Mariana Belloso

Carta a mis colegas periodistas: No nos dejemos intimidar. De Paolo Luers

2 julio 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

“Los periodistas no queremos que le vaya mal al país. No somos el enemigo.”

El hecho de que periodistas sientan que tienen que publicar esta afirmación es alarmante. El hecho que una periodista tan seria como la editora de La Prensa Gráfica y locutora de Morning Club Mariana Belloso se sienta obligada a hacer esta aclaración, aun más.

Mariana Belloso había publicado el día anterior una columna de opinión en su periódico, titulada “O conmigo, o contra mí”. Una columna que yo, en mis redes sociales, clasifiqué como “excelente reflexión”. La gran calidad de esta colega es su capacidad reflexiva, su racionalidad, la mesura y empatía con la cual emite opiniones. Muy contrario al estilo mío que es más confrontativo, polémico y tajante. Por esto entiendo porqué las columnas mías provocan tanta rabia y me atraen, en Facebook y Twitter, gran cantidad de insultos y amenazas.

Pero resulta que también la crítica mesurada de Mariana Belloso provocó un “shit storm” de gran violencia – tal vez incluso peor, por todas las palabrotas que suelen incluir cuando atacan a una mujer. La amenaza más frecuente que me caen a mi es la expatriación. No quiero imaginar cuáles son las amenazas que caen a una mujer…

¿Qué pecado había cometido Mariana para que los troles y los seguidores fanáticos del nuevo gobierno le caigan encima? Lo mejor sería leer su columna, pero la voy a resumir: Es una columna contra la filosofía de «Quien no está con nosotros, está contra nosotros», aplicada desde el poder. Escribe Mariana: “Ese es el clima que ahora vivimos los salvadoreños que utilizamos redes sociales: un comentario puede desatar ataques masivos que ponen a prueba la tolerancia y resistencia de cualquiera (…) Leemos a dirigentes de Nuevas Ideas hacer llamados a la unidad, mientras cualquier opinión que ponga en duda a algún funcionario del Gobierno es sepultada pronto por cientos de voces prestos a defender al actual Ejecutivo. Es, cada vez más evidentemente, el imperio del odio.”

Y se encargaron de mostrarle a Mariana que su predicción era válida – más de lo que ella se pudo haber imaginado.

El de Mariana Belloso no es un caso aislado. El “shit storm” contra Héctor Silva Ávalos fue desatado por el mismo presidente de la República. No soy muy partidario del estilo de periodismo de Héctor Silva y su revista “Factum”, pero todos los medios deberían cerrar filas cuando algún medio y su director están siendo atacados de esta manera desde la cúpula del poder presidencial.

El meollo del problema es exactamente el que Mariana Belloso señaló en su columna: la decisión del presidente, de sus ministros, su partido y sus seguidores de aplicar a todos el esquema “Quien no está con nosotros, está contra nosotros”. Con el agravante que “contra nosotros” significa “contra el pueblo”…

Lo dice el presidente a los periodistas y hasta a los diputados, incluso en la forma más distorsionada, no admitiendo crítica a su plan de seguridad: “O están con la gente honrada o están con los criminales.” Bueno, asumiendo que él es la personificación de la ‘gente honrada”, y el único que representa sus intereses…

Nadie quiere ser percibido como alguien que está con los criminales. No en un país con esta cantidad de emociones, resentimientos y agresiones alrededor del tema de la inseguridad…

Que el presidente ponga a periodistas críticos como Héctor Silva o Mariana Belloso e incluso diputados de oposición en esta posición, es irresponsable. No hay que permitírselo. Hace falta que los periodistas y los diputados defiendan su independencia contra estos chantajes y se pronuncien. Yo lo hago con esta carta.

Saludos,

La columna de Mariana Belloso:

O conmigo, o contra mí”

O conmigo, o contra mí. De Mariana Belloso

Ese es el clima que ahora vivimos los salvadoreños que utilizamos redes sociales: un comentario puede desatar ataques masivos que ponen a prueba la tolerancia y resistencia de cualquiera...

30 junio 2019 / LA PRENSA GRAFICA/SEPTIMO SENTIDO

Los llamados a la unidad son uno de los recursos más antiguos de la política. Los seres humanos, animales sociales, han desarrollado en las ciencias políticas la sistematización de sus formas de relacionarse, sus estructuras de poder y su organización.

