verdad

Imperdonables. De Cristian Villalta

CRISTIAN VILLALTA,
director de El Gráfico

17 marzo 2019 / LA PRENSA GRAFICA

¿Cuántos de los 16,403 ciudadanos que votaron hace un año por el diputado Rodolfo Parker esperaban de él una iniciativa de ley para perdonar los delitos cometidos durante la guerra?

Uno cree que si votaron por Parker marcando su rostro, la mayoría de esas 16 mil personas lo conocen, al menos lo suficiente para saber que durante el conflicto fue asesor jurídico de los altos mandos militares, y acusado de encubrimiento por la Comisión de la Verdad en el caso de los jesuitas.

Entendiendo que la mayoría de los salvadoreños es gente sensata, cuesta creer que con esos atestados los votantes de Parker esperaran su proactividad en un asunto en el que su criterio está comprometido. Quizá los más de esos pedecistas se preguntan hoy si la presencia de Parker en la comisión que estudia qué hacer con los pedazos de la ley de amnistía no es cuando menos inconveniente.

Si uno lo escucha en sus cada vez más frecuentes apariciones en los medios de comunicación, el parlamentario tiene un discurso prolijo, bien articulado, con una retórica de hierro. Por eso, es fácil entender su propósito: básicamente sostiene que nadie debe responder penalmente por los delitos que haya cometido durante la guerra.

Matices más, matices menos, al menos otros tres miembros de la comisión apoyan esa idea: un coronel, un general y una ex comandante guerrillera.

Aunque 30 años después el propósito de quienes hicieron la guerra sea el de cerrar decentemente ese episodio decisivo de la vida nacional, hay dos debilidades en su razonamiento. Número uno, por más palabras bonitas que le pongan, invocar a la seguridad jurídica para relativizar el derecho de justicia de las víctimas es simple y llana impunidad; número dos, la participación en estas comisiones de personajes que tuvieron carácter ejecutivo en los bandos en conflicto es una grosería.

Si como sociedad hemos aportado nuestra parte, entendiendo que ninguna de las víctimas tendrá derecho sino a soluciones eventualmente compensatorias, lo menos que esperamos de los representantes de las fuerzas victimarias es que no interfieran, y mucho menos que sean ellas las que confeccionen una nueva solución. Los ciudadanos no necesitamos que firmen otro armisticio; aquellas condiciones extraordinarias en las que unos y otros se perdonaron sus crímenes ya no son tales. El presente demanda memoria histórica e inédita generosidad del Estado. Mientras eso no ocurra, el futuro seguirá secuestrado por el pasado.

La situación plantea un desafío extra que no debemos soslayar. ¿Cómo se explica que el ejercicio electoral de millones de salvadoreños en aras de la democracia representativa termine con cuatro personas de criterio minoritario tomando decisiones por toda la nación, y en un tema así de controversial?

Estas cosas nos pasan porque la administración del poder sigue teniendo más de cálculo político que de ética pública. Reconocemos ese desequilibrio en el alma de nuestra nación a primera vista, y con abonos al más alto nivel. ¿O acaso al leer que la CSJ decide ella misma quitarse los dientes, y morder, si acaso, solo a los dos gobiernos del FMLN, no nos sentimos un poco huérfanos de campeones?

Es a partir de la acumulación de estos resultados, de estos portazos en la cara cortesía de las instituciones, que el ciudadano triste y peligrosamente cree cada vez menos en la democracia.

Si finalmente renunciamos a la fidelidad de quienes deben representarnos, solo nos esperaran imperdonables la apatía y la furia.

¿Es posible saber lo que pasa realmente en Venezuela? De Alberto Barrera Tyszka

Una mujer ondea la bandera de Venezuela desde una ventana en Caracas, el 12 de marzo de 2019. Credit Ronaldo Schemidt/Agence France-Presse — Getty Images
ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

17 marzo 2019 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO — Ocurre con frecuencia: más de una vez me he encontrado en el trance de estar frente a un desconocido que, al saber que soy venezolano, me pregunta: “¿Es cierto todo lo que está pasando allá?”. La duda siempre me sorprende. Uno de los obstáculos fundamentales para poder analizar lo que sucede en Venezuela es la verdad. Siempre hay más de una, queriendo imponerse como única, inapelable, cargada de la más honesta emoción. Estuve en Caracas el fin de año y durante casi todo el mes de enero. Dentro del país no hay mucho lugar para las dudas. La verdad es una experiencia física. La miseria y el hambre no tienen matices. La confusión comienza cuando esa verdad se transforma en noticia.

El pasado 23 de febrero, en la mitad de uno de los puentes que cruza la frontera entre Colombia y Venezuela, un camión cargado de ayuda humanitaria ardió en llamas. Esta imagen, en sí misma, ya era una información inflamable. Se trataba de uno de los vehículos que la oposición trataba de ingresar al país. Rápidamente, las redes sociales también se incendiaron. Era muy difícil no contagiarse. De lado y lado cruzaron acusaciones. Anatoly Kurmanaev, corresponsal de The New York Times con mucha experiencia en Venezuela, señaló muy temprano la complejidad del caso: destacó las dos versiones que se manejaban y alertó sobre la necesidad de “hacer más esfuerzo para averiguar qué pasó exactamente con los camiones, dado el significado que las imágenes de la ayuda en llamas adquirirán en los próximos días”.

