violencia

Sobre la fábrica de asesinos que construimos en El Salvador. De Alberto Arene

“La mayoría de estos asesinos son niños traumatizados que nunca fueron tratados, que habitan y controlan las mentes, los corazones y los cuerpos de hombres adultos”.

Alberto Arene, 16 marzo 2017 / LPG

Esta semana me refiero a las causas de la fábrica de asesinos que históricamente hemos construido en El Salvador, para explorar caminos diferentes que lleven a mejores soluciones y resultados. Lo hago a partir de la experiencia y el conocimiento del Dr. James Garbarino, a quien conocí y entrevisté esta semana. PhD, profesor e investigador en varias universidades, y desde 2005 en la Universidad de Loyola en Chicago. Es experto en negligencia y abuso infantil, dedicando su vida a escuchar a asesinos y estudiar soluciones. Pueden verlo en Youtube, y en la entrevista que le hice esta semana en FOCOS que se transmitirá este próximo domingo en el canal 33 de TV (7 en cable) a las 8:30 p. m. Su experiencia, enfoque, hallazgos y conclusiones son particularmente relevantes, desafiándonos a pensar cómo enfrentar con mayores posibilidades de éxito la fábrica de asesinos que históricamente hemos construido en El Salvador.

Garbarino revisa los antecedentes del acusado, entrevista a miembros de la familia y pasa horas escuchando a los asesinos que, muchas veces bajo pena de muerte, explican cómo fue su transformación de niños inocentes a adultos asesinos. Y explica los factores sicológicos y sociales que contribuyen a que alguien se convierta en asesino: abuso infantil y el ambiente creado por vecindarios que parecen zonas de guerra.

Para él, una primera aproximación es constatar que la mayoría de estos asesinos son niños traumatizados que nunca fueron tratados, que habitan y controlan las mentes, los corazones y los cuerpos de hombres adultos.

En su libro “Escuchando a asesinos” publicado en 2015 afirmó: “Yo escucho la historia humana que hay detrás de ese acto monstruoso… El público general tiende a ver a los asesinos como personas completamente perversas o como personas tan dañadas que les es imposible convivir entre nosotros. La mayoría de asesinos son niños traumatizados convertidos en adultos asustados, controlados por traumas sin resolver. El trauma es fundamental, pero muchas veces el público general no ve esta parte. Lo que ven es el resultado de un trauma en lugar de ver en el trauma el origen de un asesinato”.

Cuando el Dr. Garbarino empezó a estudiar estos problemas, lo que más le llamó la atención era ir a zonas de guerra (Medio Oriente, Centroamérica y África) y ver que los niños que crecían en estas áreas habían adaptado de forma natural una manera de ver el mundo congruente con una zona de guerra. Cuando regresó a Estados Unidos le sorprendió el paralelismo con niños creciendo en lugares con altos índices de violencia en la familia, en la comunidad, pandillas, amenazas crónicas y estrés.

Comenzó a escuchar sobre cómo estos asesinos habían desarrollado una hipersensibilidad hacia las amenazas. Esto es el resultado de un trauma, tener que estar siempre alerta. Otra dimensión es la legitimación de la agresión –la creencia de sentirse moralmente obligado y psicológicamente responsable de defenderse ante una amenaza. En un caso extremo se justifica el asalto anticipado (agredir para prevenir) –ve por ellos antes que ellos vengan por ti–. Cuando se combina la hipervigilancia y la justificación de un asalto anticipado el resultado es una mentalidad de una zona de guerra…: “Si se vive en una zona de guerra urbana el desarrollo de una mentalidad de zona de guerra no debería sorprender; no como un desarrollo patológico sino como un desarrollo psicológico normal dentro de una situación anormal”.

Por eso afirma que un buen punto de partida es comenzar un tratamiento para niños que han experimentado trauma. Los niños diagnosticados con Trastorno de Oposición Desafiante y trastornos de conflictos identifican a individuos con tendencias agresivas y antisociales. Al examinar estos diagnósticos, deberían ser entendidos como síntomas o consecuencias de desórdenes traumáticos que han sido ignorados.

Una segunda implicación, afirma, es la necesidad de cambiar la actual cultura de armas hacia una cultura desmilitarizada. Si escuchan hablar a un asesino, se van a dar cuenta de cómo la posesión de un arma por parte de ellos y sus enemigos implica que casi cualquier conflicto, que en otro contexto se resolvería con daños leves, puede terminar siendo letal.

Lo último es la sentencia, afirmando que necesitamos alejarnos de las políticas de sentencias extremas, ser más razonables y guiarnos por la capacidad de una posible rehabilitación y transformación, subrayando que pueden recuperarse más de lo que la mayoría sospecha.

Al oír su explicación sobre los diversos factores que explican cómo una sociedad produce asesinos, constaté y sentí, con dolor, que a lo largo de nuestra historia hemos creado buena parte de las condiciones y factores que producen masivamente asesinos. Hoy que lideramos el homicidio en el mundo, ha llegado la hora de arreglar cuentas históricas pendientes con el legado de tanta sangre y dolor que ha enlutado la historia patria.

Del país de la sonrisa, al país del desconsuelo… De José Miguel Fortín Magaña

El Salvador, otrora llamado el país de la sonrisa, es hoy uno de los países más violentos del planeta y con una altísima tasa de insatisfacción ciudadana.

José Miguel Fortín Magaña, 10 marzo 2017 / LPG

Estamos perdiendo una generación, me decía hace unos días un distinguido colega; y parece que no le damos importancia. Estoy totalmente de acuerdo con él; siento que hemos llegado al punto de poder caer en el precipicio de la desesperanza y que a propósito, para conseguir la inamovilidad de la gente, el gobierno del FMLN nos empuja por esa ruta, fraccionando la realidad en trozos, a manera de caricatura, sugiriendo que solo cincuenta municipios han tenido algún grado de peligrosidad y que mientras tanto, todos debemos vivir en un ridículo carnaval al que llaman el “festival del buen vivir”. Pareciera que debemos agradecer al partido gobernante que “solo” mueran diez o más salvadoreños cada día, que jóvenes y viejos quieran migrar a los Estados Unidos y que nos mantengan, jugando con nuestra inteligencia en medio de mentiras, haciéndonos creer que todo es culpa del pasado y que sus despilfarros e incapacidad son solo una ilusión.


