Maduro

Por qué hay que dialogar con los militares en Venezuela. De Alberto Barrera Tyszka

1barrera-Es-master1050

El presidente Maduro con su esposa Cilia Flores, de blanco a la izquierda, y el ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López, en Maracay, Venezuela, el 26 de septiembre de 2017. Foto: Reuters

Alberto-Barrera-Tyszka-640

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 1 octubre 2917 / THE NEW YORK TIMES

MEDELLÍN, Colombia – El pasado 26 de septiembre, el presidente Nicolás Maduro fue condecorado con la Cruz del Comando Estratégico Operacional. El acto militar se realizó en una base aérea cercana a Caracas y, al momento de hablar, el Presidente de Venezuela dijo que “hoy la patria sustenta su unión en la cohesión de esta Fuerza Armada Nacional Bolivariana”. No solo se refería a una cuestión de orden y represión de las protestas públicas. Maduro se refería, sobre todo, a una sociedad cuyo principal protagonista es la fuerza armada. Finalmente, Maduro ha cumplido el sueño de Chávez: los militares son el motor de la historia venezolana.

NEW YORK TOMES NYTEs necesario recordar que, hace un poco más de un año, obligado finalmente a reconocer la terrible crisis económica y social por la que pasa el pueblo venezolano, el presidente decidió crear un orden mayor, la Gran Misión Abastecimiento Soberano y Seguro, con más poder que todos los ministerios, dedicado a combatir el desabastecimiento de comida y de medicinas. Al frente de esta nueva misión designó al ministro de la Defensa, General en Jefe Vladimir Padrino López. Fue un paso definitivo en la creciente militarización de la gestión administrativa del Estado. Esa ha sido la constante más clara del gobierno de Maduro: cederle la economía y la política a la fuerza armada. En la famosa “unión cívico militar” que tanto pregona el oficialismo, los civiles son cada vez más un adorno. La historia ahora se viste de uniforme.

El avatar de Twitter de Padrino López es una foto en la que aparece vestido en traje de campaña, con el uniforme lleno de polvo, cargando un fusil y trotando hacia adelante. Hay algo cinematográfico y heroico en esta imagen del general Padrino López. Aunque su discurso invoque insistentemente la paz, su carta de presentación es un fusil. Hace pocos días, en un foro público, volvió a repetir que las marchas populares que se dieron en Venezuela entre abril y julio no eran “manifestaciones pacíficas” sino “operaciones subversivas”. Es curioso ver cómo los supuestos revolucionarios de izquierda del siglo XXI utilizan los mismos argumentos que los gorilas derechistas del siglo XX.

El informe de la oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, sin embargo, tiene otra versión. Señala el uso sistemático de la fuerza y la utilización de armas letales por parte de las Guardia Nacional Bolivariana en contra de los manifestantes, dando por resultado denuncias sobre 5051 personas detenidas arbitrariamente, allanamientos ilegales, tortura, uso de tribunales militares para juzgar a civiles, así como el registro de más de 100 asesinatos. Para cualquier venezolano, la imagen del general Padrino apretando un arma entre sus manos es lo contrario de una metáfora de la paz.

Pero al ministro le gusta filmarse y promoverse en las redes sociales. No es ninguna novedad. Twitter es un método express de banalización del discurso. Gracias a esta red social, todos podremos ser líderes políticos, aunque solo sea por unos segundos.  Hace unos meses, en julio de este año, Padrino López colgó en su cuenta un video donde aparecía en una práctica militar, agazapándose y disparando a algunas siluetas, corriendo, saltando entre neumáticos, ocultándose, volviendo a disparar. Es una secuencia de entrenamiento bastante común en algunas películas o series de tv. Al final, un tanto jadeante, mirando a cámara, el ministro ofrece un mensaje a propósito de la soberanía y la independencia.

