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Necesitamos un liderazgo claro. De Erika Saldaña

El Salvador urge de un liderazgo fuerte y claro; de esos que asumen sus errores y responsabilidades, de los que buscan soluciones concretas a los problemas y no solo se limitan a echarle la culpa a otro o pretenden vender la idea de que no pasa nada.

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 17 abril 2017 / EDH

“Es por este alto propósito que ahora llamo a mi pueblo en casa, y a mi gente cruzando los mares, que harán suya nuestra causa. Les pido que se mantengan calmados, firmes y unidos en esta época de juicio. La tarea será difícil. Puede haber días oscuros por delante, y la guerra ya no puede limitarse al campo de batalla, pero solo podemos hacer lo correcto cuando vemos lo correcto y confiamos nuestra causa a Dios. Si uno y todos nos mantenemos fieles a eso, dispuestos a cualquier servicio o sacrificio que se nos pueda exigir, entonces con la ayuda de Dios prevaleceremos”. Este fue parte del discurso dado por el rey Jorge VI de Gran Bretaña el 3 de septiembre de 1939, el cual dio inicio a la II Guerra Mundial contra la Alemania nazi. Parecen palabras simples, pero fueron el inicio de una resistencia mundial contra la idea de un imperio de Adolfo Hitler en Europa; además, la claridad y solidez del discurso resultó ser sorprendente, ya que según la historia el rey Jorge VI era introvertido, inseguro y tartamudo.

Cada vez que veo a un gobernante frente a un micrófono me acuerdo de la película que popularizó el anterior discurso histórico. Porque cuando son tiempos difíciles, ya sea en ámbito económico, político, social o ante desastres naturales, lo que todos necesitamos es tener claro el panorama, saber qué se avecina, sacar ánimos de cualquier lado y tener la esperanza de que las cosas mejorarán. Esa confianza que se necesita es la que debería transmitir un líder, en especial el presidente de un país, quien a pesar de sus propias limitantes sea capaz de tomar decisiones difíciles y estar presente en situaciones urgentes para la población.

En El Salvador vemos a diario que carecemos de un liderazgo visible. El país vive una dura situación económica, donde el ruido de un inminente impago ha llevado a las calificadoras de riesgo a degradar la nota del país y a compararlo con Venezuela y Grecia. Ante el problema del pago de la deuda del país, el Gobierno se enredó en un discurso contradictorio; mientras en la mañana anunciaban el impago si no se aprobaban los préstamos, en la tarde el Ministerio de Hacienda sacó un comunicado diciendo que contaban con el dinero. Y desde hace años vivimos en uno de los países más violentos del mundo, que aunque traten de matizar la situación con publicaciones bonitas, la realidad es que muchas personas mueren y los vivos no podemos andar tranquilamente por las calles.

La semana pasada, la capital del país se vio afectada por un enjambre sísmico. Mientras la población entraba en pánico y había caos vehicular en las calles (quizá porque resulta inevitable pensar en los terremotos del año 2001 al estar en una situación así), el presidente de la República no apareció por ningún lado. Sus ministros dieron la cara ante la población, un rostro descontrolado, asustado y con respuestas titubeantes ante las preguntas de la prensa. El ministro de Gobernación manifestaba que no había ningún tipo de alerta, al mismo tiempo que la Dirección de Protección Civil emitía alerta amarilla; la ministra de Medio Ambiente nos mandaba a la playa o a la montaña, sin pensar en el caos en las calles ni en el latente riesgo de desprendiendo de tierra y rocas en carreteras, como lo que pasó en Los Chorros. ¿Cómo es posible que viviendo en el Valle de las Hamacas no tengamos un plan claro en el caso de un terremoto? ¿Dónde está el presidente para controlar todas estas situaciones alarmantes?

