Elecciones

Las elecciones no solo deben preocuparnos cuando hay elecciones. De Humberto Sáenz Marinero

Los nuevos desafíos se presentan en la conformación de la Juntas Receptoras de Votos, la implementación del voto en el exterior, el conteo de votos, los tiempos para emitir resultados, elección y rol de diputados suplentes, entre otros.

Humberto Sáenz Marinero, 26 mayo 2017 / EDH

Está claro que en nuestro país no hemos puesto suficiente atención a la materia electoral, y que eso ha provocado no pocos inconvenientes que se suman a los ya consabidos problemas con los que a nuestro país le está tocando lidiar.

Que no le hayamos puesto la suficiente atención al tema, no nos ha permitido entender a cabalidad la dinámica legislativa; dinámica que no es propia de nuestro país, sino que se repite en los distintos ordenamientos: la resistencia de los partidos políticos representados en el Órgano Legislativo, a quienes – en todas latitudes – les cuesta dictar reglas que entrañen autolimitaciones, o que lleven a regularizar su funcionamiento, o que prevean exigencias de transparencia o que incluso promuevan la imposición de correctivos y sanciones.

Se vuelve imprescindible comprender en su exacta medida esa realidad. Eso pondrá nuestras expectativas en su justa dimensión y nos permitirá, a los ciudadanos que no formamos parte de los partidos políticos, pero que queremos incidir en ellos, a las autoridades administrativas y a las autoridades judiciales, adoptar de mejor manera el rol protagónico que también nos corresponde en la reestructuración del eje articulador de nuestra convivencia democrática.

Por supuesto que eso no significa que los partidos políticos se desentiendan y dejen todo a terceros o se limiten a ir apagando incendios donde aparezcan las exigencias ciudadanas. Los bajos niveles de aceptación que hoy día tienen nuestros partidos, se deben en buena medida a su incapacidad para ajustarse a las nuevas realidades y a su empecinado esfuerzo por continuar con prácticas que riñen con las más sofisticadas exigencias de transparencia, rendición de cuentas y democracia interna.

Por otra parte, habiéndonos decantado por un sistema en que en un mismo órgano colegiado (el TSE) se realizan funciones administrativas y jurisdiccionales, y mientras tal sistema se mantenga, es imperativo que los jueces electorales adquieran plena conciencia de las responsabilidades que eso conlleva. Se están emitiendo sentencias equiparables a las de un tribunal judicial pero parece que hace falta darle contenido a las facultades constitucionales que por ende se despliegan.

Esto a su vez nos obliga a prestar más atención a la convivencia que debe existir entre la justicia electoral y la justicia constitucional. Podremos estar o no de acuerdo con lo que de constitucional se ha venido resolviendo, pero lo cierto es que ha sido la pereza y la desidia legislativa, la que en gran medida nos ha llevado a ese punto; y en varios casos, ha sido la inexcusable desobediencia.

Los partidos políticos se han negado a tocar temas sensibles o incómodos, por lo que la justicia constitucional ha sido el cauce sustituto que han ubicado las exigencias ciudadanas. Ahora es un fenómeno que no podemos seguir ignorando, ni tampoco podemos seguir analizándolo como un suceso esporádico.

Por el contrario, debemos buscar mecanismos que respetando siempre la institucionalidad y la separación de atribuciones, posibiliten una mejor sinergia de estas justicias. Entremos en serio a analizar si en el ámbito del derecho electoral, necesitamos propiciar una participación más directa de los jueces electorales en las acciones constitucionales; veamos si es necesario agotar siempre una instancia antes de acudir a la otra; propongamos herramientas que acerquen la justicia electoral a los ciudadanos.

Tengamos claro que la judicialización de la política no tiene nada de nuevo, y que el activismo judicial tampoco. Los jueces han ido ampliando el ámbito de sus decisiones, abarcando cuestiones que antaño correspondían de manera exclusiva a las instituciones políticas; son muchas las causas que explican este fenómeno.

