Joaquín Samayoa

Los debates entre precandidatos de ARENA. De Joaquín Samayoa

Joaquín Samayoa, 4 abril 2018 / EDH-Observadores

Este próximo jueves se llevará a cabo el primer foro entre los tres aspirantes a la candidatura presidencial de ARENA. No será propiamente un debate porque las reglas de juego acordadas no permiten la interacción entre los ponentes y, además, porque el tiempo que tendrá cada uno no da para responder una pregunta y también rebatir o comentar algo que otro haya dicho. Con ese formato, es difícil lograr alguna profundidad en la exposición de ideas, pero no por eso debe menospreciarse el valor y la importancia del foro.

Los dos precandidatos que tienen probabilidad de ser electos en las internas del día 22 han venido exponiendo sus ideas y mostrando su personalidad desde hace varios meses en visitas a comunidades, entrevistas radiales y televisivas, foros organizados por grupos de la sociedad civil y, por supuesto, en las redes sociales. Pero esta será la primera vez que tendremos la oportunidad de verlos juntos y en una situación en la que ellos no controlan enteramente su discurso, pues tienen que ceñirse a las preguntas que les hagan y al tiempo que les otorgan para responder.

Lo bueno de obligarlos a respuestas cortas es que eso nos permite aquilatar algo muy importante. Asumiendo que los precandidatos han aprendido a manejar la ansiedad, la capacidad de articular una buena respuesta en tres minutos depende exclusivamente de la claridad que se ha alcanzado en la comprensión del tema.

Solo cuando se tiene mucha claridad, el que responde puede evitar irse por las ramas y tener que hacer un aterrizaje forzoso cuando quedan solo unos pocos metros de pista. La claridad mental implica haberse esforzado en conocer y comprender realidades complejas, saber distinguir entre la esencia y las cosas secundarias o irrelevantes, conocer cuáles son los ámbitos de acción e incidencia del presidente de la república y cuáles son competencia de otras instancias del gobierno.

El debate, pues, aunque no lo sea en el más estricto sentido de la palabra, puede ser muy revelador acerca de la inteligencia y el dominio que tienen los precandidatos, en este caso sobre dos temas bastante difusos y poco comprendidos, pero determinantes como telón de fondo de algo que definitivamente debe cambiar en El Salvador: la manera de hacer política y el liderazgo social, que tanta falta nos ha hecho desde hace varias décadas. Desde esta perspectiva, no es importante sólo lo que se dice, sino la credibilidad que pueda proyectar cada uno para inclinar la balanza de los votantes que todavía no deciden involucrarse o no saben a quién favorecer con su voto.

El candidato que resulte electo en las internas de ARENA tendrá muy buenas probabilidades de convertirse en el próximo presidente de El Salvador. Esa es razón suficiente para que todos nos interesemos en esta serie de tres debates que ha organizado la Comisión Electoral Nacional (CEN) de ARENA. Solo los afiliados al partido tienen derecho a voto. Pero cada uno de esos 122 mil ciudadanos tiene familiares y amigos con quienes seguramente discutirán sobre el tema en las próximas semanas, por lo que, en alguna medida aunque sea indirectamente, muchos salvadoreños que no pertenecemos a ARENA podremos ejercer influencia sobre el resultado de una elección que hace solo unos meses parecía “de trámite” pero se ha vuelto altamente competitiva por las innegables virtudes, la convicción y el empeño de Javier Simán, quien no aceptó darse por derrotado antes de hacer su mejor esfuerzo para triunfar.

ARENA se encuentra en una situación envidiable, enfrentando una oposición que cayó en una profunda crisis y no encuentra la forma ni la fuerza para superarla en el poco tiempo que resta para la elección presidencial. Por si eso fuera poco, ARENA tiene el lujo de poner a competir a dos de sus mejores cartas, personas íntegras y bien formadas, ambos poco o nada contaminados con todo lo indeseable de tiempos pasados, ambos jóvenes y con mucha energía. Lo mejor que pueden hacer las instancias de mando del partido es garantizar que la competencia sea limpia y facilitar el voto del mayor número posible de afiliados.

