México

A Venezuela por Cuba. De Jorge Castaneda

No hay una solución para la tragedia de Caracas que no pase por Washington y La Habana.

Aspecto de la 47 Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), en Cancún.

Aspecto de la 47 Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), en Cancún. Mario Guzmán EFE

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, 28 junio 2017 / EL PAIS

Una de las posibles explicaciones de la interminable tragedia venezolana yace en la persistente indiferencia o complicidad de la región latinoamericana. Hace años que los vecinos de Venezuela debieron haber tomado cartas en el asunto y evitar el paulatino deslizamiento del régimen de Chávez y ahora de Maduro hacia la dictadura en el que se ha convertido. Una vez iniciada la espiral descendente, debieron actuar para revertir la tendencia. Nada de eso sucedió. Hasta ahora. Ya era tiempo.

Hay varios resultados de la Reunión de Consulta y de la Asamblea General de la OEA, celebradas en Cancún entre el 19 y el 21 de junio. Tres revisten particular relevancia, tanto para México, como país anfitrión, como para el resto de América Latina, sin menosprecio de las consecuencias y balances para Venezuela, tema central de los debates.

Empezando por México, por fin vuelve a contar con una postura moderna, digna y correcta. En Cancún, el país antepuso los compromisos regionales de defensa colectiva de la democracia representativa y de derechos humanos a los principios caducos de no intervención y de supuesta autodeterminación de los pueblos. Durante muchos años, México combinó, en ocasiones con una leve dosis de hipocresía, la no intervención con el combate diplomático a las dictaduras latinoamericanas (y al régimen de Franco, por cierto). Rompió relaciones con Pinochet y con Somoza; apoyó a la oposición chilena, nicaragüense y salvadoreña contra los Gobiernos autoritarios de esos países, tanto localmente como en foros internacionales. Colocó esta encomiable definición en una línea más congruente al censurar, desde 2001, a la dictadura castrista en la ONU, y en el plano bilateral, desde 1998. Hoy, con Venezuela, vuelve a esa tradición, al cabo de un decenio de abandono.

Este avance de política exterior de inmediato generó repercusiones en la política interna. No se puede disociar la posición mexicana ante Venezuela de la decisión de duplicar las aportaciones aztecas y de los demás países al sistema interamericano de derechos humanos. Tampoco es útil separarla de la declaración del canciller Luis Videgaray de dar la bienvenida a todo escrutinio externo, incluyendo observadores internacionales para las elecciones del 2018. No se puede lo uno sin lo otro, aunque el abogado de los padres de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa admire a la dictadura de Maduro.

Los Gobiernos que representan a más de 90% de la población y del PIB de América Latina votaron por una resolución sobre Venezuela contra la convocatoria a la Asamblea Constituyente. Hace pocos años, Brasil, Argentina, Perú y México no lo hubieran hecho. Solo Bolivia y Nicaragua se solidarizaron con Maduro; ni Ecuador ni El Salvador los siguieron. El cambio es notable. Sin embargo, México y sus aliados fracasaron. No se consiguieron los votos necesarios para que el proyecto de resolución fuera aprobado. Fue imposible arrancar tres votos más a los países del Caribe, que hicieron la diferencia, entre abstenciones y votos en contra.

Hay varias explicaciones. La primera es la que parte del petróleo que Venezuela regala o vende con subsidio a las islas caribeñas. La segunda consiste en que EE UU no hizo la tarea. Rex Tillerson, el secretario de Estado, no viajó a Cancún, y debilitó así el esfuerzo de todos. Hay un caso especialmente escandaloso: República Dominicana. Que EE UU no pueda convencer a Santo Domingo que vote con él es increíble. Otra interpretación adicional involucra a otro país formalmente ausente en Cancún: Cuba, que ejerce una enorme influencia sobre esos pequeños países vecinos porque ha puesto en práctica una política de cooperación, desde hace muchos años. Ha enviado a miles de agentes de inteligencia, médicos, maestros, instructores deportivos y militares. Esto le ha aportado a Cuba un gran ascendiente sobre sus gobernantes.

Por otro lado, México, Brasil, Argentina y Colombia han hecho hasta lo imposible para complacer a la dictadura cubana, en detrimento de sus propios valores y principios. Ya es hora de que haya un mínimo de reciprocidad cubana por estos esfuerzos desmedidos que todos han llevado a cabo por Cuba. Tal vez no surgieron las condiciones para alcanzar esta correspondencia cubana en las reuniones de Cancún. Pronto se celebrarán otras reuniones y surgirán otras oportunidades. Pero tres tesis parecen evidentes. No hay salida de la tragedia de Caracas sin Cuba; no habrá cooperación cubana sin algo a cambio; solo EE UU tiene algo que dar a cambio.

