redes sociales

En la era de las redes sociales, conservemos nuestra humanidad. De Carmen Aída Lazo

CARMEN AIDA LAZO, decana de Economía de la ESEN, ex candidata a la vicepresidencia

10 junio 2019 / EL DIARIO DE HOY

Las redes sociales han venido a alterar profundamente la manera en la que en la que nos informamos, en la que interactuamos, la forma en la que se hace política, en fin, nuestra cotidianidad. Se trata de un impacto tan trascendental que vale la pena que, a nivel individual y colectivamente como sociedad, nos tomemos el tiempo de reflexionar y comprender la magnitud de dichas transformaciones.

Existe una creciente literatura sobre los efectos de la exposición continua a redes sociales como Facebook, Twitter, o Instagram, en la conducta de las personas y en su bienestar emocional. Así, por ejemplo, una encuesta realizada a jóvenes entre 14 y 24 años en Reino Unido reveló que estas redes sociales permiten a las personas expresarse, tener una voz, pero al mismo tiempo estas plataformas están exacerbando la ansiedad, la depresión y la exposición al “bullying”, sobre todo en los usuarios más frecuentes. Se ha encontrado también que los “likes” (los “me gusta”), que reciben las publicaciones en las redes, hacen que el cerebro libere dopamina, lo que explica que las redes sociales pueden convertirse en una verdadera adicción, por ese efecto placentero y esa emoción que produce el endoso implícito de recibir “me gusta”.PUBLICIDAD

Es bien sabido, además, que las redes están provocando que nos encerremos en verdaderas “burbujas de información”, en auténticas cajas de resonancia, en las que los contenidos a los que estamos expuestos generalmente confirman aquello en lo que ya creemos, aquello que ya sabemos. Esto se debe a la arquitectura misma de las plataformas digitales, pues los algoritmos de las redes se diseñan con el fin de mantener a la audiencia “enganchada”, lo cual se facilita cuando se nos presentan contenidos que son afines a nuestras preferencias. Esto significa que las redes no necesariamente nos están dando “más información”, sino “información que nos gusta”.

Las redes sociales sin duda pueden afectar nuestro bienestar personal, pero posiblemente el mayor riesgo que debemos evitar es que estas plataformas digitales nos deshumanicen. Y cada uno debemos estar alerta de dicho riesgo. ¿Han observado, por ejemplo, que muchas personas se permiten en Twitter mensajes que muy posiblemente no expresarían en una interacción cara a cara? Creo que más de una vez muchos nos hemos quedado alarmados por los niveles de agresividad, burla, humillación, que se manifiestan en las redes sociales. Al parecer, la sensación de anonimato y el hecho que la interacción no sea simultánea hacen que algunas personas se sientan envalentonadas para decir prácticamente cualquier cosa en las redes.

El problema está en que la deshumanización es un proceso, y como ha señalado Reneé Brown, “la deshumanización siempre comienza con el lenguaje, y es seguida de imágenes”. Deshumanización significa comenzar a tolerar que se trate a una persona o un grupo como si fuesen inferiores, por el hecho de ser etiquetados como el enemigo. Muchas de las atrocidades en la historia de la humanidad fueron precedidas por un proceso en el que se toleró una retórica deshumanizante.

Para muchas personas las redes sociales son fuente de entretenimiento, y eso en sí no está mal. El problema es que se confunda entretenimiento con tolerancia a violentar la dignidad de personas y grupos, pues entonces habremos perdido parte de nuestra humanidad.

Ante esta realidad, ¿qué podemos hacer? Claramente podemos tomar de vez en cuando distancia, y reducir el tiempo de exposición y participación en las redes sociales. Y sustituir ese tiempo con interacciones personales, cara a cara que nos permitan desarrollar empatía y forjar conexiones reales. De hecho, en su libro titulado “The Village Effect” (“El efecto aldea”), Susan Pinker demuestra cómo el contacto real, cara a cara, nos hace personas más sanas y felices, pues nos permite crear verdaderos lazos de amistad, y un sentido de comunidad.

Estemos pues conscientes del efecto que las redes sociales pueden causar en nuestra conducta, en nuestra esencia misma como seres humanos. Busquemos deliberadamente obtener información y escuchar a personas que piensan diferente para atenuar el efecto de “burbuja de información” inherente en las redes sociales. Y, sobre todo, reconozcamos que hay una realidad, ajena a Facebook o Twitter, una realidad que muchas veces queda en segundo plano por el ruido ensordecedor de las redes. Una realidad que contrasta diametralmente con la conversación en el mundo digital, una realidad que duele y por la que debemos trabajar para cambiar.

Porque nuestro paso por esta vida se mide en función de cómo impactamos positivamente otras vidas, y no por cuantos “likes” recibimos.

Epicuros de a pie. De Cristina López

1 abril 2019 / EL DIARIO DE HOY

Escribo a menudo de las redes sociales porque más allá de transformar la manera en la que compartimos información, han transformado para muchas generaciones las maneras en las que disfrutamos (¡o sufrimos!) la vida. Y entre esos componentes de la vida, la comida. Basta abrir una cuenta en Instagram (una red social fotográfica) para notar la democratización de la crítica gastronómica. Si antes la crítica gastronómica era una arena limitadísima en la que solo participaban restaurantes impagables y paladares caprichosos con acceso a una plataforma mediática, ahora todas las opiniones cuentan y se aplican a cualquier comida.

