Cristina López

Hay que aprender de Honduras. De Cristina López

Nos urge invertir en un Tribunal Supremo Electoral en el que podamos confiar, con tecnología transparente y un método de escrutinio electoral accesible a la población, y observable por entes internacionales independientes.

Cristina LópezCristina López, 4 diciembre 2017 / El Diario de HOY

Las fotografías de las calles hondureñas en los últimos días le ponen los pelos de punta a cualquiera. Por motivos personales me ha costado dejar de pensar en Honduras y, por lo tanto, de dolerme de su crisis en carne propia: tengo un hermano catracho. Por razones de trabajo se mudó a San Pedro Sula hace más de una década y con el tiempo su amor por las baleadas, la Hache y la gente por la que trabaja lo hicieron hondureño de corazón primero y después de papeles y nacionalidad.

EDH logMás de algún salvadoreño habrá comentado que los fuegos, las menciones de toque de queda, la militarización de las calles y, en general, la incertidumbre que se respira en el país vecino son un recordatorio escalofriante de nuestra Década de los Ochenta. ¡Pero en los Ochenta estábamos en guerra! La crisis que están viviendo actualmente los hondureños es en plena paz y podría argumentarse que se vive en el contexto de uno de los actos más simbólicamente democráticos: elecciones libres y el traspaso (o no, dependiendo de los resultados) pacífico del poder, en armoniosa cooperación y transparencia de las instituciones electorales establecidas para ese propósito. Cuando uno de estos elementos falta, y si se mezcla con males comunes de nuestras tierras como discursos populistas y demagógicos, autoritarismos, reverencia al militarismo, inequidades económicas y falta de acceso a la educación, hay suficientes ingredientes para terminar en la receta perfecta para el caos.

Ninguno de los candidatos que se disputan los resultados de la reciente elección presidencial ha demostrado (al momento de entrega de esta columna) un liderazgo comprometido a la preservación de las instituciones democráticas. El candidato oficialista, Juan Orlando Hernández, ha desaparecido y delegado en sus ministros las declaraciones públicas y llamados a la paz. Se rumorea que ha salido del país. De manera irresponsable y socavando la (ya de por sí faltante) credibilidad del tribunal electoral, se declaró ganador antes de que el tribunal mostrara evidencia de su triunfo con un conteo transparente y aprobado por observadores independientes. La sangre que corra como producto del Estado de Excepción declarado será su responsabilidad, en su calidad de comandante en jefe de las fuerzas armadas.

Por el otro lado, Salvador Nasralla, su contrincante con más votos, ha levantado suficientes dudas al respecto de su capacidad de respetar el Estado de Derecho y las instituciones democráticas al hacer llamados concretos a sus seguidores a establecer caos y miedo, de no favorecerle los resultados.

También ha demostrado poco respeto por la comunidad internacional al ignorar su compromiso previo de respetar los resultados, con independencia de su favorabilidad. Y en su defensa, ha habido suficientes irregularidades en el conteo y una falta de transparencia que levantaría las sospechas del más ingenuo.

Por lo tanto, ante los ojos impotentes de la comunidad internacional que no tiene más mecanismos para estabilizar la democracia que hacer débiles llamados a la paz, Honduras sangra y se quema. Desde lejos, es fácil tomar posturas perezosas: desde una condena generalizada a quienes protestan como vándalos violentos, como si no hubiera habido antes de esto una olla de presión social en la que la falta de educación y confianza en las instituciones democráticas, sumada a la frustración por la corrupción y al discurso populista creando el caldo de cultivo para esta crisis, así como el también idiota extremo de decir que la empresa privada se merece los vandalismos, como si no hubiera detrás de esas empresas víctimas de carne y hueso (que en su mayoría no son los millonarios acomodados que la gente se imagina cuando se minimiza la destrucción de la propiedad privada) y a quienes la crisis les costará el modus vivendi de sus familias.

Ambos extremos son incorrectos como análisis de la situación. En lo que es fácil coincidir con independencia de la postura es que hay lecciones para aprender y aplicar en nuestro país con base en lo que está pasando en Honduras. La primera es que nos urge invertir en un Tribunal Supremo Electoral en el que podamos confiar, con tecnología transparente y un método de escrutinio electoral accesible a la población, y observable por entes internacionales independientes. Y la segunda, que el discurso populista no siempre entrega la revolución pacífica que promete. También incita, manipula y emplea a otros a que hagan la violencia en su nombre. Y de eso solo la educación nos protege…

@crislopezg

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Costumbres adoptadas. De Cristina López

Las costumbres extranjeras que antes parecieran exóticas y foráneas, ahora hemos ido adoptando con mucha más facilidad. De igual manera, vivir nuestras costumbres y cultura en el extranjero permite que sean otros quienes las adopten.

