liberalismo

Debate sobre populismo. Íñigo Errejón vs. José María Lassalle

Un debate pendiente, y pocas veces llevado a cabo con altura: liberalismo vs. populismo. Reproducimos tres artículos sobre el tema.

Segunda Vuelta

En el ojo del huracán: populistas frente a liberales. De José Ángel Mañas

Lassalle y Errejón deberían discutir sus argumentos rebajando el nivel de abstracción.

jose_angel_manas_5988_645x485

José Ángel Mañas, autor

José Ángel Mañas, 16 septiembre 2017 / EL PAIS

Hablar, comunicar, debatir. Esa es la esencia de la convivencia pacífica. Lo dice el refranero: hablando se entiende la gente. Y algo así emblemiza, a un nivel superior, el parlamentarismo democrático. El “menos malo de los sistemas políticos” se precia de confrontar, en un espacio lo más respetuoso posible, los diferentes discursos que conviven en una época, con la idea de que tras la confrontación dialéctica, una mayoría cualificada en representación del conjunto de la población tome, en conciencia, la mejor decisión e, idealmente, dé una solución civilizada a los conflictos. Con todo lo cuestionada que está la democracia deliberativa, ahí seguimos.

el paisViene esta perogrullada a cuento del artículo que acaba de escribir en este medio Íñigo Errejón, en respuesta al trabajo titulado Contra el Populismo, recién publicado por José María Lassalle. Es este un corto ensayo (“breve, ágil y vigoroso”, según el dirigente podemita) en el que Lassalle se enfrenta, utilizando toda su artillería retórica, con el que está considerado, desde el punto de vista liberal, como el gran peligro de nuestra época. Lassalle, hombre elegante, pensador inteligente y liberal convencido, critica desde su posición ilustrada, de un moderantismo inequívoco, el fenómeno populista. Su punto fuerte es su convicción ciega en unos valores que han demostrado, a lo largo de más de dos siglos, una resistencia a prueba de bombas.

Es el suyo un liberalismo, entendido en el sentido más amplio de la palabra, que debe ser ubicado, para su comprensión cabal, en la corriente de pensamiento antiabsolutista que provocó la caída del Antiguo Régimen. Liberalismo político imbricado hasta el tuétano en nuestras democracias actuales, profundamente consensuado y que poco o nada tiene que ver con el liberalismo econocimicista que más bien tendríamos que llamar anarquía de mercado, a juzgar por su funcionamiento, más que otra cosa. La confusión del liberalismo económico con el político ha sido la circunstancia que más daño ha hecho a los liberales en los últimos años. A la hora de rechazarlo, no obstante, conviene no tirar el bebé con el agua sucia del baño, como dicen los franceses.

Frente a esta posición previsible de Lassalle, se ha erigido en campeón de la causa populista Íñigo Errejón, como portavoz de ese núcleo duro intelectual del mundo podemita que, a rebufo de Laclau, entiende el populismo no como algo negativo sino como el momento democrático por excelencia. Ese momento, en las “épocas calientes” ackermanianas a que se refiere Errejón, en el cual un pueblo, insatisfecho con las instituciones incapaces de dar solución a sus demandas, se convierte en actor totalitario de una subversión que aspira a ser fundacional. Plebe usurpando el demos, en términos laclausianos, gracias a la articulación unitaria de los diferentes colectivos en conflicto con la hegemonía neoliberal que, unidos en esa relación de equivalencia (los señores podemitas me corregirán si no he entendido bien), deberían ser capaces de imponer una nueva hegemonía de signo no sé si socialista o popular. Ahí ya me pierdo.

 

“La confusión del liberalismo económico con el político
ha sido la circunstancia que más daño ha hecho
a los liberales en los últimos años”

Y eso es precisamente a lo que iba. Los dos autores citados están de acuerdo en que este, populismo vs. liberalismo, es el gran debate de nuestra época. Y yo, con mis lecturas políticas de autodidacta en esas alturas del pensamiento donde se dirimen las grandes cuestiones históricas, estoy dispuesto a concedérselo, y tengo ganas de presenciar el debate. Y, sin embargo, el problema es que me cuesta horrores entender la postura populista, no por otra cosa sino por el lenguaje tan enrevesado que manejan sus defensores. Falta, me parece a mí, mucha pedagogía.

Adolecen Errejón y los suyos de una oscuridad conceptual vertiginosa. No en balde chupa todo este -llamémosle por su nombre- posmarxismo de las dos jergas más influyentes y oscuras del siglo XX: el psicoanálisis y el propio marxismo, tanto en su vertiente original como en sus sucesivas derivaciones. El resultado es que, estando posiblemente acertados en el fondo de la cuestión, esa parte de razón se desvirtúa por el lenguaje tan tremendamente enmarañado que manejan. No hay sino que echarle un vistazo a los textos del tan cacareado Zizek, pese a sus ejemplos poperos, de engañosa facilidad (los ejemplos, no el pensamiento).

En definitiva, yo quiero que se abra este debate, sí, y quiero ver discutir a autores, como Lassalle y Errejón, familiarizados con los pensadores que están en el ojo del huracán de lo que está sucediendo ahora mismo. Lo único que les ruego, por favor, señores, es que en aras de que podamos entenderles, rebajen su nivel de abstracción y nos hagan inteligibles sus argumentos y reflexiones al común de los mortales. En definitiva, Íñigo, que no he entendido ni la mitad de lo que escribes en tu artículo. ¿Me lo podrías volver a explicar en cristiano?

libro

 

 

Artillería intelectual contra el populismo. De Íñigo Errejón

José María Lassalle firma un ensayo vigoroso contra un “fantasma de contornos imprecisos”.

1504715398_751870_1504891399_noticia_normal_recorte1

Íñigo Errejón

Íñigo Errejón, politólogo y dirigente de PODEMOS

Íñigo Errejón, 8 septiembre 2017 / EL PAIS

José María Lassalle ha escrito un ensayo breve, ágil y vigoroso dedicado a combatir la que en su opinión es la principal amenaza para las democracias contemporáneas, un fantasma de contornos imprecisos que en los últimos años inspira ríos de tinta, gruesos titu­lares y cataratas de adjetivos: el fantasma del populismo. Con un buen olfato intelectual y un explícito compromiso liberal y conservador, Lassalle diagnostica la discusión fundamental de nuestros días: para sectores cada vez más amplios de nuestras sociedades, las certezas de antaño, las promesas de seguridad y prosperidad, están hoy rotas y se han llevado por delante con ellas la confianza de los gobernados en las élites políticas y económicas.

el paisA partir de aquí, y todo en virtud del combate de la demagogia y las “bajas pasiones”, Lassalle no escatima en recursos e imágenes para que compartamos su inquietud: “Entre los escombros de la fe en el progreso (…) repta silenciosa y oculta a los ojos de la opinión pública la serpiente de un populismo que puede convertirse en la columna vertebral de un nuevo leviatán totalitario”. Casi nada. A lo largo del ensayo, la ausencia de demostraciones empíricas que permitan contrastar la encendida prosa con la realidad es compensada por más andanadas retóricas, hasta dibujar un paisaje tenebroso en el que causas y consecuencias se confunden.

