Generación comprometida. De Max Mojica

En El Salvador necesitamos a gritos una “generación comprometida”, que hable, que se arriesgue, que escriba, que piense, que marche, que olvide su propia seguridad, su conveniencia, su egoísmo, su metro cuadrado y se comprometa de cara a los demás y, principalmente, con el futuro de nuestro país.

Max Mojica, 26 junio 2017 / EDH

El calificativo de “Generación Comprometida” se le asigna a un movimientos social y literario surgido en nuestro país durante la década de 1950, en el cual participaron tanto escritores nacionales como de varios países latinoamericanos residentes en El Salvador, por encontrarse exiliados de sus países de origen a consecuencia de las persecuciones políticas que sufrían en los mismos.

El calificativo de “comprometida” le fue atribuido por el poeta Ítalo López Vallecillos al núcleo inicial de escritores conformado por personajes que pasaron a la Historia Nacional como sensibles autores con un notoria profundidad social que recogía y denunciaba los problemas de la época, los cuales, curiosamente, son esencialmente los mismos que vivimos hoy: pobreza, exclusión, corrupción, intolerancia, autoritarismo y nula apertura a las ideas políticas renovadoras. Tales autores eran el propio López Vallecillos, Irma Lanzas, Waldo Chávez Velasco, Álvaro Menéndez Leal, entre otros.

La “segunda fase” de la Generación Comprometida ocurrió a finales de la Década de los Cincuenta con la creación del Círculo Literario Universitario de la Facultad de Derecho de la Universidad de El Salvador, integrado a su vez por connotados pensadores y escritores como Roberto Armijo, José Roberto Cea, Manlio Argueta y Tirso Canales, siendo el más destacado y conocido miembro, el poeta Roque Dalton.

Esta Generación Comprometida surge en la sociedad salvadoreña con una notoria fuerza intelectual y cultural, que pretendía sacudir y darle un giro a la conciencia de una sociedad básicamente agraria de costumbres aletargadas, como era la salvadoreña de mediados del siglo pasado. La fuerza con que surgió el movimiento que quería un cambio social y político para la época, se la imprimieron los jóvenes promotores del movimiento, con su típica camaradería solidaria y generosa, y a su vez, arriesgada, ya que no se debe perder de vista que sus posturas y filosofía política eran una mezcla de ideas progresistas, democráticas y, para algunos, comunistas, las cuales contrastaban con el conservadurismo de corte dictatorial de los gobiernos militares imperantes en casi todo el siglo XX en nuestro país.

El problema de ahora es que en El Salvador tenemos de todo, menos una “Generación Comprometida”. Nuestros jóvenes, entre 18 y 30 años, no obstante ser a nivel porcentual, los que mayor incidencia podrían tener como sector de votantes del padrón electoral para las elecciones de 2018 y 2019, han declarado en diversas encuestas que no les interesa la política nacional, como si la “cuestión política” fuera un evento lejano, el cual, independientemente de sus resultados, nunca les llegaría a afectar, cuando es precisamente en estas próximas elecciones que se juega el futuro mismo de esos jóvenes, sus familias y en definitiva, de su país.

Los jóvenes reclaman un cambio, quieren transparencia y eficiencia en el manejo de la cosa pública y aspiran que se combata la corrupción en el Estado –venga de donde venga-, pero curiosamente, esos mismos jóvenes son los que no se quieren involucrar en nada para obtener, precisamente, los cambios que reclaman. Ningún cambio ocurre por generación espontánea; ocurre cuando el individuo le “mete el diente” al problema, cuando se trabaja para buscar una solución, cuando uno se arriesga, se involucra, se compromete, se esfuerza. Las cosas difícilmente ocurrirán, las situaciones raramente variarán, cuando estamos sentados viendo televisión o siendo únicamente “activos” a nivel de redes sociales, a la inocente espera que “alguien más” haga algo. De seguir con esa actitud, lo más probable es que peinemos canas, recostados en nuestra poltrona, antes de que algo pase y de la nada, surja ante nuestros ojos un mejor país.

En El Salvador necesitamos a gritos una “generación comprometida”, que hable, que se arriesgue, que escriba, que piense, que marche, que olvide su propia seguridad, su conveniencia, su egoísmo, su metro cuadrado y se comprometa de cara a los demás y principalmente, con el futuro de nuestro país. Ya hay muchos que hemos dado ese paso: Sulen Ayala, Beto Sáenz, Daniel Olmedo, Erika Saldaña, Cristina López, Alfredo Atanasio, Ricardo Avelar, Gerardo Guerra, los hermanos Luis y José Portillo, Bessy Ríos, Johnny Wright, Guillermo Miranda, Eduardo Lovo, Aída Betancourt, Carmen Aída Lazo, Claudia Umaña y otros jóvenes reunidos en grupos como De Cinco en Cinco, Medio Lleno, Censura Cero, Uno más Uno, Proyecto Cero, solo por citar a algunos.

