Carta a los frustrados, impacientes e ilusos: No necesitamos rupturas, sino mejores políticas. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 16 enero 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Hoy celebramos otro aniversario de los Acuerdos de Paz. Más bien, este año nadie lo celebra. Además hay un clima político, en el cual predominan el escepticismo y la frustración. Cuando la anti-política levanta la cabeza, ya no parece sexy un hecho como la solución política a un conflicto armado. Cuando la demagogia populista contamina el discurso político, ya no entusiasma una fecha, en la cual hace 26 años la racionalidad se impuso sobre los resentimientos y emociones de la guerra.

logos MAS y EDHEn España pasa algo parecido: Surgió con fuerza un movimiento populista que se arroga descalificar “el régimen del 78” y “la transición”, o sea la histórica refundación de la democracia luego de la dictadura. Cuando a raíz de la crisis catalana se comienza a discutir en serio una reforma constitucional para reforzar las autonomías, el partido PODEMOS de Pablo Iglesias exige un nuevo proceso constituyente.

Aquí Nayib Bukele trata de imitar a Pablo Iglesias, apostando también a la anti-política y un discurso anti-sistema, que niega la vigencia de lo que se ha logrado con los Acuerdos de Paz. Por lo menos el primer impulso le sale fácil, solo está recogiendo a los frustrados que se aburren de la tan poca sexy política en un país que ha entrado en la normalidad, con todos sus logros y defectos.

Los ilusos de las “Nuevas Ideas” no están solos. En el FMLN hay muchos que, luego de que este partido logró la alternabilidad y asumió la responsabilidad de gobernar, se enredaron en la permanente contradicción entre el discurso revolucionario y la política reformista, que su cúpula ejerce desde el poder. Por esto a Bukele le sale fácil recoger a los frustrados entre las bases del FMLN.

Pero hay otros que fomentan esta nueva búsqueda de emociones y rupturas en la política, precisamente cuando necesitamos más racionalidad para consolidar lo caminado desde los Acuerdos de Paz. Un intelectual socialdemócrata como Alberto Arene abre todos los domingos su programa de televisión “Focos” (por demás, bastante bueno) diciendo con cara de tragedia: “La post guerra está agotada…” Y Rubén Zamora sentencia con tono igualmente grave que “los Acuerdos de Paz fallaron al transformar el sistema de partidos políticos.” Aunque ambas son afirmaciones vacías, sí abonan a la percepción irracional que algo está mal con nuestro sistema político y que necesitamos una nueva transformación, cuando lo que necesitamos es que se haga mejor política.

Sumemos a esto que Carlos Calleja, quien en su carrera por la candidatura presidencial de ARENA, lejos de exponer soluciones concretas y reformas necesarias, centra su discurso en el slogan “Nueva Visión”, igualmente vacío que “Nuevas Ideas”. Ambos conceptos no apelan a soluciones racionales, sino al estado emocional de la gente que busca ilusiones, o sea algún tipo de ruptura con este sistema político aburrido de pasos pequeños y presuntamente agotado.

Ante todo esto, insisto en más y mejor política,
más racionalidad, y menos discursos vacíos.

Saludos,

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África en América Latina. De Hécter E. Schamis

La guerra por el recurso y la tragedia venezolana.

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Héctor E. Schamis, politólogo de la Universidad de Georgetown.

Hécter E. Schamis, 14 enero 2018 / EL PAIS

Una buena parte de mi aprendizaje sobre Venezuela ha tenido lugar gracias a mis frecuentes intercambios con Ibsen Martínez y la regular lectura de sus textos, varios de ellos en este mismo periódico. Un tema es recurrente en sus escritos, casi una obsesión, me animo a decir: el petróleo, siempre la variable explicativa de su propio Macondo, esa Venezuela Saudita donde la mismísima categoría “tiempo” parece inexistente. Como en Macondo, precisamente, un pueblo sin historia.

