Unión Europea

‘Pax Trumpia’. De Joschka Fischer

Una guerra comercial transatlántica de represalias mutuas causaría perdedores en todos lados. La UE no tiene otra opción que negociar, aunque sea a regañadientes.

La canciller alemana, Angela Merkel, junto al presidente francés, Emmanuel Macron (i) y al presidente de EE UU, Donald Trump (d), durante el G20 de Hamburgo, el pasado julio. AFP

Joschka Fischer fue ministro de asuntos exteriores de Alemania y vicecanciller entre 1998 y 2005.

Joschka Fischer, 30 marzo 2018 / EL PAIS

El desprecio del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, por el sistema internacional, es real y se está reflejando en políticas concretas. Su decisión de imponer 50.000 millones en gravámenes punitivos a la importación de muchos bienes chinos podría afectar seriamente el comercio global; y si bien eximó, a último minuto, los productos de la Unión Europea, todavía puede que Europa acabe en la línea de fuego.

Está claro que el enfoque “América, primero” no dejará intactas las reglas sobre las que se sustenta el orden internacional. EE UU desarrolló el orden de posguerra y por décadas hizo predominar sus reglas. Pero ya no es el caso. Las medidas recientes de Trump no giran solamente en torno al comercio, sino al abandono de la Pax Americana misma.

Pocos países están más conectados al orden de posguerra que Alemania que, al igual que Japón, debe su resurgimiento económico, a partir de 1945, al nuevo sistema comercial internacional. La economía alemana depende fuertemente de las exportaciones, lo que significa que es muy vulnerable a las barreras comerciales y a los gravámenes punitivos que impongan sus socios más importantes.

Además, las políticas proteccionistas de Trump retan el modelo económico alemán tal como ha existido desde la década de los cincuenta. No es un mero detalle el hecho de que Trump haya señalado una y otra vez a Alemania, uno de los más cercanos aliados de EE UU en Europa. Si bien los optimistas dirán que los ladridos de Trump son peores que su mordida —que sus declaraciones sobre el comercio, al igual que las amenazas a Corea del Norte, forman simplemente parte de una estrategia de negociación—, los pesimistas pueden responder con una pregunta razonable: ¿Qué pasa si Trump realmente cree en lo que dice?

Alemania no debería hacerse ilusiones frente a una guerra comercial transatlántica. A pesar de pertenecer a la UE y al Mercado Único, sería uno de los mayores perdedores, debido a su dependencia comercial y al estado actual de las relaciones transatlánticas.

Seguramente que los Estados miembros de la UE que han acusado a Alemania de arrogancia podrían ver este resultado con algo de schadenfreude (complacencia malsana), pero un debilitamiento de la mayor economía de la UE tendría de inmediato efectos negativos sobre todo el bloque. El retiro del Reino Unido de la UE ya está causando disonancias políticas entre los Estados miembros, y los populistas antieuropeos acaban de ganar la mayoría parlamentaria en Italia.

“Una guerra comercial transatlántica de represalias
mutuas causaría perdedores en todos lados y abriría
un nuevo periodo de aislacionismo y proteccionismo”

Para empeorar las cosas, ni Alemania ni la Comisión Europea, que trata los problemas comerciales en representación de los Estados miembros de la UE, se encuentran en una posición de solidez para enfrentarse a Trump. La insensatez de las autoridades alemanas, que escogieron ignorar las críticas sobre el persistentemente alto superávit acumulado en el balance en cuenta corriente del país, ha quedado al descubierto. Si el último Gobierno alemán hubiera reducido este superávit —que el año pasado batió un nuevo récord— al impulsar la inversión interna, Alemania estaría en mejor posición para responder a las amenazas de Trump.

Al pensar en la posibilidad de una guerra comercial transatlántica, deberíamos recordar el dicho, que se suele atribuir al Mahatma Gandhi: “ojo por ojo, y acabaremos todos ciegos”. Una guerra comercial transatlántica de represalias mutuas causaría perdedores en todos lados y abriría un nuevo periodo de aislacionismo y proteccionismo. Si va demasiado lejos, incluso podría llevar a un colapso de la economía global y a la desintegración de Occidente. Por esta razón, la UE no tiene otra opción que negociar, aunque sea a regañadientes.

Una consecuencia previsible de la revolución comercial de Trump es que empujará a Europa hacia China, que ya está alcanzando a la UE a través de su Iniciativa Belt and Road de inversiones y proyectos de infraestructura a lo largo de Eurasia. A medida que en los próximos años aumenten las alternativas al transatlanticismo orientadas hacía Oriente, Europa se verá ante el difícil reto de encontrar el equilibrio justo entre Oriente y Occidente. Los europeos ahora tienen que preocuparse no solo por Rusia, sino también por la nueva superpotencia: China.

“Cualquiera podría creer que el principal objetivo
de política exterior de Trump es ayudar a los chinos
en su lucha por la influencia global”

Ni Estados Unidos, ni Europa, tienen interés en destruir o perturbar las relaciones comerciales transatlánticas. Los dirigentes chinos estarán probablemente celebrando en privado la promesa de la administración Trump de “volver a hacer grande a Estados Unidos”, porque hasta ahora no ha hecho más que socavar los intereses estadounidenses y anunciar la próxima grandeza de China. De hecho, pese a los gravámenes aduaneros que Trump quiere imponer a China —en respuesta a sus supuestas violaciones a la propiedad intelectual— cualquiera podría creer que el principal objetivo de política exterior de Trump es ayudar a los chinos en su lucha por la influencia global.

Una de las primeras medidas de Trump tras asumir el cargo fue retirar a Estados Unidos de la Asociación Transpacífico, un acuerdo comercial que habría creado un dique de contención contra China en la región Asia-Pacífico. Hoy China tiene la posibilidad de fijar las reglas del comercio en un área que cubre cerca del 60% de la economía planetaria. De la misma manera, lo más probable es que los gravámenes a la importación de acero y aluminio ayuden a China y afecten negativamente a los aliados europeos de EE UU. No se puede culpar a los chinos por tratar de capitalizar esta oportunidad caída del cielo.

