El espíritu de Rubén Darío en la rebelión nicaragüense. De Giaconda Belli

La biblioteca de Ciudad Darío, una municipalidad Matagalpa (Nicaragua) en donde nació Rubén Darío, tiene un retrato del poeta. Credit Federico Rios Escobar para The New York Times
GIACONDA
BELLI,
escritora
nicaraguense

18 enero 2019 / THE NEW YORK TIMES/Español

Temblad, temblad, tiranos, en vuestras reales sillas,
ni piedra sobre piedra de todas las Bastillas
mañana quedará.
Tu hoguera en todas partes, ¡oh, Democracia! inflamas,
tus anchos pabellones son nuestras oriflamas
y al viento flotan ya.
Rubén Darío

Una y otra vez los nicaragüenses hemos buscado luchar contra la tiranía.

Hay quienes atribuyen este espíritu combativo y libertario a héroes guerreros, como el general Augusto César Sandino, padre del sandinismo y el líder que combatió a la ocupación estadounidense y fue asesinado poco después por Anastasio Somoza García, quien impondría una dinastía dictatorial por más de cuarenta años. Sin embargo, el mayor héroe que ha tenido Nicaragua fue alguien que jamás disparó un arma y nos llenó de sueños la cabeza. Se trata de un poeta, un gran poeta: Rubén Darío.

Curioso que la fecha de su natalicio, 18 de enero, coincida con la fecha en que se cumplen nueve meses del inicio de las protestas en Nicaragua, el 18 de abril de 2018. Esta coincidencia es una casualidad, pero la menciono porque intento conjurar la figura de Darío y su legado como un componente esencial del ser nicaragüense y del poético espíritu aguerrido de nuestra rebelde idiosincrasia.

Desde su muerte en 1916, Rubén Darío se convirtió en lo que un poeta de la generación de los sesenta llamó “paisano inevitable”. Y es que, en un país de héroes controvertidos, amados por unos y despreciados por otros —a Sandino, Somoza lo llamaba “bandolero”— Darío era una figura de enorme prestigio y fama en Hispanoamérica. Así que no hubo gobernante nicaragüense que no se preocupara por enaltecerlo, por convertirlo en símbolo e ícono de la cultura nacional.

Durante el largo periodo de la dictadura de los Somoza, de 1936 a 1979, el régimen destacó el lado europeo del poeta, lo presentó vestido de toga romana con corona de laureles en la cabeza, rodeado de cisnes y ninfas. Cada año se le conmemoraba eligiendo a una mujer bella, una “Musa Dariana”, en medio de una ceremonia donde abundaban liras de papel dorado, cubiertas de flores y donde se declamaban con gestos exagerados y melodrama los poemas más fantasiosos del poeta. Uno, por ejemplo, “Margarita está linda la mar” está dedicado por Darío a la cuñada de Somoza García —y no por esto es menos bello e imaginativo— y los nicaragüenses nos lo aprendíamos de memoria en el colegio. Para decirlo, repetíamos los ademanes cursis de los recitadores que veíamos en estas atroces ceremonias.

Pero estas faustas y fatuas festividades no lograron ocultar la calidad de su obra, ni apagar la veneración por su palabra. Quienquiera que se acercara a la fantasía de su poesía terminaba descubriendo la fuerza de sus escritos cargados de orgullo por el pasado indígena de las Américas, su rechazo a la injerencia imperial de Estados Unidos en su época y su condena a la explotación de muchos y el enriquecimiento de pocos. En los años de la Revolución sandinista este fue el Darío que sustituyó al de los faunos y las ninfas.

Nicaragua no tuvo más héroe que Darío hasta que al inicio de la Revolución, en la década de los sesenta, Carlos Fonseca, fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), sacó a Sandino de la oscuridad de la historia. De allí que en el país no solo haya más poetas por metro cuadrado que en ningún otro país latinoamericano, sino que el romanticismo del sentimiento poético se haya transferido a la lucha política, dándole el carácter épico y original que sedujo a la opinión mundial y a la solidaridad internacional.