Habiendo trabajado sobre la economía política del desarrollo, mi afinidad con este tema no podría ser más directa e inmediata. Es que el Macondo petrolero de Ibsen es una genial acuarela literaria de lo que, en un dialecto intelectual diferente, llamamos “la maldición del recurso”. Son narrativas gemelas.

el paisEsta literatura, fundamental en economía política, habla de países que funcionan en base a exportar recursos naturales. Nos dice que dichas economías crecen durante shocks de precios favorables, pero con las clásicas distorsiones de la “enfermedad holandesa”. El exceso de divisas aprecia el tipo de cambio real, afectando la competitividad del sector industrial y desplazando el grueso de la inversión hacia el sector exportador. De este modo, la renta exportadora se usa para financiar importaciones de manufacturas. Cuando los precios internacionales caen, y siempre caen, se desacelera el crecimiento.

En consecuencia, en estos países la economía crece por debajo de su potencial, modestamente en el largo plazo y con visibles desequilibrios sectoriales y regionales, resultado de pronunciados ciclos de boom and bust. Típicamente, ello invita políticas fiscales inconsistentes, sumando otro desequilibrio: de presupuesto. El final de este camino los encuentra en medio de una gran crisis macroeconómica y una masiva destrucción de activos. Tanta riqueza los ha hecho pobres.

La política, a su vez, refleja, al mismo tiempo que exacerba, estos ciclos. Diversas facciones se disputan las rentas a efectos de distribuir beneficios entre sus clientes políticos, un escenario propicio para sistemas de dominación patrimonialistas. Un corolario de esto es un aparato estatal de tenue densidad institucional, propicio para un jefe del ejecutivo con autoridad discrecional sobre la política económica.

Con un Aureliano Buendía sentado sobre oro negro, entonces, la democracia es improbable. La Venezuela del Punto Fijo, democrática mientras el resto de América Latina estaba bajo dictaduras militares, constituía una anomalía teórica. Era democrática no por su riqueza petrolera sino a pesar de ella. Uno no encuentra semejante extravagancia en el Golfo Pérsico, continuando con la metáfora Saudita. Evidentemente, Chávez llegó determinado a corregir dicha rareza.

Por supuesto que Noruega—donde dos tercios de la canasta exportadora son en gas y petróleo—es la excepción a la regla, aunque en gran medida por el beneficio de una excepcional secuencia histórica. Es que Noruega descubrió la democracia casi un siglo antes de descubrir petróleo. El tiempo puede ser una variable relevante.

Pero si la economía de recursos naturales está asociada a desequilibrios macroeconómicos y al autoritarismo, también lo ha estado al conflicto prolongado y la guerra civil. Uno tras otro, los estudios empíricos confirman una robusta asociación entre una economía dependiente de exportaciones de recursos naturales y la violencia interna en países de bajo ingreso per cápita. El factor precipitante puede ser el petróleo, como en Sudan y Congo; pero también diamantes, como en Sierra Leone; oro y cobre, como en el Congo Democrático; cacao y café, como en Liberia; fosfatos, como en Marruecos; o bien sustancias ilícitas, como el opio en Afganistán.

Lo común a todos es que la volatilidad de los ciclos económicos en un sistema político de carácter patrimonial incentiva a las facciones a obtener la propiedad del recurso. La erosión de la legitimidad y autoridad del Estado magnifica esta tendencia. Irremediablemente, dichos grupos cumplen funciones cuasi estatales: control del territorio (léase, definir y hacer cumplir derechos de propiedad) y el cobro de tributos (léase, extorsión), claro que sin detentar el monopolio absoluto de la coerción y generando entonces competencia entre sí y mayor fragmentación.

Es decir, generando violencia. El rango de la misma puede ir de la violencia anómica, como es el caso del crimen urbano, hasta una declarada guerra por el recurso dirigida y financiada por warlords—contrabandistas, extorsionadores, traficantes, terroristas o una combinación de todo lo anterior—en ejercicio de una proto-soberanía. Ante la ausencia de autoridad política centralizada, el Estado, una cierta secesión ocurre de facto.

Una vez que la violencia se dispara, ello desencadena una fatal reversión del desarrollo. A medida que el conflicto escala, el ingreso se contrae, la mortalidad crece, las enfermedades se propagan, el crimen se desborda. El hambre se esparce y el consumo de proteínas colapsa. Toda una generación puede estar privada del desarrollo neuronal necesario para el aprendizaje. Las pérdidas en capital humano son irrecuperables.

