liderazgo

Bolsonaro y las ideologías. De Manuel Hinds

9 noviembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

La elección de Jair Messias Bolsonaro ha causado gran desazón en todos los círculos democráticos del mundo por las posturas de autoritarismo que tomó durante su campaña y que ha reafirmado como presidente electo. Este tema ya ha sido discutido hasta la saciedad por todos los medios importantes en el planeta y el veredicto ya parece estar dado, basado en términos puramente ideológicos. Pareciera haber un consenso de que Brasil, que todo el mundo había pensado que ya había absorbido la democracia, que se había vuelto de izquierda y había dejado atrás el autoritarismo de los gobiernos militares, ha vuelto a desear el pasado militar y se ha ido a la extrema derecha.

En este artículo yo arguyo que el tema principal en las elecciones presidenciales de Brasil no pueden haber sido ni la ideología ni los programas de gobierno, ni la calidad de “nuevo nombre” que muchos quieren darle a Bolsonaro para acomodarlo a un cliché. Con respecto a este último punto, nadie puede decir que Bolsonaro era un nombre nuevo si ha sido diputado desde 1991. El punto crucial en mi argumento con respecto a la irrelevancia de la ideología y los programas de gobierno es que Bolsonaro no fue el primer preferido para ser electo.

Todas las encuestas hasta unos pocos días antes de las elecciones mostraban que el preferido de los electores era Lula, un personaje que era todo lo contrario de Bolsonaro en términos de ideología y de programas de gobierno. Nadie en Brasil duda de que si Lula hubiera corrido, él sería presidente ahora. Pero Lula no corrió porque la Corte Suprema de Justicia no se lo permitió porque es un reo condenado por corrupción. Al quedar Lula inhabilitado, el Partido de los Trabajadores nombró a otro candidato para sustituirlo, lo que hubiera podido esperarse si la elección hubiera sido sobre ideología o sobre programas es que la gente hubiera votado por ese sustituto, que tenía la misma ideología y los mismos programas que Lula. Pero no. Faltando Lula, votaron por el que estaba más alejado en ideología y en programas.

Esto es como el caso de un joven que entra en una fiesta y, al no poder bailar con una muchacha de pelo negro y ojos oscuros, busca entonces bailar con una rubia con ojos azules —a pesar de haber muchas otras muchachas de pelo negro y ojos oscuros. Siendo que las dos son su primera y su segunda preferencia, es obvio que él no define su “tipo” de mujer por los colores del pelo o de los ojos. Tiene que haber otro factor que define el “tipo” de mujer que agrada al joven, algo que las dos tienen pero que no es el pelo ni los ojos. Igualmente, si el preferido del pueblo fue primero Lula, y el segundo Bolsonaro, el “tipo” de presidente que los brasileños prefirieron en estas elecciones no está definido por las categorías de ideología y programas, a pesar de que estas son las que normalmente se usan para definir a los candidatos.

La clave para entender lo que pasó en Brasil, pues, está en entender qué es lo que Lula y Bolsonaro tienen en común. Este factor común parece estar definido por las características de liderazgo fuerte y decidido que tienen los dos. En un mundo en el que las cosas están cambiando muy rápidamente y en direcciones que no es posible prever, los votantes brasileños parecen buscar no ideología, ni programas, sino las cualidades personales que tiene que tener el candidato para guiar a la sociedad en su ajuste a ese nuevo mundo —la fortaleza para enfrentar retos inesperados, la confianza en sí mismo para infundir un rumbo a la sociedad, y la firmeza para mantenerlo en medio de graves tormentas. Lula demostró en su presidencia que tiene muchos defectos, tan graves que lo inhabilitaron, pero también demostró que puede liderar a una sociedad con mucha firmeza. Bolsonaro ha dado esta impresión también, es lo que está ofreciendo: guiar, en otra dirección pero también firmemente. Lo que Bolsonaro tiene que mostrar es que puede dar esa guía firme y definida dentro de un sistema democrático. Eso es lo que los pueblos necesitan en estos tiempos tan llenos de incertidumbre. Los que ofrezcan esa firmeza ganarán las elecciones en la región.

