En vez de carta: Crónica de una acusación arbitraria (2). De Paolo Luers

¿Asociación ilícita?

Paolo Luers, 23 mayo 2017 / EDH y MAS!

Voy a continuar usando este espacio para comentar lo que de otra manera quedaría fuera de la cobertura mediática, la cual se limita a repetir los argumentos de la Fiscalía en el “caso tregua”. Ayer, luego de tres días de escuchar a los fiscales, le tocó argumentar a la defensa. Hablaron los abogados de 12 de los 22 acusados. Hoy concluirán los restantes 10.

Los defensores causaron serios daños estructurales al edificio frágil que había levantado la Fiscalía: la teoría de una “asociación ilícita” entre oficiales de la PNC y de Centro Penales, junto al mediador Raúl Mijango, para fortalecer a las pandillas. Y la FGR alega que en este contexto y para este fin- cometieron delitos como la introducción de ilícitos en los penales. Esta teoría la construyeron el exfiscal Julio Arriaza, ahora prófugo para evadir su juicio por fraude procesal (elaborar pruebas falsas en un proceso), y el exfiscal general Luis Martínez, preso por el mismo delito. Ellos escribieron el requerimiento fiscal contra los 22 acusados en el “caso tregua” – y su fantasma estuvo presente durante toda la audiencia -.

Los defensores demolieron los fundamentos de este edificio. Botaron la teoría de la “asociación ilícita”, comprobando que los acusados actuaron por órdenes de una “asociación lícita” y oficial: del gabinete de Seguridad del Gobierno.
Además señalaron que la gran mayoría de las pruebas ofertadas por la Fiscalía es impertinente para los delitos imputados a sus defendidos y, por tanto, inadmisibles. El hecho que se gestionó una tregua: irrelevante, porque no es calificable como delito. El hecho que se trasladaron a los jefes de las pandillas de un penal a otros: irrelevante, porque tampoco constituye delito – y además esta decisión no estaba en manos de ninguno de los 22 imputados, ni siquiera del director de Centros Penales. El hecho que a los penales entraron televisores y comida rápida, es irrelevante, porque la Ley Penitenciaria les garantiza estos derechos a los internos. Todos estos son cargos y “pruebas” que solo tienen relevancia en el juicio paralelo que lleva al Fiscalía: el juicio mediático y político. Pero inadmisibles en el juicio formal ante un tribunal de justicia.

En cambio, los defensores señalaron que en todo el compendioso expediente de acusación no existen pruebas materiales para los delitos concretos que la Fiscalía imputa a cada uno de los 22 ciudadanos. No hay ni un solo “objeto ilícito” decomisado que la FGR pudiera vincular a uno de los imputados, ni siquiera pudo decir en qué lugar y fecha entraron cuáles objetos.

Se cierra el círculo: si no hay delito comprobable, ¿cómo puede la Fiscalía seguir hablando de una “asociación ilícita” para cometer delitos?

En resumen: en el fondo, en vez de acusar a los 22 de delitos concretos, los está acusando de haber implementado una política pública.

Ahora bien, si nuestro sistema judicial acepta el intento de penalizar las políticas públicas, ¿qué pasará con el actual ministro de Seguridad y con el actual director de la PNC, cuyas políticas públicas de Seguridad habrían permitido ejecuciones extrajudiciales, grupos de exterminio y la muerte de más de 14 mil salvadoreños en los 3 años de su gobierno? ¿Realmente queremos ir a una justicia política?

El jueves les contaré el resultado de esta audiencia. Para mi criterio,
sólo hay una salida: sobreseer a los 22 acusados.
Saludos,

Camino a la anarquía. De Erika Saldaña

Si el Estado asume que no es capaz de cumplir una de las principales funciones para las que existe, armar a la ciudadanía es el primer paso para vivir en una anarquía.

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 22 mayo 2017 / EDH

“Policía mata a motociclista que le pitó para que cruzara la calle”; “Capitán de la Fuerza Aérea fue asesinado por su vecino tras discusión en el parqueo”; “Matan a pasajero tras discusión por un asiento”; “Vigilante mata a taxista por un dólar”. Este tipo de macabros titulares se están volviendo frecuentes en los medios salvadoreños y, lastimosamente, ya no nos causan el escozor que deberían.

