Venezuela

“Si Maduro gana, habrá sido con trampas”: Francisco Rodríguez, jefe del prográma económico de Henri Falcón

El economista confía en que los votos harán posible la transición política en Venezuela. Se afinca en la propuesta de la dolarización para conjurar la hiperinflación.

   

Francisco Rodriguez junto a Henri Falcón.

Francisco Rodriguez junto a Henri Falcón. REUTERS

Alonso Moleiro, escritor y periodista venezolano

Entrevista de Alonso Moleiro, 18 mayo 2018 / EL PAIS

Formado en los Estados Unidos, economista jefe de la firma Torino Capital, conocido en el mundo de las finanzas internacionales, Francisco Rodríguez ha mantenido con el chavismo, durante años, una paradójica relación intermitente desde la discrepancia. Fue asesor parlamentario durante los primeros años de Hugo Chávez, y pudo encontrar algunas coincidencias con sus dirigentes mientras este movimiento no pisara el acelerador de la radicalización, en un tiempo que ahora luce totalmente remoto.

Francisco Rodríguez es hijo de Gumersindo Rodríguez, el economista que llevó adelante el programa económico ejecutado por Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno, en los años 70, conocido como “La Gran Venezuela” tiempo en el cual el país era la estrella económica de América Latina.

Los observadores lo tienen como un “keynesiano”, persuadido del papel del Estado en el crecimiento económico; conocedor de los mercados financieros y una persona de indudable calificación profesional.

Pregunta. Los factores involucrados en el proceso venezolano consideran casi imposible que Henri Falcón derrote a Nicolás Maduro, en virtud del control institucional que tiene el chavismo del país.

Repuesta. Mi visión es distinta. Hay muchos analistas que no le quieren asignar una probabilidad de victoria a Henri Falcón. A mí me parece curioso; en el de 2012 todas las encuestas reportaban una desventaja de Henrique Capriles Radonski respecto a Chávez y sin embargo muchos observadores estaban emocionados ante una posibilidad de victoria más bien remota. Ahora vemos lo contrario, pero en cierto sentido es lo mismo: las encuestas están viendo ganador a Henri Falcón, y hay gente empeñada en ignorarlas. Es cierto que Maduro diseñó una elección en la cual tenga la mayor probabilidad de ganar. Maduro adelanta la elección luego de haber escamoteado las elecciones de gobernadores y sabía que podía producir discrepancias. Una parte de la oposición ha caído en ese juego. La opinión internacional sobre Venezuela responde a lo que piensan ciertas élites. Ellos quieren que la abstención se imponga porque piensan que así pueden deslegitimar al gobierno. No quiero criticarlos, pero sí me parece imposible eludir la conclusión de que prefieren ver ganar a Maduro si con ello logran imponer su punto de vista.

P. El Consejo Nacional Electoral ya demostró de lo que es capaz en materia de fraudes con las elecciones de la Constituyente

R. Es cierto, pero la oposición no participó en esas elecciones, no tenía testigos. Una cosa es perder, y la otra ganar y que te arrebaten la victoria. ¿Dónde estaría pecando de ingenuo? ¿En pensar que Maduro no hará fraude? Esa es una pregunta políticamente muchísimo más compleja. Nosotros lo que pensamos es que, si eso pasa, el país debe movilizarse para hacer respetar el resultado. Pero no es que pensamos que eso no puede ocurrir. Lo que creemos es que participar en las elecciones es un camino con mucho más posibilidades de llevar a un cambio de régimen político que abstenerse.

P. ¿Cómo interpreta el crecimiento inesperado de Javier Bertucci?

R. Bertucci le ha restado respaldo a Henri Falcón. Falcón estaría ahora con una ventaja de más de 20 puntos sobre Maduro de no ser por Javier Bertucci. Nosotros procuramos acordar con él; fue totalmente imposible. Pienso que hay buenas razones para sospechar que Bertucci le hace deliberadamente el juego al gobierno.

P. ¿Cuáles serían las primeras decisiones que tomaría si Falcón gana?

R. Hay que trabajar en la estabilización para derrotar la hiperinflación. Realinear las expectativas en torno a la estabilidad de precios, hacer un compromiso creíble de no imprimir dinero y consolidar la impresión de que tendrás déficits fiscales bajos. En el contexto venezolano, la política que te puede garantizar el éxito contra la hiperinflación es la dolarización. Por eso es que la hemos planteado como argumento central. Necesitas, rápido, conseguir financiamiento, ir a los organismos multilaterales, presentarles un programa económico que sea solvente, para que presten dinero, reestructurar la deuda externa, aceptar financiamientos bilaterales con otros países. PDVSA tiene que reprofesionalizarse, despolitizarse. Buscar nuevas modalidades para fomentar la inversión privada. Que haya confianza en la inversión, con contratos de estabilidad jurídica. Se trata de que el país pueda explotar las grandes reservas petroleras que tiene. Para eso están los mercados de capitales, no creo que haya mayor problema con eso. Nuestro planteamiento está totalmente enmarcado dentro de lo que contempla la Constitución de 1999.

P. ¿Piensa que esa transición, que todos ven imposible, se puede concretar?

R. Claro que sí. Si no, no estaría aquí.

P. ¿Qué pasaría si el chavismo gana sin necesidad de hacer trampas?

R. El chavismo está haciendo trampas ya. Estas han sido unas elecciones tramposas. Y en las últimas dos semanas, ante la evidencia de que están perdiendo en las encuestas, los delitos electorales han escalado. Aquí hay en marcha un proceso de compra de votos, de seguimiento del voto, con la instalación del Punto Rojo y la obligación a la militancia de escanear el carne de la patria luego de votar, junto a ofrecimientos explícitos para sellar el compromiso. El hecho de que estemos participando en la elección no lo niega. No creo que suceda, pero si Maduro gana, habrá sido con trampas. ¿Qué pasaría con Venezuela? Más deterioro económico y político. Un agravamiento de la crisis humanitaria, y con el chavismo produciendo un entorno constitucional donde se consolide una verdadera dictadura, en el cual el papel del voto popular sea muy restringido.

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Carta para entender la disyuntiva venezolana: ¿Votar o abstenerse? De Paolo Luers

8 mayo 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Henri Falcón desafía al régimen de Maduro, que con una elección sin igualdad de condiciones quiere perpetuarse en el poder. Al mismo tiempo desafía a la dirigencia opositora, que llama a la abstención para boicotear estas elecciones por no cumplir con estándares democráticos.

Su argumento: Es absurdo esperar que en una dictadura haya elecciones libres, democráticas, sin abusos estatales y fraude. Por esto se llama dictadura. Pero cuando el 80% de la población rechaza al régimen gobernante, y el régimen convoca elecciones para revestirse de legitimidad, la oposición debe usarlas para poner a la dictadura en un dilema: o reconocer su derrota electoral, o hacer un fraude tan obvio que le resta lo poquito que le quedaba de legitimidad. La oposición gana aunque no gane.

Es incomprensible que los líderes de la Mesa de la Unidad Democrática MUD, luego de haber actuado exitosamente bajo esta lógica en el 2015, conquistando el control de la Asamblea Nacional, ahora abandonó esta estrategia y llama a la abstención. Acusan a Henri Falcón de haber roto la unidad con su postulación, cuando ellos abandonaron lo que fue la esencia del pacto unitario: recuperar la institucionalidad y la libertad, haciendo uso de todas las luchas pacíficas posibles.

