Cristina López

Assange y la libertad de prensa. De Cristina López

15 abril 2019 / EL DIARIO DE HOY

No me simpatiza Julian Assange. No sé si es por su actitud de patán petulante, o por los repetidos rumores reportados en varios medios de comunicación de que el Gobierno del Ecuador tuvo que enviarle repetidas peticiones escritas de que por favor cumpliera con un mínimo de hábitos higiénicos mientras se encontraba refugiado en la embajada de dicho país en Londres. No sé si son las cifras (cerca de 6 millones de dólares) que según el Ecuador le costó al gobierno tenerlo de mal agradecido huésped por obra y gracia de los caprichos de Rafael Correa. O será el aspecto pálido y grasiento, de estatua de cera a dos pelos de derretirse por completo. O quizás el hecho de que se escurrió de ser llevado a la justicia en Suecia por las acusaciones de abuso sexual en su contra. Quizá sea una combinación de todo.

Y a pesar de mi desdén contra el tipo y de lo incómodo que se siente escribir en su defensa, en nombre de la libertad, del acceso a la información y de la rendición de cuentas, espero que no sea castigado por haber expuesto secretos gubernamentales. Por el momento, la justicia estadounidense está luchando a brazo partido porque se logre una extradición rápida, para poder procesarlo por su participación en publicar información gubernamental secreta. Se le acusa específicamente de violentar una ley contra el Abuso y Fraude Computacional y de haber conspirado con una ex-analista de inteligencia militar, ayudándole a violentar una contraseña del Departamento de Defensa estadounidense, clasificada como confidencial.

Quienes quieren procesarlo consideran que a Assange no le protege la libertad de prensa, pues en teoría no era periodista. Se consideraba a sí mismo un “hacktivista”, la combinación de un hacker y un activista. Quienes quieren que los secretos del gobierno permanezcan herméticos y libres de que una ciudadanía crítica exija rendición de cuentas, consideran que al hackear esa contraseña Assange abandonó la zona de la libertad de expresión, entrando en la de pura criminalidad.

Y, sin embargo, como dijo la columnista del Washington Post Margaret Sullivan, a Assange se le está acusando con términos que hacen parecer mucho de lo que hacen los mejores periodistas del mundo como conspiración criminal. Es perfectamente normal (y de hecho, éticamente correcto) que los periodistas tengan interés en ocultar sus fuentes y protegerlas con anonimato, sobre todo cuando divulgar la información que han hecho del conocimiento del periodista podría acarrearles consecuencias negativas. No es extraño que el gobierno estadounidense esté empeñado en procesar a Assange: juega a su favor que sea un personaje tan impopular, puesto que como dijo el director de la Fundación para la Libertad de Prensa Trevor Timm, “cuando los gobiernos tratan de restringir el acceso a la prensa, de la manera que sea, la inclinación no es ir tras la persona más popular”,

La intención de la justicia estadounidense es clara. Están buscando desincentivar a los futuros Assanges de publicar información auténtica que el gobierno quiere mantener en secreto. La historia ha enseñado la corrupción que se destapa cuando se publica la información que los gobiernos no quieren que veamos. Desde los archivos del Pentágono que revelaron la corrupción detrás de la guerra de Vietnam hasta el escándalo de Watergate que le costó la presidencia a Nixon, varios episodios históricos demuestran que en situaciones de secretismo, la luz y transparencia es el mejor desinfectante. Para evitar crear un precedente en el que se lo que se criminaliza es incomodar al gobierno, lo mejor sería que no procesaran a Assange.

@crislopezg

Escoger las batallas. De Cristina López

Con los demagogos sobran las batallas, hay que saber escoger las que valen la pena. No todas las provocaciones ameritan histeria al nivel 100…

8 abril 2019 / EL DIARIO DE HOY

Una cosa que saben hacer bien los demagogos es provocar. A veces con las políticas que deciden priorizar, a veces a través de Twitter, a veces a través de criticar a los medios de comunicación cuando resienten cobertura crítica o negativa que maltrecha sus egos. Provocar es el fin y no el medio, porque la motivación de la provocación es surfear en la ola de histeria crítica de sus oponentes y energizar a su base de fanáticos para mantener la polarización en la opinión pública permanentemente en estado de ebullición.

