José Antonio Rodríguez Rivas

¿Qué pensamos hacer ahora? De José Antonio Rodríguez Rivas

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José Antonio Rodríguez Porth, asesinado el 9 de junio 1989, a una semana de haber asumido su cargo de ministro de la presidencia de Alfredo Ctistiani.

José Antonio Rodríguez Rivas

José Antonio Rodríguez Rivas, hijo de José Antonio Rodríguez Porth, ex-director de LaGeo; vive en Canadá.

José Antonio Rodríguez Rivas, 17 julio 2016 / FACEBOOK

¿Qué pensamos hacer ahora que la aministía se declaró inconstitucional? Desde que se declaró inconstitucional la amnistía en El Salvador, varias personas me han preguntado qué vamos a hacer ahora en mi familia, si vamos a tratar de judicializar el asesinato de mi papá del 9 de junio de 1989. Para responder, quisiera empezar con parte de una nota que escribió mi mamá, y que publiqué en mis notas de Facebook el 11 de febrero del 2014, titulada “¿Necesario asesinar?”
“José Antonio Rodríguez Porth, mi amado esposo, fue asesinado de la manera más cobarde, el 9 de junio de 1989, y nunca se le llevó a sus asesinos a juicio. ¿Es esta justicia? Me dicen que los autores intelectuales del atroz crimen se encuentran ahora en curules de la Asamblea Legislativa y en otros cargos de gobierno; algunos son actualmente candidatos a la presidencia de nuestra República. No lo sé a ciencia cierta.

¿Querría Tono que se ventilaran de nuevo los pormenores del abyecto suceso? ¿Que su memoria fuese instrumentalizada en un acto de venganza política? ¿Que se desatara una tormenta de denuncias por todos los crímenes que se cometieron en nombre de altos ideales, que bien sabemos, no podemos sobrellevar? ¿O sería, en cambio, su deseo que en aras de la paz, pudiésemos todos continuar con nuestras vidas construyendo una mejor patria y que dejásemos descansar su alevoso asesinato como una amarga memoria, pero no como motivo de enfrentamiento en la actualidad?

Tono sí amaba profundamente a nuestra patria, tanto que dio su vida por ella. Jamás habría querido que muchos años después de su muerte, nos empezásemos a desgarrar, nuevamente, por asuntos que si bien NO han sido olvidados, forman ya parte de nuestra historia reciente. Por la nobleza que caracterizó su vida, él habría sabido perdonar, por el bienestar de su familia y por el bien de la patria.

Las circunstancias de su fallecimiento me causarán siempre inmenso sufrimiento y dolor. Sé que no enjuiciar a los culpables de su muerte es una injusticia muy grande. Pero también comprendo que es así por un concepto más elevado de justicia, para que mis hijos y yo, y nuestro querido El Salvador, podamos marchar hacia el futuro SIN OLVIDAR el pasado.

Ruego a Dios Todopoderoso que nos de la sabiduría para comprender que en el momento en que vivimos, lo importante no es la “satisfacción” de conceptos tergiversados de justicia, sino levantar y enaltecer el espíritu de nuestro pueblo para que pueda lograr una vida mejor.

