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Macron: El liberalismo es progreso. De Albert Rivera

El presidente electo ha demostrado que en la nueva era política ya no valen muchas viejas premisas.

Emmanuel Macron posa junto a unas seguidoras este miércoles en París. Foto: Eric Feferberg AP

Albert Rivera es presidente del partido español Ciudadanos.

Albert Rivera, 11 mayo 2017 / EL PAIS

La victoria de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales de Francia ha demostrado que el liberalismo progresista gana terreno en Europa y empieza a dibujarse como la única opción política de futuro para poder afrontar los retos que nos plantea el Siglo XXI. Este joven economista de 39 años ha sido capaz de llevar a cabo una gesta electoral sin precedentes, a una velocidad de vértigo, apoyándose en un movimiento civil, En Marche!,y prescindiendo de las obsoletas estructuras de los viejos partidos. Además, ha logrado que en Francia se vote con ilusión y esperanza y no solo con miedo, al proponer a los franceses un programa liberal, moderno, reformista, progresista y europeísta.

Macron ha sabido hacer frente al populismo xenófobo del Frente Nacional y ha plantado cara a aquellos que como Le Pen o Mélenchon pretendían arrastrar a Francia hacia la autarquía y el aislacionismo. Pero la victoria electoral de Macron, además, ha puesto de manifiesto que los viejos partidos, el conservador y el socialista, no tienen respuestas ante las nuevas preguntas que inquietan a la sociedad francesa y europea.

Macron ha demostrado a su vez que en la nueva era política que vivimos muchas de las viejas premisas ya no son válidas y que la sociedad europea apuesta por nuevos proyectos que sean capaces de modernizar la economía, garantizar el bienestar y reformar las instituciones.

Es cierto que el nuevo presidente de Francia deberá ahora ahormar un equipo de gobierno preparado y potente, y de cara a las elecciones legislativas del próximo mes de junio Macron deberá conformar sus listas electorales. Pero me parecen desafíos alcanzables teniendo en cuenta la ilusión que ha despertado tanto en su país como en el resto de la Unión Europea.

El resultado de las elecciones francesas constata algo más profundo; que allí donde nació la idea de dividir el arco parlamentario entre izquierda y derecha es precisamente donde ha muerto esa dicotomía. Los nuevos ejes de la política mundial se han situado en la libertad frente al proteccionismo, en la esperanza frente al miedo, en la modernidad frente al inmovilismo, en la sociedad conectada frente a quienes reniegan de las nuevas tecnologías y en la competencia y el talento frente al monopolio y la mediocridad.

En estos tiempos de incertidumbre sobre nuestro futuro común es necesario que el liberalismo continúe en su senda ascendente para hacer frente a estos y otros muchos retos. Los liberales debemos conformar proyectos ganadores y de futuro para que los ciudadanos no se tengan que conformar con votar a partidos anquilosados en el pasado ni tampoco a formaciones que venden soluciones fáciles y fraudulentas ante problemas complejos.

“Allí donde nació la idea de dividir el parlamento entre izquierda
y derecha es donde ha muerto esa dicotomía”

Soy consciente de que la tarea que tiene por delante Macron no es fácil. Es la misma tarea a la que debemos atender los líderes políticos en toda Europa. Es necesario recuperar a la clase media trabajadora para que pueda volver a levantarse después de la crisis, es necesario sentar las bases de un mercado laboral justo y flexible, es necesario dar respuesta a la crisis de los refugiados que se hacinan a las puertas de nuestras fronteras en condiciones lamentables. Y también es necesario combatir sin tregua y unidos al terrorismo yihadista que tanto dolor está sembrando en el corazón de la UE.

Pero a pesar de los desafíos que tenemos por delante en Europa, que Francia haya apostado por un proyecto nuevo e ilusionante es un aliento de esperanza para los que defendemos la libertad, la igualdad y la fraternidad. Macron representa una oportunidad no solo para Francia sino también para la UE. Una oportunidad para renovar y relanzar nuestra unión y culminar en un futuro el proyecto de los Estados Unidos de Europa.

Finalmente, la victoria de Macron supone que uno de los países fundadores de la UE tenga por fin un gobierno liberal, sumándose a otros países como Finlandia, Holanda, Dinamarca, Bélgica, Luxemburgo, Estonia y Eslovenia.

Ahora el reto para los liberales españoles es ser capaces, no solo de estar en las instituciones y ser decisivos, sino también culminar un proyecto ganador que reagrupe a la mayoría de españoles desde el centro político en un nuevo proyecto para España. Un proyecto que pueda ofrecer nuevas respuestas ante las nuevas preguntas que genera un mundo global. Nos ponemos en marcha.

