Cristian Villalta

La sopa. De Cristian Villalta

22 julio 2018 / La Prensa Gráfica

Las pandillas sofocan cotidianamente a un sensible porcentaje de la población a través de la extorsión, la intimidación, el acoso y el asesinato. En su enfrentamiento con estos grupos y en general con otras expresiones violentas de la marginalidad, la Policía Nacional Civil mutó en una institución conflictiva, con unos reflejos incluso criminales, de tal modo que el Grupo de Reacción Policial, una de sus divisiones élite, debió ser disuelto.

¿Nuestra sociedad está concentrada en otro tema que no sea el de la sistematización de la violencia, el irrespeto a las libertades constitucionales que eso supone y la victimización a dos bandas que sufren nuestros jóvenes? No.

O al menos eso es lo que el observador recoge si conversa con el vecino, con los amigos, los conocidos, los colegas. La conclusión inevitable en la que se aterriza en las sobremesas de todos los hogares es la misma: “estamos jodidos”.

Inexplicablemente, la discusión de aquellos que tendrían que representar a los ciudadanos por comisión (los funcionarios) o por default (los partidos políticos) no toca sino colateralmente la postración en la que nos encontramos a consecuencia de la delincuencia. Tres meses después de los cambios reflejados en el organigrama policial a consecuencia de la derrota electoral, lo único que se pide al Gabinete de Seguridad, y de modo intermitente, es que encuentre a Carla Ayala.

¿En qué pueden estar ocupadas las “mejores mentes” de El Salvador sino en entender el fenómeno de la violencia y encontrarle vías de solución al sangramiento de nuestra próxima generación?

Sí, están ocupadas, pero en la miasma electorera, esa sopa tóxica de descalificaciones y chanchullos que tiene convertida a ARENA en una casa de citas con gobernantas peleadas; al FMLN en un partido bananero, amigo de un dictadorzuelo bananero; y a GANA, PCN, PDC y CD escamoteando las migajas de siempre a partir de una relevancia que no tiene sustento electoral alguno.

¿Quién lidera actualmente en El Salvador, entonces? ¿Quién alienta el debate sobre los problemas acuciantes de nuestra nación? No son la gente de los partidos políticos, eso está claro, blanco de una epidemia de mediocridad de la que ninguno se escapa.

Tampoco el Ejecutivo, que agota los últimos meses de su gobierno en diseñar una Sala de lo Constitucional que no muerda a nadie. Le sobran socios en ese empeño, incluidos algunos diputados de la oposición.

Considerando la historia salvadoreña del siglo pasado, nuestra campeona debería ser una sociedad civil robusta, independiente no solo del Estado, sino de la mediocre sociedad política que padecemos. Pero por proceso histórico, por incompetencia de la izquierda y por la siniestra confabulación Saca-Funes de hace algunos años, construir una instancia que desde el campo de lo público persiga el bien común sin ánimo lucrativo ni político partidario ha sido imposible.

Ese es el vacío que impide en este momento establecer una agenda nacional que no se vea contaminada por las veleidades de la partidocracia o la mezquindad de los grupos económicos dominantes, tradicionales o de nuevo cuño. Sin importar si esas facciones del negocio de la política son formidables propagandistas, egregios seguidores de Goebbels o tiernos retoños de la posmodernidad, en su conjunto son un atentado para el avance de nuestra democracia, a ciencia y paciencia de todos los ciudadanos.

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La vida. De Cristian Villalta

Si el observador afila el ojo, se dará cuenta de que esta Copa del Mundo es un testimonio de los efectos de la inmigración en Europa Occidental.

8 julio 2018 / La Prensa Gráfica

Crecí creyendo que los belgas, todos, eran como Tintín. El personaje de Hergé, además de rubio, intrépido, más bien chaparro y suma de todas las virtudes, es reportero. Y uno de los buenos, como lo demuestra en sus múltiples aventuras, investigando crímenes y estableciendo contacto con todo tipo de culturas.

Una de sus pesquisas lo lleva al Congo belga, que es como se conoció durante medio siglo a lo que ahora es la República Democrática del Congo. Y ahí, en unas oprobiosas páginas, Hergé más que Tintín exhibió todo su colonialismo, esa sofisticada versión del racismo de la cual Bélgica, Alemania, Francia, Italia y España padecieron hasta la Segunda Guerra Mundial.

El libro fue un éxito de ventas, como prácticamente todo lo producido por Hergé. Y claro, aunque criticado hasta la fecha e incluso objeto de un extemporáneo juicio por racismo en 2016, reforzó la cosmovisión de varias generaciones.

Solo el fútbol, tan quintaesencia de la cultura de masas como el cómic, puede permear en estereotipos de esa índole, lamentablemente tan adheridos a la construcción de la identidad nacional en el Primer Mundo. Y, aunque parezcan mundos diferentes, 80 años después uno de los nuevos símbolos del nacionalismo belga no es un chaparrito chelito con un copete rubio sino un gigantón moreno de 1.91 metros y 209 libras de peso de nombre Romelu Menama Lukaku. Y sí, sus padres son inmigrantes congoleses.

Lukaku no es un ave rara ni en Bélgica ni en esta Copa del Mundo. También hay sangre congolesa en sus compañeros Vincent Mpoy Kompany, Dedryck Boyata, y marroquí en la de Marouane Fellaini. Y entre los otros tres países clasificados a las semifinales, podemos decir lo mismo de una selección francesa en la que hay chicos de ascendencia senegalesa, argelina, maliense, congolesa, e incluso un nacido en Camerún; o de Inglaterra, que en el registro genético de su competitiva selección goza de la mixtura de países como San Cristóbal y Nevis, Ghana, Jamaica y Nigeria.

Rusia 2018 ha sido pródigo en selecciones europeas que aumentaron su potencial competitivo merced a la inmigración registrada en sus países. No es una obviedad: aunque Europa Occidental ha sido multicultural desde siempre, reconocer el mestizaje, aceptarlo y reivindicarlo al poner a sus hijos y nietos ante los ojos de todo el planeta, enfundados en una camiseta con tus colores y cantando tu himno no ha sido automático para esos países.

Hace apenas 20 años, cuando Francia ganó el Mundial con 14 hijos de inmigrantes como su base, el ultraderechista Jean Marie Le Pen renegó de ese equipo como un símbolo de su país.

Desde entonces, el mestizaje ha sido indispensable para los triunfos deportivos de Francia, Inglaterra, Bélgica, Alemania y Suiza, sin traumas para nadie excepto para los países que los han sufrido en la cancha.

Es que el fútbol es como la vida, dirá alguno. Puede ser la metáfora de una nación, un instrumento propagandístico, un negocio despiadado, una excusa para la verborrea pseudoliteraria o la materia de un periodismo banal lleno de hipérboles. Sí, puede ser todo eso, pero solo porque el fútbol no es como la vida; el fútbol es la vida.

Mundialista. De Cristian Villalta

Las sociedades se hartan de la corrupción. Para que esto ocurra ni siquiera se necesita de una población debidamente sensible.

24 junio 2018 / La Prensa Gráfica

Una de las principales deficiencias de nuestro proceso democrático es la pérdida de sex appeal de los partidos políticos. Mucho se ha teorizado al respecto en una decena de países latinoamericanos que sufrieron el denominador común de una clase dirigencial agotada y de falta de liderazgos civiles.

A esa erosión sobrevino en la mayoría de los casos o el síndrome de la tercera fuerza –tendencia que Elías Saca quiso convertir en su segundo caballo de Troya, afortunadamente sin éxito– o la tragedia de un caudillo populista.

Las sociedades se hartan de la corrupción. Para que esto ocurra ni siquiera se necesita de una población debidamente sensible, o de una crisis de los servicios básicos, o del colapso de algunas instituciones, de la pérdida del terreno constitucional en materia de libertades individuales o de la infiltración criminal en los cuerpos de seguridad. Basta con la información, por obra y gracia del periodismo y de su socialización a través de las redes personales.

En El Salvador, la Ley de Acceso a la Información abrió la puerta a pesquisas tanto civiles como oficiales que ahora tienen contra las cuerdas a una administración arenera y a otra del FMLN; fue merced a esas inquisiciones que se nos ha revelado la posibilidad de un saqueo sistemático del Estado de parte de una cleptocracia salvaje.

Como consecuencia y ante el riesgo de la irrelevancia, una posibilidad que solo contemplaron luego de sus respectivos desastres electorales, los dos partidos oficiales de este siglo emprendieron procesos de cambio, coronados a esta altura por la elección de candidatos presidenciales que tendrían en su confección comunicacional y en su visión del país más contenido de futuro que del pasado.

Ambos pugnan por remontar en las encuestas ante el exalcalde capitalino, que sería potencialmente el tercero en discordia, en un rifirrafe que hasta ahora se constriñe al fragor de las descalificaciones en las redes sociales.

El problema en un primer momento fue que en cada bando apenas distinguimos estrategia, no contenido; ahora, a esa resta hay que añadirle asuntos que comprometen los principios que los dos partidos tradicionales deberían defender con más vigor.

La piedra en el zapato de la facción más vetusta de la izquierda latinoamericana se llama Nicaragua. En su camino de reverenciado comandante sandinista y lobista de la insurgencia salvadoreña a dictadorzuelo criminal, Daniel Ortega siempre tuvo al FMLN como escudero. Su último detalle con los compitas fue asilarles a su Frankenstein en guayabera.

Pero es increíble que Hugo Martínez, el delfín de Óscar Ortiz, se resista a establecer una posición humanista, demócrata, siquiera cristiana respecto del naufragio nicaragüense. Por más histrionismo que ponga de su parte, los modos de Martínez son los del viejo FMLN.

Al otro lado, los palaciegos expusieron a Carlos Calleja. La designación de Carlos Reyes como jefe de fracción de ARENA no puede interpretarse sino como una decisión del nuevo mandamás del partido; los diputados esperaron a que se resolviera la interna para ocupar ese puesto.

Es cierto, Calleja no podía prever el ataque de fiebre futbolera de Reyes ni la frescura con la que decidió irse a Rusia cobrando salario como si nada. Pero un golpe en la mesa se da pidiendo cabezas, no redactando tuits.

Para ponerlo en clave mundialista: Partidos 2 – Candidatos 0.

Cómplices. De Cristian Villalta

Como nación, nuestro juicio queda mal parado cuando tres de nuestros últimos cuatro presidentes fueron acusados de peculado, dos de ellos con lavado de dinero añadido. Si en esos 15 años no pegamos una, ¿eso nos vuelve los votantes más estúpidos del planeta? No.

10 junio 2018 / La Prensa Gráfica

Con disculpas para la exageración anterior -la de los votantes, no la de los presuntos delitos-, realmente cabe preguntarse si como electorado cometimos un error eligiendo en su momento a los señores Francisco Flores, Elías Antonio Saca y Mauricio Funes. La Fiscalía General de la República respondería tres veces que sí, a juzgar por las causas que siguió y/o sigue contra ellos.

Esta columna va por otro lado, porque la respuesta es no. Y tres veces. A cada uno se lo eligió por irrepetibles factores históricos; no hubo mejores opciones en ninguna de esas estaciones de nuestro tránsito democrático.

Además, el sufragio no es un ejercicio de psicoanálisis y a menos que el candidato sea una persona inválida emocionalmente y lo demuestre en público de modo reiterado (sí…), para el elector es imposible juzgar su carácter y si se resistirá a los apetitos del poder.

Mientras no haya pruebas que ninguno de ellos ya llegó al poder con un plan delictivo debajo del brazo, no podemos sino pensar que sus intenciones eran honestas. Y es mejor creerlo así para no desviarnos en la lectura, lamentándonos que El Salvador haya sido víctima de unos bellacos imperdonables. Bellaquería o no, el caldo de cultivo de estas vergüenzas reside en un Estado mal diseñado en el que las instituciones tienen proxenetas políticos a su cargo, y en las intocables mafias que eventualmente corrompen a los funcionarios.

Pero considerando la naturaleza de los delitos, la artillería debe enfilarse principalmente hacia la Corte de Cuentas de la República y al modo casi entusiasta en el que faltó a su deber, incluso dándole finiquitos en su momento a cada uno de los mencionados.

Década y media de incompetencia no es incompetencia sino un sistema.
La Corte de Cuentas de la República fue manejada por el Partido de Conciliación Nacional desde 1984 hasta 2011. ¿Por qué la contralora gubernamental por excelencia ha sido durante años sólo una concubina entre el oficialismo y sus satélites ocasionales? Porque si legalmente se la presume “independiente en lo funcional, administrativo y presupuestario”, en la práctica no se sustrajo nunca del influjo de los verdaderos poderes.

Esos poderes fácticos, dueños de este o de aquel partido político, invierten en sus diputados sólo con la garantía que sabrán hacerse cargo. Y parte de hacerse cargo ha sido el diseño de la Corte, que ha funcionado como el revólver que ataca o defiende a la mafia política salvadoreña.

La mayor parte de la desatención de los deberes en la institución ocurrió durante el largo periodo que Hernán Contreras campeó en ella, 17 años en dos periodos (1990-1998 y 2002-2011). Contreras no sólo fue designado dos veces sino reelecto otras cuatro, la penúltima de ellas con Elías Saca como presidente, y con el abrazo de 48 diputados, entre ellos toda la bancada arenera.

Lo que ha fallado pues sí ha sido el juicio, pero de los diputados de todo el espectro político que actuaron en bloque apoyando tantas veces a Contreras contra todo interés público. Esos votantes tampoco fueron estúpidos, sino cómplices.

Paralítico. De Cristian Villalta

29 abril 2018 / La Prensa Gráfica

En un mes, el Fmln tendrá candidato a la presidencia. Sin importar su nombre, sabemos que se apellidará Martínez, que no hará ninguna crítica a la extraviada conducción que el partido sufrió en los últimos años y que tendrá el Everest comunicacional de venderle esperanza a un electorado que ya les compró una o hasta dos veces con terribles resultados.

A muchos izquierdistas se nos antojaba una revolución en el Fmln, a más no haber. Creímos que luego del desgobierno de Salvador Sánchez Cerén, del comprobado cinismo de la comisión política del Frente y las consecuencia electorales provocadas por esas dos taras, advendría siquiera una discusión pública en ese instituto.

Lo que sucedió al desastre electoral, no obstante, fue sólo la confirmación de la parálisis de liderazgo que el partido oficial sufre desde hace ya algún rato. La suma de la autocrítica en el Fmln es cero. Vamos, es que si la gran perestroika en el Gobierno luego de marzo fue empoderar a Óscar Ortiz, sólo queda apagar las luces e irnos todos a Masada.

Lo de la izquierda salvadoreña ha sido trágico: una vez convertida en gobierno, se olvidó de programa, visión y contenido, y lo redujo todo a estrategia, táctica y dialéctica. Y una dialéctica vulgar, chabacana, ramplona. Y, por maldita lógica histórica, sus mejores hombres y mujeres se fueron quedando en ese tránsito de 40 años de promesa subversiva a facción oficial que acabó empequeñeciéndolo.

El Fmln urge de un cambio profundo; confío que ocurrirá pero no será en el marco de las elecciones de 2019, que sólo representarán el canto del cisne del grupo de Medardo, Norman, Merino, Ortiz y anexos.

Mi confianza tiene poco de qué asirse, excepto de las causas finales, teleológicas si quieren, que son el motor no sólo del Frente sino del pensamiento de izquierda en El Salvador.

Parece obvio que habrá un cambio en el gobierno el próximo año. No hay razones de peso para pensar en otros cinco años del Frente. A la vez, hay motivos para creer que la próxima administración profundizará la carga impositiva, le recortará a la inversión social y recrudecerá el enfoque militarista de la seguridad pública.

El espectro nacional está fragmentado, sin vasos comunicantes sanos entre las distintas tendencias ni entre sus caudillos; sólo un estadista conseguiría que esas ideas convivan y se instale el necesario ambiente para administrar las tensiones que se aproximan a la vista de todos.

Pero de eso, no hay nada en la vitrina de 2019. De la derecha se percibe la ansiedad de recuperar el Ejecutivo, no conciencia de sus graves errores del pasado ni tampoco vergüenza de cómo se benefició con la corrupción de su último gobierno. Así, ¿cómo?
Ninguno de los otros partidos ni movimientos aportan una alternativa en esta coyuntura: algunos se vacían en culto a la personalidad sin contenido y los otros son cofradía de amigotes.

En uno, cinco o diez años dependiendo de cuanto tiempo se pierda en las veleidades electorales, cuando la nación ya no soporte lo anormal de nuestro Estado, lo alienado de su funcionamiento, se necesitará de un compromiso humanista de nuestra política, tan secular como sea posible. La izquierda del mañana, la que debe erguirse sobre las cenizas del naufragio de este Fmln, verá entonces su hora.

Otro juego. De Cristian Villalta

Nuestra democracia le debe mucho a la polarización. La tensión sin tregua entre ARENA y FMLN, inevitable en los inicios de los 90, fue su mejor aliada para dinamizar las votaciones en el último cuarto de siglo.

Cristian Villalta, 18 marzo 2018 / La Prensa Gráfica

Esa polarización fue el ingrediente estrella de los ejercicios electorales desde Chapultepec, merced a dos formidables abstracciones de consumo masivo: la primera, que el FMLN y los partidos de su ecosistema eran la suma de los ideales populares de justicia e igualdad; la segunda, que ARENA y sus satélites eran la última línea de defensa de la inversión privada, del consiguiente empleo y del modo salvadoreño de vida.

Dicho de otro modo, el FMLN era la promesa del cambio y ARENA, la promesa del orden. Y los salvadoreños asistíamos a votar por la ilusión de una cosa o de la otra.

Al ejercer el sufragio, la nación honraba otra ilusión igual de sublime: que el pueblo era el titular del poder y lo transmitía representativamente a unos pocos para que la sociedad progresara. Deficiencia de todas las democracias occidentales, en el caso nacional eso es ilusorio porque vivimos en un régimen que es democrático en los procedimientos pero aún no en su vocación.

En la práctica, después dos décadas de gobiernos areneros la sociedad de posguerra se descubrió a la vez excluyente y empobrecida, y la idea del cambio se instaló poderosamente. El FMLN gozó entonces de su mejor hora y no tuvo más remedio que ganar.

Pero nueve años después del triunfo de Mauricio Funes, tras dos gobiernos con sabor a naufragio, el partido ha perdido la franquicia de “el cambio”. Para mayor inri, las palabras de la discusión pública que antes eran de su competencia ahora son usadas en contra suya por sus enemigos.

El otrora opositor por excelencia es ahora un partido oficial, paria que en el epílogo de su desvergüenza se dispone a convertir algunos ministerios en premio de consuelo para sus candidatos derrotados. Esa reacción solo corona uno de sus errores estratégicos más abusivos: confundió partido con Gobierno.

La crónica del Frente se volvió, pues, trágica.

Esa tragedia es más amarga para el sistema de partidos que para el pensamiento de izquierda. Es que a diferencia de la derecha, cuyo núcleo está concentrado entre los que militan o apoyan a ARENA y quienes lo patrocinan, la izquierda democrática nunca estuvo atomizada en el FMLN.

La izquierda puede vivir sin FMLN y encontrar otros caminos. Pero el sistema de partidos difícilmente saldrá bien parado si la mitad de su espectro entra en una crisis de legitimidad. Y ahora mismo, el oficialismo parece apenas un club de amigos.

Si uno de los dos polos de la discusión política pierde su legitimidad, el juego puede cambiar de nombre, de reglas o verse obsoleto.