Como toda tendencia influida por los medios visuales, esta democratización viene con incentivos perversos que ya la industria de la comida comienza a explotar para intentar “viralizar” platillos en las redes sociales. La viralidad de un plato (y por ende, su popularidad en un mercado tan saturado como es el de la industria de la comida) depende tanto de su potencial fotogénico (que se vea delicioso) como de su potencial de causar envidia (que vean que estoy comiendo algo delicioso). Un término popularizado en inglés es el del FOMO o “fear of missing out”, que se traduce en “miedo a perderse algo”. En pocas palabras, la sensación de ser excluidos de algo que parece popular, es un poderosísimo mecanismo que el mercadeo explota para vender. El incentivo perverso para la industria es empezar a poner más énfasis en la presentación y el potencial fotogénico de la comida que en la frescura, originalidad, y armonía de sus ingredientes.

Pero no todo es perverso. Algo bueno ha traído este despertar generalizado en la curiosidad gastronómica y es que ha venido a crear “Epicuros” de a pie. Epicuro fue el filósofo griego cuya escuela de pensamiento surgió en respuesta al estoicismo. Los estoicos invitaban a buscar la felicidad en aceptar el presente y sus circunstancias tal y como eran (sin dejar que el deseo de buscar el placer o el miedo al dolor fueran incentivo alguno a cambiar las circunstancias del presente). En pocas palabras, la mera virtud era suficiente para la felicidad, por lo que la resiliencia a la desventura era en sí misma, felicidad. El epicureanismo, por el otro lado, ponía la política a un lado para buscar la felicidad guiada por los placeres de la vida (sin confundir con el hedonismo, pues Epicuro sugería que la prudencia debía guiar esta búsqueda). Estos placeres sin duda incluyen la comida, pues si su fin fuera únicamente darle gasolina al cuerpo, habríamos nacido sin papilas gustativas.

Y la coyuntura indica que sobran las razones para alegrarnos de que haya cada vez más Epicuros de a pie. Si, es de buenos ciudadanos priorizar algún interés en la política. Pero es de humanos interesarnos en buscar la felicidad y si esta, por pequeña que sea, es accesible con un par de mordiscos en la búsqueda de sabores nuevos, bienvenida sea. Con la fragilidad de nuestro Estado de derecho, la corrupción dentro de la política, la falta de desarrollo y demás males que aquejan a nuestros tiempos, no está de más encontrar paz en la forma que venga. Empacada en los sabores milenarios que nuestros antepasados fraguaron de maíz, frijol, y otros granos, o en nuevos sabores que fusionan culturas en geografías radicalmente diferentes a la nuestra. En platillos accesibles a cambio de centavos al lado de un carretón o a la luz de candelas en mantelería fina. Sea como sea, que si lo que nos deviene son peores tiempos, que nos encuentren con la boca llena.

@crislopezg

Redes. De Cristian Villalta

3 febrero 2019 / LA PRENSA GRAFICA

Boquiabiertos por el método de trabajo de Nayib Bukele, los analistas políticos cuscatlecos reparan poco en la estrategia de su proyecto político. No es una nimiedad, estamos hablando de la agenda de trabajo del presidente electo de la República de El Salvador.

Bukele no tiene “copyright” de ese método, novedoso en sus herramientas pero de viejo cuño y repetido en decenas de democracias en este siglo y en el pasado. Por herramientas no me refiero al Facebook ni al Instagram, sino a la simplificación, a la generalización y a la desacreditación. Echando mano a esas técnicas del discurso, y multiplicando su penetración gracias a una quirúrgica inversión en redes sociales, ha puesto en jaque a sus contendientes políticos, que siguen creyendo que el campo de batalla en el que deben hacerle contrapeso es ideológico.

Una vez concluida la campaña y electo el presidente es una lástima que un apreciado sector de los opinadores políticos continúe elogiando su uso propagandístico de las redes sociales y afirmando temerario que lo digital mata al territorio. Son líneas de análisis pretenciosas, oportunistas y desgraciadas: la partidocracia ha sido suficientemente estéril como para validar ahora la posibilidad que un ciudadano aspire a un cargo de elección popular sin tener contacto con los ciudadanos. Eso equivaldría a prostituir totalmente la noción representativa de la política, a reducir los procesos electorales a algo tan inane como una encuesta en Twitter sin ponderar la utilidad del debate, inalienable en una democracia.

Bukele simplifica consistentemente, y lo hace con definiciones asimétricas. De ahí que la lista de sus contrincantes sea borrosa pero que en ella quepa de todo, particularmente “los mismos de siempre”, mientras que él lidera un “nosotros” igual de difuso en el que cabe de todo, hasta un oportunamente anónimo Guillermo Gallegos.

Un efecto de esos modos en su comunicación personal es que despierta fácilmente las emociones de su grey, y el término no es aleatorio. Es él quien etiqueta a funcionarios e instituciones, marcando la temperatura de lo que su corte digital hará acto seguido. En la última semana, a propósito de la pretensión legislativa de construir un oneroso edificio, el futuro jefe del Ejecutivo atacó frontalmente no solo al presidente de la Asamblea sino a las dos fuerzas mayoritarias en el Salón Azul.

Fue una reedición de sus manierismos de la campaña, recurriendo a su técnica argumentativa primaria: generalizar los rasgos más groseros de la política cuscacriolla y atribuírselos automáticamente a todos aquellos diputados que respaldaran el destino original de los $32 millones, por un lado; y anular ad hominem cualquiera de los argumentos de Quijano sobre la pretensión de nuevas instalaciones, por el otro.