 

¿Liberales versus conservadores? No es tan simple. De Federico Hernández Aguilar

Federico Hernández Aguilar, 19 abril 2017 / EDH

Cuando alguien exige que los “verdaderos liberales” piensen o actúen de determinada manera, lo que en realidad está diciendo es algo sorprendente e inquietante a la vez: no solo es que se atribuya la autoridad de señalar a quienes serían, desde su punto de vista, “falsos liberales”, sino que se apropia de la facultad de dictaminar qué ideas y opiniones hacen “verdadero” a un liberal. Esta postura es curiosa y paradójica, sobre todo viniendo de alguien que reclama tener una mentalidad “antiautoritaria”.

El problema se complica si arribamos con este espinoso asunto al plano de lo moral, porque allí el liberalismo no ha definido —ni pretende hacerlo— qué conclusiones debe sacar obligadamente un liberal que enfrenta los dilemas de la libertad individual en una sociedad pluralista, en la que conviven (casi siempre con tensiones) diversas formas de pensar y conducirse.

Desde una lógica que pretenda edificar murallas —a lo Trump— en la gran familia del liberalismo, dependiendo del lado que ocupa en un debate moral concreto, liberales “verdaderos” serían, imagino, Mario Vargas Llosa, Milton Friedman y Carlos Alberto Montaner, mientras que liberales “falsos” serían Thomas Sowell, Rafael Termes y Alejandro Chafuén. ¡Vaya arbitrariedad! No conozco un solo autor liberal que seriamente defienda tal segmentación.

Pero en el fondo existe una dificultad filosófica que toca resolver si pontificamos sobre liberales “verdaderos”, y es la mera noción de “verdad”. Al plantear el deseo de orden, por ejemplo, como un denominador de la mentalidad “conservadora”, oponiéndola sin matices a una supuesta mentalidad “liberal”, lo que se está sosteniendo es la necesidad de establecer verdades objetivas para reconocer esta división. Por ende, si lo que hace reconocible a este pretendido “conservadurismo” es el orden, sería también verdad que el liberalismo preferiría siempre rechazar el orden en nombre de la libertad. ¿Estaríamos, así, delante de una feliz alternativa al autoritarismo? Examinando la fragilidad de esta idea descubriremos varias de las razones por las que esta clase de debates permanecen abiertos entre nosotros, los liberales.

La historia y la convivencia humana demuestran que ninguna noción de orden es inocua moralmente. De hecho, lo que con frecuencia vuelve autoritario un concepto de orden es, precisamente, su fuente moral. El marxismo justificaba el caos y la violencia desde una raíz ideológica, del mismo modo que lo hacía el nazismo para defender su idea del orden. En ambos casos, curiosamente, lo que se relativizaba era la objetividad moral de toda acción humana: Marx para deducir el imperativo de demoler el sistema capitalista y Hitler para sostener la superioridad de una raza sobre las demás.

Contraponer cualquier noción de orden a la libertad es, con perdón, un reduccionismo. Ni siquiera habría manera de argumentar a favor del Estado de Derecho para los liberales que se tragaran ese cuento. En Massachusetts, hoy, algo tan subjetivo como la “construcción de la propia identidad sexual” ha sido impuesto por ley en nombre de la libertad individual. En los hechos, sin embargo, lo que ha producido esta sublimación legal de la subjetividad personal es el no reconocimiento de ninguna objetividad biológica, con lo cual se han visto reprimidas o limitadas otras libertades individuales: de conciencia, de opinión, de pensamiento, de credo y de contratación (solo por mencionar algunas). He aquí, en resumen, una nueva tiranía, instalada —para variar— sobre una ideología de moda: en este caso, la de género.

El rechazo intelectual y ciudadano frente a estas modernas formas de autoritarismo rebasa esa superficial dicotomía entre “liberales” y “conservadores” que algunos plantean. Simplificar estas cuestiones bajo formas antitéticas cerradas —“autoridad” o “disidencia”, “armonía” o “caos”, “orden” o “libertad”— es otra forma de obviar el decisivo papel que juegan las subjetividades en la conducta moral humana, incluyendo las decisiones políticas en que derivan. Y quien se atreva a sancionar un consenso liberal alrededor de estos dilemas es probablemente un genio. O quizás, sencillamente, ignora el alcance de lo que dice.

El orden. Columna transversal de Paolo Luers

Estamos acostumbrados de ubicarnos en el espectro político sobre una coordenada entre izquierda y derecha. Pero hay otra que mide y explica mucho mejor el carácter de partidos, movimientos, o líderes: la coordenada entre autoritario y democrático.

