Cristina López

El presidente de los supremacistas raciales. De Cristina López

Trump tuvo varias oportunidades para elevarse a la altura que la historia exige y que implica la condena absoluta, sin medias tintas ni relativismos, del supremacismo blanco y sus acólitos.

Cristina LópezCristina López, 21 agosto 2017 / EL DIARIO DE HOY

Depende a quién le pregunte, pero para muchos la sociedad estadounidense es un éxito de libertad post-racial. Para muchos, la elección de Barack Obama a la presidencia, por el hecho de ser el primer presidente afroamericano, significaba la prueba palpable de que el racismo se había terminado con la desegregación y las reformas que volvieron ilegal discriminar con base en la raza. Quienes tenían esta opinión, probablemente vieron evidencia de lo contrario hace diez días, cuando en Charlottesville, Virginia, el movimiento de los supremacistas blancos (y milicias simpatizantes armadas) se reunió para protestar la remoción de estatuas de la Confederación.

EDH logEn diferentes localidades alrededor de Estados Unidos, la discusión cultural de si algunas comunidades quieren o no que en las zonas públicas se le rinda homenaje con estatuas a quienes lucharon por la Confederación en la Guerra Civil (el bando que estaba dispuesto a romper la unión para mantener la legalidad de la esclavitud) se ha convertido en ley por medio de los concejos y otras autoridades estatales. Quienes abogan por la remoción de estatuas señalan que en Alemania no existen monumentos para Hitler, solo memoriales para sus víctimas. De cualquier manera, los manifestantes a favor de las estatuas confederadas aparecieron en Charlottesville no solo armados, sino con banderas en las que la esvástica nazi era prominente, mensajes y símbolos que contradicen su postura de que buscaban hacer una demostración pacífica.

Una coalición de grupos antisupremacistas decidió protestar pacíficamente a los neonazis, marchando por las calles de Charlottesville. Se ha reportado que hubo encontronazos violentos entre la protesta y la contra-protesta; sin embargo, fue a los que se encontraban protestando en contra de los nazis y el supremacismo racial a quienes un terrorista embistió con un carro, dejando una víctima fatal.

La policía, que hasta que los sucesos se tornaron violentos se encontraba en el lugar protegiendo la libertad de expresión de los nazis, logró capturar al terrorista, quien seguramente terminará su vida en la cárcel, tanto como las decenas de supremacistas blancos que en los últimos años han cobrado vidas con su racismo (muy a pesar de la opinión azucarada e ingenua de que en Estados Unidos ya se acabó el racismo).

En Estados Unidos el presidencialismo tiene –tristemente– tanta fuerza que a nivel cultural, gran parte de la ciudadanía espera de quien tiene la investidura presidencial una suerte de liderazgo moral, para bien o para mal. Para bien, porque en ocasiones ha habido presidentes que se han elevado a la altura del momento histórico condenando sin medias tintas los males ideológicos que amenazan los principios que en teoría definen los valores de una república.

Reagan condenó el muro de Berlín, Bush padre le hizo frente al Ku Klux Klan, a Obama le tocó llamar a la unidad en el sepelio de nueve afroamericanos, muertos a balazos a manos de un neonazi dentro de una iglesia. Trump tuvo varias oportunidades para elevarse a la altura que la historia exige y que implica la condena absoluta, sin medias tintas ni relativismos, del supremacismo blanco y sus acólitos. Lo hizo, pero justificando su violencia en que “el otro lado” también era violento. Lo hizo, pero solo luego de dos días, y luego de tres, volvió a contradecirse, esta vez diciendo que entre los supremacistas había gente decente que solo quería ver sus estatuas respetadas y culpando a las contra-protestas de la violencia. Procedió luego a defenderse ante las críticas que, por obvias razones, le lanzó no solo la prensa, sino también republicanos asqueados. No es difícil saber cuál es el lado correcto del argumento: al preguntarles qué opinaban de las declaraciones presidenciales, los supremacistas celebraron, diciendo estar orgullosos de su presidente..

