México

¿Recobrará México la mitad de su territorio? De Enrique Krauze

Justin Rentería

Enrique Krauze es un historiador mexicano, editor de la revista Letras Libres

Enrique Krauze, 6 abril 2017 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO – La invasión estadounidense a México de 1846 infligió a los mexicanos una herida dolorosa que cicatrizó poco a poco, a lo largo de 170 años. Donald Trump ha vuelto a abrirla.

Entre las muchas mentiras que ha urdido, ninguna más ridícula que su intento de contradecir a la historia, presentando a Estados Unidos como una víctima de México, país que supuestamente le roba empleos, le impone tratados onerosos y le manda a sus “bad hombres” a través de la frontera.

Frente a esta fake history, algunos mexicanos se han propuesto recordar a Trump cuál fue, exactamente, la primera nación en ser víctima del imperialismo americano. Su proyecto es promover una demanda que anule totalmente el Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848 y por medio del cual México –invadido por el ejército estadounidense, ocupada su capital y tomados sus puertos y aduanas– se vio obligado a admitir la anexión de Texas y conceder a Estados Unidos más de la mitad de su territorio, que corresponde principalmente a los actuales estados de Arizona, Nuevo México y California.

La última página del Tratado de Guadalupe Hidalgo firmada y con sellos oficiales. Credit Hispanic Reading Room, Hispanic Division, Library of Congress

 Encabeza el esfuerzo Cuauhtémoc Cárdenas, el mayor estadista de la izquierda mexicana. Cárdenas está convencido de que el gobierno mexicano –sobre todo ante la agresión de Trump– tiene en sus manos un caso sólido. Según su tesis, aquel tratado es violatorio de imprescriptibles normas internacionales del derecho y por ello susceptible de ser denunciado (con propósitos de reparación o indemnización) ante instancias como la Corte Internacional de Justicia y la ONU. Y aun admitiendo –sin conceder– la validez del tratado, varios artículos cruciales, como el respeto a la ciudadanía, la propiedad y la seguridad de los 100.000 mexicanos que quedaron en territorio estadounidense, se incumplieron desde un principio.

La iniciativa, sin embargo, enfrenta enormes obstáculos. Bernardo Sepúlveda, ex Secretario de Relaciones Exteriores y el mayor experto mexicano en derecho internacional, considera que “muy a su pesar” la demanda no prosperaría. “En tiempos anteriores las guerras de conquista no se topaban con la misma condena moral y legal que ahora forma parte de nuestro sistema legal”, me dijo. La demanda tendría que presentarse conforme a la Convención de Viena “y mostrar que el Estado mexicano no aceptó expresamente la validez del tratado o que, en razón de su conducta, el mismo Estado mostró su rechazo a esa validez”.

Pero ese no fue el caso del Tratado de Guadalupe Hidalgo, que fue firmado con el consentimiento de ambos gobiernos y sus respectivos congresos. “Adicionalmente”, agrega Sepúlveda, “para obtener un dictamen, la demanda de anulación del Tratado de 1848 tendría que someterse a la Corte Internacional de Justicia, cuya jurisdicción obligatoria en casos contenciosos no está reconocida por Estados Unidos”.

No obstante, una es la lógica jurídica y otra la lógica política. Si el gobierno de Peña Nieto no hace suyo el proyecto de Cárdenas, un candidato de oposición (sea de izquierda populista o de derecha nacionalista) podría adoptarlo como bandera hacia las elecciones de julio de 2018. Y si alguno de ellos gana, el nuevo presidente podría convertir la demanda en realidad.

El político mexicano Cuauhtémoc Cárdenas durante la presentación de su libro “Cárdenas por Cárdenas”, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) en diciembre de 2016. Credit Juan Carlos Reyes Garcia/Agencia El Universal

Más allá de la viabilidad, lo que está en juego es algo aún más vasto: necesitamos alentar el debate sobre la verdadera historia de aquella guerra que Estados Unidos, convenientemente, ha olvidado o maquillado, pero que ahora más que nunca importa recordar honestamente como lo que fue. Se trata de una enormidad que cabe en una pregunta: ¿qué parte de la prosperidad histórica de Estados Unidos se ha afincado en el desarrollo de los territorios habitados originalmente por mexicanos y arrebatados a México en una guerra de conquista?

Porque no hay duda de que fue una guerra de conquista. Así la vivieron muchos soldados, que leían la Historia de la conquista de México de William H. Prescott –el recuento de la expedición de Hernán Cortés para conquistar el imperio azteca– mientras avanzaban sobre territorio mexicano. Así la consideraron, con vergüenza y pesar, grandes personajes de la época. Esa “guerra en extremo indignante” (dijo John Quincy Adams) había sido “accionada por un espíritu de rapacidad y un desmesurado deseo de engrandecimiento territorial” (escribió Henry Clay), a partir de un ataque premeditado por el presidente James Polk gracias al cual “una banda de asesinos y demonios del infierno se permitieron dar muerte a hombres, mujeres y niños” (Abraham Lincoln).

Tras el bombardeo a la población civil de Veracruz, el general Robert E. Lee escribió a su esposa: “mi corazón sangra por los habitantes”. En sus memorias, Ulysses S. Grant lamentaba no haber tenido el “coraje moral para renunciar” a la que, desde joven, había calificado como “la guerra más perversa”. Para varios otros políticos y pensadores (incluido Henry David Thoreau) la guerra contradecía los valores democráticos y republicanos fundacionales de Estados Unidos y era contraria a la elemental ética cristiana.

