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COENA: Demuéstrenme que estoy equivocada. De Cristina López

Foto: Kike Giron

Foto: Kike Girón

cristina-lopezCristina López, 11 febrero 2016 / MEDIUM

Estimados miembros del COENA,

Mi carta quizás poco signifique para ustedes. Al fin y al cabo, ni soy donante de su partido, de esos con poder para influir en sus planes, y tampoco como votante les he sido fiel siempre: en diferentes elecciones me he sentido asqueada por su oferta política, ya sea porque continúan ofreciendo lo mismo (algunas candidaturas tienen más de una década de mantenerse iguales), o porque quieren impulsar caras nuevas pero con los mismos métodos. Su marcha que apela a la violencia y menciona tumbas en los términos más casuales me parece de lo más ofensivo, sobre todo en un país en el que las tumbas se cavan a diario. Tampoco les ayuda que de todos los candidatos que han llevado a la presidencia, a la mitad se les ha iniciado un proceso por corrupción, a mi parecer el pecado y abuso de poder más grande que puede cometerse en un país con un índice de pobreza tan alto.

No soy nadie (en términos de relevancia política) ni tengo nada (en términos de apoyo económico). Solo tengo opiniones y una plataforma para divulgarlas, y quizás con ella entretener, provocar y en los casos más afortunados, convencer.

Soy, como muchos miembros de mi generación, liberal a secas, con más necesidad de ideas que de partidos; de las que leemos a Bastiat por hobby y coincidimos con Foucault de que los abusos del poder punitivo son violencia del Estado contra el individuo. De los que queremos libertad para todos, hasta para los que no son como nosotros, y progreso económico para todos. De los que tuvimos la suerte de ser expuestos a diversidad de gente e ideas, por lo que contamos con el beneficio de tener amigos brillantes en la derecha y en la izquierda, con los que podemos debatir coherente y civilizadamente. Por eso siempre me ha chocado cuando en nombre de la politiquería electorera, polarizan e insultan al contrario en lugar de debatirlo o buscar puntos en común. Me asquea cuando traicionan las libertades que dicen defender en nombre de un populismo religioso mal entendido, cuando actúan como grupo de intereses de la empresa privada en vez de defensores de los derechos del individuo, cuando en la asamblea votan exactamente al revés de lo que supuestamente defienden, o cuando en vez de desmantelar la corruptela estatal de disfrute de carros nacionales, carísimos viajes, almuerzos y beneficios que pagamos con impuestos, los gozan como si nada.

Me causa risa burlona verlos repetir las ridiculeces del FMLN: tan absurdos como los tributos que el Frente le dedicó siempre a Fidel y la ciega pleitesía que le ofrendaron siempre a Chávez, fueron sus palabras de apoyo a Trump, el presidente — ¡desde ya! — más corrupto en lo que a conflictos de interés se refiere, tan autoritario y populista como los socialistas del siglo 21 y el que más daño le va a hacer a nuestros compatriotas trabajadores en Estados Unidos. Su apoyo dejó en evidencia una falta de entendimiento del panorama político (tan grave en los dirigentes de un partido como una asociación de médicos apoyando las cualidades curativas del ocultismo) que daba más risa que miedo.

Y sin embargo, la imagen que como partido me causa tantos anticuerpos — esa imagen de cierre, de control, de repeler la opinión ajena, de pensar sólo en términos de izquierda y derecha en lugar de autoritarismo vs. libertad, de asumir que en nuestro país no existe discriminación o violencia de género — de repente ciertos de sus miembros, de manera individual y con acciones más que con palabras, me dejan gratamente sorprendida. Johnny Wright, con su defensa de las libertades individuales ante las medidas extraordinarias de seguridad. A veces, Juan Valiente, con su cruzada individual por desmantelar la corrupción dentro del servicio público. Y recientemente, la última JRN (a quienes les recomendaría, investiguen todos los conceptos históricos conectados a “nacionalista” y consideren un muy necesario re-branding), toda compuesta por adultos jóvenes sin un historial de servidumbre al partido. Con ideas independientes. Con ganas de trabajar. Con un conocimiento y manejo de las redes sociales que a ustedes les falta y que tanto necesitan. Con la acertadísima noción de que su partido no va a salir de la crisis en la que está (o ¿no es crisis perder dos elecciones presidenciales seguidas, una contra un candidato — ahora presidente — con menos carisma que una cuchara plástica y con ideas antediluvianas?) a menos que intenten hablar más allá de aquellos que ya se enchalecan para aplaudir en sus mitines y gozar de sus mariachis: estos jóvenes saben que nos necesitan a nosotros, a los independientes, a los que queremos sentarnos a debatir y tenemos la mente abierta para ser convencidos si las propuestas son coherentes con ciertos principios básicos. Estos ciudadanos jóvenes, cuyo trabajo no es la política (cosa que no parecen haber entendido ustedes, si siguen convocándolos a reuniones en horarios laborales) y por lo tanto, están metidos en este huevo, no por plata o por conectes, sino por las razones correctas. Con solo meterse, y dar la cara, ya hicieron más que muchos de nosotros.

Ver a estos jóvenes dispuestos a trabajar por su partido, a la gente cínica y desilusionada como yo, nos dice que quizás su partido merece nuestro voto alguna vez, porque quizás le espera un futuro de renovación y cambio a la altura que los retos que enfrenta el país amerita. Si a estos jóvenes los bloquean, de alguna u otra manera, en público o en privado, porque son críticos, o porque son gays, o porque sienten que no pueden controlarlos, no están bloqueándolos solo a ellos. Están bloqueándose ustedes de obtener el voto presente y futuro de una ciudadanía liberal e independiente.

Si los bloquean, me habrán dado la triste satisfacción de confirmar que en la lectura que hice de ustedes tristemente tenía razón, y que estos jóvenes habrán de encontrar su lugar en la política como independientes o en un nuevo partido. Los reto: demuéstrenme que estoy equivocada.

Saludos, y disculpas, por la irritación que pueda haber causado un consejo no pedido.

Cristina López G.

Popper en Moyo Island. De Mario Vargas Llosa

el paisLa sociedad abierta y sus enemigos’ nos asoma a un liberalismo impregnado de humanidad y espíritu justiciero, lejos de los que ven el mercado como panacea.

