Mes: marzo 2018

Carta al presidente: Como ciudadano, le presento 11 puntos para mejorar la política de Seguridad. De Paolo Luers

Paolo Luers, 31 marzo 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Estimado señor presidente en Cuba:
Encontré una noticia interesante en CoLatino: “Gerson Martínez, en su calidad de ciudadano, presentó una propuesta con 11 puntos para mejorar la economía familiar.”

Que bueno que la Pravda del FMLN nos aclare este punto. Algunos malpensados ya asumimos que Gerson presentó estos 11 puntos al presidente en calidad de candidato a la presidencia. O sea: que el FMLN, analizando las causas de su derrota electoral, le encarga a su candidato presidencial de dar a conocer las correcciones de las políticas públicas que más han golpeado a la ciudadanía.

Que bueno saber que no es así. La verdad, según el CoLatino y Gerson Martínez, es que cualquier ciudadano puede ir a Casa Presidencial, entregarle al presidente un plan de mejorar al gobierno – y en su sabiduría e infinito amor al pueblo, lo va a tomar en cuenta.

Entonces, como ciudadano le entrego por esta vía mi “propuesta con 11 puntos para mejorar la seguridad y combatir la violencia”.

1. Restablecer el control civil sobre la PNC, nombrado al frente del Ministerio de Justicia y Seguridad a un ministro y viceministros a profesionales del derecho, en sustitución de oficiales de la PNC y militantes del partido.

2. Disolver el actual Concejo de Seguridad Ciudadana y Convivencia y crear una mesa de expertos que ayude al Gabinete de Seguridad a elaborar un Plan Nacional de Seguridad Único, tanto para la persecución del delito, como para la prevención. No podemos seguir trabajando con un plan “filosófico” (el famoso Plan El Salvador Seguro) y otro operativo, nunca discutido, controlado por la PNC e Inteligencia.

3. Nombrar a un director general que pueda recuperar la unidad y la mística de la corporación policial.

4. Disolver la actual SIP, que se dedica a inteligencia política, y crear una unidad que provea inteligencia operativa para focalizar las investigaciones y operativos.

5. Ordenar al nuevo director de la PNC a modificar la distribución de recursos humanos y materiales en la PNC, dando prioridad al fortalecimiento de las unidades territoriales.

6. Erradicar todos los incentivos para jefes que midan su eficiencia por la cantidad de detenciones.

7. Poner en vigencia claras reglas para el uso de fuerza, con cero tolerancia hacia abusos de fuerza, ejecuciones extralegales y detenciones arbitrarias.

8. Reforzar los mecanismos y unidades de control interno, supervisadas por el Ministerio de Justicia.

9. Redefinir el concepto de prevención. La única prevención que funciona es que todas las dependencias del gobierno cumplan con su responsabilidad de brindar servicios de calidad a la ciudadanía. Redefinir las prioridades en el presupuesto nacional, focalizando todas las inversiones sociales en los territorios donde el Estado ha perdido presencia y control.

10. Sustituir las “medidas extraordinarias” con una política penitenciaria que establezca un equilibrio entre la necesidad de seguridad con el mandato constitucional de la rehabilitación.

11. La decisión clave: La única manera de cumplir estos 10 puntos es que el presidente de la República asuma la responsabilidad, el mando y el estricto control sobre el gabinete de seguridad y sobre la implementación del nuevo concepto de prevención.

Atentamente,

 

 

 

Posdata: Si no puede cumplir con el punto 11, le recomiendo que se quede mejor en Cuba.

 

‘Pax Trumpia’. De Joschka Fischer

Una guerra comercial transatlántica de represalias mutuas causaría perdedores en todos lados. La UE no tiene otra opción que negociar, aunque sea a regañadientes.

La canciller alemana, Angela Merkel, junto al presidente francés, Emmanuel Macron (i) y al presidente de EE UU, Donald Trump (d), durante el G20 de Hamburgo, el pasado julio. AFP

Joschka Fischer fue ministro de asuntos exteriores de Alemania y vicecanciller entre 1998 y 2005.

Joschka Fischer, 30 marzo 2018 / EL PAIS

El desprecio del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, por el sistema internacional, es real y se está reflejando en políticas concretas. Su decisión de imponer 50.000 millones en gravámenes punitivos a la importación de muchos bienes chinos podría afectar seriamente el comercio global; y si bien eximó, a último minuto, los productos de la Unión Europea, todavía puede que Europa acabe en la línea de fuego.

Está claro que el enfoque “América, primero” no dejará intactas las reglas sobre las que se sustenta el orden internacional. EE UU desarrolló el orden de posguerra y por décadas hizo predominar sus reglas. Pero ya no es el caso. Las medidas recientes de Trump no giran solamente en torno al comercio, sino al abandono de la Pax Americana misma.

Pocos países están más conectados al orden de posguerra que Alemania que, al igual que Japón, debe su resurgimiento económico, a partir de 1945, al nuevo sistema comercial internacional. La economía alemana depende fuertemente de las exportaciones, lo que significa que es muy vulnerable a las barreras comerciales y a los gravámenes punitivos que impongan sus socios más importantes.

Además, las políticas proteccionistas de Trump retan el modelo económico alemán tal como ha existido desde la década de los cincuenta. No es un mero detalle el hecho de que Trump haya señalado una y otra vez a Alemania, uno de los más cercanos aliados de EE UU en Europa. Si bien los optimistas dirán que los ladridos de Trump son peores que su mordida —que sus declaraciones sobre el comercio, al igual que las amenazas a Corea del Norte, forman simplemente parte de una estrategia de negociación—, los pesimistas pueden responder con una pregunta razonable: ¿Qué pasa si Trump realmente cree en lo que dice?

Alemania no debería hacerse ilusiones frente a una guerra comercial transatlántica. A pesar de pertenecer a la UE y al Mercado Único, sería uno de los mayores perdedores, debido a su dependencia comercial y al estado actual de las relaciones transatlánticas.

Seguramente que los Estados miembros de la UE que han acusado a Alemania de arrogancia podrían ver este resultado con algo de schadenfreude (complacencia malsana), pero un debilitamiento de la mayor economía de la UE tendría de inmediato efectos negativos sobre todo el bloque. El retiro del Reino Unido de la UE ya está causando disonancias políticas entre los Estados miembros, y los populistas antieuropeos acaban de ganar la mayoría parlamentaria en Italia.

“Una guerra comercial transatlántica de represalias
mutuas causaría perdedores en todos lados y abriría
un nuevo periodo de aislacionismo y proteccionismo”

Para empeorar las cosas, ni Alemania ni la Comisión Europea, que trata los problemas comerciales en representación de los Estados miembros de la UE, se encuentran en una posición de solidez para enfrentarse a Trump. La insensatez de las autoridades alemanas, que escogieron ignorar las críticas sobre el persistentemente alto superávit acumulado en el balance en cuenta corriente del país, ha quedado al descubierto. Si el último Gobierno alemán hubiera reducido este superávit —que el año pasado batió un nuevo récord— al impulsar la inversión interna, Alemania estaría en mejor posición para responder a las amenazas de Trump.

Al pensar en la posibilidad de una guerra comercial transatlántica, deberíamos recordar el dicho, que se suele atribuir al Mahatma Gandhi: “ojo por ojo, y acabaremos todos ciegos”. Una guerra comercial transatlántica de represalias mutuas causaría perdedores en todos lados y abriría un nuevo periodo de aislacionismo y proteccionismo. Si va demasiado lejos, incluso podría llevar a un colapso de la economía global y a la desintegración de Occidente. Por esta razón, la UE no tiene otra opción que negociar, aunque sea a regañadientes.

Una consecuencia previsible de la revolución comercial de Trump es que empujará a Europa hacia China, que ya está alcanzando a la UE a través de su Iniciativa Belt and Road de inversiones y proyectos de infraestructura a lo largo de Eurasia. A medida que en los próximos años aumenten las alternativas al transatlanticismo orientadas hacía Oriente, Europa se verá ante el difícil reto de encontrar el equilibrio justo entre Oriente y Occidente. Los europeos ahora tienen que preocuparse no solo por Rusia, sino también por la nueva superpotencia: China.

“Cualquiera podría creer que el principal objetivo
de política exterior de Trump es ayudar a los chinos
en su lucha por la influencia global”

Ni Estados Unidos, ni Europa, tienen interés en destruir o perturbar las relaciones comerciales transatlánticas. Los dirigentes chinos estarán probablemente celebrando en privado la promesa de la administración Trump de “volver a hacer grande a Estados Unidos”, porque hasta ahora no ha hecho más que socavar los intereses estadounidenses y anunciar la próxima grandeza de China. De hecho, pese a los gravámenes aduaneros que Trump quiere imponer a China —en respuesta a sus supuestas violaciones a la propiedad intelectual— cualquiera podría creer que el principal objetivo de política exterior de Trump es ayudar a los chinos en su lucha por la influencia global.