Todos queremos cambios. Todos queremos vivir en democracia y en libertad. Pero si no nos comprometemos e involucramos, nada de esto sucederá y pasarán los años y seguiremos viviendo lo mismo. La realidad es que el día llegó en que la “generación comprometida” seamos nosotros. Y es nadie nos sustituirá en la lucha por un mejor El Salvador, que nosotros estamos llamados a dar.

@MaxMojica

El sexismo no me da risa. De Cristina López

Si de las burlas por apariencia no se libran ni las mujeres más aventajadas del país — estas con educación u otras, electas a cargos públicos — aquellas con menos poder no tienen cómo salvarse.

Cristina López, 26 junio 2017 / EDH

Es sano recurrir de vez en cuando a la autoexaminación para determinar aspectos del carácter en los que no nos caería mal una repelladita. A ver, nadie es monedita de oro: una mejoría interna a nadie le ha caído mal nunca; lo difícil es identificar el área de trabajo y meterle ganas a eso del oficio de volverse, por lo menos un poquito, mejor persona.

A mí me pasó recién en forma de recordatorio, cuando vi el video producido por el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales en el que la meteoróloga Sandra Martínez ofrece su respuesta a la broma de mal gusto que circulaba por redes sociales en la que algún neandertal pretendía sacar risas baratas ridiculizando su físico o edad comparándola con “las chicas del clima” en otros países. Martínez, con una elegancia envidiable, explica que el “meme” le causó gracia, puesto que el mérito que sus 20 años de preparación y reconocimiento internacional le han ganado a puro esfuerzo no se ve en nada amenazado por el sexismo cotidiano de nuestros lares.

Vi el video y pensé: “Ojalá algún día logre reaccionar a este tipo de sexismos tan cotidianos en nuestro El Salvador con la elegancia de Sandra Martínez”, haciendo el firme propósito de trabajar para reducir la rabia que me producen estas manifestaciones reduccionistas de la mujer. Algún día. Pero ese día no es hoy. Hoy sí voy a dejarme reaccionar con toda la rabia posible, en nombre de todas las niñas que quizás solo vieron el meme y no la reacción de Martínez y que quizás internalizaron el mensaje de que la manera como se ven es más importante que el esfuerzo que ponen en

Meme1

El meme y la respuesta de Sandra Martínez

prepararse. Rabia por todas las mujeres capacitándose que tienen que esforzarse el doble para tener aunque sea la mitad de respeto, solo porque la cultura (que incluye a hombres y a otras mujeres) las juzgará primero por cómo se ven. Rabia, porque si de las burlas por apariencia no se libran ni las mujeres más aventajadas del país — estas con educación u otras, electas a cargos públicos — aquellas con menos poder no tienen cómo salvarse.

Rabia, porque el mensaje para los niños y hombres también es tristísimo. Implica que lo que hay que valorar en sus pares femeninas es el envoltorio, desestimando lo de adentro. Los niños que internalizan este razonamiento, porque lo ven popularizado, viral y chistoso en las redes sociales, son los hombres a quienes el día de mañana se les volverá facilísimo ignorar la dignidad humana de una mujer y objetivizarla en un meme, acosarla en la calle, o peor aún, toquetearla “en broma”.

Rabia, porque el humor, que puede ser una manifestación de mensajes sociales valiosísimos cuando se hace de manera inteligente, también es una expresión transparente del nivel cultural de una sociedad. Y que la apariencia física de una mujer con décadas de preparación en un campo científico profesional en el que aún hay pocas mujeres, y en el que (como en muchos otros) hay retos de diferencias salariales con los pares masculinos, en nuestro país pase como “humor” demuestra que estamos bastante mal en cuanto a nivel cultural se refiere.

Rabia, porque mucha gente no termina de entender por qué la broma es sexista y degradante. Cuando se le imponen a las mujeres estándares físicos que jamás se le impondrían a un hombre en la misma posición (en este sentido, un meteorólogo), se incurre en sexismo. Que no, dirán, que también se habrían reído del físico de un hombre salvadoreño, en comparación a sus pares en el extranjero. Entonces lo que les da risa es la apariencia étnica que compartimos millones en el país y esto, como humor, es aún más incomprensible, pues degradarse a uno mismo no solo no es chistoso, es también bastante estúpido.

La desventaja de reaccionar con rabia a los sexismos cotidianos que las redes sociales normalizan es que se interpreta como una falta de sentido del humor. Y esto, sabiamente, lo sabía Sandra Martínez y dio el ejemplo al elevarse sobre el mal gusto con su reacción elegante. Yo todavía no he llegado a su nivel, y por el momento, con tal de combatir manifestaciones culturales degradantes, estoy perfectamente cómoda con que me llamen malhumorada.

@crislopezg

Vea el video de Sandra Martínez

Otra vez, ¿no vamos a pagar? De Erika Saldaña

Espero que después del 8 de julio del presente año no nos toque hacer un recuento de los cálculos que no hicieron el Gobierno y la Asamblea en el caso de un posible impago, ya que el peligro de jugar con una bomba de tiempo es que nos estalle en la mano.

