Acuerdos de Paz

Chapultepec. De Cristian Villalta

El acuerdo de paz de 1992 perseguía el fin del conflicto armado, civilizar al Estado salvadoreño y la construcción de instituciones que garantizaran los derechos de la población en lugar de amenazarlos.

CRISTIAN VILLALTACristian Villalta, 29 enero 2017 / LPG

Al firmarlos, los hechores de la guerra sacrificaron muchas de sus expectativas; para que un mejor país fuera posible, era necesario que el país fuera posible.

Pero aquel contrato entre enemigos nunca supuso una tregua entre visiones opuestas sobre la naturaleza del Estado. Ese contraste filosófico fue el motor de nuestros primeros años de posguerra. La actual mediocridad de nuestra política se produce luego, tras la fatiga, ostracismo o muerte de los ideólogos naturales de ambas corrientes.

la prensa graficaAsí pues, los pecados de nuestra democracia no son consecuencia de 1992, sino un reclamo que los ciudadanos deben hacerle a la clase política contemporánea. Esta década puede o no terminar con la fractura de la relación de la sociedad civil con los partidos políticos; prefiero creer que ocurrirá, aunque no pronto, a manos de salvadoreños más inteligentes y nobles que los de ahora.

Si son inteligentes, esos ciudadanos entenderán que con aquellas firmas en el Castillo de Chapultepec ninguno de sus bisabuelos pretendía resolver los problemas de inequidad, desequilibrio y marginación que el Estado salvadoreño sufre desde su mismo diseño. Esa posibilidad, deseada por la subversión y temida por las fuerzas del orden y sus patrones, había desaparecido.

Si son nobles, asumirán su cuota de responsabilidad y emprenderán esa tarea: subvertir la lógica de nuestra nacionalidad. Me refiero a desechar la idea de que lo importante en El Salvador es el Estado e instalar en el centro de nuestra vida a la Nación. La nación es el colectivo, la suma de todos, la voluntad mayoritaria, una energía que se ha dilapidado mayoritariamente en el intento de sobrevivir, desenfocada por la polarización.

Aquellos de nuestros descendientes que lo entiendan volverán útil el acuerdo de paz.

Es que el acuerdo es una herramienta, no era el fin último. Creer que el acuerdo era la última página de nuestra historia es creer que el país que tenemos es un producto final. Solo gente muy egoísta o muy tonta puede aceptar esa noción. Es fácil reconocerlos: son los mismos que convirtieron la conmemoración de Chapultepec, hace algunos días, en un concierto de quejas y comentarios de barbería.

¿Por qué en otros países aún se nos considera un ejemplo, mientras intramuros lejos de ponderar la herencia de 1992 algunos de entre nosotros incluso desprecian lo acordado?

Inaudito pero cierto, expresiones relativizando la importancia del cese al fuego se multiplicaron alrededor del 16 de enero, como si toda la sangre derramada, la juventud inmolada, el talento exiliado, todas las familias destruidas no merecieran el mínimo respeto.

Varias generaciones de salvadoreños vivimos con una cicatriz en el alma por aquellos hechos. Tal denominador común ha servido de muy poco en la práctica, pues en lugar de hermanarnos y de comprometernos, continuamos en el ejercicio de la intolerancia, y no podemos ahorrarnos esa mezquindad ni siquiera al recordar a nuestros muertos.

Aprecio la oportunidad de decir lo que pienso, de vivir en una democracia ciertamente pálida, de pensar que otro país es posible; sólo lo será si enseñamos a nuestros hijos a amar a su nación, que son sus compatriotas; a saber que el Estado es perfectible y nunca será suficiente; que a los que piensan distinto se les escucha; y que nuestra paz, la de ahora o la de mañana, se ha construido sobre miles de víctimas que merecen respeto.

¡Qué fea está la reconciliación! De Ricardo Avelar

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Ya pasaron las fotografías, los fuegos artificiales y las cancioncillas del evento y es momento de señalar al “elefante en la habitación” y discutir lo obvio, lo que todos estamos pensando: ¡La reconciliación luce genuinamente fea!

ricardo avelar.jpgRicardo Avelar, 18 enero 2017 / EDH

Esta semana, El Salvador conmemora el vigésimo quinto aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz y, siendo justos, hay bastante que celebrar.

El fin de las abusos a los derechos humanos por parte de ambos bandos, el cese de reclutamiento de menores para nutrir el campo de batalla, la no interferencia de los militares en la política y la capacidad de disentir sin miedo a la desaparición física son solo algunos de los beneficios que nos trajo el proceso que cerró el conflicto.