Entonces vemos a la unidad como medio y como fin en la obra de muchos teóricos, desde filósofos políticos hasta politólogos, y por supuesto que encontramos la palabra en los discursos de líderes y políticos de todos los tiempos, con resultados variados: desde los llamados a la unidad del proletariado en el «Manifiesto comunista», hasta el afán por conformar alianzas y bloques entre países con fines similares.

¿Pero qué pasa cuando el llamado a la unidad se vuelve, a su vez, una invitación a combatir a quien no se sume a la colectividad en cuestión? Recordemos algunos casos recientes. «Quien no está con nosotros, está contra nosotros», afirmó el entonces presidente de Estados Unidos George W. Bush, la madrugada del 21 de septiembre de 2011, en referencia a que no podía haber medias tintas en la lucha contra el terrorismo. Efectivamente, un grupo de países, incluido El Salvador, formaron un bloque de aliados para combatir a los que se consideraban parte del eje del mal.

La misma República Popular China no admite que sus aliados reconozcan a Taiwán como un país independiente, y su política de una sola China ha puesto entre la espada y la pared a países pequeños como, de nuevo, El Salvador.

Y si bien uno puede llegar a justificar y hasta a compartir posturas como estas, en las que están en juego temas como el equilibrio geopolítico o la seguridad internacional, decir que quien no está conmigo está contra mí también puede ser desafortunado.

Ese es el clima que ahora vivimos los salvadoreños que utilizamos redes sociales: un comentario puede desatar ataques masivos que ponen a prueba la tolerancia y resistencia de cualquiera. Con mayor frecuencia se ha vuelto desafortunado emitir opiniones que pongan en entredicho al nuevo gobierno, más que todo en Twitter, que se ha vuelto la plataforma de comunicación por excelencia de la nueva administración.

Y si bien antes se pensaba que los ataques venían de grupos bien organizados para hacer ruido en las redes sociales, los denominados «troll centers», la verdad es que los ánimos se han caldeado al punto de que los insultos y el acoso vienen de ciudadanos comunes y corrientes, como usted o como yo, que simplemente se valen de la seguridad que da el estar tras un teclado y una pantalla para «poner en su lugar» a quien piensa distinto.

Leemos a dirigentes de Nuevas Ideas hacer llamados a la unidad, mientras cualquier opinión que ponga en duda a algún funcionario del Gobierno es sepultada pronto por cientos de voces prestos a defender al actual Ejecutivo. Es, cada vez más evidentemente, el imperio del odio.

Es desafortunado que se esté profundizando de esta forma la polarización política, algo que como país hemos padecido durante décadas cuando las dos fuerzas políticas preponderantes eran ARENA y el FMLN, exponentes máximos de la lucha entre derechas e izquierdas. Con la elección de Nayib Bukele se repitió una y otra vez que se había puesto fin al bipartidismo, a esa polarización que tanto daño le hizo al país, que tantas decisiones importantes frenó, y que tantas reformas necesarias retrasó.

Y sin embargo, la división continúa: o sos de los nuestros, o estás contra nosotros. ¿Será que somos incapaces de dejar a un lado las diferencias y arremangarnos para rescatar al país? ¿Será que esa lucha eterna por pertenecer al bando ganador será nuestra perdición?

Ojalá que no, y ojalá que toda esa efervescencia en redes no pase de eso, porque ahora más que nunca es que se necesita juntar esfuerzos para resolver los problemas fiscales, económicos, sociales, de seguridad y de inequidad que nos tienen en el sótano en cuanto a crecimiento, y que hacen que nuestra gente huya hacia otros países, sin importar los peligros que eso implique.

El moribundo. De Mariana Belloso

Cada día es más común que las víctimas de la delincuencia y de la criminalidad sientan que deben tomar la justicia por su cuenta. La población, harta de ser víctima, celebra a quienes logran defenderse y aplaude la muerte de los delincuentes.

Mariana Belloso, 8 abril 2018 / LPG-Séptimo Sentido

Que hubiera tráfico pesado no nos pareció extraño. Es lo común en esa zona, a esa hora. Lo que sí nos llamó la atención fue ver cómo un bus se subía a la acera. “¿¡Huy!, y eso? ¿Habrá chocado?”, nos preguntamos. Pero no, no era un choque.