Cristina LópezCristina López, 20 noviembre 2017 / EL Diario de Hoy

La globalización, los avances tecnológicos y la creciente movilidad de personas a través de las fronteras permiten que, cada vez más, el mundo se nos vaya volviendo una aldea. Las costumbres extranjeras que antes parecieran exóticas y foráneas, ahora hemos ido adoptando con mucha más facilidad. De igual manera, vivir nuestras costumbres y cultura en el extranjero permite que sean otros quienes las adopten. En mis años en Washington DC, compañeros de estudios, amigos y “roommates” de diferentes etnias y nacionalidades han adoptado las pupusas dominicales como propias, celebrado el Día de la Cruz con independencia de su religión, cantado en español chapuceado las posadas en diciembre (“ehn aaal nahmbray dul ciey-loooou, oooohs peedo pou-sah-duuuuh”). Son tantos los salvadoreños en DC que el día que juega la Selecta, se ven más azules que grises en el metro, y la barra más popular del equipo de fútbol de la capital gringa, el DC United, es en español: “¡Vaaaamos, vamos United, esta noche tenemos que ganar!”.

EDH logDe igual manera, cuando se vive en el extranjero, la asimilación cultural va lentamente cambiándolo a uno, volviendo propio lo ajeno. La asimilación cultural no se siente, y así como las olas que lamen la costa y la van cambiando de maneras imperceptibles pero permanentes, los años fuera vuelven familiar lo que antes era foráneo. Yo no crecí celebrando Thanksgiving, y era una costumbre . Y ahora, se ha vuelto la costumbre estadounidense que con más ilusión espero cada año, pues implica simplemente unirse en familia para dar gracias.

Y es que, incluso en el peor de los casos, nunca faltan motivos para dar gracias. En mi caso, porque las reuniones con la que llamo “mi familia en inglés” (la que tengo a pocas horas de Washington, porque la hermana de mi mamá tuvo hace muchos años el buen juicio de casarse con el estadounidense más simpático) hacen que la “casa” no se sienta lejos. Gracias porque, a pesar del creciente ambiente antiinmigrante que se empieza a respirar en el discurso político, he tenido la suerte y el privilegio de trabajar en una comunidad que le da la bienvenida a extraños como propios. Gracias porque estoy en una ciudad donde los salvadoreños son queridos, respetados y apreciados como miembros valiosos de la comunidad, con independencia de que el gobierno de Trump quiera mandar a muchos de regreso cancelando protecciones como el TPS o DACA. Y así, hay una letanía personal que crece cada día con más razones para mostrar agradecimiento.

Por eso considero que de todas las costumbres que en El Salvador vamos “importando” de Estados Unidos, Thanksgiving es quizás la mejor. Si vamos a hacer burucas encima de los televisores en rebaja en el “Black Friday”, lo mínimo es que copiemos la tradición completa e incluyamos la parte en la que, primero, damos gracias. Porque si bien mostrar agradecimiento es algo que deberíamos hacer todos los días (por la vida, por ejemplo, amanecer respirando en el lugar donde se matan más personas a diario estar vivo no es poco), dedicar una noche al año para unirnos con la gente que más queremos y dar gracias, con toda intencionalidad, por lo bueno, lo poco, lo difícil, y lo doloroso, no le cae mal a nadie.

@crislopezg

El efecto Weinstein. De Cristina López

El rompimiento de la presa ha empoderado a muchas víctimas y muchas han dado a conocer su historia diciendo valientemente “yo también”.

Cristina LópezCristina López, 13 noviembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

La presa se reventó. Cedió, impotente ante la presión causada por decenas y decenas de valientes mujeres que fueron a la prensa para que constara en el récord que el billonario productor hollywoodense Harvey Weinstein usaba su poder para abusar de sus víctimas. Y después de que cayó él comenzaron a caer más. Y desde entonces, a diario, la prensa estadounidense ha ido publicando las historias de muchas otras mujeres que han sido victimizadas en sus lugares de trabajo, ya sea en los bastidores de un club de comedia, las fiestas postproducción de una película, o el cuarto de prensa de importantes (y supuestamente progresivas e inclusivas) instituciones del periodismo.