1472716023_371950_1472921008_noticia_normal_recorte1Mario Vargas Llosa, 4 septiembre 2016 / EL PAIS

En la isla de Moyo las bandadas de monos, sin la menor incomodidad, suben y bajan de los árboles, juegan, se pelean, bombardean las tiendas con tamarindos, hacen el amor o se masturban. Hay también discretos jabalíes que pasan en manada por la orilla del bosque, silentes murciélagos y un mar de estrellas cada noche entre las que navega, soberbia, la Vía Láctea.

Probablemente no haya mejor lugar en el mundo que esta isla remota, sin televisión y sin periódicos, para releer La sociedad abierta y sus enemigos de principio a fin, con sus casi doscientas páginas de notas microscópicas. La isla neozelandesa donde K.R. Popper la escribió durante la II Guerra Mundial no está muy lejos de aquí y, acaso, en aquel entonces, por los arrabales de Christchurch se paseaban también los impúdicos macacos.

Popper dijo que escribir este libro fue su contribución personal a la lucha contra el nazismo que lo había descuajado de su Viena natal y que mandaría a 16 parientes suyos a los campos de exterminio por ser judíos. Había que creer muy firmemente en la fuerza de las ideas para decir una cosa semejante, pero no se equivocó, pues Hitler y los otros enemigos presentes y futuros a los que ataca en su libro sin necesidad de nombrarlos —Stalin, Mao y buen número de tiranuelos de todo el espectro ideológico— están muertos y su ensayo está ahora más vivo que cuando apareció, en 1945.

Es un libro conmovedor y deslumbrante, el más importante que apareció en el siglo XX en defensa de la cultura de la libertad y la recusación más persuasiva de su enemigo principal: la tradición totalitaria. Le tomó cinco años escribirlo y nunca lo hubiera terminado sin la ayuda de Hennie, su mujer, que lo ayudaba en la investigación, dactilografiaba el manuscrito y lo sometía a críticas incisivas. Popper tenía que robarle tiempo al tiempo. El modesto puesto de lector en la universidad local que le habían conseguido Gombrich y Hayek, apenas les daba para comer, y su jefe de departamento, que le tenía inquina, lo agobiaba con las clases y quehaceres administrativos. Pese a ello, se las arreglaría para aprender el griego clásico y mantener una copiosa correspondencia bibliográfica con Europa, pues la biblioteca de Christchurch era muy exigua y apenas le servía.

“Combate el irracionalismo de Platón,
desprecia a Hegel y respeta a su adversario Carlos Marx”

La gran novedad del libro fue que Popper hiciera arrancar la tradición totalitaria de Platón, secundado por Aristóteles, los intelectuales más brillantes de una cultura que, gracias a Pericles, Sócrates y tantos otros, había echado las bases de una sociedad abierta, es decir, libre y democrática. Yo había olvidado —leí por primera vez este libro hace más de veinte años— la ferocidad con que Popper combate el colectivismo, el racismo, el autoritarismo y el irracionalismo de Platón y el desprecio con que trata a Hegel, a quien llama “verboso”, “oscurantista”, “oportunista” y “farsante” (como había hecho, antes que él, Schopenhauer); y el respeto, lindante con la admiración, que le merece su adversario Carlos Marx. Pese a que desmenuza con tanta eficacia sus teorías de una historia fatídica en la que la lucha de clases y las relaciones de producción determinan la evolución de las sociedades, le reconoce integridad intelectual y decencia moral por su rechazo de la explotación y la injusticia y llega a decir de él que tal vez fuera, sin saberlo, un genuino partidario de la sociedad abierta.

No menos duro se muestra con su compatriota Ludwig Wittgenstein y el historiador A. J. Toynbee, cuyo voluminoso A Study of History le parece también un modelo de “historicismo”, una construcción artificiosa y determinista de una historia programada en la que los seres humanos no serían protagonistas sino títeres.

Junto a una defensa apasionada de la libertad en cada una de sus páginas, hay en La sociedad abierta y sus enemigos una protesta constante contra el sufrimiento humano que resulta de la injusticia económica y social, que alcanza tonos desgarradores cuando recuerda los horrores de la explotación obrera y del trabajo infantil en el siglo XIX —niños de ocho o diez años que trabajaban quince horas diarias en las fábricas de la revolución industrial—, es decir, durante aquel “capitalismo sin frenos” en que se basó Marx para escribir El capital.

“Nunca hemos tenido tantas oportunidades
para combatir al hambre, la injusticia o la enfermedad”

Popper reconoce que el capitalismo se humanizó en Occidente en buena medida por la constitución de sindicatos y acciones obreras directa o indirectamente inspiradas en las ideas socialistas. Y, al mismo tiempo, muestra con argumentos irrefutables que la desaparición de la propiedad privada y del mercado libre conducen inevitablemente a un crecimiento monstruoso del Estado y a una proliferación burocrática que arrasan con las libertades públicas, instalan un control inquisitorial de la información y dan al caudillo o líder esos poderes supremos —entre ellos el de mentir y manipular fraudulentamente a las masas— que Platón reclamaba para los “guardianes” de su República perfecta.

El liberalismo de Popper está impregnado de humanidad y de espíritu justiciero, muy lejos de aquellos logaritmos vivientes que ven en el mercado la panacea para todos los males de la sociedad. El crecimiento económico está lejos de ser un fin, sólo aparece como un medio para acabar con la pobreza y garantizar unos niveles de vida decente a todos los ciudadanos. Muy explícitamente defiende aquella igualdad de oportunidades (equality of opportunity) que espanta a ciertos cavernarios de la derecha liberal. Y por eso cree que, junto a una enseñanza privada, debe haber una enseñanza pública y gratuita de alto nivel que compita con aquella, y un Estado que atenúe y corrija las desigualdades de patrimonio mediante seguros de desempleo, de accidentes de trabajo, asegure la jubilación y estimule la difusión de la propiedad. “La igualdad frente a la ley”, afirma, “no es un hecho sino una exigencia política basada en una decisión moral, y es independiente de la teoría, probablemente falsa, de que todos los hombres nacen iguales”.

