Máriam M. Bascuñán

La fragilidad de la política. De Máriam M. Bascuñán

El ejercicio de victimización de Puigdemont y su respuesta a las delirantes “155 monedas de plata” del tuitstar Rufián quedarán en la retina.

 

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Máriam M. Bascuñán, catedrática de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

Máriam M. Bascuñán, 27 octubre 2017 / EL PAIS

Ocurrió, ya lo saben. La retórica que ha dominado la conversación pública, plagada de acusaciones cruzadas y acentuada por el subterfugio político de la culpa, alcanzó el clímax. Han fingido una victoria disfrazados de impecables justicieros, paladines del bien escapando de la ficticia persecución de las diabólicas fuerzas del mal. Quedará en nuestra retina el ejercicio de victimización universal de Puigdemont y su respuesta, tan católica, a las delirantes “155 monedas de plata” del tuitstar Rufián.

Deberíamos saberlo: la dialéctica del resentimiento sigue la lógica del escarnio y se modula apelando a una catarsis colectiva bajo el paraguas de ese absurdo “mandato heroico” tiznado por el voto secreto. Lo lógico hubiera sido escapar de la moral y entrar el paisen el barro de la política, especialmente quienes tanto la reclamaban. Pero olvidaron la lección de Russell: erigirse en oprimidos no les convierte en virtuosos, ni es en absoluto necesario “para la exigencia de igualdad”. Conocemos el consolador efecto de fijar un solo foco, origen de todos los agravios, al que se opone una única salida indiscutible. Sin grises o tensiones dolorosas, se elude el deber de juzgar políticamente las situaciones.

El lenguaje de la culpa es antipolítico porque impide pensar los conflictos en términos de responsabilidad e invoca una respuesta defensiva. El peligro es que interiorizamos los dilemas políticos como injurias personales que emergen como una herida que supura. La culpa nos estanca en el pasado; la responsabilidad proyecta futuros que es necesario articular colectivamente, abandonando la concepción del individuo marcado por los pecados cometidos.

Avanzar hacia el futuro era la única garantía para cerrar las cicatrices del pasado. Es de ahí de donde surge la solidaridad política, antes que de la apelación a una suerte de hermandad religiosa. Esta presupone una acrítica alineación homogénea sobre tradiciones heredadas; aquella, compromiso entre los diferentes. Porque la solidaridad nos vincula a proyectos vivos que miran al futuro. Es tan firme como frágil, pero sin ella jamás nos emanciparemos de los grilletes del pasado. No es tarde para hacerlo.

@MariamMartinezB

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Democracia cultural. De Máriam M-Bascuñá

Lo que está en juego no es distribuir diferencias sino poder.

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ablo Iglesias en el Congreso de los Diputados. © ULY MARTIN

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Máriam M-Bascuñá, profesora de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

Máriam M-Bascuñá, 21 octubre 2017 / EL PAIS

“Condición pos-socialista” fue la expresión de Nancy Fraser para el momento surgido tras la caída del muro de Berlín. La autora señalaba la incapacidad de la izquierda para encontrar un proyecto progresista que se erigiese en alternativa ante los fulgurantes cambios políticos. El “agotamiento de las energías utópicas” parecía dar la razón a Fukuyama y su fin de la historia: triunfaba la democracia liberal. Fue ahí cuando la nueva gramática que aspiraba a cubrir ese vacío, el de una visión alternativa progresista, encontró un espacio en el reconocimiento de la diferencia cultural.

Pero esa “anémica” propuesta no podía ser creíble, decía Fraser, porque eludía “el problema de la economía política”. Ante el influjo del reconocimiento, la izquierda olvidó la distribución. Fue así como se produjo el desplazamiento de la economía por la el paiscultura, del valor de la igualdad por el de la diferencia, del igualitarismo distributivo por la política de la identidad. Lo curioso es que, mientras se profundizaba en esta deriva, la izquierda se escandalizaba porque el neoliberalismo seguía campando a sus anchas. Hoy, cuando Piketty consigue redefinir las contradicciones del capital en el siglo XXI proponiendo la gobernanza global, vemos cómo nuestro Podemos insiste en el error de situar la “democracia cultural” en el centro del proyecto de izquierdas. Y lo hace promoviendo una visión radicalizada de la cultura propia, identificada con un principio soberano nacional. Lejos de anteponer la crítica a un sistema que sigue provocando desigualdad, se ha entregado al mercado de las identidades, alimentando el narcisismo de las pequeñas diferencias. En su supuesto proyecto soberano no hay cuestionamiento de principio del neoliberalismo ni respuesta a cómo gestionar las interdependencias, al equilibrio de la convivencia dentro de los islotes identitarios.

Quizás porque lo que está en juego no es distribuir diferencias sino poder. Y parece que, para obtenerlo, no se trata tanto de perseguir un proyecto emancipador como de acentuar contradicciones hiperlocalizadas subrayando lo que nos separa, no lo que nos une. La izquierda sigue sin rumbo.

