Proceso de Paz

Opiniones sobre el acuerdo colombiano. Felipe Gonález y Joaquín Villalobos

El mejor de los acuerdos posibles

Desde la emoción de vivir un momento como este, tanto tiempo esperado; y desde la razón que comprende el desafío que queda por delante, mi alegría es inmensa.

Felipe González, ex-presidente del gobierno español

Felipe González, ex-presidente del gobierno español

Felipe González, 22 junio 2016 / EL PAIS

Desde la emoción de vivir un momento como este, tanto tiempo esperado; y desde la razón que comprende el desafío que queda por delante, mi alegría es inmensa. Siempre ha sido más fácil hacer la guerra que construir la paz.

La guerra es más dolorosa por sus víctimas y sus horrores, más costosa en recursos humanos y materiales, pero más simple. Al final, se trata de destruir al otro, a lo que dé lugar. Quien tiene más capacidad de hacerlo, puede terminar ganando.

Hacer la paz, crear una cultura de paz, ampliar la democracia para que quepan todos los que estén dispuestos a renunciar a la violencia, recuperar a los desplazados, reconocer y compensar a las víctimas y trabajar, gobernar, para todos, con un desarrollo incluyente, es una tarea más compleja, más difícil, pero mucho más satisfactoria.

Eso es lo que toca ahora, en esta nueva etapa de la historia de Colombia. Y hay que hacerlo con todos los poderes del Estado, con sus instituciones y con todos los ciudadanos que quieren la paz, la libertad y el bienestar de Colombia.

¡La paz es de los colombianos y para los colombianos! ¡La paz es de todos y para todos! La paz que quiere toda América Latina. La paz que alegra al mundo, atenazado por guerras y conflictos en Oriente Medio, en África… ¡Por fin una buena noticia! ¡Por fin se acaba el conflicto más antiguo de América Latina!

Desde Belisario Betancur hasta Juan Manuel Santos, todos los presidentes, sin excepción, lo han intentado con determinación, con buena fe, interpretando el deseo de la inmensa mayoría de los colombianos. A todos hay que agradecer sus esfuerzos, su contribución.
Ahora está en las manos de los protagonistas de verdad: ¡los ciudadanos de este gran país que es Colombia!

No hay, no puede haber, acuerdos “perfectos” porque no serían acuerdos. Los hay posibles e imposibles. Y este es posible, el mejor de los posibles, aunque cada uno tenga derecho a pensar en que lo hubiera hecho mejor.

Por eso, esta es la hora de la unidad por la paz, por el fin del horror. Para resarcir a las víctimas, a los desplazados, para volver a convivir, para reconciliar a todos los hombres y mujeres de buena fe.

He sido testigo comprometido de todos los esfuerzos para acabar el conflicto, dispuesto siempre a servir, en lo que pudiera, a los presidentes que me lo pidieron. Lo hice como presidente del Gobierno de España y como ciudadano, durante 35 años. Y, ahora, llego a sentirme como un colombiano más, desde ese regalo de nacionalidad compartida del que disfruto.
He participado de las dudas y angustias de todo el proceso. He comprendido la desconfianza de tantos colombianos, tan grande como su deseo de paz.

Quiero agradecer a todos los presidentes de Colombia que me hayan tratado como amigo y me hayan permitido aportar un esfuerzo modesto por la paz. Pero, sobre todo, siento gratitud por los colombianos que me trataron siempre con cariño y respeto. Era lo mismo que sentía y siento por ese pueblo magnífico y próximo.

¡¡¡Felicidades Colombia!!!

El acuerdo de los acuerdos.

El mito de que no era posible la paz en Colombia ha muerto.