Y este ciclo permanece de provocación – cobertura mediática de la provocación – reacción histérica de la oposición y sus simpatizantes – contra-reacción defensiva de los fanáticos – cobertura propagandística por parte de medios aliados – burla del provocador ante la reacción que califica como desproporcionada por parte de los medios, termina resultando en una ciudadanía exhausta y con ciclos de atención cada vez más cortos, en medios de comunicación con credibilidad reducida y en oposiciones partidarias desgañitadas de tanto gritar. La bomba de humo perfecta para que cada vez se vuelva más difícil prestar atención a las cosas que importan: la lucha contra la corrupción y el nepotismo, violaciones a la Constitución, enriquecimiento ilícito, el combate a la pobreza, las brechas de desigualdad estructural y las injusticias escandalosas del sistema de justicia, etc.

Porque con los demagogos sobran las batallas, hay que saber escoger las que valen la pena. No todas las provocaciones ameritan histeria al nivel 100. Algunas no son más que bravuconadas en Twitter, propias de alguien que ha pagado con dinero familiar la gran mayoría de oportunidades que le han llevado al lugar inmerecido que tiene. La gran mayoría de estas bravuconadas denota un ego maltrecho, una soberbia exacerbada, una inteligencia emocional inexistente y un círculo de lambiscones que jamás le han sugerido que lea lo que le permite hacer la Constitución antes de andarse con amenazas, promesas y ambiciones de dictadorzuelo, típicas de quien, sin saber, opina lo que asume son el tipo de ideas que tendría un genio (sin haberse en su vida cruzado con las ideas de un genio por la mediocre alergia académica que le caracteriza). Cuando se comienzan a entender las provocaciones como lo que son, los berrinches de un niño consentido en plena borrachera de poder, se va volviendo más fácil calibrar cuáles merecen indiferencia y cuáles merecen histeria nivel uno, cinco, o cien.

Porque en el ciclo presidencial del demagogo habrá batallas por las que habrá que apostarlo todo y dejar la piel como ciudadanos comprometidos. Por ejemplo, las que se refieran a defender nuestra Constitución, aquellas en las que hay que cuidar el patrimonio del Estado, o aquellas en las que se trate de proteger a los más vulnerables entre nosotros de abusos de poder. Y para hacerle ganas a estas, hace falta que la prensa mantenga su credibilidad para que la ciudadanía continúe teniéndole confianza (si a las provocaciones de Twitter reaccionan con histeria 100, nadie pondrá atención cuando lo que peligre sea el estado de derecho o la continuidad de la República) y que la oposición sepa hacer oposición de manera estratégica y planeada y no como mera reacción.

Y aunque este tipo de análisis pareciera de mero sentido común en un país con tanto adulto sensato y mesurado, Donald Trump continúa controlando el ciclo mediático a base de estupideces tuiteadas, creando conmoción y caos y destrozando la capacidad de muchos medios de comunicación de enfocarse en exigir cuentas por lo verdaderamente importante. Porque estoy hablando de Trump. Si pensaron en otro, es pura coincidencia.

@crislopezg

Epicuros de a pie. De Cristina López

1 abril 2019 / EL DIARIO DE HOY

Escribo a menudo de las redes sociales porque más allá de transformar la manera en la que compartimos información, han transformado para muchas generaciones las maneras en las que disfrutamos (¡o sufrimos!) la vida. Y entre esos componentes de la vida, la comida. Basta abrir una cuenta en Instagram (una red social fotográfica) para notar la democratización de la crítica gastronómica. Si antes la crítica gastronómica era una arena limitadísima en la que solo participaban restaurantes impagables y paladares caprichosos con acceso a una plataforma mediática, ahora todas las opiniones cuentan y se aplican a cualquier comida.

Como toda tendencia influida por los medios visuales, esta democratización viene con incentivos perversos que ya la industria de la comida comienza a explotar para intentar “viralizar” platillos en las redes sociales. La viralidad de un plato (y por ende, su popularidad en un mercado tan saturado como es el de la industria de la comida) depende tanto de su potencial fotogénico (que se vea delicioso) como de su potencial de causar envidia (que vean que estoy comiendo algo delicioso). Un término popularizado en inglés es el del FOMO o “fear of missing out”, que se traduce en “miedo a perderse algo”. En pocas palabras, la sensación de ser excluidos de algo que parece popular, es un poderosísimo mecanismo que el mercadeo explota para vender. El incentivo perverso para la industria es empezar a poner más énfasis en la presentación y el potencial fotogénico de la comida que en la frescura, originalidad, y armonía de sus ingredientes.