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El vacío de liderazgo. Columna Transversal de Paolo Luers

23 septiembre 2018 / El Diario de Hoy

Estamos a días del arranque oficial de la carrera presidencial. Los candidatos no dan muestras de que realmente están listos.

Si Carlos Calleja no asume con firmeza el liderazgo dentro de su Alianza por un Nuevo País, el arranque de su campaña será complicado. Si su apuesta de verdad es esta alianza, los partidos coaligados tienen que entender que les toca subordinar todas sus acciones políticas y legislativos a una estrategia única y consensuada, encabezada por sus candidatos.

El primer test es la elección de los magistrados para la Corte Suprema. De repente el PCN sale con propuestas que más coinciden con los dos partidos que bloquean el proceso, GANA y FMLN. Debería haber una sola y sólida propuesta de la Alianza, concertada con la sociedad civil. Es hora de que Carlos Calleja golpee la mesa, tanto la de su partido como la de su coalición. Y que la golpea con fuerza, para que se oiga fuera de la sala de reuniones.

El FMLN tiene el mismo problema. La manera como en el tema de los magistrados, la fracción del FMLN apoya las estrategia de obstrucción de GANA, pone a Hugo Martínez en un dilema complicado. Para él lo más importante es desligarse de GANA y su candidato Bukele, porque ellos son sus verdaderos enemigos a vencer. Cualquier complicidad con ellos será un obstáculo para recuperar los votos que están migrando del FMLN hacia Bukele. Hugo Martínez, para que puede recuperar su rol como el principal adversario de ARENA, primero tiene que construir un perfil claro que lo distingue del populismo y oportunismo de Gana/Nuevas Ideas/Bukele. Y para hacerlo, también hace falta que golpee la mesa del Politburó.

A ambos, Calleja y Martínez, les conviene perfilarse como los dos candidatos que tienen propuestas claras, que representan dos ideologías congruentes con estrategias racionales para definir el rumbo del país —pero que al mismo tiempo tienen la capacidad y voluntad de actuar juntos donde hay coincidencias impuestas por el interés nacional. Esto lo pueden comenzar a comprobar resolviendo juntos la entrampada elección de magistrados.

El segundo test, tanto para la Alianza encabezada por Calleja como para el FMLN, es el presupuesto para el año 2019, que es el año de la transición. Solo juntos la alianza de Calleja y el FMLN pueden dar estabilidad a El Salvador, consensuando un presupuesto que permita al gobierno saliente terminar bien su mandato, y al gobierno entrante a arrancar bien con el suyo, en junio 2019. Cualquier complicidad con GANA, sea por parte de ARENA, sea por parte del FMLN, en el tema del presupuesto y del manejo de la deuda sería un error estratégico, con consecuencias negativas no solo para sus respectivas campañas, sino para el país y su estabilidad.

Para pasar bien ambas pruebas, y para proyectar al ciudadano que en las elecciones presidenciales pueden escoger entre dos proyectos congruentes, pero claramente distintos, mientras que la tercera fuerza no tiene congruencia y es impredecible por su carácter populista y oportunista, es indispensable que Carlos Calleja y Hugo Martínez garanticen que las propuestas de sus respectivos campos realmente sean congruentes, claras y realistas. Hasta la fecha, ni Calleja ni Martínez han asumido este liderazgo. Sus partidos no tienen la capacidad de resolver este dilema. En el fondo lo saben, y es por esto que escogieron a candidatos que no están casados con los conceptos tradicionales de estos partidos y con las políticas fracasadas: en seguridad, en educación, en cómo generar crecimiento económico que se traduzca en inclusión social. Ahora es el momento cuando los candidatos tienen que asumir su rol de líderes que saben romper con dogmas y abrir espacios de innovación.

