Nicaragua

Periodismo independiente desde el exilio. De Carlos Fernando Chamorro

Carlos Fernando Chamorro da declaraciones afuera de las oficinas de
Confidenciall.ni y Esta Semana, ocupadas por a policía

20 enero 2019 / CONFIDENCIAL.NI

Hay que defender los últimos espacios de libertad de prensa, que es la primera de las libertades, y libertad de expresión, amenazadas por la dictadura.


Este lunes se cumple un mes del cierre de 100% Noticias y del encarcelamiento de los colegas Miguel Mora y Lucía Pineda Ubau, quienes están acusados por presuntos delitos criminales, por ejercer el periodismo bajo altos estándares de independencia y profesionalismo. También se cumplen más de cinco semanas del asalto ilegal por parte de la Policía Nacional contra la redacción de CONFIDENCIAL y Esta Semana y la toma de nuestras instalaciones, que hasta este momento se mantienen confiscadas por las vías de hecho.

Desde que se desató esta nueva escalada de represión contra la prensa independiente, he mantenido nuestro compromiso de seguir haciendo periodismo para mantener vivos estos últimos espacios de libertad y pensamiento crítico bajo la dictadura. Y a pesar del robo masivo de nuestros equipos y la persecución contra nuestros periodistas, no hemos dejado transmitir una sola edición de Esta Semana en televisión, y hemos mantenido en línea el sitio web de CONFIDENCIAL y la revista impresa semanal, con las noticias, el análisis, y la opinión sobre la crisis nacional, como un testimonio de ese compromiso sagrado con la libertad de prensa y la libertad de expresión.

Hemos recurrido a todos los mecanismos legales para hacer valer nuestro reclamo de justicia: al derecho de petición e información ante la Policía, donde nos respondieron con la agresión física; a la denuncia de robo ante el Ministerio Público para que investiguen un acto delincuencial ejecutado por la misma Policía; y al recurso de amparo contemplado en la Constitución, ante la Corte Suprema de Justicia, para que ordene el cese de la ocupación de nuestra redacción y la devolución de lo robado. Sin embargo, no solamente no ha habido una respuesta correctiva de parte de las autoridades, o incluso algún intento por explicar o justificar esta toma manu militari, sino que por el contrario, más bien se han agravado las amenazas que apuntan hacia la criminalización de mi labor profesional.

Ante estas amenazas extremas, me he visto obligado a adoptar la dolorosa decisión de salir al exilio para resguardar mi integridad física y mi libertad, y sobre todo para poder seguir ejerciendo el periodismo independiente desde Costa Rica, donde me encuentro en este momento.

Agradezco a las autoridades costarricenses y al Gobierno del presidente Carlos Alvarado por la acogida que nos han brindado a mi esposa y a mi persona, igual que a decenas de miles de nicaraguenses que llegamos a esta nación, cobijada por una arraigada tradición de libertad y valores democráticos, para seguir luchando por la verdad, la justicia y la libertad de Nicaragua.

Desde Costa Rica, continuaré ejerciendo mi labor como periodista en CONFIDENCIAL, Esta Semana y Esta Noche, investigando y denunciando los crímenes, la corrupción y la impunidad, y documentando la crisis terminal de esta dictadura. Tengo la convicción de que vienen días mejores para Nicaragua, y es imperativo mantener abiertos todos los espacios de libertad de expresión, para seguir construyendo la esperanza de una nueva República, como la soñó mi padre, Pedro Joaquín Chamorro. Una república democrática con justicia social, basada en profundas reformas institucionales, que esta vez hagan irreversible la garantía de que nunca más se impondrá una dictadura. Una democracia sin apellidos, para acabar desde la raíz con el germen de la dictadura, el caudillismo, y el autoritarismo.

Por ello convocamos a todas las fuerzas vivas del país a defender la libertad de prensa, como la primera todas las libertades. Demandamos la libertad de los colegas Miguel Mora y Lucía Pineda Ubau, y la liberación de todos los presos políticos. Y demandamos también el cese de la persecución contra la prensa independiente, contra mis compañeros de CONFIDENCIAL, Esta Semana y Esta Noche, y contra los medios y periodistas de 100% Noticias, Canal 12, Canal 10, La Prensa, El Nuevo Diario, Diario Hoy, Radio Corporación, Articulo 66Nicaragua Investiga, Boletín Ecológico, Radio Universidad, Radio Darío, las emisoras y canales locales de cable de los departamentos del país, y más de 50  periodistas que se encuentran en el exilio.

Llamamos a los ciudadanos a seguir rechazando la censura y la autocensura a través de las redes sociales, y a los empresarios, pequeños, medianos y grandes, a apoyar a la prensa independiente, que en los momentos más crudos de la persecución, sigue escribiendo las páginas mas hermosas del periodismo nacional.

Como consecuencia del asalto a nuestra redacción, el robo masivo de nuestros equipos y la persecución contra nuestros periodistas, estamos obligados a reorganizar nuestro trabajo en el área audiovisual, de manera que a partir de la próxima semana reduciremos la edición diaria de Esta Noche a una edición semanal de sesenta minutos los días miércoles, y continuaremos como siempre con la edición de Esta Semana los domingos a las 8:00 de la noche. Mientras tanto, seguiremos editando la revista semanal, y la información diaria y el análisis de actualidad en nuestro sitio web confidencial.com.ni, en la revista niu.com.ni y en el canal de video en Youtube Confidencial Nica.