@crislopezg

Revisitando la tregua. De Cristina López

Es saludable que inicie un debate serio sobre este tema. Con énfasis en serio. Ojala que no se limite a enmarcar el problema de los pactos electorales con pandillas en el contexto de la tregua, sino donde verdaderamente pertenece: las políticas de Seguridad post tregua del FMLN y la ausencia de alternativas por parte de ARENA.

Paolo Luers

Cristina LópezCristina López, 14 agosto 2017 / EL DIARIO DE HOY

Muchos quisiéramos pensar que solo fue un mal sueño, pero el hecho de que seguimos lidiando con sus nefastas consecuencias sirve de confirmación de que, efectivamente, la administración de Mauricio Funes sucedió. La tregua del gobierno con las pandillas, en la que se intentó que las maras disminuyeran extorsiones y homicidios a cambio de privilegios en el sistema penitenciario, se encuentra nuevamente en discusión debido al juicio en el que se procesan varios de los negociantes por crímenes cometidos durante el proceso.

EDH logDe la tregua como tal puede criticarse muchísimo. Especialmente la poca transparencia con la que actuó la administración de Funes. El aspecto de sí el estado de derecho y el cumplimiento de la ley son o no negociables y sí no quebranta a la igualdad ante la ley que no todos podamos sentarnos a negociar privilegios en el sistema penitenciario es también una crítica común que se hace de la tregua, pero la realidad es que la insostenibilidad del status quo — las docenas de muertos diarios — invitó, por lo menos desde una perspectiva pro-vida, a considerar medidas sui generis.

El problema actual se encuentra en que como ciudadanía se ha vuelto cada vez más difícil saber a qué políticos y funcionarios públicos creerles, puesto que la luz que se ha arrojado en el proceso ha sido más o menos como destapar un resumidero: ha quedado en evidencia la bajeza de las alimañas que pretenden gobernarnos. Si bien pueden encontrarse múltiples argumentos a favor de la tregua como tal, de intentar forjar paz en nuestra violenta sociedad a través del diálogo y de una discusión que encamine una eventual reforma del sistema penitenciario que permita la rehabilitación, lo que es, a todas luces, inadmisible es la explotación que hicieron los principales partidos políticos de la violencia y la criminalidad para intentar sacar votos. No solo explotaron el proceso, que pudo haber sido positivo, lo ensuciaron de manera que será imposible forjar paz a través de esta vía pues se ha perdido la confianza de la ciudadanía, involuntariamente atrapada en medio del sándwich del gobierno y las pandillas.

Si en realidad cambiaron dinero por votos y actos criminales para impedir el derecho a asistir a las urnas de gran parte del electorado, el FMLN y ARENA han demostrado que poco es lo que los diferencia. Que las pandillas y la ola de criminalidad no son, para ninguno de los partidos que aspiran gobernar nuestro país, un problema estructural a resolver con años de política pública consistente, inversión en las comunidades o reforma del sistema penitenciario, sino una conveniente situación que el cinismo los ha llevado a explotar con el fin de beneficiarse electoralmente. Si les interesa mantener la confianza del electorado, les urge distanciarse del intercambio de dinero y de quienes lo propusieron, y pedir perdón a la ciudadanía por haber ensuciado lo que pudo haber sido un proceso constructivo.

La otra triste conclusión es que de la tregua, quienes más se terminaron beneficiando fueron las cúpulas de las pandillas, con la plata y los privilegios en los centros penales. No la sociedad civil. No los miembros de la sociedad civil que de buena fe y algo de ingenuidad intentaron participar en el proceso, pues se les está pagando con calumnias y con la expiación de los pecados de quienes desde el gobierno no quisieron ensuciarse. Tampoco se beneficiaron los pandilleros que no integran el liderazgo de las pandillas, la carne de cañón atrapada por la estructura criminal y sin mayor opción que unirse, emigrar, o morir; estos difícilmente vieron mejoradas sus condiciones. Como tampoco vieron mejoradas sus condiciones las víctimas de la absurda criminalidad que se ha vuelto la perpetua realidad nacional.