La abundancia de notas, que por momentos llega a ser vertiginosa, es también fascinante: Popper responde a sus adversarios, polemiza con ellos y a veces consigo mismo, corrigiéndose a menudo, es decir, sometiendo sin tregua los capítulos y acápites de su libro a la famosa prueba “del ensayo y del error” que, desde su primer libro, La lógica de la investigación científica (1934) estableció era la condición indispensable a que debía ser sometida toda teoría o hipótesis que pretendiera enriquecer el conocimiento de la naturaleza o de la sociedad.

No hay la menor duda que las suyas han prestado una enorme ayuda a la cultura democrática y contribuido a que, gracias a él, fuese verdad aquello que sostenía con tanta convicción, sobre todo en sus últimos años, enfrentándose a los intelectuales apocalípticos felices de predecir catástrofes: que, con todo lo que anda mal en ella (y que es mucho) nunca la vida, en la larga historia de la humanidad, ha sido mejor ni hemos tenido tantas oportunidades para combatir a los viejos demonios del hambre, la injusticia y la enfermedad, como en el presente.

“Se van los jugadores”: Entrevista a Jürgen Habermas sobre el BREXIT y la Unión Europea

El filósofo alemán Jürgen Habermas (Foto: Louisa Gouliamaki/AFP/Getty Images)

El filósofo alemán Jürgen Habermas (Foto: Louisa Gouliamaki/AFP/Getty Images)

 
ZeitEntrevista a  Jürgen Habermas  de Thomas Assheuer, publicada por DIE ZEIT el 9 de julio 2016; versión en español: 20 julio 2016 / OBELA


Señor Habermas, ¿pensó alguna vez que el Brexit sería posible? ¿Qué sintió cuando se enteró de que la ‘salida’ había logrado la victoria?

Nunca habría imaginado que el populismo ganaría al capitalismo en su país de origen. Dada la importancia vital del sector bancario para el Reino Unido, el poder de los medios y el peso político de la City (ciudad financiera de Londres), era poco probable que las cuestiones de identidad prevalecieran sobre los intereses.

Mucha gente está ahora pidiendo referendos en otros países. ¿Produciría un referéndum en Alemania un resultado distinto del que tuvo en Reino Unido?

Bueno, eso supongo. La integración europea estaba –y todavía permanece– entre los intereses de la República Federal de Alemania. En las primeras décadas de la posguerra fuimos capaces de restaurar, paso a paso, una reputación nacional completamente devastada actuando cautelosamente como ‘buenos europeos’. Con el tiempo, pudimos contar con el apoyo de la UE para la reunificación. Retrospectivamente, Alemania ha sido el gran beneficiario de la unión monetaria en Europa –incluso durante la crisis del euro–. Y debido a que, desde 2010, Alemania ha sido capaz de imponer en el Consejo Europeo su visión ordoliberal contra Francia y los europeos del sur, Angela Merkel y Wolfgang Schäuble han tenido fácil adoptar en casa el papel de grandes defensores de la idea europea. Por supuesto, esto es una forma muy nacionalista de mirar las cosas. Pero este gobierno necesitaba no tener dudas de que la prensa iba a adoptar un enfoque diferente e informar a la población sobre las buenas razones de otros países para ver las cosas de forma completamente opuesta.

¿Está usted acusando a la prensa de doblegarse abúlicamente ante el gobierno? De hecho, Merkel difícilmente puede quejarse del número de sus críticos. Al menos en lo que respecta a su política de refugiados.

De hecho no estamos hablando de eso. Aunque no tengo reparo en decirlo. La política sobre refugiados también ha dividido a la opinión pública alemana y a la prensa. Esto puso fin a larga etapa de parálisis sin precedentes en el debate político público. Yo me refería al período anterior, el de la crisis del euro, tan cargado políticamente, y en el que se podría esperar una polémica igual de agitada acerca de la política del gobierno federal ante la crisis. Toda Europa ha considerado contraproducente el enfoque tecnocrático que aplaza indefinidamente las decisiones. Pero no ha sido así en las dos grandes cabeceras diarias y las dos semanales que leo habitualmente. Si esta observación es correcta, entonces, como sociólogo, uno puede buscar explicaciones. Pero mi punto de vista es el de un lector de periódicos comprometido, y me pregunto si la política del avestruz de Merkel, destinada a adormecer a todo el mundo, podría haber barrido el país sin una cierta complicidad por parte de la prensa. Los horizontes imaginables se reducen cuando no hay puntos de vista alternativos en la oferta. Ahora mismo estamos asistiendo a otra ronda de somníferos. Como en el informe que acabo de leer sobre la última conferencia política del SPD, donde se reduce –-en lo que Hegel habría llamado una perspectiva de mayordomo– la posición de un partido de gobierno ante el enorme evento del Brexit, que debería ser objetivamente de interés para todo el mundo, a las próximas elecciones generales y a las relaciones personales entre el Sr. Gabriel y el Sr. Schulz.

¿Pero no se basa el deseo británico de abandonar la UE en razones domésticas? ¿O es el síntoma de una crisis en la UE?

Ambas cosas. Los británicos tienen detrás una historia diferente a la del continente. La conciencia política de ser una gran potencia, dos veces victoriosa en el siglo XX, pero en declive a nivel global, vacila a la hora de adaptarse a esa situación cambiante. Con ese sentido nacional de sí misma, Gran Bretaña se colocó en una situación incómoda después de unirse a la CEE por motivos puramente económicos en 1973. Las élites políticas, de Thatcher a Cameron pasando por Blair, nunca tuvieron intención de abandonar su mirada distante hacia la Europa continental. Esa fue la perspectiva de Churchill cuando, en su famoso discurso de Zurich de 1946, dibujó al imperio (británico) en el papel de padrino benévolo de una Europa unida –pero sin ser realmente parte de ella. La política británica en Bruselas ha sido siempre un enfrentamiento inspirado en la máxima: “Queremos nuestra parte del pastel, y además nos lo comemos”.

¿Se refiere a su economía política?

