Venezuela: El reto es combinar realismo, audacia y unidad. De Paolo Luers

paolo3Paolo Luers, 22 octubre 2017 / EDH-OBSERVADORES

La oposición venezolana perdió las elecciones de gobernadores (en 17 de los 23 estados) por dos razones: por un descarado fraude efectuado por la autoridad electoral controlada por el partido chavista; y por la abstención de una parte de la oposición, que ya no cree en elecciones y anticipaba el fraude.

Elecciones en dictaduras -y nadie duda a esta altura que el régimen de Maduro a esta altura es una dictadura- sólo se pueden ganar obteniendo una mayoría tan grande que los mejores mecanismos del fraude no alcanzan. Así ganó en 1988 el NO opositor el plebiscito sobre la permanencia en el poder de Pinochet. Así salió Uruguay de la dictadura, con plebiscitos y elecciones con participación opositora tan fuerte la cual el régimen no podía compensar con fraudes. Y así logró la oposición venezolana en 2015 elegir una Asamblea Nacional con mayoría opositora de dos tercios.

observadorEn 2015 la oposición venezolana estaba más unida que nunca. Pero luego, al ver que ni las masivas protestas ciudadanas en las calles podían defender la Asamblea Nacional electa contra los golpes de Estado del gobierno y su Corte Suprema, que le restaban todas sus facultades constitucionales, en el movimiento opositor se generó una controversia: participar o no en las elecciones de gobernadores. La mayoría de los liderazgos y partidos de la Mesa de la Unidad Democrática llegaron a la conclusión de que luego de exigir durante meses que el régimen convocara estas elecciones, no podían darles la espalda cuando al fin fueron convocadas. Pero otra parte del liderazgo llamó abiertamente al abstencionismo, con varios argumentos: primero que Maduro iba a orquestar fraude; segundo, que ir a elecciones iba a “enfriar la calle”, o sea las masivas protestas exigiendo “la salida” de Maduro y del chavismo. Irónicamente, estas movilizaciones, luego de meses en las calles y luego de más de 100 muertos y centenares de detenidos, ya se habían “enfriado” de todos modos.

La MUD organizó sus primarias, postuló candidatos, e hizo campaña. Pero incluso entre los que habían tomado la decisión correcta de que un movimiento democrático tiene que usar siempre las elecciones para enfrentarse a la dictadura, hubo muchos que estaban en esta campaña con la cabeza, pero no con el corazón. El resultado: La oposición no logró movilizar a todas sus bases, a toda esta mayoría absoluta de venezolanos hartos de la corrupción, de la escasez, y de la represión. Aun así la oposición alcanzó mayorías en 16 estados, según las encuestas de boca de urna y cálculos de expertos, pero no mayorías tan aplastantes que vuelvan inútiles los mecanismos de fraude. Sólo en 5 estados el gobierno se vio obligado a reconocer el triunfo de candidatos opositores.

La oposición venezolana tendrá que resolver este serio problema interno, que obviamente corresponde a un problema de ánimo de la gente que está cansada de la represión, de las marchas, de la crisis de abastecimiento… y de elecciones. Porque al final van a tener que salir de la dictadura y de la crisis con elecciones. Sólo muy pocas figuras dentro de la oposición -los más derechistas- apuestan a una salida que no sea electora: una insurrección, una intervención externa, o un golpe de Estado. Estas tres “salidas” no son realistas, y tampoco son deseables ni aceptables, no sólo por el alto costo de vidas y sufrimiento que significarían, sino también porque solamente una salida política, pacífica y electoralmente legitimada generará las condiciones para la reconstrucción de la economía, del sistema democrático y del dañado tejido social del país.

La oposición -y la sociedad en general- necesitan iniciar de inmediato un debate franco y realista sobre cómo recomponer la unidad frente a la dictadura, y como alcanzar una salida política al la crisis. Las condiciones están dadas: El régimen no tiene mayoría popular ni posibilidades de recuperarla; la comunidad internacional está unida en exigir una transición democrática y comienza a aplicar sanciones al gobierno de Maduro que profundizarán su declive. Lo único que falta es una estrategia compartida por toda la oposición política y social, que sea a la vez audaz y realista – y la capacidad de comunicarla a los venezolanos y la comunidad internacional.

El reto es combinar realismo, audacia y unidad. Así como cuando todos unidos ganaron las elecciones en 2015. Y como cuando todos juntos salieron a la calle en 2016 y pusieron a temblar al régimen.

 

 

 

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Una controversia entre periodistas: ¿Es España ‘Francoland’?

La controversia sobre Cataluña también arrastra a los periodistas y columnistas. Documentamos un pleito provocado por una nota de Jon Lee Anderson en The New Yorker, con diferentes escritores españoles entrando en el ring. Detrás del debate la pregunta: ¿Muestra la respuesta de Madrid al intento de scessión de Cataluña que el franquismo está vivo en España?

Segunda Vuelta

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The Increasingly Tense Standoff Over Catalonia’s Independence Referendum. De Jon Lee Anderson

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Two women, draped in Catalan pro-independence flags, leave a demonstration in Vic, Spain, on Monday, a day after violence marred Catalonia’s referendum vote on independence from Spain. Photograph by David Ramos / Getty

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JON LEE ANDERSON

Jon Lee Anderson, 4 octubre 2017 / THE NEW YORKER

Voting rights have been under siege in the U.S. in recent years, with charges of attempted electoral interference, legislation that seeks to make access to the polls more difficult, and gerrymandering, in a case that reached the Supreme Court this week. But no citizens here or in any democracy expect that they may be attacked by the police if they try to vote. Yet that is what happened on Sunday in the Spanish region of Catalonia, where thousands of members of the Guardia Civil paramilitary force, and riot police, were deployed by the central government in Madrid to prevent the Catalans from Screen Shot 2017-10-21 at 5.10.42 PMholding an “illegal” referendum on independence from Spain. Masked and helmeted police used pepper spray and knocked people to the ground, kicking and beating some, and dragging others by their hair. Social-media sites quickly filled with images of bloodied and battered voters. Whatever the avowed legality of the action, it was not only a shocking display of official violence employed against mostly peaceful and unarmed civilians but an extraordinary expression of cognitive dissonance: Since when did European governments prevent their citizens from voting?

