Cristina López

Un país libre, parte 2. De Cristina López

Desde una perspectiva global, los salvadoreños gozan de muchas menos libertades que los ciudadanos de otras sociedades, cosa que en gran medida explica la constante fuga de talentos y potencial humano.

Cristina López, 27 marzo 2017 / EDH

En mi columna de la semana pasada usé dos ejemplos de aspiraciones legislativas de los dos partidos mayoritarios que ilustraban casi perfectamente cómo a El Salvador le faltan muchos rasgos que definirían en la práctica cómo se ve un país libre. El análisis puede también complementarse desde la academia, y la reciente publicación del Índice de Libertad Humana hecho por el Cato Institute provee herramientas interesantes de análisis que pueden aplicarse al país.

El Índice — al que tuve la oportunidad de colaborar con aportes investigativos en los temas relacionados a la libertad de las mujeres — estudia el estado de las libertades humanas alrededor del mundo desde tres perspectivas distintas: la económica, la civil y la personal. Se enfoca en la ausencia de límites coercitivos. Los indicadores utilizados comparan a los países (en base a los datos disponibles provenientes de una pluralidad de fuentes) en las áreas de estado de derecho, seguridad, libertad de movimiento, de religión, de asociación y sociedad civil, de expresión, de relaciones, tamaño del aparato estatal, acceso a una moneda “sana”, libertad de comerciar internacionalmente, y libertades financieras, laborales, y de negocios. La publicación viene a complementar otros índices de análisis de autoritarismo versus libertades que se enfocaban exclusivamente en la facilidad de hacer negocios, ignorando que a veces, en estados donde el gobierno no se mete en el bolsillo de la ciudadanía, sí se mete en su dormitorio haciendo ilegales ciertas uniones, tema que no debería ser competencia estatal y que demuestra inconsistencias en el respeto a las libertades individuales.

El índice lo lideran Hong Kong, Suiza, Finlandia, Dinamarca, Nueva Zelanda, Canadá, Australia, Irlanda, el Reino Unido y Suiza. Estados Unidos aparece en la posición 20. Vale mencionar a Chile, liderando Latino América en la decimoctava posición, y por las razones opuestas a Venezuela, en la penosa posición 144 (para contextualizar la gravedad de la situación venezolana, estados cuasi fallidos como Zimbabwe caen en el lugar 149).

¿Cómo se ve El Salvador en el índice? En la posición 58. Si bien en libertades económicas el país aparece en la posición 42 de 159, en el ranking de libertades personales caemos al puesto 74. Las razones son las obvias: las tasas de homicidios y desapariciones debilitan el indicador de seguridad personal drásticamente — ¿qué mayor obstáculo a cualquier tipo de libertad que el riesgo constante de perder la vida? Otro enorme pendiente es el del estado de derecho, en el que la impunidad continúa siendo un talón de Aquiles. También aparece que el costo del crimen en los negocios está muy por encima de otros países en situaciones comparables. Como positivos se señalan el acceso a una moneda sana, libertad en las relaciones (en el sentido que no están penalizados ciertos tipos de uniones y que hay igualdad en derechos de paternidad y fácil acceso al divorcio). Sin embargo, desde una perspectiva global, los salvadoreños gozan de muchas menos libertades que los ciudadanos de otras sociedades (en Centro América es Costa Rica quien lleva la ventaja), cosa que en gran medida explica tanto la constante fuga de talentos y potencial humano como la enorme deuda que con nosotros tienen nuestros gobernantes.

@crislopezg

Un país libre. De Cristina López

En El Salvador, hay legisladores que creen que el mejor uso de su autoridad es decidir qué dieta de consumo cultural debería tener el salvadoreño promedio.

