oposición

Miguel Pizarro: “Los muros van a caer”. De Hugo Prieto

Miguel Pizarro retratado por Roberto Mata

Hugo Prieto, 14 mayo 2017 / PRODAVINCI

A los 18 años, Miguel Pizarro, diputado a la Asamblea Nacional por Primero Justicia, acudió a la oficina de un “connotado” dirigente de la oposición venezolana para conocer los resultados de una encuesta, en la cual se evaluaba la intención de voto alrededor de la reforma constitucional, propuesta por el ex presidente Hugo Chávez (2007). La conclusión es que el gobierno iba a ganar por 12 puntos y que la mejor estrategia era la abstención para “deslegitimar” la consulta.

Los jóvenes que hoy dirigen la protesta que mantiene en jaque al gobierno de Nicolás Maduro, se reunieron en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela y decidieron (80 a 20) que iban a enfrentar la reforma en las urnas, como un paso que luego complementaría la estrategia pacífica y electoral para alcanzar una salida política a la peor crisis que ha enfrentado Venezuela desde su fundación en 1830.

Esta larga entrevista, en realidad, es la elipsis de una década de lucha política que ha llevado a la generación de Pizarro a un momento estelar en la política venezolana. La calle es una vía que debe ser complementada por otras para alcanzar el objetivo que se han trazado desde que irrumpieron en la vida nacional. “Lograr una consulta electoral que le dé un cierre a lo que estamos viviendo”.

Hay una generación joven en la política venezolana, que viene de todo este proceso y ahora son caras visibles de la Asamblea Nacional. La suya es una de ellas. Ese hecho no ha pasado inadvertido para el gobierno. Me refiero en concreto a lo expuesto por el señor Diosdado Cabello, quien dijo que ustedes habían desplazado a los “dinosaurios”, pero uno podría pensar que a ustedes los están marcando, como a los ahorristas en los bancos para luego atracarlos en la calle.

Yo creo que tiene que ver más con lo segundo que con lo primero, sin duda alguna. Desde hace 10 años hemos venido ocupando espacios en la política. En 2007 decidimos seguir un camino electoral, de protesta y de ocupación de espacios. Veníamos de un país que había atravesado la abstención parlamentaria de 2005, el error político más grande que ha cometido la oposición. En 2006, la miopía opositora cantó fraude para no reconocer la derrota frente a Chávez. Al año siguiente, el cierre de RCTV y la propuesta de reforma constitucional. Ahí nos tocó jugar un papel. Era un país donde los referentes habían regalado la política. La acción de calle y el activismo había perdido vigencia. La primera vez que vi una encuesta, yo tenía 18 años, fue en la oficina de un político connotado de aquella época y decía que perdíamos la reforma por 12 puntos, la recomendación era no participar en esa reforma, para deslegitimarla.

Eso hubiese significado seguir por el barranco de 2005. La política no se puede hacer solamente con las encuestas en la mano. Ni siguiendo las pautas equivocadas que marca la mayoría.

Era abstenerse y desde ahí buscar la confrontación que provocara un cambio político profundo. Nosotros organizamos una asamblea en el aula magna de la UCV y quienes decíamos que había que ir a votar ganamos 80 a 20. Hago memoria, porque yo creo que 10 años después, aunque hay elementos y diferencias muy profundas, nuestro país está en un contexto similar. Era un país desesperanzado después del robo del revocatorio, donde la política había perdido mucho, luego del diálogo fracasado. La duda y la oscuridad. Esas eran las referencias. Llega la sentencia del TSJ que a mi modo de ver marca un punto de inflexión donde el gobierno devela claramente cuál es su visión del poder.

La dirigencia opositora se parecía a esa izquierda radical que siempre se refugió en la abstención, pero la abstención nunca ha tenido una expresión política en Venezuela. También en el diálogo se cometieron graves errores. De modo que hay una continuidad. La ruptura se produce a raíz de las sentencias del TSJ. Lo que vimos en diciembre fue desesperanza, frustración. Pero la gente retomó la calle, la protesta. Una reacción contundente, sorpresiva.

Era un país anclado en el suspiro. Pero yo creo que hubo una conexión emocional con lo que la gente aspiraba de la política. Y especialmente con la respuesta que esperaba frente a los abusos del gobierno. Eso configuró varios caminos. Yo no soy de los que cree que la dirigencia opositora está compuesta por unos superhéroes y que nuestro accionar ha hecho que la gente salga a la calle a exigir cambios. Hay una conjunción de gente que protesta por distintas razones: los que quieren que sus familiares regresen al país; los opositores que nunca han apoyado al chavismo; los que desde el hastío y la frustración rechazan el fracaso de este proyecto político; los que están desesperados por el hambre y la angustia que produce la crisis económica.

Digamos que eso ya formaba parte del paquete. ¿Qué es lo que está marcando la diferencia?   

Creo que ese escenario, en un principio, fue subestimado por la dirigencia de la oposición. Pero estuvo presente allí, desde hace mucho tiempo. Sí, requería interpretación,  requería organización. Y sobre todo conducción política, que tuviera objetivos y un canal para seguir sumando expresiones y movimientos. Pero hay una novedad. Este es un movimiento de conciencias, que ha obligado a romper silencios y a tomar posturas. Frente a lo que ocurre, los caminos se han bifurcado. Ahí está el camino del gobierno que nos lleva a la destrucción del voto universal, directo y secreto, a la destrucción de las libertades individuales y a la destrucción de un modelo que hundió al 80% de los venezolanos en la pobreza. Y hay otro camino, que si bien es incierto en su desenlace, porque no controlamos la variable de tiempo y la intensificación de la confrontación, es un camino que nos lleva al cambio político y social.

¿Realmente ustedes reemplazaron a la vieja guardia? ¿Por qué no se refiere a “lo segundo más que a lo primero”, en el planteamiento que hizo el señor Diosdado Cabello?

Lejos de un desplazamiento de los liderazgos, hoy ocurre algo en nuestro país que tiene que ver con la política, pero sobre todo con la sociedad. Hoy todo el mundo es útil haciendo algo. Así como hay decisiones que tomar en la alta política, relacionadas con la comunidad internacional, la OEA y UNASUR, por ejemplo, hay un segundo espacio que nos ha correspondido a los jóvenes, por condiciones físicas y hasta espirituales, que es la conducción en la calle, para darle un contenido que nos dé legitimidad en todo el espectro opositor, desde el más moderado hasta el más radical. ¿Por qué Diosdado hace lo que hace? Por dos razones. La primera para marcarnos como un enemigo; para marcar, entre las fuerzas del gobierno, a quién debe perseguirse, a quién debe intimidarse. Por eso publican nuestras direcciones, nuestros teléfonos y por eso nos dejan recados con nuestras mamás, porque una madre es el talón de Aquiles para un joven. Pero además lo hace por un segundo motivo, porque cree que el supuesto desplazamiento de la dirigencia por los más jóvenes podría generar un conflicto generacional, apela a la inmadurez política que tenía la oposición. Pero este no es el mismo país ni la oposición es la misma de unos años atrás.

