México

‘The Social Contract Is Broken’: La desigualdad en México y sus efectos sobre la violencia. De Max Fisher y Amanda Taub

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Un restaurante en la colonia de San Pedro Garza García, en Monterrey, donde fuera de las zonas más acaudaladas la violencia y corrupción son cuestión del día a día. Foto: Brett Gundlock para The New York Times

Max Fisher y Amanda Taub, 2 octubre 2017 / THE NEW YORK TIMES

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NEW YORK TIMESMONTERREY, México — Con la vista panorámica de la zona metropolitana de Monterrey, con sus sedes corporativas y clubes de golf, parece que se trata de una sola ciudad que se extiende por las montañas que la rodean.

Sin embargo, vista desde cerca, queda claro que existen muros invisibles que envuelven al centro acaudalado de Monterrey y crean una clara línea divisoria entre sus cuatro millones de residentes. Para la gente que se encuentra en el interior de esos muros invisibles, el gobierno es receptivo y la delincuencia es baja. Los que están afuera enfrentan el aumento de las tasas de homicidio, la corrupción y, según activistas locales, la brutalidad policial.

Sergio Salas vive en ambos lados. Se traslada todos los días desde su casa en Juárez, un suburbio de clase trabajadora, a la Secretaría de Educación ubicada en la zona próspera del centro, donde trabaja en los programas de educación especial.

Salas siempre dio por hecho que estaba a salvo en su casa, donde construyó una reserva de mariposas en el patio trasero. Pero el año pasado, unos delincuentes entraron a su hogar, lo ataron y le robaron. Conmocionado, no regresó sino hasta que instaló una barda y contrató a un guardia de medio tiempo.

Dice que su adorada ciudad ha cambiado con el auge de estos crímenes. Las familias construyen muros, salen huyendo a áreas más prósperas o solo aprenden a sobrellevar su vida diaria. La idea misma de comunidad se ha desvanecido.

A medida que México pasa por el año más violento que se haya registrado en su historia y el Estado se muestra incapaz de responder, la gente con recursos intenta resolver el problema por cuenta propia. Los terratenientes, los negocios y los ricos están adquiriendo seguridad, ya sea de forma legal o ilegal.

Todo pacto social se basa en el entendimiento de que la seguridad es un bien público que todos comparten y mantienen. A medida que los ricos de México se amurallan, los acuerdos implícitos que mantienen unida a la sociedad se rompen.

Aunque los efectos son sutiles, están presentes por doquier. El aumento de los grupos de justicieros, la impunidad de la delincuencia, la corrupción policial y la debilidad del Estado pueden ser consecuencia parcial de esta creciente desigualdad en la seguridad.

En Juárez, dice Salas, los vecinos cerraban filas ante desafíos comunes como la delincuencia o un policía corrupto, pero ahora “hay una cultura de no participación, de indiferencia y silencio”.

“El contrato social se rompió”, dijo.

La seguridad como un bien privado

Como en años recientes la guerra contra las drogas fracturó a los carteles más importantes, grupos más pequeños y violentos ocuparon su lugar. Las extorsiones y los secuestros se dispararon: no solo tienen en la mira a los ricos y a los comercios, sino también a los trabajadores de clase media.

En respuesta, los que tienen los medios pagan seguridad privada para que haga lo que el Estado no puede hacer.

Entre 2013 y 2015, el número de empresas de seguridad privada casi se triplicó de unas 200 a 1100, según estadísticas gubernamentales. Los analistas de la industria creen que la cantidad real, incluyendo a las empresas no registradas, probablemente es varias veces mayor.

Este cambio puede estar empeorando el sistema judicial particularmente ineficaz, que solo logra sentencias en una fracción diminuta de delitos. Los escoltas armados pueden evitar un asesinato pero no pueden investigar uno, y mucho menos desmantelar a un cartel local.

“Si tienes dinero para los policías, tal vez estén más dispuestos a ayudarte, de lo contrario no lo harán”.

Marilena Hernández, comerciante en Monterrey

Los recursos policiacos restantes tienden a ir hacia aquellos con conexiones. Un estudio calcula que un 70 por ciento de la policía de Ciudad de México trabaja para proteger intereses privados, como el resguardo de los bancos.

A medida que las clases poderosas confían menos en la seguridad que provee el Estado, la presión política para que este atienda la delincuencia o reforme a la policía disminuye, incluso a medida que aumentan los índices de homicidios.

En los barrios adinerados de todo México, donde los guardias patrullan las tiendas exclusivas y los restaurantes de moda, la violencia rara vez es el tema principal de conversación. Mientras tanto, los ciudadanos fuera de esas zonas quedan desprotegidos en buena medida. Las pandillas y la delincuencia organizada se esparcen en los barrios de bajos recursos.

La división es claramente visible en lugares como Santa Fe, una zona acaudalada de Ciudad de México, donde los rascacielos de cristal y los centros comerciales miran por encima de los barrios pobres que se extienden más allá de sus sombras.

Una tarde hace poco en uno de esos barrios pobres, Andrés Ruiz, un músico que no siempre tiene trabajo, estaba recargado contra una pared mientras esperaba el autobús que, aunque suele ser blanco de robos, es su único medio de transporte hacia la ciudad.

Entrecerró los ojos para enfocar la mirada hacia un peñasco que se eleva, como la torre de un castillo, unos seis metros por encima de las casas improvisadas. Los muros recién pintados de blanco de un fraccionamiento cerrado, construido para colindar casi con la cornisa, parecían devolverle la mirada.

“La seguridad es solo para ellos, para los de arriba”, dijo. Unos pandilleros, que abiertamente patrullan las calles, pasaron despacio en una motocicleta. “Estamos relegados, olvidados”, añadió Ruiz.

