Joaquín Villalobos

Joaquín Villalobos, el estratega militar y negociador salvadoreño que cree que hay que dialogar con Estado Islámico

Este salvadoreño de 66 años fue el principal comandante militar y estratega del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), una coalición de grupos guerrilleros que puso en jaque a las fuerzas armadas salvadoreñas -respaldadas por el poderío estadounidense- desde fines de los 70 a principios de los 90.

Un francotirador de las fuerzas especiales iraquíes en la lucha por Mosul contra Estado Islámico. Foto: Aris Messinis

, 9 abril 2017 / BBC Mundo

En un perfil que sobre él escribió para el diario británico Financial Times el periodista británico John Carlin llamó a Villalobos el “verdadero maestro de la lucha guerrillera latinoamericana en el siglo XX”, por encima de Ernesto “Che” Guevara.

En los 90 se convirtió en uno de los principales negociadores de la guerrilla en los diálogos que culminaron con el acuerdo de paz de 1992. Villalobos se radicó en el Reino Unido en 1995, luego de una pública ruptura con el FMLN como movimiento político.

En Inglaterra estudió en el St Anthony’s College de Oxford, donde ahora es profesor visitante.

También es miembro de Diálogo Interamericano, organización que fomenta la democracia, el diálogo y la equidad en América Latina y el Caribe. Y ha sido asesor de procesos de paz en Sri Lanka, Filipinas, Bosnia e Irlanda del Norte.

El último proceso de paz en el que intervino fue el del gobierno colombiano con las FARC. Allí trabajó estrechamente con su amigo Jonathan Powell, jefe de gabinete del gobierno laborista de Tony Blair y principal negociador en el exitoso proceso con el IRA en Irlanda del Norte.

Como Villalobos, Powell también apoya una negociación con el autodenominado Estado Islámico (EI).



Primero hablemos de la estrategia militar. Usted ha dicho que para combatir a un grupo como EI se necesita ante todo tropas en el terreno, infantería. Y es algo que los aliados en esta lucha no están dispuestos a arriesgar.

Exacto. La infantería, para decirlo de una manera dura, es directamente proporcional a la cantidad de pobres con que cuentas.

En la medida en que el mundo desarrollado ha crecido, ha hecho una transición de la infantería a la tecnología, lo cual les permite actuar reduciendo costos humanos pero les impide ocupar terreno, porque nada ha sustituido a la infantería en la ocupación de territorio.

Tu puedes presionar, desgastar incluso causar destrucción, pero no puedes ocupar el territorio.

Foto:  CARLOS MARQUEZ.  Joaquín Villalobos, centro, en la época en que era comandante guerrillero.

El mismo día del atentado en el parlamento británico, el gobierno de Trump hizo su primer anuncio de cómo sería su estrategia de combate a EI. No se diferencia mucho de la de Obama: bombardeos, apoyo a grupos locales y no contempla enviar tropas el terreno, sólo fuerzas especiales para entrenar y asesorar.

Claro, siempre es lo mismo: pocos hombres altamente especializados, mucha tecnología. Y para Occidente, si un soldado es apreciado, un piloto lo es diez veces más. El riesgo de un piloto que cae también tiene un costo altísimo en términos políticos.

Es decir, la vida humana en al mundo desarrollado ha cobrado un valor enorme -lo cual es muy bueno.

Por lo tanto los drones han pasado a sustituir a los aviones piloteados. Estamos en un mundo completamente distinto desde el punto de vista militar.

Sin embargo en el último par de años ha habido muchos avances contra EI. Mosul está casi recuperado y continúa el avance sobre Raqa, la capital de facto de Estado Islámico.

Yo he hablado que cualquier posibilidad de negociar pasa por la presión militar en el terreno, eso ha mejorado. Que si eso (sólo la presión militar) puede llevar a que EI desaparezca, creo que no es factible.

Una cosa es que se pueda reducir su capacidad de enemigo regular, de controlar territorio, pero puede seguir siendo un enemigo irregular muy poderoso.

Y cuando se coloca al enemigo en una posición de debilidad es que emerge la posibilidad de una salida negociada.

Foto:  TERDJMAN, Pierre. Escenas luego del ataque de Estados Islámico en París en noviembre de 2015.


Hablemos de la parte política, la más complicada, ¿no? Porque es un tema de legitimidad. Al decir que se va a negociar, o por lo menos a dialogar con EI, se le está dando legitimidad. Y eso, políticamente, es un suicidio…

Políticamente en términos de alguien que tiene que ganar opinión pública, conseguir votos. Pero en términos prácticos sigue teniendo vigencia.

Yo no soy un especialista en el tema, no conozco cómo se mueve este tema en términos de la región -conozco mucho más la situación de América Latina-, pero digamos que hay reglas básicas que son generales (para pensar en un diálogo):

Si hay un adversario que está armado y haciendo uso de una violencia organizada, si tiene un soporte social grande, si tiene territorio bajo su control y una causa común que va más allá de esos territorios -independiente de que los consideremos una locura, como en el caso de EI-, pero es una causa compartida quizá por millones de personas y tiene soportes internacionales, es decir, es un conflicto que se mueve en una cierta geopolítica.

No es un fenómeno policial, no son cuatro gatos poniendo bombas. Por más irracional que nos parezca.

En esas condiciones, el principio es llevarlo a un punto de debilidad y en ese momento hay que buscar -no se cómo- colocarlo en una situación de racionalidad y buscar un acuerdo.

No es el tema ético, moral, el que define si se dialoga o no. Porque si revisas la historia de las confrontaciones en el mundo vas a encontrar cosas como esta (EI) y peores.

Si, de hecho Jonathan Powell escribió que detrás del ascenso de Estado Islámico hay un descontento genuino, por ejemplo entre los sunitas en Irak y Siria. En Irak en cómo han sido tratados después de la caída de Saddam Hussein. Y que le parecía muy difícil que a Mosul, una ciudad de millón y medio de habitantes la pudiera controlar con sólo dos mil combatientes.

Exacto. En esa condición, si hay una causa compartida… Como yo no conozco bien la región, hablo nada más del concepto. Jonathan le da mucho más contenido porque dice que hay unos agravios históricos inmediatos, reales, que se extienden más allá de los combatientes.

Por eso es que el terrorismo en Europa es un derivado de aquello.

Foto: AHMAD AL-RUBAYE,  Mezquita sunita destruida en un ataque en Irak en 2016 por, se sospecha, milicianos chiitas.


Estamos en Inglaterra, usted lleva viviendo un buen tiempo aquí y ha comparado al Estado Islámico con el nazismo. Y se imaginará que lo más probable es que comparen la propuesta de hablar con EI con la muy criticada política de apaciguamiento (appeasement) del primer ministro Neville Chamberlain con Hitler…

Fíjate que me has traído a la memoria algo que ocurrió cuando todavía no había concluido la guerra en Irak. Tuve un intercambio con un personaje de la comunidad académica de inteligencia de Estados Unidos de relativa importancia, cuando buscaban experiencias para abordar todos estos temas.