Tras días de indagación y cotejo de las diferentes informaciones, el Times publicó un serio trabajo donde demuestra que el origen del incendio no estuvo en las fuerzas de choque de Maduro, sino en los manifestantes que estaban en el lado de la oposición. Las redes sociales volvieron a echar humo. En rigor, el reportaje ponía en entredicho las dos verdades oficializadas de lo ocurrido, la del madurismo y la de la oposición, y ofrecía una tercera alternativa, aferrada a los hechos, que señalaba que el incendio se había producido debido al desprendimiento accidental de una mecha de las bombas molotov que los manifestantes de la oposición lanzaban hacia las barricadas del régimen de Maduro. La realidad fue tan simple como incómoda. Pero en contextos tan erizados emocionalmente hay que saber y poder discernir entre la verdad de la vehemencia y la verdad de la investigación periodística.

Pero eso a veces no resulta tan fácil. Hace unos días, el periodista estadounidense Max Blumenthal filmó para The Grayzone un video de sí mismo paseando por un supermercado de Caracas, para mostrar los estantes llenos de variados productos. Blumenthal hizo incluso malabarismos con varias frutas, como queriéndose burlar un poco de quienes denuncian escasez en el país y aseguró que el verdadero problema era la hiperinflación causada por la elite capitalista de Venezuela. En esos mismos días, el periodista argentino Joaquín Sánchez Mariño también colgó en la red otro video, en el que mostraba otro hipermercado en la misma ciudad, donde los anaqueles estaban llenos… pero de un único producto. El desabastecimiento en el local era contundente. ¿Alguno estaba mintiendo u ofreciendo una visión distorsionada, demasiado recortada, de una realidad más amplia? ¿En cuál de los dos se podía confiar?

A la izquierda, Juan Guaidó, el 12 de marzo en Caracas; a la derecha, Nicolás Maduro el 11 de marzo en Caracas Credit Carlos Jasso/Reuters; Reuters

Mientras la oposición realizaba una campaña de denuncia, de petición de apoyo y de recolección de fondos, para enfrentar una enorme crisis humanitaria en el país, el gobierno de Nicolás Maduro enviaba un barco con 100 toneladas de ayuda humanitaria a Cuba como apoyo a las víctimas de un tornado que provocó destrozos en varios barrios de La Habana a fines de enero. ¿Cómo pueden convivir dos versiones tan opuestas de la realidad en un mismo mapa y en un mismo tiempo? ¿A quién se le debe creer?

La crisis que viene escalando desde comienzos de este año ha puesto de relieve el problema de opacidad que envuelve a la sociedad venezolana. Con frecuencia, lo que aparece en las noticias es y no es Venezuela. Por ejemplo, desde 2018 están activados en el país dos de los fondos humanitarios más importantes del planeta: el Fondo de Gestión de Emergencias (CERF, por su sigla en inglés) de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y los de la Comisión Europea (ECHO). Ambos fondos han trabajado con varias organizaciones de la sociedad civil y son un apoyo en medio de la crisis, aunque, obviamente, son insuficientes. Este es, sin embargo, un dato que se conoce poco.

La oposición evita mencionarlo porque su discurso está centrado en atacar la negativa oficial a permitir la ayuda internacional en el país. Y el gobierno no lo reconoce públicamente porque no está dispuesto a aceptar que existe una crisis, porque no desea admitir su fracaso. Todo es y no es cierto completamente. Todo siempre puede ser o pudo haber sido. Mientras, la realidad se vuelve cada vez más urgente. Las proyecciones de la ONU sostienen que este año la migración venezolana alcanzará los 5,3 millones de personas.

Con el apagón que en estos días dejó a oscuras por más de cien horas al país ocurre lo mismo. Para el mundo exterior puede ser atractiva la verdad que remite a una conspiración imperialista. Pero no es la primera vez que Nicolás Maduro denuncia un sabotaje en el sector energético. En septiembre de 2013, tras un apagón en varias regiones del país, aseguró que la “derecha” pretendía dar un “golpe eléctrico”. En 2015, el propio Maduro creó el Estado Mayor Eléctrico, una instancia para manejar de manera directa y prioritaria el problema de la electricidad en el país. En 2016, una rigurosa investigación de la periodista Fabiola Zerpa ya anunciaba un posible colapso del suministro de energía en Venezuela. Nada de esto, sin embargo, está en la verdad que distribuye el oficialismo por el mundo. Maduro denuncia un “golpe electromagnético” pero no ofrece ninguna prueba. Como si el solo relato de la conspiración pudiera, en sí mismo, ser la evidencia de la conspiración. No hay más nada que investigar. La historia es un videojuego.

A la izquierda, un supermercado saqueado el 14 de marzo en Maracaibo; a la derecha, un local de frutas el mismo día en Caracas Credit Meridith Kohut para The New York Times; Iván Alvarado/Reuters

El chavismo insiste en decir que existe un “cerco mediático”, denuncia la creación de un “país paralelo” e invita a todo el mundo a conocer “la Venezuela de verdad”. En lo que casi parece una invitación a la psicosis colectiva, Maduro en medio de la crisis ha prometido que invertirá 1000 millones de euros en obras de ornato, en la “Misión Venezuela Bella”. Todo se trata de lo mismo: un ejercicio del poder cuya principal tarea es sembrar dudas sobre lo que es o no es real. Es una maniobra perversa, deliberada, para promover lo que en psicoanálisis se conoce como un mecanismo psíquico de “ataque a la percepción” de la realidad.

Mi vecino en Ciudad de México, al saber que estuve en Venezuela recientemente, me pregunta con genuina intriga: “Y todo eso que sale por la tele, ¿es cierto?”.

Creo que es necesario contrastar cualquier noticia, dudar de aquello que fácilmente refuerza nuestros sesgos personales. Existen medios independientes como Efecto Cocuyo, Armando.info, Runrunes, El Pitazo, Crónica Uno, Tal Cual, Correo del Caroní, entre otros, que están comprometidos con el periodismo de calidad y que son una referencia imprescindible a la hora de informarse. Pero también es necesario hacer una gran campaña contra la institucionalización del engaño. La posverdad debería ser considerada un crimen. Es otra cruda forma de violencia. El ruido delirante de un poder que solo busca confundir, que solo pretende borrar a sus víctimas.