En los tres debates que se llevarán a cabo, los precandidatos deben entender que su prioridad inmediata es conquistar la confianza de sus propios correligionarios, pero deben saber que estarán siendo también observados con mucha atención por cientos de miles de salvadoreños que, en menos de un año, tendremos que decidir si le damos una nueva oportunidad a ARENA, o nos quedamos como meros espectadores, o le damos continuidad a diez años de mal gobierno, o nos dejamos deslumbrar por los espejitos brillantes de algún vendedor de sueños cuyo único mérito hasta ahora ha sido despotricar contra el sistema.

Anuncios

Un infierno dantesco para los políticos salvadoreños. De Joaquín Samayoa

Joaquín Samayoa, 15 marzo 2018 / EDH-Observador

El FMLN parece haber aceptado que debe hacer una reflexión profunda para entender los factores superficiales y profundos que le ocasionaron un resultado desastroso en las pasadas elecciones de diputados y concejos municipales. En contraste, no veo señales de que ARENA entienda que debe hacer otro tanto para apropiarse la parte que le toca de la elevada cantidad de votos nulos y abstenciones. A los partidos más pequeños les fue un poco mejor de lo que esperaban y parecen estar muy complacidos, pensando más bien en cómo hacer valer esos votos que ARENA necesitará para tomar decisiones en el próximo período legislativo.

En parte por la contundencia de su derrota y en parte por la falta de responsabilidad y conciencia de los demás actores en nuestro sistema de partidos políticos, los reflectores apuntan casi de manera exclusiva al FMLN. Dentro y fuera del partido se han elevado voces, unas apasionadas y otras más serenas, señalando los errores y lo que debiera corregir el FMLN para recuperar algo de competitividad en la próxima elección presidencial. Quizás el recuento más exhaustivo y atinado de causas inmediatas y remotas del descrédito del FMLN lo ha hecho el periodista Ricardo Vaquerano en su ensayo “Por qué perdió el (ex) FMLN” (revista FACTUM, 9/3/18).

La verdad es que esto parece una danza de demonios y cada uno es libre de escoger con cuál de ellos quiere bailar. Sin embargo, los responsables de las decisiones en los partidos, en el gobierno y en la legislatura deben saber que no se trata de entretenerse un rato haciendo alardes de corrección política o de lealtad ideológica. Entender de una u otra forma lo que ocurrió en las elecciones del pasado 4 de marzo tendrá serias implicaciones en el corto y mediano plazo para los partidos políticos y para el país.

Las acciones políticas y el desempeño de los funcionarios son importantes para ganar o perder credibilidad en la población, pero hay un nivel más profundo de análisis que no debiera ignorarse. Hay una dimensión en la que radica, a mi juicio, la imposibilidad de cualquier gobierno para resolver los problemas más graves que golpean y frustran a la mayor parte de salvadoreños. Y es precisamente esa dimensión donde más difícil le resulta moverse y avanzar al FMLN. Me refiero a la dimensión ideológica, más concretamente a una versión rígida de su propia ideología, tan rígida que no ha sido siquiera capaz de integrar de manera coherente los drásticos cambios que se han dado en nuestra estructura social en los últimos 25 años.

El modelo de Estado asistencialista y clientelar se ha vuelto simplemente inviable. Es un barril sin fondo para las finanzas públicas, un factor de estancamiento del desarrollo económico y social, y un caldo de cultivo para frustraciones y desencantos masivos. Mientras la apuesta del FMLN no sea por los factores y dinamismos que propician el desarrollo humano sino por aquello que genera y profundiza la dependencia de sectores cada vez más numerosos de la población, no hay salida.

