Cuba

Welcome to Savage Capitalism. De Wendy Guerra

 Students gathered at the University of Havana in November after Castro’s death. Credit Mauricio Lima for The New York Times

Students gathered at the University of Havana in November after Castro’s death. Credit Mauricio Lima for The New York Times

Wendy Guerra, escritora cubana

Wendy Guerra, escritora cubana

Wendy Guerra, 3 diciembre 2016 / THE NEW YORK TIMES

HAVANA — He came down from the Sierra Maestra with his troop of rebel soldiers, looking sharp in his olive-green uniform, with his long beard and Santa Juana seed necklace. He and the other bearded men, his barbudos, quickly made camouflage and epaulets chic, transforming fashion from the Paris catwalks to the New York subway.

Vea el original en español abajo

But shortly after Fidel Castro entered Havana on Jan. 8, 1959, the revolutionary government began enforcing aesthetic prohibitions. Despite the rebels’ insouciant air, a witch hunt began against young people who themselves wanted to wear long hair, scraggly beards and the same guerrilla outfits that had captivated the nation — a nation that, from then on, was not supposed to look as subversive as its leader.

“Why does Fidel wear whatever he wants but we have to cut our hair to go to school?” I asked my mother.

“Because there is only one star in this show; the rest of us are supporting actors,” replied my mother.

The soundtrack of my life was a speech by Fidel. I heard his hoarse voice, his repetitive turns of phrase, even in dreams. When I was a little girl, I would stand in my school uniform for hours on end next to my mother in the Plaza de la Revolución, sweating and sunburned, hungry and thirsty, as he fired off endless litanies of numbers and percentages. Did Fidel, I wondered, never need a drink of water? Did he never need the bathroom?

When Fidel appeared on television in his pristine olive-green uniform, surrounded by presidents of other countries in suits and ties, I’d ask my mother: “Why is our president always dressed up like a soldier? Are we at war?”

My mother tried to explain that this was how Fidel went through life, that he was an eternal warrior and that his battle was not over yet.

When I was 12 I learned that presidents entered and left office through elections; until then I had presumed that presidents stayed in power until they died. “Mommy, is Fidel the king of Cuba? Is that why we don’t have elections?”

Every step my country took was dictated and defined by him. Everything I have become was decided by him or the institutions he created: what I could eat, what I could wear, what I could study.

When I began to travel abroad, I had to confront cash machines and the open microphones of uncensored journalists, and I understood then that I had spent my entire life in captivity. I did not know how to behave like someone from the Western world even though, geographically, that’s where I was born.

What will become of us now that Fidel is gone? Cubans of my generation have been educated under a paternalistic system that is nothing like the jungle to which we have now escaped. We are totally unprepared. The Russian fantasy lasted too long. I am a person untrained for the speed of the real world.

Is that why I still live on this island when so many others have left?

When I learned of the comandante’s death, I realized that from now on we would have to fend for ourselves. We would have to learn to move through life as citizens of the world, not as the sheltered apprentices of a delirious master.

What will become of us without the zoo where they feed you, cure you, train you, polish you and gag you — and then realize that they don’t know what to do with you, with everything you know, are and want to be? What will become of the Cuban people without an obsessive, overprotective “father” who won’t allow them to sneak out into “savage capitalism”? What will become of us without that person who thinks for us, who gives us permission to enter and exit an island surrounded by politics and water? Who will give me — or deny me — permission to be the person I am?

On Nov. 26, the morning after Fidel died, I felt this little cage open, just a crack. I looked at the empty, silent city. But I didn’t go out to breathe in the cool air. Instead, I moved away from the door. I was afraid that someone might come in and hurt me. I was scared. And I understood that the cage was inside of me.

I thought about my parents, now dead. This came too late for them. And I thought about myself, a censored author in Cuba, a 21st-century woman whose voice has long been silenced. Despite the fact that this was the chronicle of a death foretold, I realized that Fidel was not as immortal as he thought he was. His long speech had ended.

But his ideas had long since contaminated my blood. Fidel left that mark on all of us. And so my last question now hangs in the air: “How do we live without Fidel?”

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BIENVENIDO AL CAPITALISMO SALVAJE

Bajó de la Sierra Maestra con su tropa de soldados rebeldes, se veía elegante en su uniforme verde oliva, con su barba larga y su collar de semilla Santa Juana. Él y los otros hombres barbados, sus barbudos, rápidamente hicieron chic al camuflaje y las charreteras, transformando la moda desde las pasarelas de París hasta el subterráneo de Nueva York.

Pero poco tiempo después de que Fidel Castro entró en La Habana el 8 de enero de 1959, el gobierno revolucionario empezó a hacer cumplir normas estéticas. A pesar del aire despreocupado de los rebeldes, comenzó una caza de brujas contra jóvenes quienes querían llevar el cabello largo, barbas desaliñadas y los mismos trajes de guerrilla que habían cautivado a la nación, una nación que, desde ese momento en adelante, no podía aparentar ser tan subversiva como su líder.

