Maduro

Nuevamente, pena propia. De Cristina López

Tengo pena propia de decir que vengo del país que, en calidad oficial, con la seriedad que las relaciones diplomáticas implican, reiteradas veces continúa acuerpando al gobierno dictatorial venezolano.

Cristina LópezCristina López, 7 agosto 2017 / El Diario de Hoy

No hay nada más incómodo que la pena propia. La ajena va acompañada de algo de misericordia y hasta piedad. La pena propia, la que viene de que la afiliación con el sujeto causal de la vergüenza, es imposible de negar, y el problema es que no por la afiliación se siente menos vergüenza. Ejemplo de lo anterior, es la sensación que algunos habrán experimentado, esa, como de haber tragado soda cáustica cuando notan que no solo sus papás decidieron llegar a buscarlos temprano a la fiesta, además llegaron en pijamas y decidieron bajarse a saludar. Dado que mis progenitores leen esta columna de vez en cuando, cabe aclarar que a mí nunca llegaron a buscarme a ninguna parte en traje de dormir, pero el ejemplo del evento de pena propia mantiene vigencia con independencia de si se ha experimentado o no.

EDH logEl mismo tipo de pena propia da, ante el mundo, ser salvadoreña en este momento. No porque no me enorgullezca mi país, mis raíces, nuestra historia riquísima de tradiciones y luchas, la familia y los amigos que dejé cuando emigré. Tengo pena propia de decir que vengo del país que en calidad oficial, con la seriedad que las relaciones diplomáticas implican, reiteradas veces continúa acuerpando al gobierno dictatorial venezolano. No solo acuerpando a sus gobernantes, sino acuerpando sus acciones antidemocráticas, como la amañadísima elección para elegir a los miembros de la constituyente. ¿Cómo es democrática, igualitaria, o plural una constituyente conformada exclusivamente por los secuaces de Maduro?

El gobierno salvadoreño, al “felicitar” al gobierno de Maduro, felicita también la extorsión con la que Maduro está oprimiendo a los venezolanos más pobres, que con tal de no perder los beneficios gubernamentales de los que dependen para subsistir, deben pagar el precio de continuar apoyando su agenda política. El gobierno salvadoreño, conformado por los miembros del FMLN, curiosamente llama imperialismo o dictadura a cualquier cosa menos a la de Venezuela, a la que obedecen ciegamente, incluso al punto de hacer ridículos internacionales. ¿Qué más imperialismo que el poder que aparentemente ejerce sobre el FMLN un gobierno extranjero (del que ni siquiera dependemos económicamente) aparentemente muy por encima de sus constituyentes salvadoreños?

Qué pena ser salvadoreña, sabiendo que cuando El Salvador “felicita” al gobierno de Maduro, está tácitamente también felicitando el arresto a empujones de Antonio Ledezma y Leopoldo López, con un cinismo que a estas alturas solo puede llamarse complicidad. Hela la sangre pensar que si tienen la capacidad de ignorar los abusos a los derechos humanos cuando pasan en cámara y se vuelven virales en internet, tendrán la misma capacidad de ignorarlos cuando sea su pueblo el que los sufre, siempre que ignorarlos les garantice réditos políticos.

Y la cosa con la pena propia cuando surge de las afiliaciones familiares es que por amor no queda más que sufrirla. ¿Pero sufrir pena propia por culpa de gente de la que podemos desafiliarnos sacándolos del gobierno mediante elecciones democráticas, transparentes y competitivas? De nosotros depende cambiarlo. Escojamos gente que, si no tiene solidaridad con la comunidad internacional, tenga por lo menos empatía por la cantidad de seres humanos sufriendo bajo la dictadura de Maduro.

@crislopezg

 

Carta a Leopoldo López: Tu hora llegará. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 3 agosto 2017 / MAS! y El Diario de Hoy

Leopoldo:
Es la tercera vez que te dedico una carta. Publiqué una hace más de 3 años, cuando te entregaste a La Guardia, en la plaza pública, puño en alto. Llamo La Guardia a la Guardia Nacional Bolivariana, porque de nacional y de bolivariano no tiene nada. Y porque aquí, en El Salvador, La Guardia es símbolo de la maquinaria de represión de la dictadura militar, de la cual sólo nos deshicimos luego de 12 años de guerra civil. Ahora vemos en Venezuela las mismas escenas de La Guardia reprimiendo estudiantes en la calle para defender un régimen militar contra la ira de su pueblo. Espero que a ustedes no les toque una guerra civil para conquistar la libertad.

masLa segunda carta te la dediqué cuando estabas en huelga de hambre en la cárcel militar Ramo Verde, pidiéndote que no sacrificaras tu vida. Desde que te conocí, en el 2008, cuando todavía eras alcalde de Chacao, nunca he tenido duda que Venezuela necesita líderes como vos que la conduzcan para adelante y no para atrás.