Cuando el bus pasó y los carros de adelante avanzaron, nos dimos cuenta de que todos trataban de rodear algo. “¡Ay!, quizá es un atropellado”, dijimos.

Unos segundos después, lo vimos: el muchacho estaba tirado en el pavimento, en medio de un charco de sangre que fluía en un pequeño hilo hasta la cuneta. A su lado, una agente policial estaba parada, como vigilando. Al frente, otro agente desviaba el tráfico.

Lo vi de cerca, quizá demasiado. El hombre agonizaba. Su cuerpo temblaba con ese rictus involuntario que solo había visto en videos. Me impactó que estuviera allí tirado y nadie hiciera nada, que yo misma no pudiera hacer nada.

La escena quedó allí, a pocas cuadras de casa. Al llegar seguía pensando en aquel cuerpo, en la sangre, en la soledad de su agonía. Media hora después, se escuchó la sirena de una ambulancia. Ojalá llegue a tiempo, pensé.

Más tarde leíamos la noticia de un presunto asaltante que había muerto cuando una de sus víctimas sacó su pistola para defenderse y le disparó en la cara. La nota estaba acompañada por la fotografía de la escena, justo la que habíamos visto antes, pero acordonada.

El supuesto ladrón, decía la nota, usaba una pistola de juguete para amedrentar a las personas. El reporte indicaba que había quedado allí, a media calle, y que le habían encontrado dos teléfonos celulares de poco valor. Agregaba que el hombre murió al instante.

***

Cada día es más común que las víctimas de la delincuencia y de la criminalidad sientan que deben tomar la justicia por su cuenta. La población, harta de ser víctima, celebra a quienes logran defenderse y aplaude la muerte de los delincuentes.

En un sistema en el que hay poca o nula confianza en las autoridades, y mucho dolor y cansancio por la inseguridad, no es extraño que se vitoree a los grupos de exterminio o que se aplaudan las propuestas de aprobar la pena de muerte.

Este mismo sistema, que con pobreza, marginación y falta de oportunidades sigue produciendo delincuentes, hace que soñemos con eliminar ese “producto”.

Ojalá entendamos que es necesario cerrar esta fábrica, a través de mayor equidad, desarrollo, educación y humanidad, en lugar de enfocarnos en erradicar, con más violencia, lo que mana de esta.

Las culpables. De Mariana Belloso

 A Saraí la conocí en un edificio de Washington, donde hacía la limpieza. La escuché decir la palabra “cumbo” y le pregunté si era salvadoreña. Me contestó que sí y poco a poco la plática llegó a cómo tenía tres años de vivir en Estados Unidos.

Mariana Belloso, 12 marzo 2017 / LPG-Septimo Sentido

Todos los dedos te señalan. La ladrona, la puta, la asesina, la maldita esa. Ves hacia todos lados y no entiendes lo que pasa. Hace un rato estabas en tu colonia, con tus vecinas y tus hijos.

Hubo una redada y ahora te tienen esposada frente a un montón de cámaras. Te acusan de cosas que ni siquiera entiendes y enumeran una serie de pruebas inverosímiles en tu contra. No sabes qué hacer, agachas la cabeza y lloras. Parece una pesadilla.

Esa pesadilla la pasan cientos de personas cada año en nuestro país. Hombres y mujeres que son capturados por parecerse o llamarse igual a alguien que ha sido acusado de algún delito, o que simplemente están en el lugar y la hora equivocadas. Pero hoy, a pocos días de haberse celebrado el Día Internacional de la Mujer, quiero referirme a ellas, a las siempre culpables.

Como sociedad somos especialistas en señalar, acusar, juzgar y condenar con rapidez y facilidad. El debate de la presunción de inocencia se ha tardado mucho, muchísimo. Si eres joven y pobre es fácil que te acusen de cualquier cosa y que pases mucho tiempo preso antes de que se logre comprobar que no eras culpable de nada.

A Saraí la conocí en un edificio de Washington, donde hacía la limpieza. La escuché decir la palabra “cumbo” y le pregunté si era salvadoreña. Me contestó que sí y poco a poco la plática llegó a cómo tenía tres años de vivir en Estados Unidos, después de estar casi un año detenida en El Salvador, donde su patrona la acusó de ladrona y llamó a la policía.