“Por qué Fidel se pone lo que quiere pero nosotros tenemos que cortarnos el pelo para ir al colegio”, le pregunté a mi mamá.

“Porque en este espectáculo solo hay una estrella; los demás somos actores secundarios”, respondió mi mamá.

La banda sonora de mi vida era un discurso de Fidel. Escuché su voz ronca, sus frases repetitivas, incluso en sueños. Cuando era pequeña, me quedaba parada en mi uniforme de colegio por horas al lado de mi madre en la Plaza de la Revolución, sudando e insolada, con hambre y sed, mientras él disparaba letanías interminables de cifras y porcentajes. Yo me preguntaba si Fidel nunca necesitaba agua. ¿Nunca necesitaba el baño?

Cuando Fidel apareció en televisión en su impecable uniforme verde, rodeado por presidentes de otros países en saco y corbata, le preguntaba a mi mamá: “Por qué nuestro presidente siempre está vestido como un soldado? Estamos en guerra?”.

Mi madre trató de explicar que así era como Fidel pasaba por la vida, que era un eterno guerrero y que su batalla aún no había terminado.

Cuando yo tenía 12 años aprendí que los presidentes entraban y salían de la presidencia por medio de elecciones; hasta entonces yo había presumido que los presidentes permanecían en el poder hasta que morían. “¿Mami, Fidel es el rey de Cuba? Es por eso que no tenemos elecciones?”.

Cada paso que mi país tomó fue dictado y definido por él. Todo en lo que me he convertido fue decidido por él o las instituciones que él creó: lo que podía comer, lo que podía vestir, lo que podía estudiar.

Cuando empecé a viajar al extranjero, tuve que enfrentar cajeros automáticos y los micrófonos abiertos de periodistas sin censura, y entendí entonces que había pasado toda mi vida en cautividad. No sabía cómo comportarme como alguien del mundo occidental aunque, geográficamente, allá es donde nací.

¿Qué será de nosotros ahora que Fidel no está? Cubanos de mi generación han sido educados bajo un sistema paternalista que no es nada como la jungla a la cual ahora hemos escapado. Estamos totalmente sin preparación. La fantasía rusa duró demasiado. Yo soy una persona que no está entrenada para la velocidad del mundo real.

¿Es por eso que yo aún vivo en esta isla cuando tantos otros se han ido?

Cuando supe de la muerte del comandante, me dí cuenta de que de ahora en adelante tendremos que ver por nosotros mismos. Tendremos que aprender a deambular por la vida como ciudadanos del mundo, no como los protegidos aprendices de un maestro delirante.

Qué será de uno sin el zoológico donde le dan comida, lo curan, lo entrenan, le dan brillo y lo amordazan, y luego se dan cuenta de que no saben qué hacer con uno, con todo lo que sabe, y quiere ser? ¿Qué será del pueblo cubano sin un “padre obsesivo y sobreprotector que no les permitirá escaparse hacia el “capitalismo salvaje?”. ¿Qué será de nosotros sin aquella persona que piensa por nosotros quien nos da permiso de entrar y salir de una isla rodeada por política y agua? ¿Quién me dará, o me negará, permiso para ser quien soy?

El 26 de noviembre, la mañana después de que Fidel murió, sentí que esta jaulita se abrió, solo un tris. Miré la ciudad vacía y silenciosa. Pero no salí a respirar el aire frío. En cambio, me alejé de la puerta. Tenía miedo de que alguien iba a venir a hacerme daño. Tenía miedo. Y entendí que la jaula estaba dentro de mi.

Pensé en mis padres, ahora muertos. Esto llegó tarde para ellos. Y pensé en mi misma, una autora censurada en Cuba, una mujer del siglo XXI, cuya voz ha sido silenciada por mucho tiempo. A pesar del hecho de que esta fue una crónica de una muerte anunciada, me di cuenta de que Fidel no era tan inmortal como creía ser. Su largo discurso ha terminado.

Pero sus ideas desde hace mucho contaminaron mi sangre. Fidel dejó esa marca en todos nosotros. Y entonces mi última pregunta queda en el aire: “Cómo vivimos sin Fidel?”.

Permiso para criticar a Cuba. De Wendy Guerra

La izquierda quiere que se resista dentro de la isla para mantener la utopía revolucionaria.

Cuba vuelve a la normalidad tras la muerte de Fidel Castro. CHIP SOMODEVILLA (AFP)

Cuba vuelve a la normalidad tras la muerte de Fidel Castro. CHIP SOMODEVILLA (AFP)

Wendy Guerra, escritora cubana

Wendy Guerra, escritora cubana

Wendy Guerra, 11 diciembre 2016 / EL PAIS

En la Feria del Libro de Guadalajara, durante los días posteriores a la muerte de Fidel me reencontré con colegas y amigos, atendí las interminables solicitudes de la prensa y cené con editores, agentes o directores de festivales internacionales de literatura; en este contexto ha sido increíble ver las disimiles y viscerales reacciones que genera este suceso en cada uno de ellos. La mayoría de los autores latinoamericanos conserva su ilusión con la utopía revolucionaria y no ve con buenos ojos la crítica o el desencanto de quienes aquí vivimos.