Sin embargo, una vez firmada la paz, vino un nuevo y generalmente más tortuoso camino: el de la reconciliación entre todas las fuerzas vivas del país.

diario hoyEn ese marco, el pasado domingo 15 de enero el Gobierno inauguró el Monumento a la Reconciliación, entre grandilocuentes referencias a la paz y llamados al diálogo y a cerrar heridas que tras un cuarto de siglo permanecen latentes.

Ya pasaron las fotografías, los fuegos artificiales y las cancioncillas del evento y es momento de señalar al “elefante en la habitación” y discutir lo obvio, lo que todos estamos pensando: ¡La reconciliación luce genuinamente fea!

Y no me refiero exclusivamente al monumento, aunque debemos ser francos y hacerle saber a los responsables que además de estar ubicado en un sitio inconveniente, la estatua principal del complejo es tosca y nos provoca desde risa hasta algo de vergüenza.

No obstante, seríamos afortunados si el desacierto urbanístico fuera el principal de nuestros problemas en el país. La paz aún tiene grandes deudas.

En todos los actos, por ejemplo, se ha hablado del diálogo y la concertación, pero habrá que preguntarnos cuánto pasará antes que el presidente y el partido de gobierno vuelvan a insultar y denigrar a funcionarios que ejercen control de los actos políticos o cuánto pasará antes que ARENA se muestre inflexible y caprichosa en algunas de sus posturas. O sea, cuánto falta para reanudar el juego de niños en el que se ha convertido la búsqueda de acuerdos políticos.

Otro punto celebrado es el final de la violencia sistemática como la respuesta primordial del Estado. Sin embargo, esta celebración se da mientras hay ejecuciones y abusos de autoridad que se disfrazan de “enfrentamientos”, los cuales lejos de solucionar la inseguridad con políticas integrales, extienden el miedo y el manodurismo. Asimismo, mientras se habla de sensatez, un legislador propone penas excesivas para el aborto, buscando demagógicamente el aplauso de un sector particular pero obviando que es una problemática más compleja y que no solo se resuelve con el duro -pero desigual- mazo de la justicia.

El sistema de partidos también es una herencia de la paz y ha logrado trasladar la confrontación armada al plano institucional. Sin embargo, de los idearios se ha pasado a la mera conveniencia y a la práctica de ambos partidos mayoritarios de resolver con prebendas a los “partidos bisagras” lo que no pueden dirimir con un diálogo constructivo.

Y gran parte de la ciudadanía, que adquirió la libertad de opinar y disentir, tiende a avalar toda respuesta violenta y desproporcionada, e incluso ve con buenos ojos que se le limiten garantías para solucionar problemas, como si los poderes públicos no tuvieran la tendencia natural a abusar de sus funciones. Vale advertir, como dijo la famosa senadora Padme, que “así es como muere la libertad, con un estruendoso aplauso” de quienes no temen darle más poderes al Estado.

En fin, no reconocer el logro de los Acuerdos de Paz sería ingrato e irresponsable, pero querer ignorar que la reconciliación tiene una cara fea puede ser devastador.

Ojalá rectifiquemos como país. Que los partidos abandonen la mezquindad de buscar solo sus intereses con réditos exclusivos a inmediato plazo. Ojalá la ciudadanía asuma su rol de vigilante del poder. Ojalá los medios denunciemos con audacia y sin sesgos los abusos. Ojalá la comunidad internacional tenga siempre un sentido crítico al analizar lo que nuestro gobierno hace.

Si es así, la única cara fea de la reconciliación será ese armatoste verdoso que dejaron ahí.

@docAvelar

Carta al próximo presidente de la República: Que sea valiente. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 17 enero 2017 / EDH

Estimado XX:
No sabemos quién asumirá la presidencia en el año 2019. Pero luego de escuchar el discurso del actual presidente en la celebración del 25 aniversario de los Acuerdos de Paz sabemos que urge que sea una mujer o un hombre con visión, con audacia y con coraje.

Ayer en la feria escuchamos a un presidente que no posee estos valores. Habló de diálogo, negociación y paz, pero no dio ningún indicio que quiere hacer uso de estos instrumentos para resolver el conflicto actual, el cual sólo durante los 31 meses de su gobierno ha costado 14,359 muertos.

diario hoyEl próximo presidente no tendrá que empezar de cero, ya existe el antecedente histórico, aunque no lo entendió el actual presidente: el antecedente de un presidente electo en 1998, en medio de un conflicto sangriento, anunciando cómo iba a ponerle fin. Y cumplió…

El país necesita un presidente capaz de pronunciar palabras como las de Alfredo Cristiani quien el 1 de junio del 1989 sorprendió a propios y ajenos. Aquí le reproduzco la parte esencial de este histórico discurso. Ojo: cambié 5 palabras.