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 26 junio 2017 / EDH

La posibilidad de un segundo impago en lo que va del año está a la vista. El 8 de julio el Gobierno de El Salvador debe honrar otra vez su deuda con los fondos de pensiones, cancelando cuarenta y siete millones de dólares de los Certificados de Inversión Previsional (CIP). De estos, treinta y tres corresponden al pago de intereses y catorce al pago de capital de la deuda contraída con las Administradoras de Fondos de Pensiones. Aunque esta vez parece que se está tratando de prevenir un impago, los ciudadanos debemos estar echándole el ojo a la situación para evitar que la historia de abril se repita.

El pasado 21 de junio, diversas fracciones legislativas aprobaron la reorientación de quince millones y medio de dólares del presupuesto de la Comisión Ejecutiva Portuaria Autónoma (CEPA) y diecisiete millones y medio de dólares de los cobros que realiza la Superintendencia General de Electricidad y Telecomunicaciones (Siget). Sin embargo, esta cantidad sigue siendo insuficiente para pagar la deuda pendiente, ya que faltan los catorce millones que cubren el pago del capital de los CIP. Aquí y en todos lados, pagar a medias es mala paga.

Un problema grave es que, a pesar de ya haber vivido un impago el pasado 7 de abril del presente año, pareciera que no somos capaces de dimensionar los problemas que nos puede traer otra vez esta situación. La insolvencia en el pago de capital e intereses de los CIP recién pasado hizo caer a El Salvador en la categoría de “selective default”, es decir que las calificadoras de riesgo señalaron que el país de manera voluntaria decidió no cancelar una deuda contraída y que es un peligro hacer negocios o acuerdos con nosotros. La recalificación a CCC no fue ningún alivio, ya que el problema sigue ahí con la posibilidad que se repita en julio y octubre de este año.

Ojalá esta vez el Ministerio de Hacienda haya aprendido la lección y tenga en cuenta que un impago selectivo trae problemas al país ante la comunidad internacional y a nosotros, los ciudadanos. Si de los errores se aprende, ojalá esta vez sí tengamos en cuenta que un impago trae más problemas a la ya baja calificación de riesgo del país y complica la situación del sistema financiero nacional. Ojalá esta vez sí se tenga en cuenta que los efectos de un impago se traducen en un aumento de las tasas de interés y que, por tanto, habrá menos disponibilidad de fondos para préstamos y estos serán más caros debido al alza de intereses. Todos estos factores en conjunto traen como consecuencia una desaceleración de la actividad económica.

Ojalá en esta ocasión el Gobierno no juegue con fuego y no ignore a propósito los efectos que sus decisiones conllevan. Con la elaboración del Presupuesto General de la Nación de 2017, el Gobierno y la Asamblea Legislativa acordaron no incluir una obligación previsible y certera de doscientos veintisiete millones de dólares; conscientemente decidieron no meter en el presupuesto el pago de las pensiones y esa situación hoy nos mantiene en preocupación constante. Así como definieron eso, esperamos que sean capaces del elaborar las alternativas necesarias para sacar al país del problema, dejando a un lado los cálculos políticos a conveniencia, tomando medidas técnicas y no solo interesadas.

Espero que después del 8 de julio del presente año no nos toque hacer un recuento de los cálculos que no hizo el Gobierno y la Asamblea en el caso de un posible impago, ya que el peligro de jugar con una bomba de tiempo es que nos estalle en la mano. Y, como siempre, los platos rotos los terminamos sufriendo los ciudadanos. Como venimos repitiendo muchos desde hace años, ojalá los actores políticos dejen a un lados sus intereses partidistas y se dediquen a buscar soluciones a largo plazo de los problemas del país, aunque estas sean impopulares. No podemos vivir con zozobra sobre la estabilidad del país cada tres meses.

Solo la deportación masiva podrá salvar a Estados Unidos. De Bret Stephens

En resumidas cuentas: los llamados estadounidenses “reales” están arruinando al país. Quizá deberían irse para que podamos remplazarlos con gente mejor: recién llegados que aprecien todo lo que ofrece Estados Unidos.

Migrantes recién naturalizados durante una ceremonia para nuevos ciudadanos en Atlanta, en otoño de 2016 Credit David oldman/Associated Press

Bret Stephens, 20 junio 2017 / NEW YORK TIMES

Cuando se trata de inmigración, este columnista conservador forma parte del grupo que favorece la deportación. Estados Unidos tiene demasiadas personas que no trabajan, que no creen en Dios, que no aportan gran cosa a la sociedad y que no aprecian la grandeza del sistema estadounidense.

Necesitan regresar al lugar de donde vinieron.

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Hablo de estadounidenses cuya familia ha estado en este país desde hace varias generaciones. Complacientes, sintiéndose con todos los derechos y en ocasiones sorprendentemente ignorantes respecto a temas básicos de la ley y de la historia de Estados Unidos, son una laguna estancada en la que podrían ahogarse nuestros prospectos como nación.

En todos los temas, los no inmigrantes de Estados Unidos le están fallando al país.

¿Delincuencia? Un estudio del Instituto Cato señala que los no inmigrantes tienen una tasa de encarcelamiento de casi el doble que los inmigrantes ilegales, y más de tres veces mayor que la de los inmigrantes legales.

