política

Recapitulación. De Fernando Savater

Abundan las voces que deploran la democracia como método de elegir gobierno. El sistema debe hacer frente a la corrupción, el colectivismo, la intolerancia y las servidumbres étnicas, pero sigue encarnando la libertad de gobernar y gobernarse.

Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Fernando Savater, 17 abril 2017 / EL PAIS

Últimamente abundan las voces que deploran la democracia como método de elegir gobierno y objetivos de gobernanza. No me refiero a obras de radicales ácratas o de oligarcas partidarios de que manden los mejores, o sea ellos mismos sin ir más lejos. Hablo de estudiosos moderados que han sido demócratas sinceros pero han llegado a la conclusión de que fue una idea bonita que ha dejado de funcionar, si es que funcionó alguna vez. Algunos resultados recientes son aportados como pruebas: Brexit, Donald Trump… En un mundo de votantes que se informan casi exclusivamente por Internet, que no leen prensa ni mucho menos libros, que aprecian lo chocante o truculento mas que las argumentaciones trabajadas sobre temas que de cualquier manera desconocen, que disfrutan con los histriones y se aburren con quienes miden sus palabras… ¿qué decisiones mayoritarias sensatas pueden esperarse? Sí, la gente vota lo que sabe: pero casi nunca sabe lo que vota, etc… Y a partir de estas dolorosas constataciones se proponen, medio en serio medio como provocación, alternativas que sustituyen el voto universal por el sorteo entre minorías bien preparadas (?), el gobierno de los técnicos, la exclusión del censo de ciertos grupos por edad, ausencia de arraigo laboral, etc… O sea, la democracia vuelve a enfrentarse contra las acusaciones de ineptitud y credulidad de las mayorías ya formuladas en sus orígenes griegos por los amigos de la oligarquía (lo de Internet, no: se les olvidó) y regresan también los paliativos intentados para remediarlas en épocas sucesivas. Tanto retorno desconfiado no deja de tener peligro…

Porque la democracia nunca se propuso como el más eficaz sistema de gobierno, el que resuelve mejor los problemas o los evita, el que aumenta la riqueza de las naciones o garantiza la idoneidad de los gobernantes, el más capaz de controlar los ímpetus rapaces o destructivos de los humanos. La democracia no promete una sociedad políticamente mejor, sino una sociedad política. Los otros sistemas renuncian a ello y organizan órdenes jerárquicos, ganaderías humanas cuyas reses pueden estar bien alimentadas, ser prósperas y retozar alegremente juntas, no tener demasiadas quejas, quizá hasta ser plácidamente felices. Pero les falta la libertad de gobernar y gobernarse, sin la que no se es sujeto político. Están sujetos por el gobierno pero no son sujetos gobernantes y por tanto carecen de verdadera sociedad. Es posible que los desposeídos de libertad política no la echen en falta siquiera, pero ahí tropezamos con el punto intransigente —sine qua non— de la democracia: no se admite la libertad de renunciar a la libertad. Paradójicamente, en la vieja Atenas la asamblea planteó alguna vez votar si seguían con la democracia o renunciaban a ella…

EVA VÁZQUEZ

De lo que se ha tratado siempre en la revolución democrática es de la emancipación de los individuos. En Grecia apuntaba a librar al ciudadano de la clausura familiar y tribal, aún a costa de entregarlo al dominio de un destino trágico. En la Francia del dieciocho, la sublevación fue contra la opresión de la sociedad jerárquica del Antiguo Régimen, que recortaba los derechos políticos individuales y también sus libertades económicas, sometidas al marco corporativo. Es decir que —como bien ha señalado Marcel Gauchet— lo que podríamos llamar “izquierda” (radical contra la monarquía, la iglesia católica, los estamentos regionales, el gremialismo burgués, etc…) parte del “liberalismo”, es decir de la aspiración a libertades individuales conseguidas gracias al nuevo Estado basado en los derechos del hombre y el ciudadano.