Yo le plantee que era un error destruir el partido de Saddam Hussien (Baath) y el ejército. Y me dijo: “Es que eso sería como entenderse con los nazis”. Y mira los resultados.

La facilidad conque Estados Unidos -con los británicos- ocupó a Irak muestra que estaban enfrentados a una fuerza que tenía un cierto grado de racionalidad. Al no buscar un acuerdo y una forma de integrarlos a la solución, lo que ocurrió es que se creó un enemigo más irracional.

La fuerza no es para un uso destructivo indefinido e infinito, para destruir totalmente al adversario. La fuerza tiene el propósito de ponerlo en una situación en la que se pueda apelar a la racionalidad que pueda tener y de esa manera conducirlo a ser alguien con quien se pueda convivir.

Ahí entramos al tema práctico: cómo llevar a la realidad una negociación, o al menos un diálogo con Estado Islámico. Algo que mencionaba Jonathan Powell es hablar sobre las causas de los agravio, por ejemplo igualdad política real para los sunitas en Irak. Con temas que se dirijan directamente al descontento.

Por supuesto. Si no abordas las causas, no vas a parar el fenómeno. Entonces, si las causas están en esos agravios hay que plantearse salidas prácticas. Los agravios conducen al fanatismo, que es lo que estamos viviendo acá. Hay que irle restando fuerza, por la vía militar, y (dialogando) con la parte de ellos…

Cómo dialogar con un grupo que, desde afuera, se ve monolítico, milenarista, con sectores que quieren que el apocalipsis se vuelva una realidad en el mundo y con un pensamiento básicamente medieval, como usted mismo lo señalaba en algún lado.

Ahí apelaría a que te acuerdes de Colombia y las FARC y ahora el ELN y cómo de vueltas la vida. Lo importante no es que tengas la respuesta a esas preguntas en estos momentos, sino que tengas en la cabeza (la posibilidad de un diálogo) para que no pierdas la oportunidad cuando calcules que el momento adecuado se está acercando.

Obviamente no siempre es posible hablar y obtener resultados.

Pero si hay un enemigo que tiene esas condiciones que he señalado -fuerzas sociales, una causa compartida por mucha gente y un entorno geopolítico- no puedes hacer la guerra de manera indefinida si no tiene el propósito de que, en algún momento, puedes conducirlo a un nivel de racionalidad con el cual te puedas entender.

Si tienes ese propósito, la oportunidad se va a presentar. Pero si piensas que puedes acabar al enemigo, pues nunca la vas a ver.

A pesar de que cinco millones de vietnamitas murieron en la guerra (y 50.000 estadounidenses), en Vietnam ya no hay “agravios” contra Estados Unidos. dice Villalobos. En la imagen, soldados estadounidenses interrogan a un prisionero del Vietcong. Foto: Bettmann

Y no son muchos los conflictos que se han resuelto por la vía militar cuando involucran todo esto que usted ha dicho…

Así es. Comparemos esto con Vietnam: Estados Unidos perdió 50 mil hombres y Vietnam perdió 5 millones. Ahora, Vietnam es un sitio completamente seguro para los estadunidenses que lo visitan. Porque el agravio se acabó.

Lo que estamos enfrentando con EI son unos agravios recientes y una visión del mundo muchísimo más primaria. En la Guerra Fría se enfrentaban dos visiones sobre cómo alcanzar la modernidad, eso le daba una cierta racionalidad al conflicto.

Acá no, acá se enfrenta el miedo a la modernidad, por eso es que es tan peligroso el tema del terrorismo. Están asustados porque ven que su mundo no tiene viabilidad en las condiciones actuales.

Cuando se ve que algunos extremistas de derecha aquí (Reino Unido) y Estados Unidos dicen que los islamistas van a dominar Europa, sólo hay que imaginarse la potencia que tienen el capitalismo y la sociedad de consumo para confrontar los valores de una sociedad tan primitiva como la que representa el mundo islámico en temas como derechos de la mujer, de los homosexuales, su tecnología… No tiene ninguna posibilidad de vencer.

Para finalizar, ¿han usted o Jonathan Powell presentado la opción de diálogo con Estado Islámico ante centros reales de poder, a instancias políticas decisivas en Occidente?

(Risas) No. Jonathan tiene más posibilidades que yo y no sé. Jonathan me dijo que alguna vez lo comentó pero fue como si escucharan llover. La reacción fue adversa.

Es que es muy difícil que la gente entienda. Estamos hablando de lo que se va a poder hacer a futuro. Y le estamos hablando a un grupo bien reducido de personas que son las que van a tomar decisiones, quienes ahora están enfrentando los problemas, pero que tienen que tener esto en cuenta.

Puede haber algunos que ya lo piensan pero que no van a poder hablar de esto. Es como que en mi país, El Salvador, alguien diga que va a hablar del aborto o el matrimonio gay, le va como en feria.



VILLALOBOS
SOBRE EL RECIENTE ATAQUE DE EE.UU. CONTRA SIRIA

Joaquín Villalobos en la actualidad.

“Frente al escenario armas químicas versus bombardeo con misiles, existe el riesgo de que se imponga una lógica de buenos y malos.

“Si esto fuera así, el resultado de estos ataques podría ser entonces un escalamiento cada vez mayor, con lo cual habrá más destrucción, más víctimas, más odio, más terrorismo y más refugiados.

“Las guerras, dentro de la deshumanización que les es inherente, tienen causas y explicaciones. Para resolverlas es indispensable avocarse a estas. No son las emociones las que evitan o resuelven conflictos, sino el pragmatismo.

“Estos ataques deberían conducir a un acuerdo sobre Siria y en ese sentido quizás habrá que aceptar que allí la democracia no es posible como tampoco era posible en Libia”.

 

El camino del infierno. De Joaquín Villalobos

El combate contra la corrupción en Latinoamérica es muy complicado. La intención no basta.

Nicolás Maduro, durante una ‘marcha anti-imperalista’ en Caracas. Ariana Cubillos AP

Joaquín Villalobos, 1 abril 2017 / EL PAIS

La justicia y la política deben marchar juntas para lograr la convivencia y el progreso. En Italia, hace 25 años, el fiscal Antonio Di Pietro inició una tenaz lucha contra la corrupción conocida como Manos Limpias. Más de 1.200 empresarios y políticos fueron condenados, la mitad del Parlamento estuvo bajo investigación; ni el Vaticano quedó libre de culpa. Berlusconi se convirtió en el redentor y los partidos que habían gobernado Italia desde 1948 fueron destrozados. Los resultados de aquel huracán de moralidad fueron fatales para la economía, la política y los ciudadanos; Italia sigue sin recuperarse y la corrupción empeoró.

