Proceso de Paz

Del miedo a la ingobernabilidad: La salvadoreñización de Colombia. De Joaquín Villalobos

Joaquín Villalobos, exguerrillero salvadoreño y consultor para resolución de conflictos, escribe este análisis para la FIP, basándose en el caso de su país, el cual afronta una crisis política y una catástrofe social, para plantear posibles consecuencias si Colombia no enfrenta adecuada y oportunamente la polarización.

FIP Fundación Ideas para la Paz

JOAQUIN VILLALOBOSJoaquín Villalobos, 17 agosto 2017 / FIP Fundación Ideas para la Paz

Introducción: El Salvador es un país que pasó de lo sublime a lo ridículo. Vein- ticinco años después de haber concluido una cruenta guerra civil mediante un exitoso proceso de paz que trajo por primera vez la de- mocracia, los salvadoreños viven una parálisis económica, una crisis política crónica y una catástrofe social que generó un poderoso fe- nómeno criminal. Este dramático contraste es utilizado para decirle a los colombianos que la paz con las FARC es un peligro. Pero ni la paz ni la democracia tienen la culpa de lo que pasó Screen Shot 2017-08-21 at 11.59.29 AMen El Salvador. La paz es un valor positivo en sí mismo, la economía salvadoreña creció 7% cuando se firmó el acuerdo y la democracia es un sistema de gobierno que evita que la gente se mate por el poder y esto dejó de ocurrir. No es de un acuerdo de paz de lo que deben preocuparse los colombianos, sino de la polarización política extrema que ya está en desarrollo en Colombia, porque fue precisamente la polarización la que convirtió una oportunidad en un desastre en El Salvador.

El acuerdo de paz salvadoreño transformó al país en una demo- cracia; los militares dejaron de ser el partido político de los oligar- cas y se sometieron al poder civil; la guerrilla renunció a las armas; la Justicia se volvió independiente; los actos de violencia política no volvieron a repetirse; se acabaron los fraudes electorales y los gol- pes de Estado dejaron de ser el principal mecanismo para acceder al poder. Nunca antes siete presidentes y once parlamentos habían sido electos de forma continua. Sin embargo, ahora más del 30% de la población ha emigrado; el principal ingreso del país proviene de la exportación de personas que luego envían remesas; las prisiones están a más del 300% de su capacidad; las pandillas, que se expandieron en la posguerra, dominan amplios territorios en las ciudades y el campo; el país ya sufrió más homicidios en los 25 años de paz que las 75.000 víctimas que dejó la guerra. El Salvador está entre los países más violentos del mundo y la marca país es la “mara salvatrucha”, un temido fenómeno criminal que, a través de la emigra- ción, adquirió carácter global con presencia en ciudades de Estados Unidos y Europa.

La polarización, un círculo vicioso destructivo
La política es competencia y pacto. La competencia sirve para tener identidad, establecer las diferencias frente a los ciudadanos y mejorar la calidad de las propuestas. Los pactos sirven para gober- nar, porque siendo imposible que todo mundo piense igual, solo con acuerdos es posible mantener un país unido. Por lo tanto, los países progresan esencialmente sobre la capacidad que tengan los políticos de pactar a pesar de las diferencias. Competir desde antagonismos extremos crea un círculo vicioso destructivo que encadena los an- tivalores miedo-odio-división-conflicto-crisis y esto conduce a la ingobernabilidad. El miedo al adversario se empieza usando para ganar batallas políticas inmediatas, pero ese miedo deriva en un odio que profundiza las divisiones, acaba con la
tolerancia y entroniza en los políticos y sus se-
guidores la idea de que el país sería mejor si el
adversario no existiera.

Con la polarización extrema la racionalidad pierde valor, las emociones toman total control, el fundamentalismo derrota al pragmatismo, la calidad de la política y de los políticos se degra- da, la inteligencia se convierte en defecto, la in- competencia se vuelve crónica, los acuerdos se vuelven imposibles, los problemas se quedan sin resolver y el país se va al infierno. La lucha por el centro demanda convencer con conocimiento y soluciones, la polarización extrema solo re- quiere activar emociones primarias. En un es- cenario polarizado, la ignorancia acaba siendo norma y la matonería cualidad. Esto puede ocu- rrir en cualquier parte, a pesar de que haya paz y democracia, y esto fue precisamente lo que pasó en El Salvador.

I.
EL SALVADOR, HISTORIA DE UN DESASTRE ANUNCIADO

La triste realidad que ahora vive El Salvador es producto de una brutal polarización política que pasó de la violencia armada a la ingobernabilidad perma- nente. El acuerdo de paz fue, en realidad, un instante en la capacidad de pactar que fue seguido de la adop- ción consciente de una fatal lógica política de “polari- zar para ganar”. Por su pasado autoritario, la cultura política salvadoreña siempre estuvo sostenida en el miedo. Las elites que gobernaron al país usaron el miedo para conseguir el recha-
zo al opositor y así preservar el
poder. Bajo esas condiciones,
el pensamiento de extrema
derecha era dominante y todo
adversario moderado era con-
siderado comunista. Cuando
fuerzas y líderes Intentaban
competir desde el centro, la re-
acción era identificarlos como
extremistas y destruirlos por
cualquier medio, incluso ase-
sinándolos. Esto impidió que
las fuerzas políticas modera-
das se fortalecieran y, cuando empezó a ocurrir, toda la sociedad se dividió; empresarios, iglesia, partidos políticos y militares que rechazaban el autoritarismo fueron reprimidos violentamente. Miles de jóvenes se rebelaron, estalló una guerra civil y, muy a pesar de que el pensamiento democrático centrista era fuerte e influyente, incluso entre algunos de los grupos al- zados, la radicalización favoreció el crecimiento del extremismo ideológico en la izquierda.