EDH logEs triste que la fuerza continúe estando en los números y que tenga que llegarse a una masa crítica de denuncias para que la opinión pública comience a creerles a las víctimas. La consecuencia, por el momento, es que a los victimarios se les ha despojado de sus privilegios. Despidos, cierres de compañías, proyectos cancelados. Al respecto, no han faltado las críticas compadeciéndose de los pobres victimarios vueltos parias, y del “linchamiento” público y asesinato de carácter que han supuestamente sufrido. Si bien la presunción de inocencia es un principio constitucional de aplicación perpetua, este se refiere a los procesos judiciales –en la convivencia en sociedad, el mercado de las ideas permite que haya ideas que ganen y otras que pierdan, y el tufillo del abuso sexual debería de ser una idea perdedora. No han faltado quienes han dicho, “¿y por qué hablan hasta ahora?”, cubriendo de duda las denuncias porque en sus cabezas el momento no corresponde en lo que a línea de tiempo se refiere con su propia idea de cómo lidiar con algo tan incómodo y traumático como el abuso sexual. Como si el tiempo transcurrido borrara en manera alguna los traumas o las experiencias vividas.

El rompimiento de la presa ha empoderado a muchas víctimas y muchas han dado a conocer su historia diciendo valientemente “yo también”. Y mientras es fácil empatizar con las actrices y modelos famosas que han sufrido victimizaciones a manos de los poderosos de los que han tenido que depender para hacer su trabajo, es imposible negar que incluso ellas han logrado la valentía de presentarse ante la prensa y la opinión pública para denunciar a sus acusadores porque tienen también cierto privilegio. ¿Qué hay de las miles que no lo tienen y cuyas plazas laborales son fácilmente reemplazables? ¿Qué hay de aquellas que trabajan alejadas de la luz brillante de los escenarios y el glamour de las cámaras, en maquilas, cafetales o call centers?

¿Qué hay de las que no tienen la capacidad de acudir a un periodista, porque su historia parecerá demasiado insignificante para la prensa, como si por no ser conocida su abuso doliera menos?

¿Cuántas personas, hombres y mujeres, pueden en el país decir “yo también”? ¿Cuántos contestarán a la defensiva, diciendo que es exageración porque “no todos los hombres” son así, como si cada denuncia los atacara personalmente? ¿Cuántos dirán que porque tienen hijas, hermanas o mamá, respetan automáticamente a las mujeres? Como si solo mereciéramos respeto por nuestro parentesco con un hombre y no por nuestra condición y dignidad de seres humanos. El efecto Weinstein –y el periodismo cumpliendo esencialmente su rol de auditoría y pedir cuentas — está cosechando efectos positivos entre las poderosas élites, quizás empezando a romper con la perpetuidad de que tener poder otorga la ventaja de acciones sin consecuencia alguna. Pero a menos que logre romper la normalización con la que tratamos los abusos cotidianos que se padecen en los estratos alejados de la fama, servirá a las víctimas de manera limitada.

@crislopezg

Transparencia en el financiamiento electoral. De Cristina López

Continúan escondiendo a los donantes que consideran minoritarios cuando la transparencia absoluta sería tan beneficiosa para el país. ¡Hacer públicos y auditables los orígenes de todos los donativos a partidos políticos explicaría tanto!

Cristina LópezCristina López, 30 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

La semana pasada, con mayúsculas y todo, el alcalde capitalino se quejó vía Twitter de que todos los partidos políticos habían aprobado una ley que prohibía que movimientos ciudadanos como el que él recientemente lanzó recibieran donaciones. No era cierto: si bien un par de diputados dieron declaraciones al respecto, en la Asamblea no pasó dictamen alguno que prohibiera donaciones a movimientos ciudadanos.

EDH logY no debería: estarían arremetiendo contra la Constitución violentando la libertad de contratación, de asociación, y si se observa el tema desde el punto de vista de la jurisprudencia comparada, en otras jurisdicciones, la capacidad de otorgar fondos a entidades con fines políticos se entiende como parte de la libertad de expresión. Es así como lo declaró la Corte Suprema de los Estados Unidos en un caso histórico, conocido como Citizens United. Por supuesto que al Estado no le corresponde intervenir en lo que cada individuo libremente decida hacer con su dinero.