Periodistas y medios exigen fin de la impunidad de asesinatos de periodistas en México

Los periodistas y sus medios se pronuncian sobre los asesinatos de sus colegas en México, exigiendo un fin a la impunidad con la cual se cometen estos crímenes contra la libertad de expresn y de prensa.

24 mayo 2017

Firman:

En el Foro Centroamericano de Periodismo, organizado por El Faro en San Salvador, los participantes firmaron una declaración sobre los asesinatos de periodistas en México, la cual aun no ha sido publicada. Luego la agregaremos a esta publicación.

Mexico: A Voice Against the Darkness. De Alma Guillermoprieto

Javier Valdez, Sinaloa, Mexico, May 23, 2013. Photo: Fernando Brito/AFP/Getty Images

Alma Guillermoprieto, 18 mayo 2017 / THE NEW YORK REVIEW OF BOOKS

Yet another journalist has been murdered in Mexico. It was the usual pattern: Javier Valdez, fifty, wrote a drug story, revealed too much information, said something someone did not want said, and was killed at noon on a busy street near his place of work. Six other journalists, none of them quite as prominent as Javier, have been killed in drug-infested cities since the year began, but because he was a friend of mine the details matter more to me this time. On reflection, I was grateful that, unlike many of the more than one hundred reporters killed in Mexico over the last quarter century, he was not abducted, tortured for hours or days, maimed, dismembered, hung lifeless from an overpass for all to see.

No doubt Valdez owed his comparatively charitable execution—he was merely pulled from his car and shot twelve times—to his prominence: he had received a Maria Moors Cabot award from Columbia University and the Courage Award from the Committee to Protect Journalists, published seven well-received books about the poisonous world he lived in, emerged as something of a hero for his younger colleagues, traveled, and talked endlessly about the fact that when a reporter was killed no one showed up at the protest marches except other journalists—no one seemed to think that it was important to have a free or unintimidated press. Since the vast majority of the reporters who have been murdered since the start of the drug wars work anonymously for tiny provincial papers, it has generally been assumed that someone like Javier Valdez would be safe. In fact, he survived for decades in the motherland of the drug trade, the northern state of Sinaloa. Why then was he finally not allowed to live?

Valdez grew up in one of the funkier barrios of Culiacán, the state capital of Sinaloa. Like most Mexican reporters, particularly in the provinces, he had clawed his way out of poverty and into a career. After graduating from a local university with a degree in sociology, he and Griselda, his new bride, found work as copy editors at a television station. This was thirty years ago, at the start of Sinaloa’s second drug boom, the one that transformed the state from a simple marijuana producer into a major intermediary in the world cocaine trade and, subsequently, the world’s second-largest heroin producer and exporter.

Javier was riveted by the story. Who wouldn’t be? Beyond Culiacán, entire campesino communities were going through ridiculous economic booms and then surviving an onslaught of violent, unfocused, useless government repression. Humble campesinos who barely knew how to sign their names were rising to legendary heights, and an entire folk culture—the narcocultura—was taking shape around them. It was a great story, and it was all about the barrios Javier had grown up in, the kids he had played with, the families and society whose destruction he was witnessing. Plus, the only way he knew to cure the hemorrhaging pain it caused him to see his homeland destroyed was to write about it. In 2003, having already made a name for himself as a reporter for news organizations in Sinaloa, he and a group of colleagues founded a newspaper in Culiacán, called it Riodoce, and gradually invented a kind of crime coverage radically different from provincial journals’ standard scandal-sheet news-of-the-moment.

Police guarding a gate to the attorney general’s office for organized crime soon after the arrival of Mexican drug lord Dámaso López Núñez, Mexico City, May 2, 2017. PHOTO: Rebecca Blackwell/AP Images

I met Javier five years later, on my first reporting trip to Culiacán. He swore like a lifer, had a rough face and a body like a Mexican bodyguard, paunchy and hard. When he smiled his face draped in folds. Understandably, he was paranoid for the first five minutes of any encounter with a stranger, but in my case he beamed and relaxed when I asked if he had thought of collecting his short weekly columns for Riodoce into a book. As it turned out, he already had, but his most representative writing was still a work in progress. He was just refining the style that would serve him well over the course of countless Riodoce columns and four more books; detectivesque, unafraid of clichés, and sentimental, his voice was new to Mexican journalism and ideally suited to a broad audience. And what that voice told was a revelation. Here is my lightly edited translation of the column that ran on the morning of the day he was killed:

His uncle couldn’t put up with him any more. He was the shame of the family. So he decided to check him into a rehab center. He called someone and the ‘flier’ came right away: a windowless van with seven youths who kicked and shoved him to the ground, tied his hands and arms, hauled him into the van and took him away.

