Nicaragua

Mundialista. De Cristian Villalta

Las sociedades se hartan de la corrupción. Para que esto ocurra ni siquiera se necesita de una población debidamente sensible.

24 junio 2018 / La Prensa Gráfica

Una de las principales deficiencias de nuestro proceso democrático es la pérdida de sex appeal de los partidos políticos. Mucho se ha teorizado al respecto en una decena de países latinoamericanos que sufrieron el denominador común de una clase dirigencial agotada y de falta de liderazgos civiles.

A esa erosión sobrevino en la mayoría de los casos o el síndrome de la tercera fuerza –tendencia que Elías Saca quiso convertir en su segundo caballo de Troya, afortunadamente sin éxito– o la tragedia de un caudillo populista.

Las sociedades se hartan de la corrupción. Para que esto ocurra ni siquiera se necesita de una población debidamente sensible, o de una crisis de los servicios básicos, o del colapso de algunas instituciones, de la pérdida del terreno constitucional en materia de libertades individuales o de la infiltración criminal en los cuerpos de seguridad. Basta con la información, por obra y gracia del periodismo y de su socialización a través de las redes personales.

En El Salvador, la Ley de Acceso a la Información abrió la puerta a pesquisas tanto civiles como oficiales que ahora tienen contra las cuerdas a una administración arenera y a otra del FMLN; fue merced a esas inquisiciones que se nos ha revelado la posibilidad de un saqueo sistemático del Estado de parte de una cleptocracia salvaje.

Como consecuencia y ante el riesgo de la irrelevancia, una posibilidad que solo contemplaron luego de sus respectivos desastres electorales, los dos partidos oficiales de este siglo emprendieron procesos de cambio, coronados a esta altura por la elección de candidatos presidenciales que tendrían en su confección comunicacional y en su visión del país más contenido de futuro que del pasado.

Ambos pugnan por remontar en las encuestas ante el exalcalde capitalino, que sería potencialmente el tercero en discordia, en un rifirrafe que hasta ahora se constriñe al fragor de las descalificaciones en las redes sociales.

El problema en un primer momento fue que en cada bando apenas distinguimos estrategia, no contenido; ahora, a esa resta hay que añadirle asuntos que comprometen los principios que los dos partidos tradicionales deberían defender con más vigor.

La piedra en el zapato de la facción más vetusta de la izquierda latinoamericana se llama Nicaragua. En su camino de reverenciado comandante sandinista y lobista de la insurgencia salvadoreña a dictadorzuelo criminal, Daniel Ortega siempre tuvo al FMLN como escudero. Su último detalle con los compitas fue asilarles a su Frankenstein en guayabera.

Pero es increíble que Hugo Martínez, el delfín de Óscar Ortiz, se resista a establecer una posición humanista, demócrata, siquiera cristiana respecto del naufragio nicaragüense. Por más histrionismo que ponga de su parte, los modos de Martínez son los del viejo FMLN.

Al otro lado, los palaciegos expusieron a Carlos Calleja. La designación de Carlos Reyes como jefe de fracción de ARENA no puede interpretarse sino como una decisión del nuevo mandamás del partido; los diputados esperaron a que se resolviera la interna para ocupar ese puesto.

Es cierto, Calleja no podía prever el ataque de fiebre futbolera de Reyes ni la frescura con la que decidió irse a Rusia cobrando salario como si nada. Pero un golpe en la mesa se da pidiendo cabezas, no redactando tuits.

Para ponerlo en clave mundialista: Partidos 2 – Candidatos 0.

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Cambia, todo cambia. De Sergio Ramírez

Lo único que no ha cambiado en Nicaragua es la esperanza por una vida nueva, y la fe en un país democrático, justo y libre.

