populismo

Debate sobre populismo. Íñigo Errejón vs. José María Lassalle

Un debate pendiente, y pocas veces llevado a cabo con altura: liberalismo vs. populismo. Reproducimos tres artículos sobre el tema.

Segunda Vuelta

En el ojo del huracán: populistas frente a liberales. De José Ángel Mañas

Lassalle y Errejón deberían discutir sus argumentos rebajando el nivel de abstracción.

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José Ángel Mañas, autor

José Ángel Mañas, 16 septiembre 2017 / EL PAIS

Hablar, comunicar, debatir. Esa es la esencia de la convivencia pacífica. Lo dice el refranero: hablando se entiende la gente. Y algo así emblemiza, a un nivel superior, el parlamentarismo democrático. El “menos malo de los sistemas políticos” se precia de confrontar, en un espacio lo más respetuoso posible, los diferentes discursos que conviven en una época, con la idea de que tras la confrontación dialéctica, una mayoría cualificada en representación del conjunto de la población tome, en conciencia, la mejor decisión e, idealmente, dé una solución civilizada a los conflictos. Con todo lo cuestionada que está la democracia deliberativa, ahí seguimos.

el paisViene esta perogrullada a cuento del artículo que acaba de escribir en este medio Íñigo Errejón, en respuesta al trabajo titulado Contra el Populismo, recién publicado por José María Lassalle. Es este un corto ensayo (“breve, ágil y vigoroso”, según el dirigente podemita) en el que Lassalle se enfrenta, utilizando toda su artillería retórica, con el que está considerado, desde el punto de vista liberal, como el gran peligro de nuestra época. Lassalle, hombre elegante, pensador inteligente y liberal convencido, critica desde su posición ilustrada, de un moderantismo inequívoco, el fenómeno populista. Su punto fuerte es su convicción ciega en unos valores que han demostrado, a lo largo de más de dos siglos, una resistencia a prueba de bombas.

Es el suyo un liberalismo, entendido en el sentido más amplio de la palabra, que debe ser ubicado, para su comprensión cabal, en la corriente de pensamiento antiabsolutista que provocó la caída del Antiguo Régimen. Liberalismo político imbricado hasta el tuétano en nuestras democracias actuales, profundamente consensuado y que poco o nada tiene que ver con el liberalismo econocimicista que más bien tendríamos que llamar anarquía de mercado, a juzgar por su funcionamiento, más que otra cosa. La confusión del liberalismo económico con el político ha sido la circunstancia que más daño ha hecho a los liberales en los últimos años. A la hora de rechazarlo, no obstante, conviene no tirar el bebé con el agua sucia del baño, como dicen los franceses.

Frente a esta posición previsible de Lassalle, se ha erigido en campeón de la causa populista Íñigo Errejón, como portavoz de ese núcleo duro intelectual del mundo podemita que, a rebufo de Laclau, entiende el populismo no como algo negativo sino como el momento democrático por excelencia. Ese momento, en las “épocas calientes” ackermanianas a que se refiere Errejón, en el cual un pueblo, insatisfecho con las instituciones incapaces de dar solución a sus demandas, se convierte en actor totalitario de una subversión que aspira a ser fundacional. Plebe usurpando el demos, en términos laclausianos, gracias a la articulación unitaria de los diferentes colectivos en conflicto con la hegemonía neoliberal que, unidos en esa relación de equivalencia (los señores podemitas me corregirán si no he entendido bien), deberían ser capaces de imponer una nueva hegemonía de signo no sé si socialista o popular. Ahí ya me pierdo.

 

“La confusión del liberalismo económico con el político
ha sido la circunstancia que más daño ha hecho
a los liberales en los últimos años”

Y eso es precisamente a lo que iba. Los dos autores citados están de acuerdo en que este, populismo vs. liberalismo, es el gran debate de nuestra época. Y yo, con mis lecturas políticas de autodidacta en esas alturas del pensamiento donde se dirimen las grandes cuestiones históricas, estoy dispuesto a concedérselo, y tengo ganas de presenciar el debate. Y, sin embargo, el problema es que me cuesta horrores entender la postura populista, no por otra cosa sino por el lenguaje tan enrevesado que manejan sus defensores. Falta, me parece a mí, mucha pedagogía.

Adolecen Errejón y los suyos de una oscuridad conceptual vertiginosa. No en balde chupa todo este -llamémosle por su nombre- posmarxismo de las dos jergas más influyentes y oscuras del siglo XX: el psicoanálisis y el propio marxismo, tanto en su vertiente original como en sus sucesivas derivaciones. El resultado es que, estando posiblemente acertados en el fondo de la cuestión, esa parte de razón se desvirtúa por el lenguaje tan tremendamente enmarañado que manejan. No hay sino que echarle un vistazo a los textos del tan cacareado Zizek, pese a sus ejemplos poperos, de engañosa facilidad (los ejemplos, no el pensamiento).

En definitiva, yo quiero que se abra este debate, sí, y quiero ver discutir a autores, como Lassalle y Errejón, familiarizados con los pensadores que están en el ojo del huracán de lo que está sucediendo ahora mismo. Lo único que les ruego, por favor, señores, es que en aras de que podamos entenderles, rebajen su nivel de abstracción y nos hagan inteligibles sus argumentos y reflexiones al común de los mortales. En definitiva, Íñigo, que no he entendido ni la mitad de lo que escribes en tu artículo. ¿Me lo podrías volver a explicar en cristiano?

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Artillería intelectual contra el populismo. De Íñigo Errejón

José María Lassalle firma un ensayo vigoroso contra un “fantasma de contornos imprecisos”.

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Íñigo Errejón

Íñigo Errejón, politólogo y dirigente de PODEMOS

Íñigo Errejón, 8 septiembre 2017 / EL PAIS

José María Lassalle ha escrito un ensayo breve, ágil y vigoroso dedicado a combatir la que en su opinión es la principal amenaza para las democracias contemporáneas, un fantasma de contornos imprecisos que en los últimos años inspira ríos de tinta, gruesos titu­lares y cataratas de adjetivos: el fantasma del populismo. Con un buen olfato intelectual y un explícito compromiso liberal y conservador, Lassalle diagnostica la discusión fundamental de nuestros días: para sectores cada vez más amplios de nuestras sociedades, las certezas de antaño, las promesas de seguridad y prosperidad, están hoy rotas y se han llevado por delante con ellas la confianza de los gobernados en las élites políticas y económicas.

el paisA partir de aquí, y todo en virtud del combate de la demagogia y las “bajas pasiones”, Lassalle no escatima en recursos e imágenes para que compartamos su inquietud: “Entre los escombros de la fe en el progreso (…) repta silenciosa y oculta a los ojos de la opinión pública la serpiente de un populismo que puede convertirse en la columna vertebral de un nuevo leviatán totalitario”. Casi nada. A lo largo del ensayo, la ausencia de demostraciones empíricas que permitan contrastar la encendida prosa con la realidad es compensada por más andanadas retóricas, hasta dibujar un paisaje tenebroso en el que causas y consecuencias se confunden.

El autor acierta en su lectura de la sensación generalizada de fin de ciclo, de pacto social y político resquebrajado. Pero indaga poco o nada en sus causas, en el tipo de políticas concretas que han sustituido la conciencia de los derechos por el miedo al futuro, en la voladura de las instituciones o las políticas públicas que tenían como objetivo limitar el poder de los más fuertes, elevar las oportunidades de los más débiles y garantizar unas reglas del juego compartidas por toda la comunidad política. Este marco de convivencia, en el libro de Lassalle, habría volado por los aires fruto de una “crisis” sin nombres ni apellidos, sin decisiones concretas con ganadores y perdedores de las mismas. Un fenómeno al margen de la política, sobre el que no cabe hacerse preguntas políticas ni, por tanto, pensar alternativas, igual que sucede, por ejemplo, ante un huracán. Así que el problema pasa a ser que sobre ese fenómeno han surgido fuerzas políticas que para Lassalle son más bien “estados de ánimo”, por supuesto irracionales: rencor, venganza, miedo. La fractura social, la jibarización de la democracia por poderes privados no sometidos a control alguno no existían hasta que despiadados tribunos de la plebe la han señalado, de tal manera que el problema es señalarla, no su existencia. Por poner un ejemplo concreto: el desprestigio de las instituciones no tendría tanto que ver con su uso patrimonial —o saqueador— por parte de las élites tradicionales como por la artillería discursiva del populismo.

“El autor acierta en su lectura de la sensación
de fin de ciclo, de pacto social y político resquebrajado.
Pero indaga poco o nada en sus causas”

El constitucionalista norteamericano Ackerman señala que la historia pasa por “épocas frías”, durante las cuales la institucionalidad existente contiene en lo fundamental las esperanzas y demandas de la población, y por “épocas calientes”, de carácter más bien fundacionalista, en las que un excedente popular no contenido o satisfecho en la institucionalidad existente reclama con más o menos éxito la reconstrucción del interés general y una arquitectura institucional acorde. Esto no es resultado de malignas y demagógicas conspiraciones, sino la esencia de la política: los fines de una comunidad, su propia composición, no están dados y es en torno a su definición que se articula la disputa y el pluralismo. También los “antipopulistas” elaboran relatos que explican la realidad, atribuyen responsabilidades, reparten posiciones e identifican a un “nosotros” que quieren mayoritario. La diferencia es que ellos lo niegan.

Nuestros sistemas políticos contemporáneos son hijos de una convergencia, no exenta de conflictos, entre el principio democrático y el principio liberal. Ambos han convivido en un equilibrio siempre inestable. En los últimos tiempos, ese equilibrio se ha escorado claramente hacia el principio liberal por la erosión de los derechos sociales y el estrechamiento de la soberanía popular. De ahí procede el desencanto y la brecha entre gobernantes y gobernados. Sin embargo, a los intentos de reequilibrar esta convivencia Lassalle los mira como afanes revanchistas y rencorosos propios de perdedores. Su solución es protegerse aún más del componente popular y profundizar el desequilibrio en favor del liberalismo. Salir del hoyo cavando.

Una de las mejores hebras del libro es el análisis de la tensión entre la “excepcionalidad” del momento de construcción popular y la “normalidad” del enfriamiento institucional. El problema es que Lassalle no la puede desarrollar pues para él no hay tensión, sino contraposición moral. A pesar de todas las evidencias empíricas, para él se trata de dos fuerzas antagónicas y no de una tensión que genera un movimiento pendular. Al negar todo posible entendimiento entre el momento popular y el momento republicano, Lassalle nos devuelve en lo teórico a la dicotomía simplificada liberalismo versus comunitarismo, y en lo político nos condena a la inmovilidad y la mistificación de lo existente como lo único posible.

Siempre que, tras un momento de dislocación y crisis, hay una nueva reunión de voluntades, un “volver a barajar las cartas”, aparece el pueblo, la gente o el país, como nueva voluntad colectiva. Es el momento fundacional de we the people que a los conservadores de distinto signo ideológico fascina cuando está escrito en un código o expuesto en un museo de historia, pero horroriza cuando asoma la cabeza en el presente. El “pueblo”, por tanto, es entonces algo así como un imposible imprescindible: imposible porque la diversidad de nuestras sociedades —­afortunadamente— nunca se cancela o cierra en una voluntad general plenamente unitaria y permanente, pero al mismo tiempo imprescindible, porque no existen sociedades sin mitos, relatos y metas compartidas en torno a las cuales construir orden y anticipar soluciones a los principales problemas del momento. La hegemonía es la capacidad dirigente para articular un nuevo horizonte general que incluya también a los adversarios. Y hoy está en disputa, lo que inquieta a sus tradicionales detentadores hasta el punto de llevarles a escribir encendidos ensayos.

Los conservadores siempre han desconfiado de “los riesgos que conlleva la arquitectura masiva e igualitaria de la democracia” y en los años dorados del neoliberalismo acariciaron la utopía regresiva de establecer “democracias sin demos”: de electorados y consumidores, fragmentados, solos frente a los grandes poderes, sin pasiones ni identidades compartidas, que se reúnen sólo dentro de los límites y cuando son oficialmente convocados: exorcizar la comunidad. Tal cosa nunca fue posible, pero el estallido de la crisis financiera y el devastador resultado de su gestión en favor de intereses de minorías privilegiadas hacen hoy inaplazable la discusión que de manera certera identifica Lassalle: la refundación democrática de nuestras comunidades políticas para paliar la incertidumbre, la precariedad, la desprotección y el sentido de injusticia e impunidad de los poderosos que se abaten sobre nosotros.

Parece difícil negar que hoy atravesamos un momento caliente. La encrucijada es si sabremos encauzarlo institucionalmente o elegiremos condenarlo moralmente —“los míos son actores políticos legítimos, los otros son un estado de ánimo, una suspensión de la razón”—. Nos jugamos que el impulso popular sirva para ensanchar y robustecer nuestras democracias o que se estrelle contra unas élites atrincheradas y temerosas del futuro… e incluso de una “sobredimensión de la esencia popular de la democracia”. Esta es, como bien señala el autor, la batalla intelectual más relevante del momento, y Lassalle es sin duda de los más lúcidos y preparados para librarla desde el campo conservador. Bienvenida sea.

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De reversos y calenturas de la democracia. De José María Lassalle

El autor responde a la crítica de Íñigo Errejón sobre su libro.

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Marcha por el centro de Madrid organizada por Podemos en 2015. Foto: A. Ruesga

Secretario de Estado para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital

José María Lassalle, autor liberal y dirigente del PP. Actualmente Secretario de Estado para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital

José María Lassalle, 15 septiembre 2017 / EL PAIS

El populismo es una estrategia de seducción elitista. Un proyecto político que actúa sobre la estructura emocional de la democracia al calentar y manipular las adherencias que conectan al pueblo con la institucionalidad que lo representa. El objetivo es que el reverso inconsciente de la democracia haga bullir su estabilidad. Que sustituya la fría racionalidad formal de legitimación que hace posible que todos, más allá de nuestras diferencias, constituyamos un “nosotros” en el que cada uno se reconozca como parte del mismo pueblo soberano. La sospecha de que unos trabajan contra otros, de que existen mecanismos de hegemonía de clase que ocultan una relación dialéctica que sustenta la sociedad en una disputa entre amigos y enemigos, es uno de los resortes que activa sutilmente. En esta tarea, el populismo identifica un “horizonte de oportunidad” que, como ha sucedido con la crisis, haga posible un desencuentro dentro de la sociedad que rompa la unidad simbólica del pueblo y que no dude en favorecer su dislocación y división. De este modo se busca provocar finalmente un reseteo revolucionario del poder el paismediante, en palabras de Laclau, “una plebs que reclame ser el único populus legítimo —es decir, una parcialidad que quiere funcionar como la totalidad de la comunidad—”. Para lograrlo es fundamental, como veía Gramsci, una especie de guerra de posiciones que, prolongada y gobernada por la planificación de intelectuales orgánicos, proyecte una voluntad de cambio que altere finalmente las reglas de juego democráticas. ¿Cómo? Vulnerándolas a partir de una inteligencia que sustituya el boxeo de masas revolucionario por el ajedrez guerrillero de acciones culturales y relatos políticos que alteren las mentalidades hasta hacer posible la ruptura de la unidad del pueblo.

Íñigo Errejón es uno de esos intelectuales orgánicos de los que hablaba Gramsci. Un pensador brillante que, a partir de una sólida formación académica, despliega con nitidez seductora los argumentos de la razón populista que acabo de describir. Sin lugar a dudas es el principal activo intelectual de su partido, circunstancia que me mueve a responder la reseña crítica que tan elegantemente escribió sobre mi libro [Contra el populismo; Debate, 2017]. No en balde, como diría su admirado Stuart Hall, ha asumido el papel de un líder cultural alineado con fuerzas históricas emergentes que desarrollan desde el populismo “técnicas cruciales de articulación discursiva, desarticulación y articulación”, participando “en la vida práctica, como constructor, organizador, persuasor permanente y no simple orador”. Circunstancia que hace que el artículo de Errejón no sea una simple crítica ensayística, sino la cartografía de un relato populista desde el que, con acerada inteligencia, inicia el despliegue de una potente línea de fuego analítico que quiere dar la “batalla intelectual más relevante del momento”. Batalla que no duda en plantear con la mano tendida desde el respeto y la argumentación, pero que elige como tablero de juego un aparato privilegiado de producción de hegemonía como es la cultura.

“La institucionalidad ha mostrado
disfuncionalidades profundas, pero sigue en pie
y con capacidad de desplegar acciones de reforma”

El vector de combate que plantea Íñigo Errejón afirma que la crisis ha hecho surgir una voluntad popular renovada. Una voluntad que sería el producto de “una erosión de los derechos sociales y del estrechamiento de la soberanía popular” que ha favorecido el “desencanto y la brecha entre gobernantes y gobernados”. Circunstancias que justificarían un momento popular caliente que protagonizaría un “excedente popular no contenido o satisfecho en la institucionalidad existente” y que, por tanto, reclamaría una “reconstrucción del interés general y una arquitectura institucional acorde” con el resultado de “volver a barajar las cartas”. Hasta aquí un relato impecable que matizan los hechos porque la experiencia colectiva resultante de estos años de crisis es algo distinta. Es indudable que la institucionalidad democrática se ha debilitado, pero ha resistido, también, en el respaldo popular. El “nosotros” que unifica al pueblo no se ha roto. Ni por su polarización emocional ni por la agitación de su reverso violento e inconsciente. El pluralismo sigue siendo fructífero, lo mismo que la otredad y el respeto tolerante al otro. Los reaseguros sociales han funcionado y permiten que la paz social se mantenga en Europa. Es indudable que la institucionalidad ha mostrado disfuncionalidades profundas, pero sigue en pie y con capacidad de desplegar acciones de reforma que la adaptan a las nuevas realidades, aunque, eso sí, desde las reglas de juego que siguen vigentes. Errejón concluye que hay que barajar las cartas y le respaldo, aunque con las reglas que hemos pactado porque son de todos. Y para que el juego democrático sea posible hay que hacerlo sin esa épica que invoca y, a poder ser, sin los mitos que propician la irracionalidad. Apoyémonos en una solidaridad afectuosa que nos haga sentir que somos un “nosotros” que debemos preservar unido y en paz si queremos definirnos como seres civilizados. Confiemos en los otros y cuidemos entre todos la democracia. Prefiero tender la mano intelectual a mi admirado Errejón para esto que para la batalla.

 

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El populismo y Trump. La costumbre de abusar del término ha arribado a Estados Unidos.De Héctor Schamis

Hector-SchamisHéctor Schamis, 1 mayo 2016 / EL PAIS

En Estados Unidos, el populismo surgió a fin del siglo XIX. Representaba los intereses y aspiraciones de los asalariados y los pequeños propietarios agrarios del sur, opuestos a las grandes plantaciones y a los grupos financieros urbanos, estos últimos aliados a los ferrocarriles privados. Fue un embrión de movimiento progresista redistributivo, una alianza entre granjeros y trabajadores que luego fraguó en el Partido Demócrata y, según una buena parte de la historiografía, con legados visibles en el New Deal y en la relación orgánica con el movimiento sindical.

el paisEn América Latina, a su vez, el populismo surgió después de la Gran Depresión y en algunos casos en la postguerra. Fue el instrumento de incorporación política y económica de las clases populares. Su amplia coalición social, un compromiso de clases, vehiculizó la irrupción rápida, explosiva—a veces violenta—de grupos subalternos en la escena política. La literatura actual sobre el “populismo del siglo XXI” intenta identificar cambios y continuidades entre las más recientes expresiones de ese movimiento y el original.

