Mes: enero 2019

Es hora de curar al enfermo. De Fernando Palomo

Fernando Palomo, periodista deportivo

31 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Hay demasiados motivos para que, como salvadoreños, nos sintamos molestos por los políticos que durante estas últimas décadas hemos elegido. Me detengo, no en la primera parte del enunciado anterior, sino en la última: hemos sido nosotros los salvadoreños los encargados de elegirlos. La democracia no es perfecta, decía Churchill. Es la mejor forma que tenemos para elegir a los gobernantes y nuestra historia parece estar demostrando que no la hemos aprovechado al máximo. Llevados por aluviones de entusiasmo derivados de campañas vacías en propuestas y llenas de cultos a la personalidad, ahí están en el historial quienes elegimos por mayoría a que nos llevaran al lugar en el que ahora estamos.

Yo soy uno más entre los molestos con cada uno de los presidentes que ha tenido, o mejor dicho, que le hemos elegido a este país. Cada uno ha dejado pasar la posibilidad de hacer crecer a El Salvador, estancándolo en la desconfianza, la desesperanza, el desánimo, a la vez que avanzan su estatus personal a costa de olvidarse de la premisa principal de su obligación con los ciudadanos de este país. Mi molestia no me dejará ciego ante la necesidad de encontrarle salida a los problemas del país, recordando primordialmente que la obligación de elegir recae en los salvadoreños, como yo. Sin embargo, la salida no se encuentra en cualquier elección, menos en una tomada desde el enojo, la sed de revancha, la irritación.

“Zapatero a tus zapatos” me dicen siempre que hablo de otro tema que no sea el deportivo. Es un reclamo absurdo que dejaría sin opinión sobre temas políticos a cualquier profesional. Médicos, ingenieros, estudiantes salvadoreños se quedarían sin la libertad de expresarse fuera de su quehacer, lo cual sería una limitación severa al pluralismo y a la participación democrática. Además. No sé a qué zapatos se refieren si los míos fueron hechos en El Salvador, por salvadoreños. Entiendo que lo que incomoda es que un actor pensante opine. No vivir en El Salvador es otro argumento que lanzan para intentar desacreditar la opinión, y ese tiene algún mérito. No vivo de cerca el constante acoso de la violencia reinante, ni la decepcionante proyección de crecimiento económico, ni el aislamiento diplomático. Y, sin embargo, vivir fuera del país no significa vivir al país de lejos. Desacreditar opiniones en virtud de la distancia implicaría silenciar las voces de millones de salvadoreños inmigrantes, cuyos sueños y motivaciones continúan siendo parte de la historia que escribimos como nación.

El Salvador está enfermo. Diagnosticado desde hace tiempo con muchos malestares graves como el alto índice de violencia, el deteriorado sistema de salud, junto a un destrozado sistema educativo que genera una incesante hemorragia estudiantil. De los males podemos hacer libros y varios tomos. Estas enfermedades requieren un tratamiento de largo plazo y no cualquier medicina. Seguro no las vencidas que abarrotan las estanterías de tantos hospitales nacionales, pero mucho menos las que se presentan en coloridos botes vacíos. El Salvador, este paciente al que tanto queremos, ya no merece que le den cucharadas de división social, o pastillas de resentimiento artificial, del que a diario se manufactura en campañas manipulativas en las redes sociales.

Lo del domingo no es una encuesta para conocer cuán molestos estamos los salvadoreños con los políticos del pasado. Lo del domingo es una elección de los políticos del futuro. Es votar por el candidato que mejor receta ha presentado para el paciente este que tanto queremos. Es elegir a quien liderará uno de los tres poderes del Estado salvadoreño. El que hará fuerte la República. Es la elección por quien está más capacitado para empezar a saldar las deudas de esa silla presidencial con su gente.

En esta era en la que aparentemente la lectura es una costumbre perdida, para mí será un premio que lleguen hasta este último párrafo entendiendo que no me lo he escrito para que hablemos de política y sí para que cuando quieran nos sentemos a tomar un café y charlemos de obligaciones ciudadanas, de conciencia de país. ¿A quien le conviene seguir hundido en el lodo de la pobre educación? Solo a quienes de la pobre educación de un ciudadano, hacen un voto. Detrás de un voto educado existe responsabilidad y ante esto, la plena convicción de saber que en una elección presidencial se debe elegir a quien mejor equipo de trabajo puede llevar para sacar al enfermo de cuidados intensivos.