¿Logros académicos? Solo 17 por ciento de los finalistas del concurso de talento científico Intel 2016 –calificado como “el Premio Nobel de los jóvenes”– fueron hijos de padres nacidos en Estados Unidos. En el Instituto Rochester de Tecnología, solo 9,5 por ciento de estudiantes de posgrado en ingeniería eléctrica son no inmigrantes.

¿Devoción religiosa, especialmente la variedad cristiana? Hay más inmigrantes ilegales que se identifican como cristianos (83 por ciento) que estadounidenses que lo hacen (70,6 por ciento). Los derechistas que quieren ponerle restricciones a la inmigración harían bien en ponderar este dato cuando se quejan de la baja asistencia a la iglesia.

¿Creación de empresas y emprendimiento? Lo no inmigrantes abren la mitad de los negocios de los que establecen los inmigrantes; de 1995 a 2005 menos de la mitad de las empresas fundadas en Silicon Valley fueron creadas por personas no inmigrantes. En general, el porcentaje de empresarios no inmigrantes se redujo en más de diez puntos de 1995 a 2008, según un estudio del Harvard Business Review.

Los argumentos en contra de los no inmigrantes no terminan ahí. El índice de partos para mujeres no casadas nacidas en Estados Unidos supera al de las madres nacidas en el extranjero, 42 sobre 33 por ciento, respectivamente. El índice de delincuencia y criminalidad entre adolescentes no inmigrantes supera al de sus pares inmigrantes. Un reporte reciente del Sentencing Project también encontró evidencias de que, mientras menos inmigrantes haya en un vecindario, más posibilidades hay de que este sea peligroso.

Además está la importantísima cuestión de la demografía. La carrera por el futuro a fin de cuentas será corrida por la gente saludable, en edad laboral y fértil. Y aquí también nos están fallando los no inmigrantes. “El aumento en el número total de nacimientos anuales en Estados Unidos, de 3,74 millones en 1970 a 4 millones en 2014, se debe por completo a partos de madres nacidas en el extranjero”, reveló el Centro de Investigaciones Pew. Sin esas mamás inmigrantes, Estados Unidos se vería enfrentado a la misma espiral demográfica mortal que acecha a Japón.

En resumidas cuentas: los llamados estadounidenses “reales” están arruinando al país. Quizá deberían irse para que podamos remplazarlos con gente mejor: recién llegados que aprecien todo lo que ofrece Estados Unidos, que tienen mayores ambiciones para sí mismos y sus hijos y están más dispuestos a hacer sacrificios por el futuro. En otras palabras, el tipo de gente que éramos antes… cuando “nosotros” acabábamos de desembarcar.

Claro, es broma lo de deportar en masa a los “verdaderos estadounidenses”. (¿Quién los va a recibir, además?) Pero la amenaza de deportaciones masivas no ha sido ninguna broma con este gobierno.

El 15 de junio, el Departamento de Seguridad Nacional parecía haber anunciado que extendería un programa del gobierno de Barack Obama llamado Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), que permite que jóvenes indocumentados que llegaron a Estados Unidos siendo niños –unas 800.000 personas en total– sigan estudiando y trabajando. Esa decisión daría marcha atrás a las amenazas de Trump en su campaña de deportar a esos chicos, cuyo único delito fue haber sido traídos a Estados Unidos por sus padres.

Empero, el gobierno sigue empeñado en deportar a esos padres y el viernes 16 de junio, el Departamento de Seguridad Nacional anunció que incluso DACA seguirá en revisión. Eso es una cruel medida para los jóvenes inmigrantes, que se preguntan si serán enviados de regreso a un país “de origen” que difícilmente conocen y que habla un idioma que muchos de ellos ni siquiera entienden.

Más allá de lo inhumano que resulta jugar de ese modo con la vida de otra gente, está también la miopía de esa medida. Nadie encuentra felicidad ahuyentando a quienes podrían amarlo. Los negocios no prosperan cuando despiden a sus mejor empleados ni desanimando las solicitudes de empleo. ¿Cómo quieren que Estados Unidos sea grandioso de nuevo si reprende y expulsa a un sector de su población que tiene más energía, es más emprendedor, más respetuoso de la ley, que más empleos crea, que más ideas genera, que más se reproduce y que es más devoto?

Ya que yo soy hijo de inmigrantes y crecí en el extranjero, siempre he pensado que Estados Unidos es un país que pertenece, en primer lugar, a los recién llegados: a la gente que más se esfuerza por ser parte de él pues se da cuenta de que es precioso; que hace todo lo posible para que nuestras ideas y nuestro atractivo sigan siendo nuevos y brillantes.

Esto solía ser un cliché, pero en tiempos de Trump necesita explicarse una y otra vez: somos un país de inmigrantes; también uno de y para inmigrantes. Los estadounidenses que no entiendan eso deberían irse.

Johnny Wright: “Me preocupa que en ARENA nos estamos pareciendo al FMLN”

El legislador tricolor no ve bien las constantes inhabilitaciones de aspirantes a alcaldes que está realizando la dirigencia de su partido.

Johnny Wright Sol, diputado por el partido ARENA. Foto por Jorge Reyes.

