Joaquín Villalobos

México en llamas. De Joaquín Villalobos

Con el gasolinazo la violencia ha estallado de forma artificial; no se trata de protesta espontánea, sino organizada. El país fue sorprendido por una densidad criminal que durante décadas ha crecido, ha penetrado en el Estado y se ha fortalecido.

JOAQUIN VILLALOBOSJoaquín Villalobos, 19 enero 2017 / EL PAIS

En el año 2006, la capital del estado de Oaxaca, en México, estuvo bajo control de organizaciones de extrema izquierda que mantuvieron una rebelión callejera durante casi seis meses. El gobierno estatal abandonó posiciones y se estableció en el exilio. En ese momento, si Oaxaca hubiese sido un país, podría haberse proclamado el triunfo de una revolución. Finalmente, en noviembre de ese año, miles de policías federales, sin utilizar armas de fuego, pudieron recuperar la ciudad luego de varios días de enfrentamientos en las calles.

el paisLa ruta más fácil para explicar un hecho es buscar un culpable y olvidar procesos que han dado origen a fenómenos que fueron largamente encubados. El llamado gasolinazo, por el aumento de precio a la gasolina, ilustra nítidamente esto: se han producido grandes protestas e incontables saqueos en muchos estados y nadie sabe si fueron espontáneos, organizados o coyunturales.

El objetivo de este artículo no es abordar la legitimidad o no de las protestas, sino señalar que en México existe una violencia política creciente. A diferencia de Venezuela, donde los saqueos ocurrieron resultado de la desesperación de la gente por la escasez y el hambre, en México no hay relación directa entre saqueos y aumento al precio de la gasolina.

“El fenómeno guerrillero frentista de extrema izquierda
tiene más de cuarenta años de vida”

En el desarrollo de una protesta, la violencia puede aparecer luego de una fase expansiva o como reacción a una represión desproporcionada que la estimula. Por mucha rabia o redes sociales que existan, el salto de lo demostrativo a lo violento no ocurre de la noche a la mañana. Con el gasolinazo la violencia ha estallado de forma artificial e incluso con rechazo de la mayoría de quienes protestan. No se trata por lo tanto de violencia espontánea, sino de violencia organizada. En México existen al menos siete grupos guerrilleros, algunos de los cuales tienen más de 40 años de existir. Por las condiciones del 1484740885_714303_1484757004_noticia_normal_recorte1país, estos grupos tienen sus propias particularidades; no se trata de ejércitos guerrilleros en las selvas como en Colombia, sino que su expresión principal son frentes populares de composición social diversa, comunidades organizadas, control territorial y capacidad de movilización callejera.

Esta extrema izquierda subyace y despierta de manera brusca cada vez que encuentra una oportunidad para actuar. El 1 de diciembre de 2012, el presidente Peña Nieto tomó posesión en medio de protestas con una violencia similar a la actual. En agosto de 2013, más de diez mil personas, con una organización casi militar, cercaron de forma sorpresiva el edificio del Senado y luego hicieron lo mismo con el aeropuerto internacional. En el año 2014 fueron incendiadas las sedes de los partidos PRI y PRD en el Estado de Guerrero, un tiempo después el edificio de gobierno del Estado corrió la misma suerte y también intentaron quemar las puertas del Palacio Nacional en Ciudad de México.

En los últimos quince años han ocurrido numerosos hechos que incluyen bombas, sabotaje a oleoductos, secuestros, enfrentamientos armados, pero sobre todo protestas muy violentas en muchos estados. La capital de México es la ciudad con mayor número de demostraciones callejeras del mundo, ocurren 20 protestas diarias. Hay espacios públicos de la ciudad que han permanecido tomados más de un año. Nada de esto puede hacerse sin jerarquías, recursos y activistas a tiempo completo. En el año 2010 fue secuestrado Diego Fernández de Ceballos, líder político del PAN, por cuya liberación se pagaron varias decenas de millones de dólares. En otras ocasiones han ocurrido secuestros similares de importantes empresarios con pagos igualmente millonarios.

“En la nueva realidad no hay problema que
se resuelva solo; cuando no se resuelven, crecen”

Si uno observa la violencia reciente en las calles de México —lo que se puede fácilmente ver en videos de YouTube— puede darse cuenta que esa violencia ni es nueva ni de origen desconocido. Se trata de grupos dispersos, sin articulación y seguramente con conflictos entre ellos que se montaron en las protestas por el gasolinazo con mucha rapidez. Luego, seguramente, por efecto de imitación y competencia entre ellos mismos, sus acciones alcanzaron dimensión nacional. El resultado de esto será la radicalización de más jóvenes y el crecimiento de estas organizaciones. En algunas comunidades estos grupos organizan policías comunitarias que suplen la ausencia de Estado. La desaparición o matanza de estudiantes de Ayotzinapa en el año 2014, fue en realidad el resultado de la lucha entre gobiernos locales cooptados por el crimen organizado y organizaciones populares controladas por grupos de extrema izquierda.

No hay estudios sobre las guerrillas mexicanas que ayuden a dimensionar el problema; no hay políticas para que abandonen la violencia, participen en opciones partidistas y se reinsertan a la legalidad; tampoco hay planes para combatirlos y ni siquiera un reconocimiento serio de la existencia del problema. Sus frentes han aprendido a movilizar de forma sincronizada a miles de personas sin ser detectadas y es común que frente a sus acciones violentas no haya respuesta. Todo esto ha derivado en una impunidad callejera que ya se volvió sistemática, creciente y de alto impacto político.

En los últimos 15 años México ha enfrentado una violencia delictiva que ha dejado más 100.000 muertos. Muchos han culpado a los últimos dos gobiernos por esto y han definido a las drogas como la causa del problema. Por sentido común, es obvio que las organizaciones criminales que han generado una violencia tan persistente, extensa y prolongada no nacieron en un día. México fue sorprendido por una densidad criminal de grandes proporciones que durante décadas se mantuvo creciendo, penetrando al Estado, fortaleciéndose y buscando oportunidades. Fue hasta que esa densidad criminal rebalsó, estalló y se volvió inocultable cuando se comenzó buscar la causa y al culpable. Con el fenómeno guerrillero frentista de extrema izquierda viene ocurriendo exactamente lo mismo, tiene más de cuarenta años de existir, asustó con Chiapas en el año 94 y ahora sorprende con saqueos en 25 Estados.