Las guerras internas no surgen como resultado de un conflicto entre los de abajo con los de arriba, estas aparecen y se expanden cuando hay una crisis entre las mismas elites, es decir entre los de arriba. Son las clases medias las que terminan movilizando a los sectores más pobres y, con esto, los conflictos co- bran fuerza. Los movimientos por la independencia, las revoluciones cubana y nicaragüense, la primave- ra árabe y otros procesos respondieron a esta idea. En El Salvador, la profundización del conflicto entre fuerzas del sistema fue lo que terminó abriéndole las puertas al poder a una fuerza antisistema. Antes de que la guerrilla apareciera y creciera, fracciones de la propia Fuerza Armada combatieron militarmente entre ellas por el poder, resultado de diferencias entre las elites económicas y políticas.

El magnicidio del arzobis- po Arnulfo Romero que detonó la guerra civil y el de los seis Jesuitas asesinados en su Uni- versidad por militares, fueron parte de un conflicto entre las elites sobre cómo gobernar al país y cómo superar la pobre- za. La derecha salvadoreña continúa interpretando estos crímenes con una caricatura ideológica que pone en la ex- trema izquierda a Romero, a los jesuitas y otros personajes. En realidad, Romero era un religioso ideológicamente conservador, dedi- cado a la caridad, que se convirtió en arzobispo por el apoyo de los oligarcas que trataban de evitar que la Iglesia Católica cayera en manos de “curas izquier- distas” seguidores de la Teología de la Liberación. Sin embargo, la calidad humana del arzobispo lo llevó a indignarse y denunciar la represión y por eso lo mata- ron. Los jesuitas eran los encargados de educar a los hijos de la clase alta y su Universidad fue la alternati- va de la derecha ante la radicalización de la Univer- sidad Nacional. Estaban muy lejos de ser comunistas, los mataron por creer en el diálogo y por ser críticos, como suelen ser los buenos académicos. Durante el desarrollo de la guerra también fueron asesinados militares y empresarios disidentes a los que también se consideró “comunistas”. El miedo impedía ver la existencia de fuerzas y líderes de centro y esto acabó radicalizando y generalizando el enfrentamiento.

El Partido Demócrata Cristiano (PDC), una fuerza esencialmente de centro, había sido el principal opo- sitor al régimen militar autoritario desde los años 60, contaba con gran apoyo popular y respaldo de algu- nos grupos económicos. El PDC sufrió fraudes elec- torales, represión, asesinatos y exilio, sin embargo, cuando la guerra civil estalló, la extrema derecha se volvió impresentable para obtener el apoyo de Esta- dos Unidos que, en ese momento, estaba regido por lo que le determinaba la “Guerra Fría”. En ese contexto, la Democracia Cristiana y su líder, Napoleón Duarte, acabaron gobernando durante casi una década con el apoyo norteamericano. Duarte se convirtió en el defensor del sistema, asumió la contrainsurgencia para enfrentar a las guerrillas y salvó a los oligarcas salvadoreños de una derrota total.

Pese a esto, la derecha y las elites económicas mantuvieron a Duarte y a la Democracia Cristia- na como su enemigo principal. En plena guerra, los medios de comunicación controlados por la derecha atacaban al presidente Duarte de forma implacable y persistente, incluso utilizaban las acciones de la gue- rrilla para mostrarlo como débil e incapaz. Cuando Duarte intentó un acuerdo de paz, la derecha lo sa- boteó, no le dieron apoyo, calificaron su intento como traición y esto impidió que la paz llegara antes a El Salvador. Pese que los demócratas cristianos esta- ban combatiendo a las guerrillas, la derecha no los dejó de considerar comunistas. El PDC utiliza el color verde en su simbología, la derecha decía que estos eran como la sandía, verdes por fuera, pero rojos por dentro. Cualquier parecido de esta historia con lo que está pasando en Colombia cuando se utiliza el mie- do al “castrochavismo” y a las FARC para atacar al gobierno del presidente Santos, no es casualidad. A lo que se debe poner atención es que esa política de miedo puede acabar fortaleciendo a las FARC y a la extrema izquierda, dándoles un protagonismo y una relevancia que no tienen.

Pero el extremo de todo esto fue que la derecha salvadoreña, a pesar de haber sufrido en carne pro- pia la guerra civil, cuando llegó la paz persistió en la idea de continuar polarizando con el miedo al co- munismo para derrotar al centro, ganar elecciones y conservar el poder. Convirtieron al Frente Farabundo Martí (FMLN), ya desarmado y transformado en par- tido político, en su enemigo de referencia para asus- tar; polarizaron con este basados en la certeza de que jamás la exguerrilla podría ser elegible ni ganar una elección presidencial. Paralelamente se propusieron debilitar a la Democracia Cristiana de múltiples ma- neras para evitar tener un competidor de centro ele- gible y lo lograron, pero el vacío que dejó la Democra- cia Cristiana lo acabó llenando el FMLN. La derecha pudo con la polarización ganar cuatro elecciones y gobernar veinte años. Lo absurdo es que de nuevo su política de miedo sirvió para provocar el crecimiento paulatino del partido de la exguerrilla que acabó do- minado en la posguerra por los comunistas. El FMLN terminó así ganando las elecciones presidenciales en el año 2009, volvió a ganar nuevamente en el 2014 y se mantiene en el gobierno hasta la fecha. ¡Es decir, que el anticomunismo sirvió para llevar a los comu- nistas al gobierno!