Vivir afuera de esos muros, comentó Ruiz, “es como vivir en un matadero”.

Marilena Hernández, quien vende quesadillas y tacos en la misma calle, dijo que tal vez era mejor que la policía ignorara los robos que se producen “a cualquier hora”.

“Podría ser contraproducente llamarlos”, dijo. La policía, para ella, solo es otra forma de seguridad privada que no puede costear. “Si tienes dinero para los policías, tal vez estén más dispuestos a ayudarte, de lo contrario no lo harán”.

La ley del más fuerte

A medida que el Estado se repliega en materia de seguridad, la desigualdad y la violencia —que alguna vez fueron problemas totalmente distintos— se retroalimentan. Este ciclo es especialmente visible en el aumento de los grupos paramilitares o justicieros. Estos grupos son “el extremo del fenómeno de la seguridad privada”, explicó en su oficina de Ciudad de México Edna Jaime Treviño, directora de México Evalúa, un centro de estudio de políticas públicas.

Comenzaron como una solución ciudadana a la violencia. Las comunidades locales, hartas de la policía, organizaron grupos de autodefensa para remplazarlos, pero esto solo aceleró las rupturas dentro de México, debido a la proliferación de hombres armados sin capacitación que muchas veces actuaban con impunidad.

Los carteles compraron a muchos miembros de estos grupos. Otros cayeron en la tentación del narcotráfico, el secuestro o la extorsión.

Actualmente, se les considera uno de los factores más importantes de la desintegración que alguna vez se propusieron solucionar. Estos grupos tal vez sean una manifestación de desigualdad, según una investigación reciente de Brian J. Phillips, politólogo del Centro de Investigación y Docencia Económicas en Ciudad de México.

En un estudio realizado en 2500 poblaciones, Phillips descubrió que los grupos de justicieros no necesariamente aparecen en las áreas con las mayores tasas delincuenciales ni donde la presencia del Estado es más débil, como podría imaginarse. En cambio, mientras mayor sea la brecha entre los ricos y los pobres en una población, mayores son las posibilidades de que se formen autodefensas. A la inversa, en una población con mayor equidad, incluso si es pobre, casi nunca se presentan esos grupos.

Al analizar los casos individuales, queda claro cómo la desigualdad, incluso más que la violencia, motiva la aparición de grupos justicieros que están haciendo trizas las provincias rurales del país.

En el caso de los ricos que viven en zonas rurales y que con frecuencia son terratenientes, los hombres armados que contratan pueden resguardar un negocio o una granja que las instituciones locales no pueden proteger. Después, en una representación local de las tendencias nacionales, los grupos paramilitares acaban por remplazar a la policía pero rara vez protegen a aquellos que no pueden costear sus servicios.

Al ver que solo esos grupos proveen seguridad, los pobres se ven motivados a formar sus propias fuerzas voluntarias o recurrir a linchamientos y otras formas de presunta justicia que requieren pocos recursos. O bien, los pobres pueden armarse primero al percibir que es necesario. Por cada aumento de un punto porcentual en la desigualdad, el índice de homicidios aumenta 1,5 puntos, según los estudios.

Por cada aumento de un punto porcentual en la desigualdad, el índice de homicidios aumenta 1,5 puntos.

Mark Ungar, profesor del Brooklyn College que estudia temas de seguridad, comentó que los grupos justicieros en los que impera la ley del más fuerte han inclinado el “centro de gravedad del poder” en las áreas rurales hacia los que tienen más dinero.

Se puede tratar de carteles pero algunas veces los más poderosos son las empresas agrícolas y de extracción de recursos, a los que se ha acusado de desplegar grupos armados contra activistas ambientales y comunidades indígenas.

“La seguridad privada se ha convertido en una parte central de la criminalidad misma”, comentó Ungar.

El deterioro del orden social y político

“La seguridad tiene una peculiaridad”, comentó Rita Abrahamsen, politóloga que estudia los efectos de la seguridad en la sociedad. “Es distinta de, digamos, los servicios de salud. Si no hay seguridad, no se puede mantener la cohesión”.

Este deterioro se puede sentir en todo México. Las encuestas muestran un aumento en la desconfianza en las instituciones y la insatisfacción con el estado de la democracia.

Andrés Manuel López Obrador, un populista de izquierda conocido por cuestionar la legitimidad de las elecciones, encabeza las encuestas para las elecciones presidenciales del año próximo. Aunque López Obrador ha hecho énfasis en la desigualdad económica más que en los temas de seguridad, entre sus seguidores hay muchas personas pobres y de clase trabajadora que se sienten abandonadas.

La desigualdad “es uno de los principales problemas de este país”, comentó Jorge Tello, exdirector del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), mientras tomaba un café en un club privado de Monterrey. Cerca, una familia bien vestida cantaba “Las mañanitas”.

Cuando en un principio la violencia aumentó en toda la ciudad, los líderes corporativos más poderosos de Monterrey presionaron para conseguir —y muchas veces financiaron directamente— reformas cuya intención era proteger a toda la población.

No obstante, cuando la delincuencia disminuyó en las zonas acaudaladas, la presión para dar seguimiento a las reformas también lo hizo; se profundizó una cultura política en la cual las instituciones y los funcionarios sirven al dinero. Las áreas como Juárez cayeron en el abandono.

“Por eso creo que López Obrador tiene grandes posibilidades de convertirse en el próximo presidente, debido a que una gran parte de la población no tiene acceso a un restaurante como este”, comentó Tello.

A medida que los mexicanos se retiran del pacto social, advirtió, se arraigan problemas como la delincuencia y la corrupción.

“Cuando hablas sobre estos problemas en México, se dice que hay una enorme falta de gobierno, pero también hay una falta de ciudadanía”, manifestó.