Una de las primeras medidas de Trump tras asumir el cargo fue retirar a Estados Unidos de la Asociación Transpacífico, un acuerdo comercial que habría creado un dique de contención contra China en la región Asia-Pacífico. Hoy China tiene la posibilidad de fijar las reglas del comercio en un área que cubre cerca del 60% de la economía planetaria. De la misma manera, lo más probable es que los gravámenes a la importación de acero y aluminio ayuden a China y afecten negativamente a los aliados europeos de EE UU. No se puede culpar a los chinos por tratar de capitalizar esta oportunidad caída del cielo.

En los próximos meses, la debilidad fundamental de Europa se hará cada vez más evidente. La prosperidad europea depende de la voluntad de EE UU de dar garantías de seguridad y guiar el orden internacional liberal. Sin EE UU, encerrado en un nacionalismo atávico, los europeos se han quedado solos. Cabe esperar que sean capaces de actuar con rapidez para preservar su unidad y salvar el sistema internacional que, desde décadas, les ha proporcionado paz y prosperidad.

Joschka Fischer fue ministro de Relaciones Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005 y líder del Partido Verde alemán durante casi 20 años.
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

El conocimiento ya no vale y por eso migra. De Mirella Schoenenberg de Wollants

Mirella Schoenenberg De Wollants, médico, nutrióloga y abogada

Mirella Schoenenberg de Wollants, 31 marzo 2018 / El Diario de Hoy

Recién mi esposo y yo nos hemos graduado de una segunda carrera y muchos nos interrogan: “¿Por qué?”. Con sinceridad, no hallo qué responder a esa pregunta pues la motivación para estudiar, en lo personal, es diversa y tendría que extenderme en muchas explicaciones para contestarla, siendo que últimamente me he limitado a responder: “Para conocer mejor el mundo”, como parafraseó un abogado que recién conocía en una graduación hace tres años y nos daba, considero yo, la mejor razón para estudiar Derecho.

No se me quita de la cabeza que cuando los interrogadores escuchan mi respuesta, ponen, la mayoría, cara de extrañeza, y emiten comentarios como los que siguen y que son el fondo del artículo de hoy: “Te felicito pero… ¡tanto esfuerzo en un país donde no te valoran por lo que sabes!”, “Bueno, tú sabrás, ¡matarse tanto para un país donde no vale que tengás un título!”… “y para qué, si ni para Presidente ni para diputado vale tener tanto estudio en este país”, “Este país no vale el esfuerzo, gana más un motorista de la Asamblea que un médico”.

Y los comentarios continúan en ese sentido, lo cual, por un momento, me hace pensar que los salvadoreños ya dejaron de confiar en que una carrera universitaria les va a aportar el conocimiento necesario para realizar actividades materiales e intelectuales que los conduzcan a la satisfacción de sus necesidades humanas de tal manera que les permita lograr una vida satisfactoria y plena.

Sin embargo, cambio de opinión cuando reviso datos y veo que en el 2016 el Ministerio de Educación registraba que la matrícula estudiantil reportada por las universidades locales era de 168,018 salvadoreños, siendo por cierto que de ella 76,684 matriculados (45.64 %) eran hombres y 91,334 (54.36 %), mujeres. Esto quiere decir que en ese año hubo ¡más de 168,000 connacionales que creyeron en el conocimiento como una herramienta para la vida!

Más allá del tema de la obtención de conocimiento, y examinando la formación lingüística de los comentarios, creo que el origen psicológico de los mismos no radica en el “conocimiento” en sí, sino más bien en la palabra “valor” y por eso la he subrayado en ellos.

El valor es, en una de sus acepciones, la cualidad o conjunto de cualidades por la que una persona o cosa es apreciada o bien considerada.

De tal manera que para algunos, el estudio universitario, más allá de una herramienta para la vida, tiene la connotación de un medio para ser “apreciado” o “considerado” por otros. Se es apreciado porque se es valorado. Se es tomado en cuenta por que vale algo. “Cuánto eres o tienes, cuánto vales”.

Y esto no es criticable; muy por el contrario, es comprensible, pues la persona humana es un ser gregario y se satisface al estar dentro un grupo de su misma especie, donde por supuesto está porque es apreciado, de lo contrario, estaría fuera, excluido, rechazado.

Considero que dentro del vivir del grupo social salvadoreño se han dado una serie de hechos y actos que han llevado a que algunos de sus miembros piensen que el esfuerzo que hicieron para obtener conocimientos a través del estudio universitario, no les permitió alcanzar el aprecio y la inclusión que buscaban, lo cual se manifiesta en: ingresos insuficientes, el que no sea un requisito el título académico a la hora de llenar un cargo o plaza pública o privada, la falta de escalafón en las instituciones públicas y en las empresas, la falta de seguridad jurídica y laboral, y lo más importante, la falta de reconocimiento social al trabajo nacido a partir del estudio universitario.

Entre los muchos problemas que aquejan al conglomerado humano nacional uno de los más importantes es que el ciudadano se siente excluido a pesar de cumplir con los requisitos, como en este caso, el del estudio universitario. Se portaron bien, siguieron las reglas, pero no hubo recompensa. Esta es una sensación que destruye a cualquier sociedad humana, no por gusto nos rodea el negativismo, y el graduado que puede, migra.

mirellawollants2014@gmail.com

Carta a los diputados salientes: Ya no se dejen chantajear. De Paolo Luers

Paolo Luers, 29 marzo 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Estimados amigos:
Van a entrar en el último mes de esta Asamblea saliente. Muchos de ustedes no van a regresar a sus curules, y los que han sido reelectos, formarán parte de un parlamento con muy distinta correlación de fuerzas. En las recientes elecciones, la ciudadanía les ha corregido la plana – a ustedes igual que al gobierno.
Una de las políticas más desaprobadas ha sido la de Seguridad. Esto obliga a ustedes, los diputados, a reflexionar – y a corregir. Sobre todo cuando ya se mostró que el gobierno, en los cambios que está dispuesto a hacer para responder a su derrota electoral, decidió dejar afuera su fracasada política de Seguridad.

En este contexto, sería un error fatal que la Asamblea saliente, en el último mes que le queda para legislar, condene al país a seguir con políticas fracasadas que en la nueva Asamblea ya no tendrían apoyo mayoritario. Por ejemplo, aprobando las ‘medidas extraordinarias’, para que todo quede igual, a pesar del fracaso, y a pesar del duro revés en las elecciones.
En este mismo diario, hace unos días, Carlos Ponce les hizo un llamado a no prorrogar esta medidas. Ustedes se habrán dado cuenta que pocas veces he coincidido con los planteamientos de este criminólogo. Hemos tenido fuertes controversias en el tema de la tregua. El hecho que ahora coincidimos plenamente en decirles que no aprueben la nueva prórroga de una política penitenciaria fracasada y claramente en conflicto con la Constitución, con convenios internacionales y con la lógica, debería llevarlos a reflexionar también. Durante años ustedes han sido sujeto del chantaje del gobierno del FMLN que les dijo: Si no aprueban las ‘medidas extraordinarias’, ustedes serán culpables de una nueva ola de violencia. Y hasta la oposición les hizo caso, por temor al clamor de la ciudadanía que exigía soluciones al problema de la inseguridad.

Durante dos años ustedes le han dado al gobierno del FMLN y a su gabinete de seguridad un cheque en blanco, aprobándoles un Estado de Excepción que podían aplicar en los penales, suspendiendo a una población carcelaria de 20 mil reos sus derechos constitucionales, rompiendo normas de derecho internacional, aplicando métodos que la comunidad internacional caracteriza como prácticas inhumanas y hasta de tortura – y ahora vemos que la ola de violencia nunca se paró.

Si aprueban una nueva prórroga, ustedes se hacen culpable que estas medidas supuestamente temporales se vuelvan permanentes, a pesar de que ya se comprobó que no han resuelto el problema – por el contrario, lo han agravado.
No acepten más el chantaje. No acepten que esto sea un asunto de blanco y negro, de sí o no. Hagan lo que corresponde a verdaderos legisladores: rechacen el paquete de las medidas, ábranlo, y evalúen una por una cuáles de estas medidas pueden convertirse en ley permanente, cuáles merecen una prórroga temporal, y cuáles hay que abolir, por inconstitucionales y/o por ineficaces.

En ciertos casos, al cojo hay que quitarle las muletas para que vuelva a caminar bien. Es el caso con las ‘medidas extraordinarias’. Son muletas de un gobierno que ya no camina a ningún lado. Quítenselas. Cualquier otra decisión sería abusar de una mayoría dócil al gobierno que la ciudadanía ya desautorizó.

