antes, durante y después la campaña electoral, me generaban mucha desconfianza y bastantes temores. Espero que esas personas no aparezcan más adelante en otras posiciones importantes. Esto último lo digo también rápido y sin rodeos. Si a alguien le pica, está en total libertad para rascarse.

Que una gran parte del gabinete sea femenina abre buenas posibilidades para hacer las cosas de manera diferente. No me agradan los estereotipos, ni los positivos ni los negativos, como criterio para juzgar a las personas, pero hay que reconocer que, en general, las mujeres suelen tener ciertas cualidades que los hombres tenemos de manera más excepcional. Me refiero a cualidades importantes para conducir ciertos asuntos de gobierno; cualidades como la capacidad de empatía, la sensibilidad emocional, la intuición y la inclinación hacia formas no egocéntricas y poco agresivas de resolver conflictos. En la medida en que estas nuevas funcionarias hayan cultivado esas virtudes, habrá más probabilidades de experimentar nuevas formas de hacer política.

Eso sería ya una ganancia. Pero además quiero enfatizar lo atinado de dar oportunidad a personas con un expediente limpio de crímenes y desaciertos políticos. Solo María Ofelia Navarrete (María Chichilco) tuvo un rol activo en el conflicto armado, pero ella es una persona tan sabia en su sencillez, que no se ha dejado contaminar por las cosas más abominables que ocurrieron durante la guerra, ni se ha prestado a desplegar lealtades ideológicas rígidas u obsoletas. Nunca perdió el rumbo. Lo importante para ella sigue siendo ayudar y promover a los más pobres y marginados de esta sociedad.

No sabemos, al fin de cuentas, cuán grande será la participación de mujeres o de gente fresca en el nuevo gobierno, pero si los primeros nombramientos son una indicación de lo que falta por conocerse, creo que el presidente Bukele ha comenzado bien. Y ojalá él mismo se deje transformar por las personas virtuosas a su alrededor, para que se ocupe de lo que debe ocuparse y lo haga con ecuanimidad; para que no se convierta en otro Trump u otro Funes, que viven para pelear con sus adversarios y con fantasmas en una interminable guerra de “tweets” que a nadie benefician.

Hasta ahora, con muy pocas excepciones, los gobiernos han sido una especie de patriarcado y la política un escenario para el combate público entre políticos narcisistas, incompetentes y ambiciosos. Eso es lo primero que debe empezar a cambiar si aspiramos a edificar una sociedad diferente. La mujer no debe seguir relegada a posiciones subordinadas ni a pequeños espacios de decisión y acción, generalmente en ámbitos poco relevantes. Tampoco debe ser forzada a copiar lo peor del género masculino para poder destacarse y tener oportunidades. La mujer salvadoreña ha sido históricamente uno de los pilares más sólidos de nuestra sociedad. Justo es que se le reconozca su valor y se le conceda su espacio de acción.

Y ya que hablo de estos temas en referencia al nuevo gobierno, quisiera extrapolar estas consideraciones al terreno de los partidos políticos, cuya pérdida progresiva de legitimidad los llevó a una aparatosa derrota el 3 de febrero recién pasado y a una crisis interna que los ha seguido desgastando y los está reduciendo a su mínima expresión.

Tanto en ARENA como en el FMLN se está desplegando una lucha de poder que no responde a una mayor conciencia de su propia realidad ni a un planteamiento ideológico claro en cada una de las fracciones contendientes. Son luchas entre dirigentes, jóvenes o viejos, que están ya demasiado gastados, dirigentes que no traen nada nuevo y no entienden que ellos mismos son una parte importante del problema y, por consiguiente, lo mejor que pueden hacer es apartarse y facilitar una auténtica renovación en sus respectivos partidos. De otra forma, las infecciones políticas que los tienen postrados no van a sanar, solo van a seguir enconándose hasta provocarles la muerte.