La gente marcha por distintas razones, pero todavía no comparte una visión de país. ¿Por qué no hay una propuesta que aglutine? No sé si los jóvenes, que no tienen la experiencia y su formación es una interrogante, la van hacer. ¿Usted qué piensa?

El gran reto de este movimiento no es estar en contra de, sino convertirse en una alternativa. Creo que tenemos una deuda programática, que nos permita explicar cuatro pilares del cambio político. Uno, la economía. ¿Qué hacemos nosotros con la economía? El Estado controlador ha fracasado —desde la extinta RDA hasta las comunas de Mao, pasando por visiones más liberales como lo que intentaron hacer en la Europa del este una vez que cayó la cortina de hierro—. El Estado en Venezuela tiene que ser redefinido. Su papel debe ser marcar reglas, impulsar, articular. Dos. Las políticas sociales. La visión tiene que ser integral. Lo que arranque como un programa de hambre cero pase luego a un esfuerzo de formación para el trabajo que luego garantice un empleo sostenible, protección para los niños y ancianos y producción para los jóvenes. Tres. ¿Qué hacemos con la institucionalidad del país? Instituciones sí, pero no para que le sirvan a un partido político, sino a los ciudadanos. Cuatro. La educación. Mi generación aprendió de fechas, pero no de procesos, incluido la democracia. Una educación que pase de la formación tecnocrática a empoderar al ciudadano.

La propuesta programática está contaminada por la visión del poder, por las distintas variables ideológicas, por las apetencias personales. Se convierte en una suerte de pasticho, de galimatías, que le resta credibilidad a cualquier interlocutor de la oposición, especialmente en la esfera internacional. Favorece esa tesis de que al mundo no le interesa lo que ocurre en Venezuela.

De eso estoy seguro, por eso nos hemos dado a la tarea de formarnos y de darnos una visión programática que nos una. Tenemos una deuda pendiente. Quizás cuando había que hacer una propuesta programática, la simplificamos con una propuesta electoral. Pero eso ha cambiado en esta etapa. Acá hay visión y trabajo construido alrededor de lo que debemos hacer en esos cuatro pilares fundamentales. Eso ha permitido una mayor comprensión de lo que ocurre en el país. ¿Qué ocurre hoy en el mundo? Hay países que se movilizan por la respuesta política. La dictadura de Maduro, el uso de la represión, el uso de la violencia. Eso produce una solidaridad inmediata. Pero hay otro nivel que responde a otras variables. El mundo financiero, por ejemplo, que antes advertía esas incongruencias, hoy nos presta mayor atención, precisamente porque conoce cuál es nuestra propuesta institucional de cómo se debe manejar el mercado. Hay llamados de atención de países muy importantes. China, por ejemplo, ha manifestado su interés de que el conflicto se encauce por la vía pacífica. Pero lo peor que le puede pasar a este país, una vez que salgamos de Maduro, es que venga un nuevo gobierno y alrededor de la materia cambiaria tengamos una discusión que nos divida. O que al transferir subsidios indirectos, mediante un bono a las personas, esa discusión nos re polarice. Lo peor es que queramos combatir el populismo con más populismo y terminemos de destruir el tesoro de la Nación.

El eco de la violencia, la represión, y la propuesta de una constituyente francamente dictatorial, efectivamente, han retumbado en la comunidad internacional. La gente acude en masa a las marchas de protesta a sabiendas de que la van a reprimir a sangre y fuego. Todos sabemos que esto no se puede sostener indefinidamente. Que hay un desgaste del material anímico, del material físico, del material político. ¿Ustedes han pensado hasta dónde se puede llegar? ¿Y cuál sería el desenlace?

El día del entierro de Juan Pablo Pernalete, cuando nosotros llegamos al cementerio, Elvira, su mamá, me toma de la mano y me dice: la noche antes de salir a la protesta, Juan Pablo lo último que hizo fue ponernos tu discurso en el teléfono, él se inspiraba en ti. El papá de Cañizales, cuando llegamos al entierro, me dijo mi hijo se tatuó por tu culpa y cuando yo le armé un rollo, me respondió. Pizarro es diputado, tatuarme no me va a acabar la vida. Y ambos padres tenían en común que el sacrificio de sus hijos no fuera en vano. Que esa pérdida humana, dolorosa, que anuda la garganta, no fuera en vano. Yo no soy pitoniso, no sé hasta dónde se puede aguantar. Pero hay algo de lo que sí estoy seguro. Aquí el que tiene la familia fuera del país y está cansado de verla por la pantallita, no se va a cansar de protestar. Aquí el que ha perdido a un familiar por la escasez de medicinas, por la violencia o la represión, no se cansa de protestar. Aquí el que no pueda realizar su proyecto de vida, porque sencillamente quebraron al país, no se va a cansar. El gobierno, con su forma de ver la política, con sus decisiones para preservar el poder a cualquier precio, ha puesto la pelea en un plano existencial.

Es cierto, para los venezolanos, la demanda de libertad y democracia se ha convertido en una lucha de vida o muerte. 

La constituyente y su fraude histórico es la consolidación de una dictadura en nuestro país; es la eliminación del voto directo, universal y secreto; es la eliminación del reconocimiento a cada uno de nosotros como ciudadanos. Pero además es lo que le permitirá al gobierno imponer una dictadura bajo un marco legal. Ni el ejercicio de la política, el periodismo o la economía, nada será como lo conocemos hoy. Y por eso, la protesta es radicalmente distinta a la que hubo en otros momentos del pasado. Una amiga, Teresa, del barrio Unión de Petare, me dijo. El que duerme en el piso no tiene miedo a caerse de la cama. A mí me impresionan esos dos minutos antes de que lleguemos al piquete. Ese lapso donde la manifestación se detiene, esos dos minutos de silencio de una masa que sabe adónde va, que sabe lo que va a ocurrir, pero lo hace convencida de que esa es la gota que cae sobre la piedra hasta que se rompa. Y que además, lo hace convencida de que el gobierno y su accionar ha cerrado, ha liquidado, todas las otras formas de expresión. No han permitido otra cosa que la represión.

Miguel Pizarro retratado por Roberto Mata

Pese a todo lo que hemos visto, pese a todo lo que hemos vivido como sociedad, el discurso del gobierno sigue inalterable. Los irracionales están del otro lado… la guerra económica… la estrategia opositora para provocar un golpe suave y la injerencia extranjera. Siempre hay un culpable en la acera de enfrente. Este discurso de la polarización, en nada se parece a lo que uno ve en la calle, sufrimiento, sacrificio, impotencia en muchos sentidos. Pero a la vez es el deseo de cambiar todo esto. ¿Cómo es que dos realidades se ven de forma tan distintas?