El Salvador urge de un liderazgo fuerte y claro; de esos que asumen sus errores y responsabilidades, de los que buscan soluciones concretas a los problemas y no solo se limitan a echarle la culpa a otro o pretenden vender la idea de que no pasa nada. A pesar de que faltan alrededor de dos años para la elección presidencial, ya los posibles candidatos de cada partido se empiezan a perfilar; es hora que nosotros, los votantes, trabajemos para romper ese esquema de elegir como opción “al menos peor” entre muchos males.

Necesitamos un liderazgo claro para el país y eso nos toca exigirlo a nosotros.

Carta a los que reclaman la presencia del presidente: Acepten la realidad, estamos a la deriva. De Paolo Luers

Paolo Luers, 13 abril 2017 / EDH

Estimados amigos:
Les tengo que preguntar: ¿Acaso se hubieran sentido más seguros si en la cadena nacional sobre los sismos hubiera aparecido el profesor Sánchez Cerén?

Fue patético el espectáculo del comando de emergencia formado por la ministra de Medio Ambiente (que dijo que mejor nos vayamos a la playa); el “albañil del pueblo” Gerson, (quien dijo que mejor no saliéramos); el canciller, quien no tenía nada que decir; y el vicepresidente a quien sacaron de a saber de qué tipo de vacaciones.

Enfrenten la realidad: Así es nuestro gobierno, esté o no el presidente, esté en Cuba recibiendo tratamiento médico o esté aquí.

El hombre se fue a Cuba sin avisar. Como si no lo supiéramos. Por supuesto que no podía saber que iba a temblar. Pero sí sabía que su gobierno estaba en impago. Sí sabía que nos iban a bajar aun más en las clasificaciones de crédito, poniéndonos en la misma categoría con Venezuela. Se fue de todos modos, y de alguna manera tuvo razón: Estén o no estén el presidente y su vice, aquí no hay liderazgo.

La crisis de los sismos perfectamente la hubieran podido dejar en manos de Jorge Meléndez, quien dirige el organismo que coordina las respuestas a las emergencias. Lo hubiera hecho mejor que los tres que se disputan la candidatura presidencial y las cámaras: Gerson, Oscar y Hugo.

El presidente se fue a Cuba dejando instrucciones que nadie revelara su destino y su condición. Esto sí es grave, pero no porque su liderazgo nos haga falta. Es grave por la evidente inconstitucionalidad de su salida sin haber pedido permiso a la Asamblea. La Sala confirmó en su sentencia del 1 de septiembre del 2016 que el mandatario tiene que pedir permiso cada vez que salga del país. Es incomprensible que la Asamblea y la Sala permitan que esta inconstitucionalidad se repita en cada viaje del presidente.

Más grave aún es que, con el presidente ausente o presente, cada vez se confirma más que no es apto para gobernar. No por brillar de su ausencia en una emergencia nacional, sino por brillar de ausencia de liderazgo en todos los asuntos del Estado. Delega la política de Seguridad Pública a un conjunto de policías, quienes facilitan la militarización de la PNC y encubren la sistemática violación de Derechos Humanos. Delega la política fiscal a personeros de notoria incapacidad y negligencia. Delega la tarea de atraer inversiones a Sigfrido Reyes, Oscar Ortiz y José Luis Merino, que son para espantar a cualquier inversionista.

El gobierno está a la deriva. Y lo peor: La oposición tampoco muestra liderazgo. Felices vacaciones les desea

Un día después:

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Presidenciables. De Cristian Villalta

La falta de liderazgo que sufre El Salvador no se resuelve haciendo un casting.

Cristian Villalta, 9 abril 2017 / LPG

Esa es la diferencia entre los partidos y los intereses nacionales: los institutos políticos a la usanza cuscacriolla solo sirven para pelear elecciones y recibir donaciones de círculos insospechados. Si su utilidad fuese producir pensamiento, ser cronistas de un real empoderamiento ciudadano o discutir inteligentemente los temas urgentes de la agenda nacional, tendríamos de sus cúpulas contenido y no viruta.