“El esquema del guion siempre es igual: Padrino López le habla a la cámara. Como si tuviera la fantasía secreta de ser un youtuber”

No es su única pieza fílmica. Ya en otras oportunidades, y en otros contextos, ha producido y actuado en otros breves capítulos: el general entrando a su oficina y hablando de la patria y la unidad nacional. El general en un cuartel recibiendo su ración de comida como cualquier otro soldado, y conversando amenamente con algunos compañeros. El general en el campo sosteniendo en sus manos dos frutos, mientras comenta algunos detalles sobre las posibilidades de reposicionar al cacao dentro de la producción agrícola nacional. El esquema del guion siempre es igual: Padrino López le habla a la cámara. Como si tuviera la fantasía secreta de ser un youtuber.

Nada de esto es casual ni aislado. Es otra expresión simbólica de un proceso que viene desarrollándose en Venezuela desde hace años. En 1999, cuando asumió por primera vez la presidencia, Hugo Chávez sabía claramente cuál era su proyecto, cómo y con quien pensaba gobernar. “Yo no creo en los partidos políticos. Ni siquiera en el mío. Yo creo en los militares”, le dijo a Luis Ugalde, rector para ese entonces de la Universidad Católica Andrés Bello. Casi veinte años después, Venezuela más que un país es un derrumbe, un caos que desafía cualquier pronóstico y demuestra que no hay límites, que siempre se puede estar peor.

La inflación se calcula en un 700 por ciento, la población se encuentra al borde de una crisis humanitaria en todos los sentidos, la práctica política está casi paralizada, la represión es cada vez mayor y la libertad de expresión es cada vez menor, la independencia de poderes no existe. La única institución que parece haber sobrevivido es la fuerza armada. Ese es el verdadero logro de la autoproclamada “Revolución Bolivariana”. El socialismo del siglo XXI es, en el fondo, una rentable empresa militar.

Los ciudadanos, no obstante, conocemos muy poco del mundo militar. No sabemos nada de sus reglas internas, de sus protocolos y de sus acuerdos. No manejamos sus códigos. La dirigencia política de la oposición tampoco sabe qué pasa en el interior de la fuerza armada. Los militares de Venezuela son un enigma que se presta a muchas especulaciones.

Más de una vez, tanto nacional como internacionalmente, algunos han creído que los militares actuarían decididamente en contra del gobierno y, sin embargo, la historia ha demostrado lo contrario. Incluso cuando de manera más evidente el gobierno ha violado la Constitución o actuado al margen de las instituciones, la fuerza armada siempre se ha puesto de su lado. Y, de hecho, se ha definido como chavista adoptando la misma marca que el partido de gobierno. Al igual que el liberalismo, también el socialismo puede ser salvaje y privatizar hasta el orden público y la defensa de la patria.

“Chávez diseñó y desarrolló un modelo donde los civiles cuentan para darle al gobierno una escenografía democrática, pero donde el poder real debe ser ejercido por los militares”

Suelen esgrimirse dos argumentos para explicar esta sumisión. El primero tiene que ver con el soporte económico y los privilegios que el oficialismo le ha otorgado durante estos años a la fuerza armada. El segundo con el proceso de ideologización que, también desde hace años, mantiene el chavismo sobre la institución. Ambos pueden ser ciertos. Sin embargo, hay que considerar otra hipótesis: que en realidad el oficialismo no controla al estamento militar. Que la Fuerza Armada Bolivariana ya es un poder independiente, una gran corporación, con sus propias peleas internas pero también con mayor sentido de cuerpo y de respeto a las jerarquías. Y que, por el contrario, Maduro quizás solo sea la fachada civil de un gobierno militar.

Durante estos últimos años, la fuerza armada se ha consolidado como un importante holding económico del país. Aparte de ocupar puestos fundamentales en la gestión pública, los militares tienen 20 empresas en sectores estratégicos claves que van desde la producción de armamento hasta la distribución de agua y alimentos, pasando por la explotación de hidrocarburos y minería. Poseen y manejan medios de comunicación, compañías de seguros, compañías constructoras, empresas de transporte y una entidad bancaria. Todo esto sin contar las denuncias que existen sobre la estrecha relación con el narcotráfico y con otras ramas del crimen organizado.