En democracia no hay oposición entre los individuos —es decir, los ciudadanos— y la sociedad, porque es la evolución de ésta a partir de sus fórmulas atávicas, genealógicas y familiares, la que produce los individuos que disponen de autonomía legal y social. La sociedad democrática fomenta la creación de individuos capaces de autogestionarse (por medio de la educación general y la protección de sus derechos no heredados ni territoriales) y éstos a su vez configuran el marco institucional de una sociedad no tradicionalista, innovadora. El peligro del individualismo es considerar las leyes comunes como cortapisas mutiladoras de las libertades y no como sus garantías; y el peligro del Estado democrático es instaurar con sus reglamentos una dependencia estrecha de aquellos cuya independencia pretende asegurar. Durante la historia moderna, perdura un combate —una dialéctica, se decía antes— entre las libertades sin control y el control antilibertario. Las oscilaciones políticas entre derecha e izquierda (ambas afinadoras permanentes de la democracia) responden a mi modo de ver a esa dialéctica. Y se han corregido mutuamente durante muchos cambios de gobierno. Claro que también se han ido pareciendo cada vez más los unos y los otros, a veces en los peores aspectos: corrupción, incuria, deriva autoritaria… Lo cual, unido a la crisis económica, al desbordamiento migratorio, etc… ha favorecido el surgimiento de movimientos y partidos populistas, cuyo designio es demoler el sistema basado en la autonomía individual dentro del desarrollo social del bipartidismo para traer nuevas formas de caudillismo colectivista. O sea pasar de la sociedad para los individuos a los individuos para la sociedad, en giro irreversible.

“Los otros sistemas organizan órdenes
jerárquicos y ganaderías humanas”

“Me llamo Erik Satie… como todo el mundo”, respondía el músico a quienes requerían su nombre. En otro campo, cuando preguntemos a un europeo cual es su filiación política, si es sincero responderá: “soy socialdemócrata… como todo el mundo”. Porque la socialdemocracia es hoy la ideología política que mejor expresa ese doble carácter que Paul Thibaud ha llamado “socio-liberalismo” y que ha sido hasta ahora, al menos desde la II Guerra Mundial, el substrato ideal sobre el que se sostiene el sistema democrático. Sus principios pueden resumirse así: toda riqueza (económica, intelectual, emotiva…) es social. Nadie se enriquece en la isla de Robinson, por grandes que sean sus talentos, ni Mozart hubiera desarrollado su genio en una tribu de bosquimanos: por tanto toda riqueza implica una responsabilidad social, para que revierta en el conjunto de los socios el provecho que tiene su fundamento en la institución colectiva. Pero es no menos cierto que la autonomía individual es el origen de la innovación y creatividad. Por tanto el desarrollo de la individualidad debe ser fomentado, su originalidad respetada y su libertad garantizada legalmente. Esta combinación no es de derechas ni de izquierdas, sino civilizada.

Hay grupos políticos que ven más importante uno de los factores u otro, pero los electores modernos no pemiten a nadie prescindir completamente de ninguno de ellos. Por éso hace sonreir el cabreo de quienes reprochan a los gobernantes de derechas, los “liberales”, ser también socialdemócratas…¡cómo si pudieran ser otra cosa!. La diferencia es que ciertos políticos comprenden mejor lo que está en juego y defienden conscientemente el sistema de sus peores amenazas: la corrupción que acaba con lo público, el colectivismo que aniquila lo privado, la intolerancia que no deja a cada cual inventarse a sí mismo dentro de la ley, las servidumbres étnicas que despedazan el Estado de todos en tribalismos incompatibles… El gran adversario de la socialdemocracia no es quien la modula según las circunstancias históricas (no hay unas tablas de la ley socialdemócratas, como las hay contra las leyes entre los populismos) sino el abandono de la educación que, junto con la justicia partidista, anulan a los ciudadanos que mejor podrían desarrollarla.

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Vida en libertad. De Enrique Krauze

Muchas veces he creído ver en el rostro de Mario Vargas Llosa una expresión de tristeza ante el macabro espectáculo del mundo. Pero enseguida responde con imaginación, ironía e inteligencia. Y con humor. El 28 cumple 81 años: ¡Felicidades!

Enrique Krauze, 26 marzo 2017 / EL PAIS

En la cena de Pascua que año tras año, desde hace milenios, se celebra en la tradición judía, hay un canto fascinante. Se titula Nos bastaría.Data del siglo IX y es una concatenación de expresiones de gratitud por los prodigios sucesivos que el pueblo de Israel recibió en su éxodo de cuarenta años hacia la tierra prometida. Extraído de su contexto religioso, el canto suena más natural y permanente. Puede expresar, por ejemplo, la gratitud acumulativa de hijos a padres, de discípulos a maestros. En ocasión de su cumpleaños 81, quiero recurrir a esa antigua fórmula para expresar a Mario Vargas Llosa mi gratitud de lector, de intelectual, de liberal y de amigo.

