Cristina López

Una mujer y un tanque. De Cristina López

3442145_n_vir3

Caracas, 19 de abril 2017

Esa mujer representa a tantos ciudadanos. Los sueños de quienes esperan ver, en su misma generación, el restablecimiento de una república. La tanqueta representa el miedo — pavor espantoso — que le tiene el régimen de Maduro a los ciudadanos libres.

Cristina López, 24 abril 2017 / EDH

Independientemente de lo que haga falta o de lo que tenga que pasar para que en Venezuela regrese el estado de derecho y los principios que definen a una república, el 19 de abril pasará a ser recordado en los libros de historia. Por el tesón de los venezolanos. No de los que han cooptado las instituciones democráticas para servirse con cuchara grande, ni de los que continúan tapando el sol con un dedo y tratando de disfrazar de legitimidad a un gobierno que hace mucho dejó de ser representativo del electorado.

De los miles que el 19 de abril salieron a las calles en las principales ciudades de su país. De los que marchan, no para rendir pleitesía a un régimen que compra las lealtades explotando el hambre de su gente, sino para exigir cuatro cosas que parecen simples, pero de las que depende, no solo la democracia en Venezuela, sino la supervivencia de muchos venezolanos: que se inhabilite a los jueces pro-régimen que conforman la Corte Suprema de Justicia, la celebración de elecciones libres, ayuda humanitaria para comida y medicamentos, y por supuesto, la liberación de los presos políticos, como Leopoldo López.

A pesar de que lo que está pasando en Venezuela debería ser portada de los periódicos alrededor del mundo — pocas veces, desde la primavera árabe se ha visto una manifestación libre de semejantes proporciones — en Estados Unidos el tema se ha discutido poquísimo. Si se ha mencionado es a través de los reportes de periodistas latinoamericanos que han sabido incorporar la noticia a la saturadísima agenda de los medios políticos, o se ha reportado en conexión con la retirada de General Motors. El ángulo corporativo y la manera en la que la salida de General Motors afecta intereses estadounidenses ha logrado mención en las noticias, más no las violaciones a los derechos humanos de tantos venezolanos, a quienes les serviría que los países democráticos y sus medios pusieran presión en las instituciones existentes para que condenen al régimen de Maduro.

Tampoco se ha mencionado lo suficiente la paradoja impresionante que se deriva de que un régimen cuya población no tiene acceso a los servicios más básicos, haya donado medio millón de dólares para el evento de inauguración del presidente Trump, que no ha hecho mención alguna de la crisis venezolana. ¿Sabrá dónde queda Caracas, siquiera?

Para otras audiencias, la crisis venezolana se verá inmortalizada con la foto que merecidamente le ha dado la vuelta al mundo. Presenta a una mujer vestida con los colores de la bandera venezolana. Está sola, parada en medio de una calle desierta. Frente a ella, ilustrando la ridícula desproporción en el uso de la fuerza estatal venezolano, se encuentra una tanqueta, apropiada para las circunstancias de más alta belicosidad, más no para enfrentar la “amenaza” que representa esa sola voz, clamando por libertad para todos los venezolanos. Esa mujer representa a tantos ciudadanos. Los sueños de quienes esperan ver, en su misma generación, el restablecimiento de una república. La tanqueta representa el miedo — pavor espantoso — que le tiene el régimen de Maduro a los ciudadanos libres. Y más vale que tenga miedo: porque como esa mujer, hay millones.

@crislopezg

Crecer en el Valle de las Hamacas. De Cristina López

Una cosa es levantarse pensando que se han dejado ya los males atrás. Es importante, pero tiene menos mérito. El Salvador se levanta, a pesar de que sabe que detrás del reto que nos tumbó vienen muchos más y que es mejor que nos agarren parados. Eso es resiliencia.

Cristina López, 17 abril 2017 / EDH

Escribo esta columna con angustia, pues a miles de kilómetros de donde estoy, las placas tectónicas sobre las que descansa mi país han decidido bailar cumbia. Todavía — al momento de cierre de este artículo — no ha habido técnicamente un terremoto, pero para fines prácticos, los nervios son equivalentes. Que si es un enjambre sísmico, que si son los volcanes, que si ya la corrupción y desgaste social le llegaron a la coronilla a quien controla estos fenómenos y nos está probando, el hecho es que la semana ha sido un reto al sistema nervioso.