Henri Falcón se postuló, porque la MUD no fue capaz de nombrar a un candidato unitario. Ahora, en la recta final hacia las elecciones del 20 de mayo, las bases de los partidos opositores comienzan a unirse a él para desafiar a la dictadura. No entiendo por qué líderes como Leopoldo López y Henrique Capriles no rompen su silencio para llamar al voto. A Leopoldo, quien en su arresto domiciliario tiene serias restricciones para ejercer sus derechos de libre expresión, no le pueden prohibir llamar al voto en unas elecciones convocadas por el gobierno. Y Capriles, a quien el gobierno arbitrariamente inhabilitó como candidato, debe apoyar la estrategia electoral que él mismo ha defendido durante años. Con ambos llamando al voto, la situación cambiaría a favor de Falcón.

¿Quién es Henri Falcón? ¿Qué representa que apoyarlo sea tan difícil para los demás líderes de la oposición?

El pecado de Falcón es que fue chavista. Siendo gobernador de Lara por el partido oficial, Falcón renunció al chavismo en febrero del 2010 e hizo públicas sus críticas a Hugo Chávez: la centralización total del poder, la falta de institucionalidad, la corrupción, la burocracia ineficiente. Se unió a la opositora Mesa de Unidad Democrática, convirtiéndose en uno de los aliados más importantes de Henrique Capriles en su candidatura presidencial del 2012. Atrajo a esta campaña votos de sectores disidentes del chavismo.

En 2013 fue reelecto gobernador de Lara, uno de tres opositores que lograron derrotar al chavismo y ganar gobernaciones. Su pasado lo convierte en adversario de los sectores de derecha de la oposición, que ahora predican la abstención para evitar que se consolide su liderazgo. Pero al mismo tiempo lo convierte en un candidato peligroso para Maduro, porque puede atraer el voto de los sectores populares sobre los cuales el chavismo perdió el control. Si se suman los votos de la oposición representada en la MUD, Falcón llegaría a una mayoría difícil de ocultar por un fraude.

Si el abstencionismo se mantiene, facilita a Maduro otros 6 años en el poder, y la legitimidad que ya había perdido. Espero que escojan bien los venezolanos opositores.

Saludos,

Lea también:
Venezuela: En pro y en contra de la abstención.
De Fernando Mires y Alberto Barrera Tyszka

Venezuela: En pro y en contra de la abstención. De Fernando Mires y Alberto Barrera Tyszka

Las elecciones presidenciales, convocadas por el régimen de Maduro y cuestionadas por la comunidad internacional y la opositora Mesa de Unidad Democrática MUD, tendrán lugar el 20 de mayo. Dentro y fuera de Venezuela hay un fuerte debate sobre abstenerse o votar masivamente por el candidato Henri Falcón, quien se postuló desatendiendo la decisión de la MUD, y cuya candidatura está agarrando fuerza.

Representativos para todas las posiciones publicadas, voy a reproducir aquí solamente las de dos intelectuales que considero de los intelectualmente más honestos que suelen opinar sobre Venezuela. El escritor, guionista y columnista venezolano Alberto Barrera Tyszka, en pro de la abstención; y el politólogo chileno Fernando Mires, quien tiene mucha influencia en el debate de la oposición venezolana. Mires defiende la participación en las elecciones.

El próximo martes voy a publicar en El Diario de Hoy y en este blog la posición mía a favor de una votación masiva por Henri Falcón.

Paolo Luers

FALCÓN, EL CANDIDATO. De Fernando Mires

30 abril 2018 / TalCual

La candidatura de Henri Falcón no nació de la nada. Surgió como consecuencia de la decisión de la MUD de no presentar candidatura presidencial después del fracaso del diálogo de Santo Domingo. Decisión tomada como respuesta a la premeditada –repetimos: premeditada– intransigencia de los dialogantes enviados por Maduro.

Después del fracaso del diálogo fueron abiertas a la MUD dos opciones. La primera: la de “pelear peleando”, es decir, la de levantar una candidatura que denunciara ante el mundo la ausencia de condiciones electorales, desatando un masivo movimiento político en contra del régimen. La segunda: la de seguir el juego del oficialismo, cediendo el paso para que este venciera en las elecciones.

1.- El error más grande de la historia de la MUD

La dictadura demostró tener un conocimiento exacto de la MUD. Sabía que no tenía candidato y que –dadas las rivalidades entre los partidos del G4– iba a ser difícil que lo tuviera, por lo menos a corto plazo. Ese fue sin duda el primer error que llevaría a la MUD a cometer el segundo, el más grande de su historia: no levantar candidatura frente a un gobierno que había alcanzado sus puntos más bajos de aprobación. La no-existencia de condiciones electorales mínimas, en lugar de convertirse en una consigna de participación, se convertiría así en un llamado a la apatía, a la resignación, a la nada. La única candidatura de la MUD es hoy la señora abstención lo que para una asociación electoral –la MUD es eso– significa una (auto) condena a muerte.

Para disimular su monumental error, los dirigentes de la MUD adujeron que el llamado a la abstención seguía la orientación de una supuesta Comunidad Internacional, vale decir, de un conjunto de gobiernos dispares entre sí, cuya preocupación fundamental dista de ser Venezuela, como demostró la Cumbre de Lima. Votar es legitimar a la dictadura ante el mundo, fue la consigna central. Un absurdo: una dictadura no puede ser legitimada con nada porque una dictadura es una dictadura. No existen dictaduras legítimas. Pero aún suponiendo que esa, por la MUD fetichizada “comunidad”, hubiera tenido el poder que le supuso la MUD (ni en la OEA posee mayoría ejecutiva) ese poder habría sido inútil pues con la abstención ya no tenía a qué ni a quién apoyar.

Sin elecciones la MUD es como un sistema solar sin sol, un montón de meteoritos perdidos en la noche de la anti-política. Ni siquiera la creación del Frente Amplio (la MUD más organizaciones pro-MUD) que en condiciones electorales habría sido un poderoso instrumento de lucha, pudo interceptar la crónica del fracaso anunciado. Fracaso, porque la MUD al retirarse de las elecciones, se retiró de su ruta, rompió con su única línea y no supo levantar otra.

¿Extraña que bajo esas condiciones los abstencionistas de la primera hora –los anti– electoralistas crónicos, los del “maduroveteya”, los de “en dictadura no se vota”, los del “dimite-pues” – hubieran llenado el espacio vacío que dejó la MUD imponiendo consignas que hoy repiten los neo-abstencionistas como si fueran de su autoría? ¿Extraña que abstencionistas y abstencioneros cierren filas para bloquear la alternativa que hoy representa el candidato Henri Falcón? ¿Extraña al fin que la candidatura de Falcón se convirtiera en el blanco de los más viles ataques, injurias e infamias que es posible imaginar?

En Venezuela no existe un falconismo, como sí hubo un chavismo, un madurismo y de algún modo, un caprilismo. Pero sí existe una ideología anti-Falcón cuyas connotaciones son brutales tanto en las redes como en la prensa. La ideología anti-Falcón ha llegado a ser la de la impotencia política, la de los que ven en Falcón lo que ellos no supieron (y tal vez quisieron) hacer, la alternativa que los denuncia y acusa, el hecho objetivo que no les permitirá posar como víctimas inocentes y, por eso, el chivo expiatorio de tantas frustraciones. De lo que no se han dado cuenta es que, mientras más atacan al candidato, más significado adquiere la candidatura. En el hecho -aunque Falcón no se lo hubiera propuesto- lo han convertido en el representante de una doble protesta. En contra de la dictadura y en contra de una oposición donde abnegados y respetables políticos conviven con burócratas sin ideas, con tácticos sin estrategia, con aventureros de ocasión. Ha llegado quizás la hora de desmontar la ideología anti-Falcón.