Saludos,

 

 

 

Vea también:
El nuevo diputado que necesita El Salvador. De Carlos Ponce

El nuevo diputado que necesita El Salvador. De Carlos Ponce

Carlos Ponce, 28 marzo 2018 / El Diario de Hoy

El debate sobre la renovación de las medidas “excepcionales” marcó las vísperas del inicio de las vacaciones. La discusión permanecerá guardada hasta que finalicé la Semana Santa. Considerando que la mayoría de los diputados del principal partido de oposición, ARENA, fueron reelegidos y, en consecuencia, constituirán el grueso de la bancada mayoritaria en la Asamblea Legislativa durante el nuevo período, su postura en este tema tiene el potencial de definir el rumbo y enfoque del primer órgano del Estado para el próximo año.

Los voceros y funcionarios del oficialismo, como era de esperarse, aparecieron en los medios de comunicación solicitando y justificando la ampliación de la vigencia de las medidas. Los diputados de oposición, por primera vez, no se mostraron del todo dispuestos a aprobar su prolongación. No obstante, su postura fue un tanto ambigua, ya que insinuaron que valía la pena que algunas de las medidas se mantuvieran. Dejaron abierta la posibilidad de realizar una ampliación selectiva.

Después de años de vivir subordinados a las pandillas, los salvadoreños favorecen cualquier abordaje que se proyecte como una solución drástica que provea a las autoridades de una mayor capacidad para controlar y castigar a dichos grupos. Esta actitud es completamente comprensible, pero peligrosa. Sucumbir ante este instinto natural, sin evaluar las consecuencias de las acciones adoptadas, puede agravar el problema en lugar de solucionarlo. Igual que las personas que se ven tentadas a tomar medicina para quitarse el dolor de un apéndice inflamada, en lugar de ir donde un médico a que determine cuál es el problema y lo trate correctamente, la desesperación de la ciudadanía puede llevarla a favorecer medidas que en apariencia erradiquen la inseguridad, pero que en realidad la escondan y contribuyan a que se agudice.

Lastimosamente, esto es lo que ha pasado. Las autoridades de turno venden estrategias cuestionables como soluciones extremas para atender la crisis en seguridad, prometiendo que su vigencia será temporal y que durarán solo hasta se logre controlar la situación. El detalle es que no resuelven el problema, ni siquiera lo debilitan. Además, al otorgar más autoridad y poder al Estado, lo hacen cómodo y, en lugar de buscar las formas de fortalecerse y formular soluciones inteligentes bajo su esquema de funcionamiento regular, solicite permanentemente la ampliación de la vigencia de lo que en un inicio se vendió como temporal.

Así es como, por ejemplo, la Fuerza Armada tiene años de desarrollar tareas de seguridad pública. Las consecuencias de esto son claras. Esta semana, por ejemplo, el periodista Carlos Monterroza entrevistó a David Victoriano Munguía Payés, ministro de Defensa, y su jefe de Estado Mayor, y las respuestas de ambos funcionarios dejaron en evidencia el peligroso desconocimiento que tienen en relación con temas operativos vinculados a la seguridad pública y a la investigación y persecución del delito. El impacto de esta ignorancia en el terreno, y los problemas que genera en términos de eficacia y eficiencia, son desastrosos. Sin embargo, la ampliación del apoyo castrense en tareas de seguridad sigue y continúa vendiéndose como una medida extrema para controlar los altos índices criminales.

Los diputados de oposición, en lugar de propiciar el estancamiento del aparato de seguridad con la aprobación ciega de medidas “excepcionales”, deben adoptar un rol más exigente. Resulta impopular cuestionar y negarse a la aprobación de estrategias que explotan la desesperación de la gente, pero es necesario hacerlo para fomentar la formulación de abordajes audaces. Similarmente, existe presión de los malos políticos y funcionarios (de todos los colores) para mantener mecanismos endebles de fiscalización, evaluación y contraloría, pero es necesario fortalecer todas las herramientas (y crear más) que nos aseguren que las instituciones trabajaran exclusivamente para beneficio de los ciudadanos.

El Salvador necesita diputados que favorezcan lo técnico sobre lo político y lo popular, que naden contracorriente en favor de los ciudadanos.

@_carlos_ponce

 

Lea también la Carta de Paolo Luers sobre el mismo tema

Mis nietas ‘vandálicas’. De Enrique Obregón

La defensa de Enrique Obregón, abuelo de las gemelas Amanda y Ximena, detenidas por pintar un grafiti en las paredes del Museo Nacional a principios de marzo: “Como a cualquier persona en el mundo, ellas son lo que su sangre les dicte y lo que el tiempo y la sociedad en la que han vivido les han marcado”, dice Obregón.

Enrique Obregón, 23 marzo 2018 / La Nación

Enrique Obregón es un político socialdemócrata y periodista costarricense

Como ha trascendido a la opinión pública, recientemente, tengo dos nietas gemelas a quienes sus padres pusieron por nombres Amanda y Ximena. Pero como nunca supe cuál era la una y cuál la otra, comencé diciéndoles las Gemes y, después del primer año, las Machillas. Esto último, por su pelo castaño claro, herencia de su bisabuelo vasco y de su bisabuela alemana. Y como siempre estuvieron dispuestas a bailar y cantar, pienso que también tal disposición se deba a la sangre andaluza que heredan de su abuela gaditana. Además, puede que también hereden espíritu de disconformidad y rebeldía de alguno de mis ancestros, chorotega o talamanqueño, que nunca aceptó la esclavitud impuesta a su raza por el conquistador español.

Como a cualquier persona en el mundo, ellas son lo que su sangre les dicte y lo que el tiempo y la sociedad en la que han vivido les han marcado. Las Machillas son consecuencia de su época, de su propia circunstancia que les ha dado la conciencia social que las caracteriza. Son y se sienten ciudadanas de una democracia y actúan reclamando lo que esta democracia niega a una mayoría considerable de nuestro pueblo.

Protestar, gritar porque no hay puntos finales
en la conquista de la democracia

Aprendieron a ser solidarias tempranamente. No pertenecen a ningún partido político ni luchan por ideologías de izquierda o de derecha, pero saben que la democracia debe ser el gobierno para los pueblos y que la ciudadanía se ejerce directamente, defendiendo y apoyando esa inclinación gubernamental, cuando se da, o reclamando y protestando cuando sucede lo contrario.

Desde los quince años, se unieron a un grupo que recogía dinero para construir casas a familias que nunca las habían tenido. Entonces eran Machillas de martillo y serrucho, de machete y macana, construyendo casitas en los más alejados rincones de este país.

Igualdad de género. En los últimos años ha crecido un movimiento social reclamando la igualdad de género. Las Gemes también se han unido a este reclamo independientemente. No pertenecen a grupos feministas ni de diversidad, pero sí entienden que ellos piden el reconocimiento de derechos que les pertenecen. Derechos, siempre pisoteados.

Ellas fueron educadas en la fe católica y respetan los templos y tradiciones de su Iglesia, pero van poco a misa, posiblemente porque no reciben mensaje social alguno ni encuentran palabra inspiradora en sus sacerdotes. Respetan también los templos y tradiciones de otras religiones; en consecuencia, jamás irrespetarían el culto y los edificios de todas las religiones manchando sus paredes con insultos y agravios.

Ellas saben en qué consiste la libertad de conciencia y se manifiestan en consecuencia con esa libertad. Pero sienten la necesidad de protestar por todo lo que está pasando; por los trescientos mil costarricenses que se acuestan todos los días con hambre (según lo ha indicado en su columna el inteligente y culto politólogo Jorge Vargas Cullell); por las minorías que luchan por derechos mínimos; contra los que roban libertades a los pueblos y contra los que roban otra cosa también a la Hacienda pública.

Mujeres vandálicas –como las han tildado sectores importantes de la opinión pública y grupos diversos de toda clase, tamaño y condición– que necesitan identificarse como el primitivo neandertal que imprimió su mano en las paredes de las cavernas dejando el mensaje a la posteridad de “yo estuve aquí”.

Antigua práctica. Los grafitis son tan antiguos como la humanidad; en toda etapa histórica siempre hubo alguien que protestó, dejando mensajes en las cuevas rupestres, en los edificios, en los puentes, en las piedras, en los baños públicos. Y en Roma, sobre todo en la época republicana, esta actividad fue de todos los días.

Solamente recordemos que un desastre natural sepultó Pompeya en agosto del año 79 y que las excavaciones posteriores descubrieron para la posteridad una semblanza de la vida romana, con sus calles, edificios públicos, casas solariegas, panaderías, herrerías y prostíbulos. Pero también algo que tiene que ver con lo que expongo: diez mil grafitis detallando la vida sexual desde la brutalidad hasta el más fino sentimiento de espiritualidad como este que cito a continuación: “El que intente encadenar a los vientos e impedir brotar a los manantiales pretende separar a los enamorados”.

También todos estos grafitis se referían a anuncios comerciales, a ofensas personales, a citas filosóficas y, desde luego, a protestas por la falta de justicia y libertades. Nada que no esté sucediendo en la actualidad.