Para muchos de ellos la situación ideal es esta: el cubano debe resistir en su trinchera al precio que sea necesario. Apuntalar la única utopía que resiste viva en el mundo, ocuparse de que no se filtre lo malo, lo nocivo, lo incoherente. “Salud y educación” es la bandera, aunque uno no viva en el hospital, aunque uno no pase su el paisvida aprendiendo. Esta imagen realista socialista es la coherente y conveniente. Encontrarle manchas al sol genera desestabilización en los cimientos de nuestras formaciones tópicas, ideo-estéticas, expresivas y hasta sentimentales. La resistencia deberá ser el modo de conservación ante pilares tan fuertes como el Premio Casa de las Américas, la Nueva Canción y el Nuevo Cine Latinoamericano; ninguno de ellos se ha preguntado si necesitamos una transformación de estos patrones. No parece importarles.

Nosotros aguantamos, soportamos y nos sacrificamos durante casi 60 años mientras ellos examinaron el asunto con su trago de whisky entre las manos, narrando luego el comportamiento ideológico y sociológico académicamente, viéndonos desde lejos bajo una campana de cristal, protegiendo una entelequia que al dejar de existir, los convertiría en huérfanos.

Nuestra izquierda es el referente maternal que los amamantó y nutrió; Fidel, el Alma Pater que los cobijó del antiimperialismo, somos el experimento en el que se debe seguir trabajando, material modelable que puede sobrellevar el proceso hasta encontrar la piedra filosofal.

En América Latina las derechas están demasiado a la derecha y las izquierdas cada vez más confusas, por ello nosotros tenemos el deber de continuar por el camino correcto, así nos ven.

“Nosotros aguantamos, soportamos y nos sacrificamos
durante casi 60 años mientras ellos examinaron el asunto
con su trago de whisky entre las manos”

¿Será que Cuba representa para el resto del mundo una izquierda en estado puro? ¿Será que les resulta falsa la reedición de este mismo proceso en el resto de América Latina? ¿Será que ninguno de estos líderes les parece creíble? Para los autores cubanos insertados en el contexto editorial iberoamericano actual es muy difícil defender el derecho a ser cubanos y pensar distinto, vivir en Cuba o fuera de Cuba siendo críticos con nuestro contexto es casi un pecado. En lo personal me siento haciendo algo malo cuando critico a mi país, es como si hubiese que pedir permiso para hacer lo que ellos hacen desde su condición de ciudadanos en cada uno de sus países.

Vivimos dando explicaciones de algo que, sinceramente, no hay cómo justificar. Los peruanos, chilenos y mexicanos se sientan en las mesas a desbarrar de sus gobernantes, de sus programas de salud, de los alcaldes, presidentes o ministros que no siempre —con buen tino— ellos mismos han elegido, pero para los artistas e intelectuales cubanos de mi generación encontrarle defectos a lo que resta de la utopía revolucionaria que no todos elegimos, no es, ante muchos de nuestros colegas, algo de buen gusto. El día que termine esta experiencia histórica muchos de mis colegas se verán abandonados a su suerte en sus pequeñas islas ilusorias.

De cualquier modo es sano poder debatir con ellos lo que dentro de Cuba me es imposible conversar, no hay espacios y sí un miedo fulminante. ¿Qué pasará en Cuba? ¿Quién es el relevo? Yo no he tenido elementos para responderles esta pregunta. Aunque ninguno me crea, sobre los cargos políticos los cubanos no disponemos. Como los ciudadanos no decidimos, siempre nos preguntamos ¿A quién van a poner? ¿A quién van a quitar?

De eso nos enteramos luego, en el Noticiero nacional de televisión o en el periódico Granma. ¿Alguien se ha preguntado si nos gustan estas determinaciones tomadas unilateralmente? Sin voz ni voto, esperamos las noticias. ¿No es eso un claro modo de leer lo paralizados que nos encontramos los ciudadanos de esta isla? De cualquier modo mis colegas deben saber que aunque los nacidos en esta isla no tienen permiso para criticar lo que ocurre dentro de Cuba, escribir, hablar o actuar sin permiso es, en el sentido literal, nuestro único acto verdaderamente revolucionario.

 

 

La muerte de Fidel. De Mario Vargas Llosa

La desaparición del dictador cubano marca el fin de un sueño de un paraíso, que sin libertad ni derechos humanos, se convirtió en un infierno.

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 11 diciembre 2016 / EL PAIS

El 1 de enero de 1959, al enterarme de que Fulgencio Batista había huido de Cuba, salí con unos amigos latinoamericanos a celebrarlo en las calles de París. El triunfo de Fidel Castro y los barbudos del Movimiento 26 de Julio contra la dictadura parecía un acto de absoluta justicia y una aventura comparable a la de Robin Hood. El líder cubano había prometido una nueva era de libertad para su país y para América Latina y su conversión de los cuarteles de la isla en escuelas para los hijos de los guajiros parecía un excelente comienzo.