La iniciativa de Cárdenas podrá tener pocas probabilidades de éxito legal, pero en estos tiempos en que México ha sufrido los injustos ataques del presidente Trump, su impacto público puede ser considerable.

Estados Unidos debe a México y se debe a sí mismo una revisión franca de su primera guerra imperial no sólo en los currículos de sus escuelas y universidades sino en sus museos y libros. Hollywood y Broadway, que desde su origen han jugado un papel importante en definir la conciencia histórica estadounidense, deberían abordar el tema. Películas, documentales y series de televisión notables han contribuido a modificar la memoria de dos pecados de origen: la esclavitud y el racismo contra los afroamericanos y, en menor medida, el exterminio y la represión racista de los indios americanos. Falta el tercer pecado: la agresión contra México y el despojo de su territorio.

Tres siglos antes de que los ancestros de Trump pisaran Estados Unidos, había mexicanos en aquella zona septentrional de Nueva España y México. Pero ni ellos ni sus descendientes actuales son parte siquiera simbólica del orgullo nacional estadounidense, sino objetos de una imagen estereotipada o emblemas de un pasado vergonzoso que se ha mantenido en la oscuridad. Es hora de que ese pasado salga a la luz, sea reconocido y reivindicado.

Para nosotros los mexicanos, esta es la oportunidad de una forma de reconquista. Seguramente no una reconquista física de los territorios que fueron nuestros. Tampoco una indemnización que debió ser mucho mayor a la magra cantidad de 15 millones de dólares que pagó el gobierno estadounidense (a plazos) por el despojo. Necesitamos reconquistar la memoria de esa guerra pródiga en atrocidades inspiradas por prejuicios raciales y ansias de expansión territorial.

Pero seguramente la mejor y más justa indemnización sería una reforma migratoria en Estados Unidos que abriera el camino de la ciudadanía a los descendientes de aquellos mexicanos que padecieron la injusta pérdida de la mitad de su territorio.

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Lamento mexicano. De Héctor Aguilar Camin

México es un país eternamente inacabado que para ser algún día grande, moderno y hospitalario con la mayoría de sus hijos necesita aliviar una vez más el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad.

Héctor Aguilar Camín es escritor mexicano, director de la revista Nexos.

Héctor Aguilar Camín, 5 abril 2017 / EL PAIS

México será algún día un gran país, un país moderno y hospitalario para la mayoría de sus hijos, pero no será por aciertos que se hayan cometido en el curso de mi generación. No al menos por una historia de aciertos sostenidos.

Nací a la vida intelectual bajo el mandato de empeñarme en la reflexión pública, en la pasión utópica por excelencia de cambiar el mundo criticándolo. El balance de mi empeño arroja un saldo vicioso de ensayo y error, un camino de ilusiones perdidas, ganadas y vueltas a perder, con frutos siempre inferiores a los buscados.

He dicho de mi generación, la nacida en los años cuarenta del siglo pasado, que debutó muy temprano en la historia y además sobreactuó sus emociones. También sobreactuó sus sueños. Su salida al mundo, con el movimiento estudiantil de 1968, fue una fiesta de libertad ejercida que terminó en una tragedia, la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.

Diría que desde aquel momento fundador hemos soñado de más y conseguido de menos como generación.

La guerra contra las drogas sumió al país
en una espiral de sangre que es una pesadilla

Hemos intentado las fórmulas probadas en otros países para dejar atrás el subdesarrollo, como se decía en mis tiempos, y las hemos vuelto insustanciales e insuficientes, cuando no parodias trágicas, de resultados contrarios al soñado.

No hemos tenido una década de crecimiento económico alto y sostenido desde 1970, año a partir del cual duplicamos nuestra población trayendo al mundo 70 millones más de mexicanos.

Dilapidamos en el camino dos ciclos de abundancia petrolera, uno en los años ochenta del siglo pasado, otro en la primera década del siglo XXI. Las rentas de aquel auge han sido calculadas en seis veces y media el monto del Plan Marshall, que permitió reconstruir la Europa devastada por la II Guerra Mundial.

Una revolución de terciopelo, hecha de reformas graduales y transiciones pactadas, convirtió la impresentable hegemonía priista, la famosa “dictadura perfecta” de Mario Vargas Llosa, en una prometedora primavera democrática.

Descubrimos poco a poco, sin embargo, que la nuestra era una democracia sin demócratas. Del fondo de nuestras costumbres políticas más que de las leyes vigentes emergió paso a paso un régimen de partidos que acabó siendo, a la vez, una partitocracia y una cleptocracia, pues su regla de eficacia electoral fue llevar ríos de dinero ilegal a elecciones que cuestan cada vez más e inducen cada día mayores desvíos de dineros públicos y mayores cuotas de corrupción en los gobernantes.

En lugar del presidencialismo opresivo de las eras del PRI, tenemos ahora un Gobierno federal débil y una colección de gobiernos locales impresentables: los más ricos, los más autónomos, los más legitimados electoralmente y los más corrompidos e irresponsables de la historia de México, pues ni cobran impuestos ni aplican la ley.

La guerra contra las drogas y el crimen organizado, que pareció cuestión de vida o muerte hace 10 años, lejos de contener el tráfico, la violencia o el crimen los multiplicó, sumiendo al país en una espiral de sangre que es una pesadilla diaria.

El acierto estratégico mayor de estos años, la integración comercial con América del Norte, no fue aprovechado para modernizar el resto de nuestra economía, y debe buena parte de su competitividad a los bajos salarios.

La economía mexicana produce billonarios
de clase mundial, pero no salarios dignos

La economía mexicana produce billonarios de clase mundial peno no salarios dignos de una clase media decente. Nuestra riqueza, paradójicamente, multiplica nuestra desigualdad.