En los próximos meses, la debilidad fundamental de Europa se hará cada vez más evidente. La prosperidad europea depende de la voluntad de EE UU de dar garantías de seguridad y guiar el orden internacional liberal. Sin EE UU, encerrado en un nacionalismo atávico, los europeos se han quedado solos. Cabe esperar que sean capaces de actuar con rapidez para preservar su unidad y salvar el sistema internacional que, desde décadas, les ha proporcionado paz y prosperidad.

Joschka Fischer fue ministro de Relaciones Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005 y líder del Partido Verde alemán durante casi 20 años.
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

La reconstrucción. De Beatriz Becerra

Es necesario que en Cataluña haya respeto a las leyes, que todos tengan voz y que se materialice el valor para defender ideas que han sido estigmatizadas. No debe volver a suceder que desde fuera de la ley se imponga un modelo a todos.

Beatriz Becerra

Beatriz Becerra, escritora y eurodiputada liberal española.

Beatriz Becerra, 2 octubre 2017 / EL PAIS

La mayoría de nosotros estamos viviendo la situación de Cataluña como una pesadilla de la que queremos despertar. Tras el referéndum ilegal y fraudulento del 1 de octubre, se avecina una declaración de independencia. Confío en la acción del Estado y en la fortaleza de la democracia española. La pesadilla terminará algún día y sus responsables rendirán cuentas. Entonces podremos ponernos en marcha con la reconstrucción.

Hay muchas propuestas y buenos deseos. Se invoca el federalismo, se proponen reformas constitucionales, se proyectan leyes de claridad a la canadiense. Todo esto me parece un poco ingenuo y precipitado. Para empezar, no sabemos ni cuál será el panorama político. Cuando el golpe fracase y se apliquen las medidas penales a los responsables, el equilibrio de partidos cambiará en Cataluña. Pueden ocurrir tantas cosas que no vale la pena ni enumerarlas: tardamos menos en esperar y ver.

el paisCasi todas las propuestas que se plantean para el 2 de octubre tienen un grave problema: ignoran el ambiente que ha hecho posible la situación que ahora vivimos. A día de hoy, en Cataluña, la verdad y la mentira se confunden como en el Reino Unido previo al referéndum del Brexit o como en Estados Unidos antes de la victoria de Donald Trump. Igual que en estos dos países, la xenofobia se pasea orgullosa por el espacio público, con menos oposición aquí que en los países anglosajones. La democracia ha dejado de ser un régimen de convivencia de los diferentes: ahora sirve para justificar que unos pocos se apropien de los derechos de todos ignorando por completo las leyes. Todo esto se ha acelerado en relativamente poco tiempo, pero no ha salido de la nada.

El realismo es esencial en política. Tengo mis ideas sobre el nacionalismo y sobre la organización territorial del Estado, las defiendo y las defenderé, pero no tengo problema en aceptar algo de frustración: en una sociedad plural hay que saber renunciar a parte de tus principios por el bien de la convivencia. ¿Cómo no voy a creer en el diálogo si soy eurodiputada? En Bruselas se habla con todos y acerca de todo. Lo que ocurre es que Cataluña no es Bruselas. Algunas ideas y posiciones han sido marginadas, estigmatizadas y hasta perseguidas. No han desaparecido, pero han quedado silenciadas, recluidas, mientras otras, las de los nacionalistas, se enseñorean.

“Antes o después habrá que empezar a construir
un espacio común que refleje el pluralismo”

Antes o después habrá que empezar a construir un espacio común en Cataluña que refleje el pluralismo de la sociedad, que visibilice todas las ideas, todas las posiciones, que permita a los ciudadanos escuchar los argumentos de todos, y no sólo los de los mismos de siempre. Un espacio así no evitaría que se dijeran mentiras, pero sí haría más difícil que prosperaran. En un espacio así, la negociación y el diálogo serían justos y equilibrados. De hecho, cuando no se dan estas condiciones no hay negociación: hay chantaje.

1505999970_254359_1507309486_noticia_normal_recorte1En Cataluña se ha dicho que un referéndum que excluye a la inmensa mayoría de los españoles es democrático. En Cataluña siguen siendo públicos los estatutos de la Asociación de Municipios por la Independencia, un repugnante texto supremacista. En Cataluña se ha dicho que tras la independencia unilateral, la UE la recibirá con los brazos abiertos. Y el problema no es que se diga, sino que la respuesta apenas se escuche, que se normalice la xenofobia, que la verdad no se diferencie de la mentira.

Por eso me parece positiva la publicación de manifiestos y posicionamientos de intelectuales de izquierdas contra el referéndum. La izquierda ha olvidado durante demasiado tiempo la importancia de ese espacio común y, convencida de que lo progresista es subirse al carro identitario, parecía más preocupada por obtener el sello de catalanidad que otorgan los nacionalistas que por defender la igualdad de todos los ciudadanos. Lástima que hayamos tenido que llegar hasta aquí para que algunos espabilen, pero, sea como sea, veo una oportunidad para que el constitucionalismo recupere su espacio en Cataluña.

La reconstrucción no es cosa sólo de los partidos políticos. Medios de comunicación, agentes sociales, asociaciones de todo tipo… toda la sociedad catalana debe reflexionar sobre lo ocurrido y contribuir en la tarea. Y no sólo la catalana: es hora de revisar nuestra relación con el nacionalismo, que es tanto como decir los valores de nuestra democracia. El imperio de la ley no es un fetiche, sino la única garantía de la libertad y de la igualdad: fuera de él sólo hay tiranía. ¿Cómo es posible que al explicar esto te puedan llamar fascista? Creo que se debe, en parte, a cierta dejadez; y, en parte, a que se ha silenciado, al menos en Cataluña, al que lo ha sostenido.