En noviembre de 1962 fui por primera vez a Cuba, enviado por la Radiotelevisión Francesa en plena crisis de los cohetes. Lo que vi y oí en la semana que pasé allí —los Sabres norteamericanos sobrevolando el Malecón de La Habana y los adolescentes que manejaban los cañones antiaéreos llamados “bocachicas” apuntándolos, la gigantesca movilización popular contra la invasión que parecía inminente, el estribillo que los milicianos coreaban por las calles (“Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”) protestando por la devolución de los cohetes— redobló mi entusiasmo y solidaridad con la Revolución. Hice una larga cola para donar sangre e Hilda Gadea, la primera mujer del Che Guevara, que era peruana, me presentó a Haydée Santamaría, que dirigía la Casa de las Américas. Esta me incorporó a un Comité de Escritores con el que, en la década de los sesenta, me reuní cinco veces en la capital cubana. A lo largo de esos 10 años mis ilusiones con Fidel y la Revolución se fueron apagando hasta convertirse en críticas abiertas y, luego, la ruptura final, cuando el caso Padilla.

1481282434_957974_1481389917_noticia_normal_recorte1Mi primera decepción, las primeras dudas (“¿no me habré equivocado?”) ocurrieron a mediados de los sesenta, cuando se crearon las UMAP, un eufemismo —las Unidades Militares de Ayuda a la Producción— para lo que eran, en verdad, campos de concentración donde el Gobierno cubano encerró, mezclados, a disidentes, delincuentes comunes y homosexuales. Entre estos últimos cayeron varios muchachos y muchachas de un grupo literario y artístico llamado El Puente, dirigido por el poeta José Mario, a quien yo conocía. Era una injusticia flagrante, porque estos jóvenes eran todos revolucionarios, confiados en que la Revolución no sólo haría justicia social con los obreros y los campesinos sino también con las minorías sexuales discriminadas. Víctima todavía del célebre chantaje —“no dar armas al enemigo”— me tragué mis dudas y escribí una carta privada a Fidel, pormenorizándole mi perplejidad sobre lo que ocurría. No me contestó pero al poco tiempo recibí una invitación para entrevistarme con él.

Fue la única vez que estuve con Fidel Castro; no conversamos, pues no era una persona que admitiera interlocutores, sólo oyentes. Pero las 12 horas que lo escuchamos, de ocho de la noche a las ocho de la mañana del día siguiente, la decena de escritores que participamos de aquel encuentro nos quedamos muy impresionados con esa fuerza de la naturaleza, ese mito viviente, que era el gigante cubano. Hablaba sin parar y sin escuchar, contaba anécdotas de la Sierra Maestra saltando sobre la mesa, y hacía adivinanzas sobre el Che, que estaba aún desaparecido, y no se sabía en qué lugar de América reaparecería, al frente de la nueva guerrilla. Reconoció que se habían cometido algunas injusticias con las UMAP —que se corregirían— y explicó que había que comprender a las familias guajiras, cuyos hijos, becados en las nuevas escuelas, se veían a veces molestados por “los enfermitos”. Me impresionó, pero no me convenció. Desde entonces, aunque en el silencio, fui advirtiendo que la realidad estaba muy por debajo del mito en que se había convertido Cuba.

“Castro se aseguró en el poder absoluto; pero deja
un país en ruinas y un fracaso social”

La ruptura sobrevino cuando estalló el caso del poeta Heberto Padilla, a comienzos de 1970. Era uno de los mejores poetas cubanos, que había dejado la poesía para trabajar por la Revolución, en la que creía con pasión. Llegó a ser viceministro de Comercio Exterior. Un día comenzó a hacer críticas —muy tenues— a la política cultural del Gobierno. Entonces se desató una campaña durísima contra él en toda la prensa y fue arrestado. Quienes lo conocíamos y sabíamos de su lealtad con la Revolución escribimos una carta —muy respetuosa— a Fidel expresando nuestra solidaridad con Padilla. Entonces, este reapareció en un acto público, en la Unión de Escritores, confesando que era agente de la CIA y acusándonos también a nosotros, los que lo habíamos defendido, de servir al imperialismo y de traicionar a la Revolución, etcétera. Pocos días después firmamos una carta muy crítica a la Revolución cubana (que yo redacté) en que muchos escritores no comunistas, como Jean Paul Sartre, Susan Sontag, Carlos Fuentes y Alberto Moravia tomamos distancia con la Revolución que habíamos hasta entonces defendido. Este fue un pequeño episodio en la historia de la Revolución cubana que para algunos, como yo, significó mucho. La revaluación de la cultura democrática, la idea de que las instituciones son más importantes que las personas para que una sociedad sea libre, que sin elecciones, ni periodismo independiente, ni derechos humanos, la dictadura se instala y va convirtiendo a los ciudadanos en autómatas, y se eterniza en el poder hasta coparlo todo, hundiendo en el desánimo y la asfixia a quienes no forman parte de la privilegiada nomenclatura.

