Cuba

Mirarnos de lejos. De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 2 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

A veces la distancia desde la que vemos las cosas afecta poderosamente la impresión que de ellas tenemos. Es decir, cuando la distancia es corta es más fácil ignorar los males propios. Aplicado al país, esta distorsión en perspectiva –y sumada a eso, la poderosa fuerza de la costumbre– a veces consigue que persigamos prioridades erradas. Por ejemplo, a fuerza de costumbre y por el hecho de que lo vemos tan de cerca, la violencia estructural e inseguridad de la que padecemos da la apariencia de ser fija y permanente y por eso no faltan los desubicados que se enfocan en hacerle la guerra a la nomenclatura de nuestros accidentes geológicos y en vez de usar su influencia para resolver problemas reales.

EDH logY a ver, la distancia a veces tiene el efecto contrario y nos induce a otros a romantizar nuestra tierra. Desde lejos, cuando pienso en nuestro El Salvador, son los recuerdos cálidos los que saltan: los cielos despejados de octubre, la feria de diciembre y sus comidas y vestidos típicos frente a la Ceiba de Guadalupe, los tiempos en familia. No los índices de criminalidad, ni el PIB, ni lo mucho que nos han fallado nuestras autoridades. Los recuerdos melancólicos de El Salvador de postal no son representativos de El Salvador real. De vez en cuando es el dolor lo que ayuda a recordar esto, y fue precisamente dolor lo que sentí al leer la experiencia que, también desde lejos, tuvo mi amiga Leonor hace unos días.

La Leo es parcialmente responsable de mi título universitario, pues de no haber sido por sus generosos jalones cada mañana, llegar a la clase de las 7 a.m. en la ESEN habría sido mucho más complicado. Durante los últimos años de universidad compartí con la Leo sesiones de desvelo en grupos de estudio y aflicciones por exámenes para los que se nos “olvidaba” estudiar. No siempre coincidíamos (quizás ahora tenemos más en común que antes) en cuanto a ideas políticas, pero sí en el acuerdo de que El Salvador de nuestros sueños es más justo, más seguro y más igual. Porque conozco su compromiso sé que pondrá el postgrado que acaba de terminar en Oxford, Inglaterra, al servicio de nuestro país y Latino América. A continuación, transcribo sin editar parte la experiencia que acaba de vivir la Leo y que ella compartió en una de sus cuentas en las redes sociales. Espero que invite a reflexionar sobre la manera en que la perspectiva que tenemos afecta nuestra percepción de lo que significa vivir en El Salvador:

“Hoy, mientras desayunaba en un hotel en Estocolmo, conocí a Reinaldo, un refugiado político cubano que escapó del régimen castrista hace doce años. Me contó su historia y luego me preguntó de dónde era. “De El Salvador”, le dije. Su cara cambió y e immediatamente me dijo: “¡Uf! Cuánto siento por Uds. ¡Horrendo lo que se vive en tu país!”. La reacción me resultó extraña: un cubano exiliado -con todo y lo que eso significa- horrorizado por lo que pasa en mi país. Pero antes de que yo siquiera respondiera algo, siguió diciendo:

“Digo, régimen es régimen, pero que en un lugar sea una hazaña que un joven llegue a sus treinta años… ¡eso no tiene nombre!”. Pensé en cada elección en El Salvador –las pasadas y las que se vienen– y los interminables pleitos patéticos en Twitter que no pasan de eslóganes desfasados, de fantasmas imperialistas o “el coco comunista”. “¡TEMAN! ¡TEMAN! ¡NOS QUIEREN CONVERTIR EN CUBA!” – Qué absurdo, si ya somos ese infierno que horroriza hasta a un cubano exiliado…”.

@crislopezg

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La gran estafa bolivariana. De Joaquín Villalobos

JOAQUIN VILLALOBOSJoaquín Villalobos, 1 septiembre 2017 / NEXOS

Fidel Castro solía lamentarse de que la primera revolución marxista en el continente hubiera tenido lugar en un país pobre como Cuba; decía que habría sido mejor en un país rico como Venezuela y lo intentó. En los años sesenta un grupo de cubanos se sumó a las guerrillas venezolanas y cuenta Teodoro Petkoff, veterano de aquella insurgencia, que Fidel les propuso enviar al Che Guevara, pero los guerrilleros venezolanos se opusieron, obviamente el Che sería más ruido que ayuda. En los ochenta las luchas revolucionarias más importantes tuvieron lugar en Nicaragua y El Salvador, dos países más pobres que Cuba que estaban más para pedir que para dar. En ese contexto se derrumbó la Unión Soviética que era la gran proveedora, el panorama se volvió desolador, Cuba se organizó para resistir el hambre y, entonces, llegó Hugo Chávez.

Screen Shot 2017-09-03 at 9.59.00 PMA diferencia de Colombia, que es un país violento con una cultura política civilista, Venezuela es un país pacífico con una cultura política militarista. Muchos venezolanos les confieren a los militares el papel de “salvadores de la patria”. No es extraño que el rechazo al ajuste estructural de Carlos Andrés Pérez acabara convertido en oportunidad para el golpismo militar en 1992 y luego en la victoria electoral del teniente coronel Hugo Chávez en 1998. El militarismo venezolano de tradición conservadora, vocación autoritaria, pasado represivo y entrenamiento estadunidense, pudo así alcanzar el poder con una narrativa antipolítica como la de Fujimori, para luego asumir una plataforma izquierdista antineoliberal. La pregunta en aquel momento era si Chávez era un nuevo “gorilato militar” o una revolución como él decía.