Paolo Luers, 7 abril 2017 / EDH

Nuestro adorado cuarto de niño, este reino del desorden que defendimos contra las intromisiones y regulaciones de los adultos, vive en nuestra memoria como símbolo de libertad y felicidad. Pero al crecer nos enseñaron que todo ser maduro tiene que aspirar a un orden que nos da estabilidad. De la libertad del desorden sólo nos queda la nostalgia.

En política, los conservadores se ven como garantes de este orden. En Alemania hay un partido conservador de derecha, cuyo programa se llama “Ordnung”. Un término muy alemán, mucho más pesado que “orden” en español. No es sólo un principio, es una manera de actuar, controlar, imponer, sancionar. En alemán, las fuerzas de seguridad se llaman “Ordnungskräfte”: fuerzas del orden. No defienden la libertad, ni los derechos ciudadanos, defienden el orden. “Ordung muss sein” (orden es necesario) fue la frase preferida de la dictadura nazi y de la dictadura comunista.

Para los conservadores, la mente desordenada es una carga para el hombre y una amenaza para la sociedad, y la creación de orden la ven como una tarea de la sabiduría. Así ya lo dijeron en cristiana convicción Agustín y Tomás de Aquino. “Ordnung” es el término fundamental del conservadurismo político.

Del principio del orden se derivan una serie de axiomas que caracterizan y dominan el pensamiento del conservadurismo, sea de derecha o de izquierda: realismo, jerarquía, autoridad, disciplina, patria, seguridad, armonía, moral, unión… Su punto común es la prevalencia de lo existente sobre lo posible. Los liberales, la izquierda democrática y la izquierda antiautoritaria tienen otros axiomas: pluralismo, debate, tolerancia, derecho a la disidencia, emancipación, autodeterminación, libertad….

La izquierda democrática, los liberales, los libertarios y los antiautoritarios desarrollan utopías, la derecha conservadora se aferra a tradiciones e identidades. Confinando la utopía al ámbito de la fantasía y lo imposible, los conservadores tienden a elevar la tradición y la identidad a categoría de necesario. No existe alternativa, este es el refrán conocido de los conservadores. La pérdida del orden (como en la crisis de refugiados en Europa; o en las manifestaciones ciudadanas en Venezuela) significa caos, y es imposible vivir. El desorden genera miedo, y el miedo genera fuerza para los conservadores. Así se explican el Brexit, el triunfo de Trump, el surgimiento de derechas ultraconservadoras en Francia, Holanda, Alemania, Hungría, Polonia y Rusia.

El hecho que todo orden político es sucesible a perturbaciones, los liberales y la izquierda democrática lo vemos como normal y hasta necesario para producir cambios. Para la derecha conservadora y la izquierda ortodoxa, ansiosas de armonía, disciplina y unidad, cualquier perturbación significa peligro. Es por esto que los conservadores pueden vivir mejor con injusticia que con desorden. Y esto incluye a los conservadores marxistas. Ahí reside en el fondo la diferencia entre autoritarios (derecha conservadora, comunistas) y antiautoritarios (liberales, izquierda democrática).

Tal vez ser conservador o ser liberal y antiautoritario es asunto de temperamento. Unos prefieren el calor del cuarto de niño desordenado; otros, la seguridad y el orden de un escritorio de oficinista.

Pero más allá de temperamentos individuales, también es asunto del tipo de convivencia que se quiere en una familia, en una sociedad, en un país, en el mundo: ¿Una convivencia basada en orden-unidad, o en pluralismo-diversidad? Unidad del pueblo (los nacionalistas) o unidad de clase (la izquierda ortodoxa) versus sociedad abierta. Pueblo versus ciudadanía. Identidad versus personalidad. Colectivo versus individuo.

Estamos acostumbrados de ubicarnos en el espectro político sobre una coordenada entre izquierda y derecha. Pero hay otra que mide y explica mucho mejor el carácter de partidos, movimientos, o líderes: la coordenada entre autoritario y democrático. Si usamos esta coordenada para entender el espectro político, de repente vemos mucha cercanía entre los polos clásicos de derecha e izquierda. Y mucha coincidencia entre liberales e izquierda democrática, libertarios y antiautoritarios. Pero el espectro partidario (aun) no refleja esto.

Mari Le Pen (la líder ultraderechista de Francia) y Pablo Iglesias (el líder de la nueva izquierda populista española) se parecen mucho más de lo que ellos mismos creen. Comunistas y fascistas han erigido dictaduras muy parecidas. Nacionalistas y marxistas tienen el mismo irrespeto por los individuos, sus libertades y sus diferencias. Es tiempo que los verdaderos liberales y los verdaderos socialdemócratas entendamos que tenemos mucho más en común que cada uno con los extremos en la coordenada izquierda-derecha.