Los británicos tenían una visión decididamente liberal de la UE como una zona de libre comercio, y esto se expresó en una política de ampliación de la UE sin ningún tipo de profundización simultánea en la cooperación. Ni Schengen, ni euro. La actitud exclusivamente instrumental de las élites políticas hacia la UE se ha reflejado en la campaña por el Remain. Los defensores (a medias) de permanecer en la UE se inclinaron de forma estricta por una campaña basada en el miedo y armada con argumentos económicos. ¿Cómo podía ganar la actitud proeuropea frente a una mayoría más amplia si los líderes políticos se han comportado durante décadas como si la búsqueda estratégica y sin piedad de los intereses nacionales fuera suficiente para mantenerse dentro de una comunidad supranacional de Estados? Visto desde lejos, este fracaso de las élites se materializa, de forma diferente y llena de matices (tal como son), en dos tipos de políticos egocéntricos, conocidos como Cameron y Johnson.

En la votación, no solo hubo una sorprendente brecha de edad, sino también una fuerte brecha urbana-rural. La ciudad multicultural perdió. ¿Por qué esta repentina ruptura entre la identidad nacional y la integración europea? ¿Han subestimado los políticos europeos el poder persistente y real de la voluntad nacional y cultural?

Está usted en lo cierto, el voto británico también refleja una parte de la situación general de crisis de la Unión Europea y sus Estados miembros. El análisis del voto apunta a la misma clase de patrón que vimos en las elecciones presidenciales de Austria y en nuestras recientes elecciones regionales en Alemania. La elevada participación sugiere que el campo populista tuvo éxito en la movilización del sector de los abstencionistas previos. Estos votantes dominan de forma abrumadora en los grupos marginados que se sienten abandonados. Esto se une a la evidencia de que los estratos más pobres, más desfavorecidos socialmente y menos instruidos votaron más por salir que por quedarse. Por lo tanto, no sólo existen patrones de voto contrario en las zonas rurales y en las ciudades, sino que la distribución geográfica de los votos por la salida se acumulan en la región central y en partes de Gales –incluyendo las antiguas zonas industriales abandonadas, que no han podido recuperar sus bases económicas–, y esto apunta a las razones sociales y económicas para el Brexit. La percepción del drástico aumento de la desigualdad social y la sensación de impotencia que produce ver que tus propios intereses ya no están representados en el plano político, todo eso está en el contexto de la movilización contra los extranjeros, en el dejar Europa atrás, en el odio a Bruselas. En una vida diaria insegura, ‘un sentido nacional y cultural de pertenencia’ es, de hecho, un elemento de estabilización.

Screenshot_20160822-130253¿Pero son esas solo cuestiones sociales? Hay una tendencia histórica bien conocida hacia la auto-ayuda nacional y de renuncia a la cooperación. La supranacionalidad significa, para la gente común, la pérdida de control. Muchos piensan: sólo la nación ofrece la roca sobre la que aún se puede construir. ¿No demuestra esto que la transición de lo nacional a la democracia transnacional ha fracasado?

No se puede decir que se ha venido abajo un esfuerzo que apenas ha comenzado. Por supuesto, la llamada a “recuperar el control”, que ha jugado un papel en la campaña británica, es un síntoma que se debe tomar en serio. En lo que realmente los observadores dieron en el blanco es en la irracionalidad evidente, no sólo del resultado, sino de toda la campaña. Las campañas de odio también están creciendo en el continente. Los rasgos socio-patológicos de esta desinhibida agresividad política apuntan al hecho de que las compulsiones sistémicas omnipresentes en una sociedad global coalescente, económicamente no administrada y digital, simplemente sobre-representan las formas de integración social que se obtienen democráticamente en el Estado-nación. Esto desencadena comportamientos reaccionarios. Un ejemplo son las fantasías wilhelmianas de, por ejemplo, Jaroslav Kaczynski, mentor del actual gobierno polaco. Después del referéndum británico propuso la desintegración de la UE en una asociación informal de estados nacionales soberanos, de manera que éstos se fundan rápidamente en una gran potencia militar entre ruido de sables.

También se podría decir, simplemente: Kaczynski se limita a reaccionar ante la pérdida de control del Estado-nación.

Como todos los síntomas, este sentimiento de pérdida de control tiene un núcleo real –el vaciamiento de las democracias nacionales que, hasta ahora, habían dado a los ciudadanos el derecho a participar en las decisiones importantes que condicionan su vida social. El referéndum de Reino Unido proporciona una prueba viva de la palabra clave: “post-democracia”. Obviamente, se ha derrumbado la infraestructura sin la cual no puede haber una esfera pública sólida y competencia entre los partidos. Después de los análisis iniciales, los medios de comunicación y los partidos políticos de la oposición fallaron a la hora de informar a la población sobre cuestiones relevantes y hechos elementales, y mucho más a la hora de discernir los argumentos, a favor o en contra, de los puntos de vista políticos opuestos. La muy baja participación de las personas entre 18 y 24 años de edad, supuestamente perjudicados por los ancianos, es otro dato revelador.

Parece que la prensa es culpable, otra vez…

No, pero el comportamiento de este grupo de edad ilustra la manera en que los jóvenes usan los medios en la era digital y cómo cambia la actitud hacia la política. En la ideología de Silicon Valley, el mercado y la tecnología salvarán a la sociedad y por tanto harán que algo tan antiguo como la democracia sea superflua. Un factor que hay que considerar seriamente en este asunto es la tendencia general hacia la integración cada vez más estrecha de los partidos políticos en el complejo organizativo del Estado. Y, por supuesto, no es una coincidencia que las políticas europeas no estén enraizadas en la sociedad civil. La Unión Europea se ha constituido de manera que las decisiones económicas básicas que afectan a la sociedad en su conjunto no figuran entre las decisiones democráticas. Este vaciamiento tecnocrático de la agenda diaria a la que se enfrentan los ciudadanos no es un destino de la naturaleza sino la consecuencia del diseño de los tratados. En este contexto, la intencionada separación política de la división de poder entre el nivel nacional y el europeo también juega un papel: el poder de la Unión se concentra allá donde los intereses del estado-nación se bloquean entre ellos. La transnacionalización de la democracia sería la respuesta correcta. En una sociedad global tan interdependiente, no hay otra manera de compensar la pérdida de control que los ciudadanos sienten y de la que se quejan; en realidad, esto es lo que ha pasado.

La Unión Europea se ha constituido de manera que las decisiones económicas básicas que afectan a la sociedad en su conjunto no figuran entre las decisiones democráticas.