Una sociedad ‘que no se moviliza’

“La sociedad mexicana siempre ha sido desigual”, comentó Edna Jaime, la directora de México Evalúa.

Ahora incluso la seguridad, la piedra angular del orden social, se está convirtiendo en un asunto que los mexicanos tienen que resolver por sí mismos, lo cual altera la forma en la que los ciudadanos ven sus obligaciones para con la sociedad misma.

“Somos una sociedad que no se moviliza mucho, no actúa en contra de la violencia mortal”, agregó. A medida que el sentimiento de bienestar colectivo disminuye, el abandono se convierte en la nueva norma.

“En algunos barrios pobres de la ciudad no hay presencia del Estado”, explicó. “No hay nada, literalmente nada. Los jóvenes tienen que cuidarse unos a otros en las calles”.

Sergio Salas, la víctima de robo en Monterrey, es optimista y piensa que el pacto social podría repararse si las comunidades desaprenden sus nuevos hábitos.

“Es una cuestión cultural que se fue armando poco a poco, así que hay que desmantelarla y después volverla a unir pieza por pieza”, dijo. “Yo abogo por eso. Esa es la razón por la que no me voy a ir de aquí”.

Sin embargo, tras años de trabajo en materia de pobreza y gobierno, a Edna Jaime le preocupa que la sociedad no vuelva a cohesionarse.

“Esto es muy serio”, dijo. “Al decir esto no puedo contener lo que siento”, agregó mientras se formaban lágrimas en sus ojos por la frustración. “Es apabullante”.

 

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Temblores. De Alberto Barrera Tyszka

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Fotografía de Ronaldo Schemidt para AFP

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 24 septiembre 2017 / PRODAVINCI

Estaba a punto de pagar, en la caja del supermercado, cuando alguien gritó. A partir de ahí, todo se desató en un instante. Un grito, dos gritos, y tres más, y cuatro y cinco y seis gritos. Los cuerpos comenzaron a correr hacia fuera. Se disparó la alarma sísmica. Y ya todos fuimos una marea de voces y de gestos, desbordándose en el estacionamiento.

Yo pensé en Cristina, en la casa. Vivimos muy cerca del supermercado, casi enfrente, en el segundo piso de un edificio de 1951. Traté de caminar pero el movimiento del piso me lo impedía. El asfalto era gelatina. Resultaba incluso difícil mantener cierto equilibrio. Era como tratar de permanecer de pie sobre un vértigo. Buscar apoyo en los carros era inútil. Todo formaba parte del mismo vaivén. Arriba, las ramas de los árboles danzaban de manera desordenada. Hasta los segundos parecían cuartearse.

prodavinciLlegué por primera vez a la capital de México a finales de 1995 y, desde ese momento, he ido cultivando una relación cada vez más cercana con esta ciudad diversa y fascinante. En los tiempos en que no he vivido aquí, siempre he permanecido suficientemente cerca. Ya tengo demasiados afectos hundidos en estas piedras que, a veces, parecen aguas. No hay en el planeta un lugar tan descomunal y a la vez tan frágil. Aquí, el único equilibro posible está en la gente.

El primer apartamento que renté estaba en la Plaza Río de Janeiro, en la colonia Roma. Aunque había pasado una década, esa zona seguía cargando con la mala fama que le dejó el terremoto de 1985. Era un barrio sísmicamente muy inseguro. Ahí, también, viví mi primer temblor chilango. Y a lo largo de todos estos años, he ido sumando temblores y alarmas. Pero nunca nada fue como lo que ocurrió este 19 de septiembre. En mi memoria, solo se mueve de la misma manera la noche del 29 de julio de 1967.

Sucedió en Caracas. Yo tenía siete años y mi familia acababa de mudarse a un edificio en la avenida Rómulo Gallegos. Era de noche y estábamos cenando. De repente, los platos comenzaron a moverse sobre la mesa. Recuerdo el susto, el brinco de los cubiertos sobre el mantel, los chillidos, la oscuridad completa. Mi padre gritó más fuerte que todos y nos obligó a colocarnos debajo de una viga. Mi madre buscó mi hermana menor, que apenas tenía un año y estaba dormida en un cuarto. Después, los seis bajamos por las escaleras. Todavía recuerdo con frío ese descenso. Todo a oscuras. Todo lleno de alaridos y llanto. Había grietas en las paredes, faltaban escalones. Una mujer dejó un zapato olvidado en el tercer piso. La calle era una locura. Pero estaba firme. No recuerdo si nos pusimos a llorar.

No pudimos regresar a nuestra edificio y pasamos un año viviendo en el kínder de un colegio donde mi papá daba clases. En algunos sábado de mi infancia, veo todavía a unas monjas jugando volibol en un patio desierto. (Quizás por eso –como señala un amigo- me entusiasma tanto la serie “The Young Pope”). Recordé todo esto de golpe esta semana, mientras trataba de permanecer en pie en el estacionamiento, durante esa fugaz eternidad que llamamos terremoto. Cuando por fin la tierra se detuvo, una señora que estaba a mi lado, me miró aterrada: “¿Ya?”, musitó. Suplicante. Esa mínima palabra abarcó toda la dimensión de nuestro miedo, de nuestra vulnerabilidad: ¿ya estamos otra vez vivos?

Los mexicanos cultivan una virtud sorprendente y envidiable: la solidaridad instantánea. La solidaridad que no pregunta, que no espera que la llamen, que no pide permisos. Antes aun que las autoridades o que los medios de comunicación, los ciudadanos ya estaban ahí, en la zona de desastre, activados, sabiendo cómo reaccionar, dispuestos a hacer todo lo necesario. Con insólita rapidez, una gran mayoría de ciudadanos comenzaron a colaborar en las labores de rescate y apoyo a las víctimas de lo ocurrido. Se multiplicaron los voluntarios, se crearon centros de acopio, se establecieron prioridades y se canalizaron informaciones y esfuerzos, todo el mundo buscó cómo podía ayudar. Para decirlo en códigos de canción ranchera, se trata de una sentimentalidad que también sabe ser eficiente. Lo ocurrido esta semana demuestra que no hay nada más eficaz que el amor.