El espacio público del que hablo es el lugar en el que se produce el debate de ideas. Está hecho pedazos, y a la hora de recomponerlo será imprescindible asegurarnos de que no es posible manipular a los medios de comunicación como han hecho los nacionalistas hasta la fecha. Harán falta voluntad política y recursos para evitar el monopolio informativo del que han dispuesto. También será necesario cierto examen de conciencia: qué papel ha tenido cada uno en la exclusión de ciertas ideas o incluso en resultar simpático a los señoritos de la finca.

Respeto a las leyes, voz para todos y valor para defender ideas que han sido estigmatizadas: esto es para mí la reconstrucción. Sentadas estas bases, podremos hablar de competencias, de reformas, de acuerdos. Insisto, yo tengo mis posiciones y no creo que todas valgan lo mismo, pero todos tendremos que estar dispuestos a ceder en algo. Lo que no puede volver a ocurrir es que unos gobernantes y partidos fuera de la ley traten de imponerse al conjunto de los catalanes y de los españoles. Es decir, que se pretenda que algunos cedamos en todo y otros en nada.

 

Beatriz Becerra: “La ideología del ‘procés’ es el supremacismo”

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Eurodiputada sin partido tras abandonar UPyD y vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo, es una de las personas que más ha peleado para que la UE condene el independentismo catalán.

Darío Prieto, 7 octubre 2017 / EL MUNDO

¿Cómo definiría su trabajo en la UE sobre el procés?
El proceso secesionista en Cataluña por fin se ha convertido en un tema central, algo que llevo mucho tiempo reclamando. Porque es algo que afecta de manera el mundodirecta a los fundamentos de la Unión Europea. Somos una comunidad de valores y lo que tenemos, dándoles forma y seguridad a todos es un marco legal. Y el procés ataca a ambas cosas. Lo que está debajo, detrás y por encima del proceso secesionista es una ideología supremacista, excluyente, rupturista. He denunciado en estas últimas semanas el adoctrinamiento en los colegios, el señalamiento de cargos públicos, el insulto y el discurso del odio. Los derechos de los ciudadanos están por encima de cualquier intención de una parte de ellos de apropiarse de las instituciones.

Puigdemont habla de “un solo pueblo”.
Los pueblos no existen. Lo que existen son los ciudadanos. La apropiación indebida de ese concepto, esa sinécdoque trágica de la parte por el todo, es inadmisible. Y no es nada nuevo: la apelación al supremacismo, a la bondad de algunos respecto al resto, está en el origen de todos los totalitarismos. Otra mentira, la esencial originaria, es la del supuesto derecho de autodeterminación. Pero el derecho a decidir es una falacia.

¿Tiene que haber mediación internacional, como algunos piden?
Es un disfraz y un intento de ganar tiempo. La UE, como tal, podría tener algún tipo de papel mediador cuando hubiera un conflicto entre estados miembros. Esta llamada a la mediación es una muestra más de la volatilidad de los principios de los separatistas golpistas, que utilizan en cada momento lo que les puede convenir para sus intereses, que tienen que ver con la búsqueda de impunidad para los delitos que han cometido.

¿Cómo cree que obró el Gobierno el 1-O?
La asunción por parte del gobierno de que los Mossos iban a acatar las órdenes judiciales fue de una ingenuidad difícilmente justificable. Y mandar de manera tardía, con las personas reunidas en los supuestos colegios electorales fue un error. Se dio la oportunidad de que ocurriera algo que nunca debía haber ocurrida.

¿Cómo valora la actitud de Mariano Rajoy?
Su posición hasta ahora, de dejar que las cosas se desarrollen y el caldo se haga, no es aceptable en este momento.
¿Y el PSOE?
Está demostrando una capacidad máxima de equidistancia y trilerismo. Ese pretender jugar a dos bandas, sin perder de vista oportunidades electorales y a la vez, justificar un supuesto sentido de Estado, no está a la altura de lo que es el PSOE.
¿Podemos?
El afán de protagonismo de Pablo Iglesias y su voluntad destructiva de todo lo que hemos conseguido en España es evidente. Su objetivo es arrasar y establecer una versión totalitaria e involucionista de lo que debe ser un país democrático. Es aliado de cualquiera que sirva para sus fines: el independentismo, los representantes del terrorismo de ETA… No tiene escrúpulos ni prejuicios.

¿CUP?
Lo más rancio de la kale borroka del País Vasco está ahí. Y se da una disonancia entre lo que proclaman, con las formas antisistema con que pretenden dotarse, y un carácter acomodado y pijo completamente incoherente. Es muy nocivo para lo sociedad que quien vive en la incoherencia y en la destrucción pueda tener capacidad de acción.

¿Nada que criticar al discurso del Rey?
El rey no es un mediador, ni apaciguador, ni gestor de emociones. Todos los españoles y catalanes tienen que tener la seguridad y la tranquilidad de que van a estar protegidos y acompañados. Y que sus derechos van a estar preservados.

Después del 155, ¿qué?
Ahora mismo el Govern está en manos de delincuentes. Sí que tiene que haber una negociación con interlocutores elegidos de nuevo. El diálogo es otro instrumento, pero, en sí mismo, no lleva a ningún sitio. Lo que debe haber es una negociación con objetivos, líneas rojas y voluntad de acuerdo y cesión. Si no, hablamos de un chantaje.
¿Y qué pasa con los dos millones que quieren la independencia?
Hay un número muy grande de ciudadanos de Cataluña que han asumido como propios los principios del independentismo. Y lo apoyan de una manera completamente acrítica, viéndolo como un destino fatal. Pero no estoy de acuerdo con esa idea de fatalidad.