When they arrived they hit him some more. Someone who seemed to be in charge strolled up. Well dressed, tall, deep-voiced. Everyone stopped when he approached, almost as if saluting him. Blackball, he said. And they all started the beating again. This time they split his head open and cut his back, cracked his collarbone. He lay there, flat on the ground. They gave him paracetamol and two days later they shouted get up, asshole. Speed it up, this isn’t a hotel.

They shook him, gave him some powder, and he came to. Come on, we have to pick up two other new ones in the flier. That’s what the Blackball was, and now it was his turn to inflict it on others. If not, they would apply it to him again.

He kicked and punched with the best of them and that’s how he managed to get invited to the parties. A superior level. Beer, grass and coke. Women were there for them too. They could dance and get high and then take them without asking for permission. There were other prizes waiting for him. He qualified for them with Blackballs. With yessirs to the boss, who was el licenciado [a Mexican honorific akin to the Italian dottore]. They taught him to become a criminal and smuggle drugs. His nickname was el demonio. When his uncle went to inquire about him they told him he was much better. But he didn’t get to see him. Where is he. Well, he went to buy food and ask for donations at stoplights. But he’s doing great, soon he’ll be completely recovered. His uncle left, glad for the news but not quite convinced: not getting to see him left a bitter taste in his mouth.

No one like him. The licenciado would say bring me el demonio and they would take him into the presence. He was good at hitting and following orders. El demonio would show up and slambang. The victim wouldn’t be able to move for days. A prize for him. He knew they’d give him any drug he wanted, and also the female interns in the next ward. He lost his way in the dark clouds of the underworld. He smiled and drooled. And that’s how they found him, sprawled on the floor, with his mouth full of gummy stuff. When they went to fetch him for another Blackball the licenciado said too bad. He was my favorite. And then he shouted, Blackball.

Over the years his sketches filled in a world no one else outside the life had access to or could put into words. Thanks to this one, for example, his readers might be able to understand why a few years ago gunmen systematically raided the rehab centers in Tijuana and other towns along the border, killing some inmates and taking others away. They could speculate whether el licenciado was El Licenciado, otherwise known as Dámaso López Núñez, the former lawyer to Joaquin (“Chapo”) Guzmán, now engaged in an increasingly bloody war with Guzmán’s sons for control of the Guzmán drug empire. For clueless reporters from outside the life, like myself, Javier was endlessly generous with contacts, anecdotes, sources, tips, invitations to dinner, but it felt like we were in kindergarten, while Javier was poking around in the graduate chemistry lab, trying to find the secret formula before the evil professor realized that someone had been tampering with the chromatograph.

“He was the most imperfect of men,” Griselda, his wife, said at the funeral. “But he had a heart as big as the universe.” He caroused too much, he drank too much, or maybe he drank just the right amount to survive the tension of negotiating what he could and couldn’t say about the deadly currents and shifting whirlpools of the Sinaloa drug world. His courage was always incomprehensible to me. Beginning in February he started to write frequently about El Licenciado, in sketches like the one above, and also parallel, deeply and anonymously sourced news stories for Riodoce and a Mexico City paper, La Jornada. The threats he was used to getting became more frequent and scary. On the day he was killed Javier had just come from a meeting with the Riodoce staff about his security situation; he should leave Sinaloa, at least for a while, everyone agreed. He was intercepted by gunmen on his way home.

¿Recobrará México la mitad de su territorio? De Enrique Krauze

Justin Rentería

Enrique Krauze es un historiador mexicano, editor de la revista Letras Libres

Enrique Krauze, 6 abril 2017 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO – La invasión estadounidense a México de 1846 infligió a los mexicanos una herida dolorosa que cicatrizó poco a poco, a lo largo de 170 años. Donald Trump ha vuelto a abrirla.

Entre las muchas mentiras que ha urdido, ninguna más ridícula que su intento de contradecir a la historia, presentando a Estados Unidos como una víctima de México, país que supuestamente le roba empleos, le impone tratados onerosos y le manda a sus “bad hombres” a través de la frontera.

Frente a esta fake history, algunos mexicanos se han propuesto recordar a Trump cuál fue, exactamente, la primera nación en ser víctima del imperialismo americano. Su proyecto es promover una demanda que anule totalmente el Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848 y por medio del cual México –invadido por el ejército estadounidense, ocupada su capital y tomados sus puertos y aduanas– se vio obligado a admitir la anexión de Texas y conceder a Estados Unidos más de la mitad de su territorio, que corresponde principalmente a los actuales estados de Arizona, Nuevo México y California.

