Maduro

Una mujer y un tanque. De Cristina López

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Caracas, 19 de abril 2017

Esa mujer representa a tantos ciudadanos. Los sueños de quienes esperan ver, en su misma generación, el restablecimiento de una república. La tanqueta representa el miedo — pavor espantoso — que le tiene el régimen de Maduro a los ciudadanos libres.

Cristina López, 24 abril 2017 / EDH

Independientemente de lo que haga falta o de lo que tenga que pasar para que en Venezuela regrese el estado de derecho y los principios que definen a una república, el 19 de abril pasará a ser recordado en los libros de historia. Por el tesón de los venezolanos. No de los que han cooptado las instituciones democráticas para servirse con cuchara grande, ni de los que continúan tapando el sol con un dedo y tratando de disfrazar de legitimidad a un gobierno que hace mucho dejó de ser representativo del electorado.

De los miles que el 19 de abril salieron a las calles en las principales ciudades de su país. De los que marchan, no para rendir pleitesía a un régimen que compra las lealtades explotando el hambre de su gente, sino para exigir cuatro cosas que parecen simples, pero de las que depende, no solo la democracia en Venezuela, sino la supervivencia de muchos venezolanos: que se inhabilite a los jueces pro-régimen que conforman la Corte Suprema de Justicia, la celebración de elecciones libres, ayuda humanitaria para comida y medicamentos, y por supuesto, la liberación de los presos políticos, como Leopoldo López.

A pesar de que lo que está pasando en Venezuela debería ser portada de los periódicos alrededor del mundo — pocas veces, desde la primavera árabe se ha visto una manifestación libre de semejantes proporciones — en Estados Unidos el tema se ha discutido poquísimo. Si se ha mencionado es a través de los reportes de periodistas latinoamericanos que han sabido incorporar la noticia a la saturadísima agenda de los medios políticos, o se ha reportado en conexión con la retirada de General Motors. El ángulo corporativo y la manera en la que la salida de General Motors afecta intereses estadounidenses ha logrado mención en las noticias, más no las violaciones a los derechos humanos de tantos venezolanos, a quienes les serviría que los países democráticos y sus medios pusieran presión en las instituciones existentes para que condenen al régimen de Maduro.

Tampoco se ha mencionado lo suficiente la paradoja impresionante que se deriva de que un régimen cuya población no tiene acceso a los servicios más básicos, haya donado medio millón de dólares para el evento de inauguración del presidente Trump, que no ha hecho mención alguna de la crisis venezolana. ¿Sabrá dónde queda Caracas, siquiera?

Para otras audiencias, la crisis venezolana se verá inmortalizada con la foto que merecidamente le ha dado la vuelta al mundo. Presenta a una mujer vestida con los colores de la bandera venezolana. Está sola, parada en medio de una calle desierta. Frente a ella, ilustrando la ridícula desproporción en el uso de la fuerza estatal venezolano, se encuentra una tanqueta, apropiada para las circunstancias de más alta belicosidad, más no para enfrentar la “amenaza” que representa esa sola voz, clamando por libertad para todos los venezolanos. Esa mujer representa a tantos ciudadanos. Los sueños de quienes esperan ver, en su misma generación, el restablecimiento de una república. La tanqueta representa el miedo — pavor espantoso — que le tiene el régimen de Maduro a los ciudadanos libres. Y más vale que tenga miedo: porque como esa mujer, hay millones.

@crislopezg

¿Mierda? De Willy McKey

Willy McKey. Poeta. Cronista. Articulista. Venezolano

Willy McKey, 19 abril 2017 / PRODAVINCI

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Un grupo de personas se arriesga a atravesar la endeble estructura de servicios para salvarse del estiércol, pero no todos caben ahí. Ya hay algunos que lograron cruzar y ahora deben superar la pendiente y confrontar a los efectivos que están en la otra orilla. Un grupo pequeño, en la imagen parecen ser cinco, se sujetan de los hombros e intentan superar la corriente pútrida. Otro grupo más pequeño está a punto de cruzar, pero se sujetan de una sola mano. Varios de quienes ya cruzaron se han virado, miran hacia quienes vienen detrás de ellos. Del lado derecho de la imagen están quienes todavía no saben cuál es la manera correcta de entrar en ese río para salvarse.

El miedo sólo podrá transformarse en asco allá, en la otra orilla.

¿Cuán cruel debe ser la represión para que unos manifestantes conviertan las aguas del río podrido que atraviesa Caracas en la única guarida, el único resguardo? ¿Cuán feroz puede ser el ataque como para que quienes huyen de aquello prefieran hundirse en la mierda?

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Carlos estuvo ahí. Él atravesó el río. Tuvo que hacerlo huyendo de la represión con bombas lacrimógenas con las cuales las fuerzas públicas impedían que la marcha avanzara hacia la Defensoría del Pueblo. Carlos cuenta que tuvo una sensación que nunca antes había tenido. Algo nuevo en el cuerpo. Tenía que salvarse y se lanzó al río. Se quitó la franela que llevaba para empaparla y la usó para aliviarse el ardor en los ojos, la nariz, el rostro. “Agradecí el agua podrida”. Luego caminó unos cien metros con la corriente llegándole hasta la cintura. Dice que mientras corría hacia el río vio ancianos que no sabían qué hacer. Gente indefensa, sin armas, que sólo quiere llegar una vez hasta la Defensoría del Pueblo como si la ciudad también fuera de ellos. El fondo del río es muy resbaloso. Y la corriente estimulada por todas las cloacas de la ciudad es fuerte. Muy fuerte. “Es mucha mierda”.