Tenemos la obligación histórica de terminar con esa guerra, y lo haremos por los medios que la misma democracia provee.

La Constitución le ordena al Presidente de la República procurar la armonía social en el país. Cumpliremos escrupulosamente ese  mandato, buscando entendimientos legales y políticos con todos los sectores. Las pandillas son uno de esos sectores, y buscaremos de inmediato entrar en contacto con ellos, no para plantearles propuestas a fin de que ellos hagan contra-propuestas, y continuar un juego sin fin, que sólo sirve de ejercicio propagandístico.

Estamos dispuestos a trabajar, desde el primer día de nuestro  Gobierno, en la búsqueda de la Paz, cuidando de no vulnerar de ninguna manera el marco Constitucional, y conforme a los lineamientos siguientes:

Analizar los mecanismos prácticos que puedan ser los más factibles para impulsar un diálogo permanente, serio y reservado con las pandillas: es decir, principiar, como es lo lógico, por el aspecto funcional, que tendrán que ser acordado debidamente por ambas partes.

Constituir una Comisión de Dialogo, por parte nuestra con personalidades democráticas de amplio reconocimiento  nacional y que inspiren plena confianza por su honorabilidad y capacidad, las cuales desempeñarán una función eminentemente patriótica. Esta Comisión entrará en contacto con las personas que designen las pandillas, a fin de que se constituya un organismo de trabajo que estudie, según el programa previamente acordado por ambas partes, los puntos necesarios para lograr la incorporación de todos los sectores del país a la vida pacífica y a los mecanismos de la democracia representativa.

Realizar, por parte del Gobierno, todas las etapas de este proceso en constante consulta  con las fuerzas políticas legalmente establecidas.

No estamos pidiendo la rendición de nadie, pero tampoco podemos aceptar que la armonía social se base en la violación de la Ley. Nosotros hemos jurado cumplir la Constitución y las Leyes de la República, y eso haremos. El Diálogo con todos los sectores debe hacerse dentro del marco de la Ley, y el que tengamos con las pandillas no tiene por qué ser una excepción.

Nosotros, en este momento, al asumir la dignidad de la más alta magistratura de la Nación, no somos enemigos de nadie: ofrecemos a todos nuestra buena voluntad, para hallar soluciones que beneficien al pueblo, que es ante quien respondemos; y estamos dispuestos a actuar en función del futuro, porque las tareas que nos esperan después de esta etapa de violencia serán enormes, y en ellas la responsabilidad tiene que ser compartida por todos.

Esta buena voluntad, que es sincera, no  debe ser confundida con la debilidad. Nosotros somos fuertes, porque tenemos principios firmes, que no han cambiado ni cambiarán en lo fundamental. Tenemos la fuerza de los que luchan por la libertad, dentro de la democracia; y somos fuertes también porque cumplimos y haremos cumplir el imperio de la Ley. Nuestro pueblo necesita seguridad y se la daremos, aplicando la Ley, no simplemente la fuerza (…)

El proceso del Diálogo, sobre todo con las pandillas, no será fácil ni sencillo, pero estamos dispuestos a iniciarlo de inmediato. Nuestro pueblo y el mundo serán testigos de nuestro proceder…

Depende de todos nosotros que en el 2019 asuma el poder una mujer o un hombre con esta claridad y valentía, para terminar con la pusilanimidad y cobardía que el actual gobierno demuestra frente al problema principal del país.

Saludos,

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Posdata: Pusilánime = Falta de ánimo y valor para tomar decisiones o afrontar situaciones comprometidas (RAE)

Lea el discurso del 1 de junio de 1989 en este sitio: http://luiseduardoaguilarvasquez.blogspot.com/2014/05/discurso-de-toma-de-posesion-alfredo.html

Los nuevos acuerdos de país. De Erika Saldaña

El problema actual es que no se ha hecho nada para construir las bases de un debate público decente sobre los temas fundamentales de la nación.