No, señores que han insultado a mis nietas, mintiendo algunos, al afirmar que ellas participaron en las pintas a las iglesias, en la pintura lanzada a la estatua de Juan Pablo II y las que dejaron mensajes en las paredes de la Asamblea Legislativa. No es que se equivocaron, es que mintieron. Pero resulta que las Machillas solo querían dejar un mensaje de solidaridad con todos los que reclaman la igualdad de género, y eso quedó impreso en un pequeño detalle en la pared externa en la que fue casa del comandante del Cuartel Bellavista.

Cuando estaban pintando este pequeño detalle, fueron sorprendidas por la Policía, con órdenes de autoridades superiores, con esposas fuertemente ceñidas a sus muñecas y, con los brazos atrás, fueron luego conducidas en la perrera y encarceladas durante una noche. ¿El delito?, dejar un mensaje de solidaridad para todos los que piden igualdad.

Vandálicas que son las Gemes, las Machillas, las que bailan, las que cantan, las que ayudan a construir casas para los más necesitados, las que visitan a los indígenas abandonados, las que cometen el vandalismo de ser solidarias y fraternales, las que aman, las que nunca aprendieron a insultar, las que saben salir de la cárcel con una sonrisa de perdón para todos los que las juzgan y condenan. Y, por esto, por esta casi infantil forma de ejercer la más auténtica ciudadanía, se ha levantado una acusación nacional contra ellas y, como consecuencia, una respuesta solidaria, convirtiendo a este país, durante unos días, en una batalla campal de exageradas proporciones. Y eso que apenas son gemelas. ¡La revolución en la que todavía estaríamos enfrascados de haber sido quintillizas!

Papeles invertidos. Generalmente, los abuelos aconsejan a sus nietos. Así ha sido siempre, pero rompiendo esa tradicional costumbre, ahora es un abuelo quien recibe consejo –por su forma de actuar– de dos nietas.

Durante gran parte de mi vida fui disconforme, activo, denunciante. No obstante, con el transcurso de los años, me apachurré. La edad me tiene un poquito aplastado. De pronto, las Machillas me han tirado de las orejas, señalando el recto camino: la ciudadanía hay que ejercerla siempre; hay que denunciar los males de la época.

Protestar, gritar porque no hay puntos finales en la conquista de la democracia. Conservador es el que está conforme con su tiempo, el que no quiere que nada cambie, decía Unamuno. El verdadero demócrata es el que está dispuesto siempre a dar un paso hacia adelante para cambiar. Gracias, Machillas, por recordarlo.

 

No se vuelvan a equivocar. De Roberto Rubio

Roberto Rubio, 26 marzo 2018 / La Prensa Gráfica

El mapa electoral de los últimos años muestra el desencanto de una buena parte de la población con el actual sistema de partidos políticos. Si hace algunos años el conjunto de partidos captaba alrededor del 60 % de las preferencias electorales, y los que no tenían ninguna preferencia giraba en torno al 40 %, ahora esa proporción se ha invertido: los “sin partido” rondan el 60 % y los “con partido” el 40 %. Los desencantados del actual sistema de partidos son mayoría, y lo son cada vez más. La anti política ha ido ganando terreno.

Ese fenómeno es comprensible, en la medida que el actual sistema de partidos no ha sido capaz de enfrentar adecuadamente los graves problemas que tiene el país; al contrario, en buena parte ha contribuido a agravarlos. El desencanto ha sido aún mayor ante el hecho que las esperanzas de cambio de rumbo que tuvieron miles de ciudadanos con la alternancia política de 2009 terminaron en el cementerio.

También desde hace muchos años que algunos de los partidos llamados pequeños han intentado captar ese segmento creciente de los sin partido. Lo han tratado de hacer con el discurso de “ni derecha ni izquierda”, “hay que romper con la polarización”, “somos la tercera vía”, etcétera. Todos estos argonautas políticos buscaron, con la nave discursiva de la despolarización, ese apetecido “Vellocino de Oro”. Ninguno lo ha logrado. La llamada tercera fuerza, GANA, más bien se llevó parte del pastel de ARENA, pero no ese segmento de los desencantados.

Ante una robusta mayoría de los sin partido, sin señales claras de renovación dentro del sistema de partidos, y con uno de los polos políticos seriamente debilitado, se abre la puerta a las alternativas, a lo fresco, a la búsqueda de nuevos espacios políticos… pero también se le abre la puerta ancha al populismo. Terreno fértil para el líder endiosado, para los gestos políticos vacíos de contenido, para huecos discursos anti partido, para magos mediáticos perversos, para vendedores falsos de ilusiones.

Muchos, con la idea que hoy es la oportunidad para salir de la partidocracia, enarbolando la bandera de la anti política y argumentando que es el momento de la despolarización, se tiran a los brazos de “Nuevas Ideas” (aunque no percibimos ninguna nueva).

Esta apuesta política por la tercera fuerza no es la primera. Recientemente algunos le apostaron a la candidatura presidencial de Saca con GANA, y se equivocaron. Más adelante, muchos de ellos le apostaron al supuesto cambio de rumbo de Funes, y se volvieron a equivocar. No se vuelvan a equivocar apostando a farsas políticas y dinámicas populistas.

Tomen en cuenta que el sistema de partidos todavía es fuerte y con gran capacidad de organización territorial, que el Frente no ha tenido su “jaque mate” o perdido toda su capacidad organizativa y movilizadora, que no es lo mismo tener popularidad que tener electores, que es difícil convertir una popularidad sin contenido en votos, que no es fácil que la grama crezca bajo la sombra de un gran “amate bipartidario”, que el liderazgo de nuevas ideas suma varias investigaciones por posibles delitos que lo pueden inhabilitar, y que este todavía no ha enfrentado en serio el ácido de la exposición pública a la que se ven sometidos los presidenciables. No se vuelvan a equivocar. Recuerden que la tercera es la vencida.

Carta a los frustrados con la política: Cámbienla, renovando los partidos. De Paolo Luers

Paolo Luers, 27 marzo 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Estimados amigos:
Hay miles de razones para rechazar la forma en que han hecho política los últimos gobiernos, tanto de ARENA como del FMLN. De ahí el desencanto con los partidos que se expresa en encuestas – y en las recientes elecciones.

Preocupados con este fenómeno, surgen voces que comienzan a exigir que hay que “transformar el sistema de partidos políticos” e incluso el “sistema Asamblea Legislativa”. No se dan cuenta que con este argumento están abriendo espacio al populismo y al autoritarismo que predican la antipolítica, como Bukele y Nuevas Ideas.

Es una falacia: El problema no es el sistema de partidos, tampoco la Asamblea – el problema son los partidos. El sistema que adoptamos desde los Acuerdos de Paz es la combinación de pluralismo político y democracia representativa. Precisamente este sistema se trata de defender y consolidar, porque es el obstáculo para las pretensiones populistas y autoritarias, no solo de Nuevas Ideas, también dentro del FMLN y la derecha. Lo que hay que transformar son los partidos, no el sistema.

Transformar los partidos no es un asunto de nuevas leyes, mucho menos de acuerdos nacionales entre los partidos – es un asunto entre cada partido y sus militantes, bases y votantes. Democracia interna, alternancia de las cúpulas, transparencia de decisiones y financiamiento de los partidos, son asuntos entre la ciudadanía y los partidos. Tanto en ARENA como a partir del 4 de marzo en el FMLN, hay tendencias de democratización. Hay que darles oxígeno desde la ciudadanía.

Los partidos que se cierran a su renovación serán castigados por los votantes. Y les van a salir competencias nuevas. Ambas cosas están actualmente pasando al FMLN. Si ARENA no se cuida en salud (o sea, en democracia interna y transparencia), le puede pasar lo mismo.

El hecho que surjan partidos nuevos, solo será una amenaza al sistema cuando surjan partidos con clara intención de cambiar el sistema. Y precisamente esto está pasando con Nuevas Ideas. Félix Ulloa, el nuevo socio de Bukele, lo dijo con claridad: “Nuevas Ideas nace con una visión revolucionaria. El sistema tradicional de partidos se agotó. Nuevas ideas plantea la refundación del Estado, le creación de una Segunda República.”

Esto quiere decir: Van por otro modelo del Estado y sus instituciones. Bukele ya lo dejó entrever, cuando dijo que su movimiento va a encontrar obstáculos “mientras no tomemos control del Tribunal Electoral.”

Y en reuniones privadas con personas que intentó de reclutar para su movimiento, Bukele ya planteó que, si él fuera electo presidente, no tendría gobernabilidad con una Asamblea dominada por sus enemigos FMLN y ARENA. Por tanto, inmediatamente habría que convocar una Constituyente para transformar las instituciones del viejo sistema.

Una Constituyente para resolver el problema de una Asamblea controlada por opositores es equivalente a un golpe de Estado. No hay forma constitucional de hacerlo. No tendrá fuerza para dar un golpe de Estado, pero en su locura mesiánica está soñando que tiene el apoyo de 80% de la población para demoler el “sistema viejo”.