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Intelectuales de izquierda de todo el planeta comenzaron a estudiar el militarismo venezolano y su propuesta de socialismo del siglo XXI. Se escribieron miles de páginas para darle a los uniformados bolivarianos sus credenciales revolucionarias. En vida a Salvador Allende nunca se le consideró un revolucionario, tampoco a Juan Velazco Alvarado, mucho menos a Juan Domingo Perón o al general Omar Torrijos a quien Fidel simplemente llamaba “guajiro filósofo”. ¿Qué tenía Chávez que logró que Castro cantara el “Happy Birthday” en inglés?, ¿qué hizo que estos militares terminaran aceptados rápidamente como revolucionarios? Los ingresos petroleros de Venezuela desde 1998 hasta 2016 se estiman en cerca de un millón de millones de dólares, el más grande boom petrolero en la historia de Venezuela. Una verdadera orgía de dinero a la que los militares venezolanos invitaron a los izquierdistas de todo el planeta. Fidel Castro, que ya había hecho gala de pragmatismo respaldando a los cuasinazis militares argentinos en la guerra de las Malvinas, se prestó para reconocer como revolucionarios a unos gorilas sin ideología que tenían mucho dinero y estaban dispuestos a repartir.

La plata venezolana llegó, así, a los extremistas de izquierda de todas partes: Estados Unidos, Gran Bretaña, España y toda América Latina; se pagaron consultorías a académicos europeos a precios de ejecutivos de Coca Cola, se financiaron partidos políticos, organismos no gubernamentales, campañas electorales, candidaturas presidenciales, convenciones internacionales, se inventó la Alianza Bolivariana de América, se alineó petroleramente a los pequeños países caribeños y con 90 mil barriles diarios de petróleo Cuba logró sobrevivir y ganar tiempo para empezar a transitar gradualmente al capitalismo porque su socialismo ya había fracasado.

El dinero venezolano tuvo tres destinos principales, una parte en políticas sociales, otra en geopolítica de protección y otra para los militares y la elite chavista. Todo esto se hizo con un manejo brutalmente ineficiente, despidiendo a los técnicos y colocando militantes en posiciones de gobierno, hasta alcanzar una burocracia de más de dos millones de personas. Las Fuerzas Armadas pasaron a tener el doble de generales que Estados Unidos ascendiendo a dos mil oficiales a ese rango, con ello tuvieron más cabeza que cuerpo, algo ilógico para una fuerza militar, pero lógico para distribuir corrupción. Compraron armamentos militarmente inútiles bajo contratos que les permitieron hacerse de miles de millones dólares. El desorden en el manejo de los recursos ha sido gigantesco, sin controles y bajo el supuesto de que gobernarían por siempre sin jamás tener que rendir cuentas a nadie.

El dinero era tan abundante que se tapaba el despilfarro con más despilfarro. Si escaseaba comida se compraba más y se la dejaba pudrir sin repartirla. En esa ruta se realizaron expropiaciones que lo mismo perjudicaban a grandes capitales que a panaderías de barrio. Las empresas expropiadas terminaron arruinadas, afectando el mercado, golpeando la estructura productiva y las cadenas de distribución de productos. Cuando cayeron los precios del petróleo estalló el drama del hambre para los más pobres y se les repartió represión como alimento. Los saqueos más violentos y la represión más brutal han ocurrido en antiguos bastiones chavistas, entre éstos, el lugar donde nació Hugo Chávez y el barrio donde vivió Nicolás Maduro cuando era pobre.

Por un momento algunos, aunque nunca estuvimos de acuerdo con la tal revolución bolivariana, pensamos pragmáticamente que, a pesar del desorden, el chavismo podía derivar en inclusión social, generación de nuevas elites y un partido político de izquierda que podía madurar con el tiempo. Pero no hubo ahorro, no hubo transformación productiva, no hubo planes sociales sostenibles, no hubo construcción de institucionalidad, se dejó de realizar elecciones libres cuando se tuvo certeza de perderlas y se inventaron una Asamblea Constituyente partidaria para quedarse gobernando para siempre por la fuerza. Entre el 6 de abril y el 7 de agosto los militares y paramilitares han asesinado a 156 personas y herido a más de 10 mil. Existen más de 600 presos políticos y la tortura se ha vuelto sistemática.

Las revoluciones, equivocadas o no, descansan en procesos sociales en los que se lucha en desventaja contra un poder muy superior. Esto obliga a un despliegue extraordinario de mística, heroísmo, espíritu de sacrificio, capacidad de organización, un extenso voluntariado y un manejo austero de los escasos recursos de que se dispone. Las revoluciones suelen ser por ello un momento muy religioso de la política. Nada de esto estuvo, ni ha estado presente en el ascenso del chavismo. Este llegó al gobierno vía elecciones libres, una vez allí pasó a administrar una abundancia extraordinaria, durante dos décadas reinó políticamente en el continente y gozó de la tolerancia de cuatro gobiernos de Estados Unidos. Es hasta que empezaron a matar, apresar y torturar que se acabó la tolerancia.

En Venezuela se produjo un engendro en el que se combinaron la utopía izquierdista, el autoritarismo militarista de derechas, el oportunismo geopolítico, la ineficiencia de gobierno y el dinero como factor de cohesión. Ni los utópicos, ni los militares sabían cómo gobernar y el resultado ha sido fatalmente destructivo. Corrupción hay en todas partes, pero el problema más grave es que en Venezuela, mientras todos se ocupaban de robar, nadie se ocupaba de gobernar en serio. El engendro derivó en una cleptocracia de gran escala. Más que militancia revolucionaria construyeron redes clientelares, las milicias y “colectivos” son lumpen pagados y la propia dirigencia izquierdista terminó en una descarada corrupción.