(Inspirado en una nota de Roman Leik en Spiegel-Online)

Vida en libertad. De Enrique Krauze

Muchas veces he creído ver en el rostro de Mario Vargas Llosa una expresión de tristeza ante el macabro espectáculo del mundo. Pero enseguida responde con imaginación, ironía e inteligencia. Y con humor. El 28 cumple 81 años: ¡Felicidades!

Enrique Krauze, 26 marzo 2017 / EL PAIS

En la cena de Pascua que año tras año, desde hace milenios, se celebra en la tradición judía, hay un canto fascinante. Se titula Nos bastaría.Data del siglo IX y es una concatenación de expresiones de gratitud por los prodigios sucesivos que el pueblo de Israel recibió en su éxodo de cuarenta años hacia la tierra prometida. Extraído de su contexto religioso, el canto suena más natural y permanente. Puede expresar, por ejemplo, la gratitud acumulativa de hijos a padres, de discípulos a maestros. En ocasión de su cumpleaños 81, quiero recurrir a esa antigua fórmula para expresar a Mario Vargas Llosa mi gratitud de lector, de intelectual, de liberal y de amigo.

Si solo hubiera leído su obra de ficción, me bastaría. Cuántas aventuras e historias me han hecho vivir vicariamente esos libros, con su vaivén de temas amorosos, políticos y sociales. Cuánto agradezco el anclaje de sus novelas en la mejor tradición realista del siglo XIX, las sorpresas de su técnica faulkneriana, las emociones de sus tramas, sus personajes inolvidables, su magnífica arquitectura, su estilo preciso, claro y penetrante, tan alejado de nuestros funestos ismos: barroquismo, regionalismo, sentimentalismo.

Pensando solo en algunos títulos que he reseñado, recuerdo Historia de Mayta. Todo lo que hay que decir del fanatismo guerrillero en América Latina está ahí: fue una torcida religiosidad católica radicalizada hacia el marxismo y enamorada de su autoproclamada virtud, que llenó de muerte la región para luego volver la vista atrás sin verdadera conciencia o memoria de su responsabilidad en la tragedia. Años después leí La fiesta del Chivo, ese retrato alucinante y definitivo del dictador latinoamericano que también lo es de la sociedad y el entorno que lo reclama y aplaude, y que, finalmente, en un raro grito de libertad, a veces, lo exorciza. Nada más remoto a Vargas Losa que la fascinación del poder (tan característica en nuestra cultura y nuestra literatura). Pero lo notable es su capacidad de canalizar su repulsión hacia la recreación puntual, quirúrgica de la maldad. La literatura se vuelve así la mejor venganza. Y, sin embargo, no basta la venganza: es preciso soñar con un mundo mejor, con un mundo perfecto, y ese fue el motivo de otra novela que leí con avidez: el retrato casi titánico de Flora Tristán, tan ligada a la historia peruana, a la historia del arte y a la historia de una idea que obsesiona a Vargas Llosa como obsesionó a la humanidad desde la Ilustración, y que nuestro tiempo, quizá, ha sepultado: la idea de la utopía.

Si Mario Vargas Llosa solo me hubiera dado, como lector, su obra de ficción, me bastaría. Pero me ha dado también una extraordinaria obra monográfica de no ficción. La utopía arcaica, por ejemplo. Publicado en 1996, no conozco análisis histórico y antropológico más exhaustivo y riguroso sobre el indigenismo. Proviniendo de Perú, con su omnipresente herencia indígena, Vargas Llosa logra comprender (antes que criticar) el pensamiento y la obra de autores notables (como José María Arguedas) que creyeron en la restauración de una Arcadia incaica tan imaginaria como imposible. En 1993 Mario publicó otra obra memorable, El pez en el agua (su autobiografía), exorcismo de una campaña presidencial que viví de cerca. Ese ajuste de cuentas de Mario consigo mismo me permitió asomarme, como biógrafo, a la vida temprana de Vargas Llosa y me ayudó a comprender los límites de la acción política para un intelectual.