La última página del Tratado de Guadalupe Hidalgo firmada y con sellos oficiales. Credit Hispanic Reading Room, Hispanic Division, Library of Congress

 Encabeza el esfuerzo Cuauhtémoc Cárdenas, el mayor estadista de la izquierda mexicana. Cárdenas está convencido de que el gobierno mexicano –sobre todo ante la agresión de Trump– tiene en sus manos un caso sólido. Según su tesis, aquel tratado es violatorio de imprescriptibles normas internacionales del derecho y por ello susceptible de ser denunciado (con propósitos de reparación o indemnización) ante instancias como la Corte Internacional de Justicia y la ONU. Y aun admitiendo –sin conceder– la validez del tratado, varios artículos cruciales, como el respeto a la ciudadanía, la propiedad y la seguridad de los 100.000 mexicanos que quedaron en territorio estadounidense, se incumplieron desde un principio.

La iniciativa, sin embargo, enfrenta enormes obstáculos. Bernardo Sepúlveda, ex Secretario de Relaciones Exteriores y el mayor experto mexicano en derecho internacional, considera que “muy a su pesar” la demanda no prosperaría. “En tiempos anteriores las guerras de conquista no se topaban con la misma condena moral y legal que ahora forma parte de nuestro sistema legal”, me dijo. La demanda tendría que presentarse conforme a la Convención de Viena “y mostrar que el Estado mexicano no aceptó expresamente la validez del tratado o que, en razón de su conducta, el mismo Estado mostró su rechazo a esa validez”.

Pero ese no fue el caso del Tratado de Guadalupe Hidalgo, que fue firmado con el consentimiento de ambos gobiernos y sus respectivos congresos. “Adicionalmente”, agrega Sepúlveda, “para obtener un dictamen, la demanda de anulación del Tratado de 1848 tendría que someterse a la Corte Internacional de Justicia, cuya jurisdicción obligatoria en casos contenciosos no está reconocida por Estados Unidos”.

No obstante, una es la lógica jurídica y otra la lógica política. Si el gobierno de Peña Nieto no hace suyo el proyecto de Cárdenas, un candidato de oposición (sea de izquierda populista o de derecha nacionalista) podría adoptarlo como bandera hacia las elecciones de julio de 2018. Y si alguno de ellos gana, el nuevo presidente podría convertir la demanda en realidad.

El político mexicano Cuauhtémoc Cárdenas durante la presentación de su libro “Cárdenas por Cárdenas”, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) en diciembre de 2016. Credit Juan Carlos Reyes Garcia/Agencia El Universal

Más allá de la viabilidad, lo que está en juego es algo aún más vasto: necesitamos alentar el debate sobre la verdadera historia de aquella guerra que Estados Unidos, convenientemente, ha olvidado o maquillado, pero que ahora más que nunca importa recordar honestamente como lo que fue. Se trata de una enormidad que cabe en una pregunta: ¿qué parte de la prosperidad histórica de Estados Unidos se ha afincado en el desarrollo de los territorios habitados originalmente por mexicanos y arrebatados a México en una guerra de conquista?

Porque no hay duda de que fue una guerra de conquista. Así la vivieron muchos soldados, que leían la Historia de la conquista de México de William H. Prescott –el recuento de la expedición de Hernán Cortés para conquistar el imperio azteca– mientras avanzaban sobre territorio mexicano. Así la consideraron, con vergüenza y pesar, grandes personajes de la época. Esa “guerra en extremo indignante” (dijo John Quincy Adams) había sido “accionada por un espíritu de rapacidad y un desmesurado deseo de engrandecimiento territorial” (escribió Henry Clay), a partir de un ataque premeditado por el presidente James Polk gracias al cual “una banda de asesinos y demonios del infierno se permitieron dar muerte a hombres, mujeres y niños” (Abraham Lincoln).

Tras el bombardeo a la población civil de Veracruz, el general Robert E. Lee escribió a su esposa: “mi corazón sangra por los habitantes”. En sus memorias, Ulysses S. Grant lamentaba no haber tenido el “coraje moral para renunciar” a la que, desde joven, había calificado como “la guerra más perversa”. Para varios otros políticos y pensadores (incluido Henry David Thoreau) la guerra contradecía los valores democráticos y republicanos fundacionales de Estados Unidos y era contraria a la elemental ética cristiana.

La iniciativa de Cárdenas podrá tener pocas probabilidades de éxito legal, pero en estos tiempos en que México ha sufrido los injustos ataques del presidente Trump, su impacto público puede ser considerable.

Estados Unidos debe a México y se debe a sí mismo una revisión franca de su primera guerra imperial no sólo en los currículos de sus escuelas y universidades sino en sus museos y libros. Hollywood y Broadway, que desde su origen han jugado un papel importante en definir la conciencia histórica estadounidense, deberían abordar el tema. Películas, documentales y series de televisión notables han contribuido a modificar la memoria de dos pecados de origen: la esclavitud y el racismo contra los afroamericanos y, en menor medida, el exterminio y la represión racista de los indios americanos. Falta el tercer pecado: la agresión contra México y el despojo de su territorio.