@crislopezg

Nuevamente, pena propia. De Cristina López

Tengo pena propia de decir que vengo del país que, en calidad oficial, con la seriedad que las relaciones diplomáticas implican, reiteradas veces continúa acuerpando al gobierno dictatorial venezolano.

Cristina LópezCristina López, 7 agosto 2017 / El Diario de Hoy

No hay nada más incómodo que la pena propia. La ajena va acompañada de algo de misericordia y hasta piedad. La pena propia, la que viene de que la afiliación con el sujeto causal de la vergüenza, es imposible de negar, y el problema es que no por la afiliación se siente menos vergüenza. Ejemplo de lo anterior, es la sensación que algunos habrán experimentado, esa, como de haber tragado soda cáustica cuando notan que no solo sus papás decidieron llegar a buscarlos temprano a la fiesta, además llegaron en pijamas y decidieron bajarse a saludar. Dado que mis progenitores leen esta columna de vez en cuando, cabe aclarar que a mí nunca llegaron a buscarme a ninguna parte en traje de dormir, pero el ejemplo del evento de pena propia mantiene vigencia con independencia de si se ha experimentado o no.

EDH logEl mismo tipo de pena propia da, ante el mundo, ser salvadoreña en este momento. No porque no me enorgullezca mi país, mis raíces, nuestra historia riquísima de tradiciones y luchas, la familia y los amigos que dejé cuando emigré. Tengo pena propia de decir que vengo del país que en calidad oficial, con la seriedad que las relaciones diplomáticas implican, reiteradas veces continúa acuerpando al gobierno dictatorial venezolano. No solo acuerpando a sus gobernantes, sino acuerpando sus acciones antidemocráticas, como la amañadísima elección para elegir a los miembros de la constituyente. ¿Cómo es democrática, igualitaria, o plural una constituyente conformada exclusivamente por los secuaces de Maduro?

El gobierno salvadoreño, al “felicitar” al gobierno de Maduro, felicita también la extorsión con la que Maduro está oprimiendo a los venezolanos más pobres, que con tal de no perder los beneficios gubernamentales de los que dependen para subsistir, deben pagar el precio de continuar apoyando su agenda política. El gobierno salvadoreño, conformado por los miembros del FMLN, curiosamente llama imperialismo o dictadura a cualquier cosa menos a la de Venezuela, a la que obedecen ciegamente, incluso al punto de hacer ridículos internacionales. ¿Qué más imperialismo que el poder que aparentemente ejerce sobre el FMLN un gobierno extranjero (del que ni siquiera dependemos económicamente) aparentemente muy por encima de sus constituyentes salvadoreños?

Qué pena ser salvadoreña, sabiendo que cuando El Salvador “felicita” al gobierno de Maduro, está tácitamente también felicitando el arresto a empujones de Antonio Ledezma y Leopoldo López, con un cinismo que a estas alturas solo puede llamarse complicidad. Hela la sangre pensar que si tienen la capacidad de ignorar los abusos a los derechos humanos cuando pasan en cámara y se vuelven virales en internet, tendrán la misma capacidad de ignorarlos cuando sea su pueblo el que los sufre, siempre que ignorarlos les garantice réditos políticos.

Y la cosa con la pena propia cuando surge de las afiliaciones familiares es que por amor no queda más que sufrirla. ¿Pero sufrir pena propia por culpa de gente de la que podemos desafiliarnos sacándolos del gobierno mediante elecciones democráticas, transparentes y competitivas? De nosotros depende cambiarlo. Escojamos gente que, si no tiene solidaridad con la comunidad internacional, tenga por lo menos empatía por la cantidad de seres humanos sufriendo bajo la dictadura de Maduro.

@crislopezg

 

Fe en la humanidad. De Cristina López

Cuando muchos hablan del “pantano” de corruptelas que puede ser DC olvidan que alrededor del pantano hay una comunidad vibrante de individuos de todos los colores y religiones, que ven a los inmigrantes como una parte importantísima de sus comunidades con independencia de las políticas migratorias de moda.