Pero no todo es perverso. Algo bueno ha traído este despertar generalizado en la curiosidad gastronómica y es que ha venido a crear “Epicuros” de a pie. Epicuro fue el filósofo griego cuya escuela de pensamiento surgió en respuesta al estoicismo. Los estoicos invitaban a buscar la felicidad en aceptar el presente y sus circunstancias tal y como eran (sin dejar que el deseo de buscar el placer o el miedo al dolor fueran incentivo alguno a cambiar las circunstancias del presente). En pocas palabras, la mera virtud era suficiente para la felicidad, por lo que la resiliencia a la desventura era en sí misma, felicidad. El epicureanismo, por el otro lado, ponía la política a un lado para buscar la felicidad guiada por los placeres de la vida (sin confundir con el hedonismo, pues Epicuro sugería que la prudencia debía guiar esta búsqueda). Estos placeres sin duda incluyen la comida, pues si su fin fuera únicamente darle gasolina al cuerpo, habríamos nacido sin papilas gustativas.

Y la coyuntura indica que sobran las razones para alegrarnos de que haya cada vez más Epicuros de a pie. Si, es de buenos ciudadanos priorizar algún interés en la política. Pero es de humanos interesarnos en buscar la felicidad y si esta, por pequeña que sea, es accesible con un par de mordiscos en la búsqueda de sabores nuevos, bienvenida sea. Con la fragilidad de nuestro Estado de derecho, la corrupción dentro de la política, la falta de desarrollo y demás males que aquejan a nuestros tiempos, no está de más encontrar paz en la forma que venga. Empacada en los sabores milenarios que nuestros antepasados fraguaron de maíz, frijol, y otros granos, o en nuevos sabores que fusionan culturas en geografías radicalmente diferentes a la nuestra. En platillos accesibles a cambio de centavos al lado de un carretón o a la luz de candelas en mantelería fina. Sea como sea, que si lo que nos deviene son peores tiempos, que nos encuentren con la boca llena.

@crislopezg

Políticas de teatro. De Cristina López

Este tipo de acoso es parte del show: es para que la audiencia en general tome nota de los costos que acarrea criticar al presidente electo, buscando silenciar a aquellos con menos tolerancia a la toxicidad propia de este tipo de maniobras.

25 marzo 2019 / EL DIARIO DE HOY

Imagínense por un momento estar en los zapatos de la persona encargada de manejar la cuenta de Twitter oficial de la Policía Nacional Civil el miércoles de la semana pasada. Imagínese, mientras la persona hacía su trabajo, ver que el presidente electo desde al alcance masivo de su propia cuenta de Twitter decide exigirle a al cuerpo policial que libere a dos detenidos. Obviamente, es poco lo que puede hacer al respecto de las exigencias del presidente electo la persona con el rol de “community manager”. Y obviamente, esto es algo que sabe el presidente electo.

Pero eso no importaba. El punto no era abogar por los detenidos (que a mi parecer, fueron víctimas de una detención fue autoritaria y la libertad de expresión incluye la libertad de protestar, pero no es ese el tema de esta columna). El punto de la demanda era el show: parecer que abogaba por los detenidos mientras le tiraba carne roja a su base de seguidores. Difícilmente se le escapa al presidente electo que twitearle a la cuenta del Ministerio Público tiene el mismo efecto para fines prácticos y legales que pagar una deuda con dinero de Monopoly.

Pero el show debía continuar, e inmediatamente, como ballet coreografiado entraron en acción el tipo de mecanismos que anuncian el nivel de desinformación y propaganda que podemos esperar de los próximos cinco años de gobierno: los titulares luminosos de “medios” sin historial o legado de cubrir periodismo del de verdad, presentando al presidente electo como paladín de los derechos humanos (sin aclarar la falta de consecuencia jurídica de que un ciudadano sin la autoridad de darle una orden a la Policía Nacional Civil le envíe un tweet con una orden y con un límite de tiempo para cumplirla), mientras sus seguidores y fanáticos comenzaban a llenar las redes sociales de alabanzas y halagos.