Cristina López, 20 marzo 2017 / EDH

¿Cómo se ve un país libre? La libertad es de las palabras que por abundancia de uso se ha ido vaciando de significado. Tanto así, que quizás a muchos se nos ha olvidado cómo, en la teoría, debería verse un país libre. Y claro, se pueden tener debates filosóficos con respecto al rol que juegan las políticas públicas en restringir libertades individuales o en permitirle al individuo desarrollarse en libertad. No puede dejarse de admitir que la libertad, a la que todo individuo tiene derecho en igual medida — precisamente por esa dignidad humana que nos hace iguales a todos — no siempre se ve igual para todos porque, a pesar de ser iguales, hay estructuras sistemáticas (educación, nivel de ingresos, género, nacer en la capital o en el interior) que se traducen en condiciones desiguales.

Sin embargo, es difícil coincidir en que dadas las opciones de más autoritarismo versus más libertad, más libertad es siempre, ¡innegablemente!, la opción que permite más prosperidad y bienestar para la mayor cantidad de individuos al mismo tiempo. Hay que admitir que el autoritarismo le da bienestar, y bastante, a los pocos con la posibilidad de ejercerlo y es por estos perversos incentivos que nos toca como población, desde la opinión pública, tener un debate permanentemente abierto sobre cómo se ve un país libre, y desde las urnas, aspirar a él y empujar a nuestros representantes a construirlo.

En un país libre, a los individuos se les permite tomar las decisiones de consumo que les afectan exclusivamente. Por ejemplo, qué alimentos ingerir a la hora del recreo y cuáles no. En nuestro país, los legisladores han decidido elevar la regulación de la comida chatarra en los centros escolares al grado de “tema de país”. Cualquiera pensaría que si tienen tiempo de debatir si un churrito y una charamusca son las mayores amenazas para los salvadoreños en edad escolar, es porque ya resolvieron TODAS las otras amenazas que acechan a los estudiantes, como las escuelas cuya infraestructura cayéndose a pedazos lentamente atenta contra la vida de poblaciones escolares enteras, o como la delincuencia que espera, literalmente a la salida del colegio, para reclutar pequeños e incorporarlos a las pandillas, o como los desgraciadamente múltiples casos en que muchos menores han sido abusados sexualmente o acosados por el mismo personal educativo que en teoría debería velar por su enseñanza y seguridad. Esto no quiere decir que la obesidad no sea un relevante tema de salud pública, pero el legislarlo con autoritarismo solo refleja que los legisladores no confían en que las familias — que supuestamente dicen proteger — tienen la capacidad de mejor decidir qué consumen sus hijos. ¿Se les ha ocurrido que la educación para tomar decisiones más saludables es lo que hace falta, en vez de menos libertad de decisión? ¿Han pensado que quizás, para muchos niños, esa comida “chatarra” es la única opción que pueden costear y quizás el único ingreso calórico que consumirán en el día?

De igual manera en un país libre se le deja al individuo decidir qué entretenimiento consumirá y cuál no. Qué tipo de productos culturales ofenden su moral y cuáles no. Es esa libertad lo que permite la pluralidad de pensamiento y el respeto para todos los individuos: los que piensan de maneras parecidas y los que no. Hasta en Rusia, lugar que ninguna persona consideraría un país libre, prohibir la película de La Bella y la Bestia por no estar de acuerdo con su contenido, les pareció un grado de autoritarismo demasiado alto y abandonaron el proyecto de ley, limitándose a la igualmente ridícula e inútil medida de regular la edad de consumo. En El Salvador, hay legisladores que creen que el mejor uso de su autoridad es decidir qué dieta de consumo cultural debería tener el salvadoreño promedio. ¿Por qué es peligrosísimo esto? Porque bajo ese mismo argumento, pueden limitarle mañana otros tipos de contenido que no les gusta y forzarle a consumir únicamente propaganda estatal o religiosa si les da la gana. ¿Olvidan acaso que el que exista material con el que están en desacuerdo no implica una obligación de verlo o apoyarlo?

Los anteriores son solo dos ejemplos de cómo para nuestros legisladores El Salvador no es un país libre, escogidos porque fueron empujados por dos partidos políticos distintos, que en teoría tienen visiones contrarias sobre autoritarismo y libertad. Los ejemplos demuestran, además de la peligrosa atracción que el autoritarismo ejerce sobre nuestros legisladores, que ambos partidos se parecen mucho más de lo que quieren reconocer. Quizás ya es hora de que alcemos nuestra voz (saludos a los jóvenes de #ESNuestraVoz) para exigir mejores opciones.

