Willy McKey

La carta de Yibram Saab a su padre el Defensor: miedo y memoria. De Willy McKey

William McKey, 27 abril 2017 / PRODAVINCI

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La carta del estudiante universitario Yibram Saab a su padre Tarek William Saab, titular de la Defensoría del Pueblo, no escapa de la distancia insalvable que obliga a escribir, a poner en un papel lo que quisiéramos decir de otra manera… pero no se puede.

Cuando se escribe una carta, el remitente asume que lo que dirá trae implícita una distancia, algo que le impide estar presente frente al otro, mirar a los ojos al destinatario.

Y muchas veces la distancia que impide decir las cosas cara a cara no está determinada por los kilómetros, sino por cosas como el miedo y la memoria.

Toda carta es un abismo.

Toda carta es un sustituto de nosotros mismos intentando superar ese abismo.

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Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, fue poeta. Como escritor debe tener la referencia de una de las cartas más importantes en la historia de la literatura del siglo XX. Se trata de una misiva que nunca llegó a su destino y que también fue escrita por un hijo varón: la Carta al padre, de Franz Kafka, un clásico para entender desde el arte de la palabra las relaciones masculinas en los complejos territorios de lo paterno-filial.

Esa carta empieza así:

“Querido padre: Hace poco tiempo me preguntaste por qué te tengo tanto miedo. Como siempre, no supe qué contestar, en parte por ese miedo que me provocas, y en parte porque son demasiados los detalles que lo fundamentan, muchos más de los que podría expresar cuando hablo”

El miedo y la memoria también son distancias.

También separan.

¿Qué debe sentir un escritor al recibir una carta de su hijo que le recuerda la fiereza, la indignación de la carta de Kafka a su padre?

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Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, fue militante. Sabe que un enemigo político es capaz de ridiculizar la honestidad de tus acciones. La determinación con la cual el joven Yibram le advierte a su padre (y a nosotros) que nadie lo está amenazando es relevante por una razón: evidencia su miedo a ser tergiversado. Y, acto seguido, Yibram afirma: “Hago esto motivado por los principios y valores que me enseñó mi papá. Cosa por la cual te agradezco”.

Esa última frase la dice viendo a la cámara, orgulloso: “Cosa por la cual te agradezco”.

Yibram reacciona desde su memoria individual, íntima. Se enorgullece de un aprendizaje instalado en la memoria, felizmente recordado.

No sólo sabe lo que dice: está seguro de que su papá también lo sabe.

Y tendrá que creerle.

¿Qué debe sentir un padre que sabe que adentro de su hijo hay tanto miedo?

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Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, se especializó en Derechos Humanos. Como activista, sabe que cuando el Poder decide reprimir a través de las fuerzas de seguridad, todo cómplice corre el riesgo de terminar involucrado históricamente en crímenes que no prescriben. Por eso es tan importante cuando Yibram, estudiante de Derecho, le hace saber a su padre cuál es su posición ante la crueldad policial:

“Condeno la brutal represión por parte de los cuerpos de seguridad de la Nación, de la cual fui víctima el día de hoy como también lo fue Juan Pablo Pernalete, de veinte años de edad, estudiante universitario a quien le quitaron la vida debido al terrible e inhumano uso de los gases lacrimógenos, luego de que sufriera un impacto en el pecho. Ése pude haber sido yo”

Ese joven pudo haber sido él.

Eso dice.

En una línea, Yibram invita a su padre a dejar de lado su investidura de Defensor del Pueblo para asumir, de manera condicional, el dolor. Lo invita a que se atreva a imaginar su cuerpo impactado por una bomba de ésas que nadie debería recibir en su pecho, ni en su cráneo ni en su historia.

Yibram, el primogénito del Defensor, le recuerda a su padre que él pudo haber sido el muerto. Estaba en la misma masa que la Defensoría del Pueblo pretende invisibilizar. Estaba del lado de esos a quienes el discurso oficial ha decidido etiquetar como terroristas. Estaba ahí.

Yibram, el hijo del Defensor del Pueblo, pertenece a ese grupo de personas que todavía no ha podido llegar hasta la Defensoría del Pueblo, en un ejercicio legítimo de protesta.

¿Qué debe sentir un padre que sabe que hay policías reprimiendo a su hijo, impidiéndole llegar hasta su oficina?

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Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, fue padre. Como cualquier otro padre, está orgulloso de su hijo mayor, del hombre que ha criado. Se lo ha hecho saber a propios y extraños: cree que su hijo es un hombre noble. Incluso alguna vez lo habrá dejado por escrito.

