Welcome to Savage Capitalism. De Wendy Guerra

 Students gathered at the University of Havana in November after Castro’s death. Credit Mauricio Lima for The New York Times

Students gathered at the University of Havana in November after Castro’s death. Credit Mauricio Lima for The New York Times

Wendy Guerra, escritora cubana

Wendy Guerra, escritora cubana

Wendy Guerra, 3 diciembre 2016 / THE NEW YORK TIMES

HAVANA — He came down from the Sierra Maestra with his troop of rebel soldiers, looking sharp in his olive-green uniform, with his long beard and Santa Juana seed necklace. He and the other bearded men, his barbudos, quickly made camouflage and epaulets chic, transforming fashion from the Paris catwalks to the New York subway.

Vea el original en español abajo

But shortly after Fidel Castro entered Havana on Jan. 8, 1959, the revolutionary government began enforcing aesthetic prohibitions. Despite the rebels’ insouciant air, a witch hunt began against young people who themselves wanted to wear long hair, scraggly beards and the same guerrilla outfits that had captivated the nation — a nation that, from then on, was not supposed to look as subversive as its leader.

“Why does Fidel wear whatever he wants but we have to cut our hair to go to school?” I asked my mother.

“Because there is only one star in this show; the rest of us are supporting actors,” replied my mother.

The soundtrack of my life was a speech by Fidel. I heard his hoarse voice, his repetitive turns of phrase, even in dreams. When I was a little girl, I would stand in my school uniform for hours on end next to my mother in the Plaza de la Revolución, sweating and sunburned, hungry and thirsty, as he fired off endless litanies of numbers and percentages. Did Fidel, I wondered, never need a drink of water? Did he never need the bathroom?

When Fidel appeared on television in his pristine olive-green uniform, surrounded by presidents of other countries in suits and ties, I’d ask my mother: “Why is our president always dressed up like a soldier? Are we at war?”

My mother tried to explain that this was how Fidel went through life, that he was an eternal warrior and that his battle was not over yet.

When I was 12 I learned that presidents entered and left office through elections; until then I had presumed that presidents stayed in power until they died. “Mommy, is Fidel the king of Cuba? Is that why we don’t have elections?”

Every step my country took was dictated and defined by him. Everything I have become was decided by him or the institutions he created: what I could eat, what I could wear, what I could study.

When I began to travel abroad, I had to confront cash machines and the open microphones of uncensored journalists, and I understood then that I had spent my entire life in captivity. I did not know how to behave like someone from the Western world even though, geographically, that’s where I was born.

What will become of us now that Fidel is gone? Cubans of my generation have been educated under a paternalistic system that is nothing like the jungle to which we have now escaped. We are totally unprepared. The Russian fantasy lasted too long. I am a person untrained for the speed of the real world.

Is that why I still live on this island when so many others have left?

When I learned of the comandante’s death, I realized that from now on we would have to fend for ourselves. We would have to learn to move through life as citizens of the world, not as the sheltered apprentices of a delirious master.

What will become of us without the zoo where they feed you, cure you, train you, polish you and gag you — and then realize that they don’t know what to do with you, with everything you know, are and want to be? What will become of the Cuban people without an obsessive, overprotective “father” who won’t allow them to sneak out into “savage capitalism”? What will become of us without that person who thinks for us, who gives us permission to enter and exit an island surrounded by politics and water? Who will give me — or deny me — permission to be the person I am?

On Nov. 26, the morning after Fidel died, I felt this little cage open, just a crack. I looked at the empty, silent city. But I didn’t go out to breathe in the cool air. Instead, I moved away from the door. I was afraid that someone might come in and hurt me. I was scared. And I understood that the cage was inside of me.

I thought about my parents, now dead. This came too late for them. And I thought about myself, a censored author in Cuba, a 21st-century woman whose voice has long been silenced. Despite the fact that this was the chronicle of a death foretold, I realized that Fidel was not as immortal as he thought he was. His long speech had ended.

But his ideas had long since contaminated my blood. Fidel left that mark on all of us. And so my last question now hangs in the air: “How do we live without Fidel?”

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BIENVENIDO AL CAPITALISMO SALVAJE

Bajó de la Sierra Maestra con su tropa de soldados rebeldes, se veía elegante en su uniforme verde oliva, con su barba larga y su collar de semilla Santa Juana. Él y los otros hombres barbados, sus barbudos, rápidamente hicieron chic al camuflaje y las charreteras, transformando la moda desde las pasarelas de París hasta el subterráneo de Nueva York.