Salvadoreños, ¿atrapados sin salida? De Alberto Arene

El Salvador ya topó, y se aproxima a tocar fondo, por ausencia de un grupo con la visión y características para liderarlo al futuro.

alberto-arene2Alberto Arene, 17 agosto 2017 / LA PRENSA GRAFICA

A veces pareciera que pretendemos vivir en la normalidad o más bien que nos hacemos los locos para poder sobrevivir y no volvernos locos… El Salvador lidera las tasas de homicidios en el mundo, el menor crecimiento y mayor endeudamiento de Latinoamérica y el mayor deterioro y vulnerabilidad ambiental, y –como si lo anterior no fuera suficiente– ya comenzó a revertirse nuestra válvula histórica de escape, las migraciones que llevaron al éxodo a un tercio de nuestra población, regresando miles de compatriotas de Estados Unidos, lo que reducirá progresivamente la remesas familiares que en el último cuarto de siglo nos dieron de vivir. El Salvador ya topó, y se aproxima a tocar fondo, por ausencia de un grupo con la visión y características para liderarlo al futuro.

LPGPero estas calamidades por grandes que sean no son las que nos tienen atrapados sin salida, sino la ausencia de un liderazgo y proyecto a la altura de los desafíos que enfrentamos. Solo veamos las características, intereses y talantes de buena parte de quienes nos gobiernan frente a las dimensiones de la tragedia que confrontamos.

Para los más estudiosos de la realidad salvadoreña a nivel nacional e internacional, El Salvador enfrenta una crisis de grandes dimensiones, y confronta un enorme desafío de viabilidad y futuro. Pero los salvadoreños pareciéramos tener dosis considerables de desprecio por el conocimiento y la comprensión objetiva, racional de los problemas y sus vías de solución. En la entrevista que sostuvimos el domingo pasado en el programa FOCOS con el historiador e intelectual salvadoreño Roberto Turcios, este afirmó que “en lo económico es donde se pone en evidencia la situación límite, insuperable del modo de producción de la posguerra… porque la crisis fiscal no se puede resolver de la manera acostumbrada con soluciones coyunturales. Se requiere un acuerdo de gran alcance. No podemos pensar en el desarrollo con las tasas de crecimiento que tenemos, no podemos pensar en reducir las desigualdades sin reducir la brecha tecnológica con el mundo. E incluso no podemos seguir con la realidad migratoria que hemos tenido. Desde varios lados se nos aparece una situación límite porque el modo de desarrollo ya no da para más”.

Pareciera que los salvadoreños no nos hacemos las grandes preguntas que se formulan las sociedades en tiempos de crisis históricas. Estamos más acostumbrados a preguntas o a comentarios pequeños y puntuales; a ver los problemas como coyunturales, no obstante que todos los de importancia no pueden solucionarse sin transformaciones estructurales; más acostumbrados a pequeñas respuestas a problemas complejos y al enfoque inmediatista del “coyol quebrado coyol comido”, frente a la necesidad de buscar soluciones duraderas en el tiempo; a la parcialidad del pensamiento frente a la necesidad de ver el todo, su integralidad; al enfoque individualista para enfrentar los problemas frente a la necesidad de actuar concertadamente como grupo o sociedad, con el individualismo de cada quien en su changarrito, en su respectivo grupito, caminando en las aguas envenenadas del conflicto y la desconfianza.

Hasta donde yo logro medio ver y comprender, la ausencia de visión y estrategia compartida y organizada para enfrentar la enormidad de los problemas del presente y la inviabilidad del futuro, y la falta de involucramiento sustantivo de la ciudadanía, explicarían por qué estamos atrapados sin salida.

Me inclino a pensar que la gran pregunta que debemos formularnos es: frente a semejante crisis histórica y ausencia de viabilidad y futuro ¿qué podemos hacer? Aquí algunas de las respuestas más comunes: 1. Esperar que termine este gobierno y tratar de contener sus peores decisiones. 2. Ir a elecciones legislativas y municipales el año próximo y a elecciones presidenciales en 2019 para cambiar la correlación de fuerzas y derrotar estratégicamente al enemigo. 3. Abstenernos de votar, o anular el voto. 4. Echarle la culpa al otro, al FMLN o a ARENA, a los comunistas o a la oligarquía y los yanquis. 5. Que nos salven y anexen los Estados Unidos, o que nos integremos a la Alianza Bolivariana de los Pueblos (ALBA) y al socialismo. 6. No hay nada que hacer. 7. Rezarle a Dios que todo lo puede. ¿Qué otra se le ocurre, amigo lector? El problemón es enorme, pero como respuesta salimos con un churrito… Hasta allí nos da, hasta allí “nos escurre”… Además de confrontar serios problemas de viabilidad, ninguna de estas respuestas y “soluciones” nos sacará del problemón que enfrentamos.