La frase de Darío “si la Patria es pequeña, uno grande la sueña” está en el corazón de nuestras rebeliones. Esa aspiración animó nuestra resistencia a aceptar la pequeñez y mezquindad de la dictadura somocista. Es la misma que ahora ha sublevado a la población a levantarse para impedir una nueva dictadura que Daniel Ortega ha venido imponiendo desde su retorno al poder en 2007 y que irónicamente ha hecho palidecer a la de los Somoza, a quienes derrocó en 1979.

Es el espíritu de la poesía el que se manifiesta en el arrojo desafiante de este pequeño país que otra vez, ahora desarmado y enfrentando cívicamente la represión desmedida del gobierno, emociona y conmociona a la comunidad internacional con su decisión de no ceder en su largamente negada demanda de libertad y democracia.

Una mujer porta una máscara con los colores de la bandera nicaragüense durante una manifestación contra el gobierno de Daniel Ortega en enero de 2019. Credit Andrea Comas/Associated Press

En menos de un año, Nicaragua ha sufrido la pérdida de más de 325 de sus ciudadanos, más de quinientos han sido encarcelados y juzgados como terroristas, sus medios independientes han sido clausurados, confiscados y puestos bajo asedio, las manifestaciones han sido prohibidas y el país ha sido militarizado.

El pueblo de Rubén Darío se enfrenta otra vez a la adversidad. Nicaragua se enfrenta ahora a un exrevolucionario devenido en tirano y a su esposa y vicepresidenta, Rosario Murillo, quien se llama igual que la influencia más negativa que persiguió al poeta hasta el fin de sus días: la de su segunda esposa, también Rosario Murillo, con quien lo casaron a la fuerza. Así de irónica puede ser la poesía de la historia.

A 152 años de su nacimiento, los versos del poeta que les dijo a los líderes autoritarios: “Temblad, temblad, tiranos, en vuestras reales sillas”, y pidió con fervor la “hoguera” de la democracia nos acompañan en la lucha por nuestro país.

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Destructores de las libertades ajenas. De Javier Marías

Es la tendencia de demasiada gente fanática: lo que yo condeno tiene que ser condenado por la sociedad, y a los que se opongan sólo cabe eliminarlos…

Javier Marías, escritor y columnista; miembro de la
Real Academia de España

20 enero 2019 / El PAIS SEMANAL

UNO DE LOS ELEMENTOS para medir la hipocresía de una sociedad es su sobreabundancia de eufemismos, así que no cabe duda de que la nuestra es la más hipócrita de los tiempos conocidos. Los hechos son invariables, pero las palabras que los describen “ofenden”, y se cree que cambiándolas los hechos desaparecen. No es así, aunque se lo parezca a los ingenuos: a un manco o a un cojo les siguen faltando el brazo o la pierna, por mucho que se decida desterrar esos términos y llamarlos de otra forma más “respetuosa”. El retrete sigue siendo el lugar de ciertas actividades fisiológicas, por mucho que se lo llame “aseo”, “lavabo”, “servicio” o el ridículo “rest room” (“habitación de descanso”) de los estadounidenses. Y bueno, el propio vocablo “retrete” era ya un eufemismo, el sitio retirado. Los eufemismos se utilizan también para blanquear lo oscuro y siniestro, desde aquella “movilidad exterior” de la ex-Ministra Báñez para referirse a los jóvenes que se marchaban de España desesperados por no encontrar aquí empleo, hasta el más reciente: son ya muchas las veces que he leído u oído la expresión “democracia iliberal” para asear y justificar regímenes o Gobiernos autoritarios, dictatoriales o totalitarios.

Se trata, para empezar, de una contradicción en los términos, porque “iliberal” anula el propio concepto de “democracia”, si entendemos “liberal” en las acepciones cuarta y quinta del DLE, las que la “i” niega: “Que se comporta o actúa de una manera alejada de modelos estrictos o rigurosos”; y “Comprensivo, respetuoso y tolerante con las ideas y modos de vida distintos de los propios, y con sus partidarios”. Lo conocido como “economía liberal” es otro asunto, que aquí no entra.