Rafael Mendoza López, 25 junio 2017 / EDH

A sus 32 años, el joven diputado se ha convertido un férreo crítico de algunas actuaciones y decisiones que se toman en la Asamblea Legislativa. Pone de ejemplo la elección de funcionarios de segundo grado, que, según dice, es una repartición de cuotas partidarias.

Pero Wright también ha tomado distancia en algunas posiciones de su partido y ha hecho públicos sus motivos, como en esta ocasión, cuando pone en cuestionamiento algunas inhabilitaciones de aspirantes a alcaldes en las elecciones internas que realiza el partido ARENA.

¿Cuáles son sus expectativas sobre las elecciones internas en su partido ARENA?

Creo que la democratización y todas las reformas que ha habido en torno a partidos políticos son pasos en la dirección correcta pero lógicamente hay mucho por hacer en temas de transparencia, en temas de financiamiento de partidos, en temas de procesos internos y creo que la apertura es algo muy positivo. Considero que todo esto va en el buen sentido y por el buen camino pero indudablemente presenta grandes retos. La democracia en sí es una especie de cultura y a lo mejor se estaba acostumbrado a mecanismos diferentes de selección de candidatos. El tal llamado ‘dedazo’, y esas prácticas ya van quedando atrás.

Ahora, en cómo veo yo particularmente el proceso en ARENA, creo que en algunas cosas me preocupa en el sentido que siento que nos estamos pareciendo un poco al FMLN. Hemos escuchado y hemos visto recientemente unas inhabilitaciones de candidatos que se están justificando o tienen fundamentos en reglamentos y estatutos e incumplimiento de los mismos, pero me preocupa, no veo francamente la necesidad de tanta inhabilitación y veo bastante argumentación débil en torno al porqué de las mismas. Si esto se trata de una competencia, si esto se trata de apertura, si esto se trata de una fiesta democrática, me lo podría esperar (las limitaciones) de un partido como el FMLN, pero en ARENA me parece que es algo que debe de corregirse y mejorarse.

En algunos casos, entiendo que casi en alrededor de 160 y pico municipios hay candidatos únicos buscando la elección o la reelección y a mí me hubiese gustado que más personas hayan participado, pero en algunos casos los han inhabilitado. Pero lo que se quiere o el objetivo es claramente que haya competencia, que haya apertura y que haya interés de participación. Siendo analítico, siendo un poco crítico del panorama que yo veo actualmente sí me genera un poco de preocupación la agresividad con la cual se han estado inhabilitando algunas candidaturas.

POSIBLE “DEDAZO” EN ELECCIONES INTERNAS

¿No cree que es dedazo también decir que en tal municipio solo hay un candidato?

Podría haber formas de disfrazar un dedazo.

¿Cómo puede alguien justificar que candidatura única no es “dedazo”?

Si no es dedazo, digamos que es antidemocrático, un poco en contra de la razón de ser de una primaria, de una competencia interna. Creo que también podemos trabajar sobre la generación de espacios de debate. Puede ser interesante ver de aquí al futuro a candidatos debatiendo, trabajando juntos pero explicando cuáles son sus puntos de vista diferentes, cuáles son sus planes, cuáles son sus motivaciones para entrar (a la competencia), pero sí coincido completamente con que el asegurar una candidatura única dentro de un municipio o tener pocos aspirantes y reducirlos de alguna forma es una especie de dedazo o una especie de control partidario que no es conveniente.

¿Está inconforme con la forma en que el COENA actual está llevado este proceso de elecciones internas?

Podría ser, podría ser que en cierta forma sí estoy inconforme, pero también quisiera darles el beneficio de la duda que están haciendo lo mejor posible con lo que tienen. Fundamentalmente, no me queda claro si la dirigencia ha entendido el valor de una primaria, la importancia del debate, la importancia de la apertura. Creo que en ARENA, por razones de nuestro pasado reciente, todavía tienen ese temor al tema del transfuguismo y por ende creo que está el mismo recelo que podría tener la autoridad de servir como garante de que los nuevos candidatos o los que buscan la reelección sean auténticos areneros y que no se salgan del esquema de lo que plantean nuestros principios y estatutos, pero creo que esos miedos hay que vencerlos.

¿Se está pareciendo entonces ARENA al FMLN?

Sí, como le decía yo, al menos en estos temas. Yo creo que hay abismales diferencias, pero sí en torno a algunas aptitudes… Yo creo que también es de entender el panorama político tal como lo plantean las últimas encuestas. Hay una población que ya no se identifica con uno u otro partido político en su gran mayoría, que quiere cambios, que está harta de la polarización.

De hecho, las encuestas muestran una gran apatía hacia los políticos, es sorprendente la falta de intencionalidad de emitir un sufragio, es sorprendente y preocupante que los ciudadanos cada vez se muestren más en contra de los partidos políticos, llamémosle tradicionales. De hecho, yo considero que un sistema de partidos políticos fuertes le generan estabilidad al sistema, pero creo que nuestro esquema actual más que generar estabilidad le genera estancamiento y hay una diferencia fundamental entre las dos cosas y evidentemente nuestro país hoy por hoy no necesita estancamiento, necesita todo lo contrario; necesita la construcción de acuerdos, necesita la construcción de un diálogo productivo y debemos de solventar cualquier número de crisis a corto plazo, pero para que no sucedan en un futuro también hay reformas estructurales profundas que hay que hacer y que requieren de consensos políticos.