En las cartas que puede haber entre un padre y un hijo es inevitable que se nos escapen cosas a quienes somos ajenos a esa conversación entre dos.

Los miedos. Las distancias. Las expectativas.

En la carta que Yibram le lee a su padre Tarek hay un momento que quizás sea el más importante, aunque también sea el más oscuro para el análisis, porque es una frase que deja por fuera al resto de nosotros.

“Papá: en este momento tienes el poder de poner fin a la injusticia que ha hundido al país. Te pido como hijo, y en nombre de Venezuela, a la cual tú sirves, que reflexiones y hagas lo que tienes que hacer”

Este pedido se basa en algo que une al hijo con el padre. Algo secreto e íntimo. Una frase como “haz lo que tienes que hacer” no es una demanda, sino una orden que alguien imparte desde la confianza, desde el amor de quien sabe que el otro lo entenderá.

En la petición de Yibram no hay demandas.

No las necesita. No cuando el hijo tiene una sola expectativa, secreta para nosotros pero evidente para él y otra su padre: “que reflexiones y hagas lo que tienes que hacer”.

¿Qué debe sentir un padre cuando la única expectativa que tiene su hijo mayor sobre su comportamiento puede cambiar la historia del país que él mismo le ha negado?

6

Tarek William Saab, antes de ser Defensor del Pueblo, fue lector. Y todo lector corre el riesgo de tropezar alguna vez con una de esas citas mordaces que le atribuyen a Oscar Wilde. Por ejemplo: “De pequeños, los hijos quieren a sus padres; de mayores, los juzgan, rara vez los perdonan”.

En su video, Yibram se encarga de convertirse en la excepción del último tercio de la frase de Wilde: “Te entiendo. Sé que no es fácil. Pero es lo correcto”

¿Qué debe sentir un padre que sabe que su hijo protesta en su contra, pero todavía alberga la esperanza de que haga algo?

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Toda carta es un sustituto de la voz.

La carta de Yibram no es un documento memorable, pero sí es un gesto de valentía, así como también de miedo y de distancia.

Conoce al destinatario como ninguno de los otros ciudadanos puede conocerlo. Por eso su reclamo puede llegar hasta instancias mucho más íntimas y eficaces que cualquier bomba molotov lanzada con la rabia inocente de un muchacho contra un blindado que lo acecha.

La carta de Yibram le ha demostrado a un país entero que es capaz de llevar adelante acciones nobles, como ésas que refería su papá cuando tuiteaba sobre él. La carta de Yibram puede hacernos creer que, al menos una vez, Tarek William Saab no nos mintió.

Horas antes de que Yibram hiciera público el video donde lee la carta a su padre Tarek William Saab, el Defensor del Pueblo le soltó una frase a la prensa que hoy se vuelve en su contra:

“Ir a la Defensoría a entregar una carta raya en calificativos que no voy a decir porque soy educado”

Y ahora, qué paradoja, es probable que el Defensor del Pueblo no consiga los adjetivos que antes le sobraban.

Además del peso de lo dicho, hoy el Tarek William Saab escritor, militante, activista, padre y lector deberá cargar con el peso de la sangre. No el peso de la sangre derramada: el peso impuesto por la sangre de sus venas, pues esa sangre ha decidido despertar y mostrar su reclamo de coherencia.

¿Qué debe sentir un padre que sabe que su hijo estaría dispuesto a perdonarlo sólo si hace lo correcto?

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¿Mierda? De Willy McKey

Willy McKey. Poeta. Cronista. Articulista. Venezolano

Willy McKey, 19 abril 2017 / PRODAVINCI

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Un grupo de personas se arriesga a atravesar la endeble estructura de servicios para salvarse del estiércol, pero no todos caben ahí. Ya hay algunos que lograron cruzar y ahora deben superar la pendiente y confrontar a los efectivos que están en la otra orilla. Un grupo pequeño, en la imagen parecen ser cinco, se sujetan de los hombros e intentan superar la corriente pútrida. Otro grupo más pequeño está a punto de cruzar, pero se sujetan de una sola mano. Varios de quienes ya cruzaron se han virado, miran hacia quienes vienen detrás de ellos. Del lado derecho de la imagen están quienes todavía no saben cuál es la manera correcta de entrar en ese río para salvarse.

El miedo sólo podrá transformarse en asco allá, en la otra orilla.

¿Cuán cruel debe ser la represión para que unos manifestantes conviertan las aguas del río podrido que atraviesa Caracas en la única guarida, el único resguardo? ¿Cuán feroz puede ser el ataque como para que quienes huyen de aquello prefieran hundirse en la mierda?

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Carlos estuvo ahí. Él atravesó el río. Tuvo que hacerlo huyendo de la represión con bombas lacrimógenas con las cuales las fuerzas públicas impedían que la marcha avanzara hacia la Defensoría del Pueblo. Carlos cuenta que tuvo una sensación que nunca antes había tenido. Algo nuevo en el cuerpo. Tenía que salvarse y se lanzó al río. Se quitó la franela que llevaba para empaparla y la usó para aliviarse el ardor en los ojos, la nariz, el rostro. “Agradecí el agua podrida”. Luego caminó unos cien metros con la corriente llegándole hasta la cintura. Dice que mientras corría hacia el río vio ancianos que no sabían qué hacer. Gente indefensa, sin armas, que sólo quiere llegar una vez hasta la Defensoría del Pueblo como si la ciudad también fuera de ellos. El fondo del río es muy resbaloso. Y la corriente estimulada por todas las cloacas de la ciudad es fuerte. Muy fuerte. “Es mucha mierda”.

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El Partido Socialista de Venezuela difundió un meme cruel, macabro. Utilizó la misma foto de los manifestantes espantados hasta el punto de atravesar el río Guaire y le colocó un texto encima: “A Dios lo que es de Dios. Al César lo que es del César. Al Guaire lo que es Guaire” [sic.]. Usaron un hashtag para corregir la falta: #AlGuaireLoQueEsDelGuaire.

Ver el mensaje podría movilizar a cualquiera a preguntarse si ése era el espíritu de la militancia o si esta acción dos punto cero debía tomarse como una línea del partido. En segundos, en lo que parece una broma pesada de los bots, el Poder convertía la ofensa en un anuncio oficial: la cuenta del presidente Nicolás Maduro hizo retuit automático del mensaje.

Existe una máxima del arte de la guerra que aconseja escoger muy bien a los enemigos, porque es posible terminar transformado en algo que se les parezca después de la última batalla. ¿Qué fuerza puede mover a un partido de gobierno hasta el extremo de tratar al contendor político como estiércol, como mierda?

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Al Guaire lo que es del Guaire. En agosto de 2005, Hugo Chávez Frías invitó a quien todavía sigue siendo presidente de Nicaragua a bañarse en el río Guaire:

“El río Guaire será limpiado bajo mi gobierno y los caraqueños podrán navegar en él. […] Invito a todos a bañarnos en el río Guaire. […] Daniel Ortega, te invito a que nos bañemos en el Guaire el próximo año. La invitación es de la ministra [Jacqueline] Faría”.

Doce años después, el río Guaire sigue siendo un caudal de estiércol donde hacen vida indigentes, animales carroñeros y delincuentes. El dinero del presupuesto de la Nación y de entes como el Bando Interamericano de Desarrollo ha sido arrojado a las cloacas. Aun así, el partido de gobierno se atreve a confesar esta falta sólo por el brevísimo placer de ofender a sus contendientes políticos.

Así de escatológico.

Así de mierda.

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Después de caer varias veces y sentir el agua alcanzándole la cara, Carlos consiguió unas cabillas enterradas en el falso lecho del río. Las usó como apoyo y así logró salir por el lado del Farmatodo. Ahí estaba la Guardia Nacional. Al salir, empapado y son el pecho descubierto, levantó las manos para que no le dispararan. Carlos dice que prefería entregarse antes que volver a cruzar el río. Los efectivos se rieron de él. Entre ellos se decían “Dispárale, vale. Dispárale”. Ahí pudo ver que estaba cerca del puente de servicios. Arrancó a correr y aún así seguía escuchando a los guardias. Cruzó el puente y escapó hacia la otra orilla.

Tiene la cabeza rota por culpa de un bombazo. No pudo ver de dónde vino la lata que lo golpeó.

¿Carlos cree que esto valió la pena? ¿Cómo saberlo? ¿Cómo medir su experiencia con unas expectativas que jamás consideraron que tendría que hundirse en la mierda?