Muchas sociedades actuales creen que, para que un Gobierno sea democrático, basta con que haya sido elegido. Digamos que eso es más bien una condición necesaria, pero no suficiente. Para merecer el nombre, ha de serlo a diario, no sólo el día de su victoria en las urnas. Ha de respetar y tener en cuenta a toda la población, y en especial a las minorías. Y ha de ser liberal por fuerza, en el sentido de conservar y proteger las libertades individuales y colectivas. Y lo cierto es que cada vez hay más políticos y votantes cuyo primordial afán es prohibir, censurar y reprimir. Las nuevas generaciones ignoran lo odioso que resultaba ese afán, predominante durante el franquismo. La censura era omnipotente, casi todo estaba prohibido, y quienes se rebelaban eran reprimidos al instante: multados, detenidos, encarcelados y represaliados. Lo propio de los “iliberales” —esto es, de los autoritarios, dictatoriales o totalitarios— es no limitarse a observar las costumbres y seguir las opciones que a ellos les gustan, sino procurar que nadie observe ni siga las que rechazan. Si yo no soy gay, no permitiré que los gays se casen ni exhiban. Si yo nunca abortaría, ha de castigarse a quienes lo hagan. Si no soy comunista, hay que perseguir a quienes lo sean. Si no soy independentista, hay que ilegalizar a los partidos de ese signo. Si no fumo ni bebo, el tabaco y el alcohol deben prohibirse. Si soy animalista, han de suprimirse las corridas y las carreras de caballos. Si soy vegano, hay que atacar y cerrar las carnicerías, las pescaderías y los restaurantes. Esa es hoy la tendencia de demasiada gente “islamizada” y fanática: lo que yo condeno tiene que ser condenado por la sociedad, y a los que se opongan sólo cabe callarlos o eliminarlos.

La cosa va más lejos. Como he dicho otras veces, en poco tiempo hemos pasado de aquella bobada de “Toda opinión es respetable” a algo peor: “Que nadie exprese opiniones contrarias a las mías”. Se lleva a juicio a raperos y cómicos por sus sandeces, se multa a un poetilla aficionado por unas cuartetas inanes sobre la diputada Montero… O un ejemplo reciente y que tengo a mano: un artículo mío suscitó indignación no por lo que decía, sino por lo que algunos tergiversadores profesionales afirmaron que decía. Curioso que ciertos independentistas catalanes lo falsearan zafiamente a conciencia, cuando no trataba de su tema. La petición más frecuente fue que la directora de EL PAÍS me echara. Que me silenciara y me impidiera opinar, por lo menos en su periódico. Ella es muy libre de prescindir de mi pluma mañana mismo, si le parece, como lo soy yo de irme si me aburro o me harto de los “lectores de oídas” malintencionados. Pero lo primero que se pedía era censura. Eso no es propio de demócratas, ni siquiera “iliberales”, sino de gente con espíritu dictatorial y franquista. Gente que no se diferencia de Trump cuando llama a la prensa seria y veraz “enemigos del pueblo” e incita a éste a agredir a los reporteros; ni de Maduro cuando asfixia y cierra, uno tras otro, todos los medios que no le rinden pleitesía abyecta; ni de Putin cuando son asesinados periodistas desafectos bajo su mirada benévola; ni de Bolsonaro cuando hace que una Ministra suya decrete exaltada: “¡Los niños visten de azul y las niñas de rosa!” Lo peor no son estos políticos, pues siempre los hubo malvados o brutales. Lo peor es que tantos votantes de tantos países quieran imponer sus decretos y se estén haciendo “iliberales”, que no es sino destructores de las libertades ajenas. 