Si, por añadidura, no hay una apuesta genuina por el desarrollo de la institucionalidad democrática, sino por un modelo autoritario que tiende a anular los controles políticos y sociales del ejercicio del poder, el rechazo de la gente, más tarde o más temprano, está garantizado. Estos planteamientos ideológicos son los que nunca ha querido el FMLN someter a crítica. Los considera a priori como parte de la agenda de la derecha, como un caballo de Troya de los viejos poderes oligárquicos, como una amenaza a los intereses del pueblo (léase “de la cúpula de un partido que se auto-define como el único intérprete genuino de los intereses del pueblo”).

Dudo mucho que la auto-crítica que han pregonado los dirigentes más iluminados del partido vaya a llegar a tales niveles de profundidad. No creo que tengan disposición para quedarse un buen rato desnudos frente al espejo. Por falta de ejercicio de sus facultades mentales para el pensamiento crítico, por refugio prolongado en el “group thinking”, por el hábito arraigado de culpar a alguien más, por su visión maniquea de la realidad, por su comprobada paranoia que les impide dar cabida al pensamiento independiente, tal vez no tengan tampoco la capacidad para hacer una verdadera revisión ideológica, aunque llegaran a entender que deben hacerla.

Asumiendo que sus debates no llegaran tan hondo, quisiera al menos invitarlos, al FMLN y a todos los políticos, incluidos los que se creen moralmente superiores, a hacer un “tour” por los círculos del infierno de Dante en la Divina Comedia. Pero debo advertirles que tendrán que bajar a los círculos más profundos para encontrarse.

En los primeros círculos del infierno, los más superficiales, Dante ubica a los pecadores de los que más suelen ocuparse las religiones que se creen y tal vez tratan de ser cristianas. Ahí se encuentran los lujuriosos, los golosos, los avaros, los iracundos y los herejes. En el 7º círculo empieza a ponerse buena la cosa. Ahí están los violentos, o sea varias decenas de miles de salvadoreños. Pero es en los dos últimos círculos donde sufren sus merecidos horrores los que incurren en prácticas muy frecuentes entre los políticos, los nuestros y los de otras latitudes.

Ahí están los que practican la malicia fraudulenta, los embaucadores, los aduladores, los que sacan provecho ilícito de sus cargos públicos, los que traicionan a quienes confiaron en ellos y los que siembran las discordias que enfrentan y dividen a los seres humanos. Esos son los pecados más graves. La gente lo sabe intuitivamente, aunque no hayan leído la Divina Comedia.

La elección de los que eligen o nombran a todos los demás. De Joaquín Samayoa

Joaquin Samayoa-05Joaquín Samayoa, 2 marzo 2018 / EDH-Observador

Se conoce como “aparato estatal” al conjunto de instituciones encargadas del gobierno central y los gobiernos locales, la aprobación de leyes, la administración de justicia y el control del uso de los fondos públicos. Es un aparato inmenso que cuenta con varias decenas de miles de empleados a su servicio y cuesta a los contribuyentes entre 4 y 5 mil millones de dólares anuales solo para mantenerse funcionando bien o mal.

observadorLos ciudadanos individuales o corporativos cargamos con el 100% de los costos del aparato estatal, pero no llegamos a conocer más que una mínima parte de cómo los funcionarios públicos gastan, invierten o despilfarran nuestro dinero y el dinero adicional que llega como regalo de países amigos a nuestro país. Tampoco tenemos injerencia alguna en la selección y evaluación de desempeño de la inmensa mayoría de personas que dirigen las instituciones públicas o trabajan en ellas.

Nadie, en su sano juicio, metería tanto dinero en una empresa de esas características. Pero a los ciudadanos, la ley nos obliga a hacerlo. Y a los que no podemos ocultarnos en esa zona de penumbras, conocida como sector informal de la economía, ese mismo aparato al que mantenemos nos busca, nos encuentra, nos exprime y nos obliga a soltar el billete que tanto nos cuesta ganar.