Yo he aprendido a vivir con mi dolor. No necesito que me pidan perdón. Tampoco me corresponde a mí perdonar.”
A diferencia de las posiciones cambiantes del actual mandatario salvadoreño sobre la amnistía, nuestra visión sobre esto no ha cambiado en mi familia.
Por supuesto que quisiéramos que se esclareciera la verdad, pero que sirviera para que haya justicia y reconciliación. En El Salvador de hoy, sin embargo, todo se hace por odio, por venganza, por sacar ventaja política. La respuesta a la interrogante que nos hacen, por lo tanto, es que no vamos a promover ningún juicio, ninguna venganza.
Mi papá estaba consciente que los derechos humanos no aplicaban a nosotros. Los derechos humanos, por lo menos en El Salvador, son para que se apliquen selectivamente, a conveniencia. En nuestra familia, no tenemos, ni nunca tuvimos, derechos humanos que se pudieran hacer efectivos en El Salvador.
Yo, por lo menos, he perdido toda la confianza en la justicia salvadoreña. No puedo confiar en que fiscales o jueces que ventilaran el caso actúen con imparcialidad, objetividad, y apegados a principios legales y de justicia. A esa conclusión he llegado, luego de los atropellos que hemos sufrido en mi familia en años recientes. Aunque hay algunos funcionarios buenos, la mayoría de fiscales y jueces actúan por cálculo político o por órdenes superiores, no por apego a la justicia. Aunque exigiéramos justicia, no tenemos ninguna esperanza que ésta se dé. He visto con asombro cómo hasta en un caso reciente de accidente de tránsito que provocó una muerte, el gobierno encubrió los hechos, entorpeció la investigación, y usó el poder del Estado para proteger a los suyos. ¿Qué esperanza podemos tener que se permita una investigación seria sobre un caso que pasó hace 27 años, y que seguramente involucraría a funcionarios del más alto nivel?
Y en el más lejano caso que se llegar a descubrir la verdad, ¿serviría para algo bueno? ¿Ayudaría a una reconciliación? No. Más bien, serviría para que gente use el nombre de mi papá para seguir odiando, seguir peleando. Después de tanto tiempo, nada bueno puede salir de tratar de judicializar o politizar el caso. El desgaste emocional sería demasiado.
Nosotros ya aprendimos a vivir con nuestro dolor por el caso de mi padre, y estamos aprendiendo a vivir con otras pesadumbres y dolores provocados por injusticias más recientes y otras que no han concluído. No queremos que nos pidan perdón. Lo que pedimos, más bien, es que nos dejen vivir en paz con nuestro dolor.
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Carta a Mauricio Funes: El gran odio. De Paolo Luers/José Antonio Rodríguez Rivas

paolo luers caricaturaPaolo Luers/José Antonio Rodríguez Rivas, 10 mayo 2016 / EDH

Concedo el espacio de mi carta a mi amigo José Antonio Rodríguez Rivas, hijo de Antonio Rodríguez Porth, ministro de Presidencia de Alfredo Cristiani asesinado en junio del 1989 por un comando guerrillero. Le tiene mucho que decir a usted

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El gran odio

José Antonio Rodríguez Rivas

José Antonio Rodríguez Rivas

Yo vivía en Canadá en 1992. Tenía un trabajo estable haciendo mapas con imágenes de radar por todo el mundo. Mi primer hijo acababa de nacer cuando se firmaron los acuerdos de paz en El Salvador. Después del asesinato de mi padre, yo pensé que no regresaría nunca a vivir a El Salvador, pero en un viaje de negocios a mi tierra natal, sentí que se respiraban aires distintos, aires de reconciliación, y decidí volver.

En aquellas épocas, abrieron sus puertas La Luna y La Ventana, unos establecimientos donde uno se podía encontrar con exguerrilleros departiendo en la mesa próxima a los hijos del Presidente. Era un ambiente de apertura, de tolerancia a las diferencias ideológicas, de amor a la vida, de esperanza. En ese ambiente crecieron mis hijos, reconstruimos el país y para impulsar esa esperanza triplicamos la generación de energía geotérmica limpia en El Salvador, manteniendo el costo relativamente bajo para el consumidor. Me queda la satisfacción de que por lo menos en geotermia El Salvador tomó una posición de merecido liderazgo regional.

En aquel entonces nos referíamos a los años de guerra como “el conflicto” o “la guerra”, pero considerábamos que era algo del pasado, aunque siempre hubo nubarrones negros en el ambiente. El asesinato de mi padre quedó impune, nadie se hizo cargo. La Comisión de la Verdad consideró su magnicidio “irrelevante”. Pero el país progresaba, pese a los problemas.

Mauricio Funes fue el encargado de destapar el gran odio, mismo que ahora lo consume a él mismo. El resentimiento latente se manifestó de lleno. Los trabajadores dejaron de ocultar su odio por los empresarios. Todo el mundo empezó a clamar por que zamparan preso a su vecino y mejor si se le humillaba públicamente primero. Ahora, el que piensa diferente y lo expresa abiertamente se expone al linchamiento público. Y como todos piensan diferente a alguien, todos pueden ser linchados. Los órganos del Estado – los tres – se han volcado en contra de la gente. Se han perdido principios de justicia y convivencia esenciales, como la presunción de inocencia, la tolerancia a las diferencias y la capacidad de diálogo y debate. Todo esto ha sido reemplazado por el odio exacerbado, los comentarios fuera de tono en los medios sociales, la descalificación, la fabricación de acusaciones judiciales sin mayor fundamento, los juicios y los prejuicios mediáticos.