Cristina LópezCristina López, 31 julio 2017 / EDH

En una coyuntura en la que la política continúa dándonos una mala noticia tras otra, específicamente bajo la administración Trump, de vez en cuando cae bien recordar que quienes tenemos el poder y la capacidad de mejorar nuestras sociedades no son nuestros políticos, somos nosotros, los individuos. De nuestra responsabilidad individual depende el querer construir comunidades fuertes y solidarias, con independencia de las políticas públicas de los gobiernos de turno.

EDH logRecientemente en Washington, DC, una de las ciudades estadounidenses con la concentración más grande de miembros de la diáspora salvadoreña, recibimos un recordatorio de la fuerza de las comunidades. La última semana de junio, un edificio en la zona noroeste del distrito, habitado en su mayoría por inmigrantes centroamericanos y sus familias, se convirtió temporalmente en un infierno.
Se especula que una explosión de gas en medio de la noche fue la causante de que todas las familias inquilinas, en cuestión de horas, se quedaran sin nada; sin el espacio donde vivían; sin las cosas que, poco a poco, con el esfuerzo de su trabajo, habían ido comprando para amueblar sus espacios. Se escaparon solo con su vida y con lo puesto.

Legalmente, el edificio no les debe nada. Por el momento, los alojaron temporalmente en un hotel. De los contenidos de sus apartamentos, no verían reparación alguna a menos que tuvieran seguro de inquilinos, cosa que para muchos era un lujo que no podían costearse con sueldos de la industria de servicios.

El agradecimiento por haber escapado una muerte terrible —el incendio cobró una vida— venía para muchos seguido de la aflicción de no tener nada. La Cruz Roja los asistió en los primeros días después de la tragedia, pero como organización que se encarga de los primeros auxilios, poco podían hacer por ellos una vez pasaron varios días. Acudieron a sus consulados, pero la falta de recursos y en ocasiones, de personal capacitado para responder a este tipo de necesidades, los dejó con pocas opciones: se les ofreció únicamente tramitarles pasaportes nuevos a un costo menor que lo normal y brincándose la lista de espera, que no es poco, pero cuando no se tiene nada, tener el pasaporte vigente no aparece tan arriba en la lista de prioridades.

Muchas veces se dice de Washington DC que debido a la altísima concentración de poder que distingue a la ciudad, el éxito lo marca de manera exacerbada el círculo de contactos. Se dice, “no es quién sos, es a quién conocés”. Esto, de entrada, limitaría a muchísimas familias inmigrantes, sobre todo bajo la administración Trump, en la que la desconfianza a los inmigrantes se ha visto exacerbada, azuzada por la retórica que sale del Órgano Ejecutivo. Y sin embargo, cuando muchos hablan del “pantano” de corruptelas que puede ser DC olvidan que alrededor del pantano hay una comunidad vibrante de individuos de todos los colores y religiones, que ven a los inmigrantes como una parte importantísima de sus comunidades con independencia de las políticas migratorias de moda. Esta comunidad respondió a la tragedia haciéndola propia. Aunque aún hay familias necesitadas, en cuestión de semanas donaciones personales de bienes básicos y no tan básicos (desde sofás, camas, sábanas, vajillas enteras hasta impresoras, para apoyar a las familias con niños en edad escolar) están mejorando la situación de miembros de nuestra comunidad, solidarizándose con los inmigrantes en lo que casi puede percibirse como acto de rebeldía ante una administración prácticamente hostil, recordando que al final, si uno de nosotros sufre, sufrimos todos, devolviéndonos a muchos cínicos la fe en la humanidad.

@crislopezg

Gran festival gastronómico “chucho-free”. De Cristina López

En las urnas, a quienes nos importa la lucha de la corrupción con independencia de su proveniencia o color político, nos vamos a acordar de cómo votaron en el festival chucho-free.