Durante la guerra, las fuerzas guerrilleras eran parte de una coalición bastante amplia en la que do- minaban fuerzas de centro izquierda. Por ello fue po- sible un acuerdo de paz basado en reformas liberales. En la coalición rebelde había desde socialdemócratas y socialcristianos hasta comunistas. Las relaciones que la coalición rebelde sostenía con México, Vene- zuela, Panamá, Costa Rica y los socialdemócratas europeos le dio fuerza al centrismo. Al menos dos de los cinco grupos guerrilleros se alejaron claramente del marxismo leninismo y se acercaron a la socialde- mocracia. Como algunos dirigentes guerrilleros so- líamos decir: “todos pasamos por el marxismo, pero el marxismo no pasó por todos”. El pensamiento so- cialdemócrata que acepta la democracia y el mercado tenía, en la etapa final de la guerra, simpatizantes en todos los grupos, incluso en el Partido Comunista. Los comunistas en sentido estricto eran en realidad una minoría y durante la guerra fueron poco relevantes.

La primera disidencia dentro de la exguerrilla ha- cia el centro izquierda se produjo paradójicamente en el Partido Comunista con la separación de Mario Aguiñada, dirigente del brazo electoral de los comu- nistas; seguidamente Joaquín Villalobos, autor de este ensayo y dirigente del grupo militarmente más importante de la insurgencia, abandonó al FMLN lue- go de proponer renunciar al marxismo, abrazar la so- cialdemocracia, llevar un candidato no partidario a la presidencia y criticar abiertamente a los comunistas y a Cuba. Posteriormente, seis grupos más y sus dirigentes se salieron o fueron expulsados del FMLN hasta que este quedó en total control de los comu- nistas. Los grupos de centro izquierda no pudieron hegemonizar en el FMLN, primero porque la mayoría de los dirigentes con posiciones no marxistas prefi- rieron aliarse con los comunistas que enfrentarlos y, segundo, porque Cuba se involucró en la lucha inter- na para asegurar que los comunistas tomaran con- trol. Pero lo que más ventaja dio a los comunistas en la lucha por controlar al FMLN fue la polarización de la derecha; es decir que su combate contra las fuer- zas de centro contribuyó, primero, al surgimiento de la guerrilla y, después, su política de polarizar fue de- terminante para que la extrema izquierda se fortale- cieran electoralmente.

En El Salvador lo razonable debió haber sido for- talecer la competencia por el centro y aislar al extre- mismo. En ese sentido debió evitarse el debilitamien- to de la democracia cristiana, separar de la guerrilla las corrientes moderadas y aislar a los comunistas. Esto implicaba un pacto entre las fuerzas del siste- ma para competir entre ellas y aislar, no excluir, a las fuerzas que se confesaban abiertamente antisis- tema. Sin embargo, la derecha, para ganar eleccio- nes, prefirió conscientemente eliminar o debilitar a los competidores pro-sistema y fortalecer a la fuerza antisistema que proclamaba su adhesión al modelo comunista. Esto ha creado un antagonismo irreso- luble que está destruyendo al país. La polarización extrema que padece hoy El Salvador fue parida por visiones de corto plazo. La historia pudo haber sido diferente. Ni la paz ni la democracia fallaron, quienes fallaron fueron los que detentaban poder.

Que los comunistas se decidieran a competir con la idea de “entre peor mejor” era comprensible, pero sorprende que después de una guerra civil, la derecha política representada en su partido Alianza Republi- cana Nacionalista (ARENA), los poderes económicos dominantes y sus tecnócratas, no vieran el peligro que representaba la polarización. Esta terminó im- poniendo una lógica destructiva en la que quienes estaban en el gobierno consideraban que entre peor fuera la oposición era mejor para los que gobernaban y quienes estaban en la oposición consideraban que entre peor fuera el gobierno era mejor para quienes dominaban en la oposición. Desde la firma de la paz, la política salvadoreña se ha basado en un sabotaje mutuo y permanente en todos los órdenes.

Los efectos de la polarización en el país han sido desastrosos. En el pasado, la aprobación de los pre- supuestos era una pesadilla para los gobiernos de ARENA y ahora lo es para los gobiernos del FMLN, con el agravante de que al gobierno del FMLN se le acumuló más deuda y por lo tanto el sabotaje de ARE- NA tiene ahora efectos más letales para al país. An- tes, el FMLN saboteaba los presupuestos y préstamos desde el Poder Legislativo, ahora ARENA sabotea al gobierno del FMLN usando el Poder Judicial. Un fun- cionario del BID cuestionó recientemente el sabotaje de ARENA al gobierno del FMLN, pero en el pasado el mismo BID cuestionó al FMLN por sabotear a los gobiernos de ARENA. El Estado salvadoreño se está aproximando a la quiebra.

El primer gobierno del FMLN del expresidente Mauricio Funes se empeñó en investigar por corrup- ción al gobierno de ARENA del expresidente Francis- co Flores. El expresidente Flores murió mientras era procesado, se trata de una historia larga, pero ahora el expresidente Funes se encuentra asilado en Nica- ragua porque enfrenta un proceso por corrupción. La polarización ha convertido el Poder Judicial en un arma política para venganzas y sabotaje contra el adversario. El resultado final será que la polarización acabará paralizando a la Justicia porque los futuros nombramientos legislativos de Magistrados de la Corte Suprema, del Fiscal General y otros, se volve- rán imposibles. Ambos partidos tienen suficiente po- der para vetarse y con ello vetan la solución de todos los problemas del país.