El autor acierta en su lectura de la sensación generalizada de fin de ciclo, de pacto social y político resquebrajado. Pero indaga poco o nada en sus causas, en el tipo de políticas concretas que han sustituido la conciencia de los derechos por el miedo al futuro, en la voladura de las instituciones o las políticas públicas que tenían como objetivo limitar el poder de los más fuertes, elevar las oportunidades de los más débiles y garantizar unas reglas del juego compartidas por toda la comunidad política. Este marco de convivencia, en el libro de Lassalle, habría volado por los aires fruto de una “crisis” sin nombres ni apellidos, sin decisiones concretas con ganadores y perdedores de las mismas. Un fenómeno al margen de la política, sobre el que no cabe hacerse preguntas políticas ni, por tanto, pensar alternativas, igual que sucede, por ejemplo, ante un huracán. Así que el problema pasa a ser que sobre ese fenómeno han surgido fuerzas políticas que para Lassalle son más bien “estados de ánimo”, por supuesto irracionales: rencor, venganza, miedo. La fractura social, la jibarización de la democracia por poderes privados no sometidos a control alguno no existían hasta que despiadados tribunos de la plebe la han señalado, de tal manera que el problema es señalarla, no su existencia. Por poner un ejemplo concreto: el desprestigio de las instituciones no tendría tanto que ver con su uso patrimonial —o saqueador— por parte de las élites tradicionales como por la artillería discursiva del populismo.

“El autor acierta en su lectura de la sensación
de fin de ciclo, de pacto social y político resquebrajado.
Pero indaga poco o nada en sus causas”

El constitucionalista norteamericano Ackerman señala que la historia pasa por “épocas frías”, durante las cuales la institucionalidad existente contiene en lo fundamental las esperanzas y demandas de la población, y por “épocas calientes”, de carácter más bien fundacionalista, en las que un excedente popular no contenido o satisfecho en la institucionalidad existente reclama con más o menos éxito la reconstrucción del interés general y una arquitectura institucional acorde. Esto no es resultado de malignas y demagógicas conspiraciones, sino la esencia de la política: los fines de una comunidad, su propia composición, no están dados y es en torno a su definición que se articula la disputa y el pluralismo. También los “antipopulistas” elaboran relatos que explican la realidad, atribuyen responsabilidades, reparten posiciones e identifican a un “nosotros” que quieren mayoritario. La diferencia es que ellos lo niegan.

Nuestros sistemas políticos contemporáneos son hijos de una convergencia, no exenta de conflictos, entre el principio democrático y el principio liberal. Ambos han convivido en un equilibrio siempre inestable. En los últimos tiempos, ese equilibrio se ha escorado claramente hacia el principio liberal por la erosión de los derechos sociales y el estrechamiento de la soberanía popular. De ahí procede el desencanto y la brecha entre gobernantes y gobernados. Sin embargo, a los intentos de reequilibrar esta convivencia Lassalle los mira como afanes revanchistas y rencorosos propios de perdedores. Su solución es protegerse aún más del componente popular y profundizar el desequilibrio en favor del liberalismo. Salir del hoyo cavando.

Una de las mejores hebras del libro es el análisis de la tensión entre la “excepcionalidad” del momento de construcción popular y la “normalidad” del enfriamiento institucional. El problema es que Lassalle no la puede desarrollar pues para él no hay tensión, sino contraposición moral. A pesar de todas las evidencias empíricas, para él se trata de dos fuerzas antagónicas y no de una tensión que genera un movimiento pendular. Al negar todo posible entendimiento entre el momento popular y el momento republicano, Lassalle nos devuelve en lo teórico a la dicotomía simplificada liberalismo versus comunitarismo, y en lo político nos condena a la inmovilidad y la mistificación de lo existente como lo único posible.

Siempre que, tras un momento de dislocación y crisis, hay una nueva reunión de voluntades, un “volver a barajar las cartas”, aparece el pueblo, la gente o el país, como nueva voluntad colectiva. Es el momento fundacional de we the people que a los conservadores de distinto signo ideológico fascina cuando está escrito en un código o expuesto en un museo de historia, pero horroriza cuando asoma la cabeza en el presente. El “pueblo”, por tanto, es entonces algo así como un imposible imprescindible: imposible porque la diversidad de nuestras sociedades —­afortunadamente— nunca se cancela o cierra en una voluntad general plenamente unitaria y permanente, pero al mismo tiempo imprescindible, porque no existen sociedades sin mitos, relatos y metas compartidas en torno a las cuales construir orden y anticipar soluciones a los principales problemas del momento. La hegemonía es la capacidad dirigente para articular un nuevo horizonte general que incluya también a los adversarios. Y hoy está en disputa, lo que inquieta a sus tradicionales detentadores hasta el punto de llevarles a escribir encendidos ensayos.

Los conservadores siempre han desconfiado de “los riesgos que conlleva la arquitectura masiva e igualitaria de la democracia” y en los años dorados del neoliberalismo acariciaron la utopía regresiva de establecer “democracias sin demos”: de electorados y consumidores, fragmentados, solos frente a los grandes poderes, sin pasiones ni identidades compartidas, que se reúnen sólo dentro de los límites y cuando son oficialmente convocados: exorcizar la comunidad. Tal cosa nunca fue posible, pero el estallido de la crisis financiera y el devastador resultado de su gestión en favor de intereses de minorías privilegiadas hacen hoy inaplazable la discusión que de manera certera identifica Lassalle: la refundación democrática de nuestras comunidades políticas para paliar la incertidumbre, la precariedad, la desprotección y el sentido de injusticia e impunidad de los poderosos que se abaten sobre nosotros.