No es casualidad que en una de las semanas más delicadas para el oficialismo, que incluyó su declaración de en impago y la transformación de la vida política de Óscar Ortiz en el show de Tres Patines, emerjan las diferencias entre el secretario general del FMLN y el candidato a alcalde de San Salvador. Y tampoco es casualidad que ese guion apasione más a un segmento importante de la ciudadanía, periodismo incluido, que el paralelo desarrollo de temas tan delicados para ese partido como el posible concurso de dineros calientes en la campaña 2009, o la naturaleza de los tratos entre el vicepresidente y Adán Salazar.

La reverencia que nuestra sociedad le ha profesado a políticos, funcionarios y diputados, alentada desde el mainstream, es difícil de tragar. A falta de farándula local, de grandes figuras deportivas y de realeza (aunque Elías Saca creyera lo contrario), tenemos a los zares de la izquierda y de la derecha hablando sobre todo lo que se mueve, inundando los espacios de opinión y contando chistes en la radio a la hora del desayuno. Y de entre esa tropa de personalidades, nada seduce más a los salvadoreños que escuchar a “los presidenciables”.

Quizá tenga que ver con que somos una sociedad de paternidades frágiles, o con cómo se reconstruyó el tejido económico y social después del despojo de los ejidos, o con que cada vez somos menos inteligentes como nación y creemos posible que uno solo de nosotros catalizará los problemas de todos… con independencia de los motivos, tenemos una enfermiza predisposición al cacicazgo. Por eso, saber quién es el próximo presidenciable del FMLN o de ARENA despierta tanto entusiasmo, acaso más que el mismo ejercicio electoral.

Una vez descartada la opción de estar a la altura de las circunstancias, lo cual en el caso del FMLN esta semana habría consistido en emplazar públicamente al mismo Óscar Ortiz y pronunciarse sobre el impago del Gobierno, y asumido el storytelling con Medardo en plan mala madrastra, uno solo puede preguntarse si las principales energías y conducción del FMLN de las próximas semanas se enfocarán en la sobreactuada inmolación del secretario o en los primeros mates del “presidenciable” (uno de los dos Martínez, pues), pese a que la administración del Estado pase ahorita por su más amargo quo vadis.

La pregunta es válida toda vez que al otro lado de la acera la lista de presidenciables ya creció… ya hay uno. Y volvemos a lo mismo, a la foto antes que el programa, a las maneras antes que al contenido, al curso Open English para Ganarle al Frente. Si la derecha aspira a regresar al poder, descartado que tenga en sus filas al líder que la nación necesita –tolerante, con posiciones contemporáneas sobre los temas más sensibles, uno que al decir “nosotros” se refiera a millones, no a siete amiguetes–, al menos debe enfocarse en que el ungido de turno se vea auténtico al abrazar a las vendedoras y al chinear a los cipotes.

Solo luces y cámara. Porque de acción, nada.

El arte de armar coaliciones. De Manuel Hinds

El liderazgo es en realidad el arte de armar grandes coaliciones con intereses e ideales comunes. Este arte no depende de miradas o de gestos grandilocuentes, sino de trabajo paciente y de humildad en la búsqueda de estos intereses e ideales comunes.

Manuel Hinds, 31 marzo 2017 / EDH

En una admisión de derrota el líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes Paul Ryan retiró el plan que el gobierno había presentado para reemplazar el Acta de Cuidados Médicos Asequibles (Obamacare). Esto pasó a pesar de que los republicanos tienen en el Congreso la mayoría suficiente como para dar los votos que se necesitaban y más. La derrota fue muy dolorosa, porque la derogación de Obamacare era una de las promesas más importantes de campaña del Presidente.