Porque, finalmente, en el contexto de las arduas labores de rescate, siempre se llega a punto donde la tecnología o las herramientas son inútiles, donde ya no sirven los teléfonos celulares ni los instrumentos térmicos, donde ni siquiera se puede escavar con un pico o una pala…Es el punto donde la experiencia más humana y más básica es la única que puede hacer algo. Es el rescatista delgado que se cuela por una grieta, que se arrastra por un túnel. Es el rescatista que, en medio de los escombros, levanta su puño cerrado y establece una seña que se va repitiendo como una ola. “¡Silencio total!”, grita de pronto una voz. Y se hace el silencio. Un silencio que llega a los animadores de turno en la televisión, que se prolonga incluso hasta los televidentes. Un silencio total en una de las ciudades más grande del mundo. Un silencio que se ha vuelto esperanza, que busca del otro lado de las ruinas una voz, un golpe tenue, una vida.

En muy pocos días, México nos enseña que la memoria de la tragedia puede ser una poderosa fuerza de salvación. Así como se puede temblar de miedo y de dolor, también se puede temblar de emoción, de solidaridad y de futuro.

A Venezuela por Cuba. De Jorge Castaneda

No hay una solución para la tragedia de Caracas que no pase por Washington y La Habana.

Aspecto de la 47 Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), en Cancún.

Aspecto de la 47 Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), en Cancún. Mario Guzmán EFE

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, 28 junio 2017 / EL PAIS

Una de las posibles explicaciones de la interminable tragedia venezolana yace en la persistente indiferencia o complicidad de la región latinoamericana. Hace años que los vecinos de Venezuela debieron haber tomado cartas en el asunto y evitar el paulatino deslizamiento del régimen de Chávez y ahora de Maduro hacia la dictadura en el que se ha convertido. Una vez iniciada la espiral descendente, debieron actuar para revertir la tendencia. Nada de eso sucedió. Hasta ahora. Ya era tiempo.

Hay varios resultados de la Reunión de Consulta y de la Asamblea General de la OEA, celebradas en Cancún entre el 19 y el 21 de junio. Tres revisten particular relevancia, tanto para México, como país anfitrión, como para el resto de América Latina, sin menosprecio de las consecuencias y balances para Venezuela, tema central de los debates.

Empezando por México, por fin vuelve a contar con una postura moderna, digna y correcta. En Cancún, el país antepuso los compromisos regionales de defensa colectiva de la democracia representativa y de derechos humanos a los principios caducos de no intervención y de supuesta autodeterminación de los pueblos. Durante muchos años, México combinó, en ocasiones con una leve dosis de hipocresía, la no intervención con el combate diplomático a las dictaduras latinoamericanas (y al régimen de Franco, por cierto). Rompió relaciones con Pinochet y con Somoza; apoyó a la oposición chilena, nicaragüense y salvadoreña contra los Gobiernos autoritarios de esos países, tanto localmente como en foros internacionales. Colocó esta encomiable definición en una línea más congruente al censurar, desde 2001, a la dictadura castrista en la ONU, y en el plano bilateral, desde 1998. Hoy, con Venezuela, vuelve a esa tradición, al cabo de un decenio de abandono.

Este avance de política exterior de inmediato generó repercusiones en la política interna. No se puede disociar la posición mexicana ante Venezuela de la decisión de duplicar las aportaciones aztecas y de los demás países al sistema interamericano de derechos humanos. Tampoco es útil separarla de la declaración del canciller Luis Videgaray de dar la bienvenida a todo escrutinio externo, incluyendo observadores internacionales para las elecciones del 2018. No se puede lo uno sin lo otro, aunque el abogado de los padres de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa admire a la dictadura de Maduro.

Los Gobiernos que representan a más de 90% de la población y del PIB de América Latina votaron por una resolución sobre Venezuela contra la convocatoria a la Asamblea Constituyente. Hace pocos años, Brasil, Argentina, Perú y México no lo hubieran hecho. Solo Bolivia y Nicaragua se solidarizaron con Maduro; ni Ecuador ni El Salvador los siguieron. El cambio es notable. Sin embargo, México y sus aliados fracasaron. No se consiguieron los votos necesarios para que el proyecto de resolución fuera aprobado. Fue imposible arrancar tres votos más a los países del Caribe, que hicieron la diferencia, entre abstenciones y votos en contra.

Hay varias explicaciones. La primera es la que parte del petróleo que Venezuela regala o vende con subsidio a las islas caribeñas. La segunda consiste en que EE UU no hizo la tarea. Rex Tillerson, el secretario de Estado, no viajó a Cancún, y debilitó así el esfuerzo de todos. Hay un caso especialmente escandaloso: República Dominicana. Que EE UU no pueda convencer a Santo Domingo que vote con él es increíble. Otra interpretación adicional involucra a otro país formalmente ausente en Cancún: Cuba, que ejerce una enorme influencia sobre esos pequeños países vecinos porque ha puesto en práctica una política de cooperación, desde hace muchos años. Ha enviado a miles de agentes de inteligencia, médicos, maestros, instructores deportivos y militares. Esto le ha aportado a Cuba un gran ascendiente sobre sus gobernantes.