El proceso no prosperó y la dejaron salir porque quien la acusaba no presentó nunca pruebas. Eso no la libró de estar detenida durante los seis meses que le dieron a la fiscalía para armar su caso y otros tantos meses más de puros trámites.

Nunca logró quitarse el mote de ladrona con su familia y vecinos ni con potenciales empleadores. Optó por migrar.

También están los casos en los que a las mujeres se les amenaza para participar en delitos. Chicas que van obligadas a cobrar extorsiones, madres a las que les encuentran en su casa drogas que no sabían que alguien había escondido, mujeres que deben introducir artículos prohibidos a los penales. Todas ellas caen fácilmente presas, leo los casos muy seguido debido a mi trabajo. Luego, uno se queda esperando que caiga quien las amenazó, quien las obligó… rara vez pasa.

Algunas logran salir libres, pero retomar su vida es otra historia. Ya las señalamos y categorizamos, llevan el delito en la frente y allí nos falla la memoria corta que nos caracteriza para otros temas. También están las mujeres que aún están presas por haber perdido a sus bebés, mientras la justicia debe decidir si fueron emergencias obstétricas o ellas mismas los mataron.

Lo más común es, sigue siendo, lo segundo, y a las largas condenas por este tipo de casos –de hasta 30– años, se le suma la correspondiente lapidación social.

Este marzo, mes de la mujer, les dedico estas líneas a quienes están presas injustamente, a quienes se asumió culpables antes de cualquier proceso, a quienes aún esperan justicia, a quienes no lograremos reponerles la vida ni la reputación perdidas. También se las dedico a usted que me lee, le invito a volver al primer párrafo y tratar de ponerse en ese lugar. Si le pasara a usted, ¿verdad que le gustaría que se cumpliera aquello de que todos somos inocentes hasta que se nos pruebe lo contrario?

“Necesitamos crear un país de oportunidades”: Fernando Poma

El empresario salvadoreño Fernando Poma afirma que un buen liderazgo es necesario para que en El Salvador haya un mayor crecimiento económico y mejores condiciones de vida para todos.

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Entrevista de Mariana Bellosos a Fernando Poma, 16 enero 2017 / LPG

la prensa graficaFernando Poma es el vicepresidente de Real Hotels & Resorts, una compañía con inversiones en Centro y Sudamérica. También forma parte de la familia Poma, propietaria del grupo del mismo nombre, reconocida por su presencia en diferentes rubros económicos, principalmente en el área de bienes raíces. Forma parte de una nueva generación de empresarios que ve con más esperanza el futuro del país, sin dejar de señalar los aspectos que, a su juicio, requieren atención inmediata para que la paz, firmada hace 25 años, sea algo palpable. Los esfuerzos para el crecimiento económico, seguridad jurídica y ciudadana, generación de empleo y desarrollo más inclusivo deben apuntar, en su opinión, a que El Salvador sea un país del que la gente no quiera irse, sino más bien, al que aspire llegar.

A 25 años de la firma de los Acuerdos de Paz, ¿cree que el país va en el rumbo correcto?

Mi papá dice con frecuencia que los factores más importantes para el éxito de una organización son visión y gente. Con visión se refiere a dirección estratégica, a saber dónde enfocar los recursos. Con gente se refiere a tener las personas más capaces para hacer el trabajo requerido por la visión.

Generalmente, la mejor gente es aquella que además de capacidad, energía e integridad tiene experiencia amplia en el rubro específico que se requiere trabajar para poder lograr la visión. La visión se decide en un par de días, con modificaciones leves en el camino, pero la gente ejecuta los otros 350 días del año.

En el país, la discusión entre ciudadanos casi siempre se centra puramente en el aspecto de visión o ideología y no en la capacidad del equipo elegido, como que si la ideología elegida fuese a ser implementada a la perfección. Sabemos, por experiencia, que ese no es el caso. Además, con frecuencia, elegimos la visión equivocada, buscando un cambio, sea el que sea. Es evidente, por ejemplo, que aspirar al modelo de un país como Venezuela, con decrecimiento económico de 8 %, inflación del 480 % y desempleo del 17 %, no es lógico.