Un ejemplo de la fragilidad del Estado y de los ciudadanos ante el poder militar en Venezuela es el Servicio Bolivariano de Inteligencia Militar, dirigido por otro general, Gustavo González López. Este cuerpo actúa con absoluta independencia e impunidad. Tan es así que varios detenidos del SEBIN siguen presos, a pesar de las órdenes de liberación emitidas por tribunales civiles. Es una prueba palpable y grotesca de que la justicia, en Venezuela, no depende de los jueces sino de los militares.

Chávez diseñó y desarrolló un modelo donde los civiles cuentan para darle al gobierno una escenografía democrática, pero donde el poder real debe ser ejercido por los militares. Sin embargo, en la mesas de diálogo y en la negociaciones, nunca participan directamente. ¿Quién habla por ellos? ¿Acaso realmente Maduro y el oficialismo los representan? Cualquier salida a la crisis de Venezuela pasa necesariamente por responder estas preguntas. Es indispensable sincerar la situación, aceptar que los militares son un poder de facto que debe incorporarse de manera independiente a cualquier negociación.

Anuncios

Venezuela, hoy. De Mario Vargas Llosa

No hay precedentes en la historia de América Latina de un país al que la demagogia estatista y colectivista de un Gobierno haya destruido económica y socialmente.

MARIO VARGAS LLOSA

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 27 agosto 2017 / EL PAIS

El portavoz del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) y alcalde de Valladolid, Óscar Puente, declaró hace unos días que, a su juicio, hay en España “un sobredimensionamiento” de lo que ocurre en Venezuela, porque cuando un país vive el drama que experimenta la nación bolivariana aquello no es sólo culpa de un Gobierno sino “responsabilidad colectiva de los venezolanos”.

Semejante afirmación demuestra una total ignorancia de la tragedia que vive Venezuela o un fanatismo ideológico cuadriculado. Hace falta más de un individuo para deshonrar a un partido, desde luego, habiendo socialistas que, con Felipe González a la cabeza, han demostrado una solidaridad tan activa con los demócratas venezolanos que, pese a los asesinatos, las torturas y la represión enloquecida desatada por Maduro y su pandilla, han impedido hasta ahora el paisque el régimen convierta a ese país en una segunda Cuba. Pero que haya en España socialistas capaces de deformar de manera tan extrema la realidad venezolana sin que sean reprobados por la dirección, delata la inquietante deriva de un partido que contribuyó de manera tan decisiva a la democratización de España luego de la Transición.

La verdad es que Venezuela fue, por 40 años (1959 a 1999), una democracia ejemplar y un país muy próspero al que inmigrantes de todo el mundo acudían en busca de trabajo y que, tanto los Gobiernos “adecos” como “copeyanos”, dieron una batalla sin cuartel contra las dictaduras que prosperaban en el resto de América Latina. El presidente Rómulo Betancourt intentó convencer a los Gobiernos democráticos del continente para que rompieran relaciones diplomáticas y comerciales y sometieran a un boicot sistemático a todas las tiranías militares y populistas a fin de acelerar su caída. No fue respaldado, pero, décadas después, su iniciativa acaba de ser reivindicada por la Declaración de Lima, en la que, invitados por el Perú, todos los grandes países de  América Latina —Brasil, Argentina, México, Colombia, Chile, Uruguay y cinco países más de la región— además de Estados Unidos, Canadá, Italia y Alemania, han decidido aislar a la dictadura de Maduro y no reconocer las decisiones de la espuria Asamblea Constituyente con la que el régimen trata de reemplazar a la legítima Asamblea Nacional donde la oposición detenta la mayoría de los escaños.

El portavoz socialista no parece haberse enterado tampoco de que las Naciones Unidas han denunciado, a través de su Alto Comisionado para los Derechos Humanos, las torturas a las que la dictadura venezolana somete a los opositores desde hace varios meses, que incluyen descargas eléctricas, palizas sistemáticas, horas colgados de las muñecas o los tobillos, asfixia con gases, violaciones con palos de escoba, detenciones arbitrarias e invasión y destrozos de las viviendas de los sospechosos de colaborar con la oposición. Más de 5.000 personas han sido detenidas sin ser llevadas a los tribunales, las fuerzas de seguridad han asesinado a medio centenar en las últimas manifestaciones y las bandas de malhechores del régimen, llamadas los colectivos, a 27.

