La realidad distorsionada. De Cristina López

20 mayo 2019 / EL DIARIO DE HOY

Es innegable que Twitter, en comparación con las demás plataformas sociales existentes, es la más influyente. No solo porque es el medio a través del que muchísimas figuras poderosas alrededor del globo se expresan, sino porque es también el medio en el que muchos de los más prestigiosos periodistas del mundo usan para recibir e intercambiar información: muchas de las personas de las que dependemos para las noticias reciben sus noticias en Twitter. Para bien o para mal.

El diputado Portillo Cuadra decía el otro día, en una entrevista, que le correspondía al presidente entrante “desmontar” el odio que se percibe en las redes sociales. No le falta razón: el ruido y los ataques que resultan cuando uno dirige cualquier crítica (mayor o menor) a quienes tienen el poder de desatar la furia de todos sus seguidores en contra del que osa criticar es una de las herramientas que más le han servido al presidente electo. Pero a veces es fácil perder de vista que Twitter y otras redes sociales distan mucho de ser un reflejo transparente y auténtico de la realidad.

Sí, a veces lo que se discute en Twitter termina volviéndose parte del ciclo noticioso. Es fácil que la plataforma termine afectando nuestras percepciones al asumir que una mayoría tiene una manera de pensar cuando quizás las posturas que más suenan en Twitter no sean ni las más democráticas, ni las más populares, sino las que más provocan, para volverse virales. Y si ver el mundo con el filtro de Twitter es un peligro para la distorsión que puede causar en el periodismo, es incluso peor si quienes nos gobiernan también ven la red social como un termómetro ideal de la realidad para definir sus prioridades.

Como señalaba un estudio reciente en la revista The Atlantic, Twitter dista mucho de ser una plataforma representativa del ciudadano promedio. En lo que conversaciones políticas se refiere, las posturas que llaman más la atención (y la atención es la moneda en la economía de las redes sociales) son posturas radicales. Las limitantes del medio, como su brevedad, incentivan a que, para ganar en la economía de la atención, sean las posturas provocadoras e intransigentes las que resaltan. La conversación mesurada y empática atrae menos atención, requiere más cuidado y tiempo, por lo que una plataforma cuyos principales elementos son brevedad y eficiencia, no es el mejor lugar para la búsqueda de consenso o la discusión de temas en los que hay más tonos de grises que blancos y negros.

Como mencionó Yasha Mounk en su reportaje para The Atlantic, las ciencias sociales han notado que los ciudadanos más activos en temas políticos no son representativos de las poblaciones generales. En promedio, quienes más se involucran en temas políticos tienden a ser más económicamente afluentes, más educados, y por ende, más poderosos que el promedio. Y este tipo de usuario es específicamente el que pulula en Twitter (sin contar a las redes cuentas de conducta inauténtica, pagadas por los inescrupulosos para distorsionar la opinión pública). Estos grupos que no representan a la mayoría de la población tienen una influencia desproporcionada en Twitter. Porque en teoría la red permite que “cualquiera” tenga una voz, líderes culturales y políticos tienden a pensar que la opinión de “el pueblo” o “el público en general” puede encontrarse en Twitter. Y porque tantas de las personas encargadas de describir la realidad (periodistas) y tomar decisiones al respecto (políticos) viven pegados a Twitter, leyendo opiniones, críticas, ataques, y demás manipulaciones, es imposible que esta realidad distorsionada no nos esté pasando la factura. Lo anterior no es un llamado a la desconexión, sino a agregarle mayor intencionalidad y raciocinio a las maneras en las que nos conectamos.

@crislopezg

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