Yo creo que ellos parten de un principio erróneo. Ellos subestiman al país. Nos subestiman a nosotros. Y no hablo por la dirigencia opositora, digo a nosotros, los ciudadanos, los venezolanos. Ellos creen que la propaganda puede sustituir a la realidad. La propaganda tenía asidero cuando la bonanza petrolera permitía que muchas de las cosas que nosotros decíamos se vieran como alienígenas o anti climáticas, en medio de un país que recibía una lluvia de dinero y el cupo de Cadivi era de 3.000 dólares. Era un mundo imaginario, el que vivimos durante un rato. Pero en Amazonas, cualquiera que se enferme tiene que navegar 10 ó 12 horas en bongo para llegar a un centro de atención médica, en Delta Amacuro aumenta la peor epidemia de Sida que hayamos tenido en nuestra historia, en Bolívar regresó el paludismo, en Táchira todo el mundo sabe que la Guardia es la que hace el contrabando, en Zulia es el Ejército. En la región central hay una nueva clase económica, nuevos potentados, que vienen del gobierno. Y esa realidad estruendosa, que mueve al dolor, a la frustración y a la impotencia, pero que también mueve a la acción para cambiarla, es el peor enemigo que tiene la propaganda gubernamental. El 80% del país quiere cambio. El 60% responsabiliza a Maduro de lo que está ocurriendo. Es un país que tiene conciencia política de lo que está ocurriendo. Y que no se deja amedrentar ni manipular.

Los que quieren la paz versus los que quieren la violencia. Los que quieren trabajar por el país versus los que quieren destruirlo. En fin, los buenos versus los malos. Ese es el mensaje clave de VTV.

A nosotros nos califican de terroristas, de grupos violentos, porque la propaganda busca desmovilizar, busca amedrentar, aterrorizar. A mí me impresiona la claridad de la gente cuando dice. Aquí solo hay violencia cuando hay represión. Nadie puede decir que un plomo disparado por una carabina, que una bomba lacrimógena disparada a quemarropa, el uso de la ballena a corta distancia, como lo hacen, que provoca fracturas, y el arrollamiento pueden equipararse a un escudo de madera y una franela. Yo soy uno de los más moderados opositores que existen en el país. Siempre he creído que la confrontación violenta nunca debe ser una opción para nosotros. Creo en el reconocimiento, en la discusión, en la política que permita llegar a acuerdos, pero cuando estalla la violencia sin siquiera mediar palabra. ¿Cómo le dices a un chamo que no se defienda de las lacrimógenas? ¿Cómo le dices que no use un escudo de madera con el que intenta proteger de bombas lacrimógenas y perdigones a una masa de miles de personas?

En cada una de las protestas, los diputados de oposición y, particularmente, los más jóvenes, se ubican en la primera línea de fuego. ¿Cómo ha enfrentado la violencia? Digamos, en su caso personal.

La protesta tiene como tres bloques. Uno que va adelante, dispuesto a llevar perdigonazos o bombas, que está dispuesto a que no nos destruyan físicamente, en ese bloque me incluyo porque tengo la condición física y la convicción mental de que uno sólo puede dar testimonio con su ejemplo. Por eso estamos ahí. Hay un segundo bloque que está justo detrás del primero. Que está ahí para servir de apoyo, que tiene un malox, un trapito mojado. Que está pendiente de cargar un herido, atento y viendo cómo ayuda. Y un tercer bloque donde están los papás, las mamás, los tíos de quienes están en el primer y en el segundo bloque. Que saben que su papel es permanecer ahí y demostrar que somos una mayoría. Que somos una fuerza. Y cuando miras toda esa configuración ves a un pueblo que lucha contra una cúpula que quiere mantener la crisis.

Se acabó el cuento de la UNES (Universidad Experimental de la Seguridad), del uso proporcional de la fuerza. De la actuación bajo parámetros cónsonos con el respeto de los Derechos Humanos. Tanto bla, bla, para darle la razón a un viejo comunista: tombo es tombo, aquí y en cualquier parte del mundo. La revolución pacífica terminó siendo otra gran estafa.

Es así, por ahí iba a empezar yo. No sólo ha sido una gran estafa. Ha sido una gran traición. Muchos de los que están hoy en el gobierno estuvieron presos con mi papá entre 1980 y 1982. Aquí, en 1998, se prometió que se iba a acabar la persecución de la policía política. Hoy el Sebin allana con más impunidad que en los 60 y los 70. Aquí se permitía la visita a los presos políticos. Mis hermanos rompieron piñatas en el Cuartel San Carlos. Cantaron cumpleaños con los hijos de Virgilio Yunta y con los sobrinos del Gocho Hernández. Todos en el mismo recinto. Hoy ni siquiera eso se permite. Los aíslan. Y lo hacían utilizando el nombre de Belinda (dirigente estudiantil asesinada) que, por cierto, les quedó grande. En nombre de Belinda decían que aquí había una nueva propuesta policial, que era hora de que la protesta fuera libre. Que la ballena iba a quedar para regar el Parque del Este y el Ávila. Que aquí no iba a haber más homicidios extrajudiciales por parte de policías. ¿Dónde estamos hoy? Viendo la peor represión, con más saña a la que habíamos visto, al menos, en la última década. Es una traición porque los que hoy son victimarios fueron víctimas ayer. Parte de su legitimidad política venía del sufrimiento y de la promesa de que esas violaciones a los Derechos Humanos más nunca se iban a repetir. Esto tiene un componente de estafa. Pero sobre todo es una traición. ¿Cómo el Partido Comunista justifica lo que hoy estamos viviendo? ¿Cómo Tarek William Saab que estuvo con mi mamá y el padre Camuñas, ayudando en casos de violación a los Derechos Humanos en los años 80, puede dormir tranquilo?

Lo que uno ve en las marchas es mucho dolor, mucho sufrimiento. El alma de un país dolido. El sacrificio ha sido muy alto. Sin embargo, no hay una autoridad que diga, tal como Dudamel lo hizo, ya basta, ya es suficiente. ¿Por qué tanta indiferencia ante el dolor del pueblo?