Desgraciadamente este es el estado de evolución de una buena parte de la conducción política del país, pero también de una parte de la ciudadanía. La política ha fracasado. Los partidos políticos y la Asamblea Legislativa son los instrumentos y poderes más atrasados de la institucionalidad democrática y el principal obstáculo para el entendimiento y el desarrollo nacional. La solución no es la antipolítica sino el surgimiento de grandes políticos para el entendimiento, el resurgimiento y el desarrollo de El Salvador. Y sobre todo de estadistas, grandes políticos con visión estratégica comprometidos con los intereses nacionales. Hasta ahora hemos dejado por la libre a los políticos. Ha llegado el momento de ocuparnos de ellos, transformando la política que es demasiado importante para dejársela a los políticos. ¿Cómo? Intentaremos responder en la próxima columna.

Economía popular. De Carlos Mayora Re

Todos los ciudadanos deberíamos ser capaces de entender que el nivel de endeudamiento está en relación directa con el pésimo manejo de las finanzas públicas.

Carlos Mayora, Columnista de El Diario de Hoy.

Foto digital.Carlos Mayora Re, 29 julio 2017 / El Diario de Hoy

Los que entienden de economía están muy preocupados porque la calificación de la deuda salvadoreña está en su posición más baja nunca obtenida. Porque nuestro crecimiento económico es la mitad de lo que crece la región centroamericana, porque el nivel de endeudamiento del país haya llegado a cotas jamás alcanzadas, porque el interés que paga el gobierno a los ahorrantes del sistema previsional sea una miseria comparado con las tasas que se pagan en fondos similares, etc.

Preocupa a los entendidos. Pero, ¿el galimatías de cifras que manejan los economistas y financieros le dice algo a la gente común y corriente? Pienso que no. Todo parece indicar que las preocupaciones de los ciudadanos van por otros rumbos.

EDH logDesde siempre la economía y sus tecnicismos han sido campo de expertos, entre los que lamentablemente —por lo que vemos todos los días— se encuentran pocos políticos, líderes sociales o funcionarios de alto nivel del gobierno. Al menos, por ahora, ningún político ni experto ha logrado traducir a lenguaje común y corriente la jerga económica, de modo que todos los ciudadanos puedan comprender la gravedad de los indicadores económicos que presenta el país.

Es curioso. En temas que nos afectan a todos, solo un puñado de expertos sabe qué está sucediendo en realidad. Al mismo tiempo que es patética la unívoca manera en que bastantes de los políticos —los que están en el poder y los que forman la oposición— tienen para tratar estos asuntos: echar culpas y prometer quimeras. Como también es muy preocupante que nadie hable de soluciones, ni de proyecciones, ni de mejorar condiciones, etc.

A fin de cuentas, la prueba de que materias tan importantes y con implicaciones tan serias son casi indiferentes para la gente es que la inseguridad, el costo de la vida, en algunas ocasiones temas de empleo y poco más, ocupan recurrentemente los primeros puestos en las encuestas de opinión cuando se pregunta acerca de los problemas del país.

El político que logre aterrizar conceptos claves de economía, que sea capaz de sensibilizar a los electores en temas vitales para el futuro, tendrá muchos puntos a favor para lograr los votos de la gente pensante, que para decir lo que es, son todos los electores.

De lo contrario, el centro de los debates preelectorales será el discurso socio-moralista, con encarnizadas y apasionadas discusiones en temas como el aborto, el estatus de la unión civil entre personas del mismo sexo, la lucha contra la corrupción, etc. Si no es que se quedan en acres recriminaciones y personalizaciones (para no decir simples insultos y berrinches), que llevan a que los electores voten por disciplina partidaria, caras bonitas, ingenios chistosos y poco más.

