Cristian Villalta

Chapultepec. De Cristian Villalta

El acuerdo de paz de 1992 perseguía el fin del conflicto armado, civilizar al Estado salvadoreño y la construcción de instituciones que garantizaran los derechos de la población en lugar de amenazarlos.

CRISTIAN VILLALTACristian Villalta, 29 enero 2017 / LPG

Al firmarlos, los hechores de la guerra sacrificaron muchas de sus expectativas; para que un mejor país fuera posible, era necesario que el país fuera posible.

Pero aquel contrato entre enemigos nunca supuso una tregua entre visiones opuestas sobre la naturaleza del Estado. Ese contraste filosófico fue el motor de nuestros primeros años de posguerra. La actual mediocridad de nuestra política se produce luego, tras la fatiga, ostracismo o muerte de los ideólogos naturales de ambas corrientes.

la prensa graficaAsí pues, los pecados de nuestra democracia no son consecuencia de 1992, sino un reclamo que los ciudadanos deben hacerle a la clase política contemporánea. Esta década puede o no terminar con la fractura de la relación de la sociedad civil con los partidos políticos; prefiero creer que ocurrirá, aunque no pronto, a manos de salvadoreños más inteligentes y nobles que los de ahora.

Si son inteligentes, esos ciudadanos entenderán que con aquellas firmas en el Castillo de Chapultepec ninguno de sus bisabuelos pretendía resolver los problemas de inequidad, desequilibrio y marginación que el Estado salvadoreño sufre desde su mismo diseño. Esa posibilidad, deseada por la subversión y temida por las fuerzas del orden y sus patrones, había desaparecido.

Si son nobles, asumirán su cuota de responsabilidad y emprenderán esa tarea: subvertir la lógica de nuestra nacionalidad. Me refiero a desechar la idea de que lo importante en El Salvador es el Estado e instalar en el centro de nuestra vida a la Nación. La nación es el colectivo, la suma de todos, la voluntad mayoritaria, una energía que se ha dilapidado mayoritariamente en el intento de sobrevivir, desenfocada por la polarización.

Aquellos de nuestros descendientes que lo entiendan volverán útil el acuerdo de paz.

Es que el acuerdo es una herramienta, no era el fin último. Creer que el acuerdo era la última página de nuestra historia es creer que el país que tenemos es un producto final. Solo gente muy egoísta o muy tonta puede aceptar esa noción. Es fácil reconocerlos: son los mismos que convirtieron la conmemoración de Chapultepec, hace algunos días, en un concierto de quejas y comentarios de barbería.

¿Por qué en otros países aún se nos considera un ejemplo, mientras intramuros lejos de ponderar la herencia de 1992 algunos de entre nosotros incluso desprecian lo acordado?

Inaudito pero cierto, expresiones relativizando la importancia del cese al fuego se multiplicaron alrededor del 16 de enero, como si toda la sangre derramada, la juventud inmolada, el talento exiliado, todas las familias destruidas no merecieran el mínimo respeto.

Varias generaciones de salvadoreños vivimos con una cicatriz en el alma por aquellos hechos. Tal denominador común ha servido de muy poco en la práctica, pues en lugar de hermanarnos y de comprometernos, continuamos en el ejercicio de la intolerancia, y no podemos ahorrarnos esa mezquindad ni siquiera al recordar a nuestros muertos.

Aprecio la oportunidad de decir lo que pienso, de vivir en una democracia ciertamente pálida, de pensar que otro país es posible; sólo lo será si enseñamos a nuestros hijos a amar a su nación, que son sus compatriotas; a saber que el Estado es perfectible y nunca será suficiente; que a los que piensan distinto se les escucha; y que nuestra paz, la de ahora o la de mañana, se ha construido sobre miles de víctimas que merecen respeto.

Pleitesía. De Cristian Villalta

No tengo apetito para lo sórdido. Acaso por eso, del caso que ahora ocupa los titulares de noticieros y periódicos, he preferido sortear los detalles. Hay que tener el estómago entrenado para soportar esa iniquidad.

CRISTIAN VILLALTACristian Villalta, 15 enero 2017 / LPG

Hasta donde me ha sido posible, también he rehuido consumir del manejo chapucero que algunos profesionales del periodismo y del derecho le han dado a esta historia, desde dobles sentidos imperdonables hasta la relativización del dolor de las víctimas a través de otros ángulos de la información. Ignorar que en un caso de abuso hay niños que merecen solidaridad y respeto luego de que sus vidas quedan destruidas para siempre dice mucho sobre de qué calaña estamos hechos. Lastimosamente, incluso en la tragedia de los más débiles de nuestra comunidad, los salvadoreños demostramos nuestro gusto por la virguería, la vulgaridad y la ocurrencia.

la prensa graficaPeor aún lucen los que, desde la desprestigiada tribuna política, quieren abanderar una oportunista cruzada moral. Si están con la niñez y con la adolescencia, deben pronunciarse cotidianamente contra mucha de la basura y de los mensajes que se emiten regularmente en el espectro radial, desde canciones que incitan al despertar sexual prematuro hasta las conversaciones barriobajeras de muchos locutores justo en la hora en la que los niños se dirigen a la escuela. Si les desvelan los abusos que acechan a nuestros niños, ¿por qué no se pronuncian sobre la falta de esperanza de los huérfanos institucionalizados? Hablan desde un púlpito pero con Sodoma en el DUI. Políticos…

Disculpen la disgresión, dejemos a nuestra fauna por un momento.