¿Cómo creer en quienes mienten descaradamente delante de lo obvio? ¿Cómo acompañar a quienes con desprecio llaman indigentes a los ciudadanos que atropellan, como si la vida de alguien valiera más por el dinero que posea? ¿A los que esconden y tuercen información sobre quién asesinó a un salvadoreño trabajador, desde un vehículo de Casa Presidencial, en el Puerto de La Libertad? ¿Cómo creer en quienes impiden la transparencia en la verificación del número de muertos, siendo capaces de ocultar hasta la causa de la muerte de un hipopótamo?

Confiar en esa calaña de funcionarios, que mienten sistemáticamente y luego vuelven a mentir, ya no es posible. Hemos llegado al punto en que no podemos permanecer indiferentes y continuar bajando la cabeza creyendo que eso es nuestro destino, no es ya una opción. Los salvadoreños debemos levantar la voz; y al levantarla, como decía en un artículo pasado, los ciudadanos se convertirán de sujetos pasivos, en héroes; porque héroe no es quien no tiene miedo, ni quien es inmune a los balazos o a la muerte; ni he querido referirme al héroe de historieta que solo debe temerle a la kriptonita, sino al salvadoreño de a pie y al empresario, al catedrático y al analfabeta, al joven y al viejo, que con sus propias limitaciones le hacen frente a la vida; y que al cabo de un día se acuestan agotados pero satisfechos por haber hecho lo correcto; y que al día siguiente se volverán a levantar para continuar dando el rostro a los problemas que la vida traiga. A ese heroísmo es al que debemos apostar, porque es necesario, para que entonces levantemos la cabeza y gritemos con toda la fuerza: ¡Basta ya de mentiras! ¡Basta ya de esa obscena necesidad de gastar más de lo que se tiene! ¡Basta ya de vivir con lujos que no son lícitos ni posibles! ¡Empecemos a reconstruir nuestro país! A pesar de los ineptos, de los cobardes y de los deshonestos.

Juntos podremos asegurar que nuestra tierra fue y ¡volverá a ser! el país de la sonrisa.

La memoria, una diáspora migrante: Horacio Castellanos Moya

Provocadora, impúdica, sarcástica. No cabe duda que la prosa del escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957) ha sabido inspeccionar la realidad social centroamericana de los últimos tiempos. Obras como El asco, Insensatez, La sirvienta y el luchador y El arma en el hombre nos escupen en la cara los esperpentos más macabros de la violencia que ha destrozado países como El Salvador y Guatemala, sin dejar de registrar con precisión de cirujano el inacabable dolor que ahí se vive.

CATERINA MORBIATO, 4 marzo 2017 / EL UNIVERSAL.MX

Para el novelista salvadoreño, famoso por su mirada radicalmente cínica, el reto de la literatura es saber trascender las visiones maniqueas. Quien escribe ficción debe tratar de tocar el corazón de cada uno de sus personajes sin juzgarlos; no importa que éstos sean asesinos o torturadores: la literatura es una llamada a sondear en lo invisible, en las motivaciones más secretas que mueven al ser humano.

En esta entrevista, en la que habla sobre el momento actual desde Estados Unidos, donde ahora reside, Castellanos Moya se confiesa descorazonado. Nos espera un éxodo caótico dice y muchos países latinoamericanos no dejarán de hundirse en un grave deterioro social: el futuro es una bomba de tiempo y sólo ve callejones sin salida.

En la actualidad vemos a miles de personas levantarse contra la oleada de racismo, misoginia, homofobia, xenofobia, islamofobia que desde Estados Unidos amenaza con replicarse en el resto del mundo. Como novelista que ha registrado la violencia en Centroamérica y que ha vivido en Estados Unidos durante años, ¿en dónde estamos parados?

Estados Unidos es un país muy complejo. No se puede perder de vista que más del 50% de la población votó en contra del actual presidente y no cabe duda de que hay alrededor de un 48% de la población que lo apoyó [a Donald Trump]. Pero no necesariamente todos comparten sus valores. La gente ha votado por él por distintos puntos de vistas. Ahora hay un núcleo duro de ultraderecha con todas estas características que usted menciona y como es el país más poderoso del mundo, influye en todos lados. Yo creo que el gran reto es la resistencia de las instituciones, hasta dónde la institucionalidad democrática, los poderes del Estado, podrán hacer frente a una situación inédita. Ese es el gran dilema que se vive. Hasta ahora ha habido resistencia, pero es una situación muy nueva y conflictiva. Apenas ha transcurrido un mes y medio desde la llegada del nuevo gobierno y ya han pasado muchísimas cosas: renuncias, manifestaciones, gente que no acepta los cargos, pleitos jurídicos, vetos judiciales contra la ley antiinmigrantes. Entonces es un momento muy arriesgado para dar una opinión con certeza de lo que viene. Es en un momento de ebullición, de confrontación. Como extranjero, veo esto desde la barda porque no puedo participar en política interna; pero como latinoamericano me siento conmocionado. La preocupación es general, no sólo acá sino que en todos los países, ¿no? Y es por la subversión de ciertos valores que habían estado rigiendo esta sociedad por décadas.

En México observamos que se fortalece la retórica nacionalista y la aplicación de medidas como la militarización de la frontera sur para, entre otros objetivos, dificultar el paso de migrantes que vienen de Centroamérica y otros países. Usted, que ha vivido en este país, ¿cómo mira a México en esta dinámica migratoria y esta “retórica nacionalista”?