Joaquín Villalobos, fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerra

Joaquín Villalobos fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerra

Joaquín Villalobos, 22 junio 2016 / EL PAIS

Medio siglo de conflicto, varios intentos de negociaciones fallidas, dos años de conversaciones secretas y cuatro de negociaciones públicas son el camino recorrido que ha llevado a la guerrilla de las FARC a firmar el acuerdo de cese de fuego y dejación de las armas en La Habana. Las exploraciones confidenciales comenzaron a inicios del año 2010, durante la administración del presidente Álvaro Uribe, ahora el principal opositor al proceso. Esos contactos fueron retomados por el presidente Juan Manuel Santos y, a finales de ese año, se iniciaron conversaciones secretas, se acordó una agenda que incluyó el desarme y se designó a La Habana como sede de las negociaciones. En estos años la opinión pública colombiana se ha mantenido dividida entre los que creían y los que no creían que el desarme de la guerrilla sería posible. Con este acuerdo, las FARC han puesto sus armas sobre la mesa con fecha para dejarlas, por lo tanto el mito de que esto no era posible ha muerto.

Se habla mucho de las garantías y mecanismos para que los acuerdos se cumplan, pero la realidad es el principal garante. Después de muchas décadas de violencia recurrente, está en el propio interés del Estado colombiano tener presencia y llevar el desarrollo a la Colombia rural, profunda y salvaje. Igualmente, después de medio siglo de lucha armada está en el propio interés de las FARC dejar las armas y pasar a la lucha política. En esencia, el acuerdo de paz es el cruce histórico de estos dos intereses. En medio de esto tendrán que atenderse los daños dejados por el conflicto en cuanto a reinserción, justicia, víctimas y narcotráfico.

Progresar jamás implica que las dificultades terminan, progreso es cambiar unos problemas por otros que nacen como producto de que los anteriores fueron resueltos. El gran reto del posconflicto será pacificar en lugares donde la insurgencia, el paramilitarismo y la criminalidad se convirtieron, por la ausencia del Estado, en profesiones bien reconocidas, respetadas y remuneradas. Terminado el conflicto comienza la tarea de reducir la profunda asimetría entre la Colombia sofisticada y la Colombia salvaje. Con el acuerdo de paz otro país está en marcha, pero los retos para que siga avanzando son enormes. Lo que viene sin duda no será fácil, pero será menos peor que los 225.000 muertos y los seis millones de desplazados.

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También existen opiniones críticas, como esta que publicó el ex presidente colombiano Andrés Pastrana en redes sociales

La falta de apoyo popular fuerza un giro en el proceso de paz en Colombia

Santos pone por primera vez un límite, en cuatro meses, para decidir si sigue negociando.

Humerto de la Calle y Sergio Jaramillo, en Bogotá. / JOHN VIZCAINO (REUTERS)

Humerto de la Calle y Sergio Jaramillo, en Bogotá. / JOHN VIZCAINO (REUTERS)

Javier Lafuente, Bogotá, 14 julio 2015 / EL PAIS

El creciente desencanto de la opinión pública colombiana ante el proceso de paz ha obligado al Gobierno y a las FARC a dar, en apenas de 10 días, un golpe de timón a las negociaciones. Hasta el punto de que el presidente, Juan Manuel Santos, ha fijado por primera vez en casi tres años una fecha límite para decidir si sigue o no adelante con los diálogos. Será dentro de cuatro meses, el tiempo que ambas partes se han otorgado para evaluar los resultados del desescalamiento del conflicto acordado este domingo en La Habana y ver si logran avances, especialmente en materia de justicia. “Dependiendo de si las FARC cumplen, tomaré la decisión de si seguimos con el proceso o no”, sentenció Santos.

Hasta ahora, lo que ocurría en Colombia apenas afectaba a los diálogos en La Habana. Ese tiempo ya pasó. Que los partidarios de la salida negociada sean los mismos que los de una solución militar, como apuntó una encuesta del 2 de julio, y que junio fuese el mes más violento desde que se inició el proceso, ha urgido al Gobierno y a la guerrilla a acelerarlo. De ahí que concluyeran el domingo agilizar las negociaciones para poner fin a un conflicto de más de 50 años y con cerca de siete millones de víctimas. Ambas partes afirmaron que van a “acordar sin demoras” los términos para alcanzar un cese al fuego bilateral y definitivo incluso antes de la firma de la paz, como estaba estipulado en un principio. Este contaría con la participación de un delegado de la ONU y otro de Uruguay, que ocupa la presidencia temporal de Unasur. Montevideo ha propuesto al exministro de Defensa José Bayardi, un hombre cercano al presidente Tabaré Váquez.