1503051577_731982_1503757828_noticia_normal_recorte1.jpg

FERNANDO VICENTE

El asedio sistemático a los adversarios de la dictadura se extiende a sus familias, que pierden su trabajo, son discriminadas en los racionamientos y víctimas de expropiaciones. Y la corrupción del Gobierno alcanza extremos de vértigo, como acaba de denunciar la fiscal Luisa Ortega en Brasil, revelando, entre otros horrores, que el segundo hombre del chavismo, Diosdado Cabello, recibió 100 millones de dólares de soborno de Odebrecht a través de una compañía española.

Pero, probablemente, con toda la crueldad que denotan las violaciones a los derechos humanos y el saqueo del patrimonio nacional por los jerarcas del régimen, nada de aquello sea tan terrible como el empobrecimiento vertiginoso que la política económica de Chávez y su heredero ha acarreado al pueblo venezolano. Uno de los países más ricos del mundo, que debería tener los niveles de vida de Suecia o Suiza, padece hoy día los índices de supervivencia de las más empobrecidas naciones africanas: la pobreza afecta al 83% de la población, sufre la inflación más alta del mundo —este año alcanzará el 720%— y un PIB que según el Fondo Monetario Internacional cae 7,4%. Sólo se libran del hambre y la escasez de todo —empezando por las medicinas y las divisas y terminando por el papel higiénico— el puñado de privilegiados de la nomenclatura —buen número de generales entre ellos, comprados asociándolos a las grandes operaciones del narcotráfico— que pueden adquirir alimentos, medicinas, repuestos, ropa, a precios de oro, en el mercado negro. La gente común y corriente, entre tanto, ve caer sus niveles de vida día a día.

¿A cuántos cientos de miles de venezolanos han obligado a emigrar las fechorías económicas y sociales del régimen? Es difícil averiguarlo con exactitud, pero los cálculos hablan de por lo menos dos millones de personas que, agobiadas por la inseguridad, la pobreza, el terror, el hambre y la perspectiva de un empeoramiento de la crisis, se han desparramado por el mundo en busca de mejores condiciones de vida, o, cuando menos, un poco más de libertad. No hay precedentes en la historia de América Latina de un país al que la demagogia estatista y colectivista haya destruido económica y socialmente como ha ocurrido en Venezuela. Lo extraordinario es que la política de destruir las empresas privadas, agigantando el sector público de manera elefantiásica, y poniendo cada vez más trabas a la inversión extranjera, se llevara a cabo cuando todo el mundo socialista, de la desaparecida URSS a China, de Vietnam a Cuba, comenzaba a dar marcha atrás, luego del fracaso de la socialización forzada de la economía. ¿Qué idea pasó por la cabeza de semejantes ignorantes? La utopía del paraíso socialista, una fabulación que, pese a los desmentidos que le inflige la realidad, siempre vuelve a levantar la cabeza y a seducir a masas ingenuas, que, pronto, serán las primeras víctimas de ese error.

Es verdad que la Venezuela de la democracia contra la que se rebeló el comandante Chávez había sido víctima de la corrupción —un juego de niños comparada a la de ahora— y que, en la abundancia de recursos de aquellos años, los de la Venezuela saudí, surgieron fortunas ilícitas a la sombra del poder. Pero aquello tenía compostura dentro de la legalidad democrática y los electores podían castigar a los gobernantes corruptos mediante unas elecciones, que entonces eran libres. Ahora ya no lo son, sino manipuladas por un régimen que, en las últimas, por ejemplo, se inventó un millón de votos más de los que tuvo, según la propia compañía contratada para verificar los comicios. Pese a ello, la oposición ha inscrito candidatos para las elecciones regionales de gobernadores convocadas por Maduro. ¿Hay alguna posibilidad de que sean unos comicios de verdad, donde gane el más votado? Yo creo que no y, por supuesto, me gustaría equivocarme. Pero, después de la grotesca patraña de la “elección” de la Asamblea Constituyente y de la defenestración manu militari de la fiscal general Luisa Ortega Díaz, ahora en el exilio, ¿alguien cree a Maduro capaz de dejarse derrotar en las urnas? Él ha hecho todos los últimos embelecos electorales, quitándose la careta y mostrando la verdadera condición dictatorial del régimen, precisamente porque sabe que tiene en contra a la mayoría del país y que él y sus compinches tendrían un exilio muy difícil, por sus robos cuantiosos y su estrecha vinculación con el narcotráfico. En la triste situación a la que ha llegado Venezuela es poco menos que imposible —a menos de una fractura traumática del propio régimen— que recupere la democracia de manera pacífica, a través de unas elecciones limpias.