In a way, Sunday’s events were a chronicle of a disaster foretold. Secessionist sentiments have been building for some time in Catalonia, an ancient principality, then part of the Crown of Aragon, that was annexed by the Bourbon kings in the War of Spanish Succession, and which has since held on-and-off-again autonomy. Under General Francisco Franco, who ran Spain as a Fascist dictatorship from 1939 until 1975, Catalonia’s autonomy was suppressed, and the Catalan language was outlawed. (The region was also the site of one of the last stands of the Republic in Spain’s brutal civil war, and Catalans paid a heavy price for their resistance: thousands were imprisoned and executed after Franco’s forces defeated the Republicans.)

During the country’s transition to democracy, in the late seventies and early eighties, Catalonia was once again granted autonomous status, along with other Spanish regions, but in the past few years the idea of independent nationhood has captivated a large number of its people. The nationalist mood has been exacerbated by dissatisfaction with Catalonia’s share of the national budget: a region with a population of seven and a half million people, and Barcelona as its capital, Catalonia is Spain’s economic powerhouse, producing about a fifth of the country’s G.D.P. and paying a significant amount of tax. The decision, in 2010, by Spain’s constitutional court to deprive Catalonia of its previously granted designation as a “nation” within the constitutional monarchy was, for many Catalans, the turning point. The Spanish Prime Minister, Mariano Rajoy, a veteran of the Partido Popular, a party founded by Franco’s political disciples, who was elected in 2011, has repeatedly called the independence campaign “illegal,” “unconstitutional,” and even an attempted “coup d’état.” His primary Catalan nemesis is Carles Puigdemont, a former journalist who became the regional President last year and has long been an adherent of independence; he recently said that there is “nothing” that the Spanish state can do to deter him from the campaign—including putting him in prison.

In a previous, nonbinding referendum on independence, held in 2014, 2.3 million Catalans voted, and an estimated ninety-two per cent supported the idea. But with only a minority of the population participating, the result was inconclusive. Undeterred, the Catalan parliament approved a plan for secession, by a narrow majority, the following year. Spain’s constitutional court ruled against it, but Catalonia’s government, now committed to independence, declared its determination to proceed.

And proceed it did, on Sunday. Voters were asked a single question: “Do you want Catalonia to become an independent state in the form of a republic?” According to Catalan authorities, in spite of the police intervention, the confiscation of ballot boxes, and the closure of some polling centers beforehand, more than two million Catalans voted, and an estimated ninety per cent—but just forty-two per cent of the electorate—answered yes.

On Sunday night, Rajoy spoke on national television and, in an address of vintage Iberian obtuseness, lauded the events of the day. He celebrated the fact that Spain’s “rule of law” had prevailed, and thanked the security forces for their actions. He described the referendum as having represented a “serious attack” on Spain’s democracy that had to be stopped. The phrase he actually used was “one could not look away.” Rajoy did not mention the people who had been injured—there were nearly nine hundred, including two who were seriously hurt, a man who lost an eye to a rubber bullet, and a number of women who accused policemen of having sexually molested them. (About a dozen police officers were injured.)

While there was a generally shocked public reaction to the violence, many non-Catalan Spaniards have either defended the police action as legal, following Rajoy’s justifications, or else lamented the police “clumsiness,” but blamed the Catalans for bringing the situation about in the first place. Amnesty International, meanwhile, has lambasted Rajoy’s government for having used “excessive and disproportionate” force. There has been an unusually muted response from the other countries in the European Union, where authorities are worried, in the age of Brexit, about any further fragmentation taking place, and have warned Catalonia’s leaders that, if they chose to secede from Spain, they would not be accepted into the E.U. Employing consummate diplomatese, the President of the E.U., Donald Tusk, said that he had spoken with Rajoy and that, while he “shared his constitutional arguments, I appealed to him to find ways to avoid escalations and use of force.”

Clearly interpreting Rajoy’s heavy-handedness as a boon to the independence movement, Puigdemont said, “On this day of hope and suffering, Catalonia’s citizens have earned the right to an independent state in the form of a republic.” On Tuesday, the trade unions called a general strike across Catalonia, which was joined by university students and the world-renowned Barcelona football club. In an op-ed published in the Guardian, the political scientist Víctor Lapuente Giné wrote that “Rajoy’s move could not have been more counterproductive. The political-bureaucratic elite that controls the ruling conservative Partido Popular . . . has failed to understand that a modern state depends not on the monopoly of violence, but on the monopoly of legitimacy.” Giné added a gloomy prediction: “It’s unlikely that Catalan separatism will propel similar secessionist challenges. No other separatist movement, apart from that of Scotland, has the popular and organisational support. Yet it’s likely that Spain’s internal turmoil will escalate, triggering an international crisis by forcing major diplomatic players to take sides. We are far from the incendiary secessionist tensions of former communist countries, from the Balkans to Ukraine. But we are moving in that direction.” In an interview with me on Wednesday afternoon, Raül Romeva, the Catalan foreign minister, seemed to confirm that outlook. “After many years of peaceful demonstrations and requests from many people to seek a resolution to the Catalan issues,” he said, “we finally went to a referendum to decide things, only to be confronted with violence. Since Sunday, many Catalans feel as if they have been expelled from the Spanish state, which no longer represents the interests of all its citizens.”

On Tuesday night, King Felipe VI made a rare televised address to the nation, in which he criticized the Catalan authorities for having shown what he called an “inadmissible disloyalty to the state” by pushing an agenda that had “fractured the nation” and “divided the Catalan people.” History suddenly seems alive again in Spain, and it is perhaps worth remembering that it was Catalonia’s support for a Habsburg king that brought about its loss of independence, during the War of Succession, in which the Bourbons—Felipe’s forebears—became Spain’s monarchs.

Within hours of the King’s speech, Puigdemont gave an interview in which he said that Catalans had earned the right to their independence and that their government would issue a “uniliteral declaration of independence” within days. But late Wednesday he addressed the Catalans in a speech that felt more conciliatory than confrontational, calling for “negotiation” and “dialogue,” exactly what has been lacking in the dispute so far.- – – –

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En Francoland. De Antonio Muñoz Molina

 

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 Un fotograma de ‘Estiu 1993’, filme catalán que representará a España en los Oscar.

Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina, escritor español, miembro de la Real Académica

Antonio Muñoz Molina, 13 octubre 2017 / EL PAIS/Babelia

Me pasó la última noche de septiembre en Heidelberg, pero me ha pasado igual con cierta frecuencia en otras ciudades de Europa y de América, incluso aquí, dentro de España, en conversaciones con periodistas extranjeros. Muchas veces, en épocas diversas, con una monotonía en la que solo cambia el idioma y el motivo inmediato, me ha tocado explicar con paciencia, con la máxima claridad que me era posible, con voluntad pedagógica, que mi país es una democracia, sin duda llena de imperfecciones, pero no muchas más ni más graves que las de otros países semejantes. Me he esforzado en dar fechas, mencionar leyes, cambios, establecer comparaciones que puedan ser útiles. En Nueva York he debido recordarle a personas llenas de ideales democráticos y condescendencia que mi país, a diferencia del suyo, no admite la pena de muerte, ni la cadena perpetua, ni el envío a prisión de por vida de menores de edad, ni la tortura en cárceles clandestinas.

el paisFuera de España uno a veces tiene que dar explicaciones de historia, y hasta de geografía. Hasta no hace mucho tiempo, un ciudadano español tenía que explicar, aun sabiendo que había grandes posibilidades de que no se le hiciera ningún caso, que el País Vasco no se parece al Kurdistán, ni a Palestina, ni a las selvas de Nicaragua en las que los sandinistas resistían al dictador Somoza. Uno explicaba que el País Vasco es uno de los territorios más desarrollados y con más alto nivel de vida de Europa; y además que dispone de un grado de autogobierno y hasta soberanía fiscal muy superior a la de cualquier Estado o región federada del mundo. Lo más que se conseguía era una sonrisa cortés, aunque también incrédula.

Una parte grande de la opinión cultivada, en Europa y América, y más aún de las élites universitarias y periodísticas, prefiere mantener una visión sombría de España, un apego perezoso a los peores estereotipos, en especial el de la herencia de la dictadura, o el de la propensión taurina a la guerra civil y al derramamiento de sangre. El estereotipo es tan seductor que lo sostienen sin ningún reparo personas que están convencidas de sentir un gran amor por nuestro país. Nos quieren toreros, milicianos heroicos, inquisidores, víctimas. Nos aman tanto que no les gusta que pongamos en duda la ceguera voluntaria en la que sostienen su amor. Aman tanto la idea de una España rebelde en lucha contra el fascismo que no están dispuestos a aceptar que el fascismo terminó hace muchos años. Les gusta tanto el pintoresquismo de nuestro atraso que se ofenden si les explicamos todo lo que hemos cambiado en los últimos 40 años: que no vamos a misa, que las mujeres tienen una presencia activa en todos los ámbitos sociales, que el matrimonio homosexual fue aceptado con una rapidez y una naturalidad asombrosas, que hemos integrado, sin erupciones xenófobas y en muy pocos años, a varios millones de emigrantes.

“La democracia española no ha sido capaz
de disipar los estereotipos de siglos”

La otra noche, en Heidelberg, la víspera del ya célebre 1 de octubre, en medio de una cena muy grata con profesores y traductores, tuve que repetir mi explicación, con una vehemencia que me hizo sobreponerme al desánimo. Una profesora alemana me dijo que, según le acababa de contar alguien de Cataluña, España era todavía “Francoland”. Le pregunté, tan educadamente como pude, qué sentiría ella si alguien decía en su presencia que Alemania es todavía Hitlerland. Se ofendió enseguida. Tan calmadamente, tan pedagógicamente como pude, le aclaré lo que no tiene que aclarar nunca ningún ciudadano de ningún otro país avanzado de Europa: que España es una democracia, tan digna y tan imperfecta como Alemania, por ejemplo, y tan ajena como ella al totalitarismo; incluso más, si atendemos a los últimos resultados electorales de la extrema derecha. Si, según su informante catalana, seguíamos en la tierra de Franco, ¿cómo era posible que Cataluña dispusiera de un sistema educativo propio, un Parlamento, una fuerza de policía, una radio y una televisión públicas, un instituto internacional para la difusión de la lengua y la cultura catalanas? El reconocimiento de la singularidad de Cataluña era tan prioritario para la naciente democracia española, le dije, que la Generalitat se restableció incluso antes de que se aprobara la Constitución. Extraño país franquista el nuestro, tan opresor de la lengua y de la cultura catalana, que elige una película hablada en catalán para representar a España en los Oscar.

Quien ha vivido o vive fuera de nuestro país conoce lo precario de nuestra presencia internacional, la asfixia presupuestaria y el mangoneo político que han malogrado tantas veces la relevancia del Instituto Cervantes, la falta de una política exterior ambiciosa a largo plazo, de un acuerdo de Estado que no cambie desastrosamente de un Gobierno a otro. La democracia española no ha sido capaz de disipar los estereotipos de siglos. Los terroristas vascos y sus propagandistas supieron aprovecharse muy bien de ellos durante muchos años, precisamente aquellos en los que éramos más vulnerables, cuando a los pistoleros más sanguinarios se les seguía concediendo en Francia el estatuto de refugiados políticos.

De modo que a los independentistas catalanes no les ha costado un gran esfuerzo, ni un gran despliegue de sofisticación mediática, volver a su favor en la opinión internacional eso que ahora todo el mundo se ha puesto de acuerdo en llamar “el relato”. Lo habían logrado incluso sin la colaboración voluntariosa del Ministerio del Interior, que envió a policías nacionales y guardias civiles a actuar de extras en el espectáculo amargo de nuestro desprestigio. Pocas cosas pueden dar más felicidad a un corresponsal extranjero en España que la oportunidad de confirmar con casi cualquier pretexto nuestro exotismo y nuestra barbarie. Hasta el reputado Jon Lee Anderson, que vive o ha vivido entre nosotros, miente a conciencia, sin ningún escrúpulo, sabiendo que miente, con perfecta deliberación, sabiendo cuál será el efecto de su mentira, cuando escribe en The New Yorker que la Guardia Civil es un cuerpo “paramilitar”.

Como ciudadano español, con todo mi fervor europeísta y viajero, me siento condenado sin remedio a la melancolía, por muy variadas razones. Una de ellas es el descrédito que sufre el sistema democrático en mi país por culpa de la incompetencia, la corrupción y la deslealtad política. Otra es que el mundo europeo y cosmopolita en el que personas como yo nos miramos y al que hemos hecho tanto por parecernos prefiere siempre mirarnos a nosotros por encima del hombro: por muy cuidadosamente que queramos explicarnos, por mucha aplicación que pongamos en aprender idiomas, a fin de que se entiendan bien nuestras explicaciones inútiles.

