Mario Vega

La prevención estrangulada. De Mario Vega

La gran cruzada contra los cabecillas de las pandillas resultará a la larga inútil si no se hace nada para evitar el surgimiento de nuevas generaciones de jóvenes en conflicto con la sociedad que tomarán el lugar de aquéllos.

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Mario Vega, pastor general de la iglesia ELIM

Mario Vega, 13 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

La prevención es la cenicienta del tema de seguridad. Por un lado, es despreciada por la población que, harta de violencia, desea salidas rápidas sin reparar en que con su ira vengativa multiplica lo que desea remediar. Por el otro lado, también es despreciada por los políticos que, sedientos de proselitismo, procuran salidas rápidas a un problema cuya solución no tiene atajos. Tales desprecios no permiten que la prevención se aborde con la seriedad que requiere y la espiral violenta continúa alimentándose a sí misma año tras año.

EDH logUn ejemplo de ello es la manera como la Asamblea Legislativa distribuye la Contribución Especial para la Seguridad o impuesto a la telefonía. El Plan El Salvador Seguro ha sido diseñado de manera que un 73 % de la inversión se haga en acciones de prevención en tanto que solamente el 7 % se enfoque en el eje de la persecución del delito. No obstante, en el semestre comprendido entre enero a junio del corriente año se asignó un 38 % de los fondos para prevención en tanto que un 44 % en el rubro de persecución. Esa disparidad debilita el Plan al despojarle de los fondos adecuados para atender el eje de la prevención. Además, es importante hacer constar que dicha asignación se logró a fuerza de argumentar con partidos dentro de la Asamblea que proponían una asignación aún más desequilibrada.

El énfasis en el tema de la prevención no niega ni anula los esfuerzos que deben realizarse en el campo de la persecución del delito. Esa es una responsabilidad ineludible del Estado. Pero, de la misma manera que se aplica toda contundencia a la persecución, debería darse igual contundencia al tema de la prevención.

La gran cruzada contra los cabecillas de las pandillas resultará a la larga inútil si no se hace nada para evitar el surgimiento de nuevas generaciones de jóvenes en conflicto con la sociedad que tomarán el lugar de aquéllos. Se trata de un ciclo interminable de sucesión en el liderazgo de las pandillas que no se detendrá mientras no se desarrollen planes serios y sostenidos de prevención que atiendan a las causas del problema. Pero si se niegan los fondos, la prevención seguirá condena a ser siempre mendiga, limitada, estrangulada e ineficiente. Todo ello, para mal de la ciudadanía; que si bien es cierto que presiona para que se tomen medidas cada vez más violentas, terminará por pagar un altísimo precio de sangre para convencerse de su error cuando ya sean demasiadas las víctimas.

Mientras tanto, las iglesias y otras organizaciones para-eclesiales continúan trabajando con fondos propios en los niveles de prevención primaria, secundaria y terciaria. Pero, continuamente enfrentando grandes obstáculos para completar la inserción social de los jóvenes redimidos. Uno de los obstáculos es la carencia de la ley de rehabilitación e inserción de ex miembros de pandillas, la cual, fue ofrecida por primera vez en septiembre de 2010 y que hasta el día de hoy continúa acumulando olvido en algún archivo.

La falta de un marco legal que ofrezca garantías a los jóvenes rescatados se convierte en un elemento que desanima a otros que también preferirían abandonar sus actividades delictivas si supieran que serán respetados por la policía y el ejército y aceptados en su nueva vida sin sufrir abusos. Todas estas cosas son las que se necesita cambiar para comenzar a tener un poco de esperanza si es que soñamos con un El Salvador seguro.

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Adentro y afuera del muro. De Mario Vega

Afuera del muro quedan los que sufren las consecuencias de las políticas erradas mientras que adentro quedan los que hacen nuevos negocios.

Mario Vega, 16 junio 2017 / EDH

Los Estados Unidos producen el 36 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero del planeta, solamente detrás de China. Por ello, se comprende el revuelo mundial que ha causado la decisión del presidente Donald Trump de retirar a su país del acuerdo tomado en París por la Conferencia Cumbre sobre el Clima y que, estableció normas para regular la emisión de esos gases. Al retirar a su país, Trump deja también de lado las advertencias de la Agencia Meteorológica de las Naciones Unidas que advierte que si Estados Unidos no respeta el acuerdo no se podrá detener el calentamiento del planeta, lo cual provocará más tormentas e inundaciones, más sequías, escasez de agua, reducción de las cosechas de alimentos, nuevos conflictos y migraciones masivas. Todo eso no parece importarle al presidente estadounidense, quien argumenta que el acuerdo de París afecta negativamente el desarrollo económico y el aumento del empleo en su país. Desde hace mucho es sabido que el deseo de hacer dinero milita en contra de la naturaleza. A mayor ambición mayor daño al ecosistema.

Usualmente, quienes pagan las consecuencias son los pueblos vulnerables que no poseen grandes presupuestos para hacer frente a las inundaciones y tampoco fondos para paliar el hambre provocada por las sequías. Las tragedias humanas están fuera del campo de interés del presidente estadounidense, lo cual es concordante con su política de construcción de muros. Éstos separan al mundo de afuera del mundo de adentro. Afuera del muro quedan los que sufren las consecuencias de las políticas erradas mientras que adentro quedan los que hacen nuevos negocios. El muro sirve tanto para impedir que de los de afuera entren como para que los de adentro miren a los de afuera. Los efectos han comenzado a experimentarse en el Triángulo Norte de Centroamérica. Tal como El Diario de Hoy informó a principios de mes, la laguna de Atescatempa ha desaparecido en Guatemala y, eso, solamente es el principio de los efectos que el cambio climático provocará en nuestros países. Como cristianos, debemos rechazar firmemente los valores anticristianos que se expresan en la indiferencia hacia los más pobres y vulnerables, como también en el manifiesto egoísmo de cerrarse a las necesidades de los demás en busca del interés propio. El calentamiento global es consecuencia del uso desmedido de los recursos naturales y lo menos que como cristianos podemos hacer, es apoyar todo esfuerzo por adoptar un estilo de vida personal y comunitario que demuestre verdadero cuidado de la creación. Hay mucho que los cristianos podemos hacer por cambiar el rumbo de las cosas.

Trump es de las personas que, intencionalmente o por desconocimiento, niegan las innumerables evidencias científicas que atestiguan el calentamiento del planeta. Las Naciones Unidas afirman que si los Estados Unidos no respeta el acuerdo de París, en 30 años la temperatura del planeta aumentará en 0.3 grados centígrados. Visto en el termómetro, eso parece ser nada. Pero en términos ecológicos representa el inevitable aumento de los niveles de los océanos que, entre otras cosas, dejará sumergido el complejo hotelero Mar-a-Lago, propiedad de Trump, hacia el año 2060. Lastimosamente, él ya no estará para verlo. Pero sus descendientes pagarán los costos de la egolatría de su padre. La naturaleza siempre las cobra y eso no hay muro que lo pueda detener.

¿Protegen las armas? De Mario Vega

En nuestro país las personas que portan armas usualmente no son expertas en su uso, pero si lo fueran, ello no garantiza que no serán sorprendidos por un delincuente o que no vayan a perder la cabeza en una discusión con su mujer o con un vecino.

Mario Vega, pastor general de ELIM

Mario Vega, 2 junio 2017 / EDH

El Diario de Hoy informó hace unos días sobre la historia triste ocurrida en San Juan Talpa acerca de un niño de diez años que disparó contra su hermana de trece de manera accidental. Ambos encontraron una escopeta guardada detrás de un ropero, se pusieron a jugar con ella hasta que el niño terminó disparando contra su hermanita.

Lastimosamente, ese no fue el único caso. Unos meses antes, otro niño de tan solo un año de edad murió al manipular el arma de fuego de su padre en San Miguel.

A principios del año, otro niño de seis años se disparó a la cara cuando jugaba en casa de un vecino. El drama de los niños que mueren por accidentes con armas de fuego es bastante extenso. Las estadísticas así lo muestran: durante 2016, un menor de cuatro años de edad disparó contra una persona cada semana en los Estados Unidos.

Según el periódico USA Today, en los primeros seis meses de 2016, murió como promedio un menor de edad cada dos días por disparos accidentales con armas de fuego. Los menores de tres años son los que aparecen como las víctimas más probables en estos accidentes y son también los que más armas disparan de manera accidental.

Cuando leemos sobre esas tragedias el primer pensamiento que nos surge es el relacionado al descuido de los padres, los accidentes serían el producto de la imprudencia o negligencia de los adultos. La idea sería que una persona que sepa manejar bien su arma y fuera responsable estaría apto para usarla o llevarla a casa sin riesgo. Pero, los hechos indican lo inverso. Los policías son profesionales en el uso de armas de fuego y, sin embargo, los accidentes con armas que lastiman a terceros o a sí mismos son bastante comunes. En octubre de 2013 un agente del Cuerpo de Agentes Metropolitanos mató a su compañero al escapársele un tiro mientras limpiaba su arma. Incluso el archidefensor del uso de las armas Dick Cheney, mientras era vicepresidente de los Estados Unidos, hirió gravemente a un amigo durante una salida de caza.

En nuestro país las personas que portan armas usualmente no son expertas en su uso, pero si lo fueran, ello no garantiza que no serán sorprendidos por un delincuente o que no vayan a perder la cabeza en una discusión con su mujer o con un vecino.

Estas estadísticas y estas noticias deben ser tenidas muy en cuenta cuando populistamente se habla de entregar armas a la población para que se defienda de la delincuencia. El político explota irresponsablemente la frustración ciudadana en tanto que el ciudadano idealiza el tema de la defensa ignorando la impotencia a la que normalmente está condenada la víctima de una acción delincuencial, todo es una distorsión de la realidad que vuelve improbable un desenlace exitoso en una reacción armada.

El sociólogo y especialista en violencia urbana Gláucio Soares llega a la siguiente conclusión: “Necesitamos campañas para demostrar que las armas en casa matan mucha más gente dentro de la familia que entre los asaltantes. Usted compra un arma con la ilusión de que va a matar a un delincuente y descubre que su hijo de ocho años fue a jugar con esa arma y murió. ¿Entonces?”.

Mitos sobre la violencia. De Mario Vega

Cuando el tema de seguridad se aborda desde una óptica electoral, se definen prioridades cuestionables y se hacen inversiones insuficientes en aquellos elementos que es necesario atender para mitigar el problema, pero que no reditúan mucho apoyo electoral.

Mario Vega, pastor general de la Iglesia ELIM

Mario Vega, 5 mayo 2017 / EDH

El problema de la violencia es el resultado de la confluencia de múltiples variables que deben ser reconocidas para desarrollar un auténtico diagnóstico del problema y, consecuentemente, una auténtica solución. Lastimosamente, eso es lo que no se hace en nuestro país, pues el problema se ha abordado desde la política electoral y no desde las ciencias sociales. Al utilizar el problema de la violencia en perspectiva electoral se desarrollan mitos que dificultan la objetividad en el acercamiento al problema. Por ejemplo, pensar que la cantidad de homicidios es el mejor parámetro para medir las violencias es un desacierto mayúsculo que desvía la atención de las causas para enfocarse en las consecuencias. En ese ir y venir de las manipulaciones electorales, los medios de comunicación pueden entrar en el juego amplificando los temores y legitimando simplificaciones. Cuando las simplificaciones penetran en la mentalidad colectiva se convierten en mitos que distorsionan por completo la comprensión del problema.

El principal mito que se ha creado baja esa dinámica es el de pensar que el tema de la violencia se resuelve con el uso de la fuerza. En ese afán, que es ya desesperado, se deja de combatir a la violencia para combatir a las personas. Con ello se produce una distorsión de la etiología de la violencia, que es equivalente a mutilar un miembro y no al cáncer. Las personas que creen que la violencia es la manera de resolver los conflictos lo hacen, porque es el modelo que aprendieron en sus hogares. Es decir, opera en ellos la misma lógica de los miembros de pandillas: están reproduciendo en el mundo exterior los modelos interiores de sus hogares paternos. El considerar la violencia como la única salida al problema de seguridad puede llevar a razonamientos absurdos como el de calificar al fiscal general como protector de las pandillas por enjuiciar a policías acusados de ejecuciones ilegales.

A pesar de todo ello, existen en el ambiente elementos esperanzadores que ameritan un poco más de reflexión. Uno de ellos es la aprobación de fondos para el Plan para la Prosperidad para el Triángulo Norte, el cual, es un reconocimiento de las causas estructurales subyacentes a la migración y que, desembocan en problemas de seguridad. En ese caso no solamente se reconocen las causas sino también se reconoce que las mismas son comunes a los tres países del Triángulo de la Muerte, debido a que sus complicaciones estructurales son comunes. Esa es una visión más globalizadora de un problema que de por sí no es simple. Cuando el tema de seguridad se aborda desde una óptica electoral se definen prioridades cuestionables y se hacen inversiones insuficientes en aquellos elementos que es necesario atender para mitigar el problema pero que no reditúan mucho apoyo electoral. Dado que nos aproximamos a nuevos eventos electorales, se ve ya en el ambiente intentos por continuar utilizando el dolor de los salvadoreños para ofrecer soluciones populistas que nada tienen que ver con las auténticas causas de las violencias y mucho menos con sus soluciones. Como población, debemos mantener la mente abierta y pensar en el punto adonde nos ha llevado una serie de medidas desatinadas y el alto costo humano que eso ha representado para miles de familias. Es tiempo de poner un alto a tanto juego con la vida y el dolor humano para ponernos serios en el mayor problema del país.

 

La salida de la pandilla. De Mario Vega

Mario Vega, pastor general de ELIM

Mario Vega, 21 abril 2017 / EDH

Recientemente se dio a conocer el estudio “La nueva cara de las pandillas callejeras: El fenómeno de las pandillas en El Salvador”, que fue realizado por la Universidad Internacional de la Florida con el apoyo de la Fundación Nacional para el Desarrollo (Funde). El estudio se basa en entrevistas realizadas a miembros y exmiembros de las diversas pandillas. Una de las preguntas que se hizo a los encuestados fue qué se puede hacer para ayudar a los pandilleros a abandonar la pandilla. Un poco más del 97 % respondió que unirse a una iglesia sería la más grande ayuda. El estudio asevera: “…el mecanismo más común y aparentemente aceptado para calmarse y abandonar la pandilla en El Salvador viene a través de una experiencia religiosa. La iglesia es un vehículo para que muchos miembros dejen una pandilla, lo cual es consistente con la literatura académica sobre desistencia y las pandillas en Centroamérica (…) Varios pandilleros enfatizaron que la única manera de que alguien abandone la pandilla es dedicarse a Dios. Durante las entrevistas en profundidad, los despertares religiosos fueron un tema común entre los expandilleros. Parece que la religión proporciona a algunos pandilleros comodidad ya que muchos de estos individuos han cometido crímenes atroces, y a menudo tienen dificultades para vivir con su pasado. Así, muchas personas recurren a un poder superior y han descrito el intenso proceso de ser ‘salvado’”.

Desde hace años las iglesias conocen bien esa verdad y saben que la conversión produce en los miembros de pandillas un cambio muy radical que les hace ser totalmente diferentes. Las iglesias se empeñan en alcanzarlos para que ellos, sus familias y las comunidades tengan un futuro mejor. Pero ¿qué son los obstáculos que enfrentan las iglesias en esa labor? Por un lado, el hecho de no contar con una ley de inserción para exmiembros de pandillas. Eso coloca a las personas que desean cambiar en una situación muy vulnerable, pues, aunque dejan de militar en la pandilla, siguen viviendo en las mismas comunidades pobres. En esos lugares las fuerzas de seguridad no hacen diferencia entre personas y quienes se han retirado son detenidos y maltratados múltiples veces como si fueran miembros activos de grupos criminales. En ocasiones ocurre que la pandilla cuenta con informantes y saben el momento de retirarse de sus viviendas antes que se ejecute un operativo. Las personas que se han retirado de la pandilla ya no cuentan con esa información y son los que se encuentran en sus casas cuando los operativos se efectúan y, una vez más, van a parar a las bartolinas. Ese estado de cosas hace que los jóvenes que desean salir de una pandilla desistan de hacerlo complicando más las cosas.

Por otro lado, las iglesias pueden esmerarse y lograr que muchos sean salvados, pero están limitadas en sus posibilidades de dar empleo a todos los que abandonan las pandillas. Las iglesias necesitan completar su proceso de redención haciendo alianzas con entidades que den oportunidades para que los conversos tengan opciones de empleo. Las iglesias solamente son una parte de la sociedad, pero el problema de la violencia es un producto de toda la sociedad. Cuando todos asumamos nuestro rol en la solución del problema podremos encontrar vías que faciliten la reconciliación.

Reprobados en derechos humanos. De Mario Vega

Deberíamos comprender que algo grave está ocurriendo con las fuerzas de seguridad y que, en lugar de resolver un problema de violencia, lo estamos convirtiendo en dos.

Mario Vega, pastor general de ELIM

Mario Vega, 24 marzo 2017 / EDH

El Departamento de Estado de los Estados Unidos dio a conocer recientemente su informe sobre los derechos humanos de 2016. En relación a El Salvador, el informe recopila informaciones que reflejan el poco aprecio que a la vida humana se le da en nuestro país. El informe habla tanto del irrespeto a los derechos humanos que hacen los miembros de pandillas como los miembros de las fuerzas de seguridad. En relación a los primeros, el informe dice: “Los principales problemas de derechos humanos se derivan de la extorsión generalizada y otros delitos en comunidades pobres de todo el país”. Más adelante añaden: “Cada pandilla tiene su propio territorio controlado. Los miembros de las pandillas no permiten que las personas que viven en una zona controlada por otra pandilla entren en su territorio, incluso cuando viajan en transporte público. Las pandillas obligan a las personas a presentar tarjetas de identificación (que contienen sus direcciones) para determinar adónde viven. Si los miembros de una pandilla descubren que una persona vive en el territorio de una pandilla rival, esa persona podría ser asesinada, golpeada o impedida de entrar en el territorio”.

En relación a las fuerzas de seguridad, el informe afirma: “Durante el año no hubo informes verificados de que el gobierno o sus agentes hubieran cometido asesinatos por motivos políticos. Sin embargo, hubo reportes de involucramiento de las fuerzas de seguridad en asesinatos ilegales. A partir de octubre, el Fiscal General estaba investigando 53 posibles casos de ejecuciones extrajudiciales. Uno ocurrió en 2013, ninguno en 2014, 11 en 2015 y 41 en 2016. La Fiscalía anunció también la formación de un Grupo Especial contra la Impunidad, dedicado a investigar este tipo de delitos. Hasta marzo, la Procuraduría para la defensa de los Derechos Humanos (PDDH) había recibido 12 denuncias de presuntos asesinatos ilegales cometidos por agentes de seguridad, militares y otros funcionarios públicos, y encontró pruebas sustanciales en dos casos. En septiembre, la PDDH declaró que tenía conocimiento de aproximadamente 50 casos de posibles ejecuciones extrajudiciales. De enero a julio, la Oficina de la Inspectoría General de la Policía Nacional Civil (PNC) informó que 12 oficiales de la PNC fueron acusados de homicidio. Todos, menos uno de los presuntos homicidios, fueron cometidos mientras los oficiales acusados estaban de servicio”.

Cuando se habla de violaciones a los derechos humanos las personas se inclinan a reconocer como tales los cometidos por las pandillas, en tanto que los cometidos por las fuerzas de seguridad se consideran como justificados, a pesar que los niveles de crueldad y arbitrariedad utilizados son similares. Por la misma razón, se acusa sin mayor reflexión de aliados o de miembros de pandillas a las personas, organizaciones e iglesias que señalan los abusos de las autoridades. Esta vez, el señalamiento lo hace el Departamento de Estado de los Estados Unidos, del cual nadie sensato afirmará ser un aliado de las pandillas. Más bien, deberíamos comprender que algo grave está ocurriendo con las fuerzas de seguridad y que, en lugar de resolver un problema de violencia lo estamos convirtiendo en dos. En la medida que la población resulta víctima de uno u otro bando, la desesperanza aumenta y eso es muy peligroso para el país. No podemos darnos el lujo de perder la esperanza, estamos aún a tiempo para reaccionar.

Escuelas abiertas para la paz. De Mario Vega

Mario Vega, 10 marzo 2017 / EDH

El programa de escuelas abiertas se considera uno de las más pertinentes y efectivos para la prevención de la violencia en Latinoamérica. El mismo ha sido implementado en México, Guatemala, Brasil, Argentina y Uruguay. Aunque cada uno de esos países posee condicionantes diferentes de la violencia, el método ha resultado ser muy exitoso en todos ellos.

La idea es bastante simple, pues consiste en abrir las escuelas los sábados y domingos para ofrecer a los jóvenes y sus familias actividades culturales, deportivas, artísticas, recreativas y de formación profesional. El resultado es que se empodera a los jóvenes, se fortalece el tejido comunitario y se potencia el rol de la escuela para la reducción de los índices de violencia, construyendo una cultura de paz.

En una sociedad como la salvadoreña, en la cual se estigmatiza a los jóvenes, el programa resulta vital para articular las relaciones dinámicas que son claves en el plano local: los jóvenes, las escuelas y las comunidades. El enlazar la escuela a la comunidad permite enriquecer los procesos pedagógicos utilizando la riqueza del entorno, cosa que normalmente no se logra porque las escuelas suelen funcionar en total autonomía de sus localidades.

Esa es una de las razones por las que los propios jóvenes destruyen la infraestructura escolar, con la que no se sienten identificados. El programa se construye sobre la base de reconocer la falta de espacios e iniciativas para el deporte, la cultura y la recreación como un factor de riesgo que asociado a otros genera expresiones violentas.

En la misma línea, el programa sostiene la convicción de que la educación no es un proceso exclusivo de la escuela, sino que se extiende a diversas esferas sociales, por lo cual se puede enseñar y aprender a través del juego y de los esfuerzos de actores diversos como las familias, la comunidad, los medios de comunicación, las iglesias, la empresa privada, etc.

Por todo lo dicho, la iniciativa de escuelas abiertas es una acción fundamental del Plan El Salvador Seguro que se pretende establecer y mantener en los primeros 26 municipios priorizados. Para ello se necesita de una asignación de 11.1 millones de dólares para  2017.

Con esa inversión, se podrá atender a un estimado de 20,000 jóvenes en el programa, un total de 148,000 estudiantes serán beneficiados por las mejoras en infraestructura y se estiman varias docenas de miles de maestros, padres y madres recibiendo apoyo psicológico.

Para esa inversión no se necesita establecer un nuevo impuesto, pues la recaudación de la Contribución Especial para la Seguridad ha colectado los recursos suficientes para la puesta en marcha del programa. El retraso que se tiene ahora es la reorientación de los recursos que se ha propuesto en la Asamblea Legislativa y que sugiere invertir mucho más en balas que en programas de educación como el de las escuelas abiertas.

Eso, a pesar de que la distribución actual del fondo se encuentra ya desbalanceada, asignando un 61 % a la represión y solo un 39 % a la prevención; rompiendo con ello el marco conceptual que inspiró el Plan y que produjo la adhesión de las diversas expresiones sociales representadas en el Consejo Nacional de Seguridad.

Que Dios ilumine a nuestros legisladores para que comprendan las razones que asisten al Consejo de Seguridad cuando solicita fondos para el programa de escuelas abiertas como método probado de prevención de la violencia.