Esta historia tiene lecciones muy importantes en varias dimensiones políticas. En este artículo me concentro en una sola de ellas—la derrota misma, independientemente de cual era el tema en el que se dio. ¿Cómo es posible que el Presidente, que se considera un experto en negociaciones, y hasta ha escrito un libro sobre el tema, puede haber fallado en armar una mayoría antes de anunciar que ya iba a proceder a cumplir con su promesa de campaña?¿Cómo no vio que tratar de pasar una ley que iba a dejar sin cobertura de salud a 24 millones de personas que acababan de lograrla podías ser fácilmente derrotada? ¿Cómo no pensó que esos 24 millones iban a pesar en los cálculos de los senadores y representantes? ¿Cómo es posible que haya tratado de hacer algo tan controversial en un momento en el que el nuevo gobierno estaba en una situación de baja popularidad?

Con la sabiduría que da saber lo que pasó en la realidad, que da una gran ventaja sobre los que tuvieron que tomar decisiones sin saber lo que iba a pasar, es posible percibir algunos factores comunes en estos errores, de los cuales podemos aprender todos, y principalmente los que queremos salvar al país de un tercer gobierno del FMLN.

Primero, en la base de todo hay un exceso de confianza en la fuerza de un líder y un partido. Este es el error más común en los políticos y el que más los ciega. Muchos en ARENA, por ejemplo, piensan que ya ganaron las elecciones. Derivan esta seguridad no de una realidad, un triunfo electoral como el de Trump y los republicanos, sino de una encuesta y de sus propios deseos.

Segundo, hay una percepción errónea de la causalidad de los fenómenos políticos. Parece que los líderes del Partido Republicano pensaron que si el Presidente había ganado las elecciones eso quería decir que todos y cada uno de sus programas tendrían el apoyo del pueblo, y por tanto, del Congreso. Fue una sorpresa muy profunda cuando descubrieron que esto no era así y que además la oposición a derogar Obamacare estaba compuesta por grupos que pedían cosas que eran incompatibles entre sí. Unos se oponían a la derogación porque su reemplazo sería demasiado derechista y otros porque sería demasiado izquierdista. Esto demuestra un tercer error: el no conocer y subestimar a los propios aliados.

Un cuarto error, que fue lo que mató a la iniciativa pero que se derivó inevitablemente de los anteriores, fue no dedicar el tiempo para buscar soluciones que pudieran crear una coalición que todos los republicanos pudieran apoyar sólidamente.

Hubo en el fondo de todos esto una falta de comprensión del verdadero significado del liderazgo efectivo. Mucha gente cree que en la política de adultos el liderazgo es una característica de la persona, que con un discurso o con una mirada hace que la gente pase por encima de sus intereses y sus ideas para hacer lo que el líder desea que hagan. El liderazgo es en realidad el arte de armar grandes coaliciones con intereses e ideales comunes. Este arte no depende de miradas o de gestos grandilocuentes, sino de trabajo paciente y de humildad en la búsqueda de estos intereses e ideales comunes.

Esta es la lección principal para el centro y las izquierdas y derechas democráticas del país. Lo que buscamos no es un gran líder tipo Chávez, sino la formación de una coalición madura organizada alrededor de ideas poderosas y varios líderes decentes que estén comprometidos con estas ideas—no uno, sino varios porque necesitamos varias personas decentes para escoger, y porque luego necesitamos varios de esos líderes trabajando juntos para sacar el país adelante.

Los jóvenes en democracia… De Luis Mario Rodriguez

Lo importante es asumir que el relevo o, en su caso la llegada de nuevos liderazgos, frescos en edad o en ideas, que compartan con los que tienen más experiencia, es obligatorio si se quiere evolucionar al mismo ritmo que lo están haciendo otros Estados.