2.- Seis afirmaciones falsas en contra de Falcón

No valdrá la pena detenerse en las difamaciones que acompañan a la ideología anti-Falcón. Afirmar por ejemplo que Falcón es el candidato de Maduro sin presentar la menor prueba, es una frase que solo delata la miseria mental de quienes la emiten. Sin embargo, si subimos un poco el nivel discutitivo podemos encontrar algunas afirmaciones que a primera vista podrían poseer cierta verosimilitud.

La primera se refiere a la supuesta traición de Falcón al no acatar la decisión de la MUD. De más está decir que el concepto de traición pertenece a los estamentos militares, a las mafias, a las cofradías conjuradas, pero no a la vida política. Falcón, en el peor de los casos, desobedeció a una directiva. Pero la política no está basada en relaciones de obediencia. Nadie puede estar sometido a una dirección que ha tomado el camino errado. Más aún, Falcón – es importante subrayarlo – ni siquiera rompió con la línea política de la MUD. La MUD en cambio sí rompió con su línea política al asumir la alternativa abstencionista bajo el pretexto de obligar al gobierno ( y ¿con qué?) a crear las condiciones electorales óptimas. Falcón representa -si así se puede decir- la ortodoxia de la MUD. Las declaraciones programáticas de Falcón no se diferencian un solo centímetro de las que fueron de la MUD.

La segunda afirmación, una variante de la primera, señala que Falcón dividió a la MUD. Cualquiera que la escucha podría imaginar que la MUD había sido siempre monolítica. Pero no es un misterio para nadie que la historia de la MUD es la historia de sus divisiones. La MUD solo ha marchado (relativamente) unida en períodos electorales. Por eso, al abandonar la ruta electoral, la MUD se separó de sí misma. Por lo demás, la unidad por la unidad solo existe en las relaciones amorosas. La unidad política, en cambio, solo se puede dar en torno a objetivos concretos. Si estos objetivos no aparecen, o si han sido borrados del mapa, la unidad no se justifica.

La tercera afirmación apunta al hecho real de que Falcón perdió su gobernación en Lara. Cierto, Falcón perdió como muchos perdieron en unas elecciones en las cuales después del aplastamiento militar de las protestas del 2017, la MUD acudió desmembrada, sin entusiasmo, resignada. Lo que no se puede obviar es que la carrera de todos los políticos está marcada por victorias y derrotas. El político siempre ganador no ha nacido todavía. Más aún: la carrera política de Falcón, a diferencia de otros políticos, está signada por muchas victorias y una sola derrota. Cabe añadir que ninguna elección es igual a otra. Hasta un Abraham Lincoln perdió en dos elecciones antes de vencer en las presidenciales.

La cuarta afirmación, quizás la más recurrente, es la de los que acusan a Falcón de haber sido chavista. Dicha afirmación parte de la premisa de que los candidatos deben dar pruebas de virginidad política antes de postularse. Olvidan que la dimensión de la política es el “ahora y aquí” y no el pasado, sobre todo si ya es lejano, como el de Falcón. Olvidan, además, lo que fue el chavismo antes de que degenerara en madurismo: Uno de los más multitudinarios y poderosos movimientos sociales de la historia latinoamericana cuyo influjo traspasó las fronteras venezolanas. El mismo Luis Almagro fue un furibundo chavista, aún durante Maduro, tres años después de la ruptura de Falcón con Chávez. Es posible entonces comprender las razones por las cuales tantas personas -entre ellas destacados académicos venezolanos- se dejaron atraer por el embrujo del chavismo. Después de todo, el mismo Falcón lo dijo: “Si dejé de ser chavista en los momentos de gloria del chavismo, no lo voy a ser ahora, en el momento de su declive”. Lo que Falcón, ni como chavista ni como no-chavista ha sido, en cambio, es un político extremista. Y eso no lo perdonan los extremistas de lado y lado. Falcón como Capriles es un político de centro. Hay, quiérase o no, una línea de continuidad entre la candidatura de Capriles y la de Falcón. Y Capriles lo sabe.

La quinta afirmación nos dice que Falcón fue militar, alcanzando el grado de sargento y por ello vinculado al ejército. Algo difícil de entender. Falcón abandonó las filas militares hace ya mucho tiempo con el título de “maestro técnico de tercera”. Lo que callan sus enemigos es que la posterior formación profesional de Falcón (es abogado) supera lejos a la media de los políticos venezolanos, incluyendo a ex-candidatos presidenciales. Después de haber obtenido su título realizó post-grados en Ciencias Políticas y Derecho Laboral. Innegable por lo tanto es que Falcón ha sido un hombre de esfuerzo y trabajo. Sin embargo, la chusma tuitera lo sigue llamando “el sargento”. Lo que no puede ocultar con esa denominación es el intento por discriminar socialmente a Falcón. El candidato, efectivamente, no pertenece a los altos círculos de la post-oligarquía capitalina, blanca y adinerada. No se educó en colegios exquisitos, no asistió a fiestas de gala, ni pertenece a la cultura del jet-set. Detrás de la denominación de “el sargento” se esconde el clasismo de un sector social con ínfulas aristocráticas, secundado por arribistas de medio pelo a quienes Falcón les parece un candidato sin “glamour”. Pero quizás por eso mismo Falcón tiene “llegada” en sectores donde los políticos de la (supuesta) “clase alta” nunca podrán aparecer.

La sexta afirmación se refiere al hecho de que Falcón no congrega multitudes. También es cierto. Como ya se dijo, el falconismo no existe. Lo que existe es una candidatura política de un candidato sin poses mesiánicas. Algo tal vez raro en Venezuela. No así en la mayoría de los países latinoamericanos. Ni Piñera, ni Macri, ni Kuczinski- Pizarro, ni Temer, ni Moreno, ni tantos más, son líderes de multitudes orgásmicas. El tiempo de las grandes muchedumbres va quedando atrás. En Europa ya no hay líderes de masas. En América Latina los hay cada vez menos. Falcón no es una excepción. Más bien parece confirmar una regla

3.- 20-M

Las elecciones del 20-M serán decisivas. Derrotar a los dos principales aliados de Maduro: el abstencionismo y el fraude, es el gran desafío de los electores venezolanos. Si el abstencionismo logra imponerse, vencerá el fraude. Quizás por primera vez en su historia los opositores venezolanos serán llamados a votar no con el corazón sino con la mente. Pues la alternativa Falcón no representa un futuro luminoso, no porta consigo la promesa de una nueva sociedad y mucho menos la de un mundo feliz. Por el contrario, el propio Falcón ha ofrecido su candidatura para presidir una futura transición la que, como toda transición, deberá ser pactada. Lo único claro es que si Falcón es derrotado, la dictadura logrará mantenerse por mucho tiempo más. Y eso no lo merece el pueblo venezolano. La candidatura de Falcón es la única posibilidad que tiene ese pueblo para comenzar a salir, al fin, de la larga noche dictatorial.

 

La rebelión de los votantes. de Alberto Barrera Tyszka

 

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

6 mayo 2018 / El New York Times

CIUDAD DE MÉXICO — Durante todos estos años, siempre pensé que la única salida al conflicto de mi país era el voto. Sigo pensando así. Y justo por esa razón, creo que el próximo 20 de mayo los venezolanos debemos abstenernos.

Para la mayoría de la población, dentro y fuera del país, la situación es alarmante. Hemos llegado a un límite casi inimaginable en términos de hiperinflación, de deterioro en la calidad de vida, de violación de los derechos humanos y de control y represión oficial. El país frívolo que exportaba reinas de concursos de belleza se ha convertido en el país trágico que exporta pobres desesperados. Todo esto, bajo la mirada de un gobierno que sigue empeñado en negar la realidad, que prefiere destruir la nación que negociar.

