México

México. De Manuel Hinds

28 noviembre 2018 / EDH-OBSERVADOR

Las caravanas que se dirigen a Estados Unidos están siendo protagonistas de una tragedia entendida como en la Antigua Grecia—una historia que inevitablemente termina en grave daño para el protagonista como consecuencia de un defecto de éste, o de un error cometido por el mismo. El daño final está determinado por la colisión entre el propósito de los héroes (los participantes de las caravanas), y los propósitos de un actor infinitamente más poderoso, que no puede permitir que ellos triunfen, por razones que los héroes mismos, en su desesperación, no pueden comprender.

Como todo país soberano, Estados Unidos tiene que controlar sus fronteras de acuerdo a sus políticas migratorias. Siendo una nación desarrollada, con un régimen que protege los derechos individuales, con muchas oportunidades económicas, y que provee a sus pobladores con muchos beneficios sociales, Estados Unidos es muy atractivo para la migración, y atrae muchos más inmigrantes que los que puede absorber. Por muchos años el país ha recibido muchos inmigrantes, incluyendo muchos que se han colado ilegalmente por las frontera con México o que se han quedado al expirar sus visas de entrada. El movimiento de ilegales ha sido tal que era irrealista esperar que el gobierno estadounidense no iba eventualmente a tomar medidas para cortarlo—como lo haría nuestro gobierno si estuviéramos en esa situación. Esto constituye una parte de la tragedia, el obstáculo que inevitablemente va a detener el acto heroico del protagonista.

La otra parte de la tragedia, la acción del héroe condenada al fracaso, es también fácil de comprender. Son personas y familias, destrozadas por la espantosa violencia que azota a nuestros países en Centro América, así como por la falta de oportunidades económicas, que se ven forzadas a huir de sus lugares de origen y enfocan sus esperanzas en el país más desarrollado a su alcance, Estados Unidos.

La prensa nacional e internacional ha reportado las historias desgarradoras de esta nuestra gente caminando, muchos con hijos enfermos y algunos incapacitados, caminando, caminando hacia un cielo que no se les abrirá. En un artículo del periódico británico he Guardián, el autor, brean Mealer, caminando con nuestros hermanos, recuerda a lo que él llama los fantasmas de migrantes anteriores que los acompañan, los migrantes de El Salvador y Cuba Rusia y Alemania, de los campos de la muerte en Sudán, Irak y Siria, los hebreos en el desierto, la saga de una mujer embarazada de Nazaret siguiendo una estrella para huir de un tirano, y la odisea de su propia familia durante la Gran Depresión de los 1930s, inmortalizada por John Steinbeck en su novela “Las Uvas de la Ira”, que los llevó del centro de Estados Unidos para llegar a una California que los recibió con policías armados que no los dejaron entrar.

La odisea es desgarradora. Desgraciadamente, Estados Unidos no puede hacer una excepción con estas caravanas. Si las deja entrar sin pasar por el proceso legal de solicitar asilo el país se les inundaría con millones de personas que están dispuestas a caminar hasta la frontera de Estados Unidos con tal de cambiar sus vidas. Y, como se evidenció en un artículo publicado hace un par de días en El Diario de Hoy, los asilos aprobados representan una minoría infinitesimal de las solicitudes.

He aquí pues la tragedia. Pero hay un lado luminoso en ella. El comportamiento de México, su gobierno y sus ciudadanos, con nuestros hermanos, que en todo el camino los han acogido como propios. En todas las tristes historias de éste éxodo, en medio de su trágico ritmo, aparecen mexicanos que dan aliento, comida y abrigo, transporte, servicios médicos, medicinas y apoyo moral a los centroamericanos que van pasando junto a ellos—muchos de ellos compartiendo con los nuestros cosas que a ellos no les sobran. En todas partes hay gente caritativa, pero los mexicanos han ido mucho más allá de eso, pagando buses, dando aventones en camiones, haciendo tamales y sandwiches, dando albergues, y, más que nada, dando cariño.

Eso es algo que nosotros, salvadoreños, no podemos olvidar jamás, sería vergonzoso hacerlo.

Los mexicanos han demostrado ser nuestros hermanos, y amor con amor se paga.


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La democracia según López Obrador. De Alberto Barrera Tyszka

Alberto Barrera Tyszka, como venezolano, conoce de propia experiencia cómo comienzan las aventuras populistas. Y en qué terminan: en autocracias. Su biografa “Hugo Chávez sin uniforme” (2005) es el libro de referencia sobre este tema. Escritor, guionista y columnista, hoy vive y trabaja en México. Mucho de lo que dice, puede ser importante para nuestro país.