Manifestantes disparan morteros caseros, el pasado 9 de junio, durante los enfrentamientos entre manifestantes y policias en Masaya (Nicaragua). Foto: Bienvenido Velasco Blanco EFE

Sergio Ramírez, novelista y columnista nicarguense, fue vicepresidente en el primer gobierno sandinista

11 junio 2018 / EL PAIS

Nicaragua es hoy un país distinto. Otro país. Quien lo vio antes del 18 de abril, cuando comenzaron las matanzas indiscriminadas de jóvenes, hoy no lo reconocería. Pero tampoco lo reconoce, menos de dos meses después, quien estuvo para esos primeros días infernales. Así me lo dice el periodista salvadoreño Carlos Dada, testigo de aquella primera rebelión desarmada reprimida salvajemente en las calles de Managua, y ha vuelto ahora, más de un mes después, y se aloja en el mismo hotel donde, si antes había alguno huéspedes, hoy él es el único, y la penumbra en la sala de estar ha crecido en medio de la soledad

Para finales de abril la Cid Gallup publicó una encuesta donde el 70% de la gente rechazaba la permanencia del matrimonio presidencial en el poder. Lo primero que la firma encuestadora reconocía es que ahora sí la gente se había expresado con libertad, diciendo lo que pensaba, sin miedo ni dobleces. Primer gran cambio a anotar.

Para entonces los asesinados eran 35; ahora que ya vamos llegando a los 140, ese 70% de repudio debe haber seguido creciendo, sobre todo después del fatídico 30 de mayo, cuando la gigantesca marcha en homenaje a las madres de los caídos, que congregó en Managua a cerca de medio millón de nicaragüenses, terminó en una despiadada masacre bajo el fuego de francotiradores apostados en las alturas del estadio nacional de béisbol Denis Martinez.

Denis, el pitcher latinoamericano de grandes ligas con el récord de mayor número de juegos ganados, y dueño de la hazaña de haber lanzado un juego perfecto, protestó con firmeza porque el estadio que lleva su nombre fuera empleado para actos de violencia contra el pueblo que lo venera como un héroe nacional.

Luego, cuando las temibles camionetas Hilux de doble cabina, con sicarios cubiertos con pasamontañas que disparan sin piedad ni contemplaciones desde la tina, empezaron a multiplicar sus recorridos por las calles, y crecieron los asaltos y saqueos, la vida nocturna empezó a apagarse y los restaurantes y los bares a cerrar sus puertas. Hoy hay un toque de queda voluntario después de las seis de la tarde.

“Nicaragua es hoy un país distinto. Otro país”

¿Cómo ha seguido cambiando el país? En los barrios de Managua, para impedir el paso de las funestas Hilux, la gente levanta barricadas de adoquines o cualquier material a mano. Y las carreteras están cortadas por más de 80 tranques que son el aviso de un verdadero paro nacional. Mientras en el diálogo nacional mediado por los obispos de la iglesia católica, ahora interrumpido, el Gobierno no acepte negociar la democratización, —que empieza por parar la violencia policial y de las fuerzas paramilitares, y adelantar para una fecha inmediata las elecciones, con un nuevo tribunal electoral y con garantías internacionales, sin Ortega ni su esposa de candidatos—, el paro nacional va a seguirse consolidando, sin que nadie lo decrete.

Los tranques en las carreteras, que son la expresión más evidente de la protesta ciudadana, van paralizando al país. Los suministros básicos y el combustible comienzan a escasear, y miles de furgones de carga, que atraviesan Nicaragua para ir desde Guatemala a Panamá y viceversa, se han quedado entrampados en las carreteras. Las fronteras al norte y al sur del país, están cerradas. Y los tranques son un verdadero cerco alrededor de Managua.

“Los suministros básicos y el combustible comienzan a escasear”

Entonces, tampoco la ciudad de Masaya, cercana a la capital, era hoy lo que es, un bastión de la resistencia civil. Trancada por todos sus costados con parapetos de compleja construcción, las calles cortadas a trechos en cada barrio por barricadas, la autoridad real, porque ahora la autoridad moral es lo que más pesa, la tiene el sacerdote Edwin Román, párroco de la iglesia de San Miguel. Mientras tanto, la fuerza policial se halla sitiada dentro de su cuartel.