Cuando luego de más de 3 años de cárcel te dieron arresto domiciliario, muchos decían: A este hombre ya lo compraron, canjeó su semi-libertad por la desmovilización del pueblo en la calle… Sólo gente que no te conoce podía pensar esto.

Y ahora te encarcelaron otra vez, llegaron a medianoche como suelen hacer los esbirros de dictaduras militares, para sacarte de tu casa, de tu familia. Igual pasó a Antonio Ledezma, que es otro que no se ha callado. Sabiendo el costo que esto iba a tener, ustedes EDH logaprovecharon su arresto domiciliario, no para desmovilizar la resistencia, sino para darles ánimo a los miles y miles de estudiantes, amas de casa y gente de los cerros que ya pasaron más de 100 días enfrentándose en las calles a la maquinaria represiva de Maduro. La verdad es que a Maduro no le quedaba otra opción: vos sos demasiado peligroso para no tenerte en la cárcel. Te sacó para bajar la presión que ya no aguantaba, en la calle y en el teatro internacional – pero la presión no bajó. Continúa la lucha de la gente en la calle –y la presión de los gobiernos democráticos del mundo, porque su objetivo y motivación no es liberar a Leopoldo o Antonio, sino liberar Venezuela.

Está jodido Maduro: Sos demasiado peligroso para él fuera de la cárcel, pero aun más peligroso encarcelado. El poder de los líderes opositores crece en la cárcel. Igual Maduro que no se atrevió a suspender su Constituyente, aunque está dividiendo sus propias filas chavistas, porque hubiera sido un triunfo para la oposición y de la calle – pero realizar su proyecto de imponer una constitución cubana también lo está acercando aun más al abismo. Maduro no tiene opciones. Vos sí: Sólo tenés que sobrevivir la cárcel, y tu hora llegará, tarde o temprano. Creo que temprano.

Resistí, Leopoldo. Aunque te vuelvan a someter al más hermético aislamiento, nunca estarás solo.

Un abrazo, tu amigo

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Nicolás Maduro tries to make thugocracy permanent in Venezuela: The Economist

An unpopular regime’s attempt to impose dictatorship could end bloodily.

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29 julio 2017 / THE ECONOMIST

the economistIT COULD almost be a piece of contemporary art, rather than a tool of political struggle. Overlooked by a mango tree heavy with blushing fruit, a rope is strung across Avenida Sucre as it climbs through a comfortable middle-class area towards the forested slopes of Monte Ávila overlooking Caracas. Arranged beneath it are two distressed wooden beams, two pallets placed vertically, a wheel hub, a rusting metal housing for an electric transformer and several tree branches. They form a flimsy barricade watched over by a couple of dozen local residents.

Why are they blockading their own street? “Because we want this government to go,” explained María Antonieta Viso, the owner of a catering firm. They were taking part in a 24-hour “civic strike” on July 20th, called by the opposition coalition, Democratic Unity (MUD, from its initials in Spanish). Down the hill, across innumerable such roadblocks, the sting of tear gas signalled clashes between demonstrators and the National Guard, a militarised police force. The strike, repeated this week, was part of “Zero Hour”—a campaign of civil disobedience aimed at blocking a plan by Nicolás Maduro, Venezuela’s president, to install a constituent assembly with absolute powers.

Mr Maduro claims that the assembly is the “only way to achieve peace”, to provide Venezuelans with social welfare and to defend the country against what he claims is an “economic war” launched by America (though he provides no evidence of this). “What they are trying to do is to install the Cuban model in this country,” retorts Ms Viso. “We will all be screwed even if we take to the streets. There won’t be private property, my business will go to the state.” The long battle over power and policy in Venezuela that began when Hugo Chávez was elected president in 1998 has reached a critical point. Both government and opposition believe that they are fighting for survival against a backdrop of a failing economy, rising hunger and anarchy.

