Fernando Savater

El 68 visto a los 70. De Fernando Savater

Las agitaciones del 68 no transformaron el mundo, sino que fueron el síntoma indudable de que el mundo ya había cambiado. Desatascaron lo rígido y autoritario que frenaba una mutación social, tecnológica y económica de escala casi planetaria.

Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

11 mayo 2018 / EL PAIS

Mujeres y hombres que no están comprometidos con ningún bando, con nada salvo con tratar de vivir, han quitado adoquines y arado la tierra de abajo. Cultivan debajo de cambiantes ruinas combatiendo cosas infernales y sueños salvajes. Han construido escuelas en salitas de estar para sus críos, en pueblecillos de una o dos calles. Han mantenido las barricadas”.

China Miéville, Los últimos días de Nueva París

El 31 de diciembre de 1967, en su discurso de fin de año, el general De Gaulle auguró: “Saludo con serenidad este año 1968”. Pero esa serenidad fue difícil de mantener, la verdad. El año vino cargado con una sobredosis de acontecimientos casi mágicos, aunque algunos de magia blanca —ilusionismo, más bien— y otros de magia negra. La guerra de Vietnam alcanzó el máximo registrado de bajas norteamericanas; fueron asesinados Martin Luther King y Robert Kennedy; el Apolo 8 fue la primera misión tripulada en salir de la órbita terrestre y llegar hasta la órbita lunar (se vio por primera vez el lado oculto de la Luna); en Praga se disfrutó de una primavera política que los tanques rusos agostaron brutalmente luego; Guinea se independiza de España…

A escala más personal, me acuerdo del triunfo de Massiel en Eurovisión tras la polémica sobre si La, la, la era catalán o castellano; los primeros crímenes de ETA; la inauguración en San Sebastián de la librería Lagun que tan importante habría de ser en mi vida, y, también en mi ciudad, la aparición de grandes estandartes con cruces gamadas en la Avenida (entonces “de España” y luego “de la Libertad”, que en el País Vasco significan lo mismo) porque rodaban La batalla de Inglaterra y Donosti fue por un rato Berlín bajo los bombardeos aliados… Lo más mágico en mi memoria, el triunfo contra todo pronóstico lógico de Tebas en el Gran Premio de Madrid, llevando veinte kilos más de los que le correspondían oficialmente para que pudiese montarle su propietario y entrenador, el incomparable duque de Alburquerque.

Pero indudablemente mencionar el año 68 significa para la mayoría el mes de mayo, la ciudad de París y los estudiantes sublevados. Aunque la verdad es que hubo revueltas estudiantiles también el resto de los meses, en California y en Tokio, en Alemania o España tanto como en Italia, Polonia y México. Los rebeldes se enfrentaron a situaciones políticas muy distintas, democráticas o dictatoriales, corriendo también riesgos nada comparables: contusiones en París y Roma, condenas a años de cárcel en Madrid o Varsovia, tiroteos asesinos en Tlatelolco…

La mejor noticia fue que se podía ser progresista
sin carnet del partido comunista o similares

Abundan las crónicas que ofrecen una panorámica global del año famoso (una muy completa es la de Ramón González Férriz, editada por Debate). Se ha dicho hasta el hartazgo, con arrobo utópico o con malicia escéptica, que su pretensión era cambiar el mundo, algo excesivamente ambicioso para unos muchachos o quizá superfluo, porque el mundo cambia constantemente aunque no siempre para bien. Los que concluyen que no cambió nada y los que sostienen que ya nada fue igual deberían recordar la sabia respuesta del primer ministro chino Chu En-lai cuando le preguntaron si en su opinión la Revolución Francesa había tenido consecuencias positivas: “Aún es pronto para decirlo”.

A mí me parece que las agitaciones del 68 no transformaron el mundo sino que fueron el síntoma indudable de que el mundo ya había cambiado. Más que revolucionarlo todo, sirvieron para desatascar lo rígido y autoritario que frenaba una mutación social, tecnológica y económica de escala casi planetaria. Sin duda tuvieron mucho de ideología convencional pero también un toque nuevo, característico, que iba más allá de la consabida problemática de la izquierda contra la derecha. El campo de batalla que inauguró el 68 (al menos en los países como Francia, que ya disfrutaban de democracia) fue la transformación de la vida cotidiana. Lo que se exigía no era un cambio en el Gobierno sino un cambio en la forma de vivir, en el trabajo, en el sexo, en la enseñanza, en la diversión… Eso se ve sobre todo en las pintadas en las paredes del Barrio Latino, los célebres grafitis. Algunos se han repetido tanto que ya resultan empalagosos, como pasa con coplas y refranes anónimos de la inventiva popular, pero apuntan a cuestiones que los revolucionarios convencionales descuidan: no a la toma del Palacio de Invierno, sino a la ventilación del dormitorio, el despacho y el aula en que transcurre la mayor parte de nuestra vida. “Prohibido prohibir”, “Amaos los unos sobre los otros”, “Bajo los adoquines está la playa”… pero no “Abajo el capitalismo” o “Viva la guillotina”. En esos lemas aparece el desterrado de las grandes revoluciones y de sus adversarios, tipo Raymond Aron: el humor, a veces sutil y otras meramente chusco. Nadie carente de humor debería hoy escribir ni a favor ni en contra de Mayo…

El progresista aspira a que los males del final
no sean los mismos o peores que los del principio


Por eso las referencias bibliográficas más ilustrativas sobre ese movimiento (que no conocían más que una minoría) no son los textos revolucionarios canónicos, sino obras marginales como los escritos sobre la vida cotidiana de Henri Lefebvre o Eros y civilización de Herbert Marcuse. En este último libro, a mi juicio el más interesante de su autor, influyó decisivamente un clásico de finales del siglo XVIII que yo recomendaría a quienes quieran ir más allá de los tópicos: Cartas sobre la educación estética de la humanidad, de Friedrich Schiller (hay nueva y excelente traducción de Eduardo Gil Bera en Acantilado). Ahí podemos aprender que “la fórmula victoriosa se halla a la misma distancia de la uniformidad que de la confusión” y que “el hombre sólo juega cuando es humano en la acepción plena del término y sólo es plenamente humano cuando juega”.

Debajo de los adoquines está la playa

Para quienes adquirimos nuestra conciencia política individualista, hedonista y lúdica (también ingenua) en aquellos días, la mejor noticia fue que se podía ser progresista sin carnet del partido comunista o similares. Hoy veo que la ventaja que tenemos quienes nunca fuimos comunistas es que no necesitamos ahora perder energías en aspavientos derechistas para probar que ya no lo somos. Por cierto, algunos tratan de ridiculizar el progresismo diciendo que busca el paraíso en la tierra. Eso sí que es una ridiculez: el progresista sabe que nacemos rodeados de males y que moriremos rodeados de males también, pero aspira a que los males del final no sean los mismos o peores que los del principio.

Cuando se pregunta “¿qué queda del 68?” sólo se me ocurre responder que quedamos algunos, muchos menos ya desde luego que quienes lo invocan o lo maldicen. Y en cada uno de nosotros tuvo efectos distintos: tampoco la Virgen hace siempre milagros y cura a todos los que van a Lourdes. De los votos pintados en los muros de París aquel Mayo lejano, mi preferido (después del encomiable y poco respetuoso “Sartre, sé breve”) es este: “No quiero morir idiota”. Yo estoy casi a punto de conseguirlo, pero compruebo con pena que muchos de mi edad y sobre todo más jóvenes han dejado prematuramente de intentarlo.

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Social. De Fernando Savater

La combinación de parlamentarismo constitucional, libertad regulada de comercio y asistencia social es el mínimo común denominador de la política europea respetable.

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Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Fernando Savater, 13 enero 2018 / EL PAIS

Uno de los aciertos propagandísticos del franquismo fue llamar “rojos” a todos sus adversarios, desde democristianos a anarquistas. Los desafueros de unos contaminaban a los demás. Hoy se utiliza con idéntica amplitud de desdén el término “socialdemócrata” para descalificar cualquier medio o propuesta cercana al socialismo, sin matices. Aprovechan que los socialistas se desacreditan rebajando su mensaje político a la defensa de excéntricos vocingleros y colectivizadores victimistas de derechos que pueden reivindicarse desde la libertad e igualdad ciudadana. Peor, caen en la incoherencia de exigir fiscalmente a los contribuyentes adinerados mientras protegen en nombre de identidades fantásticas a quienes exigen privilegios para ciertos territorios. Sólo les falta proponer un referéndum pactado para preguntar a los ricos cuántos impuestos consideran justo pagar: ¡ahí sí que encontrarían independentistas entusiastas!

el paisPero eso no invalida el planteamiento socialdemócrata: la combinación de parlamentarismo constitucional, libertad regulada de comercio y asistencia social para todos es desde la II Guerra Mundial el mínimo común denominador de la política europea respetable. Y se puede ir más allá, como señaló hace casi un siglo Harold Laski en ¿Civilizar el mundo de los negocios? (en Los peligros de la obediencia, editorial Sequitur). La mercantilización del mundo no es la vía regia de la libertad ni su condición inapelable. Cabe valorar la propiedad privada sin adorarla: “La propiedad nunca debe ser tan grande como para que su beneficiario pueda ejercer el poder meramente en razón de su magnitud; y nunca debe ser tan pequeña como para no permitir otra preocupación que la búsqueda del sustento material más inmediato”. Ni colectivismo ni oligarquía: un individualismo de la responsabilidad social.

Pueblo. De Fernando Savater

Llamar así al conjunto de los ciudadanos no es pecado, es una licencia poética o sea dudosa retórica.

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 Manifestación en Terrassa en las protestas del 3 de octubre. Foto: Cristobal Castro

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Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Fernando Savater, 25 noviembre 2017 / EL PAIS

Juan Ramón Jiménez pidió a la intelijencia (con jota, como prefería) el nombre exacto de las cosas. En efecto, es malo ignorarlos o utilizar muy convencidos la voz equivocada. A veces el error es risible (como llamar “hacer el amor” a follar) pero otras puede resultar peligroso, letal. Por triste ejemplo, creer que pueblo es la mejor denominación para el cuerpo político activo en una democracia. Porque esa palabra parece exigir una homogeneidad entre los miembros del colectivo, una identidad moral y quizá étnica que los determina y a la vez excluye a quienes no deben pretender mezclarse con ellos. El pueblo es un nosotrosque equivale siempre y el paisprimordialmente a un “no-a-otros”. Invocar al pueblo, conjurarlo en la noche de Walpurgis del nacionalismo, proclamar su infalibilidad y a la vez su pureza frecuentemente traicionada, es utilizarlo como un biombo tras el cual arrinconar bien tapaditos a los ciudadanos, cada cual dueño de la gestión de sí mismo y no obligado a parecerse por decreto a los demás. Por detrás del biombo (chino, preferentemente, como las urnas catalanas), asoma de vez en cuando irreverente la testa despeinada y sudorosa de algún ciudadano: un enemigo del pueblo, quién se atrevería a dudarlo… La solución ya la dio hace tiempo la Reina de Corazones de Lewis Carroll: “¡Qué le corten la cabeza!”.

Desde luego, llamar pueblo al conjunto de los ciudadanos no es pecado, como tampoco denominar “corcel” a un caballo: son licencias poéticas o sea dudosa retórica. Pero resulta engañoso creer que el corcel es más que un caballo o el pueblo más que los ciudadanos. El caballo no se quejará, es muy sufrido, pero el ciudadano puntilloso está en su derecho de decir: “Oiga, pueblo lo será usted

Mugre. De Ernesto Savater

La única diferencia que veo es que alguna vez pudo haber comunistas de buena fe, mientras que un nazi de buena fe es inimaginable.

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 La portavoz de Izquierda Unida en el Parlamento Europeo, Marina Albiol, FOTO: PATRICK SEEGER / EFE

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Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Ernesto Savater, 21 octubre 2017 / EL PAIS

Un mes después de asumir la presidencia del Consejo de la Unión Europea con el lema “Unidad y equilibrio”, Estonia convocó para el 23 de agosto una jornada en memoria de las víctimas de los totalitarismos europeos, es decir, el estalinismo y el nazismo. Es evidente que los estonios algo saben del asunto, porque los han padecido a ambos. Lo que no sé es por qué al comunismo lo llaman “estalinismo”, como si antes de Stalin y después no hubiera sido también totalitario. Como si, ya puestos, no lo siguiera siendo hoy, cuando de Stalin ya no se acuerda casi nadie… al menos fuera de los países que sufrieron su caricia de acero. Esta jornada no parecía una efeméride demasiado comprometida, pero sin embargo no logró el paisni mucho menos un apoyo unánime. El griego Tsipras, Podemos, Izquierda Unida, EH Bildu y algún otro grupo parecido se desmarcaron de la celebración proclamando que “equiparar nazismo y comunismo supone un error histórico”. Cosas del parentesco. No sé exactamente qué error hay. Si es el número de asesinados por cada equipo siniestro, dentro de Europa el balance está bastante equilibrado pero China y los jemeres rojos desbordan a sus rivales. La única diferencia que veo es que alguna vez pudo haber comunistas de buena fe, mientras que un nazi de buena fe es inimaginable. Pero eso a las víctimas de unos y otros les ayuda poco

Lo que cuenta es que el comunismo y el nazismo son la mugre política que la UE trató de erradicar. Pero ahí siguen. Marina Albiol, eurodiputada por Izquierda Plural, ha calificado hace unos días a la UE en un tuit de “institución criminal al servicio de los poderosos”. Y eso repantingada en su escaño de Estrasburgo. Ella sí que es un error histórico…

Recapitulación. De Fernando Savater

Abundan las voces que deploran la democracia como método de elegir gobierno. El sistema debe hacer frente a la corrupción, el colectivismo, la intolerancia y las servidumbres étnicas, pero sigue encarnando la libertad de gobernar y gobernarse.

Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Fernando Savater, 17 abril 2017 / EL PAIS

Últimamente abundan las voces que deploran la democracia como método de elegir gobierno y objetivos de gobernanza. No me refiero a obras de radicales ácratas o de oligarcas partidarios de que manden los mejores, o sea ellos mismos sin ir más lejos. Hablo de estudiosos moderados que han sido demócratas sinceros pero han llegado a la conclusión de que fue una idea bonita que ha dejado de funcionar, si es que funcionó alguna vez. Algunos resultados recientes son aportados como pruebas: Brexit, Donald Trump… En un mundo de votantes que se informan casi exclusivamente por Internet, que no leen prensa ni mucho menos libros, que aprecian lo chocante o truculento mas que las argumentaciones trabajadas sobre temas que de cualquier manera desconocen, que disfrutan con los histriones y se aburren con quienes miden sus palabras… ¿qué decisiones mayoritarias sensatas pueden esperarse? Sí, la gente vota lo que sabe: pero casi nunca sabe lo que vota, etc… Y a partir de estas dolorosas constataciones se proponen, medio en serio medio como provocación, alternativas que sustituyen el voto universal por el sorteo entre minorías bien preparadas (?), el gobierno de los técnicos, la exclusión del censo de ciertos grupos por edad, ausencia de arraigo laboral, etc… O sea, la democracia vuelve a enfrentarse contra las acusaciones de ineptitud y credulidad de las mayorías ya formuladas en sus orígenes griegos por los amigos de la oligarquía (lo de Internet, no: se les olvidó) y regresan también los paliativos intentados para remediarlas en épocas sucesivas. Tanto retorno desconfiado no deja de tener peligro…

Porque la democracia nunca se propuso como el más eficaz sistema de gobierno, el que resuelve mejor los problemas o los evita, el que aumenta la riqueza de las naciones o garantiza la idoneidad de los gobernantes, el más capaz de controlar los ímpetus rapaces o destructivos de los humanos. La democracia no promete una sociedad políticamente mejor, sino una sociedad política. Los otros sistemas renuncian a ello y organizan órdenes jerárquicos, ganaderías humanas cuyas reses pueden estar bien alimentadas, ser prósperas y retozar alegremente juntas, no tener demasiadas quejas, quizá hasta ser plácidamente felices. Pero les falta la libertad de gobernar y gobernarse, sin la que no se es sujeto político. Están sujetos por el gobierno pero no son sujetos gobernantes y por tanto carecen de verdadera sociedad. Es posible que los desposeídos de libertad política no la echen en falta siquiera, pero ahí tropezamos con el punto intransigente —sine qua non— de la democracia: no se admite la libertad de renunciar a la libertad. Paradójicamente, en la vieja Atenas la asamblea planteó alguna vez votar si seguían con la democracia o renunciaban a ella…

EVA VÁZQUEZ

De lo que se ha tratado siempre en la revolución democrática es de la emancipación de los individuos. En Grecia apuntaba a librar al ciudadano de la clausura familiar y tribal, aún a costa de entregarlo al dominio de un destino trágico. En la Francia del dieciocho, la sublevación fue contra la opresión de la sociedad jerárquica del Antiguo Régimen, que recortaba los derechos políticos individuales y también sus libertades económicas, sometidas al marco corporativo. Es decir que —como bien ha señalado Marcel Gauchet— lo que podríamos llamar “izquierda” (radical contra la monarquía, la iglesia católica, los estamentos regionales, el gremialismo burgués, etc…) parte del “liberalismo”, es decir de la aspiración a libertades individuales conseguidas gracias al nuevo Estado basado en los derechos del hombre y el ciudadano.

En democracia no hay oposición entre los individuos —es decir, los ciudadanos— y la sociedad, porque es la evolución de ésta a partir de sus fórmulas atávicas, genealógicas y familiares, la que produce los individuos que disponen de autonomía legal y social. La sociedad democrática fomenta la creación de individuos capaces de autogestionarse (por medio de la educación general y la protección de sus derechos no heredados ni territoriales) y éstos a su vez configuran el marco institucional de una sociedad no tradicionalista, innovadora. El peligro del individualismo es considerar las leyes comunes como cortapisas mutiladoras de las libertades y no como sus garantías; y el peligro del Estado democrático es instaurar con sus reglamentos una dependencia estrecha de aquellos cuya independencia pretende asegurar. Durante la historia moderna, perdura un combate —una dialéctica, se decía antes— entre las libertades sin control y el control antilibertario. Las oscilaciones políticas entre derecha e izquierda (ambas afinadoras permanentes de la democracia) responden a mi modo de ver a esa dialéctica. Y se han corregido mutuamente durante muchos cambios de gobierno. Claro que también se han ido pareciendo cada vez más los unos y los otros, a veces en los peores aspectos: corrupción, incuria, deriva autoritaria… Lo cual, unido a la crisis económica, al desbordamiento migratorio, etc… ha favorecido el surgimiento de movimientos y partidos populistas, cuyo designio es demoler el sistema basado en la autonomía individual dentro del desarrollo social del bipartidismo para traer nuevas formas de caudillismo colectivista. O sea pasar de la sociedad para los individuos a los individuos para la sociedad, en giro irreversible.

“Los otros sistemas organizan órdenes
jerárquicos y ganaderías humanas”

“Me llamo Erik Satie… como todo el mundo”, respondía el músico a quienes requerían su nombre. En otro campo, cuando preguntemos a un europeo cual es su filiación política, si es sincero responderá: “soy socialdemócrata… como todo el mundo”. Porque la socialdemocracia es hoy la ideología política que mejor expresa ese doble carácter que Paul Thibaud ha llamado “socio-liberalismo” y que ha sido hasta ahora, al menos desde la II Guerra Mundial, el substrato ideal sobre el que se sostiene el sistema democrático. Sus principios pueden resumirse así: toda riqueza (económica, intelectual, emotiva…) es social. Nadie se enriquece en la isla de Robinson, por grandes que sean sus talentos, ni Mozart hubiera desarrollado su genio en una tribu de bosquimanos: por tanto toda riqueza implica una responsabilidad social, para que revierta en el conjunto de los socios el provecho que tiene su fundamento en la institución colectiva. Pero es no menos cierto que la autonomía individual es el origen de la innovación y creatividad. Por tanto el desarrollo de la individualidad debe ser fomentado, su originalidad respetada y su libertad garantizada legalmente. Esta combinación no es de derechas ni de izquierdas, sino civilizada.

Hay grupos políticos que ven más importante uno de los factores u otro, pero los electores modernos no pemiten a nadie prescindir completamente de ninguno de ellos. Por éso hace sonreir el cabreo de quienes reprochan a los gobernantes de derechas, los “liberales”, ser también socialdemócratas…¡cómo si pudieran ser otra cosa!. La diferencia es que ciertos políticos comprenden mejor lo que está en juego y defienden conscientemente el sistema de sus peores amenazas: la corrupción que acaba con lo público, el colectivismo que aniquila lo privado, la intolerancia que no deja a cada cual inventarse a sí mismo dentro de la ley, las servidumbres étnicas que despedazan el Estado de todos en tribalismos incompatibles… El gran adversario de la socialdemocracia no es quien la modula según las circunstancias históricas (no hay unas tablas de la ley socialdemócratas, como las hay contra las leyes entre los populismos) sino el abandono de la educación que, junto con la justicia partidista, anulan a los ciudadanos que mejor podrían desarrollarla.

Nubarrones. De Fernando Savater

En España son paradójicamente tiranos los que cumplen las leyes, no los que las desafían. Algunos están más preocupados por la reacción del Estado ante el plebiscito catalán que por este atropello al derecho a decidir de los ciudadanos.

Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Fernando Savater, 5 agosto 2015 / EL PAIS

Gane quien gane las elecciones generales, lo único que puede asegurarse es que tendremos un gobierno socialdemócrata, aunque se presente bajo otro rótulo ideológico. En Europa nadie se contenta con menos en lo social, pero tampoco quiere menos libertad en lo político. Como señaló Tony Judt, “la socialdemocracia es el discurso cotidiano de la política europea contemporánea”. De modo que los mas aviesos y traviesos liberales hablan al ponerse serios como socialdemócratas (sin dejar de hacer chistes sanguinarios contra ellos) y los comunistas mas dogmáticos también cuando quieren conseguir votos (sin dejar de considerarles blandos oportunistas y siervos del capital). Es un alivio que sea así.

Las democracias que forman la Unión Europea necesitan una reforma de su alianza en cuestiones esenciales como la inmigración o la garantía de los derechos sociales y, si se logra, serán los que piensan como socialdemócratas los que la lleven a cabo, se definan a sí mismo como tales o no. La UE se inventó para que nunca más hubiera nazismo y para que el comunismo no se extendiese más allá del telón de acero, de modo que es improbable que los herederos ideológicos de esas dos indeseables plagas sean los gestores más adecuados para encabezar su regeneración. Hace poco, viendo a Le Pen aplaudir y apoyar a Tsipras, hemos tenido prueba de ello.

La base necesaria para que la socialdemocracia pueda funcionar satisfactoriamente es la existencia de ciudadanos conscientes preocupados por lo común y lo público, dentro de un Estado lo suficientemente fuerte como para no consentir privilegios discriminatorios en su función protectora: es decir, que ampare el derecho a la diversidad pero impida la diversidad de derechos. Se logró más o menos durante la Guerra Fría y tras la caída del muro de Berlín, aunque fue decayendo después aceleradamente. Como también señaló Tony Judt, “la paradoja del Estado de bienestar, y de hecho de todos los estados socialdemócratas (y cristianodemócratas) de Europa, era simplemente que con el tiempo su éxito mermaría su atractivo”. Todo ello agravado por la creciente deuda de la crisis económica, la inmigración desesperada de quienes huyen de estados fallidos o inexistentes, etcétera.

ENRIQUE FLORES

ENRIQUE FLORES

La ciudadanía democrática se basa en el derecho a decidir de cada cual. Este derecho tiene como cauce y límite la ley constitucional que sustenta el Estado y es, obvio resulta decirlo, igual para todos. En España oímos cosas sorprendentes como que ninguna Constitución europea reconoce el derecho a decidir, cuando todas se basan en él, o partidos que proponen incluir ese novedoso derecho en el ordenamiento constitucional, o sea que proponen la revolucionaria idea de que los zapatos por fin se acomoden a los pies. Naturalmente, el derecho a decidir es meramente político, no prepolítico o suprapolítico. Por tanto, no depende de diferencias culturales, regionales, históricas, etcétera… ni se aplica a entidades colectivas superiores al ciudadano libre e igual a todos los demás.

Cuando uno dice que desde el punto de vista político no hay catalanes, ni vascos ni andaluces (ni mucho menos miniestados con voluntad propia como Cataluña, Euskadi o Galicia) despierta hoy el escándalo de quien niega la evidencia: ¿no es evidente que existen catalanes o vascos de identidad inconfundible? Pero también existen de manera inconfundible varones y mujeres, ateos y creyentes, negros, blancos y amarillos, pero nadie se escandaliza porque tales diferencias no se reflejen en formas de ciudadanía distintas. Son distintos, pero no políticamente distintos. La libertad del ciudadano, a partir de la ley compartida, es poder definirse como prefiera cultural, ideológica, estética o eróticamente: parecerse a quien quiera o diferir de todos. Pero ninguno, individual o colectivamente, tiene derecho a decidir por sí mismo y excluyendo a los demás sobre lo que afecta a todos.

Después de ver y oir a los socialistas en Cataluña y Euskadi, tras la vergüenza de Navarra y los pactos poselectorales, yo no votaría a Pedro Sánchez ni aunque se presentara solo a las urnas con todos los rivales encarcelados por corrupción. Pero tengo curiosidad por conocer esa reforma federal que promete y que, aunque nadie la reclama, está convencido de nos va a encantar a todos. Se parece a esos padres que explican al niño llorón lo bonito que es el kit de química recreativa que va a regalarle en lugar de la pistola de rayos laser que él quiere.

No faltan cuestiones que podrían tratarse en una reforma constitucional: recuperación de competencias estatales en Sanidad o Educación, supresión de la alusión arcaica e inconcreta a los “derechos históricos”, supresión de privilegios tributarios en el País Vasco o Navarra, reforzamiento explícito del laicismo en educación y demás áreas, etcétera… Pero me parece que ésas no son las que propone el señor Sánchez. Lo suyo suena más bien a blindar el control nacionalista sobre las partes de España que han decidido adjudicarse, pero rogando que a cambio de esa concesión no hablen de independencia…al menos en los próximos cinco años. Por cierto, lo del “hecho diferencial” es otra melonada: si A difiere de B, también B difiere de A. Parafraseando el lema de Rebelión en la granja, la novela de George Orwell, todos somos diferentes y no hay unos más diferentes que otros. Para eso está el Estado.

En España son paradójicamente tiranos los que quieren cumplir las leyes, no los que las desafían. Algunos parecen más preocupados por la reacción del Estado ante el pleibiscito separatista en Cataluña que por este mismo atropello al derecho a decidir de los ciudadanos. Me recuerda aquel desafortunado titular de este periódico tras los atentados del 11 de septiembre (“El mundo teme la reacción de USA”), como si el peligro no fuese el nuevo terrorismo global sino el cabreo de Bush.

Porque el “prusés” no es malo porque sea ilegal, sino que es ilegal porque es malo para la democracia. Y lo peor sería que el Gobierno estatal no hiciese nada efectivo para impedirlo. Algunos se inquietan: ¿suspender la autonomía? ¿y luego qué?¿encarcelar a Mas? ¿y luego qué? Preguntas parecidas se hacían en el País Vasco cuando se intentaba acabar con el doble juego de los que pretendían a la vez estar en el Parlamento y apoyar a ETA. ¿Ilegalizar Herri Batasuna? ¿Y luego qué? ¿Encarcelar a la mesa nacional de HB? ¿Y luego qué? Pues luego ETA renunció a la lucha armada.

Respuesta. De Fernando Savater

¿Por qué son las exigencias de la troika las que hacen sufrir a la población griega y no tiene culpa el Gobierno que se niega a fiscalizar como es debido al Ejército, la Iglesia ortodoxa y los armadores?

Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Fernando Savater, 11 julio 2015 / EL PAIS

Antes, digno y orgulloso era quien se negaba pedir prestado aunque se estuviese muriendo de hambre. ¿Por qué ahora la dignidad y el orgullo se demuestran negándose a devolver o compensar lo que se pidió sin vergüenza? ¿Por qué es llamado “terrorista” el que presta 240.000 millones de euros a un país arruinado por sus eternas vacaciones fiscales y unas pensiones sobredimensionadas, pero no quiere que sea a fondo perdido? ¿Por qué son ahora sólo los “acreedores” y no los “benefactores”? ¿A qué llaman los actuales gobernantes griegos “chantaje” al quejarse, cuando son ellos los que recuerdan a los judíos subversivos de La vida de Brian:“¡Raptaremos a la mujer de Pilatos, se la iremos enviando a trozos hasta que disuelvan el Imperio Romano y quede claro que no admitiremos chantajes!”?

¿Por qué son las exigencias de la troika las que hacen sufrir a la población griega y no tiene culpa el Gobierno que se niega a fiscalizar como es debido al Ejército, la Iglesia ortodoxa y los armadores, potentados que deberían salvar con sus impuestos a la patria en bancarrota? ¿Por qué el chapucero referéndum que apelaba a “la bestia sarnosa del nacionalismo” (Stefan Zweig) va a salvar el futuro de la Unión Europea, en lugar de llenarlo de tinieblas? ¿Por qué tantos creen, en Grecia o España, que quienes siempre han calumniado a la “democracia burguesa”, han tachado de “criminal” al capitalismo y aborrecen la “Europa de los mercaderes”, son los más adecuados para impulsar las reformas realistas que sin duda exigen las deficiencias de nuestra liga de naciones?

La respuesta la dio Erasmo, el primer europeísta: “El espíritu del hombre está de tal modo constituido que la mentira tiene en él 100 veces más influencia que la verdad.”