En lo que no nos enfocamos suficiente es en el factor gente. Esto es especialmente importante al darnos cuenta de que aun con distintas ideologías, siempre hay espacios comunes, en nuestro país, empleo y seguridad son ejemplos. Y en estos espacios comunes que son los ejes principales de cualquier gobierno en nuestro país, no consideramos suficientemente la idoneidad del equipo de gente que se requiere para lograr esos objetivos. Esperamos con frecuencia que personas con experiencia en un área logren ser exitosas en algo no relacionado.

Un colaborador en una estación de radio o televisión o una persona que ha dedicado su vida a luchar en una guerra civil, por ejemplo, no puede volver el país competitivo para atraer inversión y cientos de miles de empleos. No es, necesariamente, que no quiera. Es que no sabe cómo. Nunca ha previamente generado un puesto de trabajo.

¿Qué es lo que necesitamos, entonces?

Necesitamos crear un país de oportunidades. Necesitamos poner las bases para aspirar a ser algún día primer mundo, un país donde las personas no quieran emigrar sino inmigrar. Para eso requerimos crecimiento económico sostenible y los mecanismos para que el beneficio le llegue a todo ciudadano, sobre todo a personas de escasos recursos. Necesitamos convertirnos en el país más atractivo para la inversión en relación con otros países con los que competimos. Requerimos generar confianza. Y para todo esto, necesitamos líderes que tengan la visión correcta y amplia experiencia en lo que se requiere, y capacidad para formar el mejor equipo de gente.

¿Cuál sería el mejor modelo de gobierno?

Un gobierno democrático basado en el concepto de libertad. Es un sistema de gobierno pequeño, enfocado en servir y no en ser servido. Este modelo está compuesto de representantes electos del pueblo; son los ciudadanos los que mantienen la supremacía y, periódicamente, votan para mantener o cambiar a sus representantes. Este tipo de gobierno aspira a reducir el gasto público, logrando contar con más recursos para inversión en programas sociales, infraestructura y otras iniciativas importantes. En la historia, se ha comprobado que este tipo de modelo democrático ha sido el de mayor éxito. Esto es evidente y podemos observarlo en casos comparativos como los de Alemania del Este y Alemania del Oeste, así como el de Corea del Norte y Corea del Sur. Además, ha sido representado por la inevitable apertura de la ex Unión Soviética durante la Guerra Fría. Es impresionante ver cuántos cubanos han arriesgado sus vidas en balsas artesanales rumbo a Estados Unidos. No he logrado encontrar datos sobre el caso inverso: ciudadanos de Estados Unidos arriesgando sus vidas para llegar a Cuba para vivir allí de manera ilegal.

¿Cuál cree que es su responsabilidad como empresario para aportar a la mejoría de la situación del país?

Como grupo empresarial, nuestra prioridad siempre ha sido El Salvador y nuestro deseo es seguir creciendo en este país. Es donde nacimos y donde vivimos. Tratamos de ser empleadores muy responsables y cuidamos a nuestra gente. Sin embargo, dado que tenemos un enfoque estratégico bien definido en cuatro divisiones operativas, y no siempre hay oportunidades de crecimiento en estos rubros de negocios, hemos crecido fuera de las fronteras, más en las últimas dos décadas.

Actualmente, desarrollamos y operamos proyectos en 10 países. A través de esta experiencia, hoy en día comprendemos qué factores hacen un país más o menos atractivo para la inversión que otro. Esto no es un entendimiento puramente teórico sino experiencial. Vemos cómo estos factores impactan las empresas y, con base en muchos de ellos, decidimos invertir en un lugar versus otro.

Como empresarios, además de seguir aportando a nuestro país a través de nuestras empresas y organizaciones sin fines de lucro, podemos transmitir al gobierno cuáles son las políticas y leyes que necesitan tener para volver el país más competitivo para generar mayor inversión y con eso, mayor empleo y recaudación fiscal. Como dije anteriormente, lo más importante es la generación de oportunidades y eso se logra a través de la inversión. Para esto, la voluntad gubernamental es necesaria.

Habla sobre competitividad, leyes, y enfocar distintas áreas, todo para generar oportunidades. ¿Cuál debe ser la fórmula?