Pero en los regímenes de democracia representativa, el Estado nos concede y garantiza una valiosa prerrogativa, que lamentablemente muchos ciudadanos no aprecian en su justa dimensión. Se nos permite elegir, mediante voto directo, igualitario y secreto, a los que deciden cómo se gasta nuestro dinero, a los responsables de crear un ordenamiento jurídico que garantice nuestras libertades y derechos.

Esos mismos que hacen las leyes y reparten el dinero además eligen al defensor de los derechos humanos y al principal responsable de perseguir y castigar a los delincuentes que atentan contra el bienestar de la población. Eligen también –y esto es sumamente importante– a los integrantes del máximo tribunal de justicia, entre cuyas funciones está la de garantizar la integridad del Estado democrático y el apego de todos los actos de gobierno a las normas y preceptos consagrados en la Constitución de la República.

Los ciudadanos tenemos también la potestad de decidir quienes gobiernan el municipio donde vivimos. Nos toca hacer eso este próximo domingo, pero también elegimos al presidente de la república, quien a su vez escoge a cientos de funcionarios que están al frente de todas las instituciones del poder ejecutivo.

Es cierto que ese gran poder que el Estado democrático nos garantiza a los ciudadanos está limitado por el filtro que aplican los partidos políticos, ya que ellos escogen a los candidatos a quienes podemos dar o negar nuestro apoyo. Y es cierto también que los partidos no nos ofrecen muchas opciones satisfactorias. Pero las elecciones no son un juego de todo o nada. Es igual que cuando usted entra a un almacén. Entre un montón de cosas que no le gustan o no le quedan o no le sirven, puede encontrar lo que anda buscando o salir y entrar al almacén contiguo y seguir buscando hasta que encuentra.

Entonces, no sea perezoso, no ponga la excusa fácil de que todo es lo mismo y todo es malo. Y, si lo hace, después no se queje, no llore cuando los problemas del país y de su familia en vez de mejorar empeoren. No le haga eso al país y a sus propios hijos y nietos. No se lamente cuando le hayan quitado su empresa, su dinero, su empleo, su libertad y hasta el derecho a protestar.

De nosotros, los ciudadanos, depende elegir a personas honestas o corruptas, competentes o incapaces, motivadas por el logro del bien común o interesadas solamente en sus propios beneficios personales, respetuosos de las leyes o pícaros buscando siempre jugarle la vuelta al ordenamiento jurídico. La lealtad irracional a un partido político termina volviéndonos cómplices de actuaciones ilegales o inmorales, nos hunde cada vez más en el lodo de la corrupción y la ineficacia. Al final, son las personas las que pueden hacer la diferencia.

Nosotros los ciudadanos, individual y colectivamente, somos en gran medida culpables del mal gobierno del que tanto nos quejamos; nosotros seremos culpables también si llega a hacerse realidad eso que tanto tememos, si se van limitando cada vez más nuestras libertades, si se van atropellando cada vez más nuestros derechos, si se van debilitando y corrompiendo cada vez más las instituciones que deben velar por el funcionamiento ordenado de la sociedad y la convivencia armónica entre las personas sin discriminaciones de ninguna índole.

¿Hay algo que podamos hacer los ciudadanos? De Joaquín Samayoa

Joaquin-Samayoa-05Joaquín Samayoa, 16 febrero 2018 / EDH-Observadores

Conforme se acerca el día de las elecciones para alcaldes y diputados, el ruido político ha ido subiendo volumen en las redes sociales. Pero ese nivel de interés y preocupación puede ser un espejismo. La actividad en redes sociales es intensa, pero se concentra en un segmento sociodemográfico relativamente pequeño. El grueso de la gente no está poniendo mucha atención o no se manifiesta. En otras palabras, poca gente haciendo mucha bulla.

Históricamente las elecciones municipales y legislativas suscitan poco interés y bajos niveles de votación. ¿Por qué? Una explicación obvia es el desconocimiento que el ciudadano común tiene del funcionamiento de las instituciones públicas y, por consiguiente, de su impacto real en la calidad de vida de la población.

observadorPero no creo que eso sea todo. Cualquiera sea la idea del bien y del mal que la gente tenga en lo concerniente a la realidad política, económica y social, el manejo de realidades complejas no se les da muy bien a la mayoría de personas, a no ser que tengan sus mentes bien formadas. Es mucho más fácil simplificar las cosas, atribuyendo todas las culpas, méritos y responsabilidades a una sola persona o a un partido político. Por eso las elecciones presidenciales suelen suscitar mayor interés y niveles más altos de votación. Por eso mismo tienen tanto pegue los líderes populistas en un contexto de desencanto con los partidos y el sistema político.

En su interior, la Asamblea Legislativa es un poder difuso, repartido entre varios partidos y muchas personas; cambiante según las coyunturas y los intereses personales y sectarios. Eso también resulta difícil de comprender para la mayoría de ciudadanos, quienes suelen liberarse de su responsabilidad y del esfuerzo que debieran hacer para estar bien informados, apegándose a juicios sintéticos erróneos. Prefieren pensar que todos los diputados son la misma mica con distinta cola. Todos ignorantes, todos corruptos, todos perezosos, todos charlatanes, todos bien alineados a las cúpulas de sus respectivos partidos. Da igual, nada va a cambiar, no vale la pena votar.

Por si esos condicionamientos mentales no fueran suficientes para alimentar la apatía, la gente se da cuenta de que el desempeño de la mayoría de diputados ha dejado mucho que desear. La Asamblea Legislativa tiene bastante merecido el enorme descrédito que se detecta en todas las encuestas de opinión. En la encuesta más reciente de la UCA, 6 de cada 10 entrevistados opinan que los diputados de ARENA y el FMLN (preguntas separadas) trabajan para sus respectivos partidos, más que para solucionar los grandes problemas de nuestra sociedad.

Todo eso abona al escepticismo de los ciudadanos de cara a las elecciones del 4 de marzo, sobre todo porque, elección tras elección, la selección de candidatos que hacen los partidos no ofrece muchos asideros a la esperanza de un verdadero cambio. Nos la ponen realmente difícil. Aun teniendo la opción de voto por rostro y voto cruzado, nos cuesta encontrar cartas a las que podamos apostar con alguna convicción y entusiasmo.
En lo que concierne a ideas, la oferta electoral legislativa también es paupérrima. Solo frases propagandísticas vacías y promesas extremadamente vagas, que no marcan diferencias entre los partidos ni entre los candidatos de un mismo partido. Algo parecido puede decirse sobre el discurso de los candidatos a alcalde, con algunas pocas excepciones, como el caso de Antiguo Cuscatlán, donde ha surgido un candidato joven de oposición que probablemente logre desafiar, por fin, el reinado casi teocrático de doña Milagro Navas.

Así estamos, a solo poco más de dos semanas del evento electoral. Las perspectivas son aún más sombrías si introducimos en la ecuación el sinfín de dudas sobre la capacidad del TSE para superar los muchos y graves errores que plagaron el último proceso electoral.

Como se puede apreciar en los párrafos anteriores, la apatía tiene explicaciones. Pero de ahí a sacar la conclusión de que no merece la pena votar hay un gran trecho. Eso pareciera ser la conclusión más lógica. También la conclusión más conveniente para los que se cansan rápido o se frustran por perder algunas batallas, sin terminar de entender que la construcción de la democracia es un proceso lento, trabajoso y lleno de tropiezos.
En buena medida, las cosas son como ahora son porque los ciudadanos lo hemos permitido cada vez que nos abstenemos de participar; cada vez que no les exigimos a los políticos y a los funcionarios; cada vez que nos amparamos en una lealtad irracional a ideologías y nos dejamos manipular por la propaganda; cada vez que decimos que todos son iguales y, de esa forma, justificamos quedarnos al margen de la historia.

En las próximas elecciones se juega mucho para el futuro de nuestro país y de nuestras familias. No da igual que unos u otros terminen controlando el poder legislativo. Muchas cosas seguirán sin resolverse en cualquier escenario de correlación de fuerzas, pero las más fundamentales para que sobreviva el régimen democrático dependen de pequeñas diferencias en la cantidad de diputados que logre cada partido. Y esas pequeñas cantidades dependen de unos pocos cientos o miles de votos, el tuyo entre ellos.

Soltar amarras, botar lastre y no hacerse bolas. De Joaquín Samayoa

Joaquin SamayoaJoaquín Samayoa, 29 agosto 2017 / EL DIARIO DE HOY/OBSERVADOR

El encabezado de esta columna resume mi recomendación (no solicitada) a la dirección y militancia de ARENA, para beneficio de todo el pueblo de El Salvador. Vale para las dos importantes contiendas electorales que se aproximan. Vale para lograr quitarle al FMLN un poder que no ha sabido usar responsablemente y para empezar a revertir el inmenso deterioro que ese partido le ha causado al país en todos los indicadores de desarrollo democrático, económico y social.

observadorPor la prepotencia, la autocomplacencia y los abusos a los que naturalmente tiende el poder político cuando un mismo grupo lo acapara por tiempo prolongado, ARENA terminó muy desprestigiada tras 20 años al frente del Ejecutivo, con presencia dominante también en la Asamblea Legislativa. Pero al FMLN le habrán bastado 10 años para superar con creces todos los desaciertos, abusos y arbitrariedades de los gobiernos anteriores, añadiendo algo particularmente grave y preocupante, el socavamiento sistemático de la institucionalidad democrática.

Por la alternancia democrática, en 2009 ARENA tuvo su castigo y el FMLN aprovechó su oportunidad. En 2019, esa misma alternancia, mientras todavía sea posible, debe usarla el pueblo salvadoreño para darse una nueva oportunidad de hacer las cosas bien antes de que sean totalmente irreversibles el desastre económico, la inseguridad y otras lacras sociales.

La única manera de lograr ese objetivo es mediante un partido de oposición fuerte, que logre identificarse genuinamente con las aspiraciones de paz, libertad y prosperidad que compartimos todos los salvadoreños, independientemente de nuestras inclinaciones políticas. Hoy por hoy, el partido mejor posicionado para darle una nueva y tal vez última oportunidad a El Salvador es ARENA, supuesto que entiende las verdaderas razones por las que no levanta en las encuestas, a pesar del descontento generalizado de la gente con el gobierno del FMLN.

ARENA sigue teniendo serios problemas de imagen que no se superan con cambios cosméticos ni con una publicidad más inteligente y creativa. No ha podido capitalizar a su favor el descontento de la gente con el actual gobierno simplemente porque todavía hay demasiadas personas que no creen que ARENA sea capaz de hacer algo mejor. Con algunas decisiones y manejos internos muy desatinados, el actual COENA ha hecho más por reforzar que por modificar esa percepción.

Muchos analistas de la realidad política estamos convencidos de que el principal problema que actualmente tiene ARENA es su máxima instancia de decisión. Al adoptar el método de elección por planilla para constituir el nuevo COENA, perdieron una buena oportunidad de elevar a su mejor gente y formar un equipo robusto, permeable a nuevas ideas, capaz de unificar a su militancia ejerciendo liderazgos en sectores diversos del partido. Pero eso es hecho consumado. La única manera de enmendarlo, conforme a sus propias normativas internas, es botando lastre, sustituyendo a las personas más retrógradas y cerradas al cambio, que son también los menos capaces para entender a la sociedad salvadoreña de estos tiempos. No menciono nombres. Ellos saben muy bien quiénes son.

Un COENA más diverso y más lúcido, facilitaría soltar amarras y desatar todo el potencial que tiene el partido para constituirse en una verdadera alternativa de poder ante los electores, particularmente a los ojos de la población más joven, de clase media y buen nivel educativo.

Soltar amarras es cuestionar y superar prejuicios, manejar racionalmente los temores de desnaturalización ideológica que se manifiestan ante cualquier propuesta de apertura y cambio. Soltar amarras significa superar con madurez las desavenencias por pequeñeces entre sectores del partido y con potenciales aliados. Soltar amarras significa reconocer y estar dispuestos a superar los errores del pasado.

Finalmente, dirigentes y militantes del partido deben evitar caer en la trampa de las luchas internas de poder que tanto desgastan a un partido. No se les pide la disciplina irracional de los cuadros del FMLN, pero sí un poco más de tolerancia y fraternidad. Se les pide, sobre todo, que no pierdan las perspectivas, que entiendan bien lo que está en juego en los dos próximos eventos electorales.

En pocas palabras: No se hagan bolas. En primer lugar, deben comprender a cabalidad la importancia de hacerse de una holgada mayoría en las elecciones legislativas. De eso depende que sea posible elegir a los que deben salvaguardar el orden constitucional en los próximos nueve años; poder elegir un Fiscal General valiente, ecuánime, competente y sin compromisos con nadie. De eso depende aprobar presupuestos balanceados y empezar a resolver la profunda crisis de las finanzas públicas. De eso dependen muchas decisiones cruciales en los ámbitos político, económico y social.

Las elecciones legislativas son el desafío más inmediato y deben ser la máxima prioridad. Esto significa, entre otras cosas, no permitir distracciones ni contaminaciones por intereses y posicionamientos relativos a la elección presidencial de 2019.

Pero tampoco deben hacerse bolas con la elección presidencial. Tienen al menos tres aspirantes que serían todos ellos excelentes candidatos y muy buenos presidentes de la república. Eso es un lujo que no ha tenido antes ARENA y que no tiene ahora ningún otro partido. No conviertan esa ventaja en un problema que divida y desgaste al partido.

 

ARENA persiste en ignorar a Darwin. De Joaquín Samayoa

Lo más preocupante es que los señores y señoras del Coena ni siquiera están defendiendo bien las posiciones de centro o derecha en temas políticos y económicos. Es la derecha religiosa la que se ha venido haciendo cada vez más influyente. Algunos dirigentes se están dejando manipular por personas que confunden la religión con la política y terminan sirviendo mal a ambas.

Joaquín Samayoa, 5 julio 2017 / EDH-Observadores

La insatisfacción de la población con el actual gobierno se ha venido poniendo en evidencia con cifras contundentes en todas las encuestas de opinión. Esa percepción tiene un sustrato objetivo que se refleja en un evidente deterioro de todos los indicadores de desarrollo económico y social. Ante ese estado de cosas, uno podría pensar que ARENA, como principal partido de oposición, debiera tener un paseo de campo el día de los importantes eventos electorales que se aproximan.

Sin embargo, el espectro de una lamentable derrota sigue siendo real para los tricolores y para el país. No porque el FMLN pueda derrotarlos, sino porque ellos mismos parecen fatalmente destinados a hacerlo. Si ARENA no logra que la población insatisfecha le conceda al menos el beneficio de la duda; si no logra que la clase media de los principales centros urbanos quiera darle una nueva oportunidad; si no logra entusiasmar a las nuevas generaciones de votantes, es muy posible que tenga pésimos resultados en las próximas contiendas electorales.

Hacia ese desenlace apuntan, como parte ya de un patrón, las decisiones del Coena que ocasionaron la renuncia de los diputados Wright y Valiente a optar por la candidatura para un nuevo período como representantes del pueblo en la Asamblea Legislativa. Y ojalá no sean del todo ciertas las versiones que circulan en redes sociales sobre las razones por las que el Coena impidió la inscripción de las suplentes propuestas por Wright y Valiente, porque si lo fueran, ARENA estaría bastante peor de lo que muchos imaginan.

De ser ciertas esas explicaciones, la dirigencia arenera estaría poniendo de manifiesto una tremenda rigidez política por el solo hecho de crearse un problema por dos precandidatas suplentes, que ni tendrían mucha ocasión de suplir porque los diputados que las proponen son muy cumplidos y diligentes en su trabajo y no se la pasan viajando como muchos otros.

Peor aún si pretenden justificar el rechazo a Aída Betancourt Simán aduciendo que no llena el perfil. ¿De qué estamos hablando? ¿Cuál perfil? Porque si se refiere a formación académica, sintonía con los valores y aspiraciones democráticas de nuestra sociedad, honestidad, inteligencia y capacidad para debatir ideas, resulta que Aída les da por lo menos cuatro vueltas a casi todos los diputados actuales de ARENA y de los demás partidos. Así de simple.

Si, como afirman algunos allegados a las entrañas de ARENA, el rechazo a Aída se debe a que la consideran de izquierda. O no la conocen o tienen ellos posiciones de tan extrema derecha que el resto del mundo les queda a su izquierda. Eso significaría que ARENA está inmersa en un peligroso proceso de involución ideológica que no se detendrá hasta dar nueva vida a lo más deplorable de su ADN y de su historia. Un partido con esa mentalidad no le resulta atractivo ni confiable a la mayoría de salvadoreños

Pero lo más preocupante es que los señores y señoras del Coena ni siquiera están defendiendo bien las posiciones de centro o derecha en temas políticos y económicos. Es la derecha religiosa la que se ha venido haciendo cada vez más influyente. Algunos dirigentes se están dejando manipular por personas que confunden la religión con la política y terminan sirviendo mal a ambas.

Independientemente de sus buenas o no tan buenas intenciones, y habida cuenta de las excepciones que siempre existen, son personas que ostentan una actitud bastante repugnante de superioridad moral, desde la cual ven de menos a quienes tienen valores diferentes y a quienes tienen la convicción de que es correcto imponer a toda la población unas determinadas creencias religiosas.

Estas personas incurren en graves errores. En primer lugar, reducen el ámbito de moralidad cristiana a dos únicos temas: el aborto y la homosexualidad. En segundo lugar, no caen en la cuenta del peligroso precedente que intentan establecer al justificar que el Estado anule la libertad de conciencia y tenga la potestad de imponer una moral oficial.

Aún desde su estrecha visión religiosa, no hace ningún sentido abrir las puertas a que el día de mañana sean otros los que dominen invasivamente las principales instancias decisorias del Estado y les impongan leyes y regulaciones en esos y en otros temas controversiales. Los paladines de la moral religiosa no caen en la cuenta que con su intolerancia ellos mismos se están clavando la estaca. Están dispuestos a ceder el poder político con tal de sentirse bien apartando a quienes podrían tener una visión crítica o unas ideas diferentes en algunos de los muchos temas relevantes para el futuro del país.

No les vendría nada mal entender que los hallazgos científicos de Darwin son también relevantes en la dimensión política. Si la supervivencia de las especies dependiera de la rigidez y la fuerza, todavía tendríamos dinosaurios, en vez de perros y gatos, merodeando por las calles de las grandes ciudades. Sobrevive el más apto, el que tiene mayor capacidad de adaptación. No se les pide que renuncien a sus creencias, solo que no quieran hacerlas prevalecer sobre cualquier otro criterio o consideración.

Reflexione el Coena. No solo están perdiendo a dos diputados excelentes, los más emblemáticos de los cambios que demanda la sociedad. También están perdiendo a importantes líderes de opinión y están alienando a los sectores sin los cuales no pueden ganar una elección.