Chávez, a former army officer, proclaimed a “Bolivarian revolution”, named for Simón Bolívar, South America’s Venezuelan-born independence hero. He, too, summoned a constituent assembly, which drew up a new constitution and which he used to take control of the judiciary and the electoral authority. For much of his 14 years in power he had the support of most Venezuelans, thanks partly to his charismatic claim to represent a downtrodden majority and to the flaws of an opposition identified with an uncaring elite. But above all the soaring price of oil gave him an unprecedented windfall, some of which he showered on social programmes in the long-neglected ranchos (shantytowns). A consumption boom, magnified by an overvalued currency, kept the middle class quiescent. He governed at first through a broad coalition of army officers, far-left politicians and intellectuals.

Angered by opposition attempts to unseat him and influenced by Fidel Castro, Chávez pushed Venezuela towards state socialism after 2007. Economic distortions accumulated, along with corruption and debt. Before he died of cancer in 2013, Chávez chose Mr Maduro, a former bus driver and pro-Cuban activist, as his successor.

From Chávez to Maduro

Mr Maduro, however, lacks Chávez’s political skills and popular support. And he has had to grapple with the plunge in the oil price. Years of controls and the takeover of more than 1,500 private businesses and many farms mean that Venezuela now produces little except oil, and imports almost everything else. The government is desperate to avoid defaulting on its debt, since that would lead to creditors seizing oil shipments and assets abroad.

Rather than reform the economy, Mr Maduro has simply squeezed it, applying a tourniquet to imports (see chart 1). The government has no clear strategy for external financing, and the fiscal deficit, mainly financed by printing money, is out of control, says Efraín Velázquez, the president of the National Economic Council, a quasi-official body. The result: “you can’t have growth and will have a lot of inflation.” Between 2013 and the end of this year, GDP will have contracted by more than 35% (see chart 2). What this means for most Venezuelans is penury.

Near Plaza Pérez Bonalde, a leafy enclave in the gritty district of Catia in western Caracas, 100 or so people, mainly women, queue up outside a bakery. They hope to get a ration of eight bread rolls for the subsidised price of 1,200 bolívares (less than $0.15 at the black-market exchange rate). “At least it’s something, because everything else is so expensive now,” says Sol Ciré, a mother of two. She is unemployed, having lost her job at a defunct government hypermarket. Her fate stems from a change of government strategy.

Generalised price controls had generated widespread shortages and embarrassingly long queues. Instead, the government has put the army in charge of a subsidised food-distribution system, known as CLAP and modelled on Cuba’s ration book. Up to 30% of families get this dole of staple products regularly, reckons Asdrúbal Oliveros of Ecoanalítica, an economic consultancy. They are chosen not according to need but according to their political importance to the government.

On the breadline

At the same time, the government has relaxed price controls (bread is an exception). In Catia’s main market, which spills into the surrounding streets, food is abundant, but pricey. A chicken costs 7,600 bolívares and bananas 1,200 a kilo. Most people don’t have dollars to change on the black market: they must live on the minimum wage of 250,000 bolívares. The result is that four out of five households were poor last year, their income insufficient to cover basic needs, according to a survey by three universities. Medicines remain scarce. Walk down many streets in Caracas and you may be approached by a beggar.

All this has taken a heavy toll on the government’s support. Mr Maduro won only 50.6% of the vote in a presidential election in 2013, a result questioned by his opponent, Henrique Capriles. In a parliamentary election in December 2015 the opposition won a two-thirds majority—enough to censure ministers and change the constitution.

In the government’s eyes, the opposition is bent on overthrowing an elected president—the aim of protests in 2014, after which Leopoldo López, an opposition leader, was jailed on trumped-up charges. In response, it has resorted to legal chicanery. If Chávez often violated the letter of his own constitution, Mr Maduro tore it up.

Before the new parliament took over, the government used the old one to preserve its control of the supreme court by replacing justices due to retire. The court then unseated three legislators, eliminating the opposition’s two-thirds majority. Mr Maduro has ruled by decree. The tame electoral tribunal quashed an opposition attempt to trigger a referendum to recall the president—a device Chávez put in the constitution. It postponed regional elections due to take place last December.

In March the court issued decrees stripping the parliament of all powers. That seemed to be because foreign investors take more seriously than the government a constitutional provision under which only the parliament can approve foreign loans. Although partially withdrawn, the decrees were the trigger for a confrontation that continues. They opened up fractures in chavismo—notably the public opposition of Luisa Ortega, the attorney-general since 2007 (who had jailed Mr López). Mr Maduro’s announcement on May 1st that he would convene the constituent assembly intensified both trends.