No lo dejes caer en la tentación y líbranos del mal. De Joaquín Samayoa

Joaquín Samayoa, rector de ISEADE – FEPADE

13 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY-Observadores

Durante la semana posterior a la elección presidencial, han circulado por todos los medios habidos y por haber abundantes teorías que intentan explicar por qué Nayib Bukele ganó la elección en primera vuelta en forma demoledora sobre todos sus rivales. Algunos de esos opinantes han aprovechado la ocasión para fustigar no solo a los perdedores, sino también a los analistas que nos atrevimos a poner en duda la inevitabilidad o la magnitud de ese resultado.

Curiosa actitud la de esos opinantes post electorales, ya que ninguno de ellos se atrevió, en los meses anteriores, a hacer y razonar ese pronóstico que todos debimos hacer, según ellos, si no hubiéramos estado tan desconectados de la realidad.

Con la excepción de las universidades y empresas encuestadoras, la verdad es que muchos, casi todos, cometimos errores de apreciación pequeños o grandes en una o varias de las dimensiones más determinantes del resultado electoral. No me extrañaría que el mismo presidente electo y su equipo de asesores también hayan quedado un poquito sorprendidos por lo contundente de su victoria. Sin duda, esperaban ganar, pero no creo que hayan pensado ni por un momento que el 3 de febrero tendrían paseo de campo.

Esta fue una elección muy peculiar en muchos sentidos. Lo que predominó en el transcurso de los meses anteriores fue una gran incertidumbre. No conozco a mucha gente que haya descartado la posibilidad de un triunfo de Nayib; la duda se planteaba sobre la magnitud de las diferencias y la necesidad de una segunda vuelta.

De cualquier forma, la autopsia política les corresponde hacerla a los partidos que se hundieron o terminaron de hundirse. La gran pregunta es quién hará el examen forense. ¿Se quedarán examinando los rasguños en la piel o se atreverán a examinar tejidos más profundos? ¿Buscarán toda la verdad o solo la parte menos perturbadora, la parte más conveniente a determinados intereses? Lamentablemente ya se ven señales de que todo podría reducirse a una lucha por lograr el control del partido. En tal caso, los análisis y argumentos serán atendidos, como siempre, únicamente en la medida en que ayuden a afianzar las posiciones de las personas que entren en la pugna.

Por esa razón, me parece más útil dejar a otros el trabajo forense y el de reingeniería política, para empezar a ocuparme de lo que puede venir con un gobierno que arranca con abundante capital político. En esta ocasión, pongo el énfasis en lo que se debe evitar, porque si eso no se evita, no habrá mucho más de qué hablar.

El magnetismo comprobado del presidente electo para atraer respaldos encontrará terreno fértil en el oportunismo de los que solo buscan estar o mantenerse arrimados al poder. De esa forma, el nuevo presidente podría contar pronto con los votos necesarios en la Asamblea Legislativa para gobernar sin mayor dificultad hasta que pueda tener su propia bancada en 2021. Ojalá el pragmatismo de Bukele no le haga caer en la tentación de pescar en esos charcos, porque correría el riesgo de terminar rodeado de los peores entre “los mismos de siempre”.

Y hablando de tentaciones, es oportuno señalar otras que suelen acechar a los gobernantes. La peor de todas es la de creerse iluminado e imprescindible, el elegido para llevar a cabo una misión divina en el tiempo que haga falta para lograrlo y por los medios que estime convenientes. Esa es la lógica de todos los dictadores, reforzada constantemente por aduladores dispuestos siempre a decirle al gobernante lo que sea para congraciarse con él.

Eso siempre termina en desastre y sufrimiento prolongado para los pueblos y en total desgracia para el dictador. Tenemos varios ejemplos en la historia reciente de Latinoamérica, al igual que en otros tiempos y latitudes. Ojalá Dios, con el nombre que él lo conozca, libre a nuestro joven gobernante de caer en esa abominable tentación. Es la tentación de concentrar todo el poder del Estado en su persona, silenciar las voces que le señalen errores, hacer leyes a su medida y poner su ego o su bolsillo por delante de las necesidades y aspiraciones del pueblo que ha confiado en él.
La tercera tentación que es oportuno señalar, en la que han caído casi todos nuestros gobernantes anteriores, es el despilfarro de los limitados recursos financieros del Estado. Mucho se habla de la corrupción y está bien señalarla y combatirla, pero igual daño hace el dinero mal gastado en lujos, compra de voluntades, programas clientelares y proyectos sin impacto. En este saco entran también algunas grandes obras que se hacen pensando más en alimentar el ego del gobernante que en satisfacer las necesidades más apremiantes de la población.