Parece difícil negar que hoy atravesamos un momento caliente. La encrucijada es si sabremos encauzarlo institucionalmente o elegiremos condenarlo moralmente —“los míos son actores políticos legítimos, los otros son un estado de ánimo, una suspensión de la razón”—. Nos jugamos que el impulso popular sirva para ensanchar y robustecer nuestras democracias o que se estrelle contra unas élites atrincheradas y temerosas del futuro… e incluso de una “sobredimensión de la esencia popular de la democracia”. Esta es, como bien señala el autor, la batalla intelectual más relevante del momento, y Lassalle es sin duda de los más lúcidos y preparados para librarla desde el campo conservador. Bienvenida sea.

libro

De reversos y calenturas de la democracia. De José María Lassalle

El autor responde a la crítica de Íñigo Errejón sobre su libro.

1505492723_271658_1505492724_259287_noticia_normal_recorte1

Marcha por el centro de Madrid organizada por Podemos en 2015. Foto: A. Ruesga

Secretario de Estado para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital

José María Lassalle, autor liberal y dirigente del PP. Actualmente Secretario de Estado para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital

José María Lassalle, 15 septiembre 2017 / EL PAIS

El populismo es una estrategia de seducción elitista. Un proyecto político que actúa sobre la estructura emocional de la democracia al calentar y manipular las adherencias que conectan al pueblo con la institucionalidad que lo representa. El objetivo es que el reverso inconsciente de la democracia haga bullir su estabilidad. Que sustituya la fría racionalidad formal de legitimación que hace posible que todos, más allá de nuestras diferencias, constituyamos un “nosotros” en el que cada uno se reconozca como parte del mismo pueblo soberano. La sospecha de que unos trabajan contra otros, de que existen mecanismos de hegemonía de clase que ocultan una relación dialéctica que sustenta la sociedad en una disputa entre amigos y enemigos, es uno de los resortes que activa sutilmente. En esta tarea, el populismo identifica un “horizonte de oportunidad” que, como ha sucedido con la crisis, haga posible un desencuentro dentro de la sociedad que rompa la unidad simbólica del pueblo y que no dude en favorecer su dislocación y división. De este modo se busca provocar finalmente un reseteo revolucionario del poder el paismediante, en palabras de Laclau, “una plebs que reclame ser el único populus legítimo —es decir, una parcialidad que quiere funcionar como la totalidad de la comunidad—”. Para lograrlo es fundamental, como veía Gramsci, una especie de guerra de posiciones que, prolongada y gobernada por la planificación de intelectuales orgánicos, proyecte una voluntad de cambio que altere finalmente las reglas de juego democráticas. ¿Cómo? Vulnerándolas a partir de una inteligencia que sustituya el boxeo de masas revolucionario por el ajedrez guerrillero de acciones culturales y relatos políticos que alteren las mentalidades hasta hacer posible la ruptura de la unidad del pueblo.

Íñigo Errejón es uno de esos intelectuales orgánicos de los que hablaba Gramsci. Un pensador brillante que, a partir de una sólida formación académica, despliega con nitidez seductora los argumentos de la razón populista que acabo de describir. Sin lugar a dudas es el principal activo intelectual de su partido, circunstancia que me mueve a responder la reseña crítica que tan elegantemente escribió sobre mi libro [Contra el populismo; Debate, 2017]. No en balde, como diría su admirado Stuart Hall, ha asumido el papel de un líder cultural alineado con fuerzas históricas emergentes que desarrollan desde el populismo “técnicas cruciales de articulación discursiva, desarticulación y articulación”, participando “en la vida práctica, como constructor, organizador, persuasor permanente y no simple orador”. Circunstancia que hace que el artículo de Errejón no sea una simple crítica ensayística, sino la cartografía de un relato populista desde el que, con acerada inteligencia, inicia el despliegue de una potente línea de fuego analítico que quiere dar la “batalla intelectual más relevante del momento”. Batalla que no duda en plantear con la mano tendida desde el respeto y la argumentación, pero que elige como tablero de juego un aparato privilegiado de producción de hegemonía como es la cultura.

“La institucionalidad ha mostrado
disfuncionalidades profundas, pero sigue en pie
y con capacidad de desplegar acciones de reforma”

El vector de combate que plantea Íñigo Errejón afirma que la crisis ha hecho surgir una voluntad popular renovada. Una voluntad que sería el producto de “una erosión de los derechos sociales y del estrechamiento de la soberanía popular” que ha favorecido el “desencanto y la brecha entre gobernantes y gobernados”. Circunstancias que justificarían un momento popular caliente que protagonizaría un “excedente popular no contenido o satisfecho en la institucionalidad existente” y que, por tanto, reclamaría una “reconstrucción del interés general y una arquitectura institucional acorde” con el resultado de “volver a barajar las cartas”. Hasta aquí un relato impecable que matizan los hechos porque la experiencia colectiva resultante de estos años de crisis es algo distinta. Es indudable que la institucionalidad democrática se ha debilitado, pero ha resistido, también, en el respaldo popular. El “nosotros” que unifica al pueblo no se ha roto. Ni por su polarización emocional ni por la agitación de su reverso violento e inconsciente. El pluralismo sigue siendo fructífero, lo mismo que la otredad y el respeto tolerante al otro. Los reaseguros sociales han funcionado y permiten que la paz social se mantenga en Europa. Es indudable que la institucionalidad ha mostrado disfuncionalidades profundas, pero sigue en pie y con capacidad de desplegar acciones de reforma que la adaptan a las nuevas realidades, aunque, eso sí, desde las reglas de juego que siguen vigentes. Errejón concluye que hay que barajar las cartas y le respaldo, aunque con las reglas que hemos pactado porque son de todos. Y para que el juego democrático sea posible hay que hacerlo sin esa épica que invoca y, a poder ser, sin los mitos que propician la irracionalidad. Apoyémonos en una solidaridad afectuosa que nos haga sentir que somos un “nosotros” que debemos preservar unido y en paz si queremos definirnos como seres civilizados. Confiemos en los otros y cuidemos entre todos la democracia. Prefiero tender la mano intelectual a mi admirado Errejón para esto que para la batalla.

 

Anuncios

Macron: El liberalismo es progreso. De Albert Rivera

El presidente electo ha demostrado que en la nueva era política ya no valen muchas viejas premisas.

Emmanuel Macron posa junto a unas seguidoras este miércoles en París. Foto: Eric Feferberg AP

Albert Rivera es presidente del partido español Ciudadanos.