Para el caso concreto, gracias a este rol que subsidiariamente ha tenido que ser asumido por la Sala de lo Constitucional, hemos pasado de un sistema de voto por bandera que limitaba al mínimo la participación ciudadana en la conformación de la Asamblea Legislativa, a un sistema donde podemos elegir con nombre y apellido a las personas que representarán a los distintos sectores de la sociedad.

Los nuevos desafíos se presentan en la conformación de la Juntas Receptoras de Votos, la implementación del voto en el exterior, el conteo de votos, los tiempos para emitir resultados, elección y rol de diputados suplentes, entre otros.

Y sin duda, una de las tareas más importantes que tenemos que comenzar a trabajar ya, es el replanteamiento del rol del TSE, buscando que este se convierta de verdad en la máxima autoridad en materia electoral; todo esto, en favor y máxima garantía de los derechos de todos los votantes.

Por último, los ciudadanos tenemos que comprender que esto no solo nos debe preocupar al estar cerca de un proceso eleccionario. Hay que entender que se trata de una materia que tiene enormes repercusiones en la cotidianeidad, en nuestro día a día.

@hsaenzm

“Morbo” electoral… De Luis Mario Rodríguez

Caracterizar de “morbosa” esta demanda ciudadana equivale a decir que el derecho de los electores a enterarse rápidamente, aunque no de manera definitiva, acerca del número de diputados que obtuvo cada partido y de los posibles ganadores en las alcaldías es una intención enfermiza, retorcida y desagradable, por no llamarla también “malsana”.

Luis Mario Rodríguez, 18 mayo 2017 / EDH

El presidente del Tribunal Supremo Electoral calificó como “morbosa” la exigencia de varios sectores para que los resultados electorales preliminares en las legislativas y municipales de 2018 se conozcan la misma noche en la que se realicen los comicios. Caracterizar de “morbosa” esta demanda ciudadana equivale a decir que el derecho de los electores a enterarse rápidamente, aunque no de manera definitiva, acerca del número de diputados que obtuvo cada partido y de los posibles ganadores en las alcaldías es una intención enfermiza, retorcida y desagradable, por no llamarla también “malsana”.

En las elecciones del mismo tipo durante el 2012 y en las presidencias de 2014 la autoridad electoral contrató una empresa internacional para la transmisión y el procesamiento de los resultados electorales preliminares. En ambas ocasiones, la población con acceso a internet, acompañó, en tiempo real, la evolución de los datos de tal forma que, conforme llegaban las actas desde el interior del país a través del sistema informático, en el caso de las legislativas, la gente constataba cuántos votos obtenía cada partido y cuántas marcas cada candidato, y en la presidencial, los sufragios que sumaba cada presidenciable, tanto en la primera como en la segunda vuelta.

Cuando el árbitro electoral convocó a la última conferencia de la noche, tanto en 2012 como en 2014, para dar lectura a los respectivos boletines que presentaban el avance del conteo preliminar, los que siguieron “en línea” el progreso de la información ya conocían la distribución de escaños entre los diferentes partidos, los candidatos a diputados que lograron una curul y la fórmula que se agenció la presidencia y la vicepresidencia de la República, respectivamente.

Esa misma es la historia para el resto de los procesos electorales celebrados después de la firma del acuerdo de paz, incluyendo el de 2009. En esa ocasión, las ansiedades en los partidos mayoritarios se desbordaban en las respectivas sedes de los candidatos presidenciales. Si los magistrados que integraban al TSE no hubieran informado, al término de la jornada, quién era el próximo presidente de la República, muy probablemente se habría producido una crisis política de dimensiones inimaginables. La rapidez con la que actuó el colegiado y la madurez que demostró tanto el candidato de derecha como su partido admitiendo, sin ambigüedades, la victoria del FMLN, le valió al país el reconocimiento internacional por aceptar una alternancia pacífica en la que Alianza Republicana entregó el poder después de 20 años de administrarlo.