Mientras se alcanza esa tregua definitiva, ambas partes se han puesto de acuerdo en rebajar la intensidad del conflicto, la medida que tiene más efecto en la población al ser la más tangible. Las FARC anunciaron la semana pasada una tregua unilateral, a partir del 20 de julio, durante un mes, que prolongarán finalmente a cuatro. El Gobierno, como respuesta al gesto de la guerrilla, aseguró que adoptará medidas de desescalamiento, aunque no ha precisado aún cuáles serán.

“Nuestras fuerzas armadas están listas para un gradual desescalamiento, si las FARC cumplen. Si no cumplen, estarán listas para enfrentarlas, con la determinación y contundencia con que siempre lo han hecho”, advirtió Santos, en línea con el jefe negociador en La Habana, Humberto de la Calle. “No vamos a repetir experiencias fallidas. No vamos simplemente a paralizar la acción de la fuerza pública por la simple ilusión, que puede resultar frustrada, de lograr un acuerdo”, recalcó el jefe negociador. Tras la última tregua de las FARC, que duró cinco meses, el Gobierno decidió en marzo suspender los bombardeos contra la guerrilla, decisión que levantó tras la muerte de 11 militares en abril.

Ambas partes confían en que esta rebaja de la intensidad del conflicto propicie un clima adecuado para abordar el tema de la justicia, el que marcará el desenlace del proceso. “Lo que falta es el tema más complejo, que es el de cómo lograr el máximo de justicia que nos permita la paz. Este es el punto que va a definir si hay o no paz, y tenemos que superarlo. Ese es el reto. Si llegamos a un acuerdo sobre ese aspecto de la justicia, podremos decir, sin lugar a dudas, que estamos al otro lado”, recalcó Santos.

El giro en las negociaciones ha ido acompañado de un cambio en la política comunicativa del Gobierno. Del hermetismo casi total se ha pasado, en una semana, a la omnipresencia, tanto de los negociadores como, sobre todo, del presidente, tratando de ejercer pedagogía del proceso. Del discurso más catastrofista de De la Calle, que aseguró que cualquier día las FARC no les encontrarían en la mesa de negociaciones, se ha virado al “con estos nuevos avances, por fin veo clara la luz al final del túnel”, pronunciado por Santos en su discurso a la nación del domingo. Quizás sea una frase del presidente, en una entrevista este fin de semana con el diario El Colombiano, la que mejor defina la vorágine actual: “Nunca está la noche más oscura que antes de amanecer”.

EE UU respalda a Santos en su ultimátum a las FARC

Silvia Ayuso, Washington

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, cuenta con el apoyo explícito de Estados Unidos en su último esfuerzo por “acelerar” las negociaciones con la guerrilla de las FARC, a las que ha fijado una fecha límite de cuatro meses para decidir si sigue o no adelante con los diálogos de paz en La Habana.

“EE UU respalda fuertemente el liderazgo del presidente Santos en su búsqueda de un acuerdo negociado”, dijo el lunes el Departamento de Estado norteamericano en un comunicado.

A la par, el Gobierno de Barack Obama, que cuenta desde febrero con un enviado especial para el proceso de paz colombiano, Bernie Aronson, hizo un llamamiento para que las FARC “redoblen sus esfuerzos en la mesa de negociaciones”. La guerrilla debe “demostrar rápidamente avances concretos en los temas restantes, incluido su compromiso con la justicia y con un desarme efectivo”, advirtió Washington.