En Venezuela, a finales de los ochenta, medios de comunicación, intelectuales y poderes económicos atacaron por la corrupción a toda la clase política. En 1989 tuvo lugar una gran movilización y en 1992 la telenovela Por estas calles llegó a ser la más exitosa de la televisión; ambos sucesos tuvieron por tema la corrupción. Hugo Chávez se convirtió así en el redentor, el viejo sistema de partidos fue despedazado y un grupo de corruptos oportunistas con banderas revolucionarias tomó el poder. Venezuela sufre ahora un desastre.

Guatemala fue intervenida internacionalmente para perseguir genocidas, corruptos y criminales. A finales del 2015 el presidente, el general Otto Pérez Molina, promotor del proceso de paz, fue destituido por corrupción. El resultado fue que el partido de los militares genocidas tomó el poder con el comediante Jaime Morales como candidato. Familiares de Morales se enfrentan ahora a cargos por corrupción. Guatemala tiene a los genocidas en el Gobierno y el crimen es más fuerte que nunca.

En Brasil la lucha contra la corrupción derrumbó un Gobierno, estableció una polarización que puede arruinar al país por muchos años y se está hablando de amnistía porque la corrupción abarca a todos los partidos.

La corrupción apareció como problema simultáneamente en varios países. Cuando esto ocurre existe un problema estructural que tiene causas que debemos entender y atender. La política continental ha pasado por tres temas centrales: derechos humanos, liberalización económica e inclusión social. En democracia, Gobiernos de derecha e izquierda se han alternado y con ello la corrupción, que siempre existió, dejó de ser invisible. Sin democracia la política era barata y los partidos, los parlamentarios y los jueces irrelevantes. Los poderes económicos instrumentaban al Estado y nadie podía competirles. Estamos frente a una nueva realidad en la que factores objetivos y hasta culturales generan corrupción. La financiación de la política, la gobernabilidad con Parlamentos de composición complicada, la existencia de recursos estatales sin controles y el surgimiento de nuevas élites económicas que consideran tener derecho de utilizar al Estado para fortalecerse porque eso fue lo que hicieron las antiguas élites. Esto ha ocurrido cuando la democracia está independizando y empoderando a la justicia. No se trata entonces de una lucha de “buenos” contra “malos”, sino de un reto que requiere considerar todo el contexto; de nada sirve atacar los síntomas si no se resuelven las causas. Reducir la corrupción requiere abordar los temas señalados de forma abierta y pragmática y esforzarse porque justicia y política avancen juntas.

Obviamente, los debates sobre institucionalidad son aburridos y los linchamientos no, pero el enfoque estrictamente moral, judicial y mediático puede resultar fatal. Si la justicia no tiene en cuenta el contexto histórico, cae en la politización y pierde la independencia que apenas empezaba a ganar. Sin acuerdos políticos nacionales que aborden el tema de la corrupción, como se hizo con los derechos humanos, con la estabilidad macroeconómica y la inclusión social, hay riesgo de un ciclo interminable de venganzas que deslegitimaría la democracia representativa, generaría vacíos de poder, fortalecería la antipolítica y abriría el camino a los redentores.

No se trata de avalar la corrupción, sino de resolver sus causas. Cada país es diferente, pero los riesgos de equivocar la ruta están en todas partes. No somos democracias maduras con electores ilustrados; el resultado final del enfoque estrictamente moral será que todos los políticos son ladrones. El progreso es siempre relativo, gradual e imperfecto; lo contrario es imposible. Las acciones deben juzgarse siempre por sus resultados, nunca por sus intenciones, porque, como bien dicen, de buenas intenciones está lleno el camino del infierno.

México en llamas. De Joaquín Villalobos

Con el gasolinazo la violencia ha estallado de forma artificial; no se trata de protesta espontánea, sino organizada. El país fue sorprendido por una densidad criminal que durante décadas ha crecido, ha penetrado en el Estado y se ha fortalecido.

JOAQUIN VILLALOBOSJoaquín Villalobos, 19 enero 2017 / EL PAIS

En el año 2006, la capital del estado de Oaxaca, en México, estuvo bajo control de organizaciones de extrema izquierda que mantuvieron una rebelión callejera durante casi seis meses. El gobierno estatal abandonó posiciones y se estableció en el exilio. En ese momento, si Oaxaca hubiese sido un país, podría haberse proclamado el triunfo de una revolución. Finalmente, en noviembre de ese año, miles de policías federales, sin utilizar armas de fuego, pudieron recuperar la ciudad luego de varios días de enfrentamientos en las calles.

el paisLa ruta más fácil para explicar un hecho es buscar un culpable y olvidar procesos que han dado origen a fenómenos que fueron largamente encubados. El llamado gasolinazo, por el aumento de precio a la gasolina, ilustra nítidamente esto: se han producido grandes protestas e incontables saqueos en muchos estados y nadie sabe si fueron espontáneos, organizados o coyunturales.

El objetivo de este artículo no es abordar la legitimidad o no de las protestas, sino señalar que en México existe una violencia política creciente. A diferencia de Venezuela, donde los saqueos ocurrieron resultado de la desesperación de la gente por la escasez y el hambre, en México no hay relación directa entre saqueos y aumento al precio de la gasolina.

“El fenómeno guerrillero frentista de extrema izquierda
tiene más de cuarenta años de vida”

En el desarrollo de una protesta, la violencia puede aparecer luego de una fase expansiva o como reacción a una represión desproporcionada que la estimula. Por mucha rabia o redes sociales que existan, el salto de lo demostrativo a lo violento no ocurre de la noche a la mañana. Con el gasolinazo la violencia ha estallado de forma artificial e incluso con rechazo de la mayoría de quienes protestan. No se trata por lo tanto de violencia espontánea, sino de violencia organizada. En México existen al menos siete grupos guerrilleros, algunos de los cuales tienen más de 40 años de existir. Por las condiciones del 1484740885_714303_1484757004_noticia_normal_recorte1país, estos grupos tienen sus propias particularidades; no se trata de ejércitos guerrilleros en las selvas como en Colombia, sino que su expresión principal son frentes populares de composición social diversa, comunidades organizadas, control territorial y capacidad de movilización callejera.

Esta extrema izquierda subyace y despierta de manera brusca cada vez que encuentra una oportunidad para actuar. El 1 de diciembre de 2012, el presidente Peña Nieto tomó posesión en medio de protestas con una violencia similar a la actual. En agosto de 2013, más de diez mil personas, con una organización casi militar, cercaron de forma sorpresiva el edificio del Senado y luego hicieron lo mismo con el aeropuerto internacional. En el año 2014 fueron incendiadas las sedes de los partidos PRI y PRD en el Estado de Guerrero, un tiempo después el edificio de gobierno del Estado corrió la misma suerte y también intentaron quemar las puertas del Palacio Nacional en Ciudad de México.