@crislopezg

Medidas ordinarias, diputado extraordinario.De Cristina López

Las medidas extraordinarias se han vuelto ordinarias y pan de cada día porque nos hacen falta diputados extraordinarios, que se atrevan a cuestionar el status quo.

Cristina LópezCristina López, 12 febrero 2017 / EDH

En El Salvador, la tierra de los eufemismos, el nombre que se le da a las cosas tiende a significar a menudo lo contrario de lo que se indica. Esto es el caso de las famosas “medidas extraordinarias” con las que el aparato de seguridad estatal pretende hacerle frente al ordinario y común flagelo que es la violencia criminal en el país. Llamarle medidas extraordinarias es un eufemismo, porque extender a través de una prórroga algo que suponía ser extraordinario, lo vuelve en realidad ordinario.

diario hoyEl problema es que nada indica de manera convincente y medible que un año de limitar los derechos de los reos en el sistema penitenciario y suspender varios de los mecanismos que la ley contempla para la protección de los derechos individuales ante el Estado esté logrando un impacto positivo en salvar vidas, rehabilitar pandilleros, crear oportunidades laborales para evitar el reclutamiento de jóvenes en riesgo y reducir la tasa de homicidios y criminalidad. Por supuesto que es puro populismo: una manera de justificar el sangramiento del contribuyente a través del impuesto de la seguridad, o de dar la impresión con total hipocresía electorera de que se está haciendo algo por solventar el problema principal que tiene el ciudadano común salvadoreño: la inseguridad.

La falta de transparencia con relación a las medidas extraordinarias les permite con total impunidad a las autoridades (y ahora con total complicidad de 77 diputados) continuar con la perpetuación de violaciones continuas a los derechos humanos, la erosión del Estado de Derecho mediante la corrosión de instituciones como el debido proceso y en general, la absoluta ausencia de una estrategia de largo plazo para terminar con la violencia estructural.

Sin embargo, 77 diputados validaron que continuemos siendo un país en el que el estado abusa de su fuerza punitiva a diario sin resultados reales. El abuso de esta fuerza punitiva para combatir las pandillas ha demostrado ser tan efectivo como usar una bazooka para combatir zancudos: los daños al Estado de Derecho y al tejido social son mucho mayores que los resultados que en teoría la suspensión de garantías procesales pretende conseguir. Los 77 diputados que apoyaron la continuación de estas medidas representan territorios entre los que se encuentran muchísimos ciudadanos a quienes el endurecimiento de la fuerza punitiva castigará sin merecerlo: ¿acaso estos constituyentes valen menos? ¿Valen menos los constituyentes que se encuentran tras las rejas cuyas vidas se ven directamente afectadas por estas medidas (muchos de los cuales aún esperan juicio, por lo que en teoría les continúa amparando la presunción de inocencia)?

Las medidas extraordinarias se han vuelto ordinarias y pan de cada día porque nos hacen falta diputados extraordinarios, que se atrevan a cuestionar el status quo, que se atrevan a quedar mal con los compañeros de bancada, que se atrevan a poner el dedo en la llaga señalando que continuar haciendo la misma cosa y esperar resultados diferentes es una mala receta cuando de políticas públicas se trata. Para nuestra desgracia, la plenaria del pasado jueves demostró que de esos diputados extraordinarios solo tenemos uno. Gracias, Johnny Wright, por ser ese diputado extraordinario en este tema tan delicado.