Recuerdo que en una ocasión se acusó a Fidel Castro de tener cuentas en el extranjero y éste respondió con mucha firmeza que estaba dispuesto a renunciar si se lo probaban. La aplicación de sanciones personales por parte de Estados Unidos a Nicolás Maduro y otros 22 dirigentes chavistas incluye congelarles cuentas y bienes en Estados Unidos. Ni Maduro ni los principales dirigentes incluidos en estas listas han negado que posean bienes y cuentas. Al vicepresidente Tareck El Aissami se le ha descubierto una fortuna personal de varios cientos de millones de dólares. ¿Cómo fueron tan estúpidos para declararse revolucionarios antiimperialistas y al mismo tiempo abrir cuentas y comprar propiedades en Estados Unidos?

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El desastre del chavismo es un golpe moral muy grande al extremismo de izquierda, porque reafirma la inviabilidad de su utopía. No sólo por el fracaso programático bolivariano ha derivado en crisis humanitaria, sino porque el rechazo visceral a la riqueza y al capital se ha evidenciado como hipocresía y hasta como resentimiento social izquierdista. Lucen ahora como la iglesia católica con el celibato, que trae como resultado todo tipo de perversiones sexuales. Venezuela prueba cómo la codicia llevó a la extrema izquierda a bendecir como revolución a una dictadura militar cleptocrática. Es cierto que se combinaron intereses políticos, pero la codicia personal ha sido un componente colectivo indiscutible en la red clientelar mundial chavista que ha dejado a no pocos “revolucionarios” convertidos en millonarios. No tiene nada de malo tener dinero, pero es hipócrita proclamarse anticapitalista y volverse rico con dinero público.

El ser humano está programado para la competencia y la cooperación, intentar sistemas que descansen sólo en uno de estos dos grandes componentes de la naturaleza humana es una receta para el fracaso. Se puede ser rico y solidario y también se puede ser pobre y codicioso. El verdadero proyecto de izquierda debe poner el énfasis en la solidaridad, pero asumiendo sin pena y sin miedo la representación del derecho a la superación individual para darle oportunidad a la generación de riqueza. Sin deseo de superación no hay riqueza y sin solidaridad no hay seguridad. Sin ambas cosas no se puede superar la pobreza. La razón de los éxitos del centro izquierda en Uruguay, Chile, Costa Rica, España, Suecia, Noruega, Dinamarca y otros países reside en el respeto al mercado y a la democracia. Cuba y Venezuela reafirman nuevamente que la utopía izquierdista no funciona. Ésta genera pobreza y dictadura y vuelve hipócritas y cínicos a dirigentes que se inician con voto de pobreza y terminan invadidos por la codicia.

¿Por qué nadie le dijo a Chávez que no se peleara con el mercado y que evitara expropiar empresas? Cuando él llegó al gobierno, la extrema izquierda ya venía de regreso en ese tema, incluso cuidando la estabilidad macroeconómica en arreglos con organismos financieros. Algunos países con gobiernos de izquierda que se definieron bolivarianos respetaron el mercado y sus economías han crecido. ¿Por qué Cuba, que estaba desarrollando reformas capitalistas, en vez de señalar el error empujó al chavismo a la radicalización? ¿Por qué los consultores izquierdistas europeos tampoco dijeron nada? Callaron porque el desorden y el despilfarro bolivariano era una condición óptima para sacar recursos mediante acuerdos políticos, una economía más ordenada hubiera obligado a controles administrativos. Al final todo esto ha sido una gran estafa, la extrema izquierda engañaba al chavismo, los militares engañaban a la extrema izquierda, los cubanos engañaban a los venezolanos, los chavistas se engañaban a ellos mismos y todos juntos engañaron a los más pobres.

Carta a Trump: Salvar Venezuela sin ir a la guerra. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 15 agosto 2017 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Dear Donald:
Sé que tiene un Departamento de Estado acéfalo y que sus únicos asesores son militares. Se nota. Le voy a mandar algunos consejos no solicitados, a los cuales usted por supuesto ni siquiera haría caso si le lo diera algún experto anglosajón en política hacía América Latina.

masSi realmente quiere ayudar a Venezuela a recuperar su democracia, lo peor que puede hacer es amenazar a Maduro con una intervención militar de Estados Unidos. Es de las pocas cosas que a esta altura le pueden dar oxígeno a este régimen aislado interna y externamente. Maduro y sus narco-generales lo aman por esta su nueva bravuconería.

En vez de esto, lo que el presidente de Estados Unidos debe hacer son tres cosas:

  1. EDH logHablar con Cuba y darle garantías que con un cambio de régimen en Venezuela no perderá el suministro de petróleo. O sea, convencer a Cuba que sostener a la fuerza a Maduro y apoyar la represión contra la oposición no es la única forma que Cuba puede asegurar su sobrevivencia económica. Esto requiere negociaciones paralelas con la oposición venezolana.

Pero lo que usted hace es cerrar las puertas recién abiertas de comunicación con Cuba, obligando a Castro y Maduro a defenderse mutuamente.

  1. Negociar con China, que es el principal acreedor de Venezuela. Venezuela ha empeñado los próximos 20 años de su producción petrolera a China, y Pequín sabe perfectamente que el régimen de Maduro, aunque logre sobrevivir a pura fuerza de represión, nunca tendrá capacidad de honrar esta deuda. La única manera de asegurar que Venezuela le pague a China es un cambio democrático que logre reconstruir la economía nacional. Nuevamente, igual que en el caso de Cuba, Estados Unidos puede dar las garantías que va a facilitar que un nuevo gobierno venezolano, con la ayuda de los organismo financieros internacionales, honre la deuda con China.