Veo que la gente está ciega y sorda, pero no muda. No veo que en El Salvador se pueda tener justicia, tolerancia, diálogo razonado, ni mucho menos unidad, en los próximos cinco años, por lo menos. El FMLN vive del odio y por eso lo atiza, y ARENA se despedaza al interno por la desconfianza y la descalificación. Y a la gente le ha gustado este ambiente de linchamientos públicos. Les ha gustado el espectáculo. Si alguien sale razonando sus opiniones, los que comentan en los medios sociales se lo acaban y demandan su muerte o encarcelamiento. Hay unos pocos que luchan porque la gente no pierda la esperanza, pero están peleando cuesta arriba en una cuesta que se pone más empinada a medida que pasa el tiempo. La gente ya perdió la esperanza y recuperarla va a tomar unos diez años, por lo menos. Por ahora, el público disfruta del espectáculo que trae el odio. Las frases como “es que todos son corruptos”, y “que zampen preso a ese ‘h.d.p.’” han reemplazado todo diálogo civilizado. Creo que así como ahora nos referimos al período de 1980-1992 como “la guerra” o “el conflicto armado”, en el futuro la historia se va a referir al período que empezó con la campaña presidencial de Mauricio Funes como “el gran odio”. Seguramente, este odio y este resentimiento van a marcar este período histórico.

Al igual que tantos compatriotas, decidí repatriarme a Canadá. Celebro orgulloso mi día de repatriación con mis conciudadanos canadienses, cada 4 de octubre. Aquí soy diferente, igual que todos los demás, y soy libre de serlo. Las diferencias se celebran, no se reprimen. A veces me siento culpable por haber puesto primero el bienestar y la sanidad de mi familia por encima de “La Patria”, pero luego me recuerdo que en el altar de “la patria” sacrificaron a mi padre y a mi cuñado y que “la patria” consume a otros de mis seres queridos. Entonces mejor le doy gracias al pueblo canadiense, que es tan ejemplar, por haberme acogido a mi regreso. “Por la Patria” regresé a El Salvador en 1992. Ese fue tal vez el gran error de mi vida. Con dolor infinito, he llegado a esa conclusión.

José Antonio Rodríguez Rivas

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Sin nada que agregar. Paolo Lüers.

El Gran Odio. De José Antonio Rodríguez Rivas

José Antonio Rodríguez Rivas es hijo de Antonio Rodríguez Porth, ministro de Presidencia de Alfredo Cristiani asesinado en junio del 1989 por un comando guerrillero. Dirigió la empresa estatal LaGeo desde el 1999 hasta el 208.

Este escrito es uno de los textos más claros y sabios que he leido en años. Que tragedia que como país hayamos perdido a un profesional y servidor público que tanto podría dar a El Salvador como José Antonio Rodríguez Rivas.