Si bien es cierto que nuestro sistema jurídico no contempla aún un mecanismo legal para transparentar el uso y auditar los fondos que recibe un individuo interesado en lanzar una candidatura para la presidencia de la república, al final del día donarle a un movimiento ciudadano no es distinto a una donación entre particulares. Quien recibe, debería legalmente declarar lo donado al Ministerio de Hacienda, puesto que sería para efectos prácticos renta gravada, y la ausencia de personería jurídica del movimiento ciudadano implicaría que los donativos no gozarían de exención tributaria.

Si bien no terminaron aprobando ninguna ley con este carácter particular, la mera discusión le dio municiones al alcalde para continuar victimizándose y empujar la falsa narrativa de la golondrina sola, tratando de hacer verano mientras todos le tiran piedras. Si lo que los partidos políticos tienen es miedo a la competencia, intentar frenar, no sólo al alcalde, sino a cualquier otro aspirante que no sienta que los partidos existentes son un vehículo potable para aspirar a un puesto de elección popular por medio de la regulación del financiamiento electoral no solo es coquetear con una inconstitucionalidad, es también bastante estúpido. Estúpido porque continúa poniendo en evidencia las tendencias semiautoritarias de solidificar la partidocracia existente, que a tantos está desencantando.

Mientras tanto, continúan escondiendo a los donantes que consideran minoritarios cuando la transparencia absoluta sería tan beneficiosa para el país. ¡Hacer públicos y auditables los orígenes de todos los donativos a partidos políticos explicaría tanto! Serviría para entender por qué ciertos diputados defienden tan férreamente ciertos intereses industriales, y quizás también podríamos explicar con números el servilismo humillante con el que el FMLN trata cualquier tema relacionado con la dictadura venezolana.

Pero claro: estas aspiraciones dependen de que en el servicio público haya quienes se deban a la transparencia y a una mejora para el país, y por el momento son más los diputados que se deben primero a su partido antes de a su gente. Esperar que de la Asamblea en la que continúa reinando la partidocracia surja un empujón hacia la transparencia en el financiamiento de los partidos políticos sería casi tan absurdo como esperar que Lance Armstrong, ciclista que cayó de la gloria deportiva al revelarse sus hábitos de dopaje, sea un buen regulador de substancias prohibidas en competencias deportivas.

@crislopezg

La lotería del candidato salvadoreño. De Cristina López

La manera de hacer campaña para cualquier puesto de elección popular se ha vuelto tan estereotipada y poco original, que uno hasta podría jugar una suerte de lotería solamente usando las fotos que los candidatos se toman.

Cristina LópezCristina López, 23 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

A ver, a ver: hagamos un recorrido por la memoria folclórica. Si usted creció en El Salvador, o por lo menos ha estado en el país con cierta permanencia, no le serán ajenos nuestros juegos de lotería, entretenimiento tan típico de nuestra tierra. En específico la de Atiquizaya, que se ha hecho merecedora de hasta tributos musicales (por parte de la Orquesta Óscar Tovar, por ejemplo: vaya búsquela en YouTube y disfrute) por la originalidad con la que sus maestros de ceremonia cantan las bolas que van saliendo: la araña, la dama, el catrín, el sol “cachetes de gringo”, el pájaro, el venado y demás.

EDH logLa manera de hacer campaña para cualquier puesto de elección popular se ha vuelto tan estereotipada y poco original, que uno hasta podría jugar una suerte de lotería solamente usando las fotos que los candidatos se toman cuando andan “recorriendo el territorio.” Por supuesto, las redes sociales han exacerbado el “postureo”, palabra que usan los españoles para describir la falta de autenticidad que viene de alguien claramente actuando de cierta manera para la foto. Ahora la ubicuidad de fotos disponibles de los candidatos haciendo campaña solo han venido a demostrar que el postureo lo practican todos, toditos; del partido político que sean se encuentran suficientes ejemplos para formar un cartoncito de lotería.

Las categorías infaltables que podrían cantarse en la lotería del candidato salvadoreño incluyen: el candidato o candidata bailando música nacional (aunque en su vida hayan movido la cadera), el candidato o candidata echando pupusas (aunque jamás se hayan llenado los dedos de masa antes de la foto), el candidato o la candidata posando con un cántaro (aunque siempre le haya caído agua en chorro residencial y eso de acarrear agua le sea más foráneo que la ética a los empleados gubernamentales en viajes oficiales inútiles). La categoría más populosa será quizás aquella del candidato o la candidata brindando obsequios a las multitudes. En esta categoría hay que darle algo de mérito a la creatividad, puesto que cada temporada electoral encontramos a alguien que supera lo jamás antes visto en lo que a regalos se refiere: si los ventiladores del diputado Bonner Jiménez no eran poco, la candidata Milena Mayorga lo superó regalando 150 anteojos pregraduados. La suerte en este caso no era tanto ser de los beneficiados, sino más bien que la graduación de casualidad le pegara a las necesidades visuales de los, más bien, desafortunados beneficiados.