@crislopezg

 

COENA: Demuéstrenme que estoy equivocada. De Cristina López

Foto: Kike Giron

Foto: Kike Girón

cristina-lopezCristina López, 11 febrero 2016 / MEDIUM

Estimados miembros del COENA,

Mi carta quizás poco signifique para ustedes. Al fin y al cabo, ni soy donante de su partido, de esos con poder para influir en sus planes, y tampoco como votante les he sido fiel siempre: en diferentes elecciones me he sentido asqueada por su oferta política, ya sea porque continúan ofreciendo lo mismo (algunas candidaturas tienen más de una década de mantenerse iguales), o porque quieren impulsar caras nuevas pero con los mismos métodos. Su marcha que apela a la violencia y menciona tumbas en los términos más casuales me parece de lo más ofensivo, sobre todo en un país en el que las tumbas se cavan a diario. Tampoco les ayuda que de todos los candidatos que han llevado a la presidencia, a la mitad se les ha iniciado un proceso por corrupción, a mi parecer el pecado y abuso de poder más grande que puede cometerse en un país con un índice de pobreza tan alto.

No soy nadie (en términos de relevancia política) ni tengo nada (en términos de apoyo económico). Solo tengo opiniones y una plataforma para divulgarlas, y quizás con ella entretener, provocar y en los casos más afortunados, convencer.

Soy, como muchos miembros de mi generación, liberal a secas, con más necesidad de ideas que de partidos; de las que leemos a Bastiat por hobby y coincidimos con Foucault de que los abusos del poder punitivo son violencia del Estado contra el individuo. De los que queremos libertad para todos, hasta para los que no son como nosotros, y progreso económico para todos. De los que tuvimos la suerte de ser expuestos a diversidad de gente e ideas, por lo que contamos con el beneficio de tener amigos brillantes en la derecha y en la izquierda, con los que podemos debatir coherente y civilizadamente. Por eso siempre me ha chocado cuando en nombre de la politiquería electorera, polarizan e insultan al contrario en lugar de debatirlo o buscar puntos en común. Me asquea cuando traicionan las libertades que dicen defender en nombre de un populismo religioso mal entendido, cuando actúan como grupo de intereses de la empresa privada en vez de defensores de los derechos del individuo, cuando en la asamblea votan exactamente al revés de lo que supuestamente defienden, o cuando en vez de desmantelar la corruptela estatal de disfrute de carros nacionales, carísimos viajes, almuerzos y beneficios que pagamos con impuestos, los gozan como si nada.

Me causa risa burlona verlos repetir las ridiculeces del FMLN: tan absurdos como los tributos que el Frente le dedicó siempre a Fidel y la ciega pleitesía que le ofrendaron siempre a Chávez, fueron sus palabras de apoyo a Trump, el presidente — ¡desde ya! — más corrupto en lo que a conflictos de interés se refiere, tan autoritario y populista como los socialistas del siglo 21 y el que más daño le va a hacer a nuestros compatriotas trabajadores en Estados Unidos. Su apoyo dejó en evidencia una falta de entendimiento del panorama político (tan grave en los dirigentes de un partido como una asociación de médicos apoyando las cualidades curativas del ocultismo) que daba más risa que miedo.

Y sin embargo, la imagen que como partido me causa tantos anticuerpos — esa imagen de cierre, de control, de repeler la opinión ajena, de pensar sólo en términos de izquierda y derecha en lugar de autoritarismo vs. libertad, de asumir que en nuestro país no existe discriminación o violencia de género — de repente ciertos de sus miembros, de manera individual y con acciones más que con palabras, me dejan gratamente sorprendida. Johnny Wright, con su defensa de las libertades individuales ante las medidas extraordinarias de seguridad. A veces, Juan Valiente, con su cruzada individual por desmantelar la corrupción dentro del servicio público. Y recientemente, la última JRN (a quienes les recomendaría, investiguen todos los conceptos históricos conectados a “nacionalista” y consideren un muy necesario re-branding), toda compuesta por adultos jóvenes sin un historial de servidumbre al partido. Con ideas independientes. Con ganas de trabajar. Con un conocimiento y manejo de las redes sociales que a ustedes les falta y que tanto necesitan. Con la acertadísima noción de que su partido no va a salir de la crisis en la que está (o ¿no es crisis perder dos elecciones presidenciales seguidas, una contra un candidato — ahora presidente — con menos carisma que una cuchara plástica y con ideas antediluvianas?) a menos que intenten hablar más allá de aquellos que ya se enchalecan para aplaudir en sus mitines y gozar de sus mariachis: estos jóvenes saben que nos necesitan a nosotros, a los independientes, a los que queremos sentarnos a debatir y tenemos la mente abierta para ser convencidos si las propuestas son coherentes con ciertos principios básicos. Estos ciudadanos jóvenes, cuyo trabajo no es la política (cosa que no parecen haber entendido ustedes, si siguen convocándolos a reuniones en horarios laborales) y por lo tanto, están metidos en este huevo, no por plata o por conectes, sino por las razones correctas. Con solo meterse, y dar la cara, ya hicieron más que muchos de nosotros.