Albert Rivera, 11 mayo 2017 / EL PAIS

La victoria de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales de Francia ha demostrado que el liberalismo progresista gana terreno en Europa y empieza a dibujarse como la única opción política de futuro para poder afrontar los retos que nos plantea el Siglo XXI. Este joven economista de 39 años ha sido capaz de llevar a cabo una gesta electoral sin precedentes, a una velocidad de vértigo, apoyándose en un movimiento civil, En Marche!,y prescindiendo de las obsoletas estructuras de los viejos partidos. Además, ha logrado que en Francia se vote con ilusión y esperanza y no solo con miedo, al proponer a los franceses un programa liberal, moderno, reformista, progresista y europeísta.

Macron ha sabido hacer frente al populismo xenófobo del Frente Nacional y ha plantado cara a aquellos que como Le Pen o Mélenchon pretendían arrastrar a Francia hacia la autarquía y el aislacionismo. Pero la victoria electoral de Macron, además, ha puesto de manifiesto que los viejos partidos, el conservador y el socialista, no tienen respuestas ante las nuevas preguntas que inquietan a la sociedad francesa y europea.

Macron ha demostrado a su vez que en la nueva era política que vivimos muchas de las viejas premisas ya no son válidas y que la sociedad europea apuesta por nuevos proyectos que sean capaces de modernizar la economía, garantizar el bienestar y reformar las instituciones.

Es cierto que el nuevo presidente de Francia deberá ahora ahormar un equipo de gobierno preparado y potente, y de cara a las elecciones legislativas del próximo mes de junio Macron deberá conformar sus listas electorales. Pero me parecen desafíos alcanzables teniendo en cuenta la ilusión que ha despertado tanto en su país como en el resto de la Unión Europea.

El resultado de las elecciones francesas constata algo más profundo; que allí donde nació la idea de dividir el arco parlamentario entre izquierda y derecha es precisamente donde ha muerto esa dicotomía. Los nuevos ejes de la política mundial se han situado en la libertad frente al proteccionismo, en la esperanza frente al miedo, en la modernidad frente al inmovilismo, en la sociedad conectada frente a quienes reniegan de las nuevas tecnologías y en la competencia y el talento frente al monopolio y la mediocridad.

En estos tiempos de incertidumbre sobre nuestro futuro común es necesario que el liberalismo continúe en su senda ascendente para hacer frente a estos y otros muchos retos. Los liberales debemos conformar proyectos ganadores y de futuro para que los ciudadanos no se tengan que conformar con votar a partidos anquilosados en el pasado ni tampoco a formaciones que venden soluciones fáciles y fraudulentas ante problemas complejos.

“Allí donde nació la idea de dividir el parlamento entre izquierda
y derecha es donde ha muerto esa dicotomía”

Soy consciente de que la tarea que tiene por delante Macron no es fácil. Es la misma tarea a la que debemos atender los líderes políticos en toda Europa. Es necesario recuperar a la clase media trabajadora para que pueda volver a levantarse después de la crisis, es necesario sentar las bases de un mercado laboral justo y flexible, es necesario dar respuesta a la crisis de los refugiados que se hacinan a las puertas de nuestras fronteras en condiciones lamentables. Y también es necesario combatir sin tregua y unidos al terrorismo yihadista que tanto dolor está sembrando en el corazón de la UE.

Pero a pesar de los desafíos que tenemos por delante en Europa, que Francia haya apostado por un proyecto nuevo e ilusionante es un aliento de esperanza para los que defendemos la libertad, la igualdad y la fraternidad. Macron representa una oportunidad no solo para Francia sino también para la UE. Una oportunidad para renovar y relanzar nuestra unión y culminar en un futuro el proyecto de los Estados Unidos de Europa.

Finalmente, la victoria de Macron supone que uno de los países fundadores de la UE tenga por fin un gobierno liberal, sumándose a otros países como Finlandia, Holanda, Dinamarca, Bélgica, Luxemburgo, Estonia y Eslovenia.

Ahora el reto para los liberales españoles es ser capaces, no solo de estar en las instituciones y ser decisivos, sino también culminar un proyecto ganador que reagrupe a la mayoría de españoles desde el centro político en un nuevo proyecto para España. Un proyecto que pueda ofrecer nuevas respuestas ante las nuevas preguntas que genera un mundo global. Nos ponemos en marcha.

 

¿Liberales versus conservadores? No es tan simple. De Federico Hernández Aguilar

Federico Hernández Aguilar, 19 abril 2017 / EDH

Cuando alguien exige que los “verdaderos liberales” piensen o actúen de determinada manera, lo que en realidad está diciendo es algo sorprendente e inquietante a la vez: no solo es que se atribuya la autoridad de señalar a quienes serían, desde su punto de vista, “falsos liberales”, sino que se apropia de la facultad de dictaminar qué ideas y opiniones hacen “verdadero” a un liberal. Esta postura es curiosa y paradójica, sobre todo viniendo de alguien que reclama tener una mentalidad “antiautoritaria”.

El problema se complica si arribamos con este espinoso asunto al plano de lo moral, porque allí el liberalismo no ha definido —ni pretende hacerlo— qué conclusiones debe sacar obligadamente un liberal que enfrenta los dilemas de la libertad individual en una sociedad pluralista, en la que conviven (casi siempre con tensiones) diversas formas de pensar y conducirse.

Desde una lógica que pretenda edificar murallas —a lo Trump— en la gran familia del liberalismo, dependiendo del lado que ocupa en un debate moral concreto, liberales “verdaderos” serían, imagino, Mario Vargas Llosa, Milton Friedman y Carlos Alberto Montaner, mientras que liberales “falsos” serían Thomas Sowell, Rafael Termes y Alejandro Chafuén. ¡Vaya arbitrariedad! No conozco un solo autor liberal que seriamente defienda tal segmentación.

Pero en el fondo existe una dificultad filosófica que toca resolver si pontificamos sobre liberales “verdaderos”, y es la mera noción de “verdad”. Al plantear el deseo de orden, por ejemplo, como un denominador de la mentalidad “conservadora”, oponiéndola sin matices a una supuesta mentalidad “liberal”, lo que se está sosteniendo es la necesidad de establecer verdades objetivas para reconocer esta división. Por ende, si lo que hace reconocible a este pretendido “conservadurismo” es el orden, sería también verdad que el liberalismo preferiría siempre rechazar el orden en nombre de la libertad. ¿Estaríamos, así, delante de una feliz alternativa al autoritarismo? Examinando la fragilidad de esta idea descubriremos varias de las razones por las que esta clase de debates permanecen abiertos entre nosotros, los liberales.