Todos los ciudadanos deberíamos ser capaces de entender que el nivel de endeudamiento está en relación directa con el pésimo manejo de las finanzas públicas. Comprender que los subsidios terminamos pagándolos (¿o debiéndolos?) todos, que los criterios que el gobierno aplica para sus gastos están en función electoral-populista-clientelista (si no de enriquecimiento privado) y no del mayor bien para el mayor número de ciudadanos, que la pésima calificación de riesgo de nuestra capacidad de crédito es gravísima, etc.

Pero, principalmente, todos deberíamos ser capaces de responder a la sencilla pregunta acerca de qué es mejor para todos: un Estado mastodóntico y proteccionista, como plantea la izquierda, o uno pequeño y austero, eficaz, que permita a todos salir adelante por su trabajo, y no por beneficencia y/o clientelismo.

Ojalá no tengamos que esperar a tener un país con colas, sin empresas, con un gobierno tirano y controlador, para entender “por las malas”, que el modo como se maneja la economía no debería, no debe ser un debate de pocos.

@carlosmayorare

Urge un líder. De Paolo Luers

Paolo Luers, 2 julio 2017 / EDH-Observadores

LOS MESIAS

Lo que menos necesita nuestro país es otro líder iluminado por una visión. Con los mesías hemos navegado de una crisis a otro desastre: Napoleón Duarte, quien en los años ochenta hizo la guerra a los insurgentes, pero al mismo tiempo a la empresa privada, iluminado por su sentido de misión – y quien se terminó vendiendo a Ronald Reagan para mantenerse en el poder; Tony Saca, quien como presidente inventó la derecha social – y quien ahora se encuentra preso, acusado de haberse robado 240 millones de dólares; Mauricio Funes, quien en 2009 sedujo a la clase media a que le llevara al poder, con la promesa de transformar la izquierda – pero luego sus seguidores se dieron cuenta que lo que se entronizó en el poder era la izquierda ortodoxa y que Funes sólo fue un caballo de Troya. Luego se fugó a Nicaragua.

Está más que satisfecha nuestra cuota de políticos que llegan al poder como mesías, predicando unir al país para luego dejarlo más dividido y desilusionado. Terminan defraudando a su clientela junto con los incapaces y corruptos abonando al desencanto en la política. Irónicamente, en este desencanto nacen los siguientes mesías

LOS LÍDERES

Lo que necesitamos es lo contrario: gobernantes que sepan analizar fríamente la realidad; administradores eficientes capaces de optimizar recursos y definir prioridades; líderes que se atrevan a decir a los ciudadanos verdades impopulares en vez de crearles ilusiones, y que prioricen el trabajo en equipo sobre el liderazgo personal.

Así como está el país luego de tres presidencias erráticas de corte populista, nos urge un gobernante que sea más CEO (director ejecutivo) que líder visionario, carismático y mediático.

El país necesita un presidente que dé a la gente la verdad, no ilusiones y certezas ideológicas. En un país tan polarizado como el nuestro, las visiones nunca logran unificar la sociedad, por lo contrario, profundizan sus divisiones.

Necesitamos gobernantes que no se presenten como personificación de cualquiera de las visiones ideológicas del espectro político-partidario, sino como líderes que sepan asegurarse el respaldo de su partido, pero a la vez tengan capacidad y voluntad de trascenderlo y representar el amplio espectro al centro de la sociedad que se siente defraudada por los partidos.

LOS OUTSIDERS

Por tanto parece casi indispensable que los candidatos a la presidencia surjan desde afuera de los partidos. Ambos, ARENA y el FMLN, van a terminar llegando a esta conclusión. Pero ser outsider no es suficiente. Tienen que proyectar con credibilidad que no formarán un gobierno de partido, sino un equipo de profesionales con criterio de independencia.

En el caso del FMLN esto es casi imposible. Va contra su ADN. Además el único vestido de outsider disponible para el Frente es Bukele, o sea otro Caballo de Troya con discurso de independencia, pero en el fondo incluso más ideológico y populista que su partido. Para actuar independiente del partido se necesita tener sustancia.

El FMLN tuvo su oportunidad histórica con Héctor Silva, pero decidió no aprovecharla, porque sabía que su independencia era real y no compatible con un partido centralista. Schafik Handal dijo en esta ocasión: “Prefiero que perdamos las elecciones pero conservemos la identidad como partido revolucionario. Si llevamos a Héctor, peligroso que gane y nos transforme en un partido socialdemócrata…”

En el caso de ARENA, una de las principales capacidades del candidato tiene que ser saber construir una alianza ciudadana amplia que incluya todos los sectores y corrientes que quieren que el FMLN salga del gobierno. Tiene que tener la capacidad de atraer a sectores que el partido no puede atraer; por su pasado, por su incapacidad de renovarse, por su corte conservador.

LOS PROFESIONALES

Se necesita a un candidato que desde el inicio de la campaña (incluso de la campaña interna) tenga capacidad y valor de definir prioridades: identificar los principales problemas y sus soluciones, incluyendo los sacrificios que esto exige. Esto requiere de una gran capacidad de comunicación.

Urge un presidente capaz de convencer a las mejores mentes del país a trabajar en su equipo de gobierno, garantizándoles que pueden trabajar libres de presiones partidarias e ideológicas. Tiene que reclutar para su gabinete a las personas que cuesta convencerlos meterse en política, y quienes felizmente regresarán a sus carreras profesionales o empresariales una vez termine su mandato.

Urge un presidente que realmente entienda que la independencia de las instituciones, la transparencia y la rendición de cuentas que son esenciales para la democracia, aunque choquen con intereses de preservación de poder de los gobernantes y partidos.

Urge un gobernante quien, independientemente de sus convicciones religiosas personales, esté comprometido con el carácter laico del Estado; que priorice la libertad sobre sus propias convicciones. Sólo así podrá proteger la libertad de todos.

QUE LOS CANDIDATOS DEFINAN
QUÉ TIPO DE LÍDER QUIEREN SER

Urge un líder que esté dispuesto de tomar decisiones impopulares, incluso en su propio partido. Alguien que no descarta una solución por el costo político que puede significar para el partido o para el sector económico del que proviene. Esto es un asunto de carácter, pero también (o incluso más) de haber construido desde el principio de su candidatura una correlación de fuerzas que le permita actuar con independencia.

Dirían que este candidato hay que mandarlo hacer en Ilobasco. No lo creo. Los que se apuntan como candidatos tienen que saber en qué tipo de líder se tienen que convertir; qué rol quieren jugar; y quiénes sepan elegir a quien escuchar: ¿a los mercaderes de ilusiones o quienes los retamos a analizar y pensar

La columna menos popular de la historia. De Alfredo Atanacio

Para salir adelante como país, es necesario que salgamos de nuestra zona de confort y comencemos a actuar ante verdades que muchas veces no queremos escuchar e ignoramos.

Alfredo Atanacio, 29 junio 2017 / EDH

Hace algunos días, dije en un tuit que hace falta que venga alguien que nos diga lo que necesitamos oír y no lo que queremos oír. Y los políticos que tenemos saben esto mejor que nadie, y como lo que más les interesa son los votos, no nos dicen lo que necesitamos que nos digan, sino lo que queremos escuchar. Y hasta cierto punto es lógico, pues por algo también dicen que la verdad no mata, pero duele…y también puede hacer perder votos.

Una de las cosas que menos nos gusta escuchar es que nos digan que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Más de alguna vez hemos estado en desacuerdo, porque no puede ser que los salvadoreños nos merezcamos estos gobernantes. Pero la verdad es que si seguimos teniendo los líderes políticos que tenemos es porque nosotros mismos lo hemos permitido. Por mucho que digamos que queremos ver caras nuevas y que necesitamos nuevas maneras de pensar, terminamos votando por los mismos y hasta les celebramos cuando se comienzan a atacar entre ellos, nos burlamos de quienes piensan diferente y hasta llegamos a caer en el mismo nivel de sus troles.

Otra cosa que no nos gusta oír es que nos tenemos que involucrar en la política. Muchos dicen que la política es sucia, pero cuándo vamos a darnos cuenta de que es nuestro deber limpiarla. Y lo podemos hacer fácilmente al votar por gente limpia.

Meterse en política no significa afiliarse a un partido y buscar una candidatura o tener un puesto en el gobierno. Como sociedad civil podemos hacer mucho. Vivimos en una situación de polarización extrema que a nadie le gusta, pero eso también sigue siendo culpa nuestra, porque seguimos respondiendo ante las campañas sucias de los políticos.