¿Está Cuba mejor ahora, luego de los 57 años que estuvo Fidel Castro en el poder? Es un país más pobre que la horrenda sociedad de la que huyó Batista aquel 31 de diciembre de 1958 y tiene el triste privilegio de ser la dictadura más larga que ha padecido el continente americano. Los progresos en los campos de la educación y la salud pueden ser reales, pero no deben haber convencido al pueblo cubano en general, pues, en su inmensa mayoría, aspira a huir a Estados Unidos, aunque sea desafiando a los tiburones. Y el sueño de la nomenclatura es que, ahora que ya no puede vivir de las dádivas de la quebrada Venezuela, venga el dinero de Estados Unidos a salvar a la isla de la ruina económica en que se debate. Hace tiempo que la Revolución dejó de ser el modelo que fue en sus comienzos. De todo ello sólo queda el penoso saldo de los miles de jóvenes que se hicieron matar por todas las montañas de América tratando de repetir la hazaña de los barbudos del Movimiento 26 de Julio. ¿Para qué sirvió tanto sueño y sacrifico? Para reforzar a las dictaduras militares y atrasar varias décadas la modernización y democratización de América Latina.

Eligiendo el modelo soviético, Fidel Castro se aseguró en el poder absoluto por más de medio siglo; pero deja un país en ruinas y un fracaso social, económico y cultural que parece haber vacunado de las utopías sociales a una mayoría de latinoamericanos que, por fin, luego de sangrientas revoluciones y feroces represiones, parece estar entendiendo que el único progreso verdadero es el que hace avanzar la libertad al mismo tiempo que la justicia, pues sin aquella este no es más un fugitivo fuego fatuo.

Aunque estoy seguro de que la historia no absolverá a Fidel Castro, no dejo de sentir que con él se va un sueño que conmovió mi juventud, como la de tantos jóvenes de mi generación, impacientes e impetuosos, que creíamos que los fusiles podían hacernos quemar etapas y bajar más pronto el cielo hasta confundirlo con la tierra. Ahora sabemos que aquello sólo ocurre en el sueño y en las fantasías de la literatura, y que en la realidad, más áspera y más cruda, el progreso verdadero resulta del esfuerzo compartido y debe estar signado siempre por el avance de la libertad y los derechos humanos, sin los cuales no es el paraíso sino el infierno el que se instala en este mundo que nos tocó.

La Sociedad de los Dictadores Muertos. De Carolina Ávalos

, 6 diciembre 2016 / EDH

Durante el siglo XX y comienzos del XXI, América Latina no ha estado ajena de los regímenes políticos liderados por dictadores, aquellas personas ‘que se arrogan o reciben los poderes políticos y, apoyadas en la fuerza, los ejerce sin limitación jurídica’, y que han reprimido los derechos humanos y las libertades individuales.

“La educación nos hace libres” es una frase repetida por muchos pero es, quizás, algo inexacta. Al decir que Cuba tiene los mejores indicadores de educación, podríamos estar de acuerdo todos, pero ¿es ésta una “educación liberadora” (Frei)? ¿Aquella que comienza con liberar nuestra propia conciencia hacia una auténtica búsqueda de la libertad, y que nos ayuda a transformar la sociedad, para que en ella prime el bien común? La educación en este régimen dictatorial, después de medio siglo, ¿ha hecho libre a Cuba? Eso le corresponde a la sociedad cubana responder, y es ella la que debe reflexionar sobre la sociedad que anhelan.

diario hoyLa ‘revolución ha devuelto la dignidad al pueblo’, dicen algunos, pero más bien muchas veces se intenta inmolar la libertad en aras de una supuesta dignidad. Si nos obligaran a elegir entre ambas, siempre lo haría por la libertad, porque dignidad sin libertad tiene otro nombre: sumisión (humillación al ser humano). El pueblo cubano abrió paso a una revolución con la esperanza de superar este flagelo, pero después de medio siglo sigue sumergido en la pobreza y la coerción de las libertades.

A los salvadoreños nos corresponde, desde nuestra posición en la sociedad, velar para que sean garantizados los derechos plasmados en la constitución de la República, pero sin olvidarnos que también tenemos deberes y responsabilidades como ciudadanos. Así, involucrarnos en la educación y la formación (de los valores humanos y sociales) de nuestros hijos, es construir y transformar nuestra sociedad. Pero una sociedad que le dé importancia a la ‘educación para la libertad’ y no al fiasco de una “seudo-dignidad” contra la libertad, basada en adoctrinar desde la infancia, y, en colocar a los ‘ciudadanos’ como piezas de un orden impuesto y no como protagonistas de su historia vital. Se vuelve un imperativo que la educación se brinde en función de la libertad, en donde cada individuo desde su nacimiento pueda realizarse como ciudadano pleno y contribuir así a la consolidación de la democracia y el Estado de Derecho, de un El Salvador en donde se garanticen los derechos humanos y las libertades individuales.