Habría que explicar por qué actúan como actúan. ¿Cuál es el objeto de la violencia? ¿Cuál es el objeto de la represión, del asesinato? En primer lugar, que nos cuestionemos, que el dolor nos haga pensar que la protesta no tiene sentido. Que uno, después de hablar en el velorio con los amigos de Miguel (Castillo) se plante ante el espejo y se pregunte. ¿Será que el camino es por ahí? A lo único que ellos le prenden vela es que la duda nos lleve a preguntarnos. ¿Es correcta la presión de calle? Y que nosotros nos cansemos, nos rindamos o retrocedamos. No. Si bien este movimiento aún no ha sido determinante, yo no tengo ninguna duda de que lo será en el futuro. Es un movimiento que además ha despertado conciencias. Es el movimiento que obliga a la fiscal a hablar, que obliga al hijo del Defensor del Pueblo decir, pude haber sido yo, papá. Es el movimiento que hace que más de 80 guardias nacionales estén detenidos por negarse a reprimir. Y cuando hago el símil de la gota que cae contra la piedra es saber que lo que hacemos va a despertar conciencias. Yo estoy seguro de que lo que hoy vemos como indolencia, indiferencia, en el fondo es una enorme procesión por dentro. Hoy el que nos reprime y se burla cuando llega a su casa tiene un familiar al que le tiene que rendir cuentas y se tiene que calar un chaparrón. No puede salir a la calle y caminar tranquilo y eso, mucho más temprano que tarde, va a provocar que esos muros se rompan.

Ustedes encabezan este movimiento y se han puesto al frente, en la primera línea, a riesgo de su propia integridad física. Eso marca una diferencia con respecto a las marchas anteriores a 2007, donde más de un dirigente, al estallar la primera bomba lacrimógena, se subía de parrillero a una moto de alta cilindrada que seguía una ruta de escape. Ustedes que se han plantado frente a los militares para exigirle respeto al derecho a manifestar, al libre tránsito y a la propia Constitución, ¿Cómo interpreta esa diferencia?

Hay un cambio de paradigma. Yo soy un convencido de que uno tiene que predicar con el ejemplo. Tú puedes hablar de entrega y de sacrificio, pero si estás pendiente de las cámaras de TV y te subes a una moto, apenas detonan la primera bomba, no estás predicando absolutamente nada, más allá de palabras vacías. Y eres lo mismo que el gobierno. Nosotros aprendimos que la única forma de liderar es con el ejemplo. Es demostrando que uno está dispuesto a hacer lo mismo que le pide a los ciudadanos que hagan. Nosotros no somos superhéroes. No usamos el interior por encima del pantalón, ni llevamos capa, sino que afrontamos la política como seres humanos. ¿Por qué tratar de convencer a los militares para que nos dejen llegar a nuestro destino? ¿Por qué aguantar la represión y ser el último que se vaya? Porque si le pides a la gente sacrificios y entrega, no lo puedes hacer a través de twitter. No lo puedes hacer desde el estudio de televisión. Lo tienes que hacer desde el asfalto. Tienes que ganarte la legitimidad de que te escuchen.

¿Usted cree que vamos a conseguir el cambio por esta vía?

Yo creo que es una combinación de varias vías. La calle es una vía que se debe complementar con la presión institucional que haga la AN, con la presión internacional que hagan los organismos multilaterales. Que se tiene que complementar, además, con una vía política y electoral, que tenemos que forzar a que se abra. ¿Por qué tenemos que entender que son tres tableros? Porque eso nos ayuda a todos a interpretar por qué la agenda debe ser como es. ¿Por qué debe haber un día de manifestaciones masivas que reten al poder y traten de llegar a instituciones? ¿Por qué hay días en que esas manifestaciones deben ser simbólicas, que le suban el costo a los errores del gobierno, pero que también nos permitan reconocernos como iguales, más allá de la política? ¿Por qué debe haber días donde el centro debe ser el discurso político, la institucionalidad parlamentaria y la denuncia internacional? ¿Y por qué debemos forzar una salida pacífica y electoral que le dé un cierre político a esta crisis? Porque nosotros no somos un ejército de liberación. Un segundo objetivo que ellos persiguen con la violencia y con la represión es que nosotros dejemos de pensar como civiles y como ciudadanos y pensemos con una lógica militar y empiecen las discusiones de por dónde tiene que ir la estrategia de calle. No, por donde nos metamos nos van a reprimir. No, tenemos que seguir un camino pacífico, institucional, que tenga como colofón, un cierre político a todo esto.

 

Los colectivos venezolanos, las bandas de civiles armados que atacan a los manifestantes y defienden a Maduro. The NYT

Cientos de miles de manifestantes han tomado las calles de Caracas y otras ciudades exigiendo que se realicen elecciones en Venezuela. Credit Foto: Meridith Kohut para The New York Times

y , 22 abril 2017 / THE NEW YORK TIMES

CARACAS, Venezuela — Los motociclistas llegaron con un estruendo; eran una falange de chaquetas rojas con ropa oscura. Algunos llevaban los rostros cubiertos mientras aceleraban los motores ante los manifestantes. Arrojaron bombas de gases lacrimógenos para dispersar a la multitud y, según los testigos, luego sacaron las pistolas y dispararon.

Carlos Moreno, de 17 años, cayó al suelo y un charco de sangre se formó alrededor de su cabeza. “Se le estaba saliendo la materia cerebral”, recordó Carlos Julio Rojas, un líder comunitario que presenció el tiroteo sucedido en Caracas el miércoles pasado.

Quienes estaban en la protesta dicen que los hombres uniformados que dispararon contra Moreno no pertenecían a las fuerzas de seguridad del gobierno. Eran miembros de bandas armadas que se han convertido en agentes clave para el presidente Nicolás Maduro, quien intenta sofocar las crecientes protestas contra su gobierno.

Esos grupos, que reciben el nombre de colectivos, forman parte del escenario político venezolano desde hace mucho tiempo, pues fueron fundados como organizaciones comunitarias a favor del gobierno. Según los expertos que estudian su conformación, se trata de civiles con entrenamiento policial que han sido armados por las autoridades.

Los colectivos controlan un vasto territorio del país y en algunos casos se financian por medio de actos delictivos como la extorsión, el contrabando en el mercado negro de alimentos regulados y el narcotráfico. El gobierno tolera sus actividades a cambio de lealtad.

Actualmente parece que desempeñan un papel importante en la represión de la disidencia.

Cientos de miles de manifestantes han tomado las calles de Caracas y otras ciudades exigiendo que se celebren elecciones. Las protestas se han intensificado debido a la crisis económica que ha generado una gran escasez de productos básicos como alimentos y medicinas —así como una reciente resolución del Tribunal Supremo de Justicia con la cual intentó asumir las funciones de la Asamblea Nacional— lo que ha contribuido a la desestabilización del país y se han convertido en la amenaza más grande para el gobierno actual desde el golpe de Estado que en 2002 destituyó, por unas pocas horas, a Hugo Chávez.

Maduro ha respondido desplegando efectivos de la guardia nacional armados con cañones de agua, balas de goma y perdigones para dispersar a las multitudes. Pero diversos expertos y testigos aseguran que, junto a las fuerzas de seguridad, también actúan los colectivos que se dedican a una intimidación más brutal y, en muchos casos, mortal.