“Lo notable es su arte para canalizar su repulsión
hacia la recreación quirúrgica de la maldad”

Si Vargas Llosa solo nos hubiera dado sus novelas y sus monografías y no hubiera escrito ensayos, reportajes o artículos, nos bastaría. Pero ocurre que también nos ha dado (y sigue dando) una obra vasta y aguda en esos géneros. Sus ensayos no son académicos ni teóricos: son ensayos narrados, llenos de color y vivacidad. Y de combatividad moral. Cuando comencé a leerlo en Plural, comprendí que Mario era una especie de cruzado de la libertad. Su adhesión a la revolución cubana no fue un acto de sumisión ideológica: fue un acto de fe en una causa liberadora que pronto reveló su cara autoritaria. En aquellos años setenta, Mario transitó de la liberación a la libertad, de Sartre a Camus, del universo racionalista y revolucionario francés al universo empírico y liberal inglés. Sus autores fueron los míos. Fue entonces cuando lo conocí en Lima. Estábamos en la antesala de la década de los ochenta, en la que Vuelta se enfrentó a las dictaduras de derecha y las revoluciones de izquierda. Mario dio buena parte de esa batalla en la revista de Octavio Paz. Sus causas eran las nuestras. Fue un decenio decisivo en su vida, con la publicación de La guerra del fin del mundo (esa obra maestra en la tradición tolstoiana), sus desgarradores reportajes como La matanza de Uchuraccay y sus textos sobre la alternativa democrática y liberal para América Latina. Mario no piensa ya como Sartre pero encarna puntualmente al “intelectual comprometido” con su tiempo. Toda injusticia, todo conflicto, todo extremo lo incita a escribir, a reportear, como un joven impetuoso en busca del peligro, en Irak, en Oriente Próximo, en Venezuela.

Si Mario nos hubiera legado su obra de ficción, sus monografías y ensayos, sus artículos y reportajes, pero no hubiera desplegado ningún esfuerzo político directo, obviamente nos bastaría. Pero también ha desplegado ese esfuerzo. Su campaña presidencial, vilipendiada en su tiempo, fue la semilla de los cambios democráticos que, desde entonces, no sin recaídas lamentables, ha vivido la región. En 1990 (¿cómo olvidarlo?) sentenció al sistema político mexicano con dos palabras: “dictadura perfecta”. Años más tarde creó la Fundación para la Libertad, que ha congregado al pensamiento liberal ofreciendo soluciones prácticas a los problemas de la región. He acompañado a Mario en varios encuentros de la Fundación pero ninguno se compara al que tuvo lugar en Venezuela, cuando Hugo Chávez, en una de sus típicas bravuconadas, lo retó a un debate público. Aquella noche en el hotel rodeamos a Mario como un equipo en torno a un boxeador que la mañana siguiente libraría una pelea por el campeonato mundial. A última hora Chávez reculó: él solo debatía con presidentes, no con escritores.

“Sus ensayos no son académicos ni teóricos:
son ensayos narrados, llenos de color y vivacidad”

Si a lo largo de más de medio siglo de actividad literaria e intelectual nuestros caminos no se hubieran cruzado, le estaría obviamente agradecido. Pero para mi fortuna nuestros caminos se cruzaron. Nuestra amistad se construyó alrededor de las revistas Vuelta y Letras Libres. Y hemos sido compañeros de una larga travesía liberal en la cual yo he aprendido mucho. No cesa de admirarme su combatividad, su energía, su capacidad para reinventarse. ¿De dónde provienen?

Muchas veces he creído ver en el rostro de Mario una expresión de tristeza o lástima ante el macabro espectáculo del mundo. Pero de pronto, con naturalidad, aparece una sonrisa. Hay un estoico en el fondo de Mario, pero un estoico que responde con imaginación, ironía e inteligencia. Y con humor. El trabajador espartano se divierte y reencuentra el amor. Por eso, en momentos de desfallecimiento o duda, me basta hablar con él por teléfono para recobrar la alegría.

Gracias, Mario. No llegaremos a la Tierra Prometida. No existe la Tierra Prometida. La Tierra Prometida es la literatura: vida en libertad.

Déjà vu. De Guillermo Miranda Cuestas

¿Cuándo desempolvaremos los libros, y las mentes, para construir un país diferente al heredado? Siempre hay simpatía por quienes piensan igual, pero poca empatía por quienes disienten.

Guillermo Miranda Cuestas, 8 marzo 2017 / EDH

Pensar diferente no es un problema en el país de la sonrisa, hasta que se dice lo que se piensa en voz alta. Así sucedió durante la segunda mitad del siglo XIX. Roberto Valdés, en su investigación doctoral de filosofía, analiza el conflicto ocurrido entre liberales católicos, también llamados “conservadores”, y liberales radicales, conocidos como “liberales” a secas o liberales “secularizantes”, a la luz de las posturas de la época. “La enseñanza es libre; pero la que se dé en establecimientos costeados por el Estado será laica”, estableció el artículo 33 del Proyecto de la Constitución de 1885. La respuesta conservadora apareció en el semanario El Católico, donde se aseguró que los liberales lograron “privar a la niñez salvadoreña de la enseñanza religiosa, arrancar de su corazón las enseñanzas que sus padres le dan desde la cuna, sembrar en ella la duda y la negación de toda verdad católica, entregarla a maestros de su devoción que impriman en su alma formas laicas” (15 de noviembre de 1885).