Yo viví en México hace 13-14 años, seguramente ha cambiado muchísimo. Creo que este rol de control de la frontera sur para evitar el paso de los inmigrantes centroamericanos no es nuevo. Es algo que ha estado ahí desde la época de las guerras civiles en Centroamérica; lo que ha variado mucho son las formas y los niveles de involucramiento tanto del Estado como de otros agentes (grupos de narcotraficantes o de mafiosos). Hace poco leí una novela que refleja bastante bien este fenómeno, se llama Las tierras arrasadas, del escritor Emiliano Monge. Es una novela dura, muy fuerte y trata precisamente de estos grupos vinculados al Estado que se dedican a interceptar a los refugiados y a hacer con ellos cosas horribles. Me parece tremendo eso. Los testimonios de las víctimas revelan que las cosas llegan a niveles terribles y no sólo en la frontera sur. Pensemos en lo que pasó en aquel rancho en Tamaulipas. Entonces yo creo que lo que estamos viendo en Latinoamérica es una gran descomposición del tejido social y de las instituciones dedicadas a la seguridad y a la justicia, que ya estaban mal pero ahora los niveles de deterioro son impresionantes. Habrá excepciones, pero la mayor parte de países latinoamericanos sufren esto: en Guatemala, El Salvador, Honduras, la cosa es tremenda. La contradicción que vive México, entre su discurso nacionalista y su rol de gendarme de Estados Unidos es muy fuerte. En la época de las guerras civiles, México jugó un papel más de mediador. Detenía el flujo migratorio pero mediaba más entre las partes que estaban en conflicto en Centroamérica. Ahora que los conflictos no son políticos, sino que tienen que ver con crimen y corrupción, las cosas han sido modificadas. Desde su Revolución, México siempre había sido una especie de retaguardia para los movimientos progresistas, los movimientos de cambio en Centroamérica, era un lugar seguro para los dirigentes y los intelectuales que eran expulsados y que huían de las dictaduras militares. Todo eso se acabó a principios de los 90 con el Tratado de Libre Comercio, que no sólo implicó un aspecto económico sino incluyó una reingeniería estratégica del papel político de México.

La situación actual es bastante complicada. No se le ve salida: los centroamericanos seguirán saliendo de sus países porque las condiciones de vida ahí son asfixiantes –por la violencia y la pobreza, básicamente–, y muchos mexicanos también seguirán saliendo de sus estados por lo mismo. El éxodo caótico crecerá.

¿Qué le preocupa a futuro en la relación Estados Unidos-México-Centroamérica?

Es muy difícil ver hacia adelante. Ya estoy viejo y probablemente me muera antes de la gran explosión (Ríe). Pero sólo se ven callejones sin salida. No veo soluciones: por todos lados la situación se deteriora. Es decir, no va a parar el flujo migratorio porque las condiciones de violencia, pobreza y crimen son cada vez más altas. Y el flujo es tan alto que aquí seguirán con las medidas represivas para tratar de controlarlo. Entonces, esta situación se alargará por bastantes años. ¿En que desembocará? No puedo hacer predicciones.

Usted suele decir que escribe desde la rabia. ¿Esta violencia que se vive en Estados Unidos le ha generado la furia suficiente para escribir a partir de ella?

La violencia es un término bastante amplio. Yo en realidad no tengo experiencia personal de violencia antiinmigrantes. Vivo en una pequeña ciudad universitaria de 80 mil habitantes, en el medio oeste, pero muy al norte, donde no soy testigo de esta violencia que seguramente se vive en otras poblaciones hacia el lado fronterizo con México o en las grandes ciudades. Y si yo no tengo una experiencia directa, es muy difícil que esto me motive como para transformarlo en ficción. Escribir ficción a partir de puras referencias no es mi cosa. La ficción necesita añejamiento, distancia. La inmediatez pertenece al periodismo.

El éxodo y la diáspora son temas recurrentes en la obra de Castellanos Moya; él mismo ha almacenado múltiples andanzas por países del mundo tan distintos como Guatemala, Alemania o Japón. Sin embargo es El Salvador, país en donde transcurrió su juventud, la mecha de la mayoría de sus creaciones literarias.

A menudo usted se ha definido como apátrida, un autor que escribe desde el destierro. Su patria, dice, es más bien el territorio de la memoria. ¿De qué se conforma este territorio de la memoria y porque preferirlo a un país?

La memoria está marcada por el país. Es decir, la memoria está hecha de todos los entornos en los que se mueve el ser humano: desde el entorno más íntimo que es la familia, hasta el entorno más grande que es el entorno social del país. La memoria no está afuera de eso, no está afuera de la historia. En este sentido, para mí es mucho más importante trabajar desde eso, desde mi experiencia, desde mis vivencias, desde las cosas que me han afectado porque creo que ahí puedo encontrar historias que reflejarán problemas que pueden ser universales. La verdad es que con la distancia y con los años (Ríe) la memoria comienza a pagar. ¡Uno comienza a tener pedazos en blanco! Pero hay que hacer una salvedad y es que yo trabajo la memoria desde la ficción y cuando se trabaja la memoria desde la ficción la relación entre memoria y verdad no es la misma de quien la trabaja desde otros ámbitos. La memoria que se desarrolla en las ficciones, si bien está enraizada en la historia, tiene una gran libertad y puede en buena medida no encajar exactamente en cómo ciertos grupos sociales ven los hechos. Eso porque la ficción es esencialmente subjetiva, es producto de la imaginación de un escritor que vive en situaciones históricas concretas pero que reacciona de forma personal y no necesariamente como lo hacen grupos con intereses. Entonces, por eso digo yo que es el territorio personal de la memoria, desde donde uno lo ve, como lo vive uno. Es decir, en un libro como Insensatez –en donde se describe el contexto guatemalteco de violencia y de recuperación de la memoria de las víctimas del conflicto–, el personaje de la novela tiene una visión completamente subjetiva, tiene una visión marcada por sus necesidades, por su forma de ver el mundo, que no coincide con la bondad de una causa histórica. Es decir, la literatura no se puede encajonar en los parámetros de la verdad histórica. El escritor de ficción trata de construir un mundo en que pueda ir más allá, en que pueda contar los hechos de una manera nueva y basada en las motivaciones profundas del ser humano. La literatura trabaja en buena medida con las emociones, con el mundo invisible y secreto del ser humano.

En el caso de El Salvador hubo una guerra civil, luego hubo una resolución exitosa del conflicto a nivel político y una ausencia de resolución de los conflictos económicos, sociales y culturales. El país sigue postrado en todas estas áreas. Lo que pasa es que el pleito de la memoria que se da a nivel político responde a los intereses particulares, y los intereses están determinados por el momento que vive el actor político y, si el actor político está en el gobierno, ya no ve el problema de la memoria como lo miraba cuando era oposición (Ríe). Hay una gran relatividad, y se juega a partir de intereses y tomas de posición dentro del juego del poder. Pero la literatura no participa de este juego de intereses. El escritor trata de tocar el corazón de cada uno de sus personajes y estos personajes pueden estar en el lado oscuro –un torturador o un asesino, por ejemplo–, pero el escritor no los puede prejuzgar. El reto es meterse en el personaje y ver cómo funciona su mente y su corazón, sin hacer juicio; sino que se evidencien por sí mismos.