“Esos son los verdaderos grupos paramilitares de Venezuela”, dijo Roberto Briceño-León, director del Observatorio Venezolano de Violencia, un grupo académico que monitorea los actos delictivos en el país.

Los colectivos se han convertido en agentes represores a medida que han disminuido los ingresos del gobierno venezolano a causa de la creciente deuda externa y la caída de los precios del petróleo. Según muchos venezolanos, los colectivos aparecen en casi cualquier protesta en la que el gobierno perciba que los ciudadanos se pasan de la línea, desde los rutinarios conflictos laborales con sindicatos hasta las manifestaciones estudiantiles.

Read in English

Durante las recientes confrontaciones en Caracas, los efectivos policiales han perseguido a los manifestantes, lanzado gases lacrimógenos y disparado balas de goma. Credit Meridith Kohut para The New York Times

Eladio Mata, un dirigente sindical del sector salud, dice que el año pasado los miembros de un colectivo le dispararon cuando se estancaron las negociaciones en el Hospital Universitario de Caracas.

Mata cuenta que cuando llegó a la puerta principal del hospital se encontró con varios hombres que le impidieron salir. Él cree que fueron llamados por la directiva del hospital. Los miembros del personal intentaron ayudarlo a salir, pero un miembro del colectivo le disparó en la espalda. Luego tuvo que ser arrastrado a una sala de operaciones para una cirugía de emergencia.

“En este país está prohibido disentir”, dijo Mata.

Oscar Noya, un investigador de enfermedades infecciosas tropicales, dijo que su laboratorio ha sido objeto de actos vandálicos en unas 30 ocasiones, perpetrados por miembros de los colectivos que destruyen sus equipos y se llevan los cables eléctricos.

Noya cree que ordenaron vandalizar su sitio de trabajo porque suele publicar información sobre epidemias de enfermedades infecciosas que el gobierno no informa, particularmente la propagación de la malaria.

También comentó que las autoridades han guardado silencio ante sus repetidas denuncias, por lo que cree que los colectivos han “alcanzado un nivel de impunidad total”.

“Si la revolución pierde la presidencia mañana,
los colectivos inmediatamente se convertirán
en una guerrilla urbana”.
Fermín Mármol, criminólogo

Los expertos dicen que los colectivos se originaron en los primeros días del gobierno de Chávez, quien originalmente los concibió como organizaciones sociales que le ayudaran a instaurar su visión de una revolución socialista que transformara los barrios pobres de Venezuela. Muchos tenían sus propios nombres, banderas y uniformes. Finalmente, el gobierno les impartió entrenamiento de armas y seguridad, para desplegarlos como un grupo de milicias.

A medida que los grupos se hicieron más poderosos, ejercieron su propia influencia, sobre todo respecto al control de actividades del crimen organizado como el tráfico de drogas en los barrios de Caracas.

Su poder llegó a ser tal que, en 2014, algunos tuvieron violentos enfrentamientos con la policía como parte de un esfuerzo por expulsar a un ministro del Interior y Justicia que trató de frenarlos. Más recientemente, otros miembros de colectivos han librado mortales reyertas con soldados durante el despliegue de operaciones militares que buscan contener el crimen organizado.

Según Fermín Mármol, un criminólogo de la caraqueña Universidad Santa María, esos grupos controlan el 10 por ciento de los pueblos y ciudades de Venezuela. Mármol explicó que la profunda inclinación ideológica de los colectivos significa que defenderán a Maduro a toda costa.

“Si la revolución pierde la presidencia mañana, los colectivos inmediatamente se convertirán en una guerrilla urbana”, dijo el experto.

Paramédicos evacuan a un manifestante que resultó herido durante los enfrentamientos con policías. Credit Meridith Kohut para The New York Times

Las bandas de colectivos han sido acusadas de ataques contra periodistas que cubren sus actividades en las calles. Sin embargo, en algunas entrevistas, sus líderes han negado cualquier vinculación con actividades criminales y dijeron que se dedicaban a defender la revolución.

A pesar de sus ataques contra los disidentes, para algunos venezolanos de los sectores más pobres los colectivos se han convertido en una fuente de orden aceptada por la gente.

Haide Lira, de 58 años, es una asistente administrativa que vive cerca del barrio de clase trabajadora La Vega y dijo que los enfrentamientos entre manifestantes y los colectivos han sorprendido a los vecinos. Ella simpatiza cada vez menos con quienes protestan. “Así no se presiona a un gobierno”, opinó.

Sobre los colectivos, comentó: “Ellos ponen orden donde hay desorden. Es cierto, son civiles armados, pero ¿qué se puedes hacer en este mundo que está al revés?”.

Pero los ataques contra los manifestantes han traumatizado a muchos, como es el caso de Rojas, el líder comunitario que fue testigo de la muerte de Carlos Moreno. Cuenta que los manifestantes intentaron salvar a Carlos; subieron su cuerpo a una motocicleta para que llegara rápido a un hospital, donde fue declarado muerto.

Algunos trataron de perseguir a los agresores, pero fueron refrenados por otros que les dijeron que sería inútil. Rojas trabaja con políticos de la oposición y explicó que se había acostumbrado a los ataques, que durante mucho tiempo han formado parte de su trabajo como activista.

“Atacan a sus vecinos cuando están en las filas para alimentos y son identificados como miembros de la oposición, atacan a los dueños de tiendas cobrándole extorsiones y atacan a los panaderos quitándole parte de su producción para venderla en el mercado negro”, contó. “No son verdaderos colectivos, o actores políticos. Son criminales”.

Observador Político: El drama de Venezuela

Paolo Luers, 22 abril 2017 / EDH-Observadores

La política tiene una dimensión personal que muchas veces no expresamos adecuadamente. Preferimos quedar en un plano analítico. El análisis es necesario, pero igual lo es el impacto personal que nos hacen los dramas humanos detrás de la política. Me duele Venezuela. Me duelen las imágenes de las manifestaciones pacíficas y masivas reprimidas por policías, militares y paramilitares que parecen fuera de control, pero no nos equivoquemos: actúan bajo control de Maduro y la cúpula chavista.