Chávez’s constitution was drawn up by a democratically elected constituent assembly, convoked by referendum. Mr Maduro is following a script from Mussolini. He has called the assembly by decree. It will have a “citizen, worker, communal and peasant-farmer” character, he said. What this means is that 181 members will be chosen by government-controlled “sectoral” groups such as students, fishermen and unions. Another 364 members will be directly elected, but in gerrymandered fashion: each of Venezuela’s 340 municipalities will choose one. Small towns are under the government’s thumb; cities, where the opposition is a majority, will get only one extra representative.

Datanálisis, a reliable pollster, finds that two-thirds of respondents reject the constituent assembly, more than 80% think it unnecessary to change the constitution and only 23% approve of Mr Maduro. At just two weeks’ notice, on July 16th almost 7.5m Venezuelans turned out for an unofficial plebiscite organised by the opposition. Almost all of them voted to reject the assembly, to call on the army to defend the constitution and for a presidential election by next year (when one is due).

Few doubt that the assembly will be a puppet-body and the vote on July 30th, which the opposition will boycott, will be inflated. The government counts on the 4.5m people who are employed in the public sector or in communal bodies. Those who fail to turn out risk losing not just their job but their CLAP food rations. Additional pressure to vote in chavista neighbourhoods comes from the colectivos—regime-sponsored armed thugs on motorbikes. Officials have said the assembly will not only write a new constitution but will assume supreme power, sacking Ms Ortega and replacing the parliament, whose building it will occupy. It will give Mr Maduro a slightly larger figleaf than the supreme court for a dictatorship of the minority.

Yet the president will find it hard to make this stick. “How do you govern the country with 75% against you?” asks Mr Capriles. “I think he’s trapped.” For the past four months the opposition has held almost daily protests. These have a ritual quality. To prevent demonstrators reaching the city centre, or blocking the main motorway through Caracas, the National Guard fires volleys of tear gas, buckshot—and occasionally bullets. Younger radicals, known as the “Resistance”, press forward, throwing stones from behind makeshift shields. Similar scenes take place across the country. Looting is commonplace. In these clashes, over 100 people have died. More than 400 protesters are now prisoners, including several opposition politicians. After the parliament named 33 justices to a rival supreme court on July 21st, the government arrested three of them.

Resistance isn’t futile

Mr Maduro has more worries. The first is his own side. Chavista strongholds are wavering. In the bread queue in Catia, several people say they are against the assembly. The opposition managed to set up voting stations for its plebiscite there: at one, a woman died when a colectivo fired on voters. “Some people have left us and gone over to the other side,” admits a local official. “But it’s very difficult for a chavista to support the opposition,” she adds. Chávez is still viewed favourably by 53% of Venezuelans, according to Datanálisis.

Rather, a new movement of “critical” or “democratic” chavistas, including Ms Ortega, several former ministers and recently retired generals, has publicly called for the scrapping of the assembly and the upholding of the constitution. When they held a press conference at a modest hotel on July 21st, some 300 regime supporters outside tried to drown them out with loud music and chants of “traitors”.

Then there is the army. The regime has co-opted it, turning it into a faction-ridden, politicised and top-heavy moneymaking operation, with more than 2,000 generals (where 200 used to suffice). Mr Maduro has given them control over food imports and distribution, ports and airports, a bank and the mining industry. Many generals have grown rich by buying dollars at the lowest official exchange rate of $1=10 bolívares, intended for food imports, and selling them at the black market rate of 9,000. Others smuggle petrol or drugs.

Murmuring in the ranks

An “undercurrent of muttering” among junior officers is checked by a network of political commissars and snoops installed by Chávez, says José Machillanda, of Simón Bolívar University in Caracas. At the top, several thousand Cuban security personnel guard Mr Maduro and the 30-40 leaders who form the regime’s core.

But the assembly has tested the army’s loyalty to Mr Maduro. He twice reshuffled senior ranks in the past two months. Caracas is alive with rumours of an impending pronunciamento, in which the army withdraws its support for the regime.

Another acute threat to Mr Maduro is the economy. The rot has spread to the oil industry, Venezuela’s mainstay. According to OPEC, since 2015 the country’s oil output has fallen by 400,000 barrels per day (or around 17%). This is the long-term price of Chávez’s decision to turn PDVSA, the once efficient state oil company, into an arm of the welfare state.

Foreign-exchange reserves hover around $10bn, according to the Central Bank. Economists expect the government to make $3.5bn in debt payments due in the autumn, but it will struggle to find the $8.5bn it needs to avoid default next year. China, a big paymaster, is reluctant to lend more. Russia may be Mr Maduro’s best hope, but it worries about getting entangled in possible American sanctions against Venezuela.

