alternancia

Lo que nos permite cambiar. De Manuel Hinds

14 junio 2019 / EL DIARIO DE HOY

El Salvador está viviendo una nueva etapa política en su historia, la cuarta en apenas cuarenta años. De los regímenes militares que dominaron la mitad del siglo XX hemos pasado por tres nuevas etapas que, aunque han sido marcadas por cambios en los partidos políticos o líderes personales que han llegado al poder, han sido realmente determinadas por cambios en las preferencias del electorado, que han podido elegir a los gobernantes que quiere.

De 1931 a 1982 fuimos gobernados por los militares, que escogían entre ellos los que iban a ser presidentes y luego llevaban a cabo elecciones populares que ellos manipulaban para legitimar a su escogido. Con la excepción del general Maximiliano Hernández Martínez, que fue presidente de 1931 a 1944, no tuvimos caudillos personales en ese período, pero sí tuvimos una casta que manejaba los hilos del poder. En esa época era impensable que alguien que no fuera militar o escogido por ellos pudiera llegar a la Presidencia de la República.

El proceso que llevó al final de esta dominación de esta casta comenzó con la promulgación de la Constitución de 1983, las elecciones libres de 1984 que llevaron a la presidencia de José Napoleón Duarte, y el comienzo, en su régimen, de la vigencia de los derechos fundamentales —las elecciones libres, la independencia de poderes, las libertades de pensamiento y de prensa, entre otros— que, apoyados en las libertades económicas, evitaron que la rigidez de las viejas capturas del poder se repitieran.

Como resultado, el país, que había visto sólo militares en las décadas de 1931 a 1983, ha tenido en los siguientes 36 años un presidente demócrata cristiano, cuatro de ARENA, dos del FMLN y uno de GANA, en tres períodos muy marcadamente diferentes el uno del otro, con transiciones en las que nadie ha dudado que van a realizarse —en marcado contraste con Honduras y con Nicaragua y con otros países de América Latina en donde hay presidentes que se eternizan.

Este gran cambio, este aumento en la adaptabilidad del régimen político, de uno que no cambió en 51 años a uno que ha cambiado tres veces en 36, no se debe a ninguna persona en particular. Tampoco se debe a una relajación del poder del imperio de la ley.

Muy al contrario. La flexibilidad ha aumentado porque el país ha establecido el imperio del Derecho, manteniendo la integridad de las instituciones democráticas sin cambiarlas.

La fuerza y continuidad de esas instituciones es lo que ha proveído el marco por el cual distintas tendencias y distintas generaciones han podido acceder al poder, cambiándole el rumbo al país de acuerdo con las preferencias políticas del pueblo.

En las luchas políticas siempre hay gente que cree que las instituciones no son vehículos de progreso sino de atraso, que deben apartarse para que el líder del momento haga todo lo que quiera y mejore al país rápida y efectivamente. Pero eso es lo que los países atrasados hacen y por eso se mantienen atrasados. En su momento hubo muchos que creyeron que era bueno destruir instituciones para que Ortega mandara sin obstáculos, y lo mismo con Chávez y con tantos líderes que han introducido una rigidez fatal en sus países. Muchos de los que hoy sufren la rígida tiranía de Ortega, que reprime a la juventud y no deja cambiar a Nicaragua para que se adapte a los nuevos tiempos, fueron un día jóvenes que creyeron que había que darle todo el poder al mismo Ortega, matando las instituciones que dan estabilidad democrática a los países. Si los entusiastas de los militares hubieran logrado hacer esto, o los de ARENA, o los del FMLN, ahora estaríamos atrasados décadas en nuestro desarrollo político. Estaríamos capturados en un país que no podría cambiar.

Esta lección debe ser recordada por el pueblo: que su libertad para cambiar, que se ha manifestado tan claramente tres veces en menos de cuatro décadas, y para hablar, y para defender sus derechos, proviene no de una persona sino de las instituciones del país. Éstas deben fortalecerse para que el país se mantenga libre y pueda prosperar.

Esto es lo principal que hay que cuidar y fortalecer, en este y los siguientes períodos presidenciales.