Al leer cada historia, al menos yo me pregunto: ¿Por qué estas personas disponen tan fácilmente de un arma? ¿Acaso esa responsabilidad no debería depositarse solo en personas mentalmente sanas? ¿Qué tan efectivo es el filtro de las autoridades para entregar un permiso de portación de armas?

Actualmente en la Asamblea Legislativa se encuentra una propuesta de armar a las comunidades civiles para su propia defensa en contra de la delincuencia. En una sociedad donde reina la intolerancia en cualquier espacio, de la cual hemos sido testigos con casos y muertes propias de historias de psicópatas, más armas podrían significar muchas más muertes. Justificadas, o probablemente no, bajo el manto de la legítima defensa. Y en comunidades donde impera el miedo ante el acecho de la delincuencia y las pandillas, todo parece ser fórmula perfecta para un inminente fracaso.

Entre líneas, el Estado acepta dos cosas preocupantes en su intento de armar a civiles: que la seguridad pública sigue siendo el problema más grave hoy por hoy, aunque el índice de homicidios esté a la baja; y que no existe un control estatal de la seguridad pública. Si el Estado asume que no es capaz de cumplir una de las principales funciones para las que existe, armar a la ciudadanía es el primer paso para vivir en una anarquía.

Trasladar la obligación de la seguridad pública a civiles, bajo el manto de la legítima defensa, puede dar lugar a situaciones preocupantes. En primer lugar, una tarea excepcional como es la limitación de derechos (en este caso, de los presuntos delincuentes) se otorga al Estado bajo el entendido que los procedimientos se realizarán en el marco de la ley, de manera racional y cuando esta sea la última opción posible. El miedo es traicionero y nada nos garantiza que una persona armada tenga conocimiento que para invocar el uso de la legítima defensa se deben cumplir varios requisitos. En ese sentido, para que una persona esté habilitada para afectar los derechos de alguien más sin ser acusado penalmente, es decir, alegando defensa propia, se deben afectar los derechos personales y no los de alguien más, debe existir una verdadera acción que sea delito y no una simple amenaza, el peligro debe ser real y el uso de la defensa por la propia mano tiene que ser la última opción posible.

Si descartamos la idea de armar a los civiles para su propia defensa ante la delincuencia, ¿qué se debe hacer? Exigirle a la Policía Nacional Civil y al Ministerio de Seguridad Pública y Justicia que asuman el rol que les corresponde. Hay que resolver un problema que existe desde hace un par de décadas, que las autoridades de seguridad pública siempre han tenido en su nariz y prefieren ignorar: en primer lugar, es necesario depurar a la Policía Nacional Civil.

Resulta difícil invocar mayor presencia policial cuando también hemos sido observadores de su dudoso comportamiento en muchos casos; serias acusaciones de que miembros de la institución habrían realizado ejecuciones extrajudiciales, implantación de droga a un joven, introducción de objetos a bartolinas y centros penales, corrupción, entre otras, son solo algunos de los serios señalamientos. Sin embargo, en un Estado de Derecho y en una democracia constitucional es complicado señalar salidas distintas a las institucionales. Es necesario forzar al correcto funcionamiento de estas e impulsar la depuración de la corporación policial.

Paralelo a lo anterior es urgente ampliar la presencia de los policías en los territorios, mejorar la ejecución de sus procedimientos y las condiciones laborales de sus agentes. Es primordial tener verdaderos planes de reducción de delitos y no paliativos temporales. La opción de armar a la ciudadanía significa que el Estado se desentiende de una de sus principales obligaciones y esto podría convertirse en un veneno que agudice mucho más la enfermedad, desembocando en una anarquía.

La “Defensa de ARENA”. De Cristina López

Coincidimos en que las políticas que permiten más libertad para más personas generan más prosperidad que la opresión estatal. Y esto, en teoría, es algo en lo que cree también ARENA. O por lo menos eso dicen sus estatutos.