¿Usted cómo ve a su partido ante el gobierno? ¿Está ejerciendo una verdadera labor de oposición que pueda llevar a esos consensos?

Yo creo que la falta de construcción de acuerdo no puede adjudicársele a una u otra parte, hay responsabilidad compartida en este tema.

Creo que fundamentalmente es una consecuencia de una falta de confianza. El partido lleva ya 8 años dentro de la oposición cuando se nos hacen señalamientos de que se está haciendo una oposición poco propositiva. Creo que hay un trabajo importante que debemos de hacer en torno a comunicar mejor nuestra visión, nuestras propuestas. Aunque como oposición hay una labor importante de control, no de protestas pero sí de denuncias ante los abusos del gobierno de turno, debe de quedarle claro al ciudadano si ARENA va a ser una alternativa en las próximas elecciones, de cuál es su plan, cuál es su visión, cuál es su estrategia.

Constantemente vivimos diciendo que hay que cambiar el rumbo de El Salvador, pero ¿cuál es ese rumbo? Creo que ahí nos ha faltado definir cuál es. Yo en lo personal considero de que ese rumbo va por el camino de la justicia. El reto es enorme pero creo que hemos hablado con poca claridad como partido de oposición de verdaderamente acuerpar y representar una alternativa viable en este país.

A veces, en esta misma dinámica polarizante de desconfianza, de ataque y contraataque nos ha costado salir de ese esquema.

¿Cree que ARENA va a lograr una cantidad importante de diputados en 2018?

Yo considero que sí. Ahora, no debemos en ningún momento de confiarnos. Ciertamente el gobierno actual ha sufrido de mucho desgaste, ha sido una gestión que en los últimos 8 años ha demostrado no ser efectiva en torno al ordenamiento de las finanzas públicas, ha caído la inversión en El Salvador, entre otros temas. En la región centroamericana El Salvador está en último lugar, ya no es tan competitivo como era. Tenemos problemas serios en nuestras aduanas. El ambiente de desarrollo del país está bastante complicado y eso indudablemente va a pasarle factura al partido de gobierno en las próximas elecciones.

Eso sí, no creo que el éxito de ARENA deba basarse en el desgaste que podríamos esperar que tenga el FMLN, sino más bien en su habilidad de acuerpar, de representar fundamentalmente soluciones, propuestas claras, al grano y ser realistas y sinceros con la población.

LA LEY DE AGUA Y SUS POLÉMICAS

Usted ha trabajado en el proyecto de Ley Integral del Agua. El vocero de la Presidencia decía hace poco que lo que busca esa ley es privatizar el servicio, ¿está de acuerdo?

Rechazo contundentemente que exista una visión privatizadora del agua. El agua no puede privatizarse, de hecho la Constitución es clara en que los recursos naturales nos pertenecen a todos y es potestad del Estado velar por ellos y garantizar el goce de ellos para todos los ciudadanos.

La visión de la nueva propuesta de Ley Integral del Agua es darle al país una normativa que presente un esquema institucional robusto, de frenos y contrapesos, que le dé estabilidad y sostenibilidad al recurso, garantice que el recurso hídrico en el país es de dominio público, reconozca el derecho humano al agua y fomente la participación ciudadana, de toma de decisiones de manera plural, multisectorial.

Lee también: Johnny Wright y Medardo González chocan por la Ley de Agua

Además, premia la eficiencia, castiga la contaminación, sanciona cuando debe de sancionar y busca ordenar lo que históricamente en nuestro país ha sido sumamente desordenado que es el manejo del recurso hídrico. La autoridad hídrica estaría adscrita al Ministerio del Medio Ambiente y algunos puntos de choque son precisamente en torno a la rectoría del agua, la conformación de la junta directiva como el ente de máxima jerarquía en torno a la toma de decisiones, pues la propuesta contempla cinco directores: uno nombrado por el Presidente de la República, dos a propuesta de COMURES y dos a propuesta de la gremial ANEP.

Esto ha generado debate y yo veo que este debate es positivo, que el tema del agua ha agarrado fuerza y mi esperanza es que esta legislatura logre generar los consensos, generar un debate respetuoso, técnico y poco o nada ideológico y fundamentalmente que pongamos por delante los intereses del país.

REPARTICIÓN DE CUOTAS EN CORTE DE CUENTAS

Tengo entendido que usted presentó una propuesta para la elección de la Corte de Cuentas de la República…

Sí. Esta propuesta la introduje a la Asamblea Legislativa posterior a la elección de la Procuraduría General de la República.

Creo que la primera y más significativa fue la elección del fiscal general de la República, en la que yo me abstuve de votar por el actual fiscal (Douglas Meléndez) y razoné mi voto, pues el proceso de selección no me generó a mí la confianza o la información necesaria para tomar una decisión de tal importancia y trascendencia para el país y empecé en ese momento a cuestionar mucho estos procesos de selección en los que históricamente ha habido atrasos que son inconstitucionales.