Como país aspiremos a ser competitivos y comprendamos que la inversión no tiene fronteras, que realizarla en un país específico es relativamente similar a hacerlo en otro. Si realmente deseamos crecer y generar los beneficios y oportunidades que ello conlleva, debemos poder contestar preguntas como las siguientes: ¿Por qué va a venir alguien a invertir en este país versus hacerlo en otros de Centro y Suramérica? ¿Qué nos diferencia de los demás de manera positiva? ¿Son nuestras leyes más competitivas? ¿Estamos creando un ambiente donde se encuentran oportunidades rentables? ¿Estamos promoviendo la confianza, la certeza y la predictibilidad requerida? ¿Ha establecido el gobierno un rumbo claro y definido para el país? ¿Lo ha comunicado adecuadamente a todos sus ciudadanos? ¿Estamos trabajando para “despartidizar” nuestras instituciones, fortalecer nuestro Estado de derecho y asegurar que se cumplan las leyes? ¿Tenemos la cultura adecuada, una cultura que promueve la rendición de cuentas, rechaza la corrupción y la falta de transparencia, y que exige que nuestros representantes en el gobierno tomen decisiones con integridad, capacidad y un verdadero compromiso de servir? ¿Contamos con los mecanismos que nos da la democracia para que personas que no cumplan adecuadamente sus funciones puedan ser reemplazadas por los ciudadanos a quienes representan? Y finalmente, ¿tenemos una cultura que celebra el éxito? Todo esto requiere de verdadera voluntad política.

Ha habido bastante discusión sobre el tema impositivo. ¿Cuál, en su opinión, sería una política correcta en esta área?
Un gobierno debe poder subsistir a largo plazo, y pagar sus gastos y deuda, con los ingresos que recauda. El modelo impositivo debe ser creado de tal manera que logre un balance entre una recaudación adecuada y la promoción de un ambiente atractivo para el fomento del crecimiento económico. Es cuando se carece de este crecimiento y además, la recaudación fiscal no alcanza para cubrir los gastos del Estado (déficit fiscal), que entramos en el peor de los mundos. En esos momentos, el gobierno tiene tres opciones: subir impuestos, haciendo el país menos competitivo y estancando aún más su economía; incrementar la deuda pública; o entrar en un proceso real de austeridad. De estas tres opciones, la única que no agrava el problema es la última, un plan de reducción de gastos y de búsqueda de mayor eficiencia. Sorprendentemente, muchos gobiernos hacen precisamente lo contrario.
Es una peligrosa miopía creer que el crecimiento económico se genera, no a través de mayor competitividad, sino simplemente elevando el gasto corriente del país. Esto, más bien, agudiza nuestro problema financiero y limita los excedentes de fondos necesarios para inversión en iniciativas productivas o en programas sociales.
Entonces, según usted, el primer paso es promover el crecimiento económico sostenible.
El beneficio tiene que llegarle a todo ciudadano. Yo no creo en la teoría del rebalse. Esta teoría, de manera simple, apunta a que si hay crecimiento económico, eso eventualmente le llegará a los que están marginados de los frutos del desarrollo. Esto no es cierto y se puede observar en muchos países donde el crecimiento ha tardado décadas en afectar positivamente a muchos segmentos de la población. Necesitamos programas sociales, infraestructura, mayores oportunidades y mecanismos, para que el crecimiento económico impulse un verdadero e incluyente desarrollo económico-social.
¿Cuáles diría que son las instituciones que mejor funcionan en el país?

Prefiero no mencionar ejemplos específicos, pero sí decir que las únicas que funcionan son las que están haciendo su trabajo de manera independiente de tintes partidarios. Necesitamos instituciones independientes al servicio de solamente los ciudadanos del país. De eso depende, en gran medida, nuestra frágil democracia.

El sistema de justicia debe funcionar bien, regirse exclusivamente por leyes y su aplicación debe ser pareja para todos, sin preferencias. En países realmente exitosos, el criminal paga sus penas, pero es inocente hasta haber sido comprobado culpable. No hay excepciones a la regla. Habiendo dicho eso, en países exitosos, la justicia se aplica con base en pruebas e investigaciones serias, nunca con base en especulaciones o chismes.

Usted forma parte de una nueva generación de empresarios. ¿Cuáles deberían ser, desde su perspectiva, los temas de la nueva agenda de país?