Luis Mario Rodriguez, 23 marzo 2017 / EDH

El interés de las nuevas generaciones por aportar al desarrollo nacional es indispensable. Su ausencia sería inexcusable. Causaría un enquistamiento de quienes han administrado el poder por décadas y condenaría a los ciudadanos a vivir bajo un esquema en el que, lo importante y trascendente, sería mantener los privilegios que el sistema le ha concedido a los primeros. Se esquivaría el debate de temas esenciales para la organización y la vida en sociedad, se impondría, como de hecho sucede ahora mismo, el clientelismo político sobre la meritocracia, y con el retiro o la muerte de los antiguos líderes, también desfallecerían con ellos, hasta apagarse, la luz del republicanismo, la observancia del Estado de derecho y las bases elementales de todo sistema democrático.

Esto no significa, ni por asomo, que en la actualidad se carezca por completo de líderes políticos. Los hay, y de todas las edades. Lo importante es asumir que el relevo o, en su caso la llegada de nuevos liderazgos, frescos en edad o en ideas, que compartan con los que tienen más experiencia, es obligatorio si se quiere evolucionar al mismo ritmo que lo están haciendo otros Estados. La trillada combinación entre “experiencia y juventud” es siempre un buen método para acoplar la prudencia con la temeridad, la calma con la ansiedad y el discernimiento que da el sentido común con los conocimientos que concede la formación académica.

El “encargo democrático” que la nación le entrega a los nóveles activistas y a quienes, después de los cuarenta incursionan en la política o se interesan por incidir en la cosa pública, difiere, sustancialmente, si se trata de una coyuntura política donde la Constitución no se cumple, de aquella otra donde la democracia aún vive, pero se amenaza a la división de poderes, a las elecciones como forma de alcanzar el poder y al respeto de los derechos humanos.

Los jóvenes simbolizaron la figura central en varias de las protestas más emblemáticas en diferentes partes del mundo y en distintas épocas durante el siglo XX. Así lo registra la historia en México, en la República Popular China, en Venezuela y aquí mismo, en El Salvador.

En 1968, la “matanza en la plaza de las tres culturas de Tlatelolco”, conmocionó a los mexicanos y a la comunidad internacional. Los estudiantes, como en otras partes del orbe, se oponían al autoritarismo y a los “métodos” utilizados por el régimen para desafiar a cualquiera que rechazara su “forma” de gobernar. Las crónicas señalan que el levantamiento estudiantil “marcó una inflexión en los tiempos políticos de México porque fue independiente y contestatario” y se fortalecía con “las demandas libertarias y de democratización que dominaban el imaginario mundial”.

La masacre de la “Plaza de Tiananmén”, en 1989, representa otro de los hechos históricos que confirman el involucramiento de la juventud allá donde el sistema democrático y las libertades se encuentran secuestrados. La foto del joven opositor enfrentando un escuadrón de tanques es la viva imagen de un individuo que exige el cese de la represión, en aquel momento, encarnada por el partido comunista. El Ejército Popular de Liberación disolvió la movilización y aunque la cifra de asesinados no está clara se habló de cientos de manifestantes.

La resistencia de los universitarios venezolanos a la reforma constitucional impulsada por el fallecido Hugo Chávez en 2007 con la intención de establecer la reelección presidencial indefinida, será recordada como otra de las luchas a favor de la democracia en América Latina. Esa fue la primera derrota electoral del exmandatario después de una serie de triunfos consecutivos que le otorgaron el poder desde 1999. En otro caso emblemático la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez fue repelida por los movimientos universitarios salvadoreños. Lideraron la “huelga de brazos caídos” y sacaron al dictador del poder.

En democracia, sin represores, pero con intimidaciones serias encaminadas a debilitar la forma de gobierno y la transparencia, con una crisis fiscal en ciernes, un magro panorama en materia de seguridad, una economía estancada que no genera empleos y un alto nivel de pobreza, los jóvenes deben reflexionar cuál será su contribución a la construcción de consensos. Hacer lo contrario los asemejaría a quienes ellos pretenden superar.