Y es que quienes crecimos en El Salvador, cuyas famosas fallas y frecuentes movimientos de tierra le hicieron merecer el, a mi parecer, poético eufemismo de “valle de las hamacas,” venimos con sismógrafo incorporado. Hay quienes desarrollan una tolerancia, temple y nervios de acero de tal calibre que no se levantan de la silla ni se alborotan por menos de un 5.0 en la escala de Richter.

Consideran que afligirse por menos es de principiantes. Otros más, sin haber estudiado más tierra que la que usan para llenar macetas, desarrollan un entendimiento espontáneo por la geología y se permiten expresar opiniones técnicas: que si la liberación de energía en sismos cortos es mejor, que si fue “superficial” o no, que si el “retumbo” anuncia una catástrofe sísmica mayor, que si comparando y contrastando de inmediato y a pura memoria las diferencias y similitudes “este” fue mejor o peor que “el del 86” o “los del 2001”, y especulan, con ese mismo aire de autoridad inventada, en base a puro “feeling” dónde fue el epicentro y la probabilidad estadística de que se desate un tsunami.

A otros les da por lo anecdótico y aprovechan la circunstancia telúrica para rememorar “¿dónde estabas para el del 86?” o “a mí el del 2001 me agarró en el carro y ni lo sentí”. A unos más, quizás por nerviosismo, el estrés colectivo que causan las réplicas constantes les saca un comediante escondido, chistoso, pero frecuentemente fuera de tono, olvidando que para quienes ya están en situaciones vulnerables la posibilidad de un desastre natural no saca ni media sonrisa.

A mi abuela por parte de mamá, los temblores le sacaban una reacción inmediata, idéntica cada vez, como si hubiera venido programada por software. Serena — porque si alguien nunca perdió la paz en esta vida, fue la Juanita de Guevara — repetía sentada “Santo Dios, santo fuerte, santo inmortal, líbranos de todo mal”.

Hasta la fecha, relaciono el ruido ensordecedor que viene de los movimientos de tierra con esa oración que repetía mi abuela y se me escapa de los labios sin pensarlo, casi como reacción pavloviana. Sin parar, y en susurros apretados, la oración se repite hasta que las cosas dejan de moverse y la angustia se convierte en risa nerviosa.

Por alguna razón, el rezo de mi abuela (que ahora hemos heredado sus hijos y nietos) solo aplicaba a los temblores: nunca la oí aplicada a ningún otro mal, a pesar de que en El Salvador los males sobran y la falta de especificidad de la oración la hace bastante “one size fits all” contra las más variadas catástrofes.

Lo que cualquiera que creció en nuestro valle de las hamacas entiende, ya sea si nos quedamos a bailar cumbia con las placas o si desde países con tierras menos dinámicas seguimos los temblores minuto a minuto en Twitter con la impotencia de a quien no le queda otro recurso para velar por la gente que quiere, es que si algo sacan nuestros temblores a relucir es la resiliencia impresionante de nuestra gente. El saber que hemos visto días malos y angustiosos, pero nos hemos levantado. Y es que una cosa es levantarse pensando que se han dejado ya los males atrás. Es importante, pero tiene menos mérito. El Salvador se levanta, a pesar de que sabe que detrás del reto que nos tumbó vienen muchos más y que es mejor que nos agarren parados. Eso es resiliencia. La hemos demostrado antes y la estamos demostrando ahora. Adelante, El Salvador.

@crislopezg

Trump: el mismo fiasco bélico. De Cristina López

Lo que se sabe es que con sus misilazos simbólicos logró distraer el ciclo noticioso que lo estaba enterrando por la turbia relación que su campaña tuvo con hackers rusos, por el reciente fracaso legislativo de su plan para repeler y sustituir la reforma de salud de Obama.

Cristina López, 10 abril 2017 / EDH

Confieso que yo era de las que pensaba que de todas las cosas deplorables que pueden asociarse con el ahora presidente estadounidense Donald Trump, su política exterior (no la comercial, ojo) era quizás de las más rescatables. Definitivamente — pensaba yo — mejor que la de su excontrincante en la elección, que compartía la simpatía por la intervención militar que los predecesores de Trump y que –de nuevo, esto según mi análisis equivocado– yo veía más entusiasta al respecto de convertir a Estados Unidos en la policía armada de los conflictos globales que a Trump.