En un artículo indignante, publicado hace pocos días en El País, Nicolás Maduro ofreció una muestra de cómo continuamente intenta legitimarse. “Nuestra democracia es distinta a todas”, afirma al comienzo del texto. “Porque todas las demás —en prácticamente todos los países del mundo— son democracias formadas por y para las élites. Son democracias donde lo justo es lo que le conviene a unos pocos”.

En realidad, su gobierno es un espejo perfecto de lo que denuncia. El chavismo se ha convertido en una élite que lleva veinte años concentrando poder. Controla el petróleo y la moneda, maneja a su antojo las instituciones y los tribunales, ha transformado a las Fuerzas Armadas en su ejército privado. Detiene, encarcela, tortura y hasta ejecuta adversarios sin respetar las leyes, sin dar explicaciones. Ha privatizado casi todos los espacios de la vida pública, ha organizado el hambre como un negocio político rentable. Una élite que necesita y desea, el próximo 20 de mayo, ganar algún tipo de legitimidad.

A medida que se acerca el día de las elecciones, aumentan la tensión y el debate sobre votar o no votar en el país. Quienes promueven la teoría de que es necesario votar dan por descontado que la abstención es una resignación inútil, un abandono de la lucha o una manera algo espuria de resistir. Uno de los éxitos del chavismo ha sido distribuir en la sociedad venezolana la idea de que el disentimiento es sospechoso, que siempre puede acercarse peligrosamente a la ilegalidad. La ambigua conjetura de que el llamado a no votar esconde en el fondo un ánimo conspirador le resulta muy conveniente al gobierno.

Dos supuestos sostienen la propuesta de participar en las elecciones: creer, primero, que de manera repentina una indetenible marea de votos le dará un triunfo incuestionable al candidato de la oposición, Henri Falcón, y, después, en segundo término, confiar que el gobierno y sus instituciones aceptarán y reconocerán esa victoria. No hay, sin embargo, ninguna garantía de que alguna de estas dos cosas pueda ocurrir.

La candidatura Falcón no depende de la política, sino de la fe. No es un problema que tenga que ver, ni siquiera, con el candidato. No hay que discutir sus cualidades o deficiencias. El problema está en el sistema. No es nueva la ilusión de un sorpresivo tsunami electoral, más aun en un contexto de crisis total como el que vive el país. Por eso mismo, la campaña oficial se ha centrado en obtener ganancias del clientelismo a través del llamado Carnet de la Patria, que permite al gobierno canjear votos por comida. La élite chavista ha diseñado una arquitectura electoral que carnetiza la pobreza y transforma la elección en un chantaje.

Supongamos, de todos modos, que la hipótesis se transforma en realidad y que una avalancha de votos hace irremediable un triunfo de la oposición. Supongamos, también, que el gobierno reconoce su derrota: ¿qué sigue? Henri Falcón debe esperar hasta enero de 2019 para que el presidente entregue el gobierno.

Llamar a votar porque no hay más remedio, porque no
hay otra alternativa, es absurdo. Estamos denunciando
que las elecciones son un artificio, que la democracia
en Venezuela es una trampa.

Las enseñanzas de lo ocurrido el 2015 deberían ser útiles. Tras la victoria de la oposición, los parlamentarios salientes aprovecharon los pocos días que les quedaban para dar un golpe de Estado y asegurar su control absoluto del Tribunal Supremo de Justicia. A esto, además, hay que sumarle la existencia de una fraudulenta Asamblea Nacional Constituyente (ANC), a la que todavía le queda por lo menos un año de ejercicio, constituida como un poder absoluto, capaz de —por ejemplo— redefinir y limitar a su antojo el papel y las funciones de la presidencia.

Esto implica que aun perdiendo las elecciones, la élite chavista retendrá el poder en su sentido amplio, incluyendo la posibilidad de despojar de facultades a la presidencia. En el supuesto negado de que Henri Falcón ganara, solo obtendría una silla hueca, un adorno y no un cargo, una representación del vacío. Todo esto hace que la elección del 20 de mayo sea un fraude anunciado.

La dirección política de la oposición tiene muchas debilidades y ha cometido bastantes errores. Sin embargo, en este momento tanto la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) como el Frente Amplio están siendo leales con la mayoría que, de distintas maneras, intenta resistir ante el gobierno.

El llamado a la abstención es coherente con lo ocurrido tras las elecciones de octubre del año pasado, cuando Juan Pablo Guanipa ganó la gobernatura en el estado de Zulia y Andrés Velásquez en Bolívar. ¿Qué pasó? Al primero, trataron de someterlo a través de la ANC. La élite canceló el triunfo de los votantes e impuso nuevas elecciones. Al segundo, todavía hoy, el Consejo Nacional Electoral no le ofrece respuestas ante sus contundentes denuncias de fraude. Estos son ejemplos recientes y brutales.

Las elecciones en Venezuela están diseñadas como una estafa perfecta. El gobierno elige a todos los candidatos, establece las reglas de juego, no permite auditorías ni ningún tipo de observación independiente, extorsiona a los votantes con comida y medicinas, mientras la población menos necesitada se debate moralmente entre votar o no votar.

Es una maniobra que apuesta, además, a enfrentar a la crítica internacional. El gobierno necesita una alta participación electoral para poder descalificar a todos los países que se han sumado al desconocimiento de los resultados electorales. Basta recordar una reciente entrevista con Jorge Rodríguez. El ministro de Comunicación y jefe de campaña de Maduro descartó la existencia de la crisis humanitaria usando como argumento el resultado de las últimas elecciones. Para eso necesita el gobierno que los venezolanos participen en las presidenciales.

Llamar a votar porque no hay más remedio, porque no hay otra alternativa, es absurdo. No estamos decidiendo entre votar o tomar las armas. Eso es parte de la trampa. Es lo que también ha propuesto Maduro. No estamos decidiendo entre votar o apoyar una invasión. Estamos denunciando que las elecciones son un artificio, que la democracia en Venezuela es una trampa.

Pero es necesario que la dirigencia política de la oposición llene de sentido —simbólico y práctico— la abstención, que la convierta en un verdadero acto político. Hay muchas posibilidades e iniciativas de inventar acciones de todo tipo, dentro y fuera del país, para el 20 de mayo. No se trata de una resignación pasiva. La abstención no tiene por qué ser una renuncia. También puede ser un gran acto de rebeldía.

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Nicolás Maduro y la banalidad del mal. De Moises Naím

Este artículo desmonta, una a una, las afirmaciones que el presidente de Venezuela defendió en una tribuna reciente publicada en este periódico.

Moisés Naim, escitor y columnista venezolano

5 mayo 2018 / El País

Que la maldad puede ser banal ya nos lo explicó Hannah Arendt. Después de asistir al juicio contra Adolf Eichmann en 1961, Arendt escribió que su principal sorpresa fue descubrir lo anodino que era ese monstruoso ser humano. Este oficial de las SS fue uno de los principales organizadores del Holocausto, en el que fueron asesinados más de seis millones de niños, mujeres y hombres. Arendt cuenta que Eichmann no era muy inteligente; no pudo completar los estudios secundarios o la escuela vocacional y solo encontró empleo como vendedor itinerante gracias a los contactos de su familia. Según Arendt, Eichmann se refugiaba en “frases hechas, clichés y el lenguaje oficial”. Uno de los psicólogos que lo examinó reportó que “su única característica inusual era ser más normalen sus hábitos y en su lenguaje que el promedio de la gente”.

Por supuesto que hay grandes diferencias entre Adolf Eichmann y Nicolás Maduro. Pero también similitudes. A Maduro tampoco le fue muy bien en los estudios o en su vida laboral y sus tropiezos gramaticales siguen haciendo las delicias de quienes lo siguen en redes sociales. Las “frases hechas, clichés y el lenguaje oficial” saturan su vocabulario. Su banalidad es ya legendaria.