Así que, está bien que todos estemos frustrados con los partidos, pero más vale que los renovemos, antes de que en serio comiencen a “transformar el sistema de partidos”.

Saludos,

 

Rotando las mismas llantas. De Cristina López

Cristina López, 26 marzo 2018 / El Diario de Hoy

Parte de las prácticas responsables que cualquiera que administra o es propietario de un vehículo automotor es la de rotar las llantas. Habrá más razones que individuos más entendidos en la industria automotriz tendrán la capacidad de explicar con mayor destreza que yo, pero la lógica es bastante simple: las llantas de adelante se desgastan desproporcionadamente en comparación a las de atrás, principalmente porque tienen más exposición a la fricción a la hora de frenar. Por eso se recomienda como parte del mantenimiento regular hacer una rotación y pasar las llantas de atrás hacia adelante y viceversa. Es obvio entender por qué la rotación solo se hace una vez: la segunda vez simplemente llevará al frente llantas viejas y desgastadas, consistiendo más que una medida responsable, una pérdida de tiempo. Cuando se ha llegado al punto de que tanto las llantas de atrás como las de adelante han servido su vida útil, lo lógico es cambiarlas del todo y traer ruedas nuevas, listas para llevar a cabo trayectos seguros.

El gabinete de gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén es un vehículo cuyas llantas han pasado un número de rotaciones inútiles, reciclando en puestos importantísimos llantas viejas, no para garantizar que nos va a llevar de manera segura a nuestro destino sino por puro espectáculo, haciendo ruido y pantomima para distraer de lo obvio: el hecho de que para el gobierno del Frente la burocracia gubernamental se ha convertido en una feria de empleos para premiar lealtades partidarias, y que bajo esa premisa no caben consideraciones de idoneidad o calificaciones profesionales para el servicio público. Por lo menos es esta la impresión que me ha generado la última rotación inútil de llantas del gabinete: el equivalente a un “juego de las sillas” burocrático que merecería burla si las consecuencias no fueran tan serias.

Las comunicaciones gubernamentales pretendían hacernos creer que los cambios de gabinete se debían a la reflexión surgida de la cachimbeada electoral. Según el discurso que leyó el presidente y que habrá redactado algún comunicador optimista (optimista, porque qué mejor palabra para describir a quien escribe y aún piensa que la ciudadanía se tragará una palabra de lo que dice el presidente en vista del pésimo desempeño de su administración), los cambios nos harán sentir más seguros. Es necesario notar que ninguno de los cambios tocó los rubros de seguridad y justicia, y que la rotación inútil de llantas ha dejado ahora, al frente del Ministerio de Economía, a una persona cuya preparación profesional la hace más apta para diagnosticar y curar un resfriado que para diagnosticar y curar una recesión económica o decidir la política pública adecuada para acelerar el crecimiento que tanto beneficiaría a nuestro país.

Lo verdaderamente incomprensible en esta última rotación inútil de llantas es el hecho de que al Ministro de Hacienda, el mismísimo al que el presidente juzgó necesario mover de su puesto supuestamente en respuesta al fuerte mensaje enviado por la ciudadanía, se le estará colocando en un puesto diplomático en el extranjero, el equivalente a una beca financiada por el contribuyente, en recompensa por un servicio público del que hubo que removerlo en respuesta a los resultados electorales. Que no nos engañen: no es la ciudadanía la que tiene en mente el Frente con sus anuncios de cambios de gabinete, con las elecciones del 2019 a la vuelta de la esquina, lo que están preparando es su plan de retiro.

@crislopezg

The Human Crisis. De Albert Camus

En este video, el actor Viggo Mortenson lee, 70 años duespués, la ponencia titulada “The Human Crisis”, que Albert Camus dio en 1946 en Nueva York, en el mismo lugar: el Teatro Miller de la Columbia University. Camus, entonces de 32 años, confronta al público con un retrato de su generación, luego de vivir la Guerra Mundial, el holocausto, el fascismo y la resistencia. Formula como esta generación de europeos ve el mundo, y como trata de encontrar sentido en toda su experiencia. Es un documento histórico, pero de angustiante actualidad. Reproducimos el video completo y la traduccin al inglés del discurso de Albert Camus.

Segunda Vuelta

 

 

THE HUMAN CRISIS 

Albert Camus, March 28, 1946

Ladies and Gentlemen: when I was invited to give a series of lectures in the United States of America, I felt some doubt and hesitation. I am really not old enough to give lectures, and I am more at ease with the process of thinking than I am making categorical statements… since I don’t feel I have any claim on what is generally called the truth.

I shared this reservation and was very politely told that my personal opinion didn’t matter. What mattered was that I’d be able to offer some facts about France so that my listeners could form their own opinions. It was then suggested that I might inform my audience as to the current state of the French theater, French literature, and even French philosophy. I replied that it might be more interesting to talk about the extraordinary efforts of French railway workers, or about the kind of work the coal miners in the North are doing.

But then I was told, quite rightly, that once should never force one’s talents, and that these different subjects ought to be discussed by the experts. Since I clearly know nothing about railroad switches, and I had been interested in literary questions for a long time, it was only natural to speak about literature rather than train.

At last, I understood.

What mattered finally was that I talk about what I know and give some sense of what is happening in France. For precisely that reason I have chosen to speak neither about literature nor about theater. Literature, theater, philosophy, research and the efforts of an entire nation are merely reflections of a fundamental question: of a struggle for life and for humanity that preoccupies us in this moment.


The French people sense that mankind is still under threat. And they also sense that to continue living they must rescue a certain idea of mankind from the crisis that grips the whole world. Out of loyalty to my country, I have chosen to speak about this human crisis.

Since I am here to talk about what I know, the best I can do is sketch, as clearly as I can, the moral experience of my generation. Because we have seen the world crisis unfold, and our experience might shed a glimmer of light, both on the fate of mankind and, on some aspects, of the sensibilities of the French people today.

First I would like to define this generation for you.

People of my age in France and in Europe were born either before or during the first great war, reached adolescence during the worldwide economic depression, and turned 20 the year of Hitler’s rise to power. To complete their education next came the civil war in Spain, the Munich Agreements, the start of another world war in 1939, the fall of France in 1940, and 4 years of enemy occupation and underground struggle.

I suppose this is what is known as an interesting generation, and that it would be more useful to speak to you not in my own name, but in the name of a certain number of French people who are 30 years old today and whose intelligence and hearts were formed during the terrible years when, like their country, they were nourished on shame and lived by rebellion. Yes this is an interesting generation.

Faced with the absurd world its elders had concocted, it believed in nothing and yearned to rebel. The literature of its time was in revolt against lucidity, against narrative, and against the very idea of a sentence. Painting was abstract, that is to say, it was rebelling against figurativism, realism, and simple harmony. Music was rejecting melody. And as for philosophy, it taught us that there was no truth, only phenomena. That Mr. Smith, Monsieur Duran Herr Vogel, might all exist as phenomena but without these 3 particular phenomena having anything in common.

The moral attitude of our generation was even more categorical. Nationalism seemed an outmoded truth, and religion an escape. 25 years of international politics had taught us to question any notion of purity and to conclude that no one was ever wrong because everyone might be right.

As for our society’s traditional morality, it seemed to us that it hadn’t stopped being what it had always been: a monstrous hypocrisy. Thus we lived in negation. Of course, that was nothing new. Other generations and other countries had experienced this in other periods of history. But what is new here is that these same men, strangers to any traditional values, had been forced to adapt their personal positions to a context of murder and terror. The situation led them to believe there might be a human crisis, as they had to live the most wrenching of contradiction. This was because they entered the war as one enters hell; if it is true that hell is denial. They loved neither war nor violence, yet they had to accept war and practice violence. They hated nothing except hatred, yet they were forced to learn that difficult science. They had to deal with terror, or rather terror dealt with them. They found themselves confronted with a situation that, rather than try to describe it in general terms, I would like to illustrate through 4 short stories about a time the world is beginning to forget, but which still burns in our heart

1. In an apartment building occupied by the Gestapo in a European capital, 2 accused men, still bleeding, find themselves tied up after a night of investigation. The concierge of the building begins her careful household chores in good spirit since she probably just finished breakfast. Reproached by one of the tortured men, she replies indignantly, “I never interfere with my tenants business.”

  1. In Leon, one of my comrades is dragged from his cell for a 3rd round of questioning. Since his ears have been badly torn during a previous session, he is wearing a bandage around his head. The German officer who interrogates him is the same man who conducted the previous sessions. And yet he asks him, with an air of affectionate concern, “How are your ears doing?”
  2. In Greece, after an underground resistance operation, a German officer prepares the executions of 3 brothers he has taken as hostages. Their old mother throws herself at his feet and he agrees to save one of them. But only at the condition that she designate which one. She chooses the oldest because he has a family, but her choice condemns the 2 others. Just as the German officer intended.
  3. A group of deported women, including one of our comrades, is repatriated to France by way of Switzerland. As soon as they enter Swiss territory, they notice a funeral taking place. And the mere sight of this spectacle sets of their hysterical laughter. “That’s how the dead are treated here!” they say.