Muchas gracias a toda nuestra audiencia, por su confianza en nuestra labor profesional y por su solidaridad.

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El espíritu de Rubén Darío en la rebelión nicaragüense. De Giaconda Belli

La biblioteca de Ciudad Darío, una municipalidad Matagalpa (Nicaragua) en donde nació Rubén Darío, tiene un retrato del poeta. Credit Federico Rios Escobar para The New York Times
GIACONDA
BELLI,
escritora
nicaraguense

18 enero 2019 / THE NEW YORK TIMES/Español

Temblad, temblad, tiranos, en vuestras reales sillas,
ni piedra sobre piedra de todas las Bastillas
mañana quedará.
Tu hoguera en todas partes, ¡oh, Democracia! inflamas,
tus anchos pabellones son nuestras oriflamas
y al viento flotan ya.
Rubén Darío

Una y otra vez los nicaragüenses hemos buscado luchar contra la tiranía.

Hay quienes atribuyen este espíritu combativo y libertario a héroes guerreros, como el general Augusto César Sandino, padre del sandinismo y el líder que combatió a la ocupación estadounidense y fue asesinado poco después por Anastasio Somoza García, quien impondría una dinastía dictatorial por más de cuarenta años. Sin embargo, el mayor héroe que ha tenido Nicaragua fue alguien que jamás disparó un arma y nos llenó de sueños la cabeza. Se trata de un poeta, un gran poeta: Rubén Darío.

Curioso que la fecha de su natalicio, 18 de enero, coincida con la fecha en que se cumplen nueve meses del inicio de las protestas en Nicaragua, el 18 de abril de 2018. Esta coincidencia es una casualidad, pero la menciono porque intento conjurar la figura de Darío y su legado como un componente esencial del ser nicaragüense y del poético espíritu aguerrido de nuestra rebelde idiosincrasia.

Desde su muerte en 1916, Rubén Darío se convirtió en lo que un poeta de la generación de los sesenta llamó “paisano inevitable”. Y es que, en un país de héroes controvertidos, amados por unos y despreciados por otros —a Sandino, Somoza lo llamaba “bandolero”— Darío era una figura de enorme prestigio y fama en Hispanoamérica. Así que no hubo gobernante nicaragüense que no se preocupara por enaltecerlo, por convertirlo en símbolo e ícono de la cultura nacional.

Durante el largo periodo de la dictadura de los Somoza, de 1936 a 1979, el régimen destacó el lado europeo del poeta, lo presentó vestido de toga romana con corona de laureles en la cabeza, rodeado de cisnes y ninfas. Cada año se le conmemoraba eligiendo a una mujer bella, una “Musa Dariana”, en medio de una ceremonia donde abundaban liras de papel dorado, cubiertas de flores y donde se declamaban con gestos exagerados y melodrama los poemas más fantasiosos del poeta. Uno, por ejemplo, “Margarita está linda la mar” está dedicado por Darío a la cuñada de Somoza García —y no por esto es menos bello e imaginativo— y los nicaragüenses nos lo aprendíamos de memoria en el colegio. Para decirlo, repetíamos los ademanes cursis de los recitadores que veíamos en estas atroces ceremonias.

Pero estas faustas y fatuas festividades no lograron ocultar la calidad de su obra, ni apagar la veneración por su palabra. Quienquiera que se acercara a la fantasía de su poesía terminaba descubriendo la fuerza de sus escritos cargados de orgullo por el pasado indígena de las Américas, su rechazo a la injerencia imperial de Estados Unidos en su época y su condena a la explotación de muchos y el enriquecimiento de pocos. En los años de la Revolución sandinista este fue el Darío que sustituyó al de los faunos y las ninfas.

Nicaragua no tuvo más héroe que Darío hasta que al inicio de la Revolución, en la década de los sesenta, Carlos Fonseca, fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), sacó a Sandino de la oscuridad de la historia. De allí que en el país no solo haya más poetas por metro cuadrado que en ningún otro país latinoamericano, sino que el romanticismo del sentimiento poético se haya transferido a la lucha política, dándole el carácter épico y original que sedujo a la opinión mundial y a la solidaridad internacional.

La frase de Darío “si la Patria es pequeña, uno grande la sueña” está en el corazón de nuestras rebeliones. Esa aspiración animó nuestra resistencia a aceptar la pequeñez y mezquindad de la dictadura somocista. Es la misma que ahora ha sublevado a la población a levantarse para impedir una nueva dictadura que Daniel Ortega ha venido imponiendo desde su retorno al poder en 2007 y que irónicamente ha hecho palidecer a la de los Somoza, a quienes derrocó en 1979.

Es el espíritu de la poesía el que se manifiesta en el arrojo desafiante de este pequeño país que otra vez, ahora desarmado y enfrentando cívicamente la represión desmedida del gobierno, emociona y conmociona a la comunidad internacional con su decisión de no ceder en su largamente negada demanda de libertad y democracia.

Una mujer porta una máscara con los colores de la bandera nicaragüense durante una manifestación contra el gobierno de Daniel Ortega en enero de 2019. Credit Andrea Comas/Associated Press

En menos de un año, Nicaragua ha sufrido la pérdida de más de 325 de sus ciudadanos, más de quinientos han sido encarcelados y juzgados como terroristas, sus medios independientes han sido clausurados, confiscados y puestos bajo asedio, las manifestaciones han sido prohibidas y el país ha sido militarizado.