Carta a todos: La segunda será la vencida. O, quien quita, la primera… De Paolo Luers

31 enero 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Ojala que estas elecciones se resuelvan en primera ronda, este domingo. No sé si tengo el estómago para 6 semanas más de campaña, con sus insultos, noticias falsas, bombardeos de anuncios y canciones…

Todo está dicho. O sea, todo lo que los candidatos están dispuestos a decir. Si van a una segunda ronda, ¿qué van a decir que no hayan repetido mil veces? Bueno, los dos finalistas van a tratar de seducir a los votantes de los partidos eliminados en primera ronda. Van a detectar, de repente, muchas coincidencias con propuestas que durante meses rechazaron, atacaron y ridiculizaron… 

¿Habrá debates entre los dos finalistas? Depende de quienes lleguen a la segunda ronda – y de quién viene con ventaja. Si contrario a todos sus pronósticos Bukele llega segundo, será el primero en pedir debate – no uno, sino tres o cuatro. Si llega primero, no habrá debate. Y si llega tercero, los otros dos sí van a debatir – y esto podría valer la pena.

La otra incertidumbre: ¿Todos van a reconocer el resultado de la prima ronda – o los candidatos que no ven satisfechas sus expectativas van a pasar 6 semanas gritando fraude? Que lo piensen bien, porque les puedo asegurar que quien arme un gran berrinche será castigado por los votantes – en la segunda roda, si es que califique a ella, o en las siguientes elecciones. Si no, pregunten a López Obrador, quien luego de sus protestas masivas contra el supuesto fraude en el 2006 tuvo que aguantar 6 años luego, en el 2012, otra derrota –y esta vez asumirla sin berrinche- antes de poder competir con éxito en el tercer intento y convertirse en presidente…

Aquí, el candidato ya tiene un año de declararse víctima de bloqueos y fraudes, va a pagar, ahora en la primera vuelta, el costo de este error de cálculo. Será una de las razones por las cuales no le saldrán sus cuentas alegres.

Relajémonos. Ya no hay nada que hacer, excepto ir a votar el domingo y esperar los resultados. Y si no hay resultado final, reflexionar de fondo sobre cómo definir la cosa en segunda vuelta. Ya que tercera no habrá, la segunda será la vencida. O, quien quita, la primera…

Saludos,

“Bukele tiene características de un populista”: Rubén Zamora

El excandidato a la presidencia aseguró que la elección del próximo domingo tendrá características que no han estado presentes en los últimos 25 años.

Entrevista de Gabriel Campos Madrid, 30 enero 2019 / LA PRENSA GRAFICA

El politólogo Rubén Zamora aseguró que las elecciones del próximo domingo se plantean en un escenario único y en el que el populismo es un elemento que sobresale, junto a la crisis de los partidos políticos y la ruptura de la gobernanza, la cual se mantenía desde 1963. Además consideró al candidato de GANA, Nayib Bukele, como un populista que se plantea como el salvador del país a pesar de tener un irrespeto a la institucionalidad.

¿Qué análisis hace Rubén Zamora de la elección presidencial del próximo domingo?

Estamos en un contexto electoral único con características peculiares que no se habían dado en los últimos 25 años. En primer lugar, está quebrada la gobernabilidad histórica que se había dado desde 1963 y eso ha llevado a la crisis de los partidos políticos. Segundo, la crisis de los partidos políticos se ha vuelto más palpable y ha reventado al punto que hoy estamos en la eclosión de los partidos y que se empareja con una crisis mundial de los partidos. Y un tercer elemento es el populismo. Hay que distinguir entre un líder con rasgos del populismo, que en El Salvador hemos tenido cuatro líderes: Arturo Romero, Napoleón Duarte, Roberto d’Aubuisson y Nayib Bukele. Unos en mayor medida y otros en menor medida tienen poco respeto a la institucionalidad y en el caso de Bukele es que lo hemos visto con mayor expresión por su propia carrera política; además ha sido alcalde de dos poblaciones a las que dejó endeudadas porque simplemente no pagaba. Y luego con su partido Nuevas Ideas que denunciaba y denunciaba fraude y era que simplemente no cumplía con los plazos o cumplió y el TSE sí cumplió con los plazos.