En su ruta hacia las urnas, era fácil de entender que el candidato de GANA recurriera a esta estrategia. Técnicamente era posible, tácticamente a sus gurús les pareció necesario recrear un país maniqueo y sembrar la ilusión de que con su victoria el país será como nunca porque ya no lo gobernarían los de siempre. La ausencia de debate fue lamentable pero, bueno, como decía Héctor Silva “puedes fingir ser cualquier cosa menos demócrata”.

Lo que ustedes quieran. Hasta los insultos. Pero semanas después de la elección, ¿por qué es necesario echar mano del mismo método? ¿Qué acaso la estrategia no era solo electoral? Como el más subversivo de los candidatos (difícil no la tenía…), su crítica al orden contralor y político era comprensible; como inminente primer funcionario confiemos que sus dichos de febrero sean solo remanente de la victoria y no una estrategia de debilitamiento de las instituciones, y que la sociedad civil no caiga en esas redes.

¿Quién domina las redes? De Manuel Hinds

11 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY-OBSERVADORES

La mayor parte de la población contestaría esta pregunta, con el aburrimiento con el que uno dice una cosa obvia, que sin la menor duda es Nayib Bukele, basando su opinión en los datos contenidos en la gráfica 1 que, a su vez, están basados, como todas las gráficas en este artículo, en un estudio que Esteban Mora escribió para el Instituto Holandés para la Democracia Multipartidaria, con fecha 16 de octubre a 15 de noviembre de 2018. Como se ve en gráfica, Bukele es el que, por mucho, tiene más seguidores en Facebook y en Twitter. Tiene 4.3 veces el número de seguidores en Facebook, y 9.7 veces en Twitter, que Calleja, que es el segundo en número.

Esta, sin embargo sería una respuesta muy superficial porque, como es sabido, existen las cuentas falsas e inactivas. Como se mostró en un artículo publicado en El Diario de Hoy el candidato Bukele es el que tiene el 90% de las cuentas falsas e inactivas del total de los cuatro candidatos. La diferencia que esto hace se nota en una medida llamada engagement, que mide el compromiso de los seguidores con la cuenta—no solo compartiendo sino también comentando e interactuando en otras maneras. Como se ve en la gráfica 2, todos los otros tres candidatos tienen más engagement (compromiso) en total (no sólo por persona) que Bukele. Es decir, Bukele es el que más tira líneas para comunicarse, pero los otros tres se comunican con más gente. En sus páginas Web, Facebook considera el engagement como la mejor medida de cómo el contenido resuena con la audiencia. La mayor parte de la población se sorprenderá de saber, como lo muestra la gráfica 2, que los otros tres candidatos tienen más resonancia real con mayor número de personas.

El autor del reporte del Instituto Holandés reconoce que el engagement es la mejor medida pero la descalifica porque, por persona (no en el total de seguidores como está en la gráfica 2), el engagement tiende a disminuir cuando el número de seguidores aumenta. Pero Facebook sabe que esto pasa y aun así la considera la mejor medida porque aunque esto pasa en todos los casos, el engagement por persona cae pero no con la misma velocidad, y la velocidad es lo que cuenta. Es obvio que en el caso que estamos viendo, el engagement por persona de Bukele ha caído muchísimo más que el de los otros tres candidatos, tanto que de ser el que más seguidores tiene, es el que tiene menos engagement.

El compromiso disminuye con la cantidad de seguidores porque los primeros de éstos que se consiguen son los más comprometidos, los segundos son un poco menos comprometidos, y así hasta que a los últimos conseguidos no les importa el contenido y no interactúan con él. Lo interesante no es que esto pase, sino la velocidad con la que pasa, que depende de cuántos seguidores indiferentes (o no existentes) hay en una cuenta. La velocidad con la que el engagement cae es mucho mayor cuando un porcentaje altísimo de las cuentas son falsas o inactivas. Las cuentas falsas son inactivas porque es fácil y barato crearlas, pero es muy difícil y caro tenerlas interactuando con la cuenta principal. Sale más barato crear una nueva, falsa, cuando se necesita para multiplicar mensajes y dar una impresión falsa de volumen.

Como se vio en el artículo que cité de El Diario de Hoy, un enorme porcentaje de las cuentas de Bukele han sido usadas sólo una vez para multiplicar un mensaje enviado por la cuenta madre. Su existencia da la impresión de un gran volumen. Pero cuando se mide en términos del engagement (compromiso) Calleja tiene el triple de resonancia con su audiencia, Martínez más del doble, y Alvarado 20% más.

Lo mismo sucede con Twitter, excepto que en este caso el que tiene más engagement (compromiso) de sus seguidores es Hugo Martínez, el segundo Calleja y el tercero Alvarado, todos muy arriba de Bukele (el que tiene menos de los tres, tiene 4.4 veces lo que tiene Bukele). Es decir, cuando las cuentas inactivas son descontadas (que lo hace el engagement porque no interactúan) Bukele resulta teniendo el menor impacto real en las redes.

Estas cifras explican otras cosas extrañas que están pasando en la campaña—como que la aparente popularidad del candidato de GANA + NI no se manifiesta en la realidad. Nadie llega a los mítines de GANA + NI mientras que sí llegan en grandes cantidades a los de Calleja y de Martínez. Las organizaciones territoriales de GANA + NI no están activas y más bien se ven bien debilitadas mientras que las de los otros dos se ven fortalecidas.

Esto no quiere decir que el enorme ruido que genera GANA + NI en las redes no tenga impacto. Posiciona al candidato en la boca de los ciudadanos, lo que, como ha sido tantas veces demostrado aquí y en el mundo entero, influye a los ciudadanos al contestar encuestas pero no al decidir el voto.


Elecciones digitales. De Cristina López

3 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Está más que establecido que las redes sociales y la interconectividad global han venido a revolucionar varias industrias, algunas más que otras. Las disrupciones del universo digital han impactado de maneras obvias los rubros comerciales, donde las compras a través de internet le comienzan a hacer la competencia a las tiendas en los centros comerciales, y para bien o para mal, han impactado el rubro del periodismo.

El oficio periodístico en la actualidad ya no puede darse el lujo de mantenerse al margen de las redes sociales: ahora es parte de ellas. Los periodistas que en los próximos años decidan ignorar la influencia que la desinformación y la inmediatez informativa juegan en las percepciones y en la capacidad de reportar la verdad se verán incapacitados de hacer su trabajo o relegados a la inefectividad. Lo anterior también es un reto para los educadores cuya responsabilidad es preparar a los ciudadanos del futuro: ¿cómo enseñarle a los votantes del futuro a mantener una dieta informativa de calidad que les permita discernir entre el ruido informativo y la realidad? La amenaza de que la urgencia de las trivialidades ofusquen lo importante hace a nuestras sociedades especialmente vulnerables a la retórica de políticos demagogos y oportunistas.

Similarmente, otro rubro tremendamente afectado por la ubicuidad de las redes sociales ha sido, innegablemente, la política. En 2016, fueron las redes sociales lo que le permitió a Donald Trump, un candidato con nula experiencia política y electoral, explotar con su retórica los sentimientos de millones de votantes estadounidenses para terminar ganando la presidencia. De la misma manera y más recientemente, en Brasil el extremismo retórico que se respiraba en diferentes plataformas digitales le terminó favoreciendo a Jair Bolsonaro, muy a pesar de los frecuentes llamados a la moderación desde las instituciones de la comunidad internacional, los paneles políticos televisivos, o desde las páginas de opinión de diferentes medios de comunicación tradicionales.

Es por eso que no es extraño que en plena campaña presidencial en El Salvador, la publicidad electoral no sea como la de otros años, en las que el asalto visual en las carreteras era imposible de evitar. Ahora la batalla se está librando en línea y es Google la agencia mediática que se encuentra recibiendo los dólares que antes se embolsaban la mayoría de medios tradicionales. Pautar en línea significa, ahora en día, comprar la capacidad de influir resultados virtuales de búsqueda. Un votante indeciso en busca de información en Internet será guiado a la información del candidato que haya pagado más para pautar en línea. La información que verá un votante en sus redes sociales, ya sean Instagram, Facebook, o WhatsApp (todas con enorme popularidad entre los salvadoreños) será la que los algoritmos que sus propios clicks y círculo de amigos definan como importante. Alguien cuyos comentarios en línea tienden hacia la izquierda, verá esa opinión reforzada o radicalizada con contenido similar, y alguien cuyos comentarios o “Likes” demuestren una tendencia hacia la derecha, jamás obtendrá contenido neutral.

El ruido electoral es peligroso porque es difícil predecir sus efectos en el mundo de carne y hueso. En redes sociales, las marcas más ruidosas son también las que generan más ruido por parte de las audiencias, por lo que una marca que se vende como popular termina volviéndose popular en una suerte de profecía que se autocumple. Sin embargo, en nuestro país es difícil saber aún hasta qué punto la popularidad digital puede capitalizarse y convertirse en victoria electoral. En El Salvador ganar la presidencia aún requiere un enorme esfuerzo de trabajo territorial por el simple hecho de que la integridad de nuestras elecciones aún depende en gran medida de las estructuras partidarias que cuidan urnas, haciéndose contrapeso entre los diferentes partidos y contando a mano voto por voto. Solo en febrero podremos saber si efectivamente un like en línea equivale a un voto en la vida real.

@crislopezg


Escapando de la realidad. De Cristina López

Lo he dicho antes y lo diría mil veces: las redes sociales y la tecnología inteligente, como tales, son moralmente neutras. El uso que les damos y lo que intentamos conseguir a través de ellas es otra cosa completamente distinta.

Cristina López, 8 mayo 2017 / EDH

Hace muchos, muchísimos años, en las épocas en que la vida era blanco y negro, el internet era más lento que procesión en Semana Santa, y la gente aún se comunicaba exclusivamente por teléfono de línea fija, parte de los buenos modales que uno aprendía en la casa incluían la correcta etiqueta para llamar a alguien por teléfono. Antes de las 10 de la mañana probablemente era muy temprano, y después de las 10 de la noche, quizás era demasiado tarde. Saludar a quien contestara, con independencia que fuera la persona con la que queríamos hablar, era parte del proceso: “Buenos días/buenas tardes, ¿está Zutana/Mengano?”.

Tardarse demasiado en una llamada también era mal visto, por lo menos en mi casa, en la que monopolizar la línea telefónica implicaba negarle la vida social, la posibilidad de preguntar la tarea, o la capacidad de hacer una cita médica, al resto de miembros de mi numerosísima familia. Cualquiera que quebrantaba tan simple regla de convivencia, se enfrentaba al dicho lapidario paterno de “el teléfono sirve para acortar distancias, no para alargar conversaciones”. Y click, la conversación terminaba, voluntaria u obligadamente.

Y en el tiempo que pasaba entre una llamada telefónica y otra, la gente de esos tiempos se dedicaba a la cavernícola actividad de interactuar entre sí sin pantallas de por medio. Cara a cara. Usando la voz, gestos y viéndose a los ojos. A propósito, y a veces por horas y horas.

Nunca he sido parte del bando ridículo que culpa a las redes sociales y a los avances tecnológicos de todos los males de la tierra. Al contrario, las formas en las que mi generación se ha beneficiado con la capacidad de interconexión instantánea a todos los lugares del mundo, son incuantificables. En lo personal, estas conexiones me han permitido conseguir trabajos y entablar amistades cercanísimas con gente en lugares lejanísimos. Son estas conexiones lo que me mantiene sintiéndome en casa con mi numerosísima familia, a pesar de que tengamos décadas de no convivir bajo el mismo techo y mantenerme al día con amistades de infancia en nuestra adultez presente.

Y desde el punto de vista del activismo ciudadano, las redes y la tecnología nos han permitido organizarnos, educarnos, debatir de manera pacífica y empujar cambios de maneras más creativas y rápidas que lo que la organización comunitaria permitía hace un par de décadas. Lo he dicho antes y lo diría mil veces: las redes sociales y la tecnología inteligente, como tales, son moralmente neutras. El uso que les damos y lo que intentamos conseguir a través de ellas es otra cosa completamente distinta. Y es ahí donde, en muchas ocasiones, nos estamos equivocando.

Nos equivocamos cuando confundimos los “likes” que nuestros aportes reciben en internet con autoestima. Nos equivocamos cuando interpretamos como realidad las fotos, videos y comentarios de otros en internet — olvidamos que no son más que un espejismo, una fachada en la que cada aporte ha sido tan curado como los cuadros de una galería. Y si bien hay personas felices cuyas vidas en línea reflejan su estado de ánimo, también hay vidas en línea cuya felicidad en verdad sirve para enmascarar depresiones, soledades e inseguridades. También nos equivocamos cuando pensamos que lo que está pasando en el teléfono es más importante que la conversación cara a cara que estamos teniendo con alguien que apartó su tiempo para dedicarlo a nosotros. ¿Qué podría ser tan urgente? ¿Realmente no puede esperar a más tarde mandar esa cadena de WhatsApp o pegar ese vídeo en Facebook? ¿Qué tan horrible es la realidad como para que sea tan urgente escaparla? Adaptando el dicho de mi papá a la actualidad, el teléfono sirve para acortar distancias, no para escapar de la realidad.

@crislopezg

¿El periodismo en crisis? De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 21 noviembre 2016 / EDH

Una de las ventajas más grandes que ha tenido el advenimiento de las redes sociales es el acceso a información, fácil y rápida, a muchas más personas. Para muchos, lo anterior ha significado una suerte de crisis para el periodismo, pues la era digital ha traído en oleadas a la competencia, y la publicidad o la suscripción como tales ya no son suficientes para costear las labores del periodista. Sumado a esto, la facilidad de abrir una página web, ponerle cualquier nombre y disfrazarla de medio digital está inundando las redes sociales y correos de las personas, volviendo “virales” historias que simplemente son mentira, con el fin de enriquecer a algunos del dinero que viene con el tráfico o con la plata que les pasan los políticos a los centros de trolles. No, no es el periodismo el que está en crisis, sino nosotros, sus lectores. Y al periodismo lo necesitamos para que confronte al poder. Así de simple.

diario hoyY las noticias falsas no son inofensivas. Su viralidad proviene de que están hechas para confirmar los prejuicios más íntimos del lector ya sea de izquierda o de derecha. El lector está, por lo tanto, predispuesto a creerlas. El resultado es la polarización, la derrota de la verdad, la debilitación del criterio y la muerte del debate sano. Son propaganda pero disfrazada de objetividad. Y las redes sociales, donde las personas se agrupan de acuerdo a características en común, son un terreno sumamente fértil para la diseminación de este tipo de historias. Aunque jugaron un importante papel en la elección estadounidense, no son solo una epidemia en Estados Unidos. En El Salvador se las ve en Twitter y Facebook, disfrazadas de medios digitales desconocidos con “noticias” aduladoras a uno u otro lado del espectro político. Compartidas por uno u otro amigo. Y no se vuelven virales por mala intención necesariamente. Es por eso que la mejor herramienta para hacer ciudadanía es la información y para evitar el veneno de la noticia falsa vale la pena prestar atención a un par de características:

1. Confíe más en medios cuyas marcas conoce. Simplemente porque tienen mucho más que perder. Es por eso que a pesar de sus muchas faltas, los medios reconocidos tienden a tener mejor periodismo que un blog cuyo nombre no se ha oído antes. Su marca es parte de lo que los mantiene operando y hacen mucho por preservarla, incluyendo, poner más cuidado con la información que publican. Aún así, mantenga su sano escepticismo y lea con ojo crítico. Es cuando nos distraemos, por cómodos, que nos manipulan.

2. Habiendo dicho eso, lea la “letra chiquita”. Las personas que se lucran de engañar lectores entienden muy bien el consejo número 1. Más fácil que trabajar por años para posicionar una marca en el periodismo y demostrar su valor con resultados, es robar la de alguien más para aprovechar su credibilidad para diseminar mentiras. Ponga especial atención en la dirección de la página web. Puede ser tan parecida que el cambio es imperceptible pero un cambio pequeño hace toda la diferencia.