Cristina LópezCristina López, 24 julio 2017 / EDH

En una columna anterior mencioné cómo, entre las tendencias gastronómicas en boga, que van desde lactosa-free a gluten-free, la que parece haber capturado las pasiones de los funcionarios públicos salvadoreños es la dieta “chucho-free”. Esto, por supuesto, nada tiene que ver con la ingesta de nobles canes, sino con el famoso adagio de “chucho no come chucho”, explicando cómo cuando un grupo de personas pertenece al mismo grupo o categoría, sus individuos harán todo lo posible por protegerse entre sí.

EDH logY el pasado martes, la Asamblea Legislativa celebró por todo lo alto y a los ojos del mundo (incluidas las miradas decepcionadas de las Naciones Unidas y la Embajada estadounidense), lo que debería calificarse como un gran festival gastronómico “chucho-free”, puesto que con las reformas legislativas aprobadas a la Ley de Extinción de Dominio, se aprobó también el trato benévolo a los corruptos del pasado, presente y futuro. No ha habido hasta ahora legislador que haya podido articularle a sus representados en qué se beneficia la población con estas reformas, simplemente porque los beneficiarios son quienes tendrían algo que temerle a la normativa que pretende luchar contra la corrupción y el crimen organizado. Una vez más, se cumple a la perfección el adagio: el chucho no come chucho.

La falta de interés por combatir la corrupción solo puede entenderse a través del prisma de la autopreservación, el interés propio y el instinto de supervivencia. Y hay a quienes les sobran las razones para actuar con base en el instinto de supervivencia, sobre todo al presidente de la Asamblea, Guillermo Gallegos, a quien Probidad le encontró hace poco 3 millones de dólares injustificados. Es fácil asumir que el interés de Gallegos es desdentar la Ley de Extinción de Dominio, por si no encuentra los recibos.

Y ver gente que normalmente no piensa igual unirse en semejante acto de solidaridad empática –porque la abstención casi equivale a complicidad– sería casi sublime en un mundo donde hay más divisiones que unión. Porque aunque los principales impulsores de la reforma fueron el FMLN y GANA, aquellos que se abstuvieron no merecen crédito alguno y es empujar las fronteras del cinismo que ahora quieran aplausos y rédito político por su falta de coraje. Oponerse y abstenerse no son lo mismo. En las urnas, a quienes nos importa la lucha de la corrupción con independencia de su proveniencia o color político, nos vamos a acordar de cómo votaron en el festival chucho-free.

“Y ahora, ¿quién podrá defendernos?”. Tristemente, la capacidad de hacerle frente a este descalabro legislativo no está en el Chapulín Colorado, que por lo menos presumía de astuto, sino en el Presidente Sánchez Cerén. ¿Han oído alguna vez a Sánchez Cerén condenar enfáticamente a sus predecesores –sobre todo al que pertenecía a su partido– por sus corruptelas y enriquecimiento ilícito? Yo tampoco. Solo nos queda esperar que Sánchez Cerén decida con su veto, por esta vez, no ser parte de la dieta libre de chucho.

Reiterando lo dicho en mi columna “La dieta chucho-free”: “el problema con la dieta de los que no comen chucho es que se vuelven cómplices de la cultura de impunidad que en nuestro país fomenta los delitos de corrupción desde el poder. Al llegar al poder se pasan todos al mismo bando, olvidando que se deben al cumplimiento de la ley y que los recursos del Estado deben estar al servicio de la población y no del autoservicio”.

@crislopezg

Exijamos más. De Cristina López

Seamos valientes. Tengamos la audacia de exigir más de nuestros candidatos. En la economía electoral, los candidatos son apenas la oferta.

Cristina López, 17 julio 2017 / EDH

Parece mentira, pero ya estamos otra vez en temporada de campaña. Con independencia de si las aspiraciones son municipales, legislativas o presidenciales, esta es la época en la que una amplia cantidad de candidatos quiere volverse mejores amigos con todo el mundo. Hemos atestiguado tantas candidaturas en nuestra corta democracia que es fácil predecir el plan de juego: están los que, ignorando cualquier tipo de autenticidad, con tal de aparecer cercanos, echan pupusas, recorren mercados (a pesar de que no sabrían distinguir un puño de berro de un manojo de zacate), juegan papi-fútbol de pasaje en colonias que apenas sabían que existían.