En los últimos quince años han ocurrido numerosos hechos que incluyen bombas, sabotaje a oleoductos, secuestros, enfrentamientos armados, pero sobre todo protestas muy violentas en muchos estados. La capital de México es la ciudad con mayor número de demostraciones callejeras del mundo, ocurren 20 protestas diarias. Hay espacios públicos de la ciudad que han permanecido tomados más de un año. Nada de esto puede hacerse sin jerarquías, recursos y activistas a tiempo completo. En el año 2010 fue secuestrado Diego Fernández de Ceballos, líder político del PAN, por cuya liberación se pagaron varias decenas de millones de dólares. En otras ocasiones han ocurrido secuestros similares de importantes empresarios con pagos igualmente millonarios.

“En la nueva realidad no hay problema que
se resuelva solo; cuando no se resuelven, crecen”

Si uno observa la violencia reciente en las calles de México —lo que se puede fácilmente ver en videos de YouTube— puede darse cuenta que esa violencia ni es nueva ni de origen desconocido. Se trata de grupos dispersos, sin articulación y seguramente con conflictos entre ellos que se montaron en las protestas por el gasolinazo con mucha rapidez. Luego, seguramente, por efecto de imitación y competencia entre ellos mismos, sus acciones alcanzaron dimensión nacional. El resultado de esto será la radicalización de más jóvenes y el crecimiento de estas organizaciones. En algunas comunidades estos grupos organizan policías comunitarias que suplen la ausencia de Estado. La desaparición o matanza de estudiantes de Ayotzinapa en el año 2014, fue en realidad el resultado de la lucha entre gobiernos locales cooptados por el crimen organizado y organizaciones populares controladas por grupos de extrema izquierda.

No hay estudios sobre las guerrillas mexicanas que ayuden a dimensionar el problema; no hay políticas para que abandonen la violencia, participen en opciones partidistas y se reinsertan a la legalidad; tampoco hay planes para combatirlos y ni siquiera un reconocimiento serio de la existencia del problema. Sus frentes han aprendido a movilizar de forma sincronizada a miles de personas sin ser detectadas y es común que frente a sus acciones violentas no haya respuesta. Todo esto ha derivado en una impunidad callejera que ya se volvió sistemática, creciente y de alto impacto político.

En los últimos 15 años México ha enfrentado una violencia delictiva que ha dejado más 100.000 muertos. Muchos han culpado a los últimos dos gobiernos por esto y han definido a las drogas como la causa del problema. Por sentido común, es obvio que las organizaciones criminales que han generado una violencia tan persistente, extensa y prolongada no nacieron en un día. México fue sorprendido por una densidad criminal de grandes proporciones que durante décadas se mantuvo creciendo, penetrando al Estado, fortaleciéndose y buscando oportunidades. Fue hasta que esa densidad criminal rebalsó, estalló y se volvió inocultable cuando se comenzó buscar la causa y al culpable. Con el fenómeno guerrillero frentista de extrema izquierda viene ocurriendo exactamente lo mismo, tiene más de cuarenta años de existir, asustó con Chiapas en el año 94 y ahora sorprende con saqueos en 25 Estados.

Un artículo de Luis Rubio cuenta que el presidente Adolfo Ruíz Cortines, quien gobernó México en los años 50, tenía dos carpetas en su escritorio: una decía “problemas que se resuelven solos” y la otra “problemas que se resuelven con el tiempo”. México tiene suficientes capacidades políticas, materiales e intelectuales para enfrentar las amenazas que padece, pero el primer gran paso que debe dar es superar la vieja cultura política. En la nueva realidad no hay problema que se resuelva solo y cuando no se lo resuelve, crece.

Trump y el infierno centroamericano. De Joaquín Villalobos

JOAQUIN VILLALOBOSJoaquín Villalobos, 1 enero 2017 / NEXOS

La tarde del 14 de julio de 1969 cruzaron el cielo de San Salvador un poco más de una docena de viejos aviones de combate en formación seguidos por un grupo más numeroso de pequeñas avionetas de uso civil. Horas más tarde el gobierno militar comunicaba que tropas salvadoreñas habían cruzado la frontera e iniciado combates contra tropas hondureñas, mientras simultáneamente los aviones salvadoreños bombardeaban en tierra a los igualmente viejos aviones de la Fuerza Aérea de Honduras. A esta guerra se le conoció como “la guerra del futbol” porque los gobiernos militares utilizaron las eliminatorias del Mundial para activar un nacionalismo absurdo entre países idénticos.

Las historias de esta guerra son casi tragicómicas. La tropas de El Salvador se quedaron sin combustible y municiones a los cuatro días, las avionetas civiles fueron usadas con soldados amarrados al fuselaje y éstos lanzaban bombas con la mano para luego ametrallar con su fusil; un general se dedicó a saquear el primer pueblo que ocupó; otro general avanzó montado en un burro y se perdió con sus tropas en Honduras. Cuentan que el dictador Anastasio Somoza, de Nicaragua, llamó violentos a los militares salvadoreños por resistirse a usar la diplomacia. El Partido Comunista de El Salvador apoyó la guerra y llamó a filas pero el gobierno rechazó su “patriótico respaldo”. El gobierno hondureño organizó un cuerpo paramilitar llamado la “Mancha Brava” para perseguir a los salvadoreños y difundió la consigna “hondureño agarra un leño y mata un salvadoreño”. Los militares salvadoreños fueron jubilosos a aquella ridícula guerra para luchar contra Honduras y defender a sus hermanos campesinos, sin embargo, una década más tarde aquellos mismos militares estaban ejecutando horribles matanzas en su propio país.

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Ilustración: Víctor Solís

Durante décadas Honduras fue la válvula de escape demográfico que protegía la estabilidad del poder oligárquico de El Salvador. Cuando por distintas razones Honduras decidió cerrar esa válvula y repatrió a más de 300 mil salvadoreños, la reacción del gobierno militar fue declararle la guerra a Honduras. Haber perdido a este país como ruta de descargo demográfico contribuyó al estallido de una guerra civil en El Salvador. Honduras cerró su frontera por 11 años a los productos salvadoreños y acabó con el Mercado Común Centroamericano, el primer proyecto de integración regional del continente.

El efecto de tapar el flujo migratorio y devolver a miles de migrantes funcionó como una bomba social y política para El Salvador. La llamada “guerra del futbol” fue un conflicto demográfico movido por los intereses económicos de las elites nacionales en ambos países. Después de esto vino un cuarto de siglo de convulsión política y violencia que incluyó una guerra civil en El Salvador, una revolución en Nicaragua, un genocidio en Guatemala, el establecimiento de bases militares norteamericanas en Honduras y la invasión a Panamá por tropas estadunidenses. Presiones demográficas, intereses de las elites locales, militarismo y cambios en las políticas de Estados Unidos se combinaron en la construcción del conflicto centroamericano; el más cruento de Latinoamérica desde la “Revolución mexicana”.