Los efectos de estos conflictos no reconocen fronteras. Se cuentan en epidemias, refugiados y en la propagación de actividades ilícitas. Todo lo cual supone costos crecientes para los países vecinos en defensa, salud pública y seguridad. El control de fronteras, narcotráfico y lavado de dinero requiere mayores presupuestos en toda la región contigua al conflicto. Una carrera armamentista también es plausible, la violencia engendra más violencia.

He obviado a Venezuela deliberadamente en la segunda parte de esta columna, en la esperanza que el lector haya hecho el paralelo en su mente. Ocurre que, entre sus muchos crímenes, el chavismo ha instalado la guerra por el recurso en América Latina y el Caribe, un tipo de amenaza que la región tendrá que enfrentar por décadas. La Venezuela Saudita ha traído África a América Latina. Su tragedia le pertenece a todo el hemisferio.

@hectorschamis

Cincuenta. De Cristina López

Si saben de alguien a quien el desamor lo ha dejado cínico, cuéntenle de mis papás. Cuéntenle que no fue suerte y que no fue necesariamente “felices para siempre”.

Cristina LópezCristina López, 15 enero 2018 / El Diario de Hoy

Dato curioso: ¿sabía usted que si se casa en sábado, el aniversario número cincuenta de su boda lo celebrará también en sábado? Si bien una persona con inclinaciones matemáticas no encontraría nada de curioso en un dato como este, los simples mortales dependemos de las experiencias de aquellos que han logrado la impresionante proeza de permanecer casados cinco décadas para poder confirmarlo. Lo anterior es mi caso, porque tengo la suerte de tener papás a punto de acumular juntos el impresionante kilometraje de las bodas de oro.

EDH logLa próxima vez que sus hijos, querido lector, le pidan permiso de ir a una fiesta y su paternidad responsable le empuje a la duda, piense que los míos se conocieron en una fiesta a la que sus papás los dejaron ir. Si su hija, querido lector, tiene dudas sobre si vale o no la pena ir a una fiesta, cuéntele que mi mamá no tenía tantas ganas de ir a esta, y que de hecho estaba tan aburrida que terminó frente a una librera, espiando títulos de libros y que fue ahí donde la encontró mi papá. Si usted, querido lector, tiene amigos enamorados pero inseguros de si deberían casarse o no, cuénteles que mi papá, a pesar de estar enamorado, tampoco estaba seguro al cien por ciento de si se quería casar, y que, si no hubiera sido por un ultimátum bien puesto, habría cinco décadas de historias que no estaríamos contando y ocho hijos que no existiríamos.

Si saben de alguien a quien el desamor los ha dejado cínico, cuéntenle de mis papás. Cuéntenle que no fue suerte y que no fue necesariamente “felices para siempre”. Fue, como la mayoría de historias de amor de la vida real, “felices mientras tanto”, y el “mientras tanto” significa en la vida real, los retos complicadísimos y hasta absurdos que tira la vida en un día a día. El “mientras tanto” incluye ordinarieces como el tráfico o el mal humor hasta obstáculos como desempleos inesperados e inoportunos, complicaciones de salud, y muertes familiares. Y en cada “mientras tanto” mis papás dijeron que sí. Con esa fidelidad y visión de largo plazo es que acumularon ocho hijos que requerrían atención de hijo único y que venían con el reto de estirar sueldos, bajar ruedos de pantalones usados por más de una persona y de echarle agua a la sopa. Y la verdadera proeza fue que cada año de esos cincuenta lo hicieron ver fácil e incuestionable, de la misma manera que un gol de Messi le hace pensar a cualquiera que eso del fútbol no es más que piernas y pelota.