La ciudadanía desarmada controla ahora una ciudad entera donde la represión se ha enseñado no solo matando jóvenes, sino también incendiando, y saqueando comercios de todo tamaño. El baluarte es el barrio indígena de Monimbó, como lo fue durante la insurrección que derrocó a Somoza.

Una ciudad tapiada hacia afuera, pero donde la vida ciudadana se hace con la normalidad que se puede. Un amigo me dice que sortea las barricadas para ir por el pan y los nacatamales del desayuno del domingo. Solo hay que cuidarse de los francotiradores.

Lo único que no ha cambiado en Nicaragua es la esperanza por una vida nueva, y la fe en un país democrático, justo y libre.

Primaveras centroamericanas. De Daniel Olmedo

7 junio 2018 / El Diario de Hoy

Primero fue Guatemala.

En 2015 se investigaba una estructura de corrupción en las aduanas. La organización involucraba a la cúpula del poder político. La indignación popular estalló.

Las manifestaciones llevaron a renunciar a la vicepresidente, y luego al presidente. Ambos fueron detenidos. Miles de guatemaltecos en las calles hicieron que cayera el gobierno. Aquí muchos envidiaban a los guatemaltecos por su arrojo en protestar en las calles.

Luego vino Honduras.

Todo inició con un fraude a la Constitución fraguado por la misma Sala de lo Constitucional hondureña en 2015. Permitió la reelección presidencial cuando la Constitución lo prohibía expresamente.

En 2017 era la elección presidencial, y el presidente, cobijado por esa sentencia, competía por su segundo mandato. Pero el escrutinio estuvo lleno de irregularidades. La OEA pidió que se repitieran las elecciones. Muchos hondureños indignados salieron a protestar a las calles. Las manifestaciones fueron bastante más violentas que las ocurridas en Guatemala.

El presidente logró resistirlas. Asumió su segundo mandato presidencial en medio de una ola de protestas populares. Aquí, otra vez, aparecieron muchos envidiando a los hondureños por su coraje en salir a protestar.

Ahora es Nicaragua.

Unas reformas al sistema previsional detonaron manifestaciones populares. El gobierno intentó contenerlas dejando sin efecto las reformas, pero era muy tarde. Las protestas ahora se dirigen contra el control absoluto de la dinastía presidencial sobre el Estado, y el sistema corrupto y mercantilista construido en connivencia con la cúpula empresarial. Los manifestantes piden la salida del matrimonio presidencial.

Los estudiantes universitarios protagonizan las protestas. El gobierno usa la estrategia de Maduro: Intenta ganar tiempo con la retórica del diálogo, mientras permite que sus hordas paramilitares fustiguen a los manifestantes. Los muertos ya superan la centena. Aquí, nuevamente, aparecen muchos envidiando el heroísmo de los jóvenes nicaragüenses en estas protestas populares.

Pero es probable que no haya mucho que envidiar a nuestros vecinos.

Las protestas ocurridas en Guatemala, Honduras, y ahora en Nicaragua, son el último recurso para canalizar demandas populares. Y se justifican cuando todas las salidas institucionales se han cerrado. Son románticas las primaveras políticas y su épica, héroes, y frases cautivadoras en las pancartas. Pero son un síntoma del grave deterioro institucional.

Nuestra democracia tiene muchos problemas. No nos libramos de la corrupción, y la ineficiencia del Estado en cumplir sus funciones más básicas. Pero, mal o bien, las vías institucionales continúan operando para canalizar la voluntad popular de un modo más civilizado que en Guatemala, Honduras y Nicaragua.

Un ejemplo de ello es lo ocurrido el 4 de marzo. No fue necesario que el descontento popular con el gobierno se expresara en protestas públicas. Se hizo en las urnas, y de una manera contundente.

La reacción del mismo gobierno se enmarcó en la institucionalidad. Lejos de desconocer los resultados, intentan recuperar el terreno perdido dentro del mismo juego político.