En idénticas circunstancias, durante el año 2000, en México, Ernesto Zedillo, del Partido Revolucionario Institucional (PRI), aceptó, a tan solo unas horas de cerrados los centros de votación, que su adversario del Partido Acción Nacional (PAN), Vicente Fox, arrasó en las urnas terminando con siete décadas de gobiernos priistas. Recientemente en Ecuador, la enconada disputa entre el candidato del oficialismo y el de la oposición, presionaron al Consejo Nacional Electoral para publicar, de manera preliminar y durante el día del evento electoral, quiénes pasaron a segunda vuelta así como el aspirante, que un mes y medio después, el día 2 de abril, se alzó con la banda presidencial. En esos mismos comicios se eligieron 137 diputados de la Asamblea Nacional y la tecnología empleada, en un sistema similar al nuestro, con el mecanismo de voto cruzado, arrojó el reparto de los asambleístas entre los partidos Alianza País, CREO-SUMA y el Partido Social Cristiano, el día de la elección.

Diferir la divulgación de los resultados electorales preliminares y hacerlos coincidir con el escrutinio definitivo, permite que los actores en contienda, los ciudadanos y la comunidad internacional especulen sobre las razones del retraso. Algunos asegurarán que se trata de un fraude mientras que los más indulgentes lo podrían atribuir a la negligencia de la autoridad electoral. Ciertamente el cálculo de los votos fraccionados y de las marcas, el llenado de actas, la transmisión y el procesamiento de datos exigen, en el caso salvadoreño, la aplicación de un sistema tecnológico sofisticado. La petición, por tanto, de corregir los errores que se presentaron en las elecciones anteriores, incluyendo la publicidad inmediata de los resultados, no es morbo de ningún sector, se trata simplemente de un reclamo elemental en un sistema democrático.

Carta a los presidenciables: Hablen claro. De Paolo Luers

Paolo Luers, 16 mayo 2017 / MAS! y EDH

Arrancando el proceso electoral para diputados y alcaldes, está arrancando el presidencial del 2019. Esto no es malo.

En ambas elecciones se trata de la misma cosa: definir el rumbo del país. Son dos estaciones de la misma disyuntiva: Alternancia o continuidad. Pero la campaña de las elecciones legislativas no generará el debate necesario para que los ciudadanos tomemos decisiones trascendentes. Para el 2018, ambos partidos mayoritarias apuestan a más de lo mismo. Son los mismos candidatos, atrincherados en las mismas posiciones, y ambos partidos con las puertas cerradas a la renovación y el debate.

El debate sobre el gobierno que necesitamos no se genera en la competencia por alcaldes y diputados, sino alrededor de las personas que se apuntan para la presidencia. Y es este debate necesario que va a dar sentido y contenido a las elecciones del 2018.

Ambos partidos tienen que decidir si van a las presidenciales con candidatos tradicionales que representan la militancia propia (como hicieron en el 2014 con Norman Quijano y Salvador Sánchez Cerén), o con liderazgos nuevos que representan mucho más que su partido – y algo diferente que la generación que hizo la guerra y la paz. En el caso del FMLN está bien planteada esta disyuntiva: o es Nayib Bukele, o es otro comandante…

En el caso de ARENA, hasta ahora se han apuntado tres figuras fuera del partido: los empresarios Carlos Calleja y Javier Simán, y el abogado Luis Parada. Conociendo sus trayectorias, se puede adivinar que representan diferentes formas de relación entre partido y sociedad civil y distintas visiones del país, igual que en el caso de Nayib y los comandantes.

Los partidos no deberían seguir tapando estas diferencias, ni pretender manejarlas en círculos cerrados. Por lo contrario: Será beneficioso para ustedes, sus partidos y el país iniciar este debate desde ya y de la forma más transparente y abierta. Sólo así la campaña 2018 se escapa del más de lo mismo.

Bukele hace bien al provocar el debate sobre el futuro de la izquierda. Si estuviera esperando que el FMLN lo abriera, nunca se daría. Estoy en desacuerdo con sus posiciones, pero es positivo que las exponga de manera provocativa.

Los precandidatos de ARENA aún no han dado este paso. El que más ha hablado es Carlos Calleja, pero hasta la fecha no escuchamos nada capaz de provocar debate. El partido ARENA, al ser la fuerza que quiere provocar un cambio, debería incentivar a sus candidatos a que discutan el contenido y rumbo de este cambio. Es además la única manera de involucrar a la sociedad.

Nadie apoyará a candidatos que muestran miedo de que sus propuestas pueden ofender a alguien dentro o fuera de sus partidos. Métanse desde ya en la contienda, en el debate, sin afán de caer bien a todos. Obliguen a sus partidos a que las primarias para la presidencia se hagan pronto, parar poder convertirse en líderes antes de las elecciones del 2018.

Saludos,

Frenar a Maduro. Editorial El País

La comunidad internacional debe actuar contra el régimen venezolano.

 

Editorial, 3 mayo 2017 / EL PAIS

En lugar de liberar a los presos políticos, convocar elecciones presidenciales y dar así una salida democrática a la crisis institucional que vive Venezuela, el presidente Nicolás Maduro ha decidido dinamitar el orden constitucional de su país. Fracasado su empeño en despojar de sus poderes a la Asamblea Nacional, Maduro quiere ahora dotarse de una legalidad a su medida en la que no quepa ninguna oposición a su régimen.

Con su amenaza de ruptura definitiva con el orden constitucional vigente, Maduro coloca a Venezuela ante la disyuntiva más dramática de las últimas décadas. Usando su habitual lenguaje incendiario, el mandatario venezolano plantea a los ciudadanos que la alternativa a sus planes es la confrontación. Su apelación —criticada incluso desde el chavismo— a entes sin fundamento jurídico alguno como “los poderes originarios” y la delirante definición de un proyecto constituyente en el que participarían 500 “representantes de la comunidad” que nadie sabe cómo se elegirían (aunque sí a quién servirían) dibujan a un presidente decidido a convertir a su país en una dictadura con él al frente.

La soberanía popular de Venezuela está representada de forma legítima por la Asamblea Nacional, elegida democráticamente en diciembre de 2015 y en la que la oposición tiene una mayoría incontestable. Maduro ha tratado por todos los medios —legales e ilegales— de privarla de su derecho y obligación de legislar. Su mandato no puede ser anulado con el pretexto de convocar un proceso constituyente. Y la Constitución venezolana —impulsada por el propio Hugo Chávez— no puede ser anulada por la mera voluntad de un gobernante acorralado, incapaz de lidiar con la crisis económica y sin ningún diálogo con la oposición.

Durante más de un año, Maduro ha dejado escapar oportunidades que no solo hubieran supuesto una buena solución para Venezuela, sino que incluso le hubieran permitido salir airoso de la situación. Ha despreciado los llamamientos, intermediaciones y buenos oficios de personalidades, organizaciones y Estados que se han ofrecido a colaborar en la consecución de un acuerdo con esa mayoría de venezolanos a los que él pretende dejar al margen de la ley. Incluso ha despreciado e ignorado la tremenda penuria de su pueblo mediante el recurso a inconsistentes promesas imposibles de cumplir.

Ni la comunidad latinoamericana ni la europea pueden consentir que Maduro y sus colaboradores acaben con la Constitución, la Asamblea y, por tanto, con la democracia y las libertades de los venezolanos. Tanto la OEA como la Unión Europea deberían advertir al régimen venezolano de las serias consecuencias (incluyendo la posibilidad de imponer sanciones, como la prohibición de viajar y la congelación de activos en el extranjero) a las que se exponen sus dirigentes si deciden seguir por ese camino. Y España, como puente y representante de los valores democráticos que hermanan a ambos continentes, debería implicarse a fondo en la supervivencia de la democracia en Venezuela.

La respuesta del presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges:

 

Sí importa. De José Portillo

Déjeme decirle que su voto, involucramiento y opinión sí importan, créame que a Messi y a Ronaldo no les quita el sueño si usted tiene trabajo, le cobran renta, lo asaltan en el bus o si aquí se pierde la república.

José Portillo, 27 abril 2017 / EDH

Muchas veces escuchamos a personas decir que no importa quién gobierne todo seguirá igual, que para qué opinar o involucrarse si nada cambia, que todos los políticos son iguales y de poco sirve incluso ir a votar. De hecho hemos tenido eventos electorales con abstencionismo de hasta el 65 %. A estas personas, de ahora en adelante, les preguntaré qué significado tiene para ellos la palabra igual.

Comienzo por el más evidente problema que tenemos actualmente: un gobierno a la deriva, sin líder ni plan, ni nada que se le asemeje. Basta ver los eventos recientes, donde en una misma conferencia de prensa tres funcionarios dieron recomendaciones contradictorias entre sí. Fue obvio que no hubo una reunión previa para consensuar ideas y elaborar un sencillo comunicado, mucho menos designar a un portavoz oficial ante la ausencia del presidente, que es el llamado a dar la cara e infundir calma en momentos difíciles, como lo fue el enjambre sísmico.

En la historia reciente del país, por primera vez hemos sido degradados a nivel de “bonos basura”, es decir, el afamado cambio sirvió para empeorar, dado que antes éramos grado inversión a la par de países como Chile. Para los que decían que aquí no podíamos llegar a ser igual que Venezuela, les cuento que ya somos. ¿Pero qué significa esto para usted, amigo que me lee? Que si usted le debe al banco, su tasa de interés irá hacia arriba. En la empresa privada el costo financiero impacta directamente en el costo de los bienes producidos o comercializados, es decir, usted pagará más por lo mismo.

Ante esta situación, cualquiera pensaría que el Ejecutivo estaría por implementar un ambicioso plan de recortes para reducir el gasto estatal, congelando contrataciones de nuevas plazas, reduciendo el número de asesores a la mínima expresión, eliminando de tajo; la publicidad gubernamental, seguros médicos privados y viajes al exterior. Pero no, no se emocione, amigo lector, nada de eso está siendo siquiera considerado por el Ejecutivo. Lejos de eso, acaban de re estructurar el presupuesto reduciendo las asignaciones a las carteras de salud, educación y seguridad. Es decir, en lugar de abordar el problema desde una perspectiva técnica y pragmática, han recurrido a lo único que saben hacer: culpar a ARENA, como si así se va resolver el problema de exceso de gastos.

Ante un panorama tan poco prometedor, está pasando lo que tenía que pasar, somos el país con menor inversión extranjera en la región, con el menor crecimiento en términos porcentuales y absolutos. Usted se preguntará, ¿y esto en qué me afecta? Sencillo, si usted está sin empleo o en un empleo que le paga por debajo de su capacidad o preparación, sus probabilidades de mejora son escasas o nulas, dado que hay demasiadas personas para muy pocos puestos de trabajo. Como consecuencia lógica, veremos a más hermanos salvadoreños buscando migrar, perpetuando así el ciclo de desintegración familiar, que ya mucho nos ha costado.

Por lo antes expuesto déjeme decirle que su voto, involucramiento y opinión sí importan, créame que a Messi y a Ronaldo no les quita el sueño si usted tiene trabajo, le cobran renta, lo asaltan en el bus o si aquí se pierde la república.

Ya es hora que como sociedad despertemos, nos informemos y busquemos educarnos para entender cómo funciona nuestro sistema de gobierno, de tal manera que sepamos, qué podemos y debemos esperar de cada institución o funcionario de gobierno. El fútbol es lindo, pero de ver partidos no se come ni se hace patria.

@jpelsalvador

¿Cómo sacarle provecho a las elecciones? De Alfredo Atanacio Cader

Al votar por personas específicas y no por banderas, tenemos la opción de sacar de la Asamblea Legislativa a los diputados que ya nos decepcionaron, para darle oportunidad a nuevas caras.

Alfredo Atanacio Cader, 20 abril 2017 / EDH

Pareciera que en El Salvador todo el tiempo estamos en periodo de elecciones. Apenas vamos comenzando el segundo trimestre de 2017 y ya estamos escuchando por todos lados opiniones y predicciones sobre las Elecciones Presidenciales de 2019.

Seguiremos leyendo y escuchando sobre el tema, así que yo también quiero compartir mi opinión. Y aunque pareciera estar de sobra aclararlo, me parece necesario establecer que nuestro país está peor que hace 5 y 10 años en la mayoría de aspectos. Es urgente cambiar el rumbo de El Salvador lo más pronto posible. Por eso, antes de hablar sobre las Elecciones Presidenciales de 2019, veamos cómo nos pueden ayudar las municipales y legislativas de 2018.

Posiblemente ha pasado por la mente de muchos que es poco lo que se puede hacer si prácticamente tenemos solo dos partidos políticos que generalmente terminan tomando decisiones decepcionantes para los salvadoreños.

A pesar de esta limitante, tenemos la opción de elegir uno por uno a los diputados que nos van a representar, por medio del voto por rostro. Al votar por personas específicas y no por banderas, tenemos la opción de sacar de la Asamblea Legislativa a los diputados que ya nos decepcionaron, para darle oportunidad a nuevas caras. Tanto ARENA como el FMLN tienen gente profesional, comprometida con el progreso de nuestro país. Está en nosotros darle la oportunidad a estas personas nuevas para que nos represente en la asamblea.

Recordemos que las elecciones de 2018 son cruciales, pues son los diputados quienes escogerán al Fiscal General y a los Magistrados de la Sala de lo Constitucional. Y aunque no estoy de acuerdo con todas las sentencias de la Sala, reconozco que es el único contrapeso que tiene actualmente el gobierno del FMLN. Y es importantísimo mantener este balance, ya que no debería haber una Sala de lo Constitucional afín al gobierno… Sería como el tiro de gracia para El Salvador. Personalmente, lo que busca el FMLN no es lo que yo quiero para mi país. No somos Venezuela, pero si al actual gobierno le parece que lo que está pasando en Venezuela está bien, esto es una alarma gigantesca para todos los que queremos un mejor país.

Por otro lado, como sociedad civil, podemos exigir una reforma electoral que permita el voto por distrito y no por departamento. De esta manera, podríamos escoger diputados de la zona específica en la que vivimos, para que los diputados electos puedan realmente representar los intereses de los ciudadanos que votaron por ellos.

Finalmente, aunque en el corto plazo tenemos únicamente dos partidos políticos que dejan mucho que desear, podemos cambiar esta realidad si apoyamos la creación de una tercera fuerza política que comience desde cero, con gente honorable. Esto tendría que ser un proyecto a largo plazo que se consolidaría en varios ciclos electorales. Pero mientras más pronto se comience, mejor.

Y con respecto a los partidos políticos actuales, podré criticar muchas de las decisiones de ARENA; sin embargo, reconozco que es –por ahora- la opción menos dañina. Y aunque todavía falta para las elecciones presidenciales, no deben equivocarse al escoger a sus candidatos a la presidencia y vicepresidencia. ¿Cuál es la clave? Buscar candidatos para los salvadoreños y no para su voto duro, que eso ya lo tienen ganado. Necesitamos gente que nos una y no que nos siga dividiendo, políticos que comprometidos para trabajar por El Salvador y no para una ideología. Lo mismo para el FMLN, el voto duro ya lo tienen. Piensen en los salvadoreños.

@aatanacio

Recapitulación. De Fernando Savater

Abundan las voces que deploran la democracia como método de elegir gobierno. El sistema debe hacer frente a la corrupción, el colectivismo, la intolerancia y las servidumbres étnicas, pero sigue encarnando la libertad de gobernar y gobernarse.

Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Fernando Savater, 17 abril 2017 / EL PAIS

Últimamente abundan las voces que deploran la democracia como método de elegir gobierno y objetivos de gobernanza. No me refiero a obras de radicales ácratas o de oligarcas partidarios de que manden los mejores, o sea ellos mismos sin ir más lejos. Hablo de estudiosos moderados que han sido demócratas sinceros pero han llegado a la conclusión de que fue una idea bonita que ha dejado de funcionar, si es que funcionó alguna vez. Algunos resultados recientes son aportados como pruebas: Brexit, Donald Trump… En un mundo de votantes que se informan casi exclusivamente por Internet, que no leen prensa ni mucho menos libros, que aprecian lo chocante o truculento mas que las argumentaciones trabajadas sobre temas que de cualquier manera desconocen, que disfrutan con los histriones y se aburren con quienes miden sus palabras… ¿qué decisiones mayoritarias sensatas pueden esperarse? Sí, la gente vota lo que sabe: pero casi nunca sabe lo que vota, etc… Y a partir de estas dolorosas constataciones se proponen, medio en serio medio como provocación, alternativas que sustituyen el voto universal por el sorteo entre minorías bien preparadas (?), el gobierno de los técnicos, la exclusión del censo de ciertos grupos por edad, ausencia de arraigo laboral, etc… O sea, la democracia vuelve a enfrentarse contra las acusaciones de ineptitud y credulidad de las mayorías ya formuladas en sus orígenes griegos por los amigos de la oligarquía (lo de Internet, no: se les olvidó) y regresan también los paliativos intentados para remediarlas en épocas sucesivas. Tanto retorno desconfiado no deja de tener peligro…

Porque la democracia nunca se propuso como el más eficaz sistema de gobierno, el que resuelve mejor los problemas o los evita, el que aumenta la riqueza de las naciones o garantiza la idoneidad de los gobernantes, el más capaz de controlar los ímpetus rapaces o destructivos de los humanos. La democracia no promete una sociedad políticamente mejor, sino una sociedad política. Los otros sistemas renuncian a ello y organizan órdenes jerárquicos, ganaderías humanas cuyas reses pueden estar bien alimentadas, ser prósperas y retozar alegremente juntas, no tener demasiadas quejas, quizá hasta ser plácidamente felices. Pero les falta la libertad de gobernar y gobernarse, sin la que no se es sujeto político. Están sujetos por el gobierno pero no son sujetos gobernantes y por tanto carecen de verdadera sociedad. Es posible que los desposeídos de libertad política no la echen en falta siquiera, pero ahí tropezamos con el punto intransigente —sine qua non— de la democracia: no se admite la libertad de renunciar a la libertad. Paradójicamente, en la vieja Atenas la asamblea planteó alguna vez votar si seguían con la democracia o renunciaban a ella…

EVA VÁZQUEZ

De lo que se ha tratado siempre en la revolución democrática es de la emancipación de los individuos. En Grecia apuntaba a librar al ciudadano de la clausura familiar y tribal, aún a costa de entregarlo al dominio de un destino trágico. En la Francia del dieciocho, la sublevación fue contra la opresión de la sociedad jerárquica del Antiguo Régimen, que recortaba los derechos políticos individuales y también sus libertades económicas, sometidas al marco corporativo. Es decir que —como bien ha señalado Marcel Gauchet— lo que podríamos llamar “izquierda” (radical contra la monarquía, la iglesia católica, los estamentos regionales, el gremialismo burgués, etc…) parte del “liberalismo”, es decir de la aspiración a libertades individuales conseguidas gracias al nuevo Estado basado en los derechos del hombre y el ciudadano.