Ahora que celebramos que tienen cinco décadas de estar juntos, y que han vivido más tiempo en un proyecto de vida común que en un proyecto de vida individual, tuve la tentación de preguntarles, después de un día ocupadísimo y sobrado de nietos e hijos que no hemos aprendido a esperar nuestro turno para hablar, si habrían hecho alguna cosa diferente. Quería saber, solo para acumular evidencia empírica de que puede existir una persona que a uno le haga feliz toda la vida, si eso de los cincuenta años juntos los hacía tan felices como a nosotros. Lo comparto, querido lector, por si conoce desesperanzados, o si como a mí, este tipo de cosas le matan de curiosidad. Según mi papá, pasar cincuenta años con la misma persona significa que, en sus palabras, si se muriera mañana, moriría contento. Y en mi opinión, cualquier proyecto de vida que resulta en ese tipo de paz mental, vale la pena.

@crislopezg

Partidos y políticos: los no creíbles. De Erika Saldaña

Los únicos responsables de que lleguen al poder personas con poca capacidad, con falta de ideas, con ideas de dinosaurios o que se creen indispensables, son los mismos partidos.

erika saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 15 enero 2018 / El Diario de Hoy

Los partidos políticos se empecinan en tapar el sol con un dedo. La última encuesta de la UCA les deja números alarmantes: el 64 % de los encuestados dijo que no tiene preferencia por ningún partido político, el 47.3 % cree que la situación política ha empeorado y el 59.9 % de la población dijo no estar interesado en ir a votar. Pero en la cabeza de sus dirigentes la crisis de representación de los partidos políticos es un discurso vivo solo en las mentes de un par de generadores de opinión; además, creen que se está haciendo eco de una maligna ola antipartidos que busca perjudicarlos, según ellos, sin motivo.

EDH logHay que decirlo claro: los únicos culpables de que la población ya no se sienta representada por los partidos políticos son los mismos partidos. En los últimos años se ha agudizado esta falta de afinidad debido a que estos no han sido capaces de canalizar las críticas ni el descontento ciudadano. Los partidos se han acostumbrado a manejar el ámbito electoral como si fuera una finca y el voto duro se conforma con recibir instrucciones de los capataces. Ninguno está tomando en serio el descontento de la mayoría de la población ni reflexionando el daño que se le hace a la democracia.

Primero, el esfuerzo que los partidos hacen por llevar a candidatos que tengan solvencia moral es casi nula; en los listados hay personas señaladas de vínculos con el narcotráfico, enriquecimiento ilícito, corrupción, condenadas por el Tribunal de Ética Gubernamental, etc. También la renovación va a paso de tortuga; en sus listas llevan personas que han pasado uno o más periodos en la Asamblea sin hacer un trabajo que se traduzca en algo bueno para la gente. Parece mucho pedir que lleven en sus listas candidatos preparados que sean capaces de trabajar de manera consciente e inteligente. Lo que más falta son ideas frescas. Buena parte de los jóvenes son baby dinosaurios que no se desmarcan ni de la cúpula del FMLN ni del conservadurismo social anacrónico de ARENA.

Sumado a lo anterior, ni partidos ni candidatos hablan sobre propuestas concretas para solucionar los problemas que aquejan al país. Los dirigentes son capaces de establecer la forma en que su fracción votará o el actuar de un concejo municipal, pero no son capaces de coordinar propuestas necesarias y potables.

Tenemos serios problemas fiscales, de seguridad, de un sistema educativo y de salud en ruinas o el drama de los desplazamientos forzados, pero lo que más vemos son spots televisivos y vallas que inundan las ciudad. No vemos propuestas.

Los únicos culpables de la crisis de partidos y del descontento ciudadano son los partidos políticos. Y los únicos responsables de que lleguen al poder personas con poca capacidad, con falta de ideas, con ideas de dinosaurios o que se creen indispensables, son los mismos partidos. Desafortunadamente, los partidos políticos no cuentan con la capacidad de autocrítica, y menos con la valentía de aceptar errores propios e intentar corregir.

Con las listas armadas, el tema de los candidatos es ya difícil de corregir. Sin embargo, como ciudadanos esperaríamos que al menos en el tema de las propuestas los partidos y sus candidatos reaccionen y presenten proyectos viables para los múltiples problemas que tenemos. En este punto nos toca poner de nuestra parte: cuando un político se acerque a pedirle el voto pregúntele cuál es su propuesta y la forma concreta en que logrará cumplir esa propuesta. Cuestiónelo. Comprometalo.