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 16 enero 2017 / EDH

Hoy se conmemora el XXV aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz, fecha que trae mucha nostalgia a El Salvador, en la cual se puso fin al conflicto armado y se marcaba el inicio de una época de reconstrucción y esperanza para el país. La firma de la paz en Chapultepec cerró un ciclo de doce años que dejó cerca de ochenta mil muertes (en promedio, alrededor de seis mil cada año), miles de desplazados internos y comunidades sumidas en la destrucción y pobreza. Con los recuerdos de una época difícil tendemos a sentarnos a hacer el recuento de lo alcanzado a la fecha y a enumerar las deudas pendientes que tenemos como sociedad.

diario hoyEn la época de la posguerra, la sociedad salvadoreña ha sido cuna de una de las tasas de homicidios más altas a nivel mundial (cien muertes violentas por cada cien mil habitantes, superando la barrera de las seis mil por año); además, ha sido víctima de la corrupción de diversos funcionarios desde los años noventa, la cual poco a poco sale a la luz y está encontrando castigo en el sistema judicial. Estas situaciones, aunadas al déficit de representación percibido por la ciudadanía salvadoreña, la pobreza, la falta de educación y las precarias condiciones del sistema de salud, han sumido al país en una crisis social y política. Todos los problemas antes citados se ven agravados por la escasa intención de acercamiento o diálogo entre los dos partidos políticos mayoritarios, sobre casi cualquier tema que se les ponga sobre la mesa.

Sin embargo, aunque los números de fallecidos sean similares, los desacuerdos tengan la misma división ideológica como base y sintamos que estamos más divididos que nunca como sociedad, es arriesgado afirmar que volvimos al mismo punto de los ochentas y que hoy estamos igual o peor que en la época de la guerra. Después de veinticinco años las condiciones de la sociedad salvadoreña han cambiado y las dificultades a las que nos enfrentamos son distintas.

El problema principal hoy en día es la incapacidad de reconocer el valor y la opinión del otro, lo cual se refleja desde la intolerancia en las calles entre ciudadanos, hasta el permanente enfrentamiento verbal entre funcionarios. Las reiteradas y poco espaciadas elecciones de cargos populares han fijado en el diario vivir de la ciudadanía una discusión permanente y escueta entre las fuerzas políticas principales en el país, siguiendo el pensamiento arraigado en el ámbito político salvadoreño de actuar en términos electorales, con miras siempre a la siguiente elección. Es así que los políticos en El Salvador han basado sus acciones en la emoción de mantener la atención de las masas y no en la razón en la toma de sus decisiones.

Aunque existan diferentes ideologías y desacuerdos en la política salvadoreña, el problema actual es que no se ha hecho nada para construir las bases de un debate público decente sobre los temas fundamentales de la nación, tales como políticas educativas, salud, seguridad pública, pensiones, entre otras cuestiones que afectan al país. No existe una cultura política de respeto a las opiniones y propuestas del adversario, y las acciones se toman siempre en clave electoral. La realidad que vivimos hoy es muy distinta a la que sufrieron nuestros padres en el desarrollo y fin del conflicto armado.

A los Acuerdos de Paz hay que darles el valor que se merecen. Lograr el cese al fuego, una salida negociada de manera pacífica y la implementación de una nueva institucionalidad en temas de defensa, seguridad, sistema judicial y electoral, son algunos de los grandes logros posconflicto. Hay que tener en cuenta que las distintas generaciones hemos enfrentado los problemas propios de cada época; unos tuvieron que iniciar la lucha por sus ideales, otros sobrevivir a una guerra cruel, otros buscar la forma de terminar el conflicto, otros reconstruir un país después de la guerra e impulsar el desarrollo económico, otros superar los desastres naturales y muchos estamos hoy aquí intentando recuperar la institucionalidad resquebrajada.

A las distintas generaciones de ciudadanos que conformamos la sociedad salvadoreña se nos han presentado retos distintos. El único punto en común entre los verdaderos ciudadanos de las distintas épocas ha sido la intención de dejar a las nuevas generaciones un país mejor. Asumamos el reto como sociedad y construyamos nuevos acuerdos de país.

Ya basta con tanto discurso. Columna transversal de Paolo Luers

Es tiempo de que discutamos los errores que en la posguerra se han cometido –y hagámonos cargo de corregirlos. Y esto no es seguir discutiendo sobre el espíritu de Chapultepec.

paolo3Paolo Luers, 13 enero 2017 / EDH

Ya no aguanto escuchar y leer todos los días los sermones sobre los Acuerdos de Paz. Y eso que soy ferviente defensor de la solución negociada al conflicto, de los acuerdos como tales, y de su contribución a la democracia y el pluralismo en El Salvador.