Esa es la inquietud que debe ocupar hoy a los salvadoreños. ¿Quién y qué ocupará el hueco que el FMLN deja en el imaginario colectivo y en el espectro electoral? ¿Será ocupado por otros que acepten el juego democrático y el sistema de partidos? ¿O no? Y si no se cree en el imperfecto juego de la democracia representativa, ¿en qué se cree?

Adonde la democracia se simplifica empieza el totalitarismo. Y ese no es un juego.

 

Baratos. De Cristian Villalta

La nación salvadoreña concluirá esta década con una realización terrible e incuestionable: nuestros funcionarios nos roban.

cristian villaltaCristian Villalta, 18 febrero 2018 / La Prensa Gráfica

Da lo mismo qué matices le pongamos, está claro que la histórica cleptomanía en nuestra administración pública no tuvo ideología en el último cuarto de siglo. ¿O acaso no se enjuicia por enriquecimiento ilícito a presidentes de ARENA y del FMLN por igual?

LPGTráfico de influencias, licitaciones amañadas, desvío de fondos a empresas familiares, nepotismo… Sobran los eufemismos para referirse al despojo del erario acaecido en los últimos cuatro gobiernos. Y si nos preguntan en qué apartado del Gobierno nos han perjudicado más, en cuál se lesionó de modo más flagrante el interés público vía satrapía o despilfarro, nos cuesta distinguir entre los tres poderes.

Así asistimos a este nuevo ejercicio eleccionario, desencantados de la oferta partidaria y desolados por el funcionamiento de nuestras instituciones contraloras.

La Constitución salvadoreña de 1983 refundó política y jurídicamente nuestro Estado. Criticada de modo acre por algunas voces desde el FMLN, sobre todo por la imposibilidad de alterar la forma y sistemas de gobierno establecida en su artículo 248, no se la aprecia como una notable superación de la versión de 1962 ni por la inspiración auténticamente demócrata de muchos de sus conceptos.

Ese texto estableció el principio alrededor del cual debería tejerse la discusión fundamental entre nuestras fuerzas políticas: “El Salvador reconoce a la persona humana como el origen y el fin de la actividad del Estado”. ¿Qué otro sentido tiene la sujeción individual al ordenamiento jurídico sino el goce general de derechos como el de la libertad, la salud, la cultura, el bienestar económico y la justicia? Esa consideración, intermedia entre el contrato social de Jean-Jacques Rousseau y el Leviatán de Thomas Hobbes, no transpira en todo el articulado de 1983 pero fue un avance filosófico trascendental respecto de su antecesor de 1962.

Más Estado y menos espacio para la iniciativa individual liberalmente entendida, o viceversa, ese debería ser el ingente debate entre la izquierda y derecha de democracias tiernas como la nuestra. Pero para eso hay que producir pensamiento político, y no están nuestros partidos para tafetanes.

Por el otro lado, si el Estado, lejos de ser “soberano” como se establecía en el artículo 1 de 1962, no se agota en sí mismo sino que debe trascender para beneficio de las personas, el ministerio público y la función contralora deberían ser el corazón de su aparato. No importa si el ánimo filosófico de los movimientos políticos es liberal o conservador, las necesidades de nuestras mayorías y la desigual distribución del ingreso inherentes a nuestra historia justifican cualquier preocupación y control de las finanzas gubernamentales, por leonino que sea.

Ahí radica el desencanto. No solo es que la contraloría ha sido imperfecta y acomodaticia por decir lo menos; los funcionarios no son entusiastas a su favor, relativizan la independencia del ministerio público o prefieren sacar de la agenda ese deber ser. Por supuesto, para personajes como el presidente de la Asamblea Legislativa es más cómodo hablar de pena de muerte o de moralidad que rendir cuentas sobre el despilfarro de recursos y hábitos administrativos de alarmante discrecionalidad.

Mal vamos si los nuevos políticos no prometen apoyar la contraloría; aún peor es que los viejos políticos se rehúsen a hablar de corrupción. Es un concepto muy caro para gente barata.