El pleito entre los partidos tan irresoluble como el de las pandillas

Contrario a lo que se dice en Colombia, el fenó- meno criminal de las pandillas salvadoreñas no tiene relación ni con las guerrillas ni con los militares que combatieron; estos rehicieron sus vidas en paz. Luego de 25 años de terminada la guerra, las edades de los excombatientes de ambos bandos promedian el me- dio siglo. El fenómeno criminal de las pandillas resultó de la emigración masiva que generó la quiebra de la agricultura, que era la mayor actividad empleadora del país. Si bien la emigración comienza con la guerra, está se multiplicó exponencialmente en la posguerra cuando el país dejó de tener una economía productiva porque las elites vieron en las remesas un gran nego- cio. Las famosas “maras” resultaron de la fusión de la cultura de violencia de los salvadoreños con la cultura de pandillas que llegó de los Estados Unidos.

Un gobierno de ARENA propuso hace 20 años organizar a las comunidades para combatir la de- lincuencia y el FMLN se opuso, recientemente el go- bierno del Frente ha propuesto lo mismo y ARENA lo rechaza. La inseguridad y las pandillas crecieron producto de que la polarización impidió acuerdos de Estado en seguridad. Primero, las maras crecieron porque no se hizo nada cuando eran un problema so- lamente social de niños y jóvenes en las escuelas y los barrios más pobres. Luego, cuando los pandilleros empezaron a cometer algunos delitos, dos gobiernos de ARENA aplicaron planes eminente represivos de “mano dura” que multiplicaron la fuerza de las maras y con ello apareció la extorsión y el homicidio a gran escala. La mano dura de ARENA sirvió para que las pandillas consolidaran sus características criminales.

Diez años más tarde el primer gobierno del FMLN aplicó una política de “mano blanda”. Frente a un pro- blema que ya era dominantemente criminal, respaldó una tregua que le permitió a los pandilleros ser re- conocidos como un poder fáctico y consolidar control territorial. Luego, el segundo gobierno del FMLN regresó a la política de mano dura, pero con mayor letalidad que la de los gobiernos de ARENA. Varios cientos de pandilleros han muerto en enfrentamien- tos, pero, al mismo tiempo, las maras han asesinado en los últimos dos años a más de un centenar de poli- cías, a decenas de soldados e incluso a muchos fami- liares de estos. El problema es que soldados y policías viven en los mismos barrios pobres que controlan las pandillas y esto los convierte a ellos y sus familias en objetivos de represalia. Hasta ahora todos los gobier- nos han sido incapaces de plantearse una política de recuperación del territorio.

La polarización no solo impidió plantearse una política de Estado, sino que también evitó un enca- denamiento positivo de las políticas de seguridad de seis gobiernos. Estos aplicaron la lógica de deshacer lo que el otro hacía o de actuar en sentido opuesto, de esa forma la seguridad ha ido de mal a peor y de peor a desastre. Al final, un problema social terminó convertido en una nueva guerra.

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Como se puede observar en la tabla, entre 1998 y 2003 los homicidios anuales variaron poco. Esta fue la etapa en la que el fenómeno de las maras era un problema esencialmente social de gran escala y no se hizo nada para prevenir su evolución a problema criminal. A partir del 2004, con propósitos electora- les, comenzaron los planes de “mano dura” contra las pandillas y el resultado fue que los homicidios empe- zaron a aumentar considerablemente. Luego, en los años 2012 y 2013 vinieron los planes de “mano blan- da” y la tregua, igual por razones electorales. Los ho- micidios tuvieron esos dos años un descenso tempo- ral, pero, al consolidar control territorial, las pandillas se volvieron más poderosas y los homicidios se dis- pararon exponencialmente a partir del 2014. De ese año en adelante alcanzaron niveles similares a los de la guerra civil de los 80s. La reacción fue entonces regresar a planes de mano dura, pero escalando a un mayor nivel de letalidad por parte de las fuerzas de seguridad, hasta convertirse prácticamente en una guerra entre el Estado y las pandillas.

En 20 años, con gobiernos de los dos partidos, el problema ha empeorado y sigue empeorando. Ambos partidos lo usan para atacarse, sabotearse y culparse mutuamente. La polarización política impide resolver la peor crisis criminal del continente. En ningún mo- mento se ha considerado la necesidad de una políti- ca de Estado que permita una estrategia sostenida y coherente de largo plazo. La pelea entre ARENA y el FMLN por el poder es tan irresoluble como la de las pandillas por el territorio.

Una onza de lealtad vale más que cien libras de conocimiento

El corazón del problema de El Salvador es la au- sencia de una economía productiva y la dependen- cia de las remesas. La polarización ha impedido una competencia seria de ideas sobre cómo reactivar la economía, porque, por un lado, la izquierda del FMLN no cree en el mercado y sus planes son solo repartir. Por otro lado, la derecha de ARENA, al no tener com- petidor en el tema económico, simplemente piensa que la economía mejora si ellos gobiernan porque de eso solo ellos conocen. El resultado es que los empre- sarios salvadoreños no han inventado un solo pro- ducto que le de identidad al país, son esencialmente captadores de remesas. La ausencia de competencia sobre políticas económicas les mató la imaginación, los volvió perezosos y parásitos de la exportación de personas. Este es un problema estructural grave que resulta imposible resolver si la política está regida por el desacuerdo crónico, el sabotaje sistemático y la ignorancia dominante en los dos principales par- tidos, ARENA y el FMLN. Como señalamos al inicio, competir desde antagonismos extremos crea un cír- culo vicioso destructivo que encadena los antivalo- res miedo-odio-división-conflicto-crisis y finalmen- te ingobernabilidad.

Ambos partidos se rigen ahora por la idea de que “una onza de lealtad vale más que cien libras de co- nocimiento”. Aunque esto es un lema de ARENA, es igual para los dos partidos. Desde la firma de la paz, el FMLN fue deshaciéndose gradualmente de los in- telectuales y gente con formación que estaban en sus filas. Se quedó así con sus activistas y la vieja mili- tancia que tiene escasa formación.