En libertad para la libertad, y no para una sociedad sin partidos políticos, sin instituciones independientes, sin elecciones libres que son los modelos basados en la represión, la falta de libertades individuales y la violación sistemática de los derechos humanos. Sociedades perforadas, en donde sus regímenes drenan lo que les incomoda para asegurar y perpetuar su poder, liderados por hombres carismáticos, que cada vez más van integrando la “Sociedad de los Dictadores Muertos”, antípoda de la Sociedad de los Poetas Muertos. A diferencia de esta última, en la que predomina el pensamiento crítico, la creatividad y el romper esquemas como esencia para la poesía (el alma liberadora), la Sociedad de los Dictadores Muertos es aquella en donde a mi parecer domina una ‘falsa’ utopía.

Más aún, ahora que la historia de la humanidad está en un punto de inflexión, como país no podemos quedarnos al margen de las transformaciones globales —la cuarta revolución industrial—, en donde la educación juega el papel central. Esto nos impone desafíos trascendentales. El primero de ellos es lograr un sistema educativo que transforme radicalmente las capacidades humanas, necesariamente basado en las libertades, y cuyo objetivo último sea la construcción sin distracciones de una democracia plena.

@cavalosb

Memorias de la Cuba de Castro. De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 5 diciembre 2016 / EDH

Cuando se trata de la Cuba de Castro, tengo opiniones superfuertes. Viscerales, casi, en carne viva. Todo porque en 2013, durante un período de idealismo arrogante, fui en una ingenua misión con una amiga mexicana a La Habana, con las mejores intenciones de llevarle tecnología (cámaras y memorias usb usadas) y compartir mejores prácticas en temas de organización cívica con un grupo de disidentes jóvenes, la gente más valiente que he conocido.

diario hoyPensábamos, “el régimen está debilitado, no pueden ser tan [inserte adjetivo calificativo sinónimo con el horror, la paranoia y el autoritarismo]”. Nos equivocamos, y por mucho. En esos diez días la policía estatal nos siguió a todas partes, nos consta que nuestras conversaciones estaban intervenidas y nos amenazó un hombre diciendo que él se encargaría de que hiciéramos turismo, si a eso habíamos llegado, según nuestra visa. Se autodenominaba “El Doctor” y nos acosó por teléfono y dejándonos notas en nuestro hotel, a pesar de que nunca le habíamos dicho dónde estábamos quedándonos. Todo por demostrar que podían encontrarnos si querían. Todas nuestras reuniones tenían que ser en secreto, rápidas y a murmullos. Juntarnos por fin con los disidentes, después de intentos abortados por el peligro en que los ponía recibir nuestra ayuda, fue como una versión de The Amazing Race, pero con consecuencias reales, recorriendo toda La Habana de arriba a abajo, en coco taxis, buses y a pie, cambiando de ruta y de destino a última hora y sospechando de todo y de todos, mintiendo por teléfono y cara a cara. Inventándonos excusas y nombres falsos.

Sentimos, al final, que nuestra ayuda había sido totalmente insignificante, dada la proporción de los males padecidos por esta gente de mi edad, dado su encarcelamiento en la isla. Todos soñando con el día en que podrían escapar. Mientras tanto, los turistas ajenos y despistados tomaban sus fotos, romantizando la pobreza y alabando la preservación del bonito filtro rústico de Instagram con sus carros antiguos y edificios ruinosos, tratando con todas sus fuerzas de ignorar a los niños rogando por algo de comer o a las mujeres pidiendo tampones y toallas sanitarias, “lo que tengas chica, cualquier cosa me sirve”. Siendo parte y fortaleciendo, sin querer, el espantoso apartheid monetario que causa la diferencia entre el peso cubano y el CUC del turista (peso cubano convertible, en paridad con el dólar).

Por eso me es difícil tolerar argumentos de «por el otro lado» sobre Fidel Castro. «Pero la tasa de alfabetización es altísima» Sí, pero solo se puede leer lo que aprueba el régimen, no existe la libertad de prensa y el internet está controlado y censurado. «Pero toda la gente tiene acceso a educación superior» ¿De qué sirve ser bioquímico en un lugar donde el único empleo disponible es de taxista? Es como tener un carro de Fórmula 1 en un lugar sin pistas. «Pero, ¡el sistema de salud universal!» No es universal, los miembros del régimen y el círculo de amigos de los Castro (incluido Sánchez Cerén) reciben un cuidado de calidad bastante distinto a al que recibe el cubano de a pie. Para ellos, no hay medicina disponible, los hospitales se están cayendo a pedazos y no son diferentes que el resto del mundo en desarrollo. Por cada historia de éxito sobre los logros de la medicina cubana hay miles más de tragedia y muerte. «Pero todo el mundo es igual». Igualmente pobre, sí. Los Castro y su círculo no, ellos son muy ricos. «Pero la gente LGBT es tratada con respeto». Solo después de décadas de persecución y asesinato impune se les reconoció el mismo nivel de dignidad que a cualquiera, todo por conseguir la alabanza y publicidad de la comunidad internacional, usándolos para desinfectar la imagen del régimen ante los organismos multilaterales.