Pero lo que usted hace es tensionar la relación con China con su discurso de guerra comercial y sus amenazas militares a Coreo del Norte.

  1. En vez de amenazar con suspender las compras de petróleo a Venezuela, mejor negocie con Colombia para que juntos corten la conexión narco que mantiene funcionando el régimen narco-militar venezolano. Boicotear el petróleo venezolano afectaría a la población venezolana que ya está sufriendo la crisis de abastecimiento. Cortar la conexión FARC-Maduro y su negocio narco, sólo afectaría y efectivamente debilitaría a las cúpulas militares y políticas de Venezuela.

Estoy claro que su ceguera ideológica no le permitirá modificar sus políticas hacía Cuba y China, ni siquiera para salvar Venezuela y estabilizar América Latina. Pero la tercera opción, tal vez la más efectiva para debilitar a Maduro, encaja perfectamente en su discurso macho, Mr. Trump. A menos que sea discurso y nada más.

Si tiene más preguntas, consulte con los expertos en América Latina que abundan en Washington. O haga que su embajadora en Salvador me llame. Tengo varias cosas que me gustaría discutir con ella.

Sincerely yours,

44298-firma-paolo

A Venezuela por Cuba. De Jorge Castaneda

No hay una solución para la tragedia de Caracas que no pase por Washington y La Habana.

Aspecto de la 47 Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), en Cancún.

Aspecto de la 47 Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), en Cancún. Mario Guzmán EFE

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, 28 junio 2017 / EL PAIS

Una de las posibles explicaciones de la interminable tragedia venezolana yace en la persistente indiferencia o complicidad de la región latinoamericana. Hace años que los vecinos de Venezuela debieron haber tomado cartas en el asunto y evitar el paulatino deslizamiento del régimen de Chávez y ahora de Maduro hacia la dictadura en el que se ha convertido. Una vez iniciada la espiral descendente, debieron actuar para revertir la tendencia. Nada de eso sucedió. Hasta ahora. Ya era tiempo.

Hay varios resultados de la Reunión de Consulta y de la Asamblea General de la OEA, celebradas en Cancún entre el 19 y el 21 de junio. Tres revisten particular relevancia, tanto para México, como país anfitrión, como para el resto de América Latina, sin menosprecio de las consecuencias y balances para Venezuela, tema central de los debates.

Empezando por México, por fin vuelve a contar con una postura moderna, digna y correcta. En Cancún, el país antepuso los compromisos regionales de defensa colectiva de la democracia representativa y de derechos humanos a los principios caducos de no intervención y de supuesta autodeterminación de los pueblos. Durante muchos años, México combinó, en ocasiones con una leve dosis de hipocresía, la no intervención con el combate diplomático a las dictaduras latinoamericanas (y al régimen de Franco, por cierto). Rompió relaciones con Pinochet y con Somoza; apoyó a la oposición chilena, nicaragüense y salvadoreña contra los Gobiernos autoritarios de esos países, tanto localmente como en foros internacionales. Colocó esta encomiable definición en una línea más congruente al censurar, desde 2001, a la dictadura castrista en la ONU, y en el plano bilateral, desde 1998. Hoy, con Venezuela, vuelve a esa tradición, al cabo de un decenio de abandono.

Este avance de política exterior de inmediato generó repercusiones en la política interna. No se puede disociar la posición mexicana ante Venezuela de la decisión de duplicar las aportaciones aztecas y de los demás países al sistema interamericano de derechos humanos. Tampoco es útil separarla de la declaración del canciller Luis Videgaray de dar la bienvenida a todo escrutinio externo, incluyendo observadores internacionales para las elecciones del 2018. No se puede lo uno sin lo otro, aunque el abogado de los padres de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa admire a la dictadura de Maduro.

Los Gobiernos que representan a más de 90% de la población y del PIB de América Latina votaron por una resolución sobre Venezuela contra la convocatoria a la Asamblea Constituyente. Hace pocos años, Brasil, Argentina, Perú y México no lo hubieran hecho. Solo Bolivia y Nicaragua se solidarizaron con Maduro; ni Ecuador ni El Salvador los siguieron. El cambio es notable. Sin embargo, México y sus aliados fracasaron. No se consiguieron los votos necesarios para que el proyecto de resolución fuera aprobado. Fue imposible arrancar tres votos más a los países del Caribe, que hicieron la diferencia, entre abstenciones y votos en contra.

Hay varias explicaciones. La primera es la que parte del petróleo que Venezuela regala o vende con subsidio a las islas caribeñas. La segunda consiste en que EE UU no hizo la tarea. Rex Tillerson, el secretario de Estado, no viajó a Cancún, y debilitó así el esfuerzo de todos. Hay un caso especialmente escandaloso: República Dominicana. Que EE UU no pueda convencer a Santo Domingo que vote con él es increíble. Otra interpretación adicional involucra a otro país formalmente ausente en Cancún: Cuba, que ejerce una enorme influencia sobre esos pequeños países vecinos porque ha puesto en práctica una política de cooperación, desde hace muchos años. Ha enviado a miles de agentes de inteligencia, médicos, maestros, instructores deportivos y militares. Esto le ha aportado a Cuba un gran ascendiente sobre sus gobernantes.

Por otro lado, México, Brasil, Argentina y Colombia han hecho hasta lo imposible para complacer a la dictadura cubana, en detrimento de sus propios valores y principios. Ya es hora de que haya un mínimo de reciprocidad cubana por estos esfuerzos desmedidos que todos han llevado a cabo por Cuba. Tal vez no surgieron las condiciones para alcanzar esta correspondencia cubana en las reuniones de Cancún. Pronto se celebrarán otras reuniones y surgirán otras oportunidades. Pero tres tesis parecen evidentes. No hay salida de la tragedia de Caracas sin Cuba; no habrá cooperación cubana sin algo a cambio; solo EE UU tiene algo que dar a cambio.