La verdad. De Cristian Villalta

20 enero 2019 / LA PRENSA GRAFICA

Es como una mariposa, agobiada por un peso que rara vez deposita sobre flor alguna. A la vez hermosa e insoportable, al mismo tiempo cálida y desoladora, la verdad pesa más que ninguna otra cosa sobre la tierra. Pesa más que el amor, que la justicia, que la esperanza. Y a diferencia de ellas, no necesita de un corazón para crecer. La verdad es. No necesita más.

Por eso es incómoda, porque no pide permiso, porque cabe aunque no quepa. Por eso nos cuece los labios, las palmas y la cara.

A las puertas de una nueva década, la nación salvadoreña aún no se reconcilia con la verdad. Es que dice cosas muy feas sobre los cimientos de nuestra vida en sociedad. Es que no deja pies con cabeza en nuestra clase política. Es que una comprensión cabal de la verdad de El Salvador tendría unos efectos devastadores en el poder, en sus vasos comunicantes y en su ejercicio.

Esa verdad es que desde la reestructuración del modelo de tenencia de la tierra, hace 14 décadas, el Estado salvadoreño es solo un mayordomo del poder económico. Esa condición no solo lo puso de espaldas a las necesidades básicas del grueso de la población sino que lo ha enfrentado contra ella, incluso de modo criminal.

Esa sujeción del Estado y de sus tres poderes a la agenda de una minoría ha sido el tema de nuestra vida republicana, el trauma de nuestras pretensiones democráticas y obstáculo insalvable para el desarrollo nacional. Acabar con ese orden fortaleciendo al Estado con instituciones más robustas e inyectándole un ADN más solidario con la mayoría de los ciudadanos es la tarea que debe emprenderse en las siguientes 14 décadas de nuestra vida política.

¿Por qué entonces, cuando la tarea es así de titánica, las fuerzas en contienda en la última elección de este decenio le rehúyen? Por un lado, los líderes de esos partidos políticos no ignoran la verdad fundacional de nuestra patria; por otro, los candidatos que unos y otros llevaron a este ejercicio son personas interesadas en la crónica nacional, que entienden la relevancia del poder ejecutivo en la confección del futuro. O deberían serlo.

Ahí yace la decepción de estas elecciones. La infiltración del crimen organizado en nuestras instituciones es real; la desviación de los cuerpos de seguridad de su papel en una democracia así de joven es real; la destrucción del tejido social a causa de la pobreza es real, así como reales son sus efectos principales, la migración ilegal y la nutrición de la pandilla. El Salvador, pues, listo o no, necesita una revolución.

A esa revolución, al menos para empezar, le bastaría con una agenda de decidida inversión social, austeridad brutal en lo relativo a plazas por contrato, reducción del gasto militar y un plan para menguar la mora judicial.

Pero en cambio, haciendo tábula rasa de insultos y sarcasmos, lo que escuchamos en la campaña previa a la primera vuelta fueron mayormente vaguedades y nos quedó la convicción de que ninguno tiene idea del presupuesto del ejercicio fiscal 2020.

No hay razones para creer que alguna de estas fuerzas sea sino solo manifestación del mismo orden que hay que alterar; el único candidato que recurrió a un discurso con esas ínfulas no habla sino de cambiarle felpa al Estado y de una patética cacería de brujas ideológica.

Los tiempos de nuestra nación exigían más atrevimiento de todas estas fuerzas, al menos el suficiente para hablarnos con sinceridad y reconocer si están por fortalecer el Estado o por mandarlo a lavar la camioneta por la noche.

El nuevo opio del pueblo. De Máriam M-Bascuñán

Con las ‘fake’ no se busca sustituir los hechos por mentiras, sino mermar el juicio con el que tomamos una posición respecto al mundo.

275_mariam

Máriam M-Bascuñán, catedrática de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

Máriam M-Bascuñán, 24 febrero 2018 / EL PAIS

Falsear deliberadamente los hechos no es distintivo de nuestra época. Su uso es tan viejo como los arcana imperii, concebidos como medios legítimos de ocultación de la “verdad” con un fin político. Y es algo que no conviene banalizar, pues como sostuvo Rafael del Águila, “la excepción señala el límite; y el límite está ahí aunque la excepción no aparezca”. Sin embargo, esta conciencia de un límite ha desaparecido, y con ella la reflexión sobre los efectos de la mentira en nuestra percepción del mundo y la democracia.

Lo anticipó Orwell en su distopía 1984 cuando Winston y Julia, sus protagonistas, hablan sobre las falsificaciones del régimen y el primero descubre que ella no se escandaliza: “Era como si no reparase en el abismo que se abría a sus pies cuando las mentiras se convertían en verdades”. De la pura violación sistemática de los hechos, dice el autor, acabamos desdeñando la magnitud del problema y abandonamos el interés por los acontecimientos públicos.

el paisAlgo así sucede con las fake news. Con 2.000 millones de usuarios, Facebook es la red social más popular del mundo, y solo en EE UU un 66% lo utiliza para consumir noticias. Abrazamos un mecanismo de información rehén de la lógica del negocio digital, pensada para lucrarse con nuestros datos, pero también para embobarnos durante el mayor tiempo posible. Es normal: a pesar del enternecedor compromiso con la verdad de Zuckerberg, él sabe que a más clics más dinero. Por eso las redes son el coladero perfecto para la propaganda política, viralizada gracias a las cámaras de eco selladas por algoritmos.

hannah arendt

No se busca sustituir los hechos por mentiras, sino mermar el juicio con el que tomamos una posición respecto al mundo y debilitar la convicción de que la palabra veraz sostiene la relación pública. Cuando la farsa sistemática ocupa el centro de nuestra convivencia, aumenta el poder de los embusteros y disminuye el de quienes saben que, para cambiar cosas, tienen que convencer a una ciudadanía crecientemente incrédula. El nuevo poder reside en esa opacidad que nos pretende digitalmente analfabetos, incapaces de identificar la procedencia de los bulos o a qué intereses obedecen: las fake son el nuevo opio del pueblo.