Screenshot_20160822-130211Pero casi nadie cree ya en esa transnacionalización de la democracia. El sociólogo Wolfgang Streeck dice que la UE es una máquina desreguladora que fue incapaz de proteger a las naciones del capitalismo salvaje, es más, que las abandonó a su suerte. Ahora bien, las naciones-estado deberían tomar el asunto en sus propias manos otra vez. ¿Por qué no debería haber una vuelta al antiguo capitalismo del Estado de bienestar?

El análisis de Streeck sobre la crisis se basa en datos empíricos convincentes. Comparto también su diagnóstico sobre el estado apergaminado de la sustancia democrática, que hasta ahora ha tomado forma institucional casi únicamente en el Estado-nación. También comparto muchos diagnósticos parecidos de politólogos y abogados que se refieren a las consecuencias des-democratizantes de la “gobernanza” –las nuevas formas políticas y legales de “gobernar más allá del Estado-nación”. Pero el argumento para volver al formato de pequeños Estados-nación no me convence tanto. Porque estos deberían funcionar en los mercados globalizados en la misma línea que los conglomerados globales. Y esto significaría la total abdicación de la política frente a los imperativos de los mercados desregulados.

Hay un campo interesante en formación… Por un lado están los que piensan que la UE ha superado su propósito de ser un proyecto político y que el Brexit es una clara señal para eliminar Europa. La otra parte, la de Martin Schulz, por ejemplo, dice: “No podemos seguir así. La crisis de la UE se debe a la falta de profundización: existe el euro, pero no hay ni un gobierno europeo ni una política económica y social”. ¿Quién tiene razón?

Cuando, en la mañana después del Brexit, Frank-Walter Steinmeier aprovechó el momento para invitar a los primeros ministros de los seis estados fundadores de la UE, Ángela Merkel sintió el peligro enseguida. Esa reunión podría haber sugerido a algunos que el deseo real era reconstruir Europa después de una serie de temblores. Al contrario, ella insistió en buscar un acuerdo entre los otros 27 Estados miembros. Sabiendo que en este círculo, y con líderes nacionalistas como Orban o Kaszinski, un acuerdo constructivo es imposible, Ángela Merkel quiso cortar de raíz cualquier pensamiento sobre una futura integración. En Bruselas exigió al Consejo que se mantuviese firme. Tal vez tiene la esperanza de poder neutralizar exhaustivamente las consecuencias económicas y comerciales del Brexit, o incluso de que se reviertan del todo.

Su crítica suena un poco antigua. Ha acusado mucho a la señora Merkel de acometer una política de agachar la cabeza y tirar hacia adelante. Al menos en la política europea.

Tengo miedo a que esa política de minimizar las cosas triunfe, aunque tal vez ya haya triunfado –aquí sin perspectiva, ¡por favor! El argumento es: “No te cabrees, la UE siempre ha cambiado”. De hecho, este ir saliendo del paso sin un final visible ante la actual, explosiva crisis europea, se traduce en que la UE nunca será capaz de caminar hacia delante “como antes”. Pero precipitarse y adaptarse a la normalidad de la “dinámica de estancamiento” se paga renunciando a cualquier intento de dar forma, políticamente, a los acontecimientos. Y es precisamente esta Ángela Merkel la que rechazó enfáticamente, en dos ocasiones, la extendida noción de los politólogos sobre la falta generalizada de espacio para acometer maniobras políticas –sobre el cambio climático y la acogida de refugiados–. Sigmar Gabriel y Martin Schulz son las únicas voces destacadas con alguna traza de temperamento político que se niegan a aceptar la tímida retirada de la clase política ante cualquier intento de pensar, siquiera, con tres o cuatro años de antelación. Que el liderazgo político simplemente deje que el férreo puño de la historia tome el control no es un signo de realismo. “En casos de peligro y extrema emergencia, decidirse por el término medio lleva a la muerte” –últimamente pienso mucho en la película de mi amigo Alexander Kluge. Por supuesto solo desde la retrospección se entiende que podría haber otra solución. Pero para descartar una alternativa antes de que se haya intentado poner en marcha uno debe tratar de imaginar nuestra situación actual igual que un historiador mira al pasado presente.

¿Cómo puede imaginarse la profundización de la Unión sin obligar a los ciudadanos a temer una mayor pérdida de control democrático? Hasta ahora toda profundización ha incrementado el euroescepticismo. Hace años Wolfgang Schäuble y Karl Lamers hablaron de la Europa de dos velocidades, de un corazón europeo –y usted estaba de acuerdo. ¿Cómo funcionaría? ¿No se deberían cambiar los tratados en este caso?

La convocatoria de una convención que conduciría a grandes cambios y referendos sólo sucedería si la UE hubiese hecho intentos más perceptibles y convincentes para abordar los problemas más urgentes. Los problemas urgentes son la todavía no resuelta crisis europea, el problema a largo plazo de los refugiados y los problemas de seguridad. Ni siquiera la mera descripción de estos factores están consensuados en el círculo cacofónico de los 27 miembros del Consejo Europeo. Solo se puede llegar a compromisos si los socios están dispuestos a comprometerse y esto significa que sus intereses no deberían ser demasiado divergentes. Una mínima convergencia de intereses es lo mejor que se puede esperar de los miembros de la Eurozona. La historia de la crisis de la moneda común, cuyos orígenes han analizado extensamente los expertos, une a estos países durante varios años –si bien de manera asimétrica. Por lo tanto la Eurozona delimitaría el tamaño natural del corazón de Europa. Si estos países tuviesen la voluntad política, el principio básico de “cooperación estrecha” prevista en los tratados permitiría los primeros pasos hacia la separación de ese corazón –y, con ello, la largamente esperada formación de una contraparte del Eurogrupo dentro del Parlamento Europeo.

Eso dividiría la UE.