¿Van perdiendo el miedo los catalanes contrarios a la independencia?
No es cierto que la voluntad de la mayoría de los catalanes sea la independencia. Lo que hay es un gran volumen de la población que está secuestrado, arrinconado, porque si no estás en el ámbito de los verdaderos catalanes, no puedes vivir. Es nuestra responsabilidad liberar a los rehenes, porque les hemos dejado solos.

La última pregunta: ¿Se siente sola peleando en medio de todo este jaleo?
Cuando te eligen para algo tienes que ser útil e intentar buscar soluciones. Sobre todo en un lugar como el Parlamento Europeo, que es el lugar donde hay que estar. El hecho de ser una diputada independiente, sin partido ni perrito que me ladre, hace que sea también muy libre.

Ocho terrenos para un despertar europeo. De Jacques Delors, Jacques Santer, Romano Prodi y Etienne Davignon

Medidas muy concretas pueden servir para relanzar el proyecto que echó a andar hace 60 años.

Jacques Delor

Jacques Delors, Jacques Santer, Romano Prodi y Etienne Davignon, 26 marzo 2017 / EL PAIS

El debate europeo está lleno de confusión, dudas, miedos y desencanto. Sin embargo, nosotros nos rebelamos. No es verdad que los derrotistas sean inteligentes y los voluntaristas, unos ilusos. La historia de Europa está llena de guerras salvajes; por eso, hace 70 años, los europeos decidieron cambiar su rumbo. Los europeos son una parte cada vez menor de la población mundial, pero nos negamos a aceptar que nuestro destino es convertirnos en un ente marginal. Ante la globalización y la velocidad del cambio, nuestros ciudadanos quieren que nuestro modelo de sociedad esté protegido.

Jacques Santer

La UE garantiza la calidad de los alimentos y del agua, abarata los costes del teléfono, internet, el transporte y la energía y certifica la calidad de los nuevos fármacos. Nuestra carta de derechos fundamentales garantiza las libertades individuales. No olvidemos que, en 1957, solo 12 de los miembros actuales de la UE eran democracias. El modelo social europeo es el único del mundo que ofrece a todos educación, sanidad, rentas mínimas, pensiones, vacaciones anuales e igualdad entre hombres y mujeres. Por supuesto, es un modelo imperfecto. Siguen existiendo demasiadas desigualdades.

Jean-Claude Juncker ha presentado a los Estados miembros y el Parlamento Europeo cinco perspectivas de futuro. Los Estados miembros deben estudiarlas, y entonces podrá comenzar el verdadero debate sobre la Unión. Antes de enumerar nuestras propuestas, debemos desmentir dos cosas: Algunos Estados miembros dicen que no se puede hacer nada sin modificar el Tratado. No. Todas nuestras propuestas son compatibles con el Tratado de Lisboa. Lo único necesario es la voluntad de actuar. Tampoco es cierto que la Unión de varias velocidades sea incompatible con el propio concepto del proyecto europeo.

Romano Prodi

En estos 60 años, los Estados miembros han tenido siempre distintas obligaciones. El tratado original ya lo preveía. De modo que no inventamos nada nuevo, ni cuestionamos los principios fundamentales, solo queremos organizar esas diferencias, que serán permanentes o provisionales según lo que decidan los Estados miembros.

Con dificultades, hemos logrado evitar que la crisis financiera originada en Estados Unidos destruyera nuestra unión monetaria, pero hay que corregir su fragilidad estructural. El BCE ha asumido plenamente su papel, pero el Consejo de Ministros ha tenido que recurrir en ocasiones a procedimientos intergubernamentales. El Consejo debe tener plenas competencias en la unión monetaria. Y el Parlamento Europeo debe poder opinar sobre sus deliberaciones. La gestión de la unión monetaria implica unas responsabilidades y unos beneficios que no afectan a quienes no pertenecen a ella. La eurozona permanecerá abierta a los países que quieran y puedan integrarse en ella, porque uno de los grandes méritos de la construcción europea es no imponer límites a ningún Estado miembro, pero tampoco se puede impedir que otros avancen más.

Etienne Davignon

Hay que salvaguardar el mercado único, que da fuerza a la UE en todo tipo de negociaciones. La amenaza terrorista solo puede combatirse mediante una estrategia con cuatro pilares: Asegurar una cooperación policial y judicial ejemplar y controlar las fronteras exteriores. Emplear los medios necesarios para garantizar la libre circulación de personas en el espacio Schengen y combatir contra los traficantes de personas. Exigir a los que deseen vivir en la Unión el respeto a nuestros valores esenciales y a los Estados miembros el respeto a nuestra carta de derechos fundamentales. Seguir desarrollando la ayuda al desarrollo para que los países en guerra puedan superar las consecuencias económicas de los conflictos.

Hay que distinguir entre los que huyen de las guerras y quienes desean trabajar en la UE. No puede cuestionarse la solidaridad. Y debemos trabajar para sustituir la inmigración ilegal por una legal y organizada.

La independencia exige capacidad militar y, aunque o sea necesario un nuevo tratado, debemos dar los primeros pasos concretos.

El desencanto europeo ha coincidido con la caída del crecimiento. Hay que reanimar las inversiones y dar un trato especial, en los presupuestos públicos, a todo lo que contribuya al crecimiento.

El reconocimiento mutuo de los títulos y el programa Erasmus han contribuido a que, para las generaciones jóvenes, Europa sea una plataforma única. Hay que extenderlo a la formación técnica y las prácticas laborales.

La protección del medio ambiente, la transición energética y el desarrollo sostenible constituyen el gran desafío de nuestro siglo. ¿Alguien piensa que es posible avanzar de verdad fuera de la Unión?

La innovación es lo único capaz de hacer que nuestras empresas sean productivas y creadoras de empleo en una economía globalizada. La inquietud actual de los medios científicos británicos demuestra el valor añadido de pertenecer a la UE.