Si solo hubiera leído su obra de ficción, me bastaría. Cuántas aventuras e historias me han hecho vivir vicariamente esos libros, con su vaivén de temas amorosos, políticos y sociales. Cuánto agradezco el anclaje de sus novelas en la mejor tradición realista del siglo XIX, las sorpresas de su técnica faulkneriana, las emociones de sus tramas, sus personajes inolvidables, su magnífica arquitectura, su estilo preciso, claro y penetrante, tan alejado de nuestros funestos ismos: barroquismo, regionalismo, sentimentalismo.

Pensando solo en algunos títulos que he reseñado, recuerdo Historia de Mayta. Todo lo que hay que decir del fanatismo guerrillero en América Latina está ahí: fue una torcida religiosidad católica radicalizada hacia el marxismo y enamorada de su autoproclamada virtud, que llenó de muerte la región para luego volver la vista atrás sin verdadera conciencia o memoria de su responsabilidad en la tragedia. Años después leí La fiesta del Chivo, ese retrato alucinante y definitivo del dictador latinoamericano que también lo es de la sociedad y el entorno que lo reclama y aplaude, y que, finalmente, en un raro grito de libertad, a veces, lo exorciza. Nada más remoto a Vargas Losa que la fascinación del poder (tan característica en nuestra cultura y nuestra literatura). Pero lo notable es su capacidad de canalizar su repulsión hacia la recreación puntual, quirúrgica de la maldad. La literatura se vuelve así la mejor venganza. Y, sin embargo, no basta la venganza: es preciso soñar con un mundo mejor, con un mundo perfecto, y ese fue el motivo de otra novela que leí con avidez: el retrato casi titánico de Flora Tristán, tan ligada a la historia peruana, a la historia del arte y a la historia de una idea que obsesiona a Vargas Llosa como obsesionó a la humanidad desde la Ilustración, y que nuestro tiempo, quizá, ha sepultado: la idea de la utopía.

Si Mario Vargas Llosa solo me hubiera dado, como lector, su obra de ficción, me bastaría. Pero me ha dado también una extraordinaria obra monográfica de no ficción. La utopía arcaica, por ejemplo. Publicado en 1996, no conozco análisis histórico y antropológico más exhaustivo y riguroso sobre el indigenismo. Proviniendo de Perú, con su omnipresente herencia indígena, Vargas Llosa logra comprender (antes que criticar) el pensamiento y la obra de autores notables (como José María Arguedas) que creyeron en la restauración de una Arcadia incaica tan imaginaria como imposible. En 1993 Mario publicó otra obra memorable, El pez en el agua (su autobiografía), exorcismo de una campaña presidencial que viví de cerca. Ese ajuste de cuentas de Mario consigo mismo me permitió asomarme, como biógrafo, a la vida temprana de Vargas Llosa y me ayudó a comprender los límites de la acción política para un intelectual.

“Lo notable es su arte para canalizar su repulsión
hacia la recreación quirúrgica de la maldad”

Si Vargas Llosa solo nos hubiera dado sus novelas y sus monografías y no hubiera escrito ensayos, reportajes o artículos, nos bastaría. Pero ocurre que también nos ha dado (y sigue dando) una obra vasta y aguda en esos géneros. Sus ensayos no son académicos ni teóricos: son ensayos narrados, llenos de color y vivacidad. Y de combatividad moral. Cuando comencé a leerlo en Plural, comprendí que Mario era una especie de cruzado de la libertad. Su adhesión a la revolución cubana no fue un acto de sumisión ideológica: fue un acto de fe en una causa liberadora que pronto reveló su cara autoritaria. En aquellos años setenta, Mario transitó de la liberación a la libertad, de Sartre a Camus, del universo racionalista y revolucionario francés al universo empírico y liberal inglés. Sus autores fueron los míos. Fue entonces cuando lo conocí en Lima. Estábamos en la antesala de la década de los ochenta, en la que Vuelta se enfrentó a las dictaduras de derecha y las revoluciones de izquierda. Mario dio buena parte de esa batalla en la revista de Octavio Paz. Sus causas eran las nuestras. Fue un decenio decisivo en su vida, con la publicación de La guerra del fin del mundo (esa obra maestra en la tradición tolstoiana), sus desgarradores reportajes como La matanza de Uchuraccay y sus textos sobre la alternativa democrática y liberal para América Latina. Mario no piensa ya como Sartre pero encarna puntualmente al “intelectual comprometido” con su tiempo. Toda injusticia, todo conflicto, todo extremo lo incita a escribir, a reportear, como un joven impetuoso en busca del peligro, en Irak, en Oriente Próximo, en Venezuela.