Hemos visto que la Sala (de lo Constitucional) nos ha corregido la plana en algunos casos donde se eligieron funcionarios que no eran idóneos porque tenían afiliación partidaria. Hemos visto que se repartieron funcionarios de segundo grado entre fuerzas políticas como cuotas.

En el fondo no se han utilizando los mejores criterios. Los procesos son pocos rigurosos en torno a las exigencias para los candidatos, se les dan preguntas por adelantado para que vengan preparados a la comisión a leer sus respuestas, pero no se les exigen planes de trabajo.

Por tanto, si yo fuera a considerar la elección de un funcionario y no presentó un plan de trabajo o una visión de hacia dónde quería llevar a la institución, ¿como lo voy a medir yo, contra qué? Es importante eliminar todos esos elementos de arbitrariedad en los procesos y encausarlos y definirlos con base en idoneidad, con base en competencia. La Constitución establece los conceptos de moralidad, de honorabilidad y competencia notorias.

La propuesta de reforma, que es al Reglamento Interno de la Asamblea Legislativa, desglosa todo el proceso de selección y es un insumo que hemos presentado para que se discuta esto y para romper con el esquema de negociaciones políticas y que tomemos decisiones fundamentadas en la idoneidad de los funcionarios para ejercer el cargo.

A mí me gustaría incomodar a los candidatos en el sentido de hacer preguntas difíciles, preguntas al azar inclusive, y no darles la oportunidad de que vengan preparados sino realmente ponerlos a prueba ante todo El Salvador para que los ciudadanos vean el nivel o la capacidad de estas personas. Mientras esto no suceda, ¿qué podríamos esperar? Más estancamientos y que los funcionarios que sean seleccionados por la Asamblea y luego ratificados sigan siendo más de lo mismo.

La oposición, el madurismo y las alianzas. De Fernando Mires

En Venezuela existe una dualidad de poder. Un gobierno anti-constitucional por un lado y otro representado por una oposición constitucional. 

Fernando Mires, 25 junio 2017 / TALCUAL

¿Existe el madurismo? La pregunta puede parecer académica pero no lo es. Por lo menos no lo es en sus consecuencias. Y no lo es porque determina –sí, determina- la política de alianzas de la oposición en momentos cuando esa oposición a través de su órgano de representación institucional, la Asamblea Nacional, y en conformidad con los artículos 330 y 350, ha decidido desconocer la legitimidad del gobierno Maduro al haber este traicionado a la Constitución de todos.

En Venezuela existe una dualidad de poder. Un gobierno anti-constitucional por un lado y otro representado por una oposición constitucional. Como se dijo en un artículo anterior, en Venezuela hay muchos partidos, pero solo hay dos campos: el de la anti-Constitución y el de la Constitución. Este último campo, absolutamente mayoritario, incluye de modo creciente a sectores divergentes del régimen a los que hemos llamado “chavismo constitucional”. Su figura emblemática es actualmente la fiscal Luisa Ortega Díaz. En contra de ella está apuntando toda la artillería del gobierno inconstitucional.

De este modo, desde una perspectiva objetiva, si no existe una alianza entre el chavismo y la oposición, existe por lo menos un punto objetivo de convergencia: la defensa irrestricta de la Constitución del 99. Ese punto es –o debería ser- el origen de una alianza política de dimensiones nacionales.

Una alianza tiene lugar entre por lo menos dos entidades las que al reconocer un enemigo común deciden sumar fuerzas para derrotarlo. Para que una alianza tenga lugar se requiere por lo tanto de las diferencias. Por lo mismo, las diferencias, lejos de ser un obstáculo, son la condición de una alianza.

Entre dos fuerzas similares no se requieren alianzas precisamente porque son similares. La aceptación de las diferencias es el requisito esencial de una política de alianzas, y esta última a la vez, es condición esencial de la política como tal. La política es, entre otras cosas, el arte de sumar y multiplicar y no de restar y dividir. Eso es lo que no logran entender algunos sectores anti-políticos de la oposición cuyo poder de difusión es afortunadamente menor a su poder político real. Los hay en dos matices: a un lado los puristas, al otro los aperturistas.

Los puristas son aquellos que bajo ninguna condición aceptan acuerdos con el chavismo constitucional. Para ellos chavismo es chavismo, el madurismo no es diferente al chavismo y pactar con grupos disidentes es traición. De más está decir que con esos opositores –en verdad, opositores a la oposición- no hay ninguna posibilidad de comunicación política.

Problemático es también el sector de los aperturistas. Los hay también en dos versiones. Una versión dura y otra suave. Unos sustentan la tesis de que hay que aceptar al sector chavista disidente, pero solo bajo determinadas condiciones, entre ellas que reconozcan sus pecados originales, que realicen una autocrítica y no pretendan en ningún caso imponer condiciones cuando llegue el momento de actuar juntos. El sector más suave en cambio, afirma que hay que recibir a los chavistas disidentes con los brazos abiertos, algo así como al hijo pródigo regresado al hogar después de haber errado su camino. Ambas posiciones parten, sin embargo, de un supuesto falso.