Es el mundo al revés: A los que andan filosofando sobre la responsabilidad histórica de aprovechar el aniversario de los Acuerdos de Paz para concertar mínimo un “Acuerdo de Nación”, si no es un “Segundo Acuerdo de Paz”, nadie los lee, nadie les para bola, pero tampoco nadie los regaña. Se hacen pasar como sabios, y los medios los dejan pasar. Editoriales, homilías, secciones especiales, entrevistas… A pesar de que aburrir en exceso y difundir ilusiones son pecados punibles. En cambio, a los pocos que proponen discutir problemas bien concretos y soluciones aterrizadas, pero sin tanta paja, los descalifican. La propuesta que articulé en mi carta de este jueves, diario hoydonde propongo ponerse de acuerdo sobre 3 medidas y seguir peleando y haciendo campaña electoral sobre todo lo demás, inmediatamente recibió críticas – y más de lo usual. Uno me escribió en Facebook: “Lo que necesitamos es superar la polarización, no una pinche reforma de educación o transformación de barrios”. Para citar una de las críticas decentes. Otro me escribió: “Se nota que vos nunca estuviste de acuerdo con la paz, querías seguir destruyendo el país”. Bueno, me imagino que esta columna se va a ganar más de estos comentarios…

En una reunión social con amigos, yo dije esta frase con la cual inicio esta nota: “Ya no aguanto toda esta paja sobre los Acuerdos y los 25 años, y todavía faltan 10 días hasta el 16…”. Fue como si hubiera dejado ir un ventoso en misa. Parece que esto no se dice. Se aguanta los sermones – y se calla.

Y ahora vino Hugo Martínez a la Asamblea para solicitar que por decreto todo el país siga todo el año 2017 hablando de los Acuerdos. Extrañamente acompañado de Óscar Santamaría, quien normalmente es un hombre sensato, aparte de arenero, y no tendría que tener interés en que el gobierno nos tenga adormecidos por aburrimiento y respeto por los sabios durante todo el “Año de la Paz 2017”.

Nuevamente algunos van a pensar que yo digo esto, porque estoy en contra de los Acuerdos de Paz. Les cuento que estuve a favor de ellos antes, durante y después de las negociaciones que llevaron en 1992 al fin del conflicto. Fui a campamentos guerrilleros para explicar el sentido de la solución política, por que había mucha incomprensión y resistencia. En Alemania, en concentraciones de los amigos de la revolución salvadoreña, aguanté tomates y huevos que me tiraron cuando argumenté a favor de negociar el fin del conflicto armado y el inicio de la democracia pluralista. Traidor, me dijeron. Me excomulgaron. Luego defendí los acuerdos contra los ideólogos de derecha no pensante, la cual sobraba aquí en El Salvador: No se tragaron la amnistía para los comandantes. Son los mismos que hoy la están reclamando cuando otros imbéciles quieren echar presos a los militares.

No, mi punto no es este. No tiene que ver con los Acuerdos de Paz. Tiene que ver con el mismo argumento que dijo Salvador Samayoa: Es tiempo de que discutamos los errores que en la postguerra se han cometido – y hagámonos cargo de corregirlos. Y esto no es seguir discutiendo sobre el espíritu de Chapultepec. Tampoco es construir castillos de naipes sobre nuevos acuerdos de paz, como si los partidos que los firmarían estarían en guerra y matándose mutuamente. Si quieren hacer acuerdos de paz, habrá que negociar con las pandillas, pero esto tampoco nadie se atreve ni siquiera mencionarlo.

Hacernos cargo de corregir las negligencias de la posguerra es discutir de las prioridades y corregirle la plana al FMLN que ya tiene 7 años de gobernar sin prioridades. Y también a ARENA, que se niega a definir prioridades, porque siempre un catálogo claro de prioridades despierta resistencia de muchos sectores. Si para financiar la explosión educativa que necesitamos hay que reducir los subsidios a un mínimo, cientos de miles de personas malacostumbradas por el populismo van a brincar.

Por esto insisto: No creo que ARENA y FMLN juntos puedan componer el mundo. A lo mejor saldrá un mundo mediocre que nadie quiere. Pero sí pueden asumir juntos algunas medidas necesarias y no populares, para que el país siga siendo viable.

Carta a los partidos: No pierdan el tiempo discutiendo planes de nación abstractos. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 12 enero 2017 / EDH

Todo el mundo habla de la necesidad de un ‘Plan de Nación’ o incluso de una ‘segunda generación de los Acuerdos de Paz’. El gobierno incluso pidió a Naciones Unidos mediar como si existiera una guerra civil entre los partidos políticos. Pero estos propósitos grandilocuentes no son realistas y sólo causan distracción de lo necesario y posible: un acuerdo sobre medidas mínimas e impostergables para sacar al país de la paralización.

diario hoy¿Cómo podría ser este acuerdo, y en qué tendría que focalizar? Aquí un borrador.

