Cristian Villalta

El funcionario. De Cristian Villalta

No soy fan de Sigfrido Reyes.

Cristian Villalta, 23 abril 2017 / LPG

Pese a que coincidimos en el gusto por las artes plásticas y la aspiración al cosmopolitismo, creo que es uno de los funcionarios públicos con peor actitud de la última década.

Por actitud no me refiero a que se haga el simpático cuando lo entrevistan o a que sea de los hipócritas que aparecen besando a niños en las campañas electorales.

Lo suyo no es un problema de histrionismo, sino de intolerancia. Más que ninguno de sus colegas de los dos gobiernos del FMLN, Reyes exhibió cada vez que pudo su incapacidad para manejar el disenso y la crítica, con expresiones groseras contra quien fuera, desde políticos de otros partidos hasta embajadores en el país, funcionarios del Órgano Judicial, analistas de distintos sabores y periodistas. Hasta Medardo González, que no tiene un don de gentes, eh, profuso, ha sido más diplomático que el presidente de PROESA.

En su esfera personal, cualquier salvadoreño puede descalificar a quien sea, ser intolerante a otros credos, discriminar por orientaciones sexuales y cultivar el odio. Pero cuando se vive de la función pública, aun si uno es profundamente antidemócrata, debe disimularlo.

A diferencia de esta regla de ordinario sentido común, Reyes y muchos de sus compañeros del partido oficial han dado rienda suelta a un apetito común: exhibir su desprecio por los que piensan diferente, como si todos los que cuestionan su trabajo y preguntan por sus actuaciones fueran execrables criaturas del infierno.

Cuando se ha vivido una década como empleado del servicio público, y cuando se ha construido un patrimonio familiar merced de la generosidad del erario que todos los contribuyentes alimentan con sus impuestos, ser humilde ante la crítica y apoyar con entusiasmo la transparencia no debería ser opcional.

La actitud de Reyes ha ido precisamente en la dirección contraria, y por eso se convirtió en un personaje impopular; era lógico luego de todos los denuestos que repartió en los últimos años y de publicitar más su apoyo a algunas causas internacionales que a las necesidades de la ciudadanía.

Pero solidario con uno de sus cuadros más fieles, el FMLN lo protegió, ofreciéndole una cartera que le garantizara bajo perfil, ser representante gubernamental en la esfera internacional y un salario superior al del presidente de la república.

En lugar de la exposición pública y los repetidos cuestionamientos periodísticos que sufrió como presidente de la Asamblea Legislativa, como cabeza de PROESA nadie le hace tantas preguntas, ni se cuestiona por qué no hay una sola acta de su consejo directivo en el portal de transparencia.

¿Reyes era el hombre ideal para ese trabajo? Quizá… ¿Ese era el trabajo ideal para Reyes? Obviamente no, porque esta semana el Gobierno enmienda los términos y le agrega un inesperado carácter diplomático, con hartos beneficios derivados.

Si el exdiputado tiene todos sus papeles en orden y la investigación que Probidad de la Corte Suprema de Justicia le sigue por presunto enriquecimiento ilícito le es favorable, debemos interpretar ese cambio de diseño de su cargo como solo otra consideración de sus padrinos en el FMLN.

Cualquier otro resultado del proceso que se le sigue, en cambio, nos obligará a aceptar que el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional ha copiado otro de los rasgos que tanto le criticó a la derecha política, uno de los más odiosos: darle más valor a la militancia que a la decencia.

Un partido político puede sobrevivir por más antipáticos, desubicados y socialmente inválidos que sean sus dirigentes; de lo que no puede salir ileso es de una epidemia de inmoralidad.

Presidenciables. De Cristian Villalta

La falta de liderazgo que sufre El Salvador no se resuelve haciendo un casting.

Cristian Villalta, 9 abril 2017 / LPG

Esa es la diferencia entre los partidos y los intereses nacionales: los institutos políticos a la usanza cuscacriolla solo sirven para pelear elecciones y recibir donaciones de círculos insospechados. Si su utilidad fuese producir pensamiento, ser cronistas de un real empoderamiento ciudadano o discutir inteligentemente los temas urgentes de la agenda nacional, tendríamos de sus cúpulas contenido y no viruta.

No es casualidad que en una de las semanas más delicadas para el oficialismo, que incluyó su declaración de en impago y la transformación de la vida política de Óscar Ortiz en el show de Tres Patines, emerjan las diferencias entre el secretario general del FMLN y el candidato a alcalde de San Salvador. Y tampoco es casualidad que ese guion apasione más a un segmento importante de la ciudadanía, periodismo incluido, que el paralelo desarrollo de temas tan delicados para ese partido como el posible concurso de dineros calientes en la campaña 2009, o la naturaleza de los tratos entre el vicepresidente y Adán Salazar.

La reverencia que nuestra sociedad le ha profesado a políticos, funcionarios y diputados, alentada desde el mainstream, es difícil de tragar. A falta de farándula local, de grandes figuras deportivas y de realeza (aunque Elías Saca creyera lo contrario), tenemos a los zares de la izquierda y de la derecha hablando sobre todo lo que se mueve, inundando los espacios de opinión y contando chistes en la radio a la hora del desayuno. Y de entre esa tropa de personalidades, nada seduce más a los salvadoreños que escuchar a “los presidenciables”.

Quizá tenga que ver con que somos una sociedad de paternidades frágiles, o con cómo se reconstruyó el tejido económico y social después del despojo de los ejidos, o con que cada vez somos menos inteligentes como nación y creemos posible que uno solo de nosotros catalizará los problemas de todos… con independencia de los motivos, tenemos una enfermiza predisposición al cacicazgo. Por eso, saber quién es el próximo presidenciable del FMLN o de ARENA despierta tanto entusiasmo, acaso más que el mismo ejercicio electoral.

Una vez descartada la opción de estar a la altura de las circunstancias, lo cual en el caso del FMLN esta semana habría consistido en emplazar públicamente al mismo Óscar Ortiz y pronunciarse sobre el impago del Gobierno, y asumido el storytelling con Medardo en plan mala madrastra, uno solo puede preguntarse si las principales energías y conducción del FMLN de las próximas semanas se enfocarán en la sobreactuada inmolación del secretario o en los primeros mates del “presidenciable” (uno de los dos Martínez, pues), pese a que la administración del Estado pase ahorita por su más amargo quo vadis.

La pregunta es válida toda vez que al otro lado de la acera la lista de presidenciables ya creció… ya hay uno. Y volvemos a lo mismo, a la foto antes que el programa, a las maneras antes que al contenido, al curso Open English para Ganarle al Frente. Si la derecha aspira a regresar al poder, descartado que tenga en sus filas al líder que la nación necesita –tolerante, con posiciones contemporáneas sobre los temas más sensibles, uno que al decir “nosotros” se refiera a millones, no a siete amiguetes–, al menos debe enfocarse en que el ungido de turno se vea auténtico al abrazar a las vendedoras y al chinear a los cipotes.

Solo luces y cámara. Porque de acción, nada.

La máquina. De Cristian Villalta

Ese dinero no volverá. Ninguno de esos centavos, de esos millones de dólares que exfuncionarios de distinto cuño le robaron a la ciudadanía regresará. Y si vuelven, serán solo centavos.

Cristian Villalta, 26 marzo 2017 / LPG

Así pues, el ejercicio que sigue ocupando buena parte de los esfuerzos de la Fiscalía General de la República tiene como propósito la reparación a las arcas públicas solo como figura retórica, como esa metáfora más veces amarga que dulce a la que llamamos justicia.

El principal valor de ese afán institucional es que los ciudadanos conozcamos la verdad de esos desfalcos, si tales prácticas fueron posibles además de por la calaña de los indiciados gracias a la existencia de un método.

Si hubo un método para despojar al Estado y beneficiar a particulares, entonces hubo un sistema que al menos lo permitió; si ese sistema existe, instalado en el aparato gubernamental, es porque hay una cultura de desprecio al interés público.

Talvez de las eventuales condenas a esos personajes derive una convicción ciudadana más firme y menos distraída sobre la naturaleza del poder político y su estatus como antípoda de la sociedad civil.

Consciente de esta posibilidad, el partido en el Gobierno y sus ujieres –algunos de ellos enfundados en la camisa de ARENA– hacen lo imposible para popularizar otra noción, la de que la justicia que pregona la contraloría a través de los casos de los últimos dos expresidentes es una vulgar vendetta política, y que la Fiscalía salvadoreña es una locomotora, una máquina de tripas al rojo vivo, con insaciable apetito por la destrucción.

En esa descalificación del trabajo fiscal, Elías Saca y Mauricio Funes gozan de impredecibles aliados: los enemigos que dejaron en la esfera política, en los medios de comunicación y el a veces chabacano manejo de la información de la misma FGR. Entre ellos, rebajan la discusión de estos casos al campo de la politiquería nacional, y transforman el análisis de lo sucedido en una carrera de insultos divertidos, la más salvadoreña de las virguerías.

La celeridad y facilidad con la que se pasa de la información a la opinión y de la opinión a la celebración de un resultado penal cuando los juicios no han superado la instrucción –o ni siquiera se han abierto– es de mal gusto tratándose de funcionarios de elección popular, increíble cuando proviene de profesionales del derecho, e imperdonable viniendo de informadores o periodistas.

El mal disimulado encono que se le tiene a uno o a otro expresidente en esas esferas facilita la confusión del ciudadano. Es una lástima que el énfasis no se ponga en la justicia que todos queremos, sino en la venganza que unos pocos necesitan.

Igual pasa con la política de comunicaciones de la Fiscalía, que si bien ya no raya en el culto a la personalidad característico de la administración de Luis Martínez, cae más veces de lo necesario en un exceso de detalles que, si no es en manos de un juez, solo sirven para alimentar el morbo y manipular a la opinión pública. Tal práctica es irresponsable per se y ni se diga en casos a los que la volátil opinión ciudadana es tan susceptible como los de la corrupción de los primeros funcionarios del Estado.

Tan urgente es desarmar esta máquina como aquella: la del linchamiento figurado como la del despojo del erario. Queremos la verdad, no brujas en una hoguera.

Eunucos, no. De Cristian Villalta

Mentes inteligentes aún florecen en la sociedad cuscatleca, jóvenes que quieren una primavera para el país, recuperar el espacio para caminar y ser.

Cristian Villalta, 12 marzo 2017 / LPG

Muchas de ellas se aglomeran en las universidades, disfrutando la fortuna de conocerse. Otras esperan una oportunidad de empleo; sin ella, no habrá estudio ni futuro posible, solo supervivencia. Demasiadas de ellas languidecen en un barrio sin mayor oportunidad que la del subempleo o la pandilla.

Toda esa juventud, patrimonio inalienable de El Salvador, figura de modo colateral en la agenda gubernamental. Asignatura imperdible de nuestros actuales cuadros políticos es garantizarle un futuro a esos ciudadanos a través de una mayor inversión en educación y de mejores oportunidades de primer empleo. Concentrar la discusión nacional en si los contribuyentes debemos o no pagarle la liposucción a esta diputada, o en si nuestra pensión debe ocuparse para costear los viajes de Sigfrido o las biblias de Gallegos, es perder un tiempo que no tenemos. El futuro está a la vuelta y es gente que necesita herramientas para aprender y producir.

Por esa metódica falta de respeto del “establishment” político a los jóvenes salvadoreños es que, con sorpresa, descubrimos por estos días que algunos de estos compatriotas del nuevo milenio también deambulan, huérfanos de apoyo, en ARENA y en el FMLN.

Las personas de las que hablo nacieron y crecieron con los gobiernos democráticos posteriores a la guerra; para ellos, pues, la alternancia en el poder es natural, no un resultado de la dialéctica histórica de nuestra nación. Guerrilleros y militares no son sino ignotos personajes de sus libros de texto, y los políticos actuales solo actores infelices de un presente incompleto y perfectible.

En resumen, que para ellos Shafick es tan cercano como los próceres, y d’Aubuisson es un redondel.

Son capaces, son jóvenes, son críticos y la mayoría de ellos aman a su país. Confían en que convertirán a El Salvador en un mejor lugar para vivir. Lo anhelan porque quieren vivir en su tierra como antes lo hicieron sus abuelos y sus padres. Pero con menos odio.

Por eso es surrealista que gente de tal calidad aún se adscriba a estos partidos políticos. Y por “estos” me refiero a su naturaleza, a su diseño, a su inspiración, no a su contenido. ARENA y FMLN responden a la misma pretensión sectaria, a la misma visión de una sociedad dividida en la que solo caben los iguales, a la misma aspiración de aniquilar la disidencia no solo en el metro cuadrado en el que conviven los correligionarios sino en los 21,000 kilómetros del territorio.

Que en uno de ellos quepa toda la falange franquista, se haga quema de Bocaccio y se prohíban los discos de Pink Floyd, o que en el otro partido le sigan creyendo la misa a Medardo ya son las miserias propias de cada quien, mera anécdota, el yin y el yan del mismo circo intolerante.

Me da pena que estos cipotes pierdan su tiempo de ese modo, pero me consuela creer que estas personas fabulosas solo atraviesan una etapa de su aprendizaje: conocer y detestar el modo salvadoreño de hacer política.

Confío en que la vida me permitirá ver al menos el inicio del fin de la partidocracia en El Salvador. Antes, esta juventud prometedora, educada de modo tan ecléctico y desordenado pero a la vez desenfadado y contemporáneo, debe pasar de largo de estos cumbos de mediocridad, y fortalecer la ciudadanía con movimientos civiles vigorosos, llenos de las hormonas de la libertad, no eunucos de los viejos poderes.

Esa gente. De Cristian Villalta

Veinticinco años después, El Salvador necesita un refill de pacificación.

CRISTIAN VILLALTACristian Villalta, 26 febrero 2017 / LPG

Palabras más, palabras menos, es lo que Naciones Unidas cree. ¿Y cómo puede haber paz en un territorio en el que el Estado es cada vez más irrelevante?

Por eso ofrece auxilio a los poderes fácticos, una élite económica desconectada de la gente y una casta política desvergonzada, más interesadas en su escalada de crispación que en combatir a la exclusión y a la marginalidad.

la prensa graficaEl interés de la ONU en nuestro sino es comprensible. La transformación de los cuerpos de seguridad, la proscripción de las entidades paramilitares y el sometimiento de la Fuerza Armada a la voluntad popular fueron el éxito más obvio de los acuerdos de paz de 1992, unos de los que siempre se expresó orgullo en los pasillos neoyorquinos.

En la raíz de esas medidas yacía un cambio de doctrina del Ejército y un compromiso fundamental de la PNC: la seguridad pública es un derecho del ciudadano que no admite discriminaciones sociales, ideológicas ni políticas. Letra muerta, pues.

Sólo hay un modo de ignorar la involución que se sufre en ambas instituciones en materia de respeto a los derechos humanos, y es queriendo ignorarla. Algunos partidos políticos no solo evaden abordar el tema –condenarlo les es imposible, en El Salvador la conciencia no produce votos– sino que asumen un discurso cada vez más bélico. No son soldados del Estado de Derecho; ni soldados son, apenas montoneros irresponsables en el Salón Azul, inyectándole intolerancia a una sociedad que ya tuvo suficiente.

Ningún salvadoreño bien nacido debe relajarse, menos aún los que crecimos en los años ochenta. La raigambre de aquellos horrores, más que el servilismo del Estado para ciertos intereses económicos, lo fue la traducción de ese servilismo en una represión sistemática de la población en los barrios de renta baja, la supresión de los espacios de discusión y la intromisión del terror en la vida cotidiana.

Aquellos horrores se reproducen ahora, especialmente entre aquellos miles de ciudadanos que viven (no es una figura literaria, es un dato geográfico) en la invisible y ominosa frontera entre el Estado y la pandilla. No son menos los que atestiguaron el crecimiento del territorio de la mara hasta superar su calle, su cuadra y su barrio.

Unos y otros entienden lo que pasa. A la rendición le sucede el estupor: son doblemente sospechosos, para la pandilla porque son civiles que viven “ahí”, y para el personal de seguridad porque son civiles que viven “ahí”.

Esa gente no le importa a nadie pese a que son empleados de la gran empresa, votantes de las fuerzas mayoritarias, feligreses de las principales iglesias, consumidores, músculo productivo. Probablemente su punto de vista sobre qué hacer contra la pandilla se parecería mucho a su opinión sobre qué hacer contra la pobreza, la escasez de servicios, la mediocre inversión educativa, la mengua en la oferta de empleo, y tendría poco que ver con el enfoque militarista con que la partidocracia juguetea.

Si Naciones Unidas propiciará una nueva discusión sobre la nación salvadoreña, no debe equivocarse admitiendo en esas mesas sólo a los voceros del establishment político y económico. Las soluciones a problemas como el de seguridad se encuentran en el humanitarismo y solidaridad de los de a pie, no en la diatriba fascista de la mitad de los políticos, ni en el silencio cobarde de la otra mitad. Estos últimos deben recordar que en temas como el de las ejecuciones extrajudiciales, no tomar posición es tomar posición.

Chapultepec. De Cristian Villalta

El acuerdo de paz de 1992 perseguía el fin del conflicto armado, civilizar al Estado salvadoreño y la construcción de instituciones que garantizaran los derechos de la población en lugar de amenazarlos.

CRISTIAN VILLALTACristian Villalta, 29 enero 2017 / LPG

Al firmarlos, los hechores de la guerra sacrificaron muchas de sus expectativas; para que un mejor país fuera posible, era necesario que el país fuera posible.

Pero aquel contrato entre enemigos nunca supuso una tregua entre visiones opuestas sobre la naturaleza del Estado. Ese contraste filosófico fue el motor de nuestros primeros años de posguerra. La actual mediocridad de nuestra política se produce luego, tras la fatiga, ostracismo o muerte de los ideólogos naturales de ambas corrientes.

la prensa graficaAsí pues, los pecados de nuestra democracia no son consecuencia de 1992, sino un reclamo que los ciudadanos deben hacerle a la clase política contemporánea. Esta década puede o no terminar con la fractura de la relación de la sociedad civil con los partidos políticos; prefiero creer que ocurrirá, aunque no pronto, a manos de salvadoreños más inteligentes y nobles que los de ahora.

Si son inteligentes, esos ciudadanos entenderán que con aquellas firmas en el Castillo de Chapultepec ninguno de sus bisabuelos pretendía resolver los problemas de inequidad, desequilibrio y marginación que el Estado salvadoreño sufre desde su mismo diseño. Esa posibilidad, deseada por la subversión y temida por las fuerzas del orden y sus patrones, había desaparecido.

Si son nobles, asumirán su cuota de responsabilidad y emprenderán esa tarea: subvertir la lógica de nuestra nacionalidad. Me refiero a desechar la idea de que lo importante en El Salvador es el Estado e instalar en el centro de nuestra vida a la Nación. La nación es el colectivo, la suma de todos, la voluntad mayoritaria, una energía que se ha dilapidado mayoritariamente en el intento de sobrevivir, desenfocada por la polarización.

Aquellos de nuestros descendientes que lo entiendan volverán útil el acuerdo de paz.

Es que el acuerdo es una herramienta, no era el fin último. Creer que el acuerdo era la última página de nuestra historia es creer que el país que tenemos es un producto final. Solo gente muy egoísta o muy tonta puede aceptar esa noción. Es fácil reconocerlos: son los mismos que convirtieron la conmemoración de Chapultepec, hace algunos días, en un concierto de quejas y comentarios de barbería.

¿Por qué en otros países aún se nos considera un ejemplo, mientras intramuros lejos de ponderar la herencia de 1992 algunos de entre nosotros incluso desprecian lo acordado?

Inaudito pero cierto, expresiones relativizando la importancia del cese al fuego se multiplicaron alrededor del 16 de enero, como si toda la sangre derramada, la juventud inmolada, el talento exiliado, todas las familias destruidas no merecieran el mínimo respeto.

Varias generaciones de salvadoreños vivimos con una cicatriz en el alma por aquellos hechos. Tal denominador común ha servido de muy poco en la práctica, pues en lugar de hermanarnos y de comprometernos, continuamos en el ejercicio de la intolerancia, y no podemos ahorrarnos esa mezquindad ni siquiera al recordar a nuestros muertos.

Aprecio la oportunidad de decir lo que pienso, de vivir en una democracia ciertamente pálida, de pensar que otro país es posible; sólo lo será si enseñamos a nuestros hijos a amar a su nación, que son sus compatriotas; a saber que el Estado es perfectible y nunca será suficiente; que a los que piensan distinto se les escucha; y que nuestra paz, la de ahora o la de mañana, se ha construido sobre miles de víctimas que merecen respeto.

Pleitesía. De Cristian Villalta

No tengo apetito para lo sórdido. Acaso por eso, del caso que ahora ocupa los titulares de noticieros y periódicos, he preferido sortear los detalles. Hay que tener el estómago entrenado para soportar esa iniquidad.

CRISTIAN VILLALTACristian Villalta, 15 enero 2017 / LPG

Hasta donde me ha sido posible, también he rehuido consumir del manejo chapucero que algunos profesionales del periodismo y del derecho le han dado a esta historia, desde dobles sentidos imperdonables hasta la relativización del dolor de las víctimas a través de otros ángulos de la información. Ignorar que en un caso de abuso hay niños que merecen solidaridad y respeto luego de que sus vidas quedan destruidas para siempre dice mucho sobre de qué calaña estamos hechos. Lastimosamente, incluso en la tragedia de los más débiles de nuestra comunidad, los salvadoreños demostramos nuestro gusto por la virguería, la vulgaridad y la ocurrencia.

la prensa graficaPeor aún lucen los que, desde la desprestigiada tribuna política, quieren abanderar una oportunista cruzada moral. Si están con la niñez y con la adolescencia, deben pronunciarse cotidianamente contra mucha de la basura y de los mensajes que se emiten regularmente en el espectro radial, desde canciones que incitan al despertar sexual prematuro hasta las conversaciones barriobajeras de muchos locutores justo en la hora en la que los niños se dirigen a la escuela. Si les desvelan los abusos que acechan a nuestros niños, ¿por qué no se pronuncian sobre la falta de esperanza de los huérfanos institucionalizados? Hablan desde un púlpito pero con Sodoma en el DUI. Políticos…

Disculpen la disgresión, dejemos a nuestra fauna por un momento.

Reparemos que hay un patrón en estas historias que sí merece que nos detengamos. Hay un componente del relato que vuelve esta noticia familiar, que activa un miserable déjà vu: el convivio de funcionarios y victimarios, bajo el auspicio del poder económico. Esa es, tristemente, la más salvadoreña de las historias.

En el caso que nos ocupa, ni a usted ni a mí nos sorprende que el ex fiscal general haya procedido del extraño modo en que lo hizo. Nos imaginamos ese lobby, nos imaginamos a algunos de los mensajeros, nos imaginamos el tono de las conversaciones, los apretones de mano, la palmada en la espalda, el “a sus órdenes, don”. Con facilidad nos imaginamos algunas llamadas, “ayudale, que es familia” y un “acuérdense de mí en la votación”, con sonrisa de dentífrico a ambos extremos de la línea.

Nos lo imaginamos, no solo porque Luis Martínez tuvo la discreción de un elefante en una cristalería, sino porque desde el magnicidio de Manuel Enrique Araujo, hace más de un siglo, los salvadoreños sabemos que la justicia no es siquiera una aspiración, sino sustancialmente un lujo que algunos pueden evadir, y una herramienta del enriquecimiento. Y también sabemos que si nuestra reconciliación como sociedad aún es inasible y si algunos de nuestros hermanos padecen una marginación interminable es en gran medida por la ausencia de justicia, por la transformación de los juzgados en un prostíbulo y porque el Estado no la ha perseguido.

Hay muchas explicaciones que el ministerio público le debe a la ciudadanía, no solo en relación con los delitos investigados, sino al procedimiento que siguieron sus hombres en la administración Martínez. Particularmente, una explicación: ¿los favores que los fiscales prestaron siempre tuvieron un precio, hubo un tarifario o algunos se hicieron por estricta pleitesía?