Cuando se habla de los factores que generaron el conflicto centroamericano se debate sobre tres responsables fundamentales: la “Teología de la Liberación”, la injerencia comunista cubano-soviética y las dictaduras militares que servían para sostener a regímenes de carácter oligárquico. Muy poco se habla de cómo los giros contradictorios de las políticas de Estados Unidos en el continente fueron mucho más determinantes que las ideologías o que la Unión Soviética y Cuba en la activación de las crisis internas que acabaron convertidas en guerras.

Luego de la revolución cubana, el gobierno de John Kennedy impulsó la “Alianza para el Progreso” con la idea de que debía hacerse una revolución pacífica para evitar una revolución violenta. Esta política movió a las elites gobernantes a realizar reformas en el campo social, se construyeron miles de escuelas y se propuso la realización de reformas agrarias. Con la llegada de Richard Nixon vino la “política de seguridad nacional” que echó para atrás el reformismo y se concentró en contener el comunismo, multiplicando la represión, respaldando fraudes electorales y golpes de Estado. Años más tarde el presidente James Carter impulsó la política de respeto a los “Derechos Humanos”, con lo cual la democracia como paradigma empezó a tener vigencia; en ese contexto fue derrocado el dictador Anastasio Somoza por la “Revolución Sandinista” y el tratado Torrijos-Carter acordó entregar el canal a Panamá. Entonces vino la administración de Ronald Reagan que retornó a la política de contener la expansión comunista que, conforme a sus ideas, se estaba acercando a Estados Unidos. Tropas estadunidenses invadieron la isla de Granada y nació lo que se conoció como “guerra de baja intensidad” que tuvo a Centroamérica como escenario principal.

Al analizar estos giros desde una perspectiva histórica podemos apreciar que se trató de un juego de avances y retrocesos que movió a las elites y a las sociedades de los pequeños países centroamericanos en direcciones opuestas en un período de sólo 30 años. El efecto de esto fue devastador en la activación de contradicciones tanto dentro de los gobernantes como de los gobernados. Las causas estaban presentes en las realidades de ausencia de democracia y pobreza, pero ni los teólogos, ni los comunistas, ni los cubanos tenían tanta potencia como para ser detonadores de guerras.

Imaginemos lo que puede pasar si a las primitivas elites de una pequeña nación una gran potencia le dicta un día una política reformista, al segundo día le dice que debe reprimir, al tercer día le dice de nuevo que debe hacer reformas y al cuarto día le vuelve a decir que reprima. El resultado será que esa pequeña nación se dividirá profundamente y acabará en una guerra. Los conflictos no habrían alcanzado tanta intensidad sin la profunda división entre reformismo y autoritarismo que activaron las políticas estadunidenses al interior de estos países. Las administraciones de Kennedy y Carter tuvieron razón al impulsar reformas, pero los avances que éstas provocaban hicieron que las políticas de Nixon y Reagan se convirtieran en escaladas de represión que le permitieron a las oligarquías locales acusar de comunista y eliminar a cualquier opositor, incluso a quienes venían de sus propias filas. Esto radicalizó procesos de cambio que pudieron y debieron haber sido pacíficos. Fue así como quedó instalada en la región una polarización extrema que ha derivado en ingobernabilidad.

En la actualidad la bomba demográfica ya no abarca sólo a El Salvador, sino que ha crecido y cobrado carácter regional. Guatemala tiene hoy 16 millones de habitantes, Honduras nueve y El Salvador 6.5 millones. El problema es que ninguno de estos tres Estados del llamado Triángulo Norte es capaz de generar empleos, educar, brindar servicios y proveer seguridad para sus más de 30 millones de habitantes. Los grandes vacíos en las responsabilidades de los Estados tienen relación directa con los bajos niveles de recaudación fiscal y ésta es la causa principal de la inviabilidad de estos tres países. Esto no es un asunto ideológico, la debilidad institucional le permite a los ricos del Triángulo Norte vivir como reyes en un basurero. Las llamadas “maras” son una catástrofe social sin precedentes en el continente, no es crimen organizado como el que padecen otros países. En ningún otro lugar de Latinoamérica un problema social acabó convertido en una violencia criminal masiva tan feroz, porque en ningún otro lugar tienen las elites niveles tan altos de irresponsabilidad e insensibilidad.

Las guerras de los ochenta en la región centroamericana orientaron los flujos migratorios hacia Estados Unidos y en los últimos 20 años este país ha funcionado como la principal válvula de escape a la presión demográfica centroamericana. Algo similar al papel que jugaba Honduras con El Salvador, pero con la diferencia de que aquella migración campesina dejaba un beneficio indirecto para las elites que se limitaba a reducir la conflictividad por la tierra. La migración hacia Estados Unidos les deja un beneficio directo y de alta rentabilidad. Las remesas de los migrantes están modificando el carácter de las economías de la región y convirtiendo a los propios habitantes en producto de exportación. La migración no sólo reduce las responsabilidades de las elites en la atención a la pobreza, sino que la exportación de pobres los está volviendo más ricos. Conforme a los datos, desde 1998 para El Salvador y desde 2007 para Honduras y Guatemala, los tres países han recibido más de 130 mil millones de dólares en remesas y éstas crecen más cada año. La distorsión es tal que El Salvador es considerado un país de renta media a pesar de la violencia, del desempleo y de una economía que tiene muchos años de no crecer.

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Teniendo en cuenta estos 130 mil millones de dólares en remesas recibidas en menos de 20 años, la pregunta que surge es: ¿por qué estos tres países se encuentran entonces en una situación tan grave? Las remesas comenzaron como una bendición, pero se han convertido en una maldición similar al efecto de la renta del petróleo en algunos países. La diferencia es que la renta de las remesas tiene unos costos humanos dramáticos. En El Salvador es casi imposible recuperar una economía productiva y Honduras y Guatemala van por el mismo rumbo, las remesas le están quitando estímulos a la inversión productiva y generando una falsa economía de servicios y consumo que depende totalmente de la exportación de personas.

Pero lo más grave es la relación que guardan las remesas con la violencia. Si en el terreno económico generan un falso progreso, en el terreno social provocan muerte. Una vez que éstas se vuelven dominantes para la economía, abren un fatal círculo vicioso en el que conectan migración, remesas, decrecimiento económico, destrucción de familias y comunidades, violencia y desempleo. Es decir, que estos países entre peor están, mejor les va económicamente a las elites, porque reciben más remesas resultado de que más gente emigra. No hay ninguna señal de que las elites económicas y políticas de estos países quieran sacar o sepan cómo sacar a sus países de este círculo vicioso. Esto es así porque se trata de grupos primitivos, poco ilustrados, socialmente insensibles, políticamente irresponsables, con propósitos fundamentalmente extractivos y sin visión estratégica.