En el año que el país cumple 25 de haber alcanzado los acuerdos históricos para terminar la guerra fratricida y para establecer el pluralismo democrático, y consientes que a nuestro país lo aquejan nuevos problemas, sobre todo de inseguridad ciudadana y falta de un crecimiento económico que nos permita hacer las inversiones necesarias en educación, salud e inclusión social, los partidos políticos salvadoreños hemos acordado unas medidas mínimas y concretas, y nos comprometemos de implementarlas, sea desde el Ejecutivo o del Legislativo.

Las medidas acordadas las hemos consultado con todo el espectro de organizaciones gremiales, sindicales y académicas, pero en especial con los jóvenes, en audiencias públicas en colegios y universidades. Es el futuro de ellos que estamos decidiendo hoy.

Los partidos nos comprometemos a poner en el centro de las políticas públicas:

• La educación: durante los próximos 5 años el presupuesto para educación se aumentará cada año por un 10 % para llegar a un presupuesto de 1,500 millones de dólares.

• La educación universitaria: hacer Asocios Públicos-Privados con universidades de primer nivel de países desarrollados, para crear 5 universidades nuevas, con énfasis en tecnología y ciencias aplicadas.

• Transformación de barrios y comunidades precarias: infraestructura, vivienda, escuelas de tiempo completo, centros de salud, centros de formación vocacional, creación de empleo. Para financiar esto, todas las subvenciones se reducen a un mínimo de 20 %, sólo para familias de extrema pobreza, y el resto se invierte en la transformación de barrios. Además, los gastos de Obras Públicas, Educación, Salud, FISDL y todos los programas sociales se focalizan durante 5 años en las comunidades y los barrios a transformar. De manera inmediata, a todas las escuelas en estos territorios se duplica el presupuesto para pasar a educación de tiempo completo, contratar sicólogos, profesores adicionales, entrenadores de deportes, trabajadores sociales, y para modernizar y completar sus infraestructuras escolares y deportivas.

Definiendo estas tres prioridades para la política pública, el problema principal del país (de seguridad, delincuencia y pandillas) se volverá manejable, porque se disminuyen la tensión social, la marginación y la falta de perspectiva y opciones para los jóvenes, que están a la base de la crisis de seguridad pública. En vez de apostar prioritariamente a la represión, y en vez de inventar medidas artificiales y dispersas de prevención, el país atacará los problemas de inseguridad desde sus raíces.

Estas tres medidas nos comprometemos a implementar, independientemente de los resultados de las próximas elecciones. Conjuntamente gestionaremos fondos adicionales de cooperación para estos fines. Sobre todo lo demás (responsabilidad fiscal, endeudamiento, reforma de pensiones, impuestos, reforma electoral, etc.) nos comprometemos a seguir dialogando y, si es necesario, peleando para llegar a decisiones que dependerán de la correlación de fuerzas que se va a establecer en las elecciones del 2018 y 2019.

Firman: ARENA y el FMLN y quien quiera adherirse.

Dejemos de filosofar sobre los Acuerdos de Paz. Hagamos algo concreto. ¿Este plan de prioridades no les parece realista? Bueno, señores, expliquen esto a la ciudadanía, sobre todo a los jóvenes, empezando con sus propios hijos o nietos.

Suerte con esta discusión. Saludos,

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Por qué celebramos el XXV aniversario del Acuerdo de Paz. De Salvador Samayoa

Salvador Samayoa fue firmante de los Acuerdos de Paz por parte de la guerrilla. Actualmente es analista y observador de la realidad política. | Foto por Menly Cortez

Salvador Samayoa fue firmante de los Acuerdos de Paz por parte de la guerrilla. Actualmente es analista y observador de la realidad política. | Foto por Menly Cortez

Salvador Samayoa, 11 enero 2017 / EDH-Observadores

De conformidad con la proyección de población realizada por la Dirección General de Estadística y Censos, la pirámide poblacional 2016 nos revela una composición de grupos etarios realmente impresionante. Resulta que unos 3,200,000 salvadoreños están en el segmento de 0 a 24 años, aproximadamente 1,000,000 en el segmento de 25 a 34 años, y el resto, unos 2,300,000 son mayores de 34 años. Eso significa que una cantidad muy grande de personas, casi la mitad de la población total del país (49 % para ser exactos), no había nacido cuando terminó la guerra. Si a esa cantidad agregamos el grupo etario de 25 a 34 años, tenemos que más de cuatro millones de nuestros compatriotas (4,200,000, el 64.6 % de la población actual de El Salvador) no habían nacido o tenían menos de 10 años cuando se firmó el Acuerdo de Paz.

