Moisés Naím

Corrupción: ¿héroes o leyes? De Moisés Naím

La lucha contra la corrupción no tiene por qué ser corrupta y, afortunadamente, están proliferando los esfuerzos genuinos por disminuir esta plaga.

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 Manifestantes contra el vicepresidente de Ecuador Jorge Glas, investigado por el escándalo Odebrecht. Foto: RODRIGO BUENDIA AFP

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Moisés Naim, escitor y columnista venezolano

Moisés Naím, 18 noviembre 2018 / EL PAIS

La buena noticia es que el mundo está harto de la corrupción. La mala noticia es que la manera en que la estamos enfrentando es ineficaz. Buscamos gobernantes que sean héroes honestos en vez de promover leyes e instituciones que nos protejan de los deshonestos.

En todas partes aumenta el repudio popular a políticos y empresarios ladrones. Las protestas contra la corrupción son masivas, globales y frecuentes: India, México, Rusia y Tailandia son solo algunos de los muchos países donde la gente ha tomado las calles. Ya no creen ni que la corrupción sea inevitable ni que sea inútil intentar combatirla.

el paisEl impacto de algunas de estas protestas populares ha sido sorprendente: los presidentes de Guatemala y Corea del Sur, por ejemplo, fueron depuestos y encarcelados. En Brasil, enormes marchas crearon las condiciones para que la presidenta Dilma Rousseff fuese destituida.

En el mundo entero hay un enorme deseo de acabar con los líderes corruptos y reemplazarlos por otros cuya honestidad está fuera de duda. Pero ¿es la búsqueda y el subsecuente nombramiento de personas que creemos íntegras el mejor antídoto contra la corrupción? No.

Elegir gobernantes honrados es una lotería. Puede que, en efecto, resulten serlo; o puede que no. En todo caso, no basta con votar a aquellos que presumimos honestos, también hacen falta leyes y prácticas que prevengan y castiguen la deshonestidad. Las sociedades que solo le apuestan a un líder honrado casi siempre salen perdiendo. Silvio Berlusconi, Vladímir Putin y Hugo Chávez llegaron al poder prometiendo eliminar la corrupción. Y ya conocemos los resultados.

Además, en estos tiempos, también necesitamos instituciones que impidan que la lucha contra la corrupción sirva como mecanismo de represión política. Estamos viendo, por ejemplo, cómo esta nueva intolerancia popular hacia los políticos venales está siendo aprovechada por los autócratas del mundo para eliminar a sus rivales. Vladímir Putin suele acusar de corruptos y encarcelar a quienes llegan a tener demasiada influencia. En China, desde que en 2012 Xi Jinping asumiera la presidencia, más de 201.000 funcionarios han sido llevados a juicio. Algunos han sido condenados a muerte. En una redada anticorrupción, el príncipe saudí Mohamed al Salman acaba de detener a más de 200 potentados, incluyendo a uno de los hombres más ricos del mundo, el príncipe Alwaleed bin Talal. Los Gobiernos de Cuba, Irán y Venezuela regularmente usan las acusaciones de corrupción para encarcelar a sus opositores. Quizás entre los encarcelados por los dictadores haya corruptos. Pero las verdaderas razones de su detención seguramente tienen más que ver con su activismo político que con su presunta deshonestidad.

La lucha contra la corrupción no tiene por qué ser corrupta y, afortunadamente, están proliferando los esfuerzos genuinos por disminuir esta plaga. En Argentina, Chile, Colombia, Perú y Uruguay, por ejemplo, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) está apoyando “laboratorios de innovación pública” que experimentan con nuevos métodos de monitoreo y control de la gestión del gobierno. En Brasil, un grupo de expertos en análisis de datos decidió usar las técnicas de inteligencia artificial para el control social de la administración pública. Escogieron un caso muy concreto para probar sus teorías: ¿cómo limitar el fraude en los reembolsos que piden los diputados para cubrir sus gastos de transporte y alimentación cuando viajan por motivos de trabajo? Llamaron a su proyecto Operación Serenata de Amor y recaudaron pequeñas donaciones a través de Internet. Con estos fondos crearon a Rosie, un robot computacional que analiza las solicitudes de reembolso de los parlamentarios y calcula la probabilidad de que sean injustificadas. Para sorpresa de nadie, Rosie detectó que, con frecuencia, los diputados hacían trampa. El equipo dotó a Rosie con su propia cuenta de Twitter y allí los seguidores se enteran instantáneamente de los intentos de sus parlamentarios de cargarle al Estado gastos que no tienen nada que ver con su gestión.