El presidente de Venezuela acaba de publicar un muy revelador artículo de opinión en EL PAÍS. En él documenta su mendacidad, confirma su banalidad y despliega su inmensa crueldad.

Comienza afirmando: “Nuestra democracia es distinta a todas. Porque todas las demás… son democracias formadas por y para las élites”. Resulta que la opulenta élite creada por Hugo Chávez, y perpetuada por Nicolás Maduro, lleva dos décadas enriqueciéndose ilícitamente y ejerciendo el poder de manera nada democrática. Su control sobre todas las instancias es absoluto. Un ejemplo: entre 2004 y 2013, el Tribunal Supremo de Justicia dictó 45.474 sentencias. ¿Cuántas de estas fallaron en contra del Gobierno? Ninguna.

Maduro continúa: “La revolución cambió y se volvió feminista. Y entre todos y todas decidimos remover la violencia machista de nuestro sistema de salud y empoderar a las mujeres a través del programa nacional de parto humanizado”. Según la prestigiosa revista médica The Lancet, la mortalidad de las madres en Venezuela en los últimos años ha aumentado un 65% y la mortalidad infantil, en un 30%. ¿Parto humanizado y feminista?

El año pasado, el 64% de la población perdió, en promedio,
11 kilos de peso por falta de comida

Pero Nicolás Maduro no solo se preocupa por las madres. También lo angustian los jóvenes: “Hace 20 años, antes de nuestra revolución bolivariana, era normal echar la culpa de la cesantía de los jóvenes a los propios jóvenes… que por flojos merecían una salud paupérrima, sueldos de hambre y vivir sin techo. Pero con nosotros en el Gobierno la cosa cambió…”. En esto el presidente tiene razón, la cosa cambió: ahora el poder de compra del salario mínimo es un 94,4% más bajo de lo que era en 1998. En la práctica, el salario mínimo “en la calle” es de poco más de tres dólares al mes (2,5 euros). Un mes de salario mínimo “oficial” solo alcanza para comprar dos kilos de pollo. Y ni siquiera todos lo alcanzan. Una enfermera que trabaja por su cuenta, por ejemplo, gana el equivalente de seis centavos de dólar al día. Pero hay más: los jóvenes que tanto preocupan al presidente son las víctimas más frecuentes del desenfreno criminal que sacude al país. Venezuela sufre uno de los más altos índices de asesinatos del mundo. ¿Qué ha hecho Maduro al respecto? Nada.

Naturalmente, la prioridad del presidente es el pueblo: “… Es esencial que la economía esté al servicio del pueblo y no el pueblo al servicio de la economía… La economía es el corazón de nuestro proyecto revolucionario. Pero en mi corazón está primero que todo la gente”. Esa gente que puebla el corazón del presidente está siendo diezmada por la primera hiperinflación latinoamericana del siglo XXI y por la falta de alimentos, medicinas y productos básicos. Según el Fondo Monetario Internacional, los precios subirán un 13.000% este año. El año pasado, el 64% de la población perdió, en promedio, 11 kilos de peso por falta de comida. Este año el desabastecimiento es aún peor y hay severos racionamientos de agua y electricidad. Menos mal que la economía que preside Maduro está al servicio del pueblo. ¿Cómo sería si no fuese así?

Además de desplegar su liderazgo económico y social, el presidente de Venezuela usa su columna para reafirmar sus credenciales democráticas: “Para nosotros solo hay libertad y democracia cuando hay un otro que piensa distinto al frente, y también un espacio donde esa persona pueda expresar su identidad y sus diferencias”. Para centenares de presos políticos, ese “espacio” es una celda inmunda donde viven hacinados en condiciones inhumanas y donde algunos de ellos son regularmente torturados, tal como lo han denunciado todas las organizaciones internacionales de derechos humanos. En la Venezuela de Chávez y Maduro, pensar distinto se volvió muy peligroso.

Un mes de salario mínimo “oficial” solo alcanza para comprar
dos kilos de pollo. Y ni siquiera todos lo alcanzan

Para profundizar en la democracia que reina en su país, Maduro ha convocado elecciones anticipadas y es uno de los candidatos con más posibilidades de ganar, a pesar de que sus votantes se están muriendo de hambre: “Nos hemos empeñado con pasión en transparentar, en respetar y en hacer respetar las leyes electorales para las elecciones del próximo 20 de mayo… Y ese proceso será limpio y modelo…”. El pequeño detalle que omite el presidente y candidato es que 15 Gobiernos de América Latina, más la Unión Europea, Estados Unidos y Canadá han denunciado como fraudulentos los inminentes comicios y han declarado que no reconocerán sus resultados. Maduro el demócrata inhabilitó a los principales partidos de la oposición; sus candidatos más populares están presos, exiliados o descalificados, y no permite que observadores internacionales independientes monitoreen el proceso electoral. Pero el presidente no está solo. La gran democracia rusa mandará un equipo de observadores para garantizar la pulcritud del proceso. Cuba y Nicaragua también.

Es muy revelador que, en su larga columna, Maduro no haya dedicado ni una línea a comentar sobre el infierno que están viviendo los venezolanos. En las encuestas que miden la felicidad expresada por la gente en distintos países, Venezuela solía estar en los primeros lugares. Hoy es uno de los lugares más infelices del mundo; ocupa la posición 102 entre 156 países encuestados. Los millones de venezolanos que han abandonado su tierra tampoco merecen comentario alguno de Maduro.

Y es que una de las peculiaridades más indignantes del régimen de Chávez y Maduro es la criminal indiferencia que han mostrado ante el sufrimiento de los venezolanos que ellos dicen amar. La indolencia, el desinterés, la pasividad con los cuales Maduro trata las trágicas crisis que crecen y se multiplican, matando a diario cada vez a más venezolanos, parecieran no afectarlo, no motivarlo a actuar, a buscar ayuda. Es al contrario: Maduro niega que Venezuela sufra una crisis humanitaria y no permite la ayuda internacional que podría ya haber salvado miles de vidas.

Sí; Maduro es banal. Pero también letal.

 

Lea el artículo de Nicolás Maduro:
Nuestra democracia es proteger

La derecha del chavismo. De Alberto Barrera Tyszka

Hugo Chávez y Diosdado Cabello

Alberto Barrera Tyszka, 14 abril 2018 / Efecto Cocuyo

El cuento va más o menos así: en medio de una entrevista sobre la situación del país, la periodista me comentó la percepción, con frecuencia generosa, que tienen los europeos sobre todo aquello que les suene a “revolucionario” en Latinoamérica.

Hablábamos del gobierno de Venezuela y le mencioné entonces el caso de los Operativos de Liberación del Pueblo (OLP), ese salvaje programa de violencia policial y militar que se ha implementado en los últimos años en nuestro país.

En ese contexto, le dije: “Maduro se parece más a Pinochet que a Allende”. La nota salió con este titular y la periodista no tuvo espacio, tiempo o criterio, para incluir la referencia a esta nueva forma de exterminio que son los OLP. Sin embargo, creí que la frase se entendería en referencia al tema del militarismo. En cualquier caso, podría resultar una provocación para aquellos que pretenden, desde la izquierda más arcaica, defender a Nicolás Maduro. Pero quienes reaccionaron con vehemencia fueron otros: Los nuevos fundamentalistas.

Me interesa el tema del militarismo en el proceso que vive nuestro país. Desde su relanzamiento simbólico, que comenzó a hacer Hugo Chávez en 1992, hasta el momento culminante en que se encuentra ahora, cuando un Presidente supuestamente civil le entrega, de manera supuestamente legal, el control de la economía y de las políticas públicas a las cúpulas castrenses.