Por supuesto que ni Jiménez ni Mayorga están conquistando tierra nueva en esto del populismo material con el que se explota a los votantes necesitados en el país. Simplemente, son poco originales y siguen el libro de estrategias de cientos antes que ellos, que aprovechando las necesidades materiales de las que padece gran parte de la población, aterrizan en territorios que desconocen por completo y pretenden, sin hacer la tarea difícil de conocer realmente las necesidades de la gente hablando con líderes comunitarios y analizar desde el punto de vista de las políticas públicas qué realmente pueden contribuir con su candidatura, ganarse corazones y votos a punta de condescendencias. Por que al final del día, eso es lo que son las poses fotográficas de los candidatos en temporada de elección: condescendencia pura hacia nuestra gente, asumiendo que con una canasta básica, un huacal colorido, una pupusa que echen en una pupusería a la que antes de eso nunca fueron en su vida, no hará falta hacer propuestas serias, de las que resuelven los problemas que continuarán cuando el ventilador y los lentes ya no sirvan para nada.

@crislopezg

“Se te fue la juventud”. De Cristina López

Me desanima ver a tantos jóvenes viejos, repitiendo slogans políticos de antaño, con la desidia de un desahuciado esperando que sean otros los que hagan, los que mejoren, los que cambien todo aquello en su entorno que les molesta o incomoda.

Cristina LópezCristina López, 16 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Uno de los chistes formulaicos que circulan en el internet –también conocidos como memes– es aquel de “se te fue la juventud cuando…”, que menciona claros indicadores de que los años más potables han ido quedando atrás. Por supuesto, es diferente para cada generación. Pero fuera del chiste, realmente hay momentos que ensartan ese recordatorio pedante como daga al orgullo, como por ejemplo que el otro día, oyendo radio en el tráfico, el disc jokey — algún puberto sin escrúpulo alguno, sin duda — incluyó en una lista “del recuerdo” las canciones con las que yo crecí, las de Britney Spears, los Backstreet Boys, N’Sync y demás. Y me tuve que reír, pues en mi cabeza las canciones que irían en una lista “del recuerdo” son más bien las de ABBA, la Pequeña Compañía, Pimpinela y Pandora. Y con eso, las que se indignarían serían mis hermanas mayores, puesto que la lista sería diferente para ellas.

EDH logY si la música no es suficiente recordatorio, la evolución del lenguaje lo es, y de manera arrolladora. Nada me recuerda con más claridad que estoy más cerca de los cuarenta que de los dieciséis que tener una conversación con mi sobrina de 16 y preguntarle sobre su vida social y la de sus coetáneos. Resulta que hoy en día y bajo el sol que nos alumbra, la gente ya no “amarra” cuando quiere comenzar una relación romántica. Ahora la gente “se trae”. Ni siquiera intenté encontrarle sentido gramatical al asunto o preguntar qué objeto, si objeto alguno existe, es lo que “se trae” la gente, asumiendo que la frase completa es “se traen algo” y que ese algo es de carácter romántico. Claramente, sería alguien con verdadero dominio de los nuevos términos la verdadera autoridad en descifrar el nuevo curioso léxico y no yo.

Sin embargo, pese a los recordatorios del inexorable paso del tiempo, fuera de ser un indicador generacional y de contextos culturales, la edad es un mal indicador de la juventud. He conocido viejos jóvenes y jóvenes achacosos y cascarrabias. Tanto de lo que define la vejez es cansancio, apatía, desinterés por otras cosas que no sean los rituales ordinarios de la supervivencia personal — se reduce a veces tanto el círculo de lo que al individuo le importa que en esa existencia, socialmente les comenzamos a aceptar a nuestros viejitos sus “mañas” sin cuestionamiento alguno. Sin embargo, impresiona ver gente con más mañas que años. Es, en ese sentido, un mejor indicador de la juventud espiritual, más que los años o la música, la curiosidad intelectual, las ganas de reír, las sonrisas fáciles.