Rosie es un pequeño ejemplo que ilustra grandes y positivas tendencias en la lucha anti-corrupción: la potencia de la sociedad civil organizada combinada con las oportunidades que ofrecen Internet y los nuevos avances en computación, así como la prioridad que hay que darle a la transparencia de la información en la gestión pública.

Sin duda, resulta fácil desdeñar a Rosie como un esfuerzo marginal que no le hace mella a la macrocorrupción. Así, mientras algunos diputados le cargaban sus gastos personales al Estado, la empresa brasileña Odebrecht pagaba 3.300 millones de dólares en sobornos por toda América. No obstante, conviene matizar el escepticismo. Marcelo Odebrecht, el jefe de la empresa, ha sido condenado a 19 años de cárcel. Y los diputados ahora se cuidan de no abusar con el reembolso de sus gastos.

Las cosas están cambiando.

@moisesnaim

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Peor que los malos líderes son los malos seguidores. De Moisés Naím

Es necesario disminuir la impunidad de quienes socavan nuestras democracias.

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Moisés Naim, escitor y columnista venezolano

Moisés Naím, 22 octubre 2017 / EL PAIS

El mundo tiene un problema de líderes. Hay demasiados que son ladrones, ineptos o irresponsables. Algunos están locos. Muchos combinan todos estos defectos. Pero también tenemos un problema de seguidores. En todas partes, las democracias están siendo sacudidas por los votos de ciudadanos indolentes, desinformados o de una ingenuidad solo superada por su irresponsabilidad.

el paisSon los británicos que al día siguiente de haber votado a favor de romper con Europa buscaron masivamente en Google qué significa eso del Brexit. O los estadounidenses que votaron por Donald Trump y ahora están a punto de perder su seguro de salud. O quienes le creyeron cuando prometió que no gobernaría con las élites corruptas de siempre y ahora ven cómo lobistas que representan voraces intereses particulares ocupan importantes cargos en la Casa Blanca. Son los ciudadanos que no pierden el tiempo votando ya que “todos los políticos son iguales” o quienes están seguros de que su voto no cambiará nada. Seguramente usted conoce gente así.

Por supuesto que hay que esforzarse en buscar mejores líderes. Pero también hay que mejorar la calidad de los seguidores. Ciudadanos mal informados o políticamente apáticos los ha habido siempre. Al igual que aquellos que no saben por quién están votando —o contra quién—. Pero ahora las cosas han cambiado y los votos de los indolentes, los desinformados y los confundidos nos amenazan a todos.

Internet hace más fácil que los peores demagogos, oscuros intereses y hasta dictaduras de otros países manipulen a los votantes más desinteresados o distraídos. La Red no es solo una maravillosa fuente de información, sino que también se ha convertido en un tóxico canal de distribución de mentiras transformadas en armas políticas.

En Internet todos somos vulnerables, pero lo son más quienes por estar muy ocupados o por simple apatía no hacen mayor esfuerzo por comprobar si es verdad lo que dicen los seductores mensajes políticos que les llegan.

Y no son solo los apáticos. En el polo opuesto están los activistas, cuyas posiciones intransigentes hacen más rígida la política. Quienes están muy seguros de lo que creen encuentran en la Red refugios digitales donde solo interactúan con quienes comparten sus prejuicios y donde solo circula la información que refuerza sus creencias. Más aún, las redes sociales como Twitter, Instagram y otras obligan a usar mensajes muy breves —los famosos 140 caracteres de Twitter, por ejemplo—.

Esta brevedad favorece el extremismo, ya que cuanto más corto sea el mensaje, más radical debe ser para que circule mucho. En las redes sociales no hay espacio, ni tiempo, ni paciencia para los grises, las ambivalencias, los matices o la posibilidad de que visiones encontradas tengan puntos en común. Todo es o muy blanco o muy negro.

Naturalmente, esto favorece a los sectarios y hace más difícil llegar a acuerdos.

¿Qué hacer? Para comenzar, cuatro cosas.