¿Es peligroso un líder populista?

No necesariamente, porque Duarte era un líder con rasgos populistas muy claros y el rasgo central del populismo (es) que puede establecer una relación muy emocional en las masas; y eso los Duarte, Romero y D’ Aubuisson lo tenían y Bukele también lo tiene.

¿Con este contexto, cambia el escenario el paso de la campaña política y sus cierres?

Juzgar cómo va a quedar una elección solo por cómo se dieron los cierres de campaña es riesgoso. Por lo general, las encuestas de opinión en este país demuestran una característica y es que en el periodo preelectoral y los resultados no hay mucha variación entre la posición general. Eso ahora yo no lo doy como receta porque esta elección es distinta a las demás, pero si todos los procesos electorales no hacen cambiar mucho la inclinación de los votantes, mucho menos lo hace un cierre de campaña. Recuerde que mi cierre de campaña de 1994 fue el más grande de todos y yo no gané la elección. Y además hay que tomar en cuenta las tácticas de campaña. La de Bukele, por ejemplo, fue de muy poco acercamiento al votante porque es el que menos mítines ha hecho con el público y los que hizo, lo hizo arreglado todo.

¿Han subido ARENA y el FMLN en preferencia?

Yo sí creo que han subido un poquito.

¿Vislumbra una segunda vuelta?

Yo la vislumbro.

¿Se atreve a vaticinar entre quiénes?

El único indicador que tenemos no es el que yo quisiera y son las encuestas, pero ellas dicen que primero Bukele, segundo (Carlos) Calleja y tercero el FMLN. Pero al mismo tiempo que lo cito digo ‘ojo’ no veamos las cosas tan fáciles, porque ya me han señalado dos fenómenos y es que el FMLN perdió más de la tercera parte de su voto duro, pero le basta con recuperar 300,000 votos para estar en una nueva situación y esto no necesariamente se refleja en una encuesta. El otro dato es que cuando Bukele fue candidato a alcalde de San Salvador arrasaba pero ganó la alcaldía por 3,000 votos.

¿El FMLN ha ido a sus orígenes para buscar rescatar esos votos?

Ahora hay que ver diversos ángulos para responder eso, porque antes de la Guerra Fría el que era de izquierda era comunista y el que era de derecha era anticomunista y ya; y por eso cada uno no criticaba a sus regímenes. Pero hoy en día los de izquierda podemos criticar a regímenes de izquierda. Pero sí, el FMLN tiene mayor insistencia en tratar de responder a demandas populares y eso históricamente se ha dado y existe todavía. Es más, al ver la trayectoria de los dos gobiernos por mucho que se critiquen lo que ha habido es una mayor atención por los pobres.

¿Qué le parecieron los debates presidenciales?

Son pasos para la legitimidad del proceso. Incluso el hecho de que cuando uno de los contendientes falló tuvo una reacción negativa muy fuerte en redes sociales. En ese sentido, en ese campo ha habido un cierto avance.

De los candidatos, a su criterio, ¿cuál sobresale por los demás?

Depende. En un esfuerzo de acercarse a la población yo diría que Calleja ha hecho el mayor esfuerzo, y eso que era más fácil para Hugo. Eso hay que reconocerlo, y en capacidad de gobernar Hugo es el que tiene la mayor capacidad. La debilidad de Calleja es que nunca ha ejercido la función pública. Y en el caso de Bukele, yo estoy en contra de todo discurso populista, porque me parece que lo que hace es convertir a la ciudadanía en niños con ese planteamiento de que es el salvador. Entonces el espacio de participación se reduce, porque es el dirigente el que va a tomar las decisiones y punto.

El candidato es la principal oferta electoral. De Joaquín Samayoa

El candidato es la principal oferta electoral

30 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY/Observadores

Este próximo jueves da inicio un corto período de silencio electoral. Tres días en los que está prohibido hacer propaganda. Tres días en los que se busca reducir el ruido estridente que no nos deja pensar. Son días en los que debiéramos hacer serenamente una revisión de las razones que nos mueven a apoyar o rechazar partidos y candidatos. Última oportunidad para sustentar con buenos argumentos lo que haremos el día de la elección.