I’ve chosen these stories because they allow me to respond with something other than a conventional yes, to the question is there a human crisis?. They allow me to reply just as the men I was speaking about replied, “Yes. there is a human crisis because in today’s world we can contemplate the death or the torture of a human being with a feeling of indifference, friendly concern, scientific interest, or simple passivity.”

Yes. There is a human crisis. Since putting a person to death can be regarded with something other than the horror and scandal it ought to provoke. Since human suffering is accepted as a somewhat boring obligation, on a par with getting supply or having to stand in line for an ounce of butter.

It is too easy in this matter to simply accuse Hilter and to say, “Since the beast is dead, it’s venom is gone.” We know perfectly well that the venom is not gone, that each of us carries it in our own hearts. And we can sense this by the way that nations, political parties, and individuals continue to regard one another with the vestiges of anger.

I have always believed that a nation is accountable for its traitors as well as for its heroes. But likewise, civilization, the white man civilization, in particular, are as responsible for their perversions as for their successes. In this light, we are all answerable for the legacy of Hitler and must attempt to discover the most general causes of the terrible evil that has eaten away the face of Europe.

Let us try them with the help of the 4 stories I have told to innumerate the most obvious symptoms of the crisis.

The first symptom is the rise of terror. A consequence of the perversion of values that human beings and historical forces are judged not in terms of their dignities, but in terms of their success. The modern crisis is inevitable because no one in the West can be sure of their immediate future, and all live with the more-or-less defined fear that they will be crushed to bits, one way or another, by history.

To save this miserable man, this modern day Job, from perishing of his wound and his own dunghill, we must first lift the burden of fear and anxiety so he can rediscover the freedom of thought he will need to resolve any of the problems facing the modern conscience.

This crisis is also based on the impossibility of persuasion. People can only really live if they believe they have something in common, something that brings them together. If they address someone humanely they expect a human response. However, we have discovered that certain men cannot be persuaded. A victim of the concentration camps cannot hope to explain to the SS men who are beating him that they ought to not to. The greek mother I spoke about could not persuade the German officer that he had no right to force her into heartbreak. The SS and the German Officer no longer represented man or mankind, but rather an instinct elevated to the status of an idea or theory. Passion, even deadly passion, would have been preferable. For passion runs its course, and another passion, another cry from the flesh or the heart, might replace it. But a man capable of tender concern for ears that he has only recently torn is not passionate. He is a mathematical calculation that cannot be restrained or reasoned with.

This crisis is also about replacing real thing with printed matter, that is to say, the growth of bureaucracy. Contemporary man tends more and more to put between himself and nature an abstract and complex machinery that casts him into solitude. Only when there is no more bread do bread coupons appear.

The people of France subsist on 1200 calorie-a-day diet, but they have at least 6 different forms and a hundred official stamps on each one of those forms. It is the same way everywhere where bureaucracy is expanding. To get from France to  America I used a lot of paper in both places, so much paper that I could have probably printed enough copies of this talk to have it distributed here without having to show up.

With so much paper, so many offices and functionaries, we are creating a world in which human warmth has disappeared. Where no one can come into contact with anyone else except across a maze of what we call “formalities”. The German officer who spoke with care of the shredded ears of my comrade thought this was fine, since tearing them was part of his official business, and there could not, therefore, be anything wrong with it. In sum, one no longer dies, one no longer loves, and one no longer kills, except by proxy. This, I suppose, is what is called good organization.

The crisis is also about replacing real men with political men. Individual passion is no longer possible, only collective, that is to say, abstract passions. Whether we like it or not, we cannot avoid politics. It no longer matters that we respect or prevent a mother’s suffering. What counts is ensuring the triumph of a doctrine. Human suffering is no longer considered a scandal, it is merely one variable in a reckoning whose terrible sums has not yet been calculated. It is clear that these different symptoms can be summed up by something that might be described as the cult of efficiency and abstraction. This is why Europeans today know only solitude and silence. They can no longer communicate with others through shared values. And since they are no longer protected by mutual respects based on those values, their only alternatives is to become victims or executioners.

This is what the men and women of my generation have understood. This is the crisis they face and are still facing. We attempted to solve it with the values at our disposal, by which I mean no values at all other than an awareness of the absurdity of our lives. It was in this frame of mind we were introduced to war and terror, with no consolation or certainty.

We only knew we could not yield to the brutes taking charge in the 4 corners of Europe. But we had no idea how to justify our resistance. Even the most lucid among us realize they knew of no principle in whose name they could oppose terror and repudiate murder. For if one believes in nothing, if nothing makes sense and one is unable to affirm any value, then everything is permitted and nothing is important. Hence there is neither good nor evil, and Hitler was neither wrong nor right. One could lead millions of innocents to the crematorium as easily as one may devote oneself to curing leprosy; one can tear a man’s ear with one hand and soothe him with the other; one can clean a house in front of men who had just been tortured; one can honor the dead or throw them in the garbage. It is all the same. And since we thought that nothing made sense, we had to conclude that the man who succeeds is in the right. And this is so true that even today plenty of intelligent skeptics will tell you that if Hitler had by chance won the war, history would have paid him homage and consecrated the hideous pedestal in which he perched. And there can be no doubt that history, as we conceive of it today, would have consecrated Hitler and  justified terror and murder just as we all consecrate murder and terror when we have the temerity to think that everything is meaningless.

Some among us, it is true, did think it might be possible in the absence of any higher value to believe history had meaning. In any case, they often acted as if they thought so. They said that this was necessary as it would liquidate the air of nationalisms and prepare for a time where empire would finally give way, wither without a fight, to universal society and heaven on earth. With this thought they came to the same conclusion that we did: nothing made sense. For if history has meaning, that meaning must be total or be nothing at all. These men thought and acted as if history obeyed some transcendent dialectic, as if we were all moving together to some definite goal. They thought and acted according to Hegel’s detestable principle: “Man is made for history, not history for man.”

In truth, the political and moral realism that hold sway in today’s world is heir to a Germanic philosophy of history according to which, all of humanity is on the march, moving rationally towards a definitive universe. Nihilism has been replaced by absolute rationalism, and in both cases, the results are the same. For if it true that history obeys a transcendent and inevitable logic, if it is true according to this German philosophy that the feudal state must replace the state of anarchy, that nation-states must replace feudalism, and that empires must then take the place of nation-states until at last, they lead to the creation of a universal society, then anything supporting this inevitable process is good and the achievements of history are definitive truth. And since these achievements can only be obtained by the usual means of wars, conspiracies, and individual and mass murders, actions cannot be justified on the basis of good or evil but only by how efficient they are.

And so in today’s world, the men and women of my generation had been lured by a double temptation: thinking that nothing is true or thinking that only the inevitable forces of history are true. Many of them succumb to one or the other of these temptations, which is how the world came to be ruled by the will to power and, consequently, terror. For if nothing is true or false, good or bad, and if the only value is efficiency, the rule of the day is to be the most efficiency, meaning the strongest.

The world is no longer divided into the just or unjust, but into masters and slave. He who is right is he who enslaves. The housekeeper is right, not the victim of torture. The German officer who tortures and the one who executes, the SS men transformed into grave diggers, these are the reasonable men of this new world.

Look around you and see if it isn’t still the case. Violence has a stranglehold on us. Inside every nation, and the world at large, mistrust, resentment, greed, and the race for power are manufacturing a dark, desperate universe in which each man is condemned to live within the limit of the present. The very notion of the future fills him with anguish, for he is captive to abstract powers, starved and confused by harried living, and estranged from nature’s truth, from sensible leisure, and simple happiness.

Perhaps you who dwell in this still happy America do not see this or cannot see it clearly. But the men I am talking about had been seeing it for years, and had felt this evil in their flesh, read it on the faces of those they love, and deep in their ailing hearts, a terrible revolt will rise up that will sweep everything away. They are still haunted by too many monstrous images to imagine it will be easy to do, but they are too deeply marked by the horror of those years to allow it to continue.

Here is where their true problem begins. If the features of this crisis are the will to power, terror, the replacement of real man by political and historical man, the reign of abstraction and fatality, and solitude without a future, then these are the features we have to change to resolve this crisis.

Our generation found itself faced with this immense problem and all that it negated.