Reparemos que hay un patrón en estas historias que sí merece que nos detengamos. Hay un componente del relato que vuelve esta noticia familiar, que activa un miserable déjà vu: el convivio de funcionarios y victimarios, bajo el auspicio del poder económico. Esa es, tristemente, la más salvadoreña de las historias.

En el caso que nos ocupa, ni a usted ni a mí nos sorprende que el ex fiscal general haya procedido del extraño modo en que lo hizo. Nos imaginamos ese lobby, nos imaginamos a algunos de los mensajeros, nos imaginamos el tono de las conversaciones, los apretones de mano, la palmada en la espalda, el “a sus órdenes, don”. Con facilidad nos imaginamos algunas llamadas, “ayudale, que es familia” y un “acuérdense de mí en la votación”, con sonrisa de dentífrico a ambos extremos de la línea.

Nos lo imaginamos, no solo porque Luis Martínez tuvo la discreción de un elefante en una cristalería, sino porque desde el magnicidio de Manuel Enrique Araujo, hace más de un siglo, los salvadoreños sabemos que la justicia no es siquiera una aspiración, sino sustancialmente un lujo que algunos pueden evadir, y una herramienta del enriquecimiento. Y también sabemos que si nuestra reconciliación como sociedad aún es inasible y si algunos de nuestros hermanos padecen una marginación interminable es en gran medida por la ausencia de justicia, por la transformación de los juzgados en un prostíbulo y porque el Estado no la ha perseguido.

Hay muchas explicaciones que el ministerio público le debe a la ciudadanía, no solo en relación con los delitos investigados, sino al procedimiento que siguieron sus hombres en la administración Martínez. Particularmente, una explicación: ¿los favores que los fiscales prestaron siempre tuvieron un precio, hubo un tarifario o algunos se hicieron por estricta pleitesía?

Pero tú… De Cristian Villalta

Gracias por leer, y por su indulgencia.

CRISTIAN VILLALTACristian Villalta, 11 diciembre 2016 / LPG

Una patria que no duela. ¿Quién no la abrazaría, como al amor que presentíamos y que no conocíamos?

Una patria en la que todos los salvadoreños sean iguales. Iguales de verdad, no en la bizarra paridad de oportunidades de la que hablaban los liberales criollos antes de reclutar al Estado como su más perseverante criado, ese estado de las cosas en el que solo cabe salvar a la clase media e impedir que se mueran tantos pobres como Dios quiera al que muchos en la derecha económica siguen considerando natural. Un determinismo de clase demasiado parecido a la infamia.

la prensa graficaIguales de verdad, insisto, pero no en la igualdad de la que los exguerrilleros se regodean mientras, protegidos por sus guardaespaldas, compran sus perfumes en Bal Harbor. Esa igualdad entre paisanos que solo han conseguido en su narrativa retorcida, la de un país al que creen haber salvado con una revolución primero militar y ahora moral… En la cúpula del FMLN, los pocos que aún se consideran templarios de la utopía se resisten a aceptar que ya no son una fuerza de cambio para la sociedad, sino todo lo contrario.

Que los salvadoreños puedan ser iguales significa que todos tengamos los mismos derechos y las mismas obligaciones, y que persigamos el mismo sueño: el de vivir en un país en que el dolor de las víctimas sea respetado, y en el que la persecución de la justicia sea el motor de la vida pública.

Hablo pues de una patria en la que la ciudadanía deje de resignarse. Hablo de unos salvadoreños más valientes, más inteligentes, mejores personas. Hablo de unas gentes que cuestionan lo que pasa en los barrios empobrecidos, que se cuestionan por qué el personal de seguridad pública patrulla con el rostro cubierto, que se reconoce en los deseos genocidas de algunos de sus políticos y se avergüenza de ello. Son unos salvadoreños que no voltean a ver hacia otro lado ante el oprobio de nuestros jóvenes y de nuestros niños. Son unos salvadoreños en los que es más fácil reconocer la solidaridad que la moralidad, la tolerancia que la militancia, personas que ya no cantan himnos de muertes y tumbas, que no idolatran dictadores, que consideran indigna toda represión política.

O unos gobernantes que valgan la pena, ¿no? Que no roben, que no toleren el saqueo, que se conmuevan con el dolor de nuestro país, que no estén separados de nosotros por sus camionetas gigantes y el polarizado de sus ventanas, que no se crean mejores que tú o que yo. Gente normal.

O una ciudad en la que camines a la hora que se te antoje, en la que el paisaje solo tenga lugares, recuerdos y gente, y no miedo, soldados, Coasters y prohibiciones. Una ciudad en la que puedas amar, reír y correr en todas las direcciones. Una ciudad normal.