Welcome to Savage Capitalism. De Wendy Guerra

 Students gathered at the University of Havana in November after Castro’s death. Credit Mauricio Lima for The New York Times

Students gathered at the University of Havana in November after Castro’s death. Credit Mauricio Lima for The New York Times

Wendy Guerra, escritora cubana

Wendy Guerra, escritora cubana

Wendy Guerra, 3 diciembre 2016 / THE NEW YORK TIMES

HAVANA — He came down from the Sierra Maestra with his troop of rebel soldiers, looking sharp in his olive-green uniform, with his long beard and Santa Juana seed necklace. He and the other bearded men, his barbudos, quickly made camouflage and epaulets chic, transforming fashion from the Paris catwalks to the New York subway.

Vea el original en español abajo

But shortly after Fidel Castro entered Havana on Jan. 8, 1959, the revolutionary government began enforcing aesthetic prohibitions. Despite the rebels’ insouciant air, a witch hunt began against young people who themselves wanted to wear long hair, scraggly beards and the same guerrilla outfits that had captivated the nation — a nation that, from then on, was not supposed to look as subversive as its leader.

“Why does Fidel wear whatever he wants but we have to cut our hair to go to school?” I asked my mother.

“Because there is only one star in this show; the rest of us are supporting actors,” replied my mother.

The soundtrack of my life was a speech by Fidel. I heard his hoarse voice, his repetitive turns of phrase, even in dreams. When I was a little girl, I would stand in my school uniform for hours on end next to my mother in the Plaza de la Revolución, sweating and sunburned, hungry and thirsty, as he fired off endless litanies of numbers and percentages. Did Fidel, I wondered, never need a drink of water? Did he never need the bathroom?

When Fidel appeared on television in his pristine olive-green uniform, surrounded by presidents of other countries in suits and ties, I’d ask my mother: “Why is our president always dressed up like a soldier? Are we at war?”

My mother tried to explain that this was how Fidel went through life, that he was an eternal warrior and that his battle was not over yet.

When I was 12 I learned that presidents entered and left office through elections; until then I had presumed that presidents stayed in power until they died. “Mommy, is Fidel the king of Cuba? Is that why we don’t have elections?”

Every step my country took was dictated and defined by him. Everything I have become was decided by him or the institutions he created: what I could eat, what I could wear, what I could study.

When I began to travel abroad, I had to confront cash machines and the open microphones of uncensored journalists, and I understood then that I had spent my entire life in captivity. I did not know how to behave like someone from the Western world even though, geographically, that’s where I was born.

What will become of us now that Fidel is gone? Cubans of my generation have been educated under a paternalistic system that is nothing like the jungle to which we have now escaped. We are totally unprepared. The Russian fantasy lasted too long. I am a person untrained for the speed of the real world.

Is that why I still live on this island when so many others have left?

When I learned of the comandante’s death, I realized that from now on we would have to fend for ourselves. We would have to learn to move through life as citizens of the world, not as the sheltered apprentices of a delirious master.

What will become of us without the zoo where they feed you, cure you, train you, polish you and gag you — and then realize that they don’t know what to do with you, with everything you know, are and want to be? What will become of the Cuban people without an obsessive, overprotective “father” who won’t allow them to sneak out into “savage capitalism”? What will become of us without that person who thinks for us, who gives us permission to enter and exit an island surrounded by politics and water? Who will give me — or deny me — permission to be the person I am?

On Nov. 26, the morning after Fidel died, I felt this little cage open, just a crack. I looked at the empty, silent city. But I didn’t go out to breathe in the cool air. Instead, I moved away from the door. I was afraid that someone might come in and hurt me. I was scared. And I understood that the cage was inside of me.

I thought about my parents, now dead. This came too late for them. And I thought about myself, a censored author in Cuba, a 21st-century woman whose voice has long been silenced. Despite the fact that this was the chronicle of a death foretold, I realized that Fidel was not as immortal as he thought he was. His long speech had ended.

But his ideas had long since contaminated my blood. Fidel left that mark on all of us. And so my last question now hangs in the air: “How do we live without Fidel?”

***********

BIENVENIDO AL CAPITALISMO SALVAJE

Bajó de la Sierra Maestra con su tropa de soldados rebeldes, se veía elegante en su uniforme verde oliva, con su barba larga y su collar de semilla Santa Juana. Él y los otros hombres barbados, sus barbudos, rápidamente hicieron chic al camuflaje y las charreteras, transformando la moda desde las pasarelas de París hasta el subterráneo de Nueva York.

Pero poco tiempo después de que Fidel Castro entró en La Habana el 8 de enero de 1959, el gobierno revolucionario empezó a hacer cumplir normas estéticas. A pesar del aire despreocupado de los rebeldes, comenzó una caza de brujas contra jóvenes quienes querían llevar el cabello largo, barbas desaliñadas y los mismos trajes de guerrilla que habían cautivado a la nación, una nación que, desde ese momento en adelante, no podía aparentar ser tan subversiva como su líder.

“Por qué Fidel se pone lo que quiere pero nosotros tenemos que cortarnos el pelo para ir al colegio”, le pregunté a mi mamá.

“Porque en este espectáculo solo hay una estrella; los demás somos actores secundarios”, respondió mi mamá.