Estamos lejos de ser el país próspero, equitativo y democrático que soñó, al paso de los años, mi generación. Hemos corrompido nuestra democracia, destruido nuestra seguridad, precarizado nuestra economía y nuestros salarios, profundizado nuestra desigualdad.

La cuenta de las equivocaciones colectivas de estos años es notoriamente más larga que la de los aciertos. La responsabilidad mayor es de los Gobiernos, desde luego, pero también de sus oposiciones; de la baja calidad de nuestra opinión pública y de nuestros medios, de nuestras empresas y empresarios, del conjunto de nuestra clase dirigente. También, de la débil pedagogía que baja de nuestras escuelas, de nuestras iglesias, de nuestra vida intelectual y de los malos hábitos y las pobres convicciones de la sociedad.

El país que mi generación heredará es inferior al que soñó y al que hubiera podido construir equivocándose menos. No hemos sido los primeros mexicanos en esto de equivocarse mucho.

En el año de 1849, mientras escribía el prólogo de su Historia, Lucas Alamán llegó a pensar que México podía desaparecer y que su obra serviría para mostrar a los descendientes de aquella desgracia cómo podían volverse nada, por la acción de los hombres, los más hermosos dones y las más altas promesas de la naturaleza.

Casi 100 años después, en 1947, el historiador Daniel Cosío Villegas escribió, en un ensayo inolvidable, que todos los hombres de la Revolución Mexicana, sin excepción alguna, habían estado por debajo de las exigencias de ella.

Podría parafrasear a Cosío Villegas y decir, 70 años después de su sentencia, que todos en mi generación, sin excepción alguna, hemos estado por debajo de las oportunidades que la historia nos brindó y más por debajo aún de lo que nos propusimos y soñamos. Hemos sido inferiores a lo que soñamos.

Me consuelo pensando que el país es más grande que sus males, más vital que sus vicios y más inteligente que las ilusiones de sus hijos. Lo ha sido desde que existe. Su poder ha sido la resistencia, el “aguante” como decimos los mexicanos, no la lucidez práctica de la acción colectiva.

En la mina de sabiduría recobrada que son los Inventarios de José Emilio Pacheco, las columnas periodísticas que escribió entre 1974 y 2014, publicadas ahora en tres volúmenes por editorial Era, encuentro tres citas inesperadas de Chesterton que tienen una pertinencia, a la vez risueña y serena, ante mis quejas.

Una dice: “Para el espíritu infantil del pesimismo moderno cada derrota es el fin del mundo, cada nube el crepúsculo de los dioses. En la literatura, sobre todas las cosas, debemos resistir este pánico inane”.

La segunda cita dice: “La esperanza solo resulta una fuerza cuando todo es desesperado… La única razón para ser progresista es la tendencia al empeoramiento que hay en todas las cosas”.

La tercera dice: “La historia no está hecha de ruinas completadas y derribadas; más bien está hecha de ciudades a medio edificar, abandonadas por un constructor en quiebra”.

Así el presente de México, eternamente inacabado. Hay que renovar el contrato y cambiar al constructor, aliviando una vez más, como quería Gramsci, el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad.

Violencia en México: Una guerra con muertos (pero sin heridos)

En los cuatro primeros años del conflicto contra el narco, más de la mitad de los enfrentamientos acabaron con todos los criminales muertos. Los investigadores consideran que un combate estándar concluiría con el mismo número de heridos que de muertos.

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Pablo Ferri, 10 febrero 2017 / EL PAIS

el paisLejos de ajustarse a la retórica oficial del Gobierno de Felipe Calderón en México, los datos que arrojan los primeros cuatro años de la guerra contra el narco muestran una realidad bien distinta. El Centro de Investigación y Docencia Económica, CIDE, una prestigiosa universidad mexicana, ha analizado 3.327 combates entre autoridades y presuntos agresores ocurridos entre 2007 y 2011. Más de la mitad, 1.223, concluyeron con todos los criminales muertos.

Además, los analistas del CIDE han descubierto que la gran mayoría de los 3.327 enfrentamientos ocurrieron por “actividad” de las autoridades. Alejandro Madrazo, uno de los autores del estudio, explica que “en el 84% de los casos, cuando detona el evento, la autoridad estaba realizando una actividad, por ejemplo catear una casa, o atender un llamado anónimo”.

Uno de los hallazgos más sorprendentes fue que apenas un puñado de operaciones estuvieron amparadas por el juez. “Descubrimos que fueron menos del 5%”, dice. En la mayoría de ocasiones, explica, las autoridades actuaron por su cuenta, careciendo de la supervisión del ministerio público o el mandato de un juez. “El 31% de los combates”, añade el experto, “ocurrieron cuando las autoridades estaban patrullando”.

Letalidad total

El índice de letalidad mide la relación de heridos y muertos en un enfrentamiento armado. Un combate normal arroja cifras parejas, un muerto, un herido, dos muertos, dos heridos… Cuando un combate presenta un índice de letalidad total significa que todos los de un bando murieron. No hay heridos, lo que lo hace sospechoso. De los 3.327 estudiados por el CIDE, 1.223 presentaron un índice de letalidad total.

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Fuente: Rebeca Calzada – CIDE

Cuando Calderón llegó a la presidencia en diciembre de 2006, anunció que enfrentaría al crimen organizado con toda la fuerza del estado. Para ello, desplazó a miles de policías y militares al centro y el norte de México. Era, dijo, una batalla justa e imprescindible. En la prensa empezaron a aparecer informaciones sobre enfrentamientos entre autoridades y grupos criminales. La policía o las Fuerza Armadas explicaban en escuetos boletines que algunos delincuentes habían muerto y otros habían resultado heridos; que se habían decomisado fusiles, cartuchos y granadas. En muchos de ellos, los boletines leían que todos los delincuentes habían muerto en el intercambio de disparos.