En un pasaje de La luna y las fogatas de Cesare Pavese. El protagonista, de regreso a su pueblo después de haber recorrido el mundo, reflexiona: “Nos hace falta un país, aunque sólo fuera por el placer de abandonarlo. Un país quiere decir no estar solos, saber que en la gente, en las plantas, en la tierra hay algo tuyo, que aun cuando no estés te sigue esperando”. ¿Qué le provocan estas palabras? ¿Qué valor pueden tener si las leemos desde El Salvador, un país cuya población vive una diáspora sin tregua?

¡Hace tantos años que yo leí esas novelas de Pavese! La playa, La luna y las fogatas, ¡cómo pasa el tiempo! Todavía tengo su Diario en una edición de Bruguera… son muy lindas esas palabras. Pero la cosa es ésta: todo está en realidad en la memoria, porque el país que uno deja, inmediatamente cambia. Entonces cuando uno regresa, regresa a otro país. Ahora, estas palabras de Pavese, si uno las aplica a El Salvador, lo que sucede es que entre más tiempo pasa, cuando se regresa es un caos mayor. Esto es tremendo: usted sale huyendo de la violencia y de la pobreza, pero cuando vuelve hay más pobreza y más violencia. Entonces es una contradicción permanente, porque el ser humano no puede quedarse sin este sentido de pertenencia: lo necesita como los árboles necesitan de la tierra. El sentido de pertenencia se lo da básicamente el país, y a partir de ahí construye su identidad. Pero cuando este sentido de pertenencia lo remite a una situación de caos, de violencia, de pobreza, de valores negativos, se vive en un estado muy esquizofrénico. Porque por un lado el ser humano ama lo que significa su país, recuerda con mucha nostalgia las cosas buenas del lugar, pero cuando regresa casi no hay nada de eso, lo que encuentra es lo duro, lo violento, lo sangriento, lo absurdo… Pues evidentemente la mayoría no estamos bien de la cabeza.

Ha pasado un cuarto de siglo de la firma de los Acuerdos de Paz que pusieron fin a la larga guerra civil salvadoreña. Hoy en día El Salvador sigue profundamente polarizado, con exigencias para la aplicación de la pena de muerte, el salario mínimo que ronda el dólar por hora y la impunidad para los crímenes cometidos durante la guerra sigue gozando una salud de hierro.

En 2017 se conmemoran los 25 años de los Acuerdos de Paz con que se decretó el fin del conflicto armado en El Salvador, ¿cómo podemos dimensionar los Acuerdos de Paz?; ¿hay algo qué celebrar?

Los Acuerdos de Paz fueron exitosos en términos políticos porque desarmaron una guerra y lograron que se construyera una institucionalidad democrática que, mal que bien, funciona. Entonces eso es lo que hay que celebrar, que se terminó una guerra de carácter político y que se logró construir una institucionalidad democrática que, con todas sus taras y todas sus imperfecciones, ha logrado sobrevivir veinticinco años. Ahora, no hay nada que celebrar en otros niveles, en lo que respecta las condiciones de vida del salvadoreño: ¡nada! Porque todo se invirtió en lo político, la maldición de este país es lo político. Nada se invirtió en lo social, en los mecanismos económicos para que la gente se pudiera reinsertar. Esto se dejó a un lado. Lo que hay que lamentar es esta oportunidad perdida, y que el país siguió siendo el mismo, o más bien peor, precisamente por la tara económica y social.

En su libro Breves palabras impúdicas utiliza la idea de la “democratización” del crimen como un importante rasgo de la violencia de la posguerra salvadoreña, junto con la pérdida de referentes. ¿A qué se refiere con esta “democratización”?

Durante la guerra el crimen tenía una función política y era controlado por las élites políticas: ellas decidían a quién matar y cómo. Pero una vez que se desarmó el conflicto, quedó un caldo de cultivo de violencia gracias al cual ahora se sigue matando con la misma intensidad. A eso me refiero. No hubo inversión social, y tampoco se combatió la impunidad, entonces el crimen rebalsó: se salió del ámbito de lo político y se derramó a toda la sociedad. Y ahí está: desde las pandillas, hasta los funcionarios corruptos, los violadores… Todo lo que sucede en ese país, que es increíble. ¡Es un país de página roja! Lo cual es triste.

Para Horacio Castellanos Moya la violencia puede ser entendida como una constante cultural, un prisma a través del cual podemos entender las relaciones de poder que atraviesan El Salvador. En una sociedad regida por el terror -advierte- no solamente disminuye el espacio público, sino que el espacio mental y emocional sufre profundos trastornos.

En su novela El asco, hay un pasaje en donde el protagonista dice no reconocer a su misma casa, a su ciudad ya totalmente amurallada: “a causa del terror cada casa se ha convertido en un pequeño cuartel y cada persona en un pequeño sargento”. ¿Qué tipo de violencia genera este amurallamiento, junto con la carencia de espacios públicos que se experimenta en El Salvador?

En El Salvador, el terror es la forma de dominación por excelencia, y lo ha sido por muchas décadas, desde antes de la guerra. Se puede ver a través de la prensa, de los medios: el culto a la violencia y el culto al terror fueron siempre una forma de dominio. He revisado prensa de la década de los 60, la época del gobierno del coronel Rivera, un tiempo bastante pacífico, en que no había crímenes políticos y las fuerzas tenían una convivencia más o menos civilizada. Pero si se lee los periódicos de la época, cada día los titulares son crímenes. Eso me permitió comprender que el fenómeno de la violencia en El Salvador no es producto de la guerra, sino que ha sido una forma de dominación que la oligarquía y el ejército han utilizado por más de un siglo, y que ahora utiliza el FMLN [Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, partido en el poder], fomentando un determinado mensaje de miedo y terror: “ustedes aquí están inseguros, se pueden morir en cualquier momento, no tienen ninguna garantía”.

Ahora lo que tenemos es esta situación llevada al delirio, porque se le fue de las manos a todo el mundo. No es solamente que la gente tenga que vivir encerrada, aterrorizada y sólo sale a los lugares donde se pueda encerrar y que le garanticen seguridad. No se trata sólo de la pérdida del espacio público, sino de la pérdida del espacio mental y emocional que en cualquier otra sociedad se tiene. La gente sólo piensa y habla de la violencia. ¡Y si uno sólo se la pasa pensando en eso, evidentemente otras partes del cerebro se le atrofian! Entonces es muy difícil desarrollar una conversación sobre otros aspectos de la vida humana. Esta situación no influye solamente en la población común y corriente, sino en la élite intelectual llamada a entender y dar salidas al país: toda su energía mental está dedicada a hablar, escribir y discutir sobre el crimen y la corrupción. No hay otro tema y esto es tremendo.