La revolución en el ventilador. De Alberto Barrera Tyszka

revolucionxEstherCarolinaFernandez-640416.jpg

Fotografía de Esther Carolina Fernández

Alberto-Barrera-Tyszka-640

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 27 agosto 2017 / PRODAVINCI

Ahí la puso, nuevamente, esta semana, la Fiscal Luisa Ortega Díaz. Lo que tanto temían, ocurrió. Todo el estiércol está en el aire. Y no es fácil sortear la situación. No es tan sencillo pasar agachadito debajo de cien millones de dólares, por ejemplo. Si alguien, medianamente sensato, todavía tiene alguna pregunta sobre la naturaleza del oficialismo, las denuncias realizadas por la Fiscal prometen desvanecer todas las dudas. Ya en España comenzaron a salir noticias sobre los negocios de algunos clanes bolivarianos. En México y Panamá las investigaciones están en marcha. Quizás pronto los rumores se conviertan en evidencias. Pero, ante los ojos del mundo, ya no solo queda claro que Maduro dirige un gobierno dictatorial, represivo, que ejerce ferozmente la violencia del Estado en contra de cualquier disidencia, sino que ahora también es evidente que es un gobierno escandalosamente corrupto, que se trata de una élite envilecida que se ha hecho millonaria manteniendo al pueblo en la miseria. El chavismo está podrido.

prodavinciPero justo en el momento cuando el oficialismo parece haber perdido toda legitimidad, aparece entonces el gobierno norteamericano con nuevas sanciones económicas y Donald Trump le da a Nicolás Maduro algo de oxígeno, aunque sea oxígeno discursivo. Ya salió el Canciller Arreaza exigiendo a la ONU tomar medidas, diciendo que el gobierno va a “proteger al pueblo” del bloqueo financiero de los Estados Unidos. Quienes quebraron al país, ya tiene una simple pero eficiente explicación que dar. Y no hay que subestimar la narrativa anti imperialista. Menos en este continente, tan maltratado por la política exterior de Estados Unidos; menos con un personaje como Trump en la Casa Blanca. El gobierno por fin tiene al gran enemigo que tan desesperadamente estaba buscando.

Ya no hay que hablar de la inflación sino de invasión. Ya no hay que enfrentar la escasez de alimentos y de medicinas, las denuncias de corrupción, las masacres en las cárceles, el problemas los presos políticos… Ahora hay que organizar ejercicios de campaña, jornadas de entrenamiento para defender a la patria. El gobierno que se ha militarizado de manera feroz y vertiginosa tiene, por fin, la oportunidad de justificar ese proceso. Tal vez la mayoría de la población venezolana no crea en esta farsa. Pero el gobierno, igual, la repetirá y la difundirá. Es combustible retórico. A los paranoicos les ha llegado un perseguidor visible. El oficialismo vuelve a tener un argumento. Es mejor hablar del imperialismo que de los testaferros y de las cuentas bancarias en Suiza.