La situación degeneró muy rápido. Y entre tanto empezó a expandirse la sensación de que todo aquello era demasiado raro. ¿Era normal que en un combate hubiera más delincuentes muertos que heridos? ¿Que todos los delincuentes murieran en las balaceras? Analistas, académicos y expertos se hacían estas preguntas.

En 2011, investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México adaptaron un indicador para evaluar si los uniformados habían abusado de su fuerza en esos años. Se llamaba índice de letalidad. Otros colegas ya lo habían usado en Brasil con buenos resultados.

indice-de-letalidad-1El índice de letalidad mide la relación entre civiles heridos y muertos en un enfrentamiento. “No se trata”, escribieron los académicos, “de que por sí mismo determine la existencia de privaciones arbitrarias de la vida, sino de valores que alertan sobre un contexto de preocupación”. Así, cualquier enfrentamiento que concluyera con más muertos que heridos era motivo de alarma.

Los investigadores del CIDE han retomado ahora el índice de letalidad. Gracias a una filtración de los datos que manejó el Gobierno del propio Calderón, han descubierto que la mitad de los combates acontecidos en los primeros cuatro años de su mandato acabaron con todos los delincuentes muertos. Ya no con más muertos que heridos: todos muertos. Los investigadores del CIDE consideran que un combate en el que mueren todos los civiles presenta un índice de letalidad perfecta.

Las hemerotecas de los medios mexicanos están llenas de situaciones así. El 26 de febrero de 2010, el diario Reforma informaba, por ejemplo, de la muerte de cuatro sicarios tras un enfrentamiento con militares cerca de Matamoros, Tamaulipas, en la frontera con Estados Unidos. La Secretaría de la Defensa Nacional explicaría después en un comunicado que un comando armado había agredido a los militares. En el tiroteo, los cuatro sicarios habrían muerto. Sin heridos. Sin preguntas. Sin más respuestas.

A escala regional, la mayor cantidad de escenarios de este tipo se dieron en el noreste. De los 1.223 enfrentamientos que presentaron un índice de letalidad perfecta, 502 ocurrieron en los estados de Nuevo León y Tamaulipas en 2010 y 2011. Casi la mitad. Los datos coinciden con la explosión de violencia en la zona por la guerra entre cárteles.

Zetas, Golfo y actividad militar

En febrero de 2007, el presidente Calderón puso en marcha el Operativo Conjunto del noreste. El mandatario ordenó el despliegue de 3.500 policías, militares y marinos en Nuevo León y Tamaulipas, además de nueve helicópteros, tres aviones y 48 vehículos tácticos militares. Luego llegarían más. Era el tercer operativo que organizaba el presidente en apenas dos meses de Gobierno. La batalla empezaba.

Por aquel entonces, Los Zetas aún respetaban la cadena de mando del Cartel del Golfo. Si el Cartel de Sinaloa manejaba los cultivos de marihuana y amapola en la región noroeste, el Golfo controlaba la frontera noreste y la costa atlántica de la mano de Los Zetas. Pero todo aquello cambió. La detención de varios líderes de ambas organizaciones y las continuas reyertas entre los nuevos cuadros degeneraron en una guerra que afectó a ambos estados.

Atrapados en medio de la batalla, la Policía Federal, el Ejército y la Marina trataron de tomar el control. Así, Nuevo León y Tamaulipas concentraron casi la mitad de los 3.327 combates que se dieron en el país durante esos años. En 2010 fueron 447 de 1.027. Al año siguiente la historia se repetiría: 623 de 1.441.

La cantidad de denuncias en esos cuatro años por violaciones a derechos humanos rayaron lo inmanejable. El ombudsman mexicano recibió 4.000 quejas y preparó decenas de informes abundando en la mala praxis de las autoridades, sobre todo de las Fuerzas Armadas.

La pregunta es obvia, ¿qué ocurrió realmente en esos años en el noreste de México?

Mexico’s Forceful Resistance. De Jorge Castaneda

Credit Mikey Burton

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, 27 enero 2017 / THE NEW YORK TIMES

MEXICO CITY — It has been just over a week since President Trump took office, and he already has a diplomatic mini-crisis on his hands. First, he demanded that Mexico pay for his wall along our mutual border — on the very day when Mexican diplomats were to meet with White House officials. When President Enrique Peña Nieto of Mexico rejected that idea out of hand, Mr. Trump tweeted that he should consider calling off a planned visit to Washington next Tuesday. Which is just what Mr. Peña Nieto did.

For Mexico, the cancellation, and the rise in tensions with the United States, are a sad and serious affair.

Sad, because no Mexican wants a breakdown in bilateral ties. Five successive presidents have pursued a new course with our northern neighbor, putting behind us the apprehensions and resentment of the past. The North American Free Trade Agreement, American support during the mid-’90s financial NEW YORK TIMEScrisis, immigration negotiations in 2001, expanded drug enforcement and security cooperation, and the encouragement of a new mind-set for Mexicans where being neighbors is no longer seen as a problem but as an opportunity: All of this is being questioned and jeopardized.

This is why Mexico today faces a tough choice, given the asymmetry between both countries: accommodate Mr. Trump and get the least-bad deal possible, or lay out a series of red lines or list of American demands Mexico cannot accept and adopt a policy of forceful resistance. It could then attempt to wait Mr. Trump out, hoping that he will open too many fronts simultaneously, that domestic opposition to his excesses will grow, and that Mexico’s allies in the United States and abroad will eventually rebalance the unequal correlation of forces.