Cristina López, 22 mayo 2017 / EDH

Esta semana, un blog a medio montar que se hace llamar “Defensa de ARENA” publicó una nota en tonos de pánico sobre los supuestos intentos de infiltración al partido que un grupo de jóvenes confabuladores aparentemente se encuentra organizando. La nota era una reacción a la supuesta posibilidad de que Aída Betancourt — a quien tengo la satisfacción de contar entre mis amistades — considere lanzar una candidatura suplente acompañando al actual diputado Juan Valiente. Valiente, durante su primer período en la Asamblea, ha demostrado en repetidas ocasiones un compromiso en la lucha contra la corrupción, una honestidad intelectual refrescante y una apertura a la crítica y al debate que más servidores públicos deberían imitar.

La nota en el blog pretendía exponer al actual diputado Johnny Wright y sus planes de activar a una supuesta red de “activistas liberales” con la macabra intención de tomarse el partido. Los autores del blog anónimo presentan todo un organigrama en el que aparecen un grupo de jóvenes exintegrantes de la Juventud Republicana Nacionalista, otro columnista de este medio, Guillermo Miranda, una persona que comparte mi nombre (imposible por falta de detalle saber si la que integra la red de desestabilizadores soy yo, mi homónima marchista y actual diputada, o una tercera tocaya) y se nos acusa, entre otras cosas, de criticar públicamente al partido en las redes sociales.

Esta es la parte donde hace falta pausar para permitirnos un ataque de risa. Risa, porque es un tanto cómica la paranoia y el tono de pánico, sobre todo porque algunos de los mencionados ni siquiera nos hemos conocido en persona. Otros nunca hemos intercambiado palabra con Wright. Lo que sí tenemos en común, es el deseo de que el partido con las únicas posibilidades reales y económicas de hacerle una oposición seria al desastre tragicómico que es el FMLN, se renueve y sea un vehículo para que personas con principios basados en la libertad lleguen al servicio público a través de un proceso electoral. Ese deseo lo hemos expresado abiertamente, haciéndole críticas honestas al partido, tal y como lo permite la libertad de expresión: haciendo (a veces un tanto ingenuamente) sugerencias de buena fe de que se abran a nuevos liderazgos y permitan la entrada de gente honesta, independiente y con demostradas capacidades intelectuales para servir en la palestra pública.

Es importante notar que, a diferencia del blog cobardemente anónimo, estas críticas y sugerencias las hemos hecho siempre dando la cara: firmando con nuestro puño y letra y poniendo nuestro nombre para demostrar responsabilidad y hacernos dueños de lo que decimos y hacemos. Entre nosotros posiblemente hay una variada gama de posturas individuales en temas específicos de política pública, desde la penalización o no de las drogas hasta detalles más complicados como explorar la despenalización del aborto, pero coincidimos en que las políticas que permiten más libertad para más personas genera más prosperidad que la opresión estatal. Y esto, en teoría, es algo en lo que cree también ARENA. O por lo menos eso dicen sus estatutos.

Por supuesto que la postura de un blog anónimo no refleja necesariamente la postura del partido ni de sus dirigentes. Por supuesto que a diferencia de la paranoia estilo guerra fría, puede que los dirigentes estén sumamente abiertos a un relevo generacional. Por supuesto que unos pocos, anclados a su obsesiva lealtad al partido en lugar de coherencia de principios, no representan ni al vehículo político que podría ser ARENA, ni a quienes elijan subirse como candidatos. Pero también cabe la posibilidad de que les esté dando demasiado crédito.

@crislopezg

El ‘Brexit’ del PSOE. Editorial de El País

La victoria de Sánchez profundiza la crisis del Partido Socialista.

Pedro Sánchez comparece tras proclamarse su victoria. PIERRE-PHILIPPE MARCOU AFP

Editorial de El País, 22 mayo 2017 / EL PAIS

La victoria de Pedro Sánchez en las primarias del partido socialista sitúa al PSOE en una de las coyunturas más difíciles de su larga historia. El retorno a la secretaría general de un líder con un legado tan marcado por las derrotas electorales, las divisiones internas y los vaivenes ideológicos no puede sino provocar una profunda preocupación.