Es muy probable que la mayoría de ciudadanos hayan decidido ya si van a votar o si no lo harán, si van a anular su voto o lo harán valer, si van a marcar una u otra bandera. Harán lo que harán por buenas o por malas razones, con información o sin ella, de manera responsable o a la ligera. Todos los votos cuentan igual. Esta es una de las grandes debilidades de la democracia en sociedades sin cultura cívica, en sociedades poco educadas, pero también ocurre inevitablemente en las sociedades más avanzadas.

La política suele moverse por intereses y pasiones mucho más que por razones. Aun así, los partidos y sus candidatos se esfuerzan por articular planes de gobierno que sean o puedan parecer mejores que los de sus rivales. Pero, a no ser que se manden algún planteamiento realmente fuera de lo común, la gente no suele poner mucha atención a esas ideas. Los planes son necesarios para gobernar pero no son muy útiles para ganar elecciones. Lo que sí tiene impacto es cómo se proyecta un candidato en su intento por merecer la confianza de los electores.

Cuando la gente emite juicios negativos o favorables acerca de un gobierno, generalmente lo hace a partir de tres o cuatro cosas, ignorando la complejidad de los problemas, la dificultad de las soluciones, la parte que les corresponde a otros órganos del Estado o a los gobiernos locales, o a los partidos de oposición. En una cultura presidencialista, todo parece culpa o mérito del gobierno central y, particularmente, del presidente de la república. Así se juzga también a los candidatos presidenciales. Ellos mismos confeccionan la vara con la que serán medidos.

Generalmente, los candidatos prometen el oro y el moro, dicen lo que creen que la gente quiere escuchar, como si el tiempo y los recursos fueran ilimitados y dieran para cualquier cosa, como si todo fuera posible y hasta fácil de lograr. Pero la gente solo recuerda las cosas extraordinariamente lúcidas o absurdas, la gente solo recuerda algunas promesas populistas de alivio a corto plazo. Los ejemplos abundan, lamentablemente más de lo absurdo que de políticas, programas y acciones realmente bien pensados. Para muestra, la fábrica de empleos, un aeropuerto en La Unión, la súper mano dura y, en tiempos más remotos, una escuela por día y una cancha por semana.

Todas las campañas presidenciales dejan servida la mesa para una gran decepción. Para curarme en salud, yo he adoptado la costumbre de hacerles un descuento generoso a todos los candidatos, un descuento más o menos entre el 50% y el 80% de lo que prometen. En otras palabras, si el que gana cumple con la mitad o más de sus promesas, me doy por muy bien servido, no espero más.

Pero también tengo otros criterios más exigentes para decidir a quién le doy mi voto. Si tan solo huelo que alguno tiene vocación de reyezuelo o dictador de república bananera, lo descarto automáticamente. El respeto incondicional y absoluto a los principios y a las reglas de juego de la democracia representativa no es negociable. Si no puedo tener plena confianza en que un determinado candidato, una vez investido con el poder de la presidencia, no va a caer en la tentación de ejercer ese poder de manera abusiva o arbitraria, jamás podré votar por él.

La última de esas exigencias en las que no hago concesiones está muy bien expresada en el refrán que todos conocemos: Dime con quién andas y te diré quién eres. En esta ocasión, los candidatos no han querido revelar quiénes serían sus más cercanos colaboradores, pero sabemos quién ha estado cerca de ellos durante la campaña, sabemos a quién escuchan, quién puede tener más influencia sobre ellos. No basta con que el presidente sea decente y honesto. Necesita apoyarse en un equipo grande, en un equipo de personas competentes y con capacidad de gestión política, un equipo en el que no haya espacio para la corrupción.

Por eso afirmé en el encabezado de esta columna que cada candidato, con sus virtudes y flaquezas, es él mismo su oferta más importante al electorado. Al verlo de esa manera, evitaremos darle poder a alguien que no sepa cómo utilizarlo. Desde esta perspectiva, resulta absurdo el argumento de que no perdemos nada con probar darle poder a alguien cuyo único atractivo es el de no ser candidato de ninguno de los partidos que tanto nos han decepcionado en las últimas décadas.