observadorA estos jóvenes menores de 34 años, que no vivieron en absoluto el enfrentamiento armado, o estaban demasiado pequeños para vivirlo de manera consciente y recordarlo ahora de manera más o menos lúcida y articulada, cualquiera les dice que estamos igual o peor que antes, que la paz “solo” fue la terminación de la guerra, como si eso fuera algo carente de valor o de importancia para la vida de cada uno y para la situación del país.

Tal apreciación es, sin duda, equivocada. Sin restar importancia a la violencia de pandillas que ahora abate a tanta gente, es obvio y debe establecerse claramente que la guerra y la violencia política generalizada es incomparablemente más dura y más grave que la violencia delincuencial. Una guerra afecta a todos, sin excepción. Además de los muertos -que siempre son muchos más de los que las partes reconocen y los medios registran- deja decenas de miles de lisiados y mutilados; destruye carreteras, puentes y otras infraestructuras; incendia bosques, praderas y sembrados, arrasa comunidades y caseríos, produce matanzas de pobladores atrapados en las zonas de conflicto y expulsa de sus hogares a cientos de miles de personas. La guerra no se hace con armas cortas, la gente sufre, sobre todo en el campo, con los bombardeos aéreos y el fuego de artillería. La gente sufre con los atentados y las explosiones en cualquier momento y en cualquier parte. El nivel de destrucción material y la distorsión de todos los circuitos sociales es descomunal.

El enfrentamiento armado interno, igual que los conflictos internacionales, termina otorgando poderes extraordinarios a los gobiernos, incentivando la prepotencia de los ejércitos enfrentados, esgrimiendo razones de Estado para justificar toda suerte de excesos, abusos y violaciones a los derechos humanos; termina imponiendo el estado de sitio, restringiendo todas las libertades de los ciudadanos, produciendo temor e incertidumbre, generando desconfianza entre las personas, dividiendo a las familias, envenenando la convivencia y sumiendo en la desesperanza a casi toda la población.

Nosotros no olvidamos los años aciagos. Que nadie venga a decirnos ahora que terminar con la guerra y con todas las formas de violencia política no fue un hito de gran trascendencia en la historia del país. Si vivir en paz -en esta paz que “solo” es ausencia de guerra y de violencia política- no es importante, habría que preguntar si están de acuerdo con semejante ligereza a los pueblos que en los últimos 25 años, mientras nosotros vivíamos en paz, sufrieron la continuación interminable de sus conflictos internos o el estallido de guerras terribles.

Los que no valoran la paz como fin de la guerra, que vean el inmenso sufrimiento de millones de personas en zonas o países como la franja de Gaza, Afganistán, Irak, Bosnia, Georgia, Somalia, Burundi, República Democrática del Congo, Ruanda, Chechenia, Kosovo, Siria, para solo citar algunos de los conflictos más sangrientos de los últimos años; o el tremendo desasosiego en ciudades como Nueva York, Madrid, Londres, Bruselas, París, Estambul, Bali, Argel, Mumbai o Casa Blanca, que sufrieron atentados terroristas demenciales, como forma extrema del odio, la intransigencia y la violencia.

Definitivamente no tener una situación de guerra, de amenazas terroristas o cualquier otra forma de violencia política es una inmensa bendición. Por eso conmemoramos y celebramos el XXV aniversario de nuestro Acuerdo de Paz.

Por eso y por otras razones importantes, porque el Acuerdo de Paz, además del cese del enfrentamiento armado, produjo una reforma fundamental del sistema y un cambio crucial en la convivencia política. En este sentido, conviene recordar, por ejemplo, que algunas de las libertades que ahora se dan por obvias y garantizadas no existían o estaban muy restringidas, especialmente en las dos décadas anteriores al conflicto armado y, por supuesto, en la propia década del enfrentamiento. Hubo tiempos en los que se ponían cargas de dinamita en las instalaciones de imprentas, periódicos y radiodifusoras para amedrentar o suprimir la información alternativa o el pensamiento disidente. Con el mismo fin, incontables intelectuales y opositores políticos fueron perseguidos, encarcelados y en muchos casos torturados, desaparecidos o asesinados. ¿Cómo no vamos a celebrar la libertad de expresión irrestricta de la que gozan ahora todas las personas y todas las corrientes políticas, aunque no siempre se haga un uso responsable de la misma?