¿Qué es la posguerra? De Rubén Zamora

27 febrero 2019 / LA PRENSA GRAFICA

La proclama del presidente electo, Sr. Bukele, de que su triunfo electoral significa “el cierre de la página de la posguerra”, plantea la pregunta inicial de qué entendemos por posguerra. Una definición simple sería responder diciendo que es el periodo que sigue a la guerra, es decir de 1992 a este año; sin embargo, si profundizamos y buscamos una explicación más sustantiva, nos podemos contestar que se trata de un quiebre en la vida nacional generado por un evento particular que marca importantes desarrollos a partir de su dinámica. Uno de ellos fue el 15 de septiembre de 1821, con la declaratoria de independencia de España que dio origen a nuestra época republicana; en nuestro caso el quiebre de la posguerra está determinado por la firma de los Acuerdos de Paz, pues ese es el acto político que estableció un nuevo marco para la vida política del país; por consiguiente, los Acuerdos son la guía para determinar si es una página que debe ser pasada para empezar a escribir una nueva de nuestra historia.

El hecho de un triunfo electoral de un nuevo partido no necesariamente constituye una “nueva época” a no ser que este signifique un cambio sustancial en el ejercicio del poder; es inherente a la democracia representativa la alternancia del gobierno; y esto no siempre significa un cambio de época, así, el cambio de los regímenes del PCN y el ascenso al gobierno de la Democracia Cristiana no se considera un cambio de época, de igual manera el cambio de los 20 años de gobiernos de ARENA a los 10 del FMLN parecía, por la historia y trayectoria de este último, como un cambio de época, en la práctica simplemente se trató de la alternancia gubernamental y no de una nueva época; hoy estamos frente al fenómeno de la alternancia y la declaración del nuevo presidente al proclamar que su triunfo electoral es una nueva época es una declaración retórica, que no es la primera vez que escuchamos frente a un cambio de gobernante, incluso cuando son del mismo partido, tendrá que ser su desempeño el que lo confirme.

El carácter epocal que se atribuye el presidente electo es difícil de discernir, precisamente porque no está claro ni definido cuál será el proyecto de trabajo del nuevo gobierno, hasta ahora el discurso oficial ha tenido un carácter más bien negativo: una condena de todo lo que se ha hecho y la promesa de hacer las cosas de diferente manera y muy poco en términos positivos, con iniciativas que más bien parecen improvisadas, como el aeropuerto internacional de La Unión, el ferrocarril centroamericano y el plan de Gobierno Cuscatlán que transcribe una variedad de propuestas y párrafos de documentos públicos, que hacen difícil, por un lado vislumbrar la coherencia del nuevo gobierno y por el otro descubrir las “nuevas ideas”.

Al igual que como hacemos con nuestra independencia, reconociéndola y señalando sus deficiencias y limitaciones, si el gobierno Bukele pretende iniciar una nueva época debe partir de los Acuerdos de Paz, en primer lugar no solo definiendo su aceptación de los aspectos positivos que la implementación de los Acuerdos han traído a nuestra democracia sino comprometiéndose a su profundización democrática: como son los casos de los avances en institucionalización de la desmilitarización de la política, la separación de Órganos Fundamentales del gobierno, el control constitucional por parte de la Sala de lo Constitucional, la libertad de prensa, el respeto a los derechos humanos, el acceso ciudadano a la información del gobierno, solo para citar algunos de ellos, la nueva época no puede ser un retroceso ni un estancamiento en la construcción de la democracia, porque si algo no podemos permitirnos es el retroceso al pasado en estos campos.

En segundo lugar, la “nueva época” debe mirar críticamente los vacíos y debilidades de los Acuerdos de Paz para asumir su solución, y a este respecto es indispensable acometer en un esfuerzo nacional las ausencias de fondo que tienen nuestros Acuerdos de Paz que se concentraron en resolver la exclusión política y dejaron para el futuro el abordaje de la exclusión económico-social; esta es una tarea que solo muy superficial y coyunturalmente se ha enfrentado en los últimos 25 años y que requiere de un esfuerzo no solo gubernamental sino nacional para enfrentarla; ambas están en la raíz de la problemática nacional que se expresan en el estancamiento de la economía, la inseguridad, del descontento social, así como de las incapacidades del Estado de resolverlos.

En tercer lugar, entrar a una nueva etapa requiere que gobierno y sociedad civil enfrenten las áreas políticas que los Acuerdos de Paz no abordaron, la reforma del Órgano Legislativo y de los partidos políticos; ambos indispensables en la democracia representativa y ambos nunca abordados por los Acuerdos y ahora son el caso más evidente de la crisis política que el país vive; las elecciones recién pasadas claramente expresaron el descontento y rechazo a los partidos tradicionales, así como al desempeño del órgano legislativo. Su actual institucionalidad y gobernanza generan un bloqueo para enfrentar los problemas que señalábamos en párrafos anteriores.

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¿Pos-posguerra? De Paolo Luers

Preguntas. De Cristian Villalta

17 febrero 2019 / LA PRENSA GRAFICA

Dos maldiciones persiguen a nuestro pueblo, la pobreza y el autoritarismo. Hijas putativas de la acumulación y el despojo, nos empujaron en la centuria pasada a un genocidio y a una guerra civil.

En este siglo, la apertura democrática le cerró muchos grifos al autoritarismo, que ahora se ceba de modo exclusivo con la juventud de renta baja, reducida a unas condiciones de exclusión y represión que no tienen nada que envidiarles a las de hace 40 años.

La fractura que el autoritarismo dejó en la convivencia nacional no se reduce a los más que latentes modos de nuestros cuerpos de seguridad; la posibilidad de que un poder, generalmente el del Estado, no sólo pueda sino que a veces deba extinguir cualquier expresión por legítima que sea en aras del bien “general”, es socialmente aceptada y con pocas excepciones.

Algunos de los más urgentes debates sobre el combate a la delincuencia, la recuperación de los territorios y la penetración del Estado en órdenes actualmente secuestrados por la marginalidad terminan precozmente con un manierismo autoritario. Hasta los políticos más desacreditados se permiten esas expresiones porque son populares en un país en el que la población está tan descreída de la democracia que le ha perdido aprecio a la libertad.

Los dos partidos políticos que condujeron al Estado durante la posguerra comparten ese germen desde su fundación. El resultado de las presidenciales 2019 debe servir como almádena final para destruir la contradicción esencial de Arena y Fmln: ofrecerle democracia a la población desde un instrumento autocrático, tan arbitrario como lo demandasen las necesidades de los señores a los que han servido.

Efecto inevitable de 30 años de tal ejercicio democrático, con seis administraciones producto de esa maquinaria, fue que a las instituciones les haya costado tanto tiempo empoderarse; por eso hemos tenido en el pasado reciente a magistrados de la Sala de lo Constitucional o a un Fiscal General de la República que en lugar de recibir el apoyo gubernamental debieron enfrentarse incluso directamente con el jefe del Ejecutivo.

La partidocracia y la vocación autoritaria de los poderes que han mandado en El Salvador le doblaron las más de las veces la cerviz a nuestras instituciones. Por eso es que el juego de contrapesos necesario para la salud democrática es todavía endeble. Un sistema así, sin el músculo y la independencia necesarias para fiscalizar a sus administradores, es patio de juegos para la corrupción.

El chasco arenero del 3 de marzo clausura una racha de resultados electorales, sí. Pero más que el ocaso del bipartidismo, a nuestra nación lo que le urge es romper para siempre con el autoritarismo.

Que no nos quepa duda, el ejercicio político criollo cambiará para siempre. Es, quizá, el canto del cisne del Fmln. Arena está huérfana de liberales. Pero ¿las instituciones recibirán el espaldarazo que necesitan? ¿Se honrará la independencia de poderes o se pretende discutir un nuevo modelo constitucional? ¿Nuestra democracia madurará o sólo mutará en otro grado de la intolerancia?

Son las mismas preguntas que nos hicimos tras el primer triunfo del Fmln pero con una diferencia fundamental. Hace 10 años, se creyó que la alternancia fortalecería la convicción democrática.

Hoy, la alternancia emociona a miles porque sabe a quiebre, a cisma, a ruptura, antojos del alma cuando se está harto. Pero el futuro sólo será brillante si los administradores se resisten a sus apetitos, si el ejercicio público se ocupa como servicio y no como vendetta y si el Estado deja de hacer lo mismo de siempre a los mismos de siempre.

Ni ARENA ni el FMLN. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

5 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

El 3 de febrero de 2019, parafraseando su eslogan, “hicieron historia”. Nayib Bukele y el partido Gran Alianza por la Unidad Nacional lograron una alternancia histórica: el FMLN entregará el poder y ARENA no volverá a tenerlo. Por primera vez después de los Acuerdos de Paz, una fuerza política distinta a estos dos dirigirá la Presidencia de la República de El Salvador. Con ello, la ciudadanía demostró su rechazo a la política tradicional y los fantasmas que la acompañan.

El mensaje de los votantes ha sido claro: ni ARENA ni el FMLN. El voto duro de los partidos tradicionales no acudió a las urnas, pues solo hubo una participación del 50.26 % del padrón electoral, cuando históricamente en las presidenciales han tenido una participación promedio del 55 % de los habilitados para votar, llegando a un máximo de 67 % en 2004. Muchos de los que acudieron, descontentos con la política tradicional, optaron por dar un salto al vacío, invocando al beneficio de la duda. Ni ARENA ni el FMLN.

Esta muestra de rechazo tiene múltiples factores: la incapacidad de reconocer los errores cometidos por los gobiernos anteriores, el descontento con las dirigencias de los partidos, la soberbia de algunos miembros de creer que hacen las cosas bien y no capitalizar la crítica, la inseguridad, la falta de empleo, la deficiente calidad de servicios públicos tan importantes como salud y educación, la falta de oportunidades y la desesperanza. No se preocuparon por mejorar el día a día de sus ciudadanos cuando gobernaron. Les importó más proteger sus intereses y aferrarse al poder. La gente se cansó de promesas incumplidas y prefirió por optar por un tercero que supo exponer las debilidades de sus rivales.

Ambos partidos intentaron explotar la imagen de sus candidatos y alejarla del desgaste que tanto ARENA como el FMLN han sufrido en los últimos veinte años. Pero esto fue insuficiente. El buen —o no tan desgastado— perfil que éstos tuvieron no alcanzó para convencer al electorado. Esto pasa cuando las candidaturas son sostenidas por dos partidos que tienen a la cabeza personas que se percibe que solo defienden sus intereses y se han negado a la renovación. Hoy más que nunca es urgente apelar a la limpieza interna y democratización al interior de estos partidos políticos.

Los liderazgos de ARENA y el FMLN tienen que ganarse con base en la victoria de las propias ideas. Se debe abrir espacio a personas que generen apoyos internos y externos, así como una correlación de fuerzas que se fundamente en el diálogo. Las dirigencias de los partidos no pueden seguir la línea de reservar los espacios únicamente a los elegidos, a los históricos, a los pura raza, a los que sudaron la camiseta o a los aristócratas de este país. Tienen que volverse instituciones plurales en toda su estructura.

Los anteriores personajes son, en buena medida, personas o sectores que buscan defender sus intereses. Es urgente que los partidos se abran a quienes desean participar y tengan una ideología política compatible y desarrollada, con principios y valores de acuerdo a la misma, con carisma y liderazgo. Estos partidos deben democratizarse internamente si no quieren desaparecer.

Las dirigencias de ARENA y el FMLN deberían renunciar a la brevedad si quieren que sus partidos se mantengan con vida para las elecciones legislativas de 2021. Dejen los espacios a nuevos liderazgos. Negarse a la renovación significa que están dispuestos a asumir la posibilidad de que El Salvador sea la tumba donde sus partidos terminarán.

La defensa de la democracia. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 4 julio 2016 / EDH

A partir de la firma de los Acuerdos de Paz, y con la posterior introducción de reformas a la Constitución realizadas en el año 1991, las distintas fuerzas políticas de la época trataron de contribuir al restablecimiento de la concordia en el país, la reconciliación nacional y la reunificación de la sociedad. Con ese fin, se realizaron reformas a las disposiciones de la Constitución referentes a la Fuerza Armada, Órgano Judicial, Sistema Electoral y Derechos Humanos. Estos sucesos históricos marcaron el inicio de un esfuerzo por institucionalizar la democracia en El Salvador, a través de un marco jurídico que correspondiera a la nueva historia del país con el cese del conflicto armado.

diario hoyDesde ese suceso histórico, el proceso democrático en El Salvador se ha enfocado en la construcción de un marco normativo e institucional que fortalezca las bases de la democracia; sin embargo, después de veinticuatro años de firmada la paz, cabe preguntarse si el pretendido proceso de democratización ha progresado, tiene algún rumbo y cuáles han sido los obstáculos encontrados en el camino. Aunque podamos decir que vivimos en paz, no se siente como tal; día a día nos toca vivir enfrentamientos entre políticos de distintas ideologías que, lejos de resolver problemas y tratar de construir acuerdos en favor del país, únicamente se dedican a deslegitimar las opiniones de las personas que los critican, sin presentar respuestas coherentes a las críticas o   propuestas concretas contra lo que no están de acuerdo. Y esta práctica ya ha trascendido a la ciudadanía, para quienes la opinión del otro no vale nada si no es acorde a la propia. Somos una sociedad que ya no es capaz de escuchar y vivimos en permanente desconfianza del otro, aunque su idea sea buena.

El Salvador vive una crisis de representación política abanderada por la desconfianza en los dirigentes políticos, donde buena parte de sus ciudadanos son apáticos o indiferentes con el rumbo que lleva el país y seguimos sin identificar liderazgos políticos que guíen el proceso de desarrollo democrático. Esto se debe, en mayor medida, a que el ciudadano salvadoreño tiene otros problemas más urgentes que resolver antes que preocuparse por la situación de la democracia en el país (por ejemplo, desempleo, inflación, precariedad en el sistema de educación y salud, violencia social, entre otros problemas), aunque eventualmente ese estado nos afecte a todos.

Aquí hay que traer al cuento el concepto de democracia. La concepción contemporánea de democracia ya no se limita al gobierno de la mayoría. Una comunidad que ignora continuamente los intereses de alguna minoría u otro grupo es, precisamente por esta razón, una comunidad no democrática, aunque elija a los representantes mediante impecables procedimientos mayoritarios. Para hablar genuinamente de democracia es necesario que tengamos presentes las ideas de justicia, igualdad y libertad para todos los ciudadanos, sin excepción ideológica alguna.

Ya a estas alturas de la historia de El Salvador y la humanidad, donde hemos visto de todo y ya poco nos sorprende, hay que tener claros los principios que necesitamos preservar. Existen cuestiones que se defienden independientemente de las ideologías políticas con las que simpatice; derechos a libertad de expresión, libertad de prensa, separación de poderes, elecciones periódicas (libres y limpias), alternancia y control judicial del poder, controles interorgánicos (sin que sean controlados políticamente), rendición de cuentas, lucha contra la corrupción, respeto a los derechos de todos, entre otros, son elementos fundamentales de las repúblicas democráticas, los cuales deben respetarse siempre, no solo cuando es conveniente a algunos intereses.

Las personas que defienden estos elementos de la democracia no debe ser tachados como desestabilizadores, oligarcas, imperialistas, o con cualquier otro adjetivo que busca deslegitimar las opiniones que no nos agradan. De la misma forma, si vamos a oponernos a algo que sea con argumentos sólidos y propuestas concretas, pues tampoco se trata de oponerse solo porque sí. Si la única forma en que este país avance es que las fuerzas mayoritarias se unan con objetivos de país comunes, retomando el camino del diálogo y trabajo en conjunto, también los ciudadanos debemos poner de nuestra parte y dejar de comportarnos como tribus o rebaños que no permiten los cuestionamientos internos o  quienes se esmeran en deslegitimar al otro cuando su opinión no conviene.

La siega. De Cristian Villalta

Christian Villalta

Christian Villalta

Cristian Villalta, 14 febrero 2016 / LPG

Sé de gente que se gasta cantidades pornográficas de dinero en libros. Libros de Paulo Coelho, aclaro. O en joyería, automóviles, bisturíes en el derrière, en emplear inútiles para insultarte por Twitter… Si no puedes ofender a los demás con tu ostentación, ¿para qué ser rico, no?

Tampoco estoy de acuerdo con los que ahora le critican por no haber sido el redentor de la derecha ni el Mesías de la izquierda. Cuando votamos por usted (sí), lo hicimos creyendo que el país necesitaba de la alternancia como un fin en sí misma. Y ni modo que votáramos por el PDC o el PCN, hasta el humor negro tiene un límite.

la prensa graficaConfiábamos en que solo la alternancia acabaría con la polarización, posibilitaría la depuración de la clase política e impediría que la generación que hizo la guerra se extinguiera sin rendir cuentas. La alternancia suponía un triunfo del FMLN, que debía ganar pese a sí mismo. Y para que eso fuese posible, se necesitaba un candidato que no fuese pura sangre. Que tuviese maneras de izquierda, modales de izquierda, un discurso esperanzador, que representara una promesa de paz en la posguerra. Pero el mínimo necesario era que simbolizara el cambio, lo demás era maquillaje. Y le tocó a usted.

La relevancia histórica de su figura ya estaba garantizada, pues. Tras años de ir en contra de la lógica histórica, el Estado salvadoreño se permitía un relevo auténtico en el poder político. Y con la inercia del péndulo como vehículo, gobernó. Eso nadie se lo quitará, nadie podrá borrarlo de los libros de historia de las próximas generaciones. Y a su favor, señor, debo decir que en la famélica memoria de los textos, no cabrán los detalles. No habrá un cuadro explicando cómo cambió de amigos, no habrá una sinopsis de los intereses que algunos de sus ministros defendieron, y mucho menos un índice de los apetitos que satisfizo ni del dinero que ocupó para saciarlos.

En los libros de historia que leerán sus nietos no habrá un prontuario de los huesos que, enterrados en nuestro suelo, siguen gritando sin que el Estado mueva un dedo para publicar la verdad o impartir justicia, ni de los funcionarios que prefirieron ver hacia otro lado en lugar de reconocer esa deuda. Un párrafo de ese calibre incluiría a todos los presidentes de nuestra vida democrática, no solo el suyo. Pero con una distinción: de todos ellos, solo usted hizo campaña mencionando a monseñor, a los padres y a las víctimas del terrorismo de Estado.

He ahí la singularidad de su situación. No fue mejor ni peor estadista que sus antecesores. No fue el más antidemócrata de los presidentes de nuestra democracia, ni el menos. No fue el único con funcionarios miserables, algunos de ellos vulgares ladrones con buenos modales. Pero las oportunidades que desperdició para que nuestro país fuera mejor, esas son imperdonables. La sociedad estaba lista, las instituciones también, y hubo un antojo de cambio, una sensación de inexorable relevo, de movimiento de placas, que devinieron en nada. En lugar de ser el catalizador que despolarizara el espectro político, nadie abonó como usted a la crispación en ARENA y el FMLN. En lugar de ser el vocero de un nuevo país, que necesita conocer la verdad para perdonar y seguir adelante, se unió a la congregación del silencio. En eso, no ha sido mejor que el peor de los militares. Y de la depuración de la clase política, que llega lenta e inevitable, usted no fue inspirador entonces sino triste protagonista ahora.

Gracias a y pese a usted, la lógica histórica no se detuvo. Y hoy, en la hora de la siega, se puede andar con zapatos pero estar descalzo.

La transitoriedad del poder. De Héctor E. Schamis

En Argentina y Venezuela, el gran triunfador es la idea de la alternancia.

Hector-SchamisHéctor E. Schamis, 12 diciembre 2015 / EL PAIS

el paisLa democracia se funda y se recrea en base a la alternancia, noción según la cual el poder no es propiedad de ningún partido, grupo, familia o persona. Por el contrario, es un recurso compartido colectivamente y transferible por medio del sufragio universal. Como tal, es transitorio y regulado por un conjunto de normas constitucionales.

En los sistemas parlamentarios el gobierno puede terminar en cualquier momento. Solo es necesario un voto de no confianza para hacer efectivo el principio de la alternancia. El gobierno se disuelve y uno nuevo se forma, ya sea en el Parlamento o por medio de elecciones anticipadas. En los presidencialismos, por su parte, el tiempo en el poder y el calendario electoral son fijos. Pensado como una alternativa a la monarquía, un presidencialismo sin limites de tiempo en el poder terminaría siendo exactamente eso, un régimen monárquico y con rasgos marcadamente despóticos.

Evocar la historia sirve para entender el capricho,
el cinismo, el chantaje y la arrogancia de los oficialismos
derrotados hoy en Argentina y Venezuela

Las autocracias no comulgan con estos principios, pero no obstante muchas de ellas han contado con mecanismos institucionales para enfrentar el inevitable problema de la sucesión. No siendo por convicción, una cierta alternancia ocurre por imposición del almanaque—la vida de un individuo es efímera en términos del tiempo político—tanto como por la necesidad de todo sistema de gobierno de renovarse, incluso las dictaduras.

En el sistema soviético el comité central del partido-Estado se encargaba de la sucesión, una decisión de los jerarcas. Franco restauró la monarquía como regla sucesoria, que derivó en democracia. Pinochet lo hizo por medio de un plebiscito estipulado en la constitución que él mismo escribió. Típicamente, los regímenes militares resolvían la sucesión por medio de decisiones colegiadas de los altos mandos. En la Indonesia de Suharto existían tres partidos políticos que competían entre sí en elecciones regulares. Los tres respondían al dictador, una eficaz mímica de alternancia democrática que duró más de dos décadas.

En notable contraste, los bolivarianos, el ALBA y otros autoritarismos afines no han siquiera pensado en una regla sucesoria, una rutina para enfrentar al implacable paso del tiempo. El ejemplo de la complicada sucesión de Chávez ilustra el punto con elocuencia. El lector dirá que ello es por ser populistas, pero ese es el error de la época: usar el término populismo para todo, tanto que no significa nada.

De hecho, el populismo era más cuidadoso en estas lides. Getúlio Vargas dejó dos partidos detrás, el PSD y el PTB. El PRI respetaba la norma de no reelección presidencial. El peronismo resolvió la crisis de la muerte de su fundador creando un partido político, con elecciones internas y que ganó y también perdió elecciones nacionales. Eso desde 1983 y hasta la llegada del kirchnerismo en 2003.

Evocar la historia sirve para entender el capricho, el cinismo, el chantaje y la arrogancia de los oficialismos derrotados hoy en Argentina y Venezuela. Cristina Kirchner boicoteó la asunción de Macri, incumpliendo sus obligaciones institucionales y amenazando al gobierno entrante. Maduro acusó al pueblo de votar contra sí mismo, en una sorpresiva utilización de la noción de falsa conciencia. Vengativo, además, anunció que no va a construir las viviendas programadas, ello como represalia por el resultado electoral.

Lo notable no es solo el autoritarismo sino la degradación institucional causada por la concepción patrimonialista del poder. Kirchner, Maduro y Cabello pierden los estribos porque su generosidad paternalista recibe la ingratitud como respuesta, bajo la forma de una inconcebible derrota. Rechazan la alternancia no por poseer una elaborada ideologia anti-liberal, sino porque están convencidos que el poder les pertenece por derecho. No piensan en el desafío de la sucesión politica porque los bienes se heredan.

El nepotismo aquí es el orden natural de las cosas, la garantía de la estabilidad que se deriva de la concentración endogámica del poder del Estado. Por ello no son capaces de imaginar que ese poder termine en manos de otro. Si sucede, es ilegítimo. Esas manos son, necesariamente, las de un usurpador. Macri y la MUD acaban de cometer un delito: han hurtado el poder.

Más que nunca, seguirán hablando de golpes destituyentes. De otro modo deberían reconocer que perdieron en elecciones libres. Salvo que uno piense como ellos, quienes continúan repitiendo aquello del “giro a la derecha” en la región, por favor, ¡ya basta! Luego de la liberacion de los presos de conciencia, pocas cosas en la política son más progresistas que la alternancia en el poder.

@hectorschamis