Creo que necesitamos entender mejor cómo se desarrolló y cómo funciona eso que la verdad oficial llama “la unión cívico militar”: una élite mafiosa, corrupta y criminal, que se aferra al poder e insiste tercamente en legitimarse. Gilles Deleuze decía que las ideologías son una engañifa, que lo que hay que analizar en cualquier sistema es su forma de organizar y de administrar el deseo y el poder. Creo que pensar el país solamente en términos de una pugna entre “dos modelos” es una manera de reforzar el discurso oficial. Al Cártel le conviene que se siga repitiendo que esta historia es un “proceso revolucionario”.

En cualquier caso, todo esto pudiera ser, de manera natural, parte de la discusión sobre lo que ocurre en el país. Sin embargo, ahora, hay quienes desde una nueva derecha se empeñan en simplificar el debate, quienes suponen que la historia solo puede narrarse como un guión escueto: o crees en el libreto castro comunista, o crees en el libreto de la libertad.

Quienes se indignaron frente a mi comparación entre Maduro y Pinochet señalaron, por supuesto, el éxito económico que se le atribuye al dictador Chileno, el respeto a las instituciones que –según aseguran- tuvo su largo gobierno, la condición “comunista” de Allende, etc. Además de ofrecer otro tipo de argumentos, como acusarme de “izquierdoso”, “progre”, “resentido” o “senil y ñángara”; también recordaron –como otras tantas veces- que hace casi 30 años firmé, junto a otros escritores y trabajadores de la cultura, un remitido de apoyo a Fidel Castro.

No creo que sea necesario volver a explicar el proceso que vivimos muchos con respecto a la experiencia cubana. Me parece más novedosa la fantasía de creer que quienes firmamos ese remitido, dándole la bienvenida a Castro en 1989, somos de alguna manera responsables de lo que ocurre ahora en Venezuela. Es una ficción demasiado básica. Muy probablemente, muchos de los que hoy vociferan y nos acusan votaron por Hugo Chávez en 1998.

Los radicales necesitan leer la historia como si fuera un catecismo. Se alimentan de simplezas religiosas. Alguna vez, Ángel Alvarez (@polscitoall), quien sí es un acádemico y se dedica seriamente al análisis político, me comentó sobre este tema y me refirió una reunión donde Teodoro Petkoff señaló que una de sus preocupaciones con respecto al chavismo es que, a su sombra, podría crecer “una derecha extrema, cristera y pinochetista, nunca antes vista en Venezuela”.

Perdónenme el paréntesis: (este es el instante de la lectura en que, como beatas histéricas, pueden saltar otra vez los nuevos fundamentalistas: ¿Lo ven? ¡Está citando a Teodoro! ¡Un ex guerrillero! ¡Otro ñángara de mierda! ¡Son todos comunistas! ¡Eso no se cura!) Fin del paréntesis.

Regresemos: ciertamente, eso ha ocurrido, está ocurriendo. Del tópico recurrente de decir que el socialismo está en la naturaleza de la identidad nacional se ha saltado al Estado petrolero y paternalista, se ha desbordado y ahora impulsa otra explicación de la realidad y una nueva cacería de brujas. Los fundamentalistas rojitos han conseguido un fundamentalismo a su medida. Mientras maniobran con las dos manos, en los bajos fondos de la política, celebran y promueven esta nueva derecha. Es el único dialogo que toleran: la sordera de dos, gritándose, les garantiza que ninguna negociación sea posible.

Ser de izquierda o de derecha, aun con las inmensas dificultades que haya para definir ambas opciones hoy día, no es ni puede ser un delito o un pecado. Se trata de dos posturas legítimas. No son ellas de por sí el problema. Lo que define la tragedia es un ejercicio del poder que convierte a todos los ciudadanos en distintos tipos de víctimas.

La nueva derecha que surge en Venezuela es un espejo del chavismo. Es la derecha que más le conviene al gobierno. En el fondo, cree en lo mismo. Piensa que la única salida pasa por la supresión del otro. Suponen que aquel que piensa diferente es un socialista apátrida y golpista. Si llegaran al gobierno intentarían de inmediato crear su propia hegemonía comunicacional. Todos los miércoles en la noche, tendríamos en la TV a un nuevo animador, con un viejo mazo lleno de púas y un nuevo cartel que ordenaría” “Aquí no se habla mal de la Derecha”. En el fondo, se parecen demasiado. Ambas están lejos de las mayorías. Ambas se empeñan en ignorar la complejidad de esta historia.

La miseria del abstencionismo venezolano. De Fernando Mires

Revive el debate sobre participar o no en las elecciones presidenciales convocadas por Maduro. La MUD, la coordinadora de los partidos de oposición, no inscribió candidato. Pero ante el hecho que uno de sus dirigentes, el ex gobernador de Lara Henri Falcón, decidió postularse, y ante el creciente apoyo que esta candidatura tiene en la ciudadanía, los partidos opositores y sus líderes se ven ante la disyuntiva de apoyar a Falcón no llamar a no votar. En este debate interviene Fernando Mires, politólogo chileno de mucha incidencia en los sectores opositores de Venezuela. Y lo hace en TalCual, el periódico fundado por Teodoro Petkoff, quien fue el principal crítico de la decisión de la oposición de retirarse de las elecciones parlamentarias del 2005, dejando a Hugo Chávez una Asamblea Nacional sin oposición. El debate sobre esta estrategia abstencionista llevó poco después a la creación de la MUD y de una nueva estrategia que llevó a la oposición a Hugo Chávez en el referéndum sobre la constitución socialista, y en 2015 a ganar una mayoría aplastante en la Asamblea Nacional.

Segunda Vuelta

Fernando Mires, 6 abril 2018 / TalCual

La abstención es y será acompañante en todos los países donde tienen lugar elecciones. Más todavía hoy, cuando los “partidos históricos” –conservadores, liberales y socialistas– ya no son portadores de los ideales e intereses que llegaron a representar a lo largo del siglo XX. No obstante, cuando aparece uno de esos momentos en los cuales en un proceso electoral se juega el destino de una nación –elegir entre un candidato fascista y otro democrático, por ejemplo– las fuerzas políticas se tensan y la abstención tiende a disminuir. Lo hemos visto recientemente en las segundas vueltas de las elecciones europeas. Podríamos decir entonces que en situaciones de débil polarización la abstención aumenta y en situaciones de fuerte polarización (cuando las opciones no dejan lugar a ningún tercero) la abstención disminuye. No es el caso de Venezuela.

Venezuela parece ser una excepción a la regla. En pocos países del mundo existe una polarización política tan extrema como la que se da bajo el régimen de Maduro. Pero a la vez, en pocos la abstención juega un papel tan decisivo. Más todavía: a diferencia de la abstención marcada por el desinterés o desidia, la venezolana es militante. La dictadura lo sabe. Sabe también que en esa abstención reside una de las razones de su supervivencia y por eso mismo la fomenta y la impulsa.

Desde el comienzo del chavismo existe, se quiera o no, una sincronía objetiva entre el abstencionismo y el régimen. Esa es y ha sido la razón principal de la larga existencia del chavismo. El mismo Chávez fue hijo putativo de la abstención.

El abstencionismo venezolano es estructural. En su interior existe, como en toda estructura, un núcleo duro formado por ideólogos y militantes. Se trata de un patriciado sociocultural de remoto (y dudoso) pasado aristocrático. Para ese núcleo la política no es el lugar del compromiso ni de la negociación sino de los símbolos. El ideal de gobierno al que aspira podrá ser republicano, más nunca democrático. El pueblo es para ellos una masa a disposición de grandes líderes, carece de racionalidad y está destinado a seguir consignas luminosas.

