represión

Carta al alcalde D’Aubuisson y al candidato Calleja: ¿Cómo construir paz social? De Paolo Luers

10 noviembre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

El mismo día que Carlos Calleja, el candidato presidencial de ARENA, sorprendió a propios y ajenos presentando un concepto de Seguridad Ciudadana que radicalmente rompe con la apuesta tradicional de su partido “mano dura”, el alcalde de Santa Tecla, Roberto D’Aubuisson, también de ARENA, mandó a su CAM a reprimir, con lujo de fuerza masiva, a vendedores informales.

Aquí dos frases claves de la presentación de Calleja:

  • “Vamos a avanzar de un enfoque de represión a uno para construir paz social. Vamos a perseguir el crimen apegados a la ley y el respeto a los Derechos Humanos.”
  • “Nosotros no vamos a continuar una guerra contra las pandillas que genera más violencia y muertos. Vamos a emprender y ganar la lucha contra la violencia con inclusión, oportunidades y #TrabajoParaTodos.”

Aquí dos frases del alcalde de Santa Tecla:

  • “Lamentablemente hay heridos. Heridos del CAMST y heridos de los revoltosos. Y a mí no me preocupan los heridos de los revoltosos, lo quiero dejar bien claro.”
  • “Hay que empoderar al CAM.”

Es obvio que aquí estamos frente a dos concepciones diferentes dentro del mismo partido. Hay quienes toman esta contradicción como prueba para descalificar como no creíbles las declaraciones de Carlos Calleja. Pero también se puede interpretar de otra manera: Tal vez surgió un candidato con la voluntad para romper con las políticas fracasadas y para privilegiar el diálogo y la inversión social focalizada y sostenida sobre el uso masivo de la fuerza.

Voy a dejar clara una cosa: Hay que investigar los enfrentamientos entre vendedores violentos y un CAM fuertemente armado en Santa Tecla. Igual hay que investigar porque la PNC, que constitucionalmente tiene el monopolio del uso de la fuerza, no intervino en Santa Tecla, dejando al CAM enfrentar un problema de seguridad pública. Que bueno que la fiscalía inmediatamente inició estas investigaciones. Esperemos sus resultados antes de hacer condenas públicas contra manifestantes o contra agentes del CAM en el caso de los heridos (de vendedores y agentes) y de la muerte de un vendedor.

Tiene razón el alcalde de Santa Tecla cuando dice: “Es nuestro trabajo mantener el orden.” El problema es: ¿Cómo y con qué políticas y medidas? ¿Militarizando el CAM, de la misma manera que el gobierno ya militarizó a la PNC? ¿O apostando, como propone Carlos Calleja, a la construcción de la paz social mediante una inversión social que se convierte en prioridad #1 del Estado y se focaliza a erradica la marginación y el desempleo?

Estoy convencido que el orden público y la paz social en nuestras ciudades no se construye convirtiendo a las policías municipales en unidades de combate. Tampoco hay que “empoderarlos” a comportarse como el extinto GRP o la UMO de a PNC. Tampoco parece justo tratar a los vendedores, incluso cuando rompan el orden público, como delincuentes o pandilleros.

Es positivo que a fin un candidato salga con una propuesta novedosa de seguridad y esté mostrando un criterio independiente. Habrá que ver si en los meses que faltan para las elecciones logrará precisar y defenderla.

Llama la atención que un candidato se arriesgue ir contra corriente la opinión popular – inusual para los políticos tradicionales en tiempos de campaña. Precisamente por esta razón los candidatos de GANA y el FMLN han preferido no tocar este tema espinoso, pero esencial…

A los que hablan de Santa Tecla para descalificar a Calleja y su propuesta, habría que decir: Es Carlos Calleja que corre para presidente y no Roberto D’Aubuisson – y tal vez no sea casualidad. 

Saludos,

Cambia, todo cambia. De Sergio Ramírez

Lo único que no ha cambiado en Nicaragua es la esperanza por una vida nueva, y la fe en un país democrático, justo y libre.

Manifestantes disparan morteros caseros, el pasado 9 de junio, durante los enfrentamientos entre manifestantes y policias en Masaya (Nicaragua). Foto: Bienvenido Velasco Blanco EFE

Sergio Ramírez, novelista y columnista nicarguense, fue vicepresidente en el primer gobierno sandinista

11 junio 2018 / EL PAIS

Nicaragua es hoy un país distinto. Otro país. Quien lo vio antes del 18 de abril, cuando comenzaron las matanzas indiscriminadas de jóvenes, hoy no lo reconocería. Pero tampoco lo reconoce, menos de dos meses después, quien estuvo para esos primeros días infernales. Así me lo dice el periodista salvadoreño Carlos Dada, testigo de aquella primera rebelión desarmada reprimida salvajemente en las calles de Managua, y ha vuelto ahora, más de un mes después, y se aloja en el mismo hotel donde, si antes había alguno huéspedes, hoy él es el único, y la penumbra en la sala de estar ha crecido en medio de la soledad

Para finales de abril la Cid Gallup publicó una encuesta donde el 70% de la gente rechazaba la permanencia del matrimonio presidencial en el poder. Lo primero que la firma encuestadora reconocía es que ahora sí la gente se había expresado con libertad, diciendo lo que pensaba, sin miedo ni dobleces. Primer gran cambio a anotar.

Para entonces los asesinados eran 35; ahora que ya vamos llegando a los 140, ese 70% de repudio debe haber seguido creciendo, sobre todo después del fatídico 30 de mayo, cuando la gigantesca marcha en homenaje a las madres de los caídos, que congregó en Managua a cerca de medio millón de nicaragüenses, terminó en una despiadada masacre bajo el fuego de francotiradores apostados en las alturas del estadio nacional de béisbol Denis Martinez.

Denis, el pitcher latinoamericano de grandes ligas con el récord de mayor número de juegos ganados, y dueño de la hazaña de haber lanzado un juego perfecto, protestó con firmeza porque el estadio que lleva su nombre fuera empleado para actos de violencia contra el pueblo que lo venera como un héroe nacional.

Luego, cuando las temibles camionetas Hilux de doble cabina, con sicarios cubiertos con pasamontañas que disparan sin piedad ni contemplaciones desde la tina, empezaron a multiplicar sus recorridos por las calles, y crecieron los asaltos y saqueos, la vida nocturna empezó a apagarse y los restaurantes y los bares a cerrar sus puertas. Hoy hay un toque de queda voluntario después de las seis de la tarde.

“Nicaragua es hoy un país distinto. Otro país”

¿Cómo ha seguido cambiando el país? En los barrios de Managua, para impedir el paso de las funestas Hilux, la gente levanta barricadas de adoquines o cualquier material a mano. Y las carreteras están cortadas por más de 80 tranques que son el aviso de un verdadero paro nacional. Mientras en el diálogo nacional mediado por los obispos de la iglesia católica, ahora interrumpido, el Gobierno no acepte negociar la democratización, —que empieza por parar la violencia policial y de las fuerzas paramilitares, y adelantar para una fecha inmediata las elecciones, con un nuevo tribunal electoral y con garantías internacionales, sin Ortega ni su esposa de candidatos—, el paro nacional va a seguirse consolidando, sin que nadie lo decrete.

Los tranques en las carreteras, que son la expresión más evidente de la protesta ciudadana, van paralizando al país. Los suministros básicos y el combustible comienzan a escasear, y miles de furgones de carga, que atraviesan Nicaragua para ir desde Guatemala a Panamá y viceversa, se han quedado entrampados en las carreteras. Las fronteras al norte y al sur del país, están cerradas. Y los tranques son un verdadero cerco alrededor de Managua.

“Los suministros básicos y el combustible comienzan a escasear”

Entonces, tampoco la ciudad de Masaya, cercana a la capital, era hoy lo que es, un bastión de la resistencia civil. Trancada por todos sus costados con parapetos de compleja construcción, las calles cortadas a trechos en cada barrio por barricadas, la autoridad real, porque ahora la autoridad moral es lo que más pesa, la tiene el sacerdote Edwin Román, párroco de la iglesia de San Miguel. Mientras tanto, la fuerza policial se halla sitiada dentro de su cuartel.

La ciudadanía desarmada controla ahora una ciudad entera donde la represión se ha enseñado no solo matando jóvenes, sino también incendiando, y saqueando comercios de todo tamaño. El baluarte es el barrio indígena de Monimbó, como lo fue durante la insurrección que derrocó a Somoza.

Una ciudad tapiada hacia afuera, pero donde la vida ciudadana se hace con la normalidad que se puede. Un amigo me dice que sortea las barricadas para ir por el pan y los nacatamales del desayuno del domingo. Solo hay que cuidarse de los francotiradores.

Lo único que no ha cambiado en Nicaragua es la esperanza por una vida nueva, y la fe en un país democrático, justo y libre.

Carta a Daniel Ortega: Estos disparos le van por la culata. De Paolo Luers

Roma, 2 junio 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

“Comandante”:
Pongo entre comillas el título que usted ostenta tan pomposamente. Hace muchos años, usted fue Comandante y se ganó el respeto de muchos en todo el mundo, incluyendo el mío.

Hoy ya no es comandante, sino el capo de una mafia que extorsiona a todo un país, compra voluntades y corrompe a su partido, militares y empresarios. Y los únicos que queda comandando son bandas de matones.

Cuando usted dio la orden de abrir el fuego a los jóvenes manifestantes, tendría que haber sabido que firmó su sentencia de muerte política. ¿Cómo no saberlo un hombre que fue protagonista de una insurrección que tuvo como punto de partida la orden que dio Somoza de asesinar al periodista opositor Pedro Fernando Chamorro?

¿Cómo no saberlo un hombre que estuvo muy cerca de nuestra historia salvadoreña, que tomó un dramático viraje un día 30 de julio de 1975, cuando los militares en el poder dieron la orden, así como usted lo dio el 19 de abril de 2018 (y lo mantiene hasta el día de hoy), de disparar a matar a estudiantes opositores? En El Salvador fue una de las fechas claves que hicieron al país deslizarse a la guerra civil – y al desaparecimiento de los gobiernos militares. En Nicaragua hoy está pasando exactamente lo mismo.

Le voy a contar de otra fecha fatal, en la cual un acto irracional de represión impulsó a cientos de miles de estudiantes a la rebelión. Algo que pasó hace 51 años en Berlín Occidental. El 2 de junio de 1967, vino a Berlín, en visita del Estado, el Shah de Persia (hoy Irán), Mohammad Reza Pahlavi – como Somoza un tirano de estos que en Washington consideraban “un hijo de p…, pero nuestro hijo de p…”

El gobierno alemán, que tenía ambiciosos planes de cooperación económica con la emergente potencia petrolera Irán, le permitió viajar a Alemania acompañado de cientos de agentes de seguridad e inteligencia, y de un contingente de matones ‘civiles’.

A una primera manifestación contra el Sha, frente a la alcaldía de Berlín Occidental, solo llegamos unos 5 mil estudiantes, incluyendo muchos exiliados iraníes. Las autoridades alemanas permitieron que cientos de matones de la guardia pretoriana del Sha, armados de pistolas y palos de madera, atacaran a los manifestantes, y golpearon brutalmente a los estudiantes iraníes, ante los ojos pasivos de los antimotines. No hubo muertos, pero suficientes indignados y encachimbados, para que de manera improvisada se convocara una segunda manifestación frente a la Ópera que esa noche iba a visitar el Sha junto con el presidente alemán. Los 5 mil manifestantes se multiplicaron por 10.

Esta manifestación no autorizada fue brutalmente reprimida, y terminó con un estudiante, Benno Ohnesorg, ejecutado con un tiro a la cabeza por un oficial de la policía de Berlín, ante de cientos de estudiantes que estábamos a la par de él. Esto nos cambió la vida a cientos de miles. Esa noche comenzó lo que luego se hizo conocer como la rebelión del 68, el movimiento anti-autoritario. A partir de esta noche entre los estudiantes comenzó la peligrosa discusión sobre el uso de violencia: primero contra cosas, luego contra personas…
Y de este 2 de junio tomó su nombre una de las organizaciones armadas que poco después surgieron en Alemania, con consecuencias fatales.

La represión de opositores, sobre todo de estudiantes idealistas, tiene graves consecuencias, normalmente para los cobardes que la ordenan para salvar su poder. Usted está a punto de aprender esta lección, que ha olvidado en su transformación de comandante de una insurrección a jefe de mafia.

Terrorismo de Estado. Editorial de La Prensa/Nicaragua

Jóvenes universitarios de ambos sexos, ancianos pensionados, activistas de la sociedad civil y periodistas de diversos medios de comunicación social, han sido víctimas de la brutalidad de los matones orteguistas.

Editorial, 20 abril 2018 / LA PRENSA

La brutal represión gubernamental contra las personas que han salido a protestar por las reformas del INSS, ejecutada por matones de la Juventud Sandinista apoyados descaradamente por la fuerza policial, es una típica operación de terrorismo de Estado.

Jóvenes universitarios de ambos sexos, ancianos pensionados, activistas de la sociedad civil y periodistas de diversos medios de comunicación social, han sido víctimas de la brutalidad de los matones orteguistas, que además de golpear sin misericordia a sus víctimas pacíficas e indefensas, les roban sus teléfonos celulares, cámaras y cuanto bien material les pueden arrebatar.

Además, en su frenesí represivo el régimen de Daniel Ortega ha censurado a las estaciones de televisión 100% Noticias, Canal 12, Canal 23 e inclusive el católico Canal 51 de la Conferencia Episcopal de Nicaragua. LA PRENSA protesta enérgicamente por esas graves violaciones al derecho y la libertad de información y declara su incondicional solidaridad con los medios censurados.

Aunque no es la primera vez que el régimen de Daniel Ortega practica el terrorismo de Estado contra quienes ejercen su derecho de protestar pacíficamente, la brutalidad de los matones orteguistas —y el descaro de las fuerzas policiales que los apoyan—, han sido ahora mayores que en ocasiones anteriores.

Con toda razón el obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio Báez, hizo un dramático llamado a “Daniel Ortega y su esposa, para que detengan la violencia y la represión: “¡No pongan en peligro la paz del país!”, dijo Monseñor Báez a la pareja gobernante. “Sepan escuchar, dialoguen, tengan la madurez de rectificar tantos errores por el bien de Nicaragua. ¡Sean sensatos!” Por su parte el cardenal Leopoldo Brenes deploró la violencia represiva y llamó al Gobierno a reflexionar si está haciendo bien o mal con las reformas al Seguro Social que son repudiadas por el pueblo.

Pero Daniel Ortega y su consorte son insensibles. Ellos creen que los problemas sociales y las protestas cívicas de los ciudadanos se deben enfrentar con terrorismo de Estado. Ellos cumplen el precepto de Nicolás Maquiavelo, precursor doctrinario del terrorismo de Estado, quien aconsejó a los gobernantes que es mejor que sean temidos en vez de respetados. A su vez, el líder de la revolución francesa Maximiliano Robespierre, sostuvo que el terror es un elemento esencial del gobierno popular en momentos de emergencia. Y para todos los tiranos la protestas populares son siempre una emergencia.

La dictadura de los Somoza usaba a las “turbas nicolasianas” (así llamadas porque eran dirigidas por la activista somocista Nicolasa Sevilla) para reprimir las protestas de los ciudadanos. Pero Daniel Ortega, el Somoza del siglo XXI, no solo se puede jactar de haber quebrado el sistema de Seguridad Social, de desmantelar la institucionalidad democrática y eliminar el Estado de derecho, sino también de que en materia de brutalidad represiva ha superado —y con mucho— a la dictadura somocista.

Lea en La Prensa:
-Rosario Murillo confirma al menos 10 muertos durante
enfrentamientos entre ciudadanos y antimotines

Le en Confidencial.ni:
Cámaras empresariales llaman a marchar
No aceptamos censura

Carta a los nicas: Al fin rebalsó el vaso. De Paolo Luers

21 abril 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Queridos amigos nicaragüenses:
Durante años, los Ortega hicieron cuentas alegres que en Nicaragua ya no quedaba ni rastro de oposición. Tenían razón: Vencieron toda la resistencia de las instituciones que supuestamente controlan el poder, y relegaron a los partidos políticos a la irrelevancia. Pudieron instalarse en el poder como pareja feudal, Daniel Ortega casi ausente, su esposa Chayo Murillo ejerciendo el poder.

De repente, cuando nadie lo esperaba, estalló una ola de protestas que obligó a los Ortega a soltar su aparato represivo. Ya son 4 días seguidos que, a pesar de antimotines golpeando a estudiantes y amas de casa y dejar docenas de heridos y 5 muertos, no logran desarmar las protestas. Hicieron un movimiento falso con el Seguro Social, aumentando las cuotas y bajando los servicios – y el vaso derramó. Y como el régimen ha cerrado todos los canales ‘normales’ e institucionales de oposición y control ciudadano, la protesta inmediatamente se vuelve callejera y violenta. Los jóvenes derrumban y queman los odiosos símbolos de la pareja imperial: las omnipresentes vallas con los pensamientos de Daniel y Chayo y los árboles artificiales de colores que la primera dama mando a instalar en toda la capital. Y como esto es equivalente a sacrilegio, la respuesta de la Policía Sandinista inmediatamente es represiva.

Es una movilización espontánea, sin líderes, sin organización – y el aparato represivo del Estado no sabe cómo enfrentarla sin fuerza letal. Es como echar gasolina al fuego.

No sé en qué va a terminar este enfrentamiento entre ciudadanos y gobierno. Hay quienes sueñan con otra insurrección nicaragüense. Tal vez no va a llegar a esto, seguramente no lograrían derrumbar al gobierno, pero lo que ya está derrumbado es el mitos del sandinismo como movimiento popular y de su control absoluto sobre una ciudadanía impotente.

Lo más seguro es que el régimen del clan Ortega-Murillo, que ha privatizado al Frente Sandinista, va a sobrevivir esta movilización ciudadana. Tienen el aparato, tienen las armas, y tienen la voluntad de usarlas contra su pueblo. Pero de todos modos, estamos viendo el comienzo del fin de este régimen anacrónico.

Una vez que el espíritu salió de la botella, no habrá manera de volver a meterlo. Medio lo lograron luego de la represión contra los campesinos que protestaron contra el proyecto del canal interoceánico y la expropiación de sus tierras, pero luego de esta nueva escalada de represión violenta no hay manera que en Nicaragua no surja una nueva oposición que va a seguir desafiando al sandinismo corrupto.

Enhorabuena.

Los nicas dijeron: Basta. Ya era tiempo que se vuelva a despertar la revolución nicaragüense…

Saludos,

La prevención estrangulada. De Mario Vega

La gran cruzada contra los cabecillas de las pandillas resultará a la larga inútil si no se hace nada para evitar el surgimiento de nuevas generaciones de jóvenes en conflicto con la sociedad que tomarán el lugar de aquéllos.

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Mario Vega, pastor general de la iglesia ELIM

Mario Vega, 13 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

La prevención es la cenicienta del tema de seguridad. Por un lado, es despreciada por la población que, harta de violencia, desea salidas rápidas sin reparar en que con su ira vengativa multiplica lo que desea remediar. Por el otro lado, también es despreciada por los políticos que, sedientos de proselitismo, procuran salidas rápidas a un problema cuya solución no tiene atajos. Tales desprecios no permiten que la prevención se aborde con la seriedad que requiere y la espiral violenta continúa alimentándose a sí misma año tras año.

EDH logUn ejemplo de ello es la manera como la Asamblea Legislativa distribuye la Contribución Especial para la Seguridad o impuesto a la telefonía. El Plan El Salvador Seguro ha sido diseñado de manera que un 73 % de la inversión se haga en acciones de prevención en tanto que solamente el 7 % se enfoque en el eje de la persecución del delito. No obstante, en el semestre comprendido entre enero a junio del corriente año se asignó un 38 % de los fondos para prevención en tanto que un 44 % en el rubro de persecución. Esa disparidad debilita el Plan al despojarle de los fondos adecuados para atender el eje de la prevención. Además, es importante hacer constar que dicha asignación se logró a fuerza de argumentar con partidos dentro de la Asamblea que proponían una asignación aún más desequilibrada.

El énfasis en el tema de la prevención no niega ni anula los esfuerzos que deben realizarse en el campo de la persecución del delito. Esa es una responsabilidad ineludible del Estado. Pero, de la misma manera que se aplica toda contundencia a la persecución, debería darse igual contundencia al tema de la prevención.

La gran cruzada contra los cabecillas de las pandillas resultará a la larga inútil si no se hace nada para evitar el surgimiento de nuevas generaciones de jóvenes en conflicto con la sociedad que tomarán el lugar de aquéllos. Se trata de un ciclo interminable de sucesión en el liderazgo de las pandillas que no se detendrá mientras no se desarrollen planes serios y sostenidos de prevención que atiendan a las causas del problema. Pero si se niegan los fondos, la prevención seguirá condena a ser siempre mendiga, limitada, estrangulada e ineficiente. Todo ello, para mal de la ciudadanía; que si bien es cierto que presiona para que se tomen medidas cada vez más violentas, terminará por pagar un altísimo precio de sangre para convencerse de su error cuando ya sean demasiadas las víctimas.

Mientras tanto, las iglesias y otras organizaciones para-eclesiales continúan trabajando con fondos propios en los niveles de prevención primaria, secundaria y terciaria. Pero, continuamente enfrentando grandes obstáculos para completar la inserción social de los jóvenes redimidos. Uno de los obstáculos es la carencia de la ley de rehabilitación e inserción de ex miembros de pandillas, la cual, fue ofrecida por primera vez en septiembre de 2010 y que hasta el día de hoy continúa acumulando olvido en algún archivo.

La falta de un marco legal que ofrezca garantías a los jóvenes rescatados se convierte en un elemento que desanima a otros que también preferirían abandonar sus actividades delictivas si supieran que serán respetados por la policía y el ejército y aceptados en su nueva vida sin sufrir abusos. Todas estas cosas son las que se necesita cambiar para comenzar a tener un poco de esperanza si es que soñamos con un El Salvador seguro.

Escribir la historia. De Alberto Barrera Tyszka

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Fotografía de Leo Álvarez

Alberto Barrera Tyszka, 23 julio 2017 / PRODAVINCI

“Cuando desperté nada podía hacer: seis revólveres me apuntaban a la cara. Abrí un ojo. Un vistazo soñoliento, brumoso, parcial. Podía ser una pesadilla. Fracciones de segundo para saber que estaba preso. Debía hacer algo. Seis revólveres.”

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

No es el testimonio de un estudiante detenido injustamente en algún prisión del interior del país. Pero podría serlo. Tampoco es un fragmento de una carta de un preso político, llevado sin trámite legal y de madrugada desde su casa hasta El Helicoide. Las comillas con las que comienzo este domingo no fueron escritas en este tiempo y, sin embargo, dolorosamente, de pronto vuelven a formar parte de nuestro presente. Esas tres líneas con un hombre inocente frente a seis revólveres están en la primera página de una novela escrita por José Vicente Abreu en 1964.  “Se llamaba SN” es su título. Es un libro terrible y desolador, una denuncia sobre la brutal represión durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. SN era nombre del terror, las siglas designaban a la Seguridad Nacional.

prodavinciHoy en día no hay un solo cuerpo de destrucción, un solo nombre. Hoy está el SEBIN pero también está la Guardia Nacional Bolivariana, la Policía Nacional Bolivariana, la milicia, los grupos paramilitares…Actúan sin temor, sin remordimiento, como si la violencia contra civiles que protestan fuera algo natural, como si la represión, la tortura y el asesinato formaran parte de una nueva normalidad.

Quienes invocaron el Caracazo para rebelarse en contra de los poderes establecidos, han terminado reproduciendo miles de Caracazos cada día. Han profesionalizado la ejecución institucional en contra de la población. Han hecho de la masacre no un evento esporádico sino un procedimiento legal; una rutina uniformada, con permiso para liquidar ciudadanos. El chavismo, en vez de combatir la represión, la ha sacralizado. La violencia militar en contra del pueblo es ahora un acto heroico. Atacar entre 7 u 8 a un estudiante, golpearlo con todo y donde sea, dispararle…merece un bono, una condecoración. Hay que entender que la represión que hemos visto y padecido durante todos estos largos días no es un acontecimiento aislado, no es una reacción repentina frente a la multitud indignada. Es un sistema. El mismo sistema que se aplica en las OLP o en la nómina de las empresas públicas.  El mismo procedimiento que aprobó el CNE y que define las bases comiciales para la elección de la Constituyente.  El Estado como arma de exclusión y aniquilamiento.

Pero hoy el discurso legitimador es mucho más potente, más delirante. Ahora el poder desarrolla y trata de imponer, con mucha más fuerza, su propia justificación. Las dictaduras militares que azotaron a Suramérica en el siglo XX trataron de excusar su violencia denunciando la amenaza comunista. El gobierno de Maduro invoca ahora la amenaza derechista. Pero actúa de la misma manera. El SEBIN y la Fuerza Armada funcionan con los mismos patrones de comportamiento que el crimen organizado. No tienen ningún control. Secuestran ciudadanos. Los desaparecen dentro de los túneles de las fortalezas oficiales. Se mueven al margen de la ley. Y acumulan muertos.  Imponen una justicia propia, sin respetar a los tribunales civiles. Y llenan las cárceles de presos políticos…Y siguen repitiendo que todo lo hacen por la paz, por el futuro, por el progreso, por el amor al pueblo y a la patria. También así hablaba Pinochet. Eso mismo también dijo Videla.

El discurso oficial es otra versión de las mismas prácticas represivas del Estado. Es una bomba lacrimógena o una ráfaga de perdigones sobre el orgullo, sobre el derecho a protestar, sobre el ánimo, sobre el sentido común.  Te disparan pero, además, te llaman asesino. Te golpean pero, encima, te acusan de golpista. Todo tiene que ver con la misma estructura. El discurso también forma parte del mismo sistema de producción de muerte. Existe para confundir, para desesperar, para generar sensación de impotencia, rabia, locura. Cada palabra y cada pausa, cada cita y cada omisión, tienen un espacio y una función en la maquinaria. No es azaroso el silencio selectivo que practica con demasiada frecuencia el Defensor del Pueblo, por ejemplo. Es otra versión de la violencia. Una forma de tratar de darle un nuevo orden al caos.

Cuando Nicolás Maduro dice que la Constituyente traerá la paz y el reencuentro de todos los venezolanos, lo único que hace es bailar nuevamente sobre los muertos. Cuando asegura que la Constituyente es un milagro, que relanzará la economía, que nos dará una nueva identidad, no está en el fondo diciendo nada. Solo trata de distraer. Habla para evitar decir. Y, mientras tanto, en alguna oscura celda, hoy como ayer, una mano tal vez raya unas líneas sobre un papel y escribe la verdadera historia del país: “Cuando desperté nada podía hacer. Seis revólveres me apuntaban a la cara”.