@MariamMartinezB

Carta a los que quieren gobernarnos: Tengan el valor de decirnos la verdad. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 24 octubre 2017 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Estimados candidatos, pre-candidatos y pre-pre-candidatos:
Sin haber luchado por este derecho, la Sala nos regaló el voto por cara y el voto cruzado. O sea, el derecho de votar por personas en vez de partidos; y de escoger entre las diferentes planillas su propia lista de diputados.

Poco hacemos uso de estos nuevos derechos que vinieron de arriba: del cielo, de Santa Claus Estado, o de unos sabios. Por tanto, los partidos tampoco apuestan a esta nueva modalidad. El resultado: Entre los más de 600 candidatos a diputados no hay ninguno que marque la diferencia. Nadie sabe qué harán diferente.

logos MAS y EDHYo tendré serios problemas para encontrar por quiénes votar entre los casi 200 candidatos en mi papeleta de San Salvador. No porque me caigan mal (aunque algunos sí), sino porque nadie me da una buena razón de marcar su rostro.

Todavía hay tiempo que algunos de ustedes se perfilan con posiciones claras. Se lo recomiendo. ¿De qué otra manera piensan distinguirse del montón? ¿Regalando espejitos, como todos?

Pero donde este tema puede convertirse en el factor decisivo es en la larga carrera por las candidaturas presidenciales. Hasta ahora es un enigma lo que piensa hacer con el país cada uno de los pretendientes. Hablan bonito, pero no aterrizan en nada. Todos. ¿Alguien de los presidenciables del FMLN hará algo sustancialmente diferente a Funes y Sánchez Cerén? ¿Alguien de los precandidatos de ARENA hará algo diferente a los famosos 20 años? ¿Bukele hará lo mismo que en las dos alcaldías y sobre todo en redes sociales? En algún momento tendrán que decirlo.

Sea quien sea electo presidente, tendrá que aumentar impuestos, pero nadie quiere decirlo. El próximo presidente tendrá que abandonar la fatal continuidad de mano dura y enfrentar el problema de seguridad y violencia de otra forma, pero nadie se atreve a decirlo. Mucho menos cómo. Y quien no tiene claro estas dos necesidades, no debería ser presidente.

Estas mentiras y cobardías son la fuente principal del gran desencanto con la política. Nadie dice la verdad sobre los sacrificios necesarios para sacar al país del estancamiento. ¿Quieren prolongar esto? El que rompa el silencio y comience a decir la verdad, tal vez a corto plazo pone en riesgo su candidatura, pero a mediano plazo puede ganar confianza. Estamos a mediano plazo. Pero quien no se atreva a decir la verdad, pone en riesgo su presidencia, porque llegará con las manos atadas por sus propias mentiras.

Quien ahora dé el paso valiente de decirnos las verdades impopulares, todavía tendrá 15 meses para convencernos de las soluciones que plantea.

A ver quién se atreve. Este será presidente. Saludos,

44298-firma-paolo

Carta sobre el caso El Mozote. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 10 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Querido amigo:
Un amigo me emplazó: ¿Cómo es posible que no fuiste a Gotera para escribir sobre el juicio contra los militares en el caso El Mozote? ¿Ya no te importa? Varios colegas periodistas de El Faro han expresado la misma crítica: ¿Por qué los otros medios no recogen los testimonios de los sobrevivientes de El Mozote?

Sí me importa El Mozote. Sí me importan las víctimas de esta masacre. Pero no creo en este juicio, ni en los otros que se están abriendo contra militares y guerrilleros, luego de que fuera declarada inconstitucional la amnistía. Siempre he dicho que me parece un error haber quitado la amnistía, y que ahora se están abriendo juicios penales en todos estos casos de crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad, y violaciones de Derechos Humanos cometidos en el marco de la guerra.

logos MAS y EDHEn Gotera se demuestra que llevar estos casos a la justicia penal no tiene sentido. Estos casos deberían ser objeto de investigación histórica, periodística, foros académicos, cuyos objetivos serían: dar voz a las víctimas; y establecer y analizar la verdad.

Pero esto no se cumple en un juicio penal. Ahí se trata de pruebas científicas y testimonios, bajo reglas estrictas de pruebas, para establecer, sin lugar a duda, la responsabilidad personal de los acusados. El juicio de Gotera demuestra que esto no es posible 36 años después de los hechos. Y no es, como muchos alegan, muestra de un sistema que promueve la impunidad, sino de que es un error llevar estos casos a la justicia penal.

Bajo las reglas de la justicia penal, casi nada de lo que aportan los testigos en Gotera es relevante. Y esto es una injusticia con las víctimas, los sobrevivientes y testigos. Tienen todo el derecho de contar sus historias. Tienen derecho de hacerlo donde sus historias sean relevantes – y esto no es ante el juez de Gotera.