Ver a estos jóvenes dispuestos a trabajar por su partido, a la gente cínica y desilusionada como yo, nos dice que quizás su partido merece nuestro voto alguna vez, porque quizás le espera un futuro de renovación y cambio a la altura que los retos que enfrenta el país amerita. Si a estos jóvenes los bloquean, de alguna u otra manera, en público o en privado, porque son críticos, o porque son gays, o porque sienten que no pueden controlarlos, no están bloqueándolos solo a ellos. Están bloqueándose ustedes de obtener el voto presente y futuro de una ciudadanía liberal e independiente.

Si los bloquean, me habrán dado la triste satisfacción de confirmar que en la lectura que hice de ustedes tristemente tenía razón, y que estos jóvenes habrán de encontrar su lugar en la política como independientes o en un nuevo partido. Los reto: demuéstrenme que estoy equivocada.

Saludos, y disculpas, por la irritación que pueda haber causado un consejo no pedido.

Cristina López G.

Circo Máximo moderno. De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 6 febrero 2017 / EDH

Si hubiéramos sido ciudadanos de Roma en busca de entretenimiento durante el primer siglo (AD), lo más probable es que hubiéramos ido al Circo Romano. A ver, entre animales y competencias de carruajes tirados por caballos, sangrientísimas batallas mortales entre gladiadores. Apelando a lo más visceral de la naturaleza humana, el morbo que producía la sangre derramada sobre la arena llenaba el estadio y enardecía las multitudes.

Salvajismo, ¿no? Cualquiera pensaría que como humanidad hemos evolucionado y que nuestros gobernantes ya no tienen que recurrir al mismo tipo de “circo” para entretener a las masas. Sería fácil pensar que ahora la total destrucción de la humanidad ajena ya no es fruto del mismo nivel de entretenimiento. Pero no. La verdad de las cosas es que seguimos siendo asiduos visitantes del Circo Máximo, con la misma sed de sangre y el mismo morbo asqueroso, solo que ahora al circo le hemos dado un nombre diferente y un formato más acorde a las modernidades tecnológicas de la actualidad.

diario hoySi no, ¿cómo más se justifica el manejo de la cuenta de redes sociales de la Fiscalía General de la República? Y amarrado a eso, ¿cuál es la filosofía detrás de la cobertura mediática que durante años se le ha dado al aparato de persecución del delito en este país? Han olvidado, desde los editores que avalan la publicación de fotos y nombres de quienes han sido aprehendidos por acusárseles de un delito hasta el departamento de comunicaciones de la Fiscalía, que en nuestro país aún ampara a todos los ciudadanos el principio de presunción de inocencia. Lo que eso quiere decir es que este principio es de hecho afectado todos los días, cuando por la publicación de esta información — como carne roja para alimentar el morbo de las masas — se juzga, procesa, y condena culpable en el tribunal de la opinión pública (que no tiene todos los datos del caso) a personas que bien podrían ser inocentes. Las fotos de allanamientos (que en sí mismas no constituyen prueba alguna de culpabilidad), de presos humillados, ¿ayudan en algo a la Fiscalía a hacer su trabajo?