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Jon Lee Anderson: “Detrás de las agresiones policiales del 1-O estaba la sombra de Franco”. De Alejandro Torrús

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Alejandro Torrús, periodista español

Alejandro Torrús, 19 octubre 2017 / PUBLICO

Atónito e indignado. Así se quedó el periodista Jon Lee Anderson cuando el sábado leyó su nombre en El País. El escritor Antonio Muñoz Molina le acusaba de “mentir a conciencia” y “sin ningún escrúpulo” en el artículo titulado Francoland. Más sorprendido se quedó, incluso, cuando vio que cientos de tuiteros se dirigían a él para insultarle e, incluso, amenazarle. El académico de la RAE cargó las tintas contra el periodista estadounidense por utilizar el término paramilitary para describir a la Guardia Civil en un escrito publicado en la sección ‘Daily comment‘ de The New Yorker en el que criticaba las cargas policiales del 1-O. En opinión de Muñoz Molina, Jon Lee Anderson eligió el término ‘paramilitary’ “con perfecta deliberación”, “sabiendo el efecto de su mentira” para desprestigiar a la democracia española.

El periodista estadounidense, que ha vivido largas temporadas en España, no daba crédito a lo que leía. Él había utilizado el término en la acepción recogida por la Enciclopedia Británica.  Exactamente igual que El País lo había hecho en otras ocasiones en su versión en inglés. “En inglés, ‘paramilitary’ significa un colectivo Screen Shot 2017-10-21 at 5.25.52 PMorganizado de manera militar. Nada más. Y la Guardia Civil tiene estructura militar y hasta rangos militares. Punto. Jamás pensé cuando escribí ese comentario que me iban a criticar por utilizar esa palabra”, explica el periodista a Público en conversación telefónica. La palabra, en español, tal y como la recogió Muñoz Molina en su artículo, está marcada por el paramilitarismo en Colombia, que hace referencia a la acción de grupos armados ilegales principalmente de extrema derecha.

“Me parece muy indignante que Antonio Muñoz presuma maldad por mi parte. Lo único que hice fue criticar la actuación policial durante el referéndum catalán del 1-O”, prosigue Anderson, que no oculta su estupefacción y su sorpresa al ver que el escritor no se ha disculpado con él. “He intentado que me ofreciera una disculpa a través de amigos en común en El País y no he tenido ninguna respuesta. He hecho varias intentonas tanto en público como en privado y no lo ha hecho. No sé. Es obvio que Antonio Muñoz Molina tiene un problema conmigo”, explica el periodista que publicó La caída de Bagdad en el año 2004.

“He intentado que me ofreciera una disculpa a través
de amigos en común en El País y no he tenido
ninguna respuesta”: Jon Lee Anderson

Por todo ello ahora es Jon Lee Anderson el que carga contra el académico de la RAE en los mismos términos con los que Muñoz Molina cargó contra el periodista de The New Yorker. “La parte que trata de mí en su texto está muy elaborada. Está escrita con mucho cuidado. Deliberadamente. Pensó cómo expresarse cuando me acusó de ser un mentiroso. Pero él vive o pasa largas temporadas en Nueva York. Será bilingüe. Debe de saber la diferencia entre ‘paramilitary’, en inglés, y paramilitar, en español. Por ello, le diría lo mismo que él escribe sobre mi persona: es obvio que él miente y que lo hace deliberadamente. Yo utilicé el término en inglés y él inventa un problema donde no lo hay”, continúa el periodista.

El estadounidense considera, de hecho, que la intención del español al acusarle de “mentir” era “distraer”. “Él y sus troles han estado golpeando ese tambor. Durante días se hablaba de una cuestión semántica y no de los golpes que se dieron el 1-O”, dice. Pero el problema, prosigue Jon Lee, no es cómo ha descrito él a la Guardia Civil. Es mucho más grave. “El problema es la reacción sectaria de una parte de la ciudadanía española. Un dato. Todas las personas que me atacaron, siguiendo los pasos de Muñoz Molina, eran españoles. Y todos los que me defendieron eran catalanes. Eso demuestra que hay un problema mucho mayor”, analiza Anderson, que concreta que el problema es que parte de la ciudadanía española reaccione ante las críticas al Estado por la gestión del conflicto catalán con “ataques viscerales, improperio, insultos y agresiones”. “Es muy obvio fuera de España”, insiste el periodista.

“Le diría a Muñoz Molina lo mismo que él escribe sobre
mi persona: es obvio que él miente y que lo
hace deliberadamente”: Jon Lee Anderson

Los insultos y agresiones verbales revelan otros dos problemas aún mayores, en opinión del reputado periodista. Por un lado, la “inseguridad de los españoles sobre lo que son y sobre su propia unidad” y, por otro, la falta de cultura de debate para construir una nueva relación entre Catalunya y España. “Es muy burdo e indignante que nos llamen independentistas a los que criticamos que se golpeara a los votantes el 1-O. Quieren silenciar a todo aquel que les critica sin querer escuchar las críticas. España mandó 10.000 policías a Catalunya y dieron palos a los votantes y todo el mundo lo vio. La única explicación es que la policía abusó de su poder. Punto. No hay más”, explica el reportero, que señala que el Estado está intentando “imponer su visión por la fuerza como la derecha siempre ha hecho en España”. “No hay una cultura de debate. Ahí es donde quiero llegar. En España hay puro monólogo. No hay diálogo de ideas. Es una de las flaquezas de la democracia española”, incide el autor de obras como Guevara: una vida revolucionaria. 

“Quieren silenciar a todo aquel que les critica
sin querer escuchar las críticas”

El reportero no comparte, además, la visión del escritor español de que España sufre el estigma de su pasado franquista en el extranjero. Anderson lo considera una versión actualizada del típico “¡Pobre de mí!” y explica que el país ha gozado “de buen ‘feeling’ en toda la comunidad internacional desde la Transición, pero que es indudable que hay pasos que se tenían que haber dado desde el año 1978 que no se han dado. Es más, considera que la democracia española tiene aún muchas carencias.

“España podría haberse sacudido de algunos de los problemas que tenía en los 70, pero no lo ha hecho. Han pretendido imponer el silencio sobre muchos temas y tener vacas sagradas. Como el rey”, dice el periodista estadounidense que abre un paréntesis para decir que si en España no se hubiese protegido tanto al monarca su imagen no se hubiese visto tan dañada cuando se descubrió su safari africano.

“Cuando Muñoz Molina se lamenta de que los forasteros miran España como Francoland es porque hay razones. ¿Por qué no han desenterrado a los miles de muertos? ¿Por qué Lorca sigue sin aparecer? Es un bochorno nacional. Ahí se ve la sombra de Franco. En los golpes a manifestantes estaba la sombra de Franco. El problema de no dialogar en Catalunya demuestra la sombra de Franco. Nunca se acabó con esa sombra porque no hubo una reconciliación nacional. Las víctimas tuvieron que irse o quedarse calladas y cuando llegó la democracia se les dijo que tenían que actuar como si todo estuviera perfecto y resuelto, pero sus familiares seguían en cunetas”, sentencia Jon Lee Anderson.