Mi amigo me preguntó: ¿Por qué no testificás en este juicio, si vos estuviste ahí? Esta es la confusión que muchos tienen sobre este juicio. Yo estuve en El Mozote, pero días después de que el ejército se retiró. Puedo contar lo que pasó ahí, porque los sobrevivientes me lo contaron. Conozco la verdad, y la difundí al país y al mundo.
Pero no tengo nada que aportar a un juicio penal. Todo lo que sé sobre la masacre, es irrelevante ante un juez, porque no fui testigo ocular. Mi verdad es una reconstrucción periodística. De paso sea dicho: Lo mismo es válido para el informe de la Comisión de Verdad. Es muy relevante, pero no ante una corte que necesita comprobar hechos y responsabilidades individuales.

A mi no me vengan a decir que yo me estoy callando sobre El Mozote. Yo inmediatamente fui a El Mozote; traje a periodistas internacionales al lugar de las masacres. Hicimos las denuncias, reportamos los hechos. Pusimos contra la pared a la Fuerza Armada, al gobierno y a sus padrinos en Washington. Y luego fui parte del equipo que tendió la trampa al principal responsable, el coronel Domingo Monterrosa, a quién la gente de Morazán aplicó justicia por su crimen.

Está bien que El Faro dé volumen a las voces de los sobrevivientes. Pero que no confundan la verdad que ahí se revela, la verdad de las víctimas, con una verdad jurídica que permita establecer condenas penales. Sólo estarían aportando a más frustración.

Esto es lo que tengo que decir sobre el caso en Gotera. Saludos,

44298-firma-paolo

Verdades que suman. De Máriam M. Bascuñán

La democracia no protege una verdad, sino la posibilidad de que convivan muchos puntos de vista.

275_mariam

Máriam M. Bascuñán, catedrática de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

Máriam M. Bascuñán, 16 septiembre 2017 / EL PAIS

Hoy en día es poco frecuente, salvo por los sacerdotes, encontrar a personas que se crean en posesión de la Verdad. No así Junqueras, quien en un tuit de agradecimiento a Assange por el apoyo a la causa independentista decía: “Gracias Julian por arrojar luz sobre la verdad en estos días decisivos”. Será que, como dice la Biblia, quien es de la Verdad oye su voz. Aunque la cosa llevada al terreno político es arriesgada pues, si existe una verdad, ¿significa esto que sólo hay una respuesta para las preguntas políticas?

Lo decía Arendt al señalar a la Verdad como la muerte de todas las disputas: cualquier acto político desplegado en defensa de un credo que se piensa incontrovertible cierra el pluralismo. Por eso “arrojar luz sobre la el paisverdad” no es más democrático que tener libertad para narrar el mundo de una manera alternativa. La democracia no protege una verdad, sino la posibilidad de que convivan muchos puntos de vista. Y un presidente como Rajoy, convertido en sacerdote de la ley, puede terminar por interiorizarla como un mero seguimiento de reglas.

Por mucho que ambos se empeñen, el acceso al mundo político que garantiza la ley se da a través de la conversación, donde incluso caben nobles voces iluminadas que, como la de Assange, emergen elevadas de la ordalía del exilio. Ya sabemos que tan pronto pueden borrar la ignominia del mundo apoyando a Trump o a Le Pen, como adoptar ese tono clerical para honrar una verdad y una justicia que por lo visto conocen con seguridad y que harán triunfar a toda costa. Lo curioso es que Assange se encerró en la Embajada de Ecuador huyendo de otra verdad más objetivable: la verdad judicial del Estado sueco. Esto sí es un hecho incontestable, no una opinión. Por eso llama la atención que alguien pueda dar crédito a quien por su actitud se ha desautorizado.

Lo terrible es que no se busca la verdad de los hechos sino la aquiescencia de quienes comparten “nuestras razones”. Y por eso da igual que el Estado español sea comparado con la dictadura China responsable de la masacre de Tiananmén. Mientras se sume al carro de los nuestros todo lo demás no importa. Hay, desde luego, una izquierda que debería hacérselo mirar.

@MariamMartinezB

Amenazas ciertas. De Danilo Arbilla

Cuidado cuando aparece un dueño de la verdad. El debate libre y democrático funciona cuando se nutre de errores y verdades, de muchas verdades. Se acaba cuando se establece que hay una sola verdad y se le pretende aplicar a todos.

Danilo Arbilla, periodista uruguyao, ex presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa

Danilo Arbilla, 10 mayo 2017 / LPG

De todas sus amenazas y promesas electorales, con las que más consecuente y cumplidor ha sido el presidente Donald Trump es con las referidas a la prensa y los periodistas. Él considera que los periodistas son los “seres más deshonestos” de la Tierra, que “deben callarse la boca” y una serie más de insultos y descalificaciones. Al tren que va en cualquier momento supera al ecuatoriano Rafael Correa.

Y Trump avanza y hace cosas impensables: discrimina, impide que periodistas entren a reuniones de prensa y los descalifica públicamente. (Ver como antecedentes del mismo tipo a Chávez, Maduro, Correa, Morales, Ortega y los Kirchner: todos enemigos de la libertad de prensa).

Antes de llegar al poder, en el llano, Trump utilizó a la prensa. Y se jactaba de ello. “Los periodistas aman odiarme, pero me necesitan porque yo le doy titulares, les mejoro el rating”. En buena medida fue así: la prensa y los periodistas fueron el instrumento para que Trump fuera conocido en toda la nación que es la primera e imprescindible etapa a cumplir para cualquier político. Y de nada sirvió que en gran parte de esa “promoción involuntaria” de Trump fuera presentado como un ridículo, un desaforado y un desprolijo en todas las materias y temas delicados o sensibles (mujeres, inmigración, diferencias de razas y religiosas). Podría mostrárselo como un “loco suelto”, pero se lo hizo personaje y llegó a presidente de Estados Unidos.

Hoy Trump sabe que es noticia, que es el dueño de los titulares y primeras planas y cabezas de página y de los informativos, sin necesidad de decir disparates: es el presidente del país más grande del mundo.

Pero no le basta.

Aparentemente se afilia, a su estilo, a la tesis de Lenin de que los medios de comunicación tienen que ser órganos del Partido. Trump, aunque no tiene partido propio, en alguna medida pretende que los medios se comporten de acuerdo con sus gustos y pareceres.

En una línea ya muy conocida y muy cara a los populismos progresistas y autoritarios de estos lares, Trump amenaza y empuña una ley “antilibelo”. Una ley de prensa; una de las varias formas para vestir y disfrazar “una ley mordaza”.

Según se asegura, es difícil que la iniciativa prospere. Los medios, la gran mayoría, le darán batalla y además de ello sería una ley anticonstitucional que violaría la Primera Enmienda.

Pero cuidado, en los últimos tiempos las que más se han dado y concretado son esas cosas imposibles: el propio Trump es uno de los ejemplos más elocuente e ilustrativo.

Más allá de si hay ley o no, plantearla puede ser parte de la estrategia del presidente norteamericano en su guerra contra la prensa. Maneja, como lo han hecho tantos, un buen eslogan: “Si un medio escribe algo mal, debe retractarse, y si no, se le debe juzgar”. (Aquello de la información veraz).

La cuestión es que el público es receptivo: ¿por qué no quieren corregir algo que fue errado? se pregunta. No pueden escribir cosas malas todas las veces que quieran sin ningún freno, reflexiona. Deben y pueden ser juzgados como cualquier otro ciudadano, concluye.

Un razonamiento difícil de contrarrestar, pese a que la realidad es tan clara: ningún medio, cuando se equivoca, deja de enmendarlo. Y si no lo hace, se encarga de hacerlo la competencia y los que han sido aludidos o afectados. El fin de los medios es informar hechos ciertos y no necesita de jueces y tribunales para corregir sus errores. Está en juego su credibilidad y esta es su única fuerza y riqueza.

Precisamente ese es el objetivo Trump: afectar la credibilidad de los medios. Y entre sus adeptos ya lo ha logrado, el 80 % cree lo que Trump dice y solo un 3 % de ellos cree en la prensa.

Es un aspecto que los medios norteamericanos habrán de tener presente y cuidar mucho en su enfrentamiento contra Trump. No perder, y además recobrar la credibilidad perdida, parte de la cual, quizás, se perdió por haber dado titulares a las parrafadas de aquel desconocido Trump.

El público, en tanto, no debiera distraerse ni confundirse. Fijarse en la luna y no en el dedo que se la está señalando. Lo que importa no es si “debe retractarse” o si “se le debe juzgar”, sino quién es el que resuelve si lo que “se escribe” está mal o bien. Quién lo dice: ¿Trump? ¿Maduro? Chávez? ¿Ortega?

Cuidado cuando aparece un dueño de la verdad. El debate libre y democrático funciona cuando se nutre de errores y verdades, de muchas verdades. Se acaba cuando se establece que hay una sola verdad y se le pretende aplicar a todos.

Verdad, democracia y periodismo. De Antonio Cano

EL PAÍS comienza hoy una serie de contenidos especiales sobre la libertad de prensa para mostrar la realidad de una labor en constante amenaza.

Manifestación antigubernamental y por la libertad de prensa el año pasado frente a la televisión pública en Varsovia (Polonia). En las pancartas se lee: "¿Cuántos más?" y "Libertad de prensa".

Manifestación antigubernamental y por la libertad de prensa el año pasado frente a la televisión pública en Varsovia (Polonia). En las pancartas se lee: “¿Cuántos más?” y “Libertad de prensa”. Kacper Pempel REUTERS

Antonio Cano, director de El País

Antonio Cano, 10 abril 2017 / EL PAIS

EL PAÍS publicará durante este mes una serie de contenidos especiales con motivo de la conferencia del Día Mudial de la Libertad de Prensa de la UNESCO. Voces que han visto amenazada su vida por el hecho de cumplir con su deber como reportero, personajes que han dedicado su vida a luchar por el derecho a informar, experiencias en primera persona, y relatos de profesionales que arriesgan todo por abrir una ventana al periodismo en algunos de los lugares más peligrosos del planeta formarán parte de las piezas que EL PAÍS ha preparado para mostrar la realidad de una labor en constante amenaza.

La libertad de prensa está en peligro, y con ella, toda la arquitectura de libertades y derechos que conforman una democracia. Conocimos una época en la que la falta de libertad se identificaba, justamente, por el miedo a hablar. Hoy, casi en el extremo contrario, es el exceso de palabras, la verborrea desatada, lo que, en buena medida, se utiliza para negarle al ciudadano el acceso a la verdad.

Vivimos un tiempo de gran convulsión. Es muy compartida la impresión de que todo lo que teníamos por estable se derrumba de repente sin explicación: las costumbres, las prácticas, los valores que nos acompañaron durante décadas son cuestionados y algunos se ven al borde de la extinción. Los méritos que hasta hace poco nos orgullecían hoy se desprecian. Y lo más grave de todo: las instituciones que ayer creíamos sólidas como rocas parecen hoy, más que vulnerables, insostenibles.

La crisis de la prensa está marcada por dos grandes acontecimientos de las últimas dos décadas: la expansión de las nuevas tecnologías vinculadas a Internet y la crisis económica. Por un lado, las nuevas tecnologías ponen al alcance de los lectores nuevos dispositivos que le ganan a los periódicos en rapidez y versatilidad, y que parecen llamados a sustituirlos de forma inexorable. Al mismo tiempo, la crisis económica se refleja en los periódicos en una catastrófica caída de publicidad de la que nunca nos recuperamos y que ha acelerado el debilitamiento de las empresas periodísticas.

Esa misma crisis económica tuvo otros muchos efectos nocivos en la sociedad: la desmoralización ciudadana, la pérdida de confianza en las instituciones, la desesperación, la insolidaridad y el odio. Caldo de cultivo todo ello del populismo y la demagogia.

Se juntan, pues, los elementos de la tormenta perfecta: por un lado, una sociedad abonada para el autoritarismo, que se alimenta con la difusión de mentiras, rumores, consignas, calumnias… y, por el otro, una prensa muy débil para tratar de establecer los hechos y defender la verdad.

Como advierte Timothy Snyder: “Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder porque no hay ninguna base sobre lo que hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo. La billetera más grande paga las luces más deslumbrantes”.

En estas condiciones, hemos asistido al ascenso de figuras políticas, organizaciones o ideas que cuestionan el papel de la prensa, a la que con frecuencia descalifican como cómplice de las instituciones o como defensora de intereses espurios, para anular su capacidad de crítica. El método es sencillo y ha sido practicado en los últimos años en numerosos países: pongo en duda la honestidad y la legitimidad de un periódico, y a partir de ahí cualquier cosa que ese periódico diga sobre mí carecerá de credibilidad entre mis seguidores. Al mismo tiempo, eso me dará la oportunidad de establecer yo mismo los hechos, de crear mi propia verdad; ni siquiera necesito crear mi propio periódico –como antaño-, puedo crear mi propio universo ideológico a base de tuits.

Obviamente, el personaje más paradigmático en este papel es Donald Trump. Pero no es el único. Y, sobre todo, puede no ser el el último.

Trump asentó su éxito en el desprestigio de lo que llama la prensa del sistema liberal dominante, es decir los grandes periódicos que sirvieron para que Estados Unidos fuera una gran democracia: The New York Times, The Washington Post, Los Angeles Times… Trump sabía desde el principio que sus propuestas insensatas y su ideología xenófoba y populista serían seriamente censuradas por los principales periódicos y necesitaba crearse mecanismos “alternativos” con los que difundir sus soflamas y calumnias. Se apoyó en algunos periódicos digitales –eso que en España llamamos confidenciales- y en las redes sociales. Y se ocupó de anular la influencia de los grandes periódicos con insultos y desprecios a sus editoriales y a sus periodistas. Tuvo éxito, triunfó. Y hoy nuestros colegas norteamericanos, por mucho que cueste imaginarlo, ven seriamente en peligro la libertad de prensa en Estados Unidos.

Con métodos más drásticos, lo que intenta Trump en EE UU, lo hizo antes Chávez en Venezuela o Putin en Rusia. De una u otra forma toda la actual ola de populismo y ultranacionalismo en Europa, de cualquier signo ideológico, está basada en el desprestigio de la Prensa y en la creación de supuestos medios alternativos.

Comprendo que la palabra suena bien: alternativo. Yo también siento atracción inmediata por algo que se presenta como alternativo. Solo conviene comprobar si realmente lo es.

¿Son los confidenciales alternativos a la Prensa tradicional por su tecnología? Desde luego que no. Las grandes cabeceras son hoy también los primeros periódicos en Internet. The New York Times, The Washington Post, The Guardian son también los mayores periódicos digitales del mundo, y EL PAÍS es el primer periódico mundial en español.

¿Son los periódicos nativos digitales distintos a los tradicionales en su forma de financiación? En su mayoría tampoco. Casi todos recurren a la publicidad para su sostenimiento y, frecuentemente, con relaciones mucho menos transparentes que las que tienen los periódicos tradicionales. En los pocos casos en los que esa financiación se limita a donaciones, se está aceptando un papel secundario de los medios de comunicación y se está renunciando a lo que considero un principio indiscutible en los medios de comunicación: que solo empresas periodísticas robustas son capaces de garantizar la independencia de los periódicos y de los periodistas.

La gran diferencia entre los confidenciales y los periódicos tradicionales es, en realidad, su profesionalidad. Mientras los segundos, los periódicos, nos sentimos obligados a cumplir las exigencias y los límites, las normas deontológicas de nuestros oficio, los primeros, los confidenciales, no tienen escrúpulos en exagerar, mentir o distorsionar para satisfacer sus objetivos comerciales, a veces disfrazados de objetivos ideológicos o causas sociales.

De nuevo, algunas palabras engañan: la supuesta defensa de una causa esconde a veces la simple manipulación. Los buenos periódicos no pueden tener más causa que la de contribuir a que sus lectores estén bien informados, honestamente informados, con el objeto de que pueden defenderse de los poderosos y sean libres para tomar sus propias decisiones. Los periódicos justicieros, ni hacen justicia ni son periódicos.

La manipulación, el rumor, el insulto son instrumentos para estimular el odio, crear adeptos y, por tanto, impedir la libertad. Los hechos son los hechos, tanto si nos benefician como si nos perjudican, y la mentira es la mentira, aunque se llame postverdad, y la postverdad “es el prefascismo”. “Los fascistas”, cito de nuevo a Snyder, “despreciaban las pequeñas verdades de la experiencia cotidiana, adoraban todas las consignas que resonaran como una nueva religión y preferían los mitos creativos antes que la historia o el periodismo. Los fascistas también utilizaron los nuevos medios de comunicación, que en aquella época era la radio, para crear un son de tambores de propaganda que despertaba los sentimientos de la gente antes de que tuviera tiempo de establecer los hechos. Y ahora, igual que entonces, mucha gente ha confundido la fe en un líder con la verdad sobre el mundo en que vivimos todos”.