La historia y la convivencia humana demuestran que ninguna noción de orden es inocua moralmente. De hecho, lo que con frecuencia vuelve autoritario un concepto de orden es, precisamente, su fuente moral. El marxismo justificaba el caos y la violencia desde una raíz ideológica, del mismo modo que lo hacía el nazismo para defender su idea del orden. En ambos casos, curiosamente, lo que se relativizaba era la objetividad moral de toda acción humana: Marx para deducir el imperativo de demoler el sistema capitalista y Hitler para sostener la superioridad de una raza sobre las demás.

Contraponer cualquier noción de orden a la libertad es, con perdón, un reduccionismo. Ni siquiera habría manera de argumentar a favor del Estado de Derecho para los liberales que se tragaran ese cuento. En Massachusetts, hoy, algo tan subjetivo como la “construcción de la propia identidad sexual” ha sido impuesto por ley en nombre de la libertad individual. En los hechos, sin embargo, lo que ha producido esta sublimación legal de la subjetividad personal es el no reconocimiento de ninguna objetividad biológica, con lo cual se han visto reprimidas o limitadas otras libertades individuales: de conciencia, de opinión, de pensamiento, de credo y de contratación (solo por mencionar algunas). He aquí, en resumen, una nueva tiranía, instalada —para variar— sobre una ideología de moda: en este caso, la de género.

El rechazo intelectual y ciudadano frente a estas modernas formas de autoritarismo rebasa esa superficial dicotomía entre “liberales” y “conservadores” que algunos plantean. Simplificar estas cuestiones bajo formas antitéticas cerradas —“autoridad” o “disidencia”, “armonía” o “caos”, “orden” o “libertad”— es otra forma de obviar el decisivo papel que juegan las subjetividades en la conducta moral humana, incluyendo las decisiones políticas en que derivan. Y quien se atreva a sancionar un consenso liberal alrededor de estos dilemas es probablemente un genio. O quizás, sencillamente, ignora el alcance de lo que dice.

El orden. Columna transversal de Paolo Luers

Estamos acostumbrados de ubicarnos en el espectro político sobre una coordenada entre izquierda y derecha. Pero hay otra que mide y explica mucho mejor el carácter de partidos, movimientos, o líderes: la coordenada entre autoritario y democrático.

Paolo Luers, 7 abril 2017 / EDH

Nuestro adorado cuarto de niño, este reino del desorden que defendimos contra las intromisiones y regulaciones de los adultos, vive en nuestra memoria como símbolo de libertad y felicidad. Pero al crecer nos enseñaron que todo ser maduro tiene que aspirar a un orden que nos da estabilidad. De la libertad del desorden sólo nos queda la nostalgia.

En política, los conservadores se ven como garantes de este orden. En Alemania hay un partido conservador de derecha, cuyo programa se llama “Ordnung”. Un término muy alemán, mucho más pesado que “orden” en español. No es sólo un principio, es una manera de actuar, controlar, imponer, sancionar. En alemán, las fuerzas de seguridad se llaman “Ordnungskräfte”: fuerzas del orden. No defienden la libertad, ni los derechos ciudadanos, defienden el orden. “Ordung muss sein” (orden es necesario) fue la frase preferida de la dictadura nazi y de la dictadura comunista.

Para los conservadores, la mente desordenada es una carga para el hombre y una amenaza para la sociedad, y la creación de orden la ven como una tarea de la sabiduría. Así ya lo dijeron en cristiana convicción Agustín y Tomás de Aquino. “Ordnung” es el término fundamental del conservadurismo político.

Del principio del orden se derivan una serie de axiomas que caracterizan y dominan el pensamiento del conservadurismo, sea de derecha o de izquierda: realismo, jerarquía, autoridad, disciplina, patria, seguridad, armonía, moral, unión… Su punto común es la prevalencia de lo existente sobre lo posible. Los liberales, la izquierda democrática y la izquierda antiautoritaria tienen otros axiomas: pluralismo, debate, tolerancia, derecho a la disidencia, emancipación, autodeterminación, libertad….

La izquierda democrática, los liberales, los libertarios y los antiautoritarios desarrollan utopías, la derecha conservadora se aferra a tradiciones e identidades. Confinando la utopía al ámbito de la fantasía y lo imposible, los conservadores tienden a elevar la tradición y la identidad a categoría de necesario. No existe alternativa, este es el refrán conocido de los conservadores. La pérdida del orden (como en la crisis de refugiados en Europa; o en las manifestaciones ciudadanas en Venezuela) significa caos, y es imposible vivir. El desorden genera miedo, y el miedo genera fuerza para los conservadores. Así se explican el Brexit, el triunfo de Trump, el surgimiento de derechas ultraconservadoras en Francia, Holanda, Alemania, Hungría, Polonia y Rusia.

El hecho que todo orden político es sucesible a perturbaciones, los liberales y la izquierda democrática lo vemos como normal y hasta necesario para producir cambios. Para la derecha conservadora y la izquierda ortodoxa, ansiosas de armonía, disciplina y unidad, cualquier perturbación significa peligro. Es por esto que los conservadores pueden vivir mejor con injusticia que con desorden. Y esto incluye a los conservadores marxistas. Ahí reside en el fondo la diferencia entre autoritarios (derecha conservadora, comunistas) y antiautoritarios (liberales, izquierda democrática).

Tal vez ser conservador o ser liberal y antiautoritario es asunto de temperamento. Unos prefieren el calor del cuarto de niño desordenado; otros, la seguridad y el orden de un escritorio de oficinista.

Pero más allá de temperamentos individuales, también es asunto del tipo de convivencia que se quiere en una familia, en una sociedad, en un país, en el mundo: ¿Una convivencia basada en orden-unidad, o en pluralismo-diversidad? Unidad del pueblo (los nacionalistas) o unidad de clase (la izquierda ortodoxa) versus sociedad abierta. Pueblo versus ciudadanía. Identidad versus personalidad. Colectivo versus individuo.

Estamos acostumbrados de ubicarnos en el espectro político sobre una coordenada entre izquierda y derecha. Pero hay otra que mide y explica mucho mejor el carácter de partidos, movimientos, o líderes: la coordenada entre autoritario y democrático. Si usamos esta coordenada para entender el espectro político, de repente vemos mucha cercanía entre los polos clásicos de derecha e izquierda. Y mucha coincidencia entre liberales e izquierda democrática, libertarios y antiautoritarios. Pero el espectro partidario (aun) no refleja esto.