En Europa es difícil argumentar que haya habido un movimiento populista en el sentido estricto del término. Han existido “rasgos” populistas, la mayoría pertenecientes a la entreguerra, aquel nacionalismo racista de clase media. Tuvo en común con las otras formas de populismo su rechazo al liberalismo y el comunismo, pero casi nada más. Exceptuando a Podemos y tal vez Syiza— ambos más cerca de un populismo a la latinoamericana y, vale aclarar, solo en el discurso—decir populista hoy denota la reacción contra el multiculturalismo, esa nostalgia xenófoba que encarnan el Frente Nacional francés o el Pegida alemán, entre otros.

¿A cuál de estas tres versiones se asemeja Donald Trump, caracterizado como populista ad nauseam? Pues, a ninguna. La costumbre de abusar del término, habitual en el debate europeo y el latinoamericano, ha finalmente arribado a Estados Unidos. Es un análisis hecho en base a los soundbites, es decir, los extractos demagógicos de la retórica de Trump sin profundizar en su proyecto, sus alianzas sociales, su visión de largo plazo y la institucionalidad que persigue. Así, cualquier rótulo que uno le ponga será necesariamente arbitrario, una buena receta para la ambigüedad.

“El populismo es la híper política.
Trump es la expresión de la antipolítica y de una cierta antisociabilidad”.

Ocurre que si todo es populismo, entonces nada lo es. Trump no tiene una clara coalición social que lo sostenga, y convengamos que una coalición es mucho más que contar con un apoyo electoral heterogéneo. Trump carece de tal por que se desconoce su programa económico, si es que tuviera uno, o sea, quienes ganan y quienes pierden, ingrediente central del menú populista.

Ello subraya que tampoco posee una narrativa, un imaginario que retrate el final del camino: la imprescindible utopía de cualquier populismo. No existe en Trump una idea comunitaria, como en el populismo agrario estadounidense, ni tampoco ese organismo biológico regido por “lo popular”, como en el populismo latinoamericano, ni la sociedad racialmente homogénea que construye, idealmente, la derecha xenófoba europea. Tampoco se ha pronunciado sobre el Estado liberal, institución que todo populismo al menos cuestiona.

No es populista a pesar de ser demagógico, por cierto, ello por ser estrictamente literal. Jamás se le escucha una metáfora, a pesar de su enorme capacidad para hablar sin decir nada, sus exageraciones y esa particular tendencia a citar estadísticas inexistentes. Y cuando su ignorancia es evidente y la discusión sobre las políticas públicas lo arrincona, repite el ya clásico “¡Va a ser grandioso, créanme!”; It’s gonna be great, trust me!

El populismo puede estar errado, pero no le falta sustancia. Trump es populista solo si ello significa decir lo que una horda quiere escuchar. O bien si la definición de populismo es recurrir a la vulgaridad y a la denigración del otro. En Trump el insulto es constitutivo. Suplanta la sustancia, esto es, la coalición, el proyecto, la utopía. Es un proto líder con un superyó ausente. Esta más allá de las normas, no siente culpa, su insulto siempre queda impune.

El populismo es la híper política. Trump es la expresión de la antipolítica y también de una cierta antisociabilidad. Su vulgaridad lo hace un Berlusconi americano, tal vez la mejor analogía, no un populista. No es un tranquilizador consuelo, sin embargo: fue primer ministro no una, no dos, sino tres veces.

@hectorschamis