Las prioridades del nuevo gobierno deben apuntar a la eliminación de la violencia y la reactivación del empleo productivo. Estos son los pilares del desarrollo en nuestro país. El gran cambio estaría en buscar la autosuficiencia de las personas para que no tengan que depender toda la vida de subsidios y programas asistenciales del gobierno. Eso requiere una estrategia coherente que empieza por elevar significativamente el nivel educativo y la salud física y mental de la población.

El presidente electo ha dado unos primeros pasos alentadores, entre ellos el acercamiento a medios de prensa que, sin ser hostiles, expresaron muchas reservas y temores por lo que era una posibilidad y ahora es un hecho. Además de unificar y tender puentes, sería bueno que antes de asumir su delicada responsabilidad se pregunte cómo quiere ser recordado cuando finalice su mandato.

El candidato es la principal oferta electoral. De Joaquín Samayoa

El candidato es la principal oferta electoral

30 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY/Observadores

Este próximo jueves da inicio un corto período de silencio electoral. Tres días en los que está prohibido hacer propaganda. Tres días en los que se busca reducir el ruido estridente que no nos deja pensar. Son días en los que debiéramos hacer serenamente una revisión de las razones que nos mueven a apoyar o rechazar partidos y candidatos. Última oportunidad para sustentar con buenos argumentos lo que haremos el día de la elección.

Es muy probable que la mayoría de ciudadanos hayan decidido ya si van a votar o si no lo harán, si van a anular su voto o lo harán valer, si van a marcar una u otra bandera. Harán lo que harán por buenas o por malas razones, con información o sin ella, de manera responsable o a la ligera. Todos los votos cuentan igual. Esta es una de las grandes debilidades de la democracia en sociedades sin cultura cívica, en sociedades poco educadas, pero también ocurre inevitablemente en las sociedades más avanzadas.

La política suele moverse por intereses y pasiones mucho más que por razones. Aun así, los partidos y sus candidatos se esfuerzan por articular planes de gobierno que sean o puedan parecer mejores que los de sus rivales. Pero, a no ser que se manden algún planteamiento realmente fuera de lo común, la gente no suele poner mucha atención a esas ideas. Los planes son necesarios para gobernar pero no son muy útiles para ganar elecciones. Lo que sí tiene impacto es cómo se proyecta un candidato en su intento por merecer la confianza de los electores.

Cuando la gente emite juicios negativos o favorables acerca de un gobierno, generalmente lo hace a partir de tres o cuatro cosas, ignorando la complejidad de los problemas, la dificultad de las soluciones, la parte que les corresponde a otros órganos del Estado o a los gobiernos locales, o a los partidos de oposición. En una cultura presidencialista, todo parece culpa o mérito del gobierno central y, particularmente, del presidente de la república. Así se juzga también a los candidatos presidenciales. Ellos mismos confeccionan la vara con la que serán medidos.

Generalmente, los candidatos prometen el oro y el moro, dicen lo que creen que la gente quiere escuchar, como si el tiempo y los recursos fueran ilimitados y dieran para cualquier cosa, como si todo fuera posible y hasta fácil de lograr. Pero la gente solo recuerda las cosas extraordinariamente lúcidas o absurdas, la gente solo recuerda algunas promesas populistas de alivio a corto plazo. Los ejemplos abundan, lamentablemente más de lo absurdo que de políticas, programas y acciones realmente bien pensados. Para muestra, la fábrica de empleos, un aeropuerto en La Unión, la súper mano dura y, en tiempos más remotos, una escuela por día y una cancha por semana.

Todas las campañas presidenciales dejan servida la mesa para una gran decepción. Para curarme en salud, yo he adoptado la costumbre de hacerles un descuento generoso a todos los candidatos, un descuento más o menos entre el 50% y el 80% de lo que prometen. En otras palabras, si el que gana cumple con la mitad o más de sus promesas, me doy por muy bien servido, no espero más.

Pero también tengo otros criterios más exigentes para decidir a quién le doy mi voto. Si tan solo huelo que alguno tiene vocación de reyezuelo o dictador de república bananera, lo descarto automáticamente. El respeto incondicional y absoluto a los principios y a las reglas de juego de la democracia representativa no es negociable. Si no puedo tener plena confianza en que un determinado candidato, una vez investido con el poder de la presidencia, no va a caer en la tentación de ejercer ese poder de manera abusiva o arbitraria, jamás podré votar por él.

La última de esas exigencias en las que no hago concesiones está muy bien expresada en el refrán que todos conocemos: Dime con quién andas y te diré quién eres. En esta ocasión, los candidatos no han querido revelar quiénes serían sus más cercanos colaboradores, pero sabemos quién ha estado cerca de ellos durante la campaña, sabemos a quién escuchan, quién puede tener más influencia sobre ellos. No basta con que el presidente sea decente y honesto. Necesita apoyarse en un equipo grande, en un equipo de personas competentes y con capacidad de gestión política, un equipo en el que no haya espacio para la corrupción.

Por eso afirmé en el encabezado de esta columna que cada candidato, con sus virtudes y flaquezas, es él mismo su oferta más importante al electorado. Al verlo de esa manera, evitaremos darle poder a alguien que no sepa cómo utilizarlo. Desde esta perspectiva, resulta absurdo el argumento de que no perdemos nada con probar darle poder a alguien cuyo único atractivo es el de no ser candidato de ninguno de los partidos que tanto nos han decepcionado en las últimas décadas.

Votamos marcando una bandera partidaria, pero elegimos a una persona y a quien lo sustituiría en el cargo en caso de muerte o incapacidad prolongada. Ya en el ejercicio de sus funciones, el presidente puede apoyarse en su partido pero también puede y debe tomar distancia del mismo siempre que lo requiera el bien mayor de todos los salvadoreños.

De la gestión gubernamental es responsable, al fin de cuentas, el presidente de la república, no el partido que lo propuso como candidato. Todos sabemos que hay mucha tela que cortar en todos los partidos, no solo en ARENA y FMLN. Por eso me parece tan importarle darles mucho más peso en la decisión del voto a los candidatos que a sus respectivos partidos. Ellos son los que pueden hundir al país o sacarlo adelante.

¿Son tan malos nuestros partidos políticos? De Joaquín Samayoa

9 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY/Observadores

Ya van quedando pocos días para digerir mensajes, examinar motivaciones, aclarar la mente y tomar una buena decisión.

La campaña va a arreciar en las últimas tres semanas. El Frente se decidió, por fin, a dar la batalla; está haciendo su mejor esfuerzo para ganar o perder honrosamente, luchando. La coalición de partidos de derecha y sus candidatos llevan meses sin descansar un solo día para ganar o recuperar la confianza de los escépticos y de los indecisos.

Mientras tanto, el candidato respaldado por GANA sigue dormido en los laureles que le arrojan las encuestas, evitando exponerse para no decepcionar a sus entusiastas seguidores.

Entre los votantes hay de todo y para todos. ARENA y FMLN conservan su voto duro, menguado y renuente pero siempre respetable. Los votantes más ideológicos son “pro” pero también son “anti”. No son pocos los que persisten en sostener una posición rígida que les da engañosamente una autocomplaciente sensación de firmeza y superioridad moral. “Yo jamás votaré por los arenazis.” “Ni a punta de pistola votaría por los piricuacos.” Estas personas no albergan duda alguna, ni siquiera se molestan en pensar.

Lo que es nuevo en esta elección es la magnitud del segmento de los “anti” que creen tener suficientes razones para rechazar a ambos partidos tradicionales por igual. Sin mayor análisis, han llegado a la conclusión de que la política electoral de nuestro país ha alcanzado una especie de parteaguas histórico: Ni ARENA ni el FMLN merecen una nueva oportunidad. Esa creencia les deja solamente dos opciones: o se quedan en su casa, o se tragan todo el rollo de innovación, honradez y cambio que les ha vendido Bukele.

Es todavía muy incierto si esa manera de ver las cosas persistirá hasta el día de la elección y será determinante, en números significativos, en la decisión de abstenerse, anular o votar por Bukele. Lo cierto es que los dos partidos que hasta hoy han sido mayoritarios han dejado mucho que desear. Pero también es cierto que el electorado parece juzgar a esos partidos de manera bastante sesgada, con base únicamente en los casos, relativamente pocos pero muy publicitados, de corrupción en las más altas esferas del gobierno, a lo cual se suma el evidente fracaso para controlar la espiral de violencia con sus nefastas consecuencias para la economía del país.

Hay otros muchos errores, por acción u omisión, imputables a ARENA y FMLN a lo largo de las tres décadas en que se han turnado la presidencia y el control de la asamblea legislativa. Esos errores deben pesar y están pesando en la decisión de la mayoría de los votantes. Pero también debiera pesar un criterio, a mi juicio, sumamente importante.

Mal que bien, de buena o mala gana, ambos partidos han sido responsables al mantener, y en no pocos casos fortalecer, la institucionalidad del sistema de democracia representativa.

Con lamentables retrasos y con un enorme desgaste que bien pudo haberse evitado, han sido capaces de alcanzar acuerdos en los asuntos más polémicos y divisivos que han debido solventarse para allanar el camino hacia la consolidación del estado democrático de derecho. Han respetado los principios más fundamentales de nuestro sistema de gobierno: la separación e independencia de poderes, la libertad de asociación, pensamiento y expresión, la alternancia en el ejercicio del poder político. Eso se dice fácil pero no es poca cosa.

Igualmente responsables han sido, al fin de cuentas, los partidos que una vez fueron grandes, democracia cristiana y concertación nacional, y ya no lo son pero conservan un caudal de votos respetable y suficiente para influir en la política nacional. También estos partidos han incurrido en faltas graves, han estirado demasiado sus principios para formar alianzas turbias, han encubierto la corrupción, han intentado constantemente manosear las instituciones y han hecho prevalecer sus intereses partidarios sobre el interés y las necesidades de la sociedad. Pero igual han contribuido, en los momentos más críticos, a facilitar la gobernabilidad democrática.

Con las anteriores consideraciones no pretendo disculpar a nadie, pero es necesario poner en perspectiva algunas afirmaciones que me parecen demasiado gruesas y mal sustentadas. No creo que nuestro sistema de partidos esté agotado, como muchos afirman con pasmosa ligereza, sin insinuar siquiera una alternativa que pudiera ser considerablemente mejor. No creo tampoco que nuestros partidos sean peores que los de cualquier otro país, incluidas las democracias más antiguas y más desarrolladas. En todas partes se cuecen habas. En todas partes hay intrigas, corrupción y abusos de poder.

Definitivamente los ciudadanos debemos seguir exigiendo y colaborando para que nuestros partidos políticos sean mucho más éticos, más modernos, más eficaces. Lo que me resulta totalmente incongruente es pensar que un sistema de partidos que se considera muy malo pueda corregirse sustituyéndolo por un caudillo, por un macho sin dueño, por un líder populista con claras tendencias autocráticas. Eso siempre resulta muy mal. Eso siempre termina en la destrucción, desde el poder, de todos los mecanismos democráticos de control de los abusos de poder. Eso siempre termina en dictadura prolongada, con consecuencias nefastas e irreversibles. Si alguien tiene alguna duda, que pregunte a los cubanos, a los venezolanos, a los nicaragüenses.

La única buena solución a los males de los partidos políticos es el fortalecimiento de las instituciones llamadas a controlarlos y a evitar que el ciudadano esté completamente desprotegido ante los abusos de poder. Es utópico pensar que pueden desaparecer de la escena política la codicia, la vanidad, la ineptitud y la prepotencia. Las luchas por el poder y el ejercicio del poder hacen aflorar las peores miserias humanas. No es cosa de ideologías. La política no es poesía.

Los ciudadanos habremos hecho bien esta parte de nuestra tarea si elegimos al candidato que mejor pueda corregir las tendencias negativas de su propio partido, al más capacitado para dialogar y entenderse con otros sectores políticos, económicos y sociales, al más apto para fortalecer y hacer más eficaces las instituciones del Estado, al más honesto, al más competente. De eso se trata la elección que haremos en unas pocas semanas.

El descontento. De Joaquín Samaoya

29 noviembre 2018 / EDH-OBSERVADOR

La palabra “descontento” ha sido el más claro protagonista en una campaña electoral que inició, más o menos burdamente, hace aproximadamente un año. Los candidatos de los partidos tradicionales tomaron el descontento en su dimensión sociopolítica más común, y partieron de ahí para proponer fórmulas, unas gastadas y otras novedosas, para entusiasmar a los votantes.

Mientras tanto, el retador, l’enfant terrible, tomó el descontento, lo engordó con medias verdades y lo ha empleado incesantemente como grito único de batalla.

Ambas estrategias presuponen nociones muy diferentes sobre los salvadoreños. ARENA y FMLN se saben desgastados por su ineficaz ejercicio del poder, pero intentan tomar distancia de los errores de sus respectivos partidos y proponen, ante un pueblo escéptico, algunos caminos de solución, al menos para empezar a revertir las tendencias más indeseables. Asumen que hay interés en los votantes por conocer esas propuestas, saben que no pueden ofrecer más de lo mismo y confían en la capacidad analítica de la gente, aun sabiendo que el voto tiene importantes componentes ideológicos y emocionales.

Por su parte, Nayib Bukele le apostó simplemente al descontento y a la efervescencia de emociones negativas que esa condición subjetiva incuba. Asume que a la gente se le puede manipular fácilmente, da por sentado que la gente no quiere molestarse en analizar realidades complejas o no tiene la capacidad para hacerlo y, por consiguiente, les transmite un mensaje muy simple: Los partidos que se han alternado en el ejercicio del poder ya tuvieron su oportunidad y demostraron que no pueden… Yo sí puedo, soy el único que puede. No cargo con el lastre del pasado, soy el constructor del futuro.

Más allá de la evidente falsedad de la imagen que se ha labrado Bukele, puesto que no es un actor nuevo en la escena política y tampoco es tan inmaculado como pretende parecer, lo que resulta más interesante es la actitud de sus seguidores.

Es normal que una buena cantidad de gente le ponga cien candados a su mente y se encierre en su mundo ideológico, rechazando cualquier información o razón que pudiera sacudir el fundamento de sus creencias. Eso lo conocen muy bien ARENA y FMLN y lo identifican como voto duro. Esa misma es también, por cierto, la actitud de los fanáticos religiosos, que cada día incursionan más en la política. Pero el caso de los seguidores de Bukele no parece explicarse por adhesiones ideológicas, se centra y se agota en la persona del líder, mejor dicho, en la percepción que se tiene del líder.
Bukele tiene simpatizantes en todos los grupos de edad, pero les resulta mucho más atractivo a los jóvenes que a los mayores. Ellos lo perciben como un candidato “cool”, alguien que se atreve a romper con lo tradicional, a usar calcetines que no pegan con el resto de su vestimenta. Alguien que no teme confrontar con los poderosos, hablarles fuerte, retarlos. Es fácil que los adolescentes y los que no han superado esa etapa se sientan identificados con ese tipo de rebeldía. Este segmento de población no le pide casi nada a su líder, sólo que sea “cool”. Por monótona que sea la melodía, con la canción anti-sistema pueden bailar toda la noche. La pregunta es si van a levantarse de la cama al día siguiente para ir a votar, porque no parecen jóvenes realmente energizados por ideales o ideas, como los que salen a la calle y ofrendan sus vidas en Nicaragua y Venezuela.

Pero los jóvenes –sean golondrinos, areneros, frentudos o de cualquier otra estirpe política– tienen un descontento legítimo. La mayoría de ellos no sufrió en carne propia el drama de la guerra y no se encuentran actualmente en situación de extrema pobreza, pero comparten un mismo reclamo a todos los políticos: no tienen seguridad y no tienen futuro. Eso se dice fácil pero es gravísimo. Es comprensible que se sientan inclinados a buscar opciones, pero no es aceptable, por su propio bien, que las busquen cómodamente, por eliminación, sin pensar.

En otros grupos de edad, sobran razones para el descontento que ha explotado Bukele en su campaña. Las mismas que hace 5, 10 y 15 años. La pregunta es por qué antes no y ahora sí es imperativo rechazar a los partidos tradicionales. ¿Qué hay ahora que no había antes?

Ciertamente hay más cansancio, frustración y desesperanza. También indignación y enojo con el partido en el que los más pobres pusieron por décadas sus esperanzas y su cuota de grandes sacrificios. Pesa mucho además lo que se ha sabido o confirmado en el transcurso de este año sobre hechos de corrupción al más alto nivel en gobiernos de ARENA y FMLN. Pero aun estas cosas, sin negar su gravedad, deben ponerse en perspectiva. De la corrupción y el encubrimiento son culpables unos pocos funcionarios públicos, entre decenas de miles de empleados y funcionarios que nunca han robado ni un lápiz. No es como para descalificar absolutamente al sistema de partidos políticos.

Y hay que entender que, de la frustración por necesidades insatisfechas, son responsables precisamente los políticos populistas, los que promueven una concepción clientelista del Estado, levantando expectativas que no se pueden satisfacer y gastando en paliativos de cortísimo plazo el dinero que debiera invertirse para dinamizar la economía y crear las condiciones en las que cada persona pueda salir adelante por su propio esfuerzo y por sus propios méritos. De eso se trata la elección de febrero 2019, no de escapar de las brasas para caer en las llamas.


A tres meses de la elección presidencial. De Joaquín Samayoa

21 octubre 2018 / EDH-OBSERVADORES

Existen muchas razones de peso para hacer un esfuerzo fuera de lo común por comprender mejor lo que pasa por la mente, el corazón y el hígado de quienes elegirán al próximo presidente de El Salvador. El resultado de esa elección podría ocasionar, como ha ocurrido ya en algunos otros países, el inicio de una peligrosa ruptura con las normas y controles más fundamentales de la democracia representativa.

Las diferencias entre los partidos que se han disputado el poder hasta la fecha han sido ideológicas y programáticas; pero las diferencias entre esos partidos y el retador de ambos en la próxima elección son de otra naturaleza. Los que creen que no puede haber algo peor de lo que hemos tenido estas últimas décadas, o que no perdemos nada con probar algo nuevo, debieran poner mucha atención a la irreversible tragedia que hoy viven los pueblos de Nicaragua y Venezuela, precisamente por haber razonado de la misma manera que hoy lo hacen muchos salvadoreños.

La incursión de Nayib Bukele en la política nacional ha seguido un camino bastante sinuoso, que hoy lo ubica en aparente o real ventaja sobre sus contendientes, a tres meses de llevarse a cabo la elección. Sería ésta la primera vez que un contendiente acumula suficiente simpatía y adhesiones como para cuestionar la inevitabilidad del bipartidismo que ha prevalecido desde los acuerdos de paz hasta la fecha. Este fenómeno es causa de preocupación para quienes piensan que Bukele sería un presidente nefasto, pero también genera curiosidad intelectual en observadores con formación científica y académica.

El hartazgo de la mayoría de ciudadanos por los fracasos y la corrupción que le atribuyen al FMLN y ARENA sería una explicación suficiente para el surgimiento de una tercera opción, si Bukele fuese un líder carismático, si hubiera demostrado convincentemente su honradez y una excepcional capacidad de gestión administrativa y política, si tuviera una clara visión de país y la capacidad de articular una agenda de gobierno verdaderamente innovadora y factible, si no mantuviera evidentes vínculos con lo peor de los partidos a los que critica y quiere reemplazar, si no tuviera entre sus más cercanos colaboradores a algunos de los personajes más turbios de la política salvadoreña. Pero no es ése el caso.

La simpatía que expresan considerables contingentes sociales hacia la candidatura de Nayib Bukele no se comprende sólo por el desprestigio de los partidos tradicionales, ya que su partido está tanto o más desprestigiado que los demás. No se comprende tampoco sólo por la trayectoria o las cualidades y competencias del candidato, ya que sus tres contendientes lo superan en todos o casi todos los aspectos relevantes.

Una parte se entiende por la habilidad de Bukele para apropiarse la bandera de los defraudados, mostrándose él mismo como víctima de un sistema político anquilosado y corrupto, para lo cual ha debido borrar, como por arte de magia, su participación en ese sistema. También ha tenido habilidad para crear la imagen de un joven rebelde, audaz e irreverente, que no necesita pensarlo dos veces para poner el dedo en las llagas de ARENA y el FMLN, culpando a ambos de todos los males habidos y por haber. De esa forma ha logrado mostrarse en sintonía con la gente, sin necesidad de empolvarse sus finos botines recorriendo poblados pequeños y grandes para encontrarse con la gente a la que le ofrece vagamente un futuro mejor.

Pero eso todavía no explica satisfactoriamente por qué hay tanta gente dispuesta a confiar en él. Una cosa es confiar en su habilidad para arrebatarles el poder a ARENA y al FMLN, y otra muy diferente es confiar en su capacidad para gobernar dentro del marco constitucional y sin destruir la institucionalidad democrática, como han hecho en sus países Chávez, Maduro, Ortega, Evo Morales y otros líderes políticos que alcanzaron el poder simplemente explotando la frustración de los ciudadanos con los partidos tradicionales, pero sin tener una clara definición ideológica o, al menos, un plan de gobierno realmente novedoso y factible.

La menguante fascinación de muchos salvadoreños con la candidatura de Nayib Bukele solo se puede comprender a cabalidad analizando más cuidadosamente la evolución que han tenido el pensamiento y las actitudes políticas de los electores. Esta misma apreciación, por cierto, fue la que llevó a los pensadores sociales de la Escuela de Frankfurt, saliendo de la segunda guerra mundial, a estudiar la personalidad autoritaria, en un intento sin precedentes por comprender el fenómeno de la adhesión masiva a líderes como Hitler y Mussolini.

Tanto Bukele, si quiere afianzar y expandir su popularidad, como los que aspiran a frenarlo y derrotarlo en las urnas, tienen que hilar más fino en sus esfuerzos por comprender a la sociedad salvadoreña actual. La rivalidad en el proceso electoral del momento, no pasa por el borroso eje ideológico de izquierda-derecha, ni por la distribución de la población en intervalos de edad, ni por la clásica partición en clases sociales. En lo que concierne a procesos electorales, es evidente que ha habido importantes reagrupamientos que nadie ha intentado todavía identificar y analizar con el rigor metodológico de las ciencias sociales.

Los organizadores de las campañas proselitistas y de la propaganda política siguen partiendo de análisis impresionistas, especulaciones más o menos plausibles, espejismos y prejuicios. Ensayo y error. A veces le atinan, la mayoría de veces no. El tiempo que resta para la elección no da para estudios rigurosos y confiables, pero al menos los partidos debieran hacer un intento más cuidadoso para perfilar mejor a los diversos segmentos del electorado y así poder decidir más racional y eficientemente sus estrategias de campaña para la recta final.