La conclusión es sencilla. Sin Europa, el futuro es sombrío. Nuestros dirigentes no deben olvidarlo, porque están construyendo lo que mañana será nuestra historia. No debemos ser solo gestores del presente, sino tener una perspectiva, una estrategia y unos objetivos. Debemos estar orgullosos de lo que conseguido, saber corregir nuestros errores y tener la solidaridad indispensable para construir un futuro común.

Jacques Delors, Jacques Santer y Romano Prodi son expresidentes de la Comisión Europea. Étienne Davignon es exvicepresidente de la Comisión Europea

Firman también este artículo Edmond Alphandery, Joachim Bitteerlich Brinkhorst, Phillippe Busquin, Willy Claes, Henri de Castries, Jaap de Hoop Scheffer,Mark Eyskens, Elisabeth Guigou, Pascal Lamy, Yves Leterme, Thomas Leysen, Louis Michel, Philippe Maystadt, Gerard Mestrallet, Joelle Milquet, Mario Monti, Annemie Neyts, Onno Ruding, Javier Solana, Antoinette Spaak Touskalis, Herman Van Rompuy, Antonio Vitorino, Enrique Baron, John Bruton, Gerhard Cromme, Franco Frattini, Wolfgang Ischinger, Stefano Micossi, Riccardo Perrischi y Andris Piebalgs.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

Columna transversal: Trump no gana en Europa. De Paolo Luers

Trump no es el inicio de una ola de populismo y autoritarismo en los países industrializados. Es más bien el inicio del fin.

Paolo Luers, 24 marzo 2017 / EDH

Observando el accidentado arranque de su gobierno, un arranque sin luna de miel, con menos apoyo popular de todos los presidentes de la reciente historia, en Europa los movimientos de derecha populista y nacionalista se despertaron muy rápido de sus festejos de una supuesta “nueva era nacionalista”.

En Austria, el candidato de la ultraderecha para la presidencia perdió contra un ecologista convencido de la integración europea. En Holanda, un envalentonado imitador de Trump (de su peinado hasta sus consignas anti-inmigrantes) Geert Wilders se propuso convertir las elecciones parlamentarias en un referéndum contra la integración europea y contra las políticas de integración de inmigrantes y refugiados. Lo logró, pero lo perdió. La similitud entre Trump y Wilders produjo lo contrario: una clara mayoría en pro del futuro del país dentro de la Unión Europea y en defensa de la larga tradición holandesa de liberalismo, tolerancia y sociedad abierta.

En Francia, la incapacidad de los dos partidos tradicionales –los socialistas y los conservadores- de enfrentar el auge del populismo, parecía llevar a una situación muy favorable para el movimiento ultranacionalista de Le Pen, la gran amiga de Donald Trump y Putin. Los socialistas gobernantes, ante el fracaso de su presidente François Hollande, se refugiaron en una trinchera de izquierda ortodoxa, condenándose ellos mismos a la marginación política. Los conservadores practicaron el deporte de destruir a todos sus potenciales candidatos y terminaron con el peor, un hombre que no tiene tiempo de hacer campaña electoral porque está ocupado defendiéndose de acusaciones de corrupción y nepotismo. Todo esto y de postre el triunfo de Trump parecía una mesa servida para los ultranacionalistas. Pero de repente surge algo insólito para Francia: un movimiento centrista, y postula a un candidato joven, liberal y defensor de la integración europea y del libre comercio: Emmanuel Macron. En pocas semanas desplaza a los candidatos de los socialistas y conservadores y comienza a enfrentarse a Le Pen y sus consignas racistas, aislacionistas y anti-europeas. Es él que va a alcanzar la segunda ronda, y será él que va a derrotar a Le Pen.

La idea de Europa, el concepto de una integración económica y política que supera los nacionalismos, de repente resulta nuevamente viva y atractiva. Y también la idea de una sociedad abierta, respetuosa de las diferencias religiosas, raciales, y culturales.

En esta situación pasa algo inesperado en Alemania. En los últimos años, el sistema político había sufrido un cierto desgaste. Había estabilidad política y económica, garantizada por la gran coalición entre los dos partidos mayoritarios, la Democracia Cristiana y la Socialdemocracia, y por el liderazgo de Angela Merkel. Pero la prolongada existencia de la gran coalición cobraba un precio: una falta de debate político, de polarización, y también de oposición. En este desgaste, y aprovechando las angustias creadas por la entrada a Alemania de más de un millón de refugiados, principalmente de Medio Oriente, nació una nueva derecha que se enfrentó a dos consensos básicos de la gran colación: la aceptación de los refugiados y la integración europea. Nació de nuevo el monstruo del nacionalismo alemán, cobrando fuerza en varias elecciones regionales. Y la gran coalición, con su lógica de concertación y pactos permanentes entre las élites políticas, no sabía como responder a este reto. Hasta que el Partido Socialdemócrata, el socio minoritario en la gran coalición, rompe el equilibrio, renueva su dirigencia, y da inicio a algo que Alemania ya tenía tiempo de no ver: un debate y una competencia fuerte entre los dos partidos grandes. Pero con una característica: Ambos protagonistas: la democratacristiana Angela Merkel y el socialdemócrata Martin Schulz, ambos son fervientes defensores de la integración europea y de una Alemania inclusiva y plural. El debate es sobre cómo y sobre prioridades, y es fuerte y sustancial, pero el consenso básico queda intacto.

A un mes del lanzamiento de Martin Schulz, las encuestas lo ven a la par de Angela Merkel, con tendencia creciente. Y la Alternativa para Alemania, el movimiento populista-nacionalista, comienza a descender y deja de ser un peligro para Europa.