The fourth problem Mr Maduro faces is that the region has become less friendly to him. Chávez enjoyed the solidarity of other left-wing governments in Latin America. Many are no longer there, or have distanced themselves. Venezuela has been suspended from Mercosur, a trade group; it could be expelled if the assembly goes ahead, says Argentina’s foreign minister. The regime showed that it cares about its standing in the region by the big diplomatic effort it made in June to prevent its suspension from the Organisation of American States.

Many in Caracas assumed that Mr Maduro intended the assembly as a bargaining chip, to be withdrawn in return for concessions by the opposition. If so, he may be trapped by the forces of radicalisation he has unleashed. Diosdado Cabello, a retired army officer who is his chief rival within the regime, appears to see the assembly as his route to power. Back down now, and Mr Maduro risks losing face among his hard-core supporters.

Venezuela thus stands at a junction. One road involves a negotiation that might either fix a calendar for a free and fair election, or that might see Mr Maduro and other regime leaders depart. The opposition is mistrustful after talks brokered by the Vatican and José Luis Rodríguez Zapatero, a former Spanish prime minister, broke down last year when it quickly became clear that the government was not prepared to restore constitutional rule. Mr Zapatero was a conduit for a move that saw Mr López transferred from prison to house arrest this month. He is in Caracas again this week.

The city hums with rumours of a new mediation effort led by a shifting kaleidoscope of foreign governments. But conditions do not yet seem ripe. “The government sees the cost of leaving power as very high, that they would be destroyed and persecuted,” reckons Luis Vicente León of Datanálisis. The opposition is suspicious, too. “To return to political negotiations we have to have real signs that the government is prepared to change,” observes Freddy Guevara, the deputy leader of Mr López’s party.

Can anyone stop Mr Maduro?

That probably requires a military pronunciamento. But the army “looks at the opposition and doesn’t see any guarantees that they would be able to run the country”, says a foreign diplomat. The MUD has worked well as an electoral coalition, and its plebiscite was impressive. It has published a programme for a government of national unity. But, crucially, it lacks an agreed leader with a mandate to negotiate. “The opposition is stuck together with chewing gum,” says Mr León.

Anomie and anarchy

Barring a negotiation, the other route looks bleak. There is a growing sense of anomie and anarchy. On the opposition side, there is desperation in the self-barricading of its own neighbourhoods, an action which does little to hurt the government. Social media have been vital in undermining the regime’s control of information. But they also spread rumours and undermine moderation. Middle-class caraqueños are reading books on non-violent resistance. But on the streets many protesters express mistrust for the MUD. The “Resistance” is well-organised and trained. It would not be hard for it to take up arms.

For its part, the chavista block is splintering. The National Guard now raids properties in chavista areas at night, because they are being fired on by disgruntled residents. “There’s a growing attitude of ‘don’t mess with me’,” says Mr Machillanda.

Mr Maduro and his core of civilian leftists admire Cuba but they do not command a disciplined revolutionary state, capable of imposing its will across Venezuela’s vast territory. The 100 or so dead in the protests are fewer than are killed each weekend in lawless poor neighbourhoods. The “Bolivarian revolution” has created a state run by rival mafias and undermined from within by corruption.

“They could try to Cubanise the country,” says Mr Capriles. “But whether Venezuelans accept that is another matter.” Given the intensity of Venezuela’s confrontation, it has suffered remarkably little political violence. Sadly, that may now change. If Mr Maduro shuts down all hope of political change, it may take many more deaths to break the deadlock.

This article appeared in the Briefing section of the print edition under the headline “The mess tropical Marxism makes”

Así podría salvar Trump a Maduro. De Moisés Naím

Un bloqueo petrolero daría la coartada perfecta al chavismo.

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Moisés Naim, escitor y columnista venezolano

Moisés Naím, 23 julio 2017 / EL PAIS

El presidente Donald Trump y su equipo están considerando la posibilidad de prohibir la importación de petróleo venezolano a Estados Unidos. El cálculo de la Casa Blanca y otros en el Congreso es que esta sanción asfixiaría la economía venezolana y conduciría a la caída del régimen de Nicolás Maduro. Yo no estoy tan seguro. Veo la posibilidad de que esta medida más bien termine fortaleciendo al Gobierno de Caracas, debilitando a la oposición y agravando la crisis humanitaria que está devastando a los venezolanos.

el paisTrump ha anunciado que impondría severas sanciones económicas a Venezuela si Maduro lleva adelante su intención de convocar comicios para una Asamblea Constituyente. Los más de 500 diputados que saldrían elegidos, en un proceso tutelado y trampeado por el régimen, tendrían la misión de reescribir la Constitución. La fundada preocupación es que la intención de Maduro y sus socios cubanos es la de usar esta nueva Constitución —cuya redacción y aprobación controlarían— para imponer instituciones y políticas económicas como las que imperan en Cuba.