We had to draw the strength to fight from these very negations. It was perfectly useless to tell us “you must believe in god, or in Plato, or in Marx,” precisely because we did not have that kind of faith. The only question was whether we were going to accept a world in which we could only be a victim or an executioner. Of course, we wanted to be neither because we knew from the bottom of our hearts that this distinction was an illusion and that when it came down to it, there were only victims. Since killing and being killed would amount to the same thing in the end, that murderers and murdered would all eventually suffer the same defeat. The problem was no longer whether to accept or reject this condition and this world, but rather to know what reason we might have to oppose it. This is why we have looked for our reasons in the very revolt that led us, for no apparent reason, to choose to fight evil.  And we understood that we were rebelling not only for ourselves but for something shared by all men.

How did this happen?

In this world stripped of values, in this desert of the heart in which we dwelled, what in fact could revolt signify? It made us into people who said no, but at the same time, we were people who said yes. We said no to the world, to its essential absurdity, to the abstractions that threatened us, to the civilization of death that was being prepared for us. By saying no we declared that things had lasted long enough, and there was a line that could not be crossed, but at the same time we affirmed everything that felt short of that line. We affirmed that there was something within us that rejected the scandal of human suffering and could not be humiliated for too long.

Of course, this contradiction should have given us pause. We thought the world existed and struggled without any real values. And yet there we were, in a struggle against Germany. The French I knew in the resistance, who read Montaigne in the train while smuggling their pamphlets, proved that we could, at least in our country, understand the skeptics while retaining a sense of honor. And all of us consequently by virtue of the simple fact that we lived, hoped, and fought, were affirming something. But did this something have general value? Was it more than the opinion of an individual and could it serve as a rule of conduct?

The response is quite simple.

The men who I am speaking about were ready to die in the course of their revolt. Death would prove that they sacrificed themselves for a truth greater than their individual existence, and that exceeded their individual destiny. What our rebels were defending against a hostile fate was a value common to all people. When men were tortured in the presence of their housekeeper; when ears were hacked with diligence; when mothers were forced to condemn their children to death; when the just were buried like pigs; these men in revolt judged that something in them was being denied. Something that belonged not only to them but was a common good through which all men could achieve solidarity.

Yes, that was the great lesson of those disastrous years. That an insult aimed at a student in Prague affected a worker in the Paris suburbs. That blood spilled somewhere in the banks of an Eastern European river could lead a Texas farmer to spill his own on the ground of the Ardennes that he just got to know. And even this was absurd and crazy, impossible or nearly impossible to contemplate. But at the same time, there was, in that absurdity, the lesson that we found ourselves in a collective tragedy where a sense of shared dignity was at stake. A communion among men that had to be defended and sustained. With that in mind, we knew how to act and we learned that people, even in situations of absolute moral degradation, can find sufficient values to guide their conduct.

Once people began to realize the truth lay in communicating with each other, and mutual recognition of each other’s dignity, it became clear that this very communication was what had to be served. To maintain this communication, men needed to be free, since a master and a slave have nothing in common. And one cannot speak and communicate with a slave. Yes, bondage is a silence. The most terrible silence of all. To maintain this communication we had to eliminate injustice because there is no contact between the oppressed and the profiteer. Need is also relegated to silence. To maintain this communication we had to eliminate lying and violence. For the man who lies closes himself off from other men, and he who tortures and constrains imposes an irrevocable silence. From the negative impetus that was the starting point of our revolt, we drew an ethos of liberty and sincerity. Yes, it was the act of communication that was needed to oppose the murderous world. That’s what we understood going forward, and this communication must be maintained today if we are to protect ourselves from murder.

As we know now, we must fight against injustice, against slavery and terror. Because these 3 scourges are what makes silence reign among men, what builds barriers between them, what renders them invisible to one another and prevent them from finding the only value that might save them from this desperate world: the extended of man’s struggling against fate.

At the end of this long night, we finally know that what we must do in the face of this crisis torn world. What must we do? Call things by their name and understand that we kill millions of people each time we agree to think certain thoughts. You don’t think badly because you think you are a murderer, you are a murderer because you think badly. Hence, you can be a murderer without ever having killed, and this is why we are all more or less murderers.

The first thing to do is simply to reject in thought and action any acquiescent or fatalistic way of thinking.

The second thing to do is to unburden the world of the terror that reigns today and prevents clear thought.

And since I’ve been told that the United Nations is holding an important session in this very city, we might suggest that the first written text of this global organization should solemnly proclaim, in the wake of the Nuremberg trial, a worldwide abolition of capital punishment.

The third thing to do, whenever possible, is to put politics back in its true place, a secondary one. We need not furnish the world with a political or moral gospel or catechism. The great misfortune of our time is precisely that politics pretends to provide us with a catechism, with a complete philosophy, and sometimes even with rules for loving. But the role of politics is to keep things in order, and not to regulate our inner problems. As for me, I don’t know if there is any absolute. If there is one, I know that it is not of a political order. The absolute is not something that we can decide on as a whole, it’s for each of us to think of individually. Each of us has the inner freedom to reflect on the meaning of the absolute. And our external relationships should allow us that freedom.

Our life undoubtedly belongs to others, and it is right to sacrifice it if necessary. But our death belongs only to us. This is my definition of freedom. The fourth thing to be done is to seek out and to create, on the very foundation of our negativity, positive values that will reconcile negative thought with the potential for positive action. That is the work of philosophers, which I have barely touched upon here.

The fifth thing is to fully understand that this attitude means creating a universalism in which all people of good will can come together. To leave solitude behind we must speak. But we must always speak frankly and on all occasions never lie and always say everything we know to be true. But we can only speak a truth in a world in which it is defined and found in values shared by everyone. It isn’t Mr. Hitler who decides what’s true or false. Nobody in this world, now or ever, should have the right to decide that their own truth is good enough to impose on others. For only the shared consciousness of men and women can realize this ambition. The values sustaining this shared consciousness must be rediscovered. The freedom we must finally win is the freedom not to lie. Only then can we discover our reasons for living and for dying.

So here is where we stand, and I probably took the long way there, but after all the history of mankind is the history of its errors, not its truths. Truth is probably like happiness, simple and without a history. Does this mean we’ve resolved all of our problems? No, of course not. The world is neither better nor more reasonable. We still haven’t left absurdity behind, but we have at least one reason to force ourselves to change our behavior, and this is the reason we’ve been missing. The world would still be a desperate place if men and women didn’t exist. But they do, along with their passions, their dreams, and their communion. A few of us in Europe have combined a pessimistic view of the world with a profound optimism for humankind.

We can’t pretend to escape from history for we are in history. We can only aspire to do battle in the arena of history to save from it that part of man which does not belong to it. We want only to rediscover the paths to civilization where man, without turning his back on history, will no longer be enslaved by it. With the obligation each person incurs with regard to others will be balanced by time for reflection, pleasure, and the happiness every person owes themselves.

I would venture to say that we will always refuse to worship events, facts, wealth, power, history as it unfolds, and whatever the world becomes. We want to see the human condition for what it is. We know what it is. It is this terrible condition that takes truckloads of blood and centuries of history to arrive at some imperceptible shift in human destiny. Such is the law. For years during the 18th-century heads fell like hail in France. The French revolution inflamed all hearts with enthusiasm and terror. Eventually at the start of the next century, we eventually replaced traditional monarchy with constitutional monarchy. We who lives in France in the 20th century know this terrible law only too well. It took war, the occupation, massacres, a thousand prison walls, and a Europe wracked by grief for a few of us to finally grasp 2 or 3 insights that might slightly diminish our despair.

In a situation like ours, optimism seems scandalous. We know that those of us who are dead today were the best among us, since they appointed themselves. And we who are still living must remind ourselves that we are only alive because we did less than others. And this is why we continue to live a contradiction. The only difference is that this generation can now join this contradiction to an immense hope for humankind. Since I wanted to tell you something about French sensibility, it will suffice that you will remember this. Today in France and in Europe, there is a generation who thinks that anyone who places his hope in the human condition is mad, but that anyone who despairs of events is a coward. This generation refuses absolute explanations and the rule of political philosophies, but wishes to affirm men and women in their flesh and in their striving for liberty. This generation does not believe the achievement of universal happiness and satisfaction is possible, but it does believe in diminishing human sorrow. It is because the world, in its essence, unhappy, that we need to create some joy. Because the world is unjust we need to work towards justice. And because the world is absurd, we must provide it with all its meaning. In the end what does it all mean? It means that we must be modest in our thoughts and our actions, stand our ground and do our best work. It means that we must create communities and think outside parties and governments in order to foster dialogue across national borders. The members of these communities will affirm, by their lives and their words, that this world must cease to be the world of police, soldiers and money, and become the world of men and women, of fruitful work and thoughtful leisure. This is where I think we ought to direct our effort, our thinking, and if necessary, our sacrifice. The corruption of the ancient world began with the murder of Socrates, and we killed many of him in Europe over these few years. That is the sign. It is the sign that only socratic spirit of indulgence toward others and rigor toward one’s self can truly threaten murderous civilization. It is the sign that only this frame of mind can repair the world. All other efforts, however admirable, that rely on power and domination can only mutilate men and women more grievously. This, in any case, is the modest revolution that we French and Europeans are experiencing now.