Trump había sido inconsistente y hasta errático sobre sus posturas al respecto de la intervención militar. Pero si algo recordaba yo claramente, es que había insistido en que estaba en desacuerdo con la guerra de Iraq (si bien al principio la apoyaba) y que, en algún punto, había criticado a Obama por coquetear con una intervención militar en Siria. Este análisis era erróneo, porque la semana pasada Trump demostró tener el mismo gusto por la intervención bélica que quienes le preceden, con el agravante que su política exterior no la informa principio alguno, sino simplemente, cómo se ve desde “la óptica” política.

En Siria, el gobierno del sanguinario dictador Bashar al-Assad atacó a sus ciudadanos haciendo uso de una de las más despreciables herramientas bélicas: un ataque químico que dejó más de 70 muertos y más de 100 afectados. Sobre todo niños. Trump se dijo tan “indignado” por lo que había pasado en Siria, que sin consultarle al Congreso (en teoría, un requisito de limitación de poderes dentro del funcionamiento de las ramas de gobierno en Estados Unidos) emprendió un ataque de misiles contra una base aérea en Siria. Es incierto qué tipo de retaliación podría tener el gobierno sirio o sus aliados los rusos. Tampoco se sabe si Trump tiene un plan a largo plazo y si los misilazos (que cobraron las vidas de varios civiles en cuyo nombre supuestamente intervino) tenían valor estratégico alguno. Lo que se sabe es que con sus misilazos simbólicos logró distraer el ciclo noticioso que lo estaba enterrando por la turbia relación que su campaña tuvo con hackers rusos, por el reciente fracaso legislativo de su plan para repeler y sustituir la reforma de salud de Obama y en general, por el nepotismo con el que está manejando su gobierno, dándoles amplios poderes a su hija y a su cuñado con inexistentes mecanismos para que rindan cuentas.

Y los misilazos son claramente simbólicos y únicamente motivados por la política. Porque si realmente hubiera un interés humanitario en ayudar a las víctimas de la cruenta guerra civil en Siria, se le abrirían las puertas a los miles de refugiados intentando buscar otros destinos para salvar sus vidas y vivir en paz. Para complacer a su base antiinmigración, Trump ha pausado la entrada de refugiados y peticiones de asilo provenientes de Siria, y está luchando en las cortes por prohibir la entrada de viajeros de este país. Si los costos tributarios no son nunca un impedimento para emprender intervenciones bélicas, es curioso que lo sean (cuando serían mucho menores) para la atención y recibimiento de refugiados. Refugiados que, debido a lo que implica el proceso legal para asilarse en Estados Unidos, tendrían la obligación de trabajar y contribuir económicamente a la sociedad, siendo autosuficientes al cabo de una temporada. Trump no deja de sorprender en cuanto a que, nuevamente, el análisis inicial que muchos habíamos hecho de él estaba equivocado: es todavía mucho peor de lo que le dabamos crédito. Y sus posturas las motiva más el ego y la incompetencia que el hambre de poder.

@crislopezg

Pena propia. De Cristina López

Aplaudimos el liderazgo del Secretario Almagro y reconocemos la triste paradoja de que los gobernantes de El Salvador, un país al que el autoritarismo y la opresión hicieron tanto daño, brinden apoyo institucional a autoritarios y opresores.

Cristina López, 3 abril 2017 / EDH

Las desgracias autoinflingidas de otros normalmente causan pena ajena. Me refiero a esos papelones públicos, que levantan murmullos y burlas susurradas. Pero, ¿qué hay del papelón con el que se están luciendo nuestros gobernantes ante la comunidad internacional en su obcecado apoyo al régimen dictatorial venezolano, en una mal entendida lealtad ideológica?

Ese papelón es de pena propia. Porque, ¿con qué cara, como salvadoreños, podemos ver a nuestros hermanos venezolanos, muchos en el exilio huyendo del hambre, la criminalidad, la persecución política y la corrupción voraz que han ido devorando la sociedad?

Con toda la pena propia, nuestros gobernantes nos han obligado a aquellos de nosotros que tenemos la honestidad intelectual de llamar a las cosas por su nombre con independencia de quien las causa (dictadura es dictadura, así el ataúd de la democracia esté arropado con banderas de derecha o de izquierda) a que tengamos que explicarle a los venezolanos que nuestros gobernantes no nos representan. Que ese voto patético en la OEA, ese voto que se opone a la democracia y a la empatía por los derechos humanos, no es nuestro voto.

Que las palabras de ese comunicado absurdo, que apoya el lado de los opresores e ignora el clamor de los oprimidos, no son nuestras palabras. Explicarles que son palabras que significan poco o nada, porque sus autores, a pesar de la ironía de hacer alusión al respeto a las sentencias judiciales, son los primeros en oponerse a los órganos judiciales autónomos en las ocasiones en que se han activado en función de limitarles el poder.