Ya no más pantomimas en Capres. Columna transversal de Paolo Luers

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Alecus: Bla Bla Bla Land

Mientras en esta mesa no se sienten y tomen protagonismo los expertos idóneos  (nacionales o importados, o de los organismos financieros internacionales), no habrá resultado que valga la pena.

paolo3Paolo Luers, 24 febrero 2017 / EDH

Todos hemos visto en los periódicos y en televisión las imágenes de la tal “mesa fiscal” en Capres: 10 señores con cara de “yo no fui”, cinco del gobierno de un lado, cinco dirigentes de los partidos del otro. Y cero resultados.

Solo viendo estas imágenes y conociendo a los 10 señores queda claro que de ahí no va a salir la solución a los problemas que entrampan al desarrollo del país: desorden fiscal del gobierno, déficit fiscal, falta de crecimiento e inversión. A estos 10 caballeros los podríamos encerrar en esta sala por dos semanas –así como lo hacen en el Vaticano con los cardenales para elegir Papa– y jamás saldrá humo blanco. Jamás saldría el grito: ¡Habemus presupuesto completo y equilibrado! ¡Habemus pacto fiscal! ¡Habemus lista de prioridades! ¡Habemus plan de ajuste!

diario hoyY no solo es por la polarización partidaria. Es que entre estos 10 caballeros de la mesa redonda, sumando las capacidades de todos, no existe el análisis, la creatividad intelectual ni el conocimiento técnico que son indispensables para superar las trabas ideológicas y llegar a soluciones prácticas.

Es tiempo de olvidarse de esta pantomima y crear una “mesa fiscal” de verdad, que se vaya nutriendo del conocimiento técnico y la experiencia sobre las materias a discutir y los problemas a resolver. Hay dos formas de hacer esto: una sería perder el pudor, bajarse los pantalones y pedir al FMI o al Banco Mundial que armen una mesa de expertos, en la cual los dirigentes políticos estarían escuchando, procesando y al final formalizando las soluciones elaboradas. Tal vez esto sería el mecanismo más fácil, aunque un poco vergonzoso para el país. Significaría que pongan orden los tíos que van a poner la plata.

La otra opción es un poco más complicada, pero sería mucho mejor para la ya lastimada autoestima del país: sentar en la mesa y dar protagonismo a los expertos nacionales, los que independientemente de sus preferencias políticas no representan partidos sino el conocimiento acumulado en el país. El ejemplo a seguir lo hemos conocido en estos días: la Reforma de Pensiones que fue propuesta por un consorcio de expertos, junto con la empresa privada y los trabajadores. Luego de que el gobierno y los partidos pasaron más de un año incapaces de salir del esquema ideologizado de discutir las pensiones, de repente hay una propuesta técnica que resuelve el futuro de las pensiones y de paso da alivio al problema fiscal del Estado.

El problema de la mesa como está instalada es que del lado del gobierno están sentados tres señores (el Presidente, su Secretario Privado y su Secretario de Gobernabilidad), quienes a todas luces no entienden los problemas y las consecuencias de cualquier opción de solución que se proponga. A la par de ellos están sentados dos señores (el Ministro de Hacienda y el Secretario Técnico), quienes son los culpables de buena parte del desastre. Del otro lado están sentados los cinco secretarios generales de los partidos, medianamente preparados por sus respectivos asesores, por cierto de muy poco criterio de independencia y análisis técnico.

Los 10 caballeros de la mesa redonda

Los 10 caballeros de la mesa redonda

Se bombardean mutuamente con cifras, modelos y argumentos, los cuales en esta mesa no encuentran quién los pueda desarmar, corregir y rearmar. Luego cada bando regresa a su círculo de correligionarios para analizar lo que se habló y lo que van a llevar a la mesa la próxima vez. Esta es la pantomima que hay que romper.

Si no hay en mesa expertos que pueden pasar los argumentos y las diferentes propuestas de los políticos por el filtro del análisis técnico, de la factibilidad y del pronóstico de costos y consecuencias, esta mesa no va a dar resultados más allá de acuerdos o pactos políticos mediocres e insostenibles. No hay más tiempo para estos jueguitos.