La banda sonora de mi vida era un discurso de Fidel. Escuché su voz ronca, sus frases repetitivas, incluso en sueños. Cuando era pequeña, me quedaba parada en mi uniforme de colegio por horas al lado de mi madre en la Plaza de la Revolución, sudando e insolada, con hambre y sed, mientras él disparaba letanías interminables de cifras y porcentajes. Yo me preguntaba si Fidel nunca necesitaba agua. ¿Nunca necesitaba el baño?

Cuando Fidel apareció en televisión en su impecable uniforme verde, rodeado por presidentes de otros países en saco y corbata, le preguntaba a mi mamá: “Por qué nuestro presidente siempre está vestido como un soldado? Estamos en guerra?”.

Mi madre trató de explicar que así era como Fidel pasaba por la vida, que era un eterno guerrero y que su batalla aún no había terminado.

Cuando yo tenía 12 años aprendí que los presidentes entraban y salían de la presidencia por medio de elecciones; hasta entonces yo había presumido que los presidentes permanecían en el poder hasta que morían. “¿Mami, Fidel es el rey de Cuba? Es por eso que no tenemos elecciones?”.

Cada paso que mi país tomó fue dictado y definido por él. Todo en lo que me he convertido fue decidido por él o las instituciones que él creó: lo que podía comer, lo que podía vestir, lo que podía estudiar.

Cuando empecé a viajar al extranjero, tuve que enfrentar cajeros automáticos y los micrófonos abiertos de periodistas sin censura, y entendí entonces que había pasado toda mi vida en cautividad. No sabía cómo comportarme como alguien del mundo occidental aunque, geográficamente, allá es donde nací.

¿Qué será de nosotros ahora que Fidel no está? Cubanos de mi generación han sido educados bajo un sistema paternalista que no es nada como la jungla a la cual ahora hemos escapado. Estamos totalmente sin preparación. La fantasía rusa duró demasiado. Yo soy una persona que no está entrenada para la velocidad del mundo real.

¿Es por eso que yo aún vivo en esta isla cuando tantos otros se han ido?

Cuando supe de la muerte del comandante, me dí cuenta de que de ahora en adelante tendremos que ver por nosotros mismos. Tendremos que aprender a deambular por la vida como ciudadanos del mundo, no como los protegidos aprendices de un maestro delirante.

Qué será de uno sin el zoológico donde le dan comida, lo curan, lo entrenan, le dan brillo y lo amordazan, y luego se dan cuenta de que no saben qué hacer con uno, con todo lo que sabe, y quiere ser? ¿Qué será del pueblo cubano sin un “padre obsesivo y sobreprotector que no les permitirá escaparse hacia el “capitalismo salvaje?”. ¿Qué será de nosotros sin aquella persona que piensa por nosotros quien nos da permiso de entrar y salir de una isla rodeada por política y agua? ¿Quién me dará, o me negará, permiso para ser quien soy?

El 26 de noviembre, la mañana después de que Fidel murió, sentí que esta jaulita se abrió, solo un tris. Miré la ciudad vacía y silenciosa. Pero no salí a respirar el aire frío. En cambio, me alejé de la puerta. Tenía miedo de que alguien iba a venir a hacerme daño. Tenía miedo. Y entendí que la jaula estaba dentro de mi.

Pensé en mis padres, ahora muertos. Esto llegó tarde para ellos. Y pensé en mi misma, una autora censurada en Cuba, una mujer del siglo XXI, cuya voz ha sido silenciada por mucho tiempo. A pesar del hecho de que esta fue una crónica de una muerte anunciada, me di cuenta de que Fidel no era tan inmortal como creía ser. Su largo discurso ha terminado.

Pero sus ideas desde hace mucho contaminaron mi sangre. Fidel dejó esa marca en todos nosotros. Y entonces mi última pregunta queda en el aire: “Cómo vivimos sin Fidel?”.

Permiso para criticar a Cuba. De Wendy Guerra

La izquierda quiere que se resista dentro de la isla para mantener la utopía revolucionaria.

Cuba vuelve a la normalidad tras la muerte de Fidel Castro. CHIP SOMODEVILLA (AFP)

Cuba vuelve a la normalidad tras la muerte de Fidel Castro. CHIP SOMODEVILLA (AFP)

Wendy Guerra, escritora cubana

Wendy Guerra, escritora cubana

Wendy Guerra, 11 diciembre 2016 / EL PAIS

En la Feria del Libro de Guadalajara, durante los días posteriores a la muerte de Fidel me reencontré con colegas y amigos, atendí las interminables solicitudes de la prensa y cené con editores, agentes o directores de festivales internacionales de literatura; en este contexto ha sido increíble ver las disimiles y viscerales reacciones que genera este suceso en cada uno de ellos. La mayoría de los autores latinoamericanos conserva su ilusión con la utopía revolucionaria y no ve con buenos ojos la crítica o el desencanto de quienes aquí vivimos.

Para muchos de ellos la situación ideal es esta: el cubano debe resistir en su trinchera al precio que sea necesario. Apuntalar la única utopía que resiste viva en el mundo, ocuparse de que no se filtre lo malo, lo nocivo, lo incoherente. “Salud y educación” es la bandera, aunque uno no viva en el hospital, aunque uno no pase su el paisvida aprendiendo. Esta imagen realista socialista es la coherente y conveniente. Encontrarle manchas al sol genera desestabilización en los cimientos de nuestras formaciones tópicas, ideo-estéticas, expresivas y hasta sentimentales. La resistencia deberá ser el modo de conservación ante pilares tan fuertes como el Premio Casa de las Américas, la Nueva Canción y el Nuevo Cine Latinoamericano; ninguno de ellos se ha preguntado si necesitamos una transformación de estos patrones. No parece importarles.