 

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Aferrados a los tópicos. De Maite Rico

La crisis catalana deja en evidencia, una vez más, el papel de los periodistas.

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 Mujeres con traje andaluz en Fuengirola el pasado 12 de octubre. Foto: JON NAZCA REUTERS

Maite Rico

Maite Rico, periodista de El País

Maite Rico, 21 octubre 2017 / EL PAIS

Cabe suponer que el calificativo más chocante que jamás habrá recibido Antonio Muñoz Molina es el de troll, es decir, acosador o matón cibernético. Cuesta imaginar a este académico prudente y reflexivo, dos veces premio Nacional de Narrativa y premio Príncipe de Asturias, transformado en depredador en las redes sociales. Pues eso ha dicho Jon Lee Anderson, un periodista estadounidense. Que el escritor es un troll. “Tan troll como Trump”, además. ¿Por qué? Porque Muñoz Molina criticó en las páginas de EL PAÍS un artículo suyo sobre Cataluña, publicado en The New Yorker, y le acusó de mentir “sin ningún escrúpulo” al escribir que la Guardia Civil es un cuerpo paramilitar, con la connotación siniestra que el término tiene.

el paisEl uso de esa palabra ha dado pie a la controversia, en efecto. Pero donde no cabe controversia alguna es en los errores de bulto que pueblan el texto de Anderson, tales como que Cataluña fue anexionada al reino de Castilla en 1714 o que Cataluña fue el último bastión de la República en la Guerra Civil. Errores que habría evitado tan solo con teclear “Catalonia” en Google. A tenor de las descalificaciones de Anderson a quienes han criticado su artículo en las redes sociales (“Si te vas a desmayar tómate unas sales”, le espeta a un interlocutor), no se le ve muy predispuesto a las rectificaciones. Es más: pretende que Muñoz Molina le pida disculpas a él.

La crisis catalana ha puesto en evidencia muchas cosas, entre ellas, una vez más, el papel de los periodistas. Es sabido que somos un gremio previsible, proclive a la simplificación, perezoso, que usa como fuente a taxistas y recepcionistas de hoteles y que tiende a aferrarse a ideales románticos y al chaleco multibolsillos. Renuente a que la realidad estropee un buen titular. De todo eso ya se mofaron magistralmente Billy Wilder y Evelyn Waugh. Y no se libran siquiera los santones que, arropados por el papanatismo, van dando lecciones de periodismo en foros internacionales.

Con estos mimbres se ha ido construyendo, desde hace décadas, el Atlas Mundial de los Tópicos. Y esta vez le ha tocado a España. De repente nos hemos visto retratados, sobre todo en medios anglosajones, como un país sombrío e inquisitorial, atenazado por el espíritu de Franco, que machaca a un pueblo irreductible y muy demócrata. Vete tú a explicarles que todo es un espejismo y que deberían guardar la condescendencia para mejores causas.

A este alud de tópicos, alimentados por la propaganda independentista, ha contribuido la desidia y la inoperancia del Gobierno, que después de ignorar durante meses a corresponsales y embajadas acaba de darse cuenta de que “tal vez” hacía falta una estrategia de comunicación. Llega tarde, como a todo en esta crisis. Si nos sirve de consuelo, no somos un caso aislado. Aquí andamos con lo de “toreros-guerra civil-García Lorca-paella” a cuestas. Pero en América Latina están cansados de la caricatura del “buen salvaje” y de la pasión de los medios gringos y europeos por los redentores revolucionarios, llámense Che, Fidel o Chávez. Y de África mejor ni hablamos.

 

Atacar a Europa desde dentro. De Joschka Fischer

Si Cataluña sentara un precedente de secesión, estimulando a otras regiones a imitarla, la Unión Europea entraría en una profunda crisis existencial. De hecho, se puede decir que en el caso catalán hoy se juega nada menos que su futuro.

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Joschka Fischer fue ministro de asuntos exteriores de Alemania y vicecanciller entre 1998 y 2005.

Joschka Fischer, 21 octubre 2017 / EL PAIS

Finalmente, Europa da señales de estar saliendo de su prolongada crisis económica, pero el continente sigue agitado. Por cada motivo de optimismo siempre parece haber una nueva causa de preocupación.

En junio de 2016 una escasa mayoría de votantes británicos eligió la nostalgia por el siglo XIX sobre lo que les pudiera prometer el siglo XXI. Decidieron saltar al precipicio en nombre de su “soberanía” y bastantes evidencias sugieren que les espera un aterrizaje forzoso. Los cínicos podrían hacer la observación de que será necesaria una “soberanía” en buenas condiciones para amortiguar el golpe.

En España, el Gobierno de la comunidad autónoma de Cataluña ahora pide soberanía también, aunque el actual Ejecutivo nacional no está enjuiciando, encarcelando, torturando ni ejecutando al pueblo catalán, como lo hiciera la dictadura del generalísimo Francisco Franco. España es una democracia estable y miembro de la Unión Europea, la eurozona y la OTAN. Durante décadas ha mantenido el Estado de derecho de acuerdo con una Constitución democrática negociada por todas las partes y regiones, incluida Cataluña.

el paisEl 1 de octubre, el Gobierno catalán celebró un referéndum de independencia en el que participó menos de la mitad (algunas estimaciones señalan que un tercio) de la población de esta comunidad. Según los estándares de la UE y la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa, la votación jamás habría podido aceptarse como “justa y libre”. Además de ser ilegal según la Constitución española, el referéndum ni siquiera contó con un padrón de votantes para determinar quién tenía derecho a votar.

El referéndum “alternativo” catalán causó medidas drásticas del Gobierno del primer ministro español Mariano Rajoy, que intervino para cerrar mesas electorales y evitar que la gente votara. Fue una tontería política mayúscula, porque las imágenes de la policía reprimiendo con porras a manifestantes catalanes desarmados otorgó una engañosa legitimidad a los secesionistas. Ninguna democracia puede ganar en este tipo de conflicto. Y en el caso de España la represión conjuró imágenes de la Guerra Civil de 1936-1939, su más profundo trauma histórico hasta la fecha.