O, ¿qué tal una cultura de la que te sientas orgullosa? Plaza Salarrué, plaza Claudia Lars, un poco de Luz Negra, un mucho de Dalton, del sudor de nuestros pintores, de las cuitas de nuestros músicos, gigantes del pasado sepultados por la politiquería, por la polarización estúpida, ese pulpo insano que ha invadido todo y nos ha arrebatado nuestros sueños, haciéndonos creer que nuestra historia solo ha tenido corbatas y uniformes.

Más sencillo, cariño: ¿qué tal un país en el que solo haya una bandera? Y en el que todos entiendan que el color de esa bandera no es el rojo ni el verde ni el azul sino el de tu sonrisa.

Eso y más anhelo darte, en Navidades posibles o imposibles. Pero tú, María, solo quieres un dragón que cocina marshmallows. Y la muñeca que al apretarla se hace pipí. Y jugar en un futuro que apenas se dibuja en los torpes lienzos del presente.

La trampa. De Cristian Villalta

La urgencia con la cual Cristian Villalta reclama la ausencia de un debate serio, sobre todo en el seno de la sociedad civil, es válida – aunque no estamos de acuerdo con todo su diagnóstico, ni con su pesimismo. Los partidos, pero también los generadores de opinión desde la sociedad civil, harán bien tomar en serio los planteamientos de Villalta, estén de acuerdo o no con cada una de sus afirmaciones. Reflejan un malestar real de muchos, y una deficiencia de los partidos de definir y comunicar con claridad sus propuestas y soluciones en cuanto a la crisis fiscal, las pensiones, la violencia, la falta de crecimiento. Ojala esta crítica tan generalizada de Villalta provoque los debates necesarios.

Segunda Vuelta

CRISTIAN VILLALTACristian Villalta, 16 octubre 2016 / LPG

No creo que nuestros políticos puedan hacer mejor las cosas. Lo siento por sus fans, alguno de ellos gente a la que admiro pero que padece de un optimismo parecido a la locura.

El último triste ejemplo de lo que estos conciudadanos pueden hacer contra nuestra convivencia se tejió alrededor del tema de las pensiones, con unos y otros actuando desvergonzadamente, arrastrando un tema de inalienable relevancia estructural a la pobreza de la politiquería tradicional y de esa anacrónica y barriobajera guerra fría que aún mantiene ocupados a ARENA y al FMLN.

la prensa graficaEsa miopía y esa superficialidad en el análisis característica de los debates parlamentarios se extiende tristemente como lepra a toda la sociedad. Es como una plaga que invade las mesas de discusión, las opiniones, los comentarios, un germen maniqueo que contagia a las mejores mentes del país.

Entendiendo que debatir es construir, negociar, ceder, vivir en la coincidencia y respetar la divergencia. No hay una sola cosa sobre la que los dos institutos políticos de país con más afiliados hayan debatido en toda esta administración.

¿Seguridad pública? Unos y otros se acusan de ser admiradores de las pandillas. ¿Recaudación fiscal? Visiones contrapuestas. ¿Austeridad en el Gobierno? ¿Transparencia? ¿Ninis? ¿Inversión en capital humano? No hay puntos de encuentro ni un vocero acreditado y creíble que tienda un puente. Y tras cada intento real o propagandístico de negociación, adviene el corifeo de críticos patrocinados por unos y otros, la máquina de desacreditación digital sponsoreada por unos y otros, y la generosa colcha de la mediocridad con la que arropan a nuestra patria todas las noches.

Principal abono de este escenario es la estrategia discursiva del Gobierno. Aunque Sánchez Cerén se haya convertido en el León Tolstói del Trópico y hable de diálogo y de amor, los eunucos del palacio le viven atizando a todo el que disiente con las medidas gubernamentales. Además de antidemócrata, es un método cobarde que no le envidia nada a las porquerías de los gobiernos areneros que el FMLN criticaba.

El Salvador necesita romper su sometimiento a los partidos políticos. Esos instrumentos no bastan para conducir al país, y en algunos escenarios son una ilusión, una metáfora, una deformación de la representatividad que en lugar de dinamizar la construcción de ciudadanía, la desmantela.

Peor aún, en temas de relevancia estructural como los relativos a recaudación fiscal o tamaño del aparato público, la suma de los intereses representados en la tribuna por FMLN y ARENA no equivale a los de la mayoría de los ciudadanos. En tal sentido, ellos monopolizan un espacio en el que deberían confluir más y mejores visiones de la nación y del Estado; al ocuparlas sin abrazar el diálogo como método, ambos partidos boicotean la democracia.

La sociedad civil tendría que ser el caldo nutricio de los partidos; el secuestro del debate público es tal que ninguna fuerza ciudadana puede participar en las mesas en que se escribe el futuro del país si no es a través del FMLN o de ARENA. Mientras eso no cambie, los salvadoreños seguiremos en medio de un pleito entre dos facciones económicas, una de viejo y otra de nuevo cuño.