Y ya. No hay rescatables. Al revolucionario heroico que botó a Batista lo sustituyó un dictador sangriento, obsesionado con el poder y paranoico, dispuesto a extender su control obsesivo sobre otros territorios de Latino América. El resto es puro marketing sentimentaloide, propaganda sin filtro. Y creérselo sin una gota de escepticismo sano o sin darle peso a las voces de quienes se han ido huyendo o han visto los horrores, sería entregarle a Castro una última victoria inmerecida. ¡Que viva Cuba libre!

@crislopezg

¿Era Fidel Castro un revolucionario? De Manuel Hinds

manuel hindsManuel Hinds, 2 diciembre 2016 / EDH

Fidel Castro no era un revolucionario. Era el ejemplar más representativo del arcaico caudillismo latinoamericano, la perversión política que ha detenido el progreso de la región por dos siglos. Tiranos que se llaman a sí mismos revolucionarios y que usan ese mote para esclavizar a sus pueblos, hemos tenido por montones. Establecer una tiranía vitalicia no es nada revolucionario en América Latina. Realmente revolucionario sería establecer una democracia funcional y el imperio de la ley, así como respetar las libertades y derechos individuales. Pero Castro hizo lo contrario.

diario hoyLa arcaica tradición caudillista de la que formó parte Castro fue establecida por el siniestro Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, Supremo y Perpetuo Dictador del Paraguay, que reinó por 26 años, desde 1814 hasta 1840. Él la creó en cuatro pasos. Primero, estableció el mensaje básico del aspirante a caudillo. En su versión, él dijo que la revolución latinoamericana había sido traicionada porque había sustituido una élite española con una élite criolla que manejaba el Estado paraguayo. Segundo, él sustituyó a la élite criolla con un solo tirano, él mismo, y purgó a todos los que le ayudaron en su revolución. Tercero, arrasó con toda posible oposición con una sangrienta política de terror, concentró toda el poder económico y político en su propia persona, nacionalizó la mitad de las tierras y empobreció al pueblo para convertirse en Dictador Perpetuo. Cuarto, ejerciendo el poder arbitrariamente, destruyó todas las instituciones del país. Emergió como el dueño de vidas y haciendas de Paraguay.

Las lecciones del Dr. Francia fueron muy bien aprendidas por la larga cadena de tiranos que han destrozado a la América Latina desde la Independencia. Ha pasado tanto tiempo que la gente no realiza que, con todo su lenguaje revolucionario, el último de ellos, Fidel Castro, era sólo una reproducción del nefasto Dr. Francia y de todos los otros caudillos latinoamericanos. Igual de sangriento, igual de arbitrario, igual de arcaico.

Igual que el Dr. Francia, Castro denunció a una tiranía, la de Fulgencio Batista, y se alzó en revolución contra ella. Ya en el poder estableció en nombre de la revolución una tiranía peor y más sangrienta que la de Batista y de cualquier otro tirano latinoamericano. En la primera ronda de esta sangrienta represión, Castro eliminó a la élite cubana con el paredón o forzándola a irse del país. Esto lo hizo no sólo con la élite preexistente sino con los revolucionarios que lo acompañaban —como el Che Guevara, Húber Matos y Camilo Cienfuegos—de quienes de deshizo para convertirse en el Supremo.

Luego nacionalizó toda la tierra y la industria y los servicios del país para quitarle la base económica a cualquier opositor existente o potencial. Igual que el Dr. Francia, Castro concentró en sí mismo todo el poder del país, empobreció al pueblo y destruyó todas las instituciones cubanas con sus comandos arbitrarios.

Compare a Fidel Castro con los verdaderos revolucionarios que derrotaron el absolutismo y formaron a los países ahora desarrollados —tales como George Washington, Thomas Jefferson, James Madison y los cientos de próceres que crearon la democracia liberal que caracteriza a las sociedades desarrolladas— y no encontrará ningún parecido. Castro no estaba en la categoría de esos individuos, ni de lejos. Estaba del lado del absolutismo. Castro fue idéntico, y por tanto, pertenece a la categoría del Dr. Francia, Anastasio Somoza padre, Anastasio Somoza hijo, Rafael Trujillo, los dictadores militares argentinos y muchos otros tiranos de los siglos XIX y XX. Por supuesto, Fulgencio Batista no llegaba a esa categoría. Mató muy pocos y los daños que hizo a la sociedad cubana fueron muy pequeños, comparados con los que hizo Fidel Castro.

América Latina no progresa porque sigue estando dispuesta a entregar su libertad, sus derechos y su potencial de crecimiento a caudillos que le prometen el oro y el moro con tal de que los dejen adquirir el poder absoluto, enriquecerse y sacarse una ambición y una destructividad desaforadas. Fidel Castro fue, como el Dr. Francia, los Somoza y Trujillo, uno de tantos Supremos y Perpetuos Dictadores que le sacaron todo al pueblo y le dieron destrucción y sufrimiento como pago.