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El Partido Socialista de Venezuela difundió un meme cruel, macabro. Utilizó la misma foto de los manifestantes espantados hasta el punto de atravesar el río Guaire y le colocó un texto encima: “A Dios lo que es de Dios. Al César lo que es del César. Al Guaire lo que es Guaire” [sic.]. Usaron un hashtag para corregir la falta: #AlGuaireLoQueEsDelGuaire.

Ver el mensaje podría movilizar a cualquiera a preguntarse si ése era el espíritu de la militancia o si esta acción dos punto cero debía tomarse como una línea del partido. En segundos, en lo que parece una broma pesada de los bots, el Poder convertía la ofensa en un anuncio oficial: la cuenta del presidente Nicolás Maduro hizo retuit automático del mensaje.

Existe una máxima del arte de la guerra que aconseja escoger muy bien a los enemigos, porque es posible terminar transformado en algo que se les parezca después de la última batalla. ¿Qué fuerza puede mover a un partido de gobierno hasta el extremo de tratar al contendor político como estiércol, como mierda?

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Al Guaire lo que es del Guaire. En agosto de 2005, Hugo Chávez Frías invitó a quien todavía sigue siendo presidente de Nicaragua a bañarse en el río Guaire:

“El río Guaire será limpiado bajo mi gobierno y los caraqueños podrán navegar en él. […] Invito a todos a bañarnos en el río Guaire. […] Daniel Ortega, te invito a que nos bañemos en el Guaire el próximo año. La invitación es de la ministra [Jacqueline] Faría”.

Doce años después, el río Guaire sigue siendo un caudal de estiércol donde hacen vida indigentes, animales carroñeros y delincuentes. El dinero del presupuesto de la Nación y de entes como el Bando Interamericano de Desarrollo ha sido arrojado a las cloacas. Aun así, el partido de gobierno se atreve a confesar esta falta sólo por el brevísimo placer de ofender a sus contendientes políticos.

Así de escatológico.

Así de mierda.

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Después de caer varias veces y sentir el agua alcanzándole la cara, Carlos consiguió unas cabillas enterradas en el falso lecho del río. Las usó como apoyo y así logró salir por el lado del Farmatodo. Ahí estaba la Guardia Nacional. Al salir, empapado y son el pecho descubierto, levantó las manos para que no le dispararan. Carlos dice que prefería entregarse antes que volver a cruzar el río. Los efectivos se rieron de él. Entre ellos se decían “Dispárale, vale. Dispárale”. Ahí pudo ver que estaba cerca del puente de servicios. Arrancó a correr y aún así seguía escuchando a los guardias. Cruzó el puente y escapó hacia la otra orilla.

Tiene la cabeza rota por culpa de un bombazo. No pudo ver de dónde vino la lata que lo golpeó.

¿Carlos cree que esto valió la pena? ¿Cómo saberlo? ¿Cómo medir su experiencia con unas expectativas que jamás consideraron que tendría que hundirse en la mierda?

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En diciembre de 2007, Hugo Chávez Frías decidió utilizar la forma vulgar de referirse al excremento y convertirlo en vocería oficial. Lo hizo recordando una mítica entrevista al político (y poeta) griego Panagulis:

“Oriana Fallaci [en Entrevistas con la historia] interroga a Alekos Panagulis, en un diálogo maravilloso. Él le dice: Mira, cuando te acerques a esos grandes símbolos donde está la historia reflejada… los grandes escudos de armas… tú te acercas en torno a los cuales hay leyendas y glorias de los hombres de la historia pasada… tú te podrás acercar a esos escudos de armas y podrás ver que hay como una herrumbre. El tiempo convirtió cosas, materias, en una herrumbre. Y eso tiene dos componentes: sangre y mierda

Aquella fue la primera vez que Hugo Chávez sufrió una derrota electoral. Nueve años después de esta alocución disruptiva, quienes en 2007 eran líderes estudiantiles llegaron a la Asamblea Nacional como diputados electos en la victoria electoral más reciente de la oposición.

Desde entonces no ha habido más elecciones.

“¡Eso es! ¡Mierda! Y aquí lo que hay es dignidad. Dejen quieto al que está quieto. Sepan administrar su victoria, pero ya la están llenando de mierda. Es una victoria de mierda”.

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Una acción de calle nunca ha bastado para que un gobierno totalitario deje el Poder. Este tipo de acciones forman parte de lo que en la retórica política se conoce como “presión popular”. Y este tipo de acciones, por naturaleza, tiene objetivos concretos: demostrar capacidad para generar movilizaciones masivas, poner en evidencia los abusos de las fuerzas públicas y capitalizar el rédito simbólico de la acción para que los aliados naturales del Poder sientan que existe un nuevo equilibrio político.

¿Cómo puede medirse el éxito de una movilización como la del miércoles 19 de abril de 2017?