La propuesta programática y organizativa de Sánchez ha recogido con suma eficacia otras experiencias de nuestro entorno, desde el Brexit hasta el referéndum colombiano o la victoria de Trump, donde la emoción y la indignación ciega se han contrapuesto exitosamente a la razón, los argumentos y el contraste de los hechos. En este sentido, la victoria de Sánchez no es ajena al contexto político de crisis de la democracia representativa, en el que se imponen con suma facilidad la demagogia, las medias o falsas verdades y las promesas de imposible cumplimiento.

Finalmente España ha sufrido también su momento populista. Y lo ha sufrido en el corazón de un partido esencial para la gobernabilidad de nuestro país, un partido que desde la moderación ha protagonizado algunos de los años más prósperos y renovadores de nuestra historia reciente. Lo mismo le ocurrió en los meses pasados al socialismo francés, que se encuentra al borde de la desaparición de la mano del radical Benoît Hamon. Y un desastre parecido se avecina en el laborismo británico, dirigido por el populista Jeremy Corbyn. Sería ilusorio pensar que el PSOE no está en este momento ante un riesgo de la misma naturaleza. En todos los casos, la demagogia —conocida en Podemos o Trump— de los de abajo contra los de arriba se ha impuesto a la evidencia de la verdad, los méritos y la razón. Debemos asumir que esto nos sitúa ante una situación muy difícil para nuestro sistema político.

Sánchez ha construido su campaña sobre dos promesas de imposible cumplimiento. Una, conformar, con la actual configuración del Parlamento, una mayoría de gobierno alternativa al Partido Popular. Pero aunque se haya pretendido convencer a la militancia de que entonces se pudo pero no se quiso, esa mayoría fue imposible en octubre pasado y lo es también ahora, pues el PSOE no tiene la fuerza ni la capacidad de construir una mayoría de gobierno estable.

La segunda promesa ha sido la de redibujar el Partido Socialista como una organización sin instancias intermedias en la que solo existe un líder, el secretario general, y los militantes. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja: el PSOE es un partido profundamente descentralizado, tanto desde el punto de vista orgánico como territorial, donde existen múltiples instancias de poder con las que es inevitable contar. No entender ni respetar esa pluralidad y complejidad es lo que le llevó a perder la secretaría general en octubre pasado.

Fue la combinación de esos dos hechos, la imposibilidad de gobernar y la negativa a aceptar las consecuencias, lo que llevó a Pedro Sánchez a perder el apoyo del comité federal y, eventualmente, a dimitir. Las circunstancias no han cambiado, así que Sánchez vuelve al punto de partida de octubre. Con una diferencia crucial: que lo hace después de una serie de giros ideológicos en cuestiones clave (las alianzas con Podemos y el concepto de nación) que le alejan aún más de la posibilidad de gobernar.

En un momento en el que España enfrenta un grave problema territorial en Cataluña, era más necesario que nunca que el PSOE se configurase como un partido estable y capaz de suscitar amplios apoyos. Lamentablemente, el proyecto de Sánchez, en el que no cuenta con nadie que represente el legado de 22 años de Gobierno del PSOE ni ningún poder territorial significativo, aboca al partido a la profundización de una ya gravísima crisis interna. Como demuestran las debacles electorales que sufren los socialistas en toda Europa, y como ya han experimentado los socialistas en España, los márgenes para la supervivencia y relevancia del proyecto que aspiran a encarnar son de por sí ya muy estrechos. En esas circunstancias, la confusión ideológica y el modelo de partido asambleario en el que se ha apoyado Sánchez fácilmente podrá desmovilizar aún más a sus votantes y alejar a los socialistas del poder.

 

Tun tun. De Alberto Barrera Tyszka

Fotografía de Maura Morandi

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 21 mayo 2017 / PRODAVINCI

De pronto, el oficialismo ha entrado en modo sensible. Después de pasar años cayapeando, sin pudor y sin piedad, a sus adversarios, a sus críticos, a cualquier forma de disidencia, ahora, de repente, resulta que recuerdan que hay derechos individuales, que el respeto es necesario, que los linchamientos no son saludables, que es muy feo y peligroso carajear al prójimo.