Los principales encargados de que las campañas no se basen en fiestas para los niños, fotos bonitas, retórica, entrega de víveres, huacales, cd, pasteles y regalitos somos nosotros los ciudadanos. Obliguemos a elevar el nivel de la campaña, pues las experiencias de años pasados dejan claro que la mayoría de los candidatos no lo harán por voluntad propia. Y si no lo hacen seguirán en el último lugar en credibilidad para los salvadoreños.

‘Che’ Guevara, el mito desteñido. De Yoani Sánchez

El revolucionario argentino no está superando bien el juicio de la Historia. Sigue siendo un buen negocio para los nostálgicos, pero ya no es admisible su idea del “odio como factor de lucha” y el modelo de guerrillero que propuso ha fracasado.

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Yoani Sánchez, periodista cubana

Yoani Sánchez, 4 enero 2018 / EL PAIS

Hace casi cuatro décadas, cuando aprendía el abecedario, me tocó decir mi primera consigna política, la misma que repiten todavía cada mañana miles de niños cubanos: “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”. Con la diferencia de que hoy la figura del guerrillero está muy cuestionada en muchas partes del mundo, menos en Cuba.

El hombre que posó para tantos fotógrafos, que quedó inmortalizado en un retrato con boina y mirada perdida, no está superando bien el juicio de la Historia. En estos tiempos, en que la violencia y la lucha armada son cada vez más reprobadas públicamente, emergen los detalles de sus desmanes y las víctimas de aquellos años comienzan, finalmente, a ser escuchadas.

el paisErnesto Guevara, el argentino que ha cautivado a cineastas, escritores y periodistas, no atraviesa un buen momento. Poco importa si su rostro sigue reproduciéndose en infinidad de camisetas, banderas o ceniceros en todo el planeta, porque su mito se destiñe en la medida en que se conoce más al personaje que realmente fue. La verdad sale a flote mientras él se hunde.

El golpe más duro contra su imagen ha sido
la deriva prosoviética de Castro tras su muerte

A este deterioro contribuye también la mercantilización sin medida que se ha apoderado de esa imagen con barba rala y ceño prominente. La voracidad material de sus herederos, el inescrupuloso uso que han hecho sus propios compañeros de batalla de su nombre y la frivolidad de los consumidores de reliquias ideológicas agregan ácido corrosivo a su leyenda.

El Che se ha convertido en un negocio, en un buen negocio para los nostálgicos que escriben libros sobre esas utopías que tanto faltan hoy. Son textos para endiosar a un hombre que hubiera perseguido a buena parte de sus actuales admiradores por llevar un piercing en la nariz, pelo largo o un residuo de marihuana en el bolsillo.

Como ironía de la vida, el culto guevariano se extiende entre gente que nunca hubiera podido encajar en el estricto molde que el argentino diseñó para el “hombre nuevo”. Ese individuo debía moverse por “el odio como factor de lucha” y saber convertirse en una “selectiva y fría máquina de matar” llegado el momento, según advirtió en su último mensaje público en 1967.

¿En qué pueden parecerse el Che y esos pacifistas, ecologistas o antisistemas que hoy lo veneran? ¿Cómo encajan quienes dicen querer mayores espacios de libertad para el ciudadano con un hombre que ayudó a someter a toda una sociedad a los designios de unos pocos? ¿En qué punto se conecta ese idealismo con un señor que quiso cambiar América Latina desde la mirilla de un fusil?

La temprana muerte de Guevara y el no haber envejecido en el poder no son elementos suficientes para sostener su leyenda. Los biógrafos complacientes que retocaron cada pasaje de su vida han contribuido a su endiosamiento, y también sus viejos compañeros de ruta necesitados de un “mártir” para el panteón de los revolucionarios, de un John Lennon sin guitarra o de un Jesús sin corona de espinas.

En octubre de 2016 la imagen adusta de Che Guevara que había señoreado por más de 30 años en la plaza principal de la Universidad Nacional de Bogotá, en Colombia, desapareció del muro del auditorio León de Greiff. El borrado de aquel rostro provocó una agria controversia entre los estudiantes y poco después el grupo de simpatizantes del argentino terminó por volver a pintar el mural.