El pueblo de Rubén Darío se enfrenta otra vez a la adversidad. Nicaragua se enfrenta ahora a un exrevolucionario devenido en tirano y a su esposa y vicepresidenta, Rosario Murillo, quien se llama igual que la influencia más negativa que persiguió al poeta hasta el fin de sus días: la de su segunda esposa, también Rosario Murillo, con quien lo casaron a la fuerza. Así de irónica puede ser la poesía de la historia.

A 152 años de su nacimiento, los versos del poeta que les dijo a los líderes autoritarios: “Temblad, temblad, tiranos, en vuestras reales sillas”, y pidió con fervor la “hoguera” de la democracia nos acompañan en la lucha por nuestro país.

La voz de Dios en estas tierras. De Alberto Barrera Tyszka

El papa Francisco pronunció su tradicional mensaje navideño en la Plaza de San Pedro, el 25 de diciembre de 2018. Foto Credit: Oficina de prensa del Vaticano/ EPA vía Shutterstock

30 diciembre 2018 / THE NEW YORK TIMES/esp.

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

CIUDAD DE MÉXICO — En su mensaje navideño de este año, el papa Francisco mencionó dos casos particularmente trágicos de nuestro continente: Nicaragua y Venezuela. Se refirió a ellos con sorprendente serenidad, evitando mojarse en la violencia que sacude a ambos países. Empuñó una retórica tan predecible como anodina, invocando un saludo que igual habría podido aparecer impreso en cualquier tarjeta navideña comercial: unión, paz, blablablá.

Desde la Plaza de San Pedro, el pontífice deseó “que este tiempo de bendición le permita a Venezuela encontrar de nuevo la concordia y que todos los miembros de la sociedad trabajen fraternalmente por el desarrollo del país, ayudando a los sectores más débiles de la población”. Al referirse al país centroamericano, decidió usar la imagen del pesebre y anheló que “delante del Niño Jesús, los habitantes de la querida Nicaragua se redescubran hermanos, para que no prevalezcan las divisiones y las discordias, sino que todos se esfuercen por favorecer la reconciliación y por construir juntos el futuro del país”.

Las reacciones no tardaron en aparecer. Las redes sociales se incendiaron rápidamente. No es fácil ser papa en tiempos de Twitter. Cuando Bergoglio dice “pío” replican millones de trinos en todos los cielos digitales del planeta. La revolución tecnológica y el flujo comunicacional también han democratizado la opinión pública y el debate religioso. ¿Qué intereses se esconden detrás de las palabras o del silencio del Vaticano frente a ciertos temas? ¿Por qué su mensaje es tan distinto al mensaje de los obispos perseguidos o acosados en Nicaragua o en Venezuela? ¿A quién deben escuchar los católicos? ¿En cual de estas dos Iglesias deben creer?

Hay quienes, desde un extremismo un tanto delirante, piensan que el papa Francisco es una ficha del comunismo internacional. Del otro lado, hay quienes lo justifican y apelan a su condición de jefe de Estado, a su rol diplomático en los conflictos internacionales. Ambos argumentos suponen que el rebaño es una masa devota y desinformada.

Bismark Martínez, quien murió meses después de ser herido durante una protesta en contra de Daniel Ortega en Nicaragua, fue enterrado en el cementerio de Masaya en septiembre de 2018. Credit Inti Ocón/Agence France-Presse — Getty Images

Analizado desde cualquier ángulo, el mensaje de Francisco habría podido funcionar de la misma forma y con puntual exactitud para referirse a cualquier otro país. A México, a Brasil, a Colombia, a Guatemala… Cualquier nación del continente cabe en los buenos deseos del Padre de la Iglesia. Y quizás ahí reside, justamente, una parte del problema. Porque Nicaragua y Venezuela padecen tragedias singulares, con gobiernos que han reprimido de manera abierta y salvaje a los ciudadanos que protestan y luchan por sus derechos. No se pueden generalizar los buenos deseos frente a países donde se asesina, se encarcela y se tortura a personas inocentes.

En ambos países, además, la jerarquía de la Iglesia católica se ha visto enfrentada, en algunos casos de manera directa y violenta con el gobierno y con los militares. El argumento de que ellos también son el Vaticano, de que ellos también son el papa, es tentador y atractivo, quizás funciona de cara a la institución pero es muy frágil de cara a las víctimas, a esa comunidad que supuestamente también es la Iglesia.

El mismo problema ha enfrentado Bergoglio con el tema de la pederastia. Cuando, este mes, un tribunal en Melbourne condena al cardenal George Pell por abuso sexual en contra de dos menores, de alguna manera establece también una línea de denuncia y de reclamo con el Vaticano y con el papa, quien aun a sabiendas de las acusaciones y del proceso judicial contra el cardenal australiano, lo nombró como miembro de su entorno cercano, en uno de los cargos más importantes de la curia romana. Está bien que el papa luego asegure que la Iglesia católica “nunca más encubrirá o subestimará” sus crímenes, sin embargo, el silencio anterior deja un vacío, una aterradora sensación de complicidad.

La noticia de un papa latinoamericano creó muchas expectativas. Cuando el humo blanco fue argentino, se produjo de manera instantánea una sensación de cambio. Era lo que necesitaba una institución asfixiada por su propio agotamiento, tanto en los argumentos como en las ceremonias; perseguida por las denuncias cada vez mayores y estridentes en contra de algunos de sus sacerdotes.