Ahora recuerdo, por ejemplo, hace años, cuando una propaganda oficial, transmitida repetidamente por el canal del Estado, presentaba una secuencia de dibujos animados descalificando y agrediendo a Carlos Correa, activista de derechos humanos y especialista en temas de comunicación, mostrándolo como un corrupto. Ninguno de los que ahora alzan la mano y la voz, apelando a la conciencia, hizo lo mismo en aquel momento. Por el contrario, tal vez algunos de ellos fueron incluso cómplices de esa acción. Con la anécdota no pretendo justificar nada. Solo quiero señalar que –desgraciadamente– mucho de lo que ocurre solo es un síntoma. El chavismo se dedicó a construir y consolidar un nuevo sistema de exclusión. Ahora todos vivimos sus consecuencias.

Me temo que algunas de las reacciones –desbordadas o no– que comienzan a aparecer tienen que ver, también, con el sostenido intento oficial por negar lo que ocurre. El gobierno se enfrenta, cada vez más, a un límite físico: pretende hacer invisible aquello que, cada día, es más visible, está más presente, hace más ruido. Los oficialistas no quieren aceptar la crisis que vive el país. No reconocen el hambre, las dificultades, la trágica situación de la mayoría de los venezolanos. Tampoco admiten que hay gente, mucha gente, millones de personas, inconformes, protestando, exigiendo un cambio. Para ellos, la multitud que ayer llenó la autopista Francisco Fajardo en Caracas no existe. Estuvo ahí. Inmensa, multicolor, asombrosa. Se multiplicó en imágenes en el resto del país y en el exterior. Pero el oficialismo ha decretado que no fue así, que lo que todo el mundo ve nunca aconteció. El gobierno actúa como si el pueblo fuera un espejismo.

Aun frente a la foto de la descomunal concentración, podrá salir el General Reverol a hablarnos nuevamente de los grupúsculos violentos de la derecha terrorista. Y Nicolás Maduro podrá colgar nuevamente en Youtube otro sensacional video del interior de su carro, con Cilita, Ernestico y Carmencita, todos felices, rumbo a la autopista, a donde de seguro los espera un nutrido grupo de vecinos que quieren conversar con ellos. Y en los periódicos y en los portales, seguirán escribiendo los Hernández Montoya de turno, hablando como si solo hubiera seis mercenarios sifrinos e imperialistas en la calle. Como si los quirófanos del hospital Vargas estuvieran funcionando. Como si el cartón de huevos no valiera doce mil bolívares. Como si la represión fuera legítima.

Y todavía, después de todo lo que ha pasado, con todos los muertos y la cantidad de heridos y de detenidos, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello podrán también aparecer en sus sendos programas televisivos, uno con diván, otro con garrote, y repetir sus verdades, la certeza de que aquí no pasa nada. Estamos en paz, dirá Rodríguez. Prepárense, dirá Diosdado. Aquí no pasa nada, repetirá Rodríguez, mientras Diosdado tal vez vuelva a advertirnos que por ahí está el SEBIN, que cualquier noche pueden tocar a tu puerta.

Pasaron demasiados años disfrutando de un poder sin límites. Demasiados años agrediendo y humillando a los demás. Y todavía no entienden que Venezuela cambió. Todavía no entienden que no pueden seguir mintiendo con tanto descaro. Que no pueden continuar desconociendo a los otros. El chavismo se hunde en su propia sordera. No se da cuenta que está sonando el país: tun tun ¿quién es? Es la democracia, diputado Cabello. ¿A eso le tienen tanto miedo?

 

El muro y el Flaco. De Mario Vargas Llosa

Burlar la frontera entre EE UU y México es un negocio próspero para las mafias. Solo abriendo los pasos de par en par acabará el tráfico de drogas y la inmigración ilegal.

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 21 mayo 2017 / EL PAIS

Un buen reportaje puede ser tan fascinante e instructivo sobre el mundo real como un gran cuento o una magnífica novela. Si alguien lo pone en duda, le ruego que lea la crónica de Ioan Grillo Bring On the Wall que apareció en The New York Times el pasado 7 de mayo. Cuenta la historia del Flaco, un contrabandista mexicano que, desde que estaba en el colegio, a los 15 años, se ha pasado la vida contrabandeando drogas e inmigrantes ilegales a Estados Unidos. Aunque estuvo cinco años en la cárcel no se ha arrepentido del oficio que practica y menos ahora, cuando, dice, su ilícita profesión está más floreciente que nunca.