Perhaps you are surprised that a French writer on an official visit to America does not feel obligated to present you some idyllic portrait of his country and has made no effort thus far what is generally called propaganda. But perhaps, when you reflect on the issues I have raised it will seem obvious why. Propaganda, I suppose, is designed to provoke within people feelings that they don’t possess. But the French people who have shared our experience ask neither to be pitied nor loved by decree. The only national problem of concern to them was not dependent on world opinion. For 5 years what mattered to us was to know if we could save our honour. That is, if we could preserve the right to speak for ourselves the day the war was over. We weren’t looking to anyone else to grant us this right. We needed to grant it to ourselves. This was not easy. But in the end if we did give ourselves this right it is because we know, and we are the only ones who know, the true extent of our sacrifices. Yet we are not entitled to give lessons. We have only have the right to escape the humiliating silence of those who were beaten and vanquished because they disdained humankind for too long. Beyond this, I ask you to believe that we will know how to keep our place.

Perhaps, as some have said, there is indeed a chance that the history of the next 50 years will be made in part by nations other than France. I have no personal opinion on this question. I know only that our nation, which lost 1,620,000 a quarter century ago, and which has just lost several hundred thousands more volunteers must recognized that it has exhausted, or allowed others to exhaust, its strength. That is a fact. And the opinion of the world, its consideration or disdain, cannot change that fact. That is why it would seem to me ludicrous to solicit or try to affect it. But it does not seem ludicrous to me to underline how the present world crisis stems from these quarrels about presidents and power. To summarize this evening and speaking now for myself, I would like to say just this: whenever we judge France, or any other country, or any matter, in terms of power, we are aiding and abetting a conception of man that leads inevitably to his mutilation. We are reinforcing the thirst for domination and we are headed towards the sanctioning of murder. What goes for the world of action goes for ideas. And those who say or write that the end justifies the means, those who say and write that greatness is measured by force, they are absolutely responsible for the atrocious accumulation of crimes disfiguring contemporary Europe.

I think I have expressed everything I felt duty bound to tell you. My duty was to remain faithful to the voices and the experiences of our European comrades so that you not be tempted to be judge them out of hand, for they sit and judge men over no one. No one, that is, except the murderers. And they regard all nations with the hope and certitudes that each are capable of finding the human truth that each contains. Speaking in particular to the young Americans in the audience this evening, I can say that the people I have spoken about have great respect for your humanity and your taste for freedom and happiness, which can be discerned among the faces of great  Americans. Yes, they expect from you what they expect of all men of goodwill: a loyal contribution to the spirit of dialogue that they want to infuse the world with.

Our struggles, our hopes, and our demands seen from afar may appear confused or futile to you. And it is true that on the road to wisdom and truth, if there is one, these men have not chosen the straightest or the simplest path. This is because neither the world nor history have offered them anything straghtforward or simple. They are trying to forge with their own hand the secret they could not find in their given condition. And perhaps they will fail. But I am convinced that if they fail, so will the on this question. I know only that our nation, which lost 1,620,000 a quarter century ago, and which has just lost several hundred thousands more volunteers must recognized that it has exhausted, or allowed others to exhaust, its strength. That is a fact. And the opinion of the world, its consideration or disdain, cannot change that fact. That is why it would seem to me ludicrous to solicit or try to affect it. But it does not seem ludicrous to me to underline how the present world crisis stems from these quarrels about presidents and power. To summarize this evening and speaking now for myself, I would like to say just this: whenever we judge France, or any other country, or any matter, in terms of power, we are aiding and abetting a conception of man that leads inevitably to his mutilation. We are reinforcing the thirst for domination and we are headed towards the sanctioning of murder. What goes for the world of action goes for ideas. And those who say or write that the end justifies the means, those who say and write that greatness is measured by force, they are absolutely responsible for the atrocious accumulation of crimes disfiguring contemporary Europe.

I think I have expressed everything I felt duty bound to tell you. My duty was to remain faithful to the voices and the experiences of our European comrades so that you not be tempted to be judge them out of hand, for they sit and judge men over no one. No one, that is, except the murderers. And they regard all nations with the hope and certitudes that each are capable of finding the human truth that each contains. Speaking in particular to the young Americans in the audience this evening, I can say that the people I have spoken about have great respect for your humanity and your taste for freedom and happiness, which can be discerned among the faces of great  Americans. Yes, they expect from you what they expect of all men of goodwill: a loyal contribution to the spirit of dialogue that they want to infuse the world with.

Our struggles, our hopes, and our demands seen from afar may appear confused or futile to you. And it is true that on the road to wisdom and truth, if there is one, these men have not chosen the straightest or the simplest path. This is because neither the world nor history have offered them anything straghtforward or simple. They are trying to forge with their own hand the secret they could not find in their given condition. And perhaps they will fail. But I am convinced that if they fail, so will the on this question. I know only that our nation, which lost 1,620,000 a quarter century ago, and which has just lost several hundred thousands more volunteers must recognized that it has exhausted, or allowed others to exhaust, its strength. That is a fact. And the opinion of the world, its consideration or disdain, cannot change that fact. That is why it would seem to me ludicrous to solicit or try to affect it. But it does not seem ludicrous to me to underline how the present world crisis stems from these quarrels about presidents and power. To summarize this evening and speaking now for myself, I would like to say just this: whenever we judge France, or any other country, or any matter, in terms of power, we are aiding and abetting a conception of man that leads inevitably to his mutilation. We are reinforcing the thirst for domination and we are headed towards the sanctioning of murder. What goes for the world of action goes for ideas. And those who say or write that the end justifies the means, those who say and write that greatness is measured by force, they are absolutely responsible for the atrocious accumulation of crimes disfiguring contemporary Europe.

I think I have expressed everything I felt duty bound to tell you. My duty was to remain faithful to the voices and the experiences of our European comrades so that you not be tempted to be judge them out of hand, for they sit and judge men over no one. No one, that is, except the murderers. And they regard all nations with the hope and certitudes that each are capable of finding the human truth that each contains. Speaking in particular to the young Americans in the audience this evening, I can say that the people I have spoken about have great respect for your humanity and your taste for freedom and happiness, which can be discerned among the faces of great  Americans. Yes, they expect from you what they expect of all men of goodwill: a loyal contribution to the spirit of dialogue that they want to infuse the world with.

Our struggles, our hopes, and our demands seen from afar may appear confused or futile to you. And it is true that on the road to wisdom and truth, if there is one, these men have not chosen the straightest or the simplest path. This is because neither the world nor history have offered them anything straghtforward or simple. They are trying to forge with their own hand the secret they could not find in their given condition. And perhaps they will fail. But I am convinced that if they fail, so will the on this question. I know only that our nation, which lost 1,620,000 a quarter century ago, and which has just lost several hundred thousands more volunteers must recognized that it has exhausted, or allowed others to exhaust, its strength. That is a fact. And the opinion of the world, its consideration or disdain, cannot change that fact. That is why it would seem to me ludicrous to solicit or try to affect it. But it does not seem ludicrous to me to underline how the present world crisis stems from these quarrels about presidents and power. To summarize this evening and speaking now for myself, I would like to say just this: whenever we judge France, or any other country, or any matter, in terms of power, we are aiding and abetting a conception of man that leads inevitably to his mutilation. We are reinforcing the thirst for domination and we are headed towards the sanctioning of murder. What goes for the world of action goes for ideas. And those who say or write that the end justifies the means, those who say and write that greatness is measured by force, they are absolutely responsible for the atrocious accumulation of crimes disfiguring contemporary Europe.

I think I have expressed everything I felt duty bound to tell you. My duty was to remain faithful to the voices and the experiences of our European comrades so that you not be tempted to be judge them out of hand, for they sit and judge men over no one. No one, that is, except the murderers. And they regard all nations with the hope and certitudes that each are capable of finding the human truth that each contains. Speaking in particular to the young Americans in the audience this evening, I can say that the people I have spoken about have great respect for your humanity and your taste for freedom and happiness, which can be discerned among the faces of great  Americans. Yes, they expect from you what they expect of all men of goodwill: a loyal contribution to the spirit of dialogue that they want to infuse the world with.

Our struggles, our hopes, and our demands seen from afar may appear confused or futile to you. And it is true that on the road to wisdom and truth, if there is one, these men have not chosen the straightest or the simplest path. This is because neither the world nor history have offered them anything straghtforward or simple. They are trying to forge with their own hand the secret they could not find in their given condition. And perhaps they will fail. But I am convinced that if they fail, so will the world. In a Europe still poisoned by violence and deep seated hatred, in a world torn apart by terror, they try to save for mankind what can still be saved. And that is their only ambition. If such an effort can find some expression in France, and if this evening I have been able to give you a faint idea of the passion for justice that inspires all French people, it will be our sole consolation, and my humblest source of pride.