Tenemos nuestros pecados. En 2012 hubo un intento de golpe de Estado a la Sala de lo Constitucional, y eso llevó a gente a las calles. Fue la crisis democrática más grave desde la firma de los Acuerdos de Paz. Pero, luego de ello, los problemas los hemos ido solucionando —con desaciertos, en muchos casos— por las vías institucionales.

Mientras sea posible, es mejor que los conflictos políticos y sociales los ventilemos en el aburrimiento de la institucionalidad. Las primaveras centroamericanas pueden ser muy cautivadoras. Los héroes son románticos. Pero pensémoslo dos veces si deseamos que algo así ocurra aquí. Esa épica puede resultarnos demasiado costosa, si aún hay vías institucionales disponibles. Y creo que, por el momento, las hay.

@dolmedosanchez

El Presidente y la democracia. De Luis Mario Rodríguez

7 junio 2018 / El Diario de Hoy

El empeño del Gobierno por respaldar a los regímenes de Venezuela y Nicaragua ensombrece por completo el compromiso del presidente Sánchez Cerén con la democracia. Lo hace cómplice de quienes tuercen el Estado de derecho, reprimen a sus opositores, impiden la celebración de comicios libres, transparentes y justos, violentan la independencia de las instituciones y concentran el poder político. Al avalar semejantes atropellos a los fundamentos de todo sistema democrático, el gobernante salvadoreño y su partido aplauden como normales las conductas de Daniel Ortega y Nicolás Maduro. Significa una aceptación expresa de los métodos y actuaciones que han servido durante años para manipular la política y particularmente las elecciones transformándolas en instrumentos que les permiten perpetuarse en el poder.

La posición del profesor Sánchez Cerén reconociendo la legitimidad de su colega venezolano contradice el rechazo a la reelección de Maduro expresado, entre otros, por el “grupo de Lima”, integrado por 14 naciones, por la Iniciativa Democrática de España y las Américas (IDEA), en el que participan 37 exjefes de Estado y de Gobierno, y por la Organización de los Estados Americanos (OEA) que recién aprobó una resolución, con el concurso de 19 Estados parte, en la que desconocen los resultados de las pasadas elecciones en Venezuela. Con su postura el Ejecutivo ubica a El Salvador en el grupo de países que secundan a las tiranías y amparan prácticas autoritarias.

La resolución de la OEA sobre la situación venezolana acordada durante la Asamblea General celebrada esta semana no contó con el voto de El Salvador. De nuevo nuestras autoridades prefirieron abstenerse y con ello dieron la espalda a los postulados de la Carta Democrática Interamericana. Es una muy mala noticia que el país se sume a quienes ignoran el sufrimiento de cientos de miles de ciudadanos que padecen ahora mismo la represión gubernamental. Lamentablemente la cancillería salvadoreña no ha suscrito ni una tan sola declaración de la OEA en la que se condena el proceder totalitario de Maduro. Cualquier elogio al presidente Sánchez Cerén por su respeto a la Constitución y por abstenerse de impulsar cambios a la forma de gobierno durante el tiempo que lleva como inquilino de casa presidencial, se desvanece al confirmar su predilección por sistemas en los que se calla la voz de los opositores, se les encarcela y además se les restringen todas sus libertades.

Las posturas respecto de Nicaragua siguen el mismo patrón que las efectuadas sobre Venezuela. El Gobierno se ha limitado a publicar un comunicado en el que felicita a los distintos actores por la instalación de una “mesa de diálogo”. En ese mensaje se ignoraron por completo las decenas de manifestantes asesinados por parte de las fuerzas de seguridad, las desapariciones y los reclamos de diferentes sectores.