En abril de 2018, dos niñas venezolanas caminaban por las tiendas de un refugio temporal para migrantes en Boa Vista, Brasil. Credit Meridith Kohut para The New York Times

La llegada de Bergoglio al Vaticano casi parecía una perfecta operación de mercadotecnia. Proviene además del lugar del mundo donde el catolicismo tiene más audiencia pero también cada vez mayor competencia. El avance de las iglesias evangélicas en el continente es sin duda una amenaza para el Vaticano. Desde esta perspectiva, tratar de ignorar realidad, es un gran error. O un pecado, podría decir también un creyente.

Fue justamente Rosario Murillo una de las primeras en darle las gracias al papa Francisco por su mensaje navideño. Y el Vaticano se merece el espanto de ese agradecimiento. Porque eligió no ver y no decir. Porque, “delante del Niño Jesús”, el gobierno de Daniel Ortega detiene a periodistas y confisca medios de comunicación. Porque “los habitantes de la querida Nicaragua” huyen ahora de la represión oficial que ha dejado un saldo de 325 muertos y más de 400 detenidos y enjuiciados. Lo mismo pasa en el caso de Venezuela. Hablar de “concordia” o de “desarrollo” no solo es frívolo sino también cruel. Aunque el Vaticano decida no ver las noticias o no leer los informes de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), los refugiados siguen ahí. La fe no los desaparece.

El 5 de julio de este año, el papa Francisco escribió en su cuenta de Twitter: “¿Sabemos hacer silencio en el corazón para escuchar la voz de Dios?”. La promesa de cambio del catolicismo tal vez no tiene que venir desde arriba, desde la jerarquía. Puede surgir de las bases, del rebaño. Quizás es hora de que los católicos de América Latina emplacen a su pastor. Que le exijan que vea y que pronuncie lo que está pasando. Que se ponga del lado de las víctimas y no de los poderosos. Que le pidan que trate de escuchar la voz de Dios en estas tierras.

El delito de ser ciudadano . De Sergio Ramírez

El verdadero golpe de Estado en Nicaragua lo ha dado el Gobierno al suprimir los derechos y las libertades.

Sede del canal de televisión 100% Noticias. MAYNOR VALENZUELA AFP
Sergio Ramírez, novelista y columnista nicarguense, fue vicepresidente en el primer gobierno sandinista

27 diciembre 2018 / EL PAIS

Frente a la resistencia ciudadana en Nicaragua, el régimen ha insistido en crear una verdad alternativa paralela a la de los hechos reales: la invención de un golpe de Estado organizado por terroristas de profesión que actúan “movidos por el odio”. Esa es la historia que repiten los medios fieles al Gobierno, y que los fiscales y jueces utilizan para acusar y procesar a los ciudadanos. Cerca de 600 “golpistas” están en las cárceles.

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El demoledor informe presentado por el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) viene a desmentir de manera rotunda esta verdad alternativa, al concluir que no existe ninguna evidencia que sustente el golpe de Estado.

Por el contrario, para el GIEI, el Estado de Nicaragua ha llevado a cabo conductas que de acuerdo con el derecho internacional deben considerarse crímenes de lesa humanidad, particularmente asesinatos, privación arbitraria de la libertad y el crimen de persecución”.

La insistente propaganda alrededor del golpe de Estado no va dirigida a la ciudadanía en general, sino a la clientela partidaria que rodea a la pareja presidencial, a fin de crear justificaciones y motivos “legítimos” a la represión que el informe desnuda y condena.

El Grupo de Expertos de la OEA desmonta claramente la falacia. A partir del 18 de abril de este año lo que se creó en Nicaragua fue un movimiento espontáneo, que creció y se multiplicó sin la dirección de nadie en particular, menos que tuviera una línea estratégica conspirativa.

“A partir de abril de este año lo que se creó fue un movimiento espontáneo, que creció y se multiplicó sin la dirección de nadie en particular”

Los golpes de Estado no se urden en las calles, entre estudiantes y pobladores de barrios, sino en la sombra; se preparan en los cuarteles, y se planean en secreto. No los ejecuta tampoco gente desarmada, muchachos que pelean con piedras y morteros caseros, y hasta con tiradoras de hule.

A estas alturas, queda claro que la verdad alternativa del golpe de Estado fue creada directamente en contra del concepto de ciudadanía. Hay una tachadura negra sobre la palabra ciudadano para oscurecerla, o borrarla.

Es un castigo impuesto desde el poder: si quienes salieron a protestar de manera masiva fueron los ciudadanos, en uso de las libertades públicas inherentes a su soberanía individual, libertad de movilización y libertad de expresión, para empezar, y fueron reprimidos por eso, los presos políticos han perdido también el derecho al debido proceso: detención dentro del término de ley, derecho a la defensa, a un juicio público, a jueces imparciales. El poder dicta que los golpistas y terroristas no tienen ningún derecho, lo que se puede leer como: los ciudadanos no tienen ningún derecho.

Las garantías constitucionales se encuentran suspendidas de hecho, y está prohibido manifestarse. Aún para las procesiones religiosas se exige permiso policial. Es obligatorio entregar los teléfonos móviles si son requeridos, y los mensajes en redes sociales que guardan son examinados o copiados, con lo que el derecho a la privacidad de la correspondencia ha quedado abolido.

Debido a la que bandera de Nicaragua se volvió un símbolo subversivo, porque el azul y el blanco son los colores de la resistencia ciudadana, está prohibido exhibirla o portarla, lo mismo que elevar globos con esos colores.

Está suspendido el derecho ciudadano de informar libremente y recibir información. Por eso fue asaltada la Redacción del periódico Confidencial y la de los programas de televisión Esta semana y Esta noche de Carlos Fernando Chamorro, y sus bienes y equipos confiscados. Por eso fueron asaltadas también las instalaciones de la televisión 100% Noticias y su director, Miguel Mora, apresado y puesto a la orden de los tribunales, por cometer “delitos impulsados por el odio como consecuencia de la provocación, apología e inducción al terrorismo”: El terrorismo de informar.

En las aduanas se retiene el papel y los insumos para los periódicos escritos, al estilo Venezuela, y los dos diarios del país, La Prensa y El Nuevo Diario, apenas tienen mes y medio de existencias para imprimir. Luego, les tocará desaparecer.

De las organizaciones de la sociedad civil que promueven la libertad de expresión, los derechos humanos, la democracia, las encuestas de opinión, y hasta la defensa de la naturaleza, nueve han sido ilegalizadas, obligadas a cerrar por decreto y sus bienes también confiscados.

Entonces, el verdadero golpe de Estado se ha dado contra los ciudadanos, contra su condición de personas libres. Sus derechos han sido suprimidos. Se les discrimina, y se les anula. Esos derechos solo existen para quienes están en las filas del régimen y son parte del aparato de poder, y disfrutan, además, de un derecho exclusivo: el de la impunidad.

El dominó venezolano. De Joaquín Villalobos

9 agosto 2018 / EL PAIS

La tragedia venezolana no tiene precedentes en Latinoamérica. Algunos consideran que Venezuela puede convertirse en otra Cuba, pero lo más probable es que Cuba acabe pronto convertida en otra Venezuela. Estamos frente a la repetición del efecto dominó que derrumbó a los regímenes del campo socialista en Europa Oriental, cuando hizo implosión la economía soviética. Las relaciones económicas entre estos Gobiernos funcionaban bajo lo que se conocía como Consejo Económico de Ayuda Mutua (CAME). Fidel Castro copió el CAME y se inventó la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (ALBA) para salvar su régimen con el petróleo venezolano. La implosión económica de Venezuela ha desatado un efecto dominó que pone en jaque a los regímenes de Nicaragua y Cuba y a toda la extrema izquierda continental.

Las economías de los ocho regímenes de Europa del Este y Cuba sobrevivían por el subsidio petrolero y económico soviético. Cuando este terminó, los países comunistas europeos colapsaron a pesar de contar con poderosas fuerzas armadas, policías y servicios de inteligencia. Cuba perdió el 85% de su intercambio comercial, su PIB cayó un 36%, la producción agrícola se redujo a la mitad y los cubanos debieron sobrevivir con la mitad del petróleo que consumían. Castro decidió “resistir” con lo que llamó “periodo especial” para evitar que la hambruna terminara en estallido social. En esas circunstancias apareció el subsidio petrolero venezolano que salvó al socialismo cubano del colapso. El dinero venezolano, a través de ALBA, construyó una extensa defensa geopolítica, financió a Unasur, a los países del Caribe y a Gobiernos y grupos de izquierda en Nicaragua, Ecuador, El Salvador, Honduras, Chile, Argentina, Bolivia y España.

Pero, como era previsible, la economía venezolana terminó en un desastre, resultado de haber expropiado más de 700 empresas y cerrado otras 500.000 por efecto de los controles que impuso al mercado. El chavismo destruyó la planta productiva y perdió a la clase empresarial, gerencial y tecnocrática del país. Este desastre terminó alcanzando al petróleo, con la paradoja de que ahora que los precios subieron, la producción se ha derrumbado porque Pdvsa quebró al quedarse sin gerentes y técnicos. El chavismo asesinó a la gallina de los huevos de oro, los subsidios al izquierdismo se acabaron y lo que estamos viendo ahora son los efectos. Más de 3.000 millones de dólares venezolanos parieron la autocracia nicaragüense, pero, cuando el subsidio terminó, el Gobierno intentó un ajuste estructural y estalló el actual conflicto. En mayo de este año Venezuela ¡compró petróleo extranjero! para seguir sosteniendo al régimen cubano.

La economía global está totalmente regida por relaciones capitalistas. La idea de que Rusia y China pueden ser la salvación es un sueño. Rusia es un país pobre con una economía del tamaño de la de España, pero con tres veces más población, y China es un país rico, pero, como todo rico, mide riesgos, invierte para sacar ganancias y si presta cobra con intereses. En la economía mundial, ahora nadie regala nada; Hugo Chávez fue el último Santa Claus y eso se acabó. No hay quien subsidie ni a Venezuela, ni a Cuba ni a Nicaragua. Quizás encuentren apoyos diplomáticos, pero lo que necesitan para no derrumbarse es dinero regalado no diplomacia compasiva

“La consigna para la economía cubana no es socialismo
o muerte, sino capitalismo o muerte”

Nada va a cambiar a favor, la única esperanza sería que se recuperara la economía venezolana y eso es imposible. El despilfarro y la corrupción hicieron quebrar a Pdvsa, ALBA y Unasur. Hay miles de millones de dólares perdidos y robados. Venezuela está en bancarrota y vive en un caos. Maduro se ha enfrentado a más de 5.000 protestas en lo que va de 2018, los venezolanos sufren hiperinflación, una criminalidad feroz, escases de comida, medicinas, gasolina y dinero circulante; los servicios de transporte, energía y agua están colapsados. En medio de un severo aislamiento internacional la cohesión del bloque de poder se acabó, Maduro está reprimiendo al propio chavismo, a los funcionarios de Pdvsa y a los militares, los tres pilares fundamentales de su poder. Este conflicto está dejando despidos, capturas, torturas, muertos y hasta un confuso atentado contra Maduro.

La brutal represión en Nicaragua acabó la confianza que había generado en el mercado y abrió un camino sin retorno que está arrasando con la débil economía del país. El Gobierno ha regresado a las expropiaciones poniendo terror al mercado y se estima que 215.000 empleos se han perdido; ya no habrá crecimiento, sino más pobreza, más crisis social, más emigración, más descontento, y un irreversible y creciente rechazo al régimen. En Cuba apenas empiezan a hablar de propiedad privada con cambios lentos y torpes hacia una economía de mercado. El régimen teme que el surgimiento de una clase empresarial rompa el balance de poder y tiene razón. En la Unión Soviética las primeras reformas obligaron a más reformas que terminaron derrumbando el sistema. La lección fue que no se podía reformar lo que es irreformable. Paradójicamente ahora la consigna para la economía cubana no es socialismo o muerte, sino capitalismo o muerte, los jóvenes cubanos no resistirán otra hambruna. Sin el subsidio venezolano, la crisis cubana está a las puertas y la débil autocracia nicaragüense flotará sin recuperarse hasta quedarse sin reservas para pagar la represión.

“El mayor beneficio del fin de las dictaduras de izquierda
será para la izquierda democrática”

La defensa estratégica de Cuba ha sido alentar conflictos en su periferia para evitar presión directa sobre su régimen. Por eso apoyó siempre revueltas en todo el continente. Los conflictos en Venezuela y Nicaragua son ahora la defensa de Cuba, ha puesto a otros a matar y destruir mientras su régimen intenta reformarse. La salvaje represión que sufren y la compleja lucha que libran los opositores venezolanos y nicaragüenses no es casual. No se enfrentan a un Gobierno, sino a tres, y con ellos a toda la extrema izquierda. El destino de la dictadura cubana y de toda la mitología revolucionaria izquierdista está en juego. Los opositores sufren dificultades en el presente, pero los Gobiernos a los que enfrentan no tienen futuro. Son regímenes históricamente agotados, luchando por sobrevivir, pueden matar, apresar, torturar y ser en extremo cínicos, pero eso no resuelve los problemas económicos, sociales y políticos que padecen ni los libera del aislamiento internacional.

No hay una lucha entre izquierda y derecha, sino entre democracia y dictadura, en la que el mayor beneficio del fin de las dictaduras de izquierda será para la izquierda democrática que durante décadas ha pagado los costos del miedo y sufrido el chantaje de ser llamados traidores si se atrevían a cuestionar a Cuba. La izquierda democrática debe luchar con los pies en la tierra y asumir sin pena y sin miedo la democracia, el mercado y el deseo de superación individual que mueve a todos los seres humanos. No tiene sentido luchar por ideales y terminar defendiendo a muerte privilegios personales. No hay razones ni morales ni políticas, ni prácticas para defender algo que, además de no funcionar, genera matanzas, hambrunas y dictaduras.

El papel de México en la crisis nicaragüense. De Jorge Castaneda

Aunque López Obrador debería condenar el derramamiento de sangre en Nicaragua y apoyar los esfuerzos del presidente Enrique Peña Nieto y de la OEA para dar con una solución y defender los derechos humanos en la región, es poco probable que lo haga. Después del 1 de diciembre, no cuenten con México.

Un joven participa en una marcha contra el gobierno de Daniel Ortega el 23 de julio de 2018, en Managua. Credit Rodrigo Sura/EPA, vía Shutterstock

Jorge Castaneda, secretario de Relaciones Exteriores de México, de 2000 a 2003

26 julio 2018 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO — Más de 350 personas, la mayoría estudiantes y manifestantes, han muerto desde abril en Nicaragua, donde una reforma de pensiones, que al final se revocó, inició un movimiento social masivo que busca la renuncia del presidente Daniel Ortega.

La cantidad de muertos, encarcelados y desaparecidos es sorprendente para un país con poco más de seis millones de habitantes. Casi cuarenta años después de que Ortega y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) derrocaron a la dinastía corrupta y sangrienta de los Somoza —que gobernó Nicaragua durante casi medio siglo—, estudiantes y activistas exigen la salida de lo que consideran una repetición histórica imperdonable. Su grito de protesta es: “Ortega y Somoza, son la misma cosa”.

Sin distinciones, están siendo atacados campesinos, activistas, la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua y líderes de la oposición históricos y actuales; manifestantes mujeres e incluso niños se han vuelto víctimas de los escuadrones de matones de Daniel Ortega. El régimen se está convirtiendo a toda velocidad en una dictadura, una situación que las comunidades latinoamericana e internacional deberían detener a toda costa. Nadie quiere otra Venezuela en la región.

Aunque al principio la respuesta de las organizaciones regionales e internacionales a la represión en Nicaragua fue lenta, recientemente ha comenzado a adoptar un papel más activo. La semana pasada, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, emitió una declaración en la que condenaba la violencia y la Organización de Estados Americanos (OEA) también aprobó una resolución condenatoria y exhortó a que se celebren elecciones presidencias “libres, justas y oportunas”. Un grupo ad hoc de naciones de América Latina, incluyendo Argentina, Brasil y México, ha denunciado la matanza en Managua y en la icónica ciudad de Masaya, que albergó la resistencia más heroica contra Somoza en la década de los setenta.

Un grupo de países está trabajando tras bambalinas con la Iglesia y la comunidad empresarial —así como con Estados Unidos— para negociar un acuerdo que exige tres elementos cruciales. Primero, el fin de la represión y del uso de escuadrones paramilitares o de matones que golpean o asesinan a los estudiantes. Segundo, la renuncia de Rosario Murillo —la esposa de Ortega, vicepresidenta y el poder tras el trono— y su promesa de que no contendrá a la presidencia en las próximas elecciones. Tercero, convocar elecciones con observadores internacionales a principios del próximo año y la renuncia previa del presidente. Este esfuerzo de intermediación y el acuerdo consiguiente pueden o no tener éxito, pero al menos se está haciendo algo para poner fin al baño de sangre.

A diferencia de la situación en Venezuela —un país que, además de la represión y las violaciones a otros derechos humanos, ha enfrentado una crisis humanitaria, económica y migratoria durante varios años—, la encrucijada nicaragüense podría resolverse a través de la cooperación regional e internacional. Nicaragua carece de lo que Venezuela tiene: petróleo y respaldo ruso y chino. Sin embargo, hay dos obstáculos importantes en el camino.

El presidente de Nicaragua Daniel Ortega, acompañado de su esposa y vicepresidenta Rosario Murillo, celebra el 39 aniversario de la revolución sandinista el 19 de julio de 2018 Credit Jorge Torres/EPA, vía Shutterstock

El primero es el apoyo continuo de buena parte de la izquierda latinoamericana al régimen de Ortega. Apenas la semana pasada en La Habana, los más de 430 participantes del Foro de São Paulo —el encuentro anual de partidos políticos de izquierda y otras organizaciones de América Latina y el Caribe iniciada en 1990— manifestaron su solidaridad con Ortega y condenaron a “los grupos terroristas de la derecha golpista” que intentan derrocarlo con, por supuesto, el apoyo del imperialismo de Estados Unidos. Además del presidente cubano, los mandatarios de Venezuela, Bolivia y El Salvador asistieron a la reunión, con la presencia de una expresidenta brasileña y representantes de organizaciones influyentes de centroizquierda afines a Ortega, provenientes de Colombia y Ecuador.

La izquierda latinoamericana ya no es lo que era hace solo cinco años, pero continúa siendo poderosa, además de estar bien organizada y conectada. Aunque en la actual camarilla de Ortega queda poco de la vieja mística sandinista, todavía cuenta con el respaldo tradicional internacional y regional. Este apoyo fue determinante para llevarlo al poder en 1979 y puede ser igualmente fundamental para mantenerlo hoy.

El segundo obstáculo es México. Este país desempeñó un papel clave en 1979, ya que encabezó la oposición regional contra Somoza y a la intención del gobierno de Jimmy Carter de mantener un “somocismo sin Somoza”. Por ende, apoyó al régimen sandinista, al igual que la paz negociada en Centroamérica.

En el año 2000, México abandonó su tradicional política exterior de no intervención y enfatizó la defensa colectiva de los derechos humanos y la democracia en la región. Entre 2007 y 2015 se intentó de manera poco entusiasta regresar a la postura del pasado. Con Luis Videgaray, secretario de Relaciones Exteriores, el país ha atribuido una importancia mucho mayor a los valores universales que a la introversión y el aislacionismo tradicionales.

Fue así hasta el 1 de julio de este año. En esa fecha, Andrés Manuel López Obrador fue elegido presidente en una victoria aplastante que dará un giro radical a la política en México, y es posible que ocurra lo mismo con la política exterior. Una coalición amplia compuesta de moderados de centroizquierda, protestantes conservadores, radicales de extrema izquierda y nacionalistas tradicionales le dio la victoria con el 53 por ciento del voto, 32 puntos arriba del contendiente en el segundo lugar, Ricardo Anaya. Una de sus propuestas más repetidas fue la de crear una nueva política exterior para México.

El 5 de julio de 2018, Andrés Manuel López Obrador presentó a Marcelo Ebrard como su elección de secretario de Relaciones Internacionales en una conferencia de prensa en Ciudad de México. Credit Carlos Jasso/Reuters

Entre las directrices que López Obrador ha enfatizado se ve un regreso obcecado a la postura tradicional de México de no involucrarse en la política de otras naciones ni expresar opiniones sobre la situación de los derechos humanos en otros países. Su futuro secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, declaró que la sola discusión de los casos de Nicaragua y Venezuela en la OEA era equivalente a interferir en los asuntos internos de estas naciones. Por lo tanto, el nuevo gobierno, que asume el poder el 1 de diciembre, se abstendrá de llevar adelante dichas iniciativas. López Obrador envió a la presidenta de Morena, su partido, al Foro de São Paulo en La Habana, cuya declaración final firmó. Otro de sus enviados pronunció un contundente discurso de apoyo a los gobiernos latinoamericanos de izquierda, incluyendo al de Nicaragua.

En otras palabras, México, la segunda nación más grande de la región, ya no será parte de la alianza latinoamericana que buscaba, sin tener éxito hasta ahora, una solución a la pesadilla venezolana y la crisis nicaragüense.

En el mejor de los casos, desde la óptica de los derechos humanos y la defensa de la democracia, México mirará hacia el interior de manera reflexiva y sencillamente se distanciará de cualquier desafío regional. En el peor, se alineará con regímenes como el nicaragüense y el venezolano aludiendo al principio de la no intervención pero, en realidad, simpatizando con ellos en lo político y lo ideológico.

Para que el esfuerzo actual por encontrar una solución en Nicaragua tenga éxito, debe dar resultados antes de diciembre, mientras el gobierno de Peña Nieto siga en el poder y se mantenga activo en ese frente.

Aunque López Obrador debería condenar el derramamiento de sangre en Nicaragua y apoyar los esfuerzos del presidente Enrique Peña Nieto y de la OEA para dar con una solución y defender los derechos humanos en la región, es poco probable que lo haga. Después del 1 de diciembre, no cuenten con México.

La flor de pino. De Mario González

“Si al pasar por Sacaclí te preguntaran por mí, les dirás que me fui lejos, pero un día volveré porque no me hallo sin ti”, llora La Flor de Pino, uno de mis corridos favoritos de tiempos de la Revolución nicaragüense, del maestro Carlos Mejía Godoy.

30 julio 2018 / El Diario de Hoy

Por momentos me parece haber vuelto a julio de 1979 y saber de los últimos combates entre los guerrilleros sandinistas y los guardias nacionales de Anastasio Somoza, el último de una dinastía de dictadores que sometió a Nicaragua con mano dura por 50 años.

Sin embargo, ahora la dictadura dinástica la dirige Daniel Ortega, quien comandaba en aquel entonces la guerrilla sandinista y que ha sofocado a sangre y fuego todo foco de sublevación entre la población, de la misma manera que lo hicieron Somoza y sus antecesores.

Esto significa que desgraciadamente nuestros hermanos nicaragüenses derrocaron una dictadura entonces para tener ahora otra dictadura -casi una monarquía con rey y reina– que hace iguales o peores cosas con las fuerzas policiales y escuadroneras a su servicio. Hasta el maestro Mejía Godoy, que componía corridos e himnos al Frente Sandinista, ahora llora por los masacrados junto a sus madres e increpa a los orteguistas por tanta barbarie.

Lo más vergonzoso es que gobiernos como el salvadoreño apoyen ese régimen, un proceder con el cual no me siento representado, al igual que la mayor parte de la población que se identifica con la democracia y la tolerancia.

Las decenas de miles de muertos en las guerras de Nicaragua y El Salvador deben de estar retorciéndose en sus sepulturas de saber que su sacrificio fue en vano, pues terminaron entronizándose regímenes que procuran el totalitarismo y la imposición o, como el venezolano, llevan a su gente al punto de literalmente comer basura o a huir hacia Colombia.

Lo más triste es que en casos como el Venezuela o Nicaragua no hay gobiernos ni organismos que dicen velar por los derechos humanos que protesten con la misma energía que lo hicieron contra otras dictaduras militares del siglo XX. Un punto importante: tanto la nicaragüense como la venezolana son dictaduras militares actualmente, lo que tanto repudiaban en el pasado.

Lo que más sorprende es la hipocresía de los funcionarios y troles del oficialismo rasgándose las vestiduras y echando espumarajos, con los ojos desorbitados como la niña de El Exorcista, porque en aquel momento Norman Quijano dijo que la revolución sandinista abrió esperanzas entre los centroamericanos. Pues no mintió. El 19 de julio de 1979 fue un día en que tanto la derecha como la izquierda nicaragüenses y de Centroamérica celebraron juntas la caída de Somoza y se estableció un gobierno de amplia participación que el mismo Daniel y su camarilla se encargaron de desestabilizar hasta que excluyeron al empresariado y establecieron un Estado policial que llevó al país a una nueva guerra y a la bancarrota. Similar a lo que está pasando ahora en Venezuela, en la Nicaragua de los 80 un dólar podía llegar a valer un millón de córdobas por la hiperinflación que trajo hambre y miseria a los nicaragüenses, algo peor que en los tiempos de Somoza.

Los pueblos languidecen o se someten al arbitrio de déspotas que se dicen “progresistas” y que conspiran para acabarse instituciones independientes que garanticen el balance de poderes, como los órganos de justicia de los países.

Lo hemos visto acá mismo cómo el oficialismo intenta a toda costa meter a sus cuadros obedientes en instituciones clave como la Corte Suprema de Justicia y la Sala de lo Constitucional y persisten con descaro pese a verse descubiertos y denunciados.

Mientras oro por un mañana mejor para mis hermanos nicaragüenses se me vienen a la mente aquellos versos de mi infancia que dicen que “Hoy que pasé por la pulpería, la Tere Armijo me vio llorar, en mis pestañas alborozadas quedó una lágrima rezagada de aquel ayer que no volverá… Si me preguntas por qué tu nombre no lo podría nunca olvidar, has de saber que lo llevo dentro, en el aroma de los almendros que hoy retoñaron en mi solar…”