Andrés Manuel López Obrador, el presidente electo de México, en una gira por Guadalajara en septiembre de 2018 Credit Francisco Guasco/EPA-EFE vía Rex

18 noviembre 2018 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO — La polarización es un método eficaz para la consolidación de los caudillos modernos. Los medios de comunicación y las redes sociales se convierten en plataformas inflamables, en extraordinarios combustibles para alimentar a quienes veneran y a quienes odian al líder. Más allá de la pasión narcisista, un ejercicio de repolarización constante permite suprimir los debates y promover la idea de que solo hay un único núcleo, todopoderoso y omnipresente, en la sociedad. Pero, al igual que el carisma, el poder no reside solamente en una persona o en un espacio. El poder es un vínculo, una relación.

Aunque todavía no se ha juramentado, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ya ha demostrado que no le gustan algunas reglas del juego, que el sistema que le permitió llegar a la presidencia no es suficientemente bueno. En el transcurso de estos meses, ha comenzado a asomarse lo que podría ser un nuevo Estado, con distintas maneras de participación, con otros procedimientos y con otras ceremonias. En el centro de todo está AMLO, como un eje que polariza cada vez más al país. Su idea de democracia es otra cosa. Es un asunto personal.

Todo populismo es un encantamiento. Por eso mismo, se trata de una experiencia tan tentadora como peligrosa. Supone que el hechizo del carisma puede sustituir a las formas. A medida que se acerca el 1 de diciembre, México parece hundirse más en una marea de este tipo. Es un proceso que puede detallarse con claridad en algunas de las recientes polémicas que tienen como centro al próximo presidente.

En el caso de la consulta popular sobre el nuevo aeropuerto, ante las críticas de diversos sectores de la sociedad, ante la denuncia de la ausencia de un organismo independiente que funcione como árbitro de la elección, ante el cuestionamiento de la manera sesgada en que se organizó la votación, la respuesta de AMLO fue AMLO mismo. Frente a cualquier debate o invitación al discernimiento, el poder propone un argumento emotivo: la fe, la lealtad. “Nosotros no somos corruptos, nunca hemos hecho un fraude, tenemos autoridad moral”, dice López Obrador. Como si la sola presencia fuera una garantía insuperable. En el fondo, es una versión melodramática de la política: el corazón vale más que las instituciones.

Lo mismo podría señalarse con respecto al caso de los “superdelegados”, su plan para designar a coordinadores en cada estado y supervisar los programas de desarrollo. Visto desde una óptica no partidaria, se trata de la conformación de una suerte de Estado paralelo: la creación de un cuerpo de funcionarios que mantienen relación directa con el jefe de Estado y se encargarán de actividades de desarrollo en el mismo territorio que los gobernadores que fueron elegidos democráticamente. Todos estos nuevos delegados son miembros del partido político de AMLO, Morena, o forman parte de su entorno cercano. Pero AMLO dice que no, que no está creando dualidades ni poderes alternos. Y para demostrarlo acude a la devoción, ofrece un razonamiento inapelable: la humildad. Los superdelegados, dijo, van a trabajar “sin protagonismos, con humildad. ¿Qué es el poder? El poder es humildad”.

Es la misma lógica mágica que empuja la certeza de que la simple llegada de AMLO al poder acabará con la corrupción en el país. O la devoción ciega, capaz de defender que un presidente, cualquier presidente, pueda tener mando directo sobre una nueva fuerza militar y policial de cincuenta mil elementos. Remplazar la institucionalidad por una personalidad conlleva riesgos enormes. La sensatez y el poder ciudadanos pierden terreno. Por eso las señales de alarma se encienden, las histerias se disparan. Cuando hace unos días, en Yucatán, AMLO dijo: “Yo ya no me pertenezco, estoy al servicio de la nación”, por un momento podía pensarse que solo seguía un guion, que estaba queriendo terminar en alto un espectáculo, promoviendo él mismo ahora una asociación con Hugo Chávez, deseando ser percibido como una amenaza. Es una línea demasiado obvia y directa. Es, en cualquier caso, una fascinación ya conocida. AMLO puede aspirar a ser un Mesías Tropical. Pero no lo puede lograr solo. Necesita derrotar a la sociedad.

Ya se sabe cómo es la democracia según AMLO. También entonces es necesario que se comience a saber claramente cómo es la democracia según los ciudadanos, según aquellos que no votaron por él o que, incluso habiendo votado por él, quieren y buscan un cambio, no un salvador.

Para eso, es necesario desactivar el esquema polarizante. Hay que evitar que solo los radicales tomen las calles y el lenguaje, pero también hay que dejar de jugar a la defensiva, como si solo fuera posible pactar y someterse. Hay que salir de la rentabilidad mediática y emocional que refuerza al líder como único foco de la acción y de la decisión política. En un contexto de partidos políticos derrotados y sin legitimidad, es aun más urgente promover y desarrollar nuevos movimientos y espacios de liderazgo y de trabajo, no dedicados al rechazo irracional del líder, sino articulados a las luchas concretas de la población. El mejor enemigo del populismo es la política. El ejercicio real y plural de la política. Es el momento de demostrarle a AMLO que no es cierto, que realmente él solo se pertenece a sí mismo. Que a partir del 1 de diciembre tiene un nuevo trabajo y que la nación estará ahí para exigirle que lo haga bien. Para controlarlo.