Si Mario nos hubiera legado su obra de ficción, sus monografías y ensayos, sus artículos y reportajes, pero no hubiera desplegado ningún esfuerzo político directo, obviamente nos bastaría. Pero también ha desplegado ese esfuerzo. Su campaña presidencial, vilipendiada en su tiempo, fue la semilla de los cambios democráticos que, desde entonces, no sin recaídas lamentables, ha vivido la región. En 1990 (¿cómo olvidarlo?) sentenció al sistema político mexicano con dos palabras: “dictadura perfecta”. Años más tarde creó la Fundación para la Libertad, que ha congregado al pensamiento liberal ofreciendo soluciones prácticas a los problemas de la región. He acompañado a Mario en varios encuentros de la Fundación pero ninguno se compara al que tuvo lugar en Venezuela, cuando Hugo Chávez, en una de sus típicas bravuconadas, lo retó a un debate público. Aquella noche en el hotel rodeamos a Mario como un equipo en torno a un boxeador que la mañana siguiente libraría una pelea por el campeonato mundial. A última hora Chávez reculó: él solo debatía con presidentes, no con escritores.

“Sus ensayos no son académicos ni teóricos:
son ensayos narrados, llenos de color y vivacidad”

Si a lo largo de más de medio siglo de actividad literaria e intelectual nuestros caminos no se hubieran cruzado, le estaría obviamente agradecido. Pero para mi fortuna nuestros caminos se cruzaron. Nuestra amistad se construyó alrededor de las revistas Vuelta y Letras Libres. Y hemos sido compañeros de una larga travesía liberal en la cual yo he aprendido mucho. No cesa de admirarme su combatividad, su energía, su capacidad para reinventarse. ¿De dónde provienen?

Muchas veces he creído ver en el rostro de Mario una expresión de tristeza o lástima ante el macabro espectáculo del mundo. Pero de pronto, con naturalidad, aparece una sonrisa. Hay un estoico en el fondo de Mario, pero un estoico que responde con imaginación, ironía e inteligencia. Y con humor. El trabajador espartano se divierte y reencuentra el amor. Por eso, en momentos de desfallecimiento o duda, me basta hablar con él por teléfono para recobrar la alegría.

Gracias, Mario. No llegaremos a la Tierra Prometida. No existe la Tierra Prometida. La Tierra Prometida es la literatura: vida en libertad.

Los jóvenes en democracia… De Luis Mario Rodriguez

Lo importante es asumir que el relevo o, en su caso la llegada de nuevos liderazgos, frescos en edad o en ideas, que compartan con los que tienen más experiencia, es obligatorio si se quiere evolucionar al mismo ritmo que lo están haciendo otros Estados.

Luis Mario Rodriguez, 23 marzo 2017 / EDH

El interés de las nuevas generaciones por aportar al desarrollo nacional es indispensable. Su ausencia sería inexcusable. Causaría un enquistamiento de quienes han administrado el poder por décadas y condenaría a los ciudadanos a vivir bajo un esquema en el que, lo importante y trascendente, sería mantener los privilegios que el sistema le ha concedido a los primeros. Se esquivaría el debate de temas esenciales para la organización y la vida en sociedad, se impondría, como de hecho sucede ahora mismo, el clientelismo político sobre la meritocracia, y con el retiro o la muerte de los antiguos líderes, también desfallecerían con ellos, hasta apagarse, la luz del republicanismo, la observancia del Estado de derecho y las bases elementales de todo sistema democrático.

