Maduro

Un retrato violento. De Alberto Barrera Tyszka

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 18 junio 2017 / PRODAVINCI

Luisa Ortega Díaz los tiene locos. Las respuestas del oficialismo solo han logrado demostrar, de manera rápida y bastante obvia, que las denuncias de la Fiscal son ciertas.  Las reacciones del poder han sido tan importantes como las propias actuaciones y declaraciones del Ministerio Público.  Ellos solitos, de forma instantánea, sin mediar ningún tipo de discernimiento, se han delatado, han hecho evidente que la democracia no les interesa, que no creen en la independencia de las instituciones, que su plan es quedarse en el gobierno para siempre.  El madurismo ha resultado el coctel político más letal de toda nuestra historia.  Combina lo peor de nuestro presente con lo peor de nuestro pasado.  No solo ejerce la violencia del Estado en todas las direcciones sino que, además, la premia, la glorifica.

De un día para otro, la Fiscal General de la República pasó a ser el enemigo público número 1 de los poderosos. Esa élite, esos privilegiados que pueden adquirir dólares baratos, que consiguen comida y medicinas,  que tienen escoltas y pasaportes;  esa minoría que ya no quiere contarse, ahora acaba de decretar que Luisa Ortega Díaz es “indigna”, “fascista”, “corrupta”, “traidora”, “jefa de la oposición”….y que además está loca (“insanía mental”, según Pedro Carreño),  es cómplice de todo lo que ocurra (“anima la violencia”, según Jorge Rodríguez), y por lo tanto es responsable de todas los homicidios que se produzcan en las manifestaciones (según Tarek El Aissami).  Casi todos los altos líderes de la casta se han pronunciado. Diosdado Cabello ya afirmó que “la Fiscalía no es un poder” y sugirió una purga futura, amenazando con “revisar” el Ministerio Público con detalle. “Uno a uno”.

Mientras en Telesur, una abogada constitucionalista, supuesta experta en el tema,  afirma que el TSJ debería abrir una investigación por “falta de ética” en contra de la Fiscal,  el oficialismo introduce en el mismo máximo tribunal una petición de antejuicio de mérito y la solicitud para prohibir la salida del país de Luisa Ortega Díaz. Si alguna persona, de dentro o de fuera, tenía alguna duda sobre cómo el madurismo ejerce el poder en Venezuela,  la forma en cómo se ha actuado en contra de la Fiscal es una confesión contundente. Una prueba irrefutable de una legalidad secuestrada, de un sistema que no es confiable.  Sin darse cuenta,  la reacción de la dirigencia oficialista en contra de la Fiscal le ofrece al país un subtexto muy claro: toda la institucionalidad es una estafa.  El mensaje es nítido: la legalidad no importa. O haces lo que yo digo, o te jodo.

La foto de Pedro Carreño frente a Mikel Moreno es un testimonio para la historia. Todo forma parte de una secuencia, filmada en video, retratada para su publicación. Es una puesta en escena.  Los dos posan, sin demasiada gracia, como niños en la escuela, unidos por un diploma. Ninguno parece tener mucho entusiasmo. Solo están tratando de otorgarle solemnidad a una pillería. Y ambos lo saben. Pero necesitan  que el disimulo continúe. Ni siquiera se están viendo fijamente. Hay algo esquivo en sus posturas, en sus miradas. Sus cuerpos se juntan en un documento insostenible. Es el retrato de una mafia que pretende ser legítima, que aspira a sobrevivir a su propia historia delictiva. En vez de disfrazarse de pistoleros, se disfrazan de diputados y de jueces. Curiosamente, desde el fondo, el retrato de Bolívar parece sonreír de medio lado.  Su imagen cruza entre ambos, saboteando el instante.

En todas estas respuestas ante la actuación de la Fiscal General, se va conformando un argumento para rechazar más aún el proyecto de la Constituyente.  Aquí están. Míralos. Escúchalos. Estos son los que pretenden cambiar el marco legal del país. Estos son los que supuestamente defienden la independencia e invocan el respeto a la diversidad. Estos son lo que hablan de imparcialidad. Estos son los que critican el sesgo en las instituciones. En ellos debemos creer.

Tanto que mencionan a Chávez y, tal vez, ahora vale la pena recordarles estas palabras: “Hoy tenemos una gran concentración del poder porque unas cúpulas se fueron adueñando  del poder judicial y del legislativo y lo manipulan y lo usan a su antojo. Y lo mismo ocurrió con la Fiscalía, con la Contraloría. En Venezuela lo que ha funcionado no es una democracia sino una tiranía de pequeñas cúpulas partidistas, sectores horrorosamente corrompidos que destrozaron a Venezuela”.  Lo dijo en Cartagena, en mayo de 1999.  Pero la frase calza perfectamente con el momento actual, con el gobierno de Nicolás Maduro. Con su proyecto constituyente.  Podría ser la leyenda perfecta para la imagen de Carreño y Moreno.  No es el registro de un acto legal. Todo lo contrario. Es en verdad una advertencia, una intimidación.  Es un retrato violento. La legalidad como amenaza.

 

Banda de ladrones. De Fernando Mires

Sin la justicia ¿qué serían de verdad los reinos sino bandas de ladrones? ¿Y que son las bandas sino pequeños reinos? (San Agustín, La Ciudad de Dios)

Fernando Mires, 11 junio 2017 / TALCUAL

El general Vladimir Padrino López declaró a José Vicente Rangel (El Universal 29/5/17) que “la crisis tendría solución hoy mismo si hubiese voluntad política y que el problema es de los políticos, no de la fuerza Armada, ni de la Iglesia ni de los empresarios”

Un observador poco avisado podría llegar a la conclusión de que el general dijo una verdad tan grande como un camión. Y deducido, además, que la culpa de la tragedia venezolana reside en los políticos “de ambos lados”; incapaces de llevar a cabo un diálogo constructivo frente a diferencias fáciles de resolver.

Sin embargo, cualquiera que siga con atención los acontecimientos venezolanos, podrá darse cuenta de que la verdad del general tiene el tamaño de una hormiga. Pues esa verdad esta construida sobre la base de tres grandes mentiras.

La primera es que uno de los supuestos interlocutores no puede ser un interlocutor político pues ha roto definitivamente con la política como medio de comunicación. En el hecho, quienes gobiernan son políticos- antipolíticos.

La segunda mentira es que hay un tema de discusión. Lo que existe es algo distinto: un dilema: si Venezuela va a ser regida por una Asamblea Constituyente impuesta por un grupo muy reducido o por la Constitución aprobada por la ciudadanía el año1999 bajo el gobierno del presidente Chávez.

La tercera mentira dice que la solución se encuentra en manos de los políticos. Quizás pudo haberlo estado alguna vez. Pero en los momentos en que Padrino dio la entrevista, cualquiera solución pasa por las manos de los militares. Militares que, al igual que los civiles del régimen, son consumados políticos de la anti-política

Intentaré a continuación extraer la verdad de esas tres mentiras.

De acuerdo a la primera mentira el régimen estaría formado por políticos dialogantes. Eso no es así. No como insulto, sino dicho en el estricto sentido de San Agustín, el régimen esta formado por “una banda de ladrones”. Si un director de cine decidiera hacer un filme sobre los últimos días del gobierno Maduro, podría titularlo perfectamente: “El régimen de los cinco robos”.