La verdad. De Cristian Villalta

20 enero 2019 / LA PRENSA GRAFICA

Es como una mariposa, agobiada por un peso que rara vez deposita sobre flor alguna. A la vez hermosa e insoportable, al mismo tiempo cálida y desoladora, la verdad pesa más que ninguna otra cosa sobre la tierra. Pesa más que el amor, que la justicia, que la esperanza. Y a diferencia de ellas, no necesita de un corazón para crecer. La verdad es. No necesita más.

Por eso es incómoda, porque no pide permiso, porque cabe aunque no quepa. Por eso nos cuece los labios, las palmas y la cara.

A las puertas de una nueva década, la nación salvadoreña aún no se reconcilia con la verdad. Es que dice cosas muy feas sobre los cimientos de nuestra vida en sociedad. Es que no deja pies con cabeza en nuestra clase política. Es que una comprensión cabal de la verdad de El Salvador tendría unos efectos devastadores en el poder, en sus vasos comunicantes y en su ejercicio.

Esa verdad es que desde la reestructuración del modelo de tenencia de la tierra, hace 14 décadas, el Estado salvadoreño es solo un mayordomo del poder económico. Esa condición no solo lo puso de espaldas a las necesidades básicas del grueso de la población sino que lo ha enfrentado contra ella, incluso de modo criminal.

Esa sujeción del Estado y de sus tres poderes a la agenda de una minoría ha sido el tema de nuestra vida republicana, el trauma de nuestras pretensiones democráticas y obstáculo insalvable para el desarrollo nacional. Acabar con ese orden fortaleciendo al Estado con instituciones más robustas e inyectándole un ADN más solidario con la mayoría de los ciudadanos es la tarea que debe emprenderse en las siguientes 14 décadas de nuestra vida política.

¿Por qué entonces, cuando la tarea es así de titánica, las fuerzas en contienda en la última elección de este decenio le rehúyen? Por un lado, los líderes de esos partidos políticos no ignoran la verdad fundacional de nuestra patria; por otro, los candidatos que unos y otros llevaron a este ejercicio son personas interesadas en la crónica nacional, que entienden la relevancia del poder ejecutivo en la confección del futuro. O deberían serlo.

Ahí yace la decepción de estas elecciones. La infiltración del crimen organizado en nuestras instituciones es real; la desviación de los cuerpos de seguridad de su papel en una democracia así de joven es real; la destrucción del tejido social a causa de la pobreza es real, así como reales son sus efectos principales, la migración ilegal y la nutrición de la pandilla. El Salvador, pues, listo o no, necesita una revolución.

A esa revolución, al menos para empezar, le bastaría con una agenda de decidida inversión social, austeridad brutal en lo relativo a plazas por contrato, reducción del gasto militar y un plan para menguar la mora judicial.

Pero en cambio, haciendo tábula rasa de insultos y sarcasmos, lo que escuchamos en la campaña previa a la primera vuelta fueron mayormente vaguedades y nos quedó la convicción de que ninguno tiene idea del presupuesto del ejercicio fiscal 2020.

No hay razones para creer que alguna de estas fuerzas sea sino solo manifestación del mismo orden que hay que alterar; el único candidato que recurrió a un discurso con esas ínfulas no habla sino de cambiarle felpa al Estado y de una patética cacería de brujas ideológica.

Los tiempos de nuestra nación exigían más atrevimiento de todas estas fuerzas, al menos el suficiente para hablarnos con sinceridad y reconocer si están por fortalecer el Estado o por mandarlo a lavar la camioneta por la noche.

Carta sobre la corrupción: Hay que cortarle la cabeza. De Paolo Luers

19 enero 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

El gran logro de los casos penales contra Saca y Funes es que ya no nos queda duda sobre cómo y desde dónde opera la corrupción: desde Casa Presidencial.

  • Por tanto, ya sabemos cómo combatir la corrupción: cortándole la cabeza, el centro operativo, el puesto de mando – o sea cambiar de fondo cómo funciona Casa Presidencial.