Haga el ejercicio de revisar los objetivos naturales de una acción como la convocada por la oposición. ¿Considera que, más allá del cerco mediático, la convocatoria fue exitosa y el liderazgo político acompañó a la militancia? ¿Considera que las acciones de las fuerzas públicas para impedir que la marcha llegara hasta la Defensoría del Pueblo fueron excesivas y desproporcionadas? ¿Considera que hubo nuevos elementos simbólicos involucrados, como presencia en territorios que antes no habían sido abordados por esta fuerza política? Finalmente pregúntese si esta acción puede motivar acciones similares capaces de las mismas conquistas, y usted podrá concluir si la acción tuvo éxito o no.

Ahora bien, notará que esta evaluación no tiene nada que ver con sus expectativas individuales ni con su experiencia singular de la acción de calle. Las expectativas individuales muy pocas veces están en completa sintonía con las conquistas colectivas. Y eso es bueno porque permite que los manifestantes siempre puedan exigir más al liderazgo y haya crecimiento político.

¿Y cómo saber si hay crecimiento político? También puede intentar medirlo mediante tres preguntas. ¿Siente que el colectivo ha aprendido algo? ¿Puede identificar elementos estratégicos nuevos que hayan sido exitosos? ¿Estaría dispuesto a acompañar una nueva acción convocada por las mismas fuerzas?

En efecto, una vez más la evaluación de una acción política no tiene nada que ver con sus expectativas previas a la marcha, sino con el análisis que haga después y con lo que pueda imaginar a partir del nuevo contexto político. Porque, aunque no es sencillo controlar nuestras expectativas, ésa es la única manera de prevenir el desgaste que genera la frustración.

Y, al menos para la oposición, repetir la receta de la frustración política en un clima político como el que ahora determina el rumbo político en Venezuela no sería sino eso: una mierda.

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El mismo día en que su líder político hablaba de diálogo y paz, el partido se burlaba de la dignidad de unos manifestantes que sólo deseaban llegar a la oficina del Defensor del Pueblo, martirizados hasta el extremo literal de verse hundidos en excremento.

¿Qué significa que un pueblo esté dispuesto a atravesar el Guaire para seguir protestando, para manifestar su desacuerdo con el Poder, para salvarse?

¿Cómo leer que el liderazgo opositor, después de que parte de su militancia atravesara agua podrida, se atreva a convocarla para repetir el empeño de llegar a la Defensoría del Pueblo el día siguiente?

¿A qué puede tenerle miedo Carlos, después de haber cruzado el río dos veces para poder contarlo?

¿Qué habrá después?

¿Más mierda?

Quizás no la suficiente.

Al menos no tanta como ocultar que el partido de gobierno fue capaz de convertir el sufrimiento de un grupo de ciudadanos en un cruel juego de palabras, en un chiste escatológico, en una victoria de mierda.

Y eso no puede interpretarse sino como un estruendoso fracaso político, histórico.

¿Es esto el tiempo convirtiendo la revolución en herrumbre? ¿En sangre? ¿En lo mismo?

 

La caligrafía de los tomates. De Alberto Barrera Tyszka

Alberto Barrera Tyszka, guionista, escritor y columnista venezolano

Alberto Barrera Tyszka, 16 abril 2017 / PRODAVINCI

Como si se tratara de una película extranjera, que ninguno de nosotros puede comprender, Aristóbulo Istúriz se presenta en la televisión como un gran intérprete, queriendo traducirnos y explicarnos lo que ocurrió en San Félix.  Lo que ustedes vieron no es en realidad lo que ocurrió. Lo que pasa es que la gente en Guayana es muy rara. Se expresan de otra forma. Tienen sus puntadas de rabo, pues. Ellos cuando quieren expresar su amor, te lanzan cuanto tengan al alcance de su mano: un huevo, una pelota de béisbol, un pimentón,  una concha de plátano, lo que sea. Esa gente es así, chico, yo los conozco. Mira, a ellos no les gusta escribir en papeles, ni están pendientes de los emails, ni nada de eso. A ellos les encanta mandar mensajes con tomates. ¡Ah, pues! Yo soy maestro. Por eso te lo estoy diciendo. Ese día, a Nicolás,  lo que le estaban tirando era pura correspondencia, puros mensajes de amor en clave tomate perita: ¿no es una maravilla? Pero, claro, si ustedes no los conocen, se confunden. Ven cualquier imagen medio distorsionada por la derecha televisiva y, listo, luego piensan que las cosas son de otra manera. Pero no. Las vainas no fueron así. Yo que se los digo. Cuando un guayanés te quiere mucho, te persigue, te lanza cosas, te grita, te manda pal carajo ¡Esa es su forma de expresar amor!

Como si todos los venezolanos fuéramos ciegos, como si nada más tuviéramos media neurona despierta debajo del pelo, el Ministro Vladimir Padrino de pronto pretende reinventar los días de feroz represión que hemos vivido con una nueva y sorprendente declaración. Después de gastarse todas las bombas lacrimógenas del inventario, de repente descubre que manifestar pacíficamente es un derecho consagrado en la Constitución que no se puede tocar “ni con el pétalo de una rosa” ¿Qué dice, entonces, el General?  Que no nos están atacando. Que todo es un espejismo. Que no sabemos ver bien lo que ocurre. Que esos militares que disparan y que golpean, en el fondo, no nos están reprimiendo. Todo lo contrario: nos están defendiendo ¿Por qué no nos damos cuenta? ¿Por qué confundimos los abrazos con coñazos?  Los 470 arrestos, las 180 personas que aun están detenidas, todo eso es pura protección. No le presten atención a las denuncias de tortura de los hermanos Sánchez. Eso también es para defenderlos. Lo nuestro es pura prevención.