“La UE no puede permitir la desintegración de sus Estados miembros porque son su cimiento”

Si Cataluña lograra la independencia, tendría que encontrar un camino hacia adelante sin España ni la UE. Con el apoyo de muchos otros Estados miembros preocupados por sus propios movimientos secesionistas, España bloquearía cualquier apuesta catalana por ser miembro de la eurozona o la UE. Y sin ser parte del mercado único europeo, Cataluña se enfrentaría a la oscura perspectiva de pasar rápidamente de ser un motor económico a un país pobre y aislado.

1508350313_648066_1508435464_noticia_normal_recorte1.jpgAdemás, la independencia de Cataluña plantearía un problema fundamental para Europa. Para comenzar, nadie quiere repetir una ruptura como la de Yugoslavia, por obvias razones. Pero, más concretamente, la UE no puede permitir la desintegración de sus Estados miembros, porque estos componen los cimientos mismos sobre los que está formada.

La UE es una asociación de naciones-Estado, no de regiones. Si bien estas pueden desempeñar un papel importante no pueden participar como alternativa a los Estados. Si Cataluña sentara un precedente de secesión, estimulando a otras regiones a imitarla, la UE entraría en una profunda crisis existencial. De hecho, se puede decir que en el caso de Cataluña hoy se juega nada menos que el futuro de la Unión Europea.

Más aún, el propósito original de la UE fue superar las deficiencias de las naciones-Estado mediante la integración, lo opuesto a la secesión. Se diseñó para trascender el sistema de Estados que tan desastroso demostró ser en la primera mitad del siglo XX.

Piénsese en Irlanda del Norte, que ha acabado por ser un ejemplo perfecto de cómo la integración dentro de la UE puede superar las fronteras nacionales, salvar divisiones históricas y asegurar la paz y la estabilidad. Por cierto, lo mismo se puede decir de Cataluña, que después de todo debe la mayor parte de su éxito económico a la entrada de España a la UE en 1986.

“Cabe la esperanza de que la razón prevalezca en Barcelona, pero también en Madrid”

Sería absurdo desde el punto de vista histórico entrar en una fase de secesión y desintegración en el siglo XXI. El gran tamaño de otros actores globales (como China, India y Estados Unidos) ha convertido en urgentes una mayor integración europea y relaciones intracomunitarias más sólidas.

Solo cabe esperar que la razón prevalezca, en particular en Barcelona, pero también en Madrid. Una España democrática e intacta es demasiado importante como para quedar en riesgo por disputas sobre la asignación de ingresos fiscales entre las regiones del país. No existen alternativas a que ambos bandos abandonen las trincheras que se han cavado, salgan a negociar y encuentren una solución mutuamente satisfactoria que esté en línea con la Constitución, los principios democráticos y el Estado de derecho españoles.

Las experiencias de los amigos y aliados de España podrían servir de ayuda. Alemania, a diferencia de España, se organiza como una federación. Pero incluso allí nada es tan engorroso y complicado como las inacabables negociaciones sobre las transferencias fiscales entre el Gobierno federal y los Estados, es decir, entre las regiones más ricas y las más pobres. En todo caso, siempre se llega a un acuerdo que se mantiene hasta que surge otra disputa y se reinician las negociaciones.

No hay duda de que el dinero es importante, pero no tanto como el compromiso común de los europeos con la libertad, la democracia y el Estado de derecho. La prosperidad de Europa depende de la paz y la estabilidad, y la paz y la estabilidad dependen, primero de todo, de si los europeos están dispuestos a luchar por ellas.

Joschka Fischer, ministro de Relaciones Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005, fue líder del Partido Verde alemán durante casi 20 años.

Mugre. De Ernesto Savater

La única diferencia que veo es que alguna vez pudo haber comunistas de buena fe, mientras que un nazi de buena fe es inimaginable.

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 La portavoz de Izquierda Unida en el Parlamento Europeo, Marina Albiol, FOTO: PATRICK SEEGER / EFE

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Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Ernesto Savater, 21 octubre 2017 / EL PAIS

Un mes después de asumir la presidencia del Consejo de la Unión Europea con el lema “Unidad y equilibrio”, Estonia convocó para el 23 de agosto una jornada en memoria de las víctimas de los totalitarismos europeos, es decir, el estalinismo y el nazismo. Es evidente que los estonios algo saben del asunto, porque los han padecido a ambos. Lo que no sé es por qué al comunismo lo llaman “estalinismo”, como si antes de Stalin y después no hubiera sido también totalitario. Como si, ya puestos, no lo siguiera siendo hoy, cuando de Stalin ya no se acuerda casi nadie… al menos fuera de los países que sufrieron su caricia de acero. Esta jornada no parecía una efeméride demasiado comprometida, pero sin embargo no logró el paisni mucho menos un apoyo unánime. El griego Tsipras, Podemos, Izquierda Unida, EH Bildu y algún otro grupo parecido se desmarcaron de la celebración proclamando que “equiparar nazismo y comunismo supone un error histórico”. Cosas del parentesco. No sé exactamente qué error hay. Si es el número de asesinados por cada equipo siniestro, dentro de Europa el balance está bastante equilibrado pero China y los jemeres rojos desbordan a sus rivales. La única diferencia que veo es que alguna vez pudo haber comunistas de buena fe, mientras que un nazi de buena fe es inimaginable. Pero eso a las víctimas de unos y otros les ayuda poco

Lo que cuenta es que el comunismo y el nazismo son la mugre política que la UE trató de erradicar. Pero ahí siguen. Marina Albiol, eurodiputada por Izquierda Plural, ha calificado hace unos días a la UE en un tuit de “institución criminal al servicio de los poderosos”. Y eso repantingada en su escaño de Estrasburgo. Ella sí que es un error histórico…

Democracia cultural. De Máriam M-Bascuñá

Lo que está en juego no es distribuir diferencias sino poder.

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ablo Iglesias en el Congreso de los Diputados. © ULY MARTIN

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Máriam M-Bascuñá, profesora de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

Máriam M-Bascuñá, 21 octubre 2017 / EL PAIS

“Condición pos-socialista” fue la expresión de Nancy Fraser para el momento surgido tras la caída del muro de Berlín. La autora señalaba la incapacidad de la izquierda para encontrar un proyecto progresista que se erigiese en alternativa ante los fulgurantes cambios políticos. El “agotamiento de las energías utópicas” parecía dar la razón a Fukuyama y su fin de la historia: triunfaba la democracia liberal. Fue ahí cuando la nueva gramática que aspiraba a cubrir ese vacío, el de una visión alternativa progresista, encontró un espacio en el reconocimiento de la diferencia cultural.