Cierto, la argumentación contra este plan es la “división”. En cualquier caso, asumiendo que se quiera la integración europea, este argumento es infundado. Porque solo un corazón que funcionase correctamente podría convencer a las poblaciones polarizadas de todos los Estados-miembro de que el proyecto tiene sentido. Solo bajo estos fundamentos aquellas poblaciones que prefieren estar sujetas a su soberanía podrían convencerse gradualmente de unirse –una decisión que siempre estará abierta (!) para ellos: en esta perspectiva debe de haber, desde el principio, un intento de hacer esperar entre bastidores a los Gobiernos para tolerar ese proyecto. El primer paso hacia un compromiso en la Eurozona es bastante obvio: Alemania deberá renunciar a su resistencia a una coordinación más estrecha de las políticas fiscales, económicas y sociales, y Francia deberá estar preparada para renunciar a su soberanía en estas mismas áreas.

Solo un corazón que funcionase correctamente podría convencer a las poblaciones polarizadas de todos los Estados-miembro de que el proyecto tiene sentido.

¿Quién bloqueó esto?

Mi impresión desde hace mucho tiempo era que la posible oposición sería mayor en el lado francés. Pero esto ya no es así. Cada acción de profundización colapsa por la obstinada resistencia de la CDU/CSU gubernamental, que durante años ha decidido evitarle a sus votantes un mínimo de solidaridad con los ciudadanos de otros países europeos. Cuando las siguientes elecciones están en el horizonte, juegan con los egoísmos de la economía nacional -y sistemáticamente subestiman la disponibilidad de la mayoría de los ciudadanos alemanes a hacer concesiones en sus intereses a largo plazo. Se debería ofrecer, enérgicamente, una alternativa razonable y de largo aliento a la abrumadora continuación de su actual línea de acción.

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El Brexit refuerza la influencia alemana. Y Alemania ha sido vista como hegemónica. ¿Cómo nace esa percepción?

La recuperación de la supuesta normalidad de los Estados-nación llevó a un cambio en la mentalidad de nuestro país, que se dasarrolló durante décadas en la antigua Alemania del Este. Esto coincidió con un estilo de creciente autoestima y una insistencia más franca sobre la orientación “realista” de las actitudes políticas en la nueva República de Berlín hacia el mundo exterior. Desde 2010 hemos visto cómo el Gobierno alemán trata su indeseado y creciente papel de liderazgo en Europa pensando menos en lo general y más en su interés nacional. Incluso un editorial de Frankfurter Allgemeine Zeitung admite el efecto contraproducente de las políticas alemanas, “porque confunde más y más el liderazgo europeo con la imposición de sus propias ideas sobre el orden político”. Alemania es una potencia hegemónica reacia pero insensible e incapaz, que usa e ignora a la vez el alterado equilibrio de poder europeo. Esto provoca rencores, sobre todo en otros países de la Eurozona. ¿Cómo debería sentirse un español, portugués o griego que ha perdido su trabajo como resultado de la política de recortes decidida por el Consejo Europeo? No puede emplazar a los ministros alemanes que impusieron sus políticas en Bruselas: no puede votarlos ni echarlos de la administración. En lugar de esto, durante la crisis griega pudo leer cómo esos mismos políticos negaban enfadados cualquier tipo de responsabilidad en las desastrosas consecuencias sociales que habían causado, casualmente, sus programas de recortes. A menos que nos libremos de esta estructura antidemocrática y defectuosa, será difícil asombrarse por la campaña de desprestigio antieuropea. La única manera de que haya una democracia europea es intensificando la cooperación europea.

El Estado del bienestar y la democracia forman un nexo intrínseco que en la unión monetaria ya no puede ser asegurado por los Estados nación individuales.

¿Lo que está diciendo es que los movimientos de derechas solo desaparecerán cuando haya más Europa y la UE sea mucho más democrática?

No, creo que perderán terreno durante el proceso. Considero correcto que todas las partes asuman que la Unión tiene que recuperar confianza para cortar la hierba bajo los pies de los populistas de derechas. Una parte quiere sacar provecho de su capacidad de impresionar a los simpatizantes de derechas mostrando músculo. El eslogan es “no más visiones elevadas, más soluciones prácticas”. Ese punto de vista está tras la renuncia pública de Wolfgang Schäuble a su propia idea sobre el corazón de Europa. Ahora cuenta completamente con el método intergubernamental, confía en que los jefes de Estado y de Gobierno resuelvan las cosas entre ellos. Sigue confiando en la apariencia exitosa de la cooperación entre Estados-nación. Pero los ejemplos que pone –la unión digital de Oettinger, la europeización de los presupuestos armamentísticos o la unión energética– difícilmente cumplirían el deseado objetivo de impresionar a la gente. Y, cuando se trata de problemas verdaderamente urgentes –él mismo habla de la política de refugiados y de la creación de un derecho de asilo europeo, aunque elude el dramático paro juvenil en los países del sur–, entonces los costes de la cooperación son tan altos como han sido siempre. Por lo tanto, el bando opuesto recomienda la alternativa de una cooperación profunda y vinculante con un círculo más pequeño de Estados que estén dispuestos a converger. Esa Euro-Unión no necesita buscar problemas solo para demostrar su propia capacidad de actuación. Y, en el en el camino hacia eso, los ciudadanos se darán cuenta de que ese corazón de Europa se ocupará de los problemas sociales y económicos que están detrás de las inseguridades, del miedo al declive social y del sentimiento de pérdida de control. El Estado del bienestar y la democracia forman un nexo intrínseco que en la unión monetaria ya no puede ser asegurado por los Estados nación individuales.

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©⁠”Die Spieler treten ab”, DIE ZEIT No. 29/2016, Jürgen Habermas interviewed by Thomas Assheuer. Versión en inglés: The players resign. Traducción al español de de Adriana M. Andrade y José Luis Marín.

Liberal sin excusas. De Rodrigo Molina

Rodrigo Molina Rochac es publicista y miembro del COENA de ARENARodrigo Molina, 10 junio 2016 / EDH

Nuestro sistema político y representativo está en crisis. Es evidente cuando, por un lado, la ciudadanía está sumamente decepcionada con su Gobierno y sus funcionarios, pero por el otro, claros que el país va en una dirección equivocada, no logran ver en la oposición política una alternativa viable. Esta no es una opinión personal, es lo que nos dicen los números.

Y la ciudadanía tiene razón. ¿En quién creer cuando ya nadie representa nada? Cuando la diferencia más grande es entre los que tienen el poder y aquellos que aspiran a tenerlo, sin poder ver claramente el por qué se aspira a ello. Lo más fácil es asumir que se aspira al poder, para beneficiarse de él. ¿Pues no es eso lo que se ha visto? El problema no es de quien duda, sino de quien ha olvidado lo que representa y en lo que cree.