La tragicomedia de la “guerra del futbol” fue una muestra de la escasa calidad intelectual de estas elites, pero se pueden encontrar muchas otras tragicomedias o tragedias insólitas en cualquiera de los tres países. El último golpe de Estado al estilo de los años cincuenta ocurrió en el año 2009 en Honduras cuando los militares sacaron al presidente en pijama del país. En enero de 1981 efectivos militares guatemaltecos asaltaron la embajada de España y quemaron con lanzallamas a 34 personas. En El Salvador Roberto d’Aubuisson, fundador del partido de la derecha ARENA, decidió matar al arzobispo Romero de un balazo en el corazón en plena misa durante el sacramento de la Eucaristía. Amigos de izquierda y derecha de otros países suelen decirme: “esas oligarquías son salvajes”, en ese sentido el calificativo de “repúblicas bananeras” no es peyorativo, sino descriptivo.

Durante la administración del presidente Obama hubo muchas deportaciones, pero al mismo tiempo luchó por una ambiciosa reforma migratoria que permitiera regularizar la situación de millones de migrantes. Su política fue compasiva frente a la tragedia de quienes huyen del Triángulo Norte y simultáneamente su gobierno impulsó planes para apoyar el fortalecimiento institucional y el combate a la corrupción. Los efectos de esta política se han hecho sentir con fuerza. En Guatemala un ex presidente fue extraditado, otro se encuentra preso junto a su vicepresidente y recientemente un ex ministro murió a tiros cuando enfrentó a policías que intentaban capturarlo. En El Salvador hay un ex presidente muerto mientras era procesado, otro se encuentra asilado, uno más guarda prisión y es bastante probable que dos ex presidentes más sean investigados. En Honduras hay un presidente procesado y miembros de una de las familias más ricas del país enfrenta cargos por narcotráfico en Estados Unidos. En Guatemala hay procesos abiertos por evasión fiscal contra grupos económicos poderosos y en El Salvador se conoce que hay investigaciones de ese tipo en marcha.

Tanto en Guatemala como en Honduras se han creado organismos externos para combatir la impunidad, mientras en El Salvador la Fiscalía General y la Corte Suprema de Justicia están recibiendo un fuerte apoyo norteamericano para que puedan actuar con independencia. Juzgar cada caso es irrelevante, lo central es que estas acciones sobre toda la región permiten ver claramente la intención de combatir la corrupción para forzar a un cambio en la calidad de las elites que no tiene orientación ideológica preferente, pues en los tres países hay golpes hacia la derecha y hacia la izquierda. Puede cuestionarse la eficacia del método, pero no el propósito. Para los efectos de este artículo, lo que interesa señalar es que bajo el gobierno de Donald Trump es bastante probable que venga un cambio similar a los giros contradictorios en la política estadunidense que generaron violencia y guerras en toda la región en los años ochenta.

El presidente Trump ha planteado construir un muro que cerraría la válvula de escape a la presión demográfica de la región, al mismo tiempo ha anunciado deportaciones masivas, impuestos a las remesas y erradicación de las “maras” en Estados Unidos expulsando a sus miembros a Centroamérica. En los últimos 12 años ha habido 187 mil 951 homicidios en Guatemala, Honduras y El Salvador, una cifra que en términos comparativos supera los 220 mil muertos que Colombia ha tenido en 50 años y coloca a la región como la más violenta del planeta. Los muertos continúan aumentando junto a la población que huye de la violencia. El número de homicidios deja claro que ya no estamos frente a un fenómeno migratorio motivado por razones económicas, sino frente a refugiados y población desplazada por la violencia y esto requiere atención humanitaria.

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La deportación sistemática de delincuentes fue lo que llevó a las pandillas de Los Ángeles a Centroamérica, una vez allí éstas se multiplicaron por la pobreza y se volvieron más violentas por la incapacidad de los gobiernos para detener su avance. Ahora son un poder fáctico que controla territorios y somete población. Honduras provocó una guerra civil en El Salvador cuando hizo exactamente lo que pretende hacer Trump con Centroamérica, cerrar el paso y deportar masivamente. Esta política sería dar un bandazo de consecuencias fatales para toda la región. En los años ochenta México asumió el liderazgo para hacer contrapeso a la política de Ronald Reagan hacia Centroamérica, ahora además de ocuparse de sus propios problemas con la administración Trump, tendrá que lidiar también con la tragedia humanitaria del Triángulo Norte.

Por otro lado, se perfila una política ideológica en vez de una política pragmática en la relación con los gobiernos, si esto es así la polarización en Guatemala, Honduras y El Salvador crecerá y con ello la ingobernabilidad en países que apenas están aprendiendo a tolerar el pluralismo. Las políticas de fortalecimiento institucional y de lucha contra la corrupción podrían ser abandonadas o tomar un camino ideológico apoyando a las derechas contra las izquierdas. El resultado de esto será que los procesos actuales, en vez de ayudar a la madurez de las elites, contribuirán a que se abra un ciclo de venganzas y lucha por el control político ideológico del Poder Judicial. Exactamente lo mismo que ocurrió cuando se impulsaban reformas que luego se convertían en justificación para reprimir.

Las pequeñas naciones centroamericanas sufren con sólo que Estados Unidos no las voltee a ver. La administración Trump planea darles cuatro golpes simultáneos: reducir las remesas poniéndoles impuestos, cerrar la puerta a sus desesperados migrantes, deportar a centenares de miles de trabajadores y enviar a miles de pandilleros a países que ya están derrotados por la criminalidad. Es una tormenta perfecta, obviamente estos países no van a declararle la guerra a Estados Unidos como hizo El Salvador con Honduras en 1969, tendrán que tragarse sus problemas. Lo que viene es una implosión que le dará continuidad a la tragicomedia bananera, pero ahora se mezclarán en ésta el primitivismo, el egoísmo extremo y la ignorancia de las elites locales con la impiedad, el racismo y la irresponsabilidad del liderazgo de la gran potencia del norte.

Nota de Segunda Vuelta:

Los datos de homicidios para El Salvador en el cuadro 4 son incorrectos, sobre todo para 2016.
Los números correctos son:
2012: 25682013: 2475
2014: 3894
2015: 6675
2016: 5275

 

Una nueva revolución en Cuba. De Joaquín Villalobos

La muerte de Fidel Castro plantea ahora el dilema entre una transición ordenada sin revancha o un colapso que generaría violencia, impediría la reconstrucción y provocaría la migración de millones de cubanos.

JOAQUIN VILLALOBOSJoaquín Villalobos, 29 noviembre 2016 / EL PAIS

En mayo de 1989 me encontraba en La Habana en una reunión con Fidel Castro. Mientras conversábamos en su despacho, él era interrumpido constantemente para comunicaciones de urgencia. En algún momento se sintió obligado a explicarme las razones de las interrupciones y, refiriéndose a las protestas de la plaza de Tiananmén, me dijo: “Es nuestro embajador en China, la situación se está saliendo de control”, “el partido, el Gobierno y las organizaciones populares ya están divididos, hay una gran incertidumbre”. “Pienso que deben reprimir de inmediato porque la división puede alcanzar al Ejército”. “Este es un Ejército con armas nucleares, si se divide y hay un conflicto lo que estaría en peligro no es China sino el mundo entero”.

el paisHace 27 años nadie imaginó que China acabaría convertida en la fábrica más grande del planeta en virtud de que Deng Xiaoping lideró una transición ordenada hacia una economía de mercado. Cuando ocurrieron las protestas de 1989, dominaba en el mundo el fundamentalismo democrático que no tomaba en cuenta la historia, la cultura, la estructura social, el desarrollo económico y las diferencias en cada país; lo fácil era asociar religiosamente democracia con progreso. Luego vino la primavera árabe apoyada con bombas santas y misioneros armados de occidente que pretendieron llevar la libertad a países que no entendían.

1480328788_562560_1480356398_noticia_normal_recorte1El resultado han sido guerras, destrucción, catástrofes y millones de refugiados. Ahora se comienza a entender que la democracia necesita condiciones y que no puede ser una receta universal. Recordando lo dicho por Fidel, ¿qué habría pasado en toda Asia si aquella “primavera china” hubiera terminado en un conflicto? ¿Cuántas decenas o cientos de millones de personas habrían muerto? ¿Cuánto del potencial de progreso de China, que ahora conocemos, habría sido destruido?

La muerte de Fidel Castro plantea ahora para la propia Cuba este dilema entre una transición ordenada sin revancha o un colapso que generaría violencia, impediría la reconstrucción económica y provocaría la migración de millones de cubanos. La competencia entre racionalidad pragmática y revanchismo emocional está ahora muy vigente en todo el mundo. Recientemente se enfrentaron en las elecciones en Estados Unidos. El debate sobre si Fidel será absuelto por la historia es irrelevante, desde lo positivo y desde lo negativo su fuerza histórica ya trascendió. Igualmente absurda es la discusión entre quienes consideran que la lucha entre el bien y el mal es el motor de la historia. Fidel fue un líder que respondió a un momento histórico del continente, un líder cuya vida política alargó artificialmente la errada política estadounidense. Muchos demócratas convencidos lo siguieron respetando, porque veían en él a un monumento vivo de una realidad pasada que profesaba ideas muertas.

“La agresividad de EE UU reforzó la retórica
nacionalista y la cohesión de la élite dirigente”

La política de Estados Unidos ha tenido dos componentes contradictorios que impidieron que los propios cubanos cambiaran tempranamente la realidad que el régimen les impuso. Por un lado mantuvo persistentemente una política agresiva de aislamiento, amenaza militar, bloqueo económico, sabotaje y hasta terrorismo contra Cuba; y por otro lado ha sostenido una política de beneficios migratorios que ha estimulado la migración de los cubanos hacia Estados Unidos. La agresividad dio soporte a la retórica nacionalista y antiimperialista del régimen y contribuyó a mantener la cohesión de la élite dirigente. Con los estímulos migratorios convirtió el exilio en la opción preferencial de lucha de los opositores y drenó la posibilidad de que estos se fortalecieran. Esto, y no solo la inteligencia de Fidel, explica por qué el régimen cubano pudo tener tan larga vida a pesar de que su modelo había fracasado desde hacía ya muchos años.

En el caso de Venezuela, Estados Unidos ha sido pragmático, ha mantenido relaciones normales, no ha estimulado la migración y su lenguaje ha sido moderado. Por ello la retórica chavista es provocadora, ofende a los presidentes norteamericanos, habla de “guerra económica” y de “agresiones imperialistas” inexistentes. Parecieran exigirle a Estados Unidos una política agresiva que les dé “validación revolucionaria”. El régimen venezolano, con infinitamente más recursos que Cuba, enfrenta ahora la implosión del llamado “socialismo del siglo XXI”. Sin poder culpar a nadie de su fracaso debe enfrentar ahora a una potente oposición que es mayoría en las urnas y que pone a millones de personas en las calles a exigir sus derechos.

La política estadounidense provocó que en Cuba, en vez de que millones de cubanos protestaran para exigir cambios, fuera el régimen quien pudiera organizar enormes marchas para exigir el fin de las agresiones.En la actualidad dos potentes factores están empujando desde adentro la transición cubana. El primero es que la generación posrevolución tomará pronto el poder en la isla. Esta generación creció en una realidad diferente a la de la vieja guardia. Conocen el desastre de su modelo económico revolucionario, necesitan resolver demandas sociales crecientes, han visto el viraje al capitalismo en China y Rusia, vieron caer el muro de Berlín, siguen de cerca todos los procesos electorales con las victorias y derrotas de las izquierdas del continente y están viendo de cerca el fracaso venezolano. Es imposible que la nueva generación haga más de lo mismo.

“Los cambios económicos obligarán a cambios políticos
en un plazo de tiempo muy corto”

El segundo factor es el cambio radical en la estructura de clases provocado por la existencia de medio millón de pequeños negocios conocidos como “cuentapropistas”. Estos empresarios ahora contratan trabajadores, utilizan crédito y, dentro de la dramática realidad de la economía cubana, representan una mejora en la oferta de bienes y servicios a la población. Todo cambio en la estructura de clases demanda un cambio en el régimen político, el mercado no es solo un instrumento económico, sino también una institución política que obliga a establecer reglas y normas.

Cuba no tiene la historia ni la cultura de China para poder establecer una economía de mercado sin necesidad de requerir cambios democráticos inmediatos. Sin duda los cambios económicos obligarán a cambios políticos en un tiempo más corto que las décadas de errores de la política estadounidense. Con la victoria de Donald Trump hay riesgo de que recupere fuerza el revanchismo emocional de la Florida en vez de la racionalidad pragmática que comenzó a desarrollar Obama. Sin embargo, luego de cincuenta años de negación del mercado y de libertades democráticas, los pequeños empresarios y el cambio generacional en las élites dirigentes son dos fuerzas imparables que pondrán en marcha una nueva revolución en Cuba.

Aquí no ha pasado nada. De Joaquín Villalobos

El resultado del referéndum obliga en Colombia a negociar,
no a retornar a la guerra.

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JOAQUIN VILLALOBOS

Joaquín Villalobos vive en Inglaterra. Fue asesor tanto del presidente Uribe como del presidente Santos.

Joaquín Villalobos, 5 octubre 2016 / EL PAIS

Dice mi amigo Héctor Aguilar Camín en una de sus novelas que “la política, vista de cerca, aun la política más alta, es siempre pequeña, mezquina, miope, una riña de vecindario. Solo el tiempo da a los hechos políticos la dignidad distante, el sentido superior que es su justificación y, con suerte, su grandeza”. El virtual empate en el plebiscito colombiano es menos fatal de lo que parece y podría derivar en una mayor solidez para la paz. Toda negociación es un proceso compuesto por negociaciones simultáneas que ocurren entre los contendientes y dentro de los contendientes. Desde el inicio fue claro que la paz estaba cerca en La Habana, pero lejos de los consensos de Bogotá. El resultado del referéndum no es el regreso a la guerra, sino el comienzo de la política y este es el propósito fundamental del proceso, por lo tanto aquí no ha pasado nada.

el paisDurante muchas décadas Colombia ha sido, por un lado, una democracia que ha funcionado bastante mejor que en otros lugares del continente, pero al mismo tiempo ha vivido una violencia más severa y prolongada que la que generaron algunas dictaduras. Terminar el conflicto supone lidiar con estas realidades como si se tratara de unir a dos países distintos. Esto implica confrontar diferencias sobre cómo se vive o se ha vivido el conflicto. A mayor proximidad o lejanía de la guerra corresponden más unidad o mayor indiferencia de la sociedad para un acuerdo. El éxito de la estrategia militar del Estado alejó el conflicto de los centros vitales, pero creó un nicho electoral rentable para la competencia política que dificulta los consensos sobre el acuerdo de paz. En ese sentido, el plebiscito fue más una medición de fuerzas de cara a las elecciones presidenciales del 2018 que un referéndum sobre la paz.

Se podría pensar que fue incorrecto realizar la consulta. Sin embargo, el casi empate en el plebiscito deja clara la importancia que tenía su realización. Con una sociedad dividida la implementación de los acuerdos estaría en riesgo sin consensos políticos. Para imponerse, tanto el como el no, requerían una ventaja abrumadora, pero con una diferencia tan estrecha el mandato de los ciudadanos sirve para que los políticos negocien y no para retornar a la guerra. Esto es altamente positivo para el proceso de paz.

Se puede pensar también que fue incorrecto firmar el acuerdo con las FARC sin tener un consenso con la oposición, pero eso hubiera implicado perder la oportunidad de desatar la dinámica que sobre la marcha ha puesto fin a medio siglo de guerra. La existencia de un acuerdo minuciosamente elaborado, los encuentros con las víctimas, el cese de fuego bilateral que ya está funcionando, los contactos entre militares y combatientes, el cese de fuego unilateral del ELN, la posibilidad de que este grupo se sume al proceso, el impresionante interés de la comunidad internacional, el perdón público ofrecido por el líder de las FARC, el despliegue de Naciones Unidas para verificar el desarme y la reducción dramática de la violencia en el último año, son todas sólidas conquistas que se relacionan con haber tomado la oportunidad por la paz.

“La voluntad de combate tanto de insurgentes
como de militares está ahora bajo la influencia
de esta realidad construida por el acuerdo firmado”

La voluntad de combate tanto de insurgentes como de militares está ahora bajo la influencia de esta realidad construida por el acuerdo firmado. En otras palabras, la guerra está atrapada y bajo pleno control de la política. Nadie puede despreciar el enorme valor que esto tiene, al igual que no se puede despreciar la necesidad del consenso con quienes llamaron a votar por el no. Pero sin guerra hay mejores condiciones para que los políticos colombianos hagan ahora su oficio de negociar.

Dicen que no hay mal que por bien no venga y al parecer esto ha ocurrido en Colombia. La polarización es claramente la amenaza más grave al posconflicto y ha venido creciendo exponencialmente entre las principales fuerzas políticas, dividiendo no solo a la sociedad, sino a las familias. La polarización no solo haría fracasar el proceso de paz, sino que podría llevar al país a una crisis de gobernabilidad. Algo similar a lo ocurrido en El Salvador, donde la paz fue un éxito que los partidos convirtieron en fracaso. El empate del referéndum obliga a que los políticos se reconcilien para detener y revertir la polarización y esto es buena noticia. La guerra ha concluido y ha comenzado la política y en esta, recordando a Camín, la intriga, los egos y las vanidades pesan tanto como los intereses estratégicos, esto la vuelve complicada y peligrosa, pero también menos aburrida.

Joaquín Villalobos fue guerrillero salvadoreño y es asesor del Gobierno colombiano en el proceso de paz con las FARC.

La conspiración por la paz. De Joaquín Villalobos

Solo la política puede concluir la guerra con menos costos y en corto tiempo.

Joaquín Villalobos, fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerraJoaquín Villalobos, 6 septiembre 2016 / EL PAIS

En julio de 2008 las fuerzas militares colombianas realizaron una espectacular operación de rescate que compite con algunas ocurridas durante la segunda guerra mundial o con la realizada por las fuerzas israelíes en Uganda en 1976. En plena selva fueron liberados ilesos 15 secuestrados y capturados dos jefes de las FARC sin disparar un tiro. Teniendo en cuenta lo difícil del terreno, el trabajo de inteligencia, la estratagema empleada y la limpieza en su ejecución, la llamada Operación Jaque no tiene equivalente en el mundo.

el paisA esta acción precedieron y siguieron otros golpes estratégicos a los mandos de las FARC que se agregaban a la recuperación de territorios que había dominado la guerrilla durante décadas. A finales de 2008, la fuerza pública de Colombia había convertido la legitimidad ante los ciudadanos en el centro de su doctrina, al tiempo que había diezmado, arrinconado y colocado a la defensiva a las FARC. Sin embargo, el debilitamiento de estas conducía a una larga guerra de minas en las selvas con riesgo de terrorismo en las ciudades. Los soldados amputados aumentaban y los blancos estratégicos de las FARC escaseaban.

En las guerras irregulares no hay colapso final, sino una degradación del enemigo que puede durar muchos años.Los militares y policías habían hecho muy bien su trabajo, pero solo la política podía concluir la guerra con menos costos y en corto tiempo. En ese momento se planteó lo que se llamó “el alineamiento de los astros a favor de una negociación”. Las victorias electorales de la izquierda en el continente, la necesidad de Cuba de reconciliarse con Estados Unidos, la previsible crisis del régimen venezolano, la debilidad de las FARC, la edad de sus dirigentes y su calidad de última generación de políticos del grupo, abrían la posibilidad de empujarlos a la lucha sin armas.

Negociar en Cuba, con apoyo de Venezuela y con la mayor parte de dirigentes guerrilleros en La Habana resultó incomprensible para muchos. El fundamento de esto era la sincronización histórica de tres transiciones: el final del socialismo cubano, el final del socialismo del siglo XXI y el final de la lucha armada de la izquierda en Latinoamérica. El eslabón más débil del alineamiento era y es la poca importancia que la paz tiene para la política bogotana porque, paradójicamente, la capital disfruta de una paz protegida por medio millón de hombres. Esa tranquilidad ha permitido que los adversarios del proceso intenten convertir la oportunidad histórica de acabar con una guerra de 50 años, 220.000 muertos y seis millones de desplazados, en un tema electoral pasajero. Pretenden asustar con la idea de que de las cenizas de una guerrilla derrotada y odiada puede renacer un nuevo socialismo marxista, comunista y castrochavista en Colombia.