3. Entienda la diferencia entre noticias, editoriales y columnas de opinión. Las noticias sirven para informarle de un suceso o circunstancia, con datos y evidencia. Los editoriales son la posición de la junta editorial de un periódico al respecto de un tema específico, pero no son necesariamente la verdad sobre ese tema. Las columnas de opinión, como esta, no son noticias tampoco: son la posición de quien la escribe.

4. Si es demasiado bueno para ser cierto, probablemente no lo es.

5. Si es bueno, y además, parece cierto, vale la pena constatar qué dicen otras fuentes. Si realmente lo reportado es algo que pasó, después de (en estos tiempos, minutos) ningún medio de comunicación tendrá el monopolio de la historia y podrá ver y comparar.

6. Un buen reportaje periodístico (y estos están en peligro de extinción) muestra evidencia. El periodista no espera que usted le crea solo porque se lo están diciendo: sabe que su deber es demostrarle por qué lo que le está reportando es verdad.

7. Dese cuenta que Facebook, Twitter, o sus correos electrónicos no están de su lado en esta batalla. No tienen los incentivos para parar a una historia falsa de volverse viral. Usted sí tiene ese poder. Simplemente, no dejándose manipular y dejando de compartir.

@crislopezg

Esos comentarios… De Marvin Galeas

marvin galeasMarvin Galeas, 13 febrero 2016 / EDH

La irrupción de las redes sociales, los blogs, y la libertad que dan algunos periódicos para hacer comentarios a las noticias y artículos que se publican han convertido la comunicación en una autopista de doble vía. Antes la comunicación iba en un solo sentido. De los medios hacia el público. No había o casi no había posibilidad de respuesta o simplemente de opinar sobre lo publicado en un medio de comunicación.

Desde mi punto de vista el hecho de que en la actualidad casi cualquier persona pueda expresarse libremente y llegar a un gran público es una buena noticia. Pero como casi todo en la vida el asunto también tiene su lado oscuro: la utilización que hacen de esos espacios los patanes, los resentidos y las redes de troles que manejan, según investigaciones de las autoridades, ciertos políticos con el fin de manipular la opinión pública.

Hay ciertos medios digitales que advierten con toda solemnidad que se reservan el derecho de editar o no publicar https://segundavueltasv.files.wordpress.com/2015/11/diario-hoy.pngcomentarios de odio, vulgaridades, racistas o antisemitas, etc. Pero no es cierto. Antes de escribir este artículo me puse a revisar uno de esos medios. Al final de la noticia sobre las investigaciones sobre el supuesto enriquecimiento ilícito de un ex presidente había una andanada de comentarios cuyo contenido para los pelos al más calmado.

La mayoría de los comentarios de supuestos lectores o quizá de la “trolería” fueron escritos para defender al ex funcionario. Los contenidos destilaban odio, vulgaridades, amenazas, ataques a personas honorables, a instituciones, resentimiento e ira. Creo firmemente que todos tenemos el derecho a expresar nuestro punto de vista y a defender lo que creemos y en quienes creemos.

Pero la defensa e incluso la crítica para que tenga sentido, debe hacerse de manera razonable, y respetuosa. Publicar una andanada de insultos (conté mas de 100 comentarios hasta que me cansé de leer suciedades) no tiene sentido. No aporta nada. La única explicación que le encuentro a la permisividad de ciertos medios con ese tipo de comentarios, a pesar de sus propias advertencias pasa por dos posibilidades.

O son poco profesionales y no revisan el contenido o están de acuerdo con la forma y el contenido de tales diatribas. Lo graves es que no solo no aportan nada al debate en una democracia, sino que más bien enrarecen el ambiente, tensionan a las personas que los leen, polarizan aún más la ya tirante situación nacional.

Hace unos meses cerré mi cuenta de Twitter y dejé de publicar mi correo electrónico en este espacio, sencillamente porque me harté de ese tipo de comentarios. Y además porqué no era en realidad un debate con personas, sino un ataque sistemático de una maquinaria manejada por unas cuantas personas, que a juzgar por la forma y contenido de lo que escriben, necesitan urgente ayuda profesional.

Pero no todo ese lodo viene de la trolería. Hay personas de carne y hueso, gente que existe que se dedica, me imagino que por alguna paga, a difamar e insultar a adversarios políticos. Otros son puros resentidos, que no soportan el éxito ajeno y que creen que la vida les debe algo, y aprovechan cualquier resquicio para denigrar a quien es el objeto de sus celos, envidia o quién sabe que mala vibra.

Personalmente me opongo a cualquier idea de leyes tendientes a coartar la libertad de expresión, aunque eso signifique soportar el ruido de los patanes. Pero creo que los medios de comunicación serios, si deben ser más contundentes en no permitir que se usen sus espacios para despotricar de manera tan vulgar.

No es posible que un medio de comunicación permita que en sus páginas se publiquen comentarios celebrando con obscenidades el fallecimiento de una persona. No es posible que permitan que ofenda de una manera tan pero tan vulgar a personas honorables o a cualquier otra persona. Permitir ese tipo de comentario sí es “terrorismo mediático”.

No son las instituciones las que deben regular este asunto, sino los mismos medios de comunicación.

#ElRingDeHoy: ¿Se debería penar con cárcel la difamación en redes sociales? Rodrigo Ávila versus Juan Carlos Sura

Dos ciudadanos debaten sobre la temática en #ElRingdeHoy. Únete.