Esto no significa, ni por asomo, que en la actualidad se carezca por completo de líderes políticos. Los hay, y de todas las edades. Lo importante es asumir que el relevo o, en su caso la llegada de nuevos liderazgos, frescos en edad o en ideas, que compartan con los que tienen más experiencia, es obligatorio si se quiere evolucionar al mismo ritmo que lo están haciendo otros Estados. La trillada combinación entre “experiencia y juventud” es siempre un buen método para acoplar la prudencia con la temeridad, la calma con la ansiedad y el discernimiento que da el sentido común con los conocimientos que concede la formación académica.

El “encargo democrático” que la nación le entrega a los nóveles activistas y a quienes, después de los cuarenta incursionan en la política o se interesan por incidir en la cosa pública, difiere, sustancialmente, si se trata de una coyuntura política donde la Constitución no se cumple, de aquella otra donde la democracia aún vive, pero se amenaza a la división de poderes, a las elecciones como forma de alcanzar el poder y al respeto de los derechos humanos.

Los jóvenes simbolizaron la figura central en varias de las protestas más emblemáticas en diferentes partes del mundo y en distintas épocas durante el siglo XX. Así lo registra la historia en México, en la República Popular China, en Venezuela y aquí mismo, en El Salvador.

En 1968, la “matanza en la plaza de las tres culturas de Tlatelolco”, conmocionó a los mexicanos y a la comunidad internacional. Los estudiantes, como en otras partes del orbe, se oponían al autoritarismo y a los “métodos” utilizados por el régimen para desafiar a cualquiera que rechazara su “forma” de gobernar. Las crónicas señalan que el levantamiento estudiantil “marcó una inflexión en los tiempos políticos de México porque fue independiente y contestatario” y se fortalecía con “las demandas libertarias y de democratización que dominaban el imaginario mundial”.

La masacre de la “Plaza de Tiananmén”, en 1989, representa otro de los hechos históricos que confirman el involucramiento de la juventud allá donde el sistema democrático y las libertades se encuentran secuestrados. La foto del joven opositor enfrentando un escuadrón de tanques es la viva imagen de un individuo que exige el cese de la represión, en aquel momento, encarnada por el partido comunista. El Ejército Popular de Liberación disolvió la movilización y aunque la cifra de asesinados no está clara se habló de cientos de manifestantes.

La resistencia de los universitarios venezolanos a la reforma constitucional impulsada por el fallecido Hugo Chávez en 2007 con la intención de establecer la reelección presidencial indefinida, será recordada como otra de las luchas a favor de la democracia en América Latina. Esa fue la primera derrota electoral del exmandatario después de una serie de triunfos consecutivos que le otorgaron el poder desde 1999. En otro caso emblemático la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez fue repelida por los movimientos universitarios salvadoreños. Lideraron la “huelga de brazos caídos” y sacaron al dictador del poder.

En democracia, sin represores, pero con intimidaciones serias encaminadas a debilitar la forma de gobierno y la transparencia, con una crisis fiscal en ciernes, un magro panorama en materia de seguridad, una economía estancada que no genera empleos y un alto nivel de pobreza, los jóvenes deben reflexionar cuál será su contribución a la construcción de consensos. Hacer lo contrario los asemejaría a quienes ellos pretenden superar.

El zorro enjaulado. De Max Mojica

max mojica-xMax Mojica, 28 junio 2016 / EDH

Encontrándome en el casco de una hacienda, descubrí para mi sorpresa que estaba ahí en medio del patio un zorro en absoluta libertad; que incansablemente daba vueltas y vueltas, en un área de unos tres metros cuadrados, sin escaparse ni moverse de lugar.

Intrigado, pregunté al encargado de la finca el porqué de la conducta del animal. Me contestó que se trataba de un zorro salvaje que desde cachorro vivió enjaulado en una área similar a la que daba vueltas, por lo que, años después, cuando finalmente su carcelero decidió liberarlo, el zorro simplemente se quedó  donde estaba, incapaz de escapar, de disfrutar su libertad, de valerse por sí mismo: el zorro quedó preso, ya no en una jaula de metal, sino que la prisión ahora estaba en su mente.

diario hoyA veces pienso que nosotros los salvadoreños somos ese zorro. No nos acostumbramos a la libertad, nos da miedo esa sensación de tenernos que valer por nosotros mismos, económica y políticamente, por más que nos hagan saber que ahora somos libres y vivimos en democracia, nuestras mentes continúan atadas por miedos sin fundamento inculcados por años y años de educación populista que nos hace creer que irremediablemente somos dependientes del Estado, por lo que preferimos entregar nuestra libertad a falsos mesías que nos prometen paternidades estatales generadoras de paraísos terrenales inexistentes.

Las cárceles mentales de los salvadoreños no derivan únicamente de los paradigmas de izquierda promulgados en las aulas y universidades públicas y privadas, sino que con el tiempo han ido adquiriendo diversos matices, los cuales tienen su origen en la aguda ignorancia de la fuerza que tiene la voluntad individual (cuando nos proponemos algo) y colectiva (cuando todos nos unimos para un fin).

Por alguna razón, hemos llegado a creer que “mi voto no vale”, que no hace la diferencia. Los salvadoreños vivimos una guerra civil, conflictos sociales, destierros y mucho dolor ciudadano para lograr superar las dictaduras militares, para vivir en democracia y libertad, solo para descubrir que una vez libres, no sabemos qué hacer con ella. En un país en donde corrió sangre para tener elecciones libres y en donde en cada elección se pone tanto en juego, es increíble tengamos abstinencia electoral del 48%; abstinencia que, a la vez que deslegitima a los gobernantes, hace que todos los sacrificios que hicieron miles de salvadoreños para que tuviéramos democracia, hayan sido hechos en vano. El gobierno que ahora tenemos, por ejemplo, fue electo por un poco más del 30 % de salvadoreños con derecho al voto.

No obstante considerarme una persona profundamente religiosa con raíces católicas, no estoy dispuesto a creer que tenemos el gobierno que tenemos por “voluntad de Dios”. Creo que todo gobierno es electo por nosotros y no tenemos mejores gobernantes por la crónica incapacidad de los diferentes actores políticos de presentar propuestas más atractivas, inteligentes y viables a las que tuvo en su momento el partido que ahora gobierna. Tenemos a quienes tenemos gobernándonos porque el FMLN supo manejar mejor su logística para hacer llegar a sus votantes a las urnas y supo dar al pueblo una oferta electoral más atractiva que la oposición, la cual parece no aprender la lección y continúa sin poderse conectar con la población quien ahora no lo castiga en las urnas sino en los sondeos de opinión.

Me resisto a creer que “no hay que meterse en política porque es corrupta”. Si es corrupta, si está en manos de personas no aptas ni preparadas, es porque aquellos salvadoreños honestos, probos y capaces deciden no involucrarse, no renunciar a su delicioso anonimato y a sus privilegiadas existencias. El Salvador urge de personas capaces para trabajar por la cosa pública -no en busca de privilegios, de viajes en primera clase o de licitaciones amañadas- sino para servir a este país que es el único que tenemos y que a gritos pide dirigentes capaces para poder solucionar las necesidades tan sentidas de la población: educación, seguridad, salud y progreso.

Me resisto a pensar que no podamos superar la “cárcel de nuestras ideologías”, que no nos permite unirnos en torno a un proyecto común para sacar adelante a El Salvador, ¿cuándo dejaran las élites políticas esa actitud de bloquear lo que el oponente propone, por muy bueno que sea para el país, o eliminar proyectos beneficiosos porque fueron establecidos por el gobierno anterior? Las mismas ideologías que nos llevaron a una guerra, ahora nos llevan al fracaso.

Todos los días, frente a los diferentes medios de comunicación, veo a mi pobre país hundiéndonos cada vez más en deuda pública, corrupción, politiquería barata y resentimientos internos, sin darnos cuenta que somos libres para progresar pero que aún así, hacemos todo lo posible por seguir presos en el subdesarrollo. Tan presos como ese zorro en su jaula inexistente.

Escribir sobre política. De Marvin Galeas

marvin galeasMarvin Galeas, 18 junio 2016 / EDH

Pareciera que hay una regla no escrita en la mente de editores de periódicos y una inmensa tropa de editorialistas, en varios países latinoamericanos, que dice que lo único sobre lo que vale la pena escribir es sobre política. Quizá en El Salvador es donde más se aplica esta regla no escrita.

diario hoyEs importante escribir sobre ese tema. Pero hay vida más allá del tema político: problemas, maravillas, desgracias, necesidades, vainas, como dicen los venezolanos. Y sin embargo, día a día, página tras página, las secciones editoriales vienen atiborradas sobre las actuaciones del gobierno, de los partidos y de los políticos.

Hay artículos que resultan, por el fondo y la forma, sumamente interesantes. Mueven a la reflexión y algunos hasta a la acción. Pero una buena parte, lo digo con sinceridad, son pastosos, aburridos e irrelevantes. Cuesta pasar del primer párrafo. Antes de escribir se debe tomar en cuenta que la comunicación solo ocurre si hay un cambio de conducta en el receptor.

Es decir si lo leído provoca repensar algo, cambiar de opinión, o simplemente reafirmar lo que uno piensa. O definitivamente actuar. Hay personas que lloran o sonríen después de leer un artículo. Otros se indignan o quieren seguir indagando sobre el tema. Eso es un cambio de conducta. La comunicación se ha producido.

En mi opinión los editorialistas más jóvenes, más frescos, deberían ensayar el abordaje de temas importantes que no son necesariamente políticos. Y si es necesario escribir algo sobre el tema político, inevitable claro, tratar de cuidar la forma y el fondo.

Hay editorialistas que abordan el tema político con gracia y relevancia. Puedo mencionar entre ellos a Salvador y Joaquín Samayoa, Federico Hernández, Roberto Rubio, Manuel Hinds y otros.

Se puede estar o no de acuerdo con ellos. Pero lo que plantean esta siempre bien escrito y, lo más importante, son cuestiones relevantes. Mueven a la reflexión. Hay otros imposibles de leer. Pero insisto, hay tantos otros temas que buscan opinadores. Como en la obra de Ibsen, son temas que parecen personajes en busca de autor.

En México el gran escritor, cronista y columnista Juan Villoro se las ingenia para hacer grandes planteamientos de fondo, vitales, polémicos, partiendo desde asuntos de la cotidianidad. Seguramente habrá escrito más de alguna vez sobre política, pero la verdad es que yo no recuerdo ninguno.

Son memorables los artículos escritos por Villoro sobre la actitud de el ex campeón mundial de boxeo Julio César Chávez, tras el inesperado resultado de una pelea. Lo que menos abordaba Villoro en ese célebre artículo titulado “La Tempestad Ligera”, era la cuestión deportiva.

El autor mexicano aborda el dilema del que se tambalea en la cumbre, llevado allí no solo por sus habilidades en el ring sino por toda una industria que fábrica y desecha héroes de acuerdo a las expectativas de las masas. Toda una maquinaria que se especializan en sacar al mercado ídolos humanos como si fuesen teléfonos de última tecnología . Y luego, así como teléfonos los retiran del mercado, porque inventaron algo nuevo, lo último, para seducir a los consumidores.

Hay un artículo memorable de Villoro sobre Ronaldo, no Cristiano, sino “el fenómeno”, a quien califica como el jugador más asocial que haya existido jamás. Ronaldo, clásico delantero centro, recibía una pelota, cerca o fuera del área, no miraba nada más que la portería contraria y hacia allá se dirigía. O metía el gol o lo perdía. Pero nunca se asociaba con ninguno de sus compañeros.

El artículo sobre Ronaldo va en realidad más allá del juego, para adentrarse en el terreno de la psique humana. Recomiendo ampliamente las crónicas de Juan Villoro sobre su visita a Disney y el que aborda el tema de la contaminación en la ciudad de México titulado “El Cielo Artificial”.

John Carlin, quien escribe para el diario El País de España y que además escribió el guión de la película Invictus, sobre la vida de Mandela, aborda generalmente temas relativos al deporte, específicamente el fútbol. Sin embargo sus columnas casi siempre dejan grandes lecciones de vida.

La clave, me parece, está en encontrar lo que de relevante y de fondo hay en los actos cotidianos. Hay vida más allá de la política.

¡Sálvese quien pueda! De Luis Mario Rodríguez

Los partidos continúan sin dar señales acerca de un acuerdo unánime para resolver las dificultades que se presentaron en las recientes elecciones legislativas y para dar cumplimiento a las sentencias de la Sala de lo Constitucional .

Luis Mario Rodríguez, director del Departamento de Estudios Políticos de FUSADES

Luis Mario Rodríguez, 16 agosto 2015 / EDH

El estrés que le causa a un país la acumulación de problemas sin resolver corre el riesgo de transformarse en una grave “desafección política”.

En otras palabras, la confianza de los ciudadanos en sus gobernantes se deteriora aceleradamente y por tanto decrece también el interés por auditar el trabajo de estos últimos. Contrario a lo que el sentido común dictaría, los electores se alejan de las urnas, los profesionales emigran, los empresarios reducen sus inversiones al mínimo y el “ensimismamiento” de los habitantes se profundiza, adoptando como lema un agónico “sálvese quien pueda”.

La reacción ante este contexto, tanto a nivel popular como por parte de la sociedad civil organizada, de la academia y de los grupos de presión, debería ser la contraria. Se esperarían reclamos y manifestaciones públicas, de manera ordenada y bajo los parámetros establecidos en la Constitución; pronunciamientos colectivos de los rectores de las más importantes universidades llamando al orden y exigiendo un sincero y pronto diálogo nacional, y participación activa y conjunta de los empresarios y sindicatos, apelando a la responsabilidad del gobierno ante la amenaza inminente del cierre de negocios y de la pérdida de empleos por el acoso delincuencial.

La gente se interesa muy poco por la elección de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia; se olvida de las contrariedades que se identificaron en los comicios del 1º de marzo y espera que sean los legisladores los que actúen reformando la ley; no hay reclamos por la impunidad ni interés porque los fondos del Estado se administren de manera transparente; se convive con la muerte en las colonias, acosadas por las pandillas, extorsionadas y sin esperanza alguna que la situación cambie.

En repetidas ocasiones se ha indicado por analistas y líderes de opinión la importancia de nombrar a honorables integrantes del máximo tribunal de justicia. De esta decisión depende el respeto de libertades tan fundamentales como la de expresar nuestro rechazo a quienes intentan atropellar la independencia de las instituciones; la de asociarnos para defender aspectos como el derecho a la vida; la de emprender una actividad económica basada en la libre contratación; la de exigir la confidencialidad de las comunicaciones y que únicamente se permita su interferencia en el marco de un proceso judicial; la de elegir en las urnas a quienes consideramos capaces de administrar el poder y la de ser electos por el voto popular. Si no comprendemos la trascendencia de este nombramiento ni nos preocupamos por vigilar el proceso de elección, ocurrirá lo de siempre: serán designados los menos idóneos y continuaremos arrastrando una deficiente administración de justicia.

Por otra parte los partidos continúan sin dar señales acerca de un acuerdo unánime para resolver las dificultades que se presentaron en las recientes elecciones legislativas y para dar cumplimiento a las sentencias de la Sala de lo Constitucional en materia de fiscalización del financiamiento político y sobre las reglas que regirán la democracia interna. A estos pendientes se agregan las resoluciones que mandan ciudadanizar las Juntas Receptoras de Votos y dictar las reglas para la aplicación del voto cruzado. Nada se ha dicho sobre avanzar hacia la automatización del conteo de los sufragios y el llenado de actas ni se han abordado los vacíos que sigue mostrando la administración de justicia electoral.

Si el único mecanismo legítimo que permite la sustitución de los representantes en la Asamblea, en las alcaldías y en el Ejecutivo es el de las elecciones, los ciudadanos debemos preocuparnos porque las mismas sean lo más transparentes y justas posible. Hacer lo contrario, esto es, olvidarnos de la urgente revisión de la ley electoral para que, entre otros aspectos, elijamos de nuevo a los candidatos a diputados de nuestra preferencia, conozcamos los resultados electorales la misma noche del día de los comicios, sepamos quiénes patrocinan a los partidos políticos y evitemos que nuestro voto sea “echado a la basura”, pondremos en peligro la exclusiva posibilidad que nos otorga la Constitución de escoger a los que estimamos idóneos para encargarse de la cosa pública.

La inseguridad es otro de los ámbitos que se suma al menú de ansiedades nacionales. Mientras los homicidios aumentan, las masacres pasan de sucesos excepcionales a convertirse en asuntos de cada día, los asesinatos de policías y militares se multiplican semanalmente y el “sabotaje” al transporte público se añade a los “ases” de los criminales para presionar al gobierno, los partidos y el Ejecutivo permanecen en otra dimensión, acusándose mutuamente de estar tras las pandillas, de organizar “golpes suaves” y de instrumentalizar a la violencia con fines políticos.

El panorama no puede ser más desalentador. La ilusión es que la sociedad reaccione y exija, de manera contundente, una rectificación inmediata a la inmadurez, al inmovilismo y a la polarización de la clase política.