En España algunos también tratan de que las emociones dominen sobre los hechos. Con constantes apelaciones al estado de ánimo de lo que llaman “la gente”, se pretende que lo que se cree sea más importante que lo que se conoce. Este desprecio al conocimiento va unido al desprecio a la verdad y al enaltecimiento del espectáculo. Existe una página web en nuestro país que invita a inventarse las noticias y pone a disposición del cliente los instrumentos para crear una noticia falsa que parezca cierta, con el único propósito, dicen, de hacer una broma.

No es una broma. El sometimiento constante de los ciudadanos a noticias falsas, a informaciones corrompidas, está dificultando nuestra convivencia y destruyendo nuestra democracia.

No digo que los periódicos tradicionales seamos perfectos. Lo cierto es que estamos lejos de serlo. Pero basta medir la virulencia que los demagogos utilizan contra nosotros para entender hasta qué punto los periódicos seguimos siendo un baluarte contra el totalitarismo. Y precisamente porque la amenaza de ese totalitarismo es hoy mayor –miren a Polonia, a Hungría, pero también al Reino Unido o a Francia-, la libertad de prensa es más necesaria que nunca.

Adaptación del discurso pronunciado por Antonio Caño, director de EL PAÍS, en la apertura de la jornada La Verdad y la Libertad de Información, celebrada en el marco del Máster en gobernanza y derechos humanos de la Universidad Autónoma de Madrid.

¿La verdad del perdón? De Federico Hernández Aguilar

IXVT_federicoFederico Hernández Aguilar, 27 julio 2016 / EDH

Una de las grandezas del perdón radica en su incondicionalidad. Si yo digo que quiero perdonar, pero establezco condiciones para que tal cosa ocurra —la identidad de quien me ha agraviado, por ejemplo, o una relación de los hechos que motivaron la ofensa—, mi deseo de perdonar ya no nace de la magnanimidad, sino de las circunstancias que en la práctica me llevan a cumplir lo que declaro.

Hay personas que afirman haber perdonado en su corazón pero insisten en conocer a quién. Esa forma de perdonar es curiosa. También escuchamos decir que hasta Dios, en el sacramento de la confesión, necesita que el pecador arrepentido reconozca su culpabilidad y haga efectivo el desagravio (uno que, por cierto, es proporcional a la misericordia del ofendido y no a la imperfección del ofensor). Con todo respeto admito que me cuesta entender esta comparación, porque ni existe momento en que Dios desconozca la identidad del pecador ni parece honesto equiparar la justicia divina con la humana, aunque solo sea para disponer de un símil piadoso.

diario hoyEl asesinato de mi abuelo materno, en 1979, fue un acto de cobardía que destrozó a nuestra familia y la metió sin aviso en la locura de la guerra. A mi madre y a mis tíos, en medio de la tragedia, les resultaba incomprensible que hubiera grupos que justificaran la muerte a tiros de una persona por razones de “justicia social” o “reivindicación histórica”. Pero así como es muy difícil argumentar contra la injusticia siendo violentos, podemos abrir la puerta a nuevas injusticias exigiendo que la verdad histórica se ajuste a nuestros sentimientos e intuiciones particulares.

El derecho a la verdad no se opone al perdón. Tampoco el primero condiciona al segundo. Lo que hace que no podamos perdonar se encuentra fuera del ámbito legal o de la sanción impuesta a priori (incluso moralmente) por una de las partes afectadas. Cuando algunas entidades, ojalá con las mejores intenciones, nos hablan de “restituir la dignidad de quienes sufrieron atropellos”, o de “mecanismos jurídicos de perdón, condicionados a la colaboración con la verdad”, o del “perdón generoso (sic) ante el reconocimiento de la barbarie acontecida”, lo hacen desde una perspectiva que a mi familia, tan agraviada como fueron otras, le es completamente ajena.

Soy consciente, sin embargo, de que el enfrentamiento con las heridas del pasado es un trance personal. Me encantaría que los demás ejercieran su “derecho” a perdonar, que no es otra cosa que dejar de odiar o de volver a vivir la ofensa cuando el recuerdo asoma. Nosotros, al tomar la firme decisión de perdonar, desde entonces hemos tratado de ejercer un perdón “militante”, testimonial, que pueda ayudar a otros a hacer lo mismo. Pero tenemos claro que no podemos pretender que los demás acepten este camino, y menos exigir que el Estado lo haga en su nombre. De ahí que aprovechemos cuanta oportunidad tenemos para hablar de ese perdón y de esa paz interior que ningún proceso de justicia humana —tampoco nuevas leyes de “reconciliación nacional”, ni siquiera la “justicia transicional”— consigue otorgar a nadie.

En las cíclicas revisiones que se han hecho de los casos más emblemáticos del conflicto, eso que suele invocarse como “verdad” jamás llegará a tomar el apellido de “absoluta” porque se instalen juicios y algunas personas terminen en la cárcel o siendo exhibidas ante la sociedad. De hecho, para ilustrar los grados de subjetividad en que nos movemos, copio solo dos líneas de un reciente editorial universitario: “La amnistía decretada en 1993 se limitó a despreciar a las víctimas, sabiendo que la gran mayoría de las mismas eran pobres” (¡!). ¿De este tipo de “verdades” hablamos cuando decimos defender a los agraviados? ¿Y cómo esperamos que la contraparte actúe diferente si así decretamos la “historicidad” de nuestra muy particular mirada al pasado?

Muchos salvadoreños ya elegimos otra ruta. Y nadie puede decirnos que nuestro perdón no es de verdad.