Un artículo de Luis Rubio cuenta que el presidente Adolfo Ruíz Cortines, quien gobernó México en los años 50, tenía dos carpetas en su escritorio: una decía “problemas que se resuelven solos” y la otra “problemas que se resuelven con el tiempo”. México tiene suficientes capacidades políticas, materiales e intelectuales para enfrentar las amenazas que padece, pero el primer gran paso que debe dar es superar la vieja cultura política. En la nueva realidad no hay problema que se resuelva solo y cuando no se lo resuelve, crece.

Trump y el infierno centroamericano. De Joaquín Villalobos

JOAQUIN VILLALOBOSJoaquín Villalobos, 1 enero 2017 / NEXOS

La tarde del 14 de julio de 1969 cruzaron el cielo de San Salvador un poco más de una docena de viejos aviones de combate en formación seguidos por un grupo más numeroso de pequeñas avionetas de uso civil. Horas más tarde el gobierno militar comunicaba que tropas salvadoreñas habían cruzado la frontera e iniciado combates contra tropas hondureñas, mientras simultáneamente los aviones salvadoreños bombardeaban en tierra a los igualmente viejos aviones de la Fuerza Aérea de Honduras. A esta guerra se le conoció como “la guerra del futbol” porque los gobiernos militares utilizaron las eliminatorias del Mundial para activar un nacionalismo absurdo entre países idénticos.

Las historias de esta guerra son casi tragicómicas. La tropas de El Salvador se quedaron sin combustible y municiones a los cuatro días, las avionetas civiles fueron usadas con soldados amarrados al fuselaje y éstos lanzaban bombas con la mano para luego ametrallar con su fusil; un general se dedicó a saquear el primer pueblo que ocupó; otro general avanzó montado en un burro y se perdió con sus tropas en Honduras. Cuentan que el dictador Anastasio Somoza, de Nicaragua, llamó violentos a los militares salvadoreños por resistirse a usar la diplomacia. El Partido Comunista de El Salvador apoyó la guerra y llamó a filas pero el gobierno rechazó su “patriótico respaldo”. El gobierno hondureño organizó un cuerpo paramilitar llamado la “Mancha Brava” para perseguir a los salvadoreños y difundió la consigna “hondureño agarra un leño y mata un salvadoreño”. Los militares salvadoreños fueron jubilosos a aquella ridícula guerra para luchar contra Honduras y defender a sus hermanos campesinos, sin embargo, una década más tarde aquellos mismos militares estaban ejecutando horribles matanzas en su propio país.

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Ilustración: Víctor Solís

Durante décadas Honduras fue la válvula de escape demográfico que protegía la estabilidad del poder oligárquico de El Salvador. Cuando por distintas razones Honduras decidió cerrar esa válvula y repatrió a más de 300 mil salvadoreños, la reacción del gobierno militar fue declararle la guerra a Honduras. Haber perdido a este país como ruta de descargo demográfico contribuyó al estallido de una guerra civil en El Salvador. Honduras cerró su frontera por 11 años a los productos salvadoreños y acabó con el Mercado Común Centroamericano, el primer proyecto de integración regional del continente.

El efecto de tapar el flujo migratorio y devolver a miles de migrantes funcionó como una bomba social y política para El Salvador. La llamada “guerra del futbol” fue un conflicto demográfico movido por los intereses económicos de las elites nacionales en ambos países. Después de esto vino un cuarto de siglo de convulsión política y violencia que incluyó una guerra civil en El Salvador, una revolución en Nicaragua, un genocidio en Guatemala, el establecimiento de bases militares norteamericanas en Honduras y la invasión a Panamá por tropas estadunidenses. Presiones demográficas, intereses de las elites locales, militarismo y cambios en las políticas de Estados Unidos se combinaron en la construcción del conflicto centroamericano; el más cruento de Latinoamérica desde la “Revolución mexicana”.

Cuando se habla de los factores que generaron el conflicto centroamericano se debate sobre tres responsables fundamentales: la “Teología de la Liberación”, la injerencia comunista cubano-soviética y las dictaduras militares que servían para sostener a regímenes de carácter oligárquico. Muy poco se habla de cómo los giros contradictorios de las políticas de Estados Unidos en el continente fueron mucho más determinantes que las ideologías o que la Unión Soviética y Cuba en la activación de las crisis internas que acabaron convertidas en guerras.

Luego de la revolución cubana, el gobierno de John Kennedy impulsó la “Alianza para el Progreso” con la idea de que debía hacerse una revolución pacífica para evitar una revolución violenta. Esta política movió a las elites gobernantes a realizar reformas en el campo social, se construyeron miles de escuelas y se propuso la realización de reformas agrarias. Con la llegada de Richard Nixon vino la “política de seguridad nacional” que echó para atrás el reformismo y se concentró en contener el comunismo, multiplicando la represión, respaldando fraudes electorales y golpes de Estado. Años más tarde el presidente James Carter impulsó la política de respeto a los “Derechos Humanos”, con lo cual la democracia como paradigma empezó a tener vigencia; en ese contexto fue derrocado el dictador Anastasio Somoza por la “Revolución Sandinista” y el tratado Torrijos-Carter acordó entregar el canal a Panamá. Entonces vino la administración de Ronald Reagan que retornó a la política de contener la expansión comunista que, conforme a sus ideas, se estaba acercando a Estados Unidos. Tropas estadunidenses invadieron la isla de Granada y nació lo que se conoció como “guerra de baja intensidad” que tuvo a Centroamérica como escenario principal.

Al analizar estos giros desde una perspectiva histórica podemos apreciar que se trató de un juego de avances y retrocesos que movió a las elites y a las sociedades de los pequeños países centroamericanos en direcciones opuestas en un período de sólo 30 años. El efecto de esto fue devastador en la activación de contradicciones tanto dentro de los gobernantes como de los gobernados. Las causas estaban presentes en las realidades de ausencia de democracia y pobreza, pero ni los teólogos, ni los comunistas, ni los cubanos tenían tanta potencia como para ser detonadores de guerras.

Imaginemos lo que puede pasar si a las primitivas elites de una pequeña nación una gran potencia le dicta un día una política reformista, al segundo día le dice que debe reprimir, al tercer día le dice de nuevo que debe hacer reformas y al cuarto día le vuelve a decir que reprima. El resultado será que esa pequeña nación se dividirá profundamente y acabará en una guerra. Los conflictos no habrían alcanzado tanta intensidad sin la profunda división entre reformismo y autoritarismo que activaron las políticas estadunidenses al interior de estos países. Las administraciones de Kennedy y Carter tuvieron razón al impulsar reformas, pero los avances que éstas provocaban hicieron que las políticas de Nixon y Reagan se convirtieran en escaladas de represión que le permitieron a las oligarquías locales acusar de comunista y eliminar a cualquier opositor, incluso a quienes venían de sus propias filas. Esto radicalizó procesos de cambio que pudieron y debieron haber sido pacíficos. Fue así como quedó instalada en la región una polarización extrema que ha derivado en ingobernabilidad.

En la actualidad la bomba demográfica ya no abarca sólo a El Salvador, sino que ha crecido y cobrado carácter regional. Guatemala tiene hoy 16 millones de habitantes, Honduras nueve y El Salvador 6.5 millones. El problema es que ninguno de estos tres Estados del llamado Triángulo Norte es capaz de generar empleos, educar, brindar servicios y proveer seguridad para sus más de 30 millones de habitantes. Los grandes vacíos en las responsabilidades de los Estados tienen relación directa con los bajos niveles de recaudación fiscal y ésta es la causa principal de la inviabilidad de estos tres países. Esto no es un asunto ideológico, la debilidad institucional le permite a los ricos del Triángulo Norte vivir como reyes en un basurero. Las llamadas “maras” son una catástrofe social sin precedentes en el continente, no es crimen organizado como el que padecen otros países. En ningún otro lugar de Latinoamérica un problema social acabó convertido en una violencia criminal masiva tan feroz, porque en ningún otro lugar tienen las elites niveles tan altos de irresponsabilidad e insensibilidad.

Las guerras de los ochenta en la región centroamericana orientaron los flujos migratorios hacia Estados Unidos y en los últimos 20 años este país ha funcionado como la principal válvula de escape a la presión demográfica centroamericana. Algo similar al papel que jugaba Honduras con El Salvador, pero con la diferencia de que aquella migración campesina dejaba un beneficio indirecto para las elites que se limitaba a reducir la conflictividad por la tierra. La migración hacia Estados Unidos les deja un beneficio directo y de alta rentabilidad. Las remesas de los migrantes están modificando el carácter de las economías de la región y convirtiendo a los propios habitantes en producto de exportación. La migración no sólo reduce las responsabilidades de las elites en la atención a la pobreza, sino que la exportación de pobres los está volviendo más ricos. Conforme a los datos, desde 1998 para El Salvador y desde 2007 para Honduras y Guatemala, los tres países han recibido más de 130 mil millones de dólares en remesas y éstas crecen más cada año. La distorsión es tal que El Salvador es considerado un país de renta media a pesar de la violencia, del desempleo y de una economía que tiene muchos años de no crecer.

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Teniendo en cuenta estos 130 mil millones de dólares en remesas recibidas en menos de 20 años, la pregunta que surge es: ¿por qué estos tres países se encuentran entonces en una situación tan grave? Las remesas comenzaron como una bendición, pero se han convertido en una maldición similar al efecto de la renta del petróleo en algunos países. La diferencia es que la renta de las remesas tiene unos costos humanos dramáticos. En El Salvador es casi imposible recuperar una economía productiva y Honduras y Guatemala van por el mismo rumbo, las remesas le están quitando estímulos a la inversión productiva y generando una falsa economía de servicios y consumo que depende totalmente de la exportación de personas.

Pero lo más grave es la relación que guardan las remesas con la violencia. Si en el terreno económico generan un falso progreso, en el terreno social provocan muerte. Una vez que éstas se vuelven dominantes para la economía, abren un fatal círculo vicioso en el que conectan migración, remesas, decrecimiento económico, destrucción de familias y comunidades, violencia y desempleo. Es decir, que estos países entre peor están, mejor les va económicamente a las elites, porque reciben más remesas resultado de que más gente emigra. No hay ninguna señal de que las elites económicas y políticas de estos países quieran sacar o sepan cómo sacar a sus países de este círculo vicioso. Esto es así porque se trata de grupos primitivos, poco ilustrados, socialmente insensibles, políticamente irresponsables, con propósitos fundamentalmente extractivos y sin visión estratégica.

La tragicomedia de la “guerra del futbol” fue una muestra de la escasa calidad intelectual de estas elites, pero se pueden encontrar muchas otras tragicomedias o tragedias insólitas en cualquiera de los tres países. El último golpe de Estado al estilo de los años cincuenta ocurrió en el año 2009 en Honduras cuando los militares sacaron al presidente en pijama del país. En enero de 1981 efectivos militares guatemaltecos asaltaron la embajada de España y quemaron con lanzallamas a 34 personas. En El Salvador Roberto d’Aubuisson, fundador del partido de la derecha ARENA, decidió matar al arzobispo Romero de un balazo en el corazón en plena misa durante el sacramento de la Eucaristía. Amigos de izquierda y derecha de otros países suelen decirme: “esas oligarquías son salvajes”, en ese sentido el calificativo de “repúblicas bananeras” no es peyorativo, sino descriptivo.

Durante la administración del presidente Obama hubo muchas deportaciones, pero al mismo tiempo luchó por una ambiciosa reforma migratoria que permitiera regularizar la situación de millones de migrantes. Su política fue compasiva frente a la tragedia de quienes huyen del Triángulo Norte y simultáneamente su gobierno impulsó planes para apoyar el fortalecimiento institucional y el combate a la corrupción. Los efectos de esta política se han hecho sentir con fuerza. En Guatemala un ex presidente fue extraditado, otro se encuentra preso junto a su vicepresidente y recientemente un ex ministro murió a tiros cuando enfrentó a policías que intentaban capturarlo. En El Salvador hay un ex presidente muerto mientras era procesado, otro se encuentra asilado, uno más guarda prisión y es bastante probable que dos ex presidentes más sean investigados. En Honduras hay un presidente procesado y miembros de una de las familias más ricas del país enfrenta cargos por narcotráfico en Estados Unidos. En Guatemala hay procesos abiertos por evasión fiscal contra grupos económicos poderosos y en El Salvador se conoce que hay investigaciones de ese tipo en marcha.

Tanto en Guatemala como en Honduras se han creado organismos externos para combatir la impunidad, mientras en El Salvador la Fiscalía General y la Corte Suprema de Justicia están recibiendo un fuerte apoyo norteamericano para que puedan actuar con independencia. Juzgar cada caso es irrelevante, lo central es que estas acciones sobre toda la región permiten ver claramente la intención de combatir la corrupción para forzar a un cambio en la calidad de las elites que no tiene orientación ideológica preferente, pues en los tres países hay golpes hacia la derecha y hacia la izquierda. Puede cuestionarse la eficacia del método, pero no el propósito. Para los efectos de este artículo, lo que interesa señalar es que bajo el gobierno de Donald Trump es bastante probable que venga un cambio similar a los giros contradictorios en la política estadunidense que generaron violencia y guerras en toda la región en los años ochenta.

El presidente Trump ha planteado construir un muro que cerraría la válvula de escape a la presión demográfica de la región, al mismo tiempo ha anunciado deportaciones masivas, impuestos a las remesas y erradicación de las “maras” en Estados Unidos expulsando a sus miembros a Centroamérica. En los últimos 12 años ha habido 187 mil 951 homicidios en Guatemala, Honduras y El Salvador, una cifra que en términos comparativos supera los 220 mil muertos que Colombia ha tenido en 50 años y coloca a la región como la más violenta del planeta. Los muertos continúan aumentando junto a la población que huye de la violencia. El número de homicidios deja claro que ya no estamos frente a un fenómeno migratorio motivado por razones económicas, sino frente a refugiados y población desplazada por la violencia y esto requiere atención humanitaria.

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La deportación sistemática de delincuentes fue lo que llevó a las pandillas de Los Ángeles a Centroamérica, una vez allí éstas se multiplicaron por la pobreza y se volvieron más violentas por la incapacidad de los gobiernos para detener su avance. Ahora son un poder fáctico que controla territorios y somete población. Honduras provocó una guerra civil en El Salvador cuando hizo exactamente lo que pretende hacer Trump con Centroamérica, cerrar el paso y deportar masivamente. Esta política sería dar un bandazo de consecuencias fatales para toda la región. En los años ochenta México asumió el liderazgo para hacer contrapeso a la política de Ronald Reagan hacia Centroamérica, ahora además de ocuparse de sus propios problemas con la administración Trump, tendrá que lidiar también con la tragedia humanitaria del Triángulo Norte.

Por otro lado, se perfila una política ideológica en vez de una política pragmática en la relación con los gobiernos, si esto es así la polarización en Guatemala, Honduras y El Salvador crecerá y con ello la ingobernabilidad en países que apenas están aprendiendo a tolerar el pluralismo. Las políticas de fortalecimiento institucional y de lucha contra la corrupción podrían ser abandonadas o tomar un camino ideológico apoyando a las derechas contra las izquierdas. El resultado de esto será que los procesos actuales, en vez de ayudar a la madurez de las elites, contribuirán a que se abra un ciclo de venganzas y lucha por el control político ideológico del Poder Judicial. Exactamente lo mismo que ocurrió cuando se impulsaban reformas que luego se convertían en justificación para reprimir.

Las pequeñas naciones centroamericanas sufren con sólo que Estados Unidos no las voltee a ver. La administración Trump planea darles cuatro golpes simultáneos: reducir las remesas poniéndoles impuestos, cerrar la puerta a sus desesperados migrantes, deportar a centenares de miles de trabajadores y enviar a miles de pandilleros a países que ya están derrotados por la criminalidad. Es una tormenta perfecta, obviamente estos países no van a declararle la guerra a Estados Unidos como hizo El Salvador con Honduras en 1969, tendrán que tragarse sus problemas. Lo que viene es una implosión que le dará continuidad a la tragicomedia bananera, pero ahora se mezclarán en ésta el primitivismo, el egoísmo extremo y la ignorancia de las elites locales con la impiedad, el racismo y la irresponsabilidad del liderazgo de la gran potencia del norte.

Nota de Segunda Vuelta:

Los datos de homicidios para El Salvador en el cuadro 4 son incorrectos, sobre todo para 2016.
Los números correctos son:
2012: 25682013: 2475
2014: 3894
2015: 6675
2016: 5275

 

Una nueva revolución en Cuba. De Joaquín Villalobos

La muerte de Fidel Castro plantea ahora el dilema entre una transición ordenada sin revancha o un colapso que generaría violencia, impediría la reconstrucción y provocaría la migración de millones de cubanos.

JOAQUIN VILLALOBOSJoaquín Villalobos, 29 noviembre 2016 / EL PAIS

En mayo de 1989 me encontraba en La Habana en una reunión con Fidel Castro. Mientras conversábamos en su despacho, él era interrumpido constantemente para comunicaciones de urgencia. En algún momento se sintió obligado a explicarme las razones de las interrupciones y, refiriéndose a las protestas de la plaza de Tiananmén, me dijo: “Es nuestro embajador en China, la situación se está saliendo de control”, “el partido, el Gobierno y las organizaciones populares ya están divididos, hay una gran incertidumbre”. “Pienso que deben reprimir de inmediato porque la división puede alcanzar al Ejército”. “Este es un Ejército con armas nucleares, si se divide y hay un conflicto lo que estaría en peligro no es China sino el mundo entero”.

el paisHace 27 años nadie imaginó que China acabaría convertida en la fábrica más grande del planeta en virtud de que Deng Xiaoping lideró una transición ordenada hacia una economía de mercado. Cuando ocurrieron las protestas de 1989, dominaba en el mundo el fundamentalismo democrático que no tomaba en cuenta la historia, la cultura, la estructura social, el desarrollo económico y las diferencias en cada país; lo fácil era asociar religiosamente democracia con progreso. Luego vino la primavera árabe apoyada con bombas santas y misioneros armados de occidente que pretendieron llevar la libertad a países que no entendían.

1480328788_562560_1480356398_noticia_normal_recorte1El resultado han sido guerras, destrucción, catástrofes y millones de refugiados. Ahora se comienza a entender que la democracia necesita condiciones y que no puede ser una receta universal. Recordando lo dicho por Fidel, ¿qué habría pasado en toda Asia si aquella “primavera china” hubiera terminado en un conflicto? ¿Cuántas decenas o cientos de millones de personas habrían muerto? ¿Cuánto del potencial de progreso de China, que ahora conocemos, habría sido destruido?

La muerte de Fidel Castro plantea ahora para la propia Cuba este dilema entre una transición ordenada sin revancha o un colapso que generaría violencia, impediría la reconstrucción económica y provocaría la migración de millones de cubanos. La competencia entre racionalidad pragmática y revanchismo emocional está ahora muy vigente en todo el mundo. Recientemente se enfrentaron en las elecciones en Estados Unidos. El debate sobre si Fidel será absuelto por la historia es irrelevante, desde lo positivo y desde lo negativo su fuerza histórica ya trascendió. Igualmente absurda es la discusión entre quienes consideran que la lucha entre el bien y el mal es el motor de la historia. Fidel fue un líder que respondió a un momento histórico del continente, un líder cuya vida política alargó artificialmente la errada política estadounidense. Muchos demócratas convencidos lo siguieron respetando, porque veían en él a un monumento vivo de una realidad pasada que profesaba ideas muertas.

“La agresividad de EE UU reforzó la retórica
nacionalista y la cohesión de la élite dirigente”

La política de Estados Unidos ha tenido dos componentes contradictorios que impidieron que los propios cubanos cambiaran tempranamente la realidad que el régimen les impuso. Por un lado mantuvo persistentemente una política agresiva de aislamiento, amenaza militar, bloqueo económico, sabotaje y hasta terrorismo contra Cuba; y por otro lado ha sostenido una política de beneficios migratorios que ha estimulado la migración de los cubanos hacia Estados Unidos. La agresividad dio soporte a la retórica nacionalista y antiimperialista del régimen y contribuyó a mantener la cohesión de la élite dirigente. Con los estímulos migratorios convirtió el exilio en la opción preferencial de lucha de los opositores y drenó la posibilidad de que estos se fortalecieran. Esto, y no solo la inteligencia de Fidel, explica por qué el régimen cubano pudo tener tan larga vida a pesar de que su modelo había fracasado desde hacía ya muchos años.

En el caso de Venezuela, Estados Unidos ha sido pragmático, ha mantenido relaciones normales, no ha estimulado la migración y su lenguaje ha sido moderado. Por ello la retórica chavista es provocadora, ofende a los presidentes norteamericanos, habla de “guerra económica” y de “agresiones imperialistas” inexistentes. Parecieran exigirle a Estados Unidos una política agresiva que les dé “validación revolucionaria”. El régimen venezolano, con infinitamente más recursos que Cuba, enfrenta ahora la implosión del llamado “socialismo del siglo XXI”. Sin poder culpar a nadie de su fracaso debe enfrentar ahora a una potente oposición que es mayoría en las urnas y que pone a millones de personas en las calles a exigir sus derechos.

La política estadounidense provocó que en Cuba, en vez de que millones de cubanos protestaran para exigir cambios, fuera el régimen quien pudiera organizar enormes marchas para exigir el fin de las agresiones.En la actualidad dos potentes factores están empujando desde adentro la transición cubana. El primero es que la generación posrevolución tomará pronto el poder en la isla. Esta generación creció en una realidad diferente a la de la vieja guardia. Conocen el desastre de su modelo económico revolucionario, necesitan resolver demandas sociales crecientes, han visto el viraje al capitalismo en China y Rusia, vieron caer el muro de Berlín, siguen de cerca todos los procesos electorales con las victorias y derrotas de las izquierdas del continente y están viendo de cerca el fracaso venezolano. Es imposible que la nueva generación haga más de lo mismo.

“Los cambios económicos obligarán a cambios políticos
en un plazo de tiempo muy corto”

El segundo factor es el cambio radical en la estructura de clases provocado por la existencia de medio millón de pequeños negocios conocidos como “cuentapropistas”. Estos empresarios ahora contratan trabajadores, utilizan crédito y, dentro de la dramática realidad de la economía cubana, representan una mejora en la oferta de bienes y servicios a la población. Todo cambio en la estructura de clases demanda un cambio en el régimen político, el mercado no es solo un instrumento económico, sino también una institución política que obliga a establecer reglas y normas.

Cuba no tiene la historia ni la cultura de China para poder establecer una economía de mercado sin necesidad de requerir cambios democráticos inmediatos. Sin duda los cambios económicos obligarán a cambios políticos en un tiempo más corto que las décadas de errores de la política estadounidense. Con la victoria de Donald Trump hay riesgo de que recupere fuerza el revanchismo emocional de la Florida en vez de la racionalidad pragmática que comenzó a desarrollar Obama. Sin embargo, luego de cincuenta años de negación del mercado y de libertades democráticas, los pequeños empresarios y el cambio generacional en las élites dirigentes son dos fuerzas imparables que pondrán en marcha una nueva revolución en Cuba.

Aquí no ha pasado nada. De Joaquín Villalobos

El resultado del referéndum obliga en Colombia a negociar,
no a retornar a la guerra.

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JOAQUIN VILLALOBOS

Joaquín Villalobos vive en Inglaterra. Fue asesor tanto del presidente Uribe como del presidente Santos.

Joaquín Villalobos, 5 octubre 2016 / EL PAIS

Dice mi amigo Héctor Aguilar Camín en una de sus novelas que “la política, vista de cerca, aun la política más alta, es siempre pequeña, mezquina, miope, una riña de vecindario. Solo el tiempo da a los hechos políticos la dignidad distante, el sentido superior que es su justificación y, con suerte, su grandeza”. El virtual empate en el plebiscito colombiano es menos fatal de lo que parece y podría derivar en una mayor solidez para la paz. Toda negociación es un proceso compuesto por negociaciones simultáneas que ocurren entre los contendientes y dentro de los contendientes. Desde el inicio fue claro que la paz estaba cerca en La Habana, pero lejos de los consensos de Bogotá. El resultado del referéndum no es el regreso a la guerra, sino el comienzo de la política y este es el propósito fundamental del proceso, por lo tanto aquí no ha pasado nada.

el paisDurante muchas décadas Colombia ha sido, por un lado, una democracia que ha funcionado bastante mejor que en otros lugares del continente, pero al mismo tiempo ha vivido una violencia más severa y prolongada que la que generaron algunas dictaduras. Terminar el conflicto supone lidiar con estas realidades como si se tratara de unir a dos países distintos. Esto implica confrontar diferencias sobre cómo se vive o se ha vivido el conflicto. A mayor proximidad o lejanía de la guerra corresponden más unidad o mayor indiferencia de la sociedad para un acuerdo. El éxito de la estrategia militar del Estado alejó el conflicto de los centros vitales, pero creó un nicho electoral rentable para la competencia política que dificulta los consensos sobre el acuerdo de paz. En ese sentido, el plebiscito fue más una medición de fuerzas de cara a las elecciones presidenciales del 2018 que un referéndum sobre la paz.

Se podría pensar que fue incorrecto realizar la consulta. Sin embargo, el casi empate en el plebiscito deja clara la importancia que tenía su realización. Con una sociedad dividida la implementación de los acuerdos estaría en riesgo sin consensos políticos. Para imponerse, tanto el como el no, requerían una ventaja abrumadora, pero con una diferencia tan estrecha el mandato de los ciudadanos sirve para que los políticos negocien y no para retornar a la guerra. Esto es altamente positivo para el proceso de paz.

Se puede pensar también que fue incorrecto firmar el acuerdo con las FARC sin tener un consenso con la oposición, pero eso hubiera implicado perder la oportunidad de desatar la dinámica que sobre la marcha ha puesto fin a medio siglo de guerra. La existencia de un acuerdo minuciosamente elaborado, los encuentros con las víctimas, el cese de fuego bilateral que ya está funcionando, los contactos entre militares y combatientes, el cese de fuego unilateral del ELN, la posibilidad de que este grupo se sume al proceso, el impresionante interés de la comunidad internacional, el perdón público ofrecido por el líder de las FARC, el despliegue de Naciones Unidas para verificar el desarme y la reducción dramática de la violencia en el último año, son todas sólidas conquistas que se relacionan con haber tomado la oportunidad por la paz.

“La voluntad de combate tanto de insurgentes
como de militares está ahora bajo la influencia
de esta realidad construida por el acuerdo firmado”

La voluntad de combate tanto de insurgentes como de militares está ahora bajo la influencia de esta realidad construida por el acuerdo firmado. En otras palabras, la guerra está atrapada y bajo pleno control de la política. Nadie puede despreciar el enorme valor que esto tiene, al igual que no se puede despreciar la necesidad del consenso con quienes llamaron a votar por el no. Pero sin guerra hay mejores condiciones para que los políticos colombianos hagan ahora su oficio de negociar.

Dicen que no hay mal que por bien no venga y al parecer esto ha ocurrido en Colombia. La polarización es claramente la amenaza más grave al posconflicto y ha venido creciendo exponencialmente entre las principales fuerzas políticas, dividiendo no solo a la sociedad, sino a las familias. La polarización no solo haría fracasar el proceso de paz, sino que podría llevar al país a una crisis de gobernabilidad. Algo similar a lo ocurrido en El Salvador, donde la paz fue un éxito que los partidos convirtieron en fracaso. El empate del referéndum obliga a que los políticos se reconcilien para detener y revertir la polarización y esto es buena noticia. La guerra ha concluido y ha comenzado la política y en esta, recordando a Camín, la intriga, los egos y las vanidades pesan tanto como los intereses estratégicos, esto la vuelve complicada y peligrosa, pero también menos aburrida.

Joaquín Villalobos fue guerrillero salvadoreño y es asesor del Gobierno colombiano en el proceso de paz con las FARC.

La conspiración por la paz. De Joaquín Villalobos

Solo la política puede concluir la guerra con menos costos y en corto tiempo.

Joaquín Villalobos, fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerraJoaquín Villalobos, 6 septiembre 2016 / EL PAIS

En julio de 2008 las fuerzas militares colombianas realizaron una espectacular operación de rescate que compite con algunas ocurridas durante la segunda guerra mundial o con la realizada por las fuerzas israelíes en Uganda en 1976. En plena selva fueron liberados ilesos 15 secuestrados y capturados dos jefes de las FARC sin disparar un tiro. Teniendo en cuenta lo difícil del terreno, el trabajo de inteligencia, la estratagema empleada y la limpieza en su ejecución, la llamada Operación Jaque no tiene equivalente en el mundo.

el paisA esta acción precedieron y siguieron otros golpes estratégicos a los mandos de las FARC que se agregaban a la recuperación de territorios que había dominado la guerrilla durante décadas. A finales de 2008, la fuerza pública de Colombia había convertido la legitimidad ante los ciudadanos en el centro de su doctrina, al tiempo que había diezmado, arrinconado y colocado a la defensiva a las FARC. Sin embargo, el debilitamiento de estas conducía a una larga guerra de minas en las selvas con riesgo de terrorismo en las ciudades. Los soldados amputados aumentaban y los blancos estratégicos de las FARC escaseaban.

En las guerras irregulares no hay colapso final, sino una degradación del enemigo que puede durar muchos años.Los militares y policías habían hecho muy bien su trabajo, pero solo la política podía concluir la guerra con menos costos y en corto tiempo. En ese momento se planteó lo que se llamó “el alineamiento de los astros a favor de una negociación”. Las victorias electorales de la izquierda en el continente, la necesidad de Cuba de reconciliarse con Estados Unidos, la previsible crisis del régimen venezolano, la debilidad de las FARC, la edad de sus dirigentes y su calidad de última generación de políticos del grupo, abrían la posibilidad de empujarlos a la lucha sin armas.

Negociar en Cuba, con apoyo de Venezuela y con la mayor parte de dirigentes guerrilleros en La Habana resultó incomprensible para muchos. El fundamento de esto era la sincronización histórica de tres transiciones: el final del socialismo cubano, el final del socialismo del siglo XXI y el final de la lucha armada de la izquierda en Latinoamérica. El eslabón más débil del alineamiento era y es la poca importancia que la paz tiene para la política bogotana porque, paradójicamente, la capital disfruta de una paz protegida por medio millón de hombres. Esa tranquilidad ha permitido que los adversarios del proceso intenten convertir la oportunidad histórica de acabar con una guerra de 50 años, 220.000 muertos y seis millones de desplazados, en un tema electoral pasajero. Pretenden asustar con la idea de que de las cenizas de una guerrilla derrotada y odiada puede renacer un nuevo socialismo marxista, comunista y castrochavista en Colombia.

Fantasmas contra la paz. De Joaquín Villalobos

Cualquiera que gobierne Colombia en el futuro podrá hacer más por el país si ya no hay guerra.

JOAQUIN VILLALOBOSJoaquín Villalobos, 4 septiembre 2016 / EL TIEMPO

Conforme lo expresan los opositores al acuerdo de paz, lo único justo sería que las Farc aceptaran toda la responsabilidad por el conflicto, entregaran las armas y fueran a prisión. Como esto es imposible, la guerra tendría que continuar. Los argumentos de los adversarios del proceso parten de dos ideas principales: la primera es que las Farc estaban debilitadas y por lo tanto era fácil acabarlas militarmente, y la segunda es que la firma del acuerdo terminará llevando a los insurgentes al gobierno. Son dos argumentos contradictorios: en el primero las Farc están acabadas y en el segundo son poderosas.

TIEMPOLa causa principal del conflicto no han sido las ideologías ni las drogas, sino la permanente ausencia de Estado en gran parte del territorio. El actual acuerdo de paz con las Farc es un resultado con méritos compartidos por los últimos ocho gobiernos. Estos avanzaron en recuperar el territorio a partir de reformar cualitativa y cuantitativamente las instituciones de seguridad.

Las Farc estuvieron durante décadas confinadas a la ruralidad profunda, pero con el dinero del narcotráfico se fortalecieron y amenazaron centros vitales del país. Luego de que fracasaran las negociaciones de 1998, que incluían concesiones superiores al actual acuerdo de paz, la guerra debió continuar. La batalla para sacar a las Farc de las zonas vitales duró pocos años. Las Farc están ahora muy diezmadas y de nuevo confinadas. Sin embargo, su derrota plena implicaría una guerra larga, cruenta y costosa, en lugares remotos donde la población es escasa y el acceso difícil. Por otro lado, el terrorismo es hijo de la impotencia y es el arma principal de un enemigo acorralado; buscar la derrota total implicaba correr el riesgo de terrorismo urbano. No es cierto que se pueda acabar fácilmente con las Farc. Ha sido mejor una lucha de mesa en La Habana que una larga guerra en las selvas salpicada por terrorismo en las ciudades.

El segundo argumento establece que ‘Timochenko’ podría convertirse en presidente de Colombia. Esto supone que, luego de veinticinco años de desaparecida la Unión Soviética, con millonarios dominando Rusia, con China transformada en potencia capitalista, con Cuba buscando hacer las paces con Estados Unidos para restablecer una economía de mercado, y con el socialismo bolivariano de Venezuela en fase terminal en medio de un desastre descomunal, una insurgencia aislada de la realidad del mundo y de su propio país, profundamente más odiada que amada y dirigida por líderes en edad de retiro, podría hacer el milagro político de resucitar en Colombia un nuevo modelo de izquierda radical.

Continuar la guerra implicaba sacrificios enormes para los jóvenes militares y policías colombianos; las curules otorgadas a las Farc valen nada comparadas con seguir teniendo soldados muertos, ciegos o amputados. Con el acuerdo de paz, la Fuerza Pública podrá dedicarse a luchar contra las bandas criminales y con ello mejorará la seguridad de todos los colombianos.

El fin de la guerra implica el fin de los desplazamientos de población y la posibilidad de trabajar por su retorno. La paz con las Farc permitirá integrar a la Colombia rural profunda, que es inmensamente rica. Esto implica mejor economía, más empleo y menos pobreza. No será fácil, no se puede pasar del infierno al cielo en un día; es un reto descomunal, intelectualmente más difícil que el medio siglo de guerra. Sin embargo, sería un grave error perder la oportunidad de acabar con un conflicto de medio siglo, agitando fantasmas frente a una verdad irrefutable: cualquiera que gobierne Colombia en el futuro podrá hacer más por el país si ya no hay guerra.

Opiniones sobre el acuerdo colombiano. Felipe Gonález y Joaquín Villalobos

El mejor de los acuerdos posibles

Desde la emoción de vivir un momento como este, tanto tiempo esperado; y desde la razón que comprende el desafío que queda por delante, mi alegría es inmensa.

Felipe González, ex-presidente del gobierno español

Felipe González, ex-presidente del gobierno español

Felipe González, 22 junio 2016 / EL PAIS

Desde la emoción de vivir un momento como este, tanto tiempo esperado; y desde la razón que comprende el desafío que queda por delante, mi alegría es inmensa. Siempre ha sido más fácil hacer la guerra que construir la paz.

La guerra es más dolorosa por sus víctimas y sus horrores, más costosa en recursos humanos y materiales, pero más simple. Al final, se trata de destruir al otro, a lo que dé lugar. Quien tiene más capacidad de hacerlo, puede terminar ganando.

Hacer la paz, crear una cultura de paz, ampliar la democracia para que quepan todos los que estén dispuestos a renunciar a la violencia, recuperar a los desplazados, reconocer y compensar a las víctimas y trabajar, gobernar, para todos, con un desarrollo incluyente, es una tarea más compleja, más difícil, pero mucho más satisfactoria.

Eso es lo que toca ahora, en esta nueva etapa de la historia de Colombia. Y hay que hacerlo con todos los poderes del Estado, con sus instituciones y con todos los ciudadanos que quieren la paz, la libertad y el bienestar de Colombia.

¡La paz es de los colombianos y para los colombianos! ¡La paz es de todos y para todos! La paz que quiere toda América Latina. La paz que alegra al mundo, atenazado por guerras y conflictos en Oriente Medio, en África… ¡Por fin una buena noticia! ¡Por fin se acaba el conflicto más antiguo de América Latina!

Desde Belisario Betancur hasta Juan Manuel Santos, todos los presidentes, sin excepción, lo han intentado con determinación, con buena fe, interpretando el deseo de la inmensa mayoría de los colombianos. A todos hay que agradecer sus esfuerzos, su contribución.
Ahora está en las manos de los protagonistas de verdad: ¡los ciudadanos de este gran país que es Colombia!

No hay, no puede haber, acuerdos “perfectos” porque no serían acuerdos. Los hay posibles e imposibles. Y este es posible, el mejor de los posibles, aunque cada uno tenga derecho a pensar en que lo hubiera hecho mejor.

Por eso, esta es la hora de la unidad por la paz, por el fin del horror. Para resarcir a las víctimas, a los desplazados, para volver a convivir, para reconciliar a todos los hombres y mujeres de buena fe.

He sido testigo comprometido de todos los esfuerzos para acabar el conflicto, dispuesto siempre a servir, en lo que pudiera, a los presidentes que me lo pidieron. Lo hice como presidente del Gobierno de España y como ciudadano, durante 35 años. Y, ahora, llego a sentirme como un colombiano más, desde ese regalo de nacionalidad compartida del que disfruto.
He participado de las dudas y angustias de todo el proceso. He comprendido la desconfianza de tantos colombianos, tan grande como su deseo de paz.

Quiero agradecer a todos los presidentes de Colombia que me hayan tratado como amigo y me hayan permitido aportar un esfuerzo modesto por la paz. Pero, sobre todo, siento gratitud por los colombianos que me trataron siempre con cariño y respeto. Era lo mismo que sentía y siento por ese pueblo magnífico y próximo.

¡¡¡Felicidades Colombia!!!

El acuerdo de los acuerdos.

El mito de que no era posible la paz en Colombia ha muerto.

Joaquín Villalobos, fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerra

Joaquín Villalobos fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerra

Joaquín Villalobos, 22 junio 2016 / EL PAIS

Medio siglo de conflicto, varios intentos de negociaciones fallidas, dos años de conversaciones secretas y cuatro de negociaciones públicas son el camino recorrido que ha llevado a la guerrilla de las FARC a firmar el acuerdo de cese de fuego y dejación de las armas en La Habana. Las exploraciones confidenciales comenzaron a inicios del año 2010, durante la administración del presidente Álvaro Uribe, ahora el principal opositor al proceso. Esos contactos fueron retomados por el presidente Juan Manuel Santos y, a finales de ese año, se iniciaron conversaciones secretas, se acordó una agenda que incluyó el desarme y se designó a La Habana como sede de las negociaciones. En estos años la opinión pública colombiana se ha mantenido dividida entre los que creían y los que no creían que el desarme de la guerrilla sería posible. Con este acuerdo, las FARC han puesto sus armas sobre la mesa con fecha para dejarlas, por lo tanto el mito de que esto no era posible ha muerto.

Se habla mucho de las garantías y mecanismos para que los acuerdos se cumplan, pero la realidad es el principal garante. Después de muchas décadas de violencia recurrente, está en el propio interés del Estado colombiano tener presencia y llevar el desarrollo a la Colombia rural, profunda y salvaje. Igualmente, después de medio siglo de lucha armada está en el propio interés de las FARC dejar las armas y pasar a la lucha política. En esencia, el acuerdo de paz es el cruce histórico de estos dos intereses. En medio de esto tendrán que atenderse los daños dejados por el conflicto en cuanto a reinserción, justicia, víctimas y narcotráfico.

Progresar jamás implica que las dificultades terminan, progreso es cambiar unos problemas por otros que nacen como producto de que los anteriores fueron resueltos. El gran reto del posconflicto será pacificar en lugares donde la insurgencia, el paramilitarismo y la criminalidad se convirtieron, por la ausencia del Estado, en profesiones bien reconocidas, respetadas y remuneradas. Terminado el conflicto comienza la tarea de reducir la profunda asimetría entre la Colombia sofisticada y la Colombia salvaje. Con el acuerdo de paz otro país está en marcha, pero los retos para que siga avanzando son enormes. Lo que viene sin duda no será fácil, pero será menos peor que los 225.000 muertos y los seis millones de desplazados.

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También existen opiniones críticas, como esta que publicó el ex presidente colombiano Andrés Pastrana en redes sociales