¿Cuánto puede, realmente, durar este guión? No es fácil saberlo. Quizás no demasiado. La tragedia real del país devora rápidamente cualquier espejismo. Pero sin duda es un refuerzo para la mentalidad de “contexto de guerra” con la que se maneja el oficialismo. Todo esto solo alimenta la vocación totalitaria de la Constituyente. Tanto la auto proclamada “Comisión de la Verdad” como el proyecto de ley contra el odio son ahora los instrumentos perversos para terminar de enterrar la democracia en el país. El gobierno que ha hecho de la opacidad su metodología, que ha ocultado todas las estadísticas e invisibilizado el dinero público, pretende ahora decretar qué es verdad y qué es mentira en el país. El gobierno que convirtió el odio en una política de Estado pretende ahora crear una legislación para combatir el odio.

¿Quiénes se erigen como la nueva conciencia nacional? Los mismos que han hecho negocios durante todos estos años. Los mismos que no reconocen el voto popular. Los que detienen a estudiantes, los torturan, los encarcelan. Los mismos que son responsables de las masacres de Barlovento o de Puerto Ayacucho. Los que te pinchan el teléfono. Los que secuestran. Los que te desaparecen. Los que te despiden del trabajo si no te pones la camisa roja o si no votas por ellos. Los que aparecen en televisión y te llaman escuálido, golpista, apátrida, maricón. Los que te suspenden los viajes y los conciertos porque dijiste algo que no les gustó. Los que tienen empresas fantasmas en otros países. Los que te han robado miles de millones dólares. Ellos ahora van a juzgarte. Van a definir tu futuro.

Lo primero que habría que hacer en Venezuela es hablar del odio institucional. De la manera en que el chavismo se instaló en el Estado como si estuviera reconquistando su territorio, como si expulsara a un enemigo extranjero de su casa. Llegó con la idea de quedarse para siempre. Y, desde ese nuevo poder, comenzó a instrumentalizar el odio en todos los espacios. ¿Acaso ya olvidamos el primer símbolo comunicacional en las campañas de Chávez? El puño alzado, golpeando la mano abierta ¿Qué era eso? ¿Puro cariño? ¿Ternurita de la buena?

Vicente Díaz señaló alguna vez que, pretendiendo eliminar la exclusión económica, el chavismo había creado una enorme y terrible exclusión política. Así fue. Y ahora, a su manera, aun con el control del poder, las consecuencias les llegan por donde menos esperaban: quien siembra exclusiones, cosecha escraches. Confieso que yo, en lo personal, me siento incómodo y rechazo cualquier situación de violencia. Sobre todo si involucra gente menor de edad o personas inocentes. Pero puedo entender que el escrache es en el fondo un estallido, una válvula de escape. Por eso mismo, también, quienes realizan estas acciones muchas veces se muestran algo descontrolados, nerviosos, más dispuestos a gritar cualquier cosa que a ordenar una frase coherente. Se trata de una catarsis defensiva. Con todos los riesgos que eso tiene. Es la reacción irracional ante tantos años de escrache oficial, ejercido días tras días, sin ninguna piedad, en contra de cualquiera. El odio no se regula con leyes. Es una dinámica. Un vínculo.

Cuando Diosdado Cabello habla de amor, ¿alguien le cree? Probablemente no. Probablemente, ni los suyos. Cuando Tarek Williams Saab invoca la justicia, ¿quién confía en él? Cuando Delcy Rodríguez menciona la verdad y el odio, ¿en qué pensamos los venezolanos? Nos roban millones de dólares, nos golpean, nos encarcelan… ¿y encima quieren que los amemos? Ni de vaina. Nosotros lo sabemos: la ley contra el odio es una ley para censurar, para reprimir a los ciudadanos y para proteger a los corruptos. La revolución sigue estando en el ventilador.

El legado de Chávez. De Rogelio Núñez Castellano

Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, el martes 22 en el Palacio de Miraflores en Caracas.

Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, el martes 22 en el Palacio de Miraflores en Caracas. Cristian Hernández (EFE)

Nicolás Maduro ha exacerbado los problemas estructurales del proyecto bolivariano.

AAEAAQAAAAAAAAlrAAAAJDhiZTA3ZDI3LTQyOTItNGVmYS1iNzVlLTVlMzQyOTIxZjNmNw

Rogelio Núñez Castellano es profesor del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá.