Mari Le Pen (la líder ultraderechista de Francia) y Pablo Iglesias (el líder de la nueva izquierda populista española) se parecen mucho más de lo que ellos mismos creen. Comunistas y fascistas han erigido dictaduras muy parecidas. Nacionalistas y marxistas tienen el mismo irrespeto por los individuos, sus libertades y sus diferencias. Es tiempo que los verdaderos liberales y los verdaderos socialdemócratas entendamos que tenemos mucho más en común que cada uno con los extremos en la coordenada izquierda-derecha.

(Inspirado en una nota de Roman Leik en Spiegel-Online)

Vida en libertad. De Enrique Krauze

Muchas veces he creído ver en el rostro de Mario Vargas Llosa una expresión de tristeza ante el macabro espectáculo del mundo. Pero enseguida responde con imaginación, ironía e inteligencia. Y con humor. El 28 cumple 81 años: ¡Felicidades!

Enrique Krauze, 26 marzo 2017 / EL PAIS

En la cena de Pascua que año tras año, desde hace milenios, se celebra en la tradición judía, hay un canto fascinante. Se titula Nos bastaría.Data del siglo IX y es una concatenación de expresiones de gratitud por los prodigios sucesivos que el pueblo de Israel recibió en su éxodo de cuarenta años hacia la tierra prometida. Extraído de su contexto religioso, el canto suena más natural y permanente. Puede expresar, por ejemplo, la gratitud acumulativa de hijos a padres, de discípulos a maestros. En ocasión de su cumpleaños 81, quiero recurrir a esa antigua fórmula para expresar a Mario Vargas Llosa mi gratitud de lector, de intelectual, de liberal y de amigo.

Si solo hubiera leído su obra de ficción, me bastaría. Cuántas aventuras e historias me han hecho vivir vicariamente esos libros, con su vaivén de temas amorosos, políticos y sociales. Cuánto agradezco el anclaje de sus novelas en la mejor tradición realista del siglo XIX, las sorpresas de su técnica faulkneriana, las emociones de sus tramas, sus personajes inolvidables, su magnífica arquitectura, su estilo preciso, claro y penetrante, tan alejado de nuestros funestos ismos: barroquismo, regionalismo, sentimentalismo.

Pensando solo en algunos títulos que he reseñado, recuerdo Historia de Mayta. Todo lo que hay que decir del fanatismo guerrillero en América Latina está ahí: fue una torcida religiosidad católica radicalizada hacia el marxismo y enamorada de su autoproclamada virtud, que llenó de muerte la región para luego volver la vista atrás sin verdadera conciencia o memoria de su responsabilidad en la tragedia. Años después leí La fiesta del Chivo, ese retrato alucinante y definitivo del dictador latinoamericano que también lo es de la sociedad y el entorno que lo reclama y aplaude, y que, finalmente, en un raro grito de libertad, a veces, lo exorciza. Nada más remoto a Vargas Losa que la fascinación del poder (tan característica en nuestra cultura y nuestra literatura). Pero lo notable es su capacidad de canalizar su repulsión hacia la recreación puntual, quirúrgica de la maldad. La literatura se vuelve así la mejor venganza. Y, sin embargo, no basta la venganza: es preciso soñar con un mundo mejor, con un mundo perfecto, y ese fue el motivo de otra novela que leí con avidez: el retrato casi titánico de Flora Tristán, tan ligada a la historia peruana, a la historia del arte y a la historia de una idea que obsesiona a Vargas Llosa como obsesionó a la humanidad desde la Ilustración, y que nuestro tiempo, quizá, ha sepultado: la idea de la utopía.

Si Mario Vargas Llosa solo me hubiera dado, como lector, su obra de ficción, me bastaría. Pero me ha dado también una extraordinaria obra monográfica de no ficción. La utopía arcaica, por ejemplo. Publicado en 1996, no conozco análisis histórico y antropológico más exhaustivo y riguroso sobre el indigenismo. Proviniendo de Perú, con su omnipresente herencia indígena, Vargas Llosa logra comprender (antes que criticar) el pensamiento y la obra de autores notables (como José María Arguedas) que creyeron en la restauración de una Arcadia incaica tan imaginaria como imposible. En 1993 Mario publicó otra obra memorable, El pez en el agua (su autobiografía), exorcismo de una campaña presidencial que viví de cerca. Ese ajuste de cuentas de Mario consigo mismo me permitió asomarme, como biógrafo, a la vida temprana de Vargas Llosa y me ayudó a comprender los límites de la acción política para un intelectual.

“Lo notable es su arte para canalizar su repulsión
hacia la recreación quirúrgica de la maldad”

Si Vargas Llosa solo nos hubiera dado sus novelas y sus monografías y no hubiera escrito ensayos, reportajes o artículos, nos bastaría. Pero ocurre que también nos ha dado (y sigue dando) una obra vasta y aguda en esos géneros. Sus ensayos no son académicos ni teóricos: son ensayos narrados, llenos de color y vivacidad. Y de combatividad moral. Cuando comencé a leerlo en Plural, comprendí que Mario era una especie de cruzado de la libertad. Su adhesión a la revolución cubana no fue un acto de sumisión ideológica: fue un acto de fe en una causa liberadora que pronto reveló su cara autoritaria. En aquellos años setenta, Mario transitó de la liberación a la libertad, de Sartre a Camus, del universo racionalista y revolucionario francés al universo empírico y liberal inglés. Sus autores fueron los míos. Fue entonces cuando lo conocí en Lima. Estábamos en la antesala de la década de los ochenta, en la que Vuelta se enfrentó a las dictaduras de derecha y las revoluciones de izquierda. Mario dio buena parte de esa batalla en la revista de Octavio Paz. Sus causas eran las nuestras. Fue un decenio decisivo en su vida, con la publicación de La guerra del fin del mundo (esa obra maestra en la tradición tolstoiana), sus desgarradores reportajes como La matanza de Uchuraccay y sus textos sobre la alternativa democrática y liberal para América Latina. Mario no piensa ya como Sartre pero encarna puntualmente al “intelectual comprometido” con su tiempo. Toda injusticia, todo conflicto, todo extremo lo incita a escribir, a reportear, como un joven impetuoso en busca del peligro, en Irak, en Oriente Próximo, en Venezuela.