Por otro lado, México, Brasil, Argentina y Colombia han hecho hasta lo imposible para complacer a la dictadura cubana, en detrimento de sus propios valores y principios. Ya es hora de que haya un mínimo de reciprocidad cubana por estos esfuerzos desmedidos que todos han llevado a cabo por Cuba. Tal vez no surgieron las condiciones para alcanzar esta correspondencia cubana en las reuniones de Cancún. Pronto se celebrarán otras reuniones y surgirán otras oportunidades. Pero tres tesis parecen evidentes. No hay salida de la tragedia de Caracas sin Cuba; no habrá cooperación cubana sin algo a cambio; solo EE UU tiene algo que dar a cambio.

Periodistas y medios exigen fin de la impunidad de asesinatos de periodistas en México

Los periodistas y sus medios se pronuncian sobre los asesinatos de sus colegas en México, exigiendo un fin a la impunidad con la cual se cometen estos crímenes contra la libertad de expresn y de prensa.

24 mayo 2017

Firman:

En el Foro Centroamericano de Periodismo, organizado por El Faro en San Salvador, los participantes firmaron una declaración sobre los asesinatos de periodistas en México, la cual aun no ha sido publicada. Luego la agregaremos a esta publicación.

Mexico: A Voice Against the Darkness. De Alma Guillermoprieto

Javier Valdez, Sinaloa, Mexico, May 23, 2013. Photo: Fernando Brito/AFP/Getty Images

Alma Guillermoprieto, 18 mayo 2017 / THE NEW YORK REVIEW OF BOOKS

Yet another journalist has been murdered in Mexico. It was the usual pattern: Javier Valdez, fifty, wrote a drug story, revealed too much information, said something someone did not want said, and was killed at noon on a busy street near his place of work. Six other journalists, none of them quite as prominent as Javier, have been killed in drug-infested cities since the year began, but because he was a friend of mine the details matter more to me this time. On reflection, I was grateful that, unlike many of the more than one hundred reporters killed in Mexico over the last quarter century, he was not abducted, tortured for hours or days, maimed, dismembered, hung lifeless from an overpass for all to see.

No doubt Valdez owed his comparatively charitable execution—he was merely pulled from his car and shot twelve times—to his prominence: he had received a Maria Moors Cabot award from Columbia University and the Courage Award from the Committee to Protect Journalists, published seven well-received books about the poisonous world he lived in, emerged as something of a hero for his younger colleagues, traveled, and talked endlessly about the fact that when a reporter was killed no one showed up at the protest marches except other journalists—no one seemed to think that it was important to have a free or unintimidated press. Since the vast majority of the reporters who have been murdered since the start of the drug wars work anonymously for tiny provincial papers, it has generally been assumed that someone like Javier Valdez would be safe. In fact, he survived for decades in the motherland of the drug trade, the northern state of Sinaloa. Why then was he finally not allowed to live?

Valdez grew up in one of the funkier barrios of Culiacán, the state capital of Sinaloa. Like most Mexican reporters, particularly in the provinces, he had clawed his way out of poverty and into a career. After graduating from a local university with a degree in sociology, he and Griselda, his new bride, found work as copy editors at a television station. This was thirty years ago, at the start of Sinaloa’s second drug boom, the one that transformed the state from a simple marijuana producer into a major intermediary in the world cocaine trade and, subsequently, the world’s second-largest heroin producer and exporter.

Javier was riveted by the story. Who wouldn’t be? Beyond Culiacán, entire campesino communities were going through ridiculous economic booms and then surviving an onslaught of violent, unfocused, useless government repression. Humble campesinos who barely knew how to sign their names were rising to legendary heights, and an entire folk culture—the narcocultura—was taking shape around them. It was a great story, and it was all about the barrios Javier had grown up in, the kids he had played with, the families and society whose destruction he was witnessing. Plus, the only way he knew to cure the hemorrhaging pain it caused him to see his homeland destroyed was to write about it. In 2003, having already made a name for himself as a reporter for news organizations in Sinaloa, he and a group of colleagues founded a newspaper in Culiacán, called it Riodoce, and gradually invented a kind of crime coverage radically different from provincial journals’ standard scandal-sheet news-of-the-moment.

Police guarding a gate to the attorney general’s office for organized crime soon after the arrival of Mexican drug lord Dámaso López Núñez, Mexico City, May 2, 2017. PHOTO: Rebecca Blackwell/AP Images

I met Javier five years later, on my first reporting trip to Culiacán. He swore like a lifer, had a rough face and a body like a Mexican bodyguard, paunchy and hard. When he smiled his face draped in folds. Understandably, he was paranoid for the first five minutes of any encounter with a stranger, but in my case he beamed and relaxed when I asked if he had thought of collecting his short weekly columns for Riodoce into a book. As it turned out, he already had, but his most representative writing was still a work in progress. He was just refining the style that would serve him well over the course of countless Riodoce columns and four more books; detectivesque, unafraid of clichés, and sentimental, his voice was new to Mexican journalism and ideally suited to a broad audience. And what that voice told was a revelation. Here is my lightly edited translation of the column that ran on the morning of the day he was killed:

His uncle couldn’t put up with him any more. He was the shame of the family. So he decided to check him into a rehab center. He called someone and the ‘flier’ came right away: a windowless van with seven youths who kicked and shoved him to the ground, tied his hands and arms, hauled him into the van and took him away.

When they arrived they hit him some more. Someone who seemed to be in charge strolled up. Well dressed, tall, deep-voiced. Everyone stopped when he approached, almost as if saluting him. Blackball, he said. And they all started the beating again. This time they split his head open and cut his back, cracked his collarbone. He lay there, flat on the ground. They gave him paracetamol and two days later they shouted get up, asshole. Speed it up, this isn’t a hotel.

They shook him, gave him some powder, and he came to. Come on, we have to pick up two other new ones in the flier. That’s what the Blackball was, and now it was his turn to inflict it on others. If not, they would apply it to him again.