@MariamMartinezB

Representaciones paralelas. De Máriam M-Bascuñán

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 Vecinos de Girona aplauden y alzan los puños ante la manifestación de Puigdemont de que “Cataluña se ha ganado el derecho a ser un Estado independiente”. Foto: Toni Ferragut

Hace tiempo que abandonamos el ilusionismo de las apariencias para entrar en la pura suplantación de lo real.

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Máriam M-Bascuñán, politóloga, Universidad Autónoma de Madrid

Máriam M-Bascuñán, 14 octubre 2017 / EL PAIS

La distinción entre lo real y lo aparente es tan vieja como el propio Platón, aunque fue Maquiavelo quien fijó su conexión con el poder al hablarnos del ilusionismo político. El florentino consideró el arte de jugar con la apariencia una técnica política más, pues las personas, al cabo, nos dejamos guiar antes por la ilusión que por lo real. Al final, lo importante es la apariencia: no cómo son las cosas, sino cómo las percibimos. La obsesión griega por buscar la verdad cedería paso al afán del político por generar apariencias que terminarían instalándose como verdad.

el paisLas nuevas derivas nos inclinan a pensar que ya no nos movemos en esa distinción, pues hace tiempo que abandonamos el ilusionismo de las apariencias para entrar en la pura suplantación de lo real. Se fabrican mundos ficticios, representaciones políticas meramente teatrales que incluso se contradicen performativamente. ¿Cómo si no explicar la DUI de Puigdemont en su doble versión hard-soft? La interpretación de esa imago producía dos versiones distintas de la misma realidad con serias implicaciones sobre la capacidad cognitiva de los ciudadanos, pues puede terminar haciéndonos insensibles a la contradicción.

Hoy sabemos que esa escenificación se refuerza en las redes, que no asistimos únicamente a la realidad de un actor, Puigdemont, y su solemne discurso: el impacto se magnifica activamente a través de su representación paralela en el ciberespacio. La suplantación no sólo se produce en el mundo real, sino en la cautiva simulación grupal del enjambre virtual. De esta forma, el simulacro sigue; lejos de desvelarse, se profundiza en nuestras comunidades virtuales.

Parece que gobernar ya no es hablar, sino escenificar una performance cuanto más espectacular mejor, aunque el canto de Els segadors y la mirada solemne suspendida en el horizonte rocen el folklore de sainete. Porque sin comunicación política no hay gobierno, y aquella no consiste en teatralizar sino en explicar, trazar un rumbo, rendir cuentas y, lo más importante, incrementar el dominio de los ciudadanos sobre sus vidas. Justo lo contrario de lo que nos pasa.

@MariamMartinezB

Verdades que suman. De Máriam M. Bascuñán

La democracia no protege una verdad, sino la posibilidad de que convivan muchos puntos de vista.

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Máriam M. Bascuñán, catedrática de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

Máriam M. Bascuñán, 16 septiembre 2017 / EL PAIS

Hoy en día es poco frecuente, salvo por los sacerdotes, encontrar a personas que se crean en posesión de la Verdad. No así Junqueras, quien en un tuit de agradecimiento a Assange por el apoyo a la causa independentista decía: “Gracias Julian por arrojar luz sobre la verdad en estos días decisivos”. Será que, como dice la Biblia, quien es de la Verdad oye su voz. Aunque la cosa llevada al terreno político es arriesgada pues, si existe una verdad, ¿significa esto que sólo hay una respuesta para las preguntas políticas?

Lo decía Arendt al señalar a la Verdad como la muerte de todas las disputas: cualquier acto político desplegado en defensa de un credo que se piensa incontrovertible cierra el pluralismo. Por eso “arrojar luz sobre la el paisverdad” no es más democrático que tener libertad para narrar el mundo de una manera alternativa. La democracia no protege una verdad, sino la posibilidad de que convivan muchos puntos de vista. Y un presidente como Rajoy, convertido en sacerdote de la ley, puede terminar por interiorizarla como un mero seguimiento de reglas.

Por mucho que ambos se empeñen, el acceso al mundo político que garantiza la ley se da a través de la conversación, donde incluso caben nobles voces iluminadas que, como la de Assange, emergen elevadas de la ordalía del exilio. Ya sabemos que tan pronto pueden borrar la ignominia del mundo apoyando a Trump o a Le Pen, como adoptar ese tono clerical para honrar una verdad y una justicia que por lo visto conocen con seguridad y que harán triunfar a toda costa. Lo curioso es que Assange se encerró en la Embajada de Ecuador huyendo de otra verdad más objetivable: la verdad judicial del Estado sueco. Esto sí es un hecho incontestable, no una opinión. Por eso llama la atención que alguien pueda dar crédito a quien por su actitud se ha desautorizado.

Lo terrible es que no se busca la verdad de los hechos sino la aquiescencia de quienes comparten “nuestras razones”. Y por eso da igual que el Estado español sea comparado con la dictadura China responsable de la masacre de Tiananmén. Mientras se sume al carro de los nuestros todo lo demás no importa. Hay, desde luego, una izquierda que debería hacérselo mirar.

@MariamMartinezB