Si Mario nos hubiera legado su obra de ficción, sus monografías y ensayos, sus artículos y reportajes, pero no hubiera desplegado ningún esfuerzo político directo, obviamente nos bastaría. Pero también ha desplegado ese esfuerzo. Su campaña presidencial, vilipendiada en su tiempo, fue la semilla de los cambios democráticos que, desde entonces, no sin recaídas lamentables, ha vivido la región. En 1990 (¿cómo olvidarlo?) sentenció al sistema político mexicano con dos palabras: “dictadura perfecta”. Años más tarde creó la Fundación para la Libertad, que ha congregado al pensamiento liberal ofreciendo soluciones prácticas a los problemas de la región. He acompañado a Mario en varios encuentros de la Fundación pero ninguno se compara al que tuvo lugar en Venezuela, cuando Hugo Chávez, en una de sus típicas bravuconadas, lo retó a un debate público. Aquella noche en el hotel rodeamos a Mario como un equipo en torno a un boxeador que la mañana siguiente libraría una pelea por el campeonato mundial. A última hora Chávez reculó: él solo debatía con presidentes, no con escritores.

“Sus ensayos no son académicos ni teóricos:
son ensayos narrados, llenos de color y vivacidad”

Si a lo largo de más de medio siglo de actividad literaria e intelectual nuestros caminos no se hubieran cruzado, le estaría obviamente agradecido. Pero para mi fortuna nuestros caminos se cruzaron. Nuestra amistad se construyó alrededor de las revistas Vuelta y Letras Libres. Y hemos sido compañeros de una larga travesía liberal en la cual yo he aprendido mucho. No cesa de admirarme su combatividad, su energía, su capacidad para reinventarse. ¿De dónde provienen?

Muchas veces he creído ver en el rostro de Mario una expresión de tristeza o lástima ante el macabro espectáculo del mundo. Pero de pronto, con naturalidad, aparece una sonrisa. Hay un estoico en el fondo de Mario, pero un estoico que responde con imaginación, ironía e inteligencia. Y con humor. El trabajador espartano se divierte y reencuentra el amor. Por eso, en momentos de desfallecimiento o duda, me basta hablar con él por teléfono para recobrar la alegría.

Gracias, Mario. No llegaremos a la Tierra Prometida. No existe la Tierra Prometida. La Tierra Prometida es la literatura: vida en libertad.

Déjà vu. De Guillermo Miranda Cuestas

¿Cuándo desempolvaremos los libros, y las mentes, para construir un país diferente al heredado? Siempre hay simpatía por quienes piensan igual, pero poca empatía por quienes disienten.

Guillermo Miranda Cuestas, 8 marzo 2017 / EDH

Pensar diferente no es un problema en el país de la sonrisa, hasta que se dice lo que se piensa en voz alta. Así sucedió durante la segunda mitad del siglo XIX. Roberto Valdés, en su investigación doctoral de filosofía, analiza el conflicto ocurrido entre liberales católicos, también llamados “conservadores”, y liberales radicales, conocidos como “liberales” a secas o liberales “secularizantes”, a la luz de las posturas de la época. “La enseñanza es libre; pero la que se dé en establecimientos costeados por el Estado será laica”, estableció el artículo 33 del Proyecto de la Constitución de 1885. La respuesta conservadora apareció en el semanario El Católico, donde se aseguró que los liberales lograron “privar a la niñez salvadoreña de la enseñanza religiosa, arrancar de su corazón las enseñanzas que sus padres le dan desde la cuna, sembrar en ella la duda y la negación de toda verdad católica, entregarla a maestros de su devoción que impriman en su alma formas laicas” (15 de noviembre de 1885).

El movimiento liberal generó reacciones parecidas en otros países. Valdés menciona el caso del obispo de Portoviejo, Ecuador, que en 1892 acusó a los liberales de promover un “gobierno ateo o sin Dios, conciencia sin Dios, libertad de culto o religión, enseñanza y escuelas sin Dios, matrimonio ateo o civil”. El obispo advirtió que “el mismo Lucifer que se alzó contra Dios, es el autor y maestro de todas esas falsas libertades”. ¿Nota alguna familiaridad con el presente?

En El Salvador del siglo XXI, cualquier atrevimiento a debatir sobre aborto o matrimonio entre personas del mismo sexo provoca reacciones similares. “Urge que el movimiento conservador y cristiano de la derecha retome el control”, afirmó un tuitero conocido hace algunas semanas. La misma persona, ante un incidente ocurrido en un colegio privado cuyo reglamento restringe el uso de símbolos religiosos, aseguró que “la persecución cristiana está mas cerca de lo que muchos padres pensamos”. Resulta extraño hablar de persecución en un país donde el arzobispado brinda conferencias de prensa cada domingo con amplia cobertura mediática; o bien, donde destruir un mural declarado patrimonio cultural, bajo la justificación de tener “el símbolo de la masonería”, queda impune.

En El Salvador del siglo XXI, la descalificación es recurrente. En estas mismas páginas, una colega columnista respondió a otro colega de origen alemán, que había disentido sobre el tema del aborto, con una acusación a la canciller Angela Merkel de ser parte de los “gobiernos ateos que buscan hacer de este mundo uno ‘Illuminati’ donde se rinde culto a Satanás” (octubre de 2016). En otras columnas sobre el mismo tema, la colega ha asegurado que “ninguna feminista puede ser católica” (octubre de 2011) y se ha preguntado si “no es viable creer que la Organización de las Naciones Unidas sea el Anticristo anunciado que reinará antes del final de los tiempos” (agosto de 2005).

En El Salvador del siglo XXI, los derechos humanos se violan a diario en un país que se autoproclama cristiano. El pasado 16 de enero, mientras se celebraba la firma de la paz, la Sala de lo Constitucional confirmó la desaparición forzada de tres jóvenes en un operativo militar. Meses atrás, la Sala concluyó que el sistema penitenciario, con más de 30 mil reos cuando su capacidad es de 8 mil, contraría la dignidad humana. Y la lista continúa: desde ciudadanos de segunda categoría en términos de salud, educación y protección social, hasta distintas formas de discriminación.

¿Cuándo desempolvaremos los libros, y las mentes, para construir un país diferente al heredado? Siempre hay simpatía por quienes piensan igual, pero poca empatía por quienes disienten. Ahora que las redes sociales permiten compartir opiniones con cientos de personas, incluidos familiares, amigos, conocidos y extraños, es cuando más necesitamos comprender que no es normal coincidir en todo –como bien dijo J. S. Mill, ni la humanidad es infalible ni la diversidad diabólica–; que discrepar no es motivo para personalizar la discusión, sino una oportunidad para enterarse de otras perspectivas (porque el pensamiento humano no termina en la metafísica de Aristóteles); y que mientras no ejercitemos el hábito de la escucha y de la curiosidad ante el disenso, habrá poca cabida para un diálogo constructivo.