Ese supuesto falso está sustentado sobre la premisa de que el chavismo constitucional intenta sumarse a la oposición constituida y por lo tanto de lo que se trata es de recibirlos o de no recibirlos. El problema es que hasta el momento no se conoce a nadie dentro del chavismo constitucional que haya hecho una solicitud de ingreso a la MUD, o algo parecido. Todo lo contrario. En sus declaraciones los chavistas antimaduristas intentan diferenciarse de la MUD. Después de haber roto con lo que ellos llaman, desde su perspectiva, el madurismo, se entienden a sí mismos como una fuerza equidistante entre la MUD y el madurismo, algo así como la tercera fuerza de la política venezolana.

En otras palabras, los chavistas constitucionales no son saltadores de talanquera. Son chavistas. Pero a la vez son, o intentan ser, fundadores de un tercerismo político que busca un espacio de acción dentro del espectro político venezolano. El dilema, por lo tanto, no es si hay que aceptarlos o no. Se trata solamente de reconocerlos en lo que son y por medio del diálogo buscar con ellos algunos puntos de convergencia que puedan llevar a una alianza táctica en función del objetivo de los objetivos: restaurar en Venezuela a la Constitución del 99. Más sería demasiado.

Stalin no pidió a Churchill que se hiciera comunista ni Churchill exigió a Stalin que se convirtiera en un demócrata. Ambos concertaron una alianza frente al enemigo principal, Hitler, y gracias a esa alianza lograron derrotarlo. Eso es una alianza política: la unidad circunstancial de dos o más posiciones diferentes.

La historia del chavismo constitucional es, por lo demás, muy distinta a la historia de la MUD. Por esa misma razón ambas entidades mantienen un relato diferente con respecto a la misma historia. Los chavistas constitucionales, a diferencias de la oposición, han realizado una ruptura epistemológica que ha terminado siendo, como suele suceder, una ruptura política. No así la oposición la que, por supuesto, no ha necesitado de ninguna ruptura para oponerse primero a Chávez y después a Maduro.

Una ruptura epistemológica, en el sentido acordado por Gastón Bachelard al término (en su texto clásico “Filosofía de las Ciencias”) tiene lugar cuando en una narración es introducido un concepto que interrumpe y altera la continuidad discursiva. Ese nuevo concepto interruptor se llama, para el chavismo constitucional, “madurismo”.

De acuerdo al relato histórico del chavismo constitucional, el concepto de madurismo, entendido en discontinuidad con el de chavismo es producto de una ruptura epistemológica que antecedió a la ruptura política que hoy está teniendo lugar. O dicho así: lo que desde la perspectiva de la oposición constituida es percibido como continuidad, desde la perspectiva del chavismo constitucional es percibido como ruptura.

Por lo demás, la lógica de los chavistas constitucionales posee cierta coherencia. El chavismo del madurismo, se quiera o no, terminó siendo diferente- y en algunos casos, opuesto- al chavismo de Chávez. Las diferencias entre el chavismo y el madurismo son, para los disidentes chavistas, fundamentalmente cuatro.

La primera diferencia dice que, mientras el de Chávez era un gobierno que contaba con la mayoría absoluta de la ciudadanía, el de Maduro es un gobierno radicalmente minoritario.

La segunda dice que, mientras el de Chávez era un gobierno político-militar, el de Maduro se constituyó como un gobierno militar-político para llegar a ser después lo que ahora es, una dictadura puramente militar.

La tercera dice que mientras la fuente del poder de Chávez era electoral, la de Maduro es anti-electoral.

La cuarta dice que, pese a que Chávez faltaba a la Constitución, nunca renunció a ella como ha ocurrido con Maduro.

Que chavismo y madurismo son dos formas de un mismo régimen –como sostiene la oposición- es cierto. Pero también es cierto que mientras el primero correspondía a una forma ascendente, el segundo corresponde a una forma descendente. Si Chávez habría hecho lo mismo que hoy hace Maduro, o que Maduro es un Chávez sin plata, también puede ser cierto. Pero no es comprobable. Afirmaciones de ese tipo no tienen más valor que el que se deduce de simples conjeturas. Mucho más cierto es que Maduro está vivo y Chávez está muerto; y esa diferencia es muy comprobable.

Tanto en la vida profesional como en la pública debemos realizar alianzas, incluso con personas e instituciones que no nos gustan. Las hay a largo, a mediano y a cortísimo plazo. Puede ser que la que se pueda gestar entre el chavismo constitucional y la unidad opositora corresponda solo a la tercera categoría.

Tal vez ni siquiera sea una alianza sino un simple acuerdo puntual. No por eso menos necesario. En cualquiera de los casos, lo importante para que actúen fuerzas convergentes es reconocer, aceptar y respetar las diferencias que las separan. Exigir como condición para una acción común la renuncia a esas diferencias es condenarse a sí mismo a la más absoluta soledad. Dicha premisa vale tanto para la oposición como para el chavismo constitucional.

Sin alianzas no hay política.