Tres siglos antes de que los ancestros de Trump pisaran Estados Unidos, había mexicanos en aquella zona septentrional de Nueva España y México. Pero ni ellos ni sus descendientes actuales son parte siquiera simbólica del orgullo nacional estadounidense, sino objetos de una imagen estereotipada o emblemas de un pasado vergonzoso que se ha mantenido en la oscuridad. Es hora de que ese pasado salga a la luz, sea reconocido y reivindicado.

Para nosotros los mexicanos, esta es la oportunidad de una forma de reconquista. Seguramente no una reconquista física de los territorios que fueron nuestros. Tampoco una indemnización que debió ser mucho mayor a la magra cantidad de 15 millones de dólares que pagó el gobierno estadounidense (a plazos) por el despojo. Necesitamos reconquistar la memoria de esa guerra pródiga en atrocidades inspiradas por prejuicios raciales y ansias de expansión territorial.

Pero seguramente la mejor y más justa indemnización sería una reforma migratoria en Estados Unidos que abriera el camino de la ciudadanía a los descendientes de aquellos mexicanos que padecieron la injusta pérdida de la mitad de su territorio.

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Lamento mexicano. De Héctor Aguilar Camin

México es un país eternamente inacabado que para ser algún día grande, moderno y hospitalario con la mayoría de sus hijos necesita aliviar una vez más el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad.

Héctor Aguilar Camín es escritor mexicano, director de la revista Nexos.

Héctor Aguilar Camín, 5 abril 2017 / EL PAIS

México será algún día un gran país, un país moderno y hospitalario para la mayoría de sus hijos, pero no será por aciertos que se hayan cometido en el curso de mi generación. No al menos por una historia de aciertos sostenidos.

Nací a la vida intelectual bajo el mandato de empeñarme en la reflexión pública, en la pasión utópica por excelencia de cambiar el mundo criticándolo. El balance de mi empeño arroja un saldo vicioso de ensayo y error, un camino de ilusiones perdidas, ganadas y vueltas a perder, con frutos siempre inferiores a los buscados.

He dicho de mi generación, la nacida en los años cuarenta del siglo pasado, que debutó muy temprano en la historia y además sobreactuó sus emociones. También sobreactuó sus sueños. Su salida al mundo, con el movimiento estudiantil de 1968, fue una fiesta de libertad ejercida que terminó en una tragedia, la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.

Diría que desde aquel momento fundador hemos soñado de más y conseguido de menos como generación.

La guerra contra las drogas sumió al país
en una espiral de sangre que es una pesadilla

Hemos intentado las fórmulas probadas en otros países para dejar atrás el subdesarrollo, como se decía en mis tiempos, y las hemos vuelto insustanciales e insuficientes, cuando no parodias trágicas, de resultados contrarios al soñado.

No hemos tenido una década de crecimiento económico alto y sostenido desde 1970, año a partir del cual duplicamos nuestra población trayendo al mundo 70 millones más de mexicanos.

Dilapidamos en el camino dos ciclos de abundancia petrolera, uno en los años ochenta del siglo pasado, otro en la primera década del siglo XXI. Las rentas de aquel auge han sido calculadas en seis veces y media el monto del Plan Marshall, que permitió reconstruir la Europa devastada por la II Guerra Mundial.

Una revolución de terciopelo, hecha de reformas graduales y transiciones pactadas, convirtió la impresentable hegemonía priista, la famosa “dictadura perfecta” de Mario Vargas Llosa, en una prometedora primavera democrática.

Descubrimos poco a poco, sin embargo, que la nuestra era una democracia sin demócratas. Del fondo de nuestras costumbres políticas más que de las leyes vigentes emergió paso a paso un régimen de partidos que acabó siendo, a la vez, una partitocracia y una cleptocracia, pues su regla de eficacia electoral fue llevar ríos de dinero ilegal a elecciones que cuestan cada vez más e inducen cada día mayores desvíos de dineros públicos y mayores cuotas de corrupción en los gobernantes.

En lugar del presidencialismo opresivo de las eras del PRI, tenemos ahora un Gobierno federal débil y una colección de gobiernos locales impresentables: los más ricos, los más autónomos, los más legitimados electoralmente y los más corrompidos e irresponsables de la historia de México, pues ni cobran impuestos ni aplican la ley.

La guerra contra las drogas y el crimen organizado, que pareció cuestión de vida o muerte hace 10 años, lejos de contener el tráfico, la violencia o el crimen los multiplicó, sumiendo al país en una espiral de sangre que es una pesadilla diaria.

El acierto estratégico mayor de estos años, la integración comercial con América del Norte, no fue aprovechado para modernizar el resto de nuestra economía, y debe buena parte de su competitividad a los bajos salarios.

La economía mexicana produce billonarios
de clase mundial, pero no salarios dignos

La economía mexicana produce billonarios de clase mundial peno no salarios dignos de una clase media decente. Nuestra riqueza, paradójicamente, multiplica nuestra desigualdad.