Pero esa “anémica” propuesta no podía ser creíble, decía Fraser, porque eludía “el problema de la economía política”. Ante el influjo del reconocimiento, la izquierda olvidó la distribución. Fue así como se produjo el desplazamiento de la economía por la el paiscultura, del valor de la igualdad por el de la diferencia, del igualitarismo distributivo por la política de la identidad. Lo curioso es que, mientras se profundizaba en esta deriva, la izquierda se escandalizaba porque el neoliberalismo seguía campando a sus anchas. Hoy, cuando Piketty consigue redefinir las contradicciones del capital en el siglo XXI proponiendo la gobernanza global, vemos cómo nuestro Podemos insiste en el error de situar la “democracia cultural” en el centro del proyecto de izquierdas. Y lo hace promoviendo una visión radicalizada de la cultura propia, identificada con un principio soberano nacional. Lejos de anteponer la crítica a un sistema que sigue provocando desigualdad, se ha entregado al mercado de las identidades, alimentando el narcisismo de las pequeñas diferencias. En su supuesto proyecto soberano no hay cuestionamiento de principio del neoliberalismo ni respuesta a cómo gestionar las interdependencias, al equilibrio de la convivencia dentro de los islotes identitarios.

Quizás porque lo que está en juego no es distribuir diferencias sino poder. Y parece que, para obtenerlo, no se trata tanto de perseguir un proyecto emancipador como de acentuar contradicciones hiperlocalizadas subrayando lo que nos separa, no lo que nos une. La izquierda sigue sin rumbo.

@MariamMartinezB

Carta al Tribunal Supremo Electoral: Hagan su trabajo. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 21 octubre 2017 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Estimados magistrados:
Ya es tarde para pedirles su renuncia, porque ya tenemos las elecciones encima. Ustedes deberían haber renunciado luego del escrutinio final del 2015, que demostró el desastre que habían creado. Muchos lo pedimos, pero en este país, para que un funcionario bien pagado renuncie, a saber qué tendrá que pasar…

Ahora los ciudadanos exigimos que hagan su trabajo. Empezando con hacer valer su mayoría en el Tribunal para evitar que Julio Olivo aproveche su cargo para generar otro caos, y dentro del caos las oportunidades de manipular el proceso y sus resultados. Siempre dicen que su Tribunal es un “ente colegiado”. Háganlo realidad.

logos MAS y EDHFui secretario de una Junta Receptora en 2015. Me tocó lidiar, todo el domingo y hasta las 7 de la mañana del día lunes, con el desorden y las deficiencias físicas, bajo las cuales ustedes hicieron trabajar a 90 mil miembros de las juntas en todo el país. Les puedo decir que el problema a resolver está en las mesas, no en los escáneres y líneas de transmisión. Pero ustedes no están invirtiendo en la tecnología que puede resolver el problema en las mesas, en cómo contar debidamente los votos y cómo registrarlos correctamente en las actas – no, ustedes invierten en el proceso de transmisión de datos.

Lo que van a conseguir con esto es que van a transmitir galanamente, pero datos falsos, incompletos e incongruentes. Igual que en el 2015.

¿Qué necesitan las juntas receptoras para hacer bien su trabajo y transmitir datos confiables?

1.Necesitan que el proceso de escrutinio en las meses tenga soporte digital, o sea que las actas no se llenen a mano, sino en una computadora con el software adecuado. De esta manera, inmediatamente tendrán el acta digitalizada para transmitirla.

2.Necesitan capacitación adecuada. Cada junta necesita a un secretario capacitado para manejar el software. Y los demás miembros por lo menos tienen que entender el sistema de votos cruzados y por cara, y cómo contarlos.

3.Necesitan las condiciones físicas mínimas. Trabajé la última vez 23 horas sentado en un pupitre para niños. La junta necesita mesas y sillas adecuadas.

Magistrados: Si no resuelven estas 3 necesidades básicas, serán culpables de boicot electoral. No sé si es un delito penal, pero es el pecado más grande para un funcionario público.

Hagan su trabajo, magistrados. Todavía están a tiempo. Y si el problema es que no le dan el presupuesto adecuado, llamen a la ciudadanía a manifestarse.

Saludos,

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Columna Transversal: ¿Un nuevo mapa político? De Paolo Luers

Bukele, al adoptar un discurso que lo sitúa a la izquierda del Frente, no es un verdadero peligro para el FMLN. Sería mucho más peligroso el surgimiento de una izquierda socialdemócrata.

paolo3Paolo Luers, 20 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

A todos que no pertenecemos a la militancia del FMLN ni al fan club de Bukele no nos toca tomar partido en el pleito entre este partido y el hombre que eelos mismos han llevado a la alcaldía capitalina y al estrellato. Tampoco se trata de simplemente sentarse al lado del río para ver pasar los cadáveres. Hay que entender lo que hay detrás de esta telenovela tragicómica. No el drama en si, ni tampoco sus principales actores, pero sí lo que hay detrás podrá tener importancia para el futuro de la política del país.

El FMLN histórico: un frente plural

EDH logEl FMLN es un partido que pasó por fuertes debates internos en los años 90. Durante la guerra de la cual nació, no fue una organización vertical ni centralizada, sino un frente de 5 organizaciones político-militares, cada uno con su propio perfil ideológico, su propio estilo de dirección, sus propias alianzas nacionales e internacionales. Como suele decir Dagoberto Gutiérrez: “En el Frente habíamos comunistas, no comunistas y anticomunistas.” Diversos casi hasta la incompatibilidad en ideología, estrategia y cultura interna, pero unidos en un sólo objetivo común: acabar con el militarismo y su régimen de represión y exclusión social y política. Era suficiente para crear un frente común. Por necesidad más que por convicción, se toleraban las diferencias entre quienes querían erigir un sistema socialista y los que querían construir un sistema republicano pluralista.

Dagoberto Gutiérrez: “En el Frente habíamos
comunistas, no comunistas y anticomunistas.”

En los Acuerdos de Paz se reflejaba este consenso mínimo: la desmilitarización, el pluralismo con la izquierda como una fuerza política con los mismos derechos; desmontaje de los aparatos de represión y persecución política; elecciones libres.

La imposición del partido vertical

En 1992 se formó el FMLN como partido, con todas estas tendencias diversas adentro. Con diferentes visiones: unos estaban satisfechos con haber alcanzado el pluralismo, otros lo vieron como un paso para llegar a un régimen socialista con hegemonía de una clase y su partido. Unos querían construir un partido horizontal, cuyos miembros fueran ciudadanos; otros querían un partido vertical, con militantes disciplinados.