Pero igual, me siento sumamente orgulloso y optimista de ver a personas que en muchos viajes a Venezuela se han convertido en amigos, resistir a la fuerza bruta de un régimen que se resiste a aceptar que su pueblo le ha quitado legitimidad, apoyo y sostenibilidad. Ayer vi un video de la marcha opositora, en el cual Henrique Capriles, gobernador de Miranda y ex candidato presidencial, caminaba en primera fila enfrentando a los antimotines de la Guardia Nacional Bolivariana, con las manos arriba, no en señal de “nos rendimos”, sino en señal desafiante de “vean, venimos desarmados”… La Guardia les tiró a los manifestantes una batería de bombas con gas lacrimógeno, vi a Henrique tosiendo, asfixiándose, pero no retrocediendo. Estas imágenes solamente los podemos ver porque los periodistas independientes venezolanos su juegan el pellejo tomándolas y difundiéndolas en redes sociales. Son otros héroes de este drama. Los medios venezolanos hacer ratos han perdido la libertad de cubrir estos eventos…

Hoy vi un video muy parecido de Lilian Tintori, esposa de Leopoldo López, otro líder opositor, encarcelado desde hace tres años. Los muchachos le pusieron a Lilian una máscara de gas, y luego de respirar por unos momentos, ella se la puso a una señora que estaba al punto de asfixiarse.

Hoy recibimos en el almuerzo semanal de los Observadores de El Diario de Hoy a Tamara Suju, en cuya casa en Caracas tuve el privilegio de conocer, en el año 2009, a los intelectuales más brillantes de Venezuela: ex rectores de universidades, ex ministros, escritores, columnistas –todo un “Consejo de Sabios”-, discutiendo cómo unificar la oposición y cómo construir una mayoría para el regreso a la democracia. Pocos años después, Tamara tuvo que ir al exilio porque sus permanentes denuncias de capturas arbitrarias, torturas y otras formas de represión comenzaron a convertirse en un peligro para el régimen. Amenazaron a ella y su familia, y tuvieron que salir del país.

Tamara me contó del caso de Raúl Baduel, un joven que hace dos años fue detenido por su participación en una cadena humana en protesta contra la represión. Raúl fue vilmente torturado, es uno de los casos que Tamara está llevando ante el Tribunal de La Haya contra Maduro y sus funcionarios – por sistemática tortura de opositores. Conocí a Raúl en junio del 2010, en la cárcel militar Ramo Verde, donde visité a su padre, el general Raúl Isaías Baduel. Junto con toda la familia Baduel almorzamos bajo un gran afiche de Nelson Mandela. “Hay una sola cosa que temo”, me dijo el ex ministro de defensa de Hugo Chávez convertido en opositor y preso político, “y es que me pueden tratar de romper la moral tocando a mis hijos.” Exactamente esto pasó 5 años después, cuando detuvieron y sometieron a tortura a su hijo Raúl. Sin embargo, no lograron doblegar al general Baduel, y por tanto, pocos días antes de que terminara su condena, lo volvieran a acusar, esta vez por “traición a la patria”. Los dos siguen presos.

En Ramo Verde también está recluido Leopoldo López, a quien conocía en el 2008 cuando era alcalde de Chacao, lejos de ser el líder nacional en que se convirtió después. Tamara Suju, quien lleva el caso de Leopoldo ante el Tribunal Internacional de La Hay, cuenta que en estos días de convulsión lo hacen desnudarse varias veces al día, lo hacen caminar desnudo por el pasillo, le prohíben recibir a su familia, y le quitan sus libros. Si Maduro pensaba que con esto se podía quitar encima la pesadilla de un líder opositor que no le daba tregua, tuvo que observar que la captura de Leopoldo no dejó ningún vacío en la oposición. El calvario al que someten a Leopoldo ha creado una pesadilla que persigue a Maduro: No solo le ha dado a Leopoldo un estatus de héroe, también a su esposa Lilian, quien se ha convertido en la voz más escuchada contra las violaciones de los Derechos Humanos – en Venezuela y en el mundo entero.

A todo esto me refiero cuando digo que estoy orgulloso de mis amigos venezolanos, y optimista que van a lograr derrocar a Maduro y su mafia, de la forma que sea. Y solo lo puedo explicar en este plano muy personal, hablando de personas de carne, hueso y corazón que tuve el privilegio de conocer.

Y como es tan personal el drama de Venezuela, me duele cada vez que enciendo la televisión en estos días.

Crisis fiscal y presupuesto para bobos. De Paolo Luers


Negar sus votos en caso que el gobierno no está dispuesto a corregir el presupuesto no es sabotaje. Es el ejercicio de un derecho y deber constitucional.

Paolo Luers, 17 abril 2017 / EDH-Observadores

Luego de vacaciones, regresamos a lo mismo. Nuevamente vamos a escuchar tanto a los mal intencionados como a los sabios ingenuos exhortando ambos, gobierno y oposición, por igual a dejar de ser necios y a bloquear la solución al problema fiscal. Pongamos las cosas claras: Necio es quien no tiene razón y sigue insistiendo. Pero los que tienen razón y sostienen su posición, no son necios, son coherentes.

El gobierno tenía la oportunidad (y el deber) de poner todas las cartas sobre la mesa y presentar un presupuesto general de la nación completo, incluyendo todas las obligaciones del Estado y todos los gastos necesarios para cumplir su plan de gobierno. Pero el gobierno no lo hizo, porque entonces, su presupuesto hubiera tenido un déficit de unos 2000 millones de dólares. El gobierno hubiera tenido que ir a la Asamblea y negociar con ARENA el financiamiento de este presupuesto. En esta negociación, el gobierno hubiera pedido financiarlo con préstamos, y la oposición hubiera exigido enfrentar buena parte del déficit con recortes de gastos. No pongamos todo en el mismo saco: Una posición es necia, la otra es necesaria.

La Constitución manda que un presupuesto que incluye préstamos necesita mayoría calificada de la Asamblea. Esto significa que el gobierno está obligado a presentar un presupuesto y un plan de financiarlo aceptables para 56 diputados. Si un gobierno quiere deshacerse de esta obligación, tiene que ganar en elecciones parlamentarias una mayoría calificada de 56 votos que se lo permita. Mientras esta mayoría no exista, el gobierno está obligado a presentar un presupuesto aceptable para sus adversarios. No sé cual parte de esta regla simple el gobierno y muchos “sabios” no entienden

El FMLN no dispone de una mayoría para aprobar préstamos sin aprobación de la oposición. Pero tampoco quiere negociar su presupuesto con la oposición. Prefiere extorsionar y enganchar a los partidos minoritarios para alcanzar mayoría simple (de 43 votos) para aprobar un presupuesto incompleto – o sea, desaparecer el déficit omitiendo algunos rubros. En esta ficción el presupuesto parece equilibrado y financiado.

Pero estas mentiras siempre tienen patas cortas. Las obligaciones de pagar pensiones a los militares, de cancelar préstamos hechos al fondo de pensiones, de pasar el FODES a las alcaldías, no desaparecen por arte de magia. Las pueden desaparecer en el papel donde se imprime el presupuesto, pero no en la realidad. Por tanto, ahora que tienen encima estas obligaciones perfectamente previsibles, piden a la Asamblea que les autorice los préstamos que desaparecieron a la hora de presentar el presupuesto.