Estamos lejos de ser el país próspero, equitativo y democrático que soñó, al paso de los años, mi generación. Hemos corrompido nuestra democracia, destruido nuestra seguridad, precarizado nuestra economía y nuestros salarios, profundizado nuestra desigualdad.

La cuenta de las equivocaciones colectivas de estos años es notoriamente más larga que la de los aciertos. La responsabilidad mayor es de los Gobiernos, desde luego, pero también de sus oposiciones; de la baja calidad de nuestra opinión pública y de nuestros medios, de nuestras empresas y empresarios, del conjunto de nuestra clase dirigente. También, de la débil pedagogía que baja de nuestras escuelas, de nuestras iglesias, de nuestra vida intelectual y de los malos hábitos y las pobres convicciones de la sociedad.

El país que mi generación heredará es inferior al que soñó y al que hubiera podido construir equivocándose menos. No hemos sido los primeros mexicanos en esto de equivocarse mucho.

En el año de 1849, mientras escribía el prólogo de su Historia, Lucas Alamán llegó a pensar que México podía desaparecer y que su obra serviría para mostrar a los descendientes de aquella desgracia cómo podían volverse nada, por la acción de los hombres, los más hermosos dones y las más altas promesas de la naturaleza.

Casi 100 años después, en 1947, el historiador Daniel Cosío Villegas escribió, en un ensayo inolvidable, que todos los hombres de la Revolución Mexicana, sin excepción alguna, habían estado por debajo de las exigencias de ella.

Podría parafrasear a Cosío Villegas y decir, 70 años después de su sentencia, que todos en mi generación, sin excepción alguna, hemos estado por debajo de las oportunidades que la historia nos brindó y más por debajo aún de lo que nos propusimos y soñamos. Hemos sido inferiores a lo que soñamos.

Me consuelo pensando que el país es más grande que sus males, más vital que sus vicios y más inteligente que las ilusiones de sus hijos. Lo ha sido desde que existe. Su poder ha sido la resistencia, el “aguante” como decimos los mexicanos, no la lucidez práctica de la acción colectiva.

En la mina de sabiduría recobrada que son los Inventarios de José Emilio Pacheco, las columnas periodísticas que escribió entre 1974 y 2014, publicadas ahora en tres volúmenes por editorial Era, encuentro tres citas inesperadas de Chesterton que tienen una pertinencia, a la vez risueña y serena, ante mis quejas.

Una dice: “Para el espíritu infantil del pesimismo moderno cada derrota es el fin del mundo, cada nube el crepúsculo de los dioses. En la literatura, sobre todas las cosas, debemos resistir este pánico inane”.

La segunda cita dice: “La esperanza solo resulta una fuerza cuando todo es desesperado… La única razón para ser progresista es la tendencia al empeoramiento que hay en todas las cosas”.

La tercera dice: “La historia no está hecha de ruinas completadas y derribadas; más bien está hecha de ciudades a medio edificar, abandonadas por un constructor en quiebra”.

Así el presente de México, eternamente inacabado. Hay que renovar el contrato y cambiar al constructor, aliviando una vez más, como quería Gramsci, el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad.

Violencia en México: Una guerra con muertos (pero sin heridos)

En los cuatro primeros años del conflicto contra el narco, más de la mitad de los enfrentamientos acabaron con todos los criminales muertos. Los investigadores consideran que un combate estándar concluiría con el mismo número de heridos que de muertos.

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Pablo Ferri, 10 febrero 2017 / EL PAIS

el paisLejos de ajustarse a la retórica oficial del Gobierno de Felipe Calderón en México, los datos que arrojan los primeros cuatro años de la guerra contra el narco muestran una realidad bien distinta. El Centro de Investigación y Docencia Económica, CIDE, una prestigiosa universidad mexicana, ha analizado 3.327 combates entre autoridades y presuntos agresores ocurridos entre 2007 y 2011. Más de la mitad, 1.223, concluyeron con todos los criminales muertos.

Además, los analistas del CIDE han descubierto que la gran mayoría de los 3.327 enfrentamientos ocurrieron por “actividad” de las autoridades. Alejandro Madrazo, uno de los autores del estudio, explica que “en el 84% de los casos, cuando detona el evento, la autoridad estaba realizando una actividad, por ejemplo catear una casa, o atender un llamado anónimo”.

Uno de los hallazgos más sorprendentes fue que apenas un puñado de operaciones estuvieron amparadas por el juez. “Descubrimos que fueron menos del 5%”, dice. En la mayoría de ocasiones, explica, las autoridades actuaron por su cuenta, careciendo de la supervisión del ministerio público o el mandato de un juez. “El 31% de los combates”, añade el experto, “ocurrieron cuando las autoridades estaban patrullando”.