Cuando el Flaco empezó a traficar con marihuana, cocaína o compatriotas suyos y centroamericanos que habían cruzado el desierto de Sonora y soñaban con entrar a Estados Unidos, el contrabando era un oficio de los llamados coyotes, que trabajaban por su cuenta y solían cobrar unos cincuenta centavos por inmigrante. Pero como, a medida que las autoridades norteamericanas fortificaban la frontera con rejas, muros, aduanas y policías, el precio fue subiendo —ahora cada ilegal paga un mínimo de 5.000 dólares por el cruce—, los carteles de la droga, sobre todo los de Sinaloa, Juárez, el Golfo y los Zetas, asumieron el negocio y ahora controlan, peleándose a menudo entre ellos con ferocidad, los pasos secretos a través de los 3.000 kilómetros en que esa frontera se extiende, desde las orillas del Pacífico hasta el golfo de México. Al ilegal que pasa por su cuenta, prescindiendo de ellos, los carteles lo castigan, a veces con la muerte.

FERNANDO VICENTE

Las maneras de burlar la frontera son infinitas y el Flaco le ha mostrado a Ioan Grillo buenos ejemplos del ingenio y astucia de los contrabandistas: las catapultas o trampolines que sobrevuelan el muro, los escondites que se construyen en el interior de los trenes, camiones y automóviles, y los túneles, algunos de ellos con luz eléctrica y aire acondicionado para que los usuarios disfruten de una cómoda travesía. ¿Cuántos hay? Deben de ser muchísimos, pese a los 224 que la policía ha descubierto entre 1990 y 2016, pues, según el Flaco, el negocio, en lugar de decaer, prospera con el aumento de la persecución y las prohibiciones. Según sus palabras, hay tantos túneles operando que la frontera méxico-americana “parece un queso suizo”.

¿Significa esto que el famoso muro para el que el presidente Trump busca afanosamente los miles de millones de dólares que costaría no preocupa a los carteles? “Por el contrario”, afirma el Flaco, “mientras más obstáculos haya para cruzar, el negocio es más espléndido”. O sea que aquello de que “nadie sabe para quién trabaja” se cumple en este caso a cabalidad: los carteles mexicanos están encantados con los beneficios que les acarreará la obsesión antiinmigratoria del nuevo mandatario estadounidense. Y, sin duda, servirá también de gran incentivo para que la infraestructura de la ilegalidad alcance nuevas cimas de desarrollo tecnológico.

“Al ilegal que pasa por su cuenta los carteles lo castigan,
a veces con la muerte”

La ciudad de Nogales, donde nació el Flaco, se extiende hasta la misma frontera, de modo que muchas casas tienen pasajes subterráneos que comunican con casas del otro lado, así que el cruce y descruce es entonces veloz y facilísimo. Ioan Grillo tuvo incluso la oportunidad de ver uno de esos túneles que comenzaba en una tumba del cementerio de la ciudad. Y también le mostraron, a la altura de Arizona, cómo las anchas tuberías del desagüe que comparten ambos países fueron convertidas por la mafia, mediante audaces operaciones tecnológicas, en corredores para el transporte de drogas e inmigrantes.

El negocio es tan próspero que la mafia puede pagar mejores sueldos a choferes, aduaneros, policías, ferroviarios, empleados, que los que reciben del Estado o de las empresas particulares, y contar de este modo con un sistema de informaciones que contrarresta el de las autoridades, y con medios suficientes para defender en los tribunales y en la Administración con buenos abogados a sus colaboradores. Como dice Grillo en su reportaje, resulta bastante absurdo que en esa frontera Estados Unidos esté gastando fortunas vertiginosas para impedir el tráfico ilegal de drogas cuando en muchos Estados norteamericanos se ha legalizado o se va a legalizar pronto el uso de la marihuana y de la cocaína. Y, añadiría yo, donde la demanda de inmigrantes —ilegales o no— sigue siendo muy fuerte, tanto en los campos, sobre todo en épocas de siembra y de cosecha, como en las ciudades donde prácticamente ciertos servicios manuales funcionan gracias a los inmigrantes latinoamericanos. (Aquí en Chicago no he visto un restaurante, café o bar que no esté repleto de ellos).