El encontronazo puso en evidencia algo más que las diferencias ideológicas de los estudiantes: mostró el choque de dos tiempos. De un lado, un momento en que Guevara era visto como un libertador latinoamericano que, subido en su moto o empuñando su arma, representaba una figura quijotesca dispuesta a enfrentar los molinos imperialistas. Del otro, una época en que se ha llegado a comprobar el fracaso del modelo que el guerrillero quiso imponer.

No hay mentís más rotundo al hombre que en la Sierra Maestra alcanzó los grados de comandante que el rancio totalitarismo en que derivó la Revolución Cubana. Ningún golpe contra su imagen ha sido tan duro como la deriva prosoviética que tomó Fidel Castro tras la muerte del Che y las posteriores “concesiones” al mercado que debió hacer cuando el subsidio del Kremlin se acabó abruptamente.

‘La cara oculta del Che’ dice que se le conocía como
‘el carnicerito de La Cabaña’ e iba a los fusilamientos

El pasado año, justo cuando se cumplía medio siglo de la muerte de Guevara en Bolivia, la Fundación Internacional Bases, de corte liberal, comenzó una campaña de recolección de firmas en la plataforma Change.org para eliminar todos los monumentos y otros homenajes al Che en la ciudad de Rosario, donde nació. La ONG argentina lo llamó heredero del “legado asesino del comunismo”. Más de 20.000 personas han firmado la demanda.

A finales de diciembre pasado la polémica llegó hasta Francia cuando el Ayuntamiento parisiense, gobernado por la alcaldesa socialista de origen español Ana Hidalgo, albergó la exposición Le Che à Paris. Varios intelectuales y académicos firmaron una carta de protesta escrita por el periodista y exiliado cubano Jacobo Machover en la que exigían la retirada inmediata de la muestra.

El autor del libro La cara oculta del Che contó en su misiva varias de las facetas más escamoteadas en las historia oficial. Guevara “asistía a los fusilamientos” llevados a cabo tras juicios sumarios en el primer año de la Revolución y “los cubanos, que le temían, lo llamaron el carnicerito de La Cabaña”. En 1964, desde la tribuna de Naciones Unidas se vanaglorió de sus actos: “Hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario”.

Hidalgo respondió con un mensaje en la red social Twitter que calentó aún más los ánimos y en el que aseguró que “la capital rinde homenaje a una figura de la revolución convertida en icono militante y romántico”. La alcaldesa parisiense cerró su trino con un emoticono en forma de puño cerrado, a la vieja usanza revolucionaria.

Con su gesto, Hidalgo se sumó a una de las más elaboradas campañas publicitarias surgida del laboratorio castrista, una en la que se distorsiona el pasado y se ensalza a Guevara, mientras se esconde la extensa crueldad que cabía en su persona.

Para varias generaciones de cubanos que hemos repetido desde muy temprana edad el compromiso de ser “como el Che”, todas estas polémicas vienen a ser como una sacudida. Las bofetadas que nos sacan del estado hipnótico que traen la ignorancia y el adoctrinamiento cuando se conjugan.

Sin embargo, el golpe más demoledor que he presenciado a la figura del llamado “guerrillero heroico” vino de un compatriota. En medio de una fiesta habanera un joven universitario se percató de que el invitado alemán estaba vestido con una de esas camisetas con la famosa instantánea que tomó el fotógrafo Alberto Korda.

“Igual te podrías poner una camiseta con el rostro de Charles Manson”, dijo el estudiante al turista, y la frase quedó flotando en el aire mientras la música parecía detenerse. Risas nerviosas y silencio. Nadie defendió a Che Guevara.

 

La puerta. De Cristian Villalta

Al TPS no lo mató el fantasma de Hugo Chávez; se murió de hambre nada más. Renovado en septiembre de 2016, vencía naturalmente en marzo de este año.

cristian villaltaCristian Villalta, 14 enero 2018 / La Prensa Gráfica

Uno las ve en la fotografía y hasta advierte una sonrisa en la diputada Karina Sosa; a su colega Nidia Díaz, en cambio, la imagino algo contrariada. Eso de ponerse cínico no se le da igual a toda la gente.