Por supuesto ARENA dice que no. Serían bobos si aceptaran esta extorsión. El gobierno, de manera fraudulenta, se hizo de un presupuesto que todo el mundo sabía que no reflejaba los gastos reales. Hoy echan la culpa a la oposición y le exigen que retrospectivamente les aprueben los préstamos necesarios para cubrir el déficit, con el argumento extorsionista que si ARENA les niega sus votos, afecta a la población. Este chantaje no extraña, es parte del populismo del FMLN. Pero sí extraña que analistas independientes les compren este relato y presionan por igual a gobierno y oposición.

Entonces, ahora está en la agenda lo que hubiera tenido que discutirse antes de aprobar el presupuesto: ¿Cómo financiarlo, con préstamos o con recortes, o con qué combinación de ambos? Y el gobierno tiene que enfrentar este debate y hacer concesiones, porque así lo demanda la Constitución: Para financiar un presupuesto con deuda necesitan mayoría calificada, y no la tienen sin los votos de ARENA.

Negar sus votos en caso que el gobierno no está dispuesto a corregir el presupuesto no es sabotaje. Es el ejercicio de un derecho y deber constitucional.

El que tiene que ceder es el gobierno. Tiene que aceptar que el presupuesto que con ayuda de sus aliados aprobó, es incompleto y desfinanciado. ARENA no se va a negar categóricamente a cubrir una parte del déficit presupuestario con deuda. Lo que sí tiene que rechazar es la idea de aprobar más deuda mientras el gobierno no acepte negociar el ajuste necesario para reducir gastos.

La versión de que aquí hay dos actores que por falta de voluntad de ponerse de acuerdo hunden al país en una crisis de impago, sólo sirve para quitarle presión al gobierno y pasarla a la oposición, debilitando la posición correcta de hacer valer el mandato constitucional de un presupuesto nacional equilibrado y financiado. No confundamos la necedad del gobierno, que a cualquier costo quiere seguir adelante con sus políticas populistas-electorales, con la necesaria oposición contra un presupuesto inconstitucional, que de todos modos le cuesta tanto asumir a ARENA.

¿Puede el mundo ayudar a que Venezuela revierta su trágica caída libre? De Abraham F. Lowenthal

Manifestantes en medio de un ataque con gas lacrimógeno durante una protesta contra el gobierno en Caracas, el jueves 6 de abril. Credit Cristian Hernandez/EPA

Abraham F. Lowenthal, profesor emérito en la Universidad del Sur de California, fue el director fundador de la organización Inter-American Dialogue y del Programa de América Latina del Wilson Center.

SANTA MÓNICA, California — La semana pasada, con la decisión del Tribunal Supremo de Venezuela de usurpar las funciones de la Asamblea Nacional elegida democráticamente, Venezuela tomó otro giro negativo, aunque la sentencia haya sido parcialmente rescindida unos días más tarde.

Esta decisión fue solo el ejemplo más reciente de que el gobierno venezolano está atacando a la oposición y la disidencia. Ha encarcelado a algunos líderes políticos opositores e intimidado a otros; impidió el referendo revocatorio constitucional; pospuso indefinidamente las elecciones municipales y gubernativas, y anuló sistemáticamente la separación de poderes… todo mientras el deterioro económico y social del país se agrava cada día. El ataque del gobierno a la Asamblea Nacional podría ayudar a que la oposición promueva la protesta popular, pero es difícil saber cuánto tiempo durará y cuánto puede lograr.

En este momento, es urgente que los venezolanos consideren si la influencia externa podría ayudar a revertir la caída libre del país, y de qué manera lo haría. La participación internacional a veces puede facilitar la resolución pacífica de conflictos nacionales aparentemente incorregibles, pero esto requiere una estrategia clara y un esfuerzo continuo.

La democracia no es un bien que pueda exportarse, debe hacerse crecer local y nacionalmente. Sin embargo, los líderes nacionales legítimos y de confianza pueden importar el apoyo y la experiencia internacionales para alcanzar la democratización. Esto sucedió con la campaña antiapartheid en Sudáfrica y con el apoyo internacional a la democracia en Chile, Polonia, España, Indonesia y Filipinas.

Algunos de los venezolanos que están buscando ayuda extranjera suelen esperar demasiado y demasiado pronto. Un grupo ha estado presionando a Estados Unidos para que imponga sanciones para obligar a Caracas a ceder, pero funcionarios estadounidenses experimentados han enfatizado los riesgos y la probabilidad de que el intervencionismo sea contraproducente.

“Es urgente que los venezolanos consideren
si la influencia externa podría ayudar a revertir
la caída libre del país, y de qué manera lo haría”

Otros han respaldado las iniciativas del secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, de suspender a Venezuela del grupo por un desacato a las normas democráticas. Los sucesos más recientes han incrementado considerablemente la preocupación en torno a Venezuela en todo el continente americano, pero puede que no se reúnan los dos tercios de votos necesarios para la suspensión. Aunque Venezuela fuera expulsado, no habría un impacto concreto más allá de aumentar el sufrimiento de la población venezolana, y podría empeorar las cosas al aplastar la disidencia dentro del régimen y aislar aún más a Venezuela de la influencia internacional.

Las expectativas irreales de la oposición acerca del papel de un grupo de presidentes designados por la Unión de Naciones Sudamericanas y por el Vaticano contribuyeron a la decisión de interrumpir el “diálogo” impulsado a finales de 2016. La Mesa de la Unidad Democrática, coalición de los partidos de oposición venezolanos, trató de aprovechar el diálogo para obtener concesiones del gobierno que no pudo lograr por sí misma, perdió la confianza en los facilitadores internacionales cuando no produjeron resultados rápidamente y no pudo mantener protestas populares importantes.

El gobierno, por su parte, utilizó el diálogo principalmente para frenar las ganancias electorales de la oposición. Ninguna de las partes parecía dispuesta a explorar intereses compartidos, identificar qué conflictos podrían resolverse o considerar los compromisos que podrían abrir el camino a posibles soluciones. Los acuerdos de transición en otros países han involucrado concesiones y acuerdos negociados en cuanto a las disposiciones constitucionales, los arreglos gubernamentales provisorios, el papel de las fuerzas armadas, las amnistías, la justicia de transición y, a veces, incluso el reparto del poder.

Estados Unidos, Colombia, Cuba y otros países del Caribe quieren estabilizar las exportaciones de petróleo de Venezuela y evitar el aumento de la violencia, una ruptura del orden constitucional y más oleadas de refugiados. China también quiere estabilidad para asegurarse de que Venezuela pague los cuantiosos préstamos que le ha otorgado. Muchos en América y otros lugares tratan de evitar la violencia y la precariedad masiva. Algunos se preocupan profundamente por la protección de los derechos humanos básicos, entre ellos la gobernabilidad democrática, pero intentan evitar un intervencionismo contundente que podría provocar problemas más profundos y resentimientos duraderos.