Mr. Peña Nieto had no choice but to cancel his trip. But he had partly boxed himself into a corner because of previous indecision or procrastination.

He knew some time ago that Mr. Trump would insist on renegotiation. He knew that several roads could lead to a favorable outcome for all three member countries, but that there could also be dire consequences for Mexico if the road chosen led to a revised Nafta requiring drawn-out deliberations in the legislative bodies of Canada, the United States and Mexico. The agreement would then fall hostage to partisan bickering, with no guarantees of approval. The uncertainty that would entail might easily place new foreign investment in Mexico on hold.

Mexico should have a red line on trade. Everything that can be done without new legislative approval in all the three countries is fair game, but nothing else. Better to have the United States invoke Nafta’s Article 2205, which says that a country can withdraw from the agreement six months after giving notice.

A similar red line should have been drawn by Mr. Peña Nieto on the prickliest, if not the most substantive issue: the wall. Again, incomprehensibly, Mr. Peña Nieto painted himself into a corner by stressing the wall’s payment, rather than its very existence. The crux of the matter should never have been who would pay for it, but rather that it was an unfriendly act toward a friendly country, sending a disastrous symbolic message to Latin America. The real issue is that it will generate countless social, cultural and environmental problems along the border; raise the cost and danger of unauthorized crossings; and attract even more organized crime.

Mexico should now clearly draw another red line. If the United States wants to build a wall, we will use every tool available to delay it and make it more expensive. But we will also point out that President Trump’s wall better be a very effective one. Because it will have to deter, without any further Mexican cooperation, drugs, migrants, terrorists and “bad hombres” from entering. If Mr. Trump “breaks” the border arrangement that our two countries have enjoyed for nearly a century, he “owns” it (the Pottery Barn rule).

Finally, on deportations, Mexico must also publicize its nonnegotiable bottom line. More money and agents for immigration enforcement, punishing sanctuary cities and attempting to send so-called criminals to Mexico is likewise an unfriendly act. Especially when one recalls that the same policy toward El Salvador in the late 1990s made it the most violent country in the world.

Mexico must say clearly that we will encourage all our potential deportees to demand a hearing upon arrest and to refuse voluntary removal; that we will provide legal support, on our dime, for all arrested undocumented Mexicans; and that we will deny entry to anyone whom American authorities cannot prove is a Mexican citizen. These are not simple decisions and are not exempt from the risk of retaliation. But neither is a 20 percent tariff on imports from Mexico, a proposal the White House suggested on Thursday it might embrace.

Mexico’s most effective leverage in this unfortunate and needless conflict lies in its stability on the United States’s southern flank. Washington should count its blessings. For a century, the United States has been an accomplice to Mexican corruption, human rights violations and authoritarian rule. But it has also supported Mexico economically, abstained from seeking regime change, tolerated mass migration from the south and generally treated Mexico with respect. The quid pro quo was immensely and mutually beneficial. Messing with it is worse than rash: It is reckless, for both countries.

La amenaza Trump. Columna transversal de Paolo Luers

paolo3Paolo Luers, 27 enero 2017 / EDH

Al radicalismo irracional de Trump hay que contraponer posiciones igualmente radicales, pero racionales. Racionalmente radicales.

Las amenazas de Trump contra México son radicales. Mandar a erigir un muro en todo la frontera con México ya es una medida radical. Se podría decir que cada país tiene el derecho de construir las monstruosidades que quiera, siempre y cuando su gobierno logre convencer a sus ciudadanos de pagarlas. Pero el reiterado anuncio de Trump que va a cobrar a México el 100 % del costo de su muro, es una amenaza real y radical. Trump dice diario hoyque puede cobrar a México aumentando el precio de las visas, poniendo un peaje para cada paso de frontera, reteniendo un porcentaje de las remesas – y por supuesto: estableciendo tasas altas para productos mexicanos, dentro del contexto de la renegociación que quiere imponer del NAFTA, el Tratado de Libre Comercio entre México, Canadá y Estados Unidos.

Las extorsiones que Trump ya está haciendo a compañías, no sólo norteamericanas, sino también alemanas y japonesas, para que dejen de fabricar carros en México y concentren sus inversiones en Estados Unidos, es un ataque a México que ningún gobierno puede tolerar. Por suerte, tanto los japoneses como los alemanes ya lo mandaron al carajo.

La suma de todos estos ataques a sus vecinos, de por sí insultantes, contempla una real amenaza. Trump quiere hacer su pedazo de América grande a costa de México. Quiere rescatar puestos de trabajo industriales, quitándolos a México.

Todo esto requiere una respuesta radical de México. Los últimos gobiernos mexicanos, de Felipe Calderón y Peña Nieto, han convertido a su país en el campo de batalla de la guerra contra el narcotráfico desde los países productores hacia los consumidores en Estados Unidos. Han prestado su territorio, sus fuerzas armadas, sus policías y han puesto decenas de miles de muertos en esta guerra que únicamente sirve a los intereses de Estados Unidos. La respuesta radical de México a los ataques radicales de Trump tiene que ser: suspender esta guerra contra los carteles que transportan droga a Estados Unidos; legalizar el consumo en México; y comenzar a atender el fenómeno de las drogas como un problema de salud pública, ya no de seguridad nacional. Esta guerra de todos modos nunca fue mexicana, fue una guerra de Estados Unidos, que no la quería pelear en su propio país, con sus tropas, poniendo su propios muertos. De hecho, esta guerra tan sangrienta en México, por arte de magia siempre terminó en la frontera de Estados Unidos. Adentro de Estados Unidos no hay enfrentamientos y no hay masacres.