Rogelio Núñez Castellano, 24 agosto 2017 / EL PAIS

Crisis económica, miseria social y polarización política. Ese es el legado final que deja todo tipo de populismo, sea de izquierdas o de derechas. Ese es el panorama sobre el que se alza, en estos momentos, el Gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela. El heredero de Hugo Chávez encabeza un régimen que, en realidad, solo es la culminación de un proceso con antiguas raíces. Cabe preguntarse, como hiciera sobre Perú Zavalita, el personaje de Mario Vargas Llosa en Conversación en La Catedral, cuándo se jodió Venezuela.

el paisEl autoritarismo, escaso liderazgo y gruesos errores políticos y de gestión que acumula en su historial el presidente Nicolás Maduro provocan que sea contemplado como el principal culpable de todos los males que arrastra Venezuela. En verdad, los méritos de Maduro no son tan extensos: su Gobierno finalmente no ha hecho sino exacerbar unos problemas estructurales heredados de la presidencia de Hugo Chávez.

Chávez conquistó la presidencia en 1998 alzando la bandera de la lucha contra la corrupción y prometiendo cambiar el modelo en el que se sustentaba Venezuela: el clientelismo político, basado en los ingresos petroleros, y la monodependencia económica con respecto a la exportación de hidrocarburos. El régimen bolivariano, amparado en el auge de los precios de las materias primas desde 2003, no solo no cumplió con estas promesas sino que profundizó la dependencia con respecto al petróleo (que representa más del 90% de las exportaciones), las políticas clientelares (las famosas misiones) y añadió nuevos componentes (el “guerracivilismo” y el revanchismo social) a un cóctel que con el tiempo se ha demostrado explosivo. Ya en 2013, cuando falleció Hugo Chávez, Venezuela albergaba los gérmenes de su actual crisis institucional, política y socioeconómica que Maduro no se ha atrevido a afrontar y que ha contribuido a profundizar.

La época de la convivencia política, propia de la IV República (1959-1999), dio paso a la polarización y al enfrentamiento al dividir el país en bolivarianos y “pitiyanquis”, en lenguaje chavista. La politóloga Margarita López Maya recuerda que si “la atmósfera política de fines del siglo XX fue convulsionada, la de los primeros años del Gobierno de Chávez exacerbó aún más las tensiones… La polarización continúa deteriorando la convivencia pacífica y la calidad de la vida cotidiana… El discurso presidencial descalifica a los adversarios políticos: ‘Escuálidos’, ‘puntofijistas’ y ‘vendepatrias’ son algunos de los calificativos que se les endilga”.

La polarización continúa deteriorando
la convivencia pacífica y la calidad de la vida cotidiana

El desprecio al adversario y la intransigencia frente a las opiniones diferentes no son un invento de Maduro, que se ha limitado a llevar hasta el extremo lo que tanto utilizó su antecesor. Marcel Oppliger, autor del libro La revolución fallida. Un viaje a la Venezuela de Hugo Chávez, describía en 2011 cómo “Venezuela está partida en dos trincheras irreconciliables… Existe una gran odiosidad entre los venezolanos, separados, enfrentados y divididos entre chavistas y antichavistas. Antes copeyanos y adecos se detestaban pero eran capaces de convivir y reconocían la legitimidad del otro. Ahora eso no existe. El otro es el enemigo al que hay que convencer o destruir”.

De igual forma, el abuso de la norma, el personalismo y el manejo a su antojo de la Constitución y las instituciones es una estrategia de claro corte chavista. Hugo Chávez, tras ser derrotado en 2007 en un referéndum que buscaba legitimar su reelección indefinida, forzó la convocatoria de otra consulta, en 2009, para alcanzar lo que dos años antes había sido rechazado. Maduro, desde 2015, ha buscado de forma continua acabar con el único polo de oposición a su régimen, la Asamblea Nacional. Primero vaciándola de contenido y competencias gracias a una Sala Constitucional del Supremo controlada por el chavismo; y ahora convocando una Asamblea Constituyente que nace con el propósito de disolver el poder legislativo antichavista.