Tampoco es para morirse: si la consigna era que ninguno de los parlamentarios oficiales se quedara callado luego de las noticias respecto al TPS, algo había que hacer; y ni siquiera la inviable propuesta de darle $1,500 dólares como capital semilla a cada uno de los retornados las hizo ver peor que el canciller Hugo Martínez o el presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén.

LPGAl canciller y a su jefe les faltó apenas un gramito de iniciativa para declarar el 8 de enero como el Día Nacional de la Reunificación Familiar. Sus discursos de esa tarde fueron irrespetuosos para la inteligencia de la nación, mera jerga electorera, pretendiendo que el votante interpretara la extinción de los beneficios del TPS para casi 200,000 connacionales en 2019 como una victoria de la diplomacia.

El infame optimismo gubernamental fue la mal disimulada respuesta al oportunismo barato del principal opositor. Al otro lado del barrio político, las expresiones de muchos voceros de ARENA, incluido uno de sus precandidatos a la Presidencia, fueron infantiles, ligando la decisión estadounidense con la adhesión de los gobiernos del FMLN a la agenda de la Alianza Bolivariana, y más específico, con la lamentable participación del exministro de Obras Públicas, Gerson Martínez, en un evento que, seamos sinceros Gerson, parecía organizado por los primos soyapanecos de Osama bin Laden.

Al TPS no lo mató el fantasma de Hugo Chávez; se murió de hambre nada más. Renovado en septiembre de 2016, vencía naturalmente en marzo de este año; con la ascensión al poder de un hombre enemistado con los inmigrantes, ¿qué detuvo al FMLN para asociarse con otros países también interesados en estos beneficios, enfilar sus baterías diplomáticas y las de sus aliados en el Congreso y acercarse al Gobierno de los Estados Unidos de América desde enero del año pasado?

En lugar de comprometerse con brindar esas respuestas o de convocar a la nación a un análisis integral de la situación, solo quedó materia para el “gossip” electoral y para un ejercicio de descaro de parte de las dos facciones de la plutocracia que gobernó al país desde 2001 a la fecha. Gobierno y medio de ARENA, Gobierno y tres cuartos del FMLN, ambos son responsables de que nuestra política exterior en este siglo haya sido reactiva, cargada de una ideologización inútil, pensada de espaldas a los compatriotas migrantes.

Especialmente durante la administración de Antonio Saca, la vulnerabilidad migratoria de los connacionales fue usada como moneda de cambio y herramienta de cálculo electoral. Las fotos de Saca abrazándose con George W. Bush y su discurso que la renovación del TPS había sido posible merced a su “amistad” con el mandatario provocan tanta indignación hoy como en 2008. En aquel momento, el Estado gozaba de un indiscutido capital político en Washington, pero rehuyó buscar una solución permanente. Algo tuvieron que ver en ese desperdicio de oportunidad la incapacidad de liderazgo del último presidente arenero. Una lástima porque nuestra gente siempre debió ser nuestra respuesta, no nuestro problema.

Hoy, todos vuelan a Washington, a tocar una puerta que ya no existe.

A letter to Trump from a “shithole country” / Carta a Trump desde un “shithole country”. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 13 enero 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Dear Donald:
You asked why all these people from shithole countries are coming to your country. Well, I can answer your question: They believe in the United States, more than you do. You don’t believe that the United States became a great country because millions of people, from all over the world, have chosen to come to the United States, ready to work hard for their families, including those they left behind. You don’t believe in the American ideal of freedom and equality that keeps attracting people who live in poor countries where this ideal is only real for the privileged few. Those who truly believe in this ideal are those people from poor countries, who risk everything, including their lives, to come to the United States. Shit people who come from shitholes.

logos MAS y EDHWell, Donald, have you never asked yourself why your grandfather Friedrich Drumpf came to the United States in 1885? He came, because back then Germany was a shithole even worse than El Salvador and Haiti are now for you. Why do you think millions of Irish, Italians, Germans and Norwegians left their countries to settle in the United States and built it into the great country you are trying to destroy? They came because they couldn’t make a living and find freedom in their shitholes, as you choose to call poor countries.