El movimiento liberal generó reacciones parecidas en otros países. Valdés menciona el caso del obispo de Portoviejo, Ecuador, que en 1892 acusó a los liberales de promover un “gobierno ateo o sin Dios, conciencia sin Dios, libertad de culto o religión, enseñanza y escuelas sin Dios, matrimonio ateo o civil”. El obispo advirtió que “el mismo Lucifer que se alzó contra Dios, es el autor y maestro de todas esas falsas libertades”. ¿Nota alguna familiaridad con el presente?

En El Salvador del siglo XXI, cualquier atrevimiento a debatir sobre aborto o matrimonio entre personas del mismo sexo provoca reacciones similares. “Urge que el movimiento conservador y cristiano de la derecha retome el control”, afirmó un tuitero conocido hace algunas semanas. La misma persona, ante un incidente ocurrido en un colegio privado cuyo reglamento restringe el uso de símbolos religiosos, aseguró que “la persecución cristiana está mas cerca de lo que muchos padres pensamos”. Resulta extraño hablar de persecución en un país donde el arzobispado brinda conferencias de prensa cada domingo con amplia cobertura mediática; o bien, donde destruir un mural declarado patrimonio cultural, bajo la justificación de tener “el símbolo de la masonería”, queda impune.

En El Salvador del siglo XXI, la descalificación es recurrente. En estas mismas páginas, una colega columnista respondió a otro colega de origen alemán, que había disentido sobre el tema del aborto, con una acusación a la canciller Angela Merkel de ser parte de los “gobiernos ateos que buscan hacer de este mundo uno ‘Illuminati’ donde se rinde culto a Satanás” (octubre de 2016). En otras columnas sobre el mismo tema, la colega ha asegurado que “ninguna feminista puede ser católica” (octubre de 2011) y se ha preguntado si “no es viable creer que la Organización de las Naciones Unidas sea el Anticristo anunciado que reinará antes del final de los tiempos” (agosto de 2005).

En El Salvador del siglo XXI, los derechos humanos se violan a diario en un país que se autoproclama cristiano. El pasado 16 de enero, mientras se celebraba la firma de la paz, la Sala de lo Constitucional confirmó la desaparición forzada de tres jóvenes en un operativo militar. Meses atrás, la Sala concluyó que el sistema penitenciario, con más de 30 mil reos cuando su capacidad es de 8 mil, contraría la dignidad humana. Y la lista continúa: desde ciudadanos de segunda categoría en términos de salud, educación y protección social, hasta distintas formas de discriminación.

¿Cuándo desempolvaremos los libros, y las mentes, para construir un país diferente al heredado? Siempre hay simpatía por quienes piensan igual, pero poca empatía por quienes disienten. Ahora que las redes sociales permiten compartir opiniones con cientos de personas, incluidos familiares, amigos, conocidos y extraños, es cuando más necesitamos comprender que no es normal coincidir en todo –como bien dijo J. S. Mill, ni la humanidad es infalible ni la diversidad diabólica–; que discrepar no es motivo para personalizar la discusión, sino una oportunidad para enterarse de otras perspectivas (porque el pensamiento humano no termina en la metafísica de Aristóteles); y que mientras no ejercitemos el hábito de la escucha y de la curiosidad ante el disenso, habrá poca cabida para un diálogo constructivo.

@guillermo_mc_

Hay que defender a esa luz que vino de Atenas. De Fernando Mires

Adolf Hitler posiciona sus tropas en el congreso del partido Nazi. Núremberg, Alemania. 10 de septiembre de 1935

Adolf Hitler posiciona sus tropas en el congreso del partido Nazi. Núremberg, Alemania. 10 de septiembre de 1935

FernandoMires-1451Fernando Mires, 3 marzo 2017 / PRODAVINCI

Muchos hablan de populismo para referirse a movimientos políticos que han signado a la política de América Latina durante los dos últimos decenios y a la de Europa de los tiempos actuales. Pero no hay populismo sin apellidos. Así lo aprendimos de Ernesto Laclau, teórico del populismo por excelencia.

Laclau vio incluso en el fascismo una forma de populismo. Hay populismos democráticos y antidemocráticos, formuló hace un par de años Chantal Mouffe, apuntando en la misma dirección que Ernesto.