Están los que piensan ganarse el voto a punta de regalos y no de plataformas de política pública, y con esa meta le clavan su logo a cualquier cantidad de implementos: desde delantales hasta ventiladores de pie, cántaros y huacales, nada se salva de la fiebre electoral de conquistar votantes. Y, por supuesto, están las promesas de campaña: en las promesas se ignoran los temas incómodos, como el hecho de que cuando el trabajo se ponga aburrido (rendiciones de cuentas de ministros y demás) la asistencia es opcional. O que cuando la crítica ciudadana en redes sociales no guste, se administrará la regulación de la opinión a puro bloqueo.

Y aunque el absurdismo electorero es generoso en material para la crítica y hasta la burla, quizás vale la pena darle la vuelta, con base en el triste adagio de que las sociedades tienen los gobiernos que se merecen. En ese sentido, la culpa de que para ganar votos en nuestro país sea más importante regalar huacales y cántaros la tenemos nosotros, pues está en nosotros la obligación de exigir más, organizando debates, haciendo preguntas concretas, obligando a los candidatos a tener plataformas con temas específicos y no solo slogans o citas de Coelho.

Está en nosotros, la ciudadanía participativa, el empezar el rol de auditoría antes de que los candidatos se vuelvan funcionarios electos. Está en nosotros, ya sea a través de columnas de opinión o asistencia a foros y conversatorios, poner los temas de agenda sobre la mesa.

Hace unos días, una acertada columna de Jaime Funes le pedía a los aspirantes presidenciales de derecha que fueran héroes: que se atrevieran a hacer política de una manera colaborativa y enfocada en la unión. Quizás nosotros, los votantes, necesitamos también un llamado similar: seamos valientes. Tengamos la audacia de exigir más de nuestros candidatos. En la economía electoral, los candidatos son apenas la oferta.

En teoría, nosotros, los electores, como demanda tenemos todo el poder. Es más importante que nunca, en estos momentos de desencanto por los partidos políticos actuales, que exijamos más de nuestros candidatos. Que pidamos transparencia en donde ha reinado el secretismo, honestidad donde abunda la corrupción, conversaciones serias y acciones específicas aparte de huacales y cántaros. De lo contrario, nuestra inacción se traducirá en más de lo mismo, volviendo una realidad el adagio de que las sociedades tienen los gobernantes que se merecen.

@crislopezg

Vocación de servicio público. De Cristina López

El lunes 10 de julio publicamos, bajo este mismo título y a nombre de Cristina López, una columna equivocada. Dicha columna haba sido publicada anteriormente (el día 8 de julio 2017) en El Diario de Hoy por el columnista Jorge Alejandro Castrillo, bajo el título “De las intolerancias“. Lamentablemente, en Segunda Vuelta reprodujimos este error. Pedimos disculpas por esta confusión.

La columna correcta de Cristina López que aquí reproducimos, sale publicada en El Diario de Hoy el miércoles 12 de julio.

Segunda Vuelta

Cristina López, 12 julio 2017 / EDH

El servicio público es de las vocaciones más nobles a las que puede aspirar un ciudadano. Y digo vocación, porque no es para cualquiera. Si como país aspiramos al cambio, al progreso y al desarrollo, los requisitos constitucionales para los cargos públicos deberíamos considerarlos apenas un mínimo y los partidos políticos apenas un vehículo, no un fin. Las ganas, como pudimos aprender de los kilómetros de país pintados con “Urge Remberto” no bastan. Aunque la preparación importa, y mucho, la vocación de servicio es lo que distingue a los mediocres y a los malos de los líderes transformativos. En El Salvador hemos sido afortunados: la vocación de servicio público, por suerte, también ha aparecido entre miembros de la sociedad civil, que no necesariamente veían la política como fin, sino como medio para impulsar cambios cuando agotaron todas las instancias desde el activismo ciudadano.