Fidel Castro, mago del mercadeo político. De Alberto Barrera Tyszka

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Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 28 noviembre 2016 /THE NEW YORK TIMES

Fidel Castro fue un publicista fuera de serie, un mago del marketing político. ¿Cómo es posible que, después casi seis décadas imponiendo de cualquier manera y a cualquier precio su control sobre un país, todavía a la hora de su muerte haya quien lo pondere como un líder democrático? Ahí está su mayor talento, el legado más importante que le deja a la historia: se puede ser un tirano despiadado y, sin embargo, pasar a la posteridad como un revolucionario.

NEW YORK TOMES NYTSu vida es un ejemplo de cómo la mezcla adecuada de carisma y cinismo puede lograr que un feroz dictador parezca un líder polémico. El éxito más contundente de la revolución cubana es la campaña publicitaria de Fidel. Destruyó todo con tal de salvarse, de salvar su propia marca.

En su biografía del Che, Jon Lee Anderson relata una anécdota que presenta a Fidel en genio y figura. Es 1957, el desembarco del Granma resultó un fracaso y la guerrilla de la Sierra Maestra no llega a 20 combatientes. Sin embargo, Castro acepta una entrevista con un reportero de The New York Times. Herbert Matthews llega al campamento y ya Fidel ha preparado una astucia para hacerle creer que tiene varias brigadas de rebeldes en diferentes lugares de las montañas, que son un ejército grande cuyo único destino posible es la toma del poder.

El periodista, actuando de buena fe, apuntó todo y multiplicó las fuerzas de Castro en las páginas de su periódico, en la inocencia de sus lectores, en la mirada que todo el planeta tenía sobre la isla. Desde muy temprano, Fidel entendió que el engaño mediático era un arma determinante en cualquier batalla.

El contexto de la Guerra Fría le ofreció un clima perfecto para convertirse en el centro de una batalla simbólica. Fidel también supo aprovechar la tensión mundial para acrecentar su poder y distribuir su carisma como cualquier agencia de producción publicitaria. El bloqueo estadounidense fue una tragedia para Cuba y una bendición para Fidel. El mejor regalo que pudo hacerle el imperio: convertirlo en su gran enemigo. Le ofrecieron un escenario ideal para construir una épica moderna, asociada a las ideas libertarias. Así, Fidel pudo desarrollar su mito personal en todo el mundo mientras, dentro de su isla privada, consolidaba su poder autoritario, imponía la censura y la represión a cualquier disidencia, llegando incluso a perseguir y encarcelar a homosexuales y poetas.

La figura de Fidel no se puede separar del hechizo que tuvo y que todavía tiene la palabra revolución en nuestro continente. Es un hechizo que, por supuesto, también está ligado a las condiciones de la mayoría de nuestra población. Tiene que ver con la tragedia de la pobreza, de la desigualdad, de la violencia, de la impunidad… Fidel terminó convirtiendo la esperanza de los pobres en su negocio privado. Y fue un negocio muy rentable. Manejado con la eficacia de un capitalista impúdico. Después de estrujar hasta el cansancio a sus financistas —la Unión Soviética, la Venezuela de Chávez— la Revolución Cubana no tuvo ningún reparo en diluir la ideología y volver a voltearse hacia su enemigo. Después de casi 60 años, el balance de la historia no resulta muy gratificante: regresar a una dictadura pero con un país destruido, una nacionalidad muy dividida. Es un ejercicio que benefició fundamentalmente a una sola familia. Con 85 años, Raúl Castro ha decidido que lo más saludable es entregar el poder en el 2018.

Eliseo Alberto, fabuloso escritor cubano, hijo del genial poeta Eliseo Diego, escribió un libro imprescindible: “Informe contra mi mismo”. Entre las muchas crónicas que ofrece, hay una que me resulta entrañable. Un hombre ha logrado escapar de Cuba y trata de sostener su dignidad ante el asedio de la clásica prensa europea, siempre dispuesta a perdonar cualquier exceso de los gobiernos “revolucionarios”. El periodista progresista lo acosa y le reclama los supuestos éxitos de la revolución: la salud pública y la educación ¿Qué puede decir sobre eso? ¿Acaso no es cierto? El cubano duda un segundo y, luego, responde: sí. Puede ser. Pero en la vida uno no siempre está enfermo o estudiando.

Fidel Castro vivió mucho y, para hacerlo, redujo de muy distintas maneras la vida de muchos cubanos. Utilizó a su país, a su gente, para crear una marca comercial exitosa. Tanto que logró convertir a sus víctimas en aliados, en fieles devotos. Su historia debe ser estudiada así como se estudia la historia de la Coca Cola, por ejemplo. Forma parte de la enciclopedia de los signos comerciales. Esa fue su mayor eficacia. Su verdadera victoria tiene que ver únicamente con su permanencia en el poder.

Y en esa historia hay mas violencia en contra de los otros, más manipulación, que heroísmo. Su biografía podría ser un manual. El espectáculo Castro: ¿cómo ser un tirano y, aún así, lograr que los papas te visiten y los Rolling Stone canten en tu casa?