México no es indefenso en este pleito que le armó Trump. Que Trump construya su muralla. Ya veremos si va a detener la droga, una vez que México ya no siga prestando su territorio y la vida de sus ciudadanos para detenerla.

México debe suspender  también todos sus operativos contra los migrantes centroamericanos. Este último año, México ha deportado más migrantes a Centroamérica que los propios Estados Unidos – aunque solo van de paso. Igual que en el caso de la droga, México hace el trabajo sucio para resolver problemas no propios, sino del vecino del Norte. Veremos si el muro de Trump va a detener a los migrantes centroamericanos, si México deja de detener y perseguirlos. No lo creo.

Los gobiernos de Centroamérica deben unirse a México en esta defensa contra los planes de Trump. No sólo por solidaridad, sino por interés propio. Son los migrantes de Centroamérica que van a aguantar la primera ola de persecución. Ya lo dijo Trump. Y si Estados Unidos comienza a poner impuestos a las remesas, no será solamente para los mexicanos, sino igualmente a los centroamericanos. Tenemos muchas razones para hacer un frente común con México. Nuestros países, sobre todo Guatemala y Honduras, pero también El Salvador, igual han sido reclutados por Estados Unidos para pelear su guerra contra el narcotráfico. Todo el apoyo que recibimos de Estados Unidos es condicionado a esto. Hasta las políticas de seguridad pública nuestras se supeditan al intento de Estados Unidos de detener las drogas y los migrantes antes de que lleguen a sus fronteras.

Y una vez que Trump impone que el NAFTA se modifique para favorecer a Estados Unidos (“America First”), algún ingenuo puede creer que con nuestro TLC no va a pasar lo mismo. De todos modos, el FMLN nunca entendió los beneficios del TLC. Pero también vemos a algunos industriales salvadoreños bailando de alegría porque Trump suspendió el Tratado del Pacífico, porque los asiáticos nos hubieran hecho competencia. Posiblemente bailarán igual cuando Trunp joda a los mexicanos, porque también los ven como competencia. Entonces, ¿quién bailará en el entierro nuestro?

Nuestro presidente, en vez de andar en reuniones de CELAC, que solo sirve para los intereses de Cuba y Venezuela, debería ahora estar reunido con los presidentes de México y Centroamérica para construir una defensa común contra las amenazas radicales de Trump. Hablando paja del “imperialismo” no resuelve nada.

Mexico’s Potential Weapons if Trump Declares War on Nafta

 Workers on an auto parts production line in the Bosch factory this month in San Luis Potosí, Mexico. President Trump has threatened to impose a 35 percent tariff against Mexico. Credit Pedro Pardo/Agence France-Presse — Getty Images

Workers on an auto parts production line in the Bosch factory this month in San Luis Potosí, Mexico. President Trump has threatened to impose a 35 percent tariff against Mexico. Credit Pedro Pardo/Agence France-Presse — Getty Images

Eduardo Porter, 24 enero 2017 / THE NEW YORK TIMES

How could Mexico inflict the most damage on the United States?

NEW YORK TIMESIn normal times this question would not be top of mind for Mexican policy makers. Mexican governments over the last quarter-century have consistently pushed back against the nation’s historical resentment toward the United States, hoping to build a more cooperative relationship with its overbearing northern neighbor.

But these aren’t normal times. As President Trump prepares the opening gambit in his project to either renegotiate the North American Free Trade Agreement or pull out, Mexico’s most important strategic goal is narrowing to one word: deterrence.

It must convince Mr. Trump that if he blows up the trade agreement on which Mexico has staked its hopes of development, by weaving its economy ever more closely into that of the United States, the United States will suffer, too.

The critical question is whether Mexico’s threat will be convincing.

Mexico’s main challenge as it confronts a hostile Trump administration is the enormous asymmetry of the bilateral relationship. Ending Nafta would hurt the United States: Six million American jobs depend on exports to Mexico, according to Mexican officials. But to Mexico, it could prove devastating.

Mexico has relied on the pact to draw foreign capital into the country, not only ensuring multinational companies stable access to the largest consumer market in the world but also guaranteeing that their investment is safe, noted Luis Rubio, who heads the Center of Research for Development in Mexico City.

The makings of a Mexican strategy for defending its interests started coming into focus on Monday, when President Enrique Peña Nieto declared that negotiations for a future relationship with the United States would not be limited to trade.

“We will bring to the table all themes,” he said in a speech. “Trade, yes, but also migration and the themes of security, including border security, terrorist threats and the traffic of illegal drugs, weapons and cash.”

His hope is that by introducing broader uncertainty about the bilateral relationship — Will Mexico still cooperate in the fight against drug trafficking? Will it stop foreign terrorists from using Mexico as a way station into the United States? — Mexico can raise the stakes enough for Mr. Trump to reconsider his “America first” approach to commerce.

“Mexico has a lot of chips to play,” said Jorge Castañeda, a former foreign secretary who has staked out a combative approach.

Let Mr. Trump pull the United States out of Nafta, he argues. Instead of stopping Central American migrants at its southern border, Mexico should let them through on their way to the United States. “And let’s see if his wall keeps the terrorists out, because we won’t,” Mr. Castañeda added.

The view from Mexico City is not uniformly bleak. Some analysts believe there is a potential for a situation in which a new Nafta benefits all. “I have always believed one should never let a good crisis go to waste,” said Arturo Sarukhán, a former Mexican ambassador to the United States. “There is an opportunity that we could end up modernizing and improving Nafta.”