El primer robo ocurrió después del triunfo del 6-D. Mediante la creación de un TSJ formado por militantes del PSUV, el gobierno procedió a robar las atribuciones del Parlamento. Con ello robó, además, las competencias legislativas de la AN, eliminó la posibilidad del diálogo interpartidario y desconoció el dictamen derivado de la ciudadanía popular.

El segundo robo fue el del Referendo Revocatorio del 2016, procedimiento inscrito en la Constitución por voluntad del propio presidente Chávez.

El tercer robo fue el del Diálogo Nacional, diálogo al que accedió la oposición solo porque entre los mediadores estaba el Vaticano. Nadie podía prever que Maduro manipularía al Papa para frenar las movilizaciones desencadenadas por el robo del Revocatorio. El daño provocado por Maduro a la comunidad cristiana venezolana ha sido enorme. Sus verdaderas dimensiones todavía no han sido evaluadas.

El cuarto robo fue nada menos que el de las elecciones regionales pautadas para el 2016. Con ese robo, el régimen destruyó los restos de democracia formal que pervivían en el país.

Por último, la imposibilidad de frenar constitucionalmente a las elecciones, llevó al régimen a cometer el quinto robo: el más terrible de todos, el que nunca puede cometer un gobierno. No solo robó pedazos de Constitución como lo venía haciendo. Robó a toda la Constitución.

El país, ya nadie lo puede ocultar, está gobernado por una banda de ladrones.

La segunda mentira de Padrino, la que supone que existen objetos a negociar entre “los políticos”, no es más que un derivado del robo de la Constitución.

Como militar, Padrino sabe que lo único que no se puede negociar es la Constitución. La Constitución es una, es indivisible y es intransable. La Constitución es el acta fundacional que constituye a la nación. La Constitución es la nación puesta en forma. La Constitución es el vínculo que une a los ciudadanos con el Estado. Anular a la Constitución es traicionar a la patria.

Desde el momento en que Maduro intenta sustituir a la Constitución por una Constituyente de inspiración fascista, ha pasado a ser un presidente anti-constitucional. ¿Cree el general Padrino que con buena voluntad se puede negociar la Constitución de todo un país?

Destacados constitucionalistas han sometido el proyecto de la Constituyente a intensos exámenes. Todos, coincidiendo con la impecable presentación de la fiscal Luisa Ortega Díaz, han determinado que se trata de un texto ilegítimo e ilegal, tanto en su origen como en su contenido y sentido.

En su origen, porque no ha nacido de una comunicación entre gobierno y pueblo (la verdad, nunca nadie salió a la calle a pedir una Constituyente). En su contenido, porque altera la progresión democrática de los derechos humanos. Y en su sentido, porque su objetivo principal es la anulación del sufragio universal.

Hay incluso confesiones de partes que eximen pruebas. Con la Constituyente, dijo Isaías Rodríguez, liquidaremos a la oposición. Con la Constituyente, dijo Diosdado, terminará la inmunidad política. Con la Constituyente, dijo Iris Varela, acabaremos con la Fiscal y la Fiscalía.

Así ha quedado revelada la verdadera intención del régimen: la Constituyente de Maduro no tiene otro propósito que no sea impedir por todos los medios la elecciones democráticas, es decir, el derecho más elemental de todos los pueblos de la tierra.

La Asamblea Constituyente de Maduro/Cabello certifica el nacimiento de una nueva dictadura militar – sí Padrino, militar- en América Latina. Hasta la Constitución de 1980 dictada en el Chile de Pinochet puede ser vista hoy como un primor democrático comparada con la que intenta imponer Maduro.

La tercera mentira emitida por el general Padrino aparece cuando afirma que la solución se encuentra en mano de los políticos y no de los militares. Mentira muy grande si se tiene en cuenta que Padrino es miembro de la Junta Cívica Militar formada por Maduro. Padrino, como otros generales, aunque practican una política anti-política, son militares políticos ocupando puestos políticos.

Fue el mismo Maduro quien expuso con su brutalidad acostumbrada la relación entre la Asamblea Constituyente y las FANB. Ocurrió cuando dijo: “O Constituyente o guerra”. A diferencia de otras, esta no fue una simple bravuconada. Pues una guerra solo puede ser realizada entre dos. O entre el ejército contra la ciudadanía en las calles, o entre un ejército dividido entre constitucionalistas y maduristas. ¿Cómo puede ser llevado a cabo un diálogo político con un presidente que amenaza a su pueblo y a su ejército con guerras?

Sin embargo, hay un punto en el cual el general Padrino tiene cierta razón. Es cuando dice “la crisis podría solucionarse hoy mismo si hubiese voluntad política”. Efectivamente, el mismo general Padrino, con un poco de voluntad política, podría resolver la crisis en muy poco tiempo. No con un golpe militar (¿para qué?, los militares están en el poder) Bastaría que dijera solo una frase. Esa frase es: “Las FANB solo reconocen la vigencia de la Constitución de 1999, la misma que juramos defender”. Ni una sola palabra más.

Al día siguiente de ser pronunciada esa frase, la paz volvería al país. No habría más muertos sangrando por las calles. Los niños irían a las escuelas, novias y novios se besarían en los parques, los políticos comenzarían a prepararse para las próximas elecciones, y el ejército sería respetado, no por haberse puesto al servicio de una banda de ladrones, sino por haber cumplido con su deber, acatando la letra y el espíritu de esa Constitución que una vez fue chavista y hoy es de todos.

No basta denunciar atrocidades; hay que impedirlas. Para eso hay que decir solo una frase. ¿Por qué Padrino no pronuncia esa frase? ¿Intoxicación ideológica? ¿Negociados ilícitos? ¿Falsas y absurdas juramentaciones? ¿O todo a la vez? Los historiadores, en un muy próximo futuro, lo descubrirán.

San Agustín tenía razón: sin justicia (sin Constitución) los reinos (los gobiernos) son simples bandas de ladrones.

Un electrón libre. De Alberto Barrera Tyszka

Fotografía de Marco Bello para REUTERS

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 4 junio 2017 / PRODAVINCI

La imagen se cuela debajo de tus ojos. No sabes cuándo la viste. ¿Fue esta mañana, en un tuit, después de cepillarte los dientes? ¿Te la mandó tu hermana por teléfono? ¿O la imaginaste con brutal nitidez cuando, al final de la tarde, la comentaron en la radio? La imagen sigue ahí. Tras tus párpados. Titilando. Aún a las doce de la noche. Es la espalda de un muchacho que no llega a los 20 años. Está llena de hoyos. Disparos. Alrededor de cada agujero la piel se levanta. Parece un retrato de ciencia ficción. Cuando despiertas en la mañana, la imagen sigue ahí. Se ha mudado dentro de ti. Y duele. Y se queja. Y cruje. Y tú sientes ese dolor, ese ay, ese crujido. Tú sientes la impotencia, la rabia, el ácido. Cómo arden las lágrimas antes de salir.

Todos los muertos, todos los heridos, todos los detenidos, son nuestros huéspedes.

Viven en nosotros. Siguen moviéndose dentro de nuestro cuerpo. Inquietos. Preguntan. Protestan. No pueden descansar. No conocen la paz. Siguen diciendo sus nombre. Tercos, testarudos. Son la memoria de la vida en contra de toda la publicidad oficial, en contra de toda la propaganda que diariamente distribuye el poder.