En aquellos tiempos los militares hacían uso de las armas para determinar el curso de los acontecimientos políticos; y los insurgentes, a su manera, también. El Acuerdo de Paz zanjó esta deformación histórica y estructural del poder mediante una amplia reforma institucional del sector militar. A partir de tal reforma pudo conminar a la Fuerza Armada advirtiéndole que podía conservar las armas, pero sin intervenir en la política; y a los insurgentes, que podían participar en la política, pero debían dejar las armas. ¿Cómo no vamos a celebrar ahora el crucial atributo democrático de una Fuerza Armada profesional, apolítica, subordinada realmente al poder civil y respetuosa de la voluntad popular, hasta el punto de ser motivo de orgullo nacional?

Conmemoramos y celebramos también la renovación institucional de la Corte Suprema de Justicia emanada del Acuerdo de Paz. Tal vez haya tardado algunos años en comenzar a hacer más visibles y más relevantes los frutos de su reforma, pero es indudable que mucho de la necesaria y esperanzadora lucha que ahora libra el Estado contra la corrupción y la impunidad tiene su origen en la independencia política de la Corte Suprema, de la Fiscalía General y de otras instituciones creadas, fortalecidas o renovadas por el Acuerdo de Paz. No todos van a estar de acuerdo, por supuesto, con cada sentencia judicial. En ese sentido, será siempre lícito opinar o disentir, pero lo decisivo para la democracia, el gran salto histórico y cultural en nuestro país, es que la justicia sea independiente del poder político -a diferencia del pasado- y que los otros poderes hayan tenido que acatar sus resoluciones como manda la Constitución.

La reforma política pactada en el Acuerdo de Paz transformó también el poder electoral. Este fue un logro de incalculable valor histórico para la estabilidad y para la convivencia nacional. Volviendo a la pirámide poblacional, unos 4,950,000 salvadoreños -casi cinco millones- tienen ahora menos de 44 años. Eso significa que el 75 % de la población actual no había nacido cuando se produjo el gran fraude electoral de 1972. El fraude se repitió en 1977 y amplios sectores llegaron a la conclusión de que era imposible acceder al poder por medios pacíficos y democráticos, es decir a través de elecciones libres. En los últimos años hemos tenido errores administrativos -algunos importantes-, reclamos, denuncias y calenturas pos electorales, pero no ha estado realmente en juego -como en el pasado- la legitimidad del poder emanado de las urnas. ¿Cómo no celebrar semejante desarrollo democrático?

Por estos y otros cambios históricos conmemoramos el XXV aniversario de una gesta casi fundacional, pero entendemos que ahora mucha gente, como en otros países, no está satisfecha, sino más bien frustrada, por lo que siente o ve como escasos dividendos de la democracia y de la paz.

El Acuerdo firmado en enero de 1992 resolvió los problemas políticos más agobiantes de ese momento, pero no podía resolver, ni siquiera imaginar, los problemas que tendríamos 25 años después. Tampoco pretendió el Acuerdo dar una solución, que tendría que haber sido casi mágica, al problema de la pobreza, o definir de antemano, de manera obligatoria para los siguientes cinco gobiernos, las políticas que debían generar el crecimiento y desarrollo económico y social. El acuerdo nos legó una reforma del sistema político acorde a ese período, unas reglas de juego democrático, unas instituciones públicas más modernas y un compromiso de todos los actores de renunciar a la violencia como recurso en la lucha por el poder o por la implantación de los modelos o idearios de cada quien.

En ese sentido, el Acuerdo nos legó un escenario nuevo para representar una obra nueva, pero no podía dejar escrita la obra, cuyos autores debían ser, a partir de ese momento, todos los salvadoreños, especialmente los intelectuales de diversas profesiones liberales, las fuerzas políticas, los líderes gremiales, los medios de comunicación y las elites económicas del país. En este desafío hemos acumulado una deuda histórica, especialmente con los más pobres y los más vulnerables; una deuda de lucidez, de solidaridad, de eficacia, de apertura al diálogo, de disposición al entendimiento y de compromiso para sacar adelante a nuestro país.

A la luz de este reconocimiento, hacemos votos para que el XXV Aniversario de la Paz nos obligue a reflexionar como nación y a recuperar el espíritu de aquella histórica negociación.