Resultado de todo esto: las democracias se han fortalecido y dinamizado en Francia, Holanda y Alemania, tres países clave para la unidad europea – y con consensos renovados sobre el camino de la integración europea y contra cualquier nacionalismo y aislacionismo. Estos consensos renovados y esta nueva dinámica política va a extenderse en el resto de Europa, incluso en los países donde el populismo y el nacionalismo ya han ganado terreno, como Polonia y Hungría. Haga lo que haga Trump, no va a lograr hacer retroceder en el resto del mundo la tendencia en pro de la integración y de la apertura comercial y política.

Duras lecciones británicas. De Federico Hernández Aguilar

IXVT_federicoFederico Hernández Aguilar, 13 julio 2016 / EDH

Europa está dejando de ser lo que era. Y bien rápido. Gran Bretaña se acaba de pegar un tiro en la ingle y los discursos nacionalistas que fragmentan al viejo continente parecen estar recibiendo el espaldarazo de ciudadanos fastidiados con el status quo. La sensatez, otrora patrimonio de la comunidad europea, en estos días es virtud ejercitada por minorías. El separatismo y el “ombliguismo” campean por doquier; la fraternidad se bate en retirada. Bajo el alud sentimental del neopopulismo cismático, ningún llamado a la unidad prende en las conciencias como antes.

diario hoyPero, ¿por qué los europeos se muestran ahora tan atraídos por las vetustas narrativas xenófobas? ¿En qué momento se olvidaron los británicos de aquella cordura histórica que les llevó a conformar, a la mitad del siglo XX, una sociedad de naciones destinada a enterrar para siempre las desconfianzas y las paranoias? El fenómeno es multicausal y genera muy diversas tesis, pero sin duda pueden identificarse algunos factores que acabaron siendo determinantes para el triunfo del llamado “Brexit”.

En primer lugar, el generalizado rechazo (por hoy electoralmente expresado solo en Reino Unido) a las formas tradicionales de la política institucional, encarnada en la insufrible burocracia instalada en Bruselas. Así como Donald Trump en Estados Unidos, el empresario que se puso a la cabeza del movimiento autonómico británico, Nigel Farage, resumió sus ideas en un grito: “¡Quiero recuperar mi país!”. Y dentro esa retórica patriotera, recuperación equivalía a la derrota del “establishment” político, del que Farage alegaba no sentirse parte.

A este discurso independentista de raigambre decimonónica debemos agregar sus numerosas falacias. El liderazgo populista del “Brexit” llegó a afirmar, por ejemplo, que el divorcio de la Unión Europea le iba a suponer al Servicio Nacional de Salud británico una inyección de 350 millones de libras esterlinas semanales, producto del ahorro que supondría dejar de atender a tantos extranjeros. Tamaño embuste se desvirtuaba solo, pero muchos votantes se lo tragaron enterito. Por supuesto, al obtener la victoria en el referendo, Nigel Farage fue de los primeros en reconocer que con aquella promesa se había “cometido un error” (sic).

El engaño a tantos ciudadanos también se vio facilitado por el agudo sentimiento de exclusión que por años ha permeado en las zonas rurales del Reino Unido. Fue allí donde la oralidad del “Brexit” obtuvo sus mayores triunfos, en contraste con el asombro que causaba la prédica de Farage o del otro visible impulsor del autogobierno, Boris Johnson, entre los jóvenes y los profesionales londinenses. Sin embargo, analizando estadísticas, quizá ni la totalidad del voto juvenil urbano habría podido impedir que Gran Bretaña saliera de la Unión Europea, y eso se debe a la implosión demográfica que sufren muchos países del viejo continente.

Las cifras del recambio generacional inglés se encuentran en rojo desde hace décadas, y los números del pasado 23 de junio reflejan este drama. Así, aunque más del 70% de los votantes entre 18 y 24 años decidieron permanecer en la UE, más del 80% de los británicos entre 55 y 64 años apoyaron el “Brexit”, uniéndose al 85% de los ciudadanos mayores de 65. Los jóvenes en edad para votar y menores de 25 conforman un raquítico 10% de la población del Reino Unido, mientras que el 18% arribó ya a los 65 años. Varias décadas de ataques a la familia han tenido por fin su costo: los “millennials” son hoy una minoría, y su incidencia electoral es tan episódica como su deseo de casarse y tener hijos.

La falta de liderazgo del conservadurismo pro-europeo tampoco ayudó a corregir el camino hacia el referéndum, un proceso que solo sirvió para que los aislacionistas redujeran la compleja realidad continental a uno o dos simplismos retóricos. Como alguna vez dijera Winston Churchill, “el problema de cometer un suicidio político es que uno llega a vivir para lamentarlo”. Y serán las nuevas generaciones británicas las que tendrán más tiempo para afinar ese lamento.

The Guardian view on Brexit and our partners: a letter to Europe. Editorial

 Protesters in Parliament Square during a demonstration against Britain’s decision to leave the EU on Saturday. ‘Please, bid goodbye in sorrow, not anger; and for all our sakes, do not bolt the door.’ Photograph: Neil Hall/Reuters

Protesters in Parliament Square during a demonstration against Britain’s decision to leave the EU on Saturday. ‘Please, bid goodbye in sorrow, not anger; and for all our sakes, do not bolt the door.’ Photograph: Neil Hall/Reuters

guardianEDITORIAL, 3 julio 2016 / THE GUARDIAN

The shockwave from the Brexit vote now reverberates through Europe. The dismay felt by so many in the UK is shared on the continent. Some of you reached out to us before the referendum, asking us to stay and stressing our common interests. Now it is our turn to appeal to you. Rebuffed by the result, and alienated by the crude triumphalism of Nigel Farage and other leavers, you may consider any request an impertinence. Your citizens have been among those targeted by the xenophobia unleashed. Continental Europeans may feel we do not deserve an audience.

Almost half of those who voted sought to continue our membership. The Guardian was one of the most determined voices on this side of the divide. But we, like the rest of the 48%, must now respect the verdict that we dreaded. You assumed that British pragmatism would triumph. We share your shock and anxiety. Tempted as you are, don’t write us off entirely. Many Britons seek the closest possible partnership with the European Union, and it is more urgent than ever to continue cooperation through every viable means.

