El país que dejó de creer. De Mariana Belloso

En aquel país ya no creían en nada ni en nadie. La justicia se había vuelto un concepto abstracto y etéreo. La impunidad era, en cambio, algo común, soportado, normalizado, casi esperado.

mariana bellosoMariana Belloso, 28 agosto 2016 / LPG-Séptimo Sentido
Había un país donde la gente ya no creía más. Nada les esperanzaba, no sabían qué era la fe. Marchaban a misa por costumbre, hablaban con sus parejas solo lo necesario, no se preguntaban cómo había estado el día ni qué habían hecho, cansados de escuchar puras mentiras.Tampoco creían en sus políticos. Votaban por el mero gusto de que no ganara el candidato del “otro”. Se metían en pleitos, ya fuera en bares, muros de Facebook o cronologías de Twitter, para defender al político de su bandera, únicamente para no dar su brazo a torcer, para sentirse superior al vecino.

septimo sentidoUn día, en ese país comenzaron a capturar a exfuncionarios, a empresarios, a jueces, a abogados. Figuras de poder que todos creían intocables avanzaban esposados hacia las bartolinas. El fiscal alzó la voz y, señalándolos, proclamó que había desbaratado una red de corrupción. Los ciudadanos estaban acostumbrados a la idea de ser gobernados por corruptos, no pasaban de indignarse en alguna tarde de ocio y gustaban de conformarse con repetir que los corruptos del partido contrario eran los peores.

Con incredulidad, los ciudadanos se apostaron para disfrutar del espectáculo de los caídos. Vieron casas registradas, negocios intervenidos, desfiles de policías sacando artículos de lujo, extravagancias y chucherías carísimas que confirmaban los despilfarros que habían sido secretos a voces durante años, pero que nadie pensó nunca se verían así expuestos.

Extasiados, abrían los ojos para no perder detalle del show. Se quedaban sin saliva comentando lo sucios que eran unos, o defendiendo a otros, mientras sus dispositivos móviles se recalentaban entre acalorados debates cibernéticos sobre lo que ocurría.

Y como cosa extraña, finalmente estuvieron de acuerdo en algo: en que todo aquello no pasaría a más. “Disfrutemos del circo mientras dure, estos pronto volverán a estar libres”, se dijeron y volvieron a sus lugares, estupefactos de comprobar que los dioses también sangran, aunque sea por un par de días.

El fiscal consciente de las dudas sobre su trabajo se esmeraba más en demostrar que tenía pruebas y que contaba con un caso sólido. Pero todo abonaba al show y entre la euforia de este, la única certeza era que eventualmente terminaría.

Ni en las instituciones ni en las leyes ni en quienes las hicieron ni en quienes deben aplicarlas. En aquel país ya no creían en nada ni en nadie. La justicia se había vuelto un concepto abstracto y etéreo. La impunidad era, en cambio, algo común, soportado, normalizado, casi esperado.

La sed de justicia había sido sustituida por el hambre de espectáculo y de eso sobraba. Un tópico de moda para indignarse, para llorar, para pelear –sobre todo esto último– bastaba para llenarles los días. La gente que ya no cree gusta de discutir por todo y por nada, sobre todo cuando pueden hacerlo desde la comodidad de un teclado y la seguridad del anonimato.

Los políticos, sabedores de estos gustos, le apostaban a las declaraciones disparatadas, las entrevistas cargadas de emotividad y las promesas incumplibles. Poco a poco vieron en las redes sociales un espacio para convertirse en rockstars. Viejos políticos eran de pronto nuevas celebridades para cientos de jovencitos que no habían nacido cuando los otros ya hacían de las suyas desde sus espacios en el poder.

Este era el ambiente en medio del que se dio aquel vuelco repentino del status quo. Pero ni ver a los antiguos poderosos humillados en la silla de un juzgado hizo que aquellos ciudadanos volvieran a creer. Se conformaron, de nuevo, con el circo, ávidos de entretenimiento mientras este durara.

¿Justicia o impunidad? El final del cuento aún está por escribirse.

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