¿Qué suena más? ¿Una cadena o el nombre de César Pereira, de Paola Ramírez o de Juan Pernalete? ¿Qué vale más? ¿Qué tiene más rating? ¿Un programa pagado en la televisión de los poderosos o todos los gritos y los llantos que repican noche a noche en los barrios populares?

Llevamos más de 60 días de violencia. El Estado actúa como si el pueblo fuera un enemigo. Como si su derecho a manifestarse no fuera legítimo. Basta ver lo ocurrido esta semana en La Vega o en El Valle. Ahora el oficialismo piensa que la democracia participativa y protagónica es una conspiración. Por eso necesitan la Constituyente. Están buscando un nuevo marco legal que les permita traicionarse sin pudor. Necesitan una nueva Constitución para prohibir al pueblo.

El oficialismo continúa igual. No está dispuesto a cambiar nada. La única oferta del gobierno es la simulación. Te propongo aparentar que este método electoral es democrático. Te propongo aparentar que, después de la Asamblea Nacional Constituyente, tendremos un referendo consultivo. Te propongo aparentar que aquí no pasa nada, que la solución es el diálogo. Pero mientras tanto, no se ahorra una sola bala. Sigue disparando. Día a día. Cada vez con más saña. Llevamos más de 60 muertos en este tránsito. El Estado actúa como si estuviera de cacería.

Esta semana, en una entrevista a la agencia EFE, Antonio Benavides Torres, Mayor General de la Guardia Nacional Bolivariana, declaró que el comportamiento de sus soldados durante todo este tiempo ha sido “muy profesional e impecable”. No ha visto él nada de lo que tanto denuncian. No tienes bajo sus ojos las imágenes que la mayoría de los venezolanos tenemos. El Mayor General Benavides Torres está tranquilo, satisfecho. Piensa que todo es culpa de la oposición. Cree que las multitudes en las calles responden a una sola vocación, a un plan de “golpe suave”, dictado por una manual extranjero.

Escuchas a Benavides Torres y algo tiembla tras tus pupilas. Sientes que se quema un grito entre las cuerdas vocales. Recuerdas el rostro ensangrentado y desfigurado del obrero que recibió una bomba lacrimógena. Ves de nuevo, sobre la pantalla de la memoria, los demasiados videos donde soldados golpean, abusan, roban, detienen… entre varios e impunemente a cualquier ciudadano. Aquí hay un país indignado, desesperado, que ya no sabe cómo estallar. Pero el Mayor General Benavides Torres no se entera. Ni se inmuta. Apenas reconoce que, quizás, “uno o dos” funcionarios pueden haber cometido algún “exceso”. Nada más. Y, además, los considera una excepción, un “electrón libre” en medio la combustión que existe.

Un electrón libre es un átomo o una molécula que anda por la libre, que se desprende de la estructura a la que pertenece y actúa un poco por su cuenta. Así explica y resuelve Benavides Torres todo lo que ocurre. Así define lo que te duele, lo que no te deja dormir, las ganas de llorar que te esperan apenas despiertas cada mañana.

No es cierto. Un electrón libre es una fantasía mediocre. Una ofensa. La mayoría de los venezolanos hemos visto, vivido o padecido los excesos de la represión militar. Su violencia no es una excepción. Es una orden. Es un método. Es un plan. Es un proyecto de sumisión, de muerte. Nadie puede venir ahora a maquillar esta historia. Es imposible contarnos otra versión. Vive aquí adentro. Aquí se mueve. Nosotros somos todos nuestros heridos, nuestros detenidos; todos nuestros muertos.

La función ha terminado. De Sergio Ramírez

Maduro amenaza con entregar armas a sus partidarios, pero su guerra ya está perdida.

Policías antidisturbios durante una protesta en Caracas contra el régimen de Maduro. LUIS ROBAYO AFP

Sergio Ramírez, novelista y columnista nicarguense, fue vicepresidente en el primer gobierno sandinista

Sergio Ramírez, 3 junio 2017 / EL PAIS

Un amigo que ha visto el vídeo donde aparece Nicolás Maduro empuñando una poderosa arma de guerra, de esas de las películas de Van Damme, me explica que se trata de un fusil automático Fara 83. Lo sabe porque participó en la guerra de los ochenta en Nicaragua entre contras y sandinistas, que costó más de 30.000 muertos.

Maduro, que aparece sentado en una plataforma móvil, demuestra su ignorancia en cuanto a armas, afirma mi amigo: tiene la mano izquierda colocada en medio de la manivela de recarga, y lo menos que le puede pasar apenas hiciera el primer disparo, es que se le desgonce el dedo.

Quien desconoce cómo se manipula un fusil que tiene una cadencia de tiro de 750 cartuchos por minuto, puede causar una verdadera mortandad; excepto que sus subalternos le hayan entregado el arma descargada al comandante supremo de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Y mientras apunta el cañón hacia arriba, como si buscara aviones enemigos en el cielo de Caracas, dice:

“De estas podemos llevar unas 10.000 o 20.000 a todos los barrios, los campos, para defender el territorio de Venezuela, la patria, la soberanía, junto con otro tipo de armamento que estamos preparando en secreto para poder moverse en los barrios, campos, todos lados”. No me culpen de la prosa de Maduro; lo único que hago es transcribir sus palabras enardecidas de héroe de película de guerra.

Para un hombre acosado, que ve como el mundo se desmorona alrededor suyo, estos alardes no deben tomarse a risa. También habló del “derecho histórico de combatir en todo el territorio americano. Nadie nos quitaría ese derecho… retroceder nunca, rendirse jamás”. Esto último, título de una película de Van Damme.

Fusil en mano, amenaza con una guerra total, sin fronteras. Maduro resucita en Simón Bolívar para librar una nueva batalla por la independencia de los países del continente, que nadie le está solicitando. Y además de hallarse bastante pasado de peso como para marchar a la cabeza de sus ejércitos libertadores, eso es algo que solo puede decir quien ya no tiene control de sí mismo.

Pero eso no es todo. También anuncia que ha aprobado “al ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López, planes para expandir la Milicia Nacional Bolivariana a 500.000 milicianos y milicianas con todos sus equipos”. El pueblo en armas a las calles, a los campos; y cuando sea necesario, más allá de las fronteras.

Una de las clásicas manifestaciones de la esquizofrenia del poder es cuando alguien que gobierna se refiere a sus partidarios como “el pueblo”. El pueblo que votó masivamente en contra del partido de Maduro en las elecciones legislativas y dio a la oposición la mayoría calificada, que hasta ahora le ha sido birlada, no existe.

El pueblo que sale desarmado todos los días a las calles a exigir que le devuelvan sus derechos confiscados, entre ellos el de vestirse, curarse, comer, no existe. Las víctimas mortales de la represión de los paramilitares tampoco entran en esa contabilidad sectaria de lo que es “el pueblo”. Todos ellos son enemigos. Traidores. Millones de traidores.

El único pueblo que vale es el que viste las camisas rojas del Partido Socialista Unido, y aún está por verse si la lealtad entre las filas de partidarios del régimen es tan sólida como Maduro cree, o aparenta creer. ¿La Fuerza Armada estaría de verdad dispuesta a repartir medio millón de fusiles entre civiles, lo que triplicaría en número a los efectivos militares regulares? ¿Tendría la capacidad de controlarlos? Ese acto podría significar nada menos que la invitación a una verdadera guerra civil.

En lugar de buscar cómo desarmar a tantos miles en posesión ilegal de armas, incluidas las que están en poder de las propias bandas del Gobierno, delincuencia común más delincuencia política, Maduro anuncia, con extravagante lógica, que apagará el fuego con pólvora viva.

Los muertos en las calles son, hasta ahora, víctimas de las bandas paramilitares, y aunque la Fuerza Armada ha declarado su lealtad a Maduro, eso solo se sabrá de cierto cuando ordene que las tropas salgan a la calle a disolver a balazos a los manifestantes.

Todas las batallas para Maduro están ya perdidas. La batalla diplomática, la batalla de la opinión pública, la batalla económica, la batalla social, con los antiguos barrios baluartes del chavismo ahora en contra. La batalla en las calles.

Alguien de los suyos debería poder decirle que es hora de hacer mutis por el foro. La función ha terminado.

 

Los sonidos del futuro. De Alberto Barrera Tyszka

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 28 mayo 2017 / PRODAVINCI

¿Cuál es la razón, cuál es el verdadero motivo? ¿Alguien sabe realmente por qué lo hizo? ¿Porque desde niño, por ejemplo, siempre anheló ser Richard Clayderman y ahora por fin logra cumplir su sueño? ¿Porque se cansó de bailar salsa?  ¿O porque es un cretino atómico y piensa que el país entero ansía verlo martillando un piano? ¿Porque realmente cree que sabe tocar y no tiene ni un gramo de miedo escénico? ¿Porque un asesor cubano dijo que un mini recital de ese tipo deprimiría a la oposición? ¿O quizás porque quiere impresionar y reconquistar a Gustavo Dudamel? ¿O porque quiere que –de cualquier manera y en cualquier tono- hablen sobre él? ¿Porque tal vez desea mostrarle al país que, además de no tener carisma ni popularidad, tampoco tiene oído? ¿Porque anda en modo romántico y–tan cuchi- Cilia se lo pidió? ¿Porque maltratar un piano es una acción revolucionaria? ¿Porque no tiene absolutamente nada más ni mejor qué hacer?

Cualquier especulación es válida. Incluso la más incoherente, las más absurda. En la locura del oficialismo ya todo cabe. Voy a aventurar una teoría que probablemente no sea cierta pero que, al menos, me sirve para mudar un poco la esquina de este domingo.  Yo creo que Ernesto Villegas, en otro arranque de honestidad periodística y de sagacidad comunicacional, ideó ese momento de inspiración musical para tratar de desviar la atención pública, para robarle interés y cámara a la Fiscal Luisa Ortega Díaz.  Esta semana, ella es nuevamente una noticia incómoda. Ya no saben qué hacer para callarla. Para la revolución, no hay nada más subversivo que un ciudadano independiente.

Es probable que, en su interior, Luisa Ortega Díaz simpatice aun con el chavismo. O al menos con algunos ideales e ilusiones que Chávez propuso a finales del siglo pasado. Es probable, por ejemplo, que personalmente Luisa Ortega Díaz se sienta mucho más cerca de Mari Pili Hernández que de María Corina Machado.  Y es natural y saludable que sea así. Y tiene además todo el derecho de sentirse de ese modo.  Pero la diferencia está en que ahora nada de eso define la actuación de la Fiscal General de la República.  Desde la institucionalidad, de pronto, Luisa Ortega Díaz le ha regresado al país la posibilidad de la verdad.

El trabajo de la Fiscalía ante la violencia que nos está sacudiendo es una hazaña sin precedentes en los últimos años. Sin ningún alharaca, sin anuncios rimbombantes ni promesas grandilocuentes, sin otra pretensión que la de cumplir cabalmente con su deber, la Fiscalía está ofreciendo una alternativa ante la versión hegemónica que impone el poder, ante el mareo desaforado que produce la polarización.  El caso del asesinato de Juan Pernalete no puede ser más emblemático.  Sin proponérselo, tan solo tratando de hacer bien lo que toca, la Fiscalía desnuda otro crimen: el engaño de los poderosos, la calumnia y la difamación con que la que el gobierno distorsiona la realidad y manipula mediáticamente lo sucedido.

Una acción institucional que no se somete al control de las cúpulas, deja al descubierto todo el espectáculo de mentiras que construye la élite que domina al país.  Miente descaradamente el General Reverol cada vez que habla de la “violencia terrorista de la derecha”. Miente sin pudor Vladimir Padrino cuando oculta y niega la acción salvaje que ordenan ejercer a los soldados. Mienten groseramente Ernesto Villegas y Diosdado Cabello cuando deforman lo ocurrido y arman un caso falso para acusar de homicidio a 2 jóvenes inocentes. No lo digo yo. No lo dice la oposición. Lo dice el Poder Moral.

Basta con ver la reacción instantánea en contra de la Fiscal para constatar la idea que oficialismo tiene del Estado y de las instituciones.  Las últimas acciones de Luisa Ortega Díaz han servido también para – de manera involuntaria- mostrarle al país la irracionalidad con que funciona el gobierno.  No se han dado tiempo ni siquiera para construir un breve argumento. Han saltado, sin lógica y sin razones, a pedir la cabeza de la Fiscal, a descalificar, a acusar, a amenazar.  Y estos mismos enloquecidos, incapaces de respetar la autonomía de cualquier institución, son los que afirman que la Constitución del 99 ya no sirve, los que pretenden cambiar las leyes y reinventar un nuevo Estado.

Se acostumbraron a desacreditar fácilmente cualquier disidencia. Pero no pueden desautorizar las voces de la Fiscalía.  Ahí están, esos son los sonidos del futuro. La diversidad política y la independencia institucional. El camino para reencontrarnos con una verdad común.  Mientras, Nicolás Maduro frente al teclado representa el torpe ruido del pasado. El fracaso de un dictador que, después de ordenar que se reprima al pueblo, finge tocar piano en la inmensa soledad de un teatro vacío.

La crisis venezolana en punto muerto. De Francisco Suniaga

Manifestantes durante una protesta de médicos contra el gobierno de Nicolás Maduro en Caracas, el 22 de mayo de 2017 Credit Luis Robayo/Agence France-Presse — Getty Images

Francisco Suniaga es un escritor venezolano. Es autor de la novela “La otra isla” y su obra más reciente es “Adiós Miss Venezuela”.

, 24 mayo 2017 / THE NEW YORK TIMES

NUEVA YORK — La crisis venezolana es larga, total y tan profunda que el adjetivo “abisal” le hace justicia. Una crisis de estas dimensiones obedece a diversos factores y son muchos los nombres de los responsables. El mayor, por las decisiones que ha tomado en los momentos dilemáticos de este prolongado proceso, es Nicolás Maduro, el presidente que escogió convertirse en dictador.

A partir de diciembre de 2015, cuando perdió de forma contundente las elecciones legislativas, Maduro se ha inclinado invariablemente por la opción no democrática ante cualquier disyuntiva importante. Pocos días después de proclamada la Asamblea Nacional (AN), comenzó a asediarla para evitar que tomara la iniciativa de convocar a un referendo revocatorio con el fin de removerlo del poder. Para ello, inhabilitó a través del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) a todos los diputados del estado Amazonas, eliminando la mayoría calificada que la oposición había ganado en las urnas.

Luego, cuando las fuerzas opositoras buscaron el referendo por la vía popular, con el 20 por ciento de las firmas de los electores, el gobierno de Maduro estableció un engorroso procedimiento no previsto en la ley, con la idea de abortarlo. La oposición, sin embargo, superó todas las barreras burocráticas y logró mantener viva la solicitud. Entonces, entre tolerar o no que los electores decidieran su suerte, Nicolás Maduro optó por cancelar el proceso a través de unos jueces penales de provincia.

Empujado por la presión en la calle, Maduro propuso un diálogo que contó con los buenos oficios de varios expresidentes de países amigos, el apoyo de la Organización de los Estados Americanos y un enviado del Vaticano. Las demandas de la oposición eran y siguen siendo un mantra: libertad de los presos políticos, cronograma electoral, abrir canales para ayuda humanitaria y reconocimiento de la AN. Tales demandas, según demuestra la carta enviada al gobierno por el representante del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, fueron convenidas por el chavismo en la mesa. Nicolás Maduro desconoció los acuerdos y cerró la posibilidad de una salida democrática y electoral.

A fines de marzo, el TSJ decidió liquidar de manera definitiva a la Asamblea Nacional y la dejó sin potestades legislativas. Técnicamente, fue un golpe de Estado. El tsunami que se levantó en contra de tales decisiones —que incluyó a la fiscal general de la república, Luisa Ortega, hasta ese momento ficha del chavismo— fue de tal magnitud que un par de días más tarde, a solicitud expresa de Maduro en cadena nacional de radio y televisión, el TSJ echó atrás sus decisiones. Esa “rectificación” no hizo sino alimentar la protesta porque demostró de forma grotesca el sometimiento del máximo cuerpo judicial a las directrices del presidente.

Atrapado ya de manera irreversible en el dilema del tirano, Maduro decidió apagar el incendio con gasolina convocando a una Asamblea Nacional Constituyente. Con ella pretende saltarse el requisito de un referendo establecido en la propia Constitución para su convocatoria y, de paso, liquidar el principio de la universalidad del voto.

Elecciones, pero no libres ni universales, esa es la oferta de Maduro. Ya el Consejo Nacional Electoral estableció que para finales del mes de julio se escogerán a los constituyentistas y las elecciones regionales finalmente se celebrarán el próximo 10 de diciembre, aunque la oposición continúa con las movilizaciones de calle.

La conclusión es clara: entre ser un demócrata o un dictador, Maduro ha escogido lo segundo. A diario lo ratifica con la represión más brutal de la historia moderna del país. Según cifras del Foro Penal Venezolano, una organización no gubernamental, en más de 50 días de protestas han fallecido 41 personas en las manifestaciones, además murieron 18 ciudadanos más en los saqueos y las barricadas. El foro ha registrado 2728 arrestos durante las protestas, de los cuales 1156 personas aún se encuentran detenidas. De esa cifra, 338 ciudadanos han sido presentados ante los tribunales militares que han privado de libertad a 175.

Las calles de los sectores con protestas más fuertes han sido asaltadas por bandas de motorizados armados y apoyados por el gobierno. Estos criminales han asesinado, saqueado comercios, destruido propiedades y atacado directamente a hogares. Paralelamente, la Guardia Nacional Bolivariana  actúa como un ejército de ocupación que reprime con saña e incluso protege a las huestes motorizadas.

La protesta continúa pero la crisis pareciera estar en un punto muerto. ¿Qué va a pasar? Nadie lo sabe. En lo interno, la protesta callejera y la situación económica son factores que presionan al gobierno de manera sustantiva.

Las manifestaciones de la oposición han sido enormes, valientes y fervorosas. Pero convertirlas en una rebelión popular que obligue una salida de Maduro demanda un grado superior de organización y movilización. En principio para mantenerlas dentro de parámetros pacíficos, a pesar de la violencia ejercida por guardias y paramilitares, y también para lograr una base popular más amplia. ¿Cuánto tiempo más pueden mantenerse? Prosiguen tras casi dos meses de su inicio. Cuentan con un aliado fundamental para ello: la situación económica del país signada por el hambre y las enfermedades, y sin políticas creíbles que puedan aliviarlas. Mientras esa situación se mantenga, habrá gente protestando en la calle.

Los militares tienen un papel crucial en este contexto. El llamado que hacen millones de ciudadanos en las calles a que se sumen a quienes defienden la Constitución, algún efecto ha de tener. Sin embargo, por lo pronto se han mantenido formados disciplinadamente detrás de sus mandos. Son el único factor interno que, con amplio respaldo popular, puede inclinar la balanza y abrir una salida a la crisis.

Así las cosas, destrancar el juego en Venezuela depende en gran medida de una acción internacional seria que promueva, con las debidas garantías para los actores gubernamentales, una salida electoral y una transición pacífica. La solución debe construirse con fineza política para no abrirle posibilidades a una interminable anarquía o una guerra civil.

Nada fácil porque, salvo que se organice un intento de negociación a través del secretario general de la ONU, António Guterres, no se percibe ninguna otra posibilidad en el horizonte que pueda convencer a las partes.

Miguel Pizarro: “Los muros van a caer”. De Hugo Prieto

Miguel Pizarro retratado por Roberto Mata

Hugo Prieto, 14 mayo 2017 / PRODAVINCI

A los 18 años, Miguel Pizarro, diputado a la Asamblea Nacional por Primero Justicia, acudió a la oficina de un “connotado” dirigente de la oposición venezolana para conocer los resultados de una encuesta, en la cual se evaluaba la intención de voto alrededor de la reforma constitucional, propuesta por el ex presidente Hugo Chávez (2007). La conclusión es que el gobierno iba a ganar por 12 puntos y que la mejor estrategia era la abstención para “deslegitimar” la consulta.

Los jóvenes que hoy dirigen la protesta que mantiene en jaque al gobierno de Nicolás Maduro, se reunieron en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela y decidieron (80 a 20) que iban a enfrentar la reforma en las urnas, como un paso que luego complementaría la estrategia pacífica y electoral para alcanzar una salida política a la peor crisis que ha enfrentado Venezuela desde su fundación en 1830.

Esta larga entrevista, en realidad, es la elipsis de una década de lucha política que ha llevado a la generación de Pizarro a un momento estelar en la política venezolana. La calle es una vía que debe ser complementada por otras para alcanzar el objetivo que se han trazado desde que irrumpieron en la vida nacional. “Lograr una consulta electoral que le dé un cierre a lo que estamos viviendo”.

Hay una generación joven en la política venezolana, que viene de todo este proceso y ahora son caras visibles de la Asamblea Nacional. La suya es una de ellas. Ese hecho no ha pasado inadvertido para el gobierno. Me refiero en concreto a lo expuesto por el señor Diosdado Cabello, quien dijo que ustedes habían desplazado a los “dinosaurios”, pero uno podría pensar que a ustedes los están marcando, como a los ahorristas en los bancos para luego atracarlos en la calle.

Yo creo que tiene que ver más con lo segundo que con lo primero, sin duda alguna. Desde hace 10 años hemos venido ocupando espacios en la política. En 2007 decidimos seguir un camino electoral, de protesta y de ocupación de espacios. Veníamos de un país que había atravesado la abstención parlamentaria de 2005, el error político más grande que ha cometido la oposición. En 2006, la miopía opositora cantó fraude para no reconocer la derrota frente a Chávez. Al año siguiente, el cierre de RCTV y la propuesta de reforma constitucional. Ahí nos tocó jugar un papel. Era un país donde los referentes habían regalado la política. La acción de calle y el activismo había perdido vigencia. La primera vez que vi una encuesta, yo tenía 18 años, fue en la oficina de un político connotado de aquella época y decía que perdíamos la reforma por 12 puntos, la recomendación era no participar en esa reforma, para deslegitimarla.

Eso hubiese significado seguir por el barranco de 2005. La política no se puede hacer solamente con las encuestas en la mano. Ni siguiendo las pautas equivocadas que marca la mayoría.

Era abstenerse y desde ahí buscar la confrontación que provocara un cambio político profundo. Nosotros organizamos una asamblea en el aula magna de la UCV y quienes decíamos que había que ir a votar ganamos 80 a 20. Hago memoria, porque yo creo que 10 años después, aunque hay elementos y diferencias muy profundas, nuestro país está en un contexto similar. Era un país desesperanzado después del robo del revocatorio, donde la política había perdido mucho, luego del diálogo fracasado. La duda y la oscuridad. Esas eran las referencias. Llega la sentencia del TSJ que a mi modo de ver marca un punto de inflexión donde el gobierno devela claramente cuál es su visión del poder.

La dirigencia opositora se parecía a esa izquierda radical que siempre se refugió en la abstención, pero la abstención nunca ha tenido una expresión política en Venezuela. También en el diálogo se cometieron graves errores. De modo que hay una continuidad. La ruptura se produce a raíz de las sentencias del TSJ. Lo que vimos en diciembre fue desesperanza, frustración. Pero la gente retomó la calle, la protesta. Una reacción contundente, sorpresiva.

Era un país anclado en el suspiro. Pero yo creo que hubo una conexión emocional con lo que la gente aspiraba de la política. Y especialmente con la respuesta que esperaba frente a los abusos del gobierno. Eso configuró varios caminos. Yo no soy de los que cree que la dirigencia opositora está compuesta por unos superhéroes y que nuestro accionar ha hecho que la gente salga a la calle a exigir cambios. Hay una conjunción de gente que protesta por distintas razones: los que quieren que sus familiares regresen al país; los opositores que nunca han apoyado al chavismo; los que desde el hastío y la frustración rechazan el fracaso de este proyecto político; los que están desesperados por el hambre y la angustia que produce la crisis económica.

Digamos que eso ya formaba parte del paquete. ¿Qué es lo que está marcando la diferencia?   

Creo que ese escenario, en un principio, fue subestimado por la dirigencia de la oposición. Pero estuvo presente allí, desde hace mucho tiempo. Sí, requería interpretación,  requería organización. Y sobre todo conducción política, que tuviera objetivos y un canal para seguir sumando expresiones y movimientos. Pero hay una novedad. Este es un movimiento de conciencias, que ha obligado a romper silencios y a tomar posturas. Frente a lo que ocurre, los caminos se han bifurcado. Ahí está el camino del gobierno que nos lleva a la destrucción del voto universal, directo y secreto, a la destrucción de las libertades individuales y a la destrucción de un modelo que hundió al 80% de los venezolanos en la pobreza. Y hay otro camino, que si bien es incierto en su desenlace, porque no controlamos la variable de tiempo y la intensificación de la confrontación, es un camino que nos lleva al cambio político y social.

¿Realmente ustedes reemplazaron a la vieja guardia? ¿Por qué no se refiere a “lo segundo más que a lo primero”, en el planteamiento que hizo el señor Diosdado Cabello?

Lejos de un desplazamiento de los liderazgos, hoy ocurre algo en nuestro país que tiene que ver con la política, pero sobre todo con la sociedad. Hoy todo el mundo es útil haciendo algo. Así como hay decisiones que tomar en la alta política, relacionadas con la comunidad internacional, la OEA y UNASUR, por ejemplo, hay un segundo espacio que nos ha correspondido a los jóvenes, por condiciones físicas y hasta espirituales, que es la conducción en la calle, para darle un contenido que nos dé legitimidad en todo el espectro opositor, desde el más moderado hasta el más radical. ¿Por qué Diosdado hace lo que hace? Por dos razones. La primera para marcarnos como un enemigo; para marcar, entre las fuerzas del gobierno, a quién debe perseguirse, a quién debe intimidarse. Por eso publican nuestras direcciones, nuestros teléfonos y por eso nos dejan recados con nuestras mamás, porque una madre es el talón de Aquiles para un joven. Pero además lo hace por un segundo motivo, porque cree que el supuesto desplazamiento de la dirigencia por los más jóvenes podría generar un conflicto generacional, apela a la inmadurez política que tenía la oposición. Pero este no es el mismo país ni la oposición es la misma de unos años atrás.

La gente marcha por distintas razones, pero todavía no comparte una visión de país. ¿Por qué no hay una propuesta que aglutine? No sé si los jóvenes, que no tienen la experiencia y su formación es una interrogante, la van hacer. ¿Usted qué piensa?

El gran reto de este movimiento no es estar en contra de, sino convertirse en una alternativa. Creo que tenemos una deuda programática, que nos permita explicar cuatro pilares del cambio político. Uno, la economía. ¿Qué hacemos nosotros con la economía? El Estado controlador ha fracasado —desde la extinta RDA hasta las comunas de Mao, pasando por visiones más liberales como lo que intentaron hacer en la Europa del este una vez que cayó la cortina de hierro—. El Estado en Venezuela tiene que ser redefinido. Su papel debe ser marcar reglas, impulsar, articular. Dos. Las políticas sociales. La visión tiene que ser integral. Lo que arranque como un programa de hambre cero pase luego a un esfuerzo de formación para el trabajo que luego garantice un empleo sostenible, protección para los niños y ancianos y producción para los jóvenes. Tres. ¿Qué hacemos con la institucionalidad del país? Instituciones sí, pero no para que le sirvan a un partido político, sino a los ciudadanos. Cuatro. La educación. Mi generación aprendió de fechas, pero no de procesos, incluido la democracia. Una educación que pase de la formación tecnocrática a empoderar al ciudadano.

La propuesta programática está contaminada por la visión del poder, por las distintas variables ideológicas, por las apetencias personales. Se convierte en una suerte de pasticho, de galimatías, que le resta credibilidad a cualquier interlocutor de la oposición, especialmente en la esfera internacional. Favorece esa tesis de que al mundo no le interesa lo que ocurre en Venezuela.

De eso estoy seguro, por eso nos hemos dado a la tarea de formarnos y de darnos una visión programática que nos una. Tenemos una deuda pendiente. Quizás cuando había que hacer una propuesta programática, la simplificamos con una propuesta electoral. Pero eso ha cambiado en esta etapa. Acá hay visión y trabajo construido alrededor de lo que debemos hacer en esos cuatro pilares fundamentales. Eso ha permitido una mayor comprensión de lo que ocurre en el país. ¿Qué ocurre hoy en el mundo? Hay países que se movilizan por la respuesta política. La dictadura de Maduro, el uso de la represión, el uso de la violencia. Eso produce una solidaridad inmediata. Pero hay otro nivel que responde a otras variables. El mundo financiero, por ejemplo, que antes advertía esas incongruencias, hoy nos presta mayor atención, precisamente porque conoce cuál es nuestra propuesta institucional de cómo se debe manejar el mercado. Hay llamados de atención de países muy importantes. China, por ejemplo, ha manifestado su interés de que el conflicto se encauce por la vía pacífica. Pero lo peor que le puede pasar a este país, una vez que salgamos de Maduro, es que venga un nuevo gobierno y alrededor de la materia cambiaria tengamos una discusión que nos divida. O que al transferir subsidios indirectos, mediante un bono a las personas, esa discusión nos re polarice. Lo peor es que queramos combatir el populismo con más populismo y terminemos de destruir el tesoro de la Nación.

El eco de la violencia, la represión, y la propuesta de una constituyente francamente dictatorial, efectivamente, han retumbado en la comunidad internacional. La gente acude en masa a las marchas de protesta a sabiendas de que la van a reprimir a sangre y fuego. Todos sabemos que esto no se puede sostener indefinidamente. Que hay un desgaste del material anímico, del material físico, del material político. ¿Ustedes han pensado hasta dónde se puede llegar? ¿Y cuál sería el desenlace?

El día del entierro de Juan Pablo Pernalete, cuando nosotros llegamos al cementerio, Elvira, su mamá, me toma de la mano y me dice: la noche antes de salir a la protesta, Juan Pablo lo último que hizo fue ponernos tu discurso en el teléfono, él se inspiraba en ti. El papá de Cañizales, cuando llegamos al entierro, me dijo mi hijo se tatuó por tu culpa y cuando yo le armé un rollo, me respondió. Pizarro es diputado, tatuarme no me va a acabar la vida. Y ambos padres tenían en común que el sacrificio de sus hijos no fuera en vano. Que esa pérdida humana, dolorosa, que anuda la garganta, no fuera en vano. Yo no soy pitoniso, no sé hasta dónde se puede aguantar. Pero hay algo de lo que sí estoy seguro. Aquí el que tiene la familia fuera del país y está cansado de verla por la pantallita, no se va a cansar de protestar. Aquí el que ha perdido a un familiar por la escasez de medicinas, por la violencia o la represión, no se cansa de protestar. Aquí el que no pueda realizar su proyecto de vida, porque sencillamente quebraron al país, no se va a cansar. El gobierno, con su forma de ver la política, con sus decisiones para preservar el poder a cualquier precio, ha puesto la pelea en un plano existencial.

Es cierto, para los venezolanos, la demanda de libertad y democracia se ha convertido en una lucha de vida o muerte. 

La constituyente y su fraude histórico es la consolidación de una dictadura en nuestro país; es la eliminación del voto directo, universal y secreto; es la eliminación del reconocimiento a cada uno de nosotros como ciudadanos. Pero además es lo que le permitirá al gobierno imponer una dictadura bajo un marco legal. Ni el ejercicio de la política, el periodismo o la economía, nada será como lo conocemos hoy. Y por eso, la protesta es radicalmente distinta a la que hubo en otros momentos del pasado. Una amiga, Teresa, del barrio Unión de Petare, me dijo. El que duerme en el piso no tiene miedo a caerse de la cama. A mí me impresionan esos dos minutos antes de que lleguemos al piquete. Ese lapso donde la manifestación se detiene, esos dos minutos de silencio de una masa que sabe adónde va, que sabe lo que va a ocurrir, pero lo hace convencida de que esa es la gota que cae sobre la piedra hasta que se rompa. Y que además, lo hace convencida de que el gobierno y su accionar ha cerrado, ha liquidado, todas las otras formas de expresión. No han permitido otra cosa que la represión.

Miguel Pizarro retratado por Roberto Mata

Pese a todo lo que hemos visto, pese a todo lo que hemos vivido como sociedad, el discurso del gobierno sigue inalterable. Los irracionales están del otro lado… la guerra económica… la estrategia opositora para provocar un golpe suave y la injerencia extranjera. Siempre hay un culpable en la acera de enfrente. Este discurso de la polarización, en nada se parece a lo que uno ve en la calle, sufrimiento, sacrificio, impotencia en muchos sentidos. Pero a la vez es el deseo de cambiar todo esto. ¿Cómo es que dos realidades se ven de forma tan distintas?

Yo creo que ellos parten de un principio erróneo. Ellos subestiman al país. Nos subestiman a nosotros. Y no hablo por la dirigencia opositora, digo a nosotros, los ciudadanos, los venezolanos. Ellos creen que la propaganda puede sustituir a la realidad. La propaganda tenía asidero cuando la bonanza petrolera permitía que muchas de las cosas que nosotros decíamos se vieran como alienígenas o anti climáticas, en medio de un país que recibía una lluvia de dinero y el cupo de Cadivi era de 3.000 dólares. Era un mundo imaginario, el que vivimos durante un rato. Pero en Amazonas, cualquiera que se enferme tiene que navegar 10 ó 12 horas en bongo para llegar a un centro de atención médica, en Delta Amacuro aumenta la peor epidemia de Sida que hayamos tenido en nuestra historia, en Bolívar regresó el paludismo, en Táchira todo el mundo sabe que la Guardia es la que hace el contrabando, en Zulia es el Ejército. En la región central hay una nueva clase económica, nuevos potentados, que vienen del gobierno. Y esa realidad estruendosa, que mueve al dolor, a la frustración y a la impotencia, pero que también mueve a la acción para cambiarla, es el peor enemigo que tiene la propaganda gubernamental. El 80% del país quiere cambio. El 60% responsabiliza a Maduro de lo que está ocurriendo. Es un país que tiene conciencia política de lo que está ocurriendo. Y que no se deja amedrentar ni manipular.

Los que quieren la paz versus los que quieren la violencia. Los que quieren trabajar por el país versus los que quieren destruirlo. En fin, los buenos versus los malos. Ese es el mensaje clave de VTV.

A nosotros nos califican de terroristas, de grupos violentos, porque la propaganda busca desmovilizar, busca amedrentar, aterrorizar. A mí me impresiona la claridad de la gente cuando dice. Aquí solo hay violencia cuando hay represión. Nadie puede decir que un plomo disparado por una carabina, que una bomba lacrimógena disparada a quemarropa, el uso de la ballena a corta distancia, como lo hacen, que provoca fracturas, y el arrollamiento pueden equipararse a un escudo de madera y una franela. Yo soy uno de los más moderados opositores que existen en el país. Siempre he creído que la confrontación violenta nunca debe ser una opción para nosotros. Creo en el reconocimiento, en la discusión, en la política que permita llegar a acuerdos, pero cuando estalla la violencia sin siquiera mediar palabra. ¿Cómo le dices a un chamo que no se defienda de las lacrimógenas? ¿Cómo le dices que no use un escudo de madera con el que intenta proteger de bombas lacrimógenas y perdigones a una masa de miles de personas?

En cada una de las protestas, los diputados de oposición y, particularmente, los más jóvenes, se ubican en la primera línea de fuego. ¿Cómo ha enfrentado la violencia? Digamos, en su caso personal.

La protesta tiene como tres bloques. Uno que va adelante, dispuesto a llevar perdigonazos o bombas, que está dispuesto a que no nos destruyan físicamente, en ese bloque me incluyo porque tengo la condición física y la convicción mental de que uno sólo puede dar testimonio con su ejemplo. Por eso estamos ahí. Hay un segundo bloque que está justo detrás del primero. Que está ahí para servir de apoyo, que tiene un malox, un trapito mojado. Que está pendiente de cargar un herido, atento y viendo cómo ayuda. Y un tercer bloque donde están los papás, las mamás, los tíos de quienes están en el primer y en el segundo bloque. Que saben que su papel es permanecer ahí y demostrar que somos una mayoría. Que somos una fuerza. Y cuando miras toda esa configuración ves a un pueblo que lucha contra una cúpula que quiere mantener la crisis.

Se acabó el cuento de la UNES (Universidad Experimental de la Seguridad), del uso proporcional de la fuerza. De la actuación bajo parámetros cónsonos con el respeto de los Derechos Humanos. Tanto bla, bla, para darle la razón a un viejo comunista: tombo es tombo, aquí y en cualquier parte del mundo. La revolución pacífica terminó siendo otra gran estafa.

Es así, por ahí iba a empezar yo. No sólo ha sido una gran estafa. Ha sido una gran traición. Muchos de los que están hoy en el gobierno estuvieron presos con mi papá entre 1980 y 1982. Aquí, en 1998, se prometió que se iba a acabar la persecución de la policía política. Hoy el Sebin allana con más impunidad que en los 60 y los 70. Aquí se permitía la visita a los presos políticos. Mis hermanos rompieron piñatas en el Cuartel San Carlos. Cantaron cumpleaños con los hijos de Virgilio Yunta y con los sobrinos del Gocho Hernández. Todos en el mismo recinto. Hoy ni siquiera eso se permite. Los aíslan. Y lo hacían utilizando el nombre de Belinda (dirigente estudiantil asesinada) que, por cierto, les quedó grande. En nombre de Belinda decían que aquí había una nueva propuesta policial, que era hora de que la protesta fuera libre. Que la ballena iba a quedar para regar el Parque del Este y el Ávila. Que aquí no iba a haber más homicidios extrajudiciales por parte de policías. ¿Dónde estamos hoy? Viendo la peor represión, con más saña a la que habíamos visto, al menos, en la última década. Es una traición porque los que hoy son victimarios fueron víctimas ayer. Parte de su legitimidad política venía del sufrimiento y de la promesa de que esas violaciones a los Derechos Humanos más nunca se iban a repetir. Esto tiene un componente de estafa. Pero sobre todo es una traición. ¿Cómo el Partido Comunista justifica lo que hoy estamos viviendo? ¿Cómo Tarek William Saab que estuvo con mi mamá y el padre Camuñas, ayudando en casos de violación a los Derechos Humanos en los años 80, puede dormir tranquilo?

Lo que uno ve en las marchas es mucho dolor, mucho sufrimiento. El alma de un país dolido. El sacrificio ha sido muy alto. Sin embargo, no hay una autoridad que diga, tal como Dudamel lo hizo, ya basta, ya es suficiente. ¿Por qué tanta indiferencia ante el dolor del pueblo?

Habría que explicar por qué actúan como actúan. ¿Cuál es el objeto de la violencia? ¿Cuál es el objeto de la represión, del asesinato? En primer lugar, que nos cuestionemos, que el dolor nos haga pensar que la protesta no tiene sentido. Que uno, después de hablar en el velorio con los amigos de Miguel (Castillo) se plante ante el espejo y se pregunte. ¿Será que el camino es por ahí? A lo único que ellos le prenden vela es que la duda nos lleve a preguntarnos. ¿Es correcta la presión de calle? Y que nosotros nos cansemos, nos rindamos o retrocedamos. No. Si bien este movimiento aún no ha sido determinante, yo no tengo ninguna duda de que lo será en el futuro. Es un movimiento que además ha despertado conciencias. Es el movimiento que obliga a la fiscal a hablar, que obliga al hijo del Defensor del Pueblo decir, pude haber sido yo, papá. Es el movimiento que hace que más de 80 guardias nacionales estén detenidos por negarse a reprimir. Y cuando hago el símil de la gota que cae contra la piedra es saber que lo que hacemos va a despertar conciencias. Yo estoy seguro de que lo que hoy vemos como indolencia, indiferencia, en el fondo es una enorme procesión por dentro. Hoy el que nos reprime y se burla cuando llega a su casa tiene un familiar al que le tiene que rendir cuentas y se tiene que calar un chaparrón. No puede salir a la calle y caminar tranquilo y eso, mucho más temprano que tarde, va a provocar que esos muros se rompan.

Ustedes encabezan este movimiento y se han puesto al frente, en la primera línea, a riesgo de su propia integridad física. Eso marca una diferencia con respecto a las marchas anteriores a 2007, donde más de un dirigente, al estallar la primera bomba lacrimógena, se subía de parrillero a una moto de alta cilindrada que seguía una ruta de escape. Ustedes que se han plantado frente a los militares para exigirle respeto al derecho a manifestar, al libre tránsito y a la propia Constitución, ¿Cómo interpreta esa diferencia?

Hay un cambio de paradigma. Yo soy un convencido de que uno tiene que predicar con el ejemplo. Tú puedes hablar de entrega y de sacrificio, pero si estás pendiente de las cámaras de TV y te subes a una moto, apenas detonan la primera bomba, no estás predicando absolutamente nada, más allá de palabras vacías. Y eres lo mismo que el gobierno. Nosotros aprendimos que la única forma de liderar es con el ejemplo. Es demostrando que uno está dispuesto a hacer lo mismo que le pide a los ciudadanos que hagan. Nosotros no somos superhéroes. No usamos el interior por encima del pantalón, ni llevamos capa, sino que afrontamos la política como seres humanos. ¿Por qué tratar de convencer a los militares para que nos dejen llegar a nuestro destino? ¿Por qué aguantar la represión y ser el último que se vaya? Porque si le pides a la gente sacrificios y entrega, no lo puedes hacer a través de twitter. No lo puedes hacer desde el estudio de televisión. Lo tienes que hacer desde el asfalto. Tienes que ganarte la legitimidad de que te escuchen.

¿Usted cree que vamos a conseguir el cambio por esta vía?

Yo creo que es una combinación de varias vías. La calle es una vía que se debe complementar con la presión institucional que haga la AN, con la presión internacional que hagan los organismos multilaterales. Que se tiene que complementar, además, con una vía política y electoral, que tenemos que forzar a que se abra. ¿Por qué tenemos que entender que son tres tableros? Porque eso nos ayuda a todos a interpretar por qué la agenda debe ser como es. ¿Por qué debe haber un día de manifestaciones masivas que reten al poder y traten de llegar a instituciones? ¿Por qué hay días en que esas manifestaciones deben ser simbólicas, que le suban el costo a los errores del gobierno, pero que también nos permitan reconocernos como iguales, más allá de la política? ¿Por qué debe haber días donde el centro debe ser el discurso político, la institucionalidad parlamentaria y la denuncia internacional? ¿Y por qué debemos forzar una salida pacífica y electoral que le dé un cierre político a esta crisis? Porque nosotros no somos un ejército de liberación. Un segundo objetivo que ellos persiguen con la violencia y con la represión es que nosotros dejemos de pensar como civiles y como ciudadanos y pensemos con una lógica militar y empiecen las discusiones de por dónde tiene que ir la estrategia de calle. No, por donde nos metamos nos van a reprimir. No, tenemos que seguir un camino pacífico, institucional, que tenga como colofón, un cierre político a todo esto.