Que a los salvadoreños que seguimos creyendo en el derecho humano de cada persona a escoger libremente su destino, nos duele ver el atropello del que están siendo víctimas los venezolanos. Que a una voz, con ellos condenamos el golpe autoritario con el que Maduro, con la falta de vergüenza propia de las dictaduras, está eliminando los límites de su poder. Que con ellos sufrimos cada día que pasa sin que los presos políticos puedan reunirse de nuevo con sus familias, al negárseles, además de su libertad, el derecho a un debido proceso. Que con ellos nos asqueamos y condolemos de la pobreza en la que la ineptitud absoluta de sus gobernantes han impuesto al pueblo venezolano. Que como ellos, no nos creemos para nada que la intención del socialismo del siglo 21 sea repartir más bienestar para más personas. Desde el principio interpretamos correctamente que el propósito siempre fue garantizar el modus vivendi de la argolla oligarca que ha convertido las instituciones democráticas en su finca, ignorando la dignidad humana de aquellos a quienes se han llevado de encuentro.

Que quienes hemos leído la Carta Democrática de la OEA y que entendemos que solo es operativa si se aplica para la protección del sistema que garantiza más libertades para más personas y no para la protección de dictadores, aplaudimos el liderazgo del Secretario Almagro y reconocemos la triste paradoja de que los gobernantes de El Salvador, un país al que el autoritarismo y la opresión hicieron tanto daño, brinden apoyo institucional a autoritarios y opresores. Los salvadoreños que creemos en la libertad, estamos con los venezolanos que sufren, y con pena propia, les pedimos disculpas por el papelón que han hecho nuestros gobernantes.

@crislopezg

Un país libre, parte 2. De Cristina López

Desde una perspectiva global, los salvadoreños gozan de muchas menos libertades que los ciudadanos de otras sociedades, cosa que en gran medida explica la constante fuga de talentos y potencial humano.

Cristina López, 27 marzo 2017 / EDH

En mi columna de la semana pasada usé dos ejemplos de aspiraciones legislativas de los dos partidos mayoritarios que ilustraban casi perfectamente cómo a El Salvador le faltan muchos rasgos que definirían en la práctica cómo se ve un país libre. El análisis puede también complementarse desde la academia, y la reciente publicación del Índice de Libertad Humana hecho por el Cato Institute provee herramientas interesantes de análisis que pueden aplicarse al país.

El Índice — al que tuve la oportunidad de colaborar con aportes investigativos en los temas relacionados a la libertad de las mujeres — estudia el estado de las libertades humanas alrededor del mundo desde tres perspectivas distintas: la económica, la civil y la personal. Se enfoca en la ausencia de límites coercitivos. Los indicadores utilizados comparan a los países (en base a los datos disponibles provenientes de una pluralidad de fuentes) en las áreas de estado de derecho, seguridad, libertad de movimiento, de religión, de asociación y sociedad civil, de expresión, de relaciones, tamaño del aparato estatal, acceso a una moneda “sana”, libertad de comerciar internacionalmente, y libertades financieras, laborales, y de negocios. La publicación viene a complementar otros índices de análisis de autoritarismo versus libertades que se enfocaban exclusivamente en la facilidad de hacer negocios, ignorando que a veces, en estados donde el gobierno no se mete en el bolsillo de la ciudadanía, sí se mete en su dormitorio haciendo ilegales ciertas uniones, tema que no debería ser competencia estatal y que demuestra inconsistencias en el respeto a las libertades individuales.

El índice lo lideran Hong Kong, Suiza, Finlandia, Dinamarca, Nueva Zelanda, Canadá, Australia, Irlanda, el Reino Unido y Suiza. Estados Unidos aparece en la posición 20. Vale mencionar a Chile, liderando Latino América en la decimoctava posición, y por las razones opuestas a Venezuela, en la penosa posición 144 (para contextualizar la gravedad de la situación venezolana, estados cuasi fallidos como Zimbabwe caen en el lugar 149).