Un invitado incómodo. De Alberto Barrera Tyszka

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, en marzo de 2018, y el presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, en octubre de 2018 Credit Cristian Hernández/EPA, vía Shutterstock; Ulises Ruiz/Agence France-Presse — Getty Images

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

CIUDAD DE MÉXICO, 4 noviembre 2018 / THE NEW YORK TIMES

El tiempo entre el triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador y el día en que, por fin, tome protesta como presidente de México es demasiado largo. Lo que fue una avasallante victoria se ha ido diluyendo. La Cuarta Transformación comienza a parecer más bien una decimosexta modificación. Por eso, supongo, el nuevo presidente necesita mantener en alto la polarización. Le conviene permanecer siempre bajo los focos mediáticos y en el centro de la discusión pública. Necesita hacer sentir que algo pasa, que no se ha dormido, que el cambio está en movimiento.

Por eso apuró una consulta inconsistente sobre el nuevo aeropuerto. Más que un acto democrático, la encuesta era una provocación. Por eso, tal vez, también parece disfrutar de las indignadas reacciones ante la invitación a Nicolás Maduro a su toma de posesión el 1 de diciembre. “Somos amigos de todos los pueblos y de todos los gobiernos del mundo”, dice sonriendo.

Pero esa respuesta es una fórmula retórica. Suena bien pero puede ser muy contradictoria, incluso incoherente. A veces, proclamarse amigo de un gobierno implica convertirse en enemigo de su pueblo. Nicolás Maduro no cuenta con ninguna legitimidad internacional. Su popularidad, dentro y fuera del país, es también ínfima. Sin duda, se trata de un invitado incómodo, de una presencia irritante. Su asistencia a la toma de posesión obliga a un rápido estreno de López Obrador en el complejo y frágil equilibrio diplomático que vive la región. El nuevo gobierno puede defender el principio de la “no injerencia”, pero ¿cómo reacciona ante las fehacientes pruebas de corrupción y de violación a los derechos humanos que acorralan a Nicolás Maduro?

No se trata de una opinión personal. Tampoco es una conspiración del capitalismo internacional. Hay informes, datos concretos, confesiones… Si alguien representa en Venezuela a “las mafias del poder” es Nicolás Maduro.

El discurso de Maduro aprovecha la gramática de la izquierda, invoca a los pobres y ataca al imperialismo, pero detrás de su lengua hay una caja registradora que nunca se detiene. Está siendo investigado por el desfalco y blanqueo de 1200 millones de dólares a la empresa estatal petrolera. Un miembro directivo de Odebrecht lo denunció al señalar que recibió 35 millones de dólares para su campaña electoral. Su propios excompañeros de gobierno, todavía chavistas, exigen que responda ante el país por 350 mil millones de dólares desaparecidos en el vaho de muchas empresas fantasmas. Su gobierno está implicado en una trama de corrupción en una red de distribución de alimentos comprados en el exterior para ser supuestamente vendidos a precios solidarios a los pobres de Venezuela. Se trata de una estafa gigantesca, que supone una cifra de 5000 millones de dólares y que ha desatado la persecución oficial de los periodistas que investigan los hechos.

Y esto podría ser solo una pequeña muestra de todo el gran sistema de corrupción que se mueve detrás de su gobierno. Para cualquier mexicano, invitar a Maduro podría ser algo parecido a convidar a Javier Duarte a la inauguración presidencial. El exgobernador de Veracruz, actualmente en prisión, es el emblema de la corrupción y del descaro político en México, una imagen de la perversión del PRI en el manejo de los dineros públicos y en el ejercicio de la violencia. Eso, ya tal vez mucho más, es Nicolás Maduro en el Caribe.

Otro de los elementos importantes que problematiza la alianza entre AMLO y el gobierno de Venezuela tiene que ver con el respeto a los derechos humanos. Insisto: no se trata de un asunto de criterios íntimos, de elucubraciones sesgadas. Casi desde el comienzo de su gobierno, Nicolás Maduro ha desatado una guerra feroz desde el Estado en contra de sus ciudadanos. En Venezuela hay actualmente 232 presos políticos y 7495 personas sometidas a procesos judiciales, ligados a motivos políticos. Esto sin contar la cantidad de programas y medios de comunicación censurados o suprimidos, periodistas a quienes se les retiene el pasaporte, ciudadanos cuyos derechos son vulnerados por participar en protestas en contra del gobierno.

Durante una protesta en octubre de 2018 frente al Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), un manifestante pide pruebas de vida de los presos políticos en Venezuela. Credit Miguel Gutiérrez/EPA-EFE/REX

En términos de uso de fuerza contra la población, las estadísticas de Nicolás Maduro son sangrientas. Un informe de la OEA reseña que solo en las protestas del año 2017 se cuentan 163 muertos. Naciones Unidas, por su parte, ha pedido una investigación especial sobre los operativos de seguridad diseñados por el gobierno, en los que, según denuncias, ha habido 505 ejecuciones extraoficiales. A todo esto, habría que sumar el supuesto suicidio de un concejal opositor, detenido de forma ilegal, en una prisión de la policía política; así como el reciente testimonio de un joven, desterrado a España tras cuatro años de prisión, sobre las diferentes modalidades de tortura que padeció. Es evidente que no se trata de un caso aislado sino de una política de Estado. Si, en 1968, Nicolás Maduro hubiera sido presidente de México, tal vez la masacre de Tlatelolco se hubiera perpetrado de la misma manera. O peor.

En abril de 2017, miembros de la Guardia Nacional Bolivariana bloquean una calle durante una protesta contra el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Credit Miguel Gutiérrez/European Pressphoto Agency

Dice López Obrador que “México ya cambió”. Tiene una enorme fe en sí mismo. Como lo sostuvo también en su campaña electoral, piensa que su sola presencia puede tener un efecto mágico en el sistema, en la vida pública, en la condición humana. Lamentablemente, la historia demuestra que todo es mucho más complejo. Si algo, por ejemplo, contradice toda su prédica, es la presencia de Nicolás Maduro en el inicio de su mandato.

Maduro encarna toda la corrupción, el abuso y la represión que AMLO pretende combatir. Incluso para sus seguidores puede resultar una incongruencia monumental. La dicotomía entre la izquierda y la derecha se ha vuelto un sinsentido. La primera posverdad que hay que enfrentar es la ideología. Maduro no representa ninguna revolución popular y latinoamericanista. Representa un gobierno ilegal, corrupto y autoritario.

Ha señalado el historiador Rafael Rojas que “para emprender cualquier gestión diplomática mediadora, en relación con Venezuela, el rechazo al autoritarismo y a la violación de derechos humanos es una premisa insoslayable”. Ese es un gran desafío que tendrá el nuevo gobierno de México por delante. Estará obligado a participar en una crisis internacional sin establecer complicidades, sin traicionar sus propias promesas.

En estos momentos, no se puede ser amigo del pueblo de Venezuela y amigo del gobierno de Nicolás Maduro al mismo tiempo. Si AMLO quiere ser coherente con todo lo que ofreció en su campaña, si desea ser leal a sus votantes, no puede entonces establecer una alianza ciega con “la mafia del poder” que oprime al pueblo venezolano.

El papel de México en la crisis nicaragüense. De Jorge Castaneda

Aunque López Obrador debería condenar el derramamiento de sangre en Nicaragua y apoyar los esfuerzos del presidente Enrique Peña Nieto y de la OEA para dar con una solución y defender los derechos humanos en la región, es poco probable que lo haga. Después del 1 de diciembre, no cuenten con México.

Un joven participa en una marcha contra el gobierno de Daniel Ortega el 23 de julio de 2018, en Managua. Credit Rodrigo Sura/EPA, vía Shutterstock

Jorge Castaneda, secretario de Relaciones Exteriores de México, de 2000 a 2003

26 julio 2018 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO — Más de 350 personas, la mayoría estudiantes y manifestantes, han muerto desde abril en Nicaragua, donde una reforma de pensiones, que al final se revocó, inició un movimiento social masivo que busca la renuncia del presidente Daniel Ortega.

La cantidad de muertos, encarcelados y desaparecidos es sorprendente para un país con poco más de seis millones de habitantes. Casi cuarenta años después de que Ortega y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) derrocaron a la dinastía corrupta y sangrienta de los Somoza —que gobernó Nicaragua durante casi medio siglo—, estudiantes y activistas exigen la salida de lo que consideran una repetición histórica imperdonable. Su grito de protesta es: “Ortega y Somoza, son la misma cosa”.

Sin distinciones, están siendo atacados campesinos, activistas, la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua y líderes de la oposición históricos y actuales; manifestantes mujeres e incluso niños se han vuelto víctimas de los escuadrones de matones de Daniel Ortega. El régimen se está convirtiendo a toda velocidad en una dictadura, una situación que las comunidades latinoamericana e internacional deberían detener a toda costa. Nadie quiere otra Venezuela en la región.

Aunque al principio la respuesta de las organizaciones regionales e internacionales a la represión en Nicaragua fue lenta, recientemente ha comenzado a adoptar un papel más activo. La semana pasada, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, emitió una declaración en la que condenaba la violencia y la Organización de Estados Americanos (OEA) también aprobó una resolución condenatoria y exhortó a que se celebren elecciones presidencias “libres, justas y oportunas”. Un grupo ad hoc de naciones de América Latina, incluyendo Argentina, Brasil y México, ha denunciado la matanza en Managua y en la icónica ciudad de Masaya, que albergó la resistencia más heroica contra Somoza en la década de los setenta.

Un grupo de países está trabajando tras bambalinas con la Iglesia y la comunidad empresarial —así como con Estados Unidos— para negociar un acuerdo que exige tres elementos cruciales. Primero, el fin de la represión y del uso de escuadrones paramilitares o de matones que golpean o asesinan a los estudiantes. Segundo, la renuncia de Rosario Murillo —la esposa de Ortega, vicepresidenta y el poder tras el trono— y su promesa de que no contendrá a la presidencia en las próximas elecciones. Tercero, convocar elecciones con observadores internacionales a principios del próximo año y la renuncia previa del presidente. Este esfuerzo de intermediación y el acuerdo consiguiente pueden o no tener éxito, pero al menos se está haciendo algo para poner fin al baño de sangre.

A diferencia de la situación en Venezuela —un país que, además de la represión y las violaciones a otros derechos humanos, ha enfrentado una crisis humanitaria, económica y migratoria durante varios años—, la encrucijada nicaragüense podría resolverse a través de la cooperación regional e internacional. Nicaragua carece de lo que Venezuela tiene: petróleo y respaldo ruso y chino. Sin embargo, hay dos obstáculos importantes en el camino.

El presidente de Nicaragua Daniel Ortega, acompañado de su esposa y vicepresidenta Rosario Murillo, celebra el 39 aniversario de la revolución sandinista el 19 de julio de 2018 Credit Jorge Torres/EPA, vía Shutterstock

El primero es el apoyo continuo de buena parte de la izquierda latinoamericana al régimen de Ortega. Apenas la semana pasada en La Habana, los más de 430 participantes del Foro de São Paulo —el encuentro anual de partidos políticos de izquierda y otras organizaciones de América Latina y el Caribe iniciada en 1990— manifestaron su solidaridad con Ortega y condenaron a “los grupos terroristas de la derecha golpista” que intentan derrocarlo con, por supuesto, el apoyo del imperialismo de Estados Unidos. Además del presidente cubano, los mandatarios de Venezuela, Bolivia y El Salvador asistieron a la reunión, con la presencia de una expresidenta brasileña y representantes de organizaciones influyentes de centroizquierda afines a Ortega, provenientes de Colombia y Ecuador.

La izquierda latinoamericana ya no es lo que era hace solo cinco años, pero continúa siendo poderosa, además de estar bien organizada y conectada. Aunque en la actual camarilla de Ortega queda poco de la vieja mística sandinista, todavía cuenta con el respaldo tradicional internacional y regional. Este apoyo fue determinante para llevarlo al poder en 1979 y puede ser igualmente fundamental para mantenerlo hoy.

El segundo obstáculo es México. Este país desempeñó un papel clave en 1979, ya que encabezó la oposición regional contra Somoza y a la intención del gobierno de Jimmy Carter de mantener un “somocismo sin Somoza”. Por ende, apoyó al régimen sandinista, al igual que la paz negociada en Centroamérica.

En el año 2000, México abandonó su tradicional política exterior de no intervención y enfatizó la defensa colectiva de los derechos humanos y la democracia en la región. Entre 2007 y 2015 se intentó de manera poco entusiasta regresar a la postura del pasado. Con Luis Videgaray, secretario de Relaciones Exteriores, el país ha atribuido una importancia mucho mayor a los valores universales que a la introversión y el aislacionismo tradicionales.

Fue así hasta el 1 de julio de este año. En esa fecha, Andrés Manuel López Obrador fue elegido presidente en una victoria aplastante que dará un giro radical a la política en México, y es posible que ocurra lo mismo con la política exterior. Una coalición amplia compuesta de moderados de centroizquierda, protestantes conservadores, radicales de extrema izquierda y nacionalistas tradicionales le dio la victoria con el 53 por ciento del voto, 32 puntos arriba del contendiente en el segundo lugar, Ricardo Anaya. Una de sus propuestas más repetidas fue la de crear una nueva política exterior para México.

El 5 de julio de 2018, Andrés Manuel López Obrador presentó a Marcelo Ebrard como su elección de secretario de Relaciones Internacionales en una conferencia de prensa en Ciudad de México. Credit Carlos Jasso/Reuters

Entre las directrices que López Obrador ha enfatizado se ve un regreso obcecado a la postura tradicional de México de no involucrarse en la política de otras naciones ni expresar opiniones sobre la situación de los derechos humanos en otros países. Su futuro secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, declaró que la sola discusión de los casos de Nicaragua y Venezuela en la OEA era equivalente a interferir en los asuntos internos de estas naciones. Por lo tanto, el nuevo gobierno, que asume el poder el 1 de diciembre, se abstendrá de llevar adelante dichas iniciativas. López Obrador envió a la presidenta de Morena, su partido, al Foro de São Paulo en La Habana, cuya declaración final firmó. Otro de sus enviados pronunció un contundente discurso de apoyo a los gobiernos latinoamericanos de izquierda, incluyendo al de Nicaragua.

En otras palabras, México, la segunda nación más grande de la región, ya no será parte de la alianza latinoamericana que buscaba, sin tener éxito hasta ahora, una solución a la pesadilla venezolana y la crisis nicaragüense.

En el mejor de los casos, desde la óptica de los derechos humanos y la defensa de la democracia, México mirará hacia el interior de manera reflexiva y sencillamente se distanciará de cualquier desafío regional. En el peor, se alineará con regímenes como el nicaragüense y el venezolano aludiendo al principio de la no intervención pero, en realidad, simpatizando con ellos en lo político y lo ideológico.

Para que el esfuerzo actual por encontrar una solución en Nicaragua tenga éxito, debe dar resultados antes de diciembre, mientras el gobierno de Peña Nieto siga en el poder y se mantenga activo en ese frente.

Aunque López Obrador debería condenar el derramamiento de sangre en Nicaragua y apoyar los esfuerzos del presidente Enrique Peña Nieto y de la OEA para dar con una solución y defender los derechos humanos en la región, es poco probable que lo haga. Después del 1 de diciembre, no cuenten con México.

El tiempo del “Peje”. De Luis Mario Rodríguez

El primer presidente de izquierda dijo que tiene la ambición de pasar a la historia como un “buen presidente”. Ese legítimo deseo se cumplirá si rechaza el populismo, si acepta el republicanismo respetando la separación de poderes, y si mantiene el entendimiento de los ciudadanos como el eje central de su gobierno.

5 julio 2018 / El Diario de Hoy

La victoria de Andrés Manuel López Obrador, el “Peje”, como se le conoce popularmente, desvaneció cualquier denuncia de fraude. La diferencia frente al segundo y tercer lugares fue holgada y no dio lugar a discusiones acerca de cambios en las tendencias ni en el conteo rápido publicado por el Instituto Nacional Electoral (INE) la noche del día de la elección, ni en los datos que arrojó el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP).

México encara dos grandes retos. Uno se sobrepuso el 1 de julio y tuvo relación con la organización de la elección. El otro se afrontará durante el próximo sexenio. Respecto del primero, los organismos electorales reconocieron que la dimensión de los comicios era descomunal. Estaban habilitados para votar 89 millones de personas, se instalaron casi 157 mil casillas (el equivalente de las JRV en El Salvador), nombraron a un millón 400 mil miembros en esas casillas para que contribuyeran a que los ciudadanos ejercieran su derecho al sufragio y para contar los votos; y los cargos a elegir, incluyendo los miembros de los concejos de las 16 alcaldías de la Ciudad de México, sumaban más de 18,000 a nivel nacional.

Los cambios generacionales en el padrón representaron la novedad. Lorenzo Córdova, presidente del INE, informó que el 40 % de los electores son menores de 34 años (35.3 millones); 25.6 millones tienen entre 18 y 29 años (el 29 % del padrón); 12.8 millones entre 18 y 23 años estaban habilitados para elegir por primera vez un presidente; y 6 millones se estrenaron como votantes en una elección.

Por otra parte, el proceso se calificó como el más vigilado de la historia de México. Se registraron 29,579 observadores nacionales y 907 extranjeros de 60 países. Los representantes de partidos y candidatos que cuidarían la elección totalizaron 6 millones 400 mil. La tecnología agilizó la transmisión de las actas y el procesamiento de los resultados. Asimismo participaron universidades de comprobado prestigio en la auditoría del PREP y una comisión de expertos, estadísticos y actuarios mexicanos, revisaron los números del conteo rápido hasta concluir que la solidez de los cálculos era tal que el presidente del INE los podía comunicar a la nación.

De hecho, a las 11:00 p.m., tal como lo anticipó el titular del INE, el conteo rápido confirmó que los números favorecían al candidato de MORENA. López Obrador habría obtenido entre el 53 % y el 53.8 % de los votos. El segundo desafío inició una vez confirmada la ventaja del tabasqueño. El virtual presidente tendrá que cumplir lo prometido. En su primera intervención dijo a los mexicanos que buscará la reconciliación, se comprometió a respetar las libertades, garantizó la autonomía del Banco de México, señaló que mantendrá la disciplina financiera y fiscal, que no habrá confiscación de bienes, que desechará todo tipo de comportamiento arbitrario y, principalmente, que combatirá la corrupción.

En el Zócalo, minutos después de su primer discurso y contraviniendo algunas de sus declaraciones anteriores, en especial las vinculadas a la disciplina fiscal, el nuevo mandatario ratificó sus propuestas asistencialistas. Leo Zuckermann, un reconocido analista mexicano, resumió en una columna de opinión, días antes de la elección, la millonaria inversión que involucraban las promesas para atraer el respaldo de los jóvenes. Los ninis se beneficiarían con becas de dos mil 400 pesos. A los que no lograron ingresar a las universidades públicas, unos 300 mil jóvenes, les ofreció un “proyecto educativo emergente”. A los que sí estudian, aproximadamente dos millones 300 mil, se les inscribiría en un “programa de empleo como aprendices en empresas pequeñas, medianas o grandes, tanto del sector público como del privado”. El Estado les entregará un subsidio equivalente a 1.5 salarios mínimos (unos cuatro mil pesos por mes). Luego habrá una beca mensual para los estudiantes de nivel medio superior, equivalente a medio salario mínimo (mil 343 pesos).

El primer presidente de izquierda dijo que tiene la ambición de pasar a la historia como un “buen presidente”. Ese legítimo deseo se cumplirá si rechaza el populismo, si acepta el republicanismo respetando la separación de poderes, y si mantiene el entendimiento de los ciudadanos como el eje central de su gobierno.

Carta a AMLO: A vigilarte. De Denise Dresser

No temo que México se vuelva Venezuela. Temo que México siga siendo el mismo México. Un país clientelar alimentado por un Estado dadivoso que crea recipientes en vez de participantes. Un país que mantiene el capitalismo de cuates, solo que con otros cuates, los tuyos.

Denise Dresser, académica y analista mexicana

2 julio 2018 / REFORMA

Señor Presidente:
Te escribo estas líneas, sentada en mi escritorio, con el pulgar manchado de tinta indeleble, con sentimientos encontrados. Esperanza y zozobra. Alegría y temor. Gozo por lo que decidimos dejar atrás e inquietud ante lo que vendrá. Sé por qué ganaste; sé por qué el voto se volcó en tu favor. Como nadie recorriste el país y entendiste su enojo. Como nadie capturaste el sentir de los indignados, los enfurecidos, los enojados. Años de democracia diluida, transición trastocada, igualdad creciente, pobreza lacerante. Años de sacar al PRI de Los Pinos para verlo regresar, más corrupto, más rapaz, más desalmado. Años de instituciones puestas al servicio del poder y no del ciudadano. Y tú, el insurgente, ofreciste lo que tantos querían oír. La refundación. La transformación. El rompimiento con el viejo régimen. Invitaste al país a hacer historia contigo. Y la mayoría te acompañó; algunos con entusiasmo, otros con ambivalencia, muchos para darle un puntapié al priismo.

Había que castigar al PRI por su patrimonialismo y al PAN por mimetizarlo. Había que sacudir al sistema y darle un puñetazo al statu quo. Era imperativo retomar el camino de una transición que se truncó por una partidocracia rapaz, unas autoridades electorales que fueron perdiendo credibilidad e imparcialidad, un sistema de justicia para la protección de los privilegiados, un pacto de impunidad que permitió la supervivencia política de la podredumbre. Fuimos saboteando la consolidación democrática, sexenio tras sexenio. Permitimos que el “neoliberalismo a la mexicana” concentrara la riqueza y perpetuara la pobreza. Ignoramos la violencia que fue convirtiendo pedazos del país en tierra de nadie, disputados por los cárteles, sembradíos de cadáveres y de fosas. Contemplamos cómo la guerra contra las drogas se convirtió en una guerra contra los mexicanos, liderada por Fuerzas Armadas que no saben estar en las calles, llenándolas de “daños colaterales”. 240,000 muertos, 34,000 desaparecidos; las cifras de la barbarie. Las cifras del México roto.

Y tú fuiste de plaza en plaza, de pueblo en pueblo, dándole voz al horror. Atizando los agravios y reconociéndolos. Triunfaste porque tu diagnóstico es el correcto. México ha sido expoliado por sus élites y exprimido por sus intereses enquistados y victimizado por su vetocracia sindical y empresarial. El péndulo de la historia se corrió de la acumulación a la redistribución; de la derecha a la izquierda como lo explicara Albert Hirschman. Todo eso lo entiendo, lo reconozco. Pero aun así, no soy de las jubilosas que quiere abrazarte, izarte en hombros. Porque no sé cómo gobernarás, a quiénes escucharás, a cuáles miembros de la “mafia en el poder” perdonarás, qué modelo económico instrumentarás, qué sistema de justicia edificarás, si serás el líder aplaudible de una izquierda progresista o el líder cuestionable de un lopezobradorismo conservador. Ante nosotros se vislumbra una Terra Incognita.

No temo que México se vuelva Venezuela. Temo que México siga siendo el mismo México. Un país clientelar alimentado por un Estado dadivoso que crea recipientes en vez de participantes. Un país que mantiene el capitalismo de cuates, solo que con otros cuates, los tuyos. Un sistema de partido hegemónico renovado con pocos contrapesos. Un andamiaje institucional corroído cuyas falencias sean suplidas por el presidencialismo resucitado. Me anima tu incorruptibilidad personal, el perfil de ciertas personas que te rodean, el espíritu de renovación que te acompaña. Me preocupa que ataques a la prensa, desdeñes al Congreso, denuestes a la Suprema Corte, descalifiques a la sociedad civil, dividas a la población entre los “buenos” que te apoyan incondicionalmente y los “malos” que lo son sólo por cuestionarte. Y es cierto que muchas de las organizaciones y las instituciones que señalas son indefendibles. Pero habrá que remodelarlas, no saltar por encima de ellas.

Hoy, el día después, estaré haciendo la tarea que me toca: vigilarte, exigirte, recordarte el imperativo de reconciliarnos. De gobernar en nombre de todos y no solo de quienes votaron por ti. De reconocer el pluralismo y promover la tolerancia. De combatir privilegios y corrupción pero también en tu propio partido. Y decirte: México no es el país de AMLO o Morena o sus gobernadores o sus diputados. Es el país de uno. El país nuestro. En 2018 y siempre.

El cáncer populista llega a México. De Cristina López

Como lo describió el periodista mexicano Enrique Acevedo en una columna en el Washington Post, el electorado se siente traicionado de que las elites políticas de siempre hayan demostrado incapacidad o desinterés en hacer algo por los 50 millones de mexicanos que viven bajo la línea de pobreza.

1 julio 2018 / El Diario de Hoy

Se le hizo a AMLO. En este caso, todo indica que para Andrés Manuel López Obrador, el candidato mexicano que promueve el nacionalismo populista, la tercera será la vencida. Se ha lanzado a la presidencia tres veces, y ha perdido las primeras dos. Sin embargo, todas las encuestas apuntan a que resultará victorioso en las elecciones de este domingo. Cualquiera pensaría, equivocadamente, que por haber sido candidato tantas veces, los mexicanos tienen más que clarísimo el plan de gobierno de AMLO. La realidad de las cosas, sin embargo, es que nadie sabe exactamente qué esperar de la plataforma política de AMLO porque como lo describieron dos analistas políticos en la revista Global Americans, sus propuestas “son una colección de nociones con pocos detalles y abundancia de contradicciones”.

Entre estas contradicciones se incluye la de buscar la autosuficiencia energética, cuando el país acaba de abrir la industria petrolera a la inversión extranjera. También quiere la autosuficiencia agrícola, cosa que sería perfecta si no implicara el encarecimiento de producir dentro de México muchos productos que simplemente sale más barato importar. Ha cuestionado el valor de tener una corte suprema de justicia, una postura que hace que la comparación de AMLO con Hugo Chávez no suene tan descabellada.

Su nacionalismo suena muchísimo como el de Donald Trump: sentimentalismo xenofóbico con implicaciones de políticas públicas que afectarían las relaciones diplomáticas de México con su mayor socio comercial, Estados Unidos. También como Trump, AMLO basa muchas de sus promesas en su narcisismo mesiánico: solo él es la solución y el remedio a los fallos que han debilitado tanto las instituciones y el estado de derecho en México. Como con Trump, existe un importante segmento de la población a quienes les es indiferente que la plataforma de AMLO sea vaga, poco concreta, o imposible de implementar, pues su culto a la personalidad ha sido la gasolina de su candidatura.

¿Qué cambió entonces AMLO para que después de haber sido rechazado dos veces el electorado ahora quiera darle una oportunidad? Nada. El cambio se dio en el electorado, que no solo es más joven, también está más harto que nunca. Hartazgo de la clase política y de los partidos tradicionales que han buscado resultados diferentes haciendo la misma cosa. Hartazgo de que no hay quien rinda cuentas del nivel de corrupción y delincuencia que continúan en aumento, y que incluyen un estado que a pesar de haber jugado un rol en la muerte de 43 estudiantes desaparecidos y asesinados en Ayotzinapa, goza de total impunidad.

Como lo describió el periodista mexicano Enrique Acevedo en una columna en el Washington Post, el electorado se siente traicionado de que las elites políticas de siempre hayan demostrado incapacidad o desinterés en hacer algo por los 50 millones de mexicanos que viven bajo la línea de pobreza. Y no es que la población esté prestando oídos sordos a las advertencias de analistas y comentaristas políticos que ven en una potencial administración de AMLO el equivalente a tirar a México a un abismo, simplemente la población considera que México ya está en ese abismo, como producto de décadas de administraciones corruptas, y que hay poco que perder en tratar lo desconocido.

@crislopezg