Letalidad total

El índice de letalidad mide la relación de heridos y muertos en un enfrentamiento armado. Un combate normal arroja cifras parejas, un muerto, un herido, dos muertos, dos heridos… Cuando un combate presenta un índice de letalidad total significa que todos los de un bando murieron. No hay heridos, lo que lo hace sospechoso. De los 3.327 estudiados por el CIDE, 1.223 presentaron un índice de letalidad total.

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Fuente: Rebeca Calzada – CIDE

Cuando Calderón llegó a la presidencia en diciembre de 2006, anunció que enfrentaría al crimen organizado con toda la fuerza del estado. Para ello, desplazó a miles de policías y militares al centro y el norte de México. Era, dijo, una batalla justa e imprescindible. En la prensa empezaron a aparecer informaciones sobre enfrentamientos entre autoridades y grupos criminales. La policía o las Fuerza Armadas explicaban en escuetos boletines que algunos delincuentes habían muerto y otros habían resultado heridos; que se habían decomisado fusiles, cartuchos y granadas. En muchos de ellos, los boletines leían que todos los delincuentes habían muerto en el intercambio de disparos.

La situación degeneró muy rápido. Y entre tanto empezó a expandirse la sensación de que todo aquello era demasiado raro. ¿Era normal que en un combate hubiera más delincuentes muertos que heridos? ¿Que todos los delincuentes murieran en las balaceras? Analistas, académicos y expertos se hacían estas preguntas.

En 2011, investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México adaptaron un indicador para evaluar si los uniformados habían abusado de su fuerza en esos años. Se llamaba índice de letalidad. Otros colegas ya lo habían usado en Brasil con buenos resultados.

indice-de-letalidad-1El índice de letalidad mide la relación entre civiles heridos y muertos en un enfrentamiento. “No se trata”, escribieron los académicos, “de que por sí mismo determine la existencia de privaciones arbitrarias de la vida, sino de valores que alertan sobre un contexto de preocupación”. Así, cualquier enfrentamiento que concluyera con más muertos que heridos era motivo de alarma.

Los investigadores del CIDE han retomado ahora el índice de letalidad. Gracias a una filtración de los datos que manejó el Gobierno del propio Calderón, han descubierto que la mitad de los combates acontecidos en los primeros cuatro años de su mandato acabaron con todos los delincuentes muertos. Ya no con más muertos que heridos: todos muertos. Los investigadores del CIDE consideran que un combate en el que mueren todos los civiles presenta un índice de letalidad perfecta.

Las hemerotecas de los medios mexicanos están llenas de situaciones así. El 26 de febrero de 2010, el diario Reforma informaba, por ejemplo, de la muerte de cuatro sicarios tras un enfrentamiento con militares cerca de Matamoros, Tamaulipas, en la frontera con Estados Unidos. La Secretaría de la Defensa Nacional explicaría después en un comunicado que un comando armado había agredido a los militares. En el tiroteo, los cuatro sicarios habrían muerto. Sin heridos. Sin preguntas. Sin más respuestas.

A escala regional, la mayor cantidad de escenarios de este tipo se dieron en el noreste. De los 1.223 enfrentamientos que presentaron un índice de letalidad perfecta, 502 ocurrieron en los estados de Nuevo León y Tamaulipas en 2010 y 2011. Casi la mitad. Los datos coinciden con la explosión de violencia en la zona por la guerra entre cárteles.

Zetas, Golfo y actividad militar

En febrero de 2007, el presidente Calderón puso en marcha el Operativo Conjunto del noreste. El mandatario ordenó el despliegue de 3.500 policías, militares y marinos en Nuevo León y Tamaulipas, además de nueve helicópteros, tres aviones y 48 vehículos tácticos militares. Luego llegarían más. Era el tercer operativo que organizaba el presidente en apenas dos meses de Gobierno. La batalla empezaba.

Por aquel entonces, Los Zetas aún respetaban la cadena de mando del Cartel del Golfo. Si el Cartel de Sinaloa manejaba los cultivos de marihuana y amapola en la región noroeste, el Golfo controlaba la frontera noreste y la costa atlántica de la mano de Los Zetas. Pero todo aquello cambió. La detención de varios líderes de ambas organizaciones y las continuas reyertas entre los nuevos cuadros degeneraron en una guerra que afectó a ambos estados.

Atrapados en medio de la batalla, la Policía Federal, el Ejército y la Marina trataron de tomar el control. Así, Nuevo León y Tamaulipas concentraron casi la mitad de los 3.327 combates que se dieron en el país durante esos años. En 2010 fueron 447 de 1.027. Al año siguiente la historia se repetiría: 623 de 1.441.

La cantidad de denuncias en esos cuatro años por violaciones a derechos humanos rayaron lo inmanejable. El ombudsman mexicano recibió 4.000 quejas y preparó decenas de informes abundando en la mala praxis de las autoridades, sobre todo de las Fuerzas Armadas.