¿Cómo se ve El Salvador en el índice? En la posición 58. Si bien en libertades económicas el país aparece en la posición 42 de 159, en el ranking de libertades personales caemos al puesto 74. Las razones son las obvias: las tasas de homicidios y desapariciones debilitan el indicador de seguridad personal drásticamente — ¿qué mayor obstáculo a cualquier tipo de libertad que el riesgo constante de perder la vida? Otro enorme pendiente es el del estado de derecho, en el que la impunidad continúa siendo un talón de Aquiles. También aparece que el costo del crimen en los negocios está muy por encima de otros países en situaciones comparables. Como positivos se señalan el acceso a una moneda sana, libertad en las relaciones (en el sentido que no están penalizados ciertos tipos de uniones y que hay igualdad en derechos de paternidad y fácil acceso al divorcio). Sin embargo, desde una perspectiva global, los salvadoreños gozan de muchas menos libertades que los ciudadanos de otras sociedades (en Centro América es Costa Rica quien lleva la ventaja), cosa que en gran medida explica tanto la constante fuga de talentos y potencial humano como la enorme deuda que con nosotros tienen nuestros gobernantes.

@crislopezg

Un país libre. De Cristina López

En El Salvador, hay legisladores que creen que el mejor uso de su autoridad es decidir qué dieta de consumo cultural debería tener el salvadoreño promedio.

Cristina López, 20 marzo 2017 / EDH

¿Cómo se ve un país libre? La libertad es de las palabras que por abundancia de uso se ha ido vaciando de significado. Tanto así, que quizás a muchos se nos ha olvidado cómo, en la teoría, debería verse un país libre. Y claro, se pueden tener debates filosóficos con respecto al rol que juegan las políticas públicas en restringir libertades individuales o en permitirle al individuo desarrollarse en libertad. No puede dejarse de admitir que la libertad, a la que todo individuo tiene derecho en igual medida — precisamente por esa dignidad humana que nos hace iguales a todos — no siempre se ve igual para todos porque, a pesar de ser iguales, hay estructuras sistemáticas (educación, nivel de ingresos, género, nacer en la capital o en el interior) que se traducen en condiciones desiguales.

Sin embargo, es difícil coincidir en que dadas las opciones de más autoritarismo versus más libertad, más libertad es siempre, ¡innegablemente!, la opción que permite más prosperidad y bienestar para la mayor cantidad de individuos al mismo tiempo. Hay que admitir que el autoritarismo le da bienestar, y bastante, a los pocos con la posibilidad de ejercerlo y es por estos perversos incentivos que nos toca como población, desde la opinión pública, tener un debate permanentemente abierto sobre cómo se ve un país libre, y desde las urnas, aspirar a él y empujar a nuestros representantes a construirlo.

En un país libre, a los individuos se les permite tomar las decisiones de consumo que les afectan exclusivamente. Por ejemplo, qué alimentos ingerir a la hora del recreo y cuáles no. En nuestro país, los legisladores han decidido elevar la regulación de la comida chatarra en los centros escolares al grado de “tema de país”. Cualquiera pensaría que si tienen tiempo de debatir si un churrito y una charamusca son las mayores amenazas para los salvadoreños en edad escolar, es porque ya resolvieron TODAS las otras amenazas que acechan a los estudiantes, como las escuelas cuya infraestructura cayéndose a pedazos lentamente atenta contra la vida de poblaciones escolares enteras, o como la delincuencia que espera, literalmente a la salida del colegio, para reclutar pequeños e incorporarlos a las pandillas, o como los desgraciadamente múltiples casos en que muchos menores han sido abusados sexualmente o acosados por el mismo personal educativo que en teoría debería velar por su enseñanza y seguridad. Esto no quiere decir que la obesidad no sea un relevante tema de salud pública, pero el legislarlo con autoritarismo solo refleja que los legisladores no confían en que las familias — que supuestamente dicen proteger — tienen la capacidad de mejor decidir qué consumen sus hijos. ¿Se les ha ocurrido que la educación para tomar decisiones más saludables es lo que hace falta, en vez de menos libertad de decisión? ¿Han pensado que quizás, para muchos niños, esa comida “chatarra” es la única opción que pueden costear y quizás el único ingreso calórico que consumirán en el día?

De igual manera en un país libre se le deja al individuo decidir qué entretenimiento consumirá y cuál no. Qué tipo de productos culturales ofenden su moral y cuáles no. Es esa libertad lo que permite la pluralidad de pensamiento y el respeto para todos los individuos: los que piensan de maneras parecidas y los que no. Hasta en Rusia, lugar que ninguna persona consideraría un país libre, prohibir la película de La Bella y la Bestia por no estar de acuerdo con su contenido, les pareció un grado de autoritarismo demasiado alto y abandonaron el proyecto de ley, limitándose a la igualmente ridícula e inútil medida de regular la edad de consumo. En El Salvador, hay legisladores que creen que el mejor uso de su autoridad es decidir qué dieta de consumo cultural debería tener el salvadoreño promedio. ¿Por qué es peligrosísimo esto? Porque bajo ese mismo argumento, pueden limitarle mañana otros tipos de contenido que no les gusta y forzarle a consumir únicamente propaganda estatal o religiosa si les da la gana. ¿Olvidan acaso que el que exista material con el que están en desacuerdo no implica una obligación de verlo o apoyarlo?