Primero: una campaña de educación pública que nos haga a todos menos vulnerables a las manipulaciones que nos llegan vía Internet. Es imposible lograr una completa inmunidad contra los ataques cibernéticos que, usando mentiras y tergiversaciones, tratan de influir en nuestro voto o en nuestras ideas. Pero eso no significa que la indefensión sea total. Hay mucho que se puede hacer, y divulgar las mejores prácticas de defensa contra la manipulación digital es un indispensable primer paso.

Segundo: es inútil ofrecer mejores prácticas a quienes no están interesados en usarlas. Una sostenida campaña que explique las nefastas consecuencias de la indolencia electoral es igualmente indispensable.

Tercero: hay que hacerles la vida más difícil a los manipuladores. Quienes orquestan las campañas de desinformación deben ser identificados, denunciados y, en los casos de abusos más flagrantes, demandados y enjuiciados. Estos manipuladores florecen en la opacidad y se benefician del anonimato. Por lo tanto hay que hacer más transparentes los orígenes, las fuentes y los intereses que están detrás de la información que consumimos. Es necesario disminuir la impunidad con la que operan quienes están socavando nuestras democracias.

Cuarto: impedir que las empresas de tecnología informática y de redes sociales sigan actuando como facilitadores de los manipuladores. La interferencia extranjera en las elecciones de EE UU o en otros países no hubiese sido posible sin Google, Facebook, Twitter y otras empresas similares. Hoy sabemos que al menos estas tres compañías se lucraron al vender mensajes de propaganda electoral pagados por clientes asociados a operadores rusos. Hay que obligar a estas empresas a que usen su enorme poder tecnológico y de mercadeo para proteger a sus consumidores. Y hay que hacerles más costoso el que sigan sirviendo de plataformas para el lanzamiento de agresiones antidemocráticas.

Twitter @moisesnaim

Así podría salvar Trump a Maduro. De Moisés Naím

Un bloqueo petrolero daría la coartada perfecta al chavismo.

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Moisés Naim, escitor y columnista venezolano

Moisés Naím, 23 julio 2017 / EL PAIS

El presidente Donald Trump y su equipo están considerando la posibilidad de prohibir la importación de petróleo venezolano a Estados Unidos. El cálculo de la Casa Blanca y otros en el Congreso es que esta sanción asfixiaría la economía venezolana y conduciría a la caída del régimen de Nicolás Maduro. Yo no estoy tan seguro. Veo la posibilidad de que esta medida más bien termine fortaleciendo al Gobierno de Caracas, debilitando a la oposición y agravando la crisis humanitaria que está devastando a los venezolanos.

el paisTrump ha anunciado que impondría severas sanciones económicas a Venezuela si Maduro lleva adelante su intención de convocar comicios para una Asamblea Constituyente. Los más de 500 diputados que saldrían elegidos, en un proceso tutelado y trampeado por el régimen, tendrían la misión de reescribir la Constitución. La fundada preocupación es que la intención de Maduro y sus socios cubanos es la de usar esta nueva Constitución —cuya redacción y aprobación controlarían— para imponer instituciones y políticas económicas como las que imperan en Cuba.

Por otro lado, más de siete millones de venezolanos que participaron en una consulta organizada por la oposición manifestaron su repudio a esta Constituyente. Diversos presidentes y expresidentes de América Latina y Europa, el secretario general de la Organización de Estados Americanos y múltiples organizaciones internacionales han exhortado al Gobierno de Caracas a que suspenda esta iniciativa. Pero Maduro y los suyos reiteran que el proceso es imparable.

De resultar esto cierto, Trump ha prometido sanciones más severas de las que ya hay. El enfoque adoptado por Barack Obama y continuado por Trump ha sido el de identificar con nombre y apellido a corruptos, narcotraficantes, violadores de derechos humanos y otros criminales que ocupan altos cargos en el Gobierno de Venezuela y en sus fuerzas armadas e imponerles fuertes sanciones personales. Pero en ciertos círculos de Washington y de la oposición venezolana estas sanciones son percibidas como insuficientes, y de ahí la propuesta de prohibir la importación de petróleo venezolano a Estados Unidos.

Ni los más fanáticos pueden defender ya
la revolución bolivariana sin hacer el ridículo

Hay tres razones por las cuales esta es una mala idea. La primera es que la experiencia histórica en materia de sanciones demuestra que los bloqueos o embargos económicos generales casi nunca logran su objetivo. Hacen sufrir más a la población pero no afectan a los gobiernos y a las élites que lo apoyan.