El prestigioso periodista nicaragüense, Carlos Fernando Chamorro, en una síntesis muy apretada, presenta una radiografía de la represión orteguista: “primero, el exceso de violencia policial, segundo, los ataques de las bandas paramilitares, tercero, aparecen los francotiradores, cuarto, crean el caos y el terror, quinto, criminalizan la protesta cívica con acusaciones y represalias”. Nada de eso impresiona a quienes lideran la política exterior salvadoreña. No existe ni el menor asomo de solidaridad con las “madres de abril”, ni con los estudiantes que libran una batalla desigual con el oficialismo, ni lo hubo en el pasado ante las denuncias internacionales de fraudes electorales y de cooptación de las instituciones públicas. Por el contrario el abrazo fraternal y amistoso, sin reparo alguno por parte del presidente Sánchez Cerén, que recuerda la camaradería del FMLN con su par en Nicaragua, ha sido dirigido hacia los Ortega y Murillo.

Este comportamiento siembra la duda acerca del interés del partido oficial en elegir magistrados independientes para la Corte Suprema de Justicia, un Fiscal que continúe con el combate a la corrupción y un Tribunal Supremo Electoral que custodie celosamente el derecho de los ciudadanos a designar a sus representantes. El candidato presidencial del Frente debe sentar posturas claras al respecto, alejarse expresa y públicamente de las apuestas despóticas de los líderes actuales de su organización partidaria y esforzarse por conducir a esta última hacia posiciones moderadas, que respeten el sistema republicano, democrático y representativo.

El huesped. De Ricardo Avelar

30 mayo 2018 / El Diario de Hoy

Después de unos problemas en casa, se marchó. Casi de puntillas, evitando ser visto y escuchado. Así llegó donde su amigo, quien sin cuestionar sus motivos le abrió las puertas. Así se convirtió en el Huésped.

El Huésped se mudó a un nuevo vecindario. No tan diferente al suyo, pero con algunas peculiaridades.

Con el tiempo, el Huésped fue notando el recelo de sus vecinos y es que en barrios como estos las noticias corren rápido y quienes le rodeaban empezaron a preguntarse por qué, de un día para otro, este personaje había aparecido en sus vidas. Y no apareció silencioso ni sutil. Su entrada se dio con pompa, pues su amigo el Anfitrión le ofreció todas las facilidades posibles y se aseguró que el respaldo a la presencia del nuevo elemento se notara. No había necesidad de esparcir rumores. El vecindario completo sabía casi a ciencia cierta de dónde venía el Huésped y por qué se mudó.

Pese a que el barrio miraba con molestia al nuevo inquilino y algunos de los locales le cuestionaban su presencia si lo cruzaban en el supermercado o sus constantes viajes al autolavado, tenían otros problemas que afrontar y es que este nuevo vecindario vivió siempre una tensa calma.

Una de las razones que despertó las sospechas y el recelo de los vecinos fue, precisamente, que el Anfitrión del Huésped era el líder de la directiva de este barrio. Como tal, tenía el poder de tomar decisiones que afectaban a todos y en la mayoría de ocasiones, poco le importaba lo que quisieran sus pares. Se rumoraba que había hecho trampas con el dinero de los condóminos para agrandar su riqueza. Contrató un aparato de guardias que vigilaba constantemente a los vecinos y disuadía cualquier crítica a su gestión al frente del barrio. Acosaba a los vecindarios aledaños, tenía tratos oscuros con otras comunas más lejanas cuyos liderazgos eran cuestionables y en una ocasión mandó a redecorar los parques de su localidad con unos armatostes horrendos que simulaban ser árboles. Y es que además de principios cuestionables, el anfitrión tenía mal gusto. Ante todo esto, por cierto, el Huésped guardó silencio porque no se muerde la mano que te da asil… residencia temporal, perdón.

Un día, el vaso de la paciencia de los vecinos se derramó. Desde hacía tiempo, los miembros de esta localidad ahorraban parte de sus ingresos en un esquema controlado por la Directiva. Y cuando esta última quiso hacer cambios, el descontento se hizo notar rápidamente. Los condóminos rápidamente demandaron cambios del líder de esta directiva y este, lejos de escuchar, hizo que sus guardias silenciaran las protestas.

Cuando los más jóvenes del vecindario salieron a quejarse pues les estaban robando el prospecto de un futuro digno, se encontraron con fuerza bruta. Aquellos que se dedicaban a llevar las noticias de lo que sucedía a todos los rincones del barrio también fueron reprimidos. La lista de amigos del líder empezó a derrumbarse, a medida se evidenciaban sus prácticas poco transparentes y la barbarie de su mandato. Y un día, hasta tumbaron los armatostes horribles con los que había decorado los parques.

En medio del caos, hubo alguien que inicialmente guardó silencio y luego, cínicamente, salió en defensa de la descarada directiva: el Huésped. Y es que el Huésped no es tonto. Sabe que el regreso a su antiguo barrio lo pone en riesgo. Sabe que la gente sabe muchas cosas. Sabe, también, que permanecer donde cómodamente le hospedan requiere complicidad y defensa, requiere hacer apologías cínicas de cosas que antes, cuando más joven, solía criticar.

El Huésped confirma con su defensa a la directiva que ni aquí ni allá fue un tipo confiable. Por lo contrario, deja entrever el tipo de amigos de los que se rodea. Amigos sin escrúpulos, que odian ser cuestionados, que no titubean antes de callar a quienes les hacen preguntas, que no sienten pena por reprimir.

Y no, no se espera que el Huésped cambie. Por el contrario, seguirá defendiendo a su Anfitrión. El problema es que el Anfitrión ya no puede garantizar su pertenencia, pues el barrio ha despertado y muchos lo quieren fuera. Y sin él al mando, el Huésped está en riesgo de volver a casa, donde algunos le esperan ansioso (para llevarlo a la justicia).

@docAvelar

Nicaragua: el costo escondido. De Manuel Hinds

18 mayo 2018 / El Diario de Hoy

Por muchos años varios sectores de El Salvador en la mal llamada derecha (los que creen que el triunfo de la derecha es que las empresas hagan muchas utilidades) han considerado a Nicaragua como el gran ejemplo para el desarrollo de este país, la solución perfecta para los desequilibrios políticos y económicos característicos de la América Latina: dejar todo el poder político en las manos de un gobernante que al mismo tiempo, al estilo del viejo Somoza, deje al sector privado hacer lo que quiera en la economía contra una servidumbre entregada al líder político. También, varios sectores en la mal llamada izquierda (la que cree que el triunfo de la izquierda está en que individuos que se dicen de izquierda y apoyan servilmente Venezuela y a Cuba se mantengan en el poder) también la han visto como un modelo a seguir, ya que los “compas” de la Revolución Sandinista se han enquistado en el gobierno y en la empresa privada y se han enriquecido tanto y más que los secuaces de los Somoza.

Mucha gente que no pertenece a estos grupos también han pensado en algún momento en que este sería un buen modelo, ya que, por un costo en pérdida de libertad, otros derechos individuales y una cierta cantidad económica para mantener a los que regentean el régimen, se ha logrado una alta inversión extranjera y la armonía social.

Los eventos de las últimas semanas han dado un baño de realidad a los que así pensaban. El pueblo que supuestamente estaba lleno de armonía ha mostrado que bajo la aparente tranquilidad y satisfacción del pueblo nicaragüense hay un terrible descontento, y que la aparentemente bondadosa tiranía es en realidad capaz de ser mortífera y profundamente destructiva. De una manera que nosotros no podemos ni siquiera entender, Nicaragua sigue siendo la hacienda de un tirano, igual que lo fue en la época de los Somoza que comenzó en 1937 y duró hasta 1979, cuando los sandinistas lo derrocaron pretendiendo dar final a las dictaduras en su país. En los años subsiguientes, una sección de los sandinistas, y en especial Daniel Ortega y su mujer Rosario, tomaron control del gobierno y, con un intermedio en los años Noventa, se apoderaron del país y volvieron a tornarlo en una hacienda comandada por unos propietarios con la ayuda de unos mandadores. Es una historia muy triste para un país.

Los que hablaban maravillas de esa hacienda Nicaragua se olvidaron de mencionar, o quizás nunca lo supieron, que durante todos estos años, ya casi 40 desde que Somoza cayó, Nicaragua siguió siendo terriblemente pobre, con un ingreso por persona que es apenas el 64% del de El Salvador, con una clase media mucho más pequeña que la de nuestro país y con cero desarrollo institucional. ¿Para qué querían instituciones, si estaban felices con la tiranía de Daniel y Rosario?

Los tristes acontecimientos de Nicaragua ponen el foco sobre lo que es el progreso de una sociedad, y sobre lo que es la resistencia al cambio. Los acontecimientos trágicos de las últimas semanas muestran que dejar en manos de un tirano el poder total del país por la promesa de que este no convertirá el país en comunista es en realidad un pacto con el diablo que, como en todos los mitos que narran estos pactos, tiene un costo terrible que se manifiesta solo en el futuro y de una manera altamente destructiva.

Como decía Lord Acton, el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Ya muchas personas habían comprendido el sentido de estas palabras antes de los acontecimientos de los últimos días —cuando, por alguna razón, sus derechos se convirtieron en obstáculos para los tiranos y sus mandadores, como cuando a estos les gustaron las hijas de los ciudadanos, o cuando estos pidieron participación en sus negocios, o cuando dijeron algo que ofendió a los dioses del Olimpo Sandinista. Ahora el pueblo buscó manifestar sus descontentos, y esos dioses respondieron con metralla y violencia irrestricta.

La culpa de todo esto no lo tienen los Ortega por haber sido tiranos, sino los nicaragüenses por haberlo permitido, sometiéndose a ellos servilmente. Hoy están comenzando a pagar el costo de haberlo hecho.

Los grandes empresarios ante la crisis en Nicaragua. De Ligia Elizondo

Ligia Elizondo, nicaraguense, Master en economía y administración pública.
exfuncionaria del
PNUD

17 mayo 2018 / El Diario de Hoy

No debe de ser nada cómodo estar en los zapatos de la empresa privada. Me refiero a los empresarios grandes, que se pueden contar con los dedos de la mano, que decidieron establecer una alianza con la familia Ortega durante la última década. Es decir, la cúpula empresarial que ha utilizado al Cosep (Consejo Superior de la Empresa Privada) como vocero y defensor de sus intereses. Esta unión de intereses “tácticos” permitió que capitales nacionales se consolidaran y expandieran y se creara un clima económico estable que incluso atrajo inversión extranjera. El “quid pro quo” entre este sector y los Ortega-Murillo ha sido objeto de amplio análisis, así que no me detendré a enumerarlo.

Lo que ahora ha quedado en evidencia es el costo acumulativo que estamos viviendo por haberse empeñado los principios democráticos más fundamentales, a cambio de asegurar un espacio económico rentable y “estable”. No estoy emitiendo juicio alguno sobre la búsqueda del gran capital por la rentabilidad, ya que a fin de cuentas la función del capital en el sistema capitalista es crear rentas y el papel de los empresarios es generar ganancias. Ello requiere de un clima económico estable, entendido.

Lo que sí merece un detenido análisis es ese costo acumulativo que ahora estamos pagando y del que el “quid pro quo” no se libra. Este condujo a que las élites empresariales cerraran los ojos mientras el orteguismo desmantelaba uno a uno los pilares de la institucionalidad democrática y tejía un entramado de corrupción, nepotismo y autoritarismo peor que el de la dictadura somocista.

Mientras el régimen hiciera las concesiones que la cúpula empresarial requería para invertir y crecer, simplemente se dio por visto —o no visto— todo lo demás, ese era el arreglo. Como resultado hemos pasado del somocismo al orteguismo, y aunque ha habido crecimiento, inversiones y expansión del consumo, las bases sobre las que se construye una nación democrática, libre y soberana, están hecha pedazos.