Paolo Luers

José Antonio Rodríguez Rivas

José Antonio Rodríguez Rivas

José Antonio Rodríguez Rivas, 8 mayo 2016 / FACEBOOK

Yo vivía en Calgary, Alberta, Canadá, en 1992. Tenía un trabajo estable haciendo mapas con imágenes de radar, por todo el mundo. Mi primer hijo acababa de nacer cuando se firmaron los acuerdos de paz en El Salvador. Después del asesinato de mi padre, yo pensé que no regresaría nunca a vivir a El Salvador, pero por cuestiones del destino, en un viaje de negocios a mi tierra natal, sentí que se respiraban aires distintos, aires de reconciliación, y decidí volver.
En aquellas épocas abrieron sus puertas La Luna y La Ventana, unos establecimientos donde uno se podía encontrar con exguerrilleros departiendo en la mesa próxima a los hijos del Presidente. Era un ambiente de apertura, de tolerancia de diferencias ideológicas, de amor a la vida, de esperanza. En ese ambiente crecieron mis hijos, reconstruimos el país, y para impulsar esa esperanza triplicamos la generación de energía geotérmica limpia en El Salvador, manteniendo el costo relativamente bajo para el consumidor. Me queda la satisfacción que por lo menos en geotermia, El Salvador tomó una posición de merecido liderazgo regional.
facebookEn aquél entonces nos referíamos a los años de guerra como “el conflicto” o “la guerra”, pero considerábamos que era algo del pasado, aunque siempre hubo nubarrones negros en el ambiente. El asesinato de mi padre quedó impune, nadie se hizo cargo. La Comisión de la Verdad consideró su magnicidio “irrelevante”. Siempre quedó un odio de clases, un resentimiento latente, una intolerancia a las ideas, que causaba incomodidad. Pero el país progresaba, pese a los problemas.
Mauricio Funes fue el encargado de destapar el gran odio, mismo que ahora lo consume a él mismo. El resentimiento latente se manifestó de lleno. Los trabajadores dejaron de ocultar su odio por los empresarios. Todo el mundo empezó a clamar por que zamparan preso a su vecino, y mejor si se le humillaba públicamente primero. Ahora, el que piensa diferente y lo expresa abiertamente se expone al linchamiento público. Y, como todos piensan diferente a alguien, todos pueden ser linchados. Los órganos del Estado – los tres – se han volcado en contra de la gente. Se han perdido principios de justicia y convivencia esenciales, como la presunción de inocencia, la tolerancia a las diferencias, la capacidad de diálogo y debate. Todo esto ha sido reemplazado por el odio exacerbado, los comentarios fuera de tono en los medios sociales, la descalificación, la fabricación de acusaciones judiciales sin mayor fundamento, los juicios y prejuicios mediáticos.
Desgraciadamente, no le veo fin a esto. Veo que la gente está ciega y sorda, pero no muda. No veo que en El Salvador se pueda tener justicia, tolerancia, diálogo razonado, ni mucho menos unidad, en los próximos cinco años, por lo menos. El FMLN vive del odio y por eso lo atiza, y ARENA se despedaza al interno por la desconfianza y la descalificación. Y a la gente le ha gustado este ambiente de linchamientos públicos. Les ha gustado el espectáculo. Si alguien sale razonando sus opiniones, los que comentan en los medios sociales se lo acaban, y demandan su muerte o encarcelamiento. Hay unos pocos que luchan por que la gente no pierda la esperanza, pero están peleando cuesta arriba en una cuesta que se pone más empinada a medida que pasa el tiempo. La gente ya perdió la esperanza, y recuperarla va a tomar unos diez años, por lo menos. Por ahora, el público disfruta del espectáculo que trae el odio. Las frases como “es que todos son corruptos”, y “que zampen preso a ese h_d_p” han reemplazado todo diálogo civilizado. Creo que, así como ahora nos referimos al período de 1980-1992 como “la guerra” o “el conflicto armado”, en el futuro la historia se va a referir al período que empezó con la campaña presidencial de Mauricio Funes como “el gran odio”. Seguramente, este odio, este resentimiento, va a marcar este período histórico.
Yo, al igual que tantos compatriotas, decidí repatriarme a Canadá. Celebro orgulloso mi día de repatriación con mis conciudadanos canadienses, cada 4 de octubre. Aquí soy diferente, igual que todos los demás, y soy libre de serlo. Las diferencias se celebran, no se reprimen. A veces me siento culpable por haber puesto primero el bienestar y la sanidad de mi familia por encima de “La Patria”, pero luego me recuerdo que en el altar de “la patria” sacrificaron a mi padre y a mi cuñado, y que “la patria” consume a otros de mis seres queridos, y entonces mejor le doy gracias al pueblo canadiense, que es tan ejemplar, por haberme acogido a mi regreso. “Por la Patria” regresé a El Salvador en 1992. Ese fue tal vez el gran error de mi vida. Con dolor infinito, he llegado a esa conclusión.

