Mario Vega

El silencio de Óscar y Valeria. De Mario Vega

Unidos en un solo abrazo, en una sola muerte. No necesitan articular palabras, su sacrificio habla alto y fuerte.

Mario Vega, pastor general
de ELIM

1 julio 2019 / EL DIARIO DE HOY

No dicen nada, no hay palabra alguna. El padre en su intento desesperado de sostener y proteger a su pequeña hija; ella, aferrada con infantil fuerza al cuello de su padre, segura de su amor y resguardo. Unidos en un solo abrazo, en una sola muerte.

No necesitan articular palabras, su sacrificio habla alto y fuerte. Perturba a los que sí guardan silencio o evaden su cuota de responsabilidad. Condenan el silencio obsecuente que se instala bochornosamente en los espacios de incidencia.

Condenan rotundamente a los que convierten la tragedia humana en recurso electoral. Condenan el oportunismo que pretende salir ganancioso de una derrota moral profunda que desnuda el carácter auténtico de quienes desean pasar la página, limpiar la mesa y evitar aranceles.

Un abrazo perpetuo que habla en nombre de aquella persona que muere cada día siguiendo la esperanza. Que habla por la otra persona que cada mes muere en las mismas aguas. Que habla en nombre de los que con sus cuerpos sembraron los desiertos, los caminos, la línea férrea, los lupanares, las cantinas de mala muerte, los campos de concentración de la primera democracia mundial. Ellos no tienen tiempo para esperar. Ya no abrigan esperanzas ni creen en promesas.

Su calvario es ahora y saben que deben andar por los caminos, por los desiertos, por los ríos. Aunque les prolonguen la marcha, empujándolos a caminos más largos, más sacrificados, más peligrosos. Pero la carestía y las amenazas son tan fuertes que no dejarán de caminar.

Las tragedias se multiplicarán y habrá otros que con los ojos cerrados continuarán hablando fuerte. Continuarán peregrinando por una oportunidad de trabajo. Eso es todo, trabajo. Al otro lado del río, donde nadie regala nada. Donde habrá nuevos desprecios y amenazas. Pero trabajo, al fin.

En su último abrazo desesperado, en su gesto de amor perpetuo, trasluce su fe en el Cristo que está con ellos, con el pueblo crucificado, con aquellos que le ponen rostro al 75% del presupuesto nacional, al 18% del PIB, al 40% de los salvadoreños que aguardan su oportunidad para largarse por el camino del Gólgota, esperando resucitar a la esperanza, al trabajo digno, a la vivienda y a la salud humanas.

Saben que la muerte es una posibilidad del camino, pero en casa es una certeza. No desean marcharse, tampoco separarse. Por eso mamá espera, observa, se alarma, entra en pánico, grita, desespera, se parte de dolor. Impotencia, impotencia desoladora, abrumadora. Pero nada rompe el amor, la unidad, el abrazo.

Ni siquiera las aguas de la muerte. Y allí, en su gesto de amor y de fe nos hablan a todos. Sin que medie una palabra, un sonido. Su abrazo interminable nos interpela a todos, nos desafía, nos sacude y nos cuestiona sobre nuestra postura, nuestra voz, nuestra palabra. No quieren nuestra lástima, tampoco nuestro lamento.

Quieren nuestras manos, nuestra fuerza, nuestra indignación. Por aquellos que aguardan enjaulados, por los que planean probar la corriente del río, por los que entran al desierto, por los que huyen de los carteles, por los que se esconden de la Guardia en las orillas del Suchiate, por los niños, por las mujeres, por el bono demográfico que gota a gota se filtra por las fronteras. Con el grito del silencio y con la fuerza de sus espaldas expuestas al amanecer nos preguntan: ¿Qué harás tú por este pueblo sufriente?

El patógeno de la violencia. De Mario Vega

Mario Vega, pastor general de ELIM

28 junio 2019 / EL DIARIO DE HOY

James Gilligan, médico psiquiatra, fue llamado por el sistema de prisiones del estado de Massachusetts en busca de una solución para los altos índices de violencia y suicidios que se producían en la población interna. El doctor Gilligan se dedicó afanosamente a identificar la razón última de la violencia. Después de varios años de estudio identificó el patógeno y le llamó «humillación abrumadora».

Concluyó que la violencia es siempre un intento desesperado y riesgoso de ganar respeto, atención y reconocimiento hacia sí mismo o hacia el grupo con quien la persona se identifica. Su teoría es capaz de explicar todos los rangos de conductas violentas, desde las individuales (homicidios y suicidio) hasta las colectivas (guerra, terrorismo y genocidio) y permite desarrollar métodos prácticos de prevención de la violencia.

En palabras del Dr. Gilligan: «Toda violencia es un intento por reemplazar la humillación con autoestima”. Tal idea no solo es un presupuesto teórico sino que Gilligan tuvo la oportunidad de demostrarlo al cambiar el énfasis de castigar la violencia por prevenirla antes de que ocurra. Los resultados fueron fabulosos.

Durante los 25 años que duró su trabajo en las prisiones, los índices de violencia y suicidios se redujeron casi a cero. En los Estados Unidos el índice de reincidencia de los reos que cumplen su condena es del 65% en los siguientes tres años a su liberación. Con la aplicación de su método, el Dr. Gilligan logró reducir la reincidencia a un 1% en un período de 25 años. Sus logros extraordinarios le convirtieron en catedrático del Departamento de Psiquiatría de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard por 34 años.

En esa universidad llegó a convertirse en el director del Instituto de Leyes y Psiquiatría. Además ha trabajado como consultor y asesor de Tony Blair y de la Cámara de los Lores en el Reino Unido, del Tribunal Criminal Internacional de la ex Yugoslavia en La Haya, del Colegio Estadounidense de Abogados y de muchas legislaturas estatales, departamentos de sheriffs y comisionados policiales. Además es autor de una docena de libros en el tema de la violencia.

Actualmente el Dr. Gilligan se encuentra jubilado y vive al lado de su esposa Carol.
Sus estudios y sus libros demuestran cómo el enfoque de la civilización humana por tratar de corregir las acciones violentas con castigos severos es un camino incorrecto que perpetúa el problema.

De nuevo en sus palabras: «El castigo es el detonador de violencia más poderoso que hemos inventado». La afirmación de que mayor represión provoca mayor violencia no es una idea antojadiza sino un hecho que ha sido demostrado en todo lugar y en todo tiempo en que se haya aplicado.

Si el patógeno de la violencia es el sentimiento de humillación abrumadora, es obvio que un trato más severo y humillante profundizará aún más los sentimientos de inadecuación, derivando en nuevas y mayores expresiones violentas.

No ha ocurrido en la historia humana alguna ocasión en la que el uso de la fuerza haya resuelto algún tipo de violencia. Tampoco ha ocurrido en nuestro país. Pero las propuestas del Dr. Gilligan están saturadas de éxitos que demuestran la veracidad de sus enfoques.

Cuando el problema de la violencia se pretende resolver, debería hacerse desde un enfoque científico y probado; no desde la emotividad popular o el ganguerismo político. Por amor a Dios, ya hay demasiado dolor para continuar experimentando con la vida de los pobres.

¿Qué provoca la violencia? De Mario Vega

Mario Vega, pastor general de ELIM

4 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY

La violencia se ha tratado de explicar desde la biología, la sociología, la criminología y la psicología. Pero esos enfoques no siempre dan razón de todos los comportamientos violentos y terminan por recomendar la transdisciplinariedad. Al elaborar una teoría sobre la violencia se pretende obtener una explicación valedera para todos los casos.

El logro de la universalidad está reservado para pensadores brillantes, aquellos que poseen la capacidad de descubrir tras lo casual y caótico los principios objetivos sin cuya comprensión no sería posible desplegar una actividad práctica y consciente que remedie el drama de la violencia. Huelga decir que son pocas las personas que lo logran. Uno de ellos es el filósofo francés René Girard, quien parte de la tradición filosófica-psicoanalítica que afirma que el deseo es una de las fuerzas más estructuradoras del ser humano. Es un deseo que se caracteriza por ser ilimitado y estar orientado a la totalidad de los objetos. Pero siendo el deseo común a las personas, a causa de su indeterminación, no saben cómo desear sino que aprenden a desear imitando el deseo de los otros.

En los niños se puede observar lo dicho ya que por muchos juguetes que un niño posea lo que más deseará será el juguete de otro niño, dando así paso a la rivalidad. Quiere el juguete solo para él y eso implica excluir al otro. Es así como el despojo cobra sentido. Pero sucede que las cosas son más complejas pues también hay otros niños que desean el mismo juguete, con lo cual se origina un conflicto de todos contra todos.

A partir de allí, las cosas están dadas para que la situación de rivalidad-exclusión se supere cuando todos se unen contra uno, al que convierten en víctima acusándolo de querer el objeto únicamente para sí, cuando en realidad se trata de despojarlo de lo que le pertenece. Al unirse contra la víctima el grupo logra un mínimo de paz entre ellos. Así, las sociedades viven creando constantemente nuevas víctimas o chivos expiatorios. La culpa siempre la tienen otros: el presidente, la policía, los pandilleros, la globalización, los ignorantes, los partidos políticos. No se debe olvidar que el chivo expiatorio es solamente un recurso para ocultar la violencia propia, pero que no la elimina, porque todo sigue rivalizando entre sí. Es una violencia latente cuyo control es frágil y que puede manifestarse a la primera oportunidad en aquellos que se sienten perjudicados y buscan compensaciones.

De acuerdo con Girard, la solución a la violencia en una persona vendrá por asegurar a cada niño la oportunidad de tener su pelota, su helado, su casa, su agua, sus cuadernos y la posibilidad de ir a la escuela. En la medida que la solución se siga viendo individual no provocará un temor excesivo. Será un asunto de caridad asistencial. Por el contrario, cuando se reconoce que son las estructuras sociales las que despojan a los niños de sus deseos, las cosas se complican. Quienes dominan y controlan el tener se sentirán más seguros cuanto con mayor dureza apliquen las leyes contra los marginales. De ese modo consiguen olvidar que son ellos los causantes de una situación de violencia permanente.

La violencia se resuelve con una sociedad más cooperativa y participativa. El camino más corto y seguro es una educación crítica y accesible para todos, que permita a las personas civilizarse, socializar valores y aprender a no crear chivos expiatorios sino a asumir ellas mismas la tarea de construcción de una sociedad en la que todos puedan tener cabida.

Los neopentecostales y su incidencia política. De Mario Vega

MARIO VEGA, pastor general de ELIM

7 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

El crecimiento de las iglesias evangélicas en Latinoamérica es un fenómeno de suyo conocido, pero existe una transformación al interior de ellas que es menos perceptible. Se trata de un giro que muchas iglesias han venido adoptando en las últimas décadas hacia el neopentecostalismo. Pero ¿qué es el neopentecostalismo? Es un movimiento evangélico, aunque también con expresiones católicas, que hace fuerte énfasis en el tema del Espíritu Santo. Éste es concebido como un agente cuya misión principal es la de otorgar muchas experiencias sensoriales a los creyentes. Se trata de sentir, experimentar, vibrar, caer, saltar, danzar, etc. El culto gira en torno a una persona que suele ser un pastor que asume el protagonismo de la liturgia y el monopolio de la revelación divina. Es un hombre-espectáculo, las luces se enfocan en él y los creyentes son solo espectadores. Su enseñanza bíblica es superficial, no poseen formación teológica y mucho menos contextual. Poseen un énfasis en que el ganar dinero y tener éxito en los negocios es prueba del favor de Dios y lo sintetizan en lo que llaman “Teología de la Prosperidad”, la cual no es ninguna teología y tampoco produce prosperidad, excepto para los referidos pastores estrella. Esto les lleva a agudas contradicciones entre el modelo de Jesús de renuncia y humildad y sus estilos de vida suntuarios. También les conduce a chocantes contradicciones éticas como el actual caso de un conocido líder neopentecostal guatemalteco.

Pero, además, los neopentecostales poseen la capacidad de incidir electoralmente de manera decisiva en los países. No es para menos, de acuerdo con el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG), hay en el continente más de 19,000 iglesias neopentecostales que organizan a unos 100 millones de creyentes. Su superficialidad bíblica y contextual los lleva a endosar apoyos a candidatos sin más mérito que el ser miembros de una iglesia o el enarbolar banderas de interés evangélico que, normalmente, son asumidas de manera bastante acrítica. Ese endoso poco reflexivo fue el que casi convierte en presidente de Costa Rica a Fabricio Alvarado, un cantante de música evangélica. También contribuyó al gane de Jair Bolsonaro en Brasil, un miembro de la Iglesia Universal del Reino de Dios.

En El Salvador, afortunadamente, son muy pocas las iglesias neopentecostales, por razones que merecen otro espacio para ser expuestas. Las iglesias evangélicas salvadoreñas poseen otro tipo de liturgia, doctrina y liderazgos. También otro tipo de visión de la historia y los problemas sociales. Eso explica el porqué, existiendo un candidato explícitamente evangélico como Josué Alvarado, las iglesias no muestran mayor entusiasmo con su candidatura. La participación electoral de los evangélicos salvadoreños se rige por pasiones similares a las del resto de la población. No están interesados en llevar a la Presidencia a un evangélico como sí lo están en llevar a alguien que de respuesta a sus necesidades económicas y de seguridad. Los evangélicos no votan en bloque como sector social sino de acuerdo con sus criterios electorales personales. Este es un elemento a tener en cuenta por los candidatos para no ser estafados por vivos que les ofertan adhesiones que no son posibles en el caso salvadoreño. La verdadera apuesta debe ser convencer con argumentos de que son la mejor opción. Eso es lo que los evangélicos deseamos conocer.


Las iglesias legislando. De Mario Vega

La Ley Seca es un ejemplo monumental de lo que ocurre cuando la Iglesia abandona su ministerio para enfrentar el pecado y opta por el camino fácil de procurar leyes que le hagan su trabajo.

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Mario Vega, pastor general de ELIM

Mario Vega, 8 diciembre 2017 / El Diario de Hoy

En la década de 1780, recién declarada la Independencia de los Estados Unidos de América, un tal doctor Benjamin Rush planteó la acertada doctrina de que el abuso del alcohol perjudicaba la salud física y mental. Para 1826 se creó la American Temperance Society (Sociedad Americana por la Templanza), que en una década aglutinó a un millón y medio de afiliados, quince periódicos y el apoyo de las iglesias evangélicas que vieron en el movimiento la ocasión para erradicar totalmente el consumo de alcohol por la fuerza y no por la conversión de los alcohólicos.

EDH logDesde el principio fueron las mujeres las principales activistas. Ellas eran quienes debían soportar a los maridos alcohólicos que se gastaban el salario bebiendo y, para colmo, las golpeaban al llegar a casa borrachos. Se organizaron y se convirtieron en las pioneras del feminismo, tanto el político como el de la lucha contra la violencia doméstica. Doscientas mujeres airadas, hartas de maridos borrachos y maltratadores, asaltaron en 1856 los bares de Rockport, Massachusetts. Iban armadas de santa indignación y de no muy santas hachas, con las que destrozaron los barriles de cerveza y ron. Fue entonces cuando entró en juego la politiquería: el apoyo al movimiento por la erradicación del alcohol se convirtió, a finales del siglo XIX, en el factor decisivo de todos los procesos electorales, desde los municipales hasta los presidenciales. Los prohibicionistas sufragaban las campañas de cualquier candidato, sin importar su propuesta política, siempre y cuando se comprometiera a apoyar la Prohibición. De esa manera, las condiciones se fueron dando para que en enero de 1920 entrara en vigor la Decimoctava Enmienda a la Constitución, conocida como la Ley Seca, que prohibía el consumo de alcohol en todo el territorio estadounidense. Las iglesias celebraron el hecho como un gran triunfo y el famoso evangelista Billy Sunday expresó ante unas 10,000 personas: “El reinado de la amargura ha llegado a su fin. Dentro de poco los tugurios serán sólo un recuerdo”. Puesto que el alcohol era la causa de todas las desgracias y pecados del hombre, su prohibición resolvería todos los problemas. Por eso también afirmó: “La miseria será pronto sólo un recuerdo. Convertiremos nuestras prisiones en fábricas, nuestras cárceles en graneros”. Esto fue tan creído que muchos municipios vendieron sus cárceles, pues las consideraron ya inservibles.

Pero la Ley Seca no produjo los resultados que se esperaban. Al ser implantada apenas logró reducir en un 30 % el consumo del alcohol, reducción que duró el tiempo que le tomó a los contrabandistas crear los mecanismos para burlar la ley. Luego, el consumo volvió a su nivel habitual,pero con el agravante de haber producido un aumento geométrico de la criminalidad, las mafias, el gangsterismo, los asesinatos y la corrupción policial y política. Las puertas del infierno habían sido abiertas y después de 13 años los evangélicos entendieron que se habían convertido en aliados de los criminales. Finalmente, en 1933, se introdujo la Vigésima Primera Enmienda que anuló la Ley Seca. Pero el mal ya estaba hecho y sigue estando allí desde hace cien años. La Ley Seca es un ejemplo monumental de lo que ocurre cuando la Iglesia abandona su ministerio para enfrentar el pecado y opta por el camino fácil de procurar leyes que le hagan su trabajo. Se necesita discernimiento para no errar pensando que se hace un bien cuando en verdad se está multiplicando el mal.

 

Propuesta para humanizar el conflicto. De Mario Vega

Se puede impulsar un esfuerzo para humanizar el conflicto. Una manera de hacerlo sería aplicando los Convenios de Ginebra, principalmente, el artículo 3, que es común a todos ellos y que se refiere a conflictos que no son internacionales.

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Mario Vega, pastor general de ELIM

Mario Vega, 27 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

En la actualidad, la violencia ha adquirido dimensiones que no tenía dos años atrás. Es evidente que hoy se está librando un enfrentamiento entre las fuerzas de seguridad y los miembros de pandillas. Esta es una situación que se venía mencionando desde que se comenzaron a dar los primeros indicios pero que se ha consolidado en los últimos meses.

En septiembre el Instituto de Derechos Humanos de la UCA denunció al Estado salvadoreño ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por el uso de fuerza excesiva y ejecuciones extrajudiciales perpetradas por los cuerpos de seguridad.

Por su parte, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos ha informado que en el presente año ha recibido 20 denuncias de ejecuciones que suman un total de entre 40 a 50 víctimas.

Las pandillas han asesinado, al momento de redactar este artículo, a 39 policías, 21 soldados y 4 custodios de centros penales. Además, familiares de agentes y soldados han sido también alcanzados por esta nueva faceta de la violencia.

EDH logLos nuevos protocolos y medidas que la policía ha adoptado no han sido suficientes para proteger la vida de sus agentes. Si la medida de colocar vehículos artillados en las calles fue parte de una estrategia de disuasión de nuevos asesinatos, la idea no cumplió con su cometido, pues, el tiempo de la salida de las tanquetas coincide con el alza pronunciada de asesinatos de las últimas semanas. Si la intención era generar un sentimiento de seguridad en la población, ese impulso inicial fue pronto malogrado cuando la realidad homicida se impuso a los pocos días. Lo grave es que con ello se agotaron las demostraciones de fuerza simbólica con que el Estado cuenta.

Aunque el enfrentamiento no se puede clasificar todavía como una guerra convencional, se trata de un ciclo de venganzas que muestra una tendencia ascendente. De continuar estas condiciones, al país le esperan días más sangrientos y dolorosos.

Para mitigar la actual ola de venganza homicida se puede impulsar un esfuerzo para humanizar el conflicto. Una manera de hacerlo sería aplicando los Convenios de Ginebra, principalmente, el artículo 3 que es común a todos ellos y que se refiere a conflictos que no son internacionales, sino que surgen en el territorio de un Estado contratante. Las partes están obligadas a aplicar un trato humano a las personas que se encuentran fuera de combate aun cuando sean integrantes de una de las partes en conflicto. Prohíben el homicidio en todas sus formas, la tortura y las ejecuciones sin previo juicio. Para hacer esto posible se necesita de la mediación de una o varias entidades que puedan garantizar el cumplimiento de los convenios y lograr la observación de las normas de humanidad básicas.

Los convenios sugieren al Comité Internacional de la Cruz Roja para tales efectos. La idea supone asumir algunos costos políticos, pero eso es preferible a continuar con la debacle de seguridad en la que nos encontramos y que no permite que los planes de persecución del delito funcionen y mucho menos los planes de prevención.

Lo peor que puede ocurrir es no hacer nada y continuar la inercia guerrerista de las últimas décadas. En ese no hacer nada, la peor parte la seguirán pagando los pobres de ambas partes, que son los que sacrifican sus vidas por razones que no valen la pena, y eso merece la más solemne y enérgica censura moral.