El futuro pasa por construir un proyecto de país consensuado por el chavismo y el antichavismo. Un proyecto que rescate la capacidad de diálogo de la época anterior a Chávez y que posea la preocupación social (pero sin clientelismo) que ha caracterizado al chavismo. Venezuela no será viable ni desde el elitismo de la IV república ni desde el populismo demagógico y autoritario de la V. Cualquier opción que se base en la exclusión conduce a prolongar la actual situación: la de un país dividido y enfrentado, con un Gobierno que legisla para una mitad contra la otra.

Nuevamente, pena propia. De Cristina López

Tengo pena propia de decir que vengo del país que, en calidad oficial, con la seriedad que las relaciones diplomáticas implican, reiteradas veces continúa acuerpando al gobierno dictatorial venezolano.

Cristina LópezCristina López, 7 agosto 2017 / El Diario de Hoy

No hay nada más incómodo que la pena propia. La ajena va acompañada de algo de misericordia y hasta piedad. La pena propia, la que viene de que la afiliación con el sujeto causal de la vergüenza, es imposible de negar, y el problema es que no por la afiliación se siente menos vergüenza. Ejemplo de lo anterior, es la sensación que algunos habrán experimentado, esa, como de haber tragado soda cáustica cuando notan que no solo sus papás decidieron llegar a buscarlos temprano a la fiesta, además llegaron en pijamas y decidieron bajarse a saludar. Dado que mis progenitores leen esta columna de vez en cuando, cabe aclarar que a mí nunca llegaron a buscarme a ninguna parte en traje de dormir, pero el ejemplo del evento de pena propia mantiene vigencia con independencia de si se ha experimentado o no.

EDH logEl mismo tipo de pena propia da, ante el mundo, ser salvadoreña en este momento. No porque no me enorgullezca mi país, mis raíces, nuestra historia riquísima de tradiciones y luchas, la familia y los amigos que dejé cuando emigré. Tengo pena propia de decir que vengo del país que en calidad oficial, con la seriedad que las relaciones diplomáticas implican, reiteradas veces continúa acuerpando al gobierno dictatorial venezolano. No solo acuerpando a sus gobernantes, sino acuerpando sus acciones antidemocráticas, como la amañadísima elección para elegir a los miembros de la constituyente. ¿Cómo es democrática, igualitaria, o plural una constituyente conformada exclusivamente por los secuaces de Maduro?

El gobierno salvadoreño, al “felicitar” al gobierno de Maduro, felicita también la extorsión con la que Maduro está oprimiendo a los venezolanos más pobres, que con tal de no perder los beneficios gubernamentales de los que dependen para subsistir, deben pagar el precio de continuar apoyando su agenda política. El gobierno salvadoreño, conformado por los miembros del FMLN, curiosamente llama imperialismo o dictadura a cualquier cosa menos a la de Venezuela, a la que obedecen ciegamente, incluso al punto de hacer ridículos internacionales. ¿Qué más imperialismo que el poder que aparentemente ejerce sobre el FMLN un gobierno extranjero (del que ni siquiera dependemos económicamente) aparentemente muy por encima de sus constituyentes salvadoreños?

Qué pena ser salvadoreña, sabiendo que cuando El Salvador “felicita” al gobierno de Maduro, está tácitamente también felicitando el arresto a empujones de Antonio Ledezma y Leopoldo López, con un cinismo que a estas alturas solo puede llamarse complicidad. Hela la sangre pensar que si tienen la capacidad de ignorar los abusos a los derechos humanos cuando pasan en cámara y se vuelven virales en internet, tendrán la misma capacidad de ignorarlos cuando sea su pueblo el que los sufre, siempre que ignorarlos les garantice réditos políticos.

Y la cosa con la pena propia cuando surge de las afiliaciones familiares es que por amor no queda más que sufrirla. ¿Pero sufrir pena propia por culpa de gente de la que podemos desafiliarnos sacándolos del gobierno mediante elecciones democráticas, transparentes y competitivas? De nosotros depende cambiarlo. Escojamos gente que, si no tiene solidaridad con la comunidad internacional, tenga por lo menos empatía por la cantidad de seres humanos sufriendo bajo la dictadura de Maduro.

@crislopezg