Falta establecer un rumbo de país consensuado entre los actores políticos, académicos y económicos del país; un verdadero acuerdo de nación que permita que El Salvador avance, sin ideologías que lo entorpezcan y que ponga como única meta el desarrollo económico y social de todos los salvadoreños. Dicho acuerdo debería incluir: visión de país, políticas y leyes que fomenten la inversión, fortalecimiento institucional y democrático, política integral en materia de seguridad, educación de calidad. Orden en las finanzas del Estado.

El país firmó la paz armada, pero no se ha logrado concretar la paz social, que va mucho más allá. La polarización y confrontación constante entre actores políticos, y medidas poco transparentes (como la “partidización” de instituciones), no han permitido que se dicten las medidas necesarias para avanzar en el desarrollo económico y social que tanto anhelamos.

El país que dejó de creer. De Mariana Belloso

En aquel país ya no creían en nada ni en nadie. La justicia se había vuelto un concepto abstracto y etéreo. La impunidad era, en cambio, algo común, soportado, normalizado, casi esperado.

mariana bellosoMariana Belloso, 28 agosto 2016 / LPG-Séptimo Sentido
Había un país donde la gente ya no creía más. Nada les esperanzaba, no sabían qué era la fe. Marchaban a misa por costumbre, hablaban con sus parejas solo lo necesario, no se preguntaban cómo había estado el día ni qué habían hecho, cansados de escuchar puras mentiras.Tampoco creían en sus políticos. Votaban por el mero gusto de que no ganara el candidato del “otro”. Se metían en pleitos, ya fuera en bares, muros de Facebook o cronologías de Twitter, para defender al político de su bandera, únicamente para no dar su brazo a torcer, para sentirse superior al vecino.

septimo sentidoUn día, en ese país comenzaron a capturar a exfuncionarios, a empresarios, a jueces, a abogados. Figuras de poder que todos creían intocables avanzaban esposados hacia las bartolinas. El fiscal alzó la voz y, señalándolos, proclamó que había desbaratado una red de corrupción. Los ciudadanos estaban acostumbrados a la idea de ser gobernados por corruptos, no pasaban de indignarse en alguna tarde de ocio y gustaban de conformarse con repetir que los corruptos del partido contrario eran los peores.

Con incredulidad, los ciudadanos se apostaron para disfrutar del espectáculo de los caídos. Vieron casas registradas, negocios intervenidos, desfiles de policías sacando artículos de lujo, extravagancias y chucherías carísimas que confirmaban los despilfarros que habían sido secretos a voces durante años, pero que nadie pensó nunca se verían así expuestos.

Extasiados, abrían los ojos para no perder detalle del show. Se quedaban sin saliva comentando lo sucios que eran unos, o defendiendo a otros, mientras sus dispositivos móviles se recalentaban entre acalorados debates cibernéticos sobre lo que ocurría.

Y como cosa extraña, finalmente estuvieron de acuerdo en algo: en que todo aquello no pasaría a más. “Disfrutemos del circo mientras dure, estos pronto volverán a estar libres”, se dijeron y volvieron a sus lugares, estupefactos de comprobar que los dioses también sangran, aunque sea por un par de días.

El fiscal consciente de las dudas sobre su trabajo se esmeraba más en demostrar que tenía pruebas y que contaba con un caso sólido. Pero todo abonaba al show y entre la euforia de este, la única certeza era que eventualmente terminaría.

Ni en las instituciones ni en las leyes ni en quienes las hicieron ni en quienes deben aplicarlas. En aquel país ya no creían en nada ni en nadie. La justicia se había vuelto un concepto abstracto y etéreo. La impunidad era, en cambio, algo común, soportado, normalizado, casi esperado.

La sed de justicia había sido sustituida por el hambre de espectáculo y de eso sobraba. Un tópico de moda para indignarse, para llorar, para pelear –sobre todo esto último– bastaba para llenarles los días. La gente que ya no cree gusta de discutir por todo y por nada, sobre todo cuando pueden hacerlo desde la comodidad de un teclado y la seguridad del anonimato.