Se va volviendo viejo por dentro aquel al que le dejan de importar los demás y le deja de alegrar la felicidad ajena. Se entumecen las articulaciones emocionales y cerebrales cuando el mundo de lo que nos importa se reduce tanto, ¡tantísimo! que deja de importar la situación del país o las circunstancias de los más desfavorecidos. Por ilustrar con un ejemplo, uno de los “viejos” más jóvenes que conozco se llama Paolo Lüers y difícilmente llegará a viejo, porque dentro de su círculo de las cosas que le importan cabe tanto: una buena cerveza, un buen debate político, mantenerse en la vanguardia de las conversaciones en las redes sociales y saberlas manejar mucho más hábilmente que tanta gente de su generación, escribir sin parar, siendo una de las plumas más prolíficas del país, continuar interesado en entablar amistades intergeneracionales, viajar. De manera opuesta, me desanima ver a tantos jóvenes viejos, repitiendo slogans políticos de antaño, con la desidia de un desahuciado esperando que sean otros los que hagan, los que mejoren, los que cambien todo aquello en su entorno que les molesta o incomoda. A mí la edad no me asusta: cada año cumplido lo celebro con orgullo y si solo de mí dependiera, quisiera continuar haciéndolo por unas siete décadas más. ¡Pero qué miedo me daría volverme vieja!

@crislopezg

La hipocresía liberal de Hollywood. De Cristina López

Harvey Weinstein la semana pasada tuvo que retirarse de su compañía ya que salieron a la luz años de escándalos en los que había usado su posición de poder para abusar y acosar sexualmente a varias mujeres.

Cristina LópezCristina López, 9 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Se acuerdan de Good Will Hunting, la película que lanzó al estrellato a dos bostonianos inseparables a finales de los Noventa y que trataba sobre un genio matemático tratando de encontrarle sentido a la vida? ¿Qué hay de Pulp Fiction, con la inolvidable escena de baile entre John Travolta y Uma Thurman? Se me vienen también a la memoria Shakespeare in love, The English Patient y otros éxitos noventeros que hicieron que muchos de nosotros nos enamoráramos del cine.

EDH logLo que tienen todas estas películas en común es su productor ejecutivo (en otras palabras, el rol en el cine que hace posibles las películas, vía financiamiento), Harvey Weinstein. Weinstein, el multimillonario detrás de una productora enorme como Miramax, por años ha sido admirado por su buen ojo para escoger proyectos. En cuanto a filantropía, ha donado millones de dólares a causas liberales y políticos que, en teoría, apoyan causas progresistas que van desde el ambientalismo hasta la igualdad de género y el avance de las mujeres. Y es esto lo que ilustra la abismal hipocresía de Hollywood, puesto que Weinstein la semana pasada tuvo que retirarse de su compañía ya que salieron a la luz años de escándalos en los que había usado su posición de poder para abusar y acosar sexualmente a varias mujeres. Su excusa fue que en su época, “la manera de tratar a las mujeres era diferente”. En pocas palabras, en su época usar una posición de poder para abusar de una mujer era menos cuestionado.

Esto en el mismo Hollywood que en sus galas y eventos sermonea a la sociedad en todo tipo de temas. El mismo Hollywood que reaccionó nauseabundo y asqueado cuando salieron a la luz los comentarios asquerosos que Donald Trump, antes de volverse presidente de los Estados Unidos, hizo en un video sobre cómo trataba a las mujeres. La misma industria del cine cuyas estrellas marcharon en Washington DC en la marcha histórica por las mujeres a principios del año, tuvo por años entre los suyos, departió en fiestas y contribuyó a enriquecer a un conocido abusador como Weinstein. Los escándalos no son nuevos, eran un secreto a voces. Lo que es nuevo es la valentía que los periodistas del New York Times tuvieron al publicar por fin lo que tantas mujeres abusadas venían diciendo: que trabajar con Weinstein implicaba exponerse, física y mentalmente, a ser tratadas como meros objetos sexuales.

Y no es el único. Roman Polanski es un pedófilo confeso y continúa recibiendo premios. Tomó más de veinte mujeres denunciando sus abusos sexuales para lograr que Bill Cosby dejara de ser considerado una joya cultural intocable. Woody Allen sigue siendo celebrado muy a pesar de su horrorosa manera de tratar a las mujeres (esto sin entrar en detalles en cuanto a su vida marital). Claro, se argumenta que se puede separar al artista de su arte, y eso es otra discusión.

Sin embargo, lo que importa recalcar es la hipocresía de que la industria que ha solapado con silencio cómplice los abusos de hombres poderosos pretenda ser una influencia o un faro liberal cuando sus prácticas son tan antiliberales.

@crislopezg