Encuentre la versión
en español de esta carta abajo

You asked yourself another question: Instead of all these people from shitholes like El Salvador and Haiti, why not bring people from Norway to the States? That’s also easy to answer: Because Norway is not anymore the shithole it was, when 4.5 millions of its people immigrated to the Unites States some 150 years ago. It may hurt your feelings, but today nobody from Norway will emigrate to your country, because this former shithole now guarantees its citizens a degree of freedom, wealth, security, health care and equality you can only dream of. So does most of Europe. So, forget about white well-educated people flocking into your country in order to make it great again. You’ll have to do with the people from shitholes. And let me tell you: They are the most motivated to work hard and defend American values.

You’re right: We have a lot of shit going on in our country: corruption, violence, bad leadership… and sometimes bad influence from the US. That’s why we often call our country even worse things than a shithole. We have the right to do that, you don’t. You can -and should- blame our bad leaders for all they’re doing wrong, but you can’t blame or hurt our countrymen, whose hard work in the United States is doing more to improve our country than our and your government together.

Excuse my English, but what can you expect
from people living in a shithole?

Regards,

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Carta a Trump desde un “shithole country”. De Paolo Luers

Paolo Luers, 13 enero 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Estimado Donald:
logos MAS y EDHUsted preguntó porqué toda esta gente de “shithole countries”, o sea países de mierda, vienen a su país. Bueno, yo le tengo la respuesta: Ellos creen en los Estados Unidos más que usted. Usted no cree que Estados Unidos se hizo un gran país porque millones de gente de todo el mundo decidieron emigrar a Estados Unidos, dispuestos a trabajar duro para sus familias, incluyendo los que dejaron atrás. Usted no cree en el ideal americano de libertad e igualdad que continua atrayendo gente que vive en países donde este ideal solo es realizable para una minoría privilegiada. Los que realmente creen en este ideal son los ciudadanos de países pobres, quienes arriesgan todo, incluso sus vidas, para llegar a los Estados Unidos. Gente hecho mierda de países mierda.

Bueno, Donald, nunca se preguntó porqué su abuelo Friedrich Drumpf vino a Estados Unidos en 1885? Vino porque en aquel entonces Alemania fue un “shithole” incluso peor que El Salador y Haití ahora. ¿Por qué cree que millones de Irlandeses, Italianos, Alemanes y Noruegos abandonaron sus países para ir a Estados Unidos y convertirlo en el gran país que usted está tratando de destruir hoy? Llegaron a Estados Unidos, porque en sus “shitholes, como usted llama a los países pobres, no podían sobrevivir, ni mucho menos encontrar la libertad.

Usted se hizo otra pregunta: En vez de toda esta chusma de “shitholes” como Haití o El Salvador, ¿por qué no traer a Estados Unidos a gente de Noruega? También es fácil de responder: Porque Noruega ya no es el “shithole” que fue cuando 4.5 millones de su población emigraron a Estados Unidos hace como 150 años. Tal vez le ofenda, pero hoy en día nadie va a emigrar de Noruega a Estados Unidos, porque este país ahora garantiza a sus ciudadanos un grado de libertad, prosperidad, seguridad, atención de salud e igualdad que usted solo puede soñar. Y así buena parte de Europa. Entonces, olvídese de masas de gente blanca y bien educada buscando Estados Unidos para hacerlo nuevamente un gran país. Tendrá que arreglárselo con gente de los “shitholes” del mundo. Y déjeme decirle: Son los más motivados a trabajar y para defender los “valores americanos”.

Tiene razón usted: Tenemos un montón de mierda que pasa en nuestro país: corrupción, violencia, pésimo liderazgo… y a veces malas influencias desde los Estados Unidos. Por eso, muchas veces llamamos nuestro país peores cosas que “shithole”. Nosotros tenemos el derecho de hacerlo, usted no. Usted puede -y debería- denunciar a nuestros líderes por todo lo que hacen mal, pero no puede culpar ni mucho menos castigar a nuestros compatriotas, cuyo trabajo duro en Estados Unidos aporta más a nuestro país que el gobierno nuestro y el suyo juntos.

Saludos,

44298-firma-paolo