Lo paradójico fue que ARENA, que estaba mejor equipada profesionalmente, resultado de la polariza- ción con el FMLN, ha terminado empobreciéndose intelectualmente y está dominada por el oportunis- mo y la frivolidad. Ambos partidos son ahora muy si- milares, no tienen capacidad de renovarse y padecen una crisis de identidad. Aunque la derecha ya no es autoritaria y la izquierda del Frente ha gobernado sin romper el sistema, ambos viven emocionalmente en el pasado. ARENA sigue proclamando en su himno “que El Salvador será la tumba de los comunistas” y el FMLN es un defensor cerrado de la dictadura bo- livariana de Maduro. Hoy, más del 60% de los salva- doreños rechazan a ambos partidos, pero, al ser los cuerpos más organizados, no tienen competidores, con lo cual el país se ha vuelto su prisionero.

Dividir por miedo es fácil, reunificar puede volverse imposible

Con los desacuerdos endémicos se paralizó el crecimiento económico, creció el crimen, se agra- vó la migración, se politizó la justicia y se volvieron mediocres los políticos. Al final, la política salvadore- ña en la posguerra ha sido una apuesta permanente al fracaso del otro que ha terminado convertida en el fracaso del país. Esta es la verdadera lección que debe aprender Colombia del caso salvadoreño. La polarización se sabe cómo comenzarla, pero no se sabe cómo terminarla. En El Salvador quienes hace 25 años advertimos el riesgo que esta representaba, no fuimos escuchados y hasta se negaba que el pro- blema existiera. Colombia está a tiempo y cuenta con un gran contingente de políticos calificados en todas las corrientes, ojalá estos puedan hacer la diferencia. Activar el miedo es fácil, reunificar un país dividido por el odio puede volverse imposible.

El peligro de la polarización colombiana

Todos los procesos electorales abren períodos en los cuales la competencia es más importante que los acuerdos. Esto es lógico, lo peligroso es que se vuelva permanente. En los últimos 40 años, las elites políti- cas y económicas colombianas han mostrado mucha madurez para enfrentar exitosamente la violencia y transformar el país. A lo largo de casi 40 años, dis- tintos gobiernos, a pesar de las diferencias, lograron encadenarse positivamente para derrotar poderosos carteles de narcotraficantes, desmovilizar guerrillas y paramilitares, recuperar territorios dominados por grupos armados, aumentar la fuerza pública y ele- var su eficacia, incorporar los derechos humanos a la seguridad, pactar la paz, desarmar a la guerrilla más grande y antigua del continente, transformar la economía y cambiar la imagen de Colombia en el mundo. Lo que decía la revista Time, en abril de 2012, no era exagerado: “Colombia de casi Estado fallido a jugador global”. Sin embargo, las elecciones del 2018 están coincidiendo con factores externos e internos que alimentan una competencia destructiva. Estas elecciones constituirán una dura prueba de madurez para toda la clase política que ahora se está movili- zando con emociones, pero que en su momento deberá pactar con racionalidad.

II.
LA AGENDA CRÍTICA QUE ESTÁ POLARIZANDO A COLOMBIA

01. Las FARC, el ELN y el paramilitarismo como referentes de la competencia electoral


Hacer la paz ha sido una aspiración de todos los gobiernos, cualquiera fuera su posición ideológica. Se puede pensar que, a pesar de las diferencias que ahora se manifiestan con pasión, ninguno de los partidos y líderes arriesgaría los acuerdos para regresar al conflicto. Sin embargo, la utilización de las FARC y el ELN como los indicadores principales para establecer la diferencia entre las fuerzas políticas y líderes que han sido los pilares del sistema, abre el camino a una narrativa que pue- de quedarse para siempre. La ferocidad de los ataques, es tal, que pareciera que la competencia es entre el paramilitarismo y el “castrochavismo”. Si estas percepciones echan raíces en la opinión pública, el extremismo en las dos direcciones que se pretende negar podría tomar ventaja. En un momento en que la política demanda competir con ideas nuevas, la pola- rización empuja a establecer las diferencias a partir de viejas ideas, instrumentando referentes políticamente marginales como las FARC. Cuando las elites instrumentan a estos gru- pos para crear miedo a su contrario, el resultado es que el ex- tremismo crece en presencia. De esa forma, falsas diferencias entre las elites pueden terminar convertidas en antagonismos irreconciliables.

02. El proceso de pacificación y las culpas sobre el pasado

En un conflicto de más de medio siglo es casi imposible en- contrar inocentes. En estas condiciones hay un elevado riesgo de que los temas de justicia transicional y otros vinculantes al conflicto que está terminando, abran diferencias profundas entre las elites que alimentarían más las emociones que la ra- cionalidad. En Colombia, la victoria del Estado es la esencia del acuerdo de paz. Lo ideal sería que los actores pro-sistema asuman esta victoria como el punto de convergencia de todos. Sin embargo, la realidad es que los requerimientos de la justi- cia, los problemas de tierras, la actividad política en el campo y otros factores vinculantes con la pacificación, están empu- jando a las elites hacia el pasado y a dividir al país.

03. La crisis terminal del régimen chavista

El régimen venezolano, al igual que el cubano, fue de gran uti- lidad para lograr el acuerdo de paz con las FARC. Fue acertado involucrar a Venezuela en el proceso y una feliz coincidencia que el acuerdo se firmara antes de que el modelo chavista en- trase en su crisis terminal. Sin embargo, esa relación pragmá- tica del Estado colombiano democrático con dos regímenes no democráticos se está convirtiendo en otro referente para polarizar la competencia electoral entre las elites. No hay nin- guna coincidencia ideológica entre el chavismo y el partido de gobierno, pero la crisis en el país vecino y el impacto que esto tiene en la opinión pública, convierte a Venezuela en un tema rentable para polarizar electoralmente.