Saca y sus lugartenientes diseñaron un sistema relativamente simple y sumamente audaz para robar cientos de millones de dólares al Estado – y Mauricio Funes y sus lugartenientes (algunos siendo los mismos de la época de Saca) lo heredaron y perfeccionaron.

Lo primero que se necesita para armar esta operación: establecer la presidencia como centro único del poder gubernamental. Armar en Casa Presidencial un sobre gobierno, junto con tus lugartenientes incondicionales, dejando fuera de las decisiones y de toda capacidad de control al Consejo de Ministros.

  • Entonces, para desarmar el esquema mafioso, lo primero que tiene que hacer el próximo presidente es limpiar Casa Presidencial: desmontar el sobre-gobierno ahí instalado, y volver a establecer la institucionalidad del Consejo de Ministros.

Lo segundo que hizo el equipo de Tony: multiplicar los fondos reservados a disposición libre de Casa Presidencial – fondos que pueden gastar (y si quieren, robar) sin ninguna rendición de cuentas ni auditoría. Para multiplicar la ‘caja negra’, establecieron un mecanismo novedoso: asignaron a todos los ministerios partidas infladas artificialmente. Estos fondos eran exclusivamente para reportarlas como ‘sobrantes’, para que Hacienda los podía transferir (sin ninguna autorización de la Asamblea Legislativa) a Casa Presidencial, engrosando la partida de ‘fondos reservados’. De esta manera, Tony Saca logró aumentar su ‘caja negra’ por 240 millones de dólares que se sumaron a las partidas originales asignadas a Capres. De estos fondos (algo entre 300 y 350 millones de dólares) pagaron sus operaciones políticas clandestinas (como por ejemplo financiar la creación de GANA), los sobresueldos, etc. También pagaron gastos reales, como los de la Inteligencia del Estado – y el resto se lo robaron y lo transfirieron a cuentas personales o de sus empresas. El mismo mecanismo, con algunas innovaciones (un esquema de prestanombres) lo usó después Funes.

  • Entonces, lo segundo que tiene que hacer el próximo presidente es: erradicar las asignaciones ficticias en el presupuesto; prohibir cualquier transferencia a Casa Presidencial sin aprobación de la Asamblea; y erradicar el concepto de los ‘fondos reservados’. Todos los gastos tienen que ser auditados – aunque algunas, como las de Inteligencia, no puedan ser públicos. Aunque los mecanismos de la corrupción presidencial ya han sido revelados, el actual gobierno no los ha erradicado del todo. Esto tocará al presidente que elijamos…

Todo este esquema de corrupción sistemática dirigida desde Casa Presidencial solo pudo funcionar bajo la protección de un manto de impunidad. Nunca hubiera funcionado con una Corte de Cuentas independiente y profesional, ni tampoco con fiscales generales que no fueran parte de la trama.

  • Entonces, lo que el próximo gobierno tiene que promover son acuerdos políticos y legislativos para reformar la Corte de Cuentas y el Tribunal de Ética, y para fortalecer la Fiscalía General y Probidad.

Todos los candidatos a la presidencia y vicepresidencia han hablado de la corrupción. Con más o menos credibilidad han anunciado cómo piensan combatirla. Pero a la hora de firmar un compromiso contra la corrupción, a invitación de docenas de universidades y organizaciones cívicas, solo las fórmulas de ARENA y VAMOS se hicieron presentes y firmaron el documento. El FMLN por lo menos mandó a Gerson Martínez, pero GANA quedó fiel a su estrategia de ausencia.

Que cada uno decida quienes son los candidatos que de hecho están dispuestos a erradicar  la corrupción cortándole la cabeza: en Casa Presidencial. Con una presidencia sana, la corrupción gubernamental no funciona.

Saludos, Paolo Luers

Carta sobre los que se niegan a defender los Acuerdos de Paz. De Paolo Luers

17 enero 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Escribo estas líneas el 16 de enero 2019, aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz. Para mi, este año no se trata de una simple celebración de un evento que no solo puso fin a la guerra civil, sino que abrió la puerta a la construcción de la democracia pluralista. Este año, más que en cualquier otro de los 27 años que han pasado desde este evento histórico, se trata de unirse para defender lo que a partir de este acuerdo de nación logramos.

Nayib Bukele concentra su campaña en la denuncia que todos los demás se están uniendo para bloquearle a él el acceso a la presidencia. Por tanto, según él quedaría confirmada su tesis de que FMLN y ARENA son lo mismo. Lo que no entiende es que estos dos partidos se están uniendo para defender lo que juntos en Chapultepeque asumieron como responsabilidad de construir y defender: la nueva República fundada en 1992, basada en los Derechos Humanos, separación de poderes, pluralismo, libertad de expresión, institucionalidad democrática.

Su tesis es falsa. El hecho que ahora el Frente y ARENA se unan para defender lo construido a partir del acuerdo de nación del 1992, no significa que sean lo mismo, ni borra sus marcadas diferencias ideológicas y de materia de políticas públicas. Igual que el hecho que garantizaron una alternancia pacífica e institucional en el 2009 no significa que hayan hecho cómplices. Ahora se unen por responsabilidad histórica compartida, porque de repente surgió una fuerza que desconoce lo construido a partir de los Acuerdos del 1992, lo desprecia y lo amenaza con desmontar: Nayib Bukele con su movimiento Nuevas Ideas.

¿Se han fijado en lo que dice el spot de TV que vemos a cada rato de Bukele? Habla de “30 años de promesas falsas”.  ¿Por qué habla de 30 años? ¿A que se refiere? ¿Qué pasó hace 30 años? ¿Cuál fue la promesa que se dio hace 30 años?

Hace 30 años arrancó en serio el proceso de paz. Luego de años de promesas falsas de diálogo, en el 1989 al fin comenzó la negociación real para desmontar la guerra. Esta fue la promesa de hace 30 años. Esta es la promesa que Bukele denuncia como falsa. Por esto él y Ulloa dicen que la tarea de refundar la República, con una nueva constitución, todavía está pendiente – y les tocará a ellos.

Para ellos los Acuerdos de Paz, firmadas hace 27 años, no fueron un acuerdo de nación, sino un arreglo entre dos partidos: FMLN y ARENA. Para ellos, lo que se aplicó y construyó a partir del 1992, no fue la voluntad de la sociedad expresada en un acuerdo nacional, sino la repartición del poder entre dos partidos. Por tanto, desconocen lo construido. Por esto, hablan con tanta ligereza de que Bukele, si fuera electo presidente, marchara con el ejército y la policía a Asamblea Legislativa para que deje de sabotear su proyecto político. Por esto, tiene tanto desprecio a instituciones como la fiscalía y los medios de comunicación y su independencia.

Bukele y sus seguidores en Nuevas Ideas, Cambio Democrático y GANA no se sienten comprometidos con los Acuerdos de Paz y con lo que a partir de ellos hemos construido en el país. No se sienten parte de este acuerdo nacional, y no lo van a defender.

Lo logrado en 27 años es deficiente. Pero nosotros tenemos que decidir si lo queremos mejorar – o si queremos permitir que lo destruyen para sustituirlo con recetas populistas que siempre llevan al autoritarismo.

Celebrando este mes el aniversario de los Acuerdos de Paz, el próximo mes hagamos lo nuestro para defenderlos.

Saludos,

Un cambio en el viento. De Manuel Hinds

15 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY/Observadores

El nuevo año ha traído tres cambios muy marcados en la dirección del viento electoral que prometen producir resultados muy diferentes a los que las encuestas sugieren hasta este momento.