Grillo recuerda los miles de millones de dólares que Estados Unidos ha gastado desde que Richard Nixon declaró la “guerra a las drogas”, y cómo, a pesar de ello, el consumo de estupefacientes ha ido creciendo paulatinamente, estimulando su producción y el tráfico, y generando en torno una corrupción y una violencia indescriptibles. Basta concentrarse en países como Colombia y México para advertir que la mafia vinculada al narcotráfico ha dado origen a trastornos políticos y sociales enormes, al ascenso canceroso de la criminalidad hasta convertirse en la razón de ser de una supuesta guerra revolucionaria que, por lo menos en teoría, parece estar llegando a su fin.

“Los inmigrantes aportan a los países que los hospedan
mucho más que lo que reciben de ellos”

Con la inmigración ilegal pasa algo parecido. Tanto en Europa como en Estados Unidos ha surgido una paranoia en torno a este tema en el que —una vez más en la historia— sociedades en crisis buscan un chivo expiatorio para los problemas sociales y económicos que padecen y, por supuesto, los inmigrantes —gentes de otro color, otra lengua, otros dioses y otras costumbres— son los elegidos, es decir, quienes vienen a arrebatar los puestos a los nacionales, a cometer desmanes, robar, violar, a traer el terrorismo y atorar los servicios de salud, de educación y de pensiones. De este modo, el racismo, que parecía desaparecido (estaba sólo marginado y oculto), alcanza ahora una suerte de legitimidad incluso en los países como Suecia u Holanda, que hasta hace poco habían sido un modelo de tolerancia y coexistencia.

La verdad es que los inmigrantes aportan a los países que los hospedan mucho más que lo que reciben de ellos: todas las encuestas e investigaciones lo confirman. Y la inmensa mayoría de ellos están en contra del terrorismo, del que, por lo demás, son siempre las víctimas más numerosas. Y, finalmente, aunque sean gente humilde y desvalida, los inmigrantes no son tontos, no van a los países donde no los necesitan sino a aquellas sociedades donde, precisamente por el desarrollo y prosperidad que han alcanzado, los nativos ya no quieren practicar ciertos oficios, funciones y quehaceres imprescindibles para que una sociedad funcione y que están en marcha gracias a ellos. Las agencias internacionales y las fundaciones y centros de estudio nos lo recuerdan a cada momento: si los países más desarrollados quieren seguir teniendo sus altos niveles de vida, necesitan abrir sus fronteras a la inmigración. No de cualquier modo, por supuesto: integrándola, no marginándola en guetos que son nidos de frustración y de violencia, dándole las oportunidades que, por ejemplo, le daba Estados Unidos antes de la demagogia nacionalista y racista de Trump.

En resumidas cuentas, es muy simple: la única manera verdaderamente funcional de acabar con el problema de la inmigración ilegal y de los tráficos mafiosos es legalizando las drogas y abriendo las fronteras de par en par.

La peligrosa parodia. De Javier Marías

Miro la primera plana del diario y lo único que me reconforta es el aspecto satírico de cuanto acontece, que me impide tomármelo del todo en serio.

Javier Marías, 21 mayo 2017 / EL PAIS SEMANAL

HACE YA tiempo que temo echarle el primer vistazo al periódico de la mañana. Uno va de sobresalto en sobresalto, de noticia en noticia alarmante cuando no espantosa. Ya sé que siempre ha sido así; que las noticias buenas no son noticia y que lo que la gente desea por encima de todo es indignarse y escandalizarse. Y este deseo no ha hecho sino ir en aumento desde la aparición de las redes sociales y la dictadura de la exageración en el periodismo. Pero basta retroceder unos meses para recordar que la situación del mundo no era tan delirante con Obama en la Presidencia, con el Reino Unido integrado en la Unión Europea, con Venezuela sin golpe total de Estado ni tantos muertos en las calles (los golpes de Chávez eran graduales), con Francia sin elecciones deprimentes, con Turquía sin absolutismo y represión feroz, con Egipto sin lo mismo.