Hoy esa confortable alianza les ha explotado en la mano, al revelarse abierta y masivamente la faceta sanguinaria del régimen: el asesinato, a sangre fría, de más de cincuenta jóvenes ejerciendo sus derechos ciudadanos. Asimismo, la transformación de la Policía Nacional, un cuerpo pagado por los nicaragüenses para garantizar su seguridad ciudadana, convertida cruel e irresponsablemente en maquinaria represiva y mortal contra el propio pueblo. La caza despiadada de jóvenes en las calles ha hecho revivir en el imaginario colectivo acciones del somocismo que creíamos haber desterrado de nuestro país para siempre. Ni digamos la reciente ola de agresión contra el pueblo de Masaya.

Si esta insurrección comenzó con un grupo de jóvenes protestando por los bosques y el Seguro Social, hoy el país entero se ha volcado en las calles, pacíficamente, en repudio del régimen. Este rechazo generalizado cruza generaciones, clases sociales, colores políticos, religiones e ideologías. Es el pueblo nicaragüense reclamando lo que justamente le pertenece, el derecho a vivir en un país libre, justo, donde prevalezca el imperio de la ley y la institucionalidad democrática. Es la ciudadanía siguiendo la voz de su conciencia, rechazando los crímenes contra la sociedad civil, que de continuar se convertirán en crímenes de lesa humanidad. Es un rechazo contundente al orteguismo que ha demostrado no ser más que un triste resabio del somocismo.

De manera que hoy la cúpula empresarial tiene dos caminos. Puede continuar en la ruta que ha venido o puede rectificar su camino.

Pueden tratar de hacer un pacto con el orteguismo, bajo guisas de armar un “consenso” con algunos grupos selectos, que permitiría a la pareja presidencial seguir gobernando por un tiempo acordado. La justificación sería que la salida de la pareja presidencial puede crear un vacío de poder peligroso, que podría desembocar en una seria desestabilización económica. Por tanto, habría que mantener el status quo, con algunos ajustes y hacer caso omiso de la conciencia. En otras palabras, más de lo mismo, con baño de mermelada.

Contrariamente, pueden rectificar su camino y tratar de recuperar su liderazgo rechazando categóricamente la continuación del actual gobierno. La cúpula empresarial tiene un papel muy importante que jugar, tal como lo jugó con el derrocamiento de la dictadura, conformando una coalición nacional fuerte, que agrupe a todos los sectores políticos y sociales, para exigir civil y ordenadamente la dimisión del presidente y su esposa. Los nicaragüenses lo han dicho claramente al tomarse las calles en todo el país: gobernantes manchados de sangre no tienen derecho a gobernar. Basta.

Si los empresarios optan por más de lo mismo, pensando que un pacto con Ortega va a conducir a la paz social, tendremos crisis para largo. Porque no hay manera que un pueblo que haya perdido tan completamente el respeto por sus gobernantes va a dejarse gobernar por ellos, si no es bajo una brutal represión. Y sabemos que la represión genera violencia, que a su vez genera más violencia. Con el agravante que el sector privado se convertiría también en un blanco de la ira popular. No hay posibilidad de un aterrizaje suave con el gobierno porque ellos mismos quemaron las ruedas.

Si los empresarios siguen su conciencia y optan por el camino moralmente correcto, se puede evitar mayor derramamiento de sangre, un escalamiento de la crisis y el colapso de la economía. Porque la historia ha demostrado que no hay gobierno que resista la fuerza de un pueblo unido. No hay gobierno que resista una oposición cohesionada, que es precisamente lo que en este momento se puede fraguar. El sector privado ha jugado históricamente un papel pivotal y en este momento le corresponde tomar responsabilidad, ejercer su liderazgo y dar un paso firme uniéndose con la ciudadanía nicaragüense, formando un solo bloque que exija el cese a la violencia y el inmediato cambio de gobierno.

La historia ha demostrado que los gobernantes que han sido responsables de crímenes contra la población civil, tarde o temprano terminan pagando sus cuentas frente a la justicia. Los gobernantes actuales no son una excepción.