Los políticos, sabedores de estos gustos, le apostaban a las declaraciones disparatadas, las entrevistas cargadas de emotividad y las promesas incumplibles. Poco a poco vieron en las redes sociales un espacio para convertirse en rockstars. Viejos políticos eran de pronto nuevas celebridades para cientos de jovencitos que no habían nacido cuando los otros ya hacían de las suyas desde sus espacios en el poder.

Este era el ambiente en medio del que se dio aquel vuelco repentino del status quo. Pero ni ver a los antiguos poderosos humillados en la silla de un juzgado hizo que aquellos ciudadanos volvieran a creer. Se conformaron, de nuevo, con el circo, ávidos de entretenimiento mientras este durara.

¿Justicia o impunidad? El final del cuento aún está por escribirse.

Guía definitiva de comunicación de crisis para el político salvadoreño. De Mariana Belloso

Mariana BellosoMariana Belloso, 10 julio 2016 / LPG-Séptimo Sentido

¿Es usted un aspirante a la política en El Salvador? ¿Ya tiene una carrera en tan distinguido rubro, pero siente que la gente no lo entiende? ¿Los medios le tergiversan sus declaraciones? ¿Lo trollean en Twitter? ¿Le hacen memes que comparten en Facebook? Tranquilo, deje atrás esos nervios, respire profundo y aprenda de los grandes.

la prensa graficaLe hemos recopilado esta guía definitiva para el manejo de crisis desde el punto de vista comunicativo. Cada una de las técnicas ha sido probada por renombrados políticos pasados y presentes –y no dudamos que futuros–, de modo que usted solo debe armar su propia estrategia.

1. Asuma demencia: esta técnica es altamente efectiva. Usted no sabe, usted no fue, usted no estuvo allí. No importa si hay fotografías o videos, asegure que usted no fue.

2. Ataque a la persona que lo está señalando: si es un adversario político, aproveche y sáquele los trapos al sol. Si es un funcionario de algún otro poder del Estado, acháquele sus propias fallas. Si es un periodista, pues mucho más fácil, diga que es un peón de los poderes fácticos representados en los grandes medios hegemónicos (repítalo varias veces frente al espejo hasta aprenderlo, así no se equivocará aunque deba decirlo rápido).

3. Evite las pregunta incómodas y échele la culpa a los medios: aprenda a conocer a los medios y a los periodistas. Aléjese de los que hacen preguntas difíciles y de los que leen y se preparan antes de hacer una entrevista. Busque medios aliados que le pregunten solo lo que usted quiere, y si no tiene, pues haga su propio periódico electrónico en internet. Evite aparecer en conferencias de prensa es una buena movida y, si no tiene remedio, huya por una puerta trasera o por la cocina antes de que lo aborden los medios de comunicación. * Si el punto 3 le falla y no puede evitar el acoso de los periodistas malintencionados, recuerde las palabras mágicas “hay un plan orquestado en mi contra”.

4. Aproveche su popularidad, y si no es popular, al menos aparente serlo: déjese ver abrazando viejitas, chinee bebés gorditos, póngase shorts y tenis y corra dos kilómetros de alguna media maratón local. Aproveche sus apariciones públicas para tratar temas de poca relevancia pero que le gusten al público, y si alguien le recuerda el “problema”, siga atacando a los medios.

5. ¿Ya le dijimos que le eche la culpa a los medios?

6. Señale a otros: la paja en el ojo ajeno siempre es buena distracción. Recordar los fracasos de gobiernos anteriores es un recurso infalible. ¿Usted está haciendo mal? ¡Eso lo hacía también su antecesor!

7. Si le toca dar la cara públicamente, sea firme. En ruedas de prensa limite la cantidad de preguntas que le harán y recuérdeles la regla de oro: “No se puede preguntar sobre temas fuera de agenda”.

8. Utilice el poder a su alcance para censurar a tuiteros, feisbuqueros o autores de memes que le falten al respeto. Diga que los paga su enemigo político para restarles credibilidad.

9. La unión hace la fuerza. Cuando haya ataques a la clase política a través de cualquier medio, ya sea electrónico, impreso o hasta anuncios comerciales, alíese con sus compañeros para aplicar la benevolente mano de la sana regulación. No permita que le digan que es censura.

Listo: está usted capacitado para sobrevivir cualquier crisis comunicacional. Si algún punto le falla, pruebe con el siguiente y recuerde que la práctica hace al maestro.