@guillermo_mc_

Hay que defender a esa luz que vino de Atenas. De Fernando Mires

Adolf Hitler posiciona sus tropas en el congreso del partido Nazi. Núremberg, Alemania. 10 de septiembre de 1935

Adolf Hitler posiciona sus tropas en el congreso del partido Nazi. Núremberg, Alemania. 10 de septiembre de 1935

FernandoMires-1451Fernando Mires, 3 marzo 2017 / PRODAVINCI

Muchos hablan de populismo para referirse a movimientos políticos que han signado a la política de América Latina durante los dos últimos decenios y a la de Europa de los tiempos actuales. Pero no hay populismo sin apellidos. Así lo aprendimos de Ernesto Laclau, teórico del populismo por excelencia.

Laclau vio incluso en el fascismo una forma de populismo. Hay populismos democráticos y antidemocráticos, formuló hace un par de años Chantal Mouffe, apuntando en la misma dirección que Ernesto.

Esa es la razón por la cual algunos hemos decidido renunciar al uso exagerado del concepto populismo. Son en verdad muy diferentes las realidades a las que alude. Seguir denominando como populista a un movimiento fascista y a uno democrático a la vez, oscurece en lugar de aclarar.

prodavinciLo dicho vale para la Europa de 2017 donde estamos asistiendo al surgimiento de fenómenos de masas que portan consigo características similares a las de los movimientos fascistas y comunistas que hicieron su puesta en escena durante las décadas de los veinte y de los treinta del siglo pasado. Populistas, los llaman.

Neofascistas, he denominado sin vacilar a algunos de ellos en diferentes artículos. Y lo he hecho no para insultarlos sino porque en sus más diferentes versiones contienen tres elementos propios al fascismo originario:

1. Relación directa entre masa y líder (sin mediaciones interestatales)
2. Identificación de un enemigo común.
3. Revuelta en contra de la democracia liberal y sus instituciones.

Tanto Putin, Erdoğan, Trump, Orbán, Wilders, Le Pen y Petry, desde distintas naciones, gobiernos y partidos, coinciden en su enemistad declarada a la democracia liberal, a los valores que representa y a las instituciones que la sostienen. La política es concebida por ellos como una relación directa entre masa y líder. Todos se declaran enemigos de la división de los poderes, según ellos, un impedimento para el decisionismo del poder supremo. Por eso Putin, Orbán, Erdoğan, Trump, y en América Latina, Maduro, Morales y Ortega, gobiernan mediante decretos.

El objetivo común a todos esos autócratas y aprendices de autócratas, al igual que los defensores de los totalitarismos de ayer (comunistas y/o fascistas) es la destrucción del Estado democrático y su sustitución por uno autocrático. Steve Bannon, ideólogo de Trump, lo ha dicho de un modo radicalmente sincero: “Hay que destruir al Estado”.

La tesis de la destrucción del Estado —propia a los movimientos neofascistas de nuestro tiempo— no es nueva. Marx la adoptó de su amigo/enemigo, el anarquista Bakunin, e intentó darle, aunque sin éxito, un formato científico. Los liberales económicos y sus hijos, los neoliberales, mucho más cerca del anarquismo que del liberalismo político, imaginaron a su vez que la economía debía ocupar el lugar del Estado. Y así como Lenin, ordenó ¡todo el poder a los Sóviets! (sin parlamento y sin justicia) los neoliberales corearon después: ¡todo el poder a las empresas!

Para comunistas, fascistas y liberales económicos, es la gran paradoja, la tesis de la supresión del Estado fue elaborada no para suprimir el poder sino para fortalecerlo. Pues al Estado también pertenecen instituciones de contra-poder como son el parlamento y una justicia independiente, destinadas a contrarrestar y controlar al ejecutivo. Así se explica por qué algunos dictadores de nuestro tiempo, desde Putin, pasando por Erdoğan, hasta llegar a Maduro, orientan sus esfuerzos a destruir a los parlamentos y a la justicia, es decir, a la sustancia misma del estado democrático.

La utopía de las dictaduras ha sido y es la de crear gobiernos-estados: el poder librado a su más brutal expresión ejecutiva (y militar). Esa es la razón por la cual la tarea de los demócratas ha sido, es y será, la de defender al Estado. Pues sin Estado no puede haber política.

Defender al Estado y a sus instituciones es defender a la razón y al sentido de la política de sus enemigos. Sean ellos fascistas y comunistas como ayer, o putinistas, erdoganistas y maduristas como hoy. E incluso —si las cosas se dan en los EE.UU. de acuerdo a las palabras de Bennon— trumpistas.

La democracia de nuestro tiempo surgió, no hay que olvidarlo, de un pacto no firmado entre tres tendencias políticas de la modernidad: la democracia social, el liberalismo político (no confundirlo con el económico) y el conservativismo de inspiración cristiana. Sus representantes son hoy atacados y ridiculizados por los enemigos del Estado democrático. En cambio los líderes antiestablishment (antiestado) en su mayoría personajes incultos y brutales, son elevados como modelos frente a los políticos (“la élite” en el lenguaje neofascista) es decir, frente a los defensores del Estado y sus instituciones, caracterizados por ellos como complacientes, progres y buenistas.

Hoy como ayer asistimos a una rebelión antipolítica hecha en nombre de la política pero en contra de la política.

Hace ya muchos siglos la barbarie espartana logró destruir a la democracia, a la cultura y a las instituciones de los atenienses. Según Hannah Arendt, el ideal de la armonía que cultivaban los atenienses terminó por volverse en contra de Atenas. Hoy, sin embargo, los demócratas tenemos una segunda chance. Ha llegado la hora de pasar a la ofensiva, identificar a los enemigos de la democracia y combatirlos donde estén. Frente a ellos no se puede ser buenistas.

Se avecinan batallas políticas decisivas en Holanda, Francia y Alemania. De la suerte de las elecciones en esos tres países dependerá —creo que no exagero— el futuro de la democracia en Europa. Y tal vez en el mundo entero. Hay que salvar a la luz de Atenas frente a la oscuridad que avanza desde las Espartas del siglo XXl.

LEA TAMBIÉN:
Nunca más populismo. Argumentos a favor de la supresiónde un concepto inútil; por Fernando Mires

prodavinci