Esa es la razón por la cual algunos hemos decidido renunciar al uso exagerado del concepto populismo. Son en verdad muy diferentes las realidades a las que alude. Seguir denominando como populista a un movimiento fascista y a uno democrático a la vez, oscurece en lugar de aclarar.

prodavinciLo dicho vale para la Europa de 2017 donde estamos asistiendo al surgimiento de fenómenos de masas que portan consigo características similares a las de los movimientos fascistas y comunistas que hicieron su puesta en escena durante las décadas de los veinte y de los treinta del siglo pasado. Populistas, los llaman.

Neofascistas, he denominado sin vacilar a algunos de ellos en diferentes artículos. Y lo he hecho no para insultarlos sino porque en sus más diferentes versiones contienen tres elementos propios al fascismo originario:

1. Relación directa entre masa y líder (sin mediaciones interestatales)
2. Identificación de un enemigo común.
3. Revuelta en contra de la democracia liberal y sus instituciones.

Tanto Putin, Erdoğan, Trump, Orbán, Wilders, Le Pen y Petry, desde distintas naciones, gobiernos y partidos, coinciden en su enemistad declarada a la democracia liberal, a los valores que representa y a las instituciones que la sostienen. La política es concebida por ellos como una relación directa entre masa y líder. Todos se declaran enemigos de la división de los poderes, según ellos, un impedimento para el decisionismo del poder supremo. Por eso Putin, Orbán, Erdoğan, Trump, y en América Latina, Maduro, Morales y Ortega, gobiernan mediante decretos.

El objetivo común a todos esos autócratas y aprendices de autócratas, al igual que los defensores de los totalitarismos de ayer (comunistas y/o fascistas) es la destrucción del Estado democrático y su sustitución por uno autocrático. Steve Bannon, ideólogo de Trump, lo ha dicho de un modo radicalmente sincero: “Hay que destruir al Estado”.

La tesis de la destrucción del Estado —propia a los movimientos neofascistas de nuestro tiempo— no es nueva. Marx la adoptó de su amigo/enemigo, el anarquista Bakunin, e intentó darle, aunque sin éxito, un formato científico. Los liberales económicos y sus hijos, los neoliberales, mucho más cerca del anarquismo que del liberalismo político, imaginaron a su vez que la economía debía ocupar el lugar del Estado. Y así como Lenin, ordenó ¡todo el poder a los Sóviets! (sin parlamento y sin justicia) los neoliberales corearon después: ¡todo el poder a las empresas!

Para comunistas, fascistas y liberales económicos, es la gran paradoja, la tesis de la supresión del Estado fue elaborada no para suprimir el poder sino para fortalecerlo. Pues al Estado también pertenecen instituciones de contra-poder como son el parlamento y una justicia independiente, destinadas a contrarrestar y controlar al ejecutivo. Así se explica por qué algunos dictadores de nuestro tiempo, desde Putin, pasando por Erdoğan, hasta llegar a Maduro, orientan sus esfuerzos a destruir a los parlamentos y a la justicia, es decir, a la sustancia misma del estado democrático.

La utopía de las dictaduras ha sido y es la de crear gobiernos-estados: el poder librado a su más brutal expresión ejecutiva (y militar). Esa es la razón por la cual la tarea de los demócratas ha sido, es y será, la de defender al Estado. Pues sin Estado no puede haber política.

Defender al Estado y a sus instituciones es defender a la razón y al sentido de la política de sus enemigos. Sean ellos fascistas y comunistas como ayer, o putinistas, erdoganistas y maduristas como hoy. E incluso —si las cosas se dan en los EE.UU. de acuerdo a las palabras de Bennon— trumpistas.

La democracia de nuestro tiempo surgió, no hay que olvidarlo, de un pacto no firmado entre tres tendencias políticas de la modernidad: la democracia social, el liberalismo político (no confundirlo con el económico) y el conservativismo de inspiración cristiana. Sus representantes son hoy atacados y ridiculizados por los enemigos del Estado democrático. En cambio los líderes antiestablishment (antiestado) en su mayoría personajes incultos y brutales, son elevados como modelos frente a los políticos (“la élite” en el lenguaje neofascista) es decir, frente a los defensores del Estado y sus instituciones, caracterizados por ellos como complacientes, progres y buenistas.

Hoy como ayer asistimos a una rebelión antipolítica hecha en nombre de la política pero en contra de la política.

Hace ya muchos siglos la barbarie espartana logró destruir a la democracia, a la cultura y a las instituciones de los atenienses. Según Hannah Arendt, el ideal de la armonía que cultivaban los atenienses terminó por volverse en contra de Atenas. Hoy, sin embargo, los demócratas tenemos una segunda chance. Ha llegado la hora de pasar a la ofensiva, identificar a los enemigos de la democracia y combatirlos donde estén. Frente a ellos no se puede ser buenistas.

