Nicolás Maduro

Los venezolanos estamos condenados a negociar. De Alberto Barrera Tyszka

Juan Guaidó, el líder opositor de Venezuela, se prepara para dar un discurso el 3 de mayo de 2019. Credit Manaure Quintero/Reuters
ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

5 mayo / THE NEW YOTK TIMES

Los venezolanos creemos que la improvisación es un método. Tal vez eso pueda explicar lo inexplicable: la fallida rebelión contra un Estado fallido que se produjo el 30 de abril. A medida que pasan las horas, cada vez parece más difícil conocer realmente qué ocurrió. La ausencia de información y la falta de credibilidad en los diferentes actores implicados dejan al ciudadano común sin posibilidades de acercarse a la verdad. Más que datos ciertos, solo abundan las especulaciones. Como si, más que analizar la realidad, solo fuera posible imaginarla.

Quizás nunca se llegue a saber ciertamente ni qué pasó ni qué podría haber pasado esta semana con las fuerzas armadas en Venezuela. Esta opacidad, sin duda, es otro síntoma del enorme deterioro institucional del país. Pero lo ocurrido también demuestra, nuevamente, que ese vacío institucional no puede llenarse con violencia. Es otro recordatorio de que la democracia no se legitima con fusiles sino con votos.

Cuando apenas amanecía el martes pasado en Caracas, apareció Juan Guaidó en las redes sociales anunciando “el cese definitivo del gobierno usurpador” y la activación de los militares para consolidar la llamada Operación Libertad. El líder de la oposición estaba rodeado de soldados y, tras él, en primera fila, destacaba Leopoldo López, un preso político emblemático del gobierno chavista que se encontraba bajo arresto domiciliario. El hecho de que López estuviera también ahí, libre, sobre un puente, en medio de soldados, parecía ser una parte fundamental de la noticia.

En algunas oportunidades de su mensaje, Guaidó habló en pasado. Como si, de alguna manera, ya lo importante hubiera ocurrido. Las imágenes que se transmitieron después le sumaron más confusión al momento. En rigor, no se encontraban dentro de una base militar. Tampoco había ningún alto oficial dando la cara y haciéndose responsable de la rebelión ni hubo información sobre algún alzamiento militar en otras regiones del país.

La transmisión desde el puente se fue convirtiendo rápidamente en un espectáculo cada vez más pobre: imágenes de Leopoldo López sonriendo y abrazando a algún amigo, como si celebrara algo que nadie podía entender. Juan Guaidó se difuminó y el escenario épico del amanecer empezó a transformarse en un espacio incomprensible, lleno de movimientos erráticos y sin voceros dispuestos a declarar. La llamada Operación Libertad no parecía ni siquiera una operación.

Sin embargo, la ausencia de los altos funcionarios del oficialismo hizo posible que se pensara que algo estaba ocurriendo. Nicolás Maduro desapareció completamente. Las hipótesis de las conspiraciones se sostienen en el silencio. Ese martes 30 de abril nadie dijo nada definitivo. Hubo alguna declaración de algún ministro, denunciando un intento desestabilizador de la oposición, pero nada más. Los discursos articulados empezaron a llegar los días posteriores, cuando la marea bajó y el panorama comenzó a aclararse. Pero durante el día crucial la mayoría de los actores quedaron en silencio. En suspenso. A la espera.

Ni siquiera los otros líderes de la oposición se manifestaron abiertamente. Tampoco lo hizo de forma decidida y en bloque la comunidad internacional. Ni todos los funcionarios del gobierno ni todos los altos jerarcas militares. Es posible pensar que, en el fondo, todos estaban contenidos, atentos, calculando. En una situación límite, se sintieron obligados a esperar de qué lado, finalmente, se inclinaba la balanza. Nadie deseaba arriesgarse sin saber el resultado. Todos querían tener alguna certeza de que están apostando al ganador.

A esta ausencia de las élites, hay que sumar también la censura oficial que controla medios de comunicación y bloquea redes y plataformas. Frente a esto, el chisme termina siendo la única fuente de información. Los ciudadanos, finalmente, estamos obligados a aceptar que solo tenemos el rumor como forma de conocer e interpretar la realidad. Que si Leopoldo López y Juan Guaidó actuaron en solitario, traicionando al resto de la oposición. Que si había un plan acordado con altos mandos militares para forzar la salida institucional de Maduro, pero que los rusos intervinieron antes y lo impidieron. Que si había una conspiración en marcha pero, al final, todo se abortó por culpa del afán protagónico de Leopoldo López. Que si había un acuerdo entre el Departamento de Estado estadounidense y varios dirigentes cercanos a Maduro. Que si los cubanos evitaron que los militares traicionaran a la revolución. Que si sí. Que si no. Que si Rusia, que si los chinos, que si Donald Trump. Que todo puede ser mentira, que todo puede ser verdad. Que nunca hubo nada y que casi hubo un golpe. Que la intervención viene y se va cada día. Que la Operación Libertad continúa pero de otra forma. Que estamos igual pero no tan igual que ayer. Seguiremos informando.

Como si se tratara de un desquite infantil, dos días después, también al amanecer, Nicolás Maduro apareció en una transmisión obligatoria para todos los canales, rodeado de los jefe militares que le juraban lealtad. Esa era su respuesta al llamado rebelde de Guaidó. Pero también tenía algo de espectáculo patético e incomprensible. Parecía un mensaje para el interior de la propia institución castrense.

Probablemente, en un balance temprano de lo ocurrido esta semana, nadie quede bien. Ni la dirigencia de la oposición ni la del oficialismo. Tampoco los líderes internacionales. Parecen todos una élite errática que se echa la culpa, unos a otros, sin demasiados argumentos ni lucidez. Sobran las palabras grandes. Los discursos se desinflan. La apelación a la libertad, a la patria, a la soberanía… parece fatua. Todo son solo errores de cálculo. La improvisación no sirve para gobernar. El chavismo lo ha demostrado. Tras veinte años en el poder solo han logrado un récord de corrupción y la destrucción total del país. Pero del otro lado pasa lo mismo: tampoco la improvisación sirve para derrocar dictaduras.

Venezuela está cada día más débil. Incluso como noticia. Lo ocurrido esta semana también lo demuestra. Hay un agotamiento generalizado que cada vez se contagia más, la fragilidad de todos los poderes es cada vez mayor. Es obvio que Maduro no puede confiar en quienes lo rodean. Es evidente que la unidad de la oposición está fracturada. Ninguno de los dos bandos tiene la capacidad de derrotar y someter al otro. Ni el chavismo puede gobernar ni la oposición puede quebrar internamente a la fuerza armada. Ni los cubanos van a salir voluntariamente del país ni Trump va a invadir militarmente a Venezuela. Se acabó el tiempo de las consignas radicales. Los venezolanos estamos condenados a negociar. El problema es cómo hacerlo, con quiénes, bajo qué condiciones.

Ante una crisis económica que se desborda y adquiere una dimensión cada vez más aterradora, las decisiones políticas son también cada vez más costosas y determinantes. No es el momento de improvisar, sino de diseñar y de acordar un salida institucional. Esta semana ha vuelto a quedar claro que la violencia, de ninguno de los lados, representa un verdadero desenlace. Mientras no haya elecciones limpias y confiables, tampoco habrá futuro para Venezuela.