Incluso en el caso de aquellos con más posibilidades de ser condenados, la publicación de sus fotografías en su momento más vulnerable no cumple una función de servicio público. Es el mismo principio del Circo Máximo: sangre derramada sobre la arena. El mismo fin de alimentar el morbo de las audiencias que fácilmente olvidan la humanidad común e inevitable entre ladrones y honrados, corruptos y honestos, víctimas y victimarios. La misma dignidad: culpables e inocentes. ¿O es que hace excepciones nuestra Constitución cuando hace  de la persona humana origen y fin de la actividad del Estado?

Muchos apenas se dieron cuenta de la grave violación de derechos que estas prácticas constituyen hasta que se vieron afectados, y es un paso importante. Merece aplausos la postura del Centro de Estudios Jurídicos de defender a los miembros de su gremio de semejante trato inconstitucional e innecesario (mismo que se ha visto replicado por medios digitales e impresos). Pero por coherencia, hace falta reconocer que estas prácticas no son nuevas. Solo el formato ha cambiado. Igual victimizaron a tatuados y nadie dijo nada “porque más de algo han de haber hecho”. Es positivo tener una Fiscalía que cumple con su deber y hace su trabajo. Pero el atropello de derechos humanos no es parte de su trabajo.

@crislopezg

Populismo latinoamericano en inglés. De Cristina López

Trump trazó los grandes rasgos de un plan económico proteccionista que contrasta con las políticas de mercados (y fronteras) abiertas que muchos de sus mismos colegas Republicanos en teoría apoyan.

Cristina LópezCristina López, 23 enero 2017 / EDH

El viernes Donald Trump se juramentó como presidente de los Estados Unidos, y para quienes tuvimos el privilegio de crecer atestiguando la fauna del populismo latinoamericano el discurso inaugural del nuevo presidente sonó como un cuento que ya nos habían contado. Esta historia, de apelaciones al pueblo y el rechazo de elitistas hipócritas a las élites (u oligarquías, si quiere), ya la hemos oído.

Impresiona, eso sí, saber que ni uno de los países más desarrollados del mundo pudo hacerle frente a las sirenas del populismo. Que su capacidad de apelar a lo más visceral del ser humano es resistente a cualquier cultura. El primer discurso de Trump no contó con la humildad que caracterizó los diario hoydiscursos de Washington o Jefferson. Habló de un Estados Unidos distópico lleno de crimen (excepto por 2015, la tendencia de la tasa criminalidad en Estados Unidos es decreciente) y pobreza y declaró que él le pondría un alto a la “carnicería estadounidense” que, según dijo, está ocurriendo.

Lo que oímos lo pudimos haber oído de cualquiera de nuestros popolistuchos latinoamericanos, solo que en inglés. Recurrió al ignorantísimo proteccionismo antiglobalización. Declaró que a partir de ahora, se impondrá el “Estados Unidos primero” que según él implicaría la contratación exclusiva de estadounidenses y la preferencia única por productos estadounidenses, ignorando las muchas maneras en que semejante política terminaría encareciendo la vida de los estadounidenses mismos. ¡Cuántos trabajadores —científicos, doctores, programadores, limpiaventanas, agricultores, profesores universitarios— provenientes de todas partes del mundo, que han escogido Estados Unidos como su patria adoptada, habrán oído eso como una amenaza directa a sus futuros y los de sus hijos (algunos de estos, estadounidenses)!

Trump trazó los grandes rasgos de un plan económico proteccionista que contrasta con las políticas de mercados (y fronteras) abiertas que muchos de sus mismos colegas Republicanos en teoría apoyan. Todo en nombre de un patriotismo mal entendido. El nacionalismo populista de “estoy devolviéndoles el poder” del tipo que no tendría nada que envidiarle al de una Eva Perón.