El problema es que la política se ha olvidado de las ideas. De las ideas de verdad, de aquellas que se fundamentan en convicciones profundas y claras, no de esas que se utilizan a conveniencia para pasar leyes, ganar elecciones o simplemente para oponerse al contrincante. Ideas que significan algo real. Por las que uno estaría dispuesto a sacrificar cualquier cosa. Ideas que son más importantes que ganar una elección, o subir en las encuestas, o mantener los privilegios del poder. De esas ideas quedan bien pocas en nuestro país.

diario hoyTal vez antes de decir que somos de tal o cual partido, antes de decir que somos de derecha o izquierda, antes de decir que somos opositores, o apartidarios, o prosistema, o antisistema, o de sociedad civil, o independientes, o cualquier otra cosa; tal vez antes de etiquetarnos a nosotros mismos por estar en contra de algo o de alguien, debemos tener claro qué ideas representamos. No en base a quién es mi amigo o mi enemigo. No en base a que si soy parte del poder o estoy en contra de él. No en base a si es popular, o tradicional, o si ganará elecciones. Si no en base a lo que nos mueve, a lo que nos apasiona, al tipo de mundo que queremos construir.

Empezaré yo.

Yo creo en la libertad. Pero no en ese concepto trillado y romántico que se ha utilizado en incontables prosas y campañas políticas. No en esa etiqueta que se ha utilizado para justificar o promover agendas políticas que esconden intereses ajenos. No en la libertad conveniente que algunos quieren para lo que les sirve, pero no cuando no les parece. Pobre la idea de la libertad, tan prostituida y atropellada. Utilizada para justificar cualquier cosa y para maquillar a cualquier político.

Yo creo en la libertad de verdad. En la libertad plena del individuo. Sin matices, sin excusas, sin justificaciones. Creo que ningún político tiene por qué meter al gobierno en nuestros negocios o en nuestros hogares. No tienen por qué meter mano ni en nuestros bolsillos, ni en nuestros dormitorios.

Creo que todos tenemos el derecho a ser diferentes. Es más, celebro nuestras diferencias. De la diversidad surge la creatividad y la innovación, y solo así progresan nuestras sociedades. Creo en el potencial transformativo de la imaginación y la rebeldía. Creo que para construir grandes cosas nuevas, es necesario destruir viejos y desgastados dogmas.

Así, los liberales, los de adeveras, los sin excusas, somos humanistas, porque consideramos que el ser humano y su bienestar debe ser siempre el punto central de nuestro análisis y acción, y progresistas, porque somos sumamente optimistas sobre lo que el ser humano puede lograr y hacia dónde puede avanzar. Nos dan alergia los populismos de la izquierda, pero de igual manera los paternalismos de la derecha, y ante todo, el clientelismo del cual todos se bañan. Creemos en la libre empresa, pero no somos pro empresas. Creemos en la igualdad, pero no en la que se impone a la fuerza. No cabemos cómodamente ni de un lado, ni del otro.

Somos idealistas y optimistas, a veces poco pragmáticos, y rara vez muy populares. Pero no buscamos ganar concursos de belleza. Nuestro objetivo no es ganar elecciones. Creemos en las ideas. Nos apasionan las ideas. Creemos en un mundo mejor, y sentimos que tenemos la responsabilidad de transformar la realidad que nos rodea. Sentimos la responsabilidad de ejercer una influencia positiva en la sociedad a través de nuestras pasiones y nuestras convicciones.

Así con nuestros libros, nuestra música, nuestro arte, nuestra moda, y con nuestras vidas en general. Podemos ser controversiales. Podemos ser inconvenientes. Podemos ser incomprendidos, incluso reprochados. Pero en eso creemos, y así decidimos vivir nuestras vidas y ejercer nuestras pasiones. Porque sabemos que así se construye un mejor mundo.

¿Y tú en qué crees?

Liberalismo, la filosofía de la humildad. De Max Mojica

max mojica-xMax Mojica, 2 mayo 2016 / EDH

Uno de los problemas de las ideologías totalitarias es que consideran que desde ellas se puede interpretar todo el quehacer humano, especialmente cuando dicha ideología se pone en práctica desde el ejercicio del poder gubernamental. Desde esa óptica, les parece lo más natural del mundo que el ciudadano que llega al poder, por esa sola circunstancia, está ya en la posibilidad de decirnos a todos “qué hacer”, en “qué invertir”, “cómo, cuándo y dónde” utilizar nuestros recursos o emplear nuestro tiempo, qué debemos consumir, cómo debemos combatir la pobreza, qué debemos hacer para “vivir mejor”, en qué debemos creer y en definitiva, cómo debemos ser felices.

diario hoyLos que viven, medran y creen en tales ideologías, sostienen que es posible ser feliz por decreto, y que desde sus escritorios pueden manejar la economía mejor que lo que lo puede hacer ese maligno “libre mercado”, pudiendo con sesuda clarividencia, advertir qué es lo mejor para los ciudadanos; razón por lo cual, no tienen ningún empacho en dictar normas que regulen la vida íntima y pública de estos.

En oposición a un sistema social libre o liberal que brota de los individuos y sus interacciones y acuerdos libres, todo sistema dirigista que nace de una ideología totalitaria y es impuesto de arriba abajo, presume que una mente o conjunto de mentes pueden conocer la verdad indiscutible de lo que es el “buen vivir” y la forma de conseguirlo. Este grupo de personas cree poseer una clarividencia tal, que sabe como invertir –mejor que tú- tus pensiones, o cómo deberías de utilizar tus excedentes económicos, y así actúan en consecuencia: emitiendo leyes restringiendo tu libertad, nacionalizando o cuasi-nacionalizando tus activos.  Por ello, las ideologías totalitarias que creen que ellas poseen la verdad absoluta, pueden resultar a priori cándidamente atractivas: para algunas personas resulta tentador tener la guía de un líder mesiánico que nos diga -como si fuéramos niños- qué es lo que tenemos que hacer. El problema es que la gran sociedad no es una familia y los ciudadanos no somos ni actuamos como menores de edad. No queremos ser dirigidos como borregos, queremos que nuestra voz se oiga y nuestras decisiones –o aún nuestros errores-se respeten.