Por otro lado, más de siete millones de venezolanos que participaron en una consulta organizada por la oposición manifestaron su repudio a esta Constituyente. Diversos presidentes y expresidentes de América Latina y Europa, el secretario general de la Organización de Estados Americanos y múltiples organizaciones internacionales han exhortado al Gobierno de Caracas a que suspenda esta iniciativa. Pero Maduro y los suyos reiteran que el proceso es imparable.

De resultar esto cierto, Trump ha prometido sanciones más severas de las que ya hay. El enfoque adoptado por Barack Obama y continuado por Trump ha sido el de identificar con nombre y apellido a corruptos, narcotraficantes, violadores de derechos humanos y otros criminales que ocupan altos cargos en el Gobierno de Venezuela y en sus fuerzas armadas e imponerles fuertes sanciones personales. Pero en ciertos círculos de Washington y de la oposición venezolana estas sanciones son percibidas como insuficientes, y de ahí la propuesta de prohibir la importación de petróleo venezolano a Estados Unidos.

Ni los más fanáticos pueden defender ya
la revolución bolivariana sin hacer el ridículo

Hay tres razones por las cuales esta es una mala idea. La primera es que la experiencia histórica en materia de sanciones demuestra que los bloqueos o embargos económicos generales casi nunca logran su objetivo. Hacen sufrir más a la población pero no afectan a los gobiernos y a las élites que lo apoyan.

El caso de Cuba es el mejor ejemplo. En 1962, Estados Unidos le impuso un embargo comercial en respuesta a las confiscaciones de bienes de ciudadanos y empresas norteamericanos. Lejos de desgastar al régimen, su único efecto ha sido el darle una excusa para justificar la crónica catástrofe económica que sufre la isla.

Y hay más ejemplos. Lo que llevó al Gobierno de Irán a la mesa de negociación que culminó en el acuerdo que frenó su programa nuclear no fueron las sanciones económicas que pesan sobre el país desde hace décadas, sino nuevas y muy sofisticadas medidas de castigo dirigidas a altos funcionarios, a sus socios y a su sistema financiero. Vladímir Putin se queja de las sanciones generales que hay contra Rusia, pero mucho más de las que afectan específicamente a las finanzas de sus más cercanos colaboradores y oligarcas amigos.

La segunda razón es que el bloqueo petrolero es innecesario. Sus terribles efectos ya los ha creado Nicolás Maduro. La economía venezolana ha colapsado y desgraciadamente sigue en caída libre. Las reservas en el Banco Central están por debajo de 10.000 millones de dólares, una fracción de lo que deberían ser. La mayor parte de los alimentos, los insumos para producirlos o las medicinas hay que importarlos pagándolos al contado en moneda dura, ya que nadie le da crédito al Gobierno. La trágica realidad es que ya no hay suficientes dólares para importar lo que hace falta para nutrir y medicar adecuadamente a todos los venezolanos. Y esta tragedia la crearon Chávez, Maduro y sus aliados cubanos… solitos. Sin ayuda de Washington.

Y esta es la tercera razón. La tragedia venezolana tiene responsables muy claros. El mundo ya ha entendido que los venezolanos sufren por culpa de la oligarquía chavista que ha gobernado al país durante 18 años bajo la tutela de La Habana. Ahora ni siquiera los simpatizantes más fanáticos pueden defender los resultados de esa revolución bolivariana sin hacer el ridículo. Un bloqueo petrolero impuesto por Donald Trump sería una maravillosa y oportuna tabla de salvación política para Maduro. Trump sería presentado como el responsable del hambre de los venezolanos. Maduro ha venido denunciando la “guerra económica declarada por el imperio del norte contra Venezuela” como la causa de los males del país. El bloqueo petrolero le daría la coartada perfecta.

No lo haga, presidente Trump.