El primer cambio es el que ha dado en la actitud del FMLN con respecto a GANA y su candidato Nayib Bukele. Como lo señalé en “La extraña agonía del FMLN” [https://www.elsalvador.com/opinion/observadores/546343/la-extrana-agonia-del-fmln/], un artículo que escribí hace unas semanas, el FMLN había estado mostrando una actitud sumamente pasiva frente a la candidatura de Bukele, actitud que sus bases habían interpretado como un permiso para que votaran por Bukele y así evitar que ARENA ganara las elecciones. El resultado de esta negligencia había sido que Bukele había crecido muy rápidamente mientras el FMLN había caído igualmente rápido y por la misma magnitud. En ese momento todo el potencial de votos que Bukele tenía se lo estaba quitando al FMLN. Comparando con la votación de la primera vuelta de 2014, ARENA no había ganado ni perdido nada en términos de porcentaje del padrón, mientras que Bukele había crecido en 26.5% del padrón, de los cuales había tomado 16.0% del FMLN y el resto de los indecisos—un resto que había sido del FMLN en 2009 y que lo había perdido ya en 2014. Así, todo Bukele era tomado del FMLN. ARENA no había ni ha perdido nada a Bukele.

Pero en algún momento en las últimas semanas del año, la cúpula del FMLN cayó en la cuenta de que una victoria de Bukele representaría el fin del FMLN porque se apoderaría de sus bases, sus estructuras y su clientela de la misma forma en la que se apoderó de GANA. Como resultado, le explicó a sus bases que no deben votar por Bukele, y está en una campaña de gran intensidad de recuperación de los líderes locales y regionales para retomar sus bases y su espacio territorial. Este proceso está erosionando muy rápidamente a Bukele porque cada voto que retoma el FMLN es un voto que pierde Bukele.

El segundo cambio, que refuerza el primero, es una serie de decisiones tomadas por GANA-Bukele, que, surgiendo de una clara sensación de debilidad, han acentuado dicha debilidad al destruir la imagen del candidato. La debilidad ya venía volviéndose evidente con las acusaciones sin sentido de fraude electoral y con el uso de la violencia y la amenaza de esta. Se volvió más evidente con la respuesta nula que dieron los supuestos partidarios de GANA y Bukele al llamamiento del último para que se inscribieran para defender el voto en las urnas. De los 300,000 que llamaron, de los 80,000 que tienen cada uno de los partidos grandes, sólo llegaron 4,957.

Todavía peor fue la negativa de Bukele de participar en los debates con los otros candidatos y las circunstancias en las que esta negativa se dio—echándose para atrás cuando ya había aceptado debatir usando excusas que ni sus partidarios le creyeron, tales como decir que la Universidad de El Salvador estaba conspirando con Carlos Calleja. En vez de creer estas excusas, el público tomó la impresión de que el candidato tenía miedo de enfrentarse a los otros por falta de ideas y de habilidades para formar un plan. La impresión fue peor porque esta retirada fue acompañada de lo que sin duda trataba de ser un “reality show” en el que el candidato pretendió que estaba presentando en vivo su plan en el Auditorio de FEPADE mientras los otros candidatos debatían. La excusa era que no podía estar en el debate porque estaba en FEPADE. Pero FEPADE desmintió que él estuviera en sus instalaciones en ese momento, dejando en evidencia que hubiera podido estar en el debate que inicialmente había prometido atender. Finalmente, los que oyeron el plan que presentó en ese show se dieron cuenta de que en parte era copiado de documentos publicados por otros y en parte una exposición de la infantil idea de hacer un aeropuerto en el oriente del país—que presentó con dibujos del Aeropuerto de Abu Dhabi—como si el país no tuviera un aeropuerto funcional y como si complementar a este fuera un problema nacional por encima de la falta de seguridad, trabajos, salud, educación y servicios sociales.

El tercer cambio es el efecto acumulado de la creciente fuerza territorial de ARENA y Carlos Calleja, que han consolidado un contingente enorme de votantes, que, diferente de los de Bukele, son visibles y están dispuestos a trabajar por su partido. La visibilidad de estos partidarios y la invisibilidad de los de Bukele disminuyen la imagen de vencedor que el último ha querido proyectar, y acelera la caída causada por los dos cambios anteriores.