Nicolás Maduro y la banalidad del mal. De Moises Naím

Este artículo desmonta, una a una, las afirmaciones que el presidente de Venezuela defendió en una tribuna reciente publicada en este periódico.

Moisés Naim, escitor y columnista venezolano

5 mayo 2018 / El País

Que la maldad puede ser banal ya nos lo explicó Hannah Arendt. Después de asistir al juicio contra Adolf Eichmann en 1961, Arendt escribió que su principal sorpresa fue descubrir lo anodino que era ese monstruoso ser humano. Este oficial de las SS fue uno de los principales organizadores del Holocausto, en el que fueron asesinados más de seis millones de niños, mujeres y hombres. Arendt cuenta que Eichmann no era muy inteligente; no pudo completar los estudios secundarios o la escuela vocacional y solo encontró empleo como vendedor itinerante gracias a los contactos de su familia. Según Arendt, Eichmann se refugiaba en “frases hechas, clichés y el lenguaje oficial”. Uno de los psicólogos que lo examinó reportó que “su única característica inusual era ser más normalen sus hábitos y en su lenguaje que el promedio de la gente”.

Por supuesto que hay grandes diferencias entre Adolf Eichmann y Nicolás Maduro. Pero también similitudes. A Maduro tampoco le fue muy bien en los estudios o en su vida laboral y sus tropiezos gramaticales siguen haciendo las delicias de quienes lo siguen en redes sociales. Las “frases hechas, clichés y el lenguaje oficial” saturan su vocabulario. Su banalidad es ya legendaria.

El presidente de Venezuela acaba de publicar un muy revelador artículo de opinión en EL PAÍS. En él documenta su mendacidad, confirma su banalidad y despliega su inmensa crueldad.

Comienza afirmando: “Nuestra democracia es distinta a todas. Porque todas las demás… son democracias formadas por y para las élites”. Resulta que la opulenta élite creada por Hugo Chávez, y perpetuada por Nicolás Maduro, lleva dos décadas enriqueciéndose ilícitamente y ejerciendo el poder de manera nada democrática. Su control sobre todas las instancias es absoluto. Un ejemplo: entre 2004 y 2013, el Tribunal Supremo de Justicia dictó 45.474 sentencias. ¿Cuántas de estas fallaron en contra del Gobierno? Ninguna.

Maduro continúa: “La revolución cambió y se volvió feminista. Y entre todos y todas decidimos remover la violencia machista de nuestro sistema de salud y empoderar a las mujeres a través del programa nacional de parto humanizado”. Según la prestigiosa revista médica The Lancet, la mortalidad de las madres en Venezuela en los últimos años ha aumentado un 65% y la mortalidad infantil, en un 30%. ¿Parto humanizado y feminista?

El año pasado, el 64% de la población perdió, en promedio,
11 kilos de peso por falta de comida

Pero Nicolás Maduro no solo se preocupa por las madres. También lo angustian los jóvenes: “Hace 20 años, antes de nuestra revolución bolivariana, era normal echar la culpa de la cesantía de los jóvenes a los propios jóvenes… que por flojos merecían una salud paupérrima, sueldos de hambre y vivir sin techo. Pero con nosotros en el Gobierno la cosa cambió…”. En esto el presidente tiene razón, la cosa cambió: ahora el poder de compra del salario mínimo es un 94,4% más bajo de lo que era en 1998. En la práctica, el salario mínimo “en la calle” es de poco más de tres dólares al mes (2,5 euros). Un mes de salario mínimo “oficial” solo alcanza para comprar dos kilos de pollo. Y ni siquiera todos lo alcanzan. Una enfermera que trabaja por su cuenta, por ejemplo, gana el equivalente de seis centavos de dólar al día. Pero hay más: los jóvenes que tanto preocupan al presidente son las víctimas más frecuentes del desenfreno criminal que sacude al país. Venezuela sufre uno de los más altos índices de asesinatos del mundo. ¿Qué ha hecho Maduro al respecto? Nada.

Naturalmente, la prioridad del presidente es el pueblo: “… Es esencial que la economía esté al servicio del pueblo y no el pueblo al servicio de la economía… La economía es el corazón de nuestro proyecto revolucionario. Pero en mi corazón está primero que todo la gente”. Esa gente que puebla el corazón del presidente está siendo diezmada por la primera hiperinflación latinoamericana del siglo XXI y por la falta de alimentos, medicinas y productos básicos. Según el Fondo Monetario Internacional, los precios subirán un 13.000% este año. El año pasado, el 64% de la población perdió, en promedio, 11 kilos de peso por falta de comida. Este año el desabastecimiento es aún peor y hay severos racionamientos de agua y electricidad. Menos mal que la economía que preside Maduro está al servicio del pueblo. ¿Cómo sería si no fuese así?

Además de desplegar su liderazgo económico y social, el presidente de Venezuela usa su columna para reafirmar sus credenciales democráticas: “Para nosotros solo hay libertad y democracia cuando hay un otro que piensa distinto al frente, y también un espacio donde esa persona pueda expresar su identidad y sus diferencias”. Para centenares de presos políticos, ese “espacio” es una celda inmunda donde viven hacinados en condiciones inhumanas y donde algunos de ellos son regularmente torturados, tal como lo han denunciado todas las organizaciones internacionales de derechos humanos. En la Venezuela de Chávez y Maduro, pensar distinto se volvió muy peligroso.

Un mes de salario mínimo “oficial” solo alcanza para comprar
dos kilos de pollo. Y ni siquiera todos lo alcanzan

Para profundizar en la democracia que reina en su país, Maduro ha convocado elecciones anticipadas y es uno de los candidatos con más posibilidades de ganar, a pesar de que sus votantes se están muriendo de hambre: “Nos hemos empeñado con pasión en transparentar, en respetar y en hacer respetar las leyes electorales para las elecciones del próximo 20 de mayo… Y ese proceso será limpio y modelo…”. El pequeño detalle que omite el presidente y candidato es que 15 Gobiernos de América Latina, más la Unión Europea, Estados Unidos y Canadá han denunciado como fraudulentos los inminentes comicios y han declarado que no reconocerán sus resultados. Maduro el demócrata inhabilitó a los principales partidos de la oposición; sus candidatos más populares están presos, exiliados o descalificados, y no permite que observadores internacionales independientes monitoreen el proceso electoral. Pero el presidente no está solo. La gran democracia rusa mandará un equipo de observadores para garantizar la pulcritud del proceso. Cuba y Nicaragua también.

Es muy revelador que, en su larga columna, Maduro no haya dedicado ni una línea a comentar sobre el infierno que están viviendo los venezolanos. En las encuestas que miden la felicidad expresada por la gente en distintos países, Venezuela solía estar en los primeros lugares. Hoy es uno de los lugares más infelices del mundo; ocupa la posición 102 entre 156 países encuestados. Los millones de venezolanos que han abandonado su tierra tampoco merecen comentario alguno de Maduro.