Estos debates tuvieron lugar durante la primera fase de postguerra, entre 1992 y 1994. Incluso cuando el ERP y la RN se apartaron luego de las elecciones del 1994, el FMLN siguió siendo un partido de tendencias, abierta y oficialmente constituidos: la corriente Revolucionaria-socialista, liderada por Schafik Handal y Sánchez Cerén; los Renovadores, liderados por Facundo Guardado, Francisco Jovel y Oscar Ortiz; la Tendencia Revolucionaria de Dagoberto Gutiérrez, y al centro la tendencia wishiwashi o Tulipanes liderado por Gerson Martínez y Violeta Menjívar. Hubo fuertes debates y enfrentamientos, que culminaron en unas muy disputadas primarias por la Secretaría General entre Schafik y Ortiz, y en un pleito fuerte sobre la candidatura presidencial para el 1999. Enfrentamientos fuertes, con amenazas y pistolas en mano.

Al final los Renovadores salieron, para formar su propia partido, poco después también otro contingente que relanzó el FDR. Por último se fue el alcalde Héctor Silva y se unió al CD. El resto se estableció como partido único, centralizado, monolítico y vertical, con prohibición explícita de tendencias. Quedando solos, los Tulipanes se subordinaron. Los Socialistas-revolucionarios se tomaron al partido, lo alinearon y disciplinaron. El debate se acabó.

Desde esta depuración, nadie dentro del FMLN ha levantado la voz para criticar la dirección del partido, ni antes ni después de su ascenso al poder. Las críticas existen, se expresan en privado, pero no tienen canal de expresión dentro de la institucionalidad del partido, y expresarlas públicamente en los medios es considerado traición y divisionismo.

“Desde esta depuración, nadie dentro del FMLN
ha levantado la voz para criticar la dirección
del partido, ni antes ni después de su ascenso al poder.”

Bukele y el FMLN

En este contexto hay que ver la actuación de Bukele, quien decide no sólo criticar sino descalificar a la dirección de partido y al mismo presidente, por un cálculo bien simple: no quiere cargar con la pérdida de confianza que la mayoría de la sociedad siente por el partido y su gobierno. Quiere ser presidente, o bien con un FMLN que se deja torcer el brazo por él y lo acepta como nuevo rey; o sin y contra el FMLN, volviéndose vocero y líder del descontento con toda la clase política, retomando y reforzando la tendencia a la anti-política.

Era obvio que el partido no iba a aceptar este chantaje. Si Bukele lo pensaba, demuestra su escasa formación política. Para los cuadros dirigentes del FMLN, conservar la unidad monolítica del partido y el control del aparato, luego de las disputas internas de los años 90, es más importante que el control de una alcaldía o incluso del poder. Por esto, le negaron la candidatura a la presidencia a Héctor Silva, sabiendo que sin él iban a perder en el 1999, y con él iban a perder el control del partido. Mucho menos le iban a abrir la puerta al poder a un Nayib Bukele, les resulta impensable después de la pésima experiencia con Mauricio Funes. Las mismas encuestas que dan cuerda a Bukele en su ambición personal y presidencial, causan sirenas de alarma en el FMLN. Así como es el ADN del partido, forjado por Schafik Handal, Medardo y Sánchez Cerén, la expulsión de Bukele era inevitable. No tiene nada que ver con manzanas ni mucho menos con irrespeto a mujeres.

“Para los cuadros dirigentes del FMLN, conservar la unidad monolítica del partido y el control del aparato es más importante que el control de una alcaldía o incluso del poder.”

Dentro de su lógica, el FMLN tiene razón. Sea cual sea el movimiento o partido que logre armar Bukele, les puede costar la alcaldía y la presidencia, pero incluso en este caso la principal fuerza de oposición será el FMLN, con fuerza parlamentaria, municipal y territorial. Bukele, al adoptar un discurso que lo sitúa a la izquierda del Frente y en el populismo puro, no es un verdadero peligro para el FMLN. Sería mucho más peligroso el surgimiento de una izquierda socialdemócrata. El FMLN se ha concentrado durante 20 años en evitar (con éxito) que nazca este desafío, porque sabe que una fuerza de centroizquierda efectivamente condenaría a la izquierda revolucionaria a un aislamiento del resto de la sociedad, una existencia al margen del mapa político. El que Bukele les robe su lugar al margen izquierdo del espectro político tiene sin cuidado a los dirigentes del FMLN. Así como nunca han visto como peligro a Dagoberto Gutiérrez y su Tendencia Proletaria.

“Bukele se va a dar cuenta pronto que su proyecto
no va a encontrar con quienes aliarse.”

 ¿Una nueva fuerza de centroderecha?

Hay algunos indicios que también en la derecha está por nacer una fuerza nueva. Hay demasiados liberales, sobre todo entre la generación que ahora está entrando en política, que no sienten que en ARENA habrá suficiente apertura para que puedan renovar al proyecto político. Aunque este movimiento viene con menos bulla y poco despliegue de drama y show, si se logra establecer significaría una cambio mucho más relevante en el mapa político que el movimiento de Bukele. Por una simple razón: No se situaría a la derecha de ARENA, sino al centro. Bukele se va a dar cuenta pronto que con su proyecto no va a encontrar con quie aliarse – ciertamente no con el FMLN, y difícilmente con todas las tendencias en el centro de la sociedad, que no tienen expresión partidaria: socialdemócratas, socialcristianos, humanistas, liberales, libertarios, libres pensadores, defensores de la institucionalidad republicana. En cambio, un nuevo proyecto de centroderecha, de corte liberal, progresista y en defensa de la Constitución, al actuar bien sí podrá construir estas alianzas. Y sobre todo, puede tener con ARENA una relación de competencia, pero también de complementariedad e incluso de alianza. Así, y tal vez solamente así, podría nacer la nueva mayoría que se necesita para darle un viraje al rumbo del país. Que esto se está cocinando a fuego lento y sin el drama que están dando Bukele y el FMLN al país, es probablemente la única manera en que puede consolidarse.

“Un nuevo proyecto de centroderecha, de corte liberal,
progresista y en defensa de la Constitución,
al actuar bien sí puede construir alianzas.”

Que esto encontraría incomprensión y obstáculos en la actual dirigencia de ARENA y la cultura política que la sostiene, es obvio. Pero no necesariamente en las personas que se van a poner a la cabeza de la campaña presidencial y por lo tanto de la estrategia a largo plazo de ARENA.