En sus libros están primariamente retratados la violencia, la impunidad y el odio que desgarran a la región ístmica, pero entre líneas también se asoma el profundo dolor que la carcome. Pienso, por ejemplo, en los testimonios indígenas que salpican su novela Insensatez como heridas que nunca secan: ¿las sociedades centroamericanas se están dejando devorar?

La verdad es que tras un dolor viene otro, y esto es parte de la lógica de dominación de la que hablaba. Por ejemplo, usted menciona a los sobrevivientes de las masacres en Guatemala que pasaron por un dolor tremendo porque no tuvieron la posibilidad de luto; la mayoría de ellos no supieron nunca dónde quedaron los cadáveres de sus familiares. A este luto se suma ahora el día a día donde hay otra violencia. El hecho de haber podido afrontar las 442 masacres y documentarlas pudo haber servido para que el país diera un salto histórico, pero ¡no! Mataron al obispo que estaba a cargo de eso [se refiere al obispo Juan José Gerardi, asesinado el 26 de abril de 1998 a pocas horas de presentar el Informe sobre crímenes de guerra Guatemala: nunca más]. Y no sólo es eso: la gente tiene ahora que lidiar con la memoria de lo perdido y con el día a día de lo que va perdiendo. Es una situación realmente asfixiante. La pregunta es cómo detener este deterioro. Bueno, no es labor para un escritor de ficciones, pero los que se dedican a ello no le han atinado, y no sólo no le han atinado, sino que han propiciado una situación peor. Es decir, ahora se dice que hay tantas decenas de miles de personas [en El Salvador] vinculadas con la mara, como las que durante la guerra estuvieron vinculadas con el FMLN. Entonces, ¿qué tipo de sociedad es ésta que nada más recicló la exclusión? Porque estamos hablando de lo mismo: la gente estaba excluida política, social y económicamente en la década de los 80. Con el fin de la guerra, ya no hay exclusión política, pero la exclusión social y económica sólo se recicló y se convirtió en el fenómeno de violencia que se tiene ahora. La impunidad sigue, a las víctimas de la guerra no se les ha hecho justicia. Si usted tiene un país en donde puede matar a su pastor, a su líder religioso máximo [se refiere a Monseñor Óscar Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba misa en una capilla de San Salvador] y seguir como si nada, pues es muy difícil emprender algo: ¿qué clase de ejemplo tenemos? ¿A partir de qué regeneramos esto, si los que ordenaron el asesinato del líder espiritual de este pueblo siguen ahí, disfrutando de su dinero? Algunos han muerto de viejos, ¡pero nadie ha pagado nada! ¿De dónde sacar la energía espiritual, la energía moral para dar un ejemplo que permita hacerle creer a la gente que se puede ser mejor.

Unhappy anniversary: El Salvador commemorates 25 years of peace. THE ECONOMIST

But the country needs a new peace accord…

20170121_amp001_0

21 enero 2017 / THE ECONOMIST

the economistEL SALVADOR was reborn 25 years ago. On January 16th 1992 the government signed a peace accord with left-wing guerrillas at Chapultepec castle in Mexico City, ending a 12-year civil war in which 75,000 people died. The agreement, followed by a truth commission that laid bare the war’s atrocities and by an amnesty, was a model for reconciliation in other countries. It underpins El Salvador’s political order today.

Stirring as that achievement was, the festivities held to commemorate it this week fell flat. The convention centre in San Salvador’s Zona Rosa, not far from where guerrillas invaded the capital in 1989, prompting the first peace talks, was emptier than normal for big events. A small exhibition, displaying military uniforms, guerrillas’ weapons and quotes about peace from the likes of Confucius and John Lennon, lined the walkway to the stage. The crowd, clad in white, seemed more interested in free pupusas (bean-and-cheese filled tortillas) than in the speeches. The event ended with a confetti drop, listless applause and a return to the food queues.

The mood was downbeat because El Salvador’s 6m people have little to celebrate. The dominant feeling these days is “fear, not peace”, says Alejandro Marroquín, a member of a breakdancing group that was invited to the commemoration. Having fled gang violence in greater San Salvador four years ago, he thinks that “the war has continued. The only difference is that now it’s between the gangs and the government.” El Salvador is the most violent country in the Americas, with a murder rate of 80 per 100,000 people—more than 15 times that of the United States.

That is not the only disappointment. After an initial spurt, economic growth has dropped to a torpid 2% or so, less than half the Central American average (see chart). Corruption is rife. Two post-war presidents face charges; another one died last January before he could be tried. Many Salvadoreans have given up on their country. More than 40% want to leave within the next year, says a new poll by the Central American University. That is the highest level since the university started asking the question a decade ago.

A big factor behind these let-downs is the flaws of the main political parties, heirs to the combatants of the civil war. Since the peace accord, the right-wing Nationalist Republican Alliance (Arena) and the leftist Farabundo Martí National Liberation Front (FMLN) have had turns in power. (The current president, Salvador Sánchez Cerén, a former guerrilla commander, belongs to the FMLN.) They renounced war, but failed to learn statesmanship.

The antagonism between them is abnormal for rivals in a democratic system. The FMLN still yearns for socialism, though it has reconciled itself to the market economy for now. Arena’s party song proposes a different goal. “El Salvador will be the tomb where the reds end up,” it prophesies. The clash “doesn’t allow for a vision of the country”, says Luis Mario Rodríguez of Fusades, a pro-business think-tank. About the only thing the parties agree on is that the real point of wielding power is to enjoy the spoils. The result is what Salvadoreans call a “patrimonial state”, which justifies itself through patronage and stifles any institution that stands up to it.

El Salvador’s leaders now finally realise that a new peace agreement of sorts is needed. Mr Sánchez Cerén used the commemoration ceremony to present a special envoy from the UN, Benito Andión, to “facilitate dialogue”. Just how Mr Andión, a Mexican diplomat, will interpret that is unclear. Some suggest that his job will be to help broker a peace between the government and the two main gangs, Barrio 18 and Mara Salvatrucha. But the UN statement on Mr Andión’s appointment says his job is to “address the key challenges” affecting El Salvador, which sounds like a broader brief. Just as in 1992, “we need dialogue that matches today’s historical moment,” declared Mr Sánchez Cerén.

Budget brinkmanship

Gridlock has brought El Salvador to the brink of economic catastrophe. After years of slow growth and overspending, in part to prop up a state pension scheme, the central government nearly ran out of cash late last year. Blocked from long-term borrowing by the opposition, which has more seats in congress, it stopped making monthly payments to municipalities. Health workers went on strike after the government reneged on wage agreements. It came close to a default on its debt.

A deal in November between the government and Arena averted disaster by allowing the government to issue $550m of new debt in exchange for agreeing to a “fiscal-responsibility law”, which would cap borrowing and spending. But that is just a stopgap. The opposition, doubting that the government will keep its fiscal promises, has refused to approve the budget for 2017. Another crisis looms. “We are playing with fire,” says Alex Segovia, an economist.

The quarrel is partly about how to reduce the budget deficit, which was an estimated 4% of GDP last year. The FMLN wants to lift the government’s low revenue by raising income tax and levying one on property. Arena pushes mainly for spending cuts. The parties have yet to agree on a needed reform of pensions. A “negotiating table” set up last April has so far failed to come up with a solution. The government has called in the IMF, which may now broker a resolution to the crisis.

A budget deal, if it happens, would unlock just one of the many manacles on the economy. El Salvador’s use of the strong dollar as its currency keeps prices stable but holds back exports. A lethargic bureaucracy is another obstacle: shipping goods from El Salvador to the United States is no faster than from Vietnam, says an observer in San Salvador. With a trade deficit of nearly 20% of GDP, El Salvador depends on remittances from 2m Salvadoreans living in the United States. Its biggest firms are consumer-oriented conglomerates that mainly live off the American bounty.

Nothing constrains the economy more than crime, which deters investment and drives young workers out of the country. The cost of violence and insecurity is 16% of GDP, by one estimate. Gangs extort vast sums from businesses, equivalent to 3% of GDP. Recently, the threat of gang violence has emptied entire villages. In September one local government in western El Salvador set up a camp on a basketball court for dozens of families that had been ordered to leave by gangs, the first settlement for internally displaced people since the civil war.

The FMLN government, which tries to seem as tough on criminals as is the opposition, claims that its recent crackdown is working. Security forces have killed 900 gang members over the past two years. The government has largely cut off mobile-phone contact between imprisoned gangsters and their confederates on the outside, who operate the extortion business and carry out murders. The number of murders dropped by 20% last year to 5,278.

Mara Salvatrucha and a faction of Barrio 18, perhaps weakened by the government’s offensive, have recently proposed a dialogue with the government and offered to lay down their arms. Barrio 18 even offered to give up extortion. The FMLN has so far rejected negotiation.

Critics contend that the government’s mano dura (iron-fist) policies have worsened conditions in prisons, which were already appalling. They say that the killing of gangsters by police amounts to state-sponsored murder. Such brutality will provoke more violence, believes José Luis Sanz, director of El Faro, a digital newspaper.

The accidental attorney-general

When the state does something right, it is usually in spite of the main parties rather than because of them. The process of appointing people to such sensitive jobs as prosecutor and high-court judge is designed to ensure that only creatures of the political parties get them. On occasion, though, less pliant candidates slip through. Such is the case with Douglas Meléndez, attorney-general since 2016, who startled Salvadoreans by pursuing corruption cases against figures of both parties. One FMLN ex-president, Mauricio Funes, has taken refuge in Nicaragua. Antonio Saca, who governed until 2009 as a member of Arena, is in jail awaiting trial on charges that he helped embezzle $246m of public money, roughly 1% of GDP. “To see a president in handcuffs was like something out of a film,” says Roberto Burgos of DTJ, an NGO that promotes good government. The constitutional court has also shown an independent streak by challenging political parties’ abuses. Such checks on power are El Salvador’s best hope for cleaning up government and modernising politics.

But the ruling party has responded to defiance with threats and abuse. Demonstrators encouraged by the FMLN have been issuing death threats against constitutional judges, says Sidney Blanco, who sits on the court.

Independent-minded officials survive in office thanks largely to backing from outside powers such as the United States. Photos of Mr Meléndez in the company of foreign ambassadors send the message that he is not alone, notes Mr Burgos. American support for the attorney-general is part of a broader programme to improve governance, investment conditions and law enforcement in El Salvador, to weaken the lure of emigration to the United States. El Salvador is a beneficiary of the Alliance for Prosperity, which provides it and the two other countries in Central America’s “northern triangle”, Guatemala and Honduras, with nearly $750m a year. Authorisation to spend that money in El Salvador probably would have been withheld had the government shut Mr Meléndez down.

Salvadoreans expect that assistance to continue under the Trump presidency. Its aim, after all, is to slow down immigration. That is encouraging. But something is wrong when outsiders show more of the political will needed to reform El Salvador than do the country’s own politicians.

This article appeared in the The Americas section of the print edition
under the headline “Unhappy anniversary”

No renunciemos al futuro. De Carolina Ávalos

carolina avalosCarolina Ávalos, 14 febrero 2017 / EDH

Cesó la guerra infernal y fratricida. Sí, aquella que muchos no comprendimos del todo. La guerra contra las injusticias sociales, para rescatar de la miseria a cientos de miles de salvadoreños… pero a la vez aquella que por su misma fuerza y crueldad nos enterró, nos atemorizó y nos expulsó de nuestras tierras.

Desbordados con las expectativas de desarrollo en un país que había logrado la “paz”, un cuarto de siglo después los ciudadanos nos hemos desencantando del rumbo que ha tomado El Salvador. Los dos principales partidos políticos son producto, precisamente, de un país arrasado por la guerra, y pareciera que han llevado a cabo sus políticas inspiradas en una interpretación al revés de la famosa cita de Clausewitz: en El Salvador, la política ha sido, y sigue siendo, “la continuación de la guerra por otros medios”. Pero las instituciones del Estado no son para el arrendamiento de los partidos políticos; no “se alquilan” para los combates y beneficios partidarios.

diario hoyRecientes acontecimientos políticos y sociales nos permiten prever que esta corrupción de la política está en un punto de inflexión. Un ejemplo de ello han sido las respuestas de preocupación y rechazo total, por parte de la sociedad civil organizada y la población en general, a los ataques sistemáticos realizados por algunos políticos del Ejecutivo y el Legislativo contra la Sala de lo Constitucional (entre 2012 a 2016), que han llevado a una encrucijada entre la democracia y el oscurantismo. Pero no basta con las manifestaciones de rechazo, es necesario incrementar el poder de incidencia ciudadana directamente en los temas claves del país y que la voz de la ciudadanía sea decisiva en la conducción de la cosa pública.

La firma de la paz es un capítulo de nuestra historia reciente que se conmemoró y celebró con fervor. Inclusive en el discurso presidencial se les ofrece un par de líneas a todos aquellos que murieron durante la guerra: “permanece con nosotros el ejemplo y sacrificio de grandes salvadoreños y salvadoreñas que dieron su vida por un mejor futuro para El Salvador”. Más de 50 mil de ellos eran civiles —ni militares ni guerrilleros—, y no pidieron sacrificarse. Al contrario, se les arrebató la vida. Fueron víctimas de la guerra a quienes no se les ha hecho justicia.

Veinticinco años después, estamos viendo con terror y angustia cómo la cifra de asesinatos ha llegado a superar las cifras de víctimas civiles durante la guerra, y cómo las víctimas en esta etapa de “guerra social” son también olvidadas. Este terror, al igual que durante la guerra, está empujando a muchos a buscar su propio camino hacia el exilio, para que las balas no les alcancen a sus hijos, a sus madres, a su familia…

Todos los días vemos una o más noticias de asesinatos, en donde nuestros jóvenes son los protagonistas, sin reparar que estamos perdiendo a nuestro más valioso tesoro. Sí, todos somos responsables de ello, pero principalmente lo es el Estado, ya sea por negligencia e ignorancia, por ineficacia o ineficiencia, por las políticas erróneas o la omisión de ellas, por la prepotencia y la ceguera de muchos funcionarios al ostentar el poder y por la falta de entendimiento de la democracia.

Estoy convencida que podemos cambiar el rumbo de nuestro país, y me uno al llamado que muchos ciudadanos y columnistas hacen a los legisladores para que consideren las reformas legales necesarias para elecciones transparentes, y a la ciudadanía para la participación activa y protagónica en la vida política a través del voto, pero, sobre todo, a través de la participación organizada en proyectos ciudadanos que buscan incidir en la paz y en el desarrollo de toda la sociedad. Al final, el futuro de El Salvador está en las manos de los salvadoreños. No renunciemos a él.

@cavalosb

Las armas y la mitigación de la violencia. De Mario Vega

Mario Vega, pastor general de ELIM

Mario Vega, pastor general de ELIM

Mario Vega, 10 febrero 2017 / EDH

La mayor parte de los homicidios en El Salvador se perpetran con armas de fuego. Su incidencia es superior a la media mundial que, de acuerdo con la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), es de un 40 %. Ese porcentaje varía de un continente a otro. Por ejemplo, en Europa solamente el 25 % de los homicidios se consuma con armas de fuego, en tanto que en el continente americano sube al 66 %. Pero en el caso de El Salvador, de acuerdo a la PNC, da un salto para alcanzar el 83 %. Ese hecho debería ser suficiente para hacernos reflexionar sobre el papel esencial que debe jugar el control de las armas de fuego en la mitigación de la violencia. Las armas son una constante que camina al lado de las dinámicas violentas, pero que no siempre es tenida muy en cuenta.

diario hoyUn ejemplo de ello es el caso de Nicaragua que al hablar sobre su reducido índice de homicidios, pocas veces se menciona que entre los años de 2008 a 2013 la policía incautó más de 19,000 armas. Ese es, sin duda, un factor importante que ha hecho de Nicaragua el país menos violento del área.

Por su parte, El Salvador es el cuarto país de Latinoamérica con mayor circulación de armas solo detrás de México, Colombia y Brasil, que son los gigantes de la distribución y circulación de armas en la región. Peor aún, la cantidad de armas que circulan en esos países se ha mantenido estable o ha reducido; pero en El Salvador se duplicó en un solo año.

Nuestro país alcanzó, en 2012, el primer lugar en el mundo con la tasa más alta de tenencia de armas: 122 armas por cada 100,000 habitantes. Todo un escándalo si se tiene en cuenta que Estados Unidos, el país tradicional con mayor circulación de armas, apenas alcanzó un índice de 89 por cada 100,000 habitantes.

Frente a esos datos surge una pregunta lógica: ¿a mayor cantidad de armas hay más homicidios y más violencia? La respuesta con bastante seguridad es sí. Existe evidencia contundente que indica que efectivamente a mayor cantidad de armas, hay mayor número de asesinatos, ya sea que se hagan comparaciones entre países o entre ciudades.

Existen otras causas de la violencia pero la amplia disponibilidad de armas en nuestro país explica en parte por qué tenemos niveles inusuales de violencia.

Repetidas veces se ha mencionado que la violencia es un problema complejo que debe ser abordado de manera integral, acorde con ello, se debe desarrollar una estrategia efectiva para el control y reducción de armas en manos de civiles. Algunos componentes de esa estrategia deberían ser la declaratoria de vedas a la portación, esfuerzos policiales sistemáticos de ubicación e incautación, informar y sensibilizar a la población sobre los riesgos asociados a las armas, campañas de entrega voluntaria, reformas a la actual Ley de Armas que facilita la obtención de permisos de tenencia y portación.

Por supuesto que si se lograra reducir la circulación de armas habría nuevos métodos para cometer homicidios, pero está largamente probado que los otros métodos producen más heridos que bajas efectivas. Contrario a las armas de fuego que producen menos heridos pero más decesos. Si decimos no a las armas, estaremos diciendo no a la muerte.

México en llamas. De Joaquín Villalobos

Con el gasolinazo la violencia ha estallado de forma artificial; no se trata de protesta espontánea, sino organizada. El país fue sorprendido por una densidad criminal que durante décadas ha crecido, ha penetrado en el Estado y se ha fortalecido.

JOAQUIN VILLALOBOSJoaquín Villalobos, 19 enero 2017 / EL PAIS

En el año 2006, la capital del estado de Oaxaca, en México, estuvo bajo control de organizaciones de extrema izquierda que mantuvieron una rebelión callejera durante casi seis meses. El gobierno estatal abandonó posiciones y se estableció en el exilio. En ese momento, si Oaxaca hubiese sido un país, podría haberse proclamado el triunfo de una revolución. Finalmente, en noviembre de ese año, miles de policías federales, sin utilizar armas de fuego, pudieron recuperar la ciudad luego de varios días de enfrentamientos en las calles.

el paisLa ruta más fácil para explicar un hecho es buscar un culpable y olvidar procesos que han dado origen a fenómenos que fueron largamente encubados. El llamado gasolinazo, por el aumento de precio a la gasolina, ilustra nítidamente esto: se han producido grandes protestas e incontables saqueos en muchos estados y nadie sabe si fueron espontáneos, organizados o coyunturales.

El objetivo de este artículo no es abordar la legitimidad o no de las protestas, sino señalar que en México existe una violencia política creciente. A diferencia de Venezuela, donde los saqueos ocurrieron resultado de la desesperación de la gente por la escasez y el hambre, en México no hay relación directa entre saqueos y aumento al precio de la gasolina.

“El fenómeno guerrillero frentista de extrema izquierda
tiene más de cuarenta años de vida”

En el desarrollo de una protesta, la violencia puede aparecer luego de una fase expansiva o como reacción a una represión desproporcionada que la estimula. Por mucha rabia o redes sociales que existan, el salto de lo demostrativo a lo violento no ocurre de la noche a la mañana. Con el gasolinazo la violencia ha estallado de forma artificial e incluso con rechazo de la mayoría de quienes protestan. No se trata por lo tanto de violencia espontánea, sino de violencia organizada. En México existen al menos siete grupos guerrilleros, algunos de los cuales tienen más de 40 años de existir. Por las condiciones del 1484740885_714303_1484757004_noticia_normal_recorte1país, estos grupos tienen sus propias particularidades; no se trata de ejércitos guerrilleros en las selvas como en Colombia, sino que su expresión principal son frentes populares de composición social diversa, comunidades organizadas, control territorial y capacidad de movilización callejera.

Esta extrema izquierda subyace y despierta de manera brusca cada vez que encuentra una oportunidad para actuar. El 1 de diciembre de 2012, el presidente Peña Nieto tomó posesión en medio de protestas con una violencia similar a la actual. En agosto de 2013, más de diez mil personas, con una organización casi militar, cercaron de forma sorpresiva el edificio del Senado y luego hicieron lo mismo con el aeropuerto internacional. En el año 2014 fueron incendiadas las sedes de los partidos PRI y PRD en el Estado de Guerrero, un tiempo después el edificio de gobierno del Estado corrió la misma suerte y también intentaron quemar las puertas del Palacio Nacional en Ciudad de México.

En los últimos quince años han ocurrido numerosos hechos que incluyen bombas, sabotaje a oleoductos, secuestros, enfrentamientos armados, pero sobre todo protestas muy violentas en muchos estados. La capital de México es la ciudad con mayor número de demostraciones callejeras del mundo, ocurren 20 protestas diarias. Hay espacios públicos de la ciudad que han permanecido tomados más de un año. Nada de esto puede hacerse sin jerarquías, recursos y activistas a tiempo completo. En el año 2010 fue secuestrado Diego Fernández de Ceballos, líder político del PAN, por cuya liberación se pagaron varias decenas de millones de dólares. En otras ocasiones han ocurrido secuestros similares de importantes empresarios con pagos igualmente millonarios.

“En la nueva realidad no hay problema que
se resuelva solo; cuando no se resuelven, crecen”

Si uno observa la violencia reciente en las calles de México —lo que se puede fácilmente ver en videos de YouTube— puede darse cuenta que esa violencia ni es nueva ni de origen desconocido. Se trata de grupos dispersos, sin articulación y seguramente con conflictos entre ellos que se montaron en las protestas por el gasolinazo con mucha rapidez. Luego, seguramente, por efecto de imitación y competencia entre ellos mismos, sus acciones alcanzaron dimensión nacional. El resultado de esto será la radicalización de más jóvenes y el crecimiento de estas organizaciones. En algunas comunidades estos grupos organizan policías comunitarias que suplen la ausencia de Estado. La desaparición o matanza de estudiantes de Ayotzinapa en el año 2014, fue en realidad el resultado de la lucha entre gobiernos locales cooptados por el crimen organizado y organizaciones populares controladas por grupos de extrema izquierda.

No hay estudios sobre las guerrillas mexicanas que ayuden a dimensionar el problema; no hay políticas para que abandonen la violencia, participen en opciones partidistas y se reinsertan a la legalidad; tampoco hay planes para combatirlos y ni siquiera un reconocimiento serio de la existencia del problema. Sus frentes han aprendido a movilizar de forma sincronizada a miles de personas sin ser detectadas y es común que frente a sus acciones violentas no haya respuesta. Todo esto ha derivado en una impunidad callejera que ya se volvió sistemática, creciente y de alto impacto político.

En los últimos 15 años México ha enfrentado una violencia delictiva que ha dejado más 100.000 muertos. Muchos han culpado a los últimos dos gobiernos por esto y han definido a las drogas como la causa del problema. Por sentido común, es obvio que las organizaciones criminales que han generado una violencia tan persistente, extensa y prolongada no nacieron en un día. México fue sorprendido por una densidad criminal de grandes proporciones que durante décadas se mantuvo creciendo, penetrando al Estado, fortaleciéndose y buscando oportunidades. Fue hasta que esa densidad criminal rebalsó, estalló y se volvió inocultable cuando se comenzó buscar la causa y al culpable. Con el fenómeno guerrillero frentista de extrema izquierda viene ocurriendo exactamente lo mismo, tiene más de cuarenta años de existir, asustó con Chiapas en el año 94 y ahora sorprende con saqueos en 25 Estados.

Un artículo de Luis Rubio cuenta que el presidente Adolfo Ruíz Cortines, quien gobernó México en los años 50, tenía dos carpetas en su escritorio: una decía “problemas que se resuelven solos” y la otra “problemas que se resuelven con el tiempo”. México tiene suficientes capacidades políticas, materiales e intelectuales para enfrentar las amenazas que padece, pero el primer gran paso que debe dar es superar la vieja cultura política. En la nueva realidad no hay problema que se resuelva solo y cuando no se lo resuelve, crece.