Y es que una de las peculiaridades más indignantes del régimen de Chávez y Maduro es la criminal indiferencia que han mostrado ante el sufrimiento de los venezolanos que ellos dicen amar. La indolencia, el desinterés, la pasividad con los cuales Maduro trata las trágicas crisis que crecen y se multiplican, matando a diario cada vez a más venezolanos, parecieran no afectarlo, no motivarlo a actuar, a buscar ayuda. Es al contrario: Maduro niega que Venezuela sufra una crisis humanitaria y no permite la ayuda internacional que podría ya haber salvado miles de vidas.

Sí; Maduro es banal. Pero también letal.

 

Lea el artículo de Nicolás Maduro:
Nuestra democracia es proteger

¡Feliz cumpleaños, Nicolás! De Alberto Barrera Tyszka

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 26 noviembre 2017 / PRODAVINCI

El gran logro de la oposición en las últimas semanas ha sido la celebración pública del cumpleaños del Nicolás Maduro. Quién sabe cómo pudieron infiltrarse en el Estado Mayor de Comandos Superiores para la Organización de Festejos Presidenciales pero, sin duda alguna, el numerito del merengue televisado, con la participación de un artista internacional, fue una genialidad. En medio de la hiperinflación y de la escasez, de la pelazón generalizada, del hambre con hache dura, ahí estaba el Presidente, tan sonriente, intentando bailar mientras Bonny Cepeda cantaba una pieza titulada “Asesina”. ¿No es acaso una imagen impactante?

prodavinciEse mismo día, el propio Maduro había promocionado por las redes sociales un video biográfico que –en la clásica tradición de la industria del culto a la personalidad– comienza a construir un nuevo melodrama heroico, reinventa la vida personal desde el poder. Según esta pieza, el niño Nicolás, con apenas 8 años, cada vez que veía El Ávila pensaba en Simón Bolívar. No faltaba más. Es una asociación súper lógica. Pero al tocar el momento de la adolescencia, el guion resolvió la narrativa de manera aun más trepidante y veloz: con una frase que asegura que, un buen día, el joven Nicolás le dijo a sus amigos “me voy a vivir la revolución”. Y se acabó. Lo demás son fotos con el Comandante Chávez y un cierre emotivo con un niño que declama loas y que luego se suma a un gran grupo de infantes para gritar “¡Feliz cumpleaños, Presidente!”

¿A quién se le ocurre producir, distribuir y promover algo así en un país donde la harina se vende por cucharadas? Porque la gente no puede pagar. Porque el sueldo solo da para eso. Según una nota firmada por el medio Efecto Cocuyo, varios productos de la cesta básica ya se mercadean de esta manera en las zonas populares. Hoy en día, los niños de los barrios ven la montaña y se marean. Tienen un ay bajo el ombligo. Siguen pensando en comer.

Los mensajes de felicitación nos mostraron diferentes niveles posibles de adulación. El exceso de adjetivos también empacha. Pero ya es un protocolo, forma parte de la ceremonia oficial del poder. Se puede observar en cualquier acto público. Esta misma semana, para no alejarnos demasiado, en un encuentro con estudiantes de educación media, una dirigente habló durante varios minutos sin expresar más de una idea pero repitiendo –hasta el empalago– la fórmula “Compañero-Comandante-Camarada Presidente Maduro” para alabarlo, agradecerle, reafirmarle de manera constante su apoyo incondicional. La retórica como método. La retórica como sometimiento.

¿Será posible diagnosticar cuándo y cómo el liderazgo oficialista perdió su conexión con la realidad? ¿Cuándo decidió conscientemente evitarla y, luego, de manera abierta, negarla? Entre el país del oficialismo y el país de la mayoría de los venezolanos hay un abismo irremediable. La revolución solo es una parodia. La vida real es una tragedia.

En honor a la verdad, podría decirse que no se trata de un problema exclusivo del gobierno. También el liderazgo de la oposición vive un cisma similar. Basta con revisar todo el proceso reciente. En buena parte, es una dirigencia que parece vivir en un país paralelo. Lamentablemente, sobran los ejemplos: Manuel Rosales y Timoteo Zambrano, más cómplices del gobierno que de la unidad; los grandes partidos y sus candidatos permanentes a la Presidencia; Antonio Ledezma y su inútil intento por convertir su fuga en una epopeya política (dejándole una bandera sin significados a María Corina Machado, proponiendo purgas en Madrid, coqueteando con la posibilidad de ser nombrado Presidente por el TSJ del exilio)… El país se encuentra hundido en una profunda crisis de representación política. No solo se trata de las élites, de aquellos que aspiran a conducir la dinámica política. Se trata del sentido mismo de la representación, de su pertinencia y de su validez. De la idea de su eficacia.

La deslegitimación del CNE y del sistema electoral solo agudizan la situación. La caída en picada del voto, como expresión útil, como valor, como espacio de poder, hace más evidente el precipicio. ¿Es este el triunfo final de la antipolítica?

El país que celebra en cadena nacional el cumpleaños de Nicolás Maduro es el mismo país de una ANC cuya prioridad, hasta ahora, es reglamentar la censura y la represión. Es el país de un TSJ que, esta semana, por cuarta vez negó un recurso presentado por la ONG Cecodap para salvaguardar la salud de los niños ante la escasez de medicinas. Es el país que, según aseguró Castro Soteldo hace dos días, abrirá una primera fábrica de fusiles Kalashnikov el año que viene.

En el país de la mayoría de los venezolanos, un trasplantado renal protesta en la calle, alzando con sus dos manos un cartón, porque no hay medicinas que impidan su muerte. Una mujer compra cuatro cucharadas de harina en la redoma de Petare. Demasiados jóvenes sueñan desesperadamente con salir del mapa. En el país de la mayoría, hay difteria y niños que se mueren de desnutrición. Ninguno de ellos, esta semana, pudo aparecer en un video gritando ¡Feliz cumpleaños, Nicolás!

La tragedia y la esperanza. De Alberto Barrera Tyszka

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 20 agosto 2017/ PRODAVINCI

Enfrentar a unos políticos cínicos e inescrupulosos es tan difícil y arriesgado como oponerse a un comando de la Guardia Nacional en cualquier manifestación. Eso que llamamos resistencia no es una acción que solo puede darse en la calle, con escudos y con máscaras antigás. A veces, el poder de la mentira es tan aterrador como las balas. También producen muerte. Y desaliento, impotencia, rabia, desolación. Y frente a la violencia institucional que ejercen los poderosos es mucho más complicado resistir: ¿cómo combatir una farsa solemnemente estructurada?, ¿cómo pelear contra un engaño convertido en sistema, formalizado, distribuido sin pudor por todos los medios? Cuando Delcy Rodríguez mira hacia la cámara, altiva, soberbia, como si en realidad hubiera prodavinciganado una elección democrática; cuando desdobla una sonrisa sardónica y habla desde la arrogancia de los oligarcas, cuando se dirige a los diputados electos por el pueblo (que no cobran desde hace un año y han sido despojados de toda posibilidad de acción) y les dice que el parlamento no ha sido disuelto y que ellos deben seguir trabajando… ¿Qué se puede hacer? ¿Qué se puede hacer cuando Delcy Rodríguez se transforma en una bomba lacrimógena?