Se avecinan batallas políticas decisivas en Holanda, Francia y Alemania. De la suerte de las elecciones en esos tres países dependerá —creo que no exagero— el futuro de la democracia en Europa. Y tal vez en el mundo entero. Hay que salvar a la luz de Atenas frente a la oscuridad que avanza desde las Espartas del siglo XXl.

LEA TAMBIÉN:
Nunca más populismo. Argumentos a favor de la supresiónde un concepto inútil; por Fernando Mires

prodavinci

Los liberales y O.J. Simpson. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar es director ejecutivo de CREARicardo Avelar, 2 marzo 2017 / EDH

¿Fue o no fue O. J. Simpson el asesino de su exesposa Nicole Brown y de Ronald Goldman?

Desde 1994, esa ha sido una de las interrogantes principales no solo en el aparato judicial estadounidense sino en millones de personas que han dado seguimiento al que fue apodado el “caso del siglo”.
Orenthal James Simpson fue, hasta el sonado homicidio, uno de los jugadores más talentosos y laureados del fútbol americano, habiendo ganado el trofeo Heisman de este deporte a nivel universitario y logrando números impresionantes como un acarreador profesional con los Bills de Búfalo y los Niners de San Francisco.

diario hoySin embargo, logró fama mundial cuando fue acusado de perpetrar el sangriento asesinato de su exesposa Nicole Brown y Ronald Goldman. Este suceso ha sido inmortalizado en múltiples películas, series libros y documentales y hasta el mismo Simpson, hoy preso por otro tema, ha comentado cuáles le gustan y cuáles no.

Una de las representaciones más recientes del caso es “American Crime Story: The People vs. OJ Simpson”, que en diez capítulos expone la perspectiva de los fiscales y los defensores.

Haciendo uso de múltiples “licencias creativas” y más de alguna exageración, esta serie logra transmitir una lección importante del caso Simpson: que más allá de buscar a un culpable o un inocente por medio de la verdad, el gran reto de ambos bandos en la corte fue contar una historia que tuviera sentido, para el jurado y para el juez.

¿Por qué traigo este caso a colación?

Hace unos días, tuve el gusto de participar en unos debates sobre políticas públicas desde una perspectiva liberal junto a algunos académicos de diferentes rincones de América Latina y España.

En estas discusiones, donde se habló de temas tan diversos como el rol del Estado, el alcance de las decisiones públicas, la sostenibilidad en el tiempo de algunas políticas y mediciones del desempeño de estas, un tema llamó poderosamente nuestra atención.

El liberalismo, que históricamente ha situado bajo los reflectores de la opinión pública temas importantísimos para cuestionar, reforzar o cambiar, enfrenta duras batallas en la opinión pública a pesar de que en muchas ocasiones los puntos que trata tienen sentido técnico y están basados en evidencia.

La moderación en el gasto público, los incentivos que la propiedad privada traen para la conservación de bienes, las virtudes del comercio libre, el respeto a la voluntad de las mayorías sin menoscabo del derecho de las minorías, la tolerancia y las fronteras abiertas son algunos de los temas donde hay suficiente evidencia para considerar que son batallas ganadas por la humanidad y puntos de partida que deberíamos dar por sentados.

Pero esto no es así. No obstante la abrumadora comprobación de éxito que existe sobre estas y otras batallas liberales, estas siempre se las ven difíciles ante sus detractores que, a veces sin evidencia, son capaces de derribarlas con solo articular una narrativa contraria que sea atractiva y popular.

Si el caso de O.J. Simpson nos enseña algo a los liberales es que, además de aproximarnos a la razón en algunos temas, debemos saber narrarlos, saber generar empatía y que estos tengan sentido en un plano intelectual y en uno racional.

Como dijo otro participante de los debates a los que asistí, “hay que ganar la batalla cultural y no solo la economicista”. De no hacerlo, nos veremos forzados a permanecer aislados de la relevancia en el debate político, conscientes de que podíamos proveer soluciones a los problemas más apremiantes pero consternados porque nadie nos escucha.

Si los liberales perdemos la batalla cultural, estamos en riesgo de sacrificar el potencial de nuestros países en materia de progreso y libertades, dando paso a una serie de ideas destructivas -que tanto provienen de la izquierda como de la derecha- cuya legitimidad reside en muchos casos en la arenga, el panfleto y el eslogan.

En términos sencillos, como dice el chileno Ángel Soto, “aprendamos a contar cuentos y no solo a sacar cuentas”.