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En diciembre de 2007, Hugo Chávez Frías decidió utilizar la forma vulgar de referirse al excremento y convertirlo en vocería oficial. Lo hizo recordando una mítica entrevista al político (y poeta) griego Panagulis:

“Oriana Fallaci [en Entrevistas con la historia] interroga a Alekos Panagulis, en un diálogo maravilloso. Él le dice: Mira, cuando te acerques a esos grandes símbolos donde está la historia reflejada… los grandes escudos de armas… tú te acercas en torno a los cuales hay leyendas y glorias de los hombres de la historia pasada… tú te podrás acercar a esos escudos de armas y podrás ver que hay como una herrumbre. El tiempo convirtió cosas, materias, en una herrumbre. Y eso tiene dos componentes: sangre y mierda

Aquella fue la primera vez que Hugo Chávez sufrió una derrota electoral. Nueve años después de esta alocución disruptiva, quienes en 2007 eran líderes estudiantiles llegaron a la Asamblea Nacional como diputados electos en la victoria electoral más reciente de la oposición.

Desde entonces no ha habido más elecciones.

“¡Eso es! ¡Mierda! Y aquí lo que hay es dignidad. Dejen quieto al que está quieto. Sepan administrar su victoria, pero ya la están llenando de mierda. Es una victoria de mierda”.

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Una acción de calle nunca ha bastado para que un gobierno totalitario deje el Poder. Este tipo de acciones forman parte de lo que en la retórica política se conoce como “presión popular”. Y este tipo de acciones, por naturaleza, tiene objetivos concretos: demostrar capacidad para generar movilizaciones masivas, poner en evidencia los abusos de las fuerzas públicas y capitalizar el rédito simbólico de la acción para que los aliados naturales del Poder sientan que existe un nuevo equilibrio político.

¿Cómo puede medirse el éxito de una movilización como la del miércoles 19 de abril de 2017?

Haga el ejercicio de revisar los objetivos naturales de una acción como la convocada por la oposición. ¿Considera que, más allá del cerco mediático, la convocatoria fue exitosa y el liderazgo político acompañó a la militancia? ¿Considera que las acciones de las fuerzas públicas para impedir que la marcha llegara hasta la Defensoría del Pueblo fueron excesivas y desproporcionadas? ¿Considera que hubo nuevos elementos simbólicos involucrados, como presencia en territorios que antes no habían sido abordados por esta fuerza política? Finalmente pregúntese si esta acción puede motivar acciones similares capaces de las mismas conquistas, y usted podrá concluir si la acción tuvo éxito o no.

Ahora bien, notará que esta evaluación no tiene nada que ver con sus expectativas individuales ni con su experiencia singular de la acción de calle. Las expectativas individuales muy pocas veces están en completa sintonía con las conquistas colectivas. Y eso es bueno porque permite que los manifestantes siempre puedan exigir más al liderazgo y haya crecimiento político.

¿Y cómo saber si hay crecimiento político? También puede intentar medirlo mediante tres preguntas. ¿Siente que el colectivo ha aprendido algo? ¿Puede identificar elementos estratégicos nuevos que hayan sido exitosos? ¿Estaría dispuesto a acompañar una nueva acción convocada por las mismas fuerzas?

En efecto, una vez más la evaluación de una acción política no tiene nada que ver con sus expectativas previas a la marcha, sino con el análisis que haga después y con lo que pueda imaginar a partir del nuevo contexto político. Porque, aunque no es sencillo controlar nuestras expectativas, ésa es la única manera de prevenir el desgaste que genera la frustración.

Y, al menos para la oposición, repetir la receta de la frustración política en un clima político como el que ahora determina el rumbo político en Venezuela no sería sino eso: una mierda.

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El mismo día en que su líder político hablaba de diálogo y paz, el partido se burlaba de la dignidad de unos manifestantes que sólo deseaban llegar a la oficina del Defensor del Pueblo, martirizados hasta el extremo literal de verse hundidos en excremento.

¿Qué significa que un pueblo esté dispuesto a atravesar el Guaire para seguir protestando, para manifestar su desacuerdo con el Poder, para salvarse?

¿Cómo leer que el liderazgo opositor, después de que parte de su militancia atravesara agua podrida, se atreva a convocarla para repetir el empeño de llegar a la Defensoría del Pueblo el día siguiente?

¿A qué puede tenerle miedo Carlos, después de haber cruzado el río dos veces para poder contarlo?

¿Qué habrá después?

¿Más mierda?

Quizás no la suficiente.

Al menos no tanta como ocultar que el partido de gobierno fue capaz de convertir el sufrimiento de un grupo de ciudadanos en un cruel juego de palabras, en un chiste escatológico, en una victoria de mierda.

Y eso no puede interpretarse sino como un estruendoso fracaso político, histórico.

¿Es esto el tiempo convirtiendo la revolución en herrumbre? ¿En sangre? ¿En lo mismo?