Chávez sabía mentir. Y, generalmente, lo hacía bien. Sus herederos conocen el método, tratan de seguirlo, pero son mucho más torpes, más evidentes. Les sale fácil lo fácil: la sorna, la burla, la ironía, el descaro. Pero son incapaces de convocar una esperanza, de comunicar con un mínimo de emoción algo que aunque sea parezca una verdad. Son demasiado obvios. En muy pocos días, sin ayuda de nadie, ellos solitos le han confirmado al país y al mundo que todo lo que prometieron con respecto a la Constituyente era una fantasía infantil, que lo único que realmente les interesa es terminar de apagar la democracia, que la Constituyente sólo sirve para tratar de legitimar la dictadura en Venezuela.

Desde que se instaló este nuevo “milagro”, según pregonaban los altos dirigentes del gobierno, ¿qué ha pasado?, ¿a qué se han dedicado los supuestos nuevos representantes del también supuesto poder popular originario? El espectáculo ha sido grotesco, patético. Desde Tibisay Lucena hasta Tarek Williams Saab, pasando por ese detalle que es Nicolasito, el Sin Par de Miraflores.

¿Para qué necesita el país una nueva Constitución? Para suspender, sustituir y perseguir a una Fiscal incómoda, con demasiada información sobre la millonaria corrupción del gobierno. ¿Para qué necesitan los pobres de Venezuela una nueva Constitución? Para dejarlos sin candidatos por quien votar. Para inhabilitar y encarcelar a líderes de la oposición que puedan ganarle al oficialismo en futuras elecciones. ¿Para qué requiere nuestra sociedad un cambio en la Carta Magna? Para adelantar las elecciones que antes el mismo Consejo Nacional Electoral había retrasado de todas las maneras posibles. ¿Por qué necesitábamos con tanta premura esta Asamblea Constituyente? Porque el país precisa con urgencia una Comisión de la Verdad que premie la represión oficial y someta al país a un régimen de censura y control.

Desde que empezó la ANC, ¿cuántos niños han muerto por desnutrición en Venezuela? ¿Acaso algún funcionario del gobierno ha hablado de esto?

A Hugo Chávez siempre le encantó la contra ofensiva. Lo repitió en varias oportunidades. Es algo que forma parte de la lógica de la guerra con la que Chávez, lamentablemente, envenenó la política nacional. Soportaba los ataques, asumiendo que eran movimientos enemigos, para luego en una aparente jugada defensiva terminar agrediendo, conquistando más posiciones de poder. Así como actuó el oficialismo en el paro petrolero, así también actuó ahora en estos meses de protestas de 2017. Esperaron sin importar la cantidad de muertos, sabiendo que al final podrían cobrarle toda esa sangre al adversario. Es lo que están haciendo ahora. Es el momento de la contra ofensiva. La oportunidad para profundizar eso que ellos llaman pomposamente “la revolución”.

La estrategia implica una frialdad abrumadora. Una distancia criminal con la vida de los ciudadanos. Y una apuesta delirante por la farsa. Por hacer de la mentira una definición de gobierno, una forma de vida. De manera instantánea, el nuevo Fiscal descubrió que la Fiscal General de la República es corrupta, racista, conspiradora violenta y promotora de una invasión gringa. De manera instantánea, el CNE destrabó todas las dificultas y problemas que interpuso para impedir el referendo y las elecciones y, de pronto, convocó un proceso exprés para el próximo mes de octubre. De manera instantánea… ¿Cómo desactivar un fraude que tiene como cómplices al gobierno, las instituciones y la Fuerza Armada Nacional?

La sociedad democrática venezolana, con sus debilidades y heterogeneidad, lleva años tratando de responder a esa pregunta. No es nada fácil. Es muy desalentador lo que nos pasa como país. Después de cada dos décadas y una bonanza petrolera estamos peor que antes, en todos los sentidos. Nuestra pobreza es trágica. Y gracias a ella, muchos de los funcionarios del “gobierno de los pobres” se han hecho millonarios. Es trágico un país donde los hijos de una víctima de la violencia del Estado sean ahora quienes legitimen esa misma violencia del Estado. Es trágico un país donde la miseria crece, los hospitales no funcionan, los cuerpos de seguridad masacran a inocentes, hay ciudadanos desaparecidos y estudiantes presos por protestar. Es trágico que todo esto, además, se haga a nombre de la libertad y de la justicia.

En este escenario, ¿el tema de la participación en las elecciones regionales puede ser tratado como un dilema moral? No estamos ante una disyuntiva ética, no debatimos entre opciones más o menos virtuosas, más o menos valientes, más o menos honestas. La dirigencia política, si quiere seguir haciendo política, no tiene otra posibilidad. Está obligada a mantenerse unida y a dar la pelea en todos los espacios que puedan. Aguantar la contra ofensiva no es sencillo. El gobierno solo quiere contaminarnos con una enorme sensación de derrota. Ese es el primer objetivo de la Asamblea Nacional Constituyente. Que olvidemos que somos mayoría. Que pensemos que no sirve de nada ser mayoría. Que aceptemos que han ganado y que ya no importa, que no tenemos nada qué hacer.

Pero nosotros no podemos olvidar lo que ellos no olvidan: cada día son menos. Cada día menos gente los quiere, les cree. Dentro y fuera del país. Es una tendencia que no se ha detenido desde hace años. Un indicador que sigue creciendo. En el fondo, el chavismo pelea contra la historia. Actúan así porque saben que están rodeados. Ahora la paranoia es su ideología.

La esperanza también puede ser un recurso natural renovable.

Tun tun. De Alberto Barrera Tyszka

Fotografía de Maura Morandi

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 21 mayo 2017 / PRODAVINCI

De pronto, el oficialismo ha entrado en modo sensible. Después de pasar años cayapeando, sin pudor y sin piedad, a sus adversarios, a sus críticos, a cualquier forma de disidencia, ahora, de repente, resulta que recuerdan que hay derechos individuales, que el respeto es necesario, que los linchamientos no son saludables, que es muy feo y peligroso carajear al prójimo.

Ahora recuerdo, por ejemplo, hace años, cuando una propaganda oficial, transmitida repetidamente por el canal del Estado, presentaba una secuencia de dibujos animados descalificando y agrediendo a Carlos Correa, activista de derechos humanos y especialista en temas de comunicación, mostrándolo como un corrupto. Ninguno de los que ahora alzan la mano y la voz, apelando a la conciencia, hizo lo mismo en aquel momento. Por el contrario, tal vez algunos de ellos fueron incluso cómplices de esa acción. Con la anécdota no pretendo justificar nada. Solo quiero señalar que –desgraciadamente– mucho de lo que ocurre solo es un síntoma. El chavismo se dedicó a construir y consolidar un nuevo sistema de exclusión. Ahora todos vivimos sus consecuencias.

Me temo que algunas de las reacciones –desbordadas o no– que comienzan a aparecer tienen que ver, también, con el sostenido intento oficial por negar lo que ocurre. El gobierno se enfrenta, cada vez más, a un límite físico: pretende hacer invisible aquello que, cada día, es más visible, está más presente, hace más ruido. Los oficialistas no quieren aceptar la crisis que vive el país. No reconocen el hambre, las dificultades, la trágica situación de la mayoría de los venezolanos. Tampoco admiten que hay gente, mucha gente, millones de personas, inconformes, protestando, exigiendo un cambio. Para ellos, la multitud que ayer llenó la autopista Francisco Fajardo en Caracas no existe. Estuvo ahí. Inmensa, multicolor, asombrosa. Se multiplicó en imágenes en el resto del país y en el exterior. Pero el oficialismo ha decretado que no fue así, que lo que todo el mundo ve nunca aconteció. El gobierno actúa como si el pueblo fuera un espejismo.