He kicked and punched with the best of them and that’s how he managed to get invited to the parties. A superior level. Beer, grass and coke. Women were there for them too. They could dance and get high and then take them without asking for permission. There were other prizes waiting for him. He qualified for them with Blackballs. With yessirs to the boss, who was el licenciado [a Mexican honorific akin to the Italian dottore]. They taught him to become a criminal and smuggle drugs. His nickname was el demonio. When his uncle went to inquire about him they told him he was much better. But he didn’t get to see him. Where is he. Well, he went to buy food and ask for donations at stoplights. But he’s doing great, soon he’ll be completely recovered. His uncle left, glad for the news but not quite convinced: not getting to see him left a bitter taste in his mouth.

No one like him. The licenciado would say bring me el demonio and they would take him into the presence. He was good at hitting and following orders. El demonio would show up and slambang. The victim wouldn’t be able to move for days. A prize for him. He knew they’d give him any drug he wanted, and also the female interns in the next ward. He lost his way in the dark clouds of the underworld. He smiled and drooled. And that’s how they found him, sprawled on the floor, with his mouth full of gummy stuff. When they went to fetch him for another Blackball the licenciado said too bad. He was my favorite. And then he shouted, Blackball.

Over the years his sketches filled in a world no one else outside the life had access to or could put into words. Thanks to this one, for example, his readers might be able to understand why a few years ago gunmen systematically raided the rehab centers in Tijuana and other towns along the border, killing some inmates and taking others away. They could speculate whether el licenciado was El Licenciado, otherwise known as Dámaso López Núñez, the former lawyer to Joaquin (“Chapo”) Guzmán, now engaged in an increasingly bloody war with Guzmán’s sons for control of the Guzmán drug empire. For clueless reporters from outside the life, like myself, Javier was endlessly generous with contacts, anecdotes, sources, tips, invitations to dinner, but it felt like we were in kindergarten, while Javier was poking around in the graduate chemistry lab, trying to find the secret formula before the evil professor realized that someone had been tampering with the chromatograph.

“He was the most imperfect of men,” Griselda, his wife, said at the funeral. “But he had a heart as big as the universe.” He caroused too much, he drank too much, or maybe he drank just the right amount to survive the tension of negotiating what he could and couldn’t say about the deadly currents and shifting whirlpools of the Sinaloa drug world. His courage was always incomprehensible to me. Beginning in February he started to write frequently about El Licenciado, in sketches like the one above, and also parallel, deeply and anonymously sourced news stories for Riodoce and a Mexico City paper, La Jornada. The threats he was used to getting became more frequent and scary. On the day he was killed Javier had just come from a meeting with the Riodoce staff about his security situation; he should leave Sinaloa, at least for a while, everyone agreed. He was intercepted by gunmen on his way home.

¿Recobrará México la mitad de su territorio? De Enrique Krauze

Justin Rentería

Enrique Krauze es un historiador mexicano, editor de la revista Letras Libres

Enrique Krauze, 6 abril 2017 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO – La invasión estadounidense a México de 1846 infligió a los mexicanos una herida dolorosa que cicatrizó poco a poco, a lo largo de 170 años. Donald Trump ha vuelto a abrirla.

Entre las muchas mentiras que ha urdido, ninguna más ridícula que su intento de contradecir a la historia, presentando a Estados Unidos como una víctima de México, país que supuestamente le roba empleos, le impone tratados onerosos y le manda a sus “bad hombres” a través de la frontera.

Frente a esta fake history, algunos mexicanos se han propuesto recordar a Trump cuál fue, exactamente, la primera nación en ser víctima del imperialismo americano. Su proyecto es promover una demanda que anule totalmente el Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848 y por medio del cual México –invadido por el ejército estadounidense, ocupada su capital y tomados sus puertos y aduanas– se vio obligado a admitir la anexión de Texas y conceder a Estados Unidos más de la mitad de su territorio, que corresponde principalmente a los actuales estados de Arizona, Nuevo México y California.

La última página del Tratado de Guadalupe Hidalgo firmada y con sellos oficiales. Credit Hispanic Reading Room, Hispanic Division, Library of Congress

 Encabeza el esfuerzo Cuauhtémoc Cárdenas, el mayor estadista de la izquierda mexicana. Cárdenas está convencido de que el gobierno mexicano –sobre todo ante la agresión de Trump– tiene en sus manos un caso sólido. Según su tesis, aquel tratado es violatorio de imprescriptibles normas internacionales del derecho y por ello susceptible de ser denunciado (con propósitos de reparación o indemnización) ante instancias como la Corte Internacional de Justicia y la ONU. Y aun admitiendo –sin conceder– la validez del tratado, varios artículos cruciales, como el respeto a la ciudadanía, la propiedad y la seguridad de los 100.000 mexicanos que quedaron en territorio estadounidense, se incumplieron desde un principio.

La iniciativa, sin embargo, enfrenta enormes obstáculos. Bernardo Sepúlveda, ex Secretario de Relaciones Exteriores y el mayor experto mexicano en derecho internacional, considera que “muy a su pesar” la demanda no prosperaría. “En tiempos anteriores las guerras de conquista no se topaban con la misma condena moral y legal que ahora forma parte de nuestro sistema legal”, me dijo. La demanda tendría que presentarse conforme a la Convención de Viena “y mostrar que el Estado mexicano no aceptó expresamente la validez del tratado o que, en razón de su conducta, el mismo Estado mostró su rechazo a esa validez”.