El caso de Cuba es el mejor ejemplo. En 1962, Estados Unidos le impuso un embargo comercial en respuesta a las confiscaciones de bienes de ciudadanos y empresas norteamericanos. Lejos de desgastar al régimen, su único efecto ha sido el darle una excusa para justificar la crónica catástrofe económica que sufre la isla.

Y hay más ejemplos. Lo que llevó al Gobierno de Irán a la mesa de negociación que culminó en el acuerdo que frenó su programa nuclear no fueron las sanciones económicas que pesan sobre el país desde hace décadas, sino nuevas y muy sofisticadas medidas de castigo dirigidas a altos funcionarios, a sus socios y a su sistema financiero. Vladímir Putin se queja de las sanciones generales que hay contra Rusia, pero mucho más de las que afectan específicamente a las finanzas de sus más cercanos colaboradores y oligarcas amigos.

La segunda razón es que el bloqueo petrolero es innecesario. Sus terribles efectos ya los ha creado Nicolás Maduro. La economía venezolana ha colapsado y desgraciadamente sigue en caída libre. Las reservas en el Banco Central están por debajo de 10.000 millones de dólares, una fracción de lo que deberían ser. La mayor parte de los alimentos, los insumos para producirlos o las medicinas hay que importarlos pagándolos al contado en moneda dura, ya que nadie le da crédito al Gobierno. La trágica realidad es que ya no hay suficientes dólares para importar lo que hace falta para nutrir y medicar adecuadamente a todos los venezolanos. Y esta tragedia la crearon Chávez, Maduro y sus aliados cubanos… solitos. Sin ayuda de Washington.

Y esta es la tercera razón. La tragedia venezolana tiene responsables muy claros. El mundo ya ha entendido que los venezolanos sufren por culpa de la oligarquía chavista que ha gobernado al país durante 18 años bajo la tutela de La Habana. Ahora ni siquiera los simpatizantes más fanáticos pueden defender los resultados de esa revolución bolivariana sin hacer el ridículo. Un bloqueo petrolero impuesto por Donald Trump sería una maravillosa y oportuna tabla de salvación política para Maduro. Trump sería presentado como el responsable del hambre de los venezolanos. Maduro ha venido denunciando la “guerra económica declarada por el imperio del norte contra Venezuela” como la causa de los males del país. El bloqueo petrolero le daría la coartada perfecta.

No lo haga, presidente Trump.

Un milagro en Barcelona. De Moisés Naím

Pese al auge de las nuevas tecnologías, la fiesta de Sant Jordi sigue siendo multitudinaria. Este año se vendieron 1,6 millones de libros

Moisés Naim, escitor y columnista venezolano

Moisés Naim, escitor y columnista venezolano

Moisés Naím, 1 mayo 2016 / EL PAIS

“Suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa”. Así define la palabra “milagro” el Diccionario de la Real Academia Española.

La semana pasada presencié un suceso a la vez raro, extraordinario y maravilloso. Asistí por primera vez a la fiesta de Sant Jordi en Barcelona.

Resulta que, todos los años, el 23 de abril, las Ramblas de la capital de Cataluña se llenan de rosas, libros y gente.

el paisLa celebración del día de San Jorge, patrón de esa región, es, por supuesto, muy antigua. Vinculada a la leyenda del santo, en el siglo XV se popularizó la costumbre según la cual ese día los hombres le dan a su amada una rosa roja. A partir de los años treinta del siglo pasado, la festividad coincidió con la celebración del Día del Libro. Y entonces se inició la práctica de que, a cambio de la rosa, las mujeres regalan un libro a su hombre.

Afirmar que estas costumbres han calado no le hace justicia a lo que sucede en Barcelona ese día. En la capital catalana, el sábado 23 de abril se vendieron un millón seiscientos mil libros y casi 6 millones de rosas. Casi mil librerías montaron puestos en las Ramblas, por donde se estima que pasearon más de un millón de personas. Cientos de autores, muchos venidos otros países, se instalaron a firmar ejemplares para sus lectores. Ese sábado las librerías facturaron cerca de 21 millones de euros, lo que equivale al 10% de sus ventas de todo el año.