El discurso autoritario y anti-electoral de María Corina Machado es prototípico. No las estrategias sino la pureza de la moral decidirán el curso de la historia. No los argumentos, sino el grito o la pose heroica serán decisivos. No los diálogos, no la polémica, no el debate y por lo mismo, no las elecciones, son para ellos los ejes de la política. De hecho desprecian a las elecciones porque como las minorías elitarias que son, desprecian a las mayorías. Esos sectores existen a lo largo y ancho de todo el continente, pero en Venezuela, de modo exacerbado.

El problema más grave es que, siendo los miembros de la abstención militante una extrema minoría, logran cada cierto tiempo ejercer hegemonía sobre todo el campo de la oposición. Se comprueba así una vez más que las ideas, costumbres y modas de los grupos socialmente (ojo: no económicamente) dominantes operan con efecto transmisor sobre todo el contexto social de una nación, hasta el punto que, algunos por arribismo, otros por sumisión, o como un simple reflejo, terminan sometidos a los dictados de esas minorías. Esos grupos hegemonizaron a la oposición hasta la capitulación electoral impulsada el año 2005. Pero a partir del 2006, con la candidatura de Rosales, el triunfo en el plebiscito del 2007, la campaña electoral de Capriles del 2013, y el magnífico triunfo del 6D en el 2015- la hegemonía antipolítica fue sustituida por una conducción política representada por los partidos de la MUD. Desde ese momento la oposición emprendió un curso políticamente ascendente y en medio de fragosas batallas electorales consagró sus cuatro puntos cardinales: electoral, constitucional, pacífica y democrática.

No obstante, los grupos elitarios unificados hoy en Soy Venezuela nunca se han dado por vencidos. De hecho intentaron retomar la conducción mediante la llamada Salida del 2014. Durante las luchas revocatorias del 2015, originariamente surgidas en defensa de la AN, hicieron desaparecer la alternativa electoral de la cual el revocatorio debía ser su impulsor. Las grandes movilizaciones del 2017, también surgidas en defensa de la AN –originariamente democrática y popular, masiva y festiva– fueron usurpadas por comandos juveniles luchando con escudos de cartón en contra de fuerzas entrenadas como bestias para el ejercicio de la represión. En todos esas situaciones Maduro logró imponer la línea militar –incluso a sangre y fuego– por sobre la línea política. En todas ellas, también, la línea insurreccional de la oposición abstencionista secundó –objetivamente- los propósitos del madurismo.

La historia de la oposición, desde 2006 hasta ahora, ha estado marcada por dos luchas. Una externa en contra del régimen y otra interna por la hegemonía y conducción. Durante el primer trimestre del 2018, el capitulacionismo abstencionista ha conquistado nuevamente la hegemonía y la conducción de la oposición. Precisamente en los momentos en los cuales el régimen ha llegado a sus puntos más bajos de aprobación, en medio de la crisis económica más catastrófica que haya padecido algún país latinoamericano, cuando había llegado la hora para aplicar el golpe electoral decisivo, el del jaque mate, la oposición ha retrocedido a los momentos más antipolíticos de su historia. ¿Cómo pudo llegarse a esta situación?

Mibelis Acevedo ha descrito en un magistral artículo como las fuerzas de la inercia (Thanatos) pueden lograr vencer a las de la existencia (Eros) De acuerdo a la metapsicología de Freud –quién explicó por qué hay seres humanos que no pueden alcanzar la felicidad y mucho menos el éxito cuando están a punto de lograrlo– ese parece ser un hecho evidente. Desde el punto de vista historiográfico, debemos, sin embargo, remitirnos a los antecedentes más cercanos. Ellos tuvieron lugar en las fracasadas conversaciones de República Dominicana cuando, como era de esperarse (repito, como era de esperarse) el régimen no aceptó las condiciones solicitadas por la MUD. La MUD se vio así enfrentada a dos alternativas: o no presentarse a elecciones (era precisamente la que buscaba Maduro) o presentarse levantado una candidatura única para denunciar ante la ciudadanía y el mundo los fraudes cometidos y por cometer.

¿Por qué la MUD eligió la alternativa más deseada por Maduro? Hay dos posibilidades. La primera, porque subordinó la política nacional a una mítica “comunidad internacional” representada por el Grupo de Lima que, en su intento por apoyar a la oposición, declaró que no iban a reconocer los resultados de las elecciones. La segunda – parece ser la más evidente- fue que los partidos de la MUD no estaban en condiciones de lograr consenso en torno a un candidato único. Pues si lo hubiera tenido –como clamó con insistencia Capriles– habrían asistido a Santo Domingo en nombre de una candidatura ya configurada. En ese sentido la declaración del Grupo de Lima no habría sido más que una coartada que permitió a la MUD disimular su falta de cohesión interna. Si esa fue la razón –y al parecer, esa fu– la MUD ha cometido un acto de enorme irresponsabilidad, a saber, el de subordinar la suerte de toda una nación a sus intereses partidarios.

No hay en efecto ninguna contradicción entre participar en elecciones y solicitar y recibir apoyo externo. Todo lo contrario, sin elecciones, la comunidad internacional no tiene a nada que apoyar.

Lo cierto fue que al decidir no acudir a las elecciones, la MUD rompió con su línea electoral sin ofrecer ninguna otra alternativa. Los resultados de esa ruptura los tenemos a la vista. Después de la fundación de un Frente Amplio cuyo sentido solo podía ser actuar en el marco de una estrategia electoral, la oposición no electoral se encuentra paralizada, sin alternativa, librada a su propia anomia: una verdadera catástrofe. Para repetir una opinión ya vertida, entre las elecciones y la nada, la MUD eligió a la nada.

Desde el momento en que la MUD eligió a la inacción como política. aparecieron en Venezuela dos abstencionismos: el originario, representado por la señora Machado –quien, sin darse cuenta ha logrado hegemonizar al conjunto político opositor– y el de los más fieles seguidores de la MUD quienes sin argumentos atinan solo a repetir casi textualmente las palabras de la líder extremista. No se trata, claro está, que el propósito de la MUD haya sido convertir a sus seguidores en abstencionistas radicales. Pero sí fue la ausencia política de la MUD la razón que permitió que en los terrenos abandonados por ella penetrara el abstencionismo maricorinista.

La diferencia entre los dos abstencionismos es que el primero siempre ha sido abstencionista y el segundo lo será para siempre pues, si Maduro logra un triunfo el 20 de mayo, no habrá más elecciones en Venezuela. La semejanza entre los dos abstencionismos es que para ambos la candidatura de Falcón parece ser el enemigo principal y la dictadura de Maduro el enemigo secundario. La paradoja es que en estos momentos es Falcón y no la MUD quien representa la línea política de la MUD.

La MUD ha roto la línea electoral de la MUD,
y si sus representantes más esclarecidos no advierten
el peligro en cierne, la suerte está sellada, no solo para
MUD/FA sino para toda Venezuela. Esa es la tragedia.
Esa es, también, la miseria del abstencionismo venezolano

Votar es colaborar, dicen los machadistas. Votar es legitimar a la dictadura, repiten los abstencionistas de segunda hora. Votar no es elegir, dicen los primeros. Votar no es elegir, repiten los segundos (sin darse cuenta de que para elegir hay que votar) Hay que pasar a la desobediencia civil, gritan los primeros. Hay que pasar a la abstención activa (¡!) corean los segundos. Votaremos solo después de que caiga Maduro, arguyen los primeros. Si Maduro no nos da las condiciones (para que pierda Maduro) no votaremos, es la versión algo light de los segundos. La dictadura no cae con votos, plantean los primeros. Estas no son elecciones, sostienen los segundos. Solo una invasión puede salvarnos, dictaminan los primeros. Solo la comunidad internacional nos dará elecciones libres, es la versión de los segundos. Falcón es un títere de Maduro, señalan los primeros. Falcón consolida a Maduro, completan los segundos. Las diferencias entre los dos abstencionismos son cada vez más leves, más tenues, más próximas. Y eso es solo culpa de la MUD. Nada más que de la MUD.