Aun frente a la foto de la descomunal concentración, podrá salir el General Reverol a hablarnos nuevamente de los grupúsculos violentos de la derecha terrorista. Y Nicolás Maduro podrá colgar nuevamente en Youtube otro sensacional video del interior de su carro, con Cilita, Ernestico y Carmencita, todos felices, rumbo a la autopista, a donde de seguro los espera un nutrido grupo de vecinos que quieren conversar con ellos. Y en los periódicos y en los portales, seguirán escribiendo los Hernández Montoya de turno, hablando como si solo hubiera seis mercenarios sifrinos e imperialistas en la calle. Como si los quirófanos del hospital Vargas estuvieran funcionando. Como si el cartón de huevos no valiera doce mil bolívares. Como si la represión fuera legítima.

Y todavía, después de todo lo que ha pasado, con todos los muertos y la cantidad de heridos y de detenidos, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello podrán también aparecer en sus sendos programas televisivos, uno con diván, otro con garrote, y repetir sus verdades, la certeza de que aquí no pasa nada. Estamos en paz, dirá Rodríguez. Prepárense, dirá Diosdado. Aquí no pasa nada, repetirá Rodríguez, mientras Diosdado tal vez vuelva a advertirnos que por ahí está el SEBIN, que cualquier noche pueden tocar a tu puerta.

Pasaron demasiados años disfrutando de un poder sin límites. Demasiados años agrediendo y humillando a los demás. Y todavía no entienden que Venezuela cambió. Todavía no entienden que no pueden seguir mintiendo con tanto descaro. Que no pueden continuar desconociendo a los otros. El chavismo se hunde en su propia sordera. No se da cuenta que está sonando el país: tun tun ¿quién es? Es la democracia, diputado Cabello. ¿A eso le tienen tanto miedo?

 

¿Dónde está la esperanza? De Alberto Barrera Tyszka

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 14 mayo 2017 / PRODAVINCI

Ese tipo que ves ahí, serio, con traje y corbata,  sentado detrás de su escritorio, abriendo un maletín lleno de dólares y mostrándoselo a la mujer que tiene enfrente; ese tipo que sacó de esa manera 11 millones de dólares, billete sobre billete,  sin poner nunca una firma, sin recibir jamás una facturita,  ese tipo…es el mismo que un tiempo después, montado en una tarima, vestido de rojo, alzaba su puño y gritaba aguerridamente: “¡Vamos a combatir la vieja ética capitalista podrida de la corrupción administrativa, del tráfico de influencias!”  ¿En cuál de los dos se puede creer? ¿En el pillo que paga, en efectivo y a escondidas, millones de dólares a unos asesores de marketing político brasileños….o en líder que se declara en una cruzada en contra de la corrupción: “Es la batalla contra el capitalismo y sus antivalores, es la batalla contra los bandidos, los politiqueros de la derecha que destruyeron a este país durante años” ¿Cuál de los dos Nicolás Maduro es más real?

En sus pocos años de gobierno, Maduro ha ido perdiendo rápidamente sus disfraces. Esta semana, desde una cárcel de Brasil, donde enfrenta condenas por corrupción y soborno, Mónica Moura ha confesado que Maduro es un capo a lo grande. Que Antonini Wilson es Bambi al lado de nuestro Presidente.  Que, cuando estaba al frente de las relaciones exteriores, el entonces Canciller Maduro podía disponer, tranquilamente, de millones de dólares para pagar los servicios de ella y de su marido, Joao Santana, exitosos asesores en campañas electorales.  Así, de poquito en poquito, en fajas de 300, 500 u 800 mil dólares, les fue pagando humildemente su colaboración y su apoyo.  11 millones de dólares.  Estamos hablando del mismo tipo que hace chiste ante la noticia de un venezolano muerto por comer yuca amarga.

El Presidente obrero es una ficción publicitaria.  El verdadero Maduro tiene las manos manchadas con los dólares que le pertenecían a todos los venezolanos.  Cuando habla de la supuesta guerra económica no recuerda sus reuniones con Mónica Moura.  Y esto solo es una pestaña del iceberg. El oficialismo tiene una inmensa caja negra donde quizás, algún día, podamos encontrar algo del millón de millones de dólares de la bonanza petrolera.  Hacen falta muchas Mónicas Mouras, dispuestas u obligadas a confesar, para poder armar bien el análisis de la crisis económica venezolana. No solo se trata de un modelo fracasado. Se trata de un modelo genéticamente corrupto. Detrás de los quirófanos cerrados del Hospital Vargas, hay un maletín o una bolsa, una caja llena de dólares que algún alto funcionario rojo rojito se llevó.

Eso, también, es lo que busca tapar ahora la Constituyente.  El oficialismo no es solo una forma de suprimir la voluntad del pueblo, de eliminar la democracia. La Constituyente de Maduro es además un atentado en contra de la transparencia, un nuevo acto de corrupción.  Tanto hablar en contra del neoliberalismo y, finalmente, el chavismo terminó privatizándolo todo.  Han privatizado incluso los poderes públicos. Han privatizado a la Fuerza Armada Nacional. Han  convertido a los soldados en su ejército particular. Han puesto todo al servicio de esa nueva clase que llamamos “los enchufados”.  Y ahora, encima, quieren privatizar las elecciones.  Que solo voten los suyos. Los que dependen de ellos. Los que ellos financian. Pretende que la Asamblea de accionistas del PSUV sea el congreso de representantes del país.  La revolución convertida en una Compañía Anónima.

Están dispuestos a todo porque no quieren que todo se sepa. La Constituyente es una forma de imponer el silencio, la opacidad. No quieren un nuevo país que se asome a mirar y revisar lo que ha pasado en estos 18 años. Prefieren las balas, los muertos. Apuestan al desgaste, al cansancio de la gente. Calculan endilgarle luego los muertos a la oposición. Culpar a los otros de todo. A la hora de resistir, el poder tiene más recursos, mas medios, más dinero.  Pero ya no tiene algo fundamental: heroísmo. Ya solo son la representación del orden viejo, que actúa sin piedad, militarmente, en contra de su propio pueblo.

“La gente me grita: ¡Maduro, dale duro! Y yo voy con todo, voy a darle duro a la corrupción donde esté”.  No tiene que ir muy lejos.  Basta con que se mire al espejo. Con hablar con su entorno. Con dar pasos y no poder salir de Miraflores. El oficialismo ya no controla la versión de la historia.  La realidad se le fue de las manos.  Ya no son capaces de convocar alguna ilusión. Ahora, la rebeldía, la pasión, la creatividad, el ansia por un cambio….están en la oposición. El gobierno solo es pasado y violencia. Está atrincherado, defendiendo la corrupción.  La épica avanza entre bombas lacrimógenas. La esperanza está en la calle.