Los anteriores son solo dos ejemplos de cómo para nuestros legisladores El Salvador no es un país libre, escogidos porque fueron empujados por dos partidos políticos distintos, que en teoría tienen visiones contrarias sobre autoritarismo y libertad. Los ejemplos demuestran, además de la peligrosa atracción que el autoritarismo ejerce sobre nuestros legisladores, que ambos partidos se parecen mucho más de lo que quieren reconocer. Quizás ya es hora de que alcemos nuestra voz (saludos a los jóvenes de #ESNuestraVoz) para exigir mejores opciones.

@crislopezg

Medidas ordinarias, diputado extraordinario.De Cristina López

Las medidas extraordinarias se han vuelto ordinarias y pan de cada día porque nos hacen falta diputados extraordinarios, que se atrevan a cuestionar el status quo.

Cristina LópezCristina López, 12 febrero 2017 / EDH

En El Salvador, la tierra de los eufemismos, el nombre que se le da a las cosas tiende a significar a menudo lo contrario de lo que se indica. Esto es el caso de las famosas “medidas extraordinarias” con las que el aparato de seguridad estatal pretende hacerle frente al ordinario y común flagelo que es la violencia criminal en el país. Llamarle medidas extraordinarias es un eufemismo, porque extender a través de una prórroga algo que suponía ser extraordinario, lo vuelve en realidad ordinario.

diario hoyEl problema es que nada indica de manera convincente y medible que un año de limitar los derechos de los reos en el sistema penitenciario y suspender varios de los mecanismos que la ley contempla para la protección de los derechos individuales ante el Estado esté logrando un impacto positivo en salvar vidas, rehabilitar pandilleros, crear oportunidades laborales para evitar el reclutamiento de jóvenes en riesgo y reducir la tasa de homicidios y criminalidad. Por supuesto que es puro populismo: una manera de justificar el sangramiento del contribuyente a través del impuesto de la seguridad, o de dar la impresión con total hipocresía electorera de que se está haciendo algo por solventar el problema principal que tiene el ciudadano común salvadoreño: la inseguridad.

La falta de transparencia con relación a las medidas extraordinarias les permite con total impunidad a las autoridades (y ahora con total complicidad de 77 diputados) continuar con la perpetuación de violaciones continuas a los derechos humanos, la erosión del Estado de Derecho mediante la corrosión de instituciones como el debido proceso y en general, la absoluta ausencia de una estrategia de largo plazo para terminar con la violencia estructural.

Sin embargo, 77 diputados validaron que continuemos siendo un país en el que el estado abusa de su fuerza punitiva a diario sin resultados reales. El abuso de esta fuerza punitiva para combatir las pandillas ha demostrado ser tan efectivo como usar una bazooka para combatir zancudos: los daños al Estado de Derecho y al tejido social son mucho mayores que los resultados que en teoría la suspensión de garantías procesales pretende conseguir. Los 77 diputados que apoyaron la continuación de estas medidas representan territorios entre los que se encuentran muchísimos ciudadanos a quienes el endurecimiento de la fuerza punitiva castigará sin merecerlo: ¿acaso estos constituyentes valen menos? ¿Valen menos los constituyentes que se encuentran tras las rejas cuyas vidas se ven directamente afectadas por estas medidas (muchos de los cuales aún esperan juicio, por lo que en teoría les continúa amparando la presunción de inocencia)?

Las medidas extraordinarias se han vuelto ordinarias y pan de cada día porque nos hacen falta diputados extraordinarios, que se atrevan a cuestionar el status quo, que se atrevan a quedar mal con los compañeros de bancada, que se atrevan a poner el dedo en la llaga señalando que continuar haciendo la misma cosa y esperar resultados diferentes es una mala receta cuando de políticas públicas se trata. Para nuestra desgracia, la plenaria del pasado jueves demostró que de esos diputados extraordinarios solo tenemos uno. Gracias, Johnny Wright, por ser ese diputado extraordinario en este tema tan delicado.

@crislopezg