04. El temor al ascenso electoral de la izquierda democrática


El final del conflicto plantea la posibilidad de que la izquierda, en este caso los partidos de centro izquierda, crezcan y puedan llegar en coalición al gobierno. La violencia de las FARC y el ELN les ha hecho un gran daño a estas fuerzas y le dio a Colombia la más prolongada hegemonía conservadora (en el sentido ideo- lógico) en todo el continente. Esta comodidad conservadora ha concluido y lo que viene es una vida política más pluralista que incluirá a la extrema izquierda represen- tada por pequeños grupos, entre estos las FARC, y el centro izquierda representado por al menos dos grandes partidos. La mejoría de oportunidades para la izquierda democrática es indispensable para que el país cierre su ciclo de inclusión po- lítica democrática. Negar esto es negar la democracia misma. Por ahora, el ascenso de la izquierda es solo una posibilidad que requiere que los partidos de izquierda superen proble- mas de fragmentación, liderazgo y credibilidad. Entre estos problemas está la posición que asumirán frente a la extrema izquierda en general, la crisis venezolana actual y, de forma particular, frente a la exguerrilla de las FARC. Errores en el en- foque sobre estos temas podrían representar un pesado lastre a su crecimiento. Sin embargo, la aceptación de la izquierda como un competidor con oportunidad de gobernar conlleva un efecto traumático para las elites. Esta nueva realidad en el sistema político tradicional alimenta miedos, emociones, inse- guridades y por lo tanto contribuye a la polarización.

05. La transición de la corrupción a la transparencia

Este tema está apenas entrando en la agenda política del con- tinente. En la mayoría de países se están tratando los síntomas y no las causas de la corrupción. Por encima de un enfoque político está predominando lo moral, judicial y mediático pu- nitivo. La corrupción ha sido en casi todas partes un instru- mento de gobernabilidad, un mecanismo de agilización de burocracias y un medio de financiación de la política. En esto hay amplias responsabilidades de la clase política y empre- sarial, pero el tiempo en que esto era posible y casi normal ha concluido. Ahora estamos en transición hacia la transparencia en el manejo de los fondos públicos y esto es un resultado del avance democrático; pero lograr transparencia implica no solo castigar, sino resolver los factores que generan la corrupción, como, por ejemplo, la financiación de la política. Sin embargo, el enfoque moral puede convertir la lucha contra la corrupción en un arma de todos contra todos, que destruya el sistema po- lítico, tal como está sucediendo en este momento en Brasil o como ocurrió en Venezuela cuando el enfoque moral le abrió las puertas a Chávez. El debate fundado como lucha entre ho- nestos versus ladrones puede derivar en que los ciudadanos concluyan que todos son ladrones. Este tema es riesgoso en cualquier parte y en el escenario colombiano es más peligroso porque alimenta una polarización que ya está en desarrollo.

06. Religión y cambio cultural urbano

Colombia dejó de ser un país con dominio de población rural y se ha transformado en un país de población urbana. Esto con- lleva cambios culturales que posiblemente no se expresaron de forma más temprana porque la violencia ocultaba el deba- te. Con los éxitos de la pacificación, el cambio ha comenzado a manifestarse de forma más abierta. Los temas de género, aborto, eutanasia, matrimonio gay y similares constituyen demandas que en una sociedad rural no tenían espacio. Esta problemática estaba presente en individuos o casos aislados que permanecían ocultos. Las grandes concentraciones ur- banas convierten estos problemas aislados en demandas colectivas de minorías que en de- mocracia pueden asumir posiciones, defender derechos y exigir tolerancia. Esto cobra mayor fuerza cuando la agenda de estas minorías es un tema global que tiene una potente presencia mediática. El reto de la transición cultural abre entonces un debate entre el conservadurismo religioso, propio de la sociedad rural, y la tole- rancia liberal que genera la sociedad urbana. En algunos casos esto puede incluso implicar violencia. Por ejemplo, la ola de feminicidios en Ciudad Juárez, México, resultó de los cambios culturales que implicó el fin de una sociedad rural debido a la aparición de cientos de miles de puestos de trabajo en manos de mujeres que se volvieron independientes. Colombia está viviendo esta transición tal como lo demuestra el voto por el no al acuerdo de paz, porque en este aparecía el tema de género. Este debate, al igual que los anteriores, tiende a invocar más a las emociones que a la racionalidad y por lo tanto también alimenta la polarización.

07. Colombia está a tiempo de prevenir

En el corto plazo, la polarización quizás no traiga grandes problemas, pero si no se corrige puede tener consecuencias muy graves a futuro. Colombia está viviendo una nueva rea- lidad que le exige enfrentar nuevos retos, pero corre el riesgo de que viejos fantasmas la asusten y conviertan el miedo en el principal instrumento de la competencia política. Los temas señalados tienen mucha potencia para darle fuerza a la idea de que se está frente a una lucha entre el bien y el mal. Esto puede acabar profundizando diferencias ficticias entre las fuerzas del sistema y estas, en vez de polarizar constructiva- mente sobre soluciones a problemas y retos urgentes, podrían enfrascarse en ataques emocionales fáciles de vender en lo inmediato. El problema es que esas emociones pueden acabar convertidas en ideas fuerzas del imaginario colectivo y con- ducir así a un severo déficit de racionalidad y pragmatismo, los dos valores más determinantes de la política.

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Opiniones sobre el acuerdo colombiano. Felipe Gonález y Joaquín Villalobos

El mejor de los acuerdos posibles

Desde la emoción de vivir un momento como este, tanto tiempo esperado; y desde la razón que comprende el desafío que queda por delante, mi alegría es inmensa.