Nicol

Secretario General de la OEA al Presidente de Venezuela: Traicionas a tu pueblo

Almagro y Maduro

Almagro y Maduro

Luis Almagro, 18 mayo 2016 / OAS

Presidente Nicolás Maduro,

No soy agente de la CIA. Y tu mentira, aunque repetida mil veces, nunca será verdad. De todas formas conviene aclararlo, aunque esto sea denegar el absurdo. Mi conciencia está limpia, Presidente, y mi conducta mucho más. No hay ninguna amenaza que me puedas hacer que ni remotamente roce a ninguna de las dos.

Screen Shot 2016-05-18 at 10.34.09 PMNo soy traidor. No soy traidor ni de ideas, ni de principios, y esto implica que no lo soy de mi gente, los que se sienten representados por los principios de libertad, honestidad, decencia, probidad publica (sí, de los que suben y bajan pobres del poder), democracia y derechos humanos. Pero tú sí lo eres, Presidente, traicionas a tu pueblo y a tu supuesta ideología con tus diatribas sin contenido, eres traidor de la ética de la política con tus mentiras y traicionas el principio más sagrado de la política, que es someterte al escrutinio de tu pueblo.

Debes devolver la riqueza de quienes han gobernado contigo a tu país, porque la misma pertenece al pueblo, debes devolver justicia a tu pueblo en toda la dimensión de la palabra (incluso encontrar a los verdaderos asesinos de los 43 y no los que tienes presos por sus ideas, aunque no sean ni las tuyas ni las mías). Debes devolver los presos políticos a sus familias.

Debes devolverle a la Asamblea Nacional su legítimo poder, porque el mismo emana del pueblo, debes devolver al pueblo la decisión sobre su futuro. Nunca podrás devolver la vida a los niños muertos en los hospitales por no tener medicinas, nunca podrás desanudar de tu pueblo tanto sufrimiento, tanta intimidación, tanta miseria, tanto desasosiego y angustia.

Que nadie cometa el desatino de dar un golpe de Estado en tu contra, pero que tú tampoco lo des. Es tu deber. Tú tienes un imperativo de decencia pública de hacer el referéndum revocatorio en este 2016, porque cuando la política esta polarizada la decisión debe volver al pueblo, eso es lo que tu Constitución dice. Negar la consulta al pueblo, negarle la posibilidad de decidir, te transforma en un dictadorzuelo más, como los tantos que ha tenido el continente.

Sé que te molesta la OEA y mi trabajo porque entre los Ceibos estorba un Quebracho. Lamento informarte que ni me inclino ni me intimido.

Referencia: C-062/16

 

Rousseff y Maduro… De Luis Mario Rodríguez

Luis Mario RodríguezLuis Mario Rodríguez, 19 mayo 2016 / EDH

La posibilidad de un referéndum revocatorio del mandato del presidente Nicolás Maduro en Venezuela y de la destitución de la gobernante brasileña, Dilma Rousseff, como consecuencia de un juicio político entablado en su contra, es el resultado de la aplicación de mecanismos establecidos en sus respectivas constituciones y no la idea retorcida de un grupo de desestabilizadores.

diario hoyLa diferencia entre los dos episodios es que uno, el de Maduro, es el desenlace de una acción promovida por un grupo de ciudadanos interesados en consultar al resto de sus compatriotas si desean o no que concluya con anticipación el período para el cual fue electo como presidente. Mientras tanto, en Brasil, el procedimiento se gestó desde la institucionalidad, cuando una comisión especial de la Cámara de Diputados consideró que existían indicios para imputar a la presidenta un “crimen de responsabilidad” al presuntamente haber incumplido las normas fiscales, maquillando el déficit presupuestario.

Ya se ha señalado en este espacio de opinión que América Latina sustituyó, en la década de los noventa, los golpes de Estado y las rupturas violentas del poder político por un trámite legal que, además de contar con el respaldo de una determinada mayoría de diputados, tenía que cumplir con el debido proceso y principalmente evitar la manipulación de la voluntad popular representada en los Congresos. Adulterar la causa, esto es, imputar acusaciones falsas al mandatario sometido a un juicio político podría equivaler a un “golpe legislativo”.

Esta última es la excusa que aparentemente motivó a Venezuela y a El Salvador, lo mismo que al resto de países del “eje bolivariano”, a desconocer al gobierno interino de Brasil. Aunque la administración salvadoreña ha intentado “dulcificar” su error diplomático con explicaciones contradictorias de varios de sus funcionarios, la única disculpa válida será el reconocimiento de la legitimidad de la presidencia de Michel Temer.

En cuanto al revocatorio solicitado para dirimir la continuidad o remoción del mandatario venezolano, se trata de un “engranaje” jurídico que el fallecido Hugo Chávez incluyó en la Constitución de 1999. El mismo expresidente fue sometido a un referéndum de este tipo en agosto de 2004, en el que 40.64 % de los sufragantes, equivalente a casi 4 millones de ciudadanos, respaldaron el relevo del gobernante y un 59.1 %, es decir, un aproximado de 5 millones 800 mil personas votaron porque continuara en el cargo. Chávez no decretó estados de excepción y aunque no fue fácil para la oposición que el Consejo Nacional Electoral (CNE) aceptara la legalidad de los cientos de miles de firmas presentadas, la consulta se celebró y el impulsor del socialismo del siglo XXI consolidó su figura augurando su reelección para otros períodos adicionales.

América Latina está evolucionando hacia un tipo de democracia en la que los ciudadanos han elevado los estándares para considerarse satisfechos. Ahora exigen resultados y piden que la “legitimidad de origen” que adquieren los gobernantes en las urnas al ser electos por el voto popular de paso a una mayor “legitimidad de ejercicio” que se traduzca en beneficios concretos para la población. Las destituciones de Fernando Lugo en Paraguay, de Manuel Zelaya en Honduras, de Otto Pérez Molina y su vicepresidenta en Guatemala, así como las de otros mandatarios durante la década de los noventa en Ecuador, Bolivia, Paraguay y Brasil, confirman que, desde hace un buen tiempo, las sociedades avanzan hacia nuevas etapas en las que será, como bien lo resume Moisés Naim, más fácil adquirir el poder y mucho más difícil conservarlo.

Otra lección que nos dejan los casos de Maduro y Rousseff tiene relación con la política exterior. La complejidad de los problemas nacionales, el activismo cada vez más protagónico de las organizaciones civiles, y la aplicación del Derecho a casos como el guatemalteco o el brasileño, obligan a los países a revisar sus posturas cuando se presentan revocatorios o juicios políticos que trascienden internacionalmente. Aventurarse a desconocer la voluntad popular o los procesos de ley que impulsan cambios significativos en otros sistemas políticos puede generar nefastos precedentes perjudicando la cooperación y el encuentro de potenciales socios extranjeros. Peor aún si el rechazo a decisiones soberanas en diferentes Estados se debe a interpretaciones ideológicas y a dogmatismos partidarios.

¿Quién quiere matar a Nicolás? De Alberto Barrera Tyszka

Conocí a Albert Barrera Tyszka en el 2009, en uno de mis viajes periodísticos a Caracas. Mi gran amigo venezolano Hernan Vieira, el “Maravilla” de la leyenda de Radio Venceremos, me había dicho: “El que realmente entiende la baina con Chávez es Alberto, escritor, periodista, guionista de telenovelas. Además es el único que puede disertar sobre el chavismo sin aburrir…” Tenía toda la razón. Aprendí mucho platicando con Alberto y leyendo sus columnas dominicales en El Nacional. Cuando dejó de escribir columnas, se generø un gran vacio. Este lo llenó PRODAVINCI, al convencerlo a retomar su columna.