Ya se han vertido múltiples opiniones al respecto de la crisis de verticalismo de poder que está obstaculizándole la renovación de liderazgos a ARENA y, en consecuencia, haciéndole reducir su potencial electoral únicamente a lo que pueden alcanzar con el voto duro, perdiendo la posibilidad de jalar a independientes liberales, hartos de la corrupción, la inseguridad, la incapacidad y antidemocracia del FMLN. Comparto esas opiniones, pero poco se ha dicho de lo mucho que perdimos como país al apartar a perfiles con verdadera vocación de servicio público, y como a las personas apartadas la modestia no las dejará hablar de sí como deberían, lo voy a hacer yo.

La consecuencia de escribir una columna en un medio de circulación nacional y firmarla con nombre, apellido, foto y cuenta de Twitter, es que una se hace, irrevocable y permanentemente, dueña de lo que escribe. Esta responsabilidad obliga a la verdad, y a no jugarse el pellejo por cualquiera. Por eso, y con plena conciencia del peso que tiene hacerse dueña de lo dicho y lo escrito, con toda tranquilidad doy fe de que al apartar a Aída Betancourt como aspirante a una candidatura de suplencia, y al forzar a que los principios obligaran a Juan Valiente y a Johnny Wright a renunciar a sus candidaturas, no solo ARENA, sino el país, perdió.

Aida-M-Betancourt-Simán-434x722He tenido el privilegio de conocer a Aída por más de 11 años. En lo que a política se refiere, no siempre pensábamos igual: su compasión por los más vulnerables, tendencia a valorar todos los argumentos, su pragmatismo y atención a los procesos políticos, de vez en cuando reducía mis idealismos y axiomas a platitudes inaplicables en la realidad salvadoreña. Años del ejemplo que le dejó su familia en lo que a servicio público se refiere la convirtieron en una apasionada del profesionalismo en la política pública, y es por eso que lleva años estudiando, con becas y otros reconocimientos a su mérito académico, las mejores maneras de acercar a un país a la democracia y al desarrollo.

Esto es algo que no contaría ella, pero su pasión por el servicio público la viene arrastrando desde antes de que tuviera edad de votar — no cualquiera se sabe el prólogo de las Confesiones de Rousseau de memoria. Es el tipo de ciudadana dedicada, que pone atención más a las propuestas que a los partidos; el tipo de votante que tantos candidatos no se merecen.

Como universitaria en el extranjero se regresó a El Salvador para poder estar en el año preelectoral y, según sus palabras, “oír las propuestas de los candidatos, sentir la euforia cívica y votar por primera vez en unas elecciones tan decisivas”. Eso lo saqué de un blog que escribió antes de votar por primera vez, cuando regresó a El Salvador después de su pre-grado. Continúa: “Aunque siempre he sido una empoderada de la coyuntura a pesar de la distancia, vine además con toda la intención de hacer algo por el país, que desde mi regreso ha sido aderezada de realidad, frustración y un poquito de cinismo. Vine a encontrarme con el mismo país con diputados alérgicos a la legalidad, funcionarios ignorantes (por convicción o conveniencia) del funcionamiento institucional, políticos completamente desconectados de la realidad de muchos salvadoreños y, en su mayoría, una clase política absolutamente ajena a la vocación de servicio. […] Sigo convencida de que la participación ciudadana, la vigilancia de la clase política y la exigencia de rendición de cuentas deben ser permanentes, y que las elecciones son solo un momento en la vida democrática de un país”.

Como votante y activista ciudadana, agotó todas las instancias durante más de tres años: cuidó urnas, observó elecciones, participó en protestas a favor de la institucionalidad, y fue, con un grupo plural y diverso, gran defensora de la Constitución y el Estado de Derecho cuando el gobierno de Mauricio Funes intentó decapitar a la Sala de lo Constitucional, tanto en las calles, como en aulas de discusión académica, como en redes sociales y columnas escritas. ARENA decidió que no sería la vía, pero nuestro país se merece más Aídas. Depende de nosotros como sociedad civil abrir los caminos para impulsar sus liderazgos, aunque sea de manera independiente.

@crislopezg