El resultado neto de estos cambios es una tendencia a reposicionar los candidatos en la competencia por la presidencia. La tendencia es a dejar a Calleja en primer lugar, a Martínez en segundo, a Bukele de tercero, y a Alvarado en cuarto.

Carta a Nayib Bukele: Usted no es ningún Steve Jobs. De Paolo Luers

15 enero 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Candidato:
El intento de copiar a Steve Jobs no le funcionó. El legendario fundador de Apple inventó un estilo muy propio de presentación pública de sus productos que se volvió parte del mito de su marca – igual que su tecnología innovadora, su software revolucionario, y su publicidad audaz. Su estilo es difícil de imitar, como incluso su sucesor Tim Cook tuvo que darse cuenta.

¿Cuál es la esencia de este ‘estilo Jobs’ de presentación pública? Un hombre solo en el escenario, acompañado únicamente de imágenes digitales del producto que se está presentando.

Para que esto funcione, primero hay que tener un excelente producto nuevo. El show, incluso si fuera bien hecho, sin un producto revolucionario no sirve para nada.

Usted, joven Bukele, no tiene producto.

Con esto llegamos al tercer requisito de éxito: El producto tiene que ser absolutamente acabado. Solo así funciona el truco: la fusión entre el hombre inventor y su producto…

Usted, joven Bukele, presentó toda una ensalada de productos, ninguno acabado, ninguno innovador. En vez de concentrarse en una, dos y tres ideas fuerza, se dispersó con docenas de ideas, ninguna acabada.

Otro requisito, tal vez el más importante: El presentador tiene que ser el autor, el inventor del producto. Lo que se presenta tiene que ser 100% genuino, original, nuevo e innovador. Para poder venderlo como SU creación, aquel hombre solitario en el escenario tiene que conocer no solo el último detalle y aspecto de su producto, sino su esencia y filosofía. La más mínima duda que ahí se puede haber copiado o reciclado hace caer todo.

Esto es precisamente lo que le pasó a usted con su ‘reality show’ del Plan Cuscatlán. Inmediatamente la gente se dio cuenta que el show no era ‘live’, sino pregrabado; que no era un público real, sino un público arreglado; que el candidato no dominaba el tema, sino usaba teleprompter, y que cada rato había que parar la filmación y repetir frases o bloques. Y el día siguiente aparecieron varias fuentes señalando que muchas partes del Plan Cuscatlán no son originales, no son de autoría suya, no son ni siquiera nuevas ideas, sino son pedazos de artículos y documentos ajenos copiados. Un plan producido con el método de copy-paste – método que en cualquier universidad inmediatamente es detectado y sancionado.

El suyo fue un show chabeliado para presentar un producto chabeliado.
Resulta que usted es nada más un (mal) imitador de Steve Jobs, que piensa que copiando su método de presentación puede imitar el éxito del original. Esto solo lo puede pensar alguien que nunca entendió nada de la filosofía detrás del genio Steve Jobs y sus creaciones: originalidad, autenticidad, y una obsesiva ambición de solo presentar lo que verdaderamente podrá cambiar al mundo.

Jamás a Jobs se le ocurrió presentar sus productos a un auditorio ‘fake’. Para él, el reto era presentar sus creaciones al público más exigente que existe: a los periodistas y analistas de tecnología, a los gurús de la revolución digital.

Usted presentó su producto clandestinamente, en un escenario alquilado por terceros bajo pretextos falsos; sin periodistas, sin observadores, sin público crítico; ante unos cien ‘extras’ jugando el papel de ciudadanos. Claro, un público atento y crítico se hubiera dado cuenta que en el escenario actuaba un vendedor, no un creador de ideas.

Usted no es ningún Steve Jobs, sino un pobre impostor que se vio patético tratando de imitarlo. Menos caro le hubiera salido ir al debate, enfrentar a los competidores y al público. Solo hubiera tenido que fingir competencia unos pocos minutos, y no durante un largo programa especial con un solo hombre hablando: usted. Mal cálculo.

Saludos,