Raúl del Pozo

España: Albert, en el templo. De Raúl del Pozo

Raul del Pozo, escritor español

Raúl del Pozo, escritor español

Raúl del Pozo, 27 octubre 2015 / EL MUNDO

Para Carlyle la Historia no la hacen las masas, ni las clases, sino los grandes hombres. La democracia, según el pensador inglés, representa la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan. No en balde acusaron a este calvinista radical de ser un precursor del nazismo.

Eso de creer que el progreso se debe a los grandes hombres es una creencia antigua, por lo menos desde que Plutarco escribió ‘Vidas paralelas’. Carlyle anheló un mundo que no fuera el caos provisto de urnas electorales. De las urnas o de la chusma inepta, según los antidemócratas, no puede salir sino confusión y vulgaridad. Aún hay quien añora el hombre providencial al que se opuso Brecht en ‘La vida de Galileo’: “Desdichada la sociedad que necesita héroes”.

el mundoEn España se vivía un momento de desprecio a los políticos hasta que aparecieron nuevos troneras y discursantes. De entre ellos, uno se destaca en el triunvirato y se llama Albert Rivera. Es un alevín de César, que en la ribera del Rubicón o Manzanares ha podido decir: “Veni, vidi, vici”. Sólo hay un liderazgo emergente, el suyo, el único que tiene una alta valoración en las encuestas. Le siguen a larga distancia Pedro Sánchez y Alberto Garzón, colocando a Mariano Rajoy y a Pablo Iglesias en los puestos de descenso.

Albert Rivera, líder de Ciudadanos

Albert Rivera, líder de Ciudadanos

Albert Rivera, buen orador, ni de derechas ni de izquierdas sino todo lo contrario, se presentó en la Villa y Corte, el templo de Debod, el Parque del Oeste, donde estuvo el Cuartel de la Montaña. El nuevo faraón animó a sus seguidores a trabajar hasta el último día porque no hay nada escrito y cree que puede ganar las elecciones. Piensa que está naciendo una nueva España, lejos de la costumbre de la sangre, de los estacazos, las rebanadas y los bajonazos. Dijo que el PP está acabado y que no hay un PSOE, sino 17. No tiene nada que ver con el Roca de la Operación, ni con Alejandro Lerroux, ‘Emperador del paralelo’, que también creía, como Carlyle, que la Historia avanza a empujones. Rivera, desde el templo, viene a decir que el político que se enriquece con los fondos públicos es un ladrón de santuarios y de tumbas.

En la mitología de las sectas se suele prestar devoción al líder. Los historiadores romanos hablan de la “‘devotio’ celtíbera”, que consistía en la fidelidad al caudillo hasta el fin. Los guerreros cántabros sucumbían con su comandante en el caso de la muerte de éste. Adoraban a sus superiores con aquella fidelidad del perro de Lisímaco que, cuando vio hacer fuego donde iban a quemar a su dueño, le acompañó hasta que lo echaron también a él.

Con Albert Rivera se recupera esa especie de ‘devotio’ celtíbera, después de unos años de renegar de los políticos; cuando la democracia huele a invierno, se ha despertado una suerte de ‘bonapartismo’ o ‘cesarismo’ a la española. Esperemos que Albert Rivera no sea uno de esos líderes que con su mirada hace crecer los girasoles. No necesitamos caudillos, ni guías, sino un político, a ser posible legal, como se dice en Madrid.

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