Paolo Luers

Marcha del gobierno en conmemoración del 1ero. de Mayo en Caracas

Marcha del gobierno en conmemoración del 1ero. de Mayo en Caracas

 

Alberto Barrera Tyszka, escritor/guinista/columnista venezolano,fotografiado por Cristina Marcano.

Alberto Barrera Tyszka, escritor/guinista/columnista venezolano,fotografiado por Cristina Marcano.

Alberto Barrera Tyszka, 17 abril 2016 / PRODAVINCI

Hace pocos días, en el llamado Congreso de la Patria, el Presidente denunció que había un plan para asesinarlo. Habló de “campamentos paramilitares” y de “arremetidas imperialistas”. Pero nadie se asombró. Nadie dijo nada. La denuncia pasó inocentemente por debajo de la tarde. Como si Maduro, más bien, hubiera anunciado que comenzaba la siembra de sorgo en el sur del estado Monagas. Como si hubiera dicho que estaba releyendo la obra de Enver Hoxha. Como si hubiera repetido que muy pronto Venezuela va a ser una gran potencia.  No hubo ninguna reacción.  El oficialismo ha logrado que los intentos de magnicidios ya no sean noticias. Lo que en cualquier otro país sería un escándalo sin precedentes, aquí solo produce aburrimiento e  incredulidad ¿Es en serio? ¿Quién quiere matar a Nicolás?

Esta semana imaginé lo siguiente: Maduro se despierta, no demasiado temprano, y camina bamboleándose hasta el baño. Se mira al espejo. Sin ánimo. Casi cansado. Como si despertarse fuera un gran esfuerzo. Toma el cepillo de dientes pero, al prodavinciacercarse al vidrio, de pronto sucede: un acontecimiento. Una revelación. Como si un relámpago rebotara dentro del espejo. El Presidente, desconcertado, siente un temblor luminoso. Por un segundo, la cochina realidad lo rapta: ¡Coño! ¿Otra vez se va a ir la luz? Pero rápidamente entiende que se trata de un fenómeno más profundo. Es un parpadeo de identidad. Su imagen, atrapada en el cristal, lo mira y le pregunta: ¿Quién eres tú en verdad, chico? ¿Qué coño estás haciendo?

Sabemos muy poco de Nicolás Maduro. En política el yo es fundamental, las historias personales son claves. Maduro no tiene una. Y si la tiene, no parece muy atractiva. Casi nadie la conoce o la recuerda. Lo poco que se sabe, además, resulta ambiguo: se formó en Cuba pero es seguidor de Sai Baba. Dice que siempre fue obrero pero también cuenta que tocaba bajo en un conjunto de rock. Sus relatos no son demasiados convincentes. Todavía a estas alturas, apenas esta semana, ha empezado a farfullar alguna que otra cosa sobre su partida de nacimiento. A este paso, no tendrá tiempo de hablar de su canción de cuna. En rigor, sabemos mucho más sobre lo que no es. Y cada vez es más creciente la sensación de que, en realidad, Nicolás Maduro ni siquiera es el Presidente.

En mi imaginación, su figura se mantiene paralizada delante del espejo. Hasta que de pronto cruza su mujer, entrando también al baño. Su mal humor llega primero. Ella viene un paso detrás, todavía adormilada. Solo deja caer un gruñido leve: ¿Y qué? ¿Estás esperando la foto?  El sonríe y la mira a través del vidrio. Los cabellos de ella están disparados hacia todos lados, fuera de control. Al verlos, su sonrisa se hace más grande. La mujer se da cuenta y gruñe de nuevo: si tú vuelves a decir otra vez lo de los secadores de pelo –exclama tajante–, yo misma hablo con Tibisay para que te revoquen, coño. Y con tres zancadas regresa a la habitación. Nicolás se mira de nuevo en el espejo. La duda ontológica sigue ahí. Mirándolo.

Quizás piensa que el problema es de sus asesores. No han sabido darle un identidad sustentable. Un yo simpático y aguerrido. Un perfil personal imbatible  ¿A quién se le ocurre, por ejemplo, ponerlo a retar a Mariano Rajoy a un debate público? Eso es sacarlo de la liga, ubicarlo en una posición inferior, meterlo en graves problemas. ¡Rajoy es un Presidente que no es Presidente! ¿Acaso ese es el adversario que se merece Nicolás?

Aprieta los ojos. Como cuando mira a cámara y, desde el duodeno, lanza ese insulto que nadie entiende: ¡Pelucón! Luego sigue cavilando: ¿Y lo de la Comisión de la Verdad? ¿Quién fue el genio que pensó en eso, ah? Y vuelve a refunfuñar: después de 15 años, y mandando, ahora es que venimos a proponer esa vaina. La gente tampoco es tonta. Y encima tengo que salir yo en ese acto tan pavoso, a nombrar a los mismo compinches de siempre, a presentar esa repetición como si fuera una gran novedad.

Imagino también que, coherentemente, como en todo lo demás, Nicolás al final no encuentra una respuesta, no sabe cómo actuar. Hasta que la imagen en el espejo se cansa o se aburre y se desvanece. Ya no está. Él sonríe tranquilo. Ha triunfado. Ya no hay dudas. Se estira. Se suena las manos. Tal vez siente que durmió como un bebé.

Nadie quiere matar a Nicolás. Porque, entre otras cosas, Nicolás es prescindible. Está ahí para cumplir un papel, para decir un guión. Nada más. No parece tener el poder suficiente para decidir, con alguna independencia, sobre los problemas centrales del país. Pero quizás, al revés, la pregunta tenga más sentido, sea más real, más honesta: ¿A quiénes quiere matar el Presidente? Este gobierno se ha convertido en una deliberada y trágica negligencia. Con las escasez de medicinas y de insumos clínicos. Con la inflación que ya se vive desde la hache del hambre. Con la violencia que cada vez extiende más todos sus límites… ¿a quiénes deja morir diariamente este gobierno?

Ésa es la pregunta que no quieres ver en el espejo, Nicolás.

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Alberto Barrera Tyszka se suma a las firmas de Prodavinci

Alberto Barrera Tyszka, retratado por Roberto Mata.

Alberto Barrera Tyszka, retratado por Roberto Mata.

 13 abril 2016 / Prodavinci

A partir de este domingo 17 de abril, el reconocido escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka se incorpora como columnista exclusivo de Prodavinci. Es un honor para nuestra redacción saber que a partir del domingo 17 de abril nuestros lectores tendrán acceso desde nuestro portal a las ideas y reflexiones de Barrera Tyszka, con su tino habitual y el talento que lo ha hecho merecer reconocimientos como el Premio Herralde y el Premio TusQuets.