La última obra de Hayek, La Fatal Arrogancia, precisamente versa sobre esto. Muestra cómo todo socialismo de cualquier tipo, parte de la arrogancia de pretender saber en qué consiste la “felicidad” para los demás. Pero la historia nos demuestra que la felicidad por decreto generada por todo tipo de colectivismo sólo crea la más profunda de las infelicidades y catástrofes sociales que ha conocido la humanidad; si no lo creemos, hagamos un breve recorrido por la historia del Siglo XX, para darnos cuenta que los más grandes sufrimientos sociales ocurrieron precisamente en países que trataron de ser “felices” a la fuerza, creando “paraísos” por decreto.

Por ello, el mercado libre suele ser satanizado por los que le temen a la libertad humana. Tristemente esto es fruto de la arrogancia de quienes no entienden los procesos sociales libres y voluntarios y prefiere el orden dirigido por un ejército de burócratas, al orden espontáneo generado por la maravillosa mente humana.

El liberalismo es humildad porque admite que cada uno de nosotros no somos nadie para entrometernos en los planes de vida ajenos, mucho menos para planificarlos y dirigirlos. Yo no soy nadie para prohibir a otros consumir determinados alimentos o sustancias, formar una familia con este o aquel o establecer voluntariamente con cualesquiera otros estas o aquellas condiciones económicas en una transacción.

Dirigir las vidas de los demás es arrogante. Dejar que cada uno viva su vida y dedique íntegramente el fruto de su trabajo a lo que él decida, porque la felicidad es una búsqueda personal -como decía Aristóteles- y no un guión impuesto, es humildad. Y en esto reside uno de los grandes fundamentos del liberalismo, esa filosofía que compartimos todos aquellos que no obstante nuestra mucha o poca preparación académica, situación económica o nivel social, sabemos que no lo conocemos todo y que entre más conocemos, más somos conscientes de todo lo que ignoramos, por ello, el liberalismo es la filosofía de la humildad, esa que nos hace saber que respetar la libertad absoluta del “ciudadano de a la par”, es la base y fundamento del vivir en democracia.

Ser mercantilista no es ser liberal. Ser liberal es respetar, dentro del marco de la ley, la libertad absoluta de los demás, no solo en su proyección económica, si no como seres humanos. Es importante conocer la diferencia, ya que si de algo nunca debemos avergonzarnos, es de defender la libertad, de esa que arde como un fuego que no se extingue adentro de cada uno de nosotros.

El atrevimiento de Johnny Wright. De Marvin Galeas

El joven diputado por el partido ARENA, Johnny Wright Sol, causó una verdadera conmoción cuando en una entrevista dijo estar a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo. Al mismo tiempo sugirió que el tema del aborto se debe debatir, tomando en cuenta todos los factores, y no solamente el punto de vista religioso.

marvin galeasMarvin Galeas, 31 octubre 2015 / EDH

Más allá de estar de acuerdo o no con los argumentos del diputado Wright, el mero hecho de plantearlo públicamente es un acto sumamente atrevido en el mejor sentido de la palabra. Se debe tomar en cuenta que quien dijo estar a favor del matrimonio unitario es miembro de la bancada de ARENA.

Es cierto que hay algunas personas con pensamiento liberal dentro de ARENA. Sin embargo en su mayoría los areneros, no entienden que es el liberalismo, en el sentido clásico de este concepto, o son por naturaleza conservadores en extremo. Ese conservadurismo que durante años, en los siglos pasados, vio en los liberales casi a los representantes del demonio.

diario de hoyMe parece que la actitud de Johnny Wright aparte de atrevida, es un gigantesco paso adelante en el debate de las ideas en un país en donde sólo parecen existir, el elogio desmesurado o la descalificación definitiva y el insulto. El tema del matrimonio entre homosexuales, debe abordarse por los políticos, desde el punto puramente legal y no religioso.

Estoy seguro que dentro de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos, la mayoría, en su conciencia, se opone al matrimonio entre personas del mismo sexo por razones morales o religiosas. Pero la decisión que tomaron al aprobarlo para todo el territorio estadounidense la hicieron analizando la constitución política de ese país y no la Biblia.

También me parece muy audaz la respuesta que dio un conocido empresario, al expresar su desacuerdo con el atrevido diputado arenero. Otra vez, independientemente de si se está o no de acuerdo con la postura del mencionado empresario, se admira el hecho de que haya expresado con claridad su punto de vista sin importarle que cuestionaba a un miembro de su propio partido.

El líder empresarial expuso su punto de vista con mucho vigor, pero en ningún momento le faltó el respeto al joven diputado arenero. Hasta ahora el tema del matrimonio entre personas del mismo sexo, se había tocado casi en secreto. No deja de sorprender que quienes han planteado sus puntos de vista abiertamente sean personas de derecha.

Debo decir que en cuanto a posiciones conservadoras el FMLN se parece mucho a ARENA y a los otros partidos. Y sin embargo el debate sobre el matrimonio entre homosexuales, el aborto, la legalización de las drogas y otros similares son inevitables. Se darán tarde o temprano en el país, y no precisamente sólo en la Asamblea Legislativa.

Y es inevitable porque cada nueva generación tiende a romper con muchas de las tradiciones de la generación que va de salida. Siempre ha sido así a lo largo de la historia de la humanidad. Lo que en un momento determinado hace siglos, como comer con tenedor o leer ciertos libros eran cosas tenebrosas hoy es de lo más natural.

Hay otra serie de creencias y principios que permanecen en el tiempo, quizá algún día cambien o quizá no. No se sabe. Lo que sí es cierto es que el debate sobre cualquier tema es inevitable. Lo importante no sólo es saber exponer con argumentos y respeto cada posición y abandonar la descalificación de quien piensa distinto invocando creencias que no toda la humanidad comparte.

Siempre he creído que una cosa son las convicciones religiosas y los temas de conciencia y otra son las cuestiones políticas y las legislaciones seculares. Ni en los estados totalitarios marxistas ni en los gobernados por fanáticos religiosos, existe la libertad para expresar sus puntos de vista como lo hicieron Johnny Wright Sol y el empresario.