The view that there is a potential silver lining to Mr. Trump’s hostility toward Nafta is also popular in some Washington circles. The quarter-century-old agreement is due for some modernization anyway, if only to deal with things like data protection, online crime and e-commerce — which were not around in the early 1990s. Nafta’s weak provisions on labor and environmental standards could also be improved.

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How Deals Like Nafta Have Affected U.S. Trade

While trade has contributed to the growth of the American economy, the changing dynamics have also prompted concerns about lost jobs and the rising trade deficit. But when something is manufactured in the United States, the product is typically made up of parts and pieces from around the world.

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Many aspects of Nafta could be upgraded, trade experts say. It could do with new rules to open up government projects to bidders from all three Nafta partners. Allowing long-haul trucking companies from Mexico and the United States into each other’s markets could make trade between the two more efficient. What’s more, the Mexican-American border could benefit from more infrastructure investments to integrate energy networks, reduce clogged lines at border crossings and the like.

Now that Mr. Trump has formally nixed the Trans-Pacific Partnership, which would have tied North America and nine other nations from the Pacific Rim into one large trade bloc, some of its provisions could be drafted into a new North American deal.

Gary Hufbauer of the pro-trade Peterson Institute for International Economics in Washington suggests that the name “Nafta” be retired — it has a bad reputation. But a lot of its substance could remain, perhaps in the form of separate bilateral agreements with Canada and Mexico.

“Trump wants some easy victories,” Mr. Hufbauer pointed out. If he can score political points using his Twitter feed to persuade a few companies to keep jobs in the United States, why risk hurting the American economy by abandoning the North American trade deal? “Maybe that’s the reconciliation,” Mr. Hufbauer said.

Still, it’s hard to reconcile the proposal for an improved, more effective trading pact in North America with Mr. Trump’s frequent portrayal of trade as a zero-sum game that inevitably shortchanges the United States.

In Mr. Trump’s eyes, improving Nafta seems to mean eliminating Mexico’s trade surplus with the United States and limiting investment by American multinationals in Mexico. But one can’t quickly eliminate a $60 billion trade surplus with a new Nafta — not unless it has some incredibly draconian limits on imports or local content requirements that could be as damaging to Mexico as abandoning the pact altogether.

Many Mexican officials fear that it is precisely this kind of draconian change that Mr. Trump has in mind. It would be politically profitable, at least in the short term. And it would signal toughness to China — a more formidable rival that is next on Mr. Trump’s list. If Canada stays out of the fray, cutting a separate deal with the United States to replace Nafta, Mexico would be left alone in an existential fight for its future.

In this case, Mexico may have no choice but to raise the stakes and hope to arrive at the negotiating table with a threat at least as credible as Mr. Trump’s promise to pull out of the deal.

Mr. Trump’s negotiating position does have some soft spots. For one, said Mickey Kantor, the American trade negotiator who concluded the Nafta negotiations during the Clinton administration, “he is under pressure to deliver a deal.”

If Mexico stands its ground and even allows Nafta to dissolve, it would send its own signal to China: Resistance is not futile. And Mr. Trump’s threat to raise tariffs against Mexico to 35 percent could easily be challenged under the rules of the World Trade Organization.

This is, of course, a hugely risky strategy for Mexico. When Mr. Trump entered the presidential race in June 2015, a dollar was worth about 15 pesos. Now it’s worth about 22. A frontal confrontation with the United States might send it to 40, Mexican officials fear, fueling capital flight.

And yet that may be Mexico’s strongest card.

As noted by C. Fred Bergsten, director emeritus of the Peterson Institute, an irony of Mr. Trump’s approach to Mexico is that by weakening the peso so much, he is going to increase the bilateral trade deficit, increase Mexico’s competitiveness and make it more attractive for American companies to invest there. “That is going to swamp anything he achieves with his company-by-company efforts,” he added.

That’s if Mexico manages to hold on. The more ominous situation is one in which the United States pushes too hard and Mexico — its economy, its unpopular government, its public order and political stability — buckles. The United States has enjoyed a peaceful southern border for 100 years, since Pancho Villa made his marauding raids into the Southwest during the Mexican Revolution. “That is worth pure gold in this and any other world,” Mr. Castañeda said. “Mexico’s best argument is ‘Don’t mess with that.’”

México en llamas. De Joaquín Villalobos

Con el gasolinazo la violencia ha estallado de forma artificial; no se trata de protesta espontánea, sino organizada. El país fue sorprendido por una densidad criminal que durante décadas ha crecido, ha penetrado en el Estado y se ha fortalecido.

JOAQUIN VILLALOBOSJoaquín Villalobos, 19 enero 2017 / EL PAIS

En el año 2006, la capital del estado de Oaxaca, en México, estuvo bajo control de organizaciones de extrema izquierda que mantuvieron una rebelión callejera durante casi seis meses. El gobierno estatal abandonó posiciones y se estableció en el exilio. En ese momento, si Oaxaca hubiese sido un país, podría haberse proclamado el triunfo de una revolución. Finalmente, en noviembre de ese año, miles de policías federales, sin utilizar armas de fuego, pudieron recuperar la ciudad luego de varios días de enfrentamientos en las calles.

el paisLa ruta más fácil para explicar un hecho es buscar un culpable y olvidar procesos que han dado origen a fenómenos que fueron largamente encubados. El llamado gasolinazo, por el aumento de precio a la gasolina, ilustra nítidamente esto: se han producido grandes protestas e incontables saqueos en muchos estados y nadie sabe si fueron espontáneos, organizados o coyunturales.