Trump está por poner a prueba las teorías de tantos politólogos y expertos en ciencias políticas, de que la fortaleza de las instituciones democráticas se correlaciona de manera inversa con el autoritarismo. Dependerá del sistema de pesos y balances limitarle el poder a este populista de maneras que no lo ha hecho en nuestros países latinoamericanos. La prensa libre será más importante que nunca en su rol de demandar transparencia y criticar al poder, sobre todo en vista de que quien tomó posesión cuenta con negocios internacionales personales que harán de su administración una maraña de conflictos de interés, y que durante su campaña antagonizó abiertamente a los medios de comunicación cuando el contenido no era de su agrado. Será su resistencia al populismo y no su adherencia a él lo que determinará si “América” será de nuevo grandiosa.

@crislopezg

Más días así. De Cristina López

Por primera vez en aproximadamente dos años, en mi país no se habían reportado asesinatos. Muchos amigos extranjeros me preguntaron si eso significaba que por fin alguien había dado con la fórmula para la paz en El Salvador.

Cristina LópezCristina López, 16 enero 2017 / EDH

Inicialmente, pensé que las noticias eran malas, que había pasado algo. No sé, un desastre natural de esos que nos son propios, o un desastre político, que tampoco somos ajenos a esos. Lo digo porque el viernes de la semana pasada, amanecí con más de una persona que vía correo o redes sociales me compartía lo que aparentemente era la misma noticia sobre El Salvador. Y nada, la costumbre de leer malas noticias nos ha entrenado para siempre esperar lo peor, pero resultó que en contra de mis cínicas conclusiones, las noticias eran buenas. Por primera vez en aproximadamente dos años, en mi país no se habían reportado asesinatos. Muchos amigos extranjeros me preguntaron si eso significaba que por fin alguien había dado con la fórmula para la paz en El Salvador. Y aunque la tendencia indica que los asesinatos en comparación a 2015 van en bajada, la triste respuesta es que no, el día sin muertes violentas no es indicador de que hemos diseñado la elusiva fórmula para la paz.

diario hoyCon optimismo sensacionalista, medios internacionales desde CNN a Al Jazeera a The Guardian nos dieron cobertura, anunciando que el jueves 12 de enero se había convertido en un día “libre de asesinatos” en el país más violento. Digo optimismo sensacionalista, porque una gota de sano escepticismo sabe leer entre líneas que asesinatos reportados no necesariamente significa asesinatos reales. En su entusiasmo las noticias internacionales habían también omitido mencionar que las desapariciones en El Salvador ya no pertenecen a las historias de la guerra civil. Son reportadas a diario, y la tendencia en 2015 se encontraba en aumento, a tal grado que parecía haber un grado de relación con la aparente disminución en los homicidios. En otras palabras, estábamos contando la misma cosa de manera diferente.

Lo anterior no significa que un día de respiro no merezca celebración. Cada vida que no perdemos es potencial que conservamos y nuestra dignidad humana común dicta que ninguna vida perdida debería verse reducida exclusivamente a una estadística. Pero si las políticas públicas en materia de seguridad y de justicia criminal han sido más de lo mismo en los últimos años, si se ha demostrado poco compromiso o interés en reformar el sistema penitenciario y carcelario, poco indica que el día sin asesinatos es producto directo y exclusivo de un atino gubernamental necesariamente.

Pero más allá del escepticismo cínico con el que deberían leerse cualquier tipo de estadísticas –especialmente las que provienen de fuentes oficiales, con una serie de incentivos para promover cifras favorables– sí hay espacio para leer un día como el jueves 12 de enero como una serie de victorias. Si los números se traducen en consecuencias de la vida real, la estadística puede también leerse como que hubo, en promedio, 14 familias que no tuvieron que planear un funeral. Hubo, en promedio, 14 madres salvadoreñas que se fueron a dormir sin llorar hijos muertos. En promedio, hubo 14 perpetradores que ese día conservaron algo de su humanidad al no terminar con una vida. Eso en el contexto de la cantidad de sangre derramada parece poco. Pero si recordamos por un segundo que en nuestra Constitución hemos elevado a “la persona humana como fin y origen de la actividad del Estado,” sobran las razones para celebrar. Y para rogar, con toda la fuerza que nos permite la fe, el optimismo y la esperanza, para que haya más días así.

@crislopezg