La multitud de personas, de parejas de jóvenes y de ancianos, familias completas, madres con sus bebés y gente muy variada y de todas las edades interesadas en libros, en conversar con sus autores favoritos —o con nuevos autores de los que nunca antes habían oído hablar— o en simplemente pasear por calles llenas de rosas y libros creó un ambiente maravilloso. En otras partes del mundo, los eventos al aire libre que atraen a millones de personas suelen ir acompañados tanto de un alto consumo de alcohol como de una cierta inseguridad. No en Sant Jordi. No vi a nadie pasado de tragos ni en actitudes amenazantes o agresivas. Y si bien, al igual que el resto de Europa, España está en alerta elevada ante la amenaza de nuevos atentados terroristas, ese peligro parecía ser lo más distante de la mente de quienes tomaron las calles. Ese día la criminalidad callejera, la violencia o el terrorismo no existían. Esta era una fiesta de convivencia y cultura como es raro encontrarla en otras partes.

Tan es así, que Markus Dohle, uno de los participantes extranjeros, me comentó que su sueño sería tener un evento como el de Sant Jordi en Manhattan, donde él vive. “Te imaginas Broadway llena de tiendas vendiendo libros”, me dijo. No es un deseo desinteresado. Dohle es el jefe máximo de Penguin Random House, uno de los imperios editoriales más grandes del mundo, y sus oficinas principales están en Broadway. Dohle no fue el único visitante extranjero que vivió con envidia la experiencia de Sant Jordi. Muchos de quienes venimos de otros países nos imaginamos la posibilidad de promover algo igual de ambicioso en nuestras ciudades. Hay muchas ferias y festivales de libros. Algunas son hasta más grandes. Pero en ninguna se respira el aire de alegría y civilización que se da en Sant Jordi. Por eso sorprende lo relativamente poco conocido que es este evento fuera de España. La oportunidad de convertirlo en un destino internacional debe ser aprovechada.

Otra de las razones por las que sentí que en Barcelona se estaba viviendo un milagro es que, en teoría, la pasión por el libro, y concretamente por el libro de papel ya no debería existir —o al menos no con la fuerza que percibí en Sant Jordi. Hoy se nos dice que los libros en papel están en vías de extinción. Que no pueden competir en costo y comodidad con los libros electrónicos, y que en el futuro solo serán piezas decorativas o reliquias de museo. Los expertos también nos dicen que las redes sociales y otras revoluciones en la tecnología de la información hacen que nuestra atención se vea cada vez más fragmentada y que tengamos constantes distracciones, todo lo cual no conduce a la lectura. En esta época dominan los 140 caracteres de un trino en Twitter, no las 500 páginas de un buen libro. ¿Quién tiene tiempo hoy en día para leer libros?

Pero pareciera que de nada de esto se han enterado los apasionados lectores que concurrieron a Sant Jordi. Ellos siguen leyendo. Y en papel. Y, así, todos los años crean una “cosa rara, extraordinaria y maravillosa”.

Esta semana no me siga en Twitter. Lea un libro.

 

El peligro es el continuismo, no el populismo. De Moisés Naim

Moisés Naim, escitor y columnista venezolano

Moisés Naim, escitor y columnista venezolano

Moisés Naim, 10 abril 2016 / LPG

El populismo nunca acabará ni en América Latina ni en el mundo. El populismo es de derecha y de izquierda, de los políticos ambientalistas y de quienes niegan el cambio climático, de los proteccionistas y de quienes promueven la apertura económica. Se encuentra entre los políticos más religiosos y entre líderes laicos.

Mientras haya gente que quiera oír promesas que la hagan sentir bien, habrá políticos que les dirán lo que quieren oír –aun a sabiendas de que lo que están prometiendo no lo van a poder cumplir. O que, en caso de cumplirlo, harán más daño que bien.

En un mundo de cambios tan acelerados, de nuevas amenazas difíciles de entender, y lleno de incertidumbres, quienes prometen seguridad y certezas, dan garantías y alivian ansiedades, atraen seguidores.

la prensa graficaEs una fórmula probada y que funciona. Juan Domingo Perón y Hugo Chávez son buenos ejemplos de esto en América Latina. Pero nuestra región no tiene la exclusividad del populismo. Donald Trump nos ofrece a diario una buena dosis de promesas incumplibles que, no obstante, han seducido a millones de personas en una de las democracias más maduras del mundo.