Some of you are angry. Britain was already seen as an unwilling partner, dragging our feet and demanding endless concessions. Many more now see us as a wrecker, too: gambling with a fragile European economy; imperilling an institution created to safeguard peace. Others feel pity or contempt for a nation that backed Brexit on a series of fantasies and lies, already retracted, or schadenfreude as the cost of the folly becomes evident. You may wish to punish us, or simply tell us: good riddance. Britain should not expect special treatment. Nonetheless, at this precarious moment, we ask you to pause – in all our interests.

Above all, we need time. Britain voted against membership; we did not vote for an alternative. The public has not fully confronted the choice it faces between turning its back on the single market, or accepting continued EU migration in whatever form. For sure, make it clear to Brexiters that they cannot have the rights that come with the EU without the obligations. Spelling out Britain’s choices may help us to be more realistic. The country has decided against continuing down the same path, but our new route and eventual destination are unclear. There is a great deal to think through, and further decisions to make. They could involve parliament, perhaps even a general election. You hope for certainty and stability, but pressing too hard for the invocation of article 50 could force us to rush into choices that you may also regret. While Britain chooses a captain for turbulent waters, you will be preoccupied with your own decisions, cast into starker relief by the referendum vote. The UK no longer has the right to express any preference as you determine “how much” and what kind of Europe you want.

Seeking to punish us to prevent further exits is an understandable urge. The right policy will be that which prevents Britain’s exit becoming a ruinous catalyst. Across Europe, there is disengagement from mainstream politics, anger towards the elite and a hunt for foreign scapegoats, and in many places these have coalesced into anti-EU sentiment. We shared your alarm as Marine Le Pen’s Front National and other far right parties celebrated the British decision.

Large numbers of people feel ignored and ill-used, with little sense that they are benefiting from integration. In the UK, lies about straight bananas and exaggerations about the EU’s opacity fuelled feeling against the institution, compounding a sense that the political classes are out of touch with ordinary life and have often put profits before people.

The UK must establish new bonds at home without turning its gaze entirely inwards. Let us continue to work with you wherever we can. We don’t expect to take the lead or make the rules; we can still offer expertise, resources and intelligence in areas such as security. Cooperation between our citizens – cultural collaborations, academic exchanges – in the long run does most to bring Europe closer, and will be more crucial than ever. Remember that younger Britons who voted were overwhelmingly pro-European, and help us to nurture that spirit and the opportunities it may one day present.

Britain, once outside the EU, cannot and should not expect a swift return. It would be politically dangerous at home; it would require generosity on your part. But those facing Brexit with reluctance hope that one day we may rejoin the club. Please, bid goodbye in sorrow, not anger; and for all our sakes, do not bolt the door.

 

Brexit: ¿qué va a pasar? De Manuel Hinds

manuel_hindsManuel Hinds, 21 junio 2016 / EDH-Observadores

El 23 de junio tendrá lugar un referéndum muy importante en el Reino Unido que decidirá si el país va a continuar en la Unión Europea o va a salirse de ella. Al momento de escribir este artículo, el 20 de junio, la encuesta de encuestas del Financial Times da un empate de 44 a 44 por ciento a favor y en contra de salirse.

Muchos actores y observadores, incluyendo el Primer Ministro británico, los otros países europeos, Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional, el Financial Times, The Economist y el propio Banco de Inglaterra, han advertido a los votantes británicos que si aprueban la salida tendrán costos económicos altísimos en el corto y en el largo plazo. Hay muchos observadores que creen que la salida de Gran Bretaña sería no sólo la caída de ese país, sino la de la Unión Europea. ¿Qué tan cierto es esto?

¿De dónde viene la idea de separarse?

observadorLa idea de separarse no está basada en razonamientos económicos, sino en términos de identidad nacional, ligados al deseo de mantener un estilo de vida que ha sido bastante diferente al de los europeos continentales por muchos siglos. No son diferencias insustanciales. Incluyen una visión fundamentalmente diferente en términos de los derechos individuales y la relación del individuo con el Estado; del pedazo del mundo que los ciudadanos consideran su ámbito natural; de los países que consideran hermanos y de su relación con la tierra y con el mar. Incluyen también las políticas de inmigración.

El derecho

Los británicos tienen una tradición larguísima de libertades y derechos individuales, documentada desde hace 800 años con la Carta Magna de 1215 pero en realidad más vieja, ya que la Carta misma dice que los derechos que allí se consignan ya se habían respetado por generaciones aunque no estuvieran escritos. Desde hace varios siglos, antes de que existiera la democracia, la protección de esos derechos era considerada una de las tareas cruciales de los monarcas y estaba incluida en los juramentos que ellos hacían en sus coronaciones. Eso hizo de Inglaterra el país más libre y liberal del mundo (junto con Suiza y los Países Bajos), y la creatividad que eso generó fue la razón primordial por la que fue en Inglaterra que surgió la Revolución Industrial. Inglaterra se convirtió en el país más poderoso de la tierra porque fue la primera nación que se industrializó a raíz de esas libertades, y fue por más de ochenta años (hasta el último cuarto del Siglo XIX) la única nación industrializada de la tierra.

La impresión general en Gran Bretaña es que este liberalismo está siendo asfixiado por la burocracia de la Unión Europea. La diferencia de opiniones no está en la existencia de esta amenaza burocrática, sino en que algunos piensan que esto se puede evitar adentro de la Unión y otros piensan que sólo se puede evitar saliéndose de ella.