Escribir la historia. De Alberto Barrera Tyszka

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Fotografía de Leo Álvarez

Alberto Barrera Tyszka, 23 julio 2017 / PRODAVINCI

“Cuando desperté nada podía hacer: seis revólveres me apuntaban a la cara. Abrí un ojo. Un vistazo soñoliento, brumoso, parcial. Podía ser una pesadilla. Fracciones de segundo para saber que estaba preso. Debía hacer algo. Seis revólveres.”

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

No es el testimonio de un estudiante detenido injustamente en algún prisión del interior del país. Pero podría serlo. Tampoco es un fragmento de una carta de un preso político, llevado sin trámite legal y de madrugada desde su casa hasta El Helicoide. Las comillas con las que comienzo este domingo no fueron escritas en este tiempo y, sin embargo, dolorosamente, de pronto vuelven a formar parte de nuestro presente. Esas tres líneas con un hombre inocente frente a seis revólveres están en la primera página de una novela escrita por José Vicente Abreu en 1964.  “Se llamaba SN” es su título. Es un libro terrible y desolador, una denuncia sobre la brutal represión durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. SN era nombre del terror, las siglas designaban a la Seguridad Nacional.

prodavinciHoy en día no hay un solo cuerpo de destrucción, un solo nombre. Hoy está el SEBIN pero también está la Guardia Nacional Bolivariana, la Policía Nacional Bolivariana, la milicia, los grupos paramilitares…Actúan sin temor, sin remordimiento, como si la violencia contra civiles que protestan fuera algo natural, como si la represión, la tortura y el asesinato formaran parte de una nueva normalidad.

Quienes invocaron el Caracazo para rebelarse en contra de los poderes establecidos, han terminado reproduciendo miles de Caracazos cada día. Han profesionalizado la ejecución institucional en contra de la población. Han hecho de la masacre no un evento esporádico sino un procedimiento legal; una rutina uniformada, con permiso para liquidar ciudadanos. El chavismo, en vez de combatir la represión, la ha sacralizado. La violencia militar en contra del pueblo es ahora un acto heroico. Atacar entre 7 u 8 a un estudiante, golpearlo con todo y donde sea, dispararle…merece un bono, una condecoración. Hay que entender que la represión que hemos visto y padecido durante todos estos largos días no es un acontecimiento aislado, no es una reacción repentina frente a la multitud indignada. Es un sistema. El mismo sistema que se aplica en las OLP o en la nómina de las empresas públicas.  El mismo procedimiento que aprobó el CNE y que define las bases comiciales para la elección de la Constituyente.  El Estado como arma de exclusión y aniquilamiento.

Pero hoy el discurso legitimador es mucho más potente, más delirante. Ahora el poder desarrolla y trata de imponer, con mucha más fuerza, su propia justificación. Las dictaduras militares que azotaron a Suramérica en el siglo XX trataron de excusar su violencia denunciando la amenaza comunista. El gobierno de Maduro invoca ahora la amenaza derechista. Pero actúa de la misma manera. El SEBIN y la Fuerza Armada funcionan con los mismos patrones de comportamiento que el crimen organizado. No tienen ningún control. Secuestran ciudadanos. Los desaparecen dentro de los túneles de las fortalezas oficiales. Se mueven al margen de la ley. Y acumulan muertos.  Imponen una justicia propia, sin respetar a los tribunales civiles. Y llenan las cárceles de presos políticos…Y siguen repitiendo que todo lo hacen por la paz, por el futuro, por el progreso, por el amor al pueblo y a la patria. También así hablaba Pinochet. Eso mismo también dijo Videla.

El discurso oficial es otra versión de las mismas prácticas represivas del Estado. Es una bomba lacrimógena o una ráfaga de perdigones sobre el orgullo, sobre el derecho a protestar, sobre el ánimo, sobre el sentido común.  Te disparan pero, además, te llaman asesino. Te golpean pero, encima, te acusan de golpista. Todo tiene que ver con la misma estructura. El discurso también forma parte del mismo sistema de producción de muerte. Existe para confundir, para desesperar, para generar sensación de impotencia, rabia, locura. Cada palabra y cada pausa, cada cita y cada omisión, tienen un espacio y una función en la maquinaria. No es azaroso el silencio selectivo que practica con demasiada frecuencia el Defensor del Pueblo, por ejemplo. Es otra versión de la violencia. Una forma de tratar de darle un nuevo orden al caos.