Como si todos no conociéramos ya la rutina, Tarek El Aissami anunció ayer que el oficialismo realizará el próximo 19 de abril “la marcha de las marchas”. Lo dice como si fuera una novedad. Como si nadie hubiera escuchado a la MUD convocar con anterioridad a una concentración en esa misma fecha. Como si nadie en este país supiera lo que ocurre y cómo se organiza, desde el Estado, toda la participación popular en los actos pro gobierno. El Vicepresidente llama al diálogo, invoca la democracia, exalta la diversidad, pero advierte que “hasta ahora” lo que ha convocado la oposición son “actos terroristas de carácter violento y criminal”. No como los nuestros, por supuesto. No como nuestros muchachos de los colectivos, siempre dispuestos a evitar conflictos en la ciudad.

Como si no le importaran las angustias de los otros, Nicolás Maduro intenta día a día  convencernos de que nuestra vida es una ficción. El hambre no existe. La escasez es una truco de la imaginación. La inflación solo es una fantasía. Aquí todo está bien. Aquí la estamos pasando chúpili. No se dejen marear por la derecha y sus inventos. Esas colas son pura paja. Aquí hay de todo. Aquí hay hasta para regalar. No se los estoy diciendo: ya estamos a puntico de ser potencia. Lo que pasa es que ustedes aun no se han dado cuenta. Van pal cielo y van llorando, como dicen. Tienen que bajarle dos al estrés. Tienen que hacer como yo. Bailen salsa. Colúmpiense sobre la realidad. Engorden. Acepten la enorme felicidad que tenemos y déjense llevar por ella. La vida es bella ¿No ven el estado de plenitud en el que estamos y vivimos siempre Cilia y yo?

Nunca antes, en Venezuela, un gobierno se burló  tan cruelmente de las necesidades del pueblo. Han ignorado las preocupaciones y problemas de las mayorías. Peor aun: se han reído del dolor de la gente. Han hecho chistes públicamente, negando la realidad, minimizando las tragedias cotidianas de millones de venezolanos. Y encima, todavía, siguen mintiendo. De manera patética, insensible. Insisten en negar lo que ocurre. Se aferran al engaño, quizás piensan que es lo único que puede salvarlos.

¿Se puede creer en ellos? ¿Se puede creer en un gobierno que cierra las estaciones del metro para evitar que la democracia sea participativa y protagónica? ¿Se puede creer en un poder que controla los medios de comunicación para invisibilizar la realidad, para impedir que el pueblo sea noticia?

En las sociedades sin transparencia, sin datos claros, sin auditorías,  comienzan a aparecer otros indicadores estadísticos: el descontento popular, las protestas, también la represión…Mientras el oficialismo siga empeñado en no leer lo que ocurre, seguirá hundiéndose en su propio fracaso y continuará, también, creciendo la indignación y el rechazo. La caligrafía de los tomates es cada vez más clara.

¿Puede el mundo ayudar a que Venezuela revierta su trágica caída libre? De Abraham F. Lowenthal

Manifestantes en medio de un ataque con gas lacrimógeno durante una protesta contra el gobierno en Caracas, el jueves 6 de abril. Credit Cristian Hernandez/EPA

Abraham F. Lowenthal, profesor emérito en la Universidad del Sur de California, fue el director fundador de la organización Inter-American Dialogue y del Programa de América Latina del Wilson Center.

SANTA MÓNICA, California — La semana pasada, con la decisión del Tribunal Supremo de Venezuela de usurpar las funciones de la Asamblea Nacional elegida democráticamente, Venezuela tomó otro giro negativo, aunque la sentencia haya sido parcialmente rescindida unos días más tarde.

Esta decisión fue solo el ejemplo más reciente de que el gobierno venezolano está atacando a la oposición y la disidencia. Ha encarcelado a algunos líderes políticos opositores e intimidado a otros; impidió el referendo revocatorio constitucional; pospuso indefinidamente las elecciones municipales y gubernativas, y anuló sistemáticamente la separación de poderes… todo mientras el deterioro económico y social del país se agrava cada día. El ataque del gobierno a la Asamblea Nacional podría ayudar a que la oposición promueva la protesta popular, pero es difícil saber cuánto tiempo durará y cuánto puede lograr.

En este momento, es urgente que los venezolanos consideren si la influencia externa podría ayudar a revertir la caída libre del país, y de qué manera lo haría. La participación internacional a veces puede facilitar la resolución pacífica de conflictos nacionales aparentemente incorregibles, pero esto requiere una estrategia clara y un esfuerzo continuo.

La democracia no es un bien que pueda exportarse, debe hacerse crecer local y nacionalmente. Sin embargo, los líderes nacionales legítimos y de confianza pueden importar el apoyo y la experiencia internacionales para alcanzar la democratización. Esto sucedió con la campaña antiapartheid en Sudáfrica y con el apoyo internacional a la democracia en Chile, Polonia, España, Indonesia y Filipinas.

Algunos de los venezolanos que están buscando ayuda extranjera suelen esperar demasiado y demasiado pronto. Un grupo ha estado presionando a Estados Unidos para que imponga sanciones para obligar a Caracas a ceder, pero funcionarios estadounidenses experimentados han enfatizado los riesgos y la probabilidad de que el intervencionismo sea contraproducente.

“Es urgente que los venezolanos consideren
si la influencia externa podría ayudar a revertir
la caída libre del país, y de qué manera lo haría”

Otros han respaldado las iniciativas del secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, de suspender a Venezuela del grupo por un desacato a las normas democráticas. Los sucesos más recientes han incrementado considerablemente la preocupación en torno a Venezuela en todo el continente americano, pero puede que no se reúnan los dos tercios de votos necesarios para la suspensión. Aunque Venezuela fuera expulsado, no habría un impacto concreto más allá de aumentar el sufrimiento de la población venezolana, y podría empeorar las cosas al aplastar la disidencia dentro del régimen y aislar aún más a Venezuela de la influencia internacional.

Las expectativas irreales de la oposición acerca del papel de un grupo de presidentes designados por la Unión de Naciones Sudamericanas y por el Vaticano contribuyeron a la decisión de interrumpir el “diálogo” impulsado a finales de 2016. La Mesa de la Unidad Democrática, coalición de los partidos de oposición venezolanos, trató de aprovechar el diálogo para obtener concesiones del gobierno que no pudo lograr por sí misma, perdió la confianza en los facilitadores internacionales cuando no produjeron resultados rápidamente y no pudo mantener protestas populares importantes.

El gobierno, por su parte, utilizó el diálogo principalmente para frenar las ganancias electorales de la oposición. Ninguna de las partes parecía dispuesta a explorar intereses compartidos, identificar qué conflictos podrían resolverse o considerar los compromisos que podrían abrir el camino a posibles soluciones. Los acuerdos de transición en otros países han involucrado concesiones y acuerdos negociados en cuanto a las disposiciones constitucionales, los arreglos gubernamentales provisorios, el papel de las fuerzas armadas, las amnistías, la justicia de transición y, a veces, incluso el reparto del poder.

Estados Unidos, Colombia, Cuba y otros países del Caribe quieren estabilizar las exportaciones de petróleo de Venezuela y evitar el aumento de la violencia, una ruptura del orden constitucional y más oleadas de refugiados. China también quiere estabilidad para asegurarse de que Venezuela pague los cuantiosos préstamos que le ha otorgado. Muchos en América y otros lugares tratan de evitar la violencia y la precariedad masiva. Algunos se preocupan profundamente por la protección de los derechos humanos básicos, entre ellos la gobernabilidad democrática, pero intentan evitar un intervencionismo contundente que podría provocar problemas más profundos y resentimientos duraderos.

La medida indispensable para conseguir una participación internacional constructiva es que los líderes de la oposición fortalezcan su causa internamente. Para lograrlo, es necesario concebir una visión atractiva del futuro de Venezuela, como lo hicieron de forma convincente la oposición al general Augusto Pinochet en Chile, y Nelson Mandela y el Congreso de la Nación Africana en Sudáfrica. Las fuerzas de oposición deben hacer más que denunciar al gobierno actual. Deben superar rivalidades personales y formar una coalición unificada, no solo para ganar poder, sino para gobernar. También deben mantener el apoyo popular y un enfoque preciso para preservar la constitución.

“Las fuerzas de oposición deben hacer más
que denunciar al gobierno actual.
Deben superar rivalidades personales
y formar una coalición unificada,
no solo para ganar poder, sino para gobernar.”

Al mismo tiempo, deben idear acercamientos que le ofrezcan una vía de escape al régimen. Esto puede requerir la promesa de que no habrá represalias aun cuando se reconozca y proteja a las víctimas de las violaciones a los derechos humanos. Deben preparar planes para restaurar el orden público mientras garantizan el control civil democrático de las fuerzas de seguridad. Además, deben presentar propuestas creíbles para restablecer el crecimiento económico mediante la participación de inversionistas nacionales y extranjeros mientras atienden las necesidades de los pobres.

En todos estos ámbitos, la comunidad internacional puede ofrecer aportes: puede abrir un espacio para el reconocimiento mutuo y la intercambio de ideas; facilitar acceso a expertos en asuntos clave; hacer presión y ofrecer incentivos a los participantes; brindar formación y asistencia técnica a los grupos políticos, a las organizaciones de la sociedad civil y a las fuerzas de seguridad, y ayudar a resolver materialmente la crisis humanitaria.

El fin del autoritarismo venezolano no ocurrirá hasta que al menos un sector importante dentro del gobierno perciba que se requiere un cambio. La amonestación de la fiscal general contra la acción del Tribunal Supremo, la cual ocasionó el retroceso parcial de la corte, indica que ya hay divisiones dentro del régimen chavista. Los que están abiertos al cambio necesitan estar seguros de que esto no implicará graves riesgos para el país ni para quienes han actuado conforme a la ley.

Una transición de la actual crisis de Venezuela a un futuro mejor puede estar más cerca que en los últimos meses, aunque puede que todavía no esté muy cerca. Mientras tanto, podría ser útil una mayor atención al desarrollo y la coordinación de estrategias para una transición no violenta.

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Todo golpe tiene una historia. De Alberto Barrera Tyszka

Simpatizantes de la oposición participaron en una protesta en Caracas, el 8 de abril de 2017 Credit Christian. Foto: Veron/Reuters

Alberto Barrera Tyszka es un escritor, guinista y columnista venezolano

Alberto Barrera Tyszka, 8 abril 2017 / THE NEW YORK TIMES

Los líderes del chavismo han declarado que jamás abandonarán el poder. Ni ahora, ni mañana, ni nunca. ¿Cómo pueden lograrlo si cada vez tienen menos popularidad? Dando un golpe de Estado desde el interior del Estado. Controlando la legalidad para usarla en contra de sus adversarios. Eso es lo que viene ocurriendo desde hace tiempo en Venezuela.

Las elecciones que debieron realizarse el año pasado están suspendidas, ni siquiera tienen fecha. Todos los poderes públicos han sido tomados por el partido de gobierno. Los altos mandos de las Fuerzas Armadas se han declarado, también, militantes del oficialismo. La inhabilitación política a Henrique Capriles Radonski, dictada ayer, es una última muestra de la desesperación de un gobierno que se ha quedado sin pueblo. En Venezuela hay una élite política que, antes que perder sus privilegios, está dispuesta a prohibir la democracia.

Hay una historia que es importante recordar. Ocurrió el 23 de diciembre del año 2015. Unos días antes, el chavismo había sufrido su primera derrota histórica en unas elecciones y la oposición había obtenido un contundente triunfo en los comicios parlamentarios. La nueva Asamblea Nacional, que debía empezar a sesionar el 5 de enero del año siguiente, tendría mayoría opositora. Pero faltaban dos semanas para esa fecha. Y el chavismo todavía dominaba el parlamento.

Un día antes de navidad, en una sesión fuera del calendario de sesiones parlamentarias, la mayoría del oficialismo designó 13 nuevos miembros y 21 nuevos suplentes para el Tribunal Supremo de Justicia de la nación. De esto no habla la canciller Delcy Rodríguez cuando vocifera en la OEA denunciando satánicas conspiraciones.

El líder opositor y excandidato presidencial, Henrique Capriles Radonski ofreció una rueda de prensa en Caracas, el 7 de abril de 2017. Ese día, las autoridades venezolanas inhabilitaron a Capriles para ejercer cargos públicos durante 15 años. Credit Federico Parra/Agence France-Presse — Getty Images

Fue entonces cuando, en un acto lleno de irregularidades, donde incluso uno de los candidatos a juez también era diputado y —por tanto— votó por sí mismo, los chavistas dieron un golpe y empezaron a construir la crisis institucional que hoy vive el país. Fue una maniobra que terminó de consolidar su control absoluto sobre la justicia en Venezuela.

La gran mayoría de los miembros designados ese día no cumplen con los requisitos que establece la ley para formar parte del máximo tribunal. Pero todos cumplen con una exigencia fundamental: son devotamente leales al partido de gobierno. Esa fue la verdadera reacción tras el resultado electoral. Ante la simple posibilidad de la alternancia, el chavismo respondió manipulando la legalidad para desconocer el voto popular. Decidieron enfrentar la democracia con violencia institucional.

Sin separación de poderes y sin elecciones, la democracia en Venezuela es un espejismo muy frágil. El gobierno pretende ampararse en la constitución para violar la constitución. Detrás de su discurso de izquierda, invocando una supuesta “revolución”, actúa cada vez más como las antiguas dictaduras de derecha del continente.

Desde el inicio, la nueva Asamblea Nacional, con mayoría opositora, estuvo herida. Antes aun de ejercer el poder había sido despojada de su verdadero poder. Las estadísticas no pueden ser más evidentes: desde enero de 2016, el Tribunal Supremo de Justicia ha emitido más de 50 sentencias en contra del parlamento, cancelando o rechazando cualquiera de sus acuerdos o promulgaciones.

En el pasado mes de septiembre, el tribunal sentenció que todas las decisiones y acciones que se tomen o se produzcan en el parlamento son nulas. Esta pugna ha llevado, incluso, a que en estos momentos los diputados de la Asamblea Nacional tengan meses sin cobrar sus sueldos. Esto tampoco lo menciona Delcy Rodríguez cuando habla en la OEA.

La canciller venezolana denuncia un “linchamiento mediático diplomático” y asegura que todo el conflicto se debe los intentos del parlamento por “derrocar al gobierno”. Probablemente, al inicio, la oposición no haya actuado con inteligencia política. Su dirigencia creyó que con dominar el parlamento podría forzar la salida de Nicolás Maduro de la Presidencia de la República mediante el referendo revocatorio.

El presidente Nicolás Maduro sostuvo un crucifijo entre sus manos mientras hablaba en una reunión en Caracas, el 6 de abril de 2017 Credit Reuters

Pero un error político no es un delito. Los diputados opositores tan solo se propusieron activar un mecanismo que está en la constitución. Antes que eso, posiblemente, debieron desactivar el secuestro que mantiene el chavismo sobre las instituciones. En ese momento, debieron plantearse —desde diferentes espacios de lucha— comenzar a recuperar la independencia de los poderes públicos en el país.

A través del Tribunal Supremo de Justicia, el gobierno de Nicolás Maduro ha conseguido que el efecto del éxito electoral de la oposición se evapore, que la mayoría no sea la mayoría, que la democracia sea tan solo una gimnasia retórica. Con el control institucional, el oficialismo mantiene la apariencia de legitimidad mientras actúa como una dictadura. Promueve el diálogo mientras suspende las elecciones. Acepta la mediación del Vaticano para aumentar la represión y el número de presos políticos.

Es, al mismo tiempo, el policía malo y el policía bueno. Invita a la oposición al diálogo, al camino de la democracia, y después asegura que la oposición jamás volverá al poder: “ni por las buenas ni por las malas”. Así ha logrado conseguir que la bipolaridad política tenga una aparente coherencia discursiva.

Pero esto tampoco lo cuenta Delcy Rodríguez en la OEA. A la canciller le parece bien que el Tribunal Supremo de Justicia haya suspendido al parlamento. Piensa que se trata de un ejercicio correctivo ante una nueva conspiración. Aunque celebra las protestas contra Macri en Buenos Aires, cree que las protestas populares que se realizan en Caracas carecen de legitimidad, que solo buscan derrocar al gobierno y que deben ser reprimidas.

Delcy Rodríguez dice en la OEA que Venezuela tiene los mecanismos para resolver las “discrepancias” entre los poderes. Habla como si un golpe institucional fuera un impasse, un simple malentendido.

Manifestantes opositores se enfrentaron con la policía durante una protesta contra el gobierno de Nicolás Maduro sucedida en Caracas, el 6 de abril de 2017. Credit Juan Barreto/Agence France-Presse — Getty Images

Después de las elecciones parlamentarias de 2015, el gobierno de Maduro realizó un enorme fraude poselectoral. Lo que perdió en las urnas lo recuperó con oscuras maniobras, controlando los poderes públicos. El oficialismo ha convertido la democracia en una gran estafa. Ha transformado a las instituciones en bandas de sicarios judiciales, destinadas a liquidar a sus adversarios políticos.

Por eso los venezolanos están en las calles. Reclamando que se les devuelva el poder de sus votos. Exigiendo que se cumpla la constitución. Mientras no se logre desactivar el control oficial sobre las instituciones; mientras no exista un poder electoral distinto, capaz de cumplir con el calendario establecido aunque no le convenga al gobierno; mientras no haya un nuevo Tribunal Supremo de Justicia independiente, no habrá posibilidad de diálogo y de futuro.

Seguirá sin haber democracia en Venezuela.

La única salida de Venezuela. Editorial El País

Maduro debe liberar inmediatamente a los presos políticos y convocar elecciones presidenciales con observación internacional.

Protesta en Caracas contra el gobierno de Maduro. FEDERICO PARRA AFP

Editorial, 5 abril 2017 / EL PAIS

Liberación inmediata de todos los presos políticos y celebración de elecciones presidenciales bajo observación de la Organización de los Estados Americanos (OEA). Esta es la única salida viable que le queda al mandatario venezolano, Nicolás Maduro, para enmendar la doble violación de las normas constitucionales que ha protagonizado en la última semana y que es fruto directo de la forma autoritaria que el chavismo tiene de concebir el poder.

La primera fue cuando el pasado 29 de marzo el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, que él controla, anunció que asumía todas las competencias de la Asamblea Nacional, democráticamente elegida y con mayoría de la oposición. Es decir, Maduro anulaba el poder legislativo. La segunda, cuando unas horas después y ante el clamor tanto interior como exterior que denunciaba un golpe de Estado incruento, Maduro “exhortaba” al tribunal a dar marcha atrás en su decisión, cosa que, naturalmente, este hizo. Es decir, desde la presidencia se forzaba al poder judicial a cambiar una resolución que apenas momentos antes el mismo Maduro consideraba plenamente ajustada a derecho y justificada. Contradicción en estado puro que prueba lo que queda de la separación de poderes y el Estado de derecho en Venezuela y la impunidad con la que se maneja el régimen.

Hay que resaltar que no ha habido vuelta atrás alguna. La Asamblea Nacional ha sido privada de sus funciones por el chavismo desde mucho antes de que el Tribunal Supremo anunciara la apropiación de sus funciones. Desde el 11 de enero del pasado año la presidencia y el poder judicial, es decir, el oficialismo chavista, considera nulas sus actuaciones. La revocada sentencia del Tribunal Supremo no era más que el último clavo en el ataúd del sistema democrático de separación de poderes.

Maduro no se esperaba encontrar una respuesta tan contundente especialmente desde el ámbito internacional y aún menos desde un foro multilateral como es la OEA, que tiene poder para ejecutar medidas directas contra el régimen. Pero no se trata de castigar a los venezolanos, que ya sufren una penuria sin parangón en la historia del país, sino de permitirles expresar libremente su opinión sobre el futuro de su país. Y esto pasa indefectiblemente por celebrar unas elecciones en libertad, con garantías y sin coacciones.

Venezuela: GOLPE AL PUEBLO. De Fernando Mires

JULIO BORGES, presidente de la Asamblea Nacional venezolana, rompiendo la sentencia del Tribunal Supremo de Justicia que anula las facultades del parlamento

Fernando Mires, 1 abril 2017 / POLIS

Llámenlo como lo llamen – golpe al parlamento, golpe blando, golpe seco, golpe incruento, golpe de estado, golpe en el estado – lo cierto, lo evidente, lo claro, es que el gobierno de Nicolás Maduro y el grupo que lo rodea, llevó a cabo, apoyado en un TSJ -cuyos miembros fueron elegidos a dedo por el propio gobierno- un golpe a todo el pueblo venezolano. Hecho que solo encuentra algunas similitudes con el “fujimorazo” del 1992 en el Perú, delito que Fujimori todavía paga con cárcel.