El objetivo de este artículo no es abordar la legitimidad o no de las protestas, sino señalar que en México existe una violencia política creciente. A diferencia de Venezuela, donde los saqueos ocurrieron resultado de la desesperación de la gente por la escasez y el hambre, en México no hay relación directa entre saqueos y aumento al precio de la gasolina.

“El fenómeno guerrillero frentista de extrema izquierda
tiene más de cuarenta años de vida”

En el desarrollo de una protesta, la violencia puede aparecer luego de una fase expansiva o como reacción a una represión desproporcionada que la estimula. Por mucha rabia o redes sociales que existan, el salto de lo demostrativo a lo violento no ocurre de la noche a la mañana. Con el gasolinazo la violencia ha estallado de forma artificial e incluso con rechazo de la mayoría de quienes protestan. No se trata por lo tanto de violencia espontánea, sino de violencia organizada. En México existen al menos siete grupos guerrilleros, algunos de los cuales tienen más de 40 años de existir. Por las condiciones del 1484740885_714303_1484757004_noticia_normal_recorte1país, estos grupos tienen sus propias particularidades; no se trata de ejércitos guerrilleros en las selvas como en Colombia, sino que su expresión principal son frentes populares de composición social diversa, comunidades organizadas, control territorial y capacidad de movilización callejera.

Esta extrema izquierda subyace y despierta de manera brusca cada vez que encuentra una oportunidad para actuar. El 1 de diciembre de 2012, el presidente Peña Nieto tomó posesión en medio de protestas con una violencia similar a la actual. En agosto de 2013, más de diez mil personas, con una organización casi militar, cercaron de forma sorpresiva el edificio del Senado y luego hicieron lo mismo con el aeropuerto internacional. En el año 2014 fueron incendiadas las sedes de los partidos PRI y PRD en el Estado de Guerrero, un tiempo después el edificio de gobierno del Estado corrió la misma suerte y también intentaron quemar las puertas del Palacio Nacional en Ciudad de México.

En los últimos quince años han ocurrido numerosos hechos que incluyen bombas, sabotaje a oleoductos, secuestros, enfrentamientos armados, pero sobre todo protestas muy violentas en muchos estados. La capital de México es la ciudad con mayor número de demostraciones callejeras del mundo, ocurren 20 protestas diarias. Hay espacios públicos de la ciudad que han permanecido tomados más de un año. Nada de esto puede hacerse sin jerarquías, recursos y activistas a tiempo completo. En el año 2010 fue secuestrado Diego Fernández de Ceballos, líder político del PAN, por cuya liberación se pagaron varias decenas de millones de dólares. En otras ocasiones han ocurrido secuestros similares de importantes empresarios con pagos igualmente millonarios.

“En la nueva realidad no hay problema que
se resuelva solo; cuando no se resuelven, crecen”

Si uno observa la violencia reciente en las calles de México —lo que se puede fácilmente ver en videos de YouTube— puede darse cuenta que esa violencia ni es nueva ni de origen desconocido. Se trata de grupos dispersos, sin articulación y seguramente con conflictos entre ellos que se montaron en las protestas por el gasolinazo con mucha rapidez. Luego, seguramente, por efecto de imitación y competencia entre ellos mismos, sus acciones alcanzaron dimensión nacional. El resultado de esto será la radicalización de más jóvenes y el crecimiento de estas organizaciones. En algunas comunidades estos grupos organizan policías comunitarias que suplen la ausencia de Estado. La desaparición o matanza de estudiantes de Ayotzinapa en el año 2014, fue en realidad el resultado de la lucha entre gobiernos locales cooptados por el crimen organizado y organizaciones populares controladas por grupos de extrema izquierda.

No hay estudios sobre las guerrillas mexicanas que ayuden a dimensionar el problema; no hay políticas para que abandonen la violencia, participen en opciones partidistas y se reinsertan a la legalidad; tampoco hay planes para combatirlos y ni siquiera un reconocimiento serio de la existencia del problema. Sus frentes han aprendido a movilizar de forma sincronizada a miles de personas sin ser detectadas y es común que frente a sus acciones violentas no haya respuesta. Todo esto ha derivado en una impunidad callejera que ya se volvió sistemática, creciente y de alto impacto político.

En los últimos 15 años México ha enfrentado una violencia delictiva que ha dejado más 100.000 muertos. Muchos han culpado a los últimos dos gobiernos por esto y han definido a las drogas como la causa del problema. Por sentido común, es obvio que las organizaciones criminales que han generado una violencia tan persistente, extensa y prolongada no nacieron en un día. México fue sorprendido por una densidad criminal de grandes proporciones que durante décadas se mantuvo creciendo, penetrando al Estado, fortaleciéndose y buscando oportunidades. Fue hasta que esa densidad criminal rebalsó, estalló y se volvió inocultable cuando se comenzó buscar la causa y al culpable. Con el fenómeno guerrillero frentista de extrema izquierda viene ocurriendo exactamente lo mismo, tiene más de cuarenta años de existir, asustó con Chiapas en el año 94 y ahora sorprende con saqueos en 25 Estados.

Un artículo de Luis Rubio cuenta que el presidente Adolfo Ruíz Cortines, quien gobernó México en los años 50, tenía dos carpetas en su escritorio: una decía “problemas que se resuelven solos” y la otra “problemas que se resuelven con el tiempo”. México tiene suficientes capacidades políticas, materiales e intelectuales para enfrentar las amenazas que padece, pero el primer gran paso que debe dar es superar la vieja cultura política. En la nueva realidad no hay problema que se resuelva solo y cuando no se lo resuelve, crece.