Votamos marcando una bandera partidaria, pero elegimos a una persona y a quien lo sustituiría en el cargo en caso de muerte o incapacidad prolongada. Ya en el ejercicio de sus funciones, el presidente puede apoyarse en su partido pero también puede y debe tomar distancia del mismo siempre que lo requiera el bien mayor de todos los salvadoreños.

De la gestión gubernamental es responsable, al fin de cuentas, el presidente de la república, no el partido que lo propuso como candidato. Todos sabemos que hay mucha tela que cortar en todos los partidos, no solo en ARENA y FMLN. Por eso me parece tan importarle darles mucho más peso en la decisión del voto a los candidatos que a sus respectivos partidos. Ellos son los que pueden hundir al país o sacarlo adelante.

El retroceso exterior de México. De Jorge Castaneda

La estrategia del presidente López Obrador en política exterior además de un enorme paso atrás puede convertir al país norteamericano en cómplice de las peores prácticas en el hemisferio.

JORGE CASTANEDA, Ex Secretario de Relaciones Exteriores de México

28 enero 2019 / EL PAIS

América Latina enfrenta hoy retos en derechos humanos y democracia que pocos hubieran previsto. A las graves crisis en Venezuela y Nicaragua se suman los casos de Guatemala, donde la disolución de la CICIG preocupa; el de Bolivia, donde crece la tentación para Evo Morales de reelegirse a como dé lugar, y la tragedia de Brasil. ¿Quién pensaba hace dos años que el país más grande de la región se hallaría en la antesala de un ataque directo a los derechos humanos por parte de su presidente? Esto sucede en un contexto ominoso. A diferencia de lo ocurrido durante veinte años, y a pesar de sus propias y graves violaciones a los derechos humanos, México, en lugar de ser un defensor de los mismos, está en vías de convertirse en un cómplice de las peores prácticas en el hemisferio.

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La llegada a la presidencia de Andrés Manuel López Obrador trajo consigo el mayor cambio en la política exterior del país desde el año 2000. A diferencia de entonces, cuando el presidente Vicente Fox profundizó la actualización externa puesta en marcha por su predecesor, Ernesto Zedillo, abandonando el tótem de la no intervención y la fatigada retórica de la neutralidad e introversión mexicanas, López Obrador da un enorme paso atrás. Pretende retrotraer al país a posturas o bien inexistentes, o bien de los años cincuenta y sesenta, cuando México procuraba, no siempre con éxito, evitar cualquier toma de partido en las relaciones internacionales.

El retroceso tiene dos partes: Estados Unidos, y América Latina. Desde su elección y a pesar de declaraciones anteriores, López Obrador tomó una decisión consciente de evitar cualquier conflicto con el Gobierno de Donald Trump. Ni los actos ni los dichos del presidente norteamericano lo sacarían de sus casillas o lo obligarían a responder ante las provocaciones de su colega. Ha cumplido su compromiso, pero su vecino no se ha sentido obligado por ello.

En la mayor concesión mexicana hasta la fecha, López Obrador y su canciller, Marcelo Ebrard, aceptaron el ucase de Trump a propósito de los centroamericanos aglutinados en puntos fronterizos como Tijuana. En el equivalente de un convenio de facto de tercer país seguro, el Gobierno de AMLO accedió a una exigencia norteamericana. Los centroamericanos que soliciten asilo en Estados Unidos esperarán sus entrevistas y audiencias en territorio mexicano, bajo custodia mexicana, y a cargo del erario mexicano. Tratándose de esperas de hasta dos años, se dimensiona la magnitud de esta concesión. El corolario de dicha concesión consiste en el silencio declarativo de las autoridades mexicanas. Diga Trump lo que diga, haga lo que haga, el Gobierno de México permanece callado.

Resultará muy difícil modificar esta nueva y lamentable postura mexicana. Pedro Sánchez lo comprobará…

Es el caso asimismo de la política hacia América Latina, y en particular frente a las crisis en Venezuela y Nicaragua. El Gobierno de Peña Nieto, a través de su secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, asumió una posición proactiva ante ambos países. En la Organización de Estados Americanos (OEA) y en foros ad hoc dentro y fuera de esa instancia, México, repetidamente, denunció las violaciones a los derechos humanos en Venezuela y, a partir de principios de 2018, en Nicaragua. Criticó a los Gobiernos de Maduro y de Ortega por autoritarios, represivos y productos de elecciones fraudulentas. Participó en esfuerzos fallidos de mediación, incluyendo el llamado Grupo de Lima para Venezuela, y el grupo de trabajo en la OEA para Nicaragua.

López Obrador ha abandonado esa postura, en votaciones, declaraciones y gestos como invitar a Maduro a su toma de protesta. Son tres las explicaciones que el Gobierno, sus partidarios o analistas han ofrecido al respecto. La primera es de orden principista. AMLO y su canciller Ebrard han afirmado que desean volver a lo que reza la Constitución mexicana desde 1988, a saber, que la política exterior del país se regirá por varios principios (de definición dudosa) y en particular el de no intervención. Lo interpretaron como un no opinar o tomar partido ante cualquier conflicto interno dentro de otro país, o frente a violaciones de derechos humanos o la ausencia de democracia. Releyeron la historia de la política exterior mexicana a su modo, olvidando cómo el país tomó partido contra el régimen de Batista en Cuba en los años cincuenta, reconoció a la República española hasta 1977, combatió al régimen de Pinochet en Chile a partir de 1973, y al de Somoza en Nicaragua en 1979, y a la dictadura militar en El Salvador en 1981.

Esta justificación peca de ingenua. Es cierto que AMLO es ajeno a cualquier asunto exterior a México, y que su provincianismo le podría permitir asumir estas actitudes con sinceridad. Pero su canciller tiene demasiado mundo y formación para creer en semejantes lugares comunes o francos errores históricos, de derecho constitucional mexicano, o de derecho internacional. Siendo un razonamiento que muchos en México suscriben, no se sustenta como tesis explicativa. Tampoco se sostiene el planteamiento de que México no interviene para evitar que otros intervengan en México.

AMLO pretende retrotraer al país a posturas o bien inexistentes, o bien de los años cincuenta y sesenta…

El segundo razonamiento, más franco y apegado a la verdad, aunque iluso, reside en el deseo del Gobierno de México de mediar en ambos conflictos. Ebrard considera que si México calla sus críticas, se aleja del radicalismo y la estridencia del Grupo de Lima o del grupo de trabajo de la OEA, y adopta una definición equidistante entre las oposiciones y los Gobiernos de Maduro y Ortega, podrá desempeñar un papel útil y eficaz para resolver las dos crisis.

El problema es que esta tesis ya la formularon los predecesores de AMLO y Ebrard, y muchos más: en el caso de Venezuela, el papa Francisco, José Luis Rodríguez Zapatero, Leonel Fernández, Martín Torrijos, y todo el Grupo de Lima; en el caso de Nicaragua, la Iglesia local, Vinicio Cerezo y António Guterres. Todas las mediaciones han fracasado, porque ni Maduro ni Ortega desean negociar su salida, y ni la oposición venezolana o nicaragüense poseen la fuerza para imponerla. Queda la denuncia, el aislamiento y la plegaria. Además, nadie entiende quién le otorgó a México el papel de mediador: ni los Gobiernos ni las oposiciones, ni el Espíritu Santo.

La tercera y última explicación es la más robusta. La amplia coalición de Morena y López Obrador abarca muchas sensibilidades ideológicas. Pero no cabe duda de que desde su extrema izquierda hasta su centro-derecha, allí imperan afinidades reales, emotivas e históricas, con los regímenes “revolucionarios” de Cuba, Nicaragua, Venezuela y Bolivia. En algunos casos se entienden, por motivos personales; en otros, por apoyos recibidos a lo largo de los años. Muchos dirigentes, cuadros medios y militantes de a pie de AMLO no comprenderían que su presidente se sumara a la “campaña del imperio” contra Maduro y Ortega, ya sin hablar de Raúl Castro. Detrás de toda la jerga principista, vacua y falsa, de la no intervención, o hiperpragmática de la mediación, yace una fuerte afinidad por los Gobiernos llamados de izquierda en América Latina. De allí la vergonzosa postura mexicana de los últimos días frente a los acontecimientos en Caracas: no reconocer a Guaidó; apoyar a Maduro en los hechos; salir del Grupo de Lima; y ofrecer una mediación aceptada por Maduro y rechazada por la oposición.

Por eso resultará difícil modificar esta lamentable postura mexicana. Pedro Sánchez lo comprobará en su próxima visita a México, cuando quizás intente acercar a López Obrador a la postura firme de la Unión Europea frente a las dos crisis de América Latina.

Un voto de confianza por un mejor El Salvador. De Carolina Avalos

CAROLINA AVALOS, Economista, consultora internacional en políticas sociales.

29 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Elegir a nuestro presidente es elegir nuestro futuro. Los salvadoreños tenemos el derecho y el deber de elegir aquel candidato que mejor representa el modelo de sociedad que queremos para nosotros y nuestros hijos.

La elección del Presidente es una apuesta no solo por un candidato, es también un voto de confianza en su honestidad personal y calidad humana, en su compromiso por el bien común y en su inteligencia y preparación, así como en su buen criterio para elegir a los más capaces para su futuro equipo y llevar acabo las transformaciones necesarias para ese nuevo El Salvador que tantos deseamos, en beneficio de todos.

Nuestro voto es una decisión clave y responsable sobre nuestro futuro y el de nuestro país. Carlos Calleja representa, en mi opinión, la candidatura más fresca, honesta y preparada, con un compromiso sincero con el bien común y el interés general de los salvadoreños.

Expondré algunas de mis razones del porqué.

Carlos Calleja centra sus propuestas en la dignidad humana, fundamental para impulsar ese modelo de sociedad inclusivo en el que nadie se quede atrás, especialmente los más desfavorecidos y los jóvenes salvadoreños que se enfrentan a un futuro difícil e incierto.

Su formación y conocimiento en el mundo de la economía y la empresa favorecerá nuestro desarrollo al generar mayor confianza y al apostar por la competitividad, creación de empleos de calidad, y de mayores oportunidades de generación de ingresos y mejoras de salarios.

Carlos Calleja le da la importancia que se merece a la educación. Por fin, las reformas de infraestructuras y medios humanos y materiales para nuestros estudiantes y sistema público de educación, contarán con la prioridad y el presupuesto que se merecen si realmente queremos ser una sociedad con igualdad de oportunidades y con mayor equidad para todos, y porque la mejora de estos dos aspectos (educación y oportunidades de trabajo) son fundamentales para la prevención de la violencia en nuestro país.

La candidatura de Carlos Calleja incluye como compañera de fórmula a Carmen Aída Lazo, una mujer joven y preparada que representa la incorporación de la mujer a todos los ámbitos de nuestra sociedad, desde el respeto a nuestros derechos y dignidad. Juntos, ambos se han alejado de la demagogia y populismo que otros han utilizado, y utilizan, en cuanto al tema de la mujer se refiere.

Estoy convencida de que con Carlos Calleja existe un compromiso real y eficaz y los recursos necesarios para dotar de agua potable a todos los salvadoreños de una vez por todas y para que muchos de nuestros conciudadanos tengan la posibilidad de dejar de subsistir en infraviviendas, recobrando su dignidad y su futuro.

Él reconoce la importancia de los municipios y del trabajo de nuestros alcaldes, con los que hay que colaborar estrechamente para solucionar muchos de los problemas que nos afectan, cerrando la brecha de desigualdad territorial.

Como nuestro primer mandatario, Carlos Calleja no encabezaría ni aprobaría ataques contra la Sala Constitucional, la Fiscalía General de la República o los medios de comunicación. Más bien sería respetuoso y reconocería la división de poderes y el sistema de pesos y contrapesos esencial para avanzar en la democracia, fortalecer los derechos de la ciudadanía y ampliar nuestros espacios de libertad.

Sin duda su presidencia escuchará y tendrá en cuenta a la sociedad civil, buscando la unidad de los salvadoreños y los puntos de encuentro que nos hacen fuertes y nos harán superar los desafíos de hoy y de mañana, en lugar de buscar la división y el enfrentamiento entre nosotros que nos debilitan como país y sociedad.

Carlos Calleja apuesta por la modernización del Estado y pone como bastión de la administración pública la ética, la transparencia y la auténtica rendición de cuentas ante la ciudadanía que nos haga salir de la situación de corrupción, enfrentamiento e ineficacia que hemos vivido en los últimos tiempos.

Como presidente, estoy convencida de que él dará un nuevo empuje al papel de El Salvador en la construcción centroamericana y defenderá eficazmente nuestros intereses en el exterior y en los foros internacionales, sin hipotecas con regímenes extranjeros ni declaraciones populistas que no nos benefician. Un Presidente que esté al lado de las democracias y contra las dictaduras, como lo estamos la gran mayoría de salvadoreños.

Yo le doy mi confianza y me sumo a este esfuerzo, con la seguridad de que estos no se verán defraudados.

Carta a los ciudadanos: Mi voto razonado (a pesar de todo). De Paolo Luers

29 enero 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Amigos:
Escribo esta carta a los que están, como yo, distanciados de los partidos, y quienes están entre no votar o, a pesar de todo, votar por algún candidato.

Yo votaré el domingo por Carlos Calleja y Carmen Aída Lazo.

Aprovechando mi última carta antes de la veda electoral, voy a explicar por qué. Votaré por ellos, a pesar de que a ARENA le tengo mucho más crítica que simpatía. No me gusta cómo funciona este partido, tampoco su dirección.

En mi criterio, buena parte del COENA es mediocre, sin capacidad de convencer con argumentos y con creatividad; y otros son trogloditas reaccionarios. No me gustó cómo se gestó el proceso de elección del candidato presidencial. No me gustó la campaña interna de Carlos Calleja, quise que ganara mi amigo Javier Simán. Pero tampoco me gustó la actitud de los simpatizantes de Javier luego de haber perdido. No me gusta la incapacidad de ARENA de enfrentarse a las partes oscuras de su pasado. Y tampoco me gusta su intolerancia a la crítica y a cuestionamientos, y su desprecio a los jóvenes con cabeza propia. Pero una cosa es el partido y otra diferente sus candidatos.

Los candidatos, durante la campaña, llegaron a convencerme, primero Carmen Aída Lazo y luego Carlos Calleja. Me sorprendió su apertura frente a señalamientos francos, críticas y propuestas. Me impresionó su manera de enfrentarse, día a día, a todo tipo de gente, la mayoría humilde. Vi que ambos se dejaron tocar por la gente, sus problemas y peticiones. El Carlos Calleja que conocimos al inicio de su campaña no es el mismo de ahora. Sus preocupaciones y prioridades cambiaron.

Sigo pensando que ARENA necesita una radical renovación ideológica y de sus métodos de organización, dirección y comunicación. No sé si Carlos Calleja y Carmen Aída, desde Casa Presidencial, podrán empujar esta renovación. Tendrán las manos llenas con limpiar y renovar el gobierno.Los que estamos insatisfechos con los partidos, que somos la mayoría, debemos seguir empujando la renovación de los partidos, o la creación de nuevos que no nazcan con los vicios de los viejos, como Nuevas Ideas. Pero para esto habrá tiempo, y hay que hacerlo con paciencia e insistencia, gane quien gane la presidencia.

Pero mientras tanto, elijamos entre las cuatro fórmulas presidenciales la mejor. Para mí son Carmen Aída Lazo y Carlos Calleja. Para otros serán otros. Convirtamos nuestro voto en un mandato claro para cambiar la forma de gobernar, para limpiar Casa Presidencial y el gobierno entero de los mecanismos de corrupción, y para redefinir las prioridades del gasto estatal, para que comiencen a solucionar de fondo los problemas principales del país.

No nos dejemos paralizar por lo difícil que es renovar los partidos, ni mucho menos permitamos que la frustración y la impaciencia nos empujen a un voto irracional y aventurero de castigo o venganza. No es un juego. Luego veremos qué haremos con los partidos. Lo más probable es que yo, en el 2021, votaré por diputados de Nuestro Tiempo. Pero ahora nos toca escoger entre 4 fórmulas a quienes pensamos que formarán el mejor gobierno. Votemos con cabeza fría.

Saludos,