Nosotros aguantamos, soportamos y nos sacrificamos durante casi 60 años mientras ellos examinaron el asunto con su trago de whisky entre las manos, narrando luego el comportamiento ideológico y sociológico académicamente, viéndonos desde lejos bajo una campana de cristal, protegiendo una entelequia que al dejar de existir, los convertiría en huérfanos.

Nuestra izquierda es el referente maternal que los amamantó y nutrió; Fidel, el Alma Pater que los cobijó del antiimperialismo, somos el experimento en el que se debe seguir trabajando, material modelable que puede sobrellevar el proceso hasta encontrar la piedra filosofal.

En América Latina las derechas están demasiado a la derecha y las izquierdas cada vez más confusas, por ello nosotros tenemos el deber de continuar por el camino correcto, así nos ven.

“Nosotros aguantamos, soportamos y nos sacrificamos
durante casi 60 años mientras ellos examinaron el asunto
con su trago de whisky entre las manos”

¿Será que Cuba representa para el resto del mundo una izquierda en estado puro? ¿Será que les resulta falsa la reedición de este mismo proceso en el resto de América Latina? ¿Será que ninguno de estos líderes les parece creíble? Para los autores cubanos insertados en el contexto editorial iberoamericano actual es muy difícil defender el derecho a ser cubanos y pensar distinto, vivir en Cuba o fuera de Cuba siendo críticos con nuestro contexto es casi un pecado. En lo personal me siento haciendo algo malo cuando critico a mi país, es como si hubiese que pedir permiso para hacer lo que ellos hacen desde su condición de ciudadanos en cada uno de sus países.

Vivimos dando explicaciones de algo que, sinceramente, no hay cómo justificar. Los peruanos, chilenos y mexicanos se sientan en las mesas a desbarrar de sus gobernantes, de sus programas de salud, de los alcaldes, presidentes o ministros que no siempre —con buen tino— ellos mismos han elegido, pero para los artistas e intelectuales cubanos de mi generación encontrarle defectos a lo que resta de la utopía revolucionaria que no todos elegimos, no es, ante muchos de nuestros colegas, algo de buen gusto. El día que termine esta experiencia histórica muchos de mis colegas se verán abandonados a su suerte en sus pequeñas islas ilusorias.

De cualquier modo es sano poder debatir con ellos lo que dentro de Cuba me es imposible conversar, no hay espacios y sí un miedo fulminante. ¿Qué pasará en Cuba? ¿Quién es el relevo? Yo no he tenido elementos para responderles esta pregunta. Aunque ninguno me crea, sobre los cargos políticos los cubanos no disponemos. Como los ciudadanos no decidimos, siempre nos preguntamos ¿A quién van a poner? ¿A quién van a quitar?

De eso nos enteramos luego, en el Noticiero nacional de televisión o en el periódico Granma. ¿Alguien se ha preguntado si nos gustan estas determinaciones tomadas unilateralmente? Sin voz ni voto, esperamos las noticias. ¿No es eso un claro modo de leer lo paralizados que nos encontramos los ciudadanos de esta isla? De cualquier modo mis colegas deben saber que aunque los nacidos en esta isla no tienen permiso para criticar lo que ocurre dentro de Cuba, escribir, hablar o actuar sin permiso es, en el sentido literal, nuestro único acto verdaderamente revolucionario.

 

 

La muerte de Fidel. De Mario Vargas Llosa

La desaparición del dictador cubano marca el fin de un sueño de un paraíso, que sin libertad ni derechos humanos, se convirtió en un infierno.

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 11 diciembre 2016 / EL PAIS

El 1 de enero de 1959, al enterarme de que Fulgencio Batista había huido de Cuba, salí con unos amigos latinoamericanos a celebrarlo en las calles de París. El triunfo de Fidel Castro y los barbudos del Movimiento 26 de Julio contra la dictadura parecía un acto de absoluta justicia y una aventura comparable a la de Robin Hood. El líder cubano había prometido una nueva era de libertad para su país y para América Latina y su conversión de los cuarteles de la isla en escuelas para los hijos de los guajiros parecía un excelente comienzo.

En noviembre de 1962 fui por primera vez a Cuba, enviado por la Radiotelevisión Francesa en plena crisis de los cohetes. Lo que vi y oí en la semana que pasé allí —los Sabres norteamericanos sobrevolando el Malecón de La Habana y los adolescentes que manejaban los cañones antiaéreos llamados “bocachicas” apuntándolos, la gigantesca movilización popular contra la invasión que parecía inminente, el estribillo que los milicianos coreaban por las calles (“Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”) protestando por la devolución de los cohetes— redobló mi entusiasmo y solidaridad con la Revolución. Hice una larga cola para donar sangre e Hilda Gadea, la primera mujer del Che Guevara, que era peruana, me presentó a Haydée Santamaría, que dirigía la Casa de las Américas. Esta me incorporó a un Comité de Escritores con el que, en la década de los sesenta, me reuní cinco veces en la capital cubana. A lo largo de esos 10 años mis ilusiones con Fidel y la Revolución se fueron apagando hasta convertirse en críticas abiertas y, luego, la ruptura final, cuando el caso Padilla.

1481282434_957974_1481389917_noticia_normal_recorte1Mi primera decepción, las primeras dudas (“¿no me habré equivocado?”) ocurrieron a mediados de los sesenta, cuando se crearon las UMAP, un eufemismo —las Unidades Militares de Ayuda a la Producción— para lo que eran, en verdad, campos de concentración donde el Gobierno cubano encerró, mezclados, a disidentes, delincuentes comunes y homosexuales. Entre estos últimos cayeron varios muchachos y muchachas de un grupo literario y artístico llamado El Puente, dirigido por el poeta José Mario, a quien yo conocía. Era una injusticia flagrante, porque estos jóvenes eran todos revolucionarios, confiados en que la Revolución no sólo haría justicia social con los obreros y los campesinos sino también con las minorías sexuales discriminadas. Víctima todavía del célebre chantaje —“no dar armas al enemigo”— me tragué mis dudas y escribí una carta privada a Fidel, pormenorizándole mi perplejidad sobre lo que ocurría. No me contestó pero al poco tiempo recibí una invitación para entrevistarme con él.