Pero ese no fue el caso del Tratado de Guadalupe Hidalgo, que fue firmado con el consentimiento de ambos gobiernos y sus respectivos congresos. “Adicionalmente”, agrega Sepúlveda, “para obtener un dictamen, la demanda de anulación del Tratado de 1848 tendría que someterse a la Corte Internacional de Justicia, cuya jurisdicción obligatoria en casos contenciosos no está reconocida por Estados Unidos”.

No obstante, una es la lógica jurídica y otra la lógica política. Si el gobierno de Peña Nieto no hace suyo el proyecto de Cárdenas, un candidato de oposición (sea de izquierda populista o de derecha nacionalista) podría adoptarlo como bandera hacia las elecciones de julio de 2018. Y si alguno de ellos gana, el nuevo presidente podría convertir la demanda en realidad.

El político mexicano Cuauhtémoc Cárdenas durante la presentación de su libro “Cárdenas por Cárdenas”, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) en diciembre de 2016. Credit Juan Carlos Reyes Garcia/Agencia El Universal

Más allá de la viabilidad, lo que está en juego es algo aún más vasto: necesitamos alentar el debate sobre la verdadera historia de aquella guerra que Estados Unidos, convenientemente, ha olvidado o maquillado, pero que ahora más que nunca importa recordar honestamente como lo que fue. Se trata de una enormidad que cabe en una pregunta: ¿qué parte de la prosperidad histórica de Estados Unidos se ha afincado en el desarrollo de los territorios habitados originalmente por mexicanos y arrebatados a México en una guerra de conquista?

Porque no hay duda de que fue una guerra de conquista. Así la vivieron muchos soldados, que leían la Historia de la conquista de México de William H. Prescott –el recuento de la expedición de Hernán Cortés para conquistar el imperio azteca– mientras avanzaban sobre territorio mexicano. Así la consideraron, con vergüenza y pesar, grandes personajes de la época. Esa “guerra en extremo indignante” (dijo John Quincy Adams) había sido “accionada por un espíritu de rapacidad y un desmesurado deseo de engrandecimiento territorial” (escribió Henry Clay), a partir de un ataque premeditado por el presidente James Polk gracias al cual “una banda de asesinos y demonios del infierno se permitieron dar muerte a hombres, mujeres y niños” (Abraham Lincoln).

Tras el bombardeo a la población civil de Veracruz, el general Robert E. Lee escribió a su esposa: “mi corazón sangra por los habitantes”. En sus memorias, Ulysses S. Grant lamentaba no haber tenido el “coraje moral para renunciar” a la que, desde joven, había calificado como “la guerra más perversa”. Para varios otros políticos y pensadores (incluido Henry David Thoreau) la guerra contradecía los valores democráticos y republicanos fundacionales de Estados Unidos y era contraria a la elemental ética cristiana.

La iniciativa de Cárdenas podrá tener pocas probabilidades de éxito legal, pero en estos tiempos en que México ha sufrido los injustos ataques del presidente Trump, su impacto público puede ser considerable.

Estados Unidos debe a México y se debe a sí mismo una revisión franca de su primera guerra imperial no sólo en los currículos de sus escuelas y universidades sino en sus museos y libros. Hollywood y Broadway, que desde su origen han jugado un papel importante en definir la conciencia histórica estadounidense, deberían abordar el tema. Películas, documentales y series de televisión notables han contribuido a modificar la memoria de dos pecados de origen: la esclavitud y el racismo contra los afroamericanos y, en menor medida, el exterminio y la represión racista de los indios americanos. Falta el tercer pecado: la agresión contra México y el despojo de su territorio.

Tres siglos antes de que los ancestros de Trump pisaran Estados Unidos, había mexicanos en aquella zona septentrional de Nueva España y México. Pero ni ellos ni sus descendientes actuales son parte siquiera simbólica del orgullo nacional estadounidense, sino objetos de una imagen estereotipada o emblemas de un pasado vergonzoso que se ha mantenido en la oscuridad. Es hora de que ese pasado salga a la luz, sea reconocido y reivindicado.

Para nosotros los mexicanos, esta es la oportunidad de una forma de reconquista. Seguramente no una reconquista física de los territorios que fueron nuestros. Tampoco una indemnización que debió ser mucho mayor a la magra cantidad de 15 millones de dólares que pagó el gobierno estadounidense (a plazos) por el despojo. Necesitamos reconquistar la memoria de esa guerra pródiga en atrocidades inspiradas por prejuicios raciales y ansias de expansión territorial.

Pero seguramente la mejor y más justa indemnización sería una reforma migratoria en Estados Unidos que abriera el camino de la ciudadanía a los descendientes de aquellos mexicanos que padecieron la injusta pérdida de la mitad de su territorio.

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Lamento mexicano. De Héctor Aguilar Camin

México es un país eternamente inacabado que para ser algún día grande, moderno y hospitalario con la mayoría de sus hijos necesita aliviar una vez más el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad.

Héctor Aguilar Camín es escritor mexicano, director de la revista Nexos.

Héctor Aguilar Camín, 5 abril 2017 / EL PAIS

México será algún día un gran país, un país moderno y hospitalario para la mayoría de sus hijos, pero no será por aciertos que se hayan cometido en el curso de mi generación. No al menos por una historia de aciertos sostenidos.

Nací a la vida intelectual bajo el mandato de empeñarme en la reflexión pública, en la pasión utópica por excelencia de cambiar el mundo criticándolo. El balance de mi empeño arroja un saldo vicioso de ensayo y error, un camino de ilusiones perdidas, ganadas y vueltas a perder, con frutos siempre inferiores a los buscados.

He dicho de mi generación, la nacida en los años cuarenta del siglo pasado, que debutó muy temprano en la historia y además sobreactuó sus emociones. También sobreactuó sus sueños. Su salida al mundo, con el movimiento estudiantil de 1968, fue una fiesta de libertad ejercida que terminó en una tragedia, la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.