El problema con el populismo que existió en América Latina en la primera década y media del siglo XXI es que fue amplificado por la bonanza económica que vivió la región.

Populismo hubo siempre, pero el populismo con tanto dinero y tanta concentración de poder ha sido menos frecuente. Pero, ahora, en América Latina la bonanza se acabó y, con su final, también se acabó la posibilidad de financiar el hiperpopulismo que se vivió en Venezuela o Argentina y, con menores excesos, en el resto de la región.

No hay duda de que los resultados de las elecciones presidenciales en Argentina, de las legislativas en Venezuela, la derrota del referendo a través del cual Evo Morales buscó continuar en la presidencia de Bolivia, así como la caída en el apoyo popular a Rafael Correa, se deben a la fatiga de los votantes con regímenes que los han gobernado por más de una década.

Pero, si estos regímenes ahora debilitados por la impopularidad hubiesen seguido contando con los enormes recursos económicos de los que dispusieron durante la bonanza y así seguir financiando sus iniciativas populistas, algunos de ellos quizás hubieran podido seguir ganando elecciones. O impedir que su tiempo al frente del país fuese truncado por las protestas populares.

Pero hay más. La mala situación económica también disminuyó la tolerancia de la población hacia la corrupción. La separación de la presidencia de Guatemala por vías institucionales de Otto Pérez Molina, las masivas protestas populares pidiendo la renuncia de Dilma Rousseff y los escándalos de corrupción que acosan a Lula da Silva y a los presidentes de México y Chile son también señales de que la impunidad de los corruptos es menos tolerada en América Latina.

Pero es importante entender que una amenaza mayor que el populismo es la reelección presidencial.

Si un gobierno es inepto, indecente o insensible a los clamores de la gente, en las siguientes elecciones los votantes lo reemplazarán. Pero un mal presidente que se las arregla para perpetuarse en el poder, perpetua el mal gobierno.

Esta regla sagrada de la democracia, la alternancia, ha venido siendo violada en América Latina. Los presidentes que llegan al poder por los votos pero que rápidamente se las arreglan para trampear normas, controlar el tribunal electoral, comprar legisladores, jueces y magistrados, o usar desvergonzada y masivamente fondos públicos para su reelección, se han convertido en un fenómeno frecuente en América Latina.

Un truco común es el de promover cambios en la Constitución del país. Suele presentarse como una iniciativa para luchar contra la corrupción y la exclusión social, modernizar el Estado y otros objetivos loables. Pero el verdadero objetivo de tales iniciativas ha sido el de concentrar poder en la presidencia, alargar el período presidencial y –este es el premio gordo– permitir la reelección del presidente que ya está en el cargo.

América Latina ha entrado en una etapa en la cual los gobiernos ya no tendrán tanto dinero como antes para gastar en programas populistas. Ojalá también entre en una etapa en la cual ningún presidente pueda ser reelecto. Lo ideal sería tener un período presidencial de seis años –sin reelección.

Esto puede tener costos, pero serán siempre menores que los costos de tener presidentes que, en vez de gobernar para construir un mejor país, gobiernan para prolongar su estadía en el palacio presidencial después de vencido su período constitucional.

Presidentes de América Latina: Un período y después fuera del Gobierno. Para siempre.

@moisesnaim

¿Hasta cuándo durará la crisis económica? De Moisés Naím

El frenazo del ‘boom’ de las materias primas y de China ayudan a explicar la recesión.

Moisés Naim, escitor y columnista venezolano

Moisés Naim, escitor y columnista venezolano

Moisés Naím, 18 octubre 2015 / EL PAIS

¿Cuánto tiempo más tendrá el mundo que sufrir una situación en la cual es difícil encontrar trabajo, los salarios se estancan o caen y los gobiernos se ven forzados a recortar presupuestos, reducir servicios públicos y eliminar programas sociales? Esta es la pregunta que se hacen las millones de personas afectadas por la mala situación económica. De Canadá a Italia, de China a Brasil y de Indonesia a Rusia la pregunta es la misma: ¿hasta cuándo?

La respuesta depende, por supuesto, del diagnóstico que se tenga sobre sus causas. Hay cuatro interpretaciones principales acerca de las razones por las cuales la economía global está tan anémica.