Lo que no esperaba el grupo que rodea a Maduro, camarilla que gobierna autonomizada del propio partido de gobierno, fue el imponente rechazo de la OEA, de la gran mayoría de los gobiernos y parlamentos latinoamericanos, de los EE UU y de la UE. Tampoco contaban con la disposición unitaria de la mayoría de los partidos de la MUD para defender a la Asamblea. Ni con la impresionante actitud del presidente de la AN, Julio Borges, quien haciendo uso de la dignidad de su cargo, llamó a la ciudadanía a las calles a defender a su único organismo de representación: a esa Asamblea que ha llegado a ser el parlamento del pueblo.

La declaración hecha por la fiscal general de gobierno, Luisa Ortega Díaz, bautizando como inconstitucional la atrocidad cometida por el grupo civil-militar de gobierno a través del TSJ, sorprendió a todo el mundo. No importan por el momento las razones por las cuales la señora decidió dar paso tan importante. Sea por el arrepentimiento de una persona que ve confrontada la esencia de su profesión, sea por una maniobra buscada por Maduro para -a través de la fiscalía general- retroceder ante la avalancha de protestas nacionales e internacionales, lo cierto es que el chavismo ya no puede ocultar las profundas grietas que lo atraviesan. Si esas grietas llegan hasta las FAN, es por el momento sospecha o hipótesis. Pero quienes conocen a la fiscal, aseguran que ella nunca va a dar una batalla sola. Las palabras de su texto no dejan duda, además, de que están dirigidas a una fracción en el poder. Probablemente a las mafias que controla Diosdado Cabello. Dijo Ortega Díaz:

“En recientes decisiones signadas con los números 155 y 156 de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia se evidencian varias violaciones del orden constitucional y desconocimiento del modelo de Estado consagrado en nuestra Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, lo que constituye una ruptura del orden constitucional. Es mi obligación manifestar ante el país mi alta preocupación por tal evento”

El gobierno, si todavía tenía alguna gota de legitimidad, después de las declaraciones de la fiscal terminó por perderla dentro de sus propias filas. Maduro, o quienes actúan en su nombre, aunque ahora lleve a cabo -dicho en su jerga- un “retroceso táctico”, buscaba despojar al pueblo de su soberanía. Ese es el hecho objetivo. El 30-M tuvo lugar un intento de crimen de Estado.

Vanos y grotescos serán los intentos realizados por Maduro y el Consejo Nacional de Defensa para desmarcarse del golpe al pueblo. Basta recordar que pocas horas antes de que Maduro comenzara a dar muestras de tardía rectificación, dos testaferros del mismo Maduro, Aristóbulo Istúriz y Hermann Escarrá, habían ya justificado el golpe con argumentos seudopolíticos y seudojurídicos. El primero acusando de golpista nada menos que a la AN (¡!) El segundo postulando una ridícula teoría de acuerdo a la cual el TSJ es entendido como un poder supraestatal.

Algunos políticos latinoamericanos y europeos se manifestaron sorprendidos por el golpe. No así quienes han seguido con atención la línea del régimen, entre ellos, el Secretario General de la OEA, Luis Almagro. Para quienes conocen la historia reciente de Venezuela, la inhabilitación de la AN fue solo el acto final de un proceso que comenzó cuando el régimen declaró la nulidad del revocatorio (RR16), alternativa introducida en la constitución por el propio gobierno de Chávez. El segundo paso golpista fue la negativa del gobierno Maduro a convocar a las elecciones regionales del 2016. La inhabilitación de la AN, o tercer paso, no fue más que la consecuencia lógica de los dos primeros pasos.

En otra palabras, el golpe al pueblo no fue realizado de repente sino en tres capítulos: El robo del referendo revocatorio (RR), la supresión de las elecciones y las inhabilitación de la AN. El del 30-M fue entonces el resultado de un golpe progresivo y planificado. Eso significa para la oposición que ninguna promesa de dialogo puede ser aceptada si el gobierno no restituye el curso constitucional dando rápido curso a todas las elecciones previstas. Pero no elecciones como promesa vacía o vaga, sino con calendario en mano y con fechas muy precisas e impostergables. Sin prontas elecciones, la AN, institución fundada sobre las elecciones, continuará siendo una institución proscrita aunque Maduro y sus secuaces hagan un simulacro de rectificación.

Si la oposición accede a un diálogo sin previa existencia de una condición tan elemental como es la celebración de elecciones libres y soberanas, no solo cometería un acto de torpeza como ocurrió durante el diálogo que siguió al robo del RR. Sería, además, un acto de abierta colaboración con el régimen dictatorial.

Un proceso democrático, para que exista, debe ser pacífico, constitucional y electoral. Ruta que, por lo demás, no impuso la oposición a la ciudadanía sino la ciudadanía a la oposición. La prueba es que, hasta ahora, los grupos ultrarradicales y los grupos colaboracionistas continúan siendo, dentro de la oposición y en todo el país, absolutas minorías.

Elecciones ahora y ya. No hay otra salida para la oposición. Para el gobierno, quizás, tampoco.

Nota: estas líneas han sido escritas sobre la marcha de acontecimientos que se precipitan hora a hora. Tienen, por lo mismo, un carácter y un sentido provisorio. Ya vendrán los tiempos en los cuales podremos desarrollar teorías con más precisión, profundidad y calma.

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