Fue la única vez que estuve con Fidel Castro; no conversamos, pues no era una persona que admitiera interlocutores, sólo oyentes. Pero las 12 horas que lo escuchamos, de ocho de la noche a las ocho de la mañana del día siguiente, la decena de escritores que participamos de aquel encuentro nos quedamos muy impresionados con esa fuerza de la naturaleza, ese mito viviente, que era el gigante cubano. Hablaba sin parar y sin escuchar, contaba anécdotas de la Sierra Maestra saltando sobre la mesa, y hacía adivinanzas sobre el Che, que estaba aún desaparecido, y no se sabía en qué lugar de América reaparecería, al frente de la nueva guerrilla. Reconoció que se habían cometido algunas injusticias con las UMAP —que se corregirían— y explicó que había que comprender a las familias guajiras, cuyos hijos, becados en las nuevas escuelas, se veían a veces molestados por “los enfermitos”. Me impresionó, pero no me convenció. Desde entonces, aunque en el silencio, fui advirtiendo que la realidad estaba muy por debajo del mito en que se había convertido Cuba.

“Castro se aseguró en el poder absoluto; pero deja
un país en ruinas y un fracaso social”

La ruptura sobrevino cuando estalló el caso del poeta Heberto Padilla, a comienzos de 1970. Era uno de los mejores poetas cubanos, que había dejado la poesía para trabajar por la Revolución, en la que creía con pasión. Llegó a ser viceministro de Comercio Exterior. Un día comenzó a hacer críticas —muy tenues— a la política cultural del Gobierno. Entonces se desató una campaña durísima contra él en toda la prensa y fue arrestado. Quienes lo conocíamos y sabíamos de su lealtad con la Revolución escribimos una carta —muy respetuosa— a Fidel expresando nuestra solidaridad con Padilla. Entonces, este reapareció en un acto público, en la Unión de Escritores, confesando que era agente de la CIA y acusándonos también a nosotros, los que lo habíamos defendido, de servir al imperialismo y de traicionar a la Revolución, etcétera. Pocos días después firmamos una carta muy crítica a la Revolución cubana (que yo redacté) en que muchos escritores no comunistas, como Jean Paul Sartre, Susan Sontag, Carlos Fuentes y Alberto Moravia tomamos distancia con la Revolución que habíamos hasta entonces defendido. Este fue un pequeño episodio en la historia de la Revolución cubana que para algunos, como yo, significó mucho. La revaluación de la cultura democrática, la idea de que las instituciones son más importantes que las personas para que una sociedad sea libre, que sin elecciones, ni periodismo independiente, ni derechos humanos, la dictadura se instala y va convirtiendo a los ciudadanos en autómatas, y se eterniza en el poder hasta coparlo todo, hundiendo en el desánimo y la asfixia a quienes no forman parte de la privilegiada nomenclatura.

¿Está Cuba mejor ahora, luego de los 57 años que estuvo Fidel Castro en el poder? Es un país más pobre que la horrenda sociedad de la que huyó Batista aquel 31 de diciembre de 1958 y tiene el triste privilegio de ser la dictadura más larga que ha padecido el continente americano. Los progresos en los campos de la educación y la salud pueden ser reales, pero no deben haber convencido al pueblo cubano en general, pues, en su inmensa mayoría, aspira a huir a Estados Unidos, aunque sea desafiando a los tiburones. Y el sueño de la nomenclatura es que, ahora que ya no puede vivir de las dádivas de la quebrada Venezuela, venga el dinero de Estados Unidos a salvar a la isla de la ruina económica en que se debate. Hace tiempo que la Revolución dejó de ser el modelo que fue en sus comienzos. De todo ello sólo queda el penoso saldo de los miles de jóvenes que se hicieron matar por todas las montañas de América tratando de repetir la hazaña de los barbudos del Movimiento 26 de Julio. ¿Para qué sirvió tanto sueño y sacrifico? Para reforzar a las dictaduras militares y atrasar varias décadas la modernización y democratización de América Latina.

Eligiendo el modelo soviético, Fidel Castro se aseguró en el poder absoluto por más de medio siglo; pero deja un país en ruinas y un fracaso social, económico y cultural que parece haber vacunado de las utopías sociales a una mayoría de latinoamericanos que, por fin, luego de sangrientas revoluciones y feroces represiones, parece estar entendiendo que el único progreso verdadero es el que hace avanzar la libertad al mismo tiempo que la justicia, pues sin aquella este no es más un fugitivo fuego fatuo.

Aunque estoy seguro de que la historia no absolverá a Fidel Castro, no dejo de sentir que con él se va un sueño que conmovió mi juventud, como la de tantos jóvenes de mi generación, impacientes e impetuosos, que creíamos que los fusiles podían hacernos quemar etapas y bajar más pronto el cielo hasta confundirlo con la tierra. Ahora sabemos que aquello sólo ocurre en el sueño y en las fantasías de la literatura, y que en la realidad, más áspera y más cruda, el progreso verdadero resulta del esfuerzo compartido y debe estar signado siempre por el avance de la libertad y los derechos humanos, sin los cuales no es el paraíso sino el infierno el que se instala en este mundo que nos tocó.