Felipe González, ex-presidente del gobierno español

Felipe González, ex-presidente del gobierno español

Felipe González, 22 junio 2016 / EL PAIS

Desde la emoción de vivir un momento como este, tanto tiempo esperado; y desde la razón que comprende el desafío que queda por delante, mi alegría es inmensa. Siempre ha sido más fácil hacer la guerra que construir la paz.

La guerra es más dolorosa por sus víctimas y sus horrores, más costosa en recursos humanos y materiales, pero más simple. Al final, se trata de destruir al otro, a lo que dé lugar. Quien tiene más capacidad de hacerlo, puede terminar ganando.

Hacer la paz, crear una cultura de paz, ampliar la democracia para que quepan todos los que estén dispuestos a renunciar a la violencia, recuperar a los desplazados, reconocer y compensar a las víctimas y trabajar, gobernar, para todos, con un desarrollo incluyente, es una tarea más compleja, más difícil, pero mucho más satisfactoria.

Eso es lo que toca ahora, en esta nueva etapa de la historia de Colombia. Y hay que hacerlo con todos los poderes del Estado, con sus instituciones y con todos los ciudadanos que quieren la paz, la libertad y el bienestar de Colombia.

¡La paz es de los colombianos y para los colombianos! ¡La paz es de todos y para todos! La paz que quiere toda América Latina. La paz que alegra al mundo, atenazado por guerras y conflictos en Oriente Medio, en África… ¡Por fin una buena noticia! ¡Por fin se acaba el conflicto más antiguo de América Latina!

Desde Belisario Betancur hasta Juan Manuel Santos, todos los presidentes, sin excepción, lo han intentado con determinación, con buena fe, interpretando el deseo de la inmensa mayoría de los colombianos. A todos hay que agradecer sus esfuerzos, su contribución.
Ahora está en las manos de los protagonistas de verdad: ¡los ciudadanos de este gran país que es Colombia!

No hay, no puede haber, acuerdos “perfectos” porque no serían acuerdos. Los hay posibles e imposibles. Y este es posible, el mejor de los posibles, aunque cada uno tenga derecho a pensar en que lo hubiera hecho mejor.

Por eso, esta es la hora de la unidad por la paz, por el fin del horror. Para resarcir a las víctimas, a los desplazados, para volver a convivir, para reconciliar a todos los hombres y mujeres de buena fe.

He sido testigo comprometido de todos los esfuerzos para acabar el conflicto, dispuesto siempre a servir, en lo que pudiera, a los presidentes que me lo pidieron. Lo hice como presidente del Gobierno de España y como ciudadano, durante 35 años. Y, ahora, llego a sentirme como un colombiano más, desde ese regalo de nacionalidad compartida del que disfruto.
He participado de las dudas y angustias de todo el proceso. He comprendido la desconfianza de tantos colombianos, tan grande como su deseo de paz.

Quiero agradecer a todos los presidentes de Colombia que me hayan tratado como amigo y me hayan permitido aportar un esfuerzo modesto por la paz. Pero, sobre todo, siento gratitud por los colombianos que me trataron siempre con cariño y respeto. Era lo mismo que sentía y siento por ese pueblo magnífico y próximo.

¡¡¡Felicidades Colombia!!!

El acuerdo de los acuerdos.

El mito de que no era posible la paz en Colombia ha muerto.

Joaquín Villalobos, fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerra

Joaquín Villalobos fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerra

Joaquín Villalobos, 22 junio 2016 / EL PAIS

Medio siglo de conflicto, varios intentos de negociaciones fallidas, dos años de conversaciones secretas y cuatro de negociaciones públicas son el camino recorrido que ha llevado a la guerrilla de las FARC a firmar el acuerdo de cese de fuego y dejación de las armas en La Habana. Las exploraciones confidenciales comenzaron a inicios del año 2010, durante la administración del presidente Álvaro Uribe, ahora el principal opositor al proceso. Esos contactos fueron retomados por el presidente Juan Manuel Santos y, a finales de ese año, se iniciaron conversaciones secretas, se acordó una agenda que incluyó el desarme y se designó a La Habana como sede de las negociaciones. En estos años la opinión pública colombiana se ha mantenido dividida entre los que creían y los que no creían que el desarme de la guerrilla sería posible. Con este acuerdo, las FARC han puesto sus armas sobre la mesa con fecha para dejarlas, por lo tanto el mito de que esto no era posible ha muerto.

Se habla mucho de las garantías y mecanismos para que los acuerdos se cumplan, pero la realidad es el principal garante. Después de muchas décadas de violencia recurrente, está en el propio interés del Estado colombiano tener presencia y llevar el desarrollo a la Colombia rural, profunda y salvaje. Igualmente, después de medio siglo de lucha armada está en el propio interés de las FARC dejar las armas y pasar a la lucha política. En esencia, el acuerdo de paz es el cruce histórico de estos dos intereses. En medio de esto tendrán que atenderse los daños dejados por el conflicto en cuanto a reinserción, justicia, víctimas y narcotráfico.

Progresar jamás implica que las dificultades terminan, progreso es cambiar unos problemas por otros que nacen como producto de que los anteriores fueron resueltos. El gran reto del posconflicto será pacificar en lugares donde la insurgencia, el paramilitarismo y la criminalidad se convirtieron, por la ausencia del Estado, en profesiones bien reconocidas, respetadas y remuneradas. Terminado el conflicto comienza la tarea de reducir la profunda asimetría entre la Colombia sofisticada y la Colombia salvaje. Con el acuerdo de paz otro país está en marcha, pero los retos para que siga avanzando son enormes. Lo que viene sin duda no será fácil, pero será menos peor que los 225.000 muertos y los seis millones de desplazados.