La medida indispensable para conseguir una participación internacional constructiva es que los líderes de la oposición fortalezcan su causa internamente. Para lograrlo, es necesario concebir una visión atractiva del futuro de Venezuela, como lo hicieron de forma convincente la oposición al general Augusto Pinochet en Chile, y Nelson Mandela y el Congreso de la Nación Africana en Sudáfrica. Las fuerzas de oposición deben hacer más que denunciar al gobierno actual. Deben superar rivalidades personales y formar una coalición unificada, no solo para ganar poder, sino para gobernar. También deben mantener el apoyo popular y un enfoque preciso para preservar la constitución.

“Las fuerzas de oposición deben hacer más
que denunciar al gobierno actual.
Deben superar rivalidades personales
y formar una coalición unificada,
no solo para ganar poder, sino para gobernar.”

Al mismo tiempo, deben idear acercamientos que le ofrezcan una vía de escape al régimen. Esto puede requerir la promesa de que no habrá represalias aun cuando se reconozca y proteja a las víctimas de las violaciones a los derechos humanos. Deben preparar planes para restaurar el orden público mientras garantizan el control civil democrático de las fuerzas de seguridad. Además, deben presentar propuestas creíbles para restablecer el crecimiento económico mediante la participación de inversionistas nacionales y extranjeros mientras atienden las necesidades de los pobres.

En todos estos ámbitos, la comunidad internacional puede ofrecer aportes: puede abrir un espacio para el reconocimiento mutuo y la intercambio de ideas; facilitar acceso a expertos en asuntos clave; hacer presión y ofrecer incentivos a los participantes; brindar formación y asistencia técnica a los grupos políticos, a las organizaciones de la sociedad civil y a las fuerzas de seguridad, y ayudar a resolver materialmente la crisis humanitaria.

El fin del autoritarismo venezolano no ocurrirá hasta que al menos un sector importante dentro del gobierno perciba que se requiere un cambio. La amonestación de la fiscal general contra la acción del Tribunal Supremo, la cual ocasionó el retroceso parcial de la corte, indica que ya hay divisiones dentro del régimen chavista. Los que están abiertos al cambio necesitan estar seguros de que esto no implicará graves riesgos para el país ni para quienes han actuado conforme a la ley.

Una transición de la actual crisis de Venezuela a un futuro mejor puede estar más cerca que en los últimos meses, aunque puede que todavía no esté muy cerca. Mientras tanto, podría ser útil una mayor atención al desarrollo y la coordinación de estrategias para una transición no violenta.

Read in English

La política suspendida. De Alberto Barrera Tyszka

blog_ab_politica_suspendida_640416

Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 11 diciembre 2016 / PRODAVINCI

Hace un año, en estas fechas, aun estábamos celebrando. Habían pasado ya varios días del arrollador triunfo de la oposición en las elecciones parlamentarias y, todavía, se sentía en el aire un ánimo de cohetes. El ansia de cambio se había hecho mayoría. La esperanza se había mudado de lugar. Parece mentira que, doce meses más tarde, estemos aquí, otra vez, con menos ilusiones y con mucha más pobreza, represión y autoritarismo, sin nada que festejar.

La dirigencia opositora –más dividida de lo que pensábamos- le apostó a convertir la salida de Maduro en una nueva fantasía nacional, en la solución de todos los problemas. Se confió, pensó que el oficialismo respetaría las reglas del juego, y supuso que ya el escenario estaba preparado y dispuesto para un cambio. Que el Referendo Revocatorio era casi una cortesía natural, una forma de darle chance al Presidente de bajarse de la historia.

prodavinciDel otro lado, la dirigencia oficialista le apostó a violar la Constitución e impedir de mil maneras la democracia participativa y protagónica. Despojó a la nueva Asamblea de toda legitimidad y comenzó a sabotearla sin ningún pudor. El resultado ha sido catastrófico. Para ambos. Y también para el país, por supuesto. Mientras la crisis económica avanza, devorando de manera brutal y vertiginosa a la mayoría de la población, los actores políticos permanecen paralizados, engarzados en retóricas inútiles que solo los desgastan, los presentan muy lejos de la realidad. Con otras emergencias. Con otras prioridades.

La MUD parece ahora un conjunto desigual, errático. Es un coro donde cada quien dice una cosa distinta, donde a veces importan más las estrategias personales que las urgencias del país, donde ya hasta se acusan unos a otros (sin la necesaria contundencia de los nombres) de soborno o de traición, donde todo lo que se comunica resulta confuso, ambiguo, poco claro… Los errores de la dirigencia opositora no hacen más democrático al gobierno. Tampoco lo hacen más eficiente o menos corrupto. Pero le dan oxígeno. Y el oficialismo sabe administrar el caos. Tiene los recursos y el cinismo necesario para hacerlo. La defensa de sus privilegios les garantiza un sentido de la unidad más sólido. Viniendo de una derrota electoral y con un nivel bajísimo de aprobación, ha terminado el año logrando lo impensable: volver a suspender el sentido de alternabilidad en la sociedad venezolana. Minar el poder, el rigor y la legitimidad de las elecciones.

Después de haber decretado públicamente que estábamos en una dictadura, después de que la palabra dictadura se instaló con fuerza en el país, el final de este 2016 está marcado por una instancia donde todas las palabras, cada día, parecen deshacerse. La famosa mesa de diálogo ha convertido el diálogo en algo anodino, burocrático, etéreo. Casi podría ser una escena escolar: un cura italiano llama a los muchachos peleones de la clase y los encierra en un salón, obligándolos a conversar. Ninguno de los dos dice nada concreto. Se acusan, se excusan. Manotean. Se amenazan mutuamente. Pero nada más. Mientras, afuera, el colegio se derrumba.

La mesa de diálogo ocurre en otro lado, tiene otros calendarios, otras palabras. Y ya solo contagia confusión. Solo produce distancia. Entre el llamado a Rebelión después del 20 de octubre y la declaración de los líderes de oposición esta semana, hay un desastroso y prolongado coitus interruptus. La sensación que queda, después de todo, tampoco le conviene al gobierno. Ha sido obligado a negociar. Y aunque el oficialismo haya logrado momentáneamente congelar la protesta, no ha podido congelar la crisis. La mesa de diálogo ha terminado transmitiendo una imagen que los afecta a ambos: se trata de un espacio privado, donde los dirigentes supuestamente hablan, sin que eso tenga ninguna eficacia, sin que esté necesariamente conectado con lo que en verdad ocurre en el país.

La política parece, entonces, estar suspendida en un limbo. Mientras, las angustias de la mayoría de la gente siguen sueltas, desordenadas, en la calle. Calentando la calle.

prodavinci