Diría que desde aquel momento fundador hemos soñado de más y conseguido de menos como generación.

La guerra contra las drogas sumió al país
en una espiral de sangre que es una pesadilla

Hemos intentado las fórmulas probadas en otros países para dejar atrás el subdesarrollo, como se decía en mis tiempos, y las hemos vuelto insustanciales e insuficientes, cuando no parodias trágicas, de resultados contrarios al soñado.

No hemos tenido una década de crecimiento económico alto y sostenido desde 1970, año a partir del cual duplicamos nuestra población trayendo al mundo 70 millones más de mexicanos.

Dilapidamos en el camino dos ciclos de abundancia petrolera, uno en los años ochenta del siglo pasado, otro en la primera década del siglo XXI. Las rentas de aquel auge han sido calculadas en seis veces y media el monto del Plan Marshall, que permitió reconstruir la Europa devastada por la II Guerra Mundial.

Una revolución de terciopelo, hecha de reformas graduales y transiciones pactadas, convirtió la impresentable hegemonía priista, la famosa “dictadura perfecta” de Mario Vargas Llosa, en una prometedora primavera democrática.

Descubrimos poco a poco, sin embargo, que la nuestra era una democracia sin demócratas. Del fondo de nuestras costumbres políticas más que de las leyes vigentes emergió paso a paso un régimen de partidos que acabó siendo, a la vez, una partitocracia y una cleptocracia, pues su regla de eficacia electoral fue llevar ríos de dinero ilegal a elecciones que cuestan cada vez más e inducen cada día mayores desvíos de dineros públicos y mayores cuotas de corrupción en los gobernantes.

En lugar del presidencialismo opresivo de las eras del PRI, tenemos ahora un Gobierno federal débil y una colección de gobiernos locales impresentables: los más ricos, los más autónomos, los más legitimados electoralmente y los más corrompidos e irresponsables de la historia de México, pues ni cobran impuestos ni aplican la ley.

La guerra contra las drogas y el crimen organizado, que pareció cuestión de vida o muerte hace 10 años, lejos de contener el tráfico, la violencia o el crimen los multiplicó, sumiendo al país en una espiral de sangre que es una pesadilla diaria.

El acierto estratégico mayor de estos años, la integración comercial con América del Norte, no fue aprovechado para modernizar el resto de nuestra economía, y debe buena parte de su competitividad a los bajos salarios.

La economía mexicana produce billonarios
de clase mundial, pero no salarios dignos

La economía mexicana produce billonarios de clase mundial peno no salarios dignos de una clase media decente. Nuestra riqueza, paradójicamente, multiplica nuestra desigualdad.

Estamos lejos de ser el país próspero, equitativo y democrático que soñó, al paso de los años, mi generación. Hemos corrompido nuestra democracia, destruido nuestra seguridad, precarizado nuestra economía y nuestros salarios, profundizado nuestra desigualdad.

La cuenta de las equivocaciones colectivas de estos años es notoriamente más larga que la de los aciertos. La responsabilidad mayor es de los Gobiernos, desde luego, pero también de sus oposiciones; de la baja calidad de nuestra opinión pública y de nuestros medios, de nuestras empresas y empresarios, del conjunto de nuestra clase dirigente. También, de la débil pedagogía que baja de nuestras escuelas, de nuestras iglesias, de nuestra vida intelectual y de los malos hábitos y las pobres convicciones de la sociedad.

El país que mi generación heredará es inferior al que soñó y al que hubiera podido construir equivocándose menos. No hemos sido los primeros mexicanos en esto de equivocarse mucho.

En el año de 1849, mientras escribía el prólogo de su Historia, Lucas Alamán llegó a pensar que México podía desaparecer y que su obra serviría para mostrar a los descendientes de aquella desgracia cómo podían volverse nada, por la acción de los hombres, los más hermosos dones y las más altas promesas de la naturaleza.

Casi 100 años después, en 1947, el historiador Daniel Cosío Villegas escribió, en un ensayo inolvidable, que todos los hombres de la Revolución Mexicana, sin excepción alguna, habían estado por debajo de las exigencias de ella.

Podría parafrasear a Cosío Villegas y decir, 70 años después de su sentencia, que todos en mi generación, sin excepción alguna, hemos estado por debajo de las oportunidades que la historia nos brindó y más por debajo aún de lo que nos propusimos y soñamos. Hemos sido inferiores a lo que soñamos.

Me consuelo pensando que el país es más grande que sus males, más vital que sus vicios y más inteligente que las ilusiones de sus hijos. Lo ha sido desde que existe. Su poder ha sido la resistencia, el “aguante” como decimos los mexicanos, no la lucidez práctica de la acción colectiva.

En la mina de sabiduría recobrada que son los Inventarios de José Emilio Pacheco, las columnas periodísticas que escribió entre 1974 y 2014, publicadas ahora en tres volúmenes por editorial Era, encuentro tres citas inesperadas de Chesterton que tienen una pertinencia, a la vez risueña y serena, ante mis quejas.

Una dice: “Para el espíritu infantil del pesimismo moderno cada derrota es el fin del mundo, cada nube el crepúsculo de los dioses. En la literatura, sobre todas las cosas, debemos resistir este pánico inane”.

La segunda cita dice: “La esperanza solo resulta una fuerza cuando todo es desesperado… La única razón para ser progresista es la tendencia al empeoramiento que hay en todas las cosas”.

La tercera dice: “La historia no está hecha de ruinas completadas y derribadas; más bien está hecha de ciudades a medio edificar, abandonadas por un constructor en quiebra”.

Así el presente de México, eternamente inacabado. Hay que renovar el contrato y cambiar al constructor, aliviando una vez más, como quería Gramsci, el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad.