El populismo y Trump. La costumbre de abusar del término ha arribado a Estados Unidos.De Héctor Schamis

Hector-SchamisHéctor Schamis, 1 mayo 2016 / EL PAIS

En Estados Unidos, el populismo surgió a fin del siglo XIX. Representaba los intereses y aspiraciones de los asalariados y los pequeños propietarios agrarios del sur, opuestos a las grandes plantaciones y a los grupos financieros urbanos, estos últimos aliados a los ferrocarriles privados. Fue un embrión de movimiento progresista redistributivo, una alianza entre granjeros y trabajadores que luego fraguó en el Partido Demócrata y, según una buena parte de la historiografía, con legados visibles en el New Deal y en la relación orgánica con el movimiento sindical.

el paisEn América Latina, a su vez, el populismo surgió después de la Gran Depresión y en algunos casos en la postguerra. Fue el instrumento de incorporación política y económica de las clases populares. Su amplia coalición social, un compromiso de clases, vehiculizó la irrupción rápida, explosiva—a veces violenta—de grupos subalternos en la escena política. La literatura actual sobre el “populismo del siglo XXI” intenta identificar cambios y continuidades entre las más recientes expresiones de ese movimiento y el original.

En Europa es difícil argumentar que haya habido un movimiento populista en el sentido estricto del término. Han existido “rasgos” populistas, la mayoría pertenecientes a la entreguerra, aquel nacionalismo racista de clase media. Tuvo en común con las otras formas de populismo su rechazo al liberalismo y el comunismo, pero casi nada más. Exceptuando a Podemos y tal vez Syiza— ambos más cerca de un populismo a la latinoamericana y, vale aclarar, solo en el discurso—decir populista hoy denota la reacción contra el multiculturalismo, esa nostalgia xenófoba que encarnan el Frente Nacional francés o el Pegida alemán, entre otros.

¿A cuál de estas tres versiones se asemeja Donald Trump, caracterizado como populista ad nauseam? Pues, a ninguna. La costumbre de abusar del término, habitual en el debate europeo y el latinoamericano, ha finalmente arribado a Estados Unidos. Es un análisis hecho en base a los soundbites, es decir, los extractos demagógicos de la retórica de Trump sin profundizar en su proyecto, sus alianzas sociales, su visión de largo plazo y la institucionalidad que persigue. Así, cualquier rótulo que uno le ponga será necesariamente arbitrario, una buena receta para la ambigüedad.

“El populismo es la híper política.
Trump es la expresión de la antipolítica y de una cierta antisociabilidad”.

Ocurre que si todo es populismo, entonces nada lo es. Trump no tiene una clara coalición social que lo sostenga, y convengamos que una coalición es mucho más que contar con un apoyo electoral heterogéneo. Trump carece de tal por que se desconoce su programa económico, si es que tuviera uno, o sea, quienes ganan y quienes pierden, ingrediente central del menú populista.

Ello subraya que tampoco posee una narrativa, un imaginario que retrate el final del camino: la imprescindible utopía de cualquier populismo. No existe en Trump una idea comunitaria, como en el populismo agrario estadounidense, ni tampoco ese organismo biológico regido por “lo popular”, como en el populismo latinoamericano, ni la sociedad racialmente homogénea que construye, idealmente, la derecha xenófoba europea. Tampoco se ha pronunciado sobre el Estado liberal, institución que todo populismo al menos cuestiona.

No es populista a pesar de ser demagógico, por cierto, ello por ser estrictamente literal. Jamás se le escucha una metáfora, a pesar de su enorme capacidad para hablar sin decir nada, sus exageraciones y esa particular tendencia a citar estadísticas inexistentes. Y cuando su ignorancia es evidente y la discusión sobre las políticas públicas lo arrincona, repite el ya clásico “¡Va a ser grandioso, créanme!”; It’s gonna be great, trust me!

El populismo puede estar errado, pero no le falta sustancia. Trump es populista solo si ello significa decir lo que una horda quiere escuchar. O bien si la definición de populismo es recurrir a la vulgaridad y a la denigración del otro. En Trump el insulto es constitutivo. Suplanta la sustancia, esto es, la coalición, el proyecto, la utopía. Es un proto líder con un superyó ausente. Esta más allá de las normas, no siente culpa, su insulto siempre queda impune.

El populismo es la híper política. Trump es la expresión de la antipolítica y también de una cierta antisociabilidad. Su vulgaridad lo hace un Berlusconi americano, tal vez la mejor analogía, no un populista. No es un tranquilizador consuelo, sin embargo: fue primer ministro no una, no dos, sino tres veces.

@hectorschamis

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