Es importante repetir. Falcón no rompió con la MUD. Falcón solo rompió con una decisión intempestiva de la MUD. La MUD rompió con la línea política de la MUD. Falcón en cambio continúa la línea electoral de la MUD pues la MUD es electoral y no puede ser más que electoral. No sabe, no puede y no debe hacer otra cosa que participar en elecciones. La MUD es una coalición electoral y muy poco más.

La candidatura de Falcón y la MUD, sin embargo, se necesitan mutuamente. Falcón necesita a la MUD para lograr una mayoría y dar origen y forma a un gobierno de transición a la democracia. La MUD, a su vez, necesita de Falcón para que la saque del marasmo a que la condujo su aventurero viraje abstencionista. Eso lo saben los principales dirigentes de la MUD, aunque no lo digan. Eso lo sabe también la candidatura de Falcón.

Ha llegado la hora en la que los políticos democráticos de Venezuela deberán saltar sobre sus propias sombras. El muy lúcido Simón García lo ha dicho más claro que nadie. “El régimen está acelerando su mutación del autoritarismo al totalitarismo. Es una de las advertencias del Observatorio Electoral nacional: cada elección es más restrictiva que la anterior. El gobierno se prepara, con un paso hacia atrás y dos hacia adelante, para un período especial con relaciones comerciales restringidas y la liquidación absoluta de las formalidades democráticas. Mayo puede ser la última coyuntura electoral, antes de consolidar aquí el modelo comunista cubano: con el hambre sofocando la lucha por la libertad“.

Faltan cinco minutos para las 12.

El primer día del Frente Amplio Venezuela Libre

Fotografía de Federico Parra para AFP

Yorman Guerrero, 8 marzo 2018 / PRODAVINCI

Jonny Montoya tiene 1.483 días esperando justicia. Es hermano de “Juancho” Montoya, el colectivo asesinado el 12 de febrero de 2014, el primer día de cuatro meses de protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro. Cuatro años después, desde la tarima del Teatro de Chacao, el jueves 8 de marzo, dijo que era momento de perdonar y pedir perdón:

“Es difícil sentarme con una exdefensora (del Pueblo) que no me defendió. Yo, a Gabriela (Ramírez), la exdefensora, la perdono por no haber hecho su trabajo cuando tenía que hacerlo (…). Le quiero pedir perdón al (vicepresidente) de Fedecámaras (Ricardo Cusanno). (…) Mi hermano en vida les puso una bomba en El Bosque. Desafortunadamente murió un amigo mío”.

Los asistentes se miraron asombrados. Montoya habló durante la presentación del Frente Amplio Venezuela Libre, una iniciativa de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y organizaciones sociales, definida como una “plataforma unitaria para lograr el cambio político en Venezuela”.

El telón rojo del teatro se abrió a las 11:23 de la mañana. La distribución de las sillas sobre la tarima dijo mucho: una diputada transgénero sentada al lado de un cura; un chavista detractor de Nicolás Maduro al lado de una dirigente universitaria opositora; un padre católico en la misma fila que un pastor evangélico; el presidente de un partido político cuyos gobernadores se juramentaron ante la Asamblea Nacional Constituyente sentado junto a otro político que lo condenó por hacerlo.

Rafaela Requesens, presidenta de la Federación de Centros Universitarios de la Universidad Central de Venezuela (UCV), leyó un manifiesto suscrito por partidos políticos opositores y organizaciones sociales para pedir a las Fuerzas Armadas que se comprometan con la democracia, así como para apoyar otras iniciativas regionales y locales de organización, exigir la apertura de un canal humanitario de alimentos y medicinas, y agradecer a los países y líderes de diversas religiones que han sido solidaridarios con la situación de Venezuela. “No a la falsa elección del 20 de mayo y sí a la elección presidencial libre, justa y transparente en 2018, sin represión, presos políticos, exiliados ni inhabilitados”.

Mientras Requesens hablaba, una mujer del público conversaba con otra: “Yo vine en modo de exploración, de testigo, para que no me lo cuenten. Pero también vengo sin expectativas, sin esperar que salga algo concreto de aquí”.

En representación de la Iglesia Católica habló el padre José Virtuoso, rector de la Universidad Católica Andrés Bello. Dijo que el frente no era para llamar a la abstención, sino para cambiar las condiciones electorales. Aseguró que están abiertos a otras iniciativas. Tres intervenciones después fue el turno de Alí Gómez, quien fue presentado como miembro del chavismo democrático; celebró la reunión de los partidos políticos y admitió que a él lo habían enseñado a odiar y despreciar a los opositores. Tras su declaración se escuchó desde el público un grito: “¡Te enseñó tu papá Chávez!”.

Henrique Capriles Radonski y Lilian Tintori durante la presentación del Frente Amplio Venezuela Libre / Forografía de Federico Parra para AFP Henrique Capriles Radonski y Lilian Tintori durante la presentación del Frente Amplio Venezuela Libre / Forografía de Federico Parra para AFP

Un muchacho con franela de libertador y bandera en mano que se identificó como miembro de la resistencia, irrumpió en el escenario y dijo que aunque no lo habían invitado quería hablar. Tomó el micrófono e improvisó un discurso: “Aplaudo la unión, pero este régimen no saldrá con métodos clásicos y modernos”. La moderadora del evento lo interrumpió y le pidió que se bajara. El público gritó exigiendo que lo dejaran hablar y lo hizo. Dijo que la cuestión no era si se iba a comicio alguno o no, sino la elección de la cárcel donde Maduro pasaría el resto de sus días.

La presentación del Frente Amplio continuó con la intervención de Ramón Guillermo Aveledo, quien fue secretario ejecutivo de la MUD hasta julio de 2014 y esta vez volvía a hablar en nombre de los partidos políticos. “Tenemos que derrotar a la politiquería (…) Asumo hoy el encargo de los partidos de la MUD. En su nombre, la tarea es lograr el cambio. A esta iniciativa, nuestra satisfacción, nuestra solidaridad y nuestro compromiso sincero”.

El cierre estuvo a cargo de Víctor Márquez, presidente de la Asociación de Profesores de la UCV, quien explicó que esta plataforma busca canalizar las demandas de la sociedad a través de una estructura organizativa donde prevalezca la paridad entre los sectores. Dijo que no reconocerán el proceso electoral del 20 mayo y que pedirán a la comunidad internacional no hacerlo. El público aplaudió.

Convocaron una movilización para el lunes 12 de marzo hasta la Organización de Naciones Unidas en Caracas para pedirles que no participen como observadores en las elecciones presidenciales, así como una protesta nacional el 17 de marzo para exigir condiciones electorales justas.

El himno nacional marcó el final del acto a las 12:40. Mientras el público abandonaba la sala, los periodistas entrevistaron a los políticos que quedaron en la tarima. Henry Ramos Allup contó que le pidió a Henri Falcón que no se postulara con esas condiciones electorales. “Yo respeto las decisiones de los demás, pero creo que esa inscripción debilitó la posición que manteníamos frente al gobierno de pedir un proceso electoral justo”.

Fuera del teatro, simpatizantes opositores se hacían selfies con los políticos. A 50 metros de ellos, en una esquina contigua al Centro Cultural Chacao, tres hombres encapuchados cargaban sus armas largas. Vestían uniformes negros del SEBIN.