En democracia no hay oposición entre los individuos —es decir, los ciudadanos— y la sociedad, porque es la evolución de ésta a partir de sus fórmulas atávicas, genealógicas y familiares, la que produce los individuos que disponen de autonomía legal y social. La sociedad democrática fomenta la creación de individuos capaces de autogestionarse (por medio de la educación general y la protección de sus derechos no heredados ni territoriales) y éstos a su vez configuran el marco institucional de una sociedad no tradicionalista, innovadora. El peligro del individualismo es considerar las leyes comunes como cortapisas mutiladoras de las libertades y no como sus garantías; y el peligro del Estado democrático es instaurar con sus reglamentos una dependencia estrecha de aquellos cuya independencia pretende asegurar. Durante la historia moderna, perdura un combate —una dialéctica, se decía antes— entre las libertades sin control y el control antilibertario. Las oscilaciones políticas entre derecha e izquierda (ambas afinadoras permanentes de la democracia) responden a mi modo de ver a esa dialéctica. Y se han corregido mutuamente durante muchos cambios de gobierno. Claro que también se han ido pareciendo cada vez más los unos y los otros, a veces en los peores aspectos: corrupción, incuria, deriva autoritaria… Lo cual, unido a la crisis económica, al desbordamiento migratorio, etc… ha favorecido el surgimiento de movimientos y partidos populistas, cuyo designio es demoler el sistema basado en la autonomía individual dentro del desarrollo social del bipartidismo para traer nuevas formas de caudillismo colectivista. O sea pasar de la sociedad para los individuos a los individuos para la sociedad, en giro irreversible.

“Los otros sistemas organizan órdenes
jerárquicos y ganaderías humanas”

“Me llamo Erik Satie… como todo el mundo”, respondía el músico a quienes requerían su nombre. En otro campo, cuando preguntemos a un europeo cual es su filiación política, si es sincero responderá: “soy socialdemócrata… como todo el mundo”. Porque la socialdemocracia es hoy la ideología política que mejor expresa ese doble carácter que Paul Thibaud ha llamado “socio-liberalismo” y que ha sido hasta ahora, al menos desde la II Guerra Mundial, el substrato ideal sobre el que se sostiene el sistema democrático. Sus principios pueden resumirse así: toda riqueza (económica, intelectual, emotiva…) es social. Nadie se enriquece en la isla de Robinson, por grandes que sean sus talentos, ni Mozart hubiera desarrollado su genio en una tribu de bosquimanos: por tanto toda riqueza implica una responsabilidad social, para que revierta en el conjunto de los socios el provecho que tiene su fundamento en la institución colectiva. Pero es no menos cierto que la autonomía individual es el origen de la innovación y creatividad. Por tanto el desarrollo de la individualidad debe ser fomentado, su originalidad respetada y su libertad garantizada legalmente. Esta combinación no es de derechas ni de izquierdas, sino civilizada.

Hay grupos políticos que ven más importante uno de los factores u otro, pero los electores modernos no pemiten a nadie prescindir completamente de ninguno de ellos. Por éso hace sonreir el cabreo de quienes reprochan a los gobernantes de derechas, los “liberales”, ser también socialdemócratas…¡cómo si pudieran ser otra cosa!. La diferencia es que ciertos políticos comprenden mejor lo que está en juego y defienden conscientemente el sistema de sus peores amenazas: la corrupción que acaba con lo público, el colectivismo que aniquila lo privado, la intolerancia que no deja a cada cual inventarse a sí mismo dentro de la ley, las servidumbres étnicas que despedazan el Estado de todos en tribalismos incompatibles… El gran adversario de la socialdemocracia no es quien la modula según las circunstancias históricas (no hay unas tablas de la ley socialdemócratas, como las hay contra las leyes entre los populismos) sino el abandono de la educación que, junto con la justicia partidista, anulan a los ciudadanos que mejor podrían desarrollarla.