Recuerdos del pozo CHI-3. De José Antonio Rodríguez Rivas

José Antonio Rodríguez, ex-director de La Geo

José Antonio Rodríguez, ex-director de La Geo

Yo interpuse mi renuncia a LaGeo en julio del 2008, al Ing. Napoleón Guerrero, quien entonces fungía como presidente de la Junta Directiva. Mi último día laborando en LaGeo fue el 31 de julio, 2008, hace casi siete años. Unos días antes de partir para iniciar una nueva etapa de mi vida, fui a inspeccionar las obras de la plataforma y calle de acceso del pozo CHI-3 en Chinameca. Recuerdo que las obras casi estaban concluidas, y solo faltaba completar los drenajes de la calle de acceso. Unos días después recibí una foto aérea de la obra completa tomada desde un helicóptero el 8 de septiembre del 2008.

Recuerdo las discusiones para ubicar el pozo. Por LaGeo, participamos en ellas Julio Guidos, Manuel Monterrosa, Luz Barrios, Chico Montalvo, Jorge Burgos, Carlos Pullinger, Arturo Quezada, Salvador Handal, Pedro Santos, Herberth Mayorga, Javier Rivas, y yo. Por Enel, participaron el Dr. Guido Cappetti, Emo Sartini, y otros dos geocientíficos italianos cuyos nombres no recuerdo. Las reuniones fueron en la sala de reuniones del edificio del laboratorio de LaGeo. Discutimos las posibles ubicaciones desde un punto de vista geocientífico y de perforación mecánica del pozo, y también consideramos la complejidad de las obras civiles, la hidrología de la zona, y la posibilidad de adquirir terrenos. Por esas fechas, un diputado que después se cambió de partido andaba queriendo hacer el negocio de su vida vendiéndole a LaGeo unos terrenos rústicos que mantenía ociosos. Para ubicar el pozo nos basamos principalmente en un resumen geocientífico integrado y recopilado por el Ing. Julio Guidos. Hace poco me contaron que todas las copias de ese estudio han sido programadas para ser destruidas, como para borrar toda evidencia de lo que hicimos. Los que participamos en geotermia en esa época nos estamos convirtiendo para la historia de la geotermia, en lo que Orwell le hubiera llamado “no-personas” (unperson). Curiosamente, un amigo recientemente llamó a LaGeo para tratar de conseguir una copia del libro “Historia de la Geotermia en El Salvador”, escrito por Carlos Cañas Dinarte con un prólogo de Pedro Escalante Arce, y le informaron que todas las copias habían sido marcadas para su destrucción. Es como que alguien está tratando de reescribir la historia. Como hacían los cerdos en “Rebelión en la Granja”.

EDH20150706NAC008P

Anuncio de doble página de la CEL sobre el pozo de Chinameca. 6 de julio 2015

EDH20150706NAC009PLuego de resolver unos problemas por el abastecimiento de agua para la perforación, el pozo CHI-3 se debe haber perforado como un año después de concluir las obras civiles. No tengo las fechas exactas, pero debe haber sido a finales del 2009. O sea, hace como seis años. El pozo dio unos tres megavatios en su apertura. Incluso, me mandaron con orgullo los datos de presiones y caudales de flujo cuando los tuvieron. Enel ofrecía financiar totalmente el desarrollo del campo, en su calidad de socio estratégico, desde antes de tener los resultados del pozo.

Me sorprendí de ver recientemente en julio 2015 un anuncio en EDH, dos páginas completas full-color pagado con fondos públicos, como “inaugurando” el CHI-3, como para presentarlo como un logro de la actual administración de CEL. Me pregunto: ¿Será que de los pozos que han estimulado o perforado desde diciembre 2014 para acá, no tienen ningún resultado que demostrar? Sé que entre diciembre 2014 y ahora han estimulado pozos en Ahuachapán, y perforado pozos nuevos en Chinameca y San Vicente. ¿Será que no han encontrado más vapor en ninguno? Sé que compraron una máquina de perforación usada por unos $17 millones, teniendo otras tres máquinas ociosas… ¿Será que no la han podido usar todavía? Yo quisiera celebrar los logros de mis antiguos colegas, pero ese anuncio del CHI-3 me da más que pensar que de celebrar. Es como que quisieran decir que todo va “viento en popa”… ¿por qué no muestran uno de los pozos nuevos, hechos después de Enel? ¿Y por qué mandan a destruir los libros?.