También, así como les deberíamos exigir a los políticos que cumplan, deberíamos nosotros cumplir como ciudadanos. Comenzando por pagar impuestos. Actualmente hay un gran porcentaje de personas que no están pagando impuestos, pero deberían hacerlo, y en este caso no me refiero solo a empresas grandes que pueden eludir o evadir impuestos, sino una gran cantidad (cerca del 70 %) de los negocios no están formalizados, es importante que se amplíe la base tributaria.

El Salvador está en una condición fiscal delicada, tenemos bajo crecimiento y un clima inadecuado de inversión, el potencial del país es gigantesco, pero así como están las cosas la verdad es que nos acercamos a un periodo en el que se tendrán que hacer ajustes o sacrificios para poder darle un mejor futuro a las generaciones venideras. Este sacrificio puede venir en forma de aumento en impuestos (incluso el IVA), aumento de edad para jubilarse, despidos, etc.

Algo más en lo que seguramente a la mayoría no le gustará escuchar es sobre los salarios en el gobierno. En lo personal, me molestan los sueldos del gobierno, pero no porque considere que son muy altos. De hecho, pienso que algunos deberían ser mucho mayores. Lo que sí me molesta es que muchos de estos puestos están siendo ocupados por personas incapaces. ¿Qué porcentaje de los funcionarios actuales pudiera tener un trabajo que les pague lo mismo que el gobierno?

El gobierno debería tener la capacidad de ofrecer salarios que compitan con los de una empresa privada, para poder garantizar que tendremos a los mejores profesionales. Pero también se debería medir el desempeño de los funcionarios por medio de KPI. Por otro lado, pasa lo contrario con muchos puestos operativos en el gobierno que requieren una menor preparación, pero que tienen salarios mucho mayores que los de una empresa. Y ni hablar de todas las plazas innecesarias que deberían desaparecer, entiendo que lo anterior no podrá ser parte de la campaña de ningún candidato. (¿Se imaginan? “Voy a despedir gente y subir salarios de funcionarios”).

Para poder salir adelante como país, es necesario que salgamos de nuestra zona de confort y comencemos a escuchar y a actuar ante estas verdades que muchas veces preferimos ignorar. Tenemos ya 25 años ignorándolas. Y esto nos ha costado también 25 años de retraso en el desarrollo como país. El Salvador no se arregló con los Acuerdos de Paz, eso fue solo un primer paso.

@aatanacio

Columna Transversal: Sólo para empezar. De Paolo Luers

Todavía estamos esperando a un candidato que se lanza a la política con un catálogo de primeras medidas que se compromete a tomar al sólo llegar a Casa Presidencial. No esperamos que llegue con un programa de gobierno o un plan quinquenal debajo del brazo. Pero sí que nos anuncie los cambios concretos y radicales que hará en la forma de gobernar – y que de manera simbólica marcan el rumbo que quieren dar a sus gobierno.

Paolo Luers, 19 mayo 2017 / EDH

La sociedad salvadoreña no está harta de política. Está harta de la política “más de lo mismo”. Los ciudadanos mandan este mensaje de múltiples formas, unos con protestas, otros con apatía, otros siguiendo a políticos antisistema. ¿Pero cómo pueden los partidos y sus candidatos convencer a los ciudadanos que entendieron estos mensajes, si bajo la promesa de “el cambio” llegó al poder un grupo de personas que resultaron más corruptos que los políticos tradicionales?

La crisis de credibilidad ya no se resolverá con discursos que invocan conceptos generales como “cambio de rumbo”, “nueva forma de hacer política”, “renovación”, “buen vivir”, “nueva sociedad”, “nuevas ideas”, “nueva visión”.

Ahora que comienzan a surgir las figuras que pretenden gobernarnos luego de tres administraciones con grandes promesas de renovación y miserables resultados, no podemos permitir que nos sigan hablando en términos generales, bonitos, pero en última instancia vacíos.

Tienen que ofrecernos, desde el inicio de las contiendas internas que definirán los candidatos, no “nuevas ideas” sino compromisos concretos, realistas, valientes y verificables.