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10 febrero 2016 / EDH

Sí debe penarse. De Rodrigo Ávila

Rodrigo-Ávila-1-700x357En Latinoamérica, algunos gobiernos han puesto de moda “leyes mordaza”. Sin embargo, no se puede caer en el error de confundir el derecho a expresarse libremente, con la capacidad irrestricta de violentar el honor ni vulnerar la dignidad o intimidad de otros, sin que esto tenga ninguna consecuencia.

Algunas posturas radicalizadas buscan minimizar las posibilidades que tiene un ciudadano de acceder a la justicia en caso sea injuriado o difamado a través del Internet.  Incomodar al vecino, a un político o funcionario; al publicar opiniones, caricaturas o memes, no es algo indebido, mucho menos constituye delito.  Pero si se utilizan las redes sociales para causar un daño deliberado, los efectos son inmensamente mayores a los que se pueden infligir por los medios tradicionales.

El Código Penal y Procesal Penal vigentes establecen el procedimiento a seguir para que un ciudadano denuncie un  delito de difamación que dañe su honor.  El mecanismo existente es de acción privada, y no interviene la Fiscalía, por lo que la víctima diario hoydebe contratar abogado para interponer demanda en un Tribunal de Sentencia. Si se conoce al difamador, el problema no es tan grande, pero cuando el daño se da en las redes sociales, y  proviene de un perpetrador anónimo, o de una identidad falsa, el proceso vigente se queda corto en cuanto a las posibilidades que tiene la víctima de que se individualice el victimario,  y mucho menos que se aporten pruebas contra este.

Si la víctima tiene los recursos, podrá contratar a un Perito Forense Especial Digital, pero aun así, las posibilidades  y alcances de un experto informático son limitadas. En contraste la FGR tiene, por ejemplo, la capacidad de solicitar información a los operadores de internet y también tiene facultades para incluso secuestrar equipos informáticos en el proceso de una investigación.

Por lo anterior, se propuso una modificación al polémico artículo 24 del último proyecto de decreto para la Ley Contra Delitos Informáticos, presentado por la Comisión Interinstitucional y así posibilitar la intervención de la FGR a partir de la denuncia de la víctima.  Por escasos votos, esta iniciativa no fue incluida en Ley recién aprobada. El espíritu de la propuesta no reñía, ni con la libertad de prensa ni con la libertad de expresión, pero hubiese logrado que no solo las empresas o personas con gran capacidad de pago, pudiesen defenderse de las graves y dañosas difamaciones que se producen en el Internet.

La intervención de la FGR hubiera garantizado que no se abrieran expedientes de investigación en los casos en que no hubiese un daño real o en los que simplemente exista una afectación de susceptibilidades personales.

El internet nos da a todos una capacidad  impresionante para comunicarnos y expresarnos, pero también abre posibilidades infinitas para hacer daño. Al difundir mentiras y calumnias, se puede afectar deslealmente a competidores comerciales, un envidioso puede hacer que alguien pierda su trabajo y hasta se puede destruir moralmente a familias enteras.

Es por lo anterior, que en muchos países está penado el Cyber-Bullying; recordemos los tristemente célebres casos en que haciendo gala de la peor bajeza,  infames que publicaron actos privados con  puro afán de venganza sentimental o aquel caso del vídeo del vestidor femenino de un balneario. Lo que se subió no fue falso ni editado, las cámaras ocultas captaron imágenes reales, pero que vulneraban gravemente la privacidad.

Yo me pregunto ¿A caso los grandes defensores de los troles seguirían defendiendo el derecho a ser impunes que estos últimos pregonan si en ese vestidor se hubiese exhibido a su madre o a su hija?

Para algunas personas, sobre todo para los cobardes que usan el Internet para tirar piedras y esconder la mano, el honor y dignidad podrán valer muy poco. Pero para muchas otras personas, sobre todo las que son honestas de verdad,  el honor y reputación es lo más importante que se tiene.

Diputado. @RodrigoAvilaSV

No debe penarse. De Juan Carlos Sura

NDVE_suraEl delito de difamación ya está regulado en el Código Penal. Una reforma del 2011, mocionada por ARENA y “en nombre de la libertad de expresión”, estableció que su penalización serían días multa. Antes de dicha reforma, a excepción de personas que ejercieran periodismo, difamar podía llegar a la cárcel. Pero, en 2010, la cosa cambió: la Sala de lo Constitucional consideró que los personeros mediáticos no podían gozar de un tratamiento privilegiado porque se violaba el principio de igualdad establecido por ley. De ahí vino el cambio.

Bajo este razonamiento es que no puedo estar de acuerdo con penar con cárcel la difamación en redes sociales. Sería incongruente. Sería volver al punto en que difamar no era penado por igual; hay que preguntarse ¿sería constitucional? ¿No debería ser tema de reforma para el Código Penal? Incongruente también ARENA al insistir en penar con cárcel, cuando fueron ellos quienes mocionaron aquella reforma.

Entre conceptos varios, la difamación consiste en acusar a personas, atentando contra su reputación, sin tener pruebas fehacientes; abunda en redes sociales, ¡Ni cómo negarlo! ¿Pero regular las redes sociales cuando su origen es casi intangible -como me dijo un buen amigo-? Además, si bien la ley establece su aplicación en el territorio nacional, no especifica a qué deberán atenerse los hermanos lejanos visitando el país; ¿deberán callar? ¿deberán apagar su voz crítica sobre el quehacer nacional? Por otro lado, ¿cómo interpretar que quieran encarcelar la crítica ciudadana, pero salvaguardar la crítica periodística?

