violencia

Carta sobre Carla y Karla. De Paolo Luers

Paolo Luers, 17 abril 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Carla y Karla.
Carla Ayala y Karla Turcios.
Una agente policial y una periodista.

Una secuestrada y asesinada por un colega policía del GRP, hace 3 meses y 2 semanas. La otra secuestrada y asesinada por desconocidos, hace 3 días. Un caso de impunidad institucional dentro de la misma corporación policial. No me recuerdo haber escuchado al presidente de la República ordenando al director de la PNC esclarecerlo a la brevedad. El otro, un caso que el presidente inmediatamente ordenó investigar, vía Twitter. No creo que hará alguna diferencia.

Ambos casos no tienen que ver con pandillas. El de Carla con toda seguridad, porque se sabe quien es el policía culpable y quienes son los policías que le facilitaron el secuestro y la fuga. En el caso de Karla, ni siquiera Howard Cotto señala responsabilidad de pandilleros, como siempre hace, aun antes de comenzar la investigación.

Carla y Karla son dos casos emblemáticos. El primero, porque revela el problema de impunidad y encubrimiento dentro de la PNC; el otro, porque se trata de una periodista. Ambos casos demuestran que tenemos problemas que van mucho más allá de las pandillas. Problemas serios, como violencia a manos de policías, violencia machista contra mujeres dentro de la policía, porque el de Carla Ayala no es un caso aislado. Y problemas con violencia social, que posiblemente está detrás de la muerte de Karla Turcios. Ojala que no resulte que también tengamos un problema de violencia contra la libertad de prensa – flagelo muy serio en países vecinos como México y Honduras, que hasta la fecha no hemos observado en El Salvador.

Todos los políticos hablan de la violencia de las pandillas. Es inevitable y necesario, porque afecta diariamente a amplios sectores de la población. Pero aparte de Javier Simán no he escuchado a políticos señalando la violencia policial, tanto dentro de la PNC, como contra personas detenidas y de manera indiscriminada contra los jóvenes que habitan las comunidades con presencia de pandillas.

Me pregunto cuántos asesinatos quedan impunes, porque automáticamente la PNC los pone en la cuenta de las pandillas y no sigue otras pistas de investigación. Lo mismo pasó durante la guerra. Cualquiera podía matar a un vecino o incluso familiar por algún pleito, y el caso fue adjudicado al conflicto armado.

No menciono todo esto para reforzar el falso lugar común que seamos un país que tenga la violencia en su ADN. No es cierto. Tenemos violencia, y nuestras instituciones para investigarla no funcionan. Esto quiero señalar.

Y esto tiene que cambiar. Casos no resueltos como el de la agente Carla no pueden pasar. Y casos como el de Karla no pueden quedar impune, como cientos de otros que simplemente van a archivo como crimen de pandillas, pero sin esclarecer y sin que los autores lleguen a enfrentar la justicia.

La impunidad por falta de capacidad (y a veces, como el caso de Carla, de voluntad) de investigar es una de las deudas de los gobiernos que hemos tenido, y el que elijamos en febrero la tiene que saldar. 

Saludos,

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Políticas para Iris. De Cristina López

Cristina López, 16 abril 2018 / El Diario de Hoy

Hay un podcast que se produce con el apoyo de la Radio Pública Nacional estadounidense que se llama Radio Ambulante. Cada episodio sale al aire de manera semanal y dura alrededor de 30 minutos, siempre contando historias desde distintos rincones de América Latina; a veces de la voz de valientes y curiosos periodistas, a veces en primera persona, de la voz de los protagonistas. Es la manera más barata de viajar un ratito por Latinoamérica y empaparse en acentos y colores que la distancia de inmigrante tinta con nostalgia.

Sin embargo, desde que en la introducción dijeron en el más reciente episodio que la historia se situaba en San Salvador, se me revolvió el estómago. Para nada en el estilo de nihilismo tropical de Castellanos Moya, más bien de angustia e impotencia, porque desde afuera, El Salvador y sus historias solo son maras y violencia. A veces por puro amarillismo, otras veces por simple pereza periodística que recurre al estereotipo y al lugar común, pero El Salvador de los medios internacionales es casi siempre unidimensional. Este episodio de Radio Ambulante es, predeciblemente, de las maras, pero solo tangencialmente. La historia de San Salvador que el podcast le contó a los miles y miles de oyentes fue más bien sobre una ciudadana llamada Iris y sobre la vida que lleva a pesar de las maras.

En el episodio, Iris se oye desenvuelta y habla con soltura. Explica de manera simple y accesible el purgatorio en el que viven tantos ciudadanos “neutrales” (por referirme de alguna manera a quienes no pertenecen a las maras) cuyas colonias han sido divididas de manera arbitraria por dos pandillas rivales. Contando su historia, Iris explica que en nuestra capital, volver a casa cada día después de la jornada laboral es “un logro”. Iris comparte con la audiencia internacional una anécdota en la que, dentro de una coaster, fue la lluvia la que la salvó de que una “jaina ” (o una mujer relacionada con un Madero) se bajara con ella luego de amedrentarla y amenazarla de que debía cambiarse el tinte de pelo o sufrir las consecuencias a manos de la pandilla ofendida por cualquiera de las maneras en las que interpretaron su tinte capilar. Al finalizar su historia, Iris suspira aliviada considerándose afortunada y bendecida de que salió del incidente viva y sin heridas.

El episodio conmueve porque Iris somos todos. Les separa a algunos la suerte de no tener que moverse en coaster. A otros de vivir en colonias donde el monopolio de la fuerza sigue coherente con el Estado de Derecho en una república y solo lo ejercen las autoridades legales, no las paralegales. A otros, la migración, voluntaria o forzada. Pero eso es pura suerte, porque en nuestro país hay cientos de miles de Iris. Una cifra demasiado importante como para no ser el tema prioritario en la agenda de nuestros políticos.

Estamos a un año de elegir una nueva administración. Están aún frescos los resultados de las elecciones legislativas y municipales. Una generación entera, la generación posguerra, ha crecido como Iris, sabiendo qué hay cosas que no se tienen (como la libertad de pintarse el pelo del color que le de la gana sin que signifique una señal que ofenderá a la mara que ejerce el poder en la zona), pero que por lo menos se vive. Que volver a casa enteros después de trabajar todo el día sea un logro, no debería depender de la suerte o el privilegio con el que se nace, sino de una serie de políticas públicas de largo plazo, pensadas y ejecutadas pensando en las Iris y no en victorias electorales.

@crislopezg

El moribundo. De Mariana Belloso

Cada día es más común que las víctimas de la delincuencia y de la criminalidad sientan que deben tomar la justicia por su cuenta. La población, harta de ser víctima, celebra a quienes logran defenderse y aplaude la muerte de los delincuentes.

Mariana Belloso, 8 abril 2018 / LPG-Séptimo Sentido

Que hubiera tráfico pesado no nos pareció extraño. Es lo común en esa zona, a esa hora. Lo que sí nos llamó la atención fue ver cómo un bus se subía a la acera. “¿¡Huy!, y eso? ¿Habrá chocado?”, nos preguntamos. Pero no, no era un choque.

Cuando el bus pasó y los carros de adelante avanzaron, nos dimos cuenta de que todos trataban de rodear algo. “¡Ay!, quizá es un atropellado”, dijimos.

Unos segundos después, lo vimos: el muchacho estaba tirado en el pavimento, en medio de un charco de sangre que fluía en un pequeño hilo hasta la cuneta. A su lado, una agente policial estaba parada, como vigilando. Al frente, otro agente desviaba el tráfico.

Lo vi de cerca, quizá demasiado. El hombre agonizaba. Su cuerpo temblaba con ese rictus involuntario que solo había visto en videos. Me impactó que estuviera allí tirado y nadie hiciera nada, que yo misma no pudiera hacer nada.

La escena quedó allí, a pocas cuadras de casa. Al llegar seguía pensando en aquel cuerpo, en la sangre, en la soledad de su agonía. Media hora después, se escuchó la sirena de una ambulancia. Ojalá llegue a tiempo, pensé.

Más tarde leíamos la noticia de un presunto asaltante que había muerto cuando una de sus víctimas sacó su pistola para defenderse y le disparó en la cara. La nota estaba acompañada por la fotografía de la escena, justo la que habíamos visto antes, pero acordonada.

El supuesto ladrón, decía la nota, usaba una pistola de juguete para amedrentar a las personas. El reporte indicaba que había quedado allí, a media calle, y que le habían encontrado dos teléfonos celulares de poco valor. Agregaba que el hombre murió al instante.

***

Cada día es más común que las víctimas de la delincuencia y de la criminalidad sientan que deben tomar la justicia por su cuenta. La población, harta de ser víctima, celebra a quienes logran defenderse y aplaude la muerte de los delincuentes.

En un sistema en el que hay poca o nula confianza en las autoridades, y mucho dolor y cansancio por la inseguridad, no es extraño que se vitoree a los grupos de exterminio o que se aplaudan las propuestas de aprobar la pena de muerte.

Este mismo sistema, que con pobreza, marginación y falta de oportunidades sigue produciendo delincuentes, hace que soñemos con eliminar ese “producto”.

Ojalá entendamos que es necesario cerrar esta fábrica, a través de mayor equidad, desarrollo, educación y humanidad, en lugar de enfocarnos en erradicar, con más violencia, lo que mana de esta.

El gueto genera odio y violencia. De Paolo Luers

paolo3Paolo Luers, 28 febrero 2018 / EDH-Observadores

Voy a comentar y ampliar dos columnas que mi colega y amigo Manuel Hinds publicó: El Cambio en el corazón y El odio de clases y las maras. Cuando en su segunda columna menciona la crítica que ha recibido “desde la izquierda” a su primera columna, se refiere a un email que le mandé. De paso sea dicho: Me honra que por lo menos los serios pensadores de la derecha, por ejemplo Manuel Hinds, todavía me identifican como “de izquierda”.

Esto no es una controversia. Coincido plenamente con la tesis principal de Hinds: Sembrar odio, y en especial odio de clase, es dañino para la sociedad – o como concluye Hinds: Sembrar odio de clase, o cualquier otro odio, lejos de resolver los problemas que enfrentamos, los complica y puede hacer imposible resolverlos. Totalmente de acuerdo.

Odio de ambos lados

observadorMis observaciones son para complementar los argumentos válidos de Hinds. Por ejemplo: Si hablamos del odio de clase como fenómeno en el conflicto que se convirtió en guerra en los 80, es necesario decir que hubo odio de clase de los dos lados. No solo se expresó en las consignas y acciones de los insurgentes, también, y durante décadas, en los discursos u acciones de la derecha. La marginación y la represión de amplios sectores populares también fue expresión de odio de clase. El 32 fue una explosión de odio, y tanto la derecha como los comunistas haciéndolo peor con sus inyecciones letales de odio de clase. Esto confirma le tesis de Hinds que sembrar odio de clase empeora los conflictos sociales existentes. Los asesinatos de sindicalistas y los masacres de campesinos en los años 70 fueron expresión de odio de clase, igual que los secuestros y asesinatos de empresarios. Y tanto los mensajes del mayor D’Abuisson como de las FPL de Marcial potenciaron este odio llevaron al país a la guerra.

Muchas veces, el odio nace del miedo. Los que en el 32 masacraron a miles de campesinos, tenían miedo a una insurrección de los indígenas. Tenían miedo, porque sabían que los habían maltratado, generando una bomba de tiempo. Tiene toda la razón Manuel Hinds en decir que donde ya hay conflictos sociales, resentimientos y miedos, sembrar odio de clase hace explotar estas bombas.

La violencia que nace del gueto

Hablando del conflicto actual, lo que se expresa en la violencia de las maras no es odio de clase. Las maras no hacen guerra contra otra clase. Matan casi exclusivamente a otros igual de pobres. Es violencia entre pobres. ¿Pero de dónde nace este odio? ¿De dónde nace esta disposición a la violencia? Guste o no, hay que decir que nace de la percepción de exclusión, generalizada en muchas comunidades. Y al decir esto, no se está inyectando odio de clase a una situación ya complicada, sino señalar la raíz del problema es necesario para entender por dónde hay que buscar soluciones, más allá de la aplicación de la ley y las respuestas policiales y represivas.

Es cierto, y siempre hay que aclararlo, que la violencia y el odio no nacen de la pobreza. Nacen de una situación de gueto. Esa es una situación social donde la pobreza está acompañada de la percepción de exclusión: del desarrollo, de las oportunidades, de los servicios básicos del Estado. Cuando una comunidad se siente colectivamente excluida, genera una identidad peligrosa, con reglas sociales y morales propias. Una vez que esto pasa, situarse fuera de la ley, aunque no es automático, sí es un paso más fácil, con pocas barreras. Es el paso que dan los que se unan a maras.

Cierto, esta percepción de exclusión tiende más a expresarse en violencia, cuando en el país existe la tradición y la continuidad de un discurso político de odio de clase, como lo sigue manejando el FMLN. Esto confirma la tesis de Manuel Hinds que sembrar odio de clase en un conflicto social lo profundiza y hace más difícil resolverlo. Pero ojo: El discurso de odio de clase no es el origen del sentimiento de exclusión y tampoco de su transformación en violencia. El origen es la realidad. Y esta realidad hay que cambiarla. Hay que romper la realidad de gueto, en la cual vive un gran porcentaje de los sectores populares, tanto en las ciudades como en el campo.

Change of heart

Me parece interesante el planteamiento de Manuel Hinds sobre la necesidad de un “change of heart”. Pero agregaría que no puede ser un cambio solo espiritual, o un cambio de discurso. Si el “change of heart” del resto de la sociedad no incluye la disposición de atacar la situación de gueto y de transformar los barrios y sus condiciones de marginación, esta situación no va a cambiar. Y la violencia, con todas sus expresiones de odio, no va a superarse.

Esta es la gran deficiencia de las políticas de seguridad que han empleado los gobiernos, tanto de ARENA como del FMLN, desde que se vieron confrontados con el fenómeno de las maras.

Hagamos el “change of heart”, y actuemos. No podemos simplemente pedir a los que se sienten marginados que tengan un “change of heart”, requiere de algo más serio y tangible.

Haciendo estas consideraciones no significa justificar la violencia de las maras. La violencia no es justificable. Pero tenemos que entender dónde y porqué nace y se reproduce. Ya sería un paso correcto que la sociedad ya no permita que sus funcionarios, como el actual presidente de la Asamblea Legislativa Guillermo Gallegos, sigan sembrando odio. Pero requiere de mucho más. El odio que se manifiesta en los conflictos sociales del país no es sembrado, tiene raíces en la realidad. Y estos hay que atacarlos. Esta sería la solución radical al problema.

Las dos columnas de Manuel Hinds:
El Cambio en el corazón
El odio de clases y las maras

 

El cambio en el corazón. De Manuel Hinds

Manuel Hinds-05Manuel Hinds, 23 febrero 2018 / El Diario de Hoy

Hay un tema que se repite continuamente en todo tipo de narrativas, desde los mitos ancestrales que se han convertido en las bases de todas las culturas hasta los cuentos, las novelas y las obras de teatro que dan forma específica a estas culturas. El tema es la disyuntiva entre crecimiento y fracaso que las sociedades y las personas tienen que confrontar continuamente a lo largo de sus vidas. Las sociedades crecen y se desarrollan cuando enfrentan dificultades y las vencen. Así, pues, el proceso del desarrollo está siempre asociado con una narrativa de luchas, fracasos y triunfos. Esta narrativa es la que forma los mitos, los cuentos y las novelas… y la historia.

EDH logTípicamente, en estas narrativas, las personas (o las sociedades) enfrentan un reto que amenaza su capacidad de crecer y hasta su existencia. La sociedad genera una respuesta, que puede ser exitosa o perdedora. Los protagonistas siempre tienen oportunidades de redimirse después de haber tomado una ruta perdedora, pero el costo para la sociedad se vuelve peor mientras más tiempo se mantiene esta ruta negativa. En los mitos y las narrativas épicas, y en las ficciones exitosas, los protagonistas tardan tiempo en darse cuenta de que han tomado un camino equivocado, y cuando se dan cuenta y tratan de enderezarlo, se encuentran con que rectificar el rumbo requiere reconocer errores profundos y realizar transformaciones internas también profundas. Esto es muy difícil de hacer.

En el caso de El Salvador, es claro que hemos caído por el lado equivocado, y desde hace mucho tiempo. Un país que tenía un rumbo definido de progreso, reconocido internacionalmente, tomó de pronto un mal rumbo que nos ha llevado a la triste situación actual. ¿Qué fue lo qué pasó y cuándo?

Los errores que descarrilan países nunca son materiales, no se deben a la selección de alguna tecnología inapropiada o a haber hecho un proyecto innecesario, problemas que pueden resolverse fácilmente. Los errores fatales como los de El Salvador tienen que ver con el comportamiento ético de las personas. Resolverlos requiere lo que en el idioma inglés se expresa tan claramente como cambios en el corazón de ellas.

El error fatal que nos tiró por la ruta equivocada fue el haber escogido el camino del odio de clases. El error fue fatal desde todo punto de vista. El odio fue promovido como una solución a problemas materiales pero sus efectos materiales fueron catastróficos. El desarrollo no se da automáticamente, necesita de unidad de propósito en la sociedad, y el odio de clases no solo destruye esta unidad de propósito sino que disloca a la sociedad en millones de odios personales. Estos odios llevaron a guerra con sus ochenta mi muertos y luego al estancamiento porque un porcentaje minoritario pero sustancial de la población considera que la satisfacción de los odios debe tener prioridad sobre el desarrollo del país.

Los que promovieron el odio también pretendieron justificarlo en términos espirituales, tratando de convertir en religión de odio a la religión que revolucionó el mundo hace veinte siglos por estar basada en el amor. Los resultados en esta dimensión espiritual han sido también catastróficos. El odio, cuando se siembra, brota en todas las direcciones, y nadie puede negar que el que se manifiesta todos los días en los crímenes de las maras está íntimamente relacionada con el que se sembró para matar a los ricos y a los que no creían en el odio mismo.

Ningún argumento filosófico puede negar que en el fondo de ambas violencias hay un principio común: la idea de que hay personas que merecen ser asesinadas por pertenecer a ciertos grupos, clases sociales o maras. Lo único que varía entre los crímenes cometidos por el odio de clases y los cometidos por el odio entre maras, o por el desprecio a los que no son de ninguna mara, es el motivo que supuestamente legitima el crimen. Esto va contra el cristianismo, contra el desarrollo social, económico político, y contra todo lo que es civilizado.

Esto es lo que hay que abandonar, lo qué hay que reconocer que fue un error y revertir con toda la energía que la sociedad pueda reunir. Los que llaman al odio pueden predicar lo que quieran, pero el pueblo debe dejarlos hablar solos. Ya han hecho demasiado daño.

Una segunda columna de Manuel Hinds sobre el tema:
El odio de clases y las maras

Una columna de Paolo Luers sobre el tema:
El gueto genera odio y violencia

Esta paz tan violenta. De Marlon Hernández-Anzora

Sin duda, los Acuerdos de Paz están agotados y no son los responsables de los problemas actuales.

marlon anzoraMarlon Hernández-Anzora, 21 enero 2018 / La Prensa Gráfica-Séptimo Sentido

“Peace is not everything. But without peace,
everything is nothing”. Willy Brandt

Es importante iniciar dejando claro que los Acuerdos de Paz cumplieron con la principal misión que tenían en su momento: acabar con el conflicto político armado.

Además, son el hito más importante en la historia republicana luego de la independencia. Pero también debe reconocerse que, muy a pesar de su importancia, no son valorados en su justa dimensión por buena parte de la población y de la juventud salvadoreña. Y eso por al menos dos razones importantes.

septimo sentidoLa primera es que nadie puede valorar lo que desconoce. La deuda con las nuevas generaciones para que conozcan y reflexionen sobre los períodos del preconflicto y del conflicto armado del siglo XX es altísima. Los más jóvenes difícilmente valorarán la importancia de las firmas que se estamparon en el Castillo de Chapultepec en enero de 1992 si desconocen sobre los horrores de la guerra y de la represión política del siglo pasado.

En otros países, los procesos históricos traumáticos, con espirales de violencia aguda, son estudiados y reenfocados desde la academia y la cultura constantemente. Aquí, por el contrario, quisimos hacer borrón y cuenta nueva bajo el mentiroso lema de “perdón y olvido”. Pero eso no funciona así. Hoy las élites que hicieron la guerra y firmaron la paz quisieran que la juventud valorara mejor su legado, pero se enfrentan con lo que cosecharon: su nula apuesta para que las siguientes generaciones conocieran la historia. Les dio miedo que conocieran y que, por tanto, cuestionaran su legado, así que hoy pagan el precio de que a buena parte de los jóvenes les importe poco o nada su gesta.

La segunda razón es por la violencia física, estructural y simbólica que la juventud salvadoreña enfrenta en su diario vivir. No les resulta muy coherente celebrar una paz que desconocen, en medio de una realidad en la que se juegan la vida diariamente, en la que no encuentran una institucionalidad en la cual confiar y en la que cotidianamente escuchan sobre supuestos enfrentamientos armados, con sus respectivos saldos mortíferos.

Los principales deudores de que, aparte de conseguir el cese de las armas en 1992, la sociedad salvadoreña no haya logrado pacificarse son los grandes actores de la posguerra: los partidos políticos, principalmente ARENA y el FMLN. Su primera gran equivocación fue la casi nula inversión social, con el respectivo anatema que se hizo sobre esta por parte de los gobierno de ARENA durante la década de los noventa. En Alemania, luego de la Segunda Guerra Mundial, no se dedicaron precisamente a reducir la inversión social. Por el contrario, el mismo Estados Unidos, a través del plan Marshall, invirtió muchísimos recursos para recuperar social y económicamente la Europa occidental.

Luego viene otra larga lista de errores que han forjado esta paz tan violenta. Uno de los principales ha sido la falta de largo plazo de las élites gobernantes durante la posguerra para abordar los problemas de violencia e inseguridad. En su camino de mediciones electoreras, entre manodurismos, treguas y antiterrorismos, las instituciones y las políticas de seguridad pública han comenzado a parecerse cada vez menos a las que los Acuerdos de Paz planteaban como modelo y van acercándose más a aquellas que pretendían superar.

Sin duda, los Acuerdos de Paz están agotados y no son los responsables de los problemas actuales. La gran pregunta es si los partidos y las élites que firmaron la paz y lideraron la posguerra aún son capaces de responder a los desafíos de la actualidad. La otra cara para responder dicha pregunta es la de quienes nacimos entre 1979 y 1992. ¿Tendrá esta generación el liderazgo suficiente para tomar la historia en sus manos y virar nuevamente hacia la paz o nos quedaremos viendo el celular mientras las aún regentes élites políticas siguen discutiendo un país que ya no existe?