Pero poco tiempo después de que Fidel Castro entró en La Habana el 8 de enero de 1959, el gobierno revolucionario empezó a hacer cumplir normas estéticas. A pesar del aire despreocupado de los rebeldes, comenzó una caza de brujas contra jóvenes quienes querían llevar el cabello largo, barbas desaliñadas y los mismos trajes de guerrilla que habían cautivado a la nación, una nación que, desde ese momento en adelante, no podía aparentar ser tan subversiva como su líder.

“Por qué Fidel se pone lo que quiere pero nosotros tenemos que cortarnos el pelo para ir al colegio”, le pregunté a mi mamá.

“Porque en este espectáculo solo hay una estrella; los demás somos actores secundarios”, respondió mi mamá.

La banda sonora de mi vida era un discurso de Fidel. Escuché su voz ronca, sus frases repetitivas, incluso en sueños. Cuando era pequeña, me quedaba parada en mi uniforme de colegio por horas al lado de mi madre en la Plaza de la Revolución, sudando e insolada, con hambre y sed, mientras él disparaba letanías interminables de cifras y porcentajes. Yo me preguntaba si Fidel nunca necesitaba agua. ¿Nunca necesitaba el baño?

Cuando Fidel apareció en televisión en su impecable uniforme verde, rodeado por presidentes de otros países en saco y corbata, le preguntaba a mi mamá: “Por qué nuestro presidente siempre está vestido como un soldado? Estamos en guerra?”.

Mi madre trató de explicar que así era como Fidel pasaba por la vida, que era un eterno guerrero y que su batalla aún no había terminado.

Cuando yo tenía 12 años aprendí que los presidentes entraban y salían de la presidencia por medio de elecciones; hasta entonces yo había presumido que los presidentes permanecían en el poder hasta que morían. “¿Mami, Fidel es el rey de Cuba? Es por eso que no tenemos elecciones?”.

Cada paso que mi país tomó fue dictado y definido por él. Todo en lo que me he convertido fue decidido por él o las instituciones que él creó: lo que podía comer, lo que podía vestir, lo que podía estudiar.

Cuando empecé a viajar al extranjero, tuve que enfrentar cajeros automáticos y los micrófonos abiertos de periodistas sin censura, y entendí entonces que había pasado toda mi vida en cautividad. No sabía cómo comportarme como alguien del mundo occidental aunque, geográficamente, allá es donde nací.

¿Qué será de nosotros ahora que Fidel no está? Cubanos de mi generación han sido educados bajo un sistema paternalista que no es nada como la jungla a la cual ahora hemos escapado. Estamos totalmente sin preparación. La fantasía rusa duró demasiado. Yo soy una persona que no está entrenada para la velocidad del mundo real.

¿Es por eso que yo aún vivo en esta isla cuando tantos otros se han ido?

Cuando supe de la muerte del comandante, me dí cuenta de que de ahora en adelante tendremos que ver por nosotros mismos. Tendremos que aprender a deambular por la vida como ciudadanos del mundo, no como los protegidos aprendices de un maestro delirante.

Qué será de uno sin el zoológico donde le dan comida, lo curan, lo entrenan, le dan brillo y lo amordazan, y luego se dan cuenta de que no saben qué hacer con uno, con todo lo que sabe, y quiere ser? ¿Qué será del pueblo cubano sin un “padre obsesivo y sobreprotector que no les permitirá escaparse hacia el “capitalismo salvaje?”. ¿Qué será de nosotros sin aquella persona que piensa por nosotros quien nos da permiso de entrar y salir de una isla rodeada por política y agua? ¿Quién me dará, o me negará, permiso para ser quien soy?

El 26 de noviembre, la mañana después de que Fidel murió, sentí que esta jaulita se abrió, solo un tris. Miré la ciudad vacía y silenciosa. Pero no salí a respirar el aire frío. En cambio, me alejé de la puerta. Tenía miedo de que alguien iba a venir a hacerme daño. Tenía miedo. Y entendí que la jaula estaba dentro de mi.

Pensé en mis padres, ahora muertos. Esto llegó tarde para ellos. Y pensé en mi misma, una autora censurada en Cuba, una mujer del siglo XXI, cuya voz ha sido silenciada por mucho tiempo. A pesar del hecho de que esta fue una crónica de una muerte anunciada, me di cuenta de que Fidel no era tan inmortal como creía ser. Su largo discurso ha terminado.

Pero sus ideas desde hace mucho contaminaron mi sangre. Fidel dejó esa marca en todos nosotros. Y entonces mi última pregunta queda en el aire: “Cómo vivimos sin Fidel?”.

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