A propósito de esto, queremos compartir los siguientes contenidos de Prodavinci vinculados con Alberto Barrera Tyszka:

Alberto Barrera Tyszka: “La muerte de Chávez eliminó la fuerza de la polarización”; por Hugo Prieto: “Hay un problema con las fuentes oficiales y en muy pocos países del mundo ocurre eso. Eso de recoger la información de una fuente oficial se acabó. Los periodistas quedan como rebotando en el vacío, preguntándose. ¿Y ahora qué hago?”. Siga leyendo…

Barrera Tyszka: “Chávez hablaba desde la eternidad pero la enfermedad lo hizo mortal”; por Karina Sainz: “Me preocupa el hecho de que a los venezolanos nos cueste tanto explicar lo que ocurre en el país. Es muy tentador explicar la realidad venezolana con simplezas: los buenos que defienden a los pobres y los malos que defienden al imperio. Venezuela es mucho más compleja que eso”. Siga leyendo…

[PODCAST] Ángel Alayón y Alberto Barrera Tyszka conversan sobre lenguaje, política y periodismo: Ángel Alayón conversa en #EntreIdeasRadio con Alberto Barrera Tyszka, ganador del Premio Tusquets por su novela Patria o Muerte. En el programa hablan sobre lenguaje, política y periodismo. Haga click acá para escuchar.

Lea acá el primer capítulo de ‘Patria o muerte’, la nueva novela de Alberto Barrera Tyszka: A continuación podrá leer el primer capítulo de Patria o muerte, la novela ganadora del Premio Tusquets Editores de Novela 2015, escrita por el reconocido escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka. Este capítulo fue cedido amablemente por el sello editorial. Siga leyendo…

Apuntes sobre ‘Patria o muerte’, de Alberto Barrera Tyszka; por Luis Yslas Prado: “Esa imagen de recién llegados de la pesadilla o del insomnio es la que ofrece Patria o muerte a sus lectores: un difícil reconocimiento. Es cierto, como se declara en esta novela, que “leer es buscarse”. Y para buscarse, como para leer, es necesaria cierta dosis de coraje y de vergüenza”. Seguir leyendo…

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Lo invitamos a asistir al evento “La economía y la política: ¿cuáles son los escenarios?”, en el cual se analizará a profundidad la situación económica y política de Venezuela en el Teatro de Chacao el jueves 21 de abril a las 5:00 de la tarde. Puede comprar las entradas haciendo click acá.

La violencia irrumpe en la campaña electoral venezolana

La oposición ha denunciado cinco ataques, dos de ellos armados, a sus aspirantes en los primeros 13 días de la campaña electoral.

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VÍDEO Lilian Tintori cuenta el asesinato de un opositor venezolano: “Me salpicó la sangre”

Alfredo Meza, 27 noviembre 2015 / EL PAIS

El PaisVan 13 días desde que se inició la campaña electoral en Venezuela, que renovará su Parlamento el próximo 6 de diciembre, y la oposición ha denunciado cinco ataques —dos de ellos armados— a sus aspirantes. El último de ellos, ocurrido al final de la tarde del miércoles, se cobró la vida de Luis Manuel Díaz, dirigente local del opositor Acción Democrática, al término de un mitin en el que participó Lilian Tintori, esposa del líder encarcelado Leopoldo López.

Las versiones iniciales indican que Díaz, quien también es dirigente sindical, recibió varios disparos mientras esperaba en una escalera el término de un mitin en la ciudad de Altagracia de Orituco, en el Estado de Guárico (llanos centrales venezolanos) para apoyar a candidatos de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), la coalición de partidos opositores. El acto contaba con la presencia de Lilian Tintori, la esposa del dirigente Leopoldo López, que denunció ayer intentos para matarla. La noticia se confirmó a primera hora de la noche a través de la cuenta de Twitter del secretario general de Acción Democrática, (AD, socialdemócrata), Henry Ramos Allup, quien responsabilizó “a las bandas armadas” del gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela de dispersar a balazos una concentración que, según testigos, se desarrollaba en calma hasta que se escuchó una ráfaga de disparos.

El presidente Nicolás Maduro aseguró que hay elementos que señalan que la muerte por un disparo de un dirigente local de la oposición al concluir un acto de campaña en el centro del país fue consecuencia de un enfrentamiento de bandas. “El ministro de Interior ya tiene elementos que apuntan hacia un sicariato de ajustes de cuentas de bandas rivales, dedicadas a las situaciones criminales irregulares”, afirmó el mandatario. La oposición rechaza de plano esa explicación.

Investigación oficial

El ministerio público ha ordenado a dos fiscales que se pongan al frente de las investigaciones. El Defensor del Pueblo, Tarek William Saab, ha revelado que ya está identificado uno de los supuestos autores materiales.

El Gobierno busca liberar a sus adeptos de cualquier responsabilidad. Desde que a finales de 2000 el chavismo contribuyó a atomizar el movimiento sindical venezolano, las bandas armadas controlan la asignación de empleos en las obras y es frecuente que las diferencias entre las organizaciones se diriman a balazos.

La dirigencia no ha dejado pasar por alto la relación del homicidio con los ataques al aspirante Miguel Pizarro, al que se disparó en Petare, una barriada popular del este de Caracas; y con el hostigamiento vivido en eventos encabezados por el gobernador del Estado de Miranda, Henrique Capriles Radonski, o por el candidato de uno de los circuitos de Caracas, Tomás Guanipa.

El asesinato de Díaz ha recibido la condena unánime de la misión de Unasur, del presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, y del secretario general de la OEA (Organización de Estados Americanos), Luis Almagro, informa Silvia Ayuso desde Washington. “El asesinato de un dirigente político es una herida de muerte a la democracia”, dijo Almagro. “Y una sucesión de hechos de violencia política en un proceso electoral es la muerte de mucha democracia”, añadió.

Nunca antes el chavismo había llegado a una contienda electoral con menos intención de voto que sus rivales. Acosado por la inflación, la crónica escasez y el colapso de un modelo económico que hostiga a la empresa privada y asume la producción de bienes y servicios mediante importaciones, el Gobierno busca remontar una brecha amplia en las encuestas —entre 20 y 30 puntos en la intención de voto— para mantener el control del legislativo.

Aunque es muy probable que esa diferencia no se vea reflejada en los resultados finales por varios factores. Se trata de una elección a la medida de los intereses del chavismo, que hace uso de los recursos del Estado para acarrear votantes. El Gobierno ha iniciado una campaña del miedo para advertir a sus electores de la supuesta pérdida de las ayudas sociales con un Parlamento controlado por la oposición. A su vez, la oposición muestra su debilidad al ser incapaz de garantizar la presencia de sus testigos en todo el país para evitar fraudes en la votación.

Parte de ese temor surge de las palabras del propio presidente, Nicolás Maduro, en las últimas semanas. El gobernante ha advertido que la revolución debe ganar “como sea” los comicios. En la penúltima edición de su programa de televisión, En contacto con Maduro, subió el tono: “Ustedes pónganse a rezar, oligarcas de la derecha, porque la revolución triunfa el 6 de diciembre. Pónganse a rezar desde ya para que haya paz y tranquilidad. Porque si no, nos vamos para la calle y en la calle nosotros somos candanga con burundanga [un grupo dado a la anarquía]. Los revolucionarios estamos mejor como estamos ahora, tranquilitos, entregando pensiones para los viejitos, vivienda para el pueblo y educación pública. Y todos felices”.