Cuando Nicolás Maduro dice que la Constituyente traerá la paz y el reencuentro de todos los venezolanos, lo único que hace es bailar nuevamente sobre los muertos. Cuando asegura que la Constituyente es un milagro, que relanzará la economía, que nos dará una nueva identidad, no está en el fondo diciendo nada. Solo trata de distraer. Habla para evitar decir. Y, mientras tanto, en alguna oscura celda, hoy como ayer, una mano tal vez raya unas líneas sobre un papel y escribe la verdadera historia del país: “Cuando desperté nada podía hacer. Seis revólveres me apuntaban a la cara”.

Venezuela: el bosque avanza. De Ibsen Martínez

La oposición asesta un golpe decisivo que precipitará la disolución del régimen.

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Ibsen Martínez, escritor venezolana

Ibsen Martnez, 19 julio 2017 / EL PAIS

El domingo pasado fuimos a votar por el sí en el centro electoral de la calle 125B, al norte de Bogotá. La multitud que se congregó allí, al igual que la que votó en la Plaza de Bolívar, dejó ver cuán grande es la comunidad venezolana opositora residente en Colombia.

Aunque la consulta no pudo realizarse en Medellín y Barranquilla (populosas ciudades donde es también muy notoria la presencia de emigrantes venezolanos), y se redujo a la capital colombiana y a Chía, un municipio de la Sabana de Bogotá, la participación habló inequívocamente del enorme predicamento del que goza hoy la MUD entre el electorado venezolano, dentro y fuera del país.

el paisSegún cifras del Movimiento Libertador, la agrupación opositora que, exitosamente y en poco más de 15 días, organizó aquí el referéndum, alrededor de 30.000 venezolanos expresaron su rechazo a la fraudulenta elección de una Asamblea Constituyente convocada por Maduro para el 30 de julio. En las pasadas presidenciales venezolanas tan solo 3.000 ciudadanos venezolanos votaron en Bogotá.

Todos los que votaron esta vez lo hicieron atendiendo exclusivamente a llamados difundidos por las redes sociales. Así ocurrió también en toda Venezuela y en más de cien lugares del mundo donde viven venezolanos que optaron por emigrar.

Muchos observadores de la escena venezolana habían señalado unánimemente que la consulta, desconocedora del obsecuente colegio electoral venezolano, sería por ello no vinculante para Nicolás Maduro.

Esto pudo ser cierto, pero solo en la medida en que ningún resultado electoral adverso ha sido jamás vinculante para el trapacero régimen chavista. Pensaban los analistas, con razón, que no sería la primera vez que el chavismo desconociese un mandato electoral para seguir con vida.

Ahora, sin embargo, se advierte el enorme significado político que entrañan los resultados de la consulta del 16 de julio.

En una columna anterior señalábamos que entre las mejores virtudes de la convocatoria opositora estaba la de haberle roto sorpresivamente el servicio a Nicolás Maduro, luego de cien días de protestas pacíficas y casi otras tantas víctimas fatales de la violencia desatada por el sanguinario aspirante a dictador.

En efecto, así ha resultado, y hoy el desconcierto cunde en la cleptócrata oligarquía chavista. La oposición ha asestado un golpe decisivo que, sin lugar a dudas, precipitará en el futuro inmediato la disolución del régimen de Maduro.

Quizá la historia contemporánea del continente esté discurriendo demasiado rápidamente como para tomar nota de que el régimen dictatorial que propició Hugo Chávez va a ser derrotado por la creatividad política demostrada por los líderes demócratas, apoyada vivamente por la gran mayoría de los venezolanos, y no por la fuerza de las armas.

Resulta irónico que sea precisamente un referéndum, la provisión constitucional impuesta por Hugo Chávez como arma absoluta de la “democracia directa”, lo que haya nutrido la inteligentísima estrategia opositora venezolana: darle una precisa forma electoral y pacífica al derecho a la rebelión consagrado en el artículo 350 de la misma Constitución refrendaria que Chávez se hizo aprobar un día antes de comenzar a violarla.

Los resultados de la consulta, “no vinculantes” para Maduro, sí lo han sido para el resto del mundo. Ellos testimonian que la MUD no solo representa y dirige a la masa opositora, sino que tiene la musculatura organizativa capaz de derrotar la intimidación y la violencia, y conducir el rechazo a la Constituyente dictatorial.

Después del 16 de julio, el derecho a la rebelión ha cobrado forma electoral. Convocar a una huelga general que preludie el exilio de Maduro y un Gobierno de unidad nacional que convoque a elecciones generales no luce hoy en absoluto descabellado.

@ibsenmartinez