En este punto es importante aclarar que un TROL no es necesariamente una persona opinando desde el anonimato. TROLEAR ES UNA ACTITUD. Se trata de hacer publicaciones irritantes con el propósito de molestar, provocar o generar controversia. El trol ama la discordia. Trolean los políticos, periodistas, personeros de gremios, miembros de la sociedad civil, en fin, el troleo llega en vías múltiples. Es importante esta aclaración porque, quienes están pidiendo cárcel, argumentan de forma confusa la procedencia de los troles. Entonces es importante aclarar… quieren cárcel para las críticas que consideren “difamatorias”, de todo mundo, menos de periodistas.

De forma general, considero un avance la aprobación de la Ley Especial contra los Delitos Informáticos y Conexos, no olvidemos que se puede mejorar; la misma abonará a la prevención y sanción de los de los hechos punibles cometidos mediante el uso de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC). Se han contemplado delitos contra sistemas de información, relativos al contenido de datos, contra la niñez y adolescencia, contra el orden económico, y más. Restaría dotar la fiscalía de capacidades técnicas, y evitar que la ley que se vuelva letra muerta.

Contrario a amordazar opiniones, ¿por qué no mejor garantizamos el tema en educación? Garanticemos el estudio de cómo comportarse en redes sociales; enseñemos a no creer todo lo que se lee; hablémosles de las consecuencias y riesgos que acarrea compartir imágenes comprometedoras; enseñemos a preguntar, a dudar, y a especular cuidándose de no hacer señalamientos sin pruebas fehacientes; enseñemos que el bullying (acoso) puede llevar a muerte; enseñemos autorregulación.

Enseñemos que las redes sociales cuentan con normas propias mediante las cuales se pueden denunciar comportamientos abusivos –odio, acoso, contenido explícito, explotación sexual, spam, amenazas, autolesiones, intimidación, entre otros-. Enseñemos a denunciar, a bloquear usuarios indeseables, etc.

Cierro con esto:  A la clase política: las redes sociales son espacios donde deberían liderar con ejemplo -espero me entien-dan-; y, a los medios: regulen comentarios en sus espacios. Hay lugares en los que entras y como que llegas a un mundo de vulgaridades, injurias, difamaciones. ¿Responsabilidad de quién es, responsabilidad de quién comenta o de quien permite que pase la publicación? Además, ¿será tanta vulgaridad del agrado de anunciantes?

@JCSura

Potenciación de la necedad. De Mario Vega

Mario Vega, pastor general de ELIM

Mario Vega, pastor general de ELIM

Mario Vega, 28 enero 2016 / EDH

En el pasado las personas sencillas creían cualquier cosa que leyeran impreso. Carentes de análisis y de la capacidad de juzgar las cosas por sus evidencias atribuían veracidad a cualquier afirmación por el solo hecho de verla impresa en un periódico, revista o libro. Pensaban que por tener forma de página impresa debía ser veraz lo que se afirmaba sin el menor examen de los hechos. Afortunadamente, no muchas personas se tomaban el trabajo de imprimir absurdos y tampoco las personas sencillas eran de andar comprando libros. A pesar que eso era desastroso, las cosas ahora han desmejorado aún más, pues demasiadas personas toman por ciertos los disparates que suelen circular por la red del Internet. Sentencias que se expresan con mucho aplomo dan la impresión de veracidad y contundencia, pero cuando se someten al más sencillo análisis se descubre que son puras necedades. Las redes sociales potencian la condición de los seres humanos. Está el científico generoso que comparte su conocimiento sin pedir nada a cambio, y los que aprovechando la distancia y hasta el anonimato que la red permite dan rienda suelta a sus malacrianzas y bajas pasiones.

Con el propósito de vanguardismo tecnológico, algunos medios de comunicación habilitaron interacción con el público por medio de llamadas en red y mensajes de texto. De esa manera tomaron el espacio y, consecuentemente los medios, personas que no tenían más mérito que haber sido los primeros en llamar o escribir. Personas a quienes, de otra manera, por ninguna diario hoyrazón esos medios se interesarían en cederles algún espacio. El resultado fue la potenciación de la necedad. La expresión de notorias estulticias que no tenían más base que la ignorancia más crasa. Afortunadamente, los medios más serios corrigieron a tiempo introduciendo moderadores o simplemente eliminando la opción de comentarios. Pero, quedan otros medios cuyos comentarios son controlados por la media docena de vulgares de siempre que hablan toda clase de obscenidades y que no dan ningún aporte constructivo.

Luego quedan los mensajes en redes sociales que son bastante libres y en donde se encuentra todo tipo de sinsentido. Nuevamente la aparición de afirmaciones por las que se juzga tajantemente y donde se expresan supuestas sapiencias que, por su aplomo, pueden impresionar a cualquiera. Pero, si se examina el perfil de quien la colocó, se descubre que normalmente se trata de cafres que escriben sus mal humoradas durante su habitual resaca matutina. Activistas de celular en mano y clic fácil, cuyo único compromiso consiste en coleccionar lemas o carteles que recogen de Facebook, tratando de dar lecciones a verdaderos modelos de virtud a quienes no tienen el gusto de conocer. Personas a quienes no vale la pena prestarles ni tiempo ni atención. No obstante, los medios de comunicación que se precian de profesionales deberían seguir la recomendación del, entre otras cosas, filósofo Umberto Eco quien pidió a la prensa “crear un filtro para mejorar la calidad de la información.” Eso dado que “el drama del Internet es que ha promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad (…) ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios.” Es el reflejo potenciado de lo que somos en el ámbito de lo privado.