Mientras en esta mesa no se sienten y tomen protagonismo los expertos idóneos (nacionales o importados, o de los organismos financieros internacionales), no habrá resultado que valga la pena. El problema es técnico y lo político solo entra para contaminar y entrampar. Entonces, que los dirigentes políticos se dediquen a desentrampar, para esto sí tienen que estar en la mesa, para que entre todos pueden remover los obstáculos ideológicos y partidarios y al final asumir las soluciones técnicas elaboradas por los expertos.

Es bien simple, pero parece que es demasiado pedir a la clase de dirigentes que tenemos.

En un país de criminales y políticos. De José Miguel Fortín Magaña

A pesar de lo que se cree popularmente, los criminales y otras personas con mentes desbalanceadas no nacen así. Cuando viene al mundo, el ser humano ya cuenta con un temperamento que lo impulsa a comportarse de cierta manera, y que difiere de persona a persona. Este temperamento innato es la materia prima de la personalidad de cada quien, la cual se va moldeando mediante el contacto con la sociedad y su entorno en general. La familia, la escuela, sus amigos y muchos otros grupos lo van influenciando y le van demarcando límites a sus impulsos emocionales.

fortin-maganaJosé Miguel Fortín Magaña, 10 febrero 2017 / LPG

Idealmente, al final de este proceso el individuo ha aprendido a controlar su temperamento y ha desarrollado su propio carácter, el cual se convierte en gran parte de quién es él. Ortega y Gasset lo define así: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Este proceso de aprender a establecer límites contrapone dos fuerzas básicas de la teoría Freudiana del psicoanálisis: el Súper Ego, que juega el papel de la conciencia moral, y el Id, que contiene los instintos básicos, como la agresividad y el impulso sexual.

la prensa graficaHay que tener claro que en el fondo todos los humanos somos agresivos, lo cual no es negativo; de hecho, la agresividad es necesaria para crear competencia e impulsar el desarrollo humano. Sin embargo, la agresividad carente de límites, aquella que le falta la influencia moderadora de la conciencia, resulta en una personalidad desbalanceada o malsana que al final es destructiva para la sociedad. Es aquí donde podemos ver lo que sucede en la mente de los criminales y de muchos políticos: en la medida en la que estas personas no moderan sus instintos básicos, se puede decir que ambos adolecen de la misma psicopatología.

En ambos casos podemos ver a individuos que al tener que escoger entre seguir los instintos básicos o escuchar a su conciencia, siempre terminan sucumbiendo a los deseos. Tanto el criminal como el político corrupto son dos caras de la misma moneda: en ambos casos este individuo se congratula de que hace lo que le plazca, lo que se siente bien, sin que le importen las consecuencias que podrían tener sus acciones en la sociedad.

Sabiendo esto, nosotros los ciudadanos correctos y éticos, aquellos que todavía obedecemos los dictados de nuestra conciencia, tenemos la obligación de trabajar para transformar nuestra sociedad y nuestro país. Todos juntos debemos demandar que las acciones de todos los ciudadanos, pero sobre todo las de aquellos que nos gobiernan y nos dirigen, sean sustentadas por una idea clara de lo que es correcto aun si estas van en contra de su conveniencia, de sus preferencias personales o partidarias.

Y es que necesitamos a líderes que digan la verdad en vez de decir lo que creen que la gente quiere oír; que se enfrenten a lo que es incorrecto en vez de justificarlo o esconderlo; que trabajen por aquellos que les pueden recompensar menos en vez de aquellos que les pueden dar más. En resumen, en este país donde abundan los criminales y políticos corruptos necesitamos líderes valientes e íntegros, que al escuchar el clamor y el malestar colectivo puedan superar las ideologías políticas y ofrecernos un verdadero camino que nos lleve a tener el país que todos anhelamos.