Las migraciones

Gran Bretaña es altamente liberal en términos de inmigraciones, no solo en las leyes migratorias, sino también en la asimilación de las culturas de los que han inmigrado. Para muestra, Londres ha electo a un alcalde musulmán en medio de la gran reacción contra el islamismo en muchos países occidentales. Hay muchos musulmanes en el Parlamento Británico. Pero el país quiere mantener su propia política migratoria, y evitar que una decisión alemana, o griega, lo llene de emigrantes, especialmente porque las leyes de seguridad social en Inglaterra son particularmente generosas.

La visión mundial

Gran Bretaña es y ha sido por muchos siglos una potencia global, marítima, ligada con nexos políticos y económicos muy cercanos con sociedades situadas a miles de kilómetros de distancia (como Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y varios países asiáticos y africanos), y eso ha formado una identidad nacional muy diferente a la de los países continentales, que son apegados a la tierra (no al mar) y tienen sus nexos más cercanos con sus vecinos geográficos. Esto le da a Gran Bretaña una diversidad que no existe en otros países europeos, y la inclina más hacia el liberalismo porque tiene que mantener relaciones con personas muy diferentes entre sí.

¿Cuáles serían los efectos económicos?

Los pronósticos de un desastre inmediato en Gran Bretaña se basan en la idea que si ésta se sale de la Unión Europea quedará excluida del mercado común europeo que querrá, como muchos han dicho, tratar con mucha dureza a una Gran Bretaña disidente para que no se convierta en un ejemplo positivo para otros que se quieran salir. Este razonamiento, si embargo, contiene una falacia de composición, ya que asume que en sus tratos con Gran Bretaña la prioridad más alta de Europa será castigar a los británicos. Esta puede ser la actitud de los burócratas de Bruselas, que sin duda estarían furiosos porque la salida del Reino Unido eliminaría la contribución de ese país al mantenimiento de esa burocracia. Siendo de 13 mil millones de libras esterlinas al año, esta contribución es muy sustancial. El IVA cobrado en Gran Bretaña representa el 18 por ciento de todo el IVA cobrado en la Unión Europea. Los burócratas tendrían mucha rabia por perder esto y querrían sacársela poniéndole altos impuestos de importación a cualquier cosa producida en Gran Bretaña.

Pero esta no puede ser la misma actitud del resto de la población europea porque la economía británica está ya demasiado integrada en la economía del resto de Europa, y cualquier tajo dado a la producción británica causará sangramientos en el continente. Hay empresas británicas que son propiedad parcial o total de empresas continentales, y viceversa, y los productos de unas son los insumos de las otras, y viceversa, o son los complementos naturales. Ciertamente que si le ponen altos impuestos de importación a Gran Bretaña, esta también impondría altos aranceles a las importaciones del continente. Tanto los unos como los otros harían daños muy grandes a las dos partes. No hay caso más claro para ver los efectos beneficiosos del comercio libre.

Veamos por ejemplo el caso de la BMW, que es la dueña de la empresa británica que produce los carros Mini Cooper y de la marca Rolls Royce de automóviles, o el caso de la Volkswagen, que es la dueña de la empresa británica que produce los Bentleys, y que ha suplido motores para tanto Rolls Royces como Bentleys. Algunos de los motores de estos carros son producidos en Alemania y otros en Inglaterra, y partes de unos y partes de otros son producidos en esos y otros países europeos. Si la Unión Europea le pone impuestos de importación a los bienes británicos o si los británicos se los ponen a los continentales esas cadenas de producción se romperían, con daños muy graves a sus empresas. Los aranceles continentales dañarían a los continentales y los británicos a los británicos. Sería como pegarse un tiro en el pie.

Ejemplos como estos se extienden por toda la economía europea y británica, en empresas enormes y pequeñas, con piezas producidas en unos y otros países. Si el propósito fuera darle una lección a Gran Bretaña, sería la lección más cara de la historia.

Es muy difícil también que los empresarios continentales que exportan 571 mil millones de dólares al año a Gran Bretaña digan, “Si, es cierto que hay que castigar a los británicos, ya no voy a vender en el Reino Unido, aunque yo quiebre”. Igual actitud tendrían las mismas autoridades económicas ante el hecho que Gran Bretaña importa de Europa 180 mil millones de dólares más de lo que exporta al continente. Los burócratas no son Europa, y sus sentimientos no son los de los europeos.

Igualmente es poco creíble que el negocio financiero de Londres se vendrá abajo. Londres no se convirtió en una de las dos capitales financieras mundiales porque Inglaterra entró a la Unión Europea. Fue la capital mundial desde el siglo dieciocho, y fue sólo en el siglo XX que Nueva York se convirtió en el otro gran centro. Londres ha sido tan exitosa precisamente porque no ha permitido que las burocracias estatales interfieran con los mercados de la manera en la que los países continentales interfieren. Por eso es que es tan internacional y cosmopolita. De hecho, uno de los motivos de descontento que ha habido en Gran Bretaña con la Unión Europea ha sido que ésta ha querido imponer en Londres las regulaciones que no han dejado a otros mercados europeos de capitales convertirse en centros mundiales.

¿La caída económica de Europa?

Con los mismos argumentos se puede concluir que la separación del Reino Unido no causaría la caída económica de Europa, aunque sin duda afectaría a la Unión Europea, que es otra cosa. Los efectos de largo plazo podrían hasta ser beneficiosos, ya que la salida de Gran Bretaña sería un campanazo de alerta sobre la excesiva burocratización de Europa.

¿Qué se puede esperar?

El referéndum británico no va a desestabilizar al mundo, independientemente de sus resultados. Europa es demasiado madura para que la furia de los burócratas, que verían su poder disminuido si Gran Bretaña se va, determine el curso de su historia. Si ganan los que quieren salirse, Gran Bretaña, después de varias danzas ceremoniales en Bruselas, seguirá gozando de libre comercio con Europa.

En el plazo más largo, nadie sabe y nadie lo sabrá. Pero es claro que tanto Gran Bretaña como Europa seguirán siendo grandes líderes mundiales por su educación y su gran capital físico y humano. No espere cambios en esto.