Miro la primera plana del diario, ya digo, y lo único que me reconforta (me imagino que no soy el único) es el aspecto paródico de cuanto acontece, y que me impide tomármelo del todo en serio. Todo tiene un aire tan grotesco que cuesta creer que sea cierto y no una representación, una pantomima, una sátira. Veamos. Hay un país, Corea del Norte, que amenaza con lanzar bombas nucleares cada semana, y puede que tenga capacidad para ello. Pero las escasas imágenes que de allí nos llegan son dignas de una historieta de Tintín, con un sátrapa pueril y orondo que aplaude como un loco sus propios lanzamientos de misiles fallidos y obliga a desfilar a sus súbditos como a soldaditos de plomo. El objeto de sus amenazas es un Presidente de los Estados Unidos igualmente pueril e idiota, además de antipatiquísimo y nepotista, capaz de decir ante la prensa que ha lanzado un ataque contra Irak cuando lo ha lanzado contra Siria, de invitar a su homólogo de Filipinas, Duterte, que desde que fue elegido –elegido– ha ejecutado extrajudicialmente a unos siete mil compatriotas –siete mil– y se jacta de haberse cargado él en persona a tres de ellos. Este Duterte, por cierto, le ha contestado a Trump que ya verá, que anda ocupado (se entiende: asesinar a millares desgasta, y si no que se lo pregunten a los nazis y a los jemeres rojos). Trump también declara que se sentiría “muy honrado” de charlar con el sátrapa orondo, y nada ocurre. Erdogan, en Turquía, con el pretexto de un golpe contra él, tan fallido como dudoso, ha encarcelado o destituido a ciento cincuenta mil ciudadanos –ciento cincuenta mil–, de militares a periodistas y profesores. No sé, de haber habido tantos partidarios del golpe, éste no habría fracasado tan rápida y rotundamente.

casi el 40% de los franceses han votado a una señora a la vez bruta y trapacera, Marine Le Pen, que simpatiza con la Francia colaboracionista de los nazis

Luego está Putin, admirado por la extrema derecha y por la extrema izquierda, un megalómano propenso a fotografiarse con el torso desnudo o derribando a un tigre con sus propias manos, estilo paródico de trazo grueso. Y así nos acercamos a Europa, donde casi el 40% de los franceses han votado a una señora a la vez bruta y trapacera, Marine Le Pen, que simpatiza con la Francia colaboracionista de los nazis (niega esa colaboración, luego el Gobierno de Vichy era intachable) y rechaza a los refugiados porque en seguida quieren robarle a uno la cartera y el papel pintado de las paredes (sic: hace falta estar sonado para creer que a alguien le interesa su papel pintado). A esa señora no la ven con muy malos ojos el candidato Mélenchon, admirador confeso de Hugo Chávez y Pablo Iglesias, ni la mitad de sus votantes. En Inglaterra gobierna una mujer desagradable, patriotera y cínica, que antes de la consulta del Brexit defendía la permanencia en la UE y ahora brama contra lo que le parecía de perlas hace menos de un año. Su Ministro de Exteriores es un histriónico clon de Trump con estudios, Boris Johnson. De Polonia y Hungría no hablemos, países en la senda de Turquía y Egipto, sólo que cristianos.

En cuanto a España, el ex-Presidente de Madrid –el ex-Presidente– saqueaba presuntamente empresas públicas, y su madrina Aguirre estaba in albis, como el jefe del Gobierno Rajoy, que nunca se cansa de soltar perogrulladas. En el PSOE parecen detestarse mucho más entre sí que a cualquier adversario político, y por último hay un partido que se proclama de izquierdas, Podemos, y que es lo más parecido a la Falange desde que feneció la Falange: sólo le falta sustituir el vetusto himno de Quilapayún en sus mítines por el más vetusto Cara al sol, y le saldrá el retrato. Y bueno, en Cataluña hay también una serie de personajes tintinescos que proclaman que sus sueños van a realizarse por las buenas o por las malas. Porque a ellos les hacen mucha ilusión y eso basta.

Sí, todo desprende tal aroma de sainete, de opereta bufa, de esperpento o de lo que quieran, que eso es lo único que a muchos nos salva de la desesperación cotidiana. El problema aparece cuando uno ve imágenes de las arengas de Hitler y de Mussolini. Porque ellos parecían aún más paródicos que los gobernantes actuales, y ya conocen la historia.