Cristian Villalta

El primero. de Cristian Villalta

Christian Villalta, director de El Gráfico

14 abril 2019 / LA PRENSA GRAFICA

Convivir es instalarnos en nuestras diferencias y administrarlas permanentemente. Requiere un reconocimiento de las divergencias, por lo general profundas, que tenemos sobre asuntos fundamentales como la conveniencia de militarizar aún más nuestra seguridad pública, si estamos o no de acuerdo con que combatir la marginalidad equivale a seguir asesinando marginales, y qué tan difícil le pondremos a nuestra juventud la conquista de los espacios públicos, políticos y de manifestación que una vigorosa nueva generación reclama.

Si los usualmente contrapuestos intereses de lo privado y lo público, de lo empresarial con lo patronal, de lo civil con lo militar, de lo partidocrático y lo ciudadano conviven en un espacio, es posible negociar las soluciones menos dolorosas a aquellos problemas sobre los que ya no cabe el debate. Ponga usted en esta lista lo que quiera: financiamiento de los fondos de pensiones, estrés hídrico, carga impositiva, aumento del iva o reducción del tamaño del Estado.

La convivencia debe ser la aspiración de una sociedad democrática; aunque sea históricamente inasible, en el camino todos sacrificaremos un poco sometiendo el tan salvadoreño apetito por la destrucción a una aspiración mayor. Si ninguno de sus propósitos es sublime, ¿cuál es el sentido de la vida en sociedad?

Soportarnos es más fácil. Basta con dosificar el desprecio que sentimos por el distinto, por el opuesto, por el adversario. Se puede hacer incluso insultándolo, humillándolo, vilipendiándolo mientras azuzamos las vísceras de nuestra gente. Siempre y cuando no atravesemos la línea de lo delictivo, todo se vale, como lo demuestra la floreciente industria de los mercenarios digitales, gente que desprestigia a otros por el precio correcto con tarifario por post, por tuit y por todo el bestiario del fake.

Y eso es lo que hay, al menos hasta que nuestros líderes tengan la estatura suficiente para dejar de mirarse al ombligo y arrastrarnos a todos a esa contemplación.

Tristemente, son buenos tiempos para la viruta. Por eso con exponencial frecuencia leo y escucho a decenas de mis mejores compatriotas, ciudadanos con mente crítica, periodistas, abogados, voceros de importantes movimientos sociales, políticos de nueva hornada, participando en discusiones barriobajeras, un día sí y el otro también: ¿adónde debe realizarse la toma de posesión? ¿Debe tocar Coldplay o mejor Inti illimani? ¿Portillo Cuadra quiso ofender a todo Soyapango cuando mencionó al basurero? ¿La Harley es demasiado moto para un policía?

Hay un esfuerzo sistemático de mantener ese nivel de discusión, concentrando a la opinión pública en asuntos superficiales, evadiendo así que el músculo crítico se ocupe de situaciones relevantes, haciendo las veces de escudo para los círculos del poder. Un debate así de absurdo, enfocado en los colochos de la coyuntura, es una herramienta ideal para los propagandistas, que sólo deben subirle el volumen a la discusión para distraernos a todos. Lo hacen, mea culpa, a ciencia y paciencia del periodismo, dispuesto a convertir bagatelas en noticia en la pelea por el click de cada día.

Para Gana, es más cómodo retar a los diputados a llegar a la plaza pública que explicar porque hay tanta gente de la corte de Tony Saca alrededor del nuevo presidente. Para Arena, es más fácil criticar a la PNC por el medio millón en motos que explicar la resistencia al IAIP de sus alcaldes más emblemáticos. Y sigue el reloj corriendo, letal para miles de salvadoreños que viven en un país criminal, mientras los más afortunados inflamos otro tanto la burbuja.

El presidente debe ser el primero en abonar a la convivencia. Una vez investido, debe ser consciente de su relevancia, perseguir la convivencia y pronunciarse contra el sistema que atenta contra ella a diario. Ojalá.

Imperdonables. De Cristian Villalta

CRISTIAN VILLALTA,
director de El Gráfico

17 marzo 2019 / LA PRENSA GRAFICA

¿Cuántos de los 16,403 ciudadanos que votaron hace un año por el diputado Rodolfo Parker esperaban de él una iniciativa de ley para perdonar los delitos cometidos durante la guerra?

Uno cree que si votaron por Parker marcando su rostro, la mayoría de esas 16 mil personas lo conocen, al menos lo suficiente para saber que durante el conflicto fue asesor jurídico de los altos mandos militares, y acusado de encubrimiento por la Comisión de la Verdad en el caso de los jesuitas.

Entendiendo que la mayoría de los salvadoreños es gente sensata, cuesta creer que con esos atestados los votantes de Parker esperaran su proactividad en un asunto en el que su criterio está comprometido. Quizá los más de esos pedecistas se preguntan hoy si la presencia de Parker en la comisión que estudia qué hacer con los pedazos de la ley de amnistía no es cuando menos inconveniente.

Si uno lo escucha en sus cada vez más frecuentes apariciones en los medios de comunicación, el parlamentario tiene un discurso prolijo, bien articulado, con una retórica de hierro. Por eso, es fácil entender su propósito: básicamente sostiene que nadie debe responder penalmente por los delitos que haya cometido durante la guerra.

Matices más, matices menos, al menos otros tres miembros de la comisión apoyan esa idea: un coronel, un general y una ex comandante guerrillera.

Aunque 30 años después el propósito de quienes hicieron la guerra sea el de cerrar decentemente ese episodio decisivo de la vida nacional, hay dos debilidades en su razonamiento. Número uno, por más palabras bonitas que le pongan, invocar a la seguridad jurídica para relativizar el derecho de justicia de las víctimas es simple y llana impunidad; número dos, la participación en estas comisiones de personajes que tuvieron carácter ejecutivo en los bandos en conflicto es una grosería.

Si como sociedad hemos aportado nuestra parte, entendiendo que ninguna de las víctimas tendrá derecho sino a soluciones eventualmente compensatorias, lo menos que esperamos de los representantes de las fuerzas victimarias es que no interfieran, y mucho menos que sean ellas las que confeccionen una nueva solución. Los ciudadanos no necesitamos que firmen otro armisticio; aquellas condiciones extraordinarias en las que unos y otros se perdonaron sus crímenes ya no son tales. El presente demanda memoria histórica e inédita generosidad del Estado. Mientras eso no ocurra, el futuro seguirá secuestrado por el pasado.

La situación plantea un desafío extra que no debemos soslayar. ¿Cómo se explica que el ejercicio electoral de millones de salvadoreños en aras de la democracia representativa termine con cuatro personas de criterio minoritario tomando decisiones por toda la nación, y en un tema así de controversial?

Estas cosas nos pasan porque la administración del poder sigue teniendo más de cálculo político que de ética pública. Reconocemos ese desequilibrio en el alma de nuestra nación a primera vista, y con abonos al más alto nivel. ¿O acaso al leer que la CSJ decide ella misma quitarse los dientes, y morder, si acaso, solo a los dos gobiernos del FMLN, no nos sentimos un poco huérfanos de campeones?

Es a partir de la acumulación de estos resultados, de estos portazos en la cara cortesía de las instituciones, que el ciudadano triste y peligrosamente cree cada vez menos en la democracia.

Si finalmente renunciamos a la fidelidad de quienes deben representarnos, solo nos esperaran imperdonables la apatía y la furia.

Redes. De Cristian Villalta

3 febrero 2019 / LA PRENSA GRAFICA

Boquiabiertos por el método de trabajo de Nayib Bukele, los analistas políticos cuscatlecos reparan poco en la estrategia de su proyecto político. No es una nimiedad, estamos hablando de la agenda de trabajo del presidente electo de la República de El Salvador.

Bukele no tiene “copyright” de ese método, novedoso en sus herramientas pero de viejo cuño y repetido en decenas de democracias en este siglo y en el pasado. Por herramientas no me refiero al Facebook ni al Instagram, sino a la simplificación, a la generalización y a la desacreditación. Echando mano a esas técnicas del discurso, y multiplicando su penetración gracias a una quirúrgica inversión en redes sociales, ha puesto en jaque a sus contendientes políticos, que siguen creyendo que el campo de batalla en el que deben hacerle contrapeso es ideológico.

Una vez concluida la campaña y electo el presidente es una lástima que un apreciado sector de los opinadores políticos continúe elogiando su uso propagandístico de las redes sociales y afirmando temerario que lo digital mata al territorio. Son líneas de análisis pretenciosas, oportunistas y desgraciadas: la partidocracia ha sido suficientemente estéril como para validar ahora la posibilidad que un ciudadano aspire a un cargo de elección popular sin tener contacto con los ciudadanos. Eso equivaldría a prostituir totalmente la noción representativa de la política, a reducir los procesos electorales a algo tan inane como una encuesta en Twitter sin ponderar la utilidad del debate, inalienable en una democracia.

Bukele simplifica consistentemente, y lo hace con definiciones asimétricas. De ahí que la lista de sus contrincantes sea borrosa pero que en ella quepa de todo, particularmente “los mismos de siempre”, mientras que él lidera un “nosotros” igual de difuso en el que cabe de todo, hasta un oportunamente anónimo Guillermo Gallegos.

Un efecto de esos modos en su comunicación personal es que despierta fácilmente las emociones de su grey, y el término no es aleatorio. Es él quien etiqueta a funcionarios e instituciones, marcando la temperatura de lo que su corte digital hará acto seguido. En la última semana, a propósito de la pretensión legislativa de construir un oneroso edificio, el futuro jefe del Ejecutivo atacó frontalmente no solo al presidente de la Asamblea sino a las dos fuerzas mayoritarias en el Salón Azul.

Fue una reedición de sus manierismos de la campaña, recurriendo a su técnica argumentativa primaria: generalizar los rasgos más groseros de la política cuscacriolla y atribuírselos automáticamente a todos aquellos diputados que respaldaran el destino original de los $32 millones, por un lado; y anular ad hominem cualquiera de los argumentos de Quijano sobre la pretensión de nuevas instalaciones, por el otro.

En su ruta hacia las urnas, era fácil de entender que el candidato de GANA recurriera a esta estrategia. Técnicamente era posible, tácticamente a sus gurús les pareció necesario recrear un país maniqueo y sembrar la ilusión de que con su victoria el país será como nunca porque ya no lo gobernarían los de siempre. La ausencia de debate fue lamentable pero, bueno, como decía Héctor Silva “puedes fingir ser cualquier cosa menos demócrata”.

Lo que ustedes quieran. Hasta los insultos. Pero semanas después de la elección, ¿por qué es necesario echar mano del mismo método? ¿Qué acaso la estrategia no era solo electoral? Como el más subversivo de los candidatos (difícil no la tenía…), su crítica al orden contralor y político era comprensible; como inminente primer funcionario confiemos que sus dichos de febrero sean solo remanente de la victoria y no una estrategia de debilitamiento de las instituciones, y que la sociedad civil no caiga en esas redes.

Preguntas. De Cristian Villalta

17 febrero 2019 / LA PRENSA GRAFICA

Dos maldiciones persiguen a nuestro pueblo, la pobreza y el autoritarismo. Hijas putativas de la acumulación y el despojo, nos empujaron en la centuria pasada a un genocidio y a una guerra civil.

En este siglo, la apertura democrática le cerró muchos grifos al autoritarismo, que ahora se ceba de modo exclusivo con la juventud de renta baja, reducida a unas condiciones de exclusión y represión que no tienen nada que envidiarles a las de hace 40 años.

La fractura que el autoritarismo dejó en la convivencia nacional no se reduce a los más que latentes modos de nuestros cuerpos de seguridad; la posibilidad de que un poder, generalmente el del Estado, no sólo pueda sino que a veces deba extinguir cualquier expresión por legítima que sea en aras del bien “general”, es socialmente aceptada y con pocas excepciones.

Algunos de los más urgentes debates sobre el combate a la delincuencia, la recuperación de los territorios y la penetración del Estado en órdenes actualmente secuestrados por la marginalidad terminan precozmente con un manierismo autoritario. Hasta los políticos más desacreditados se permiten esas expresiones porque son populares en un país en el que la población está tan descreída de la democracia que le ha perdido aprecio a la libertad.

Los dos partidos políticos que condujeron al Estado durante la posguerra comparten ese germen desde su fundación. El resultado de las presidenciales 2019 debe servir como almádena final para destruir la contradicción esencial de Arena y Fmln: ofrecerle democracia a la población desde un instrumento autocrático, tan arbitrario como lo demandasen las necesidades de los señores a los que han servido.

Efecto inevitable de 30 años de tal ejercicio democrático, con seis administraciones producto de esa maquinaria, fue que a las instituciones les haya costado tanto tiempo empoderarse; por eso hemos tenido en el pasado reciente a magistrados de la Sala de lo Constitucional o a un Fiscal General de la República que en lugar de recibir el apoyo gubernamental debieron enfrentarse incluso directamente con el jefe del Ejecutivo.

La partidocracia y la vocación autoritaria de los poderes que han mandado en El Salvador le doblaron las más de las veces la cerviz a nuestras instituciones. Por eso es que el juego de contrapesos necesario para la salud democrática es todavía endeble. Un sistema así, sin el músculo y la independencia necesarias para fiscalizar a sus administradores, es patio de juegos para la corrupción.

El chasco arenero del 3 de marzo clausura una racha de resultados electorales, sí. Pero más que el ocaso del bipartidismo, a nuestra nación lo que le urge es romper para siempre con el autoritarismo.

Que no nos quepa duda, el ejercicio político criollo cambiará para siempre. Es, quizá, el canto del cisne del Fmln. Arena está huérfana de liberales. Pero ¿las instituciones recibirán el espaldarazo que necesitan? ¿Se honrará la independencia de poderes o se pretende discutir un nuevo modelo constitucional? ¿Nuestra democracia madurará o sólo mutará en otro grado de la intolerancia?

Son las mismas preguntas que nos hicimos tras el primer triunfo del Fmln pero con una diferencia fundamental. Hace 10 años, se creyó que la alternancia fortalecería la convicción democrática.

Hoy, la alternancia emociona a miles porque sabe a quiebre, a cisma, a ruptura, antojos del alma cuando se está harto. Pero el futuro sólo será brillante si los administradores se resisten a sus apetitos, si el ejercicio público se ocupa como servicio y no como vendetta y si el Estado deja de hacer lo mismo de siempre a los mismos de siempre.

La verdad. De Cristian Villalta

20 enero 2019 / LA PRENSA GRAFICA

Es como una mariposa, agobiada por un peso que rara vez deposita sobre flor alguna. A la vez hermosa e insoportable, al mismo tiempo cálida y desoladora, la verdad pesa más que ninguna otra cosa sobre la tierra. Pesa más que el amor, que la justicia, que la esperanza. Y a diferencia de ellas, no necesita de un corazón para crecer. La verdad es. No necesita más.

Por eso es incómoda, porque no pide permiso, porque cabe aunque no quepa. Por eso nos cuece los labios, las palmas y la cara.

A las puertas de una nueva década, la nación salvadoreña aún no se reconcilia con la verdad. Es que dice cosas muy feas sobre los cimientos de nuestra vida en sociedad. Es que no deja pies con cabeza en nuestra clase política. Es que una comprensión cabal de la verdad de El Salvador tendría unos efectos devastadores en el poder, en sus vasos comunicantes y en su ejercicio.

Esa verdad es que desde la reestructuración del modelo de tenencia de la tierra, hace 14 décadas, el Estado salvadoreño es solo un mayordomo del poder económico. Esa condición no solo lo puso de espaldas a las necesidades básicas del grueso de la población sino que lo ha enfrentado contra ella, incluso de modo criminal.

Esa sujeción del Estado y de sus tres poderes a la agenda de una minoría ha sido el tema de nuestra vida republicana, el trauma de nuestras pretensiones democráticas y obstáculo insalvable para el desarrollo nacional. Acabar con ese orden fortaleciendo al Estado con instituciones más robustas e inyectándole un ADN más solidario con la mayoría de los ciudadanos es la tarea que debe emprenderse en las siguientes 14 décadas de nuestra vida política.

¿Por qué entonces, cuando la tarea es así de titánica, las fuerzas en contienda en la última elección de este decenio le rehúyen? Por un lado, los líderes de esos partidos políticos no ignoran la verdad fundacional de nuestra patria; por otro, los candidatos que unos y otros llevaron a este ejercicio son personas interesadas en la crónica nacional, que entienden la relevancia del poder ejecutivo en la confección del futuro. O deberían serlo.

Ahí yace la decepción de estas elecciones. La infiltración del crimen organizado en nuestras instituciones es real; la desviación de los cuerpos de seguridad de su papel en una democracia así de joven es real; la destrucción del tejido social a causa de la pobreza es real, así como reales son sus efectos principales, la migración ilegal y la nutrición de la pandilla. El Salvador, pues, listo o no, necesita una revolución.

A esa revolución, al menos para empezar, le bastaría con una agenda de decidida inversión social, austeridad brutal en lo relativo a plazas por contrato, reducción del gasto militar y un plan para menguar la mora judicial.

Pero en cambio, haciendo tábula rasa de insultos y sarcasmos, lo que escuchamos en la campaña previa a la primera vuelta fueron mayormente vaguedades y nos quedó la convicción de que ninguno tiene idea del presupuesto del ejercicio fiscal 2020.

No hay razones para creer que alguna de estas fuerzas sea sino solo manifestación del mismo orden que hay que alterar; el único candidato que recurrió a un discurso con esas ínfulas no habla sino de cambiarle felpa al Estado y de una patética cacería de brujas ideológica.

Los tiempos de nuestra nación exigían más atrevimiento de todas estas fuerzas, al menos el suficiente para hablarnos con sinceridad y reconocer si están por fortalecer el Estado o por mandarlo a lavar la camioneta por la noche.

Rigor. De Cristian Villalta

25 noviembre 2018 / LA PRENSA GRAFICA

El FMLN saboteó su proyecto político en el mismo instante que candidateó a Mauricio Funes; como premio de consuelo, vació su aparato partidario en el Gobierno. Su principal preocupación ya no es la elección, sino de adónde medrará su cúpula si abandona el Ejecutivo, y adónde depositará su burocracia, con apenas 61 alcaldías bajo su égida.

La opción que le queda es pactar con GANA, su aliado de la última década, que ahora tiene un lujoso vehículo en Nayib Bukele. Alrededor del exalcalde se cita una corte heterogénea a la que no la une proyecto político alguno, sino la promesa de formar parte de un Gobierno, salga como salga. Es el FMLN al revés, vehículo sin proyecto.

Mientras, ARENA pasa por una pugna entre los que quieren actualizar un poco la visión del partido, llevar una agenda más liberal a su mesa y despojarlo de los manierismos d’aubuissonianos; y entre los areneros clásicos, bajo cuya conducción esa bandera perdió raigambre rural y química con la clase media. Pero declararse a favor de Carlos Calleja es menos comprometedor que declararse a favor de la modernización en el partido. Aunque serían las dos caras de un mismo hecho, muchos no lo hacen por temor a una caza de brujas después de las elecciones.

Esos son los vientos que remecen la campaña 2019. Y, sin embargo, lejos de alejar a los ciudadanos, asistimos a un fenómeno: con celeridad, pensadores y analistas toman abierto partido frente a las presidenciales. Lo hacen adhiriéndose a alguno de los programas de su candidato predilecto, o participando francamente en las actividades de divulgación. No todos lo consiguen con gracia, pero el buen gusto va más allá de saber adónde poner las tildes.

Estas afinidades y simpatías son para los equipos de campaña un activo más valioso que la regalazón de láminas; en la medida que gente de la vida académica y nichos profesionales no asociados al ejercicio partidario se acerquen a los candidatos, aumentan las posibilidades de que estos vuelvan sobre sus ideas, que las revisiten. Si los presidenciables no rompen el tradicional cerco de oportunistas, plañideras y sobalomos partidarios, llegarán a CAPRES ciegos y sordos.

Por eso estos forasteros tienen una enorme oportunidad, desdramatizar la narrativa de una campaña que a ratos, por crispación ideológica e ínfulas mesiánicas de los candidatos, se parece a un capítulo del Apocalipsis; y a ratos, por lo barriobajero de las ideas de sus publicistas, a una canción de Paquita la del Barrio. Pero estos “outsiders” deben ser un socio de la ciudadanía en su relación con esos círculos, y no cejar hasta que la agenda fundamental permee lo más posible en los proyectos en contienda.

Para rendirle ese servicio a la democracia es imperativo ser riguroso. Se debe tener rigor intelectual al validar al candidato y al testear sus proyectos, sin ceder ante la popular doble moral o la condescendencia. Si como ciudadanos que forman opinión no guardamos un mínimo de escepticismo y pensamiento crítico estamos en la frontera de la propaganda.

¿Cómo evitarlo? Luego de los traumas sufridos por nuestra democracia en sus primeros 30 años no podemos sino recelar de lo que hagan ARENA, GANA o el FMLN. Entender lo que pasa ahí, reconocerlo, procesarlo en público es requisito indispensable antes de vindicar a sus candidatos o pedir abiertamente a nuestros conciudadanos que voten por ellos.


Muelas. De Cristian Villalta

30 septiembre 2018 / La Prensa Gráfica

Alguna vez fui a votar convencido de lo que estaba haciendo. Fue hace algunos años.

Desde entonces, participo en las elecciones como quien va al dentista. Ustedes también, a menos que pertenezcan a la minoría de salvadoreños que se ve directamente beneficiado por la victoria de un candidato a través de un empleo en la administración pública, de participar en el saqueo al erario o del montaje de una empresa ad hoc para ganar licitaciones.

En esa sensación desagradable que ha marcado nuestros últimos ejercicios electorales, la de estar participando en un bingo en el que solo puedes ganarte una paliza o una burla, coinciden dos realidades: la pobreza generalizada de los cuadros partidarios y la mediocre producción intelectual de los partidos políticos.

El dogmatismo que prevalece en los cuadros partidarios no es casualidad: para su clientela, intelectualmente minimalista, es más fácil abrazar a ciegas el librito de la jefatura de turno aun negando el ideario y la historia. Esa es la tragedia de la derecha, rica en areneros y pobre en liberales; ese es el drama del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, en el que ya no caben ni demócratas ni socialistas, sino solo arribistas.

Ninguno de esos partidos superó su condición de antípoda, de opuesto del otro, y agotaron las sucesivas campañas en descalificarse sin proponer una visión de país realista y a largo plazo. Claro, no se vieron forzados a hacerlo porque las elecciones, hasta 2019, se trataron solo de ellos.

Consecuencia directa del estatismo ideológico de unos y otros ha sido la pérdida de “sex appeal” de ambos partidos. Para un ciudadano educado, profesional y patriota, afiliarse a uno de esos partidos, a cualquiera, no es razonable. Es un escenario en el que solo puedes perder. ¿A quién se le antoja formar parte de un club en el que siguen creyendo tolerable celebrarle los natalicios a Roberto d’Aubuisson o aplaudirle los crímenes a Cuba, Nicaragua y Venezuela?

En el ecosistema de esas fuerzas siempre hubo partidos serviles, las más de las veces cómplices por unas migajas. En eso se convirtieron los antes poderosos PCN y PDC, y el CD que alguna vez enorgulleciera tanto a los demócratas.

Anomalía de ese medio ambiente, una vez purgado de ARENA Elías Antonio Saca quiso construir un tercer polo del espectro partidario y abrazó a GANA, un Frankenstein con pedazos de ARENA al que su primo Hérbert asistió como comadrona en 2009.

Cuestionado por los indicios de corrupción de sus principales cuadros, en especial Guillermo Gallegos, GANA participó de la gran telenovela de nuestros tiempos y como desenlace cuenta en sus filas con Nayib Bukele, personaje que ha recorrido el mismo peregrinaje ideológico de Saca, pero en la dirección opuesta. Purgados de su partido matriz, a cada uno en su momento le pareció más práctico y menos comprometedor hablar de estrategia que de ideología. Eso ocurre cuando no se tiene una, o cuando prefieres ocultarla.

Y así llegamos a esta elección, cuya campaña arranca esta semana. Con esas opciones, es imposible que no nos duelan los dientes.

Perezosa postdata: si el lector es tan morboso como sospecho, no le diré cuál fue el último candidato por el que voté convencido; solo admitiré que me equivoqué… gravemente.