La peor parte de esta rutina vino del rol que juegan los más tóxicos elementos del discurso político salvadoreño, y que se abalanzaron a insultar a las voces racionales que simplemente, señalaban lo obvio: que si había ilegalidad en las capturas, los mecanismos para la liberación de los detenidos no están en Twitter, sino en las autoridades competentes y que por bien intencionado que fuera el tweet del presidente electo y por apasionado que fuera el clamor de sus seguidores, ningún mecanismo legal había sido activado. Por decir algo así, a Erika Saldaña (columnista de este periódico, presidenta del Centro de Estudios Jurídicos y abogada con casi una década de experiencia constitucional desde la Corte Suprema de Justicia) la atacaron vulgarmente los fans del presidente electo, incluido el ex-diputado Walter Araujo, cuyos aportes al discurso político no estarían fuera de lugar en la sección de sol general en el Estadio Cuscatlán.

Este tipo de acoso es parte del show: es para que la audiencia en general tome nota de los costos que acarrea criticar al presidente electo, buscando silenciar a aquellos con menos tolerancia a la toxicidad propia de este tipo de maniobras. No es difícil imaginar que desafortunadamente, cada uno de los elementos de este show se van a repetir constantemente durante la próxima administración, pues al presidente electo le ha sido valiosísimo durante su carrera política, incluyendo administraciones municipales y campañas.

@crislopezg

El techo de vidrio no importa tanto como las paredes. De Cristina López

11 marzo 2019 / EL DIARIO DE HOY

La semana pasada, en el contexto del día internacional de la mujer, un reportaje periodístico señalaba que a pesar de la creciente participación de las mujeres en cargos de elección pública, continuamos relegadas.

Según el reporte de la Prensa Gráfica, en la Asamblea Legislativa, “el promedio de diputadas propietarias en los últimos cinco períodos ha sido del 25%”. Señalaba también el reporte que nuestro país tampoco ha visto una mujer en la presidencia, ni a la cabeza del órgano judicial. A este suceso, de las notables brechas de representatividad para las mujeres en posiciones de poder (tanto políticas o corporativas) algunos le han llamado “el techo de vidrio”.

Hillary Clinton, después de gastar miles de millones de dólares en una campaña política infructuosa, aludió a la metáfora del techo de vidrio en más de un discurso. Y sin embargo, la atención que le dedicamos a la barrera invisible que impide a las mujeres llegar a la cima, a veces nos distrae de una conversación, a opinión personal, un tanto más importante: las aparentes paredes de vidrio que impiden paridad verdadera entre hombres y mujeres en campos como el acceso a la salud, el mercado laboral, ingresos económicos, entre otros. Son conversaciones importantísimas, porque estas “paredes” afectan a números bastante más grandes que los techos de vidrio.

Claro, la representación política importa. Idealmente, una verdadera seña de representación democrática sería que los representantes reflejaran demográficamente a sus constituyentes — es decir, que el porcentaje de mujeres en cargos de elección popular fuera representativo del porcentaje de mujeres en la población. Importa en el sentido de que inspira a otras mujeres a buscar puestos de poder político, ayuda a retar viejos estereotipos patriarcales sobre los roles que les competen a las mujeres, etc. Pero tristemente, no hay evidencia de que tener leyes que impulsen la representatividad en la política (como cuotas obligatorias de género) haga nada por deshacer las paredes de vidrio: un ejemplo es que entre variables como el porcentaje de mujeres en cuerpos parlamentarios y mejoras substantivas en índices que miden paridad de género en áreas como salud, educación y mercado laboral, no hay correlaciones ni impactos estadísticos significativos.

El caso de Ruanda ilustra perfectamente lo anterior. En 2016, Ruanda era el país con el porcentaje más grande de mujeres en el órgano legislativo, muy por encima de varios países desarrollados, con un 64%. Ese mismo año en Suecia, el porcentaje de mujeres en la legislatura era de 44% y en Estados Unidos era apenas 19%. Por varias razones, incluyendo el hecho de que el genocidio de 1994 en Ruanda aniquiló a un porcentaje enorme de hombres y la constitución de 2003 que ordenó que hubiera una reserva del 30% de las posiciones parlamentarias para las mujeres. Y a pesar de esa victoria numérica que produjo varios titulares periodísticos, la realidad diaria de las ruandesas es radicalmente distinta a la realidad de las suecas y las estadounidenses, en el sentido que varias variables de desarrollo demuestran desigualdades que favorecen a los hombres.

Es la existencia de tantas brechas entre hombres y mujeres en el campo de los ingresos económicos, el mercado laboral, o el acceso a la salud, por ejemplo, si explican muchas de las razones por las que continúan existiendo techos de vidrio. Muchas de estas brechas no se rompen con leyes, sino con cultura. Y la cultura solo cambia cuando los individuos cambiamos. ¿Nos atrevemos?

@crislopezg

Proteger el periodismo es proteger la democracia. De Cristina López

4 marzo 2019 / EL DIARIO DE HOY

No hay cosa que les de más miedo a los tiranos que la verdad bien contada. De lo anterior es evidencia el más reciente desastre internacional desatado por los caprichos autoritarios de Nicolás Maduro. Había accedido a una entrevista la semana pasada con Jorge Ramos, tratando de limpiar el nefasto rol que su gobierno ha tenido en poner a millones de venezolanos en la espantosa posición de tener que decidir entre buscar otro país o morir de hambre.

Ramos es, en este momento, uno de los periodistas más famosos del mundo —no solo porque sus reportajes alcanzan a millones de latinoamericanos a través de Univisión (incluyendo a la audiencia hispanohablante de Estados Unidos, que no es poca cosa), sino porque uno de sus talentos incluye hablarle a los poderosos en la cara, sin miedo ni medias tintas, obligándolos a explicar sus acciones y rendir cuentas.

Esta característica le costó a Ramos un par de horas de libertad y la pérdida de todo el material periodístico que su equipo había recogido en su visita a Venezuela. A Maduro no le pareció que Ramos le enseñara, en su cara, la consecuencia de sus políticas de corrupción y hambre, porque, según lo reportó posteriormente Ramos, inmediatamente después de que el periodista le enseñara a Maduro un video en un iPad que mostraba un grupo de venezolanos registrando un camión de la basura para encontrar su siguiente tiempo de comida, Maduro se comportó como el tirano estereotípico que es. No solo Ramos no logró sacarle a Maduro el comentario que buscaba, haber tenido la osadía y atrevimiento de hacer su trabajo como se debe le costó su libertad por un par de horas y la consecuente expulsión de Venezuela.

Algunos medios estadounidenses señalaron que el hecho de que Ramos cuente con nacionalidad estadounidense pudo haber influido en su pronta liberación y expulsión. Algo de verdad hay en ese análisis, simplemente porque los periodistas venezolanos que como Ramos han intentado hacer su trabajo, han tenido peor suerte. Según la revista de periodismo de la Universidad de Columbia en Nueva York, por lo menos 60 medios de comunicación privados en Venezuela han cerrado como resultado directo del chavismo. Una de las primeras acciones de Hugo Chávez para cimentar el autoritarismo que continúa permeando ahora fue la de cerrar Radio Caracas Televisión y sustituirla con TVes, un canal que maneja el pro-chavista Winston Vallenilla.

Con idioteces del CONATEL (la agencia gubernamental de Venezuela que regula los medios de comunicación y sus contenidos) cerraron 34 estaciones de radio en 2009 alegando “procedimientos legales” sin mayor explicación. Lo que vino después fue VTV, el brazo propagandístico del régimen que continúa pintando la crisis como un ataque de imperialismo americano en contra de la soberanía bolivariana. Los periódicos de mayor circulación fueron comprados por aliados internacionales del régimen, y Globovisión, por un par de individuos con procesos judiciales abiertos por corrupción y lavado de dinero. La recesión económica se está comiendo a los demás medios pequeños, mientras que el órgano judicial arremetió con demandas y procedimientos contra los periodistas independientes hasta obligar a varios al exilio.

Muchas cosas contribuyeron a que el chavismo continúe perdurando a pesar de estar en quiebra, de no contar con apoyo internacional y de depender de la corrupción para mantenerse en el poder, y una de ellas sin duda alguna fue la falta de una prensa fuerte, independiente y con dientes. La efectividad del chavismo fue que dejaron sin micrófono a aquellos con la capacidad de contarle a un electorado crítico las razones por las que el emperador tenía años de estar desnudo.

El autoritarismo no tiene ideología. Uno de sus antídotos es el periodismo de calidad. Ese que cuenta las historias importantes sin filtrar con base en quién afectan o benefician. Si podemos aprender algo de Venezuela, que sea lo siguiente: un electorado crítico hace bien en volverse escéptico de los gobernantes que arremeten contra los medios.

@crislopezg

La política del “siempre ha sido así”. De Cristina López

17 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Existe un concepto en el estudio de las ciencias sociales llamado “dependencia del camino” o “path dependence” en inglés. Se refiere a las limitaciones que todas las decisiones tomadas anteriormente ejercen sobre las decisiones presentes. Para poner un ejemplo, la dolarización de 2001 puso al país en un camino del que, para bien o para mal, sería demasiado costoso salirse. La decisión tomada entonces, de adoptar el dólar como moneda de circulación legal, limita decisiones actuales, como la de imprimir moneda propia e influir en la política monetaria nacional. Sin embargo, también existe el peligro de pensar que todas las decisiones anteriores limitan irrevocablemente las decisiones presentes y paralizan la posibilidad de cambiar, y pensar así es peligroso porque impide imaginar alternativas. Se impone el costumbrismo y se continúan haciendo cosas sin pensar por qué, simplemente porque “siempre ha sido así”.

La política del “siempre ha sido así” es peligrosa porque atrofia la imaginación. Sin la capacidad de imaginar un futuro diferente es prácticamente imposible llevar una nación al desarrollo. Y hay tantas cosas que perpetuamos sin mayor intencionalidad simplemente porque no tenemos la audacia de cuestionar alternativas más prácticas. La semana pasada, una propuesta valiente del diputado no partidario Leonardo Bonilla puso en evidencia lo mucho que la política del “siempre ha sido así” domina nuestro quehacer nacional. Bonilla ha propuesto una reducción del número de diputados en la Asamblea Legislativa.

Sobran motivos para por lo menos considerar la propuesta: podría aumentarse la representatividad si eligiéramos representantes por distritos, habría mucha más cercanía con los constituyentes, generando mayores incentivos para la existencia de verdaderos mecanismos de rendición de cuentas. Fuera de eso, se abriría una oportunidad para la reducción de costos operativos e ineficiencias que imperan en la Asamblea. Y sin embargo, aparentemente basado en la política del “siempre ha sido así”, el mismísimo presidente de la Asamblea, Norman Quijano, demostró un desconocimiento deprimente del ordenamiento jurídico cuando descartó la propuesta de Bonilla sin argumento alguno, diciendo que el número de diputados estaba establecido por la Constitución y que por lo tanto, se necesitarían dos períodos legislativos para lograr una reforma así.

El error es entendible si viniera de un ciudadano común y corriente: no cualquiera se sabe de memoria los contenidos del Código Electoral, donde se establece el número de diputados, y se le perdonaría al ciudadano común y corriente haber olvidado la lección de estudios sociales donde se explica que las reformas legislativas apenas requieren 43 votos. Pero que el presidente de la Asamblea ponga en evidencia su falta de entendimiento de las razones por las que el cuerpo legislativo que dirige se conforma de una u otra manera, que no tenga claro qué procedimientos se requieren para cambiar dicha conformación, y aparte, no tenga verdaderas razones de peso por lo menos a considerar el debate, es equivalente a un contador o asesor financiero con dislexia numérica. ¿Cuántas alternativas estamos dejando engavetadas por el apego a la costumbre?

El desarrollo de nuestro país depende de que tengamos suficientes líderes con la audacia de imaginar diferentes maneras de hacer las cosas, dispuestos por lo menos a vender los pros y contras de sus ideas. No podemos seguir haciendo las mismas cosas y esperar resultados distintos —si existe una justificación razonable para continuar con el mismo número de diputados que tenemos, que sea porque ha habido un debate al respecto intencional y razonado, y no solo porque “siempre ha sido así”.

@crislopezg