La pregunta es obvia, ¿qué ocurrió realmente en esos años en el noreste de México?

Mexico’s Forceful Resistance. De Jorge Castaneda

Credit Mikey Burton

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, 27 enero 2017 / THE NEW YORK TIMES

MEXICO CITY — It has been just over a week since President Trump took office, and he already has a diplomatic mini-crisis on his hands. First, he demanded that Mexico pay for his wall along our mutual border — on the very day when Mexican diplomats were to meet with White House officials. When President Enrique Peña Nieto of Mexico rejected that idea out of hand, Mr. Trump tweeted that he should consider calling off a planned visit to Washington next Tuesday. Which is just what Mr. Peña Nieto did.

For Mexico, the cancellation, and the rise in tensions with the United States, are a sad and serious affair.

Sad, because no Mexican wants a breakdown in bilateral ties. Five successive presidents have pursued a new course with our northern neighbor, putting behind us the apprehensions and resentment of the past. The North American Free Trade Agreement, American support during the mid-’90s financial NEW YORK TIMEScrisis, immigration negotiations in 2001, expanded drug enforcement and security cooperation, and the encouragement of a new mind-set for Mexicans where being neighbors is no longer seen as a problem but as an opportunity: All of this is being questioned and jeopardized.

This is why Mexico today faces a tough choice, given the asymmetry between both countries: accommodate Mr. Trump and get the least-bad deal possible, or lay out a series of red lines or list of American demands Mexico cannot accept and adopt a policy of forceful resistance. It could then attempt to wait Mr. Trump out, hoping that he will open too many fronts simultaneously, that domestic opposition to his excesses will grow, and that Mexico’s allies in the United States and abroad will eventually rebalance the unequal correlation of forces.

Mr. Peña Nieto had no choice but to cancel his trip. But he had partly boxed himself into a corner because of previous indecision or procrastination.

He knew some time ago that Mr. Trump would insist on renegotiation. He knew that several roads could lead to a favorable outcome for all three member countries, but that there could also be dire consequences for Mexico if the road chosen led to a revised Nafta requiring drawn-out deliberations in the legislative bodies of Canada, the United States and Mexico. The agreement would then fall hostage to partisan bickering, with no guarantees of approval. The uncertainty that would entail might easily place new foreign investment in Mexico on hold.

Mexico should have a red line on trade. Everything that can be done without new legislative approval in all the three countries is fair game, but nothing else. Better to have the United States invoke Nafta’s Article 2205, which says that a country can withdraw from the agreement six months after giving notice.

A similar red line should have been drawn by Mr. Peña Nieto on the prickliest, if not the most substantive issue: the wall. Again, incomprehensibly, Mr. Peña Nieto painted himself into a corner by stressing the wall’s payment, rather than its very existence. The crux of the matter should never have been who would pay for it, but rather that it was an unfriendly act toward a friendly country, sending a disastrous symbolic message to Latin America. The real issue is that it will generate countless social, cultural and environmental problems along the border; raise the cost and danger of unauthorized crossings; and attract even more organized crime.

Mexico should now clearly draw another red line. If the United States wants to build a wall, we will use every tool available to delay it and make it more expensive. But we will also point out that President Trump’s wall better be a very effective one. Because it will have to deter, without any further Mexican cooperation, drugs, migrants, terrorists and “bad hombres” from entering. If Mr. Trump “breaks” the border arrangement that our two countries have enjoyed for nearly a century, he “owns” it (the Pottery Barn rule).

Finally, on deportations, Mexico must also publicize its nonnegotiable bottom line. More money and agents for immigration enforcement, punishing sanctuary cities and attempting to send so-called criminals to Mexico is likewise an unfriendly act. Especially when one recalls that the same policy toward El Salvador in the late 1990s made it the most violent country in the world.

Mexico must say clearly that we will encourage all our potential deportees to demand a hearing upon arrest and to refuse voluntary removal; that we will provide legal support, on our dime, for all arrested undocumented Mexicans; and that we will deny entry to anyone whom American authorities cannot prove is a Mexican citizen. These are not simple decisions and are not exempt from the risk of retaliation. But neither is a 20 percent tariff on imports from Mexico, a proposal the White House suggested on Thursday it might embrace.

Mexico’s most effective leverage in this unfortunate and needless conflict lies in its stability on the United States’s southern flank. Washington should count its blessings. For a century, the United States has been an accomplice to Mexican corruption, human rights violations and authoritarian rule. But it has also supported Mexico economically, abstained from seeking regime change, tolerated mass migration from the south and generally treated Mexico with respect. The quid pro quo was immensely and mutually beneficial. Messing with it is worse than rash: It is reckless, for both countries.