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También existen opiniones críticas, como esta que publicó el ex presidente colombiano Andrés Pastrana en redes sociales

La falta de apoyo popular fuerza un giro en el proceso de paz en Colombia

Santos pone por primera vez un límite, en cuatro meses, para decidir si sigue negociando.

Humerto de la Calle y Sergio Jaramillo, en Bogotá. / JOHN VIZCAINO (REUTERS)

Humerto de la Calle y Sergio Jaramillo, en Bogotá. / JOHN VIZCAINO (REUTERS)

Javier Lafuente, Bogotá, 14 julio 2015 / EL PAIS

El creciente desencanto de la opinión pública colombiana ante el proceso de paz ha obligado al Gobierno y a las FARC a dar, en apenas de 10 días, un golpe de timón a las negociaciones. Hasta el punto de que el presidente, Juan Manuel Santos, ha fijado por primera vez en casi tres años una fecha límite para decidir si sigue o no adelante con los diálogos. Será dentro de cuatro meses, el tiempo que ambas partes se han otorgado para evaluar los resultados del desescalamiento del conflicto acordado este domingo en La Habana y ver si logran avances, especialmente en materia de justicia. “Dependiendo de si las FARC cumplen, tomaré la decisión de si seguimos con el proceso o no”, sentenció Santos.

Hasta ahora, lo que ocurría en Colombia apenas afectaba a los diálogos en La Habana. Ese tiempo ya pasó. Que los partidarios de la salida negociada sean los mismos que los de una solución militar, como apuntó una encuesta del 2 de julio, y que junio fuese el mes más violento desde que se inició el proceso, ha urgido al Gobierno y a la guerrilla a acelerarlo. De ahí que concluyeran el domingo agilizar las negociaciones para poner fin a un conflicto de más de 50 años y con cerca de siete millones de víctimas. Ambas partes afirmaron que van a “acordar sin demoras” los términos para alcanzar un cese al fuego bilateral y definitivo incluso antes de la firma de la paz, como estaba estipulado en un principio. Este contaría con la participación de un delegado de la ONU y otro de Uruguay, que ocupa la presidencia temporal de Unasur. Montevideo ha propuesto al exministro de Defensa José Bayardi, un hombre cercano al presidente Tabaré Váquez.

Mientras se alcanza esa tregua definitiva, ambas partes se han puesto de acuerdo en rebajar la intensidad del conflicto, la medida que tiene más efecto en la población al ser la más tangible. Las FARC anunciaron la semana pasada una tregua unilateral, a partir del 20 de julio, durante un mes, que prolongarán finalmente a cuatro. El Gobierno, como respuesta al gesto de la guerrilla, aseguró que adoptará medidas de desescalamiento, aunque no ha precisado aún cuáles serán.

“Nuestras fuerzas armadas están listas para un gradual desescalamiento, si las FARC cumplen. Si no cumplen, estarán listas para enfrentarlas, con la determinación y contundencia con que siempre lo han hecho”, advirtió Santos, en línea con el jefe negociador en La Habana, Humberto de la Calle. “No vamos a repetir experiencias fallidas. No vamos simplemente a paralizar la acción de la fuerza pública por la simple ilusión, que puede resultar frustrada, de lograr un acuerdo”, recalcó el jefe negociador. Tras la última tregua de las FARC, que duró cinco meses, el Gobierno decidió en marzo suspender los bombardeos contra la guerrilla, decisión que levantó tras la muerte de 11 militares en abril.

Ambas partes confían en que esta rebaja de la intensidad del conflicto propicie un clima adecuado para abordar el tema de la justicia, el que marcará el desenlace del proceso. “Lo que falta es el tema más complejo, que es el de cómo lograr el máximo de justicia que nos permita la paz. Este es el punto que va a definir si hay o no paz, y tenemos que superarlo. Ese es el reto. Si llegamos a un acuerdo sobre ese aspecto de la justicia, podremos decir, sin lugar a dudas, que estamos al otro lado”, recalcó Santos.

El giro en las negociaciones ha ido acompañado de un cambio en la política comunicativa del Gobierno. Del hermetismo casi total se ha pasado, en una semana, a la omnipresencia, tanto de los negociadores como, sobre todo, del presidente, tratando de ejercer pedagogía del proceso. Del discurso más catastrofista de De la Calle, que aseguró que cualquier día las FARC no les encontrarían en la mesa de negociaciones, se ha virado al “con estos nuevos avances, por fin veo clara la luz al final del túnel”, pronunciado por Santos en su discurso a la nación del domingo. Quizás sea una frase del presidente, en una entrevista este fin de semana con el diario El Colombiano, la que mejor defina la vorágine actual: “Nunca está la noche más oscura que antes de amanecer”.

EE UU respalda a Santos en su ultimátum a las FARC

Silvia Ayuso, Washington

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, cuenta con el apoyo explícito de Estados Unidos en su último esfuerzo por “acelerar” las negociaciones con la guerrilla de las FARC, a las que ha fijado una fecha límite de cuatro meses para decidir si sigue o no adelante con los diálogos de paz en La Habana.

“EE UU respalda fuertemente el liderazgo del presidente Santos en su búsqueda de un acuerdo negociado”, dijo el lunes el Departamento de Estado norteamericano en un comunicado.

A la par, el Gobierno de Barack Obama, que cuenta desde febrero con un enviado especial para el proceso de paz colombiano, Bernie Aronson, hizo un llamamiento para que las FARC “redoblen sus esfuerzos en la mesa de negociaciones”. La guerrilla debe “demostrar rápidamente avances concretos en los temas restantes, incluido su compromiso con la justicia y con un desarme efectivo”, advirtió Washington.