La primera es que llegó a su fin el “superciclo de las commodities”. A comienzos de este siglo se produjo un fuerte aumento de los precios de metales, hidrocarburos, productos agrícolas y en general todo tipo de materias primas —las llamadas “commodities”—. Entre el año 2000 y el 2010 su precio promedio se duplicó (en contraste, durante todo el siglo XX el promedio de estos precios cayó en un 0,5% cada año).

El economista Larry Summers culpa al “estancamiento secular”
de la situación actual

El crecimiento de la economía mundial y, sobre todo, el apetito de Asia, especialmente de China, creó una fuerte demanda de estos productos que hizo subir dramáticamente sus precios. Pero desde el año 2011, esta tendencia se revirtió y los precios han caído en un 40%, lo cual ha afectado a las economías de los países exportadores, que vivieron un boom cuando los precios estuvieron altos.

Pero, ¿por qué también lo están pasando mal países como China o las economías de Europa o Japón, todas ellas economías que no dependen de la exportación de commodities?

el paisUna segunda interpretación de las causas de la crisis se centra en China. El gigante asiático ha sido una de las locomotoras principales —y a veces la única— que arrastra a las demás economías del mundo. Durante la crisis económica de 2008, cuando colapsaron las economías europeas y la de Estados Unidos, el Gobierno chino adoptó un muy agresivo programa de expansión económica. Aumentó el gasto público y la liquidez monetaria, amplió el crédito, estimuló las inversiones y tomó todo tipo de medidas que mantuvieron el dinamismo económico del país y su capacidad de apoyar la economía global. Hay un impactante dato que ilustra el alcance de este estímulo económico: Entre 2010 y 2013 en China se vertió más cemento en obras de construcción que todo el cemento usado en Estados Unidos durante todo el siglo anterior.

Pero esta expansión ha demostrado ser insostenible. Y hay síntomas preocupantes con respecto a la salud económica de China. Para los más pesimistas, esta locomotora ha descarrilado. Para otros, simplemente sufre una desaceleración temporal. En cualquier caso, la realidad es que la economía mundial ya no cuenta con China como su comprador de materias primas o como una fuente de financiamiento para el resto del mundo.

La desaceleración china, sin embargo, no explica la anemia económica de Europa y otros países desarrollados. El economista Kenneth Rogoff argumenta que esta debilidad se debe a lo que llama el “fin del superciclo de la deuda”. Según Rogoff, después de un prolongado período en el cual países, empresas y personas se endeudaron demasiado, ahora sufren la inevitable “resaca” en el cual se ven forzados a reducir las altas deudas que habían acumulado. Esta necesidad de dedicar recursos a reducir el endeudamiento obviamente limita las posibilidades de consumo e inversión lo cual, a su vez, afecta negativamente el crecimiento económico. Desde esta perspectiva una vez que se baje el endeudamiento las economías volverán a crecer a un mayor ritmo.

Larry Summers, otro destacado economista, no lo ve así. Reconoce que el alto endeudamiento puede estar inhibiendo el crecimiento económico, pero nada comparado con el “estancamiento secular” que según él representa la más grave amenaza que se cierne sobre la economía mundial. Ésta enfermedad económica se da cuando hay mucho más ahorro que inversión. Las causas de esto son muchas y variadas. Inciden factores demográficos tales como la estructura de edad, la composición y la distribución geográfica de la fuerza laboral en el mundo, la desigualdad, el impacto de las populosas economías asiáticas en los salarios y el empleo sobre el resto del planeta y la constante incorporación de nuevas tecnologías que eliminan puestos de trabajo al tiempo que aumentan la capacidad de producción

¿Qué hacer frente a esto? Summers recomienda estimular al máximo las economías y utilizar todos los instrumentos de los cuales disponen los gobiernos para contrarrestar las fuerzas que nutren ese estancamiento.

¿Cuál de estas visiones es la correcta? Todas. No son excluyentes y es obvio que todas presentan un aspecto válido de la realidad económica del mundo. Todas implican que, lamentablemente, la crisis no está cerca de acabarse, aunque en algunos países ya pueda haber señales de recuperación.

Pero quizás el mensaje central de estos diagnósticos es que ahora los gobiernos pagarán más caro y más rápidamente sus errores en materia económica.

La improvisación, el populismo y la búsqueda de atajos ilusorios prolongarán la crisis.

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