Todavía estamos esperando a un candidato que se lanza a la política con un catálogo de primeras medidas que se compromete a tomar al sólo llegar a Casa Presidencial. No esperamos que llegue con un programa de gobierno o un plan quinquenal debajo del brazo. Pero sí que nos anuncie los cambios concretos y radicales que hará en la forma de gobernar – y que de manera simbólica marcan el rumbo que quieren dar a sus gobierno.

Si yo tuviera que escribir este “Plan para comenzar”, sería más o menos así:

  • Limpiar Casa Presidencial: Disolución de la Secretaría de Transparencia y Participación Ciudadana; Disolución de la Secretaría de Gobernabilidad.
  • Creación de una Comisión Presidencial de Reforma al Estado.
  • Transformación de la Secretaría Técnica en un Ministerio de la Presidencia.
  • Creación de la Oficina de Asesoría Académica del Estado, adscrita al Ministro de la Presidencia, compuesta por los mejores expertos y académicos que representan diferentes corrientes de pensamiento.
  • Conversión de la Secretaría de Inclusión Social en Ministerio Social.
  • Conversión de la Secretaría de Cultura en una institución independiente del Ejecutivo, con un estatus de autonomía comparable al de la Universidad de El Salvador.
  • Reducción de la Secretaría de Comunicación a una Oficina de Prensa
  • Conversión de los medios estatales en una entidad autónoma fuera del ejecutivo.
  • Regreso de Protección Civil al Ministerio de Gobernación.
  • Creación de un Ministerio de Justicia y un Ministerio de Seguridad Pública.
  • Reducir número de viceministros.
  • Reglamente claro y estricto para la publicidad del gobierno. Eliminar cualquier publicidad política desde Casa Presidencial, ministerios y autónomas. Solo permitir publicidad informativa. Reducir drásticamente el presupuesto de publicidad gubernamental.
  • Reducir el uso de cadena nacional a casos de emergencia, eliminando cadenas para promover posiciones políticas del gobierno.
  • Dar plena autonomía al ISSS; cambiar mecanismo de nombramiento del director.
  • Venta de las flotas de camionetas de lujo del gobierno. Creación de un servicio central de transporte que atiende a ministerios y Casa Presidencial. Con vehículos funcionales, y todoterrenos solo para ciertos viajes. Medidas correspondientes en las autónomas e superintendencias.
  • Abolir las plazas de asesores de los ministros y viceministros. La Oficina de Asesoría Académica del Estado asume la asesoría de los ministerios.
  • Promover medida similar en la Asamblea: Creación de un Tanque de Pensamiento Legislativo de alta calidad académica y no partidaria. Reducir al mínimo las plazas de asesores para las fracciones.
  • Restablecer la representación del sector privado en las Juntas Directivas de las autónomas.
  • Volver a establecer las dos instituciones consultivas que han sido exitosas y productivas: la Comisión Nacional de Desarrollo; y el Consejo Nacional de Seguridad, ambos con amplia autonomía y dirigidas por personas de alto profesionalismo.
  • Delegar a estos dos organismos las consultas con la sociedad civil (incluyendo la creación de Consejos Consultivos, etc.), que en las dos últimas administraciones han sido manipuladas desde Casa Presidencial y su Secretaría de Gobernabilidad.

Esta lista puede ser incorrecta, y seguramente es incompleta, sujeta a definir prioridades. Pero algo así la sociedad está esperando. Estos cambios despertarán fuertes resistencias entre políticos, funcionarios y burócratas. Quien los anuncia se hará enemigos.

Pero, ¿de qué nos sirven líderes que no están dispuestos de enfrentarse a resistencias y superarlos?

Obviamente, el siguiente presidente de la República necesitará desarrollar nuevas políticas de Seguridad, Educación, Salud, etc., por las actuales no funcionan – pero nadie espera que ya las tenga bajo el brazo. Requiere de muchos estudios. Pero sí esperemos que tenga claro que desde